Archivo de la etiqueta: Pandemia

PERÚ EN PANDEMIA

Francisco Carranza Romero*

 

Encierro y muchas medidas sin planificación

El 17 de marzo comenzó el confinamiento de la gente en Perú. La población, en su mayoría, aceptó la pesada medida por ser necesaria para evitar los contagios de covid-19. Después se anunciaron otras medidas más rígidas como la prohibición de la circulación de los carros particulares sin pase laboral. Pero, después de los 15 días se alargó la medida y volvió a alargarse hasta el 30 de junio asustando a tanta gente que vive de la labor diaria. Ciento siete días vivir soportando el encierro y el aislamiento preventivo por razones sanitarias. Un largo tiempo sentido y soportado, especialmente, por la población llamada vulnerable (adultos mayores y niños). Más de cien días viendo y oyendo noticias de pánico sobre la peste (contagios, muertes y muchas opiniones sensacionalistas; serias, pocas). Si la medida hubiera sido focalizada a los lugares de mayor contagio habría sido más comprensible; pero no a todo el país.

Los supuestos especialistas comenzaron a opinar y aconsejar: “A comer bien porque los bien alimentados no se contagian; aunque se contagien, el cuerpo resistirá y superará la peste”. Como muchas actividades independientes fueron prohibidas y muchos centros de labor se cerraron o redujeron su personal, muchísima gente quedó desocupada. ¿De dónde sacar dinero para comprar los materiales para comer bien? ¿Cómo dormir bien sabiendo que los familiares también tienen el estómago hambriento?

“No automedicarse porque las consecuencias pueden ser peores”.  Los hospitales están llenos de enfermos, de los cuales muchos mueren aun recibiendo las medicinas recetadas; y hasta los mismos médicos y enfermeros también son víctimas. Pues, como sucede en todo el mundo, todo es ensayo porque el mal es tan nuevo que no hay el tratamiento y la medicina eficientes. Esto trae a la memoria el principio latino: Medice, cura te ipsum (Médico, cúrate a ti mismo). Mientras los grandes laboratorios encuentren la vacuna y el remedio, es el tiempo de observar con humildad los tratamientos de la gente en diferentes lugares buscando el alivio y curación del mal.

“Hay que lavarse las manos con más frecuencia”. De acuerdo, la higiene es importante para la salud; pero, hay sectores urbanos que ni siquiera tienen conexión de agua potable; viven comprando agua en sus depósitos.

Covid-19 y corrupción

Civiles y uniformados infectados por el virus de covid-19 y por el virus de la corrupción que se manifiesta en tantos actos vergonzosos e injustificables mientras todo el país está bajo las medidas de restricción. Cito algunos actos que avergüenzan a toda la humanidad porque es la expresión de la indolencia y el aprovechamiento del dolor y el sufrimiento general: sobrevaloración en las compras de los materiales de salud, comercialización de algunos materiales médicos adquiridos por el Ministerio de Salud, el injusto reparto del bono familiar universal sin que esto llegue a los que realmente más lo necesitan, reparto de la canasta familiar a miles de funcionarios quitando la oportunidad a los verdaderos pobres, venta del material de salud adulterado como el caso del oxígeno industrial en vez del oxígeno de salud, atención en los hospitales públicos y en las clínicas privadas según el poder económico, etc. Así, la peste y la corrupción celebran el acontecimiento al ritmo de la danza macabra.

Los infectados y fallecidos por el virus aumentan día tras día que superan a la capacidad de atención de los centros de salud. La situación es triste, pero real: Quien no tiene dinero ni recomendación está destinado a tratarse en su vivienda como pueda o a morirse en la calle o en la puerta del centro de salud.

