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PUTIN Y LA MULTIPOLARIDAD: «ASIANIZACIÓN» Y «SUR GLOBAL» COMO EJES GEOPOLÍTICOS CONTRA EL «OCCIDENTE COLECTIVO»

Roberto Mansilla Blanco*

«Rusia está sola frente al Occidente Colectivo». Con estas palabras pronunciadas el pasado 12 de junio, el presidente ruso Vladimir Putin definió el estado de las relaciones ruso-occidentales al mismo tiempo que profundizaba en un nuevo concepto, el del «Occidente Colectivo».

El término «Occidente Colectivo» ha generado cierto interés mediático precisamente en Occidente por las reiteradas ocasiones en las que ha sido utilizado por el presidente ruso. En realidad, su autoría se le atribuye a Ilya S. Fabrichnikov, profesor del Instituto Estatal de Relaciones Internacionales de Moscú (MGIMO) y miembro del Consejo de Política Exterior y de Defensa, un influyente grupo de expertos a cuyas reuniones asiste regularmente el propio Putin.

No obstante, y más allá del «Occidente Colectivo», Fabrichnikov más bien se refirió a la «Europa Colectiva» en un artículo escrito para la revista Russia in Global Affairs en febrero de 2025 intitulado «El Saqueo de Europa». Su tesis se basaba en el fracaso de las elites europeas en la guerra de Ucrania, subordinadas a los imperativos geopolíticos de EEUU, toda vez estimaba que Rusia debía redefinir el equilibrio de fuerzas en Europa.

Las ideas de Fabrichnikov y su aparente influencia en Putin en cuanto al imaginario del «Occidente Colectivo» como principal rival para Rusia aparecen en un contexto determinado por la proliferación, principalmente en Europa, de informaciones sobre supuestas luchas intestinas en el Kremlin y del aparente aumento del malestar social ante el estancamiento de la guerra en Ucrania y su elevado costo socioeconómico para la sociedad rusa.

Este 2026, Rusia se prepara para elecciones, en este caso elecciones parlamentarias para la Duma Estatal que Putin anunció se realizarán el próximo 20 de septiembre. Con ello, el presidente ruso afirma su pretensión de mantener la iniciativa política y convertirse en una especie de moderador del clima político, buscando con ello equilibrar los intereses de las diversas elites rusas ante cualquier síntoma de descontento social, blandiendo la idea de los intereses nacionales para profundizar la cohesión social y la necesidad de contrarrestar la presión desde Occidente. El Kremlin calcula que la actual coyuntura se prevé conflictiva con Europa y la OTAN, cuyas actuaciones cobran cada vez mayor intensidad militar operativa dentro del territorio ruso, utilizando a Ucrania como teatro de operaciones.

Esta presión occidental contra Rusia vía sanciones y medidas de aislamiento se evidenciaron en la reciente cumbre del G-7 realizada en Evián (Francia), que reforzó el apoyo militar a Ucrania. La presidente de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, instó a acelerar la admisión en la Unión Europea de Ucrania indicando que «la marea está cambiando» en la guerra ruso-ucraniana, con especial referencia al ataque con drones realizado el pasado 18 de junio contra una refinería en Moscú.

Tres días antes, Bruselas había aprobado el inicio formal de negociaciones de admisión a la Unión Europea para Ucrania y Moldavia. Paralelamente se mantienen ciertos canales de negociación entre la UE y Rusia, así confirmados por fuentes del Consejo Europeo.

Dos escenarios clave: el «Davos ruso» y el Foro Rusia- ASEAN

Bajo este clima de tensiones ruso-occidentales, Putin definió sus prioridades geopolíticas en dos escenarios estratégicos: el Foro Económico de San Petersburgo celebrado entre el 3 y el 6 de junio, coloquialmente denominado como «el Davos ruso»; y el primer Foro Rusia-ASEAN en Kazán el 17 de junio. La Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, ASEAN, está conformada por Filipinas, Singapur, Camboya, Malasia, Vietnam, Indonesia, Tailandia, Brunéi, Laos, Birmania y Timor Oriental.

En el Foro de San Petersburgo, en el que participaron representaciones de 130 países destacando la presencia de delegaciones africanas, del espacio euroasiático y de América Latina, Putin enfatizó en la soberanía nacional, la autonomía estratégica en materia económica y tecnológica y en «la transición gradual de un modelo jerárquico vertical a un modelo más complejo, distribuido y multipolar».

El leitmotiv de las nuevas prioridades geopolíticas y geoeconómicas para Putin se concentra en reducir la dependencia económica y tecnológica con Occidente y acelerar la conexión de Rusia hacia un mundo multipolar, con Asia y el denominado «Sur Global» como ejes vertebradores. Como herramientas clave anunció la intención de aumentar la capacidad de los puertos marítimos rusos, lo que se podría interpretar como la intención por aumentar el control del mar Negro y el impulso al corredor de transporte transártico, al que Putin espera convertir en una «una verdadera arteria mundial».

En San Petersburgo, Putin anunció el «deterioro acelerado de la posición de Europa en la economía mundial» y cómo «el sistema comercial mundial deja de estar centrado en Occidente». Informó sobre la Estrategia Nacional para el Desarrollo de la Inteligencia Artificial y el Foro de Tecnologías del Futuro, argumentando que suponen las herramientas que Rusia impulsa para garantizar la autonomía estratégica en materia tecnológica.

Finalmente, explicó el modelo de «plataformización» del ecosistema digital con el que Rusia se relaciona con sus socios económicos vía plataformas como Yandex, Ozon, VKontakte, Wildberries o los sistemas de pago de Sberbank. Una realidad no menos contradictoria tomando en cuenta las cada vez mayores restricciones al uso de Internet dentro de Rusia, oficialmente bajo el argumento de la seguridad nacional, así como la dependencia tecnológica de China.

