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SEIS TRANSGRESIONES ESTRATÉGICAS Y GEOPOLÍTICAS QUE AYUDAN A ENTENDER LA CRISIS ENTRE OCCIDENTE Y RUSIA

Alberto Hutschenreuter*

La crisis que tiene lugar en Europa del este se debe, en buena medida, a la transgresión o quebrantamiento de al menos seis “leyes” estratégicas y geopolíticas históricas en las relaciones entre Estados.

La primera de ellas es parte casi elemental en la teoría de la guerra de Clausewitz: nunca se debe rebasar la línea de la victoria.

Esto significa que la Guerra Fría tuvo un ganador, Occidente. El triunfo fue categórico en todos los segmentos. Más todavía, lo fue tanto que la parte continuadora de la URSS, la Federación Rusa, acabó repudiando la ideología comunista soviética, adoptando el modelo capitalista y “siguiendo” al ex rival en materia de política exterior.

“La victoria otorga derechos”, sin duda. Occidente rentabilizó su triunfo y una de las estrategias para impedir que una Rusia restaurada se convirtiera (eventualmente) en un nuevo desafío fue ampliar la OTAN a los países eurocentrales y los tres del Báltico, siempre ajenos y reluctantes a Rusia. Entonces, la ampliación a Polonia, República Checa y Hungría fue considerada una medida comprensible.

Pero Occidente pronto decidió ir más allá, y prácticamente fue por todo. Pero al hacerlo traspasó la línea de su victoria, que nunca estuvo en duda. Llevar la OTAN más al este implicó algo peligroso: se comenzó a desestabilizar la seguridad internacional, puesto que dos de sus partes preeminentes (de las cuales una era y es la principal del globo) ingresaron en una fase de mayor discordia.

La segunda, siguiendo en clave estratégica, es la relativa con evitar la ruptura de la cultura estratégica.

Como consecuencia de lo anterior, la tensión aumentó y ambos poderes fueron tomando decisiones que los alejaron de lo que podemos denominar “cultura estratégica”, esto es, patrones de seguridad que las potencias evitan romper. Es decir, la rivalidad no incluye alterar equilibrios clave, por caso, en el segmento de las armas estratégicas.

Durante el tiempo de rivalidad, que comienza mucho antes de 2014 (Ucrania-Crimea), ambas partes han ido abandonando importantes tratados, por ejemplo, Estados Unidos se fue del Tratado ABM, un pacto firmado en 1972 fundamental para el equilibrio, nuclear. También se fue del acuerdo relativo con la eliminación de armas de alcance intermedio; mientras que Rusia consideró que este último había quedado obsoleto y, por tanto, su seguridad quedó afectada. Asimismo, Moscú dejó el régimen de control de plutonio.

Se trata de una novedad en la relación entre estos dos actores que en el pasado, en un estado de competición general, supieron mantener una cultura estratégica que los llevaba a negociar cuando el desequilibrio surgía. Ello explica los grandes acuerdos sobre armamento de los años setenta.

La tercera es no forzar órdenes internacionales.

La victoria de Occidente en la Guerra Fría fue, por entonces, una de tres. Las otras fueron sobre Irak, en 1991, y la predominancia del modelo económico, que fue en el que se basó la globalización en los “frenéticos noventa”.

Esa “globalización 1” estuvo marcada por lo que un francés denominó el modelo “neo-americano”. Y fue tan así que la política exterior de Clinton tuvo base esencialmente geoeconómica. Fue el tiempo del poder sutil de Occidente en relación con la obtención de ganancias de poder alrededor del mundo.

Luego sucedió el 11-S, y a partir de entonces el sistema internacional casi se identificó con los intereses estadounidenses y su lucha contra el terrorismo transnacional.

Pero el mundo cambiaba, y sin duda la principal razón era el surgimiento de China que reclamaba, como en los setenta, un sitio de jerarquía estratégica acorde con su ascenso.

Si bien hubo cooperación entre las potencias mayores frente a un enemigo que los acercaba, el terrorismo, situaciones como Irak, Libia y más tarde Siria los fueron separando, sobre todo en el Consejo de Seguridad de la ONU, donde nunca se pudo autorizar una intervención en Siria para salvaguardar los derechos del pueblo sirio.

Hoy no es posible continuar con bienes públicos internacionales creados hace casi 80 años. Es decir, aunque Estados Unidos es la única potencia rica, grande y estratégica del mundo, ya no puede regir e incluso tuvo serios problemas para alcanzar objetivos relativos con su seguridad nacional, por ejemplo, en Afganistán, de donde acabó retirándose.

