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DIFERENCIAS ENTRE GEOGRAFÍA POLÍTICA Y GEOPOLÍTICA

Agustín Saavedra Weise*

Imagen de Sumanley xulx en Pixabay

Los especialistas coinciden en que la diferencia básica entre geografía política y geopolítica es de perspectivas. La geografía política es una subdivisión de la geografía —ciencia encargada del estudio de la superficie terrestre— que resalta fenómenos geográficos en el marco de las divisiones y configuraciones políticas del mundo; presenta una imagen de suyo importante pero relativamente estática. Por otro lado, la geopolítica —por estar íntimamente ligada a la ciencia política— estudia y privilegia fenómenos tales como poder, influencia o dominación en el marco de una particular situación geográfica, sea interna o externa.

El enfoque geopolítico es exactamente al revés que el de la geografía política y mucho más dinámico. La relación entre asentamiento geográfico y poder político encierra una posibilidad de movimiento permanente y la posibilidad también de alteraciones bruscas en la configuración geográfica como efecto de las decisiones de uno o más actores políticos, es decir, estados nacionales, fuerzas sociales o asentamientos humanos producidos o generados en determinados territorios.

El Instituto Francés de Estrategia Comparada ensaya sus propias definiciones de geopolítica: el estudio de los fenómenos políticos desde a) el ángulo de sus relaciones en el espacio; b) desde el punto de vista de su relación o dependencia de la tierra como de su influencia sobre la tierra y sobre todos los factores culturales que afectan a la geografía humana (antropogeografía) en su sentido más amplio.

En otras palabras, la geopolítica es aquello que su misma etimología sugiere: la política y su natural dinamismo en función de los espacios geográficos, sean éstos terrestres, marítimos, aéreos o ahora inclusive, del espacio exterior y hasta del espacio cibernético o virtual. Todo lo ligado a un tipo particular de espacio para vivir, expandirse, luchar por él, ocuparlo y conquistarlo o defenderlo, tiene que ver con la geopolítica cuando se trata de decisiones que entran en el marco conceptual de los fenómenos políticos. La geografía política es descriptiva, la geopolítica es de naturaleza dinámica sí, pero simultáneamente vale la pena tener en cuenta que puede estar sesgada por algunas “ideas-fuerza” o por doctrinas diferenciadas, como también puede ser vista y analizada desde un punto de vista neutral con la mayor objetividad posible. Todo ello es geopolítica, buena o mala, errada o acertada, pero geopolítica al fin. En cambio, la geografía política puede ser sólo lo que es y nada más que eso.

Creo sinceramente que esta distinción entre geografía política y geopolítica es fundamental; con mayor razón debe tomarse en cuenta ahora que el mundo ha cambiado tan bruscamente. La geografía política del planeta se ve continuamente alterada por la acción de fuerzas geopolíticas de diverso tipo, al abrigo o amparo de ideas y métodos que movilizan a dichas fuerzas y generan actos consumados de raíz geopolítica que terminan modificando la geografía política de muchas regiones del globo terráqueo. Eso lo hemos visto con abundancia luego del colapso de la Unión Soviética y tras el derrumbe de la antigua Yugoslavia. Lo vemos hoy en el Medio Oriente y en otras zonas africanas de convulsión endémica como también con el panorama geopolítico novedoso que nos presenta la terrible pandemia del Covid-19, la que por sí misma está provocando desafíos globales de múltiple naturaleza.

Los vínculos entre geografía política y geopolítica son claros; las diferencias también, aunque cabe recordar su intrínseca complementariedad para el estudio de las relaciones internacionales y en el análisis de políticas territoriales internas conectadas con la dotación espacial-territorial en función de su mejor asignación u optimización.

 

*Ex canciller, economista y politólogo. Miembro del CEID y de la SAEEG. www.agustinsaavedraweise.com

Nota original publicada en El Debe, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, https://eldeber.com.bo/opinion/diferencias-entre-geografia-politica-y-geopolitica_235128

 

BATALLA DE LA FLORIDA: UN 25 DE MAYO CASI OLVIDADO

Agustín Saavedra Weise*

La Batalla de la Florida, lienzo del pintor cruceño Carlos Cirbián​ .