Ya se sabe que unos pocos se están beneficiando económicamente con el sufrimiento y el llanto de muchos. Los hospitales y las clínicas privadas cosechan mucho dinero. Algunas farmacias, por estar abiertas durante la centena, venden medicinas y materiales de salud subiendo los precios. Las funerarias, cementerios y crematorios ganan bien por el aumento de la cantidad de muertos. Muchas empresas, por razones justificadas o aprovechando el caso, han despedido a sus trabajadores. Y los que han perdido el trabajo han sido afectados económica y psicológicamente. ¡Qué injusto es el mundo! ¿Ante quién reclamar? Parece que hasta el cielo se ha cerrado para los pobres. El principio latino: “Nihil humanum mihi alienum est” (Nada de lo humano me es ajeno) ha sido tirado a la basura. El negocio, como en este caso, no se asocia con la ética. El hombre de negocios es una máquina que traga monedas. Sin embargo, hay unos cuantos que sí sienten el sufrimiento de sus prójimos como suyos y actúan de buen corazón.

Las noticias sobre la corrupción, el virus moral para el cual no hay un proyecto de encontrar una vacuna, ensombrecen al Perú. 

Las consecuencias del confinamiento largo

¿Cuánto se ha ganado o perdido con tanto tiempo de confinamiento? La situación de la población postpandemia es preocupante no sólo en Perú. Ahora todo el mundo tiene miedo de contagiarse de la peste. Cualquier síntoma de gripe es de sospecha y hace temer. Hay desconfianza de otros. Los ahorros han disminuido o acabado. La deuda con personas, instituciones de servicios y bancos quita el sueño a la gente común que debe empezar a luchar desde cero o desde alguito que queda. Pero las cobranzas por agua, luz, televisión, celular, etc. llegan para pagarlas puntualmente para no caer en la morosidad. “En vez de prohibir el funcionamiento de los pequeños negocios y talleres, ¿por qué no instruyeron mejor a la gente las nuevas formas de cuidado para no contagiarse? ¿Acaso los viciosos de licor y fiesta han hecho caso?”, fue el comentario amargo de un zapatero que tiene su puesto dentro de un mercado. La peste y el largo confinamiento han afectado a la economía nacional que difícilmente se levantará hasta llegar al nivel de prepandemia.

Los sectores de salud y educación públicas, descuidadas por tantos gobiernos, ahora sufren más que los sectores privados. La peste sólo abrió las llagas mal cerradas. Lima, foco del mayor contagio y muerte en Perú, es una ciudad en pánico. Y los sobrevivientes deben pensar en la vacuna eficaz contra el covid-19 y la corrupción mediante la educación en el hogar, la sociedad y la escuela.

 

* Licenciado en Lengua y Literatura, Universidad Nacional de Trujillo, Trujillo, Perú. Doctor en Filología Hispánica, Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), Madrid, España. Investigador del Instituto de Estudios de Asia y América, Universidad Dankook, Corea. Ha publicado numerosos libros, entre ellos Diccionario quechua ancashino – castellano.

©2020-saeeg®

 

EL MUNDO QUE SIGUE: LO DESEABLE, LO POSIBLE Y LO TERRIBLE

Alberto Hutschenreuter*

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Uno de los hechos más interesantes que ha producido la Covid-19 causada por el coronavirus es la notable cantidad de trabajos sobre el impacto de la misma en las relaciones entre los estados, sobre todo en clave de perspectivas.

Casi como si se tratara del final de una guerra de escala o de algún otro suceso internacional de proporciones, el fenómeno reactivó como pocas veces los debates y la reflexión en todas las dimensiones, desde la geopolítica hasta la tecnológica, pasando por la económica, la cultural, la militar, etc. Es auspicioso que así sea, pues, más allá de la enfermedad, que para algunos ha sido un hecho que obliga a pensar sobre el verdadero punto de partida del siglo XXI, siempre el mundo, su curso y su horizonte necesitan ser deliberados, particularmente cuando desde hace tiempo el “sistema de posicionamiento” del “medio internacional” ha dejado de suministrar datos relativamente propicios y fiables. Claro que a partir del coronavirus el reto es de escala.