La declaración final del primer Foro Rusia-ASEAN subrayó la necesidad de fortalecer la cooperación en energía, transporte y logística, seguridad alimentaria, agricultura, digitalización, ciencia y tecnología, inteligencia artificial, turismo y producción innovadora. 

Las tensiones geopolíticas y geoeconómicas derivadas de las guerras de Ucrania e Irán, en este último caso particularmente por el cierre del estrecho de Ormuz, colocaron al factor energético como un tema clave en este Foro, aspecto que el anfitrión Putin logró manejar a su favor. Rusia ve a los países asiáticos, en especial China e India, como la alternativa a una Europa que suspendió las importaciones energéticas rusas casi en su totalidad tras la guerra en Ucrania.

El secretario general de la ASEAN, Kao Kim Hourn, informó sobre el interés del organismo por incrementar las importaciones de hidrocarburos de Rusia, pese a las nuevas amenazas de sanciones contra el petróleo y el gas rusos por parte del G7. «Las necesidades energéticas de la ASEAN siguen aumentando. Rusia dispone de una gran experiencia en la producción de energía eléctrica y el suministro de recursos energéticos», indicó Kim durante la apertura del foro.

En este sentido, y mientras EEUU e Irán negocian la apertura del estrecho de Ormuz y el fin de las hostilidades, Filipinas compró 2,4 millones de barriles de crudo ruso para ampliar sus reservas, tras declarar el estado de emergencia energética en el archipiélago. Asimismo, Vietnam y Laos firmaron acuerdos con Moscú para construir centrales nucleares.  

En clave geopolítica, la puesta en escena por parte de Putin de los Foros de San Petersburgo y de la ASEAN pueden levemente interpretarse como un émulo de su famoso discurso contra la unilateralidad hegemónica occidental realizado durante la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2007.

El Kremlin observa la multipolaridad como una herramienta estratégica para fortalecer el poder de Rusia en el mundo tomando en cuenta que, a diferencia de lo que constituyó la URSS, Moscú actualmente no tiene la misma capacidad para ocupar ese lugar como poder global.

Por tanto, el «nuevo orden multipolar» de Putin parece implicar dos estrategias:

    1. La «des-occidentalización» geopolítica rusa para contrarrestar y reducir la presión del «Occidente Colectivo»;
    2. La «asianización». El viraje asiático de las relaciones exteriores rusas y la apuesta por el «Sur Global», con el foco en fortalecer y profundizar la asociación estratégica con China, su principal socio.

África y América Latina entran también en esta ecuación de ampliación de esferas de influencia por parte de Moscú. En el caso africano predominan la cooperación económica en materia energética y de alimentos así como la geopolítica «anti-occidental» (Malí, Burkina Faso), retrotrayendo la estrategia soviética de captación de alianzas en el denominado Tercer Mundo tras la descolonización posterior a la II Guerra Mundial.

Menos incidencia tiene el espacio latinoamericano, donde Moscú ha visto retroceder su presencia particularmente tras la captura del expresidente venezolano Nicolás Maduro en enero pasado y las actuales presiones de Washington por un cambio de régimen en Cuba. Sólo Nicaragua se mantiene como aliado firme para Rusia mientras otras potencias emergentes (México y Brasil) apuestan igualmente por esa visión multipolar. Por otro lado, los recientes cambios de gobierno hacia la derecha en Argentina, Bolivia, Ecuador, Chile y Panamá, a la espera de lo que pueda suceder en Colombia este 21 de junio, han condicionado la capacidad de influencia de Moscú.

«Des-occidentalización» para contrarrestar al «Occidente Colectivo»

Los primeros indicios de «des-occidentalización» geopolítica por parte de Putin se dieron en la ya anteriormente mencionada  participación en la Conferencia de Seguridad de Múnich en 2007, donde arremetió contra la «unilateral hegemonía occidental», particularmente en el caso de EEUU y el expansionismo de la OTAN hacia las fronteras rusas.

Posteriormente, la breve guerra ruso-georgiana de agosto de 2008, que permitió la independencia de facto de las repúblicas de Abjasia y Osetia del Sur, y la reintegración de Crimea a la Federación rusa (marzo de 2014), no reconocida por Occidente, marcó el punto de inflexión en esa orientación «des-occidentalizadora» de la política exterior rusa. La invasión rusa de Ucrania (febrero de 2022) completó este proceso que actualmente entra en la fase de mayor tensión en las relaciones ruso-occidentales.

La popularización dentro de la opinión pública rusa del término «Occidente Colectivo» para referirse principalmente a EEUU, Europa y la OTAN, presentándolos como un bloque hegemónico hostil, supone otra variable de legitimación que complementa el proceso «des-occidentalizador» de Putin.

El Kremlin acusa a este bloque de presuntamente intentar frenar el desarrollo de Rusia como potencia global, aplicando al mismo tiempo una inherencia mayor en sus esferas de influencia euroasiáticas, desde Ucrania hasta Asia Central, bajo la perspectiva de acosar e incluso propiciar tensiones separatistas internas para eventualmente desintegrar al Estado ruso, buscando con ello neutralizarla hacia una situación de cierto vasallaje similar a lo acontecido en los primeros años de la Rusia post-soviética.

A finales de mayo, Moscú organizó el Foro Internacional de Seguridad, que fue interpretado en Occidente como un “desafío directo”. Ante el aislamiento exterior a Rusia por parte de las principales conferencias occidentales, el Kremlin anunció que este Foro se convertiría en la alternativa rusa a la Conferencia de Seguridad de Múnich.