El 25 de mayo es una fecha altamente significativa para argentinos y bolivianos. En 1809 en lo que hoy es Sucre, la ciudad de los 4 nombres (Charcas, Chuquisaca y La Plata) se produjo el primer grito libertario sudamericano. Un año después, en el centro neurálgico del Virreinato del Río de La Plata —la ciudad de Buenos Aires— se proclamó otro grito de libertad y se formó la primera junta de gobierno presidida por el potosino Cornelio de Saavedra. En esa época no existían las mezquindades de hoy en torno a lugares de nacimiento o documentos. Todos éramos americanos y punto.

Otro acontecimiento crucial se produjo también un 25 de mayo cuatro años después: la célebre batalla de La Florida. Se trató de un enfrentamiento librado el 25 de mayo de 1814, en el pueblo de Florida (en la actual Tercera Sección de la Provincia Cordillera, departamento de Santa Cruz) y los márgenes del río Piraí, en zona del chaco boliviano. Fue vital la victoria de los independentistas sobre los realistas; después del triunfo los primeros reafirmaron su gobierno en Santa Cruz de la Sierra y las Provincias Unidas del Sur pudieron conservar su proceso emancipador. Asimismo, se salvó Tucumán de ser invadido; desde allí los realistas pensaban marchar vía austral para retomar la Buenos Aires rebelde. El sufrido triunfo patriota apagó para siempre ese proyecto.

La algarabía en Buenos aires —al recibir las noticias del triunfo de Florida— fue inmensa. La vieja calle San José pasó a llamarse Florida en homenaje a la gran victoria independentista. En 1837 el dictador Juan Manuel de Rosas la llamó Perú pero en 1857 se le restituyó el nombre actual y quedó así hasta nuestros días. Aunque ahora en decadencia, por muchas décadas la calle Florida ha sido arteria peatonal de grandes tiendas comerciales y un verdadero símbolo de la capital argentina. El 6 de agosto de 1975, con motivo de parte de los actos que organicé por el Sesquicentenario de nuestra Bolivia (1825-1975) —en calidad de jefe interino de la misión diplomática en la capital argentina— coloqué una plaqueta recordatoria al inicio de la mítica calle (Florida 1) que rezaba así: “La Embajada de Bolivia a los vencedores de La Florida”. No sé con certeza si aún se conserva esa plaqueta en su lugar, pero allí estuvo por muchos años.

La batalla de La Florida se ganó pese a las desavenencias entre José Álvarez de Arenales e Ignacio Warnes, los dos grandes patriotas de las guerras de guerrilla que dejó Manuel Belgrano en Santa Cruz de la Sierra. Ambos se unieron en el combate y así aplastaron al enemigo. También los acompañó con valor el líder cruceño José Manuel Mercado.

Muerto Blanco —en un terrible duelo personal con Warnes— su jefe y tocayo Joaquín Pezuela ya no tuvo ni ganas ni fuerzas para iniciar su marcha hacia Buenos Aires; la victoria en Florida desbarató esa intentona. Sin embargo y pese a su tremenda importancia, ya casi nadie se acuerda de ese decisivo triunfo. La historia boliviana —sesgada en extremo por el centralismo andino— omite o minimiza estos cruciales sucesos producidos en tierras orientales. Por su lado, en la Argentina son pocos los que rememoran este magnífico triunfo de las fuerzas patriotas de antaño. Por eso valía el recordar que existe un tercer 25 de mayo tan decisivo para la libertad de nuestros países como los otros dos que son celebrados año tras año. Así están las cosas.

