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LA GUERRA ENTRE EEUU, ISRAEL E IRÁN EN 9 CLAVES PROSPECTIVAS

Roberto Mansilla Blanco*

Más de cien días desde el comienzo de la guerra entre EEUU e Israel contra Irán, su impacto define un nuevo equilibrio geopolítico y militar en Oriente Medio con sus inevitables consecuencias y riesgos a nivel global.

En este análisis destacamos algunas claves y escenarios geopolíticos, económicos y militares que podrían definir un conflicto que se desliza entre las incertidumbres de las negociaciones aleatorias y los ataques de ida y vuelta.

1.

Hablemos de un ganador: la Guardia Revolucionaria Islámica. Más allá de las sanciones exteriores y del inevitable daño causado por el conflicto resulta evidente el fortalecimiento del poder del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) en Irán, factor que abre la posibilidad de configuración de un sistema de pretorianismo militar con mayor cohesión social, debilitando así cualquier pretensión de EEUU e Israel por propiciar un cambio de régimen en Teherán.

Contando con el apoyo tácito de aliados de peso como Rusia y China, Irán profundizará sus capacidades militares tanto defensivas como ofensivas a través de una nueva doctrina de seguridad con influencia en sus decisiones de política exterior. La guerra ha evidenciado la capacidad de respuesta iraní contra objetivos estadounidenses e israelíes. Así mismo, Teherán ha demostrado su efectividad para utilizar el Estrecho de Ormuz como arma geoeconómica.

La capacidad de resistencia de Irán ha fortalecido su iniciativa geopolítica en clave disuasiva, especialmente a la hora de imponer, o al menos propiciar, que EEUU atienda sus intereses. Así, Teherán ha demostrado su capacidad para trazar sus propias «líneas rojas» en medio del diseño de nuevos equilibrios de poder regionales.

En Washington han tomado nota de este reforzamiento del poder en Irán propiciando un cambio de enfoque más proclive a la negociación. Un escenario que Israel observa con extrema preocupación, en particular ante la posibilidad de pérdida de influencia en la Casa Blanca.  

2.

EEUU e Israel: ¿crisis, divorcio o reseteo? Tras su fracaso contra Irán, Israel y EEUU podrían observar crisis políticas internas así como en sus relaciones estratégicas ante el aumento del malestar social y las dudas que podrían generar la efectividad de su capacidad militar para lograr objetivos políticos.

Este aspecto es especialmente notorio en el caso israelí por la presión iraní vía proxy wars (Líbano, Yemen) Por ello, Israel buscará aumentar su control en escenarios conflictivos (Líbano, Siria, Gaza, Cisjordania) como medida de disuasión y de seguridad ante Irán y sus aliados regionales (Hizbulá, hutíes de Yemen, Hamás).

Mientras busca una negociación con Irán que le otorgue una tregua ante la caída de índices de popularidad en un año electoral, Trump se ve atrapado en una guerra en la que Netanyahu quiere concretar a toda costa su proyecto mesiánico y supremacista del «Gran Israel», incluso sin apoyo estadounidense.

Las críticas, llegando incluso a descalificativos, por parte de Trump hacia Netanyahu tras la ofensiva israelí en el Líbano suponen un síntoma clave de la crisis en las relaciones entre EEUU e Israel. El estupor internacional y el creciente nivel de descrédito e incluso aislamiento exterior de Israel por su intervención en Gaza y la tragedia del pueblo palestino son factores que también afectan a Netanyahu a nivel interno, al comenzar a observar divisiones políticas y cierto malestar ciudadano por los niveles de inseguridad causados por las guerras en Gaza, Irán y ahora el Líbano.

El movimiento de los colonos israelíes sigue siendo un factor de apoyo para Netanyahu en un momento en que aumentan los casos de violencia contra palestinos en Cisjordania. Pero una parte de la sociedad israelí comienza a desconfiar de Netanyahu por su intransigencia y ante la posibilidad de perder influencia en su principal aliado, EEUU. Dentro de Israel comienzan a aparecer voces críticas y discordantes con el modelo de expansionismo militar abogando por el «despertar» de nuevas expresiones.