El foro reunió a 4.500 invitados de 120 países, entre ellos jefes de agencias de inteligencia y fuerzas de seguridad, procedentes en su mayoría de África, América Latina, Asia y Oriente Medio. A ojos occidentales, la magnitud internacional de esta convocatoria determinaría la capacidad de los servicios de inteligencia rusos para influir en sus operaciones de influencia en el extranjero.

Moscú decidió emular en este Foro la experiencia del Consejo de Seguridad ruso, bajo cuyos auspicios se han celebrado durante quince años reuniones de jefes de inteligencia de países afines al Kremlin. Además del Consejo de Seguridad, el Servicio de Inteligencia Exterior (SVR) también participó activamente en la organización del Foro.

El secretario del Consejo de Seguridad, el ex ministro de Defensa Serguéi Shoigú, aseguró durante la apertura del foro que «la estructura unipolar se desmorona ante nuestros ojos». Así mismo, Serguéi Naryshkin, jefe del SVR, lanzó directamente sus críticas hacia el Reino Unido incluso advirtiendo a Francia y Alemania, el histórico eje geopolítico dentro de la Unión Europea, que se «alejaran de Londres». El Kremlin interpreta que Reino Unido mantiene una activa participación vía OTAN en la guerra de Ucrania.

Posteriormente, el Foro Económico de San Petersburgo permitió ampliar la perspectiva multipolar y «des-occidentalizadora» de Putin afirmando valores como la soberanía estratégica para reducir la dependencia tecnológica y económica occidentales. Las críticas occidentales hacia el sistema político ruso, especialmente en materia de calidad democrática y defensa de los derechos humanos, es otro factor de irritación para el Kremlin. Un tratamiento visiblemente distinto del que recibe de sus socios asiáticos, africanos e incluso latinoamericanos.

Rusia aprovechó igualmente la dimensión del Foro de San Petersburgo para jugar sus cartas políticas dentro de Europa. La presencia de una importante delegación del partido Alternativa por Alemania (AfD) suscitó polémica en Occidente. Estuvieron presentes el vicepresidente de AfD en el Parlamento alemán y portavoz de Asuntos Exteriores, Markus Frohnmaier, quien aparentemente mostró en San Petersburgo su sintonía con las élites rusas y los círculos económicos, especialmente en el caso de Kirill Dmtriev, director del Fondo Ruso de Inversión Directa, así como altos cargos de la multinacional energética Gazprom. También fue notoria la presencia de una representación estadounidense en el Foro.

Con la incertidumbre sobre la posibilidad de negociaciones en Ucrania y la intensidad de los recientes ataques contra instalaciones energéticas rusas, Putin busca igualmente aprovechar la crisis transatlántica entre EEUU y la Unión Europea así como el evidente fracaso político y militar del presidente estadounidense Donald Trump en Irán para avanzar en sus imperativos estratégicos.

Mientras se celebraba la cumbre del G-7 en Evián y el Foro Rusia-ASEAN en Kazán, los ministros de Defensa de la OTAN se reunían en Bruselas para abordar el nuevo reparto de capacidades militares y el fortalecimiento de la industria militar europea ante los nuevos desafíos trazados por los intereses de Washington.

Peter Hegseth, secretario de Guerra de EEUU, anunció en Bruselas la pretensión estadounidense de que la OTAN vuelva a ser «una alianza militar de línea dura», anunciando que EEUU gastará 1,5 billones de dólares en Defensa en 2027 con la intención de «construir el arsenal de la libertad». Durante el último semestre de 2026, Washington realizará una revisión profunda de sus efectivos y bases militares en territorio europeo.

Rusia como «potencia asiática»; China como aliado estratégico y el viraje geopolítico hacia el «Sur Global»

 Tal y como afirmó el historiador ruso Sergey Medveded, tras la invasión de Ucrania, «Rusia comenzó a convertirse en una potencia asiática» iniciando «un rumbo decisivo hacia la des-europeización en la economía, la ciencia y la educación» rompiendo «todos los vínculos institucionales y culturales con Europa».

Las tensiones con Occidente y el proceso de «des-occidentalización» acercan a Rusia hacia su principal aliado estratégico, China, en una especie de «asianización exprés» de la geopolítica rusa, alterando con ello sus históricos equilibrios con Occidente.

Rusia y China comparten más de 4.000 kilómetros de frontera terrestre, una de las más extensas del mundo. Tras breves confrontaciones por su delimitación, con la desintegración de la URSS se firmaron nuevos tratados legitimando el trazado actual de la frontera. Este reconocimiento de fronteras entre Moscú y Beijing es un factor determinante en la evolución de sus relaciones bilaterales y en el alcance de la alianza estratégica ya que, al menos a priori, evitaría cualquier controversia en cuanto a reclamaciones y disputas territoriales.

En el Foro de San Petersburgo, Putin señaló a China como «nuestro socio estratégico», elogiando la capacidad china de ostentar «el récord de patentes en el ámbito de la inteligencia artificial, un campo en el que la propia Rusia tiene perspectivas muy alentadoras». Esta declaración de intenciones acerca las prioridades rusas de aliarse con la potencia tecnológica china, capacitada para desafiar la hegemonía estadounidense en ese ámbito. India fue otro objeto de elogios por parte de Putin al considerarla como «uno de los principales actores de la industria informática, con una cuota considerable del mercado mundial de software».

El comercio bilateral entre China y Rusia mantiene su nivel de consistencia, aunque también se observan disparidades. Para octubre de 2025, China exportó US$8,51MM e importó US$11MM desde Rusia, resultando un balance comercial negativo para Beijing de $2,49MM.

