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DOS BLOQUES ANTAGÓNICOS EN RIESGO DE COLISIÓN: EL EJE EUROASIÁTICO Y LA «OTAN 3.0»

Roberto Mansilla Blanco*

En medio de los conflictos existentes en Ucrania e Irán, las tensiones ruso-europeas y el incremento de la carrera armamentística en Asia Oriental y el Indo-Pacífico comienzan a diseñarse dos bloques geopolíticos y geoeconómicos con capacidad suficiente para definir las claves hegemónicas de poder para las próximas décadas.

En este nuevo mapamundi estos bloques geopolíticos se asumen como cada vez más antagónicos: el eje euroasiático, más fortalecido tras la reciente cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) realizada en Bishkek (Kirguizistán) y el «eje atlantista 3.0» emergente tras la reciente cumbre de la OTAN en Estambul celebrada en julio pasado y que interpreta una nueva relación dentro del «atlantismo» con un EEUU más aislado y una Europa obligada a reducir su dependencia de Washington en materia de seguridad.

La OCS y una Eurasia más «geopolítica»

La cumbre de la OCS en Bishkek reafirmó una serie de alianzas y equilibrios en el espacio euroasiático con la concreción de intereses comunes entre Rusia, China, Irán, India, Turquía y Corea del Norte. Apostando por el multilateralismo como bloque «contra hegemónico» y advirtiendo sobre el declive de Occidente, la OCS se erige, al menos de momento, como un eje no militar pero con decisivo peso geoeconómico y geopolítico.

Un caso particular ha sido el apoyo de Moscú y Beijing a Teherán a la hora de contener las sanciones occidentales contra el país persa en medio de la guerra con EEUU e Israel. Este apoyo sino-ruso a Irán abre un eje específico con capacidad para ejercer presión e influencia sobre Washington, cuyo objetivo estratégico, especialmente con Trump en la presidencia, ha sido procrear una brecha de división entre Moscú y Beijing, con resultados infructuosos.

Contrario a la matriz de opinión de los medios occidentales en las que se ha criticado a Rusia por supuestamente no apoyar a Irán en la guerra de 2025, en la actualidad se ha pasado a condenar a Rusia precisamente por apoyar militarmente a Irán tras la agresión de EEUU e Israel desde enero pasado.

El reciente Foro Económico del Lejano Oriente realizado en Vladivostok reafirmó igualmente la vocación geopolítica rusa de observar cada vez con mayor atención su flanco oriental asiático ante la posibilidad de una escalada de tensiones, principalmente enfocado en las aspiraciones revisionistas y de remilitarización de Japón, que encierre a Rusia en dos frentes simultáneos, toda vez el flanco occidental está concentrado en Ucrania y las tensiones con Europa y la OTAN.

Al margen de lo acordado en la cumbre de la OCS, Rusia está ensayando nuevos proyectos de infraestructuras de conexión con China, aún en fase de definición. Destaca aquí el ferrocarril Trans-Altai, una ruta alternativa a China a través de las montañas Altai, que ha sido considerado como un vector de competencia con la Ruta Internacional de Transporte Transcaspiana, que conecta China con Europa evitando Rusia, y como una forma de compensar parcialmente la inestabilidad de las rutas marítimas del sur.

En este contexto, Turquía, India e incluso Arabia Saudita (socio de diálogo de la OCS desde 2023) emergen como «actores bisagra», balanceando equilibrios muchas veces antagónicos entre Oriente y Occidente pero apostando al mismo tiempo por iniciativas de defensa propias como ha sido el reciente pacto de seguridad entre Turquía, Arabia Saudita y Pakistán, esta última una potencia nuclear, acordado en agosto pasado. Por su parte, India, importante socio energético y comercial ruso, ha pedido en Bishkek al presidente Putin la finalización de la guerra de Ucrania, tal y como explicó el primer ministro indio, Narendra Modi.

En la cumbre de la OCS, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, ha mostrado interés en unirse como «socio de diálogo» al bloque de seguridad liderado por China y Rusia en el seno de ese organismo. No se debe olvidar que Turquía es miembro estratégico de la OTAN y esta condición adquirió un plano aún mayor tras la cumbre de la Alianza Atlántica realizada en julio pasado en Estambul. Tras su regreso a Turquía, Erdogan señaló que convertirse en miembro de pleno derecho del OCS no implica un alejamiento del bloque occidental ni de sus aliados de la OTAN.

El interés de Ankara se enfoca en una estrategia global integral con principal atención en los corredores de transporte seguros ininterrumpidos y rutas comerciales alternativas ante las recientes disrupciones por conflictos en el mar Negro, el mar Rojo y el estrecho de Ormuz.

Por otro lado, ingresar en la OCS abriría a Turquía un nuevo mercado para su industria de Defensa, especialmente para los drones turcos, que llevan años integrándose en los ejércitos de países de la Alianza Atlántica, así como Ucrania, Etiopía o Azerbaiyán.

La «OTAN 3.0» y la troika Berlín-París-Londres

Si la sintonía parecía prevalecer en la cumbre de la OCS, la Alianza Atlántica ingresa en una fase de incertidumbres a pesar de su revitalización tras la reciente cumbre de la OTAN en Estambul.

Las divergencias con Trump han motivado a Alemania, Francia y Gran Bretaña a convertirse en un nuevo eje militarista en el seno de una «OTAN 3.0» de la que no escapa la Unión Europea. En medio de las inciertas negociaciones entre EEUU, Rusia y Ucrania impulsadas desde Washington, esta troika entre Berlín, París y Londres ejerce presión sobre Moscú incluso abriendo escenarios prospectivos de conflicto armado. Desde Rusia, por su parte, advierten que una respuesta contra la OTAN puede ocurrir en «cualquier momento».

