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LAS HABILIDADES DEL ANALISTA DE INTELIGENCIA EN SU DIMENSIÓN ONTOLÓGICA

Santiago Bruno Palumbo*

“La mejor manera de hacer es ser”

Lao Tse

Introducción

Las postrimerías del siglo XX y los comienzos del siglo XXI, han comenzado a consolidar la figura del analista de inteligencia (AI), como figura clave en el proceso de elaboración y toma de decisiones, no solo de las instituciones estatales —como originalmente lo hacían— sino también en los ámbitos empresariales.

La idea de que Thomas Hobbes, expresara en El Leviatán, “quien tiene la información, tiene el poder”, en la era de la inteligencia artificial ha mutado ese poder no ya a quien tiene la información, sino a quien tiene la capacidad para procesarla. La abundancia de información, la desinformación y el cambio permanente, ello en un contexto que fuerza la rápida conformación de nuevos escenarios de incertidumbre, enfrentan al AI a exigentes desafíos, para los cuales tendrá que ser no solo un hábil conocedor de sus debilidades y fortalezas analíticas, sino también personales.

El abordaje de las habilidades del AI en su dimensión ontológica, pretende indagar en una dimensión hasta ahora no muy considerada, como es la importancia por parte de cada analista de conocer el modelo de observador que es, y como a través del mismo observa y analiza la realidad. Para este propósito hemos encontrado en la obra de Rafael Echeverría, creador de la Ontología del Lenguaje, un importante aporte conceptual para dar sustento a esta nueva dimensión del AI.  

EL ANALISTA DE INTELIGENCIA

Su importancia y conceptualización

Durante mucho tiempo se sostuvo que la información era poder, razón por la cual su reunión constituía la principal preocupación de las organizaciones, así como de sus máximos decisores. El siglo XXI refleja claramente la abundancia de una cantidad de información, que hasta los censores más audaces no pueden impedir su circulación; no obstante, pueden estar abocados a contrarrestar este fenómeno con otro igualmente peligroso: la desinformación o su exceso. En un mundo de estas características el decisor necesita quien tenga la capacidad de dar sentido y orientación a esta realidad, donde la abundancia de información —verdadera o falsa—, el cambio permanente y la falta de certezas se transforman en un común denominador de los escenarios humanos.

En este contexto, el AI se constituye en un protagonista axial, en la fase de elaboración de todo proceso de decisión cuya importancia y necesidad, ha comenzado a trascender desde su ámbito originario como fueron las instituciones estatales, para ser en la actualidad un engranaje vital en los esquemas de elaboración y toma de decisiones de cualquier organización del ámbito empresario[1].

Si bien en un sentido amplio se ha conceptualizado al AI como aquel actor, cuyo principal rol es el de proporcionar información procesada, que permita reducir las posibles incertidumbres que se presenten, en los distintos niveles de dirección y/o ejecución, donde se toman o implementan decisiones. En un sentido restringido, si consideramos la etimología del vocablo inteligencia, del latín “inter” = entre, y “legere = elegir, (aunque es también “intus” = adentro, o sea leer adentro de la cuestión, del asunto), el rol del analista de inteligencia se traducirá en el hecho de saber extraer de la realidad —con un criterio sistémico— aquellos hechos o circunstancias relevantes para la generación de aquellos escenarios de probabilidad, de interés o importancia para a un decisor u organización, que permitan adoptar las mejores elecciones posibles[2]. Ello en razón, de ser el AI quien posibilita al decisor —político o empresario— tener por anticipado una aproximación de las consecuencias de sus acciones, las diferentes posibilidades de evolución futura, así como aquellos factores a tener en cuenta, muchas veces no siempre evidentes. Su desafío será siempre traducir lo incierto de los futuros contingentes en posibles o probables[3].

Su perfil profesional

La compleja tarea que debe llevar adelante un AI, como es la de trabajar permanentemente en escenarios de incertidumbre y contingencia, en muchas situaciones lo enfrenta a esa antigua dicotomía que, parafraseando a Clausewitz, presenta a la inteligencia como un arte y/o ciencia, en la cual el analista debe conjugar su habilidad, práctica y conocimiento teórico[4].

Actualmente se habla con bastante énfasis de la Inteligencia como disciplina científica, debido a la convergencia de enfoques y disciplinas diferentes que se presentan para su estudio[5]. Una muestra de ello, es el auge en los programas académicos modernos orientados hacia la formación de AI, de las denominadas “Técnicas Analíticas Estructuradas para el Análisis de Inteligencia”[6], cuya técnica más destacada es la conocida como “Análisis de Hipótesis en Competencia”; la cual si bien tuvo un amplio consenso en el mundo académico, no ocurrió lo mismo entre los profesionales del análisis, quienes consideraban que su importancia era más didáctica que real, siendo de escaso uso en la práctica[7]. Ello de alguna manera mantiene vigente, que el AI siga reviviendo este antiguo dilema de la Inteligencia como arte y/o ciencia; el cual en cierta forma, se trata de la complementación entre la intuición y razón.

