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LOS «CISNES (CASI) NEGROS» DE LA GUERRA EN UCRANIA

Alberto Hutschenreuter*

Imagen: David Peinado en Pexels.

Los hechos perecerían indicar que la guerra en Ucrania ingresó en un tiempo de relativo «descanso». La fatiga de los contendientes, la falta de suministros para Ucrania, la crisis demográfica y económica en este país, las crecientes desavenencias en Occidente (y en Ucrania), la gravitación de China para Occidente, la guerra en Oriente Medio y las cuestiones económicas globales, tienden a sostener un escenario de continuidad en la que las estrategias defensivas y defensivas-ofensivas (en el caso de Rusia) marcan por ahora el nuevo ciclo.

Mientras Ucrania ha adoptado una estrategia cuyo fin es evitar que Rusia logre nuevas conquistas y reconquistas de territorio en el este y sur, Rusia se ha consagrado a rusificar culturalmente las denominadas «Nuevas Regiones» de la Federación, es decir, borrar toda expresión ucraniana del campo y de las ciudades; además, considerando tal vez un cese de fuego, las fuerzas rusas combaten por la captura de ciudades, como lo hizo recientemente en Avdiivka y antes en Meritopol y Mariúpol.

En este contexto, podría suceder que un cese de fuego dé lugar a un acuerdo sin triunfos ni derrotas categóricas para las partes. Si bien Moscú se quedaría con un 18 por ciento del territorio de Ucrania como «resguardo territorial» o «reparación geopolítica», Kiev «compensaría» la partición con la marcha (eventual) del país hacia las estructuras políticas, económicas y estratégicas militares de Occidente, el cual hasta la fecha no ha sostenido que la OTAN cesará su ampliación al este, postura que fue decisiva para que Moscú iniciara su Operación Militar Especial el 24 de febrero de 2022.

Los especialistas difieren sobre cuándo se podría alcanzar ese hipotético escenario.

Ahora bien, aunque sean éstos los escenarios que más están siendo considerados y debatidos, tal vez sea pertinente no abandonar del todo otros escenarios de cuño maximalista, al menos tenerlos en cuenta. Dado que no se trata de escenarios imposibles, aunque sí no esperados y de impacto mayor, serían algo así como «cisnes casi negros» en tiempos de guerra, según la difundida concepción del economista Nassim Nicholas Taleb.

Por un lado, un escenario relativo con una gran ofensiva (o re-ofensiva) rusa cuyo objetivo sea la captura de todo el territorio de Ucrania. Es decir, Moscú retomaría su concepción original relativa con la inexistencia del Estado ucraniano, como lo explicitó sin ambages el presidente ruso durante los días previos a la denominada por Rusia Operación Militar Especial: «Ucrania no es un país vecino para nosotros. Es una parte de nuestra historia, nuestra cultura y nuestro espacio espiritual».

Descartando de plano las denominada tesis «normandistas» que afirman que la fundación del primer Estado tiene su génesis en poblaciones vikingas escandinavas, el mandatario ruso volvió a repetir dicho enfoque en mayo de 2023, cuando insistió en que Ucrania «nunca existió en la historia de la humanidad hasta su creación por la Unión Soviética en 1922». Finalmente, en la reciente entrevista que ofreció al periodista estadounidense Tucker Carlson, Putin, además de sostener que el gobierno ucraniano y sus predecesores eran nazis, es decir, enemigos acérrimos de Rusia, se refirió una vez más al pasado de Ucrania como parte de Rusia, física y lingüísticamente.

Ahora bien, una ofensiva semejante por parte de Rusia solo podría llegar a darse si se produjera un colapso integral del Estado ucraniano, es decir, como consecuencia de reconquistas y avances rusos en el este, el país cayera en un estado de anarquía y convulsión que sería aprovechado por Moscú para tomar el control de Kiev.

Asimismo, dicho escenario supondría que Occidente finalmente adoptara la decisión de abandonar Ucrania a su suerte porque considera que su involucramiento directo provocaría una guerra total con Rusia. Pero es muy difícil que ello suceda, pues una cosa es la reluctancia y ralentización de la asistencia financiera y militar a Ucrania por parte de Occidente y otra permitir que Rusia logre semejante control geopolítico-militar en Europa del este, una de las tres principales placas geopolíticas del mundo. Ello resignificaría en términos estratégicos-territoriales la misma victoria de Occidente en la Guerra Fría, pues Rusia, el «Estado continuador» de la URSS (pero no sucesor), lograría entonces una ganancia de poder sensiblemente reparadora, más allá del colosal esfuerzo que significaría ello para su economía nacional en lento crecimiento.

Por otro lado, un escenario relativo con la reconquista de Ucrania de los territorios del este y sur. Sin duda, un escenario muy difícil de alcanzarse, pues ello requeriría no solo una voluminosa asistencia por parte de Occidente, sino la disposición de armas más poderosas de las que tuvo en su mejor momento de la guerra, por caso, más aviones de combate y misiles de rango superior a los estadounidenses ATACMS (160 kilómetros) y a los franco-británicos Storm Shadow SCALP-EG (350 kilómetros). Además, Ucrania debería encontrarse en una situación muy diferente del contexto con signos de colapso y sociopolíticamente cada vez más dividido que el actual.

