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¿LA ÚLTIMA «GUERRA» DE NETANYAHU?

Roberto Mansilla Blanco*

El proyecto supremacista del «Gran Israel» impulsado por el primer ministro Benjamín Netanyahu y sus aliados gubernamentales se someterá al escrutinio de las urnas el próximo 27 de octubre, con la celebración de elecciones para renovar la Knéset, el Parlamento israelí.

Estos comicios abordan un clima político y electoral polarizado por una histórica crisis de identidad dentro del Estado de Israel, principalmente determinado por la caída internacional de su imagen y credibilidad producto de la política belicista y expansionista de Netanyahu, materializada con el genocidio en Gaza desde 2023, el incremento de la colonización de Cisjordania y una nueva invasión del sur del Líbano.

Esta caída en desgracia de la imagen internacional israelí se evidencia ante un inédito nivel de distanciamiento, al menos en apariencia, por parte de aliados irrestrictos como EEUU y Europa. En el plano interno comienza a ser frecuente un debate público sobre cuestiones clave como el sionismo, el judaísmo, la conciencia nacional y el mito perenne de la invencibilidad militar israelí.

Si bien grosso modo el establishment político israelí, aunque atomizado en diversas formaciones políticas, se aprecia aparentemente cohesionado, el proyecto supremacista de Netanyahu ha provocado una fuerte polarización dentro de la sociedad israelí, una variable para tener en cuenta con las elecciones a la vuelta de la esquina.

El «Gran Israel» se somete a las urnas

A la cita electoral se han presentado un total de 38 formaciones que competirán por los 120 escaños del Knéset. El partido derechista Likud de Netanyahu busca mantener el poder pero las expectativas electorales prevén la continuidad del proceso de atomización y la conformación de bloques parlamentarios, algo ya tradicional en la política israelí.

Para renovar el que sería su sexto mandato en tres períodos distintos desde 1996, Netanyahu seguirá dependiendo del apoyo de líderes ultraderechistas como el actual ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir (partido Otsmá Yehudit, Poder Judío) y el actual ministro de Finanzas Belazel Smotrich (Partido Sionista Religioso), ambos políticos controvertidos por sus posiciones supremacistas y racistas hacia los palestinos y otras comunidades no hebreas.

En el nuevo mapa político que se avecina en Israel destacan el avance de nuevas alianzas opositoras, básicamente enroladas en la derecha nacionalista sionista con algunas opciones centristas  encabezadas por el ex jefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot (del centrista Yashar), además del ex primer ministro y ex ministro de Defensa Naftali Bénnet (Nueva Derecha), Yair Lapid (del centrista Yesh Atid) y Avigdor Líberman, ex ministro de Relaciones Exteriores y de Defensa, líder del partido Israel Beitenu, de carácter derechista, laico y nacionalista.

Otros actores electorales son los partidos ultraortodoxos Judaísmo de la Torá (de la comunidad ashkenazi), Shas (sefarditas), nacionalistas religiosos como Amja Israel (Tu Pueblo Israel) y las formaciones árabes Raam y Liga Árabe Conjunta.

Las tendencias preelectorales muestran una marcada polarización política entre Netanyahu y Eisenkot, de acuerdo a las encuestas realizadas e mediados de septiembre por Kantar/Kan, The Jewish People Policy Institute, Canal 13 y The Times of Israel.

Con su ideología reaccionaria y supremacista, Netanyahu ha marcado el paso de varias de las crisis que ha vivido Oriente Próximo en las últimas tres décadas toda vez se acrecentaba la complejidad religiosa y étnica del Estado de Israel.

Los ataques del movimiento islamista palestino Hamás contra objetivos israelíes el 7 de octubre de 2023, que provocó más de 2.000 muertes, marcó un punto de inflexión para Netanyahu. Este suceso, el peor ataque registrado en territorio israelí, cuestionó el mito de la seguridad e inviolabilidad del país al mismo tiempo que sirvió de condicionante para abrir las compuertas del proyecto del «Gran Israel», materializado con la invasión de Gaza y actualmente del sur del Líbano, sin descartar una intervención indirecta dentro del complicado rompecabezas sirio.