Durante buena parte del siglo XX, principalmente durante los años de la denominada Guerra Fría, todo resultaba ser más previsible por lo que la razón (tan solo una de las funciones intelectuales), era la fuente más apropiada para la evaluación y análisis de cualquier escenario[8]. Pero en las últimas décadas del siglo XX y las primeras del presente siglo, han expuesto al AI a revivir nuevamente ese dilema de su especialidad, al tener que enfrentarse a un mundo cambiante; en el cual como bien define Zygmunt Bauman[9], se enfrenta a una modernidad liquida, cuyas características dominantes son la figura del cambio, la transitoriedad, nada existe como firme o seguro y todo reviste una incertidumbre amenazante[10].

El AI cualquiera sea su formación profesional, en numerosas ocasiones hace empleo de todos sus mecanismos psíquicos no siendo capaz de controlarlos todos, ni en condiciones siempre de comprender cuál de ellos, ha intervenido en cada situación. Cualquier análisis de inteligencia que se lleve a cabo, desde el análisis y la reunión de la información, hasta la elaboración de escenarios, intervienen la percepción de acontecimientos, la imaginación o representación visual, la formación de conceptos de distinto grado de abstracción, la comparación que lleva a establecer analogías y la generalización inductiva; la deducción tanto formal como informal, las intuiciones intelectuales[11], hasta la consideración y análisis de escenarios más extravagantes o inverosímiles, como los denominados “cisne negro[12].

En tal sentido, cuando el AI no conoce exactamente cuál de dichos mecanismos ha intervenido, cuando no recuerda o tiene clara conciencia de los procesos inferenciales o cuando no fue lo suficientemente riguroso y sistemático, es cuando considera que su tarea ha sido obra de la “intuición”.

La intuición (o la visión directa) conforma para el AI una suerte de caja de herramientas en la cual deposita todas aquellas metodologías de cuño personal, que si bien no presentan un cierto rigor científico, surgen de esa extraña simbiosis entre el conocimiento teórico y el conocimiento práctico, cuya efectividad fue demostrada por el nivel de ocurrencia de los escenarios propuestos, en trabajos anteriores. No obstante, con ello no pretendemos asignar primacía a la intuición por sobre la razón; sino por el contrario, ambas deben combinarse, complementarse, armonizarse, debiéndose disciplinar racionalmente la intuición y permitir que esta movilice y guíe a la razón[13].

Frente a este escenario dual, en el cual el AI debe apreciar y evaluar sus desafíos profesionales, surge como un interrogante central:

¿Cuáles serían las habilidades necesarias que deberá tener un analista del siglo XXI?

Si bien las habilidades duras, como son las vinculadas a su capacidad de aplicar métodos, procedimientos y técnicas, propias de su formación profesional, sin lugar a dudas serán vitales e importantes. Según un estudio llevado a cabo en el año 2011, por el Institute for the Future of University of Phoenix Research Institute denominado “Future Work Skills 2020”, serán las denominadas habilidades blandas, que son aquellas capacidades que esencialmente están vinculadas a los rasgos de personalidad, las que tendrán primacía, siendo ellas: Creación de sentido, Inteligencia social, Pensamiento novedoso y adaptativo, Competencia cultural, Pensamiento computacional, Nuevos medios de comunicación, Transdisciplina, Mentalidad de diseño, Gestión de la carga cognitiva, Colaboración virtual[14].

A modo de síntesis, podemos agregar que los desafíos a los cuales se enfrentara una AI del siglo XXI exigirá en su formación una actitud y preparación en aquellas habilidades de uso general para la vida, siendo lo más importante su capacidad de adaptación al cambio, de estar apto parta aprender cosas nuevas y mantener el equilibrio mental frente a situaciones con las cuales no esté familiarizado. Para estar a la altura de los desafíos del mundo actual, necesitara en definitiva reinventarse una y otra vez[15].

Su dimensión ontológica

El hecho de ser el mundo interior de las personas condicionante de cómo interpretan la complejidad del mundo exterior y su evolución incierta, resulta ser este un aspecto determinante para un AI, observador profesional de la realidad sobre la cual opera, a los efectos de su interpretación y análisis.