De hecho, entre los formuladores de escenarios, la reconquista territorial prácticamente queda descartada. Además de nuevas capacidades y tiempo de entrenamiento, una de las posibles fallas en la ofensiva ucraniana del año pasado, Rusia tendría que hallarse en estado de debilidad y casi derrumbe, una situación que no es la de hoy precisamente, pues, más allá de las dificultades, el país se ha fortalecido internamente y en el frente, por ejemplo, como señalan los especialistas Michael Kimmage y Hanna Note, Rusia ha revitalizado sus sistemas de guerra electrónica y ha reconstruido su infraestructura y procesos de comando y control. Además, Rusia cuenta hoy con lo que se denomina una «mayoría global», esto es, países que la apoyan o bien realizan acuerdos con ella, comenzando por China, India, Turquía…

En breve, todo parecería indicar que la guerra en Ucrania ha entrado en un curso que difícilmente cambie, incluso si finalmente en Estados Unidos se destrabara la asistencia de 61.000 millones de dólares que con desesperación aguarda el régimen ucraniano.

La guerra ha llegado a un punto de fatiga, pero los contendientes no se encuentran en iguales condiciones: Rusia se ha robustecido y el factor tiempo y los recursos corren a su favor, mientras que Ucrania parece dispuesta a sostener la defensa y preparar una nueva ofensiva para 2025, aunque ello excede las posibilidades de Kiev, pues para lograrlo debería contar (en momentos de desplome demográfico) con una convocatoria no menor a los 400.000 soldados (el destituido general Valeri Zaluzhny habría pretendido 500.000) con un compromiso mayor de Occidente.

De todos modos, resulta pertinente considerar esos escenarios que aquí denominamos «cisnes casi negros». Además, más allá de las tendencias que parece mostrar la contienda, nunca podemos saber cómo terminará una guerra hasta que verdaderamente la misma haya terminado.

 

* Alberto Hutschenreuter es miembro de la SAEEG. Su último libro, recientemente publicado, se titula El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre, Almaluz, CABA, 2023.

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¿QUIÉN MANDA?

F. Javier Blasco Robledo*

Llevo muchos años de mi vida observando la evolución, el desarrollo y los cambios en el mundo que me rodea; en realidad, un período de algo más de sesenta años. En mi infancia y formación como profesional, durante la ajetreada vida en activo y hasta cuando me he dedicado a la nada desdeñable vida contemplativa ―como en estos momentos― y siempre, bien sea por interés personal o por deformación profesional, cada vez y lo que es peor, de forma creciente, resulto más atónito, desorientado y, por qué no decirlo, bastante más preocupado por la evolución y el desarrollo de los grandes y graves acontecimientos que suceden casi a diario y al observar las reacciones de mando y resolución que surgen en la Comunidad Internacional (CI), para corregir o paliar los efectos de los hechos.

Como ciudadano de un país de mediana capacidad y no muy acaudalado ―rodeado además de otros con mayor peso específico en la CI, bien por entidad propia o derivada de sus grandes capacidades o de las tradicionales alianzas y tendencias en las que están inmersos o por otro tipo de posibilidades militares diferenciadoras de los demás― ya desde muy pequeño, entendí que el mundo no andaba solo, algo o alguien llevaba las riendas y marcaba la marcha de las cosas y el devenir de los tiempos.

Analizándolo despacio, descubrí que existían países que dominaban a todos los demás o a otros de su entorno medio o cercano y que, en algunos casos, como consecuencia de grandes guerras o enfrentamientos que han producido millones de muertos y devastaciones de países enteros, se sintió la necesidad de crear organismos supranacionales, con el cometido y la «necesaria autoridad» para frenar las derivas, inclinaciones, insanas ambiciones o las poco decentes intenciones de países o sus protagonistas que, de modo intermitente, mostraban un deseo irrefrenable de ampliar sus propias fronteras o las conocidas como áreas de influencia e interés.

Tras varios siglos de dominios alternativos de los no pocos imperios que surgieron, crecieron y fenecieron en lo que hoy se conoce como Europa, África, Asia e incluso América y Oceanía, el mundo ha sufrido los efectos devastadores de grandes enfrentamientos entre países o coaliciones de ellos, todos sobrevenidos por la misma base que antaño, ampliar sus fronteras, por un afán de mejorar el prestigio internacional o para acaparar los frutos naturales que manan en otros territorios y que no existen o escasean en los propios.

Así, llegamos al siglo XX donde aquellas guerras, cada vez más generalizas y mortíferas, aumentaron en fuerza, gravedad e intensidad a manos de una serie de locos, déspotas o tiranos y, en cosa de treinta años, Europa, Asia, África y el Pacifico se convirtieron en grandes escenarios bélicos donde la barbarie y el terror alcanzaron cotas inimaginables. El mundo, casi de forma unánime, se involucró de una forma u otra en aquellos conflictos y su consiguiente barbarie.