Por otra parte, el virus ha vuelto a exponer uno de los déficits que existe en materia de previsión estratégica global. Hubo algunas pocas alertas sobre el riesgo que implicarían los patógenos en el siglo actual, e incluso muy pocos ámbitos de inteligencia nacional elaboraron calibrados informes sobre brotes epidémicos, pero nadie llegó a imaginar que en tan pocos meses la población mundial quedaría sitiada por el virus, se desplomarían simultáneamente las economías (con las secuelas sociales que ello implica) y se abriría un angustiante interrogante sobre cómo continuará la historia a partir de la Covid-19.

Hacía más de setenta años que el mundo no sufría semejante perturbación. Más aún, en algunos segmentos, por caso, disminución del ingreso per cápita y extensión simultánea de la pobreza, hay que ir bastante más atrás de la Segunda Guerra Mundial para hallar precedentes.

En este cuadro, y siempre con el propósito de provocar dudas que empujen a cavilaciones más precisas, resulta útil fragmentar las reflexiones en relación con el curso de las relaciones entre Estados, destacando aquellas situaciones para las que contamos con las experiencias y realidades, lo único que nos proporciona cierto grado de certidumbre, es decir, el escenario de las posibilidades, como así aquellos contextos frente a los que disponemos de alguna experiencia, y aquellos que implican acercarnos a contextos desconocidos.

Pero antes de referirnos a lo posible y lo desconocido, es pertinente decir algo breve sobre aquello deseable o “aspiracional” en las relaciones entre Estados, puesto que se trata de “imágenes” que a veces impulsan expectativas e incluso acciones loables, que duran hasta encontrarse, o más apropiadamente toparse, con la realidad.

Es habitual que lo deseable surja con fuerza tras el final de una confrontación militar de escala, el inicio de un nuevo siglo o tras la desaparición de una era o régimen entre Estados, sobre todo si se trata de un ciclo que termina casi súbitamente, como sucedió con el final del régimen de Guerra Fría.

Pero también lo deseable podría ocurrir si un país o un lote de países ha transcurrido un tiempo en un entorno donde la cobertura y el concepto estratégico militar lo aportaba un ajeno a dicho grupo de países. Concretamente, nos referimos a la Unión Europea, cuyos liderazgos nacionales casi en su totalidad no han vivido la Guerra Fría ni mucho menos la guerra total de 1939-1945, y por ello han desarrollado una cultura jurídica-institucional sobre la que pretenden erigir la Unión Europea no solo en una potencia mayor, sino en paradigma para otros actores y. de esta manera, prácticamente eliminar las posibilidades de confrontaciones militares interestatales.

Pero se trata de un objetivo más formal que real, pues la historia de las relaciones entre Estados no registra casos de “potencias institucionales”, de manera que el deseo europeo, que podría significarle reveses, como de hecho le sucedió cuando hace unos años Europa descartó posibles tensiones mayores entre Estados en su territorio, enfoque que pronto debió revisar ante los sucesos de Ucrania que terminaron con la mutilación territorial de este actor clave de Europa del este, es nada más que un deseo. Es decir, Europa estaba impulsando un esquema de seguridad desechando la geopolítica y finalmente fue la geopolítica la que la recentró en la realidad dejándola en un conflicto nada más y nada menos que con Rusia.

Las aspiraciones de la UE nos remiten a cuando, reflexionando sobre las formas de gobierno, Nicolás Maquiavelo prefería dejar de lado los principados eclesiásticos, pues, para expresarlo en sus propias palabras, “como están regidos por una razón superior a la que la mente humana no alcanza, dejaré de hablar de ellos; porque, siendo exaltados y mantenidos por Dios, discurrir sobre ellos sería un acto de hombre presuntuoso y temerario”[1].

En el sitio de lo deseable, las diferentes “imágenes” internacionales no tienen ni tendrán finalmente lugar, por caso, la “aldea global”; la convergencia entre Oriente y Occidente”; los “Estados virtuales”; la prodigalidad del comercio como orden internacional; el “pacifismo”; el desarme internacional; los voluntarismos multidimensionales; los “bienes de la humanidad”; el “orden onusiano”, etc.