Desde el marco más estratégico-militar, Rusia, China y otros cuestionan que la OTAN sea el “globo cop” u organización política-militar regional del multilateralismo. En 2022 se podría impulsar un nuevo concepto estratégico de la Alianza, y se teme que entonces la OTAN asuma nuevas misiones.

La cuarta consiste en respetar códigos o aprensiones geopolíticas rivales.

Los códigos geopolíticos están relacionados, según John Lewis Gaddis, con el pensamiento y la acción geopolítica de un país. Pero en esta situación, los códigos están asociados con el pasado y las sensibilidades territoriales de Rusia.

Rusia es un actor (básicamente) de geopolítica terrestre, y ello se explica en función de su notable extensión. Aunque en principio ello implica un activo de seguridad, la gran cantidad de países con los que limita Rusia, 16 países, más su encierro geográfico, siempre supusieron una cuestión o sensación de vulnerabilidad (e incluso fatalidad).

Por ello, para este país es fundamental contar con zonas de amortiguamiento. Aquí radica su activo geopolítico mayor. Contando con ello, Rusia puede defenderse de potencias extranjeras. “La guerra siempre viene del exterior”, sostiene el profesor Carlos Fernández Pardo. Y Rusia, como ningún otro país, siempre supo de ello.

En este contexto, intentar llevar la OTAN al inmediato oeste del territorio ruso es no conocer la historia geohistórica y geopolítica. Por ello, en 1997 George Kennan, el diplomático que apoyado en las ideas de Spykman propuso tras 1945 contener a la URSS, desaconsejó ampliar la OTAN más allá de lo conveniente.

La quinta es no alterar determinismos geográfico-geopolíticos.

Hay países que por su ubicación se enfrentan con algunas restricciones en materia de política exterior y de defensa. Básicamente, son actores-pivotes que lindan con poderes mayores. Pero ello no los convierte en vasallos de dichos poderes. Sólo deben desplegar una diplomacia calibrada que considere las sensibilidades geopolíticas del actor central en la zona.

Esto no sucede solamente con Ucrania, un país situado en una zona de fragmentación o de “actividad balcánica geopolítica”. Y no nos referimos a las nuevas tendencias que hablan de la “geopolítica subterránea”, es decir, temas medio ambientales, recursos bajo tierra, etc., es decir, temas “desprovistos” de intereses nacionales.

En este cuadro, Ucrania y Occidente no parecen reparar en esta cuestión: el país debe ser parte de la OTAN. No se admiten otras alternativas, hecho que trastorna el “cinturón de fragmentación” que ha sido y es Europa del este.

La sexta es no pensar estratégicamente el mundo.

La transgresión de “leyes” estratégicas y geopolíticas en relación con la región de Europa del este está reduciendo peligrosamente las posibilidades de pensar estratégicamente el mundo.

Tenemos dos actores, Estados Unidos y Rusia, que necesariamente serán partes clave de un orden o régimen internacional (sobre el que por ahora no hay indicios) y que hoy están confrontados. Cualquier cesión por parte de uno de ellos implicará para el otro ganancias de poder. En términos de un “desenlace plus o II” de la Guerra Fría, si Ucrania pasa a ser parte de la OTAN, entonces Occidente habrá logrado la victoria total; si Rusia lo impide, pacto de por medio, habrá obtenido una reparación estratégica y el presidente Putin elevará su popularidad.

Resulta difícil creer que el curso del mundo, es decir, la carencia de orden alguno, finalmente quede abandonado porque dos de sus partes de escala estratégica, que deberían estar trabajando en la construcción de un mundo estable y seguro, se encuentran en una situación con posiciones que van tornando el conflicto cada vez más irreductible.

Desafortunadamente, el pasado enseña no pocos casos de crisis que concentraron tensiones entre grandes poderes comprometidos en situaciones que se podían haber resuelto, hasta quedar estos poderes atrapados entre las fuerzas de la guerra.

La crisis entre Occidente y Rusia se debe a que se han venido omitiendo (e incluso despreciando) claves estratégicas y geopolíticas. Pero aún quedan oportunidades (muy estrechas) para que la historia, una vez más, no acabe castigando esas omisiones.