Una negociación entre EEUU e Irán para poner fin al conflicto, al menos momentáneamente, alteraría esa histórica prioridad que ha mantenido Israel dentro de la política exterior estadounidense. La «línea dura» en Tel Aviv muestra su preocupación ante este eventual escenario de entendimiento entre Washington y Teherán, amenazando así acrecentar unilateralmente el expansionismo regional israelí y una escalada militar sin precedentes en Oriente Medio.

3.

¿Una OTAN para el Golfo Pérsico? Ante el fortalecimiento militar iraní, las monarquías del Golfo Pérsico, principalmente Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar y Bahréin, se verán en la necesidad de procrear nuevos esquemas de seguridad con capacidad disuasiva. Un escenario que confirmaría el aumento del gasto armamentista regional.

Con población de mayoría chiíta, Bahréin e Irak podrían convertirse en escenarios de proxy war para Irán. Esto afectaría a Arabia Saudita, con pretensiones de convertirse en una potencia regional con capacidad militar autónoma.

El fortalecimiento del régimen iraní alterará los equilibrios geopolíticos y militares regionales, con particular incidencia para sus rivales EEUU, Arabia Saudita, Israel y Emiratos Árabes Unidos. En un momento de crisis en sus relaciones con Israel, Washington buscará ampliar sus esferas de influencia en el Golfo Pérsico para seguir manteniendo peso geopolítico en la región, en este caso vía cooperación militar.

4.

Trump y el «Gran Oriente Medio» 3.0. La errática guerra contra Irán ha condicionado algunas de las decisiones de la administración Trump sobre la nueva geopolítica en Oriente Medio.

Washington ha intentado resucitar los Acuerdos de Abraham (2020) como eje disuasivo para ampliar el reconocimiento regional del Estado de Israel y recuperar la iniciativa en Oriente Medio. Pero la actual crisis entre Trump y Netanyahu ha obligado a recapitular algunos postulados geopolíticos en Washington sin necesariamente desarticular la alianza estratégica con Israel. Mantener a Israel como prioridad sigue siendo una política inalterable para Washington pero la realpolitik causada por la ineficaz guerra contra Irán obliga a Trump a ampliar el abanico de opciones.

La reciente visita de Trump a Beijing muy probablemente reestructuró las prioridades de Washington en Oriente Medio. Mientras advertía sobre el «declive estadounidense», el presidente chino Xi Jinping marcaba sus «líneas rojas» en torno a la unilateral política de Trump por reconstruir Oriente Medio bajo los imperativos geopolíticos estadounidenses.

Transcurridos más de dos décadas del plan de George W. Bush del «Gran Oriente Medio» desde Marruecos hasta Pakistán (2004), Trump parece apostar ahora por una versión más reducida que busque equilibrar sus tentaciones unilaterales con un inevitable pragmatismo determinado por la realpolitik.

5.

Depender del petróleo sigue siendo un riesgo. Las secuelas geoeconómicas por el encarecimiento de los precios del petróleo y los desajustes para el comercio mundial derivados del cierre del estrecho de Ormuz obligarán a los países consumidores (EEUU, Europa, China) a reforzar nuevos socios energéticos (Venezuela, Azerbaiyán, Argelia) y acelerar los mecanismos de energía renovables para reducir su dependencia de países productores díscolos con sus intereses (Irán, Rusia).

La guerra de Irán ha reforzado la importancia estratégica de no depender de combustibles fósiles. Más allá de las cuestiones ambientales, los países apostarán por energías renovables para mantener su autonomía respecto a los países productores. Así mismo, el control del Estrecho de Ormuz, ruta por la que transita aproximadamente el 15% del comercio energético mundial, condicionará las relaciones entre EEUU e Irán debido a su importancia geoeconómica.