Como suele ocurrir, de aquellos polvos vinieron unos lodos que, en este caso, por su novedad y hasta cierta aunque imperfecta «neutralidad y originalidad» por su alcance y la forma en la que toma sus decisiones, fueron capaces ―más o menos― de mantener un cierto grado de paz y tranquilidad a nivel mundial, aunque estas siempre fueron forzadas y adoptadas gracias, fundamentalmente, al equilibrio entre dos potentes bloques resultantes (la OTAN y el Pacto de Varsovia), con sus países satélites y las consecuentes grandes y costosísimas formaciones u organizaciones militares que emanaban de ellos como su propio y potente brazo ejecutor.

Organizaciones o bloques político militares que constituían los sólidos pilares sobre los que apoyaban sus decisiones y ordenes, al estar sazonados con amplios contingentes de tropas y grandes arsenales de armas de todo tipo ―de entre ellas, destacan las de destrucción masiva, principalmente las nucleares― que eran sin duda, las más importantes debido a sus capacidades de destrucción y de disuasión, dado el tristemente testado efecto desbastador que producían.

Si bien es cierto que estos bloques han jugado un papel muy importante en el mantenimiento de la paz por sostener o aplacar la mayor parte de los impulsos desmesurados fuera de tono o con poco quorum, pronto se pudo comprobar que no bastaba con su existencia para mantener con garantías y por si solos el mundo en paz, aunque dividido en dos grandes bloques ―por cierto, nada bien avenidos― ni para, de forma definitiva y coordinada, corregir los pasos de aquellos que, de vez en cuando y fuera de su control, sacaban la patita a relucir creando situaciones de suficiente desasosiego en los demás.

Por tanto, era preciso crear un super árbitro que, aunque se apoyara en ambos, mantuviera por propia iniciativa cierto orden y concierto entre la mayor parte de ellos y que estuviera respaldado, desde uno y otro lado, por todas las naciones del mundo o, al menos, las más importantes de entonces. La ONU.

En cualquier caso, y dado que el hombre es imperfecto, voluble y se suele cansar pronto de todo ―incluso de lo que le va bien― al margen de la ONU siempre ha habido una serie de figuras dominantes. Cabezas de Estado que, amparados en el respaldo de las propias capacidades militares de su país y allegados, han mantenido y ejercido la postura de árbitro o juez internacional y han procurado marcar las líneas de acción, o el camino a seguir no sólo para la solución de los conflictos, sino para evitar que llegaran a cabo y hasta han patrocinado las ayudas necesarias para derivar o disminuir los efectos de muchos conflictos.

Papel, que predominantemente ha estado en manos Estados Unidos y Rusia; cada uno de estos países y sus peculiares dirigentes, muy protagonistas han venido ejerciendo dicho papel en sus áreas vecinas y otras de interés o influencia; sobre todo, en razón a intereses estratégicos, energéticos, cercanías políticas o para crear las bases para asentar sus ideologías o, en muchos casos, los necesarios despliegues militares para cumplir y ejercer sus agendas conocidas u ocultas.

Durante décadas, otros países como China, la India, Corea del Norte, Israel, Pakistán, Siria, Irán, Marruecos y Turquía ―entre otros varios más― han mantenido y ejercido papeles más comedidos en el ámbito del liderazgo internacional y del papel a jugar en la marcha de la CI, salvo en casos de carácter muy local y casi siempre, en apoyo o muy cercanos a alguno de los dos mencionados líderes, pero nunca alzando la voz más que ellos.

Pero, el desgaste externo, y mucho más el interno, tras ejercer de forma prolongada el liderazgo y el enorme costo económico y militar real que ello supone, hacen que últimamente países como Estados Unidos ―aunque hasta ahora no haya sido lo normal― cuando la defensa o el mantenimiento de su tradicional política internacional ha pasado por «diferentes» manos, debido a razones muy subjetivas o por ciertos intereses espurios, hayan cambiado de opinión y variado sus rumbos y preferencias hacia cotas insospechadas y muchos de los aparentemente tradicionales e inamovibles escenarios donde venían ejerciendo su influencia, se cierren casi de la noche a la mañana, recojan sus trastos y aquellos «protegidos» parias sean dejados de nuevo, a su propia suerte o al albur de otros aletargados o poco activos enemigos internos o vecinos, quienes dada la presencia y el inquebrantable compromiso norteamericano anterior, no mostraban todo su grado y capacidad de intenciones.

Hoy en día, el número de «líderes» convertidos en demagogos, con pretensión internacional de carácter casi mundial proliferan por doquier, hasta cualquier mindundi se postula como el más importante, el más listo o el que ha encontrado la solución mágica para todo como el elixir de la vida, el dinero, la belleza y la salud; dan lecciones gratuitas y además contrarias a su ejercicio político habitual y no dudan a enfrentarse a colosos como Estados Unidos, la UE o Israel con mucho desparpajo; crean conflictos bélicos de alta intensidad y duración o ponen en peligro la marcha de la economía y el comercio mundial.