 

* Doctor en Relaciones Internacionales (USAL). Ha sido profesor en la UBA, en la Escuela Superior de Guerra Aérea y en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación. Su último libro, publicado por Almaluz en 2021, se titula “Ni guerra ni paz. Una ambigüedad inquietante”.

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LÍNEAS ROJAS, UCRANIA Y LA OTAN

Marcos Kowalski*

En un artículo de este autor de hace un tiempo se dijo: “La zona más complicada para las hipótesis de conflicto de Rusia es la llamada llanura europea, que se extiende desde los Países Bajos hasta los montes Urales una especie de embudo de oeste que se va ensanchando hacia el oeste alcanzando más de 2.000 Km cuando llega a la frontera rusa, convirtiendo dicho límite en una zona expuesta de grandes dimensiones”[1].

Recordemos que los sujetos del Derecho Internacional Público son las Naciones, los países. Y que a los efectos de preservar la paz y tras la creación en 1945 de la Organización de las Naciones Unidas (UN) se determinó que es el Consejo de Seguridad de ese organismo internacional, el único órgano autorizado para usar la fuerza. Pero la Carta de las Naciones Unidas plasmó en su artículo 51 el derecho a la legítima defensa de los Estados, es aquel que permite responder a los ataques militares de otro país para evitar más daños, asegurando, de esa forma, que los países pudieran protegerse a tiempo sin esperar una resolución del Consejo de Seguridad de la UN.

En teoría, el derecho de legítima defensa es subsidiario y provisional. El país afectado debe comunicar al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas las actividades que llevará a cabo y las mantendrá hasta que el organismo retome el control de la situación.

Una vez el Estado da el aviso, el órgano aprueba una resolución contra el país atacante siempre que los cinco miembros permanentes (Francia, el Reino Unido, Estados Unidos, China y Rusia) voten a favor. De lo contrario, el veto de cualquiera de ellos impedirá cualquier intervención. La legítima defensa nació precisamente para esquivar esta previsible parálisis.

El Consejo de Seguridad puede sancionar una aplicación de la legítima defensa que no atienda al requisito de necesidad, pues el Estado infractor habría usado la fuerza sin causa justificada. Sin embargo, si uno de sus cinco miembros permanentes realiza estas acciones, estas quedarían impunes con su veto a cualquier resolución condenatoria.

Por eso decimos que en teoría y mientras no se modifique la estructura del Consejo de Seguridad, un Estado puede invocar la legítima defensa solo cuando sea necesario, es decir, cuando un ataque extranjero en curso atente contra su integridad territorial o independencia política. Se aplica en caso de una agresión que comprenda acciones como la invasión, el asalto a buques, tropas o aeronaves, o el ataque a las fuerzas armadas.

Deja fuera otras acciones hostiles, como el bloqueo económico o los ciberataques y otras agresiones. Además, el contraataque del Estado víctima tiene que ser proporcional a la acción inicial y, si es posible, evitar usar la fuerza. En ningún caso podrá actuar con otra finalidad que la de protegerse, como aprovechar para conseguir nuevos territorios u otro tipo de beneficio.

El principio, el derecho de legítima defensa de las Naciones, puede activarse de forma individual si la aplica solo un Estado, o de forma colectiva, si varios países recurren a la fuerza para auxiliar al que ha sufrido el ataque. Para que esto suceda, es necesario que el país víctima solicite ayuda militar a sus aliados, pero también es habitual que se celebren tratados multilaterales sobre asistencia recíproca en materia de defensa, como el pacto que rige la Organización del Tratado Atlántico Norte o el más reciente AUKUS.

Con el tiempo, el uso de la figura ha cambiado, en especial tras los ataques del 11 de septiembre de 2001 en los Estados Unidos. Los atentados mostraron una nueva amenaza internacional y abrieron la veda para invocar la legítima defensa contra agentes no estatales, sobre todo grupos terroristas.

Esta interpretación tiene cabida cuando las agresiones militares de grupos armados se producen bajo las órdenes, control o financiación del Estado, y por tanto se les atribuyen. Es la variante que aplicó Estados Unidos en 2001 para invadir Afganistán en su guerra contra el terror de los talibanes. Estos formaban parte del aparato estatal y protegían en su territorio a los terroristas de Al Qaeda, el grupo de yihadistas responsable del atentado.

Mientras tanto, países como Rusia o Irán defienden el derecho a invocar la legítima defensa también ante sospechas fundadas de una agresión inminente. Ese principio de legítima defensa preventiva es el que aplicó Estados Unidos al invadir Irak en 2003. La Administración de George Bush argumentó entonces que el régimen de Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva listas para atacar a la superpotencia, aunque estas nunca se encontraron.