En este sentido Vega Lamas, destaca que la “introversión”, resulta ser la forma de comportamiento más habitual de los AI Senior, según un estudio llevado a cabo en US Joint Military Intelligence College (JMIC), donde se destaca la especial orientación del AI hacia el mundo interior de las ideas, más que hacia el mundo de las cosas y las personas[16]. Una de las debilidades o fallas que habitualmente se destacan en todos los AI con relación a su mundo interior, son las denominadas por los psicólogos y filósofos como sesgos cognitivos; como producto de paradigmas de base, modelos mentales, percepciones, juicios y recuerdos modelados por sus creencias, prejuicios, expectativas, intereses, conocimientos adquiridos, deseos y temores[17]. Debido a la influencia que ese mundo interior (un microcosmos), representa en el tipo de observador en el cual se convierte un AI; realizar sus análisis desde una dimensión ontológica[18], le permitirá realizar el mismo desde una visión sistémica más amplia y abarcativa de los acontecimientos.

El Analista de Inteligencia: un observador

Todo AI es plenamente consciente que la realidad que observa (atentamente[19]) y luego analiza (parte, disecciona, sintetiza, conceptualiza…), es producto del tipo de analista que es y por ende del tipo de observador. Cada analista es un observador diferente, la forma en que ve la realidad, es como la interpreta; no sabe de manera objetiva como es la realidad, solo sabe como la ve o la interpreta. En tal sentido, esta forma de interpretar la realidad lo conduce a considerar una parte de ella y, necesariamente, a excluir otra.

Si bien, todo observador es consciente que observa la realidad y a la vez también se observa a sí mismo, no obstante existirá un “punto ciego” en su capacidad de observación, que será el lugar en el cual se posiciona para llevar a cabo la misma. Al no observar tal situación, no podrá advertir que todas sus observaciones estarán condicionadas por esa posición desde la cual se encuentra y observa. La forma en que todo analista observa, contiene por lo tanto luces, sombras y espacios ciegos; la realidad que construye estará condicionada por aquello que llame su atención o interés de ella y por aquella otra parte que por los mismos motivos sea incapaz de percibir. Cada observador reconstruye la realidad de manera diferente y de esa manera particular de generar sentido, surgen los variados escenarios que visualizara como posibles o probables.

Las creencias, juicios, paradigmas, percepciones, cultura, historia personal e inconsciente de cada observador serán las que producirán los distintos tipos de observador y será frente a esta subjetividad propia del ser humano (también lo llamaríamos “perspectivismo[20]) que el Dr. Echeverría, con su propuesta de Ontología del Lenguaje, marca un camino a través del cual nos presenta un criterio de interpretación, para ayudar a discernir entre la diversidad de interpretaciones a las que se enfrenta todo observador. El mismo, se desarrolla partiendo de ciertos principios que para Echeverría definen la propuesta de su Ontología del Lenguaje; siendo el primero de ellos el denominado “Principio del Observador”, el cual formula de la siguiente manera:

No sabemos cómo las cosas son, solo sabemos cómo las observamos o como las interpretamos. Vivimos en mundos interpretativos”[21].

Por tal motivo, el hecho de vivir en “mundos interpretativos” de la realidad, generara en cada AI la necesidad de ser consciente del tipo de observador que es[22]. Motivo por el cual, partiendo de esta premisa cabe formular el siguiente interrogante: ¿qué tipo de observador es para observar lo que observa?[23] Respuesta que será vital conocer y responderse a sí mismo, para evaluar aquellos sesgos que puedan afectar su producto. Razón por la cual, la importancia que representará comprender la estructura básica que determina qué tipo de observador es, lo enfrenta como “una alternativa”, a remitirse a los denominados dominios primarios del observador -también denominados del ser u ontológicos- constituidos por el cuerpo, la emoción y el lenguaje.

Estos dominios ontológicos, contenidos dentro de un supra-dominio como es el biológico, constituyen los componentes y relaciones que conforman entre sí, la estructura corporal del observador, como sistema para dar lugar a la unidad biológica que representa. Con ello hacemos referencia a lo que sucede en los sistemas nervioso, digestivo, circulatorio, endocrinológico, respiratorio, así como en lo relativo a lo hormonal y genético.

Anteriormente destacábamos como cada persona conforma un observador diferente[24] desde las distintas interpretaciones que hace de la realidad; pero no sólo las distintas interpretaciones que se lleven a cabo marcarán las diferencias entre los distintos observadores sino que también las distintas características que presente en su conformación biológica, como características de su sistema nervioso, el tipo de motricidad, funcionamiento glandular, la afección o disfuncionalidad en algunos de sus órganos, influirán en la actitud del observador frente a la realidad.

