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UN MUNDO BAJO UN SOLO CÓDIGO GEOPOLÍTICO

Alberto Hutschenreuter*

Imagen de Alexandra_Koch en Pixabay 

El conflicto en Ucrania tiene un origen categóricamente geopolítico, es decir, se produjo como consecuencia de no haberse respetado las necesarias reservas y deferencias de cuño político territorial que requiere toda placa geopolítica selectiva, es decir, aquella zona próxima a un gran poder.

Ucrania se encuentra en una de esas placas; por tanto, su condición es la de un pivote geopolítico. Pero no porque disturbios financieros que tengan lugar allí derramen en derredor y terminen provocando una crisis regional e incluso mayor, como definió Paul Kennedy a un pivote geopolítico. Lo es porque está impuesto, sin que ello altere su soberanía, a observar determinadas condiciones, concretamente, las del centro geopolítico o poder mayor adyacente (Finlandia lo ha hecho por décadas y no por ello alteró su curso político-económico ascendente ni su soberanía). De no hacerlo, tendrá que afrontar consecuencias.

¿Existe acaso una ley que respalde lo que decimos? Por supuesto que no. Todos los países son iguales y, como reza el artículo 2 de la Carta de la ONU, «Todos los miembros se abstendrán de la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial o independencia de cualquier Estado».

Pero también sabemos que las relaciones internacionales son, ante todo, relaciones de poder antes que relaciones de derecho. Y la historia es extremadamente abundante en casos relativos con esa sentencia. Como decía Winston Churchill, uno de los grandes realistas de las relaciones entre los estados, «jamás un gran poder permitirá que una organización internacional adopte decisiones por él».

Cuando observamos lo que ha sucedido en Ucrania desde el 24 de febrero de 2022, pareciera que la invasión rusa a Ucrania inició una era de profunda disrupción en las relaciones interestatales. La invasión prácticamente hizo tabula rasa con todo lo que había ocurrido antes en relación con los «procedimientos» de otras potencias cuando en liza se encontraron sus intereses en cualquier sitio del mundo. De súbito, ninguna de ellas pareció haber transgredido los grandes principios del derecho internacional, por caso, en relación con la «extracción» de Kosovo de Serbia a través de una violenta intervención multinacional que nunca fue autorizada por la ONU, siendo Rusia la gran primera fuerza fragmentadora y peligrosa en la política internacional del siglo XXI.

Rusia, un poder centralmente terrestre con extrema sensibilidad geopolítica debido a lo que ha sido una regularidad en su historia (pretérita y presente): poderes externos acechándola y asechándola, es decir, vigilándola, pero también con intenciones de llevar adelante medidas contra ella, siempre reaccionará igual: evitando un desequilibrio geopolítico que implique un descenso de su seguridad territorial.

Por ello, los actores ubicados en su adyacencia o «zonas rojas» necesariamente deben guardar capacidades de deferencia con ella. Pero también esa capacidad no tiene que ser menoscabada por otros poderes. Y lo que ha ocurrido con Ucrania fue que la llegada al poder de Zelenski implicó plantear un enfoque geográfico y geopolítico revolucionario, es decir, desechando otra alternativa, ser parte de la OTAN. Pero ello solo fue posible con la disposición geopolítica revolucionaria mayor, la de la misma organización político-militar. La consecuencia implicó un enorme desequilibrio geopolítico que llevó a la intervención militar rusa.

Pocas guerras han sido tan innecesarias como la que hoy arrasa Ucrania y abre interrogantes inquietantes sobre su curso. Sólo bastaba que se respetaran los códigos geopolíticos. Pero en lugar de ello, hubo por parte de Estados Unidos, particularmente bajo administraciones demócratas, un enfoque centrado en la primacía estratégica y geopolítica, concepto y práctica que nunca se detuvo en considerar ni la experiencia interestatal, ni la experiencia particular rusa.

En otros términos, hubo (y hay) un «wilsonismo geopolítico», es decir, el empuje de una «geopolítica democrática liberal» (universal) llamada a terminar con aquellas «geopolíticas extrañas y autocráticas» que someten a los estados a una condición de vasallaje. El experto Stephen Kotkin considera que la «geopolítica perpetua» de Rusia debe abandonar su componente reaccionario-revisionista y volverse «democrática», o sea, respetar la soberanía e independencia de los estados.