Claro que se trata de pretensiones loables, elevadas y atractivas, y nadie duda de ello; pero en las relaciones entre los Estados estos enfoques son incongruentes con lo real y lo necesario. En un mundo basado en esas categorías prácticamente no habría, entre otras, cuestiones de costo-beneficio ni de pugna de intereses, algo que jamás ha ocurrido. Para dejar de ser deseos y transformarse en situaciones posibles, necesariamente requerirían que se modifique la misma naturaleza del hombre, que no se funda en el desinterés, el altruismo, la audacia o la confianza, sino en sus opuestos. De allí que para considerar el mundo que sigue, indefectiblemente debemos tener presente esta realidad.

Hacia dentro de los estados esos opuestos sufren las limitaciones jurídico-institucionales, incluso el estado es una entidad de dominación que reclama para sí con éxito el monopolio de la violencia legítima, para expresarlo casi en los mismos términos de Max Weber. Ninguna otra lo podría reclamar y si sucediera que otra organización o entidad política lo hiciera estaría desafiando el orden, y si el mismo Estado lo permitiera, estaríamos ante lo que se denomina un “Estado disfuncional”.

Hacia fuera sucede lo contrario, pues son las entidades intergubernamentales las que padecen la interacción de esos opuestos de los hombres al frente de los Estados; porque por más que exista una densidad de instituciones internacionales, nunca se alcanzará un grado de centralización como el que existe hacia dentro de los Estados. En gran medida, es lo que John Mearsheimer ha denominado “la tragedia de los grandes poderes políticos”, cuando concluye que los grandes poderes se temen, se desconfían y siempre compiten entre sí por el poder.

¿Por qué los grandes poderes se comportan de ese modo? Mi respuesta es que la estructura del sistema internacional obliga a los Estados que solo buscan estar seguros a actual agresivamente unos con otros. Tres características del sistema internacional se combinan para hacer que los Estados se teman unos con otros: 1) la ausencia de una autoridad central que se establezca por encima de ellos y pueda protegerlos, 2) el hecho de que los Estados siempre tienen alguna capacidad militar ofensiva, y 3) el hecho de que los Estados nunca pueden estar seguros sobre las intenciones de otros Estados. Ante este temor, que nunca puede ser eliminado, los Estados reconocen que cuando más poderosos sean en relación con sus rivales, mejores serán sus posibilidades de supervivencia. De hecho, la mejor garantía de supervivencia es ser un hegemón, porque ningún otro Estado puede amenazar seriamente a un actor tan poderoso”.[2]

Hay otros autores, por caso, Kenneth Waltz, que sin salir del realismo “rebajan” las condiciones de poder a una determinada suficiencia de capacidades. Pero todos coinciden en que la situación de anarquía entre Estados es la causa central de la competencia y la concentración de poder por parte de los Estados.

De manera que considerar un mundo “por fuera” de esta realidad supone no solo un desacierto, sino un riesgo si de elaborar escenarios se trata. No hay nada más peligroso para un Estado que realizar reflexiones “subestratégicas”, es decir, no ya diagnósticos imprecisos sobre el curso de las relaciones internacionales, sino meditaciones a partir de bases irreales, algo semejante (o acaso peor) que aquellas reflexiones y acciones subestratégicas basadas en situaciones que poco se relacionan con la realidad propia.

En este contexto, lo posible en el mundo que seguirá a la pandemia será una continuidad de cuestiones atravesadas por crisis crecientes, como así algunas relativas novedades. Enunciemos y consideremos brevemente diez situaciones-tendencias:

