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RUSIA Y EUROPA: ¿ES TAN INEVITABLE (E INMINENTE) LA GUERRA?

Roberto Mansilla Blanco*

Una mirada a los titulares de los principales medios de comunicación, principalmente europeos, daría a entender la inevitabilidad de una guerra entre Rusia y Europa. Una escalada de tensiones que ocurre en un contexto de distanciamiento transatlántico, desgaste del conflicto ruso-ucraniano, empeoramiento de las redes de suministro y transporte por la guerra en Oriente Medio y configuración exprés de una «OTAN europea» bajo una troika liderada por Alemania, Reino Unido y Francia, que señala a Moscú como su principal amenaza.

Mientras las calles de Europa, especialmente en Francia e Italia, arden con protestas sociales sobre la vivienda, educación, alza del coste de la vida, precariedad laboral, políticas migratorias y aumento del gasto militar, el dominio de la narrativa mediática belicista predomina como instrumento clave para anunciar escenarios de «guerra híbrida» entre Rusia y Europa.

Los medios europeos suelen maximizar con un tono alarmista el discurso del presidente ruso Vladimir Putin, señalándolo como el presunto agresor de una guerra que aparentemente está en camino. A su vez, y mientras Europa aumenta la presión militar contra Rusia, los medios de ese país otorgan un perfil diferente, concentrando su interés en las declaraciones de los altos mandos de la OTAN y la UE, en la magnitud de la crisis socioeconómica europea, la aparente incapacidad de su clase política para ofrecer soluciones efectivas a las demandas sociales y la materialización de una crisis de identidad y valores civilizatorios europeos ante las políticas de regularización migratoria.

Ucrania: ¿salida a la guerra y un final anticipado para Zelensky?

El contexto actual de la guerra en Ucrania está principalmente enfocado en la posibilidad de que Putin y su homólogo estadounidense Donald Trump negocien el final del conflicto a expensas de Kiev y de sus aliados europeos.

En una entrevista, el presidente ucraniano Volodymir Zelensky aseguró que «Trump quiere que Ucrania capitule» y que estamos ante los «días más peligrosos», colocando el foco en las elecciones legislativa del mid-term en EEUU, un test político estratégico para Trump en el que se vislumbra una derrota electoral en gran medida derivada por el alza del costo de la vida ante los elevados precios del carburante.

Las palabras de Zelensky son una clara reacción ante el anuncio de Trump de alcanzar un acuerdo con Putin para liberar 300.000 toneladas de gas ruso a fin de reducir los precios ante la crisis en Oriente Medio derivada de la agresión de EEUU e Israel contra Irán así como de las sanciones europeas contra Rusia que, en octubre, alcanzaron su 22º ronda, la mayor desde el inicio de la invasión en Ucrania en 2022. El precio del crudo Brent, referencia del mercado petrolero, se cotizaba a US$ 109 a mediados de octubre.

Trump ha tenido que recurrir a Putin como «salvavidas» electoral tomando en cuenta la estrecha alianza del mandatario ruso con Teherán así como ante las dificultades en las que se encuentra Arabia Saudita, tercer principal productor petrolero a nivel mundial tras EEUU y Rusia, particularmente ante los ataques contra sus refinerías por parte de los hutíes yemenitas, aliados de Irán. En un contexto prácticamente de guerra abierta en Oriente Medio, el reciente pacto militar entre Turquía, Arabia Saudita y Pakistán se enfrenta a su primer reto con aparentes distorsiones militares operativas, escenario que no descarta la activación de canales diplomáticos de negociación con Teherán.

En los últimos días han sido prolíficas las declaraciones de Trump culpando a Zelensky de no querer la paz en Ucrania. En Kiev han regresado las protestas ante el desgaste de la población por un conflicto estéril y ante las draconianas medidas de reclutamiento militar, cada vez más impopulares. Crece la percepción mediática de que Zelensky muy probablemente tiene los días contados en el poder toda vez que Trump y Putin negocian tanto su final político como el del conflicto, a espaldas de Ucrania y de Europa.

