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DE PATRIOTISMO Y DE REFLEXIONES PARA RECONSTRUIR LA ARGENTINA

Marcelo Javier de los Reyes*

 Se levanta en la faz de la tierra

una nueva y gloriosa Nación

coronada su sien de laureles

y a sus plantas rendido un león.

Estrofa del Himno Nacional Argentino

La serie Outlander, una adaptación de las novelas de fantasía romántica de Diana Gabaldon, es una historia de pasión que se desarrolla entre dos siglos, el XX y el XVIII, en un contexto en de exaltación del sentimiento patriótico escocés. Durante el siglo XVIII la relación entre la inglesa Claire Beauchamp (Caitriona Balfe) y el escocés James Fraser (Sam Heughan) —una actriz irlandesa y actor escocés— se desenvuelve en el marco de los preparativos del que sería el último levantamiento jacobita, el que alcanzó su trágico desenlace en la batalla de Culloden, el 16 de abril de 1746, en la que los escoceses son derrotados. Culloden significó el fracaso por sentar en el trono británico al exiliado escocés y católico Jacobo II Estuardo y el fin de la cultura escocesa: mediante la Act of Proscription de 1746 fueron prohibidos el tartán, portar armas, las gaitas y la religión episcopaliana, pues la católica ya había sido prohibida con anterioridad.

Outlander fue estrenada en el otoño de 2014 pero no en el Reino Unido, adonde no llegó hasta marzo de 2015. Este retraso se atribuye al referéndum de independencia escocés que se celebró en septiembre de 2014. Wikileaks publicó información acerca de un correo electrónico (email-ID 111867) en que hacía referencia a una reunión entre el entonces primer ministro David Cameron con el director ejecutivo de Sony en junio de 2014 para discutir el referéndum y el estreno de Outlander. No era conveniente mostrar a los escoceses como héroes y a los británicos como malvados y sanguinarios en momentos en que Escocia decidiría acerca de su independencia del Reino Unido[1].

Mientras veía la serie recordaba que en nuestra niñez —en la que siempre se nos inculcó un fuerte sentimiento patriótico en la Escuela Pública— nos llevaban al cine a ver películas como La Guerra Gaucha[2] o El Santo de la Espada[3]. Luego reparé en los años de realización de esas películas —1942 y 1970 respectivamente— y me pregunté, ¿qué ha hecho la filmografía argentina de las últimas décadas en favor de mantener nuestro sentimiento patriótico? Un largo silencio fue la respuesta. Luego fui recordando: Revolución. El Cruce de los Andes[4] (2010), en la que Rodrigo de la Serna encarna al General San Martín;  Belgrano[5] (2010), con Pablo Rago. Luego hubo algunas sobre Malvinas, cuya mención prefiero evitar ya que tuvieron una fuerte carga ideológica cuyo propósito es generar todo lo contrario a un espíritu patriótico.

En resumen, aprecio que la filmografía siguió anclada a nuestros próceres del siglo XIX pero no tomó nada de nuestro siglo XX. Quizás hayamos tenido personajes en nuestra historia más cercana que pudimos haber reconocido y pienso en Cecilia Grierson —la primera médica argentina, graduada en 1889 en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires—, Luis Agote —médico e investigador, el primero en el mundo en realizar transfusiones de sangre indirectas sin que la sangre se coagulara—; en nuestros Premios Nobel Bernardo Alberto Houssay y Luis Federico Leloir; en el doctor René Favaloro; en el ingeniero Juan Ignacio San Martín, un gran promotor de nuestra industria aeronáutica; en los generales Enrique Mosconi y Manuel N. Savio, quienes pensaron una Argentina industrial y desarrollada. Además del desarrollo de la industria siderúrgica, al general Savio le debemos la creación de la Escuela Superior Técnica, hoy Facultad de Ingeniería del Ejército, y una frase que debería llamarnos a la reflexión:

Tengamos todos presente que los grandes hechos, así como la grandeza de los pueblos, no fueron nunca consecuencia de milagros; fueron siempre, obras de perseverancia, de moral, de seriedad, de estudio, de trabajo, también, de sacrificio.

Con referencia a la figura de Perón, fue exaltada en el cine por sus admiradores y demonizada por sus detractores, pero no hay un equilibrio.

Respecto de la gesta del Atlántico Sur, se podrá estar a favor o no del gobierno militar pero nuestros héroes merecen un profundo respeto. Numerosos soldados, marinos y pilotos de la Fuerza Aérea y de la Armada escribieron páginas de gloria con sus acciones frente a las tropas de una de las más importantes potencias militares que contó con el abierto respaldo de la OTAN.