A pesar que La Corte Internacional de Justicia rechaza este principio porque elimina el requisito de necesidad y abre la puerta a ataques arbitrarios o desproporcionados, en enero de 2020 la Administración de Donald Trump reactivó la defensa preventiva para asesinar al general iraní Qasem Soleimani ante el temor de que estuviese desarrollando planes para atacar a militares y diplomáticos estadounidenses en Irak.

Es por eso que el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, criticó el formato actual del Consejo de Seguridad de la ONU. Según él, “el mundo es más grande que cinco” y “el destino de la humanidad no debe dejarse a merced de un puñado de países que ganaron la Segunda Guerra Mundial”, lo cual, afirma Erdogan, es una “injusticia del sistema global”.

Debemos convenir que todos tenemos puntos a no ceder en nuestra vida cotidiana; podemos, y de hecho lo hacemos, ceder en muchos de nuestros principios, ideas o puntos de vista, pero seguramente ni cambiaremos ni cederemos ante ataques a nuestra propiedad, pertenencia o a nuestra Fe, esto también es válido para la geopolítica.

Las naciones que, como dijimos, son sujetos del Derecho Internacional, tienen, además de sus límites geográficos, limites políticos, ideológicos o religiosos, una idiosincrasia nacional, una cultura y un inconsciente colectivo y todo eso es lo que hoy dice el presidente ruso Vladímir Putin, que Rusia no cederá y denomina “línea roja”.

En los últimos tiempos Joe Biden y Vladímir Putin muestran sus líneas rojas ante las negociaciones de enero. El presidente de Estados Unidos amenaza con sanciones a Rusia si interviene en Ucrania y Moscú; recuerda que considerará una agresión cualquier avance militar en el este de Europa. El problema que comenzó en el 2014 con la anexión de Crimea y el auspicio ruso a la rebelión del este ucranio, la región del Donbáss, contra Kiev por parte de Rusia, se agudiza día a día.

Rusia ya ha presentado sus exigencias para lograr lo que considera que son “garantías de seguridad”. Estas propuestas fueron publicadas por el Ministerio de Asuntos Exteriores el 17 de diciembre de 2021 y el silencio de Washington en los días siguientes impacientó al Kremlin.

Hace unos días, Putin celebró un encuentro con la cúpula del ejército en la que amenazó con tomar “medidas de represalia técnico-militares” si la OTAN protegía a Ucrania, entre otros países que Moscú considera bajo su órbita. “Necesitamos garantías vinculantes a largo plazo (…). Sabemos que, incluso con garantías legales, no se puede creer en Estados Unidos porque se retira con facilidad de los acuerdos internacionales”, advirtió a sus altos mandos Putin, comandante en jefe de la Federación de Rusia.

El Ministerio de Asuntos Exteriores ruso difundió un borrador con sus propuestas “para prevenir actividades militares peligrosas y reducir la probabilidad de incidentes entre sus fuerzas armadas”. Según la propuesta rusa, la Alianza Atlántica “asume la obligación de impedir una ampliación de la OTAN a otros Estados, incluida la adhesión de Ucrania”, y renuncia a hacer ejercicios militares en esa región, el Cáucaso y Asia Central.

Además, Moscú exige a la Alianza a que “se comprometa a no desplegar sus fuerzas armadas y armamento en territorio de todos los demás países europeos” y, en caso de amenaza a la seguridad, que los despliegues solo se hagan “con el consentimiento de todos los participantes”. Es decir, en una guerra como la del Donbáss, Rusia tendría que dar el visto bueno al envío de armas de Estados Unidos a Kiev.

En un sucinto comunicado, la Casa Blanca ha confirmado que Biden dejó claro a su homólogo ruso que Estados Unidos y sus aliados y socios responderán de manera decisiva si Rusia invade Ucrania. El presidente también expresó su apoyo a la diplomacia, mediante las tres reuniones previstas en enero. Biden reiteró que el progreso sustancial en esas mesas de diálogo solo puede darse en un escenario de desescalada, por lo que instó a Putin a reducir la tensión en la frontera.