Si bien esta relación muestra aspectos estratégicos para ambos países, es igualmente notoria la asimetría: China es dependiente de materias primas como el petróleo y gas natural ruso, cuyos precios son más baratos ante la pérdida de mercados por las sanciones occidentales. Toda vez que Rusia depende de la tecnología, las inversiones y el esquema financiero chino que precisamente le ha resultado vital para sortear esas sanciones occidentales.

La sintonía sino-rusa tiene igualmente una implicación euroasiática. Bajo la denominada «Perspectiva hacia Oriente» impulsada por el influyente think tank Club Valdai, Rusia también juega sus cartas con determinación en Eurasia, consciente de que esta región se encamina a concentrar la atención geopolítica del siglo XXI.

En este apartado también entran en juego lo que el Kremlin denomina como la «diplomacia tecnológica», una estrategia que le permite tener influencia cultural en el espacio euroasiático, así como otras herramientas de soft power tomando en cuenta que el ruso ha sido una especie de «lingua franca» en este espacio euroasiático post-soviético.

Un caso específico es Uzbekistán. En el Foro de San Petersburgo, Putin elogió el «papel esencial» de ese país «como enlace entre Rusia, Asia Central y Meridional, China y Medio Oriente». Las relaciones ruso-uzbecas abordan igualmente otro apartado: el de la seguridad, específicamente en el caso nuclear.

Durante una reciente visita a Tashkent, la capital uzbeca, Putin y su homólogo Shavkat Mirziyoyev anunciaron que, con apoyo ruso, Uzbekistán creará la primera central nuclear en Asia Central. Esta declaración no sólo retrotrae la importancia de la industria nuclear ante las actuales tensiones globales sino que implicaría para Moscú asegurar su primacía militar y de seguridad en sus esferas de influencia para evitar la interferencia occidental. Mientras EEUU e Israel iniciaban la guerra contra Irán a finales de febrero, el presidente estadounidense visitaba Uzbekistán. Por otro lado, las recientes elecciones parlamentarias en Armenia verificaron el giro prooccidental de Ereván, histórico aliado ruso.

Este súbito viraje geopolítico asiático ha evitado el aislamiento y la condición de paria internacional de una Rusia hoy fortalecida por un papel cada vez más activo en el «Sur Global». 

Moscú lo ejerce vía BRICS, jugando sus intereses en Oriente Próximo (Palestina, Irán, Siria, mar Rojo), con acuerdos comerciales y militares con países asiáticos (principalmente China y Corea del Norte) pero también a través de una nueva relación con África en materia geoeconómica.

Así mismo, la «asianización» rusa puede intuir una estrategia geoeconómica orientada a buscar socios que le permita reducir cierta dependencia económica y tecnológica de Occidente. Esta iniciativa permite anclar esas alianzas hacia potencias económicas (China, India) que definirán la nueva fisonomía del poder global en este siglo, todo ello sin olvidar tampoco la sintonía con potencias energéticas (Arabia Saudí, Qatar, Emiratos Árabes Unidos) y otras con capacidad militar (Turquía, Irán, Corea del Norte) que le permitan a Putin mantener a flote la estrategia de «economía de guerra» en Ucrania y, preventivamente, disponer de aliados clave ante cualquier escalada de confrontación con Occidente. 

En este «Sur Global», África también ocupa un lugar estratégico para la multipolaridad rusa. La presencia en el Foro de San Petersburgo de la presidente de Tanzania fue elogiada por Putin, quien aseguró que este país «desempeña un papel clave en África Oriental». 

 En África, Moscú acelera su presencia económica, geopolítica y militar en la región del Sahel, especialmente en Malí, Burkina Faso y Níger. También fortalece vínculos con Egipto, Libia, Guinea Ecuatorial y Sudán. Este contexto representa una especie de «retorno» de Moscú al continente africano. Se trata de un espacio geopolítico e ideológico estratégico en tiempos de la URSS, que hoy recupera importancia con la crisis ruso-occidental por Ucrania.

El nivel de relación se ha fortalecido con la creación del Foro de Asociación Rusia-África, que celebró su segunda conferencia los días 19 y 20 de diciembre en Egipto. Este foro resaltó igualmente el compromiso adoptado entre la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO) y Rusia para fortalecer la cooperación en materia política, electoral y de lucha contra el terrorismo.

Las sanciones occidentales contra Rusia iniciadas en 2014 han fortalecido el nivel de relación de Moscú con sus socios africanos. En este sentido, Rusia observa con atención el apoyo de África, particularmente por sus 54 votos en la Asamblea General de la ONU, que le han permitido legitimar sus intereses tras la invasión militar a Ucrania. El desarrollo de vínculos políticos, económicos y militares con África le permite a Rusia alcanzar mercados alternativos vitales para amortiguar las sanciones occidentales.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG. 

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PUTIN ENTRA EN ESCENA EN IRÁN

Roberto Mansilla Blanco*

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Durante días observamos en los medios de comunicación en Europa una idea preconcebida sobre la supuesta «traición» de Rusia a Irán en el cometido de asistir militarmente al país persa ante la agresión militar lanzada por EEUU e Israel el pasado 28 de febrero. El objetivo de esta estrategia mediática resultaba evidente: crear una matriz de opinión sobre la supuesta debilidad rusa y su aparente incapacidad para reaccionar ante la ofensiva contra su aliado iraní.

Pero el contexto del conflicto ha cambiado drásticamente tras casi dos semanas de ataques militares directos. Teherán no sólo ha resistido sino que ha demostrado tener una eficiente capacidad militar de respuesta atacando objetivos militares israelíes y estadounidenses en la región e incluso fuera de las fronteras de Oriente Próximo, en este caso el espacio mediterráneo de la OTAN.