Me vienen a la memoria algunos nombres. El del teniente Roberto Néstor Estévez quien, antes de partir a las islas, dejó dos cartas, una para su novia y otra para su padre, en la que le escribió: “Dios ha dispuesto que muera en Malvinas cumpliendo con mi misión”. En el combate en Pradera del Ganso, el 28 de mayo de 1982. Estévez recibió dos impactos; el primer proyectil le pegó en la pierna izquierda y el segundo le destrozó un brazo. En ese estado continuó dando órdenes a sus 40 hombres y al ver que uno de sus soldados estaba herido en una trinchera, se arrastró hasta él, tomó un fusil FAL y siguió disparando. El teniente Estévez frenó tres avances británicos, impidiéndoles tomar la colina. Murió en la batalla de Darwin-Pradera del Ganso.

También recuerdo al soldado Oscar Poltronieri, soldado que recibió recibió la máxima condecoración, la Cruz la Nación Argentina al Heroico Valor en Combate. A Poltronieri lo dieron por muerto tres veces, pero las tres reapareció tirando otra vez. El 11 de junio de 1982, solo, con una ametralladora MAG, le salvó la vida a más de 100 compañeros que se replegaban mientras él disparaba contra más de 600 soldados británicos desde el Monte Dos Hermanas. Durante unas diez horas él mantuvo la posición.

¿Y qué decir de nuestros pilotos? Llevaron a cabo acciones inimaginables. Fueron reconocidos por en varios países por su arrojo, incluso hasta por los propios británicos. En varias oportunidades, el as francés de la aviación, Pierre Clostermann, se refirió al heroísmo de nuestros pilotos, incluso mientras el Conflicto del Atlántico Sur estaba en desarrollo. En una de sus cartas, en octubre de 1984, escribió:

Creo que mi estadía en la Argentina, dentro de las escuadrillas de la Fuerza Aérea, permanecerá en mí como un recuerdo inolvidable. Después de haberme reunido con esos magníficos muchachos, de haber dialogado con ellos sobre las operaciones aéreas como un observador imparcial, no pondría en duda la cualidad excepcional de su coraje y los notables resultados obtenidos con una gran modestia de medios, contra las fuerzas infinitamente superiores, que han tenido éxito en hundir y poner fuera de combate a los navíos más modernos y especializados de la Royal Navy. Este hecho no sólo hizo honor a sus cualidades morales, a su formación técnica, y su patriotismo, sino también a la fuerza e impulso de sus jefes.[6]

Uno de los hombres más reconocidos fue el estratega al frente del Comando de la Fuerza Aérea Sur (FAS): el brigadier Ernesto Crespo. Sus pilotos hundieron los buques de la Royal Navy HMS Ardent, Antelope, Coventry, Sir Galahad, averiaron a otras 11 naves y dejaron fuera de servicio a otras 9. El brigadier Crespo fue un ferviente defensor del proyecto misilístico Cóndor.

Un comic editado en Francia por Paquet, con guión de Néstor Barron e ilustraciones de Walther Taborda —ambos argentinos—, homenajeó a los héroes que lucharon en el Atlántico Sur. Se titula Malouines. Le ciel appartient aux faucons (“Malvinas. El cielo pertenece a los halcones”) y basa su guión en el “Grupo V de Caza de la Fuerza Aérea Argentina” que enfrentó a la flota británica en defensa de la soberanía de las islas. Está inspirado en los relatos de pilotos argentinos que sobrevivieron a la guerra.

El comic Malouines. Le ciel appartient aux faucons. 

Hasta el ex integrante del 12 Regimiento de Defensa Aérea británico Edward Denmark manifestó su admiración por los soldados argentinos y le solicitó al presidente Mauricio Macri que reconociera a los soldados argentinos.

Sus historias en la guerra hubieran despertado un gran interés si hubieran sido estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial o en alguna otra guerra en la que Estados Unidos hubiera participado. Hollywood ya habría filmado unas cuantas películas que hubieran motivado a muchos jóvenes a sumarse, orgullosamente, al cuerpo de marines, a la armada o a la fuerza aérea estadounidenses.

Los argentinos seguimos con la campaña de desmalvinización, seguimos enfrentados entre nosotros mismos, seguimos con ese espíritu derrotista que nos destruye como sociedad y como Nación.

La sociedad argentina lleva décadas inmersa en una especie de guerra intestina que la carcome día a día y nos impide dialogar y debatir con un espíritu democrático en esto que llamamos democracia pero que no ejercemos cuando alguien expresa algo diferente.

