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UN MUNDO COMPLICADO DESPUÉS DEL COVID-19

Agustín Saavedra Weise*

Imagen: Viacheslav Lopatin, Shutterstock 

El mundo será complicado una vez pase la pandemia, nada volverá a ser igual. Cada uno imagina escenarios diferentes para los días que vendrán, habrá cambios y serán muchos, desde la forma de saludarnos y de funcionar como grupos sociales hasta alteraciones geopolíticas de envergadura, ello sin contar las consecuencias de una catástrofe económica que ya afecta a todo el orbe y deberá solucionarse para evitar hambrunas o conflictos sociales.

China, EEUU y la UE, quedarán dañados en la etapa post Covid-19. El dragón del oriente por haber sido donde se originó el drama, por no haber avisado oportunamente y porque aún rondan sospechas en torno a cómo y de qué manera se originó el virus. En el caso de Estados Unidos, es un hecho que no se supo prever la magnitud del virus ni sus consecuencias, lo que ha creado situaciones internas delicadas, máxime en un año de elecciones presidenciales. Pero lo más triste es que Washington perdió capacidad de liderazgo; debió ser el ejemplo del mundo occidental ante el advenimiento de la pandemia; no supo manejarse internamente y tampoco brindó una guía a quienes la esperaban. En lo que hace a la Unión Europea, su cacareado multilateralismo continental se fue al tacho. La UE terminó sacándose el velo de la hipocresía europeísta para volver al más crudo nacionalismo; cada cual defendió su frontera y sus intereses, olvidándose por completo de la solidaridad que tanto pregonaban.

El amigo y compatriota José Luis Lupo, en una nota publicada en La Nación de Buenos Aires se refiere a un “cambio de época” y además, resume varios puntos interesantes para mitigar a futuro los efectos de la pandemia. Por otro lado, la crisis del Coronavirus ha creado pautas de autoritarismo estatal a nivel planetario, las que será difícil revertir, al menos en el corto y mediano plazo pero deberá hacerse, ya que caso contrario el individuo quedaría inerme frente al poder de los aparatos estatales, algo comprensible durante una pandemia y que de ninguna manera será aceptable para la vida cotidiana en democracia. Lo del cambio de época de Lupo coincide con mi nota anterior acerca de la visión de los siglos de Eric Hobsbawm, tomados éstos no en forma cuantitativa del uno al cien sino en función cualitativa de hechos espectaculares que estremecieron al mundo. Es más; si Hobsbawm viviera nos diría que estamos terminando un muy breve siglo XXI y entrando al XXII; el siglo XXI se habría agotado entre 1991 y 2020, siguiendo la lógica del historiador inglés.

A estos cambios fundamentales se agregarán otros en los planos militares, económicos y políticos, agregando el auge de actores no estatales en las relaciones internacionales, entre ellos desde multimillonarios al estilo Bill Gates, grandes empresas farmacéuticas y conglomerados tecnológicos tipo Apple o Google, incluyendo también grupos ecologistas y hasta esos actores siniestros que son los terroristas. Entre la trilogía de potencias nucleares (EEUU, China, Rusia) habrá acomodos y reacomodos, con la salvedad de que no creo surjan conflictos más allá de amenazas mutuas y temas comerciales. Como ya lo expresé tiempo atrás, los vínculos económicos entre China y EEUU son demasiado fuertes; ellos por sí mismos amortiguarán cualquier tipo de crisis que lleve a una escalada, algo que no ocurría con la ex URSS en épocas de la Guerra Fría por el escaso intercambio comercial entre EEUU y la Unión Soviética.

Seguirán los pronósticos con respecto al porvenir, en estas modestas líneas hemos delineado lo básico. Cambiaremos, no hay duda, lo importante será cambiar para el bien de la humanidad y del propio planeta. 

 

*Ex canciller, economista y politólogo. Miembro del CEID y de la SAEEG. www.agustinsaavedraweise.com

Tomado de El Deber, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, https://eldeber.com.bo/180564_un-mundo-complicado-despues-del-covid-19

 

ANTES Y DESPUÉS DEL COVID-19 AL ESTILO DE ERIC HOBSBAWM

Agustín Saavedra Weise*

El historiador inglés Eric Hobsbawm (1917-2012) fue un notable pensador. En 1995 publiqué un comentario sobre su difundida obra La era de los extremos: el breve siglo XX, 1914-1991 y al poco tiempo de su muerte otro artículo alusivo.

Hobsbawm gozó de alta reputación académica y siguió hasta el final de su larga vida publicando ensayos. Él consideró que los siglos debían ser contabilizados en función de acontecimientos singulares que alteraron el rumbo de la humanidad y no necesariamente sobre la base del uno al cien. Un siglo podía tener más o menos de 100 años, en términos políticos, sociológicos y de sentido histórico. Siempre surgen acontecimientos clave que marcan una era.