En este esquema de negociación para el final de la guerra en Ucrania podría entrar el presidente chino Xi Jinping toda vez Trump ya ha declarado que Zelensky debería delegar en otro representante para la negociación. Un evidente mensaje de falta de confianza en el presidente ucraniano y de intenciones de buscarle un reemplazo.

Suenan «tambores de guerra» entre Bruselas y Moscú

La tensión ha vuelto a instalarse entre Washington y Kiev mientras Europa, principalmente la troika establecida vía OTAN entre Francia, Alemania y Reino Unido sigue esforzándose en mantener la necesidad de presión militar contra Putin, argumentando un hipotético ataque ruso contra países miembros de la OTAN.

Mientras Trump negocia el «pacto del diésel» con Putin, Ucrania mantiene el pulso atacando las refinerías rusas e incluso sus centros de datos de información. Zelenski también criticó la presunta «intencionalidad política» con la restricción a Ucrania de la señal satelital de Starlink, propiedad de Elon Musk y esencial para Kiev en su esfuerzo bélico contra Rusia. En este apartado las sospechas ucranianas vuelven a apuntar hacia Trump.

En Moscú, el ministro de Exteriores Serguéi Lavrov aseguró que «Alemania nos va a declarar la guerra». La declaración viene tras un ataque ruso a Kiev, muy probablemente de carácter disuasivo, mientras el canciller alemán Friedrich Merz visitaba la capital ucraniana.

Durante un Foro de Seguridad celebrado el 13 de octubre en Varsovia, el jefe supremo de la OTAN en Europa, General Alexus Grynkewich, avisó a Rusia: «Si nos atacan, lucharemos». Reino Unido lanza advertencias a sus ciudadanos para prepararse a una «crisis de enorme magnitud y sacrificios en la vida personal». El primer ministro de Polonia, Donald Tusk, advierte que la guerra ruso-ucraniana entra en «su fase más peligrosa y decisiva» en vísperas del invierno, con el foco en las consecuencias que causarán en Europa su desconexión energética de Rusia.

Grynkevich presentó en Varsovia la estrategia «Teoría de la Victoria» ante un posible conflicto con Rusia, que propone el uso de vehículos aéreos no tripulados (UAV) y sistemas de puntería con inteligencia artificial para repeler posibles ataques. La OTAN podría utilizar fuerzas de defensa terrestre y otros recursos en el marco de la Iniciativa de Disuasión del Flanco Oriental, diseñada para monitorear las amenazas en las fronteras con Rusia y Bielorrusia, utilizando drones de bajo costo y sistemas de armamento militar que operan principalmente de forma autónoma.

En el marco de la 23ª reunión anual del Club Internacional de Debate Valdai, un influyente think tank vinculado al Kremlin, y tras enviar una carta a la OTAN, Putin advirtió que defenderá el enclave de Kaliningrado con armas nucleares en caso de ataque de la OTAN: «El punto de no retorno puede llegar de forma inesperada», indicó el presidente ruso no sin antes insistir en que sus palabras no son «una intimidación» sino «una respuesta» a las declaraciones de dirigentes occidentales y la hipótesis de un posible ataque contra Kaliningrado.

Mark Rutte, secretario general de la OTAN, respondió a las palabras de Putin con alerta máxima y cautela. Tras una reunión en Lituania donde reconoció que no hay indicios claros de movilización y agresión rusa, matizó que espera más ataques híbridos por parte de Moscú para presionar a dejar de ayudar a Ucrania.

De este modo los «tambores de guerra» parecen ir afinando sus sonidos en Europa y Rusia. Durante una comparecencia ante el Parlamento alemán, el jefe de los servicios secretos alemanes Martin Jäger advirtió del riesgo de un «conflicto violento con Rusia. La confrontación a la que nos enfrentamos con Rusia ha adquirido una dimensión nueva y más peligrosa. Moscú apuesta por nuestra debilidad. Tenemos que hacerle frente». Jäger puso como ejemplo el incidente de ataque de drones suscitado en agosto pasado en Leipzig, en el que la UE acusó a Rusia de presunta autoría.