Es peligroso intentar construir un orden interestatal con base en un solo código geopolítico. Es una visión que, una vez más, divide al mundo entre paternales y amenazadores. Una invitación a la discordia y, una vez más también, a la misma guerra, ese fenómeno aberrante y casi olvidado que la maligna Rusia trajo de nuevo.

 

* Doctor en Relaciones Internacionales (USAL). Ha sido profesor en la UBA, en la Escuela Superior de Guerra Aérea y en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación. Miembro e investigador de la SAEEG. Su último libro, publicado por Almaluz en 2021, se titula “Ni guerra ni paz. Una ambigüedad inquietante”.

GORBACHOV: EL ÚLTIMO LÍDER DEL SIGLO XX

Alberto Hutschenreuter*

Con la muerte de Mijaíl Gorbachov, se fue el último líder del siglo XX. El profesor Carlos Fernández Pardo decía que ese siglo finalizó en los años setenta, cuando se fueron los últimos grandes protagonistas de una centuria letal: de Gaulle, Sukarno, Mao, Tito. Pero por el decisivo papel que le tocó desempeñar a Gorbachov como líder de la URSS, y por las consecuencias que tuvieron para este país sus decisiones (nada más y nada menos que su desaparición), sin duda, él ha sido el último.

El «séptimo secretario» fue un líder revolucionario, como lo fue Lenin en otro contexto. En absoluto se trató de un mandatario conservador: fue, como también lo fue su rival Boris Yeltsin, luego presidente del «Estado continuador» de la Unión Soviética, la Federación Rusa, un líder transformacional. Aunque los resultados no fueron los buscados, llevó adelante una política interna y externa novedosa y dinámica que se proponía revertir la caída libre hacia dentro y hacia fuera de la mega-potencia.

Tal vez, si el Partido-Estado lo hubiera ungido líder tras la muerte de Brezhnev ocurrida en 1982, evitando prolongar la agonía de una generación de burócratas ya viejos y enfermos, la historia podría haber sido otra. Pero solo es una conjetura; las fuerzas conservadoras del Politburó y del Comité Central del PCUS difícilmente hubieran aceptado que un joven proveniente del Cáucaso con conocimientos de leyes y agricultura intentara sacudir la anquilosada estructura burocrática, introdujera una nueva economía política (NEP, otro hecho que lo emparenta con Lenin) y planteara una relación de confianza estratégica con Estados Unidos, su rival desde 1945, e incluso desde 1917. De hecho, intentaron desplazarlo en agosto de 1991, y si bien no lo lograron (el apoyo de Yeltsin fue fundamental para el presidente en ese momento), Gorbachov salió de allí muy debilitado.

Tan debilitado, que poco tiempo después, el 8 de diciembre, los dirigentes de las repúblicas de Ucrania, Bielorrusia y Rusia reunidos en la localidad de Belavezha, cerca de Minsk, en calidad de Estados fundadores de la URSS y firmantes del Tratado de Unión de 1922, declararon que la URSS como sujeto internacional y realidad geopolítica dejaba de existir. Seguidamente, fundaron la Comunidad de Estados Independientes (CEI), la que quedaba abierta a todos los miembros de la URSS (ampliación que, con la excepción de Letonia, Estonia, Lituania y Georgia, se hizo efectiva el 21 de diciembre en Alma Ata, entonces capital de Kazajstán).

Mientras todo eso sucedía, Gorbachov se encontraba en el Kremlin. Seguirían dos semanas extremadamente formales en un país que había dejado de existir, hasta que el 25 de diciembre Gorbachov presentó su renuncia como presidente de la URSS.

Hay que decir que Gorbachov no deseaba la ruptura, y por ello planteó en agosto de 1991 (en Novo-Ogarevo) la creación de una nueva entidad que sustituyera a la URSS, una Unión de Estados Soberanos. El intento de golpe frustró ese intento.

En sus Memorias, Gorbachov señala que el 7 de diciembre de ese año el proceso de Novo-Ogarevo (lugar de residencia cerca de Moscú) conservaba todavía posibilidades de éxito, pero que fue deliberadamente «torpedeado» por Yeltsin, para quien la destrucción de la URSS era el medio para sacar a aquel del juego: «El presidente ruso y su entorno sacrificaron a la URSS para satisfacer su ardiente deseo de reinar en el Kremlin».

