Categories: Opinión

VARIANTES DEL PODER EN EL ÁMBITO INTERNACIONAL

Agustín Saavedra Weise*

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Desde hace décadas vengo escribiendo y repitiéndole a mis alumnos que la política exterior —parte esencial de la dinámica de la política internacional en el ámbito global más amplio de las relaciones internacionales—, es la estrategia o programa de acción planeado que cada actor del sistema mundial desarrolla para mejor precautelar sus intereses y procurar cooperación, crear alianzas o evitar conflictos. Obviamente, el brazo ejecutor de dicha política exterior es la vieja diplomacia, el cuerpo organizado de profesionales que cada Estado tiene para hacer valer sus derechos y que normalmente se aglutina en torno al despacho encargado de las relaciones exteriores.

Más allá de estos conceptos básicos, subyace siempre en la conducción del ámbito externo un elemento de poder, aspecto inherente a la política como tal. Esa capacidad de imponer la voluntad, de hacer que otros hagan lo que queremos que hagan, se refleja en la política exterior —particularmente en la de las grandes potencias— mediante los llamados “poder duro” y “poder blando” que cada actor esgrime —según sea el caso— en la consecución de sus intereses o para presionar cuando así corresponda.

El poder blando se ejerce por las vías pacíficas de acciones diplomáticas y otros mecanismos de persuasión (tales como cooperación, ayuda externa, créditos, etc.), lo suficientemente claros como para hacer saber qué es lo que un actor internacional pretende de otro y/o para orientar “blandamente” acciones con respecto a determinadas líneas de conducta y posicionamiento. El poder blando es sutil, pero muy efectivo cuando se lo usa inteligentemente.

El poder duro, como el adjetivo que lo acompaña así lo indica, implica mayor rigidez. En definitiva, se trata de amenazas directas mediante el uso de la fuerza o de otros drásticos métodos (bloqueos, corte de la asistencia y de los mecanismos de ayuda, represalias) que obligan al contrario a reaccionar de la misma forma —si tiene los medios adecuados para disponer de su propio poder duro— o a replegarse ante la contundencia de un factor superior y amenazante. El uso del poder duro es el último “ratio” en términos de acciones de política exterior antes de ingresar a la guerra propiamente dicha, sobre todo si el adversario se decide por el enfrentamiento directo.

Las potencias tradicionales configuran una especie de “dieta balanceada” entre poder duro y poder blando. De ahí el viejo “consejo” de Teddy Roosevelt con respecto al proceder de los Estados Unidos hacia los países latinoamericanos: “hablar siempre suave, pero tener simultáneamente y a la mano un gran garrote”. En otras palabras: la combinación de palo y zanahoria refleja el uso alternativo de los poderes duro y blando.

Algunos prefieren hablar de poder y debilidad en la política exterior. La debilidad es inherente al peso específico —cuantitativo y cualitativo— de un actor internacional, aunque puede darse el caso de potencias económicas significativas, pero que, por diversas razones, ya no disponen ni desean hacer uso del poder duro. Un ejemplo claro de esto último en la actualidad es la Unión Europea.

En la defensa del interés nacional, la prudente dosificación de la dureza en el marco de una política global de poder blando, muchas veces acelera el alcance del objetivo deseado. En todo caso, el realismo se impone. Lamentablemente, muchas naciones viven y actúan sobre la base de percepciones ilusorias, lo que provoca el fracaso global de sus políticas ya sea con poder blando o con el poder duro.

 

*Ex canciller, economista y politólogo. Miembro del CEID y de la SAEEG. www.agustinsaavedraweise.com

Nota original publicada en El Deber, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, https://eldeber.com.bo/opinion/variantes-del-poder-en-el-ambito-internacional_239491

 

Agustín Saavedra Weise

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