En tal sentido, es notable como hombres y mujeres desarrollan modos de observar diferentes, como productos de sus diferencias biológicas, siendo ellas mucho más profundas que aquellas que surgen de sus diferencias de sexo. Como aquellas relativas a su estructura celular, sus configuraciones neuronales, en las características de sus hemisferios cerebrales, las cuales inciden en la forma como observan y describen la realidad[25].

Por tal motivo, y como destaca Echeverría el hecho de cuestionarse la capacidad de los seres humanos para acceder a la realidad, de forma inmediata, produce dos desplazamientos significativos:

  1. el centro de gravedad en materia de conocimiento se desplaza desde lo observado (el ser de las cosas) hacia el observador;
  2. el conocimiento hace referencia tanto a lo que se observa como a quien lo observa.[26]

Dominios primarios del observador

Cada AI como observador se constituirá, por lo tanto, en estos dominios primarios de observación que corresponde a los dominios propios de la existencia humana y, por ende, se insertan en el dominio básico de la biología. Pese a no ser los únicos, son ellos dominios fenoménicos irreductibles, ya que no permiten su reducción a otro de los dominios, no obstante, mantener relaciones de coherencia entre ellos.

Estos dominios primarios del observador son tres, a saber:

  • Cuerpo: este dominio de observación está vinculado al comportamiento físico del observador, como unidad biológica, la manera en que se posiciona en su entorno, así como las relaciones físicas que establece con las entidades que conforman el medio en el cual debe desempeñarse. La gestualidad corporal en sus distintas manifestaciones es la que definirá un tipo de presencia del observador en su entorno; es la que influirá para determinar como él se sitúa frente a la realidad. Conforme a como sea su postura, definirá un tipo de observador.
  • Emociones: el estado emocional en el cual se encuentre el observador, será el prisma a través del cual abordara la realidad que observa. El dominio emocional nos constituye en observadores diferentes; este nos predispone a observar ciertos aspectos de la realidad y a no observar otros. En tal sentido, cada vez que el observador cambia su estado emocional su forma de percibir la realidad puede experimentar modificaciones. La versatilidad emocional de un observador será un factor clave, en la claridad y precisión de sus observaciones[27].
  • Lenguaje: sin menoscabar la importancia de los dominios anteriores, es en este dominio donde encontramos, las principales características que hacen a un buen observador. Ello en razón, de la nueva comprensión que ECHEVERRÍA hace de los seres humanos con lo que denomino “Ontología del Lenguaje”. Por medio del lenguaje el AI, se transforma en un particular observador del mundo y del fenómeno humano, posición que claramente expresa en lo que denominó los tres postulados básicos de la Ontología del Lenguaje, a saber:

      a) Interpretamos  a  los  seres  humanos  como seres        lingüísticos.

     b) Interpretamos  al  lenguaje  como  generativo   de       realidades.

      c) Interpretamos que los seres humanos se crean a sí        mismos en el lenguaje y a través de él[28].

El ser humano es humano porque tiene lenguaje y es desde el lenguaje que describe y genera su realidad, por ser este uno de los dominios a través de los cuales ellos actúan. Motivo por cual, el lenguaje es más que una “herramienta comunicativa”, es ACCIÓN y genera REALIDAD. Es por ello, que el poder de la palabra toma compromiso, cuando está acompañada por la acción (“el contexto dice más que el texto”). En tal sentido, el hecho de que el lenguaje constituye un observador diferente, está relacionado a tres factores:

  • Las distinciones: no solo la realidad es percibida a través de los sentidos, sino también lo hacemos por medio de nuestras distinciones; sin distinciones no podría observarse, ya sólo tendríamos experiencias perceptuales no significativas.
  • Los juicios: ellos son aquellos actos del lenguaje a través de los cuales el observador, toma posición frente a la realidad que observa. Ellos influyen de manera axial en las acciones que lleva a cabo o que decide no realizar, así como para tomar posición frente a las personas, los hechos o su propia vida. Cada observador adoptara cursos de acción de acuerdo con los juicios que formule, abriendo o cerrando posibilidades de nuevas acciones.
  • Las narrativas: están conformadas por los relatos que el observador construye sobre el mundo, las cuales pueden limitar la capacidad de crear acciones y visiones nuevas, al ofrecer interpretaciones que muchas veces responden a visiones aceptadas por la mayoría, aunque piense que existan aspectos del relato que pueda cambiar[29].

Condicionantes del observador: el Modelo OSAR

Este modelo elaborado por el Dr. Echeverría, cuya sigla describe sus componentes: Observador-Sistema-Acción-Resultados, nos permite describir los condicionantes frente a los cuales el analista se enfrenta como observador de la realidad.