6.

Un nuevo modelo de guerra. Con ciertas similitudes con el conflicto de Ucrania, la guerra contra Irán ha consolidado una nueva estrategia bélica: la intervención de drones y otros sistemas de armas teledirigidos o autónomos, lo cual obliga a los países a rediseñar sus ejércitos, armas y planes operativos.

La guerra ya no es sólo cuestión de ejércitos, territorios, gobiernos, población y maquinaria militar-industrial. Comienzan a definirse las estrategias de guerra híbrida, proxy wars y ciberseguridad, cada vez con un mayor peso en las nuevas doctrinas de seguridad.

7.

Turquía y Egipto: ¿nuevos frentes de guerra? La escalada de conflictos en Oriente Medio obliga a actores como Turquía y Egipto a impulsar políticas de equilibrio y disuasión principalmente dirigidas a contrarrestar el expansionismo israelí.

No obstante, Tel Aviv no descarta aumentar las tensiones, incluso militares, con estos dos países que buscan emerger como nuevos centros de poder geopolítico.

La tragedia de Gaza afecta directamente a Egipto toda vez la posibilidad de expansionismo israelí hacia Líbano e incluso Siria generaría inestabilidad en Turquía. Ankara ya ha advertido a Tel Aviv ante esta posibilidad, lo cual ha llevado al peor nivel de relaciones entre ambos países. No se debe olvidar que en 1949, Turquía se convirtió en el primer país musulmán en establecer relaciones diplomáticas con Israel. Por su parte, Egipto siguió el ejemplo turco al reconocer a Israel en 1979 tras los Acuerdos de Camp David.

En Turquía observan igualmente con atención cualquier posibilidad de reinicio del irredentismo kurdo en Siria e Irak, tomando en cuenta que, en el caso del Kurdistán iraquí, esta entidad autónoma de facto mantiene niveles de cooperación con Israel y EEUU. El «Gran Israel» de Netanyahu contempla el debilitamiento de Turquía y Egipto, incluso argumentando la colonización de esos territorios.

De escenificarse una guerra entre Israel y Turquía debe recordarse que Ankara es miembro de la OTAN, lo cual comprometería a la Alianza Atlántica a la hora de invocar el artículo 5 de defensa colectiva ante el ataque contra uno de sus países miembro. Un escenario prospectivo clave para la seguridad global si tomamos en cuenta la actual crisis de relaciones transatlánticas, así como la anteriormente mencionada entre Trump y Netanyahu.

8.

Taiwán y Ucrania: ¿víctimas colaterales? China y Rusia tomarán nota de las dificultades militares de EEUU contra Irán principalmente a la hora de ampliar sus respectivas prioridades estratégicas en torno a Taiwán y Ucrania, ambas dependientes de la ayuda militar y política de Washington.

Así, Moscú y Beijing fortalecerán sus alianzas con Teherán, pieza estratégica clave para sus intereses en la región. Por otro lado, Rusia ha retomado la iniciativa en Siria vía acuerdos militares como el reabastecimiento de la base aérea rusa de Jmeimim. La visita a Beijing del presidente ruso Vladimir Putin reforzó la solidez de la alianza estratégica sino-rusa.

El Kremlin toma nota igualmente del distanciamiento entre Trump, la OTAN y Europa aunque las recientes elecciones parlamentarias en Armenia y los acuerdos militares entre Francia, Gran Bretaña y Alemania para seguir ayudando a Ucrania incluso con ataques directos en territorio ruso persuaden a Rusia a prepararse para una eventual guerra contra Europa.

En el caso de Taiwán, Beijing viene acelerando ejercicios navales y aéreos como evidente estrategia disuasiva hacia Taipei y EEUU. Tanto China como Taiwán calculan los efectos del atasco militar estadounidense en Irán y cómo este escenario puede repercutir en la capacidad estadounidense para defender a su aliado taiwanés ante una eventual intervención china en el estrecho.