La caída del Imperio Romano terminó con la Edad Antigua dando paso a la Edad Media. Con la controversia que hasta hoy subsiste, ya sea la toma de Constantinopla por los turcos (1453) o el descubrimiento de América por Colón en 1492, concluyen el medioevo e inician el Renacimiento. En 1789 la Revolución Francesa inaugura otra etapa, anticipándose en once años al inicio cronológico del siglo XIX, del que la toma de la Bastilla para Hobsbawm fue parte fundamental.

Según la interpretación del escritor británico, el siglo XIX terminó recién en 1914 al comenzar la Primera Guerra Mundial. Aquí observamos un siglo socio-político bastante largo: desde 1789 hasta 1914. 25 años extras se suman a los 100 formales del siglo XIX, en lo que se considera fue una etapa signada por doctrinas e ideologías, conflictos, colonialismos, revolución industrial, etc.

Al marcar Hobsbawm el inicio del “verdadero” siglo XX en 1914, consideró que éste concluyó con el colapso en 1991 de la Unión Soviética (1991), un hecho geopolítico impresionante precedido por los no menos espectaculares derrumbe del Muro de Berlín (1989) y la reunificación de Alemania en 1990.

Quedó así un siglo XX políticamente breve: apenas 77 años. Siguiendo la lógica de Hobsbawm este siglo XXI sui generis que lleva desde 1991 hasta 2020 apenas 29 años, tiene ahora otro punto de quiebra dado por el fenómeno de la pandemia declarada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en torno al Coronavirus o Covid-19, que tiene a la población planetaria prácticamente recluida desde hace más de un mes. ¿Cómo mediremos las épocas? ¿Será un Antes Coronavirus y un Después Coronavirus como expresó recientemente el columnista Thomas Friedman en el New York Times? ¿O tendremos que concluir —siguiendo la lógica de separar siglos por hechos relevantes— que el siglo XXI fue aún más corto que el pasado siglo XX y ya se agotó?

El siglo más breve de la historia, el pasado siglo XX, nos dejó ese legado y ahora transitamos un siglo XXI que no sabemos si ha terminado abruptamente o sigue aún su curso a la espera de otros inéditos acontecimientos que lo terminen de definir. Lamentablemente Hobsbawn ya no está entre nosotros para dar su propio veredicto en función de su teoría de los siglos sobre la base de grandes hechos y no de años. Sin su genialidad es aventurado definir lo que comienza y lo que termina, pero al menos podemos aseverar que una era sí ha concluido. No sería extraño que Hobsbawm —si viviera hoy— considere que ya ingresamos abruptamente al siglo XXII con el Covid-19 y que el siglo XXI superó en brevedad al siglo XX. El tema queda en suspenso, con un interrogante a futuro…

 

*Ex canciller, economista y politólogo. Miembro del CEID y de la SAEEG. www.agustinsaavedraweise.com

Tomado de El Deber, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, https://eldeber.com.bo/178505_antes-y-despues-del-covid-19-al-estilo-de-eric-hobsbawm

 

REFLEXIONANDO, SENTADO ENTRE EL VIRUS Y LAS ESTRELLAS

Omar Tejada*

Imagen de Chris Aram en Pixabay

Parecería que fue ayer cuando solíamos pasar tiempo con nuestros hijos yendo a jugar a la pelota, o ir a la playa en pareja y disfrutar del sol y un buen ceviche, o planear ir a visitar a un familiar lejano. Parecería que fue ayer cuando cada semana yo solía tomar el bus que me llevaría al trabajo desde Lima hacia las montañas para después de unos días regresar a casa listo para disfrutar de mi descanso.

Parecería también que fue ayer cuando un domingo recibí una llamada telefónica, luego de ver al Presidente del país decretar la emergencia sanitaria, y decirme que debería de viajar esa misma noche para instalarme en mi lugar de trabajo lo antes posible y enfrentar la incertidumbre de lo que se venía.

Han pasado dos meses desde ese último viaje en bus en el cual yo ya podía sentir el miedo de que algún pasajero este infectado por ese bicho raro y desconocido llamado coronavirus y por ende muchos en ese viaje nos podríamos contagiar. Nunca olvidaré la sensación de sentirme acechado por un enemigo invisible que podía atacar desde el saludo de la terramoza, o desde el sorbo del vaso con agua que suelo pedir, o quizás desde el estornudo del pasajero que iba a mi lado, o peor aún, del aire emanado por el aire acondicionado que era lo único que nos ventilaba en esa caja hermética con ruedas llamada autobús.