Será por ello que la visión de Yeltsin sobre la «victoria» de Rusia en la Guerra Fría era tan particular: como señala la gran experta Hèléne Carrère d’Encausse, el presidente ruso consideraba que Rusia y Occidente habían ganado la Guerra Fría porque habían derrotado al comunismo soviético.

En suma, Gorbachov estaba convencido que la URSS de los años ochenta se hallaba en una situación límite. Como destacó otro gran experto, Seweryn Bialer, en los setenta la URSS de Brezhnev se expandió externamente mientras se hundía internamente. Esta fue «a paradoja soviética». A comienzo de los ochenta, su crecimiento económico era cero, como advirtió el economista de moda entonces, Abel Aganbegyan, y la baja productividad económica, un problema que arrastraba desde los años cincuenta, había empeorado.

En ese contexto, la dinámica que tenía lugar en el propio bloque ideológico-estratégico, donde Gorbachov renunció a toda aplicación de la «Doctrina Brezhnev», marcó un punto sin retorno para Moscú. Asimismo, la presión estadounidense a través del apoyo a las fuerzas antisoviéticas en Afganistán, Angola, Centroamérica, etc., le incrementó costos al imperio soviético en su anillo global. Además, la Revolución en los Asuntos Militares (RAM) que llevaba adelante Estados Unidos hacía prácticamente imposible que la URSS sostuviera la competencia.

Gorbachov tuvo voluntad, como Lenin, pero ya era tarde. Como sostuvo el francés Jacques Léveske, fue una verdadera ironía que el hombre elegido para fortalecer a la URSS acabó siendo el responsable de su final.

 

* Doctor en Relaciones Internacionales (USAL). Ha sido profesor en la UBA, en la Escuela Superior de Guerra Aérea y en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación. Miembro e investigador de la SAEEG. Su último libro, publicado por Almaluz en 2021, se titula “Ni guerra ni paz. Una ambigüedad inquietante”.

Artículo publicado originalmente en Abordajes Blogspot, http://abordajes.blogspot.com/

CASTILLOS DE NAIPES

F. Javier Blasco*

Se dice que no hay una cosa más inestable que un castillo montado con naipes; de hecho, es precisamente su elevado grado de dificultad para mantenerlos en equilibrio lo que les hace más atractivos a aquellos que tratan de establecerlos y conservarlos erguidos en pie durante un largo periodo de tiempo, mientras siguen pudiendo agregar nuevos elementos al mismo. Inestabilidad, que como es lógico, aumenta a medida que el castillo va adquiriendo mayor altura y se agranda por ensanchamiento con la consiguiente la complejidad para mantener el balance en sus diferentes estadíos.

Silogismo que viene a cuento para comparar el mundo en su estado actual y el empeoramiento de su estabilidad, a medida que los problemas se ensanchan, agravan y aparecen nuevos o más agresivos protagonistas o amenazas que producen movimientos telúricos y situaciones equivalentes a auténticos vendavales, quienes incrementan la posibilidad de echar por tierra todo el trabajo y el esmerado esfuerzo que nos llevó a construirlo hasta adoptar dimensiones más que respetables.

Todo apuntaba a que, tras las dos grandes guerras mundiales del pasado siglo, la caída del muro de Berlín y la desintegración de la URSS, el mundo salvo honrosas, aunque graves excepciones, fácilmente se libraba de graves espantos y de fuertes amenazas, capaces de poner en peligro su continuidad, estabilidad y progreso.

Vivía volcado hacia un espacio y ambiente mucho más sano, menos perjudicial para la salud humana y obsesionado con el cuidado de la naturaleza, los amplios tintes democráticos y enfocado a una seria y fuerte cooperación internacional. Todo ello, unido a otros factores de aparente «buena voluntad» apoyaba la estabilidad política y económica mundial a base de unos, en principio, serios y férreos controles y contrapesos que, convenientemente y casi de forma automática, se aplicaban para evitar caer en errores pretéritos, ya conocidos, bien definidos, estudiados y enmarcados.

El falso, aunque efectivo equilibrio bipolar, mantenido durante casi toda la guerra fría, parecía haber funcionado a la perfección. Nadie osaba asomar su patita al mundo externo y menos a irrumpir en la arena internacional de forma abrupta, con ganas de bulla o creando dificultades que pusieran en peligro la estabilidad, aparentemente ideada y acordada por los principales protagonistas internacionales (los vencedores de la II GM), quienes directa e indirectamente, vigilaban celosos que aquello no ocurriera.