Mientras que el gobierno de Kiev ha rebajado la tensión al afirmar que no ve una amenaza de agresión abierta por parte rusa. “Sí, hay un aumento de las fuerzas del Ejército. Pero no vemos una concentración importante en nuestras fronteras, como publican algunos medios en el extranjero”, matizó el secretario del Consejo de Seguridad y Defensa de Ucrania, Oleksiy Danílov, según la agencia Interfax[2].

Durante tres semanas de frenéticas negociaciones a varias bandas se ha dejado de manifiesto que Estados Unidos no desea mover ficha en solitario en este espinoso asunto. El secretario de Estado, Antony Blinken, contactó al respecto con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, y con sus homólogos británico, francés y alemán. El Kremlin, al contrario, se muestra más proclive a tratar directamente con la Casa Blanca, aunque a la vez insta a Estados Unidos a regresar a los acuerdos internacionales que el presidente Donald Trump abandonó.

En este contexto coyuntural, las cinco potencias nucleares (Rusia, Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y China) instaron a impedir que se desate una guerra nuclear en el mundo, lo que se desprende de la declaración conjunta, publicada en la web del Kremlin[3]. Sin embargo Putin dijo en una entrevista que “hasta cierto punto las líneas rojas son especulativas” pero “hay que observar lo que viene ocurriendo en los últimos veintitantos años” en las relaciones entre Rusia y Occidente, el “Occidente colectivo” para entender la actual crisis.

En definitiva, el presidente ruso califica de “línea roja” la ampliación de las infraestructuras de la OTAN en Ucrania. Por otro lado, la Cancillería rusa advirtió que el despliegue militar de la OTAN en Georgia es otra «línea roja» para Moscú ya que perjudicaría la seguridad del país. El Ministerio se pronunció de esa manera a pocas semanas del inicio de las conversaciones con la Alianza sobre las garantías en este ámbito. Por su parte, desde la UE insisten que “cualquier discusión” sobre la seguridad en Europa debe contar con la “participación” del bloque.

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ha confirmado que la reunión del Consejo Rusia-OTAN se celebrará el 12 de enero, según lo declaró a Reuters un funcionario de esa alianza militar. La fuente de la agencia señaló que “cualquier diálogo con Rusia tendría que proceder sobre la base de la reciprocidad”, así como “abordar las preocupaciones de la OTAN sobre las acciones de Rusia” con respecto a Ucrania, “en consulta con los socios europeos” de la alianza[4].

Concluyamos que es una difícil negociación, en el marco de una nueva guerra fría. Rusia por un lado y los Estados Unidos, la OTAN y Europa por el otro están intentando evitar un enfrentamiento que parecería anunciado, las maniobras en Ucrania, con participación de efectivos estadounidenses, los sobrevuelos de aviones de todos los actores y sus consecuentes intercepciones, las maniobras a gran escala de las fuerzas rusas, no son otra cosa de demostraciones de fuerza para imponer sus respectivas líneas rojas. Pero como siempre detrás de la pelea está el negocio, debemos tener presente los intereses de la provisión de hidrocarburos por parte de Rusia a Europa, la culminación y puesta en marcha del Nord Stream 2 que hace que Ucrania acuse a Rusia de utilizar el gas como arma política.

En un pacto —contrario a las reticencias de Estados Unidos sobre que el Kremlin pudiera utilizarlo como una herramienta de presión poniendo en peligro el suministro energético de Ucrania, por donde hasta ahora pasa el gas)— Alemania y Estados Unidos se comprometieron a sancionar a Moscú si Rusia restringía la entrega del gas a través de Ucrania o utilizara el hidrocarburo como arma política.

No solo los analistas sino el mundo entero y sobre todo Europa deberán estar muy atentos a la evolución de este conflicto. Las consecuencias pueden ser imprevisibles, las negociaciones muy complicadas, pero esperemos para el bien de todos que se lleguen a acuerdos que pongan fin a la amenaza de guerra en la región.

* Jurista USAL con especialización en derecho internacional público y derecho penal. Politólogo y asesor. Docente universitario. Aviador, piloto de aviones y helicópteros. Estudioso de la estrategia global y conflictos.

 

Referencias

[1] Marcos Kowalski. “Rusia. Historia e hipótesis de conflictos”. Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales (SAEEG), 05/09/2021, https://saeeg.org/index.php/2021/09/05/rusia-historia-e-hipotesis-de-conflictos/.

[2] María Antonia Sánchez-Vallejo, Javier G. Cuesta. “Joe Biden y Vladímir Putin muestran sus líneas rojas ante la negociación de enero”. El País (España), 30/12/2021, https://elpais.com/internacional/2021-12-30/joe-biden-y-vladimir-putin-muestran-sus-lineas-rojas-ante-la-negociacion-de-enero.html.