Por tanto, las elecciones del 27 de octubre no decidirán únicamente el futuro de Netanyahu sino el modelo de sociedad que Israel quiere construir. Son palpables los síntomas de desgaste y malestar por las atrocidades cometidas por las IDF contra la población palestina y libanesa, al mismo tiempo que existe una profunda reacción contra el alistamiento militar obligatorio, una de las señas de identidad estatal. Estos factores pueden terminar decantando las expectativas electorales de Netanyahu, en este caso de forma desfavorable.

Un ejemplo de ello ha sido la decisión de la formación de izquierda israelí Partido de los Demócratas de solicitar a la Comisión Electoral Central la retirada del partido ultraderechista Poder Judío de Ben Gvir, alegando su racismo y el hecho de que su presencia «niega la existencia del Estado de Israel como Estado democrático».

En perspectiva y a diferencia de comicios anteriores, el debate político y social en Israel ya no se centra exclusivamente en torno a la cuestión palestina sino en torno a la cohesión interna, el contrato social y el equilibrio entre identidad religiosa, democracia y seguridad. Más allá de la potencialidad militar y tecnológica israelí, la sociedad observa una actitud distante y crítica, rayando incluso en la falta de confianza, por parte de sus aliados occidentales. Incluso diversos sectores políticos israelíes se muestran preocupados ante la percepción de pérdida de prioridad y de exclusividad de los intereses israelíes entre sus aliados exteriores.

«Bibi, todo el mundo de odia»

Más allá de las opciones electorales y los manejos políticos internos, el principal foco de atención está en el deterioro de la imagen internacional de Israel. En julio pasado, durante la visita de Netanyahu a la Casa Blanca, el presidente estadounidense Donald Trump le espetó personalmente al primer ministro israelí una acusación inusual: «todo el mundo odia a Israel por esto».

Son prolíficas las imágenes e informaciones en las redes sociales sobre «mobbing» y acoso contra turistas israelíes, algunos de ellos identificados como miembros de las fuerzas armadas, el IDF, en diversas partes del mundo, incluso con señales expresas de prohibición para atender a estos turistas, especialmente en países asiáticos con comunidades musulmanas.

El inusual tono de Trump escenificaba este nivel de desconfianza internacional hacia Netanyahu en un momento en que Israel sigue adelante con la invasión militar directa en el Líbano y de intervención indirecta en Siria a través de aliados como las fuerzas de la comunidad drusa, acciones que han provocado irritación en la Casa Blanca en un momento delicado por el enfrentamiento militar con Irán.

Si bien no ha dejado de mostrarse como un ferviente aliado israelí, Trump y su equipo de gobierno observan con desagrado que la guerra contra Irán iniciada el pasado 27 de enero se realizó más bien para preservar los imperativos estratégicos de Israel en detrimento de los intereses geopolíticos y geoeconómicos estadounidenses. Este contexto es particularmente preocupante en la Casa Blanca a escasos dos meses de otros comicios trascendentales, las elecciones del mid-term en EEUU, donde se renovará la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Una prueba electoral que medirá los apoyos populares de Trump y del «trumpismo» de cara a las presidenciales de 2028.

Las elecciones parlamentarias israelíes anteceden al mid-term en EEUU (3 de noviembre), una variable que puede resultar condicionante para las expectativas de Trump, cuyas cotas de popularidad están en su peor momento mientras la sociedad estadounidense comienza a experimentar una ola de creciente simpatía por Palestina y de rechazo hacia Israel.

Es por ello que Trump podría estar barajando otras opciones menos condicionantes en Israel como apostar por una derrota de su aliado Netanyahu a favor de una coalición levemente más moderada que ralentice la radicalización y polarización interna en torno al proyecto supremacista del «Gran Israel».

Ante el eventual escenario de Netanyahu fuera del poder y a la espera de la tendencia política que asumiría un nuevo gobierno en Tel Aviv, está por ver cuál será la capacidad de Washington para impulsar ante la comunidad internacional una política de recuperación de la imagen de un Israel menos beligerante, con perspectivas de apertura de negociación para, al menos momentáneamente, reducir las tensiones en los conflictos abiertos  en Gaza, Irán, Líbano, Siria y Yemen ante la reciente ofensiva de las milicias hutíes, aliadas de Teherán.