9.

Europa en fuera de juego. La guerra de Irán ha confirmado la irrelevancia de la Unión Europea, condicionada ante la crisis transatlántica con EEUU, por su dependencia energética (Rusia) e incapacidad diplomática para la resolución de conflictos en Oriente Medio.

De ampliarse el escenario conflictivo regional (Irán-Israel; Líbano; Siria; Palestina; Ucrania), Europa podría verse nuevamente afectada por una crisis humanitaria de refugiados como la acontecida en 2015, pero ahora contextualizada por el auge político y electoral de populismos euroescépticos y antiinmigración dentro de la UE.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG. 

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ARMENIA: ¿UNA «NUEVA GEORGIA» PARA RUSIA Y OCCIDENTE?

Roberto Mansilla Blanco*

El pulso entre Rusia y Occidente por el control de las esferas de influencia en el Cáucaso vuelve a escena. Tanto Moscú como Europa preparan sus cartas con el foco en las elecciones parlamentarias de Armenia a celebrarse el próximo 7 de junio, donde se renovarán 101 escaños para el periodo 2026-2031.

Estos comicios suponen un test decisivo para medir la gestión del primer ministro Nikol Pashinián, cuya orientación prooccidental manifiesta un distanciamiento histórico con Rusia, el tradicional aliado armenio en el Cáucaso. Por otro lado, Pashinián deberá medir en las urnas el sentir popular ante la pérdida del enclave armenio de Nagorno Karabaj a manos de su rival histórico, Azerbaiyán, en la breve guerra acaecida entre ambos países a finales de 2023. Desde entonces unos 100.000 armenios huyeron del Karabaj para refugiarse en Armenia.

Macron cantando «La bohème» de Charles Aznavour acompañado a la batería por el primer ministro de Armenia Nikol Pashinyan. Imagen: Agnès Vahramian.

Por otro lado, este 4 de mayo dio inicio en Ereván, la capital armenia, la Cumbre de la Comunidad Política Europea (CPE), donde los principales líderes europeos, visiblemente liderados por el presidente francés Emmanuel Macron (impulsor de esta iniciativa en 2022) además de la presencia de Canadá, país con una importante diáspora armenia, han dado su visto bueno al europeísmo y atlantismo de Pashinián, manifestado en las intenciones armenias de ingresar en la UE y la OTAN. La inclusión de Canadá en este esquema no es casual: supone un toque de atención de Bruselas hacia Washington ante la necesidad de resetear la relación transatlántica o bien apostar por otros socios.

Rusia ya había advertido a Armenia de las consecuencias que supone este giro prooccidental. Moscú indicó la «incompatibilidad» a la que podría someterse Armenia que, como miembro de la Unión Económica Euroasiática (UEE), aspira a ingresar en la UE. Pero la desconexión rusa de Pashinián sigue adelante. En agosto pasado, Armenia anunció su intención de retirarse de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), coloquialmente calificada como la «OTAN rusa». En marzo de 2025, el Parlamento armenio aprobó abrumadoramente iniciar el proceso de adhesión a la UE.

El factor energético entra en el juego electoral

Así, Armenia se ha convertido en la nueva «frontera» geopolítica entre Rusia y Occidente. En este complejo juego de intereses el presidente ruso Vladimir Putin ya ha movido fichas. La derrota militar armenia frente a Azerbaiyán implicó para el Kremlin alienarse a favor de Azerbaiyán como disuasión contra los intereses prooccidentales de Pashinián. Con Nagorno Karabaj en proceso de reinsertarse dentro del territorio de Azerbaiyán, ambos países firmaron la paz en Washington en agosto de 2025, bajo la iniciativa del presidente Donald Trump.