Y es así que escribo estas líneas, desde las alturas de los andes peruanos, donde no se extraña el cielo gris ni el tráfico ensordecedor de Lima, aunque dicen que eso ha cambiado en la capital y esperemos que sea por mucho tiempo. Y es que este virus nos ha traído cosas que parecen de película o, mejor dicho, de esos sueños raros donde se entremezclan pesadillas con deseos en una dinámica desordenada y sin sentido.

Pesadillas por un lado, llenas de números que crecen todos los días y que representan a los infectados, a los muertos, a las pruebas, a las camas UCI, así como también a los caminantes que desesperadamente dejan la capital y otras grandes ciudades en busca de cobijo y refugio en su tierra natal, buscando alejarse no solo del virus sino, sobre todo, del hambre y la pobreza, y hasta en algunos casos de la indiferencia y la discriminación. Todo esto mezclado con la incertidumbre de ver que la bendita curva no baja.

Deseos por otro lado, donde podemos ver la fauna marina abarrotar las playas del bello litoral peruano; donde el hasta hace poco colchón gris lleno de contaminación y humedad mezclados entre sí que cubría a los limeños durante casi todo el año ha dado paso al sol que no deja de brillar y al azul del cielo que se han convertido en el marco perfecto para hacernos recordar todos los días que la tierra necesita un respiro; o donde la tecnología que solía desconectarnos y hacernos seres cada vez más impersonales hoy no deja de unirnos con nuestras familias y hasta con esos amigos de colegio que ya casi habíamos olvidado, y donde no es raro ver que incluso nuestros queridos ancianos empiezan a dominarla y hasta hacen sus reuniones de té o sus clases de baile por video llamada, algo que hasta hace casi dos meses muchos de ellos no tenían ni idea de cómo funcionaba.

Mientras tanto, cuando nos damos cuenta de que no estamos soñando, vemos que el virus es muy real, y que las diversas teorías conspirativas sobre el mismo no cambian el hecho de que sea cual fuese su origen la única forma de ganar la batalla es manteniendo la distancia física, no la social, y algo tan básico como un adecuado aseo personal. Y es que ahora es cuando debemos de mantenernos más unidos socialmente que nunca en medio del distanciamiento físico ya que esta contradicción es la clave para salir airosos de esta prueba que la naturaleza nos está dando. Ahora es cuando más debemos de pensar en comunidad, en cuidarnos mutuamente porque si uno cae no cae solo. Ahora es cuando debemos de voltear y ver que a nuestro lado hay una persona, y al otro lado hay otra y otra y otra y que si no somos empáticos y solidarios no solo les afectará a ellos, sino también a nosotros, ya que el virus no entiende de política, ni de raza, ni de género, ni de idiomas, simplemente es un organismo que lucha por sobrevivir, igual que nosotros, y no importa su tamaño diminuto porque puede hacernos literalmente la vida imposible de manera directa e indirecta. Es por esto que debemos de tomar conciencia, de que las medidas de gobierno (que no son perfectas y jamás lo serán y el porqué es motivo de otra discusión) podrían ser más eficientes si cada uno de nosotros toma la responsabilidad de cuidarse y cuidar a los que están a su alrededor y si no lo hacemos, simplemente no importará lo que el gobierno y las autoridades hagan, al final del día habremos perdido la batalla y no podremos tener ninguna autoridad moral para culpar al resto.

Mientras todo esto sucede, yo sigo aquí desde las alturas viendo hacia abajo como la peste avanza y amenaza con tocar a mi puerta como una apocalíptica nube negra que al principio pensé vendría del litoral, pero hoy ya no se desde dónde va a dar ese zarpazo mortal como si se tratara de un oso gris al cual le han invadido su territorio. Ante eso, trato de revertir la situación mirando lo más que pueda frente a mi encontrando picos llenos de nieve que dan color y brillo a los valles que sus aguas riegan. Otras veces, simplemente decido solo mirar hacia arriba y quedar hipnotizado por las estrellas que no dejan de engancharme con el universo haciéndome sentir tan diminuto, pero a la vez tan importante en este incomprensible juego cósmico llamado vida, que no hay espacio en mi cabeza para ningún virus.

Y es cuando empiezo a soñar de nuevo.

 

*Oficial de la Marina de Guerra del Perú en situación de retiro. Es graduado con mérito de la Maestria de Seguridad Internacional en la Universidad de Leicester en el Reino Unido. Ha trabajado en la Organización de las Naciones Unidas como observador militar en Sudán, Comandante del Contingente peruano en Haiti y como Oficial de Asuntos de Operaciones de Paz en la sede principal de la ONU en Nueva York. Escritor de artículos profesionales y conferencista en temas de seguridad y defensa a nivel nacional e internacional.