La producción de drones y de artillería así como las estrategias de «guerra híbrida» entre Rusia y Europa comienzan a ser prioridades. Alemania y Reino Unido se convierten en los principales suministradores de misiles de largo alcance para Ucrania con la intención de golpear puertos, bases aéreas, almacenes y refinerías de petróleo dentro de Rusia.

A través de un comunicado publicado en abril pasado, el Ministerio de Defensa ruso sostuvo que la decisión europea de aumentar la producción y el suministro de drones y misiles de largo alcance para atacar territorio ruso constituía un «paso deliberado hacia una escalada drástica en todo el continente» y describía el proceso como la transformación de esos países en la retaguardia estratégica de Ucrania. Este comunicado también publicó una lista de empresas y proveedores de componentes militares a Ucrania existentes en el Reino Unido, Alemania, Dinamarca, Letonia, Lituania, Polonia, República Checa, Países Bajos, Italia, España, Israel y Turquía.

El presidente ucraniano Volodymir Zelensky, que ha observado en las últimas semanas importantes dimisiones de alto nivel y protestas en las calles por el desgaste del conflicto armado, firmó acuerdos de producción conjunta de drones con Alemania y Noruega. Así mismo, en una cumbre realizada a finales de agosto en París, la Coalición de Voluntarios para Ucrania informó que 35 países acordaron desplegar una fuerza multinacional de disuasión de varios miles de efectivos liderada por Francia y el Reino Unido, así como reforzar la defensa aérea ucraniana, con tecnología británica vía misiles Storm Shadow.

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte reconoció síntomas de debilidad operativa al declarar que Rusia produce en tres meses más munición que toda la OTAN en un año, entre dos y cuatro millones de proyectiles anuales así como entre ochocientos y un millar de misiles balísticos rusos por año, según estimaciones de agencias de inteligencia occidentales. La capacidad europea estimada se cifra entre doscientos treinta y cinco y doscientos noventa y nueve.

Las advertencias de Rutte pueden, al mismo tiempo, interpretarse como una herramienta de disuasión para sostener el compromiso «atlantista» de elevar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB para 2035, principalmente por parte de los socios europeos de la OTAN.

Los frentes se abren de Ucrania a las islas Kuriles

Si bien Ucrania parece tener cubierta su retaguardia estratégica vía apoyo europeo y de la OTAN, Rusia la amplía su capacidad en su retaguardia oriental vía China e incluso Corea del Norte, importante suministrador de artillería y efectivos para el frente ucraniano.

En mayo, China aumentó sus ventas a Rusia de nitrocelulosa, materia prima importante para la artillería, a través del grupo estatal Norinco, cubriendo el hueco que dejó Turquía tras las sanciones. A consecuencia, la Unión Europea incluyó a 28 entidades radicadas en China y Hong Kong, Turquía, Emiratos y Tailandia en su nuevo paquete de sanciones acusándolas de sostener el complejo militar industrial ruso. Las represalias chinas no tardaron en aplicarse. Beijing respondió prohibiendo la exportación de bienes de doble uso a 14 empresas europeas, entre ellas Rheinmetall, el mayor fabricante de armamento de Alemania, y la polaca Vigo Photonics.

La escalada de tensiones ruso-europeas parece advertir sobre escenarios prospectivos de casus belli que podrían activar un conflicto directo entre Rusia, Europa y la OTAN, ampliando ese frente occidental.

Los tres escenarios de riesgo más mencionados son el enclave ruso de Kaliningrado, los países bálticos y Finlandia, todos ellos miembros de la OTAN, al que habría que incluir ahora a Noruega, socio pero no miembro de la Alianza Atlántica, y Moldavia con una posible «proxy war» a través del territorio prorruso de Transnistria, muy importante principalmente ante la posibilidad de que el puerto ucraniano de Odesa termine en manos rusas, cerrando por completo el acceso a un mar Negro que se convertiría prácticamente en una especie de Mare Nostrum ruso.

En cuanto al cada vez más nítido frente oriental, la visita de Putin a las islas Kuriles en agosto pasado supuso una advertencia a Japón y EEUU ante las tensiones provocadas por una escalada militar en el Lejano Oriente y la posibilidad de concreción de una incipiente «OTAN asiática» que busque rodear al eje China-Rusia-Corea del Norte.

Esta visita de Putin ocurrió días después de que Japón publicara su libro blanco de defensa de 2026, el primero en la historia de posguerra japonesa en identificar explícitamente a China y Rusia como amenazas de seguridad graves y apostar por una cooperación de defensa ampliada con EEUU. De Ucrania a Asia Oriental, el nuevo mapamundi delimita los intereses de estos bloques geopolíticos.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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OPERACIÓN EPIC FURY: IRÁN, VENEZUELA Y LA LÓGICA DEL PODER RELATIVO FRENTE A CHINA

Charles Louis de Montmort*

La operación conjunta entre Estados Unidos e Israel, denominada «Operation Epic Fury», culminó con la muerte del Líder Supremo de Irán, Alí Jamenei, y de otros altos funcionarios del régimen, y tuvo también como objetivo la degradación de instalaciones militares y energéticas en distintas ciudades del país. Más allá del grado exacto de daño infligido, la ofensiva desencadenó una escalada regional, con represalias contra países del Golfo, ataques sobre objetivos estadounidenses y el cierre del estrecho de Ormuz, arteria por la que transita alrededor de una quinta parte del petróleo mundial y grandes volúmenes de gas natural licuado, con consecuencias inmediatas sobre los mercados energéticos globales.