Desde el punto de vista energético, Armenia es casi absolutamente dependiente de Rusia a través de la filial de la multinacional rusa Gazprom toda vez que la infraestructura gasífera armenia está prácticamente integrada a la rusa. Al mismo tiempo, Rusia es el principal socio comercial armenio y principal surtidor de energía. Según la Agencia Internacional de Energía (AIE), las importaciones armenias de gas y petróleo representan aproximadamente el 77% del suministro energético total. Moscú también posee una base militar en la localidad armenia de Gyumri, otro elemento disuasivo para sus intereses geopolíticos por el control del Cáucaso Sur.

Con la llegada de Putin al poder en 2000, Moscú ha utilizado, con notable asertividad, el factor energético como herramienta geopolítica de influencia en el espacio euroasiático. Esta política no ha estado exenta de tensiones como ha sido el caso de las denominadas «revoluciones de colores» en Ucrania y Georgia (2003), influyendo en diversas dimensiones el pulso ruso-occidental por el control de las rutas energéticas desde el mar Caspio.

Esta dinámica no pierde vigencia este 2026. El gobierno armenio anunció recientemente la posibilidad de retirarse de la OTSC y la UEE ante el alza del precio del gas ruso provocado por la crisis bélica entre EEUU e Irán. De cara a las elecciones parlamentarias armenias, y ante el giro prooccidental de Pashinián, el tema de la dependencia energética de Rusia muy probablemente se afianzará como un debate electoral en Armenia, con capacidad para influir en los apoyos políticos y electorales.

En esta perspectiva, el Kremlin muy probablemente agitará a su favor a sus aliados prorrusos en el país caucásico, desde sectores empresariales hasta la propia Iglesia Ortodoxa armenia. En los últimos meses se han observado tensiones entre el gobierno de Pashinián y la Iglesia Apostólica Armenia, liderada por Karekin II. Desde Rusia, la diáspora armenia ha reaccionado a favor de la Iglesia armenia, contando con el beneplácito del gobierno ruso, incluso a través de manifestaciones en Moscú, San Petersburgo, Krasnodar y Sochi, entre otras ciudades con numerosa presencia de la diáspora armenia.

Para el Kremlin, que mantiene una relación muy estrecha y políticamente estratégica con el patriarcado de la Iglesia Ortodoxa rusa, la instrumentalización de la polémica de Pashinián con la Iglesia armenia se erige como un argumento de peso para incitar a la diáspora armenia en Rusia a defender los «valores nacionales tradicionales» de Armenia y el reconocimiento de la «paternal tutela» de Moscú sobre Ereván.

En un país, Armenia, donde el peso político del lobby de su diáspora es relevante, este factor puede ejercer una influencia determinante en los comicios parlamentarios, en este caso hacia opciones tendientes a «suavizar» las relaciones con Rusia y condicionar la opción «prooccidental» del gobierno de Pashininán.

Las elecciones armenias y el precedente georgiano

Las elecciones parlamentarias armenias de junio próximo poseen un símil con las ocurridas en octubre pasado en la vecina Georgia, cuyo gobierno de Salomé Zhurabishvilli también manifestó un giro prooccidental y se jugaba estas cartas en unas elecciones parlamentarias.

A pesar de varios días de protestas en la capital Tbilisi contra lo que se catalogó como «interferencia rusa» en las elecciones parlamentarias, la opción vencedora fue la del partido Sueño Georgiano, el mismo al que pertenece Zhurabishvilli, pero ahora bajo el liderazgo de Míjeil Kavelashvili más proclive a reorientar sus prioridades geopolíticas hacia Moscú.

Kavelashvili, un ex futbolista de elite que abandonó Sueño Georgiano para fundar el Partido Popular, fue posteriormente elegido en votación indirecta como el nuevo presidente georgiano. Desde entonces, Tbilisi ha iniciado un proceso de distanciamiento con Europa, congelando las negociaciones de admisión iniciadas en 2023. De este modo, el Kremlin aseguró sus intereses en mantener a Georgia dentro de sus esferas de influencia y, al menos momentáneamente, fuera del alcance occidental.