Por otro lado, la crisis iraní ha generado inevitables consecuencias para el mercado energético y económico global, ya anteriormente afectados por la agresiva política arancelaria de la administración de Donald Trump, con especial incidencia hacia Europa y China. Mientras la guerra se extiende por Oriente Próximo, los precios del petróleo oscilaron entre US$ 120 y 90 el barril. Irán ha activado un arma geopolítica de enorme alcance: la posibilidad del cierre del Estrecho de Ormuz, vital para el transporte comercial y energético a nivel mundial. Un factor que evidencia la capacidad de Teherán para generar efectos globales ante esta agresión militar exterior.

El poder in crescendo de la CGRI

Desde el punto de vista geopolítico, la ofensiva de EEUU e Israel contra Irán observa sus contrariedades en cuanto a la pretensión de ambos gobiernos por derrumbar al régimen en Teherán. Washington y Tel Aviv han experimentado en el terreno no sólo la capacidad de respuesta de Teherán sino el reforzamiento de poder del que podríamos considerar como su principal rival: el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI).

Condicionados por la capacidad de respuesta militar iraní toda vez que el factor tiempo ya comienza a jugar en su contra, EEUU e Israel han desempolvado planes de invasión militar, en este caso indirecta, dentro del territorio de la República Islámica de Irán. En este apartado se determinó la posibilidad de agitar el irredentismo kurdo contra Teherán como una especie de «quinta columna».

No obstante, la cuestión kurda con la posibilidad de instaurar una especie de entidad paraestatal genera sensibilidades geopolíticas en Oriente Próximo, especialmente para Turquía, país con la mayor cantidad de población de origen kurdo estimada entre 12 y 30 millones de personas, aproximadamente un 15% de su población. Para Turquía, un miembro de la OTAN que mantiene equilibrios geopolíticos con respecto al eje euroasiático conformado por China, Rusia e Irán, la cuestión kurda supone una prioridad para su seguridad nacional. Por tanto, resulta probable que la negativa de Ankara a respaldar la carta del irredentismo kurdo en Irán impulsada por Washington y Tel Aviv derivó en su aparente desarticulación, al menos por el momento.

Por otro lado, en Teherán se están reconstituyendo las estructuras de poder. Diversas fuentes aseguran que la elección de Mojtaba Jameneí como sucesor de su padre Alí Jamenei como el principal ayatolá del Consejo de Guardianes de la Revolución Islámica contó con el aval CGRI, cuyo peso político aumenta gradualmente dentro de la estructura de poder en Teherán.

En medio de la coyuntura bélica con EEUU e Israel, Irán muy probablemente se encamina hacia un pretorianismo militar en manos del CGRI, condicionando así la capacidad de maniobra de la estructura teocrática de los ayatolás, cada vez más enfocado hacia una simbólica tutela. En actitud desafiante y como una evidente respuesta a los planes de Trump y su aliado israelí Benjamín Netanyahu de concentrar el poder de decisión sobre la evolución del conflicto con Irán, la CGRI aseguró que será el actor «que determinará el final de la guerra». Con ello ha querido demostrar que esta guerra se decide en Teherán y no en Washington y Tel Aviv.

Tras diez días de conflicto abierto entre Irán, EEUU e Israel, Trump ha comprendido la complejidad de un problema geopolítico cuyo nivel más elevado significa invadir Irán, un país de elevado nivel de riesgo para la logística militar de invasión exterior tomando en cuenta sus más de 90 millones de habitantes, recursos militares y un territorio principalmente montañoso, que complica la operatividad militar.  Por otro lado, las distorsiones en el mercado energético en un año electoral en EEUU han profundizado este dilema para Trump. La opinión pública estadounidense no avala esta guerra contra Irán, lo cual supone un nuevo golpe para el poder de decisión del lobby israelí sobre la política y la seguridad de EEUU. 

La «paciencia estratégica» del Kremlin

En esta coyuntura, el presidente ruso Vladimir Putin entró en escena este 9 de marzo a través de una conversación telefónica con Trump, en la que ofreció una propuesta de «desescalada del conflicto» para poner fin a la guerra en Irán.

Ese mismo día, Putin expresó su «apoyo inquebrantable» a la elección de Mojtaba Jameneí como nuevo ayatolá en sustitución de su padre Alí Jameneí, cuya muerte fue tachada por el Kremlin de «asesinato cínico». La declaración oficial del Kremlin no pudo ser más directa ante el cruce de informaciones existentes en torno a la guerra en Irán y la respuesta rusa: «Rusia ha sido y seguirá siendo un socio fiable de la República Islámica».

Esta fue la primera conversación directa entre Putin y Trump en lo que va de 2026. De acuerdo con fuentes del Kremlin, la conversación fue «franca y constructiva». Tras esta conversación con Putin, Trump reaccionó afirmando que el conflicto contra Irán está «casi terminado» aunque «aún no hemos ganado lo suficiente». Una declaración que contrasta con la inicial retórica triunfalista de Washington que, vistos los acontecimientos, no corresponde exactamente con la realidad.

De este modo, la súbita aparición en escena de Putin en medio de la guerra abierta entre Irán, EEUU e Israel confirma la estrategia de «paciencia estratégica» aplicada por el Kremlin para asegurar sus intereses geopolíticos en espacios contiguos a sus esferas de influencia y ante la volátil y cada vez más conflictiva situación a nivel internacional. Al mismo tiempo, el Kremlin ha salido al paso de las constantes informaciones sobre su supuesta debilidad geopolítica y su aparente indolencia ante la agresión exterior contra su aliado iraní.