En toda estructura u organización en la cual el AI le toque realizar su tarea, tanto las ACCIONES que lleve a cabo, como los RESULTADOS que ellas produzcan, serán motivo de evaluación y consideración. Si bien, los resultados son siempre los primeros a tomarse en consideración, no debemos olvidar que ellos están directamente relacionados con las acciones.

Existen varios factores que pueden ser condicionantes en las acciones que lleve a cabo un analista, los cuales al ser identificados permiten evaluar la forma en que pueden incidir en ellas y por ende en sus resultados:

  • Predisposiciones biológicas: la constitución biológica de cada observador es condicionante para determinar su capacidad de acción. No todos poseen las mismas habilidades para llevar adelante determinadas tareas. Su predisposición o sus talentos para hacer ciertas cosas y su dificultad para otras, serán producto de su naturaleza, de su biología.
  • Adquisición de competencias: las habilidades cognitivas del observador conforman competencias esenciales para el desarrollo de su actividad, en especial aquellas adquiridas durante su formación profesional. En este punto es importante destacar, la relevancia del proceso de aprendizaje en la adquisición de competencias, como una cualidad vital para la optimización y mejoramiento de sus acciones y por ende de sus resultados.
  • Cambios tecnológicos: en muchas ocasiones la mejora en los resultados, conlleva la necesidad ya no de optimizar sus competencias, sino de realizar cambios tecnológicos que le permitan el empleo de las mejores y más actualizadas herramientas tecnológicas. Sin perjuicio de que en tales circunstancias deba realizar algunos aprendizajes para su empleo.
  • Factores emocionales: todo observador es un ser emocional que razona y en este dominio donde adopta gran parte de sus decisiones. En muchas ocasiones no son las competencias o las tecnologías con que el mismo lleva adelante su trabajo, sino los factores emocionales que lo afectan y condicionan, con los cuales debe llevar adelante su actividad.
  • Nuestras habitualidades: la volatilidad del mundo que enfrente un analista como observador de la realidad, el hecho de ser recurrente en su accionar, constituye una habitualidad sobre la cual no puede dejar de prestar atención de manera constante, ya que la manera en que lleva adelante su actividad no es indiferente desde el punto de vista de los resultados que genera.

Por tal motivo, podemos apreciar entonces que si el resultado no es el esperado, será necesario modificar la acción que lo generó por parte del observador, situación que en muchos casos lo remite a un nuevo aprendizaje, en línea ello con lo que Albert Einstein sostenía al respecto, al decir: “Nunca se puede resolver un problema en el mismo nivel en el que fue creado”. Siendo el APRENDIZAJE, aquella acción que posibilitará al observador generar una nueva acción, tomaremos el Modelo OSAR para identificar los tipos de aprendizaje necesarios para dicho propósito.

En principio tenemos un “aprendizaje de primer orden”, el cual se presenta como el de más frecuente empleo y en tal sentido el más obvio, ya que ante un resultado desfavorable el revisar las acciones que lo generaron, es la práctica más empleada. Modificamos acciones para obtener diferentes resultados. No obstante, este aprendizaje de primer orden nos presenta límites, en cuanto a que sus posibilidades de transformación están acotadas, ya que en muchas ocasiones el cambio de acción va a requerir un nuevo tipo de observador que es el analista. Por esta razón, se requiere de un nuevo tipo de aprendizaje llamado “aprendizaje de segundo orden”, el cual implica un cambio de observador, en la persona del analista. El criterio sería que, al modificarse el tipo de observador que el analista es, se podrán superar las limitaciones que afectaban su accionar y con ello las acciones que generaba, siendo por ello el aprendizaje individual insuficiente para producir dicho cambio, requiriéndose por tal motivo un aprendizaje que se instrumente desde el sistema al cual el observador pertenece.

En el aprendizaje de segundo orden podemos reconocer dos niveles, uno superficial orientado al mejoramiento de las habilidades del observador y otro más profundo orientado a modificar aspectos vinculados a su forma de ser. A esta modalidad de aprendizaje la denominamos “aprendizaje transformacional”, y su finalidad será la de permitir reconocer y lograr una ruptura con viejos patrones de observación y comportamiento que habían sido característicos de la forma de ser de ese observador. Una de las características distintivas de este tipo de aprendizaje es la alteración o ruptura con la linealidad[30].