Moscú aspira reproducir ese mismo prisma en las elecciones parlamentarias armenias. El partido de Pashinián, Contrato Civil, tiene como principal contrincante electoral a Samvel Karapetyan, un empresario líder del partido Armenia Fuerte, considerado afecto al Kremlin. Karapetyan se encuentra actualmente encarcelado por intento de sedición contra Pashinián y por presuntos vínculos de corrupción y mercenarios paramilitares.

Putin ha solicitado la participación de Karapetyan en las elecciones, pero la legislación armenia prohíbe la concurrencia electoral de personas con doble nacionalidad considerando que cuenta con pasaporte armenio y ruso.

El cordón sanitario de Putin

En Armenia, Putin espera lograr un triunfo geopolítico similar al acontecido en abril pasado en las elecciones parlamentarias en Bulgaria, que le dieron la victoria al prorruso ex presidente Rumen Radev. Toda vez que la reciente caída del gobierno conservador y europeísta de Illie Bolojan en Rumanía tras una moción de censura puede igualmente ser interpretado como una ganancia indirecta para Moscú.

Rumanía, miembro de la UE y la OTAN, lidera una posición favorable a la ayuda militar y financiera a Ucrania así como una tendencia antirrusa que puede revertirse en caso de nuevas elecciones. El Kremlin tiene intereses muy concretos en propiciar cambios de gobierno igualmente en la vecina Moldavia, país candidato a la adhesión a la UE con un gobierno europeísta y con el conflicto de Transnistria como un posible efecto expansivo del existente en Ucrania.

Con ello, Rusia intenta asegurar un «cordón sanitario» prorruso y «anti-UE y OTAN» desde el mar Caspio hasta el mar Negro, propiciando así un corredor estratégico para sus intereses y concretando una especie de Mare Nostrum ruso precisamente en el mar Negro, con la base naval de Sebastopol en Crimea como motor militar y ante las expectativas de controlar el puerto de Odesa, bajo soberanía ucraniana. En este esquema se incluye igualmente el acercamiento ruso al nuevo gobierno sirio como principal proveedor de petróleo. A pesar de las reticencias occidentales, Moscú y Damasco inician una relación más estrecha en la que Rusia preserva sus intereses en el país árabe, donde tiene dos bases militares y un acceso importante a aguas mediterráneas.

Este contexto motiva a Europa a apresurarse a mover fichas en Armenia. La cumbre en Ereván de la Comunidad Política Europea ha atendido las prioridades armenias en cuanto a la supresión de los visados para los armenios que visitan la UE con el fin de facilitar los intercambios tanto turísticos como comerciales. La cuestión es fundamental para el gobierno armenio dado que los europeos no precisan de visado para visitar Armenia.

Por otro lado está EEUU. La pax de Trump en Nagorno Karabaj se interpreta como la intención de Washington por retornar con fuerza al siempre inestable tablero geopolítico caucásico y jugar con fuerza sus cartas para atraer esferas de influencia con la intención de reducir la capacidad operativa de sus rivales ruso y chino.

Como lo viene siendo para Rusia después de la breve guerra en Nagorno Karabajo, el actor clave para EEUU es Azerbaiyán. En medio de la ofensiva estadounidense e israelí contra Irán, el vicepresidente D.J. Vance estuvo de visita en Bakú, un gesto simbólico que refuerza el papel de Azerbaiyán como actor de equilibrio en el Cáucaso. Para Bakú resulta esencial este peso geopolítico que le confiere ganancias en sus relaciones con Rusia, EEUU, Turquía e incluso Irán y China.

El fortalecimiento de Azerbaiyán es observado con recelo por su histórico rival, Armenia, razón por la que Pashinián ha acelerado los contactos con Europa para asegurar aliados que le permitan equilibrar el nuevo juego de poder en el Cáucaso al tiempo que le garantice los apoyos exteriores para una victoria en los comicios parlamentarios.