La presidenta de la Comisión Europea Úrsula von der Leyen y la comisaria de Política Exterior Kaja Kallas aceleran la retórica belicista antirrusa, acusando a Moscú de intensificar la guerra híbrida contra Europa con desinformación y ataques de drones para pulsar los sistemas de seguridad. La localidad estonia de Narva, punto caliente entre la OTAN y Rusia, ha realizado un cierre de movilidad fronteriza con Rusia. El presidente letonio Edgars Rinkevics declaró que el «apetito por el riesgo por parte de Putin está incrementándose».

El clima de preguerra ruso-europeo parece anticipar nuevos movimientos geopolíticos. Reino Unido ha expresado la posibilidad de regresar a la UE poniendo fin al Brexit. Mientras pulsa la aprobación del retorno del servicio militar obligatorio, Alemania anunció el envío tropas a la frontera con Lituania.

El ascenso electoral de AfD en las recientes elecciones regionales alemanas es observado como una victoria política del Kremlin con el objetivo de erosionar los apoyos militares y financieros a Ucrania dentro de la UE y la OTAN, buscando igualmente potenciar un entendimiento europeo con Moscú.

La UE y la OTAN temen una posible inherencia rusa vía desinformación y estrategias de guerra híbrida en el calendario electoral europeo en curso este 2026 y previsto para 2027 principalmente en países como España, Francia, Serbia, Bulgaria, Grecia e Italia.

A la espera de cómo avancen las conversaciones con Trump sobre Ucrania, Rusia parece manejar escenarios de intensificación de su ofensiva militar antes del invierno, con el puerto de Odesa en su punto de mira con la finalidad de establecer un control de facto del mar Negro. Ante las advertencias y presiones de la OTAN y la UE, Putin refuerza la opción militarista, fortalecida tras la victoria parlamentaria de su partido Rusia Unida en las elecciones de septiembre pasado. Son cada vez más frecuentes los rumores sobre un reclutamiento masivo de hasta 300.000 efectivos en Rusia.

En Madrid, el presidente de gobierno Pedro Sánchez acusó a Rusia de utilizar la guerra híbrida con la crisis migratoria de Ceuta y Melilla presentada en agosto pasado. Moscú ha desestimado esta presunta injerencia en Ceuta pidiendo pruebas al gobierno español. Toda vez que en el marco de la Asamblea General de la ONU en septiembre pasado, Rusia y Marruecos reforzaron su alianza estratégica, una clara señal de advertencia para Madrid.

Presionado por la crisis interna, Sánchez convocó el adelanto de elecciones generales en España para el próximo 29 de noviembre. Algunas fuentes de inteligencia en Europa y España advierten de posibles operaciones de desinformación rusa durante la campaña electoral. Reacciones políticas aparte, el clima de escalada de tensiones prebélica parece instalarse sin tapujos entre Bruselas y Moscú.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG. 

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¿LA ÚLTIMA «GUERRA» DE NETANYAHU?

Roberto Mansilla Blanco*

El proyecto supremacista del «Gran Israel» impulsado por el primer ministro Benjamín Netanyahu y sus aliados gubernamentales se someterá al escrutinio de las urnas el próximo 27 de octubre, con la celebración de elecciones para renovar la Knéset, el Parlamento israelí.

Estos comicios abordan un clima político y electoral polarizado por una histórica crisis de identidad dentro del Estado de Israel, principalmente determinado por la caída internacional de su imagen y credibilidad producto de la política belicista y expansionista de Netanyahu, materializada con el genocidio en Gaza desde 2023, el incremento de la colonización de Cisjordania y una nueva invasión del sur del Líbano.