Un caso particularmente significativo ha sido la revelación informativa de que Emiratos Árabes Unidos, uno de los países que reconoce oficialmente a Israel tras los Acuerdos de Abraham de 2020, advirtió a Netanyahu sobre el ataque de Hamás el 7-O.

Mientras la atención mediática y política se centra en intentar descifrar hasta qué punto Netanyahu, las IDF y la inteligencia israelí estaban al tanto de estas advertencias, Washington podría manejar otro escenario, reduciendo su apoyo a un Netanyahu cada vez más incómodo y díscolo para los intereses estadounidenses. Con ello, EEUU no despreciaría la posibilidad de un cambio de gobierno en Tel Aviv que permita “lavar la imagen” internacional de Israel, contribuyendo con ello a exculpar su responsabilidad por haber apoyado al primer ministro israelí en su política cada vez más belicista en Oriente Medio.

El desastre de la guerra contra Irán, particularmente ante el control que ejerce Teherán con el cierre del Estrecho de Ormuz, así como la ofensiva de los hutíes yemenitas contra los intereses de Arabia Saudita atacando las redes de suministro energético, ponen en entredicho los intereses conjuntos de EEUU e Israel en Oriente Medio, así como, entre otros factores, la viabilidad y solidez del reciente pacto de seguridad entre Turquía, Arabia Saudita y Pakistán.

El reforzamiento del poder regional de Irán ha disuadido a Netanyahu a blandir de nuevo la amenaza del programa nuclear iraní, buscando con ello recuperar la iniciativa pero ahora en clave electoral. No obstante, Tel Aviv calcula que los recientes equilibrios y alianzas en Oriente Medio, particularmente la apuesta por mecanismos de cooperación y alianzas propias dentro del mundo árabe e islámico, marcan una dinámica divergente con los intereses israelíes, así como de un aliado estadounidense cada vez más suspicaz a la hora de atender incondicionalmente las demandas de Tel Aviv.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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LA DERROTA DE ISRAEL

Roberto Mansilla Blanco*

¿Qué lecciones nos deja el segundo aniversario del comienzo de la tragedia de Gaza iniciada el 7 de octubre (7-O) de 2023? Varias, a juzgar por lo acontecido en estos dos años. La mayor parte de ellas, inquietantes. Asistimos a un genocidio en vivo y directo ante las pantallas de la televisión y las redes sociales contra una población (Palestina) cometido por un Estado (Israel) cuyos ancestros precisamente sufrieron lo que se ha denominado como «holocausto». Aquí observamos una clave relevante: la desmemoria de la sociedad israelí, indiferente ante el sufrimiento de sus vecinos.

Esta tragedia de Gaza ocurre igualmente ante la indiferencia, la inoperancia y el cinismo de los gobiernos, organismos y de la opinión pública mundial. A diferencia de los genocidios anteriores (armenio, judío, camboyano, ruandés, etc.) nadie puede decir ahora que «no lo sabía». El de Gaza es un genocidio público y notorio. Pero mirar para otro lado, como han venido realizando muchos gobiernos y personas, demuestra el manto de complicidad con los verdugos.

Dos años después del 7-O son ya 67.000 los muertos en Gaza, entre ellos más de 20.000 niños y niñas. La destrucción del territorio gazatí en aras del proyecto supremacista del Gran Israel hace recordar tiempos que pensábamos superados. La retórica criminal por parte de las más altas autoridades israelíes justificando este genocidio contra los palestinos retrata la naturaleza de una sociedad enferma, indolente y retaliativa que no parece querer aprender de la historia.

Pero Gaza 2025 también demuestra otra realidad que tardará en ser asumida: el mito de Israel como democracia, como sociedad moderna y civilizada, como potencia militar. Un mito que en los 77 años desde su creación llegó a asentarse cómo irrefutable pero que hoy demuestra, cuando menos, su inmoralidad. Hoy observamos que Israel no es una víctima sino un verdugo y un agresor. En 2025, Israel atacó hasta seis países de Oriente Medio (Palestina, Siria, Líbano, Irán, Qatar y Yemen) sin lograr ninguna victoria significativa.