[3] “Rusia, EEUU, Reino Unido, Francia y China se comprometen a impedir una guerra nuclear”. Sputnik, 03/01/2022, https://mundo.sputniknews.com/20220103/rusia-eeuu-reino-unido-francia-y-china-se-comprometen-a-impedir-una-guerra-nuclear-1119956220.html

[4] “La OTAN confirma que la reunión con Rusia será el 12 de enero”. RT, 04/01/2022, https://actualidad.rt.com/actualidad/415801-otan-confirma-reunion-rusia.

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LA CRISIS DEL DERECHO INTERNACIONAL

Giancarlo Elia Valori*

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay 

La idea de promover la agenda de derechos humanos a imagen y semejanza de los principios de los países occidentales —como depositarios de la Verdad Absoluta— es contraproducente y directamente dañina en el Cercano Oriente, Oriente Medio y Asia Central, ya que no considera la experiencia histórica de estas regiones geopolíticas. Además, muchos expertos en Occidente hablan de tales temas, pero realmente no conocen la cultura o los idiomas locales. Por lo tanto, cuando escriben sobre estos países, se basan en los idiomas clásicos del imperialismo —inglés y francés— con todo lo que inevitablemente sigue en progresión geométrica.

El declive del sistema bipolar en las relaciones internacionales a principios de la década de 1990 fue acompañado por grandes expectativas de políticos y expertos, que soñaban con el advenimiento de un mundo basado en el estado de derecho. Una especie de Paraíso en la Tierra, donde todos de repente serían felices, y las guerras, pero ante todo el hambre, desaparecerían. Sus sueños, sin embargo, no estaban destinados a hacerse realidad, ya que las guerras se han multiplicado y el hambre se está cobrando más víctimas que nunca, con el espectro de las guerras que ahora se ciernen sobre los recursos hídricos.

Las especificidades de las relaciones internacionales están determinadas por los tres componentes más importantes: el derecho internacional, la geopolítica y la ideología. Los primeros sistemas de tratados internacionales aparecieron en el mundo antiguo: después de la batalla de Qadeš entre los egipcios y los hititas a finales de mayo de 1274 a.C. En 1.258 se concluyó un tratado justo con respecto a la tierra que se gobernaría alrededor de la frontera que Ramsés II no pudo mover más al norte que Qadeš. Pero la diplomacia, en el sentido moderno de la palabra, solo comenzó a tomar forma después de la Guerra de los Treinta Años de 1618-1648.

El 15 de mayo de 1648 los príncipes protestantes firmaron el primer tratado de la Paz de Westfalia, en Osnabrück, que marcó el final del conflicto entre Suecia y el Imperio de los Habsburgo. Los príncipes católicos más tarde firmaron dos tratados más en Münster (el 24 de octubre del mismo año).

Westfalia y, en mayor medida aún, el Congreso de Viena (1º de noviembre de 1814 – 9 de junio de 1815) que lo reemplazó, también se basó en tres componentes: la multipolaridad, el equilibrio de poderes y el concierto de poderes, lo que significó principalmente la importancia de las grandes potencias: Austria, Prusia, Rusia y el Reino Unido. En muchos sentidos, los mismos principios eran característicos del sistema Yalta-Potsdam, que determinó las relaciones entre las dos superpotencias durante la Guerra Fría. Las normas del derecho internacional se respetan sobre todo porque hay una fuerza detrás de ellas que no puede ser ignorada. Es por eso que la paz reinó en Europa y los intereses de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y los Estados Unidos de América chocaron principalmente en los países de la periferia, es decir, al trasladar la Segunda Guerra de los Treinta Años (1914-1945) a los países del Tercer Mundo y a los Balcanes, para que las industrias de guerra de Occidente y Oriente tuvieran sus teatros de guerra como salidas para sus armas. Poco podría hacer la República Popular China definiendo tanto a los primeros como a los segundos socialimperialistas como imperialistas tout court, y tildándolos a ambos de hegemonistas. En la década de 1990 el mundo cambió. Se convirtió en “centrado en Estados Unidos”.