Bien es cierto que esto ocurre porque la ONU está totalmente desprestigiada; la UE está perdiendo todos los trenes que le puedan llevar a buen destino; Rusia ya no puede ni comerse un pez pequeño como Ucrania tras un conflicto de mucho desgaste y Estados Unidos esté de nuevo, sometido ―y a comienzos de un nuevo proceso electoral― a un desgaste de su poco favorecida casta política, de manos de un lunático que está perseguido por la Ley de su país y dirigido por un octogenario que empieza a tener problemas para distinguir entre la mano y el pie de cada lado, mientras Rusia continúa con su guerra sin que nadie sea capaz de pararlo, China empiece a pensar que le ha llegado su turno para dejar de ser un paria, a la que se unen otros que empiezan a buscar su acomodo como Irán, Pakistán y Turquía, o viejos-nuevos grupos terroristas que, con determinadas y potentes ayudas externas, están convulsionando el mundo actual.

Especial mención merece el estado de descomposición y podredumbre en el que se encuentra Europa y la UE, la escasez de verdaderos lideres con mayúscula o envueltos en escándalos de diverso pelaje, una dudosa y muy errática actitud política, nula capacidad militar común e importantes problemas económicos.  

Además, hay que añadir que todo ello ocurre en un momento, en el que la economía a nivel local y mundial se basa en agrandar sin límite la deuda y el déficit, que los cambios tecnológicos y climáticos y con la aparición de la llamada y revolucionaria Inteligencia Artificial se nos obliga a grandes cambios internos y externos e inversiones que no todos los países son capaces de seguir y mucho menos de digerir o superar.

Con todos estos mimbres o mar de fondo y con algún condimento local añadido, es más que lógico pensar que en muchos de los rincones del mundo proliferen, como setas, los verdaderos autócratas de pura cepa y que muchos de los dirigentes campen a sus anchas y sin temor a que nadie les rechiste o a sabiendas de que los comentarios o ligeras presiones externas que le pudieran llegar, no tendrán repercusiones reales en su mandato.

No hace falta irse muy lejos para comprobar y confirmar lo expuesto hasta el momento; nosotros los españoles tenemos a un presidente de gobierno que reúne todo lo anterior con tal de mantenerse en su sillón a toda costa; que pretende seguir firmando libros que, por cierto, no escribe; busca labrarse un acomodado futuro libre de cargas económicas y, mientras tanto, continúa alimentando su gran ego mediante paseos y conferencias por el mundo envuelto en una falsa aureola triunfalista.

Una persona que es el paradigma de los cambios de opinión en todo lo referente a la economía porque gasta sin mesura y, sobre todo, en política nacional e internacional; cambia o suprime las leyes que le estorban en su camino; anula mediante absorción y contaminación organismos estatales o judiciales ―que hasta ahora se suponían independientes― para convertirlos en verdaderos siervos y cumplidores de sus deseos; pacta con Bildu ―los verdaderos sucesores de ETA― o con partidos separatistas como Junts, Esquerra o el PNV y mantiene un gobierno altamente corrosivo, nocivo y totalmente inestable que, a duras penas, se mantiene gracias a continuas y graves concesiones políticas y económicas, las que, por mucho que el gobierno y sus partidos se empeñen en desmentirlo, ponen en grave peligro la identidad, entidad e integridad nacional, podrían constituir un ataque a la Constitución y a las entidades y organismos que configuran el esqueleto de lo que supone nuestro Estado de Derecho.

Visto lo visto dentro y fuera de casa, SINCERAMENTE debo confesar que no sé contestar a la pregunta que da título a este trabajo.

 

* Coronel de Ejército de Tierra (Retirado) de España. Diplomado de Estado Mayor, con experiencia de más de 40 años en las FAS. Ha participado en Operaciones de Paz en Bosnia Herzegovina y Kosovo y en Estados Mayores de la OTAN (AFSOUTH-J9). Agregado de Defensa en la República Checa y en Eslovaquia. Piloto de helicópteros, Vuelo Instrumental y piloto de pruebas. Miembro de la SAEEG.

 

CHINA Y EL MUNDO CONTEMPORÁNEO

Giancarlo Elia Valori*

Imagen: glaborde7 en Pixabay, https://pixabay.com/es/photos/bandera-china-shanghai-754582/

 

El estudio y análisis de las relaciones internacionales de otros países y pueblos es un requisito previo para el avance de la paz y un requisito intrínseco para promover la globalización y el respeto a la diversidad. Todo esto forma parte de los intercambios culturales mutuos que incluyen viajes y visitas de personas, así como la transmisión de experiencias, la influencia mutua de costumbres y tradiciones, la difusión de ideas, la política, la literatura, el arte, etc. Hay varios canales para los intercambios, como los enviados del gobierno, los ciudadanos que estudian en el extranjero, el comercio, los artesanos, etc. Las guerras y los encarcelamientos también proporcionaron canales para los intercambios relacionados con las relaciones internacionales.