En medio de las ruinas y de la destrucción de Gaza, Israel no ha alcanzado ninguno de los objetivos que justificaron esta criminal invasión del 7-O. No solo Hamás sigue en pie y con secuestrados israelíes en su poder, sino que ahora incluso un gobierno tan proisraelí como el de Donald Trump en EEUU se ve incómodo ante la deriva genocida de Netanyahu.

Hamás no está derrotado militar y políticamente. Trump de alguna forma los ha reconocido como un interlocutor al enviarles su propuesta de paz y esperar una respuesta, hasta ahora condicionada por el movimiento islamista. Esto ha obligado a Israel negociar con emisarios de Hamás en Egipto para intentar alcanzar un alto al fuego que una hipócrita comunidad internacional ahora clama a los cuatro vientos como necesaria cuando hasta hace poco seguía sosteniendo el «legítimo derecho de Israel su defensa», mirando para otro lado mientras miles de gazatíes pagaban con su vida este descaro. Ver niños morir de hambre o masacrados por los soldados israelíes es un espectáculo dantesco que «hay que parar», como indicaba un comunicado de la Unión Europea, en una clara actitud expiatoria que no oculta su complicidad con los hechos.

A esto hay que añadirle otro factor que explica por qué Israel está moralmente derrotado: el desprecio y oprobio de los ciudadanos de a pie a nivel mundial. Son cada vez menos los que creen en la retórica de Netanyahu y de sus cómplices sobre el antisemitismo, el holocausto, la culpa de Hamás del 7-O, los terroristas, la mano de Irán, etc. En decenas de ciudades y capitales a nivel mundial, cientos de miles de personas salen a manifestar por Palestina. Inesperadamente, Gaza resucitó aquella semilla del «No a la Guerra» del 2003 en Irak. Hoy Palestina está en todos lados como un clamor de humanidad ante la barbarie israelí.

Esta renovación de la movilización ciudadana a nivel mundial clama por sanciones contra un Israel que se oculta en el manto de impunidad que le brinda EEUU. Incluso una flotilla humanitaria y solidaria rumbo a Gaza fue reprimida por soldados israelíes bajo torturas y amenazas. Ya ni siquiera los israelíes pueden ir tranquilamente a otros países de vacaciones, de negocios, etc. El legítimo bullying contra su presencia está garantizado. La Vuelta Ciclista a España fue el primer gran evento de boicot a nivel internacional contra Israel. Como se hizo con Rusia en 2022 a causa de la invasión a Ucrania, ya se habla de expulsar a Israel de las competiciones deportivas y artísticas (Eurovisión)

Lejos de sepultar Palestina argumentando ante una ONU vacía que «no habrá Estado palestino», Netanyahu y sus cómplices ejercieron un efecto contraproducente: multiplicaron las simpatías por Palestina y las antipatías por Israel. Unos 157 de los 193 países miembros de la ONU reconocen oficialmente al Estado de Palestina, entre ellos cuatro miembros del Consejo de Seguridad de la ONU (Francia, Gran Bretaña, Rusia y China). Pero Palestina sigue sin tener el reconocimiento oficial de la ONU porque el eje EEUU-Israel se encarga de dinamitar ese reconocimiento. El gobierno israelí manipula pagando US$ 42 millones a Facebook para «cambiar la narrativa a su favor».

El boicot a Israel comienza a ser una realidad tangible. Dentro de Israel vuelven las manifestaciones contra esta masacre, responsabilizando a sus líderes de esta atrocidad que atenta contra la dañada imagen de un país cada vez más aislado. Queda por ver si habrá algún mea culpa que no solo atañe a sus dirigentes.

A pesar de que el plan de Trump supone reforzar los intereses israelíes mientras busca hacer una paz para Palestina sin palestinos, dos años después Israel se encuentra ante su peor crisis existencial. La mayor parte de la sociedad no parece enterarse de la gravedad del momento. Pero Netanyahu y sus cómplices de este genocidio ya comienzan a observar que no son tan invencibles. Su megalómana y obsesiva visión supremacista del «Gran Israel» está dando paso a su mayor derrota ante el mundo.