Las reacciones a la conversación entre Putin y Trump fueron particularmente decisivas para Europa, preocupada ante su ostracismo en la coyuntura de cambios en el sistema internacional y ante la desconfianza y frecuente irritación en las relaciones ruso-europeas.

Durante una reunión en Bruselas ante embajadores de la Unión Europea, el presidente del Consejo Europeo, António Costa, declaró que « para financiar su guerra contra Ucrania al tiempo que los precios en energía suben, se beneficia del desvío de las capacidades militares que en otro momento habrían sido enviadas para ayudar a Ucrania (misiles Patriot) y se beneficia de la atención reducida sobre el frente ucraniano al tiempo que es desplazado por el conflicto en Oriente Próximo».

Por su parte, la presidente de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, dio un giro copernicano sobe lo que constituye la esencia europeísta al considerar que «Europa no puede confiar en el sistema basado en reglas como la única forma de defender sus intereses. Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que se ha ido y no volverá».

En este «nuevo orden mundial», la captura por parte de Washington del ex presidente Nicolás Maduro en Venezuela a comienzos de enero y ahora la guerra contra Irán han convencido al Kremlin de la necesidad estratégica que supone fortalecer la disuasión militar, principalmente con respecto a Occidente, en un momento de volatilidad y desconfianza mutua.

El asesor ruso de Política Exterior Yuri Ushakov señaló que, en el actual contexto internacional de volatilidad e incertidumbre, con conflictos abiertos en distintos puntos del planeta, el poder nuclear supone «la mayor garantía de soberanía nacional», una percepción que ha aumentado su peso en Moscú tras el regreso de Trump a la Casa Blanca.

El Kremlin toma nota de los recientes acontecimientos escenificados en países aliados donde EEUU ha reforzado sus intereses vía cambio de regímenes o afianzamiento de esferas de influencia. Comenzó en 2011 con la caída y posterior asesinato del líder libio Muammar al Gadafi al calor de las denominadas Primaveras árabes. No obstante, Moscú ha mantenido una importante presencia geopolítica en la Libia post-Gadafi. La marea de cambios continuó en 2024 con la caída de Bashar al Asad en Siria, país donde Rusia tiene dos importantes bases militares; y en 2026 con la de Maduro en Venezuela.

Las presiones de Washington para un cambio de régimen en Cuba y la guerra contra Irán, todos ellos países que han concretado alianzas estratégicas con Rusia, dejaban en entredicho la capacidad de respuesta de Rusia a la hora de auxiliar a sus aliados. El caso iraní ha sido notorio tomando en cuenta el apoyo de Teherán al esfuerzo bélico ruso en Ucrania.

Así, la puesta en escena vía telefónica de Putin con Trump en plena efervescencia de la guerra contra Irán evidencia la capacidad del Kremlin para responder con asertividad dentro de sus esferas de influencia. Destacan aquí el espacio euroasiático vía Irán, muy próximo a las zonas contiguas de prioridad geopolítica rusa como son el Cáucaso y Asia Central, donde EEUU está intentando retomar sus posiciones vía nuevas alianzas (Armenia, Azerbaiyán, Kazajstán) con la finalidad de menoscabar los intereses del eje China-Rusia toda vez Moscú refuerza posiciones clave (Georgia).

A esto deben sumarse los intereses de Putin por afianzar vía Trump una pax rusa en Ucrania así como su perspectiva de no quedar fuera de contexto ante el «Consejo de Paz» impulsado por Trump como incipiente e incierto mecanismo de influencia de Washington para desarticular ese «viejo orden mundial» que Úrsula von der Leyen ya da por finalizado. En esta nueva era, Rusia mide su posición a la hora de mantener inalterables sus intereses geopolíticos en medio de arriesgados equilibrios entre Occidente y Oriente.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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RUSIA ANTE LA GUERRA ISRAEL-IRÁN: ¿EXISTE UNA «TRAMPA ATLANTISTA» PARA ABRIR UN «SEGUNDO FRENTE» TRAS UCRANIA?

Roberto Mansilla Blanco*

En diciembre de 2024, pocos días después de la caída del régimen de Bashar al Asad en Siria y previo al regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Rusia e Irán, los dos principales aliados del extinto régimen sirio, firmaron un acuerdo de asociación estratégica defensiva por 20 años que profundiza el elevado nivel de relaciones geopolíticas y de seguridad entre Moscú y Teherán.

La reciente escalada del conflicto directo entre Israel e Irán iniciada por Tel Aviv el pasado 13 de junio implica para Rusia un delicado escenario a tenor de su estratégica alianza con Teherán. El pulso para Moscú es netamente estratégico: tras la caída de Bashar al Asad, el Kremlin no puede permitirse observar impávido otro revés geopolítico en Oriente Próximo. Si bien los informes sobre la inevitable ofensiva israelí contra Irán eran cada vez más frecuentes semanas atrás, debe recordarse que Washington y Teherán negociaban en Omán los términos sobre el programa nuclear iraní, abruptamente paralizados días antes de los bombardeos israelíes.

El contexto geopolítico y de seguridad tras la transición siria persuade al Kremlin a concretar pactos con otros socios mientras busca reacomodar el futuro de sus bases militares en Siria (Tartús y Khemeimin). En este sentido, en marzo pasado, Rusia alcanzó un acuerdo con Sudán para abrir una base militar que tendría un radio de operatividad sumamente estratégico, ampliando la posibilidad de alcanzar para Rusia nuevas esferas de influencia entre el canal de Suez, el mar Rojo, el Cuerno de África, el golfo de Adén y el océano Índico, espacios por donde transita aproximadamente el 12% del comercio mundial.