En una primera lectura, la campaña parece responder a un doble objetivo. Por un lado, degradar las capacidades materiales de Irán para impedir que alcance un umbral nuclear operable y limitar el incremento de su arsenal de misiles balísticos, reforzando lo que, en la teoría estratégica, retomada por Glenn Snyder, se denomina disuasión por negación (deterrence by denial). En este sentido, al reducir la capacidad del adversario para ejecutar un ataque exitoso, se altera su cálculo de costo-beneficio, disminuyendo así el riesgo de agresión directa contra Estados Unidos o sus aliados. No se trata solo de reducir capacidades militares, sino también de modelar la voluntad del adversario. Por otro lado, la campaña busca ejercer presión política suficiente para forzar una reconfiguración de la fisonomía del poder en Teherán, demostrando que el costo de desobedecer puede ser mayor que el de ceder.

Esa reconfiguración podría seguir dos trayectorias: un levantamiento popular que acelere el colapso del régimen, opción que Trump promueve abiertamente, pero que resulta compleja debido a la falta de conectividad digital y de organización social en el país; o, de forma más verosímil, la emergencia de una figura más moderada dentro del propio aparato estatal, dispuesta a negociar y ofrecer las concesiones necesarias para alcanzar un acuerdo favorable con Washington. Ambas opciones, sin embargo, tienen un problema de fondo: lo que una parte del pueblo iraní puede exigir es un liderazgo situado por fuera del Cuerpo de Guardianes de la Revolución, mientras que lo que el sistema puede generar es un interlocutor funcional a los intereses estadounidenses, pero surgido del mismo entramado de poder. Washington necesita lo segundo; los iraníes pueden querer lo primero, especialmente si se considera que las protestas masivas de 2026 reflejan aspiraciones ciudadanas más amplias: según Gamaan, el 89 por ciento opta por una democracia secular que garantice libertad, seguridad jurídica y mejora económica. Esa brecha entre lo que Estados Unidos puede obtener y lo que parte de la sociedad iraní aspira a construir constituye, en sí misma, una fuente potencial de inestabilidad futura.

Desde una segunda lectura, más estratégica y estrechamente vinculada a la política exterior estadounidense, la operación ha sido interpretada por diversos analistas como un movimiento ofensivo imprudente que reabre el dilema clásico del costo de oportunidad al que Estados Unidos se ha enfrentado recurrentemente en sus intervenciones en Medio Oriente: al comprometerse militarmente en esa región, tras haber sostenido previamente a Ucrania con un arsenal que incluyó misiles HIMARS (High Mobility Artillery Rocket System), drones y sistemas de defensa aérea Patriot, y después de haber ejercido también presión estratégica en el hemisferio occidental, Washington dispersaría recursos, atención y capacidad de concentración precisamente en el momento en que su principal rival sistémico, China, consolida poder e influencia a escala global.

Ese análisis remite, asimismo, al diagnóstico que el historiador Paul Kennedy formuló en su obra clásica sobre el ascenso y la caída de las grandes potencias: la sobreextensión imperial. Cuando una potencia hegemónica destina más recursos a mantener su posición en el sistema internacional de los que su base económica puede sostener, comienza a erosionar la misma capacidad que pretende preservar. Desde esa perspectiva, el declive relativo no siempre proviene de una derrota estratégica, sino también del desgaste acumulado por haber abierto múltiples frentes sobre una base de recursos finita. En esa línea, las afirmaciones de Trump acerca de que Estados Unidos dispone de «municiones ilimitadas» contrastan con las advertencias formuladas por funcionarios del propio gobierno ante el Congreso sobre el elevado consumo de municiones en el conflicto. Sin embargo, esas declaraciones también forman parte de la lógica de la representación del poder, ya que ninguna gran potencia puede admitir abiertamente una imagen de agotamiento sin afectar su credibilidad disuasiva. De hecho, Estados Unidos sigue siendo la mayor potencia militar del mundo por su escala logística para desplegar y sostener fuerzas y bases alrededor del mundo, así como por su primacía en tecnología militar, capacidad de comando y dominio aéreo.

Ahora bien, aunque la crítica de la sobreextensión y la dispersión estratégica capta una dimensión real del problema, no agota por completo la racionalidad de la campaña en curso, que articula el uso militar de la fuerza con una política exterior más transaccional. Las dos principales operaciones impulsadas por Trump en 2026 —Irán y Venezuela— pueden leerse menos como fines en sí mismos que como movimientos inscriptos en un cálculo más amplio, cuya premisa, a mi ver, parecería relativamente simple: hacer que Washington gane más y que China gane menos.