Esta caída en desgracia de la imagen internacional israelí se evidencia ante un inédito nivel de distanciamiento, al menos en apariencia, por parte de aliados irrestrictos como EEUU y Europa. En el plano interno comienza a ser frecuente un debate público sobre cuestiones clave como el sionismo, el judaísmo, la conciencia nacional y el mito perenne de la invencibilidad militar israelí.

Si bien grosso modo el establishment político israelí, aunque atomizado en diversas formaciones políticas, se aprecia aparentemente cohesionado, el proyecto supremacista de Netanyahu ha provocado una fuerte polarización dentro de la sociedad israelí, una variable para tener en cuenta con las elecciones a la vuelta de la esquina.

El «Gran Israel» se somete a las urnas

A la cita electoral se han presentado un total de 38 formaciones que competirán por los 120 escaños del Knéset. El partido derechista Likud de Netanyahu busca mantener el poder pero las expectativas electorales prevén la continuidad del proceso de atomización y la conformación de bloques parlamentarios, algo ya tradicional en la política israelí.

Para renovar el que sería su sexto mandato en tres períodos distintos desde 1996, Netanyahu seguirá dependiendo del apoyo de líderes ultraderechistas como el actual ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir (partido Otsmá Yehudit, Poder Judío) y el actual ministro de Finanzas Belazel Smotrich (Partido Sionista Religioso), ambos políticos controvertidos por sus posiciones supremacistas y racistas hacia los palestinos y otras comunidades no hebreas.

En el nuevo mapa político que se avecina en Israel destacan el avance de nuevas alianzas opositoras, básicamente enroladas en la derecha nacionalista sionista con algunas opciones centristas  encabezadas por el ex jefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot (del centrista Yashar), además del ex primer ministro y ex ministro de Defensa Naftali Bénnet (Nueva Derecha), Yair Lapid (del centrista Yesh Atid) y Avigdor Líberman, ex ministro de Relaciones Exteriores y de Defensa, líder del partido Israel Beitenu, de carácter derechista, laico y nacionalista.

Otros actores electorales son los partidos ultraortodoxos Judaísmo de la Torá (de la comunidad ashkenazi), Shas (sefarditas), nacionalistas religiosos como Amja Israel (Tu Pueblo Israel) y las formaciones árabes Raam y Liga Árabe Conjunta.

Las tendencias preelectorales muestran una marcada polarización política entre Netanyahu y Eisenkot, de acuerdo a las encuestas realizadas e mediados de septiembre por Kantar/Kan, The Jewish People Policy Institute, Canal 13 y The Times of Israel.

Con su ideología reaccionaria y supremacista, Netanyahu ha marcado el paso de varias de las crisis que ha vivido Oriente Próximo en las últimas tres décadas toda vez se acrecentaba la complejidad religiosa y étnica del Estado de Israel.

Los ataques del movimiento islamista palestino Hamás contra objetivos israelíes el 7 de octubre de 2023, que provocó más de 2.000 muertes, marcó un punto de inflexión para Netanyahu. Este suceso, el peor ataque registrado en territorio israelí, cuestionó el mito de la seguridad e inviolabilidad del país al mismo tiempo que sirvió de condicionante para abrir las compuertas del proyecto del «Gran Israel», materializado con la invasión de Gaza y actualmente del sur del Líbano, sin descartar una intervención indirecta dentro del complicado rompecabezas sirio.

Por tanto, las elecciones del 27 de octubre no decidirán únicamente el futuro de Netanyahu sino el modelo de sociedad que Israel quiere construir. Son palpables los síntomas de desgaste y malestar por las atrocidades cometidas por las IDF contra la población palestina y libanesa, al mismo tiempo que existe una profunda reacción contra el alistamiento militar obligatorio, una de las señas de identidad estatal. Estos factores pueden terminar decantando las expectativas electorales de Netanyahu, en este caso de forma desfavorable.

Un ejemplo de ello ha sido la decisión de la formación de izquierda israelí Partido de los Demócratas de solicitar a la Comisión Electoral Central la retirada del partido ultraderechista Poder Judío de Ben Gvir, alegando su racismo y el hecho de que su presencia «niega la existencia del Estado de Israel como Estado democrático».