“En Unión y Libertad” dice nuestra moneda, inscripción que se remonta a la Asamblea General Constituyente de las Provincias Unidas del Río de la Plata de 1813. ¿Cuál “unión”? ¿Qué libertad? Ni una ni otra, ni unión ni libertad. Precisamente, unión es lo que nos falta, pues es evidente que nuestra realidad sería otra. Si pienso en “libertad” me viene a la cabeza “la espiral del silencio” de la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann, una teoría que expone el modo en el que la opinión pública actúa como forma de control social, al plantear que las personas adaptan su manera de comportarse a las opiniones predominantes en su contexto social sobre cuáles conductas son o no aceptables. El individuo, entonces, ante el temor al aislamiento opta por no expresar lo que piensa. La opinión pública determina qué opiniones podemos expresar.

Una sociedad polarizada solo ofrece vulnerabilidades.

Por otro lado, parece que la sociedad argentina, quizás no toda pero si una buena parte, no quiere escuchar hablar de “Patria” o “patriotismo”. Parecería que expresar un sentimiento patriótico es cursi o demodé. Las tradiciones, el folklore, todo aquello que le da identidad a un pueblo parecería que debería ser sometido al olvido, un obvio resultado de un proceso globalizador que apunta a esmerilar la identidad nacional… al menos hasta ahora. En estos momentos, varios pueblos miran las raíces que les dieron origen y las ponen en valor. Quizás debamos trabajar también nosotros en ese sentido. Porque la Defensa y la Soberanía Nacional no se declaman, sino que se ponen en práctica. No son solo palabras, también es acción.

Nuestro Himno Nacional dice: “Coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir”. Pero nuestra ineptitud nos lleva a no poder discernir sobre las dos opciones que nuestro Himno nos propone, porque no “vivimos coronados de gloria” y no tenemos la dignidad para “jurar morir con gloria”. De ese modo, nuestro paso por esta bendita tierra se torna intrascendente.

Hemos hecho un país inviable. Es mérito puramente nuestro. Será mérito nuestro reconstruirlo pero ello requiere valorar nuestro pasado, abordar con madurez los temas que nos dividen y principalmente trabajar sobre los que nos unen, forjar políticas de Estado y retomar el desarrollo, al que hemos abandonado hace décadas.

Muchos jóvenes desconocen el lugar que nuestro país ocupó en algún momento de la Historia. Creen que siempre ha sido como lo ven. Quizás sea hora de mostrarles esa parte de nuestra historia y así, nosotros mismos, podamos ir superando nuestro propio derrotismo y los motivemos a construir un país que nosotros no fuimos capaces de edificar. Será un buen ejercicio para revertir nuestra propia parálisis. Sin embargo, este ejercicio debe formar parte de una política integral que debe incluir la educación —como política de Estado, ya que en el pasado la Argentina también se distinguió por su alto nivel educativo—, el cine y el hogar. Esto último requiere nuestro esfuerzo por superar nuestra propia mirada pesimista … o realista.

El escritor español Ramiro de Maeztu (1875-1936) expresó:

La patria es espíritu. Ello dice que el ser de la patria se funda en un valor o en una acumulación de valores, con los que se enlaza a los hijos de un territorio en el suelo que habitan.

Recordemos a otro español, al filósofo José Ortega y Gasset, quien en una visita que hizo a la Argentina en 1939 nos dijo: “¡Argentinos, a las cosas, a las cosas!”

 

* Licenciado en Historia egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (1991). Doctor en Relaciones Internacionales, School of Social and Human Studies, Atlantic International University (AIU), Honolulu, Hawaii, Estados Unidos. Director de la Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales (SAEEG). Autor del libro “Inteligencia y Relaciones Internacionales. Un vínculo antiguo y su revalorización actual para la toma de decisiones”, Buenos Aires, Editorial Almaluz.

Referencias

[1] “Background/Briefing for PM Cameron Event”. Wikilaeks, <https://wikileaks.org/sony/emails/emailid/111867 >, [consulta: 20/05/2020].

[2] Dirigida por Lucas Demare, sobre el guión realizado por Homero Manzi y Ulyses Petit de Murat, basado en el libro del mismo nombre de Leopoldo Lugones. La película fue protagonizada por Enrique Muiño, Francisco Petrone, Ángel Magaña y Amelia Bence entre otros.

[3] Dirigida por Leopoldo Torre Nilsson y protagonizada por Alfredo Alcón, Evangelina Salazar, Lautaro Murúa y Héctor Alterio entre otros. El guion fue escrito por Beatriz Guido y Luis Pico Estrada y se basó en la novela homónima de Ricardo Rojas.