Para comprender esa lógica de búsqueda de poder y seguridad en el sistema internacional, conviene retomar el marco conceptual de John Mearsheimer. Mearsheimer distingue entre poder absoluto y poder relativo, una diferencia clave para entender la competencia entre grandes potencias. El primero remite exclusivamente al propio balance: ¿obtuve algo? El segundo observa la brecha: ¿quedé mejor o peor posicionado respecto de mi rival? Esa diferencia no es trivial, sino que surge de la propia estructura del sistema internacional y de la dinámica competitiva que lo atraviesa. ese sistema es anárquico: carece de una autoridad supranacional capaz de garantizar la seguridad de los Estados. A diferencia de lo que ocurre dentro de los Estados, donde las instituciones políticas y el orden jurídico pueden contener el conflicto y hacer cumplir reglas comunes, en el plano internacional no existe una instancia superior que regule de manera efectiva el comportamiento estatal. En ausencia de esa autoridad, los Estados no pueden descansar por completo en las intenciones ajenas y se ven obligados a acumular poder para sobrevivir. Bajo esa lógica, los Estados pueden aceptar, en cierta medida, algunos costos —en armamentos y recursos— si con ello logran mejorar su posición relativa frente al rival sistémico y reducir, aunque sea parcialmente, las condiciones de poder del adversario, por ejemplo, encareciendo su base material de expansión y restringiendo, en alguna medida, su acceso a recursos estratégicos.

En Venezuela, el blanco son los hidrocarburos y los minerales estratégicos. Tras la captura de Nicolás Maduro, Delcy Rodríguez asumió como presidenta encargada mientras Washington presionaba por una apertura total del sector energético. El resultado fue inmediato: los envíos venezolanos de petróleo a Asia cayeron 67% en febrero respecto de enero, hasta 48.000 barriles diarios, mientras aumentaban las exportaciones hacia Estados Unidos y Europa bajo autorizaciones estadounidenses. Washington pasó a controlar más el esquema exportador venezolano y desvió parte de los cargamentos previamente destinados a China hacia mercados occidentales. En ese contexto, el secretario de Energía Chris Wright fue explícito al señalar que Estados Unidos no permitiría que Pekín ejerciera un control dominante sobre Venezuela. Esa frase traduce al lenguaje político la lógica del poder relativo: la métrica no es solo lo que Washington acumula, sino también lo que Pekín pierde en acceso, influencia y capacidad de proyección. Al mismo tiempo, la operación interrumpe el avance de inversiones estratégicas chinas en infraestructura, recursos naturales y presencia naval en lo que Washington considera su área de influencia irrenunciable, reafirmando la Doctrina Monroe en su versión actualizada.

Irán muestra un patrón parecido, aunque en una escala más peligrosa y con efectos más sistémicos. Asia depende fuertemente del crudo de Medio Oriente, del que obtiene alrededor del 60% de su suministro y China queda especialmente expuesta a una interrupción prolongada del estrecho de Ormuz, dado que obtiene aproximadamente la mitad de sus importaciones marítimas —unos 5,4 millones de barriles diarios— de esa región. En ese sentido, Ormuz se convierte en un punto de presión indirecta sobre Pekín: su bloqueo no constituye un shock periférico, sino una perturbación potencial sobre la base material del poder industrial asiático y chino. No se sigue necesariamente de ello que la operación haya sido concebida para afectar a China, pero sí que sus efectos sistémicos pueden leerse en esa dirección. Los indicios empíricos respaldan, al menos en parte, esta interpretación. Reuters informó que refinadores como Zhejiang Petrochemical y Fujian Refining comenzaron a reducir sus corridas de producción, y que los refinadores asiáticos más dependientes del crudo de Medio Oriente podrían verse forzados a recortar su actividad hasta un 20% si la crisis se prolonga. Asia dispone de pocas alternativas inmediatas: reemplazar esos flujos con crudo proveniente de Brasil, África Occidental o Estados Unidos implica tiempos de tránsito más largos, fletes más altos y mayores costos logísticos. En consecuencia, debilitar a Irán no solo altera el equilibrio regional: también reduce el margen de maniobra energético de China y expone una vulnerabilidad estructural que favorece a Washington en términos relativos.

De lo anterior, El efecto agregado parece opera en tres planos. En el económico-industrial, China pierde parte de su ventaja de costos: sin acceso fluido a crudo iraní y venezolano a precios preferenciales, suben sus costos de refinación, petroquímica, transporte y manufactura de escala. En el geoestratégico, Pekín queda más expuesta a chokepoints marítimos que no controla y que, en escenarios de tensión, pueden ser utilizados como palancas de presión. En el político, el patrón se repite: presionar para sustituir actores hostiles por interlocutores más dispuestos a ceder, redirigir recursos estratégicos fuera de la órbita de Pekín, y enviar una señal inequívoca de que ninguna potencia extracontinental consolidará presencia estable en el entorno inmediato de Estados Unidos.

Conviene precisar, sin embargo, el alcance real de ese daño. Las operaciones no afectan a China principalmente en su núcleo tecnológico avanzado —el diseño de chips de punta, por ejemplo, responde a otras cadenas de dependencia—, sino en algo más amplio: la base material que permite escalar ese poder. La tecnología china no flota en el aire; requiere energía abundante, feedstocks petroquímicos, logística industrial estable y una industria pesada operando sin shocks. Al restringir el acceso chino a crudo iraní y venezolano —dos fuentes de barriles descontados que en 2025 representaban respectivamente cerca de 1,38 millones y 389.000 barriles diarios de importaciones chinas, Washington no destruye la capacidad tecnológica de Pekín, pero sí puede encarecer y tensionar los cimientos que permiten expandirla. Las refinerías independientes chinas, que dependen en gran medida de ese crudo barato y sancionado para mantener márgenes y flexibilidad operativa, son particularmente vulnerables. Y dado que la IEA proyecta que el crecimiento de la demanda petrolera china hacia 2030 estará impulsado principalmente por feedstocks petroquímicos —insumos para plásticos, químicos industriales, materiales sintéticos y sectores de doble uso militar-civil—, la restricción no es marginal: golpea una arteria de la expansión industrial y tecnológica que Pekín necesita mantener abierta.