En perspectiva y a diferencia de comicios anteriores, el debate político y social en Israel ya no se centra exclusivamente en torno a la cuestión palestina sino en torno a la cohesión interna, el contrato social y el equilibrio entre identidad religiosa, democracia y seguridad. Más allá de la potencialidad militar y tecnológica israelí, la sociedad observa una actitud distante y crítica, rayando incluso en la falta de confianza, por parte de sus aliados occidentales. Incluso diversos sectores políticos israelíes se muestran preocupados ante la percepción de pérdida de prioridad y de exclusividad de los intereses israelíes entre sus aliados exteriores.

«Bibi, todo el mundo de odia»

Más allá de las opciones electorales y los manejos políticos internos, el principal foco de atención está en el deterioro de la imagen internacional de Israel. En julio pasado, durante la visita de Netanyahu a la Casa Blanca, el presidente estadounidense Donald Trump le espetó personalmente al primer ministro israelí una acusación inusual: «todo el mundo odia a Israel por esto».

Son prolíficas las imágenes e informaciones en las redes sociales sobre «mobbing» y acoso contra turistas israelíes, algunos de ellos identificados como miembros de las fuerzas armadas, el IDF, en diversas partes del mundo, incluso con señales expresas de prohibición para atender a estos turistas, especialmente en países asiáticos con comunidades musulmanas.

El inusual tono de Trump escenificaba este nivel de desconfianza internacional hacia Netanyahu en un momento en que Israel sigue adelante con la invasión militar directa en el Líbano y de intervención indirecta en Siria a través de aliados como las fuerzas de la comunidad drusa, acciones que han provocado irritación en la Casa Blanca en un momento delicado por el enfrentamiento militar con Irán.

Si bien no ha dejado de mostrarse como un ferviente aliado israelí, Trump y su equipo de gobierno observan con desagrado que la guerra contra Irán iniciada el pasado 27 de enero se realizó más bien para preservar los imperativos estratégicos de Israel en detrimento de los intereses geopolíticos y geoeconómicos estadounidenses. Este contexto es particularmente preocupante en la Casa Blanca a escasos dos meses de otros comicios trascendentales, las elecciones del mid-term en EEUU, donde se renovará la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Una prueba electoral que medirá los apoyos populares de Trump y del «trumpismo» de cara a las presidenciales de 2028.

Las elecciones parlamentarias israelíes anteceden al mid-term en EEUU (3 de noviembre), una variable que puede resultar condicionante para las expectativas de Trump, cuyas cotas de popularidad están en su peor momento mientras la sociedad estadounidense comienza a experimentar una ola de creciente simpatía por Palestina y de rechazo hacia Israel.

Es por ello que Trump podría estar barajando otras opciones menos condicionantes en Israel como apostar por una derrota de su aliado Netanyahu a favor de una coalición levemente más moderada que ralentice la radicalización y polarización interna en torno al proyecto supremacista del «Gran Israel».

Ante el eventual escenario de Netanyahu fuera del poder y a la espera de la tendencia política que asumiría un nuevo gobierno en Tel Aviv, está por ver cuál será la capacidad de Washington para impulsar ante la comunidad internacional una política de recuperación de la imagen de un Israel menos beligerante, con perspectivas de apertura de negociación para, al menos momentáneamente, reducir las tensiones en los conflictos abiertos  en Gaza, Irán, Líbano, Siria y Yemen ante la reciente ofensiva de las milicias hutíes, aliadas de Teherán.

Un caso particularmente significativo ha sido la revelación informativa de que Emiratos Árabes Unidos, uno de los países que reconoce oficialmente a Israel tras los Acuerdos de Abraham de 2020, advirtió a Netanyahu sobre el ataque de Hamás el 7-O.