A este respecto, recordemos cuando el veneciano Marco Polo fue capturado por los genoveses y dictado al pisano Amedeo Rustico, conocido como Rustichello, el conocido diario de viaje Il Milione (Los viajes de Marco Polo). Marco Polo trajo, entre otras cosas, el primer relato del mundo, fuera de las fronteras de Asia, de la vida completa de Buda, con la adición de la construcción de la estatua en su honor y la noticia de las ochenta y cuatro encarnaciones zoomorfas popularizadas por su padre.

Pero volvamos a nuestro tema. En los tiempos modernos, en esta era de profundización de la internacionalización económica y de las agrupaciones regionales, el papel de poder blando que desempeña la cultura se ha vuelto cada vez más importante en la proyección de la política exterior ―en particular― y de las relaciones internacionales. Por lo tanto, el fortalecimiento de los intercambios culturales entre Italia y la República Popular China y otros países es, por lo tanto, una parte esencial del proceso de modernización y avance que está dando pasos agigantados en su país en el desarrollo del pueblo chino: de esta manera, todos los países cosechan beneficios mutuos.

La profundidad y amplitud de los intercambios culturales entre la República Popular China y otros países varían, y el grado de influencia y los resultados alcanzados también cambian de una época a otra.

Sin embargo, son una necesidad histórica y el antiguo proceso de intercambios e interacciones del Imperio Medio siempre ha traído consigo razones para la convivencia y la paz. Los intercambios culturales y los viajes mutuos de grandes figuras políticas y ciudadanos comunes como yo fomentan:

    • la promoción de la cultura en el mundo, así como la expansión del atractivo y la influencia comunes, y mejorar la competitividad cultural de los países y la fuerza nacional general de cada Estado;
    • el conocimiento y la asimilación de los logros culturales sobresalientes de los diversos grupos étnicos y nacionalidades que conforman la República Popular China;
    • el aprendizaje mutuo entre las diversas culturas de nuestros dos países, aprovechando las fortalezas y debilidades de las partes, manteniendo la diversidad de la cultura mundial y promoviendo la prosperidad y el desarrollo;
    • el fortalecimiento de la amistad y el entendimiento mutuo entre los países y los pueblos, el fomento de relaciones amistosas y de cooperación con los pueblos de todos los Estados del mundo, la promoción de la paz y el desarrollo y la construcción de un futuro armonioso para todos.

El significado de todo esto se reafirma principalmente en los dos aspectos de la política exterior y las relaciones internacionales. La evolución del significado de estas dos características implica también la dirección del desarrollo en la satisfacción de las necesidades básicas del mundo, y frente al duro entorno natural, para mejorar la calidad de vida donde las personas nacen, crecen y trabajan.

Sobre la base de estos principios fundacionales de la coexistencia pacífica, me gustaría esbozar modesta y brevemente las políticas y la historia reciente de las relaciones internacionales de la República Popular China, tal como las he aprendido a lo largo de mi vida, tanto como estudiante como simple viajero, y en lecturas y reflexiones posteriores y gracias a los lazos de amistad que tengo el honor de mantener con los más altos dignatarios de China.

 

Los aspectos más destacados de la historia de China se pueden resumir en la comprensión del Partido Comunista de China que finalmente ha salido de las contradicciones estructurales y superestructurales que han acompañado su lucha centenaria por la redención del pueblo y de toda China contra el imperialismo occidental, el socialimperialismo ex soviético, el colonialismo y el neocolonialismo.

La República Popular China y el Partido Comunista de China están demostrando a los pueblos oprimidos por las superpotencias del pasado y de hoy que es posible liberarse de la dominación de terceros a través de la capacidad de confiar en las propias fuerzas, siendo ―como la propia China― países en desarrollo y emergentes. Esto significa luchar por el multipolarismo en un mundo que no debería tener colonizadores ni pueblos colonizados.

A través de su capacidad para resumir constantemente la historia y mantener siempre un equilibrio, el PCCh ha evitado los errores de otros partidos marxistas en otros países y ha sido capaz de lograr el éxito.

Los errores de los partidos comunistas ―al menos en Europa― fueron autoimponer un modelo que no era nacional, sino que se refería a Rusia: una forma de servilismo político y estratégico que, por el contrario, la República Popular China siempre ha tratado de evitar. Los líderes del Partido, del Estado y del Gobierno de los países del Pacto de Varsovia no se destacaron por su originalidad: las decisiones de Rusia resultaron ser decisivas y no hubo necesidad de ninguna iniciativa especial. Su función (con la excepción de Nicolae Ceauşescu ―de quien era amigo― que fue derrocado en 1989 por un golpe de Estado, preparado por la KGB de Gorbachov, y el albanés Enver Hoxha, que murió en su cama en 1985) fue simplemente una función coreográfico-institucional confinada a la ONU o a los desfiles conmemorativos.