Lo que una lectura cortoplacista interpreta como dispersión estratégica puede entenderse, bajo esta óptica, como una forma de contención indirecta: no escalar frontalmente con China en el Indo-Pacífico asumiendo costos militares directos, sino estrechar su espacio de acción y degradar algunos de los nodos materiales de su proyección global. Estados Unidos, en cambio, puede amortiguar mejor el golpe: se mantuvo como el principal productor mundial de crudo desde 2018, produjo alrededor de 13,2 millones de barriles diarios en 2024 y alcanzó un récord de 13,6 millones en 2025, con un papel central de la cuenca del Pérmico en esa expansión.

Ahora bien, si esta estrategia más amplia parece favorecer a Washington sin costos significativos, esa lectura no se corresponde del todo con la realidad económica y política de Estados Unidos. En la política doméstica de Estados Unidos, el aumento de los precios, y, en particular, su traducción en una percepción de encarecimiento del costo de vida constituye una de las variables más corrosivas para cualquier gobierno. Aunque la inflación general había mostrado cierta moderación a comienzos de 2026, seguía siendo un problema sensible, y la reciente escalada en Medio Oriente introdujo un nuevo factor de presión en dos dimensiones: económica, a través del alza del petróleo y la energía; y política, por la marcada aversión de la opinión pública estadounidense al conflicto —el 59 por ciento de los estadounidenses rechazan la intervención contra Irán, según una encuesta de CNN.

En ese contexto, una estrategia exterior que ofrezca ventajas geopolíticas frente a China o Irán tiene consecuencias reales en el plano interno: si el conflicto contribuye a encarecer combustibles, transporte y bienes de consumo, el eventual rédito estratégico externo puede verse compensado —o incluso neutralizado— por costos económicos y electorales dentro de Estados Unidos. De hecho, no sería prudente ni racional para el presidente estadounidense sostener una operación de esta naturaleza durante más de cuatro o cinco meses. Con las elecciones de mitad de mandato previstas para noviembre, y en un contexto de rechazo público a la intervención y de eventual aumento del costo de vida, la prolongación del conflicto podría traducirse en costos electorales concretos y erosionar la gestión de Donald Trump.

En suma, Operation Epic Fury puede interpretarse menos como una reacción contingente frente a la amenaza iraní que como una manifestación de una lógica más profunda de competencia entre grandes potencias, en la cual la fuerza militar, la presión energética y la reconfiguración de espacios periféricos convergen en una misma estrategia de poder relativo. Desde esta perspectiva, Irán y Venezuela dejan de ser teatros aislados y pasan a formar parte de un dispositivo más amplio orientado a restringir, encarecer y desacelerar las condiciones materiales del ascenso chino. Ello no implica negar los riesgos de sobreextensión, ni subestimar los límites que la inflación, la fatiga estratégica y la política doméstica imponen a Washington; implica, más bien, reconocer que incluso estrategias costosas pueden resultar racionales si deterioran en mayor medida la posición estructural del adversario.

 

* Magíster en Estudios Internacionales por la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT). Sus áreas de interés se centran en la geopolítica, las tecnologías emergentes aplicadas al ámbito de la defensa y el análisis de los conflictos internacionales.

 

Referencias

  1. Glenn H. Snyder.,Deterrence by Denial and Punishment. Research Monograph No. 1, Center of International Studies, Princeton University, 1959; y Deterrence and Defense, Princeton University Press, 1961.
  2. Paul Kennedy.The Rise and Fall of the Great Powers: Economic Change and Military Conflict from 1500 to 2000. Random House, 1987.
  3. John J. Mearsheimer.The Tragedy of Great Power Politics, W. W. Norton & Company, 2001 (ed. actualizada 2014).
  4. Reuters, 6 ene. 2026, acuerdo EE.UU.-Venezuela y desvío de petróleo destinado a China. 
  5. Reuters, 26/27 feb. 2026, control estadounidense de exportaciones y ventas petroleras venezolanas. 
  6. Reuters, 3 mar. 2026, caída de 67% de los envíos venezolanos a Asia.
  7. Reuters, 4 mar. 2026, refinadores asiáticos y recortes.
  8. Reuters, 6 mar. 2026, 60% del crudo asiático desde Medio Oriente.
  9. Reuters, 13 ene. 2026, 1,38 millones bpd de crudo iraní comprados por China.
  10. Reuters, 7 ene. 2026, 389.000 bpd de petróleo venezolano importados por China.
  11. International Energy Agency.Oil 2025: Analysis and forecast to 2030.
  12. S. EIA,Today in Energy, 16 abr. 2025.
  13. Reuters,8 jul. 2025, récord de 13,41 millones bpd en 2025.
  14. CNN/SSRS,2 mar. 2026, 59% desaprueba la intervención contra Irán.

  

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LA MIGRACIÓN COMO ESTRATEGIA DE PRESIÓN EN EL TABLERO GEOPOLÍTICO: CASOS DE ESTUDIO DE LOS ÚLTIMOS AÑOS

Juan León Giujusa*

Imagen: RosZie en Pizabay, https://pixabay.com/es/illustrations/gente-valla-refugiados-globo-mundo-8389312/.