Mientras la atención mediática y política se centra en intentar descifrar hasta qué punto Netanyahu, las IDF y la inteligencia israelí estaban al tanto de estas advertencias, Washington podría manejar otro escenario, reduciendo su apoyo a un Netanyahu cada vez más incómodo y díscolo para los intereses estadounidenses. Con ello, EEUU no despreciaría la posibilidad de un cambio de gobierno en Tel Aviv que permita “lavar la imagen” internacional de Israel, contribuyendo con ello a exculpar su responsabilidad por haber apoyado al primer ministro israelí en su política cada vez más belicista en Oriente Medio.

El desastre de la guerra contra Irán, particularmente ante el control que ejerce Teherán con el cierre del Estrecho de Ormuz, así como la ofensiva de los hutíes yemenitas contra los intereses de Arabia Saudita atacando las redes de suministro energético, ponen en entredicho los intereses conjuntos de EEUU e Israel en Oriente Medio, así como, entre otros factores, la viabilidad y solidez del reciente pacto de seguridad entre Turquía, Arabia Saudita y Pakistán.

El reforzamiento del poder regional de Irán ha disuadido a Netanyahu a blandir de nuevo la amenaza del programa nuclear iraní, buscando con ello recuperar la iniciativa pero ahora en clave electoral. No obstante, Tel Aviv calcula que los recientes equilibrios y alianzas en Oriente Medio, particularmente la apuesta por mecanismos de cooperación y alianzas propias dentro del mundo árabe e islámico, marcan una dinámica divergente con los intereses israelíes, así como de un aliado estadounidense cada vez más suspicaz a la hora de atender incondicionalmente las demandas de Tel Aviv.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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DOS BLOQUES ANTAGÓNICOS EN RIESGO DE COLISIÓN: EL EJE EUROASIÁTICO Y LA «OTAN 3.0»

Roberto Mansilla Blanco*

En medio de los conflictos existentes en Ucrania e Irán, las tensiones ruso-europeas y el incremento de la carrera armamentística en Asia Oriental y el Indo-Pacífico comienzan a diseñarse dos bloques geopolíticos y geoeconómicos con capacidad suficiente para definir las claves hegemónicas de poder para las próximas décadas.

En este nuevo mapamundi estos bloques geopolíticos se asumen como cada vez más antagónicos: el eje euroasiático, más fortalecido tras la reciente cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) realizada en Bishkek (Kirguizistán) y el «eje atlantista 3.0» emergente tras la reciente cumbre de la OTAN en Estambul celebrada en julio pasado y que interpreta una nueva relación dentro del «atlantismo» con un EEUU más aislado y una Europa obligada a reducir su dependencia de Washington en materia de seguridad.

La OCS y una Eurasia más «geopolítica»

La cumbre de la OCS en Bishkek reafirmó una serie de alianzas y equilibrios en el espacio euroasiático con la concreción de intereses comunes entre Rusia, China, Irán, India, Turquía y Corea del Norte. Apostando por el multilateralismo como bloque «contra hegemónico» y advirtiendo sobre el declive de Occidente, la OCS se erige, al menos de momento, como un eje no militar pero con decisivo peso geoeconómico y geopolítico.

Un caso particular ha sido el apoyo de Moscú y Beijing a Teherán a la hora de contener las sanciones occidentales contra el país persa en medio de la guerra con EEUU e Israel. Este apoyo sino-ruso a Irán abre un eje específico con capacidad para ejercer presión e influencia sobre Washington, cuyo objetivo estratégico, especialmente con Trump en la presidencia, ha sido procrear una brecha de división entre Moscú y Beijing, con resultados infructuosos.

Contrario a la matriz de opinión de los medios occidentales en las que se ha criticado a Rusia por supuestamente no apoyar a Irán en la guerra de 2025, en la actualidad se ha pasado a condenar a Rusia precisamente por apoyar militarmente a Irán tras la agresión de EEUU e Israel desde enero pasado.

El reciente Foro Económico del Lejano Oriente realizado en Vladivostok reafirmó igualmente la vocación geopolítica rusa de observar cada vez con mayor atención su flanco oriental asiático ante la posibilidad de una escalada de tensiones, principalmente enfocado en las aspiraciones revisionistas y de remilitarización de Japón, que encierre a Rusia en dos frentes simultáneos, toda vez el flanco occidental está concentrado en Ucrania y las tensiones con Europa y la OTAN.