  1. Mantenimiento y deterioro de las crisis entre los poderes preeminentes o conflictos mayores: la principal causa de desestabilidad internacional radica en que los actores que deberían trabajar juntos en relación con la estabilidad y la seguridad se hallan en conflicto entre sí, siendo bajas las posibilidades de superación, pues cualquier disposición de acuerdo de una de las partes podría ser interpretada por la otra como una ganancia propia de poder, por caso, Occidente y Rusia; India-China; China-Estados Unidos, etc.
  2. Estacionamiento relativo (por los efectos de la Covid-19) de los gastos en defensa: en 2019 el gasto militar global registró el mayor aumento en los últimos diez años. En 2020 se cumplieron algunos propósitos de modernización y proyectos en las potencias mayores y en actores de medio alcance. Posiblemente, las necesidades económicas pospandemia restrinjan el gasto durante el 2020 y tal vez en 2021, pero posteriormente se retomarán las inversiones, particularmente en materia de desarrollo de nuevos “armamentos de negación de capacidades del oponente”.
  3. Lateralización de las organizaciones multilaterales y casi desaparición de algunas de ellas por falta de financiación: sumada a la tensión internacional, la falta de orden o régimen internacional aumenta aquellas cuestiones relativas con “el interés nacional primero” y disminuye el compromiso con el multilateralismo. Hace algún tiempo, la demanda de reforma del Consejo de Seguridad de la ONU recreaba expectativas en relación con un más actualizado reparto de poder en ese seno ejecutivo formado por “los que cuentan”; sin embargo, hoy se ha relativizado su verdadero alcance, al tiempo que ha cobrado relevancia la fórmula del bilateralismo dentro del “formato G” (G-20, etc.).
  4. Estacionamiento e incluso fragmentación de la integración y complementación regional: la pandemia puso a prueba la “ensambladura” de la integración en Europa, un caso excepcional de tendencia supraestatal; si bien no se produjo ninguna ruptura, la respuesta al reto del virus fue más en clave nacional que colectiva, e incluso la situación fue oportuna para el despliegue de “poder suave” de Rusia y China en aquellos países más impactados por el coronavirus. En otros territorios de complementación, el impacto disruptivo del virus fue acaso menor que el distanciamiento llevado adelante por sus mismos protagonistas desde bastante antes de la llegada del coronavirus, por caso, el Mercosur.
  5. Creciente formalismo de los denominados “sitios comunes de la humanidad”: una de las manifestaciones de la “reconcentración” del poder de los Estados es la creciente relativización de aquellos sitios comunes y desmilitarizados, por caso, el espacio exterior, hace tiempo convertido en un “territorio” de rivalidades y militarizado (no armamentizado). Por otra parte, la adopción de posturas de defensa del medio ambiente por parte de actores con capacidad global de proyectar poder, encierra una estrategia de afirmación de intereses en determinadas “plazas geopolíticas” del mundo, una “diplomacia medioambiental de intereses”. Finalmente, en un mundo extraviado y bajo creciente desconfianzas, nada asegura que los tratados sobre “bienes de la comunidad internacional” no sufran presiones para ser revisados.
  6. Mantenimiento e incluso descenso de la cooperación internacional en segmentos o temas mayores: una de las causas que “facilitó” la expansión de la Covid-19 fue la falta de compromiso de los Estados con el Reglamento Sanitario Internacional (RSI), esto es, las iniciativas prioritarias que establece la OMS para prevenir a los países ante lo que se denomina una Emergencia de Salud Pública de Preocupación Internacional (PHEIC). Antes, frente a otros brotes, también hubo demoras y desconfianzas[3]. Posiblemente, el temor ante un nuevo escenario de rebrote de un coronavirus más agresivo impulse un mayor compromiso interestatal en materia de información; pero también podría ocurrir que las suspicacias relativas con el verdadero origen del virus refuercen la soberanía estatal en detrimento de la cooperación internacional. Siempre debemos recordar que la cooperación entre Estados nunca estará por encima del “principio de la incertidumbre de las intenciones”.
  7. Estacionamiento y posible descenso de los precios energéticos: no existen demasiadas posibilidades para una suba importante del precio del petróleo; y ello se debe a que la oferta es grande y variada. Existen algunos datos relativos con la capacidad estadounidense para hacer rentable la explotación de petróleo de esquisto, aun con un precio bajo del barril; y por otro lado China se encontraría explorando el petróleo de origen bituminoso[4]. Para Rusia y Arabia Saudita, dos actores en pugna energética, ello será un serio inconveniente y, particularmente para el primero, exigirá acelerar los tiempos de modernización de su economía.
  8. Segmentación tecnológica: el posible curso del mundo hacia un ensimismamiento de los Estados implicará una mayor jerarquización en materia tecnológica y, por tanto, un seísmo geopolítico en términos tecnológicos que podría empujar a determinadas regiones a una mayor irrelevancia geoeconómica-estratégica. Hace poco más de un lustro la CEPAL advirtió sobre el aumento de la brecha tecnológica entre América Latina y los centros de avance tecnológico. Pero ello no solo ocurre en la región, sino, salvando las diferencias, en escenarios como Europa, que importa bienes y servicios digitales de Estados Unidos y China[5]. Muy posiblemente, la pandemia será el hecho fungible para que Europa considere la necesidad de desacoplarse de dichos centros.
  9. Ausencia de configuración entre Estados: la pandemia no va a empujar a los Estados a una gran conferencia sobre ordenamiento internacional. Seguramente se habilitarán canales de información y prevención más fluidos, pero en modo alguno ello implicará un orden. Las configuraciones entre Estados en la historia han sido resultado de una situación de guerra o del final de un régimen de poder, es decir, del final de un ciclo en el que hay vencedores y derrotados. Hoy no estamos ante estas situaciones; peor aún, existe una situación de “desglobalización” con tensiones internacionales mayores, es decir, disminución de interdependencias, más introspección nacional y rivalidades crecientes.
  10. Intensificación de la guerra bajo “nuevas modalidades”: durante las últimas siete décadas no volvió a ocurrir una confrontación militar generalizada, hecho que podría hacer suponer que la violencia se ha reducido en el mundo; sin embargo, en el siglo XXI la guerra es un fenómeno más difuso, más lábil, las mismas líneas que dividen la guerra y la paz se han ido borrando[6], pues las rivalidades entre los Estados escalan a través de medios no necesariamente militares sino a través de “territorios” no mensurables como la red. Pero también puede haber “guerra” entre Estados que no rivalizan, por caso, cuando un actor quiere alcanzar determinados objetivos políticos en la política, la economía, etc., de otro actor, recurriendo para “desresponsabilizarse” de ello a grupos conocidos como “hackers patrióticos”. En breve, las denominadas “guerras híbridas” se desarrollan a través de múltiples medios y pueden llegar a lograr, entre otros, cambios de regímenes políticos sin emplear un solo soldado[7].