Consideraciones necesarias

El abordaje desde una visión ontológica, para analizar al AI del siglo XXI, muestra que frente a las exigencias que el nuevo siglo presenta, en especial por el horizonte de incertidumbre y de cambio permanente, su perfil profesional ya no podrá solamente descansar en aquellos aspectos vinculados a sus habilidades cognitivas, que por cierto, son importantes. Sino que debido a que sus nuevas habilidades estarán mayormente vinculadas a sus rasgos de personalidad, tendrá que contar con herramientas conceptuales que le permitan reconocer qué tipo de observador es.

Para Echeverría, la existencia de los tres dominios primarios del observador, si bien por éste carácter observamos que no son los únicos que caracterizan a los seres humanos, en cierta forma permiten poner de manifiesto que cualquier otro domino remitirá inexorablemente a estos tres. Dada la estructura sistémica que ellos conforman, en la cual los distintos dominios mantienen relaciones de interdependencia, será en la estructura de coherencia de estos tres dominios que cada AI podrá evaluar el tipo de observador que es. Siendo esta coherencia determinante, ya que podrán existir hechos o realidades que serán percibidos de forma diferente por un observador, según predomine en él el dominio del cuerpo, la emoción o el lenguaje. No obstante, estén presentes los tres dominios de forma activa y conectada entre sí.

La mejor manera de hacer es ser” sostuvo el creador del taoísmo Lao Tse hace casi 2500 años, máxima que sin duda sigue teniendo actualidad, más allá que nuestra actitud instintiva nos lleve siempre a buscar resultados. Precisamente será en los resultados donde la atención y los esfuerzos del analista están mayormente dirigidos; y ello en razón de, sentirse condicionado por esa necesidad instintiva de operar bajo el paradigma del: HACER-TENER-SER. De tal modo que el analista este motivado por la natural predisposición a buscar resultados (el tener), olvidando el proceso (el hacer) necesario para alcanzar esos resultados y en la mayoría de las situaciones, sin tener cabal conciencia de su modelo de observador (el ser), que es el cual le proporcionara en definitiva, las capacidades y habilidades necesarias para llevar adelante sus actividades.

Si bien “a priori”, es razonable y comprensible tal motivación, entendiendo que su trabajo inexorablemente es evaluado por ser asertivo o no, en la predicción de sus escenarios. Tampoco es menos veraz en este sentido, que ningún analista tanto valiéndose de su razonamiento como de su intuición, posee las capacidades o habilidades que posibiliten de forma sistemática la precisión en sus resultados, al traducir con ellos lo incierto de los futuros contingentes, en posibles o probables. Motivo, por el cual, para obtener resultados específicos un AI deberá tener un acabado conocimiento del tipo de observador que es y las fortalezas y debilidades que el mismo presenta, ya que será esta variable (ser) la que podrá manejar en la búsqueda de los mejores resultados[31].

En tal sentido, como bien sostiene Fredy Kofman[32], desde que el mundo es mundo, las personas han sido atraídas siempre por el resultado, perdiendo de vista la infraestructura y el proceso, pre-condición para obtenerlo. Razón por la cual, resulta paradójico que para obtener un resultado, y para comportarse de tal manera de modo de producir ese resultado, sea necesario primero SER el tipo de persona capaz de comportarse de esa forma. Por tal motivo, y a modo de síntesis, podemos decir que el AI del siglo XXI debería basar su nuevo perfil en un nuevo paradigma de observador: SER-HACER-TENER, ante la necesidad que estos nuevos tiempos exigen; teniendo que focalizar su formación inicial en la esencia de los que es el SER de un AI. Dado que al concentrase en el SER, el analista se vuelve una persona más flexible para modificar sus conductas y por ende lograr una mejor adaptación al devenir de sus permanentes desafíos.

 

* Graduado en Ciencia Política (Universidad J. F. Kennedy). Posgrado en Negociación (UCA). Posgrado en Geopolítica (Escuela Superior de Guerra). Posgrado en Estrategia (EMCFFAA). Curso Superior de Defensa Nacional (Escuela de Defensa Nacional). Curso de Planificación y Administración para la Defensa (CHDS/Universidad Nacional de la Defensa-Washington DC). Desempeñó actividades docentes en la Facultad de Derecho y CBC (UBA). Facultad de Ciencia Política (UJFK), Escuela Superior de Guerra Y Escuela Superior de la Prefectura Naval Argentina.

Referencias

[1] España cuenta en la actualidad con cuatro universidades que dictan el Master de Analista de Inteligencia. Ver: “Los 6 mejores programas Master Analista de Inteligencia en España”. Papeles de Inteligencia, <https://papelesdeinteligencia.com/los-mejores-master-analista-de-inteligencia/>.

[2] Antonio M. Díaz Fernández. Conceptos Fundamentales de Inteligencia. Valencia: Tirant Lo Blanch, 2016, p. 197.