Al margen de lo acordado en la cumbre de la OCS, Rusia está ensayando nuevos proyectos de infraestructuras de conexión con China, aún en fase de definición. Destaca aquí el ferrocarril Trans-Altai, una ruta alternativa a China a través de las montañas Altai, que ha sido considerado como un vector de competencia con la Ruta Internacional de Transporte Transcaspiana, que conecta China con Europa evitando Rusia, y como una forma de compensar parcialmente la inestabilidad de las rutas marítimas del sur.

En este contexto, Turquía, India e incluso Arabia Saudita (socio de diálogo de la OCS desde 2023) emergen como «actores bisagra», balanceando equilibrios muchas veces antagónicos entre Oriente y Occidente pero apostando al mismo tiempo por iniciativas de defensa propias como ha sido el reciente pacto de seguridad entre Turquía, Arabia Saudita y Pakistán, esta última una potencia nuclear, acordado en agosto pasado. Por su parte, India, importante socio energético y comercial ruso, ha pedido en Bishkek al presidente Putin la finalización de la guerra de Ucrania, tal y como explicó el primer ministro indio, Narendra Modi.

En la cumbre de la OCS, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, ha mostrado interés en unirse como «socio de diálogo» al bloque de seguridad liderado por China y Rusia en el seno de ese organismo. No se debe olvidar que Turquía es miembro estratégico de la OTAN y esta condición adquirió un plano aún mayor tras la cumbre de la Alianza Atlántica realizada en julio pasado en Estambul. Tras su regreso a Turquía, Erdogan señaló que convertirse en miembro de pleno derecho del OCS no implica un alejamiento del bloque occidental ni de sus aliados de la OTAN.

El interés de Ankara se enfoca en una estrategia global integral con principal atención en los corredores de transporte seguros ininterrumpidos y rutas comerciales alternativas ante las recientes disrupciones por conflictos en el mar Negro, el mar Rojo y el estrecho de Ormuz.

Por otro lado, ingresar en la OCS abriría a Turquía un nuevo mercado para su industria de Defensa, especialmente para los drones turcos, que llevan años integrándose en los ejércitos de países de la Alianza Atlántica, así como Ucrania, Etiopía o Azerbaiyán.

La «OTAN 3.0» y la troika Berlín-París-Londres

Si la sintonía parecía prevalecer en la cumbre de la OCS, la Alianza Atlántica ingresa en una fase de incertidumbres a pesar de su revitalización tras la reciente cumbre de la OTAN en Estambul.

Las divergencias con Trump han motivado a Alemania, Francia y Gran Bretaña a convertirse en un nuevo eje militarista en el seno de una «OTAN 3.0» de la que no escapa la Unión Europea. En medio de las inciertas negociaciones entre EEUU, Rusia y Ucrania impulsadas desde Washington, esta troika entre Berlín, París y Londres ejerce presión sobre Moscú incluso abriendo escenarios prospectivos de conflicto armado. Desde Rusia, por su parte, advierten que una respuesta contra la OTAN puede ocurrir en «cualquier momento».

La producción de drones y de artillería así como las estrategias de «guerra híbrida» entre Rusia y Europa comienzan a ser prioridades. Alemania y Reino Unido se convierten en los principales suministradores de misiles de largo alcance para Ucrania con la intención de golpear puertos, bases aéreas, almacenes y refinerías de petróleo dentro de Rusia.

A través de un comunicado publicado en abril pasado, el Ministerio de Defensa ruso sostuvo que la decisión europea de aumentar la producción y el suministro de drones y misiles de largo alcance para atacar territorio ruso constituía un «paso deliberado hacia una escalada drástica en todo el continente» y describía el proceso como la transformación de esos países en la retaguardia estratégica de Ucrania. Este comunicado también publicó una lista de empresas y proveedores de componentes militares a Ucrania existentes en el Reino Unido, Alemania, Dinamarca, Letonia, Lituania, Polonia, República Checa, Países Bajos, Italia, España, Israel y Turquía.