En cuanto a lo que podemos denominar “lo terrible” en el mundo que seguirá a la pandemia, básicamente hay dos situaciones que suponen inquietudes mayores, particularmente la segunda.

Por un lado, el comercio entre Estados ha sido y podría ser un sucedáneo de un orden o configuración internacional que no hoy existe. No es lo mismo, pero en el estado de perturbación en que se encuentra el mundo el comercio es prácticamente el único segmento que sirve como inhibidor o amortiguador de conflictos. Si bien el comercio implica conflictos, basta considerar la relación entre China y Estados Unidos, una densa red comercial entre Estados tiende a que sus involucrados la preserven porque una ruptura terminaría siendo muy desventajosa.

Hay fuertes señales relativas con una posible contracción del comercio internacional tras la pandemia. Desde razones fundadas en nuevos dimensionamientos de la economía hasta un gran movimiento de relocalización de compañías de escala, pasando por crecientes enfrentamientos por aranceles, etc., un desplome del comercio internacional sería casi el último impacto a lo que queda del orden liberal de posguerra y, por tanto, a la misma estabilidad internacional. De allí que algunos expertos han priorizado el esfuerzo en pos de salvaguardar los principios de dicho orden[8].

En un contexto de crisis entre los poderes preeminentes, el hundimiento del comercio nos volvería hacia un panorama comercio-económico internacional con algunos inquietantes parecidos a los años siguientes a 1929.