 

La instrumentalización de los flujos migratorios mixtos no es un fenómeno nuevo en la política internacional. Sin embargo, ha adquirido una intensidad sin precedentes y dimensiones globales en la era de los movimientos transfronterizos. Este concepto ha sido gradualmente incorporado al acervo discursivo de numerosos actores. Desde el ámbito académico se ha acuñado el término de weaponization of migration[1], mientras en el plano político numerosos Estados europeos, así como la UE en su conjunto, han considerado a la instrumentalización de la migración como una amenaza híbrida. Así lo ha hecho también la OTAN, en el Concepto Estratégico (2022). La instrumentalización, además, adquiere diferentes formas, pero todas refieren a acciones emprendidas por los Estados para utilizar a los migrantes con fines políticos y económicos, en algunos casos para obtener más recursos y en otros forzándolos a cruzar las fronteras hacia otros países de manera incontrolada para ejercer presión[2]. Se trata de una herramienta coercitiva de política exterior para obtener concesiones e inducir cambios.

Sin embargo, no es un fenómeno que afecte solamente a las democracias europeas, si bien es cierto que la estrategia que por excelencia ha adoptado el bloque, la externalización de las fronteras, lo ha colocado en una posición de relativa vulnerabilidad, una situación que algunos de sus socios extra-europeos han sabido explotar. La estrategia de externalización implica el desplazamiento de tareas referidas al control migratorio hacia terceros países, fuera del bloque comunitario, para crear una zona tapón alrededor de éste[3]. A la postre, ello ha significado una creciente dependencia de la UE hacia los gobiernos de terceros países con los que ha llevado a cabo acuerdos migratorios. En este marco, el riesgo de chantaje político se incrementa exponencialmente. Esta última situación se corrobora al analizar el caso marroquí y el turco, dos países con los que el bloque mantiene un conjunto de acuerdos formales e informales en la materia, que incluye no solamente el control migratorio, sino también la readmisión de los expulsados por la Unión. Por un lado, el acuerdo UE-Turquía de 2015 había implicado el ofrecimiento europeo de beneficios económicos, la reapertura de las negociaciones de adhesión al bloque y acelerar la eliminación del visado Schengen para los nacionales turcos. A cambio, Ankara se comprometía a ejercer un riguroso control migratorio y a readmitir a los expulsados por el bloque. Sin embargo, en 2020, Turquía anunció la apertura de la frontera permitiendo el paso de migrantes y refugiados a Grecia. Ello obedecía a la escalada del conflicto en el norte de Siria, donde Turquía estaba llevando adelante una serie de operaciones militares[4]. Así, la estrategia turca perseguía múltiples objetivos. Por un lado, presionar a Europa, mostrando las vulnerabilidades del bloque si Ankara no estaba dispuesta a cooperar en materia migratoria. Por ello, en 2020 logró con éxito presionar para obtener mayores fondos y una colaboración más aceitada en el devenir del conflicto sirio. De aquí se deduce el segundo objetivo de política exterior perseguido por Ankara: moldear la situación en Siria, provocando la caída de al-Assad. Turquía anhelaba fortalecer su rol de potencia regional y participar en la reconstrucción de Siria, a la cual mantendría bajo su esfera de influencia, como indica la política neo-otomana de Erdogan. Para ello, la diáspora siria jugaría un rol crucial. Pero a ello cabe agregar un nuevo objetivo al que también responde la instrumentalización de los migrantes y desplazados: debilitar a los kurdos. Para ello, Ankara favoreció la repoblación de las zonas de los kurdos con desplazados sirios, para evitar la formación de un enclave kurdo autónomo[5]. Reasentando a los refugiados, se generaría un cambio demográfico que diluiría la influencia kurda.

Por su parte, en 2020 Marruecos dio vía libre a los migrantes que se dirigían hacia las islas Canarias y en 2021 y 2022 abrió la frontera con Ceuta y Melilla (enclaves españoles con soberanía contestada). El motivo fue un conflicto diplomático con España, país en el que había sido hospitalizado Brahim Gali, líder del Frente Polisario en el Sahara Occidental (o presidente de la República Saharaui). En este caso, el gobierno marroquí, fortalecido por la decisión de 2020 del presidente estadounidense Trump, quien reconocía la soberanía de Rabat sobre el Sahara Occidental, intensificó las presiones para modificar la posición española y de otros países europeos en la cuestión. Una vez más, se pone de manifiesto la utilización de las migraciones como arma de presión para torcer la política exterior española. La maniobra ha tenido éxito, en tanto el presidente español, mediante una carta dirigida al rey Mohamed VI, en 2022, varió la posición histórica sobre esta cuestión en favor de Marruecos. Se trata de un acto de notoria relevancia: la otrora metrópoli ha pasado a apoyar la idea de que el territorio saharaui se integre en Marruecos bajo su soberanía[6]. Esta carta ha inaugurado un nuevo período en las relaciones diplomáticas, caracterizado por la cooperación migratoria entre ambos países que implica la concesión de beneficios económicos de Europa hacia Marruecos. Así, podemos concluir que el objetivo marroquí era doble: ejercer represalias por la hospitalización de Gali y, en un plano más general, obtener el apoyo español respecto de la postura marroquí sobre el Sahara Occidental.