[4] Dirigida por Leandro Ipiña y protagonizada por Rodrigo de la Serna, Juan Ciancio y León Dogodny y el guión del propio Ipiña y Andrés Maino.

[5] Dirigida por Sebastián Pivotto y con la actuación de Pablo Rago, Valeria Bertuccelli y Pablo Echarri y producida por Juan José Campanella.

[6] Pablo S. Otero. “El reconocimiento de un héroe francés”. La Prensa, 02/05/2017, <http://www.laprensa.com.ar/453042-El-reconocimiento-de-un-heroe-frances.note.aspx>, [consulta: 14/05/2020].

 

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17 DE MAYO, DÍA DE LA ARMADA ARGENTINA. EL COMBATE DE MONTEVIDEO.

Marcelo Javier de los Reyes*

 

La primera escuadra naval

En mayo de 1810, el proceso revolucionario que tuvo lugar en el Río de la Plata a partir de la conformación de la Junta de Gobierno en Buenos Aires, requería imperiosamente de una escuadra que le permitiera defenderse ante una potencial agresión extranjera. Los recursos eran escasos y no se contaba con marinos nativos formados. Para subsanar esta carencia, la Junta de Gobierno encomendó la descomunal tarea de crear un cuerpo de marina al salteño Francisco Bruno de Gurruchaga y Fernández Pedroso (1766-1846) y al maltés Juan Bautista Azopardo (1772-1848).

Al momento de formularle esta solicitud a Francisco de Gurruchaga se tuvo en cuenta su experiencia en España, a donde su padre lo había llevado a la edad de ocho años junto a su hermano. Durante su estadía en la península tuvo lugar la guerra con Inglaterra. Este conflicto lo llevó a alistarse como oficial en la Real Marina Española. Fue embarcado en el buque Santísima Trinidad como ayudante de órdenes del futuro virrey rioplatense Baltasar Hidalgo de Cisneros, a bordo del cual prestó servicios en la batalla de Trafalgar, que tuvo lugar el 21 de octubre de 1805.

En 1809, Francisco de Gurruchaga arribó a Buenos Aires y en 1810 integró la Junta Grande de Gobierno por Salta. Se desempeñaba como vocal de Marina cuando se le encomendó esa ardua tarea junto a Azopardo. Dadas las carencias del gobierno, hizo uso de su fortuna personal para formar la primera escuadra naval.

Con ese propósito compraron cinco buques mercantes a particulares, tres de los cuales fueron armados apresuradamente: un bergantín, una goleta y una balandra. Estos primeros buques fueron armados con cañones que habían sido comprados con anterioridad. La goleta fue bautizada “Invencible”, el bergantín “25 de Mayo” y la balandra “América”. La marinería fue integrada por ingleses, franceses e italianos. Juan Bautista Azopardo fue nombrado con el título de teniente coronel y comandante de las fuerzas navales. Quedó a cargo de la nave capitana, la goleta “Invencible”, mientras que el marino francés Hipólito Bouchard recibió el mando del bergantín “25 de Mayo” y su compatriota Ángel Hubac quedó al frente de la balandra “América”. Esa fue la primera fuerza naval patriota.

A comienzos de 1811 el puerto de Buenos Aires estaba bloqueado por las fuerzas navales españolas. Esto dificultaba las comunicaciones con el ejército enviado por la Junta a la Banda Oriental. El 10 de febrero de 1811 la escuadrilla partió al mando de Azopardo, a quien Gurruchaga puso en sus manos el pliego cerrado de instrucciones, que debería abrirse a la altura de la isla Martin García. El 2 de marzo, en San Nicolás, buques españoles bajo el comando del capitán Jacinto de Romarate destruyeron la escuadrilla patriota. Azopardo fue tomado prisionero y llevado a España.

Tras la derrota de San Nicolás, Gurruchaga inició las gestiones para obtener otros buques, comprometiendo nuevamente parte de su fortuna personal.

Un nuevo esfuerzo por dominar el río

Se inició entonces una segunda etapa para conformar una flota patriota, de la que fue protagonista el irlandés Guillermo Brown. Nacido en Foxford el 22 de junio de 1777, arribó a Buenos Aires a mediados de 1809, a la edad de 32 años.

En poco tiempo logró independizarse económicamente y adquirir una pequeña goleta con la cual realizaba la travesía Buenos Aires – Montevideo con carga general y pasaje.

En 1811 un buque español atacó su nave y otro que había arrendado, cargado de cueros y frutos, apoderándose de ellos y perjudicando económicamente a Brown. Este hecho produjo un resentimiento que motivó al irlandés a ofrecer sus servicios al gobierno de Buenos Aires.