Pero lo mismo se aplica también a los partidos comunistas de los países occidentales, de la OTAN o de fuera de la OTAN: de simples marionetas de Rusia, a una madre muerta, se han convertido en ‟sirvientes arlequín de dos amos”, como en la obra del dramaturgo del conciudadano veneciano Marco Polo, Carlo Goldoni (1707-93). Cambiaron sus nombres e inmediatamente se pusieron al servicio de los Estados Unidos de América. No habían producido nada original, excepto el “eurocomunismo”, es decir, una receta que ya se abría hacia la OTAN.

En el 30º aniversario del colapso de la Unión Soviética, celebrado en 2021, las diferentes decisiones tomadas por la República Popular China y la Unión Soviética en la construcción del socialismo plantean preguntas sobre sus diferentes destinos. Hay que decir de inmediato que, mientras que en la República Popular China el Partido Comunista de China siempre ha tenido una dialéctica ―incluso dura― entre las líneas políticas existentes en su seno, dando así la posibilidad de expresar la democracia participativa dentro del propio partido, como mencionamos anteriormente, en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. El monolitismo fue una característica constante cuando Stalin fue nombrado Secretario General del Partido Comunista (Bolchevique) el 3 de abril de 1922. Sin embargo, mientras Stalin seguía una línea política que convertiría a la URSS en una potencia mesiánica tanto económica, como política y militarmente, con el advenimiento de Jruschov, se abandonó el marxismo como centralidad del pensamiento, optando por la coexistencia pacífica, queriendo emular a los Estados Unidos desde el punto de vista de una carrera por la prosperidad, mientras que al mismo tiempo implementaba políticas fallidas tanto desde el punto de vista armamentístico como económico y en las relaciones internacionales, incluso mirando a la República Popular China como un adversario.

A principios de la década de 1960, se creó una nomenklatura que se suponía opuesta a la bjurokratja estalinista, pero que en última instancia cabalgaba sobre la parábola descendente ―de la que Brezhnev y sus sucesores fueron los sepultureros― de un Estado que ya no tenía nada que decir en términos de palingénesis ideológica y estructural. Conozco a muchos políticos de todo el mundo desde hace muchos años y he captado las diferencias entre los funcionarios del partido chino y los políticos occidentales. Los políticos chinos son personas que vienen de miles de años de historia. Son los herederos del emperador Qin Shi Huangdi, si no del emperador amarillo Xuanyuan Huangdi.

Son realistas y miran a los aspectos concretos y a los intereses de su propio país, de modo que se crea armonía entre los pueblos de la tierra, y nadie puede dominar a los demás. Los políticos occidentales, de los que se dice que son los herederos de la Revolución Francesa de 1789, no tienen nada de revolucionario, y lo que es concreto es su interés por el bienestar de los bancos y de las instituciones de crédito, incluso en detrimento del bienestar alcanzado después de la Segunda Guerra Mundial. Se engañan a sí mismos pensando que están creando una Europa unida, en la que ―por poner un ejemplo límite― ningún ciudadano toleraría jamás la supresión de su selección nacional de fútbol en favor de un club de fútbol europeo al estilo del crisol de razas. Los políticos europeos ―bajo la bandera de los derechos humanos al estilo estadounidense― favorecen últimamente las intervenciones militares en países lejanos, donde pueden establecer el dominio de su punto de referencia sin ningún escrúpulo.

Por el contrario, aprecio mucho más a los políticos estadounidenses que, aunque carezcan de la sabiduría, el refinamiento y la sofisticación de los de China, son personas que defienden los intereses de su país, sin responder a nadie, como Henry Kissinger. Con referencia específica a las actividades internas de la UE, los políticos europeos en general están muy atentos a lo que antes se llamaba el prurito de la burguesía y, como está escrito en el Evangelio de Lucas, “¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, déjame quitarte esa paja del ojo, cuando ni siquiera te das cuenta de la viga de madera que tienes en el ojo?’ Para nosotros, los italianos, el panorama es muy sombrío y se aleja de los grandes políticos del pasado, como Fanfani, Moro, Andreotti, Cossiga, Craxi y muchos otros de la oposición. Otro aspecto a analizar son los grandes tópicos, clichés y eslóganes de la sociedad occidental sobre el PCCh, y las formas en que han sido formulados.

El mayor lugar común de los políticos occidentales sobre el PCCh es que no es democrático. Para decir esto, obviamente asumen que la democracia “real” es la propia. La que lanza bombas sobre los pueblos para imponerla a los ignorantes, atrasados y dictadores que, sin embargo, no son sus amigos. Durante mucho tiempo, la imagen del PCCh en Occidente ha sido demonizada por los medios de comunicación y los políticos. Debemos considerar las razones por las que estas facciones occidentales realizan continuas y sostenidas campañas de desprestigio contra el PCCh.

