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160 MILLONES DE GRADOS CENTÍGRADOS ALCANZADOS EN CHINA: EL SOL ARTIFICIAL

Giancarlo Elia Valori*

Xinhua

Los investigadores chinos han dado otro paso importante en el desarrollo de la fuente de energía definitiva para la fusión nuclear.

El 28 de mayo, el Superconductor Experimental Avanzado Tokamak (EAST), conocido como el “sol artificial”, que opera en el Instituto de Ciencia de Materiales en Hefei (Academia China de Ciencias), alcanzó el nuevo límite de la temperatura más alta jamás registrada en el planeta.

Alcanzó ciento veinte millones de grados centígrados, durante un minuto y 51 segundos. EAST también logró mantener una temperatura de 160 millones de grados centígrados durante 20 segundos. Este es un pico más alto que el del núcleo del sol, que puede alcanzar un límite de 15 millones de grados centígrados.

Un tokamak (ruso: toroidal’naja kamera s magnitnymi katushkami: acrónimo ruso de “cámara toroidal con bobinas magnéticas”) es un dispositivo que utiliza un poderoso campo magnético para confinar el plasma en forma de toro. El toro es un dispositivo en forma de anillo en el que un gas caliente y enrarecedor (generalmente hidrógeno, en el estado de plasma) se mantiene cohesivo y alejado de las paredes internas por un campo magnético creado por electroimanes fuera de la cámara. Fue conceptualizado e inventado originalmente en la década de 1950 por el profesor soviético Sadyk Azimovič Azimov (1914-88) y otros en el Instituto Kurčatov en Moscú.

El dispositivo experimental de fusión nuclear de China fue creado en 1998 y se llamaba HT-7U en ese momento. Con el fin de facilitar el pronunciamiento y el recuerdo, además de tener un significado científico preciso para los expertos nacionales y extranjeros, el HT-7U pasó a llamarse oficialmente EAST en octubre de 2003.

En 2006, el proyecto EAST se completó de manera definitiva con mayor calidad. En septiembre-octubre de 2006 y en enero-febrero de 2007, el dispositivo EAST realizó dos depuraciones de descarga y logró con éxito plasmas de alta temperatura, estables, repetitivos y controlables con varias configuraciones magnéticas.

EAST tiene un mecanismo de reacción de fusión nuclear similar al del sol. Su principio de funcionamiento es agregar una pequeña cantidad del deuterio o tritio del isótopo de hidrógeno a la cámara de vacío del dispositivo y generar plasma a través de un principio similar a un transformador, luego aumentar su densidad y temperatura para causar una reacción de fusión, un proceso que genera una enorme energía.

A lo largo de los diez años transcurridos desde su construcción, EAST ha avanzado continuamente en la búsqueda de la fusión nuclear controlable.

En 2009, la primera ronda de pruebas EAST fue exitosa, poniendo así a China a la vanguardia de la investigación de la fusión nuclear. En febrero de 2016, las pruebas de física de EAST hicieron otro gran avance, logrando la duración de temperatura más larga que alcanza los 50 millones de grados.

En 2018, EAST alcanzó una serie de hitos importantes, incluidos 100 millones de grados. Esto significa que la humanidad ha hecho otro gran avance en sus esfuerzos por convertir la fusión nuclear en energía nueva, limpia e inagotable.

La energía es la fuerza impulsora fundamental detrás del funcionamiento de todos los aspectos de la vida. La energía utilizada hoy en día tiene muchas deficiencias y no puede satisfacer plenamente las necesidades humanas, mientras que la energía de fusión nuclear se considera la energía ideal por excelencia.

Según los cálculos, el deuterio contenido en un litro de agua de mar puede producir el equivalente a la energía de 300 litros de gasolina, liberada después de la reacción de fusión nuclear, además del hecho de que el producto no es dañino. Aunque no es una “máquina de movimiento perpetuo”, la fusión nuclear puede proporcionar energía durante mucho tiempo. Como el héroe de Marvel, Iron Man, que puede confiar en el pequeño reactor en su pecho, también se pueden obtener materias primas del agua de mar a un costo extremadamente bajo.

La primera condición para la fusión nuclear es mantener el combustible en el cuarto estado de la materia, después de sólido, líquido y gaseoso, es decir, el estado del plasma.

Cuando la temperatura del plasma alcanza decenas de millones de grados centígrados o incluso cientos de millones de grados, el núcleo atómico puede superar la fuerza repulsiva para llevar a cabo la reacción de polimerización. Junto con una densidad suficiente y un tiempo de confinamiento de energía térmica suficientemente largo, la reacción de fusión nuclear es capaz de continuar de forma constante.