Por otro lado, se ofrecería una imagen parcial si no se incluyeran aquellos países con los que no existe o se han interrumpido los acuerdos formales o informales y que también han instrumentalizado a los migrantes y solicitantes de asilo. Aquí destaca el accionar del gobierno de Bielorrusia. La crisis migratoria artificial, generada por Lukashenko, comenzó en 2021, pero actualmente aún se observan algunas tensiones y movimientos en la frontera. Luego de las elecciones bielorrusas de 2020, consideradas fraudulentas por parte de la comunidad internacional, la UE respondió con un paquete de sanciones[7]. Lukashenko anunció el fin del acuerdo de readmisión y comenzó a organizar traslados y a facilitar el tránsito de migrantes y refugiados procedentes de Irak, Afganistán, Yemen y Siria, hacia la Unión. Al orquestar estos movimientos, Lukashenko pretendía presionar al bloque para que levantara las sanciones políticas y económicas, pero también esperaba legitimarse como presidente, sentándose a la mesa de negociación junto a los países europeos.

Cabe hacer una aclaración adicional: las democracias europeas, a su manera y con ciertos matices, también han sido partícipes de esta tendencia hacia la instrumentalización de los flujos migratorios mixtos al convertirlos en moneda de cambio o en un objeto de trueque en las transacciones con sus socios extra-europeos. Así, han condicionado la cooperación, la asistencia económico-financiera y diferentes concesiones para inducir a los terceros países a actuar como los gendarmes de Europa. Ésta es la contracara del mismo fenómeno.

Finalmente, como se sostuvo inicialmente, este tratamiento a los migrantes ha adquirido dimensiones que exceden a la UE. En este marco más general, cobran relevancia las estrategias de dos países respecto de los refugiados afganos: la República Islámica de Irán y Pakistán. Ambos países se caracterizaron por su histórica política de puertas abiertas. Pero sus intereses colisionan en el escenario afgano y han impulsado un cambio abrupto en sus estrategias, devenidas ahora en políticas de expulsión conforme se modificaba la dinámica política regional. En términos generales, Pakistán desea fortalecer su papel en Asia Central y Afganistán constituye la plataforma para alcanzar tal objetivo, mientras que Irán busca afianzar su rol como potencia regional en Medio Oriente y sortear los efectos de la batería de sanciones que pesan sobre el país. Para ello, su vecino de Asia Central desempeña un rol de relevancia[8].

En los últimos años, Pakistán ha esgrimido argumentos vinculados a las condiciones económicas y de seguridad para explicar las deportaciones masivas en que se ha embarcado. También ha sostenido que ya no impera en el país vecino una situación de guerra que justifique la acogida de refugiados afganos, pese a los múltiples reportes de organizaciones no gubernamentales que dan cuenta de la opresión y la violación a los derechos humanos. Sin embargo, Bibi[9] explica que las expulsiones en masa encuentran su razón de ser en el deterioro de los lazos afgano-pakistaníes desde el regreso Talibán al poder en 2021. El gobierno pakistaní confiaba que los talibanes apoyaran al gobierno de Islamabad y contribuyeran a mantener bajo control al TTP, conocido como los Talibanes pakistaníes. Pese a tal pronóstico, el régimen de Kabul ha fortalecido al TTP, mostrando más lealtad a éste que al Estado pakistaní. El TTP, envalentonado por la nueva geopolítica regional, decidió poner fin al alto el fuego con el gobierno pakistaní en noviembre de 2022. La respuesta de Islamabad, al ver sus intereses amenazados, ha versado sobre nuevas y masivas órdenes de deportación a migrantes y refugiados afganos desde 2023, en flagrante violación al derecho internacional. La autora también resalta que Islamabad tenía intenciones de celebrar acuerdos con el gobierno afgano en términos que coadyuvaran a restaurar la influencia pakistaní en la región y, al no lograr esta actitud cooperativa, ha comenzado a presionar a los talibanes mediante expulsiones masivas que sin dudas añade tensiones y coacciona a los talibanes, en medio de la ya difícil situación nacional, inmersa en una profunda crisis político-social, económica, alimenticia y humanitaria en general.

Por su parte, Irán también siguió una política de puertas abiertas durante décadas respecto de los solicitantes de asilo afganos. En este caso, la instrumentalización adquiere dos vías. Por un lado, se ha favorecido el reclutamiento forzoso de migrantes y refugiados afganos por parte del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán (CGRI), específicamente a través de su brazo de operaciones exteriores, la Fuerza Quds, formando la Brigada Fatemiyoun, un grupo paramilitar proxy. El reclutamiento ha sido efectuado bajo coerción o a raíz de promesas, en su mayoría incumplidas[10]. La Brigada ha sido desplegada en defensa de causas iraníes y como forma de acrecentar el liderazgo regional. En cuanto al segundo canal, Teherán busca afianzar su influencia sobre los asuntos de Kabul y es precisamente aquí donde rivalizan los intereses iraníes y pakistaníes.

Siguiendo este último aspecto, una política más restrictiva respecto de los flujos comenzó a implementarse en marzo de 2022. Irán declaró no haber encontrado fundamentos que den cuenta de un riesgo sistemático de daños y violaciones graves a los derechos humanos en Afganistán. De esta manera, la tasa de deportación se incrementó[11]. Este endurecimiento de las políticas de deportación, pese a las denuncias de violaciones sistemáticas a los derechos humanos en Afganistán, permite a Teherán gestionar a la población refugiada en clave de instrumento de presión geopolítica. El país ha logrado demostrar que, con los millones de refugiados que se encuentran en su territorio, puede afectar seriamente la estabilidad de su vecino mediante deportaciones en masa, lo que lo convierte en un actor a ser tenido en cuenta en el proceso de reconstrucción afgano. Melamed Visbal y Peláez Barceló[12] sostienen que el gobierno iraní ya está en condiciones de manipular la agenda del régimen talibán mediante el recurso a la amenaza de emplear programas de deportaciones masivas, lo que generaría insoportables presiones sociales, políticas, económicas y humanitarias.