Luego de insistir en su ofrecimiento y tras obtener la autorización oficial, partió en dos lanchones tripulados por marineros de diversas nacionalidades. Con gran denuedo abordó una nave y la apresó, tras lo cual la llevó a Buenos Aires y con lo obtenido de su venta pudo resarcirse de las pérdidas que le ocasionaron los españoles. Esta acción le valió la admiración del gobierno, el cual le confió la jefatura de la escuadrilla que se había creado.

En diciembre de 1813, el secretario de Hacienda, Juan Larrea, le encomendó al comerciante estadounidense Guillermo Pío White la compra de naves y pertrechos. Fue así como se contó con siete buques tripulados por seiscientos hombres y artillados con noventa y ocho cañones. En enero de 1814 fue nombrado a su frente Guillermo Brown, quien, tras unos días de combate, el 15 de marzo tomó la isla Martín García, cuya posición estratégica domina el ingreso a los afluentes del Plata. Una parte de los buques españoles remontó el Uruguay para buscar refugio en el Arroyo de la China. El 28 de marzo se produjo un nuevo enfrentamiento en ese sitio, que si bien fue un revés para las fuerzas patriotas, no revistió importancia en términos militares.

Por su parte, Brown reorganizó su flota con el objetivo de enfrentar la flota realista en Uruguay. El 15 de abril inició el bloqueo del puerto de Montevideo, en la que los realistas esperaban la llegada de refuerzos desde España y desde Perú. Ante el temor de que los pertrechos militares y el dinero cayeran en manos de las fuerzas de Buenos Aires, los españoles decidieron salir en la noche del 13 de mayo con sus buques con la intención de derrotar a Brown. El 14 de mayo, Brown realizó un ensayo de retirada para llevar a los navíos españoles aguas afuera, a los efectos de alejarlos de la seguridad del puerto de Montevideo. Frente a Buceo se inició una batalla naval que resultó en una victoria decisiva para el gobierno revolucionario. La batalla del Buceo fue un paso decisivo para la rendición de Montevideo: tres navíos españoles fueron apresados, otros incendiados y hundidos. El resto buscó refugio en Montevideo. Brown resultó herido pero no de gravedad, lo que le valió la promoción al grado de coronel de marina.

La importancia del Combate de Montevideo

El 16 y 17 de mayo Brown se lanzó sobre lo que quedaba de la escuadra realista de Montevideo, cuyo puerto había quedado nuevamente bloqueado. Se cuenta que la población de Montevideo pudo ver el combate naval desde las azoteas de la ciudad.

El triunfo de Brown le aseguró el dominio del Río de la Plata. Por su parte, el sitio terrestre se hizo más riguroso; ese mismo día, el 17 de mayo, al frente de mil quinientos hombres de refuerzo, el coronel Carlos María de Alvear tomó el mando del ejército en reemplazo de José Rondeau, despojándolo de la posibilidad de ser quien lograra la rendición de Gaspar De Vigodet, quien desde 1811 era capitán general y gobernador de las provincias del Río de la Plata.

Vigodet procuró negociar pero Alvear sólo pretendía su rendición, la cual se firmó el 20 de junio.

Montevideo dejó de ser una amenaza para los revolucionarios y el triunfo del Combate de Montevideo significó el fin del dominio español en lo que fuera el Virreinato del Río de la Plata.

Dada su importancia en el proceso independentista, el 17 de mayo fue instituido como el Día de la Armada Argentina.

Bibliografía

Figueroa, Mauro. “El armador de la primera escuadrilla patriota”. Departamento de Estudios Históricos Navales (Armada Argentina), <http://www.ara.mil.ar/archivos/Docs/priemra_escudrilla_mauro.pdf>.

Halperin Donghi, Tulio. Historia Argentina. De la revolución de independencia a la confederación rosista. Buenos Aires: Paidós, 1980, 430 p.

Rivanera Carlés, Raúl. Nuestros próceres (Tomo I). Buenos Aires: Liding S.A., 1979, 268 p.

Torres, Juan Lucio. El español como soldado argentino: Participación en las campañas militares. Participación en las campañas militares por la libertad en independencia. Madrid: Ediciones De la Torre, 2014, 272 p.

* Licenciado en Historia egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (1991). Doctor en Relaciones Internacionales, School of Social and Human Studies, Atlantic International University (AIU), Honolulu, Hawaii, Estados Unidos. Director de la Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales (SAEEG). Autor del libro “Inteligencia y Relaciones Internacionales. Un vínculo antiguo y su revalorización actual para la toma de decisiones”, Buenos Aires, Editorial Almaluz.