Después del colapso de la Unión Soviética, los Estados Unidos de América se convirtieron en la única superpotencia que asumió la responsabilidad del destino de la humanidad, es decir, de su propio “destino manifiesto”. El concepto del “fin de la historia”, desarrollado por el famoso politólogo estadounidense y profesor de la Universidad Johns Hopkins, Francis Fukuyama —aunque criticado por algunos expertos en los Estados Unidos de América— no ha sido revisado seriamente. A su vez, las diversas guerras en Asia, Yugoslavia y la difícil situación en África (el genocidio en Ruanda en 1994, en medio de la indiferencia de las Naciones Unidas y múltiples guerras locales) plantearon la cuestión del derecho a interferir en los asuntos internos de los países para proteger los derechos humanos.

La situación en la antigua Unión Soviética también cambió. Los líderes locales parecían estar decidiendo abandonar su soberanía por completo e integrarse en la medida de lo posible en las estructuras políticas occidentales.

Vale la pena mencionar la conversación entre el ex Presidente de los Estados Unidos de América, Richard Nixon (el último gran Presidente de los Estados Unidos), y el ex Ministro de Relaciones Exteriores de Boris Yeltsin, Andrey Vladimirovič Kozyrev, en junio de 1992. Cuando el presidente Nixon le preguntó cómo el gobierno ruso decidió las prioridades nacionales de su país, Kozyrev respondió que sus líderes se guiaban por valores universales: “¿Probablemente usted, como amigo de la democracia rusa, ayudará a formular estos intereses?”, preguntó Kozyrev. El ex presidente de los Estados Unidos respondió brevemente que no se comprometería a hacerlo, con la esperanza de que el Ministro los formulara él mismo. Sin embargo, después de que el presidente Nixon dejó el Ministerio de Relaciones Exteriores, no pudo resistirse a afirmar que era poco probable que tal Jefe de la diplomacia rusa pudiera ganarse el respeto de sus compatriotas.

La idea principal de los Estados Unidos de América, después del colapso del sistema bipolar, era tomar medidas para evitar la aparición de competidores serios en el ámbito internacional, especialmente en Eurasia. Ese esfuerzo, sin embargo, ocultaba una contradicción estructural: el mundo es demasiado complejo y diverso para ser controlado por un solo centro. La humanidad se enfrenta actualmente a situaciones en las que el sistema de derecho internacional es cada vez menos funcional.

Las potencias en la arena mundial se han visto alteradas y, sin el respeto del derecho internacional por todos, es imposible hablar de la existencia de un sistema de equilibrio, sino sólo del derecho mundial, considerado como una construcción únicamente en interés del país hegemónico, cuyo papel es cada vez más reclamado por los Estados Unidos de América.

La razón de la crisis en la que la diplomacia mundial se tambalea ahora son las ambiciones exorbitantes de Estados Unidos, que se han expresado en el intervencionismo “liberal” del Partido Demócrata y la ideología neoconservadora del Partido Republicano.

El ascenso económico de la República Popular China, así como la creación de las bases de política exterior por parte de la Federación de Rusia, que se ha recuperado de las consecuencias de la “terapia de choque” y la venta de cuasi-liquidación operada por Yeltsin, ha sentado gradualmente las condiciones para la creación de las bases de una nueva multipolaridad en el equilibrio de poder. El problema radica en el hecho de que es extremadamente desventajoso para los Estados Unidos reconocer esta nueva realidad, porque la posición única de los Estados Unidos después del final de la Guerra Fría le trajo considerables dividendos económicos y políticos. Además, la Casa Blanca dominó nuevos mecanismos para controlar las actividades de sus socios. Por ejemplo, muchas de las tecnologías estratégicamente importantes que muchos países necesitan se encuentran basadas en patentes de Estados Unidos.

Obviamente, para los Estados Unidos de América, la intensificación de la política exterior rusa desde la segunda mitad de la década de 2000 ha sido en muchos sentidos una revelación desagradable. Mientras que la República Popular China se desarrolló gradualmente, por el momento sin criticar a los Estados Unidos en temas controvertidos, la posición de Rusia, comenzando con el discurso de Vladimir Putin pronunciado en Munich en 2007, y especialmente después de la entrega de Crimea a la patria en 2014, comenzó a ser percibida por la Casa Blanca como un desafío destinado a restaurar la influencia perdida en Eurasia y el mundo en su conjunto.