Más allá de los intereses geopolíticos, de los negocios, etc., que seguirán existiendo, Israel comienza a ser observado como un paria, visto con incomodidad, con oprobio. Mientras la visión supremacista del «Gran Israel» sigue calando en una sociedad israelí cada vez más obnubilada, podríamos quizás especular con la posibilidad de que estemos asistiendo al prefacio de un inesperado «Estado fracasado» en el corazón del inflamado y volátil Oriente Medio, dependiente del apoyo de su principal interlocutor (EEUU) y de lobbies poderosos instalados en los principales centros de poder.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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IRÁN Y EL «CAMINO DE DAMASCO» DE NETANYAHU

Roberto Mansilla Blanco* (Artículo para SAAEG)

 

Biden calcula igualmente cómo controlar a un cada vez más díscolo Netanyahu que ha iniciado con la guerra en Gaza una huida hacia adelante de proporciones imprevisibles tanto en el terreno militar como en el político y diplomático.

 

Seis meses después de iniciar la invasión militar de Gaza, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu vive probablemente la coyuntura más decisiva para su gobierno. Los resultados militares se perciben estériles toda vez han propiciado un caos humanitario sin precedentes, lo cual ha llevado a que Tel Aviv observara síntomas de cierto aislamiento diplomático, particularmente ante el aparente distanciamiento por parte de su aliado estratégico estadounidense.

La abstención de Washington el pasado 25 de marzo en la votación en el Consejo de Seguridad de la ONU que autorizó el Alto al Fuego en Gaza y el estupor internacional causado ante el ataque israelí el 1° de abril contra un convoy de la ONG World Central Kitchen (WCK), con saldo de siete cooperantes fallecidos bajo el argumento erróneo de albergar militantes de Hamás, son sucesos que parecían a priori dejar a Netanyahu en una situación de cierta precariedad política. En el plano interno volvían las protestas dentro de Israel, aspecto que ilustra igualmente el malestar ciudadano por el curso de las operaciones militares en Gaza.

1. Irán: el conveniente «enemigo común»

No obstante, para Netanyahu, atizar la espiral belicista supone una herramienta efectiva para reconducir sus intereses en un Oriente Próximo cada vez más inflamado por la llama militarista. Y aquí entra un actor clave en la ecuación, particularmente para Washington y Tel Aviv: la República Islámica de Irán.

El 1° de abril, Israel atacó el Consulado iraní en Damasco, causando la muerte de trece personas, entre ellos siete cargos militares pertenecientes a la Guardia Revolucionaria Iraní (IRGC) destacando el del «número 2» de ese cuerpo, Mohammed Reza Zahedi. Este ataque quirúrgico israelí recuerda al realizado en Bagdad en 2020 por EEUU (entonces bajo la presidencia de Donald Trump) y que causó la muerte del alto comandante del IRGC, Qasem Soleimani.

La reacción iraní no se hizo esperar. Tras utilizar el ardid retórico clamando «venganza», este 13 de abril fuentes militares israelíes y la agencia estatal iraní IRNA confirmaron que Teherán realizó varios ataques retaliativos contra territorio israelí. Tras estos ataques, el Lider Supremo iraní Alí Jamenei afirmó que «el régimen sionista será castigado».

De este modo la retaliación iraní recondiciona y reafirma la inalterable alianza estratégica entre EEUU e Israel, toda vez Tel Aviv busca con ello recuperar la solidaridad internacional ante el reciente clima de aislamiento exterior. El objetivo es enfocar la atención en un enemigo común, Irán, cuyo peso geopolítico es clave en la región, con capacidad de influencia a la hora de atacar objetivos occidentales e israelíes desde Siria y Líbano hasta Yemen y el Mar Rojo.

Así, y tras la anunciada «venganza» por parte de Irán, Biden no dudó en reafirmar su apoyo «inquebrantable» a Israel toda vez las alianzas militares entre Washington y Tel Aviv se están afianzando. Por otro lado, previo al ataque iraní, se observó también la renovación de los combates en el sur del Líbano entre el movimiento islamista Hizbulá e Israel.

La probabilidad de un ataque iraní motivó a que, días antes, las fuerzas de seguridad israelíes aplicaran el protocolo de máxima alerta. Washington también había enviado a Israel a altos cargos como el Jefe del Mando Central del Ejército y máximo jefe estadounidense en Oriente Próximo, Michael «Erick» Kurilla, lo cual certifica el conocimiento previo de estos ataques iraníes que, por otro lado, ocurren en una coyuntura concreta, la Pascua judía.