Las campañas de desprestigio contra la República Popular China en realidad están dirigidas por Estados Unidos y los países de la OTAN y sus gobiernos no pueden hacer otra cosa ―a través de los medios de comunicación, las redes sociales, la prensa y las cadenas de televisión― que obedecer a la Casa Blanca. Creo que la opinión de los pueblos de estos Estados es muy diferente. Si se examina más de cerca, después del colapso de la URSS ―cuando la República Popular China aún no había emergido como lo ha hecho hoy― China no era aterradora pero, después de 30 años, las cosas han cambiado considerablemente y el enemigo público número 1 ―después del interludio musulmán― es de nuevo un marxista, es decir, el Partido Comunista de China y el país que lo expresa. No olvidemos la relación privilegiada de la República Popular China con los países en desarrollo, una cuestión que molesta mucho a los Estados Unidos y a los antiguos países colonizadores del pasado. Al prestar ayuda y asistencia a Estados extranjeros, la República Popular China siempre respeta la soberanía de los países receptores, sin condiciones, y persigue resultados con un enfoque de beneficio mutuo. La ayuda y la asistencia de China han aportado beneficios reales a los países en desarrollo interesados y han recibido su reconocimiento.

La llamada “trampa de la deuda” china es una narrativa que Estados Unidos y algunos otros países occidentales adoptan para difamar y calumniar a China, así como para interrumpir su cooperación con otros países en desarrollo. Como se señala en un artículo publicado en la revista The Atlantic, con sede en Boston, el 6 de febrero de 2021, “No hay trampa de deuda china”. La narrativa de la trampa de la deuda no es más que una mentira inventada por algunos poderosos políticos occidentales. El capital occidental es el mayor acreedor de los países en desarrollo. Según las estadísticas de 2022 del Banco Mundial sobre la deuda internacional, el 28,8 % de la deuda externa pendiente de África se debe a instituciones financieras multilaterales y el 41,8 % a acreedores comerciales compuestos principalmente por instituciones financieras occidentales. Estos dos tipos de instituciones poseen en conjunto casi tres cuartas partes de la deuda, lo que las convierte en los mayores acreedores de la deuda africana. Según el director de la Iniciativa de Investigación China-África (CARI, por sus siglas en inglés) de la Universidad John Hopkins en Baltimore, Maryland, después de revisar miles de documentos de préstamos chinos, principalmente para proyectos en África, el CARI no encontró evidencia de que la República Popular China empuje deliberadamente a los países pobres a endeudarse como una forma de apoderarse de sus activos u obtener una mayor voz en sus asuntos internos.

Los datos del CARI muestran que la República Popular China posee el 17% de la deuda externa total de África, mucho menos que Occidente. Ningún país africano se ha visto obligado a utilizar sus recursos estratégicos, como puertos o minas, como garantía para financiar la cooperación con la República Popular de China. No se ha visto obligado a utilizar sus recursos estratégicos, como puertos o minas, como garantía para financiar la cooperación con la República Popular China. Deutsche Welle, el canal internacional de noticias de Alemania, señala que la falta de pago de los países africanos no hizo que la República Popular China se apropiara del derecho a utilizar su infraestructura.

La cuestión de la deuda es, en esencia, una cuestión de desarrollo. La clave para resolver este problema radica en garantizar que los préstamos proporcionen beneficios reales. Tomemos como ejemplo a África. La financiación de los países occidentales para África se concentra principalmente en sectores no productivos, y la mayoría de los préstamos están vinculados a limitaciones políticas, como los derechos humanos y la reforma judicial. Los países occidentales no han logrado promover realmente el desarrollo económico, aumentar los ingresos fiscales del gobierno y mejorar la balanza de pagos. Más bien han servido como herramientas para controlar y causar daño a África (véase inmigración a Europa). La República Popular China siempre respeta la voluntad de los pueblos africanos y tiene presentes las necesidades reales de sus Estados. La inversión y la financiación chinas para África se concentran principalmente en la construcción de infraestructura y en sectores relacionados con la manufactura. Al entrar en el siglo XXI, la República Popular China ha estado trabajando de manera proactiva para apoyar el desarrollo económico de África y ha proporcionado una alternativa a los canales de financiación tradicionales del Club de París, un grupo informal de organizaciones financieras de los veintidós países más ricos del mundo, que procede con una llamada renegociación de la deuda pública bilateral de los países del Sur Global. El Fondo Monetario Internacional suele recomendar a los deudores después de que otras soluciones han fracasado. Sin embargo, la República Popular China ha ayudado a África a fortalecer su capacidad de desarrollo autosuficiente y autosuficiente y a marcar el comienzo de una edad de oro de crecimiento económico de alta velocidad durante dos decenios consecutivos. Otro estudio de RAND Corporation ―un think tank estadounidense, cuyo nombre proviene de la contracción de Investigación y Desarrollo― señala que, en esa región concreta de la Nueva Ruta de la Seda (la llamada Iniciativa de la Franja y la Ruta, BRI), tener un enlace ferroviario entre socios comerciales ha mejorado las exportaciones totales en un 2,8%.