Los EEUU habían tomado el testigo de la egida mundial, marcaban los tiempos a todos e incluso imponían sus sanciones de diverso tipo a los que osaban descarriarse, amparados en una especie de acuerdo y área de confort que la Comunidad Internacional (CI) se había marcado, creado —mediante leyes, usos, costumbres, reglamentos, tratados y convenciones marcados y legislados por los mencionados protagonistas principales y aceptados por el resto sin rechistar— y repartido para vivir en paz y a gusto. Gracias, sobre todo, a un desarrollo sectorial y regional que, empleando todos los medios y condiciones posibles, daba paso de forma «controlada» a nuevos actores al escenario mundial.

Un escenario que, por momentos, comenzaba a tomar una excesiva forma y altura; y por ello, empezaba a estar demasiado recargado para sobrevivir con aquella «acordada paz y armonía» sin que nadie le pisara los cayos al vecino con el que compartía espacio, aspiraciones y necesidades.

Pero aquello no podía durar para siempre, tal y como ocurre con todo lo que es complejo y hecho por la mano o la voluntad del hombre tiende a empeorar hasta llegar a desaparecer. Cada vez era más grande y voluminoso en peso y contenidos a soportar; pronto comenzaron las fricciones de baja intensidad, las aspiraciones refrenadas durante muchos años y las ganas de aparentar en muy marcados personalismos; tanto, que se llegó a un momento en el que cualquier amenaza interna o influencia externa podría poner en peligro la prometida y falsamente esperada, deseada e inquebrantable estabilidad.

Podemos decir que la inestabilidad que actualmente se cierne y acosa a la paz y al desarrollo mundial no se debe a un solo factor o actor, sino a la suma de varios de ellos, que, de forma sucesiva o simultánea, han ido apareciendo en escena y entrando en acción sin que la propia CI se diera cuenta; o si lo hacía, por falta de voluntad o por no contar con las herramientas y actores necesarios para una situación tan compleja, no puso sobre la mesa los precisos remedios y cortafuegos para remediarlo.

Diversos personajes, aparentemente inofensivos y no tanto, fueron adquiriendo un protagonismo mayor. Las pocas o ninguna reacción de la CI para impedírselo les hicieron sentirse más seguros, confortables y convencidos de que su protagonismo no tendría límite a nivel local, para pasar al regional y hasta lograr el mundial.

En algunos casos, se ha ido permitiendo emerger —con total impunidad— a varios países claramente amenazantes debido a la ideología de sus dirigentes, a sus capacidades económicas y militares alcanzadas y varios de ellos, por basarlas en las posibilidades de sus actuales o potenciales armas nucleares, aún a pesar de todo lo legislado en contra de que eso fuera factible.

Hoy en día se han convertido en irrefrenables las ansias de poder de demasiados alocados dirigentes, así como su necesidad de expansión para ocupar los espacios que reclaman como suyos, por necesidades propias o por haber pertenecido a sus ancestros más o menos recientes, junto con las capacidades de destrucción que les otorga el armamento sofisticado y fundamentalmente el nuclear.

Aunque parezca una exageración, creo firmemente que la CI es claramente inconsciente de lo que se nos viene encima y me da la sensación que pretendemos seguir viviendo mirando para otro lado, como si no sucediera nada en nuestro entorno, político, regional, militar y económico.

El 11-S marcó un claro punto de inflexión en la política internacional por el quebranto directo del área de confort de una sociedad civil demasiado acomodada a vivir bien, ajena a los peligros y que había dejado en manos de voluntarios y cuasi mercenarios su propia seguridad.

Dichos atentados arrastraron a la CI en su conjunto a Afganistán, en una guerra de capacidades y medios nunca vista, para luchar contra una ideología y un terreno que ya repetidas veces nos ha mostrado su hostilidad y posibilidad real de doblegar las voluntades de ejércitos poderosos que, tras años de sangrientas y costosas luchas, se vieron forzados a salir de allí con el rabo entre las piernas; y esta vez, tras muchos años de encarnizadas luchas volvería a ocurrir, a pesar de la magnitud de las fuerzas desplegadas y el número de países implicados en las coaliciones que se formaron para luchar allí.