Debe tomarse en cuenta el carácter sin precedentes de este ataque iraní contra objetivos israelíes. Con todo, el mismo puede determinar un efecto disuasivo, enfocado en recuperar posiciones ante el nuevo equilibrio militar regional. En un ataque anunciado durante semanas, lo cual define cierto sentido de teatralidad por parte iraní, Teherán utilizó 170 drones, 30 misiles crucero y 120 misiles balísticos impactando principalmente en el sur de Israel, una zona escasamente poblada.

A sabiendas de poder ser interceptados por la denominada «Cúpula de Hierro» israelí, Irán buscaba también minimizar los costos civiles, intentando así amortiguar la posibilidad de una respuesta desproporcionada por parte de Israel y evitando reproducir así una situación similar a la invasión de Gaza tras los atentados terroristas de Hamás en territorio israelí en octubre pasado.

Por tanto, el ataque israelí en Damasco y la posterior reacción retaliativa iraní certifican un «golpe de efecto» de Netanyahu con la intención de diluir las críticas externas por la invasión de Gaza y recuperar así la confianza de Washington recolocando la atención en el enemigo común iraní. La sintonía en materia de cooperación en inteligencia entre Washington y Tel Aviv volvía así a recuperarse. Horas antes de anunciar el IDF israelí el ataque iraní, el presidente Biden aseguró en una rueda de prensa que Irán «atacará más pronto que tarde» y que «estamos dedicados a la defensa de Israel. Apoyaremos a Israel. Irán no tendrá éxito».

Por otro lado y más allá de la retórica, Teherán no desestima los canales diplomáticos, en gran medida condicionado por el peligroso escenario de una eventual guerra directa no sólo contra Israel sino también con EEUU. Previo al ataque, Teherán llegó a minimizar la posibilidad de retaliación contra Israel toda vez mostró públicamente su respaldo a las negociaciones en El Cairo incluso apoyando un alto al fuego en Gaza que permita abrir un nuevo equilibrio de fuerzas entre Israel y Hamás.

2. Biden: dilemas convertidos en certezas

Ante este panorama de complejidades traducidas por la invasión de Gaza, para Netanyahu resultaba imperativo ejercer un eje de presión y reaccionar aún fuera inflamando aún más el panorama regional. Con un alto al fuego precario en Gaza, las negociaciones que se llevan actualmente a cabo en El Cairo implican un espacio de cierta ralentización de los combates tanto para Israel como para el movimiento islamista palestino Hamás. Al mismo tiempo se aprecia un clamor cada vez mayor a nivel internacional para finalizar la guerra en Gaza e incluso establecer sanciones contra Israel ante las intermitencias y dificultades de asistencia humanitaria.

Este contexto aborda interrogantes vitales para la situación de un Netanyahu y su estamento militar que parecieran afrontar en solitario una guerra que pierde gas y entusiasmo dentro de la sociedad israelí, toda vez la comunidad internacional comienza a darle la espalda y exigir el final de la tragedia gazatí. Este último factor es mucho más evidente ante la súbita tirantez, cuando menos en cuanto a las declaraciones oficiales, en las relaciones israelíes con su aliado estratégico estadounidense.

La histórica abstención de Washington en el Consejo de Seguridad ha sido interpretada con notable apresuramiento en los medios como una especie de «parteaguas», en este caso crítico, dentro de la históricamente inalterable relación estratégica entre Washington y Tel Aviv. Esta tirantez también se ha evidenciado en las declaraciones oficiales del presidente estadounidense Joseph Biden criticando abiertamente la ofensiva militar de Netanyahu y su indolencia ante el drama humanitario palestino.

Con este panorama no parecían presentarse los mejores momentos para las relaciones israelo-estadounidenses. Pero un análisis más profundo implica observar hasta qué punto es cierto este aparente distanciamiento de Biden con Netanyahu y cómo a pesar de la tirantez dialéctica, sigue siendo inalterable esa relación estratégica entre EEUU e Israel.