Sin embargo, es particularmente difícil lograr tanto la temperatura de cientos de millones de grados centígrados como el control de confinamiento a largo plazo de la estabilidad del plasma.

Si bien reconocemos que la fusión nuclear es el objetivo final para resolver el problema de la energía futura de la humanidad, existe cooperación y competencia en la investigación internacional.

Una muestra de cooperación es que el 28 de julio de 2020 se celebró en Francia una ceremonia para lanzar el gran proyecto de instalación del Reactor Termonuclear Experimental Internacional (ITER). El proyecto ITER es ejecutado conjuntamente por China, la República de Corea (Corea del Sur), el Japón, la India, Rusia, la Unión Europea y los Estados Unidos.

El 28 de diciembre de 2020, Korea Superconducting Tokamak Advanced Research (KSTAR) de Seúl estableció un nuevo límite mundial en ese momento y su ionómero mantuvo una temperatura de más de 100 millones de grados durante 20 segundos.

A principios de 2018, el Centro de Ciencia y Fusión de Plasma del Instituto de Tecnología de Massachusetts había comenzado a diseñar y construir un reactor de fusión compacto robusto asequible con financiación privada más rápido / más pequeño, más avanzado que ITER, con un volumen decenas de veces menor y significativamente reducido en costo. Pero queda por ver si pueden lograr este objetivo. Los investigadores chinos han logrado avances significativos en este campo y han dado otro paso importante hacia la obtención de energía a partir de la fusión nuclear.

En el futuro, si se logra la capacidad de producción y el suministro energético del “sol artificial”, será otra revolución tecnológica que puede promover el progreso social aún más que la revolución industrial que, de hecho, significó el inicio de la contaminación para el planeta y la explotación por parte del capital. Aunque todavía queda un largo camino por recorrer antes de la construcción del puerto naval en Júpiter descrito por el escritor chino Liu Cixin en su novela El problema de los tres cuerpos (San Ti), la humanidad está avanzando en el camino hacia la fusión nuclear controlable.

La energía de fusión nuclear tiene ventajas excepcionales en la producción de recursos sin emisiones de carbono, por lo que es limpia y segura. Es una de las fuentes de energía ideales para la humanidad en el futuro, y puede contribuir significativamente a lograr el objetivo de eliminar dicho carbono. Las dos mayores dificultades para generar energía a partir de la fusión nuclear radican en alcanzar regularmente cientos de millones de grados, y en la ignición estable y el control del confinamiento a largo plazo.

Por el momento, múltiples condiciones extremas están altamente integradas y combinadas orgánicamente al mismo tiempo, pero esto es muy difícil y desafiante. Al alcanzar el récord, es la primera vez que el dispositivo EAST ha adoptado tecnologías clave como la primera pared activa totalmente metálica refrigerada por agua, así como el deflector de tungsteno de alto rendimiento y los estados de calentamiento de olas de alta potencia.

En la actualidad, existen más de 200 tecnologías básicas y casi 2.000 patentes en EAST, que reúnen tecnologías de vanguardia como ‘ultra alta temperatura’, ‘ultra-baja temperatura’, ‘ultra-alto vacío’, ‘ultra-fuerte campo magnético’ y ‘ultra-alta corriente’.

La potencia total es de 34 megavatios, lo que equivale a unos 68.000 hornos microondas domésticos que se calientan juntos. Para que coexistan 100 millones de grados centígrados y -269 °C, es necesario utilizar un “vacío ultra alto” con una intensidad de aproximadamente una centésima parte de la milmillonésima parte de la presión atmosférica superficial adecuada para el aislamiento. Con el fin de apoyar este complejo sistema extremo, casi un millón de piezas y componentes trabajan juntos en EAST.

El nuevo récord EAST demuestra aún más la viabilidad de la energía de fusión nuclear y también sienta las bases físicas y de ingeniería para la comercialización.

La energía en la tierra, almacenada en forma de combustibles fósiles, viento, agua o animales y plantas, proviene originalmente del sol. Por ejemplo, los combustibles fósiles evolucionaron a partir de animales y plantas hace millones de años, y su energía proviene en última instancia de la energía solar almacenada por la fotosíntesis de las plantas en la base de la cadena alimentaria. Por lo tanto, independientemente del tipo de energía utilizada por los seres humanos, en última instancia, utilizan la energía solar que proviene de la fusión nuclear.

Si la humanidad pudiera dominar el método para liberar la energía de fusión nuclear de una manera ordenada, sería equivalente a controlar la fuente de energía solar. Por lo tanto, esta es la razón por la que el reactor de fusión nuclear controlable es denominado el “sol artificial”.