Y Europa, consciente de que no puede quedar atrás ante los nuevos equilibrios de poder global, busca en Armenia revitalizar su posición sin condicionantes desde Washington. Mientras Trump, fiel a su estilo manipulador, anuncia la retirada de 5.000 efectivos militares estadounidenses de Alemania profundizando la crisis interna en la OTAN mientras advierte de que va a reforzar la seguridad del transporte de mercancías en el estrecho de Ormuz, la UE busca en Armenia el «camino de Damasco» que le devuelva a la relevancia incluso recreando una nueva relación transatlántica vía Canadá ante la intransigencia de Trump. Pretensión tan legítima como ambiciosa pero sumamente compleja en este nuevo sistema de poder mundial donde un «neo-imperialismo» 2.0 comienza a cobrar forma.

Pero volviendo a la siempre turbulenta e imprevisible dinámica caucásica: ¿se convertirá Armenia en el nuevo peón occidental para reducir la influencia regional rusa?; por el contrario, ¿Moscú finalmente logrará reproducir una especie de «plan Georgia» que le permita recuperar su peso geopolítico en el Cáucaso? Con una Europa que busca su reivindicación (y reinvención) ante la crisis transatlántica y las amenazas de desconexión de Trump con la OTAN, ¿se advierte como inevitable un conflicto militar directo entre Europa y Rusia en un contexto que anuncia un nuevo tipo de guerra, menos convencional y más digital vía drones, IA y misiles hipersónicos?

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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ESE ESTRECHO TAN GRANDE

Roberto Mansilla Blanco*

Tras amenazar con «llevar a la edad de piedra» y «desaparecer una civilización en una noche», el estridente Donald Trump finalmente dio marcha atrás a sus amenazas aceptando un plan de paz de diez puntos ofrecido por Irán que, grosso modo, se erige como el hipotético vencedor de esta surrealista guerra de 40 días lanzada por Estados Unidos e Israel.

Entre otras, la propuesta iraní estipula reabrir por dos semanas el estrecho de Ormuz, ruta de tránsito del 20% del mercado energético mundial, a cambio de suspender durante ese tiempo los ataques. La propuesta también incluye demandas prioritarias para Teherán: levantar la totalidad de las sanciones occidentales y permitir el enriquecimiento de uranio. Washington, como su aliado israelí, insisten en que Irán no debe tener un programa nuclear. Otro foco de interés para Teherán es ampliar esta tregua hacia el Líbano, azotada por ataques israelíes.

Probablemente a instancias de Trump, Israel también aceptó el acuerdo pero dejando claro que el mismo no debe incluir al Líbano, la «nueva Gaza» que Netanyahu piensa ampliar dentro de su mesiánico y supremacista proyecto del «Gran Israel» que tanto entusiasma a Trump y su «línea dura». De hecho, y tras abrirlo brevemente una vez consumada la tregua, Irán volvió a cerrar temporalmente el estrecho de Ormuz tras los ataques israelíes contra posiciones del movimiento islamista Hizbulá, aliado iraní, al sur del Líbano.

Aceptar negociar con Irán cuando se amenazaba con su destrucción así como convencerse de que Teherán controla prácticamente la totalidad del tránsito en el estrecho de Ormuz implica para Israel y Estados Unidos una severa derrota militar y geopolítica, lo cual determina su descrédito ante el mundo. La oposición israelí interpretó esta situación como el «mayor desastre histórico», culpando a Netanyahu de no alcanzar ninguno de sus objetivos en esta guerra. Fuentes militares en Estados Unidos analizaron del mismo modo este contexto en cuanto a los planes de Trump.

Con el apoyo de Teherán, este acuerdo estuvo precedido por los incesantes esfuerzos de un actor exterior, Pakistán, que ya había presentado un borrador de negociación similar días antes de la decisión de Trump de desactivar el ultimátum contra Irán. A partir del 10 de abril, la capital pakistaní Islamabad acogerá la ronda de contactos entre Estados Unidos e Irán para avanzar en las negociaciones, un aspecto que fortalece el peso geopolítico de Pakistán.