La República Popular China concede gran importancia a la sostenibilidad de la deuda de los proyectos. En 2017 firmó los Principios Rectores sobre la Financiación del Desarrollo con 26 países participantes en la Ruta de la Seda. En 2019 la República Popular China publicó el marco de sostenibilidad de la deuda para los países que participan en la Ruta de la Seda. Sobre la base de la situación de la deuda y la capacidad de reembolso de los países deudores, y siguiendo los principios de consulta equitativa, cumplimiento de las leyes y reglamentos, apertura y transparencia, el marco tiene por objeto reforzar el seguimiento y la evaluación de los beneficios económicos, sociales y de medios de subsistencia de los proyectos, y canalizar los préstamos soberanos hacia zonas de alto rendimiento con miras a garantizar los rendimientos de los proyectos a largo plazo. China también ha realizado esfuerzos proactivos para reducir la carga que pesa sobre los países deudores. Según el Banco Mundial, entre 2008 y 2021, la República Popular China realizó 71 reestructuraciones de deuda para países de bajos ingresos. En 2020 respondió de manera proactiva a la Iniciativa de Suspensión del Servicio de la Deuda (DSSI, por sus siglas en inglés) del Grupo G20 ―un foro de líderes, ministros de finanzas y gobernadores de bancos centrales creado en 1999― suspendiendo el pago de más de 1.300 millones de dólares en deuda solo ese año, es decir, casi el 30% del monto total del G20, lo que lo convierte en el mayor contribuyente entre los miembros del G20. La República Popular China firmó acuerdos de suspensión de la deuda o llegó a un entendimiento mutuo sobre la suspensión de la deuda con 19 países africanos y participó activamente en la resolución de la deuda basada en casos para Chad y Etiopía en el marco común del G-20. Estados Unidos y algunos otros países occidentales, en lugar de tomar medidas propias, señalan con el dedo acusador a la República Popular China por haber proporcionado ayuda y asistencia. Esto ha causado mucho descontento entre varios países en desarrollo. Como ya se ha dicho, hoy en día la diferencia más significativa es entre la perspectiva internacional china y la perspectiva liberal occidental. El socialismo en sí mismo tiene un contenido ideológico, histórico y tradicional de integración y está dedicado a la búsqueda de la cooperación y la liberación de todos los pueblos de acuerdo con los cinco principios básicos de la Conferencia de Bandung (18-24 de abril de 1955), en los que la República Popular China ha basado consistentemente su política exterior:

    • Respeto a la soberanía y a la integridad territorial;
    • no-agresión;
    • no injerencia en los asuntos internos;
    • igualdad y beneficio mutuo;
    • coexistencia pacífica.

La perspectiva liberal, en cambio, aparentemente persigue la globalización, pero en realidad está impulsada por los países liberales-capitalistas occidentales que sirven a sus propios intereses y corporaciones. En estos momentos, los países desarrollados occidentales ―siguiendo estrictamente a Estados Unidos― aparecen como una fuerza antiglobalización, ya que encuentran que la globalización se desvía cada vez más de los deseos de quien los domina.

Es la misma historia de la Doctrina Monroe, que celebra su 200 aniversario en 2023. En el siglo XIX, el establishment estadounidense enfatizó que la Doctrina Monroe era parte del derecho internacional, pero una vez que Estados Unidos fortaleció su hegemonía en las Américas dejó en claro que la Doctrina Monroe no era un principio legal, es decir, que si no se cumplía un requisito específico, el gobierno de Estados Unidos debía responder a una intervención ilegal más allá del derecho internacional y eso sería vergonzoso. En conclusión, los países del mundo deben resolver primero los problemas del desarrollo, la pobreza y reducir los casos de fricción. Los problemas de seguridad global no tradicionales, como la seguridad alimentaria, la escasez de recursos, las explosiones demográficas, la contaminación ambiental, la prevención y el control de enfermedades infecciosas, las pandemias y los delitos transnacionales, solo pueden resolverse con el acuerdo de todos.

 

* Copresidente del Consejo Asesor Honoris Causa. El Profesor Giancarlo Elia Valori es un eminente economista y empresario italiano. Posee prestigiosas distinciones académicas y órdenes nacionales. Ha dado conferencias sobre asuntos internacionales y economía en las principales universidades del mundo, como la Universidad de Pekín, la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Yeshiva de Nueva York. Actualmente preside el «International World Group», es también presidente honorario de Huawei Italia, asesor económico del gigante chino HNA Group y miembro de la Junta de Ayan-Holding. En 1992 fue nombrado Oficial de la Legión de Honor de la República Francesa, con esta motivación: “Un hombre que puede ver a través de las fronteras para entender el mundo” y en 2002 recibió el título de “Honorable” de la Academia de Ciencias del Instituto de Francia.

 

Traducido al español por el Equipo de la SAEEG con expresa autorización del autor. Prohibida su reproducción.

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