¿Fue posible evitar el conflicto, que condujo a choques de intereses entre los Estados Unidos-OTAN y Rusia en el territorio de Georgia, Ucrania y Siria? Algunos expertos piensan que sí. El conocido politólogo británico, Richard Sakwa —profesor de la Universidad de Kent— señaló que el principal problema de Occidente es que durante muchos años no encontró mecanismos efectivos para integrar a países como Rusia y la República Popular China en la órbita de sus valores. Desarrollando esta idea, podemos ver que las condiciones para tal asociación deberían haber sido discutidas en pie de igualdad y no impuestas desde afuera.

¿Habrá un político en la Europa de hoy que sepa cómo volver a la cooperación y el compromiso con Rusia, reviviendo la idea de De Gaulle de una “Europa del Atlántico a los Urales”? En Italia ciertamente no; probablemente en Francia y Alemania. Mientras que, en general, los políticos actuales de la UE —excepto cuando intentan prohibir decir “Feliz Navidad”, por razones de inclusión políticamente correcta— están más interesados en servir a los intereses de los Estados Unidos.

Por lo tanto, la razón de la alienación surgida entre Rusia, la República Popular China y Occidente radica en la arrogancia de los llamados países desarrollados, que en realidad niegan a los demás la existencia de prioridades nacionales, imponiendo así —como buen Gauleiter— la esfera de interés de terceros.

El desarrollo de las relaciones de Rusia con los países orientales, y especialmente con la República Popular China, tiene por objeto compensar las pérdidas que Rusia ha sufrido como resultado de su confrontación con Occidente. Sin embargo, según algunos expertos, China no confía plenamente en la actual élite política rusa. Las complicaciones actuales en sus relaciones con los Estados Unidos y la Unión Europea a veces se ven aquí como nada más que contraste y oposición, que pueden terminar tan pronto como los políticos occidentales ofrezcan una compensación decente. Todo esto con la esperanza de que luego la Federación de Rusia cambie a una política anti-china consistente. Tales temores no son irrazonables, pero es poco probable que el lobby antirruso en el Congreso de los Estados Unidos encuentre estrategas lo suficientemente sutiles como para garantizar tal división.

Actualmente mucho depende de la política de la Casa Blanca. No se puede descartar que las acciones inciertas del presidente de los Estados Unidos —véase la huida literal de Afganistán— probablemente ayuden a aclarar la plataforma sobre la cual surgirá un concepto diferente de política exterior de los Estados Unidos. Un concepto que probablemente se adapte mejor a la realidad cambiada, ya que la pérdida de poder y confianza de los aliados se vio inevitablemente socavada en Afganistán.

Cada año resulta cada vez más evidente que el mundo moderno necesita nuevas bases de valor para su desarrollo. Con todos los reconocidos méritos de la democracia liberal, abandonará el escenario histórico. Pero, ¿qué conceptos lo reemplazarán y ayudarán a la humanidad a salir de la crisis? ¿Habrá algún modelo de meritocracia o transhumanismo, que ahora está de moda en ciertos círculos? Es demasiado pronto para responder a esta pregunta de manera definitiva. El hecho es que, un cuarto de siglo después del final de la Guerra Fría, ha resurgido la enemistad ideológica entre Europa y Rusia. Una razón importante de su aparición radica en los esfuerzos de Estados Unidos para evitar el resurgimiento de la idea de “Europa desde Lisboa a Vladivostok”. Con el fin de sentar las bases para superarlo, debemos reconocer el derecho de la Federación de Rusia y de la República Popular de China a seguir una línea de política exterior independiente y a intensificar los contactos con Rusia y China en el marco de los proyectos de integración de multilateralismo que había asegurado la estabilidad hasta la implosión de la Unión Soviética (25 de diciembre de 1991).

 

* Copresidente del Consejo Asesor Honoris Causa. El Profesor Giancarlo Elia Valori es un eminente economista y empresario italiano. Posee prestigiosas distinciones académicas y órdenes nacionales. Ha dado conferencias sobre asuntos internacionales y economía en las principales universidades del mundo, como la Universidad de Pekín, la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Yeshiva de Nueva York. Actualmente preside el «International World Group», es también presidente honorario de Huawei Italia, asesor económico del gigante chino HNA Group y miembro de la Junta de Ayan-Holding. En 1992 fue nombrado Oficial de la Legión de Honor de la República Francesa, con esta motivación: “Un hombre que puede ver a través de las fronteras para entender el mundo” y en 2002 recibió el título de “Honorable” de la Academia de Ciencias del Instituto de Francia.

 

Traducido al español por el Equipo de la SAEEG con expresa autorización del autor. Prohibida su reproducción.

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