[3] Posible: es una situación que puede o no suceder o ejecutarse, y no se sabe si se hará o no. Probable: que una situación puede suceder o hay mayor factibilidad de que suceda, basado en pruebas o razones que la sustenten. Lo “probable” se basa en pruebas, y ellas sostienen que suceda la situación, la posibilidad que suceda el acontecimiento es mayor; en lo “posible” se basa en hipótesis o suposiciones que se pueden dar o no. Si no hay razones o motivos de que se va a realizar, entonces no es probable que suceda, o hay una mínima posibilidad que se cumpla.

[4] Karl von Clausewitz. De La Guerra. I Barcelona: Labor, 1984, p. 154-155.

[5] Fernando Velazco, Diego Navarro y Rubén Arcos. La inteligencia como disciplina científica. Madrid: Ministerio de Defensa y Plaza y Valdés Editores, 2010, 579 p.

[6] Richards J. Heuer Jr, Randolph H. Pherson: Técnicas Analíticas Estructuradas para el Análisis de Inteligencia. Madrid: Plaza y Valdés Editores, 2015, 360 p.

[7] José Miguel Palacios. “Enseñanza de la inteligencia: errores relacionados con ACH”. GESI, 01/06/2017, <https://www.seguridadinternacional.es/?q=es/content/ense%C3%B1anza-de-la-inteligencia-errores-relacionados-con-ach-0>.

[8] Ello debido a la lucha de bloques y al control de las superpotencias sobre las zonas de tensión o de conflictos existentes, actuando como “amortiguadores de conflicto”. Gustavo Diaz Matey. Los Servicios de Inteligencia ante el Siglo XXI. Madrid: D.V. Chavín, Servicios Gráficos y Editoriales, S. L., 2011, p. 82.

[9] Zygmunt Bauman. Modernidad Liquida. México: FCE, 2003.

[10] Zygmunt Bauman. Ética Posmoderna. Argentina: Siglo XXI, 2004, p. 171.

[11] Un ejemplo concreto de “Eureka” o “Geisteblitz”, del descubridor del agente propagador del tifus, el Dr. Ch. Nicolle; en Jean Laloup. La ciencia y lo humano. Madrid: Herder, 1981, p. 246.

[12] En su libro El Cisne Negro: El Impacto de lo Altamente Improbable, Nassim Nicholas Taleb explica La Teoría del Cisne Negro o Teoría de los Eventos del Cisne Negro, como una metáfora que encierra como concepto central que el evento es una sorpresa para el observador pues está fuera de las expectativas normales ya que no existe ningún evento en el pasado que apunte de forma convincente a su posibilidad. Dicha frase era una expresión común en el Londres del siglo XVI como una declaración de imposibilidad.

[13] Mario Bunge: Intuición y Razón. Buenos Aires: Sudamericana, 1976, p. 119-121.

[14] Institute for the Future of University of Phoenix Research Institute: Future Work Skills 2020.Phoenix 2011.

[15] Yuval Noah Harari. 21 Lecciones para el Siglo XXI. Buenos Aires: Debate, 2018 (3ª ed.), p. 288.

[16] José C. Vega Lamas. “La pieza clave en la Inteligencia: el analista”. En: Fernando Velazco, Diego Navarro y Rubén Arcos. La Inteligencia como Disciplina Científica. Madrid: Plaza y Valdés Editores, 2010, p. 130.

[17] Antonio Vélez. “Sesgos, Ilusiones y otras Fallas Cognitivas”. En: Revista Universidad del Antioquía, nº 249, p. 18. Versión digitalizada, disponible en: <https://es.scribd.com/doc/76604776/Antonio-Velez-Sesgos-ilusiones-y-otras-fallas-cognitivas>.

[18] Para abordar su estudio se utilizó la extensa obra del Dr. Rafael Echeverría, creador a nivel mundial de la propuesta conocida como La Ontología del Lenguaje y de la práctica del Coaching Ontológico.

[20] El perspectivismo es una teoría filosófica la cual considera que no existe un único conocimiento o verdad absoluta de la realidad, sino múltiples y variadas interpretaciones o puntos de vista del mismo. Si bien Nietzsche ya planteaba como imposible el hecho de conocer la verdadera realidad, debido a que la visión e interpretación de cada individuo viene dada desde su percepción, fue José Ortega y Gasset uno de los más importantes exponentes del perspectivismo.

[21] Rafael Echeverría. El Observador y Su Mundo. Volumen I. Buenos Aires: Ediciones Granica, 2016 p. 149-151.

[22] Ibíd., p. 109-110.

[23] Ibíd., p. 135-137.