         2.1. Guerras calientes con elecciones a la vista

El tema parece acuciante para un Biden que se juega la reelección presidencial en noviembre próximo con dos frentes de guerra abiertos (Ucrania y Gaza) en las que los intereses de Washington se han visto contrariados. Las preocupaciones del equipo electoral de Biden se acrecientan ante el avance electoral de Donald Trump, que augura su posible retorno a la Casa Blanca, con la posibilida de imprimir un giro copernicano de los intereses exteriores de Biden, especialmente en el caso ucraniano y de los compromisos «atlantistas» vía OTAN.

La perpetuación de estas dos guerras abiertas e inconclusas, cada vez más impopulares para un electorado estadounidense visiblemente polarizado, explica la premura de un Biden que busca ralentizar sus efectos vía alto al fuego en Gaza pero sin tener certeza sobre lo que puede suceder en el frente ucraniano. Un frente donde el recién reelecto presidente ruso Vladímir Putin parece preparar una contraofensiva militar a gran escala, presumiblemente con el foco estratégico en dos objetivos: la toma de Járkov, que permitiría el control del centro de Ucrania y una pista de lanzamiento para mayores presiones y ataques hacia la capital Kiev; y Odesa, estratégico puerto cuya eventual posesión le permitiría a Rusia controlar definitivamente los puertos del mar Negro.

Con ello el Kremlin buscaría establecer un corredor estratégico clave hacia la República Pridnestroviana de Transnistria, un Estado de facto tradicionalmente prorruso que hoy recobra su importancia estratégica y es observado como foco de ampliación del conflicto ucraniano en este caso hacia Moldavia, país que no reconoce la legitimidad transnistria y que está en la órbita de influencia de la OTAN y la UE.

Incapaz o quizás poco convencido de impulsar una iniciativa diplomática eficaz más allá de la abstención sobre el alto al fuego en Gaza y el apoyo a las negociaciones en El Cairo, Washington observa también cómo China mueve sus piezas en el terreno diplomático. Si bien muestra oficialmente la consistencia de la alianza con Moscú, Beijing vuelve a tomar la iniciativa como actor capacitado para propiciar un diálogo entre Rusia y Ucrania que eventualmente implique un alto al fuego o una tregua. Al mismo tiempo, China también ha pulsado la tecla diplomática en Gaza, con la visita a Israel y Palestina de un alto emisario del gobierno de Xi Jinping.

Pero también está el terreno geopolítico. Irán ha sido un prolífico aliado de Rusia en Ucrania enviando, principalmente, drones al Ejército ruso para sus operaciones militares en el frente. Tomando en cuenta el actual contexto de creciente tensión entre Israel e Irán con posibilidades de una escalada bélica, Washington refuerza aún más su alianza con Israel con la intención de crear una tenaza regional contra Irán, obligando a Teherán a concentrar su atención en cómo será la respuesta israelí. Ello implicaría la intención de EEUU e Israel de neutralizar la cooperación militar entre Irán y Rusia.

Pero también podríamos observar otro escenario hipotético. Con un frente ucraniano estancado a la espera del «deshielo primaveral» que permita viabilizar algún tipo de ofensiva militar, Moscú podría observar con atención la posibilidad de un conflicto in crescendo entre Irán e Israel para distraer la atención mundial y propiciar una posible ofensiva en el frente ucraniano.

Ante el ataque iraní a Israel, la Cancillería rusa emitió un comunicado pidiendo «moderación» para evitar una «escalada del conflicto en Oriente Próximo» toda vez criticó la «incapacidad del Consejo de Seguridad de la ONU» para invocar el Derecho Internacional tras el ataque israelí al Consulado iraní en Damasco. En un tono similar, China expresó igualmente su «preocupación» por la crisis pidiendo «contención».

3. Netanyahu se encomienda a la «línea dura»

El primer ministro israelí ha anunciado que se han cumplido los objetivos militares previstos en el norte de Gaza toda vez ordena una retirada momentánea del sur de la franja y prepara una ofensiva militar hacia Rafah, muy probablemente presionado por el sector de la línea dura política y militar que apoya su gobierno. Se advierte así un punto de inflexión orientado a expulsar a la atribulada población palestina y arrinconar a Hamás, confinándolo en ese territorio muy próximo a Egipto.