De nuevo y de forma más vergonzosa todavía que lo que recientemente había ocurrido en Irak, hace un año, tuvimos que salir de forma ignominiosa y execrable de Afganistán, dejando atrás un elevado número y casi indefinido de toneladas de material militar, miles de bajas propias previas para nada y cientos de miles de colaboradores que creyeron en nosotros y que aún continúan siendo perseguidos por los talibanes por su apertura y servilismo a países y civilizaciones alejadas del islam y de sus leyes derivadas.

Deshonrosa salida que constantemente ha sido precedida por los terribles mazazos dados por el terrorismo yihadista en todos los continentes, sin excepción. Mazazos ocurridos gracias a su recuperación actual, por haberles dejado el suficiente espacio y los medios para hacerlo y por la manía que tienen los presidentes norteamericanos de lavar sus propias culpas asesinando a sus máximos dirigentes, aún a sabiendas, que los sucesores de los asesinados tardan horas en hacerse con el poder y el control del movimiento y suelen ser más sanguinarios que los que les precedieron, por lo que seguirán amenazando al «mundo civilizado».

Los nuevos líderes mundiales, aquellos que dirigen los resortes de la CI, se encuentran cientos de millas alejados de lo que debe ser un líder con capacidad de mandar y por supuesto, no están preparados para llevar a sus pueblos y organizaciones en las que se encuadran, a buen puerto. Al mismo tiempo, y como consecuencia de sus distracciones personales y pretensiones internas, permiten de forma ignominiosa, que tiranos como Putin, Xi Jinping, Kim Jong un, Erdogan, numerosos pececillos sátrapas comunistas a los mandos en países del Centro y Sudamérica, así como gran parte de África, Asia y de entre muchos países árabes mantengan en vilo a la propia CI y sin capacidad de reaccionar para mantenerlos a raya.

Un claro ejemplo de lo dicho en el párrafo anterior, es la increíble guerra de Ucrania, en la que un auténtico y enfermizo sátrapa está llevando a un pueblo a su ruina u muerte; y a su territorio a ser dejado como un solar, ante los ojos y la pasividad perversa e inhumana de unos dirigentes y organizaciones que solo piensan en cómo mantenerse en sus cómodos sillones y, a lo sumo, en hacer frente a las crisis económicas y energéticas que se avecinan, que en cuestión de semanas dejaran paralizada a Europa y muy tocados a los Estados Unidos.

Una CI incapaz de doblegar a Putin, que ofrece al pueblo ucranio «ropas de abrigo» en pleno verano, en lugar de las armas que precisa y que nada más que lleguen los primeros fríos este otoño, con mucha probabilidad, forzaran a Ucrania a firmar una más que vergonzosa paz, a cambio de que los flujos de los carburantes vuelvan a fluir con toda normalidad hacia Europa.

Pienso que el futuro de este castillo de naipes, descrito lo más brevemente posible, no es nada halagüeño; no solo lo hemos construido demasiado enorme y endeble; además, no le hemos dotado de las herramientas y apoyos que realmente necesita para hacerse valer de verdad y, finalmente, la política —falsamente atribuida al avestruz de esconder la cabeza frente al peligro— es practicada a diario por demasiados dirigentes que en franca descomposición y hasta algunos se encuentran de vacaciones a costa del erario público, mientras todo a su alrededor —interna y externamente— se desmorona.

Hemos llegado muy adelante, demasiado; la situación no se arreglará con Decretos Leyes como denominamos en España a las auténticas alcaldadas de los gobernantes, ni con Órdenes Ejecutivas al más puro estilo «USA», sacadas todas ellas de la chistera y firmadas con tan solo unos pocos o ningún minuto de reflexión. Mucho me temo, que esta vez no serán suficientes y lo pasaremos muy mal.

 

* Coronel de Ejército de Tierra (Retirado) de España. Diplomado de Estado Mayor, con experiencia de más de 40 años en las FAS. Ha participado en Operaciones de Paz en Bosnia Herzegovina y Kosovo y en Estados Mayores de la OTAN (AFSOUTH-J9). Agregado de Defensa en la República Checa y en Eslovaquia. Piloto de helicópteros, Vuelo Instrumental y piloto de pruebas. Miembro de la SAEEG.