El presidente ucraniano Volodymir Zelensky, que ha observado en las últimas semanas importantes dimisiones de alto nivel y protestas en las calles por el desgaste del conflicto armado, firmó acuerdos de producción conjunta de drones con Alemania y Noruega. Así mismo, en una cumbre realizada a finales de agosto en París, la Coalición de Voluntarios para Ucrania informó que 35 países acordaron desplegar una fuerza multinacional de disuasión de varios miles de efectivos liderada por Francia y el Reino Unido, así como reforzar la defensa aérea ucraniana, con tecnología británica vía misiles Storm Shadow.

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte reconoció síntomas de debilidad operativa al declarar que Rusia produce en tres meses más munición que toda la OTAN en un año, entre dos y cuatro millones de proyectiles anuales así como entre ochocientos y un millar de misiles balísticos rusos por año, según estimaciones de agencias de inteligencia occidentales. La capacidad europea estimada se cifra entre doscientos treinta y cinco y doscientos noventa y nueve.

Las advertencias de Rutte pueden, al mismo tiempo, interpretarse como una herramienta de disuasión para sostener el compromiso «atlantista» de elevar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB para 2035, principalmente por parte de los socios europeos de la OTAN.

Los frentes se abren de Ucrania a las islas Kuriles

Si bien Ucrania parece tener cubierta su retaguardia estratégica vía apoyo europeo y de la OTAN, Rusia la amplía su capacidad en su retaguardia oriental vía China e incluso Corea del Norte, importante suministrador de artillería y efectivos para el frente ucraniano.

En mayo, China aumentó sus ventas a Rusia de nitrocelulosa, materia prima importante para la artillería, a través del grupo estatal Norinco, cubriendo el hueco que dejó Turquía tras las sanciones. A consecuencia, la Unión Europea incluyó a 28 entidades radicadas en China y Hong Kong, Turquía, Emiratos y Tailandia en su nuevo paquete de sanciones acusándolas de sostener el complejo militar industrial ruso. Las represalias chinas no tardaron en aplicarse. Beijing respondió prohibiendo la exportación de bienes de doble uso a 14 empresas europeas, entre ellas Rheinmetall, el mayor fabricante de armamento de Alemania, y la polaca Vigo Photonics.

La escalada de tensiones ruso-europeas parece advertir sobre escenarios prospectivos de casus belli que podrían activar un conflicto directo entre Rusia, Europa y la OTAN, ampliando ese frente occidental.

Los tres escenarios de riesgo más mencionados son el enclave ruso de Kaliningrado, los países bálticos y Finlandia, todos ellos miembros de la OTAN, al que habría que incluir ahora a Noruega, socio pero no miembro de la Alianza Atlántica, y Moldavia con una posible «proxy war» a través del territorio prorruso de Transnistria, muy importante principalmente ante la posibilidad de que el puerto ucraniano de Odesa termine en manos rusas, cerrando por completo el acceso a un mar Negro que se convertiría prácticamente en una especie de Mare Nostrum ruso.

En cuanto al cada vez más nítido frente oriental, la visita de Putin a las islas Kuriles en agosto pasado supuso una advertencia a Japón y EEUU ante las tensiones provocadas por una escalada militar en el Lejano Oriente y la posibilidad de concreción de una incipiente «OTAN asiática» que busque rodear al eje China-Rusia-Corea del Norte.

Esta visita de Putin ocurrió días después de que Japón publicara su libro blanco de defensa de 2026, el primero en la historia de posguerra japonesa en identificar explícitamente a China y Rusia como amenazas de seguridad graves y apostar por una cooperación de defensa ampliada con EEUU. De Ucrania a Asia Oriental, el nuevo mapamundi delimita los intereses de estos bloques geopolíticos.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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