Así mismo, las protestas internas contra Netanyahu, que en ningún momento muestran algún tipo de solidaridad hacia el drama palestino, implican también nuevos equilibrios de fuerzas políticas internas dentro del tradicionalmente atomizado mapa político israelí. Si bien es cierto que las protestas son dirigidas por sectores de la sociedad civil israelí opuestos a la deriva ultranacionalista y religiosa de Netanyahu, es también palpable el malestar ciudadanos no sólo porque los objetivos militares en Gaza no se han alcanzado o siguen siendo poco realistas sino también porque esta guerra implica observar un nivel de vulnerabilidad para la seguridad israelí tanto internamente como en la diáspora judía vía atentados terroristas.

Este escenario ha persuadido aún más a Netanyahu a encomendarse ciegamente al apoyo de su estamento militar y del influyente lobby de los colonos judíos, reactivado y cada vez más desafiante y agresivo, que ahora observa al norte de Gaza como su nuevo centro de operaciones, incluso en materia turística y económica.

De este modo, la «rejudeización» de Gaza (no olvidemos que fue el «halcón» ex primer ministro israelí Ariel Sharon el que ordenó la salida de los colonos judíos en 2005) implica para estos sectores ultraderechistas y sionistas la expulsión definitiva del pueblo palestino y la recreación de la vieja aspiración de Netanyahu y de sectores ultranacionalistas y sionistas de sellar la fronteras históricas del Gran Israel. El establishment de poder en Tel Aviv parece cohesionado en torno a esta idea, aparentemente sin reparar en qué tipo de reacción social y política interna y externa pueda generar.

4. Esperando a Trump

Expectante ante lo que pase en Ucrania y ahora entre Israel e Irán, Biden atiende con preocupación la vorágine de acontecimientos que amenazan con inflamar aún más el ya de por sí crítico panorama en Oriente Próximo. Entrando en la recta decisiva de la carrera electoral para la Casa Blanca, Biden calcula igualmente cómo controlar a un cada vez más díscolo Netanyahu que ha iniciado con la guerra en Gaza una huida hacia adelante de proporciones imprevisibles tanto en el terreno militar como en el político y diplomático.

Pero el primer ministro israelí también juega sus cartas en las elecciones estadounidenses, buscando prorrogar la guerra ante la posibilidad del retorno de su «amigo» Trump a la Casa Blanca, visible defensor de las tesis revisionistas nacionalistas y supremacistas israelíes. La sintonía entre Trump y Netanyahu ya se hizo patente durante el mandato presidencial del hoy candidato republicano (2017-2021) y que se confirmaron ante la apertura de la embajada estadounidense en Jerusalén, la política anti iraní de Trump y su indiferencia ante la situación de los palestinos.

Sea cual sea el resultado electoral de noviembre en EEUU, Netanyahu seguirá teniendo las espaldas cubiertas incluso si su gobierno llegase igualmente a confrontar problemas internos vía protestas sociales y militares ante la indefinición de una guerra en Gaza cada vez más estéril y catastrófica, donde Hamás no parece dar síntomas de sucumbir e Irán entra cada vez más en juego. Unas protestas que ya tienen una dimensión regional por sus efectos humanitarios y socioeconómicos, tal y como se ha observado estos días con las manifestaciones en Jordania.

En la historia bíblica se reseña la conversión al cristianismo de Saulo de Tarso (posteriormente San Pablo) durante el Camino a Damasco. En el caso de Netanyahu, su particular «Camino a Damasco» nada tiene que ver con una conversión religiosa pero sí con una reconversión de alianzas y prioridades geopolíticas.

Contrariado ante el punto bajo de sus relaciones con Biden, el eficaz ataque ordenado por Netanyahu al Consulado iraní en la capital siria y la posterior respuesta iraní atacando  territorio israelí recompuso de inmediato la fluidez de esas relaciones con Washington volviendo al punto original de la necesidad de afianzar la alianza estratégica contra el enemigo común.

Más allá de la difícil coyuntura y el clima de cierta tirantez en sus relaciones con Washington, Netanyahu y el establishment político y militar israelí son conscientes de que estas alianzas estratégicas siguen teniendo un peso irreversible. Y más todavía si en el horizonte se avecina el retorno de Trump.

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE UU y América Latina.

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