[25] Rafael Echeverría. Op. cit., p. 161-163.

[26] Ibíd., p. 42.

[27] Ibíd., p. 164-169.

[28] Ibíd., p. 30-31

[29] Ibíd., p. 169-180.

[30] Ibíd., p. 91-122.

[31] Fredy Kofman. La Empresa Consciente. Buenos Aires: Grito Sagrado, 2018, p. 44.

[32] Fredy Kofman. Metamanagment. Tomo I – Principios. Buenos Aires: Grito Sagrado, 2008, p. 76-77.

Cómo vencer con las 10 reglas de Sun Tzu

Agustín Saavedra Weise*

Sun Tzu —pensador chino fallecido hace más de 2.500 años— plasmó muchas de sus ideas en diversos escritos, entre ellos el ahora popular Arte de la Guerra, publicado en varios idiomas e inclusive promocionado a través de sus numerosas citas, repetidas por conocidos actores de Hollywood en varias películas de enorme popularidad. Si en todo conflicto lo importante al fin y al cabo es aniquilar al enemigo o anular su voluntad de lucha, hay para ello varias estrategias posibles, los medios son claros y estos son necesariamente violentos o, por lo menos, conllevan la amenaza de usar la fuerza. En los combates no caben las complacencias.

Lo realmente inteligente, empero, es intentar derrotar al contrario sin necesidad de acudir al uso de la fuerza, rendirlo sin luchar. Y según Sun Tzu, esa es la máxima habilidad: vencer al enemigo sin tener que pelear con él. Para ello hay que acudir a tretas que hurgan la mente del adversario y lo descolocan o lo desmoralizan. No en vano Sun Tzu proclamó: “Para triunfar en cualquier tipo de lucha hay que usar el engaño”. Lo importante: minar la voluntad de pelear del rival mediante diversos métodos que produzcan confusión.

El objetivo básico de quien utiliza las técnicas señaladas por Sun Tzu radica en la desmoralización y pérdida de la capacidad combativa del oponente, trátese de un enemigo único, de un ejército, o de una comunidad entera. Y para lograrlo hay que ejecutar las diez reglas que señaló el maestro chino. Ellas son: 1) Descomponed en el ámbito de vuestros enemigos todo lo que sea bueno; 2) Poned en ridículo a sus dioses y arrastrad por el lodo sus tradiciones; 3) Socavad por todos los medios el prestigio de sus clases dirigentes; complicadlas, toda vez que sea posible, en negocios turbios y exponedlas en el momento oportuno a la vergüenza; 4) Sembrad discordia y desunión; 5) Obstaculizad por todos los medios la labor de las autoridades; 6) Ubicad por doquier a vuestros soplones; 7) No rehuyáis la colaboración de nadie, ni siquiera la de las criaturas más viles y repugnantes; 8) Perturbad cuanto podáis la educación y el aprovisionamiento de las fuerzas armadas enemigas; debes socavar su disciplina y erosionar su voluntad de luchar; 9) No escatiméis promesas, ni dinero ni regalos, porque todo ello reditúa ricos intereses; 10) Usad siempre el engaño para desconcertar al adversario y confundir su espíritu.

Como aseveró con acierto un experto en estrategia y geopolítica —el ya fallecido general austríaco Jordis Von Lohausen— la ética del filósofo chino Confucio buscaba aclarar conceptos y equilibrar el alma llevándola a esferas superiores de comprensión. En cambio, la cínica estrategia de su compatriota Sun-Tzu buscaba justamente lo opuesto: confundir y desequilibrar, generar dudas, caos, tensiones y temores. La hoy llamada “guerra psicológica” —arreglada en conformidad con las consignas de Sun-Tzu— hace que el contrario abandone valores sustanciales tales como la verdad, la historia y a veces hasta su intrínseca gallardía, derrumbándose así su moral propia y la moral colectiva de quienes lo acompañan, muchas veces sin necesidad de usar las armas ni de acudir a la violencia directa.

“Confundid al pueblo y os aseguro que su destino estará en vuestras manos”, proclamaba el estratega chino. Algo de eso vemos hoy en el manejo sociopolítico de nuestro país y lo observamos también en otras latitudes. Pese a encontrarnos ahora muy lejos de Sun–Tzu en este ya transitado siglo XXI, está visto que sus cínicas enseñanzas han sido asimiladas y siguen siendo practicadas.

* Ex canciller, economista y politólogo. Miembro del CEID y de la SAEEG.

** Tomado de El Deber, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, https://www.eldeber.com.bo/opinion/Como-vencer-con-las-10-reglas-de-Sun-Tzu-20190629-0058.html