Finalmente, la otra cuestión en clave inquietante tiene lugar en el segmento de las armas nucleares, donde el retiro de los poderes preeminentes de tratados centrales para la mantención del equilibrio nuclear puede dejar al mundo ante un horizonte desconocido.

En alguna medida (y bajo un poder nuclear muy superior), acaso se está dando una situación parecida a la que ocurrió en los años ochenta, cuando se hablaba de posibles escenarios de victoria en el terreno de la competencia nuclear, es decir, ir más allá del equilibrio nuclear con el fin no ya de disuadir al otro de no atacar, sino de persuadirlo en función de su supremacía nuclear, situación que solo ha ocurrido entre 1945 y 1949, cuando Estados Unidos tuvo el monopolio del artefacto atómico.

Por tanto, la contracara del alejamiento de Estados Unidos de tratados como el ABM, el INF y el de Cielos Abiertos, sería (más allá de lo que finalmente suceda con el único acuerdo sobre armas estratégicas, el START III) una modernización de sus capacidades nucleares con el fin de ir más allá de la “mutua destrucción asegurada”, esto es, lograr un primer (o, de ser necesario, un segundo) golpe incontestable.

Pero esta situación implicaría una nueva carrera armamentista con Rusia, a la que también habría que sumar a China, un país que pronto dispondrá de la triada nuclear, es decir, capacidad para lanzar sus cabezas nucleares desde tierra, mar y aire.

En este cuadro no podemos soslayar a los poderes nucleares que se encuentran fuera del Tratado de No Proliferación, como así aquellas intenciones de actores como Irán y otros que saben que el arma nuclear supone alcanzar la “seguridad absoluta”.

Lo terrible del mundo que sigue se completa con la posibilidad de que actores no estatales logren tal segmento de poderío u otro que implique posible exterminio masivo.

En suma, el mundo que sigue se compone de un contexto de continuidades que podrían acelerarse y de escenarios de inquietud mayor que, mientras los poderes preeminentes no moderen sus conflictos y sus enfoques estado-soberano-nacionalistas para intentar una configuración u orden, lo mantendrán entre una estabilidad endeble y un desequilibro imprevisible. 

* Doctor en Relaciones Internacionales. Su último libro se titula “Un mundo extraviado. Apreciaciones estratégicas sobre el entorno internacional contemporáneo”, Editorial Almaluz, 2019.

Referencias

[1] Nicolás Maquiavelo. El príncipe. Barcelona: Altaya, 1993, p. 44.

[2] John Mearsheimer. The Tragedy of the Great Politics Power. New York, London: W. W. Norton & Company, 2001, p. 3.

[3] Sara Davies. “The Coronavirus and Trust in the Process of International Cooperation: A System Under Preassure”. Ethics & International Affairs, Carnegie Council, February 2020, <https://www.ethicsandinternationalaffairs.org/2020/the-coronavirus-and-trust-in-the-process-of-international-cooperation-a-system-under-pressure/>.

[4] Agnia Grigas. “Covid-19 Spells out new era for energy markets”, Atlantic Council, April 20, 2020. <https://www.atlanticcouncil.org/blogs/new-atlanticist/covid-19-spells-out-new-era-for-energy-markets/>.

[5] D.S. Hooda. “The Trayectory of future wars”. India Today, January 3, 2020, <https://www.indiatoday.in/magazine/cover-story/story/20200113-the-trajectory-for-future-wars-1633246-2020-01-03>.

[6] Andrew Korybko, Guerras híbridas. La aproximación adaptativa indirecta al cambio de régimen. España: Editorial Fides, 2017.

[7] Arsenio Cuenca. “El problema de Europa: la dependencia tecnológica de Estados Unidos y China”. El Orden Mundial, 28 de junio, 2020, <https://elordenmundial.com/dependencia-tecnologica-union-europea/>.

[8] Henry Kissinger, “The Coronavirus Pandemic Will Forever Alter World Order”, Wall Street Journal Opinion, April 3, 2020, <https://www.wsj.com/articles/the-coronavirus-pandemic-will-forever-alter-the-world-order>.

©2020-saeeg®