Pero no es Pakistán el único actor detrás de este acuerdo. Turquía, Rusia y China ejercieron igualmente un factor de influencia. Moscú y Beijing votaron en el Consejo de Seguridad de la ONU contra la petición de Trump de reabrir el estrecho de Ormuz, argumentando que esa era más bien una decisión soberana de Irán. Así, el estrecho de Ormuz demostró ser un coloso geopolítico difícil de sortear, y más ahora ante la evidencia de un Irán que, resistiendo a las pretensiones imperialistas de Estados Unidos e Israel, se erige como el actor que controla el tráfico por ese estratégico espacio.

La tregua deja a Trump en un difícil contexto político, con su popularidad en caída en este 2026 electoral y una crisis dentro de su movimiento MAGA, con sectores contrarios a esta guerra. El alza desmesurada de los precios del combustible debido al cierre del estrecho de Ormuz aumentó el malestar social en Occidente contra esta guerra impopular. Por otra parte, los pretendidos planes de intervención militar directa en Irán tampoco contaron con el apoyo irrestricto por parte de los aliados regionales de Estados Unidos, en especial Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos o Catar, golpeados por las respuestas militares iraníes y persuadidos ante la posibilidad de una catástrofe global en caso de eventual invasión del país persa.

Con paciencia estratégica y una enorme capacidad de resiliencia, Irán logró asestar una victoria geopolítica contra sus principales enemigos, Estados Unidos e Israel, incluso desarticulando sus alianzas. Un ejemplo fue la posición europea, reacia a participar en este conflicto a tal punto que países como España e Italia no permitieron el uso de sus bases militares para los intereses de Trump. Aparcando su trumpismo, la primera ministra italiana Giorgia Meloni marcó distancias con Washington en cuanto al apoyo a esta guerra.

La surrealista aventura militar de Trump y Netanyahu se definió en un fracaso ante un Irán que demostró su capacidad militar, política, estatal y social para resistir y asestar golpes estratégicos contra objetivos regionales de Estados Unidos e Israel así como de otros rivales como Arabia Saudí, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos. La lección fue clara: Teherán puso «patas arriba» el comercio mundial y las pretensiones hegemónicas del desacreditado eje Trump-Netanyahu. Utilizó un arma geoeconómica como el estrecho de Ormuz para obligar a sus agresores a sentarse a negociar sus propuestas.

La paranoia de Trump y Netanyahu por el cambio de régimen en Teherán se confirmó como una falacia y una ilusión poco realista tomando en cuenta que, por convicción o por coacción, la población iraní se plegó a las exigencias del régimen teocrático, hoy visiblemente en manos del pretorianismo militar del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), que semanas antes de los ataques había tenido que afrontar protestas internas.

Los errores de cálculo de Washington y Tel Aviv fueron tan notorios como la asertividad de Teherán para resistir, responder y obligar a sus enemigos a sentarse en la mesa de negociación. Pese a la cruenta represión oficial de las protestas, la respuesta de los iraníes ante la guerra de Trump y Netanyahu fue claramente ilustrativa: defender con una cadena humana sus principales activos nacionales. El costo humanitario del eslogan trumpiano de «desaparecer a una civilización» muy probablemente persuadió a Washington para aceptar esta negociación a última hora.

Con todo, esta incierta tregua abre varios interrogantes: ¿desistirán Trump y Netanyahu en su empresa de destruir Irán?; ¿o se impondrá una táctica realpolitik que obligará a un reacomodo ante un nuevo statu quo? En este paranoico mundo de Trump, nada es seguro.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

 

Este artículo fue publicado originalmente en idioma gallego en Editorial Novas do Eixo Atlántico: https://www.novasdoeixoatlantico.com/ese-estreito-tan-grande-roberto-mansilla-blanco/.