Además de Sudán, el Kremlin está negociando acuerdos con Libia y Chad para abrir también bases militares en esos países, con lo cual conformaría un triángulo estratégico en torno al Mediterráneo, África Central y el Sahel, donde Moscú tiene importantes aliados en Burkina Faso, Mali y Níger. En este triángulo, específicamente en Sudán y Chad, Irán también juega sus cartas geopolíticas, a menudo con cierta sintonía con Moscú.

En el conflicto directo israelo-iraní, Rusia comienza a apostar por la mediación diplomática consciente de la necesidad de mantener en pie a su aliado iraní ante una ofensiva israelí que cuenta con el apoyo estadounidense, según fuentes iraníes. Con todo, Trump también avala esta posible mediación rusa pero observando con atención hasta qué punto la ofensiva israelí puede debilitar (e incluso hipotéticamente derribar) al régimen iraní, un diagnóstico que hasta ahora resulta prematuro evaluar.

Cómo Occidente aspira llevar a Rusia a un “segundo frente bélico” (e Israel le puede ayudar)

Ante el atasco que se observa en el frente ucraniano y la desilusión occidental por los avances militares rusos y la consolidación de sus posiciones, el eje «atlantista» vía OTAN parece intentar abrir un «segundo frente» bélico para Rusia, en este caso en su flanco sur. En este sentido, Irán puede ser el escenario clave a tenor de su reciente acuerdo estratégico con Rusia.

Pero antes existieron tácticos intentos por parte del «atlantismo» para arrastrar a Rusia hacia ese «segundo frente». Primero lo intentó con Armenia, cuyo presidente prooccidental Nikol Pashinyán inició negociaciones de admisión en la UE en diciembre de 2023 para, posteriormente, oficializar la salida armenia de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) en agosto pasado. Coloquialmente denominada como la «OTAN rusa», la OTCS es un mecanismo de seguridad euroasiático dirigido desde Moscú.

Pashinyán argumentó las razones de la salida armenia ante la escasa efectividad de la OTSC para atender sus demandas ante el breve conflicto con Azerbaiyán en Nagorno Karabaj (2023) y que llevó a la caída de este enclave armenio en manos azeríes. Con destreza diplomática, el presidente ruso Vladimir Putin aceptó la salida armenia de la OTSC en una táctica orientada a reducir tensiones para evitar una intromisión exterior.

Sin salir del Cáucaso, la perspectiva «atlantista» de abrir este «segundo frente» continuó en Georgia, donde las elecciones parlamentarias de octubre pasado registraron la posibilidad de recrear un nuevo «Maidán» en el Cáucaso que finalmente resultó infructuoso: el nuevo gobierno georgiano dirigido por Mijaíl Kavelashvilii está alineado con Moscú y ha congelado las negociaciones de admisión de Tbilisi con la UE y la OTAN.

El tercer intento fue la caída de Bashar al Asad en Siria en diciembre pasado, un revés geopolítico que Rusia ha sabido gestionar con destreza, sin caer en la trampa del «segundo frente» que el eje atlantista que domina buena parte de las decisiones en Occidente le había tendido. La gira de Trump por Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos le llevó a una fugaz reunión con el nuevo jefe de gobierno sirio, Ahmed al Shara’a, a quien le instó a «reconocer el Estado de Israel».

Asegurada cierta reorientación prooccidental en una Siria donde Turquía, Arabia Saudita e Israel juegan sus cartas geopolíticas, ya con Rusia e Irán fuera de actuación de facto, la guerra entre Israel e Irán parece arrojar un nuevo contexto para este imperativo geopolítico «atlantista» de abrir un «segundo frente» contra Rusia. El Kremlin se erige como interlocutor de mediación en este conflicto con la intención de ganar tiempo a favor de su aliado iraní y ante el riesgo de una escalada regional del conflicto entre Tel Aviv y Teherán.

¿Una «receta siria» para Irán?

Occidente e Israel buscan reproducir en Irán el «ejemplo sirio» determinado por la caída de Bashar al Asad. Golpear a un aliado clave del eje euroasiático sino-ruso es un imperativo geopolítico para Netanyahu y Trump pero tanto su operatividad como sus consecuencias se observan igualmente imprevisibles.

Con velada intención propagandística para crear una matriz de opinión en Occidente, son cada vez mayores los análisis en think tanks estadounidenses e israelíes sobre «el momento que se abre para desmantelar al régimen iraní» como aparente objetivo principal de esta ofensiva israelí, conscientes de que esta posibilidad asestaría un nuevo revés geopolítico para Rusia en Oriente Próximo.

Para fortalecer esta perspectiva de debilidad iraní y un posible colapso del régimen de los ayatolás comienzan a aparecer en los principales mass media informaciones sobre el aparente descontento en la población iraní ante la presunta indefensión por parte de sus autoridades a la hora de asistir a las víctimas civiles de los ataques israelíes, intentando con ello procrear un tono rayando en el desconcierto y la confusión.

Por el contrario, los medios occidentales, mayoritariamente alineados con los intereses israelíes y estadounidenses y que se han esforzado en «victimizar» las bajas israelíes por encima de las iraníes, dilatan cualquier información que implique observar la posibilidad de que ese descontento pueda también acontecer dentro de la sociedad israelí, muy probablemente desgastada tras casi dos años de guerra en Gaza con resultados a grandes rasgos infructuosos. Destaca así el hecho de que Hamás, sin bien eliminada su cúpula dirigente, sigue en pie con rehenes israelíes en su poder mientras la imagen internacional de Israel se ha deteriorado. Así mismo, los ataques iraníes han golpeado fuertemente la capacidad de resistencia de la famosa Cúpula de Hierro israelí, creando así confusión sobre el mito de la invencibilidad militar israelí.