La confluencia de las políticas de expulsión de Irán y Afganistán representan una carga en términos de acogida, provisión de servicios e integración de los deportados afganos imposible de abordar por parte del régimen de talibán. Pesa sobre Kabul el cúmulo de las presiones procedentes de Irán y de Pakistán, inherentemente irreconciliables, en tanto ambos compiten por acrecentar su influencia sobre Afganistán y manipular sus asuntos internos.

Todos los casos citados permiten efectuar una serie de inferencias: las respuestas de acogida, sea a los migrantes o a los solicitantes de asilo, se alejan de las explicaciones más superficiales (como la ayuda humanitaria pura) y se responden a partir de dinámicas de poder e intereses geopolíticos que desnudan las diferentes tácticas de poder duro que instrumentalizan y explotan las vulnerabilidades de los migrantes y desplazados. Una serie de intereses orbitan entorno a estas respuestas, a saber, económicos (utilización de la “crisis” para obtener fondos internacionales), políticos (ganar influencia en ciertos países y regiones, proyectar una imagen de liderazgo, presionar a otros Estados al incrementar su posición negociadora), o de seguridad (utilizar los flujos para justificar intervenciones, contención de amenazas regionales y la utilización de refugiados para influir en conflictos vecinos). Esta imbricación de intereses de diversa índole sigue un mismo patrón de conducta: primero, la adopción de políticas migratorias receptivas, que optimicen la población en función de los intereses del poder, creando ciertas composiciones poblacionales; luego, se abre paso a la instrumentalización de los flujos mediante diferentes tácticas. Con ello, la demografía en general, y la migración en particular, sea voluntaria o forzada, se han convertido en armas de la geopolítica global. Así, la movilidad humana ha devenido, con lastimosa frecuencia, en una herramienta de poder duro, en una forma de confrontación, donde las personas son despojadas de su humanidad para convertirse en un recurso de poder capaz de allanarle, al Estado que las instrumentaliza, el camino hacia la consecución de sus intereses geopolíticos o de acrecentar su poder en la arena regional y global. En este campo de la geoestrategia, los migrantes y desplazados se ven reducidos a meros recursos de que disponen ciertos Estados para la consecución de sus objetivos de política exterior.

 

* Licenciado en Relaciones Internacionales, Universidad de Palermo, Argentina. Estudiante de la Maestría en Estudios Internacionales, Universidad Torcuato Di Tella.

Miembro del Centro de Estudios Estratégicos de Relaciones Internacionales (CEERI).

Columnista en política internacional, Diario Distrito Interior, General Villegas, provincia de Buenos Aires.

 

Referencias

[1] Greenhill, Kelly M. «Weapons of Mass Migration: Forced Displacement as an Instrument of Coercion». Strategic Insights, v. 9, issue 1, Spring-Summer 2010, p. 115-159, http://hdl.handle.net/10945/11515.

[2] Díez Peralta, E. «La instrumentalización de las migraciones en la frontera exterior oriental de la UE: el derecho de asilo en la encrucijada». Revista de Derecho Comunitario europeo, n° 81, p. 171-212, https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=10326883.

[3] Gabrielli, Lorenzo. «La externalización europea del control migratorio: ¿La acción española como modelo?». CIDOB, https://www.cidob.org/publicaciones/externalizacion-europea-del-control-migratorio-accion-espanola-como-modelo.

[4] Díez Peralta, E. Op. cit.

[5] Nachawati Rego, L. «La caída de la dinastía Asad en Siria: factores locales, regionales y globales». Anaquel de Estudios Árabes, vol. 36, n° 1, 2025, p. 1-12. https://doi.org/10.5209/anqe.100223 .

[6] Del Valle Gálvez, A. «Weaponising migration: Ceuta y Melilla en las relaciones España-Marruecos, su reforzamiento estratégico como ciudades de la UE en la orilla sur del Mediterráneo». En I. González García y A. del Valle Gálvez, Ceuta y Melilla: la Unión Europea en la orilla sur del Mediterráneo. Ceuta: Centro de estudios internacionales y europeos del área del Estrecho, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2023, p. 51-76, http://hdl.handle.net/10498/33792.

[7] Díez Peralta, E. Op. cit.

[8] Beidollahkhani, Arash. «Strategic tensions and geopolitical necessity: prospects for securitization of Iran-Pakistan relations in the globalization context». Journal of Globalization Studies, vol. 14, n° 1, p. 94-109, https://www.sociostudies.org/authors/beidollahkhani_arash/.

[9] Bibi, Sumaira. «Repatriating Afghan refugees from Pakistan: background, implications, and consequences for bilateral relations and regional dynamics». Quarterly on Refugee Problems, vol. 63, n° 2, p. 141-155, https://doi.org/10.57947/qrp.v63i2.152.

[10] Farivar, Masoos. «What happened to Iranian proxies in Syria?» VOA, 13/12/2024, https://www.voanews.com/a/what-happened-to-iranian-proxies-in-syria-/7901149.html

[11] European Union Agency for asylum (EUAA). «Iran: situation of Afghan refugees». EUAA, 2022, https://euaa.europa.eu/publications/iran-situation-afghan-refugees

[12] Melamed Visbal, J. y Peláez Barceló, D. «La estrategia de expansionismo hegemónico iraní en Siria y Afganistán». Revista Científica General José María Córdova, vol. 18, n° 32, p. 749-767, https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=8693064.

 

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