 

*Ex canciller, economista y politólogo. Miembro del CEID y de la SAEEG. www.agustinsaavedraweise.com

Nota original publicada en El Debe, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, https://eldeber.com.bo/opinion/batalla-de-la-florida-un-25-de-mayo-casi-olvidado_234316

HACIA UNA GEOPOLÍTICA GLOBAL DEL PODER BLANDO

Agustín Saavedra Weise*

Imagen de PIRO4D en Pixabay 

En círculos académicos de alto nivel se comenta que la actual búsqueda de un reequilibrio global entre las principales potencias mundiales debe interpretarse como un llamado urgente a la acción para líderes, diplomáticos y responsables de la política exterior. En particular, quienes deben darle forma y contenido a la política exterior de su nación deben estar preparados para los tiempos inciertos que se avecinan. En este campo, los recursos de “poder blando” a disposición de los gobiernos serán esenciales en la formulación de un plan de proyección externa. Los países más habilidosos en el uso y en la transferencia de su poder blando tendrán ventaja sobre los que carecen de él.

El poder en el ámbito externo de las relaciones internacionales se ha definido tradicionalmente en términos “duros” de poderío militar y económico. El poder duro implica coerción mediante el uso directo de la fuerza (o amenazas de hacerlo) y sanciones de diverso tipo. Por lo contrario, el poder blando tiene que ver con el uso de positivos mecanismos de atracción y persuasión que puedan coadyuvar con el crecimiento —o la mantención— de una imagen favorable, siendo a la vez capaces de proyectar objetivos externos. El buen uso del poder blando hace que un país sea más atractivo y que hasta sea visto como paradigma en el contexto internacional con respecto a un conjunto de acciones, de bienes consumibles o de meras costumbres. Estados Unidos ha sabido usar muy bien ambos poderes desde la época en que Theodore Roosevelt comenzó a proyectar internacionalmente al gran país del norte. Hoy en día, los “blue jeans”, el rock and roll, películas de Hollywood, celulares, avances tecnológicos y tantos otros atractivos, han hecho que el país del norte sea el número uno en materia de óptimo uso del poder blando, sin descartar que también ha sabido usar el poder duro, cuando así le ha convenido o cuando se ha visto obligado a ello.

El politólogo Joseph Nye —creador del concepto— inicialmente estableció tres fuentes primarias de poder blando: valores políticos, cultura y política exterior. En la arena de la política internacional, el poder blando es la capacidad de atraer y de cooptar, en lugar de coaccionar. En otras palabras, el poder blando implica moldear preferencias de los demás vía la atracción. Con el tiempo, más y más naciones han ido maximizando el uso del poder blando. No se acercan aún a la preponderancia estadounidense, pero cada cual a su manera está tratando de imbuir en el concierto internacional determinados valores. Hasta pequeños países utilizan su poder blando, como es el caso de Suiza, con su imagen de seguridad financiera, relojes de alta gama, maquinarias de precisión y turismo de alto nivel. No necesariamente tienen que ser grandes potencias las únicas que irradien poder blando. Lo pueden hacer otros estados de menor escala que tienen algo que ofrecer al mundo, algo que pueda servir de ejemplo y tenga carácter persuasivo. En ese sentido, se está gestando una verdadera geopolítica global del poder blando que cada día se acelera y crece más.

En el contexto de las naciones emergentes, los países asiáticos del Pacífico —encabezados por China— son los que mayoritariamente han estado exportando su poder blando mediante diversas imágenes. El espectacular crecimiento chino ha coadyuvado mucho en la “venta” por Beijing de su poder blando, el que si bien está lejos todavía del de EEUU, ya ha adquirido relevancia mundial.

África no tiene casi nada para vender, Australia, Canadá y Nueva Zelanda tienen activos propios que les permite proyectar algunos elementos de poder blando; América Latina podría también hacerlo, si se lo propone. Tanto en conjunto como a nivel individual —pese a elementos negativos que todos conocemos y deploramos— hay otros elementos positivos en nuestra región que pueden ser vendidos al mundo como poder blando ¿Qué estamos esperando?

 

*Ex canciller, economista y politólogo. Miembro del CEID y de la SAEEG. www.agustinsaavedraweise.com

Nota original publicada en El Debe, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, https://eldeber.com.bo/opinion/hacia-una-geopolitica-global-del-poder-blando_233541