En un análisis sobre cómo la guerra entre Israel e Irán afecta a los intereses rusos en la región, especialmente ante la posibilidad de un cambio de régimen en Teherán, el experto en temas iraníes Rajab Safranov expone lo siguiente:

«Si Irán se vuelve prooccidental, los problemas que surgirán serán tan enormes, tan graves para Rusia, que tendrá que concentrarse únicamente en resolverlos y dedicar miles de millones de dólares a ello, en lugar de desarrollar su economía, su industria, resolver cuestiones internacionales y participar en la política global. Tendrá que emplear todas sus fuerzas para protegerse de estas consecuencias negativas».

Visto en perspectiva geopolítica, este escenario supondría para Rusia un enorme desgaste de recursos y atención que se añaden a lo que está sucediendo en el frente ucraniano. Previo a los ataques israelíes en territorio iraní, Moscú ordenó la salida inmediata de su personal diplomático y civil en Teherán, cerrando momentáneamente su consulado en la capital iraní.

Más allá del intercambio de bombardeos con misiles aéreos y de la puesta a prueba de sus respectivos escudos de defensa, ¿es posible una confrontación directa entre Israel e Irán en términos convencionales de combate terrestre? Salvo que este escenario implique una intervención directa de la OTAN y EEUU para asistir a su aliado israelí, resulta poco probable que acontezca esta confrontación bélica tomando en cuenta las capacidades militares de ambos contendientes (capacitados para una destrucción mutua) y la expectativa de estar abriendo una nueva guerra regional cuyas consecuencias son impredecibles en materia militar y geopolítica.

Una guerra a gran escala entre Israel e Irán involucrará directa o indirectamente a los actores regionales en Oriente Próximo, así como a EEUU, Rusia y China en aras de preservar sus respectivas esferas de influencia.

¿Caerá el régimen de los ayatolás iraníes como sucedió con el de Bashar al Asad en Siria? Otro escenario hipotético a priori de escasa probabilidad tomando en cuenta que la población iraní y sus aliados regionales interpretan el contexto como una «agresión israelí» que aumenta la impunidad de Netanyahu, ya suficientemente inflamada con el genocidio en Gaza.

El intercambio de bombardeos entre Israel e Irán confirma cierto equilibrio militar entre fuerzas que, aunado a sus apoyos exteriores (EEUU, Europa y la OTAN en el caso israelí, Rusia y China en el de Irán) y sus aliados regionales en cuanto esferas de influencia (Hizbulá en Líbano; chiíes de Irak, Siria y Bahréin, hutíes de Yemen) permite considerar que una guerra a gran escala, o bien un intento abrupto de cambio de régimen en Teherán, implica grandes e inciertos riesgos para todos estos actores.

No obstante, los riesgos de esta posible escalada podrían alentar a EEUU e Israel, probablemente con el apoyo de otros actores regionales rivales de Irán (Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos), a propiciar un cambio de régimen en Teherán más inclinado a los intereses prooccidentales.

En el pasado, Washington ha alentado a grupos opositores iraníes exiliados en EEUU y Europa, factor que podría cobrar peso en el contexto actual de la guerra israelo-iraní incluso vía grupos armados dentro de Irán. No obstante, no existe una plataforma unitaria entre estos grupos opositores, donde las divisiones son notorias. El principal de todos ellos es el Consejo Nacional de Resistencia de Irán, básicamente monárquico, así como la Organización de Muyahidines del Pueblo de Irán. Otros son comunistas, anarquistas, sindicalistas, liberales, socialistas, republicanos, yihadistas, paniranistas y partidos nacionalistas árabes, azeríes, baluchíes y kurdos.

Si bien interpreta la situación con un tono quizás excesivamente catastrofista, vale la pena atender el análisis del politólogo ruso Serguéi Markov, ex diputado, fundador y director del Instituto de Investigaciones Políticas, muy cercano a Putin. Markov considera que, a través de la escalada militar entre Israel e Irán, los países occidentales están fomentando el colapso del régimen iraní. De este modo, pronostica que:

«En primer lugar, se producirán intercambios de misiles durante varias semanas.

A continuación, se acordará una tregua.

Irán aceptará un acuerdo nuclear basado en el modelo propuesto por Estados Unidos. Las líneas generales de este acuerdo nuclear serán sugeridas por Estados Unidos, Rusia y Arabia Saudí. Según los términos de este acuerdo, Irán deberá renunciar al enriquecimiento de uranio, a cambio de lo cual Estados Unidos levantará las sanciones contra Irán.

El combustible nuclear enriquecido destinado a Irán se producirá y almacenará en Rusia, en caso de que Occidente se retire del acuerdo nuclear, como ha hecho en el pasado.

Entonces comenzarán los preparativos para derrocar el poder de los mulás en Irán, en los que participarán Estados Unidos, Europa, Israel y los países árabes

Se producirá un golpe de Estado en Irán, que contará con el apoyo tanto de los liberales en las esferas del poder como de los opositores al régimen en el exilio.

No habrá una invasión terrestre de Irán sino disturbios internos y enfrentamientos

Después de eso, Irán quedará dividido».

De momento, Rusia y EEUU comienzan a apostar por la negociación y la tregua mientras Israel e Irán siguen en la escalada de intercambio de bombardeos aéreos cuya finalidad será calibrar las capacidades militares y el nivel defensivo-ofensivo de cada contendiente. Las próximas semanas serán relevantes para conocer, en qué medida, la capacidad asertiva de la predicción de Markov puede convertirse en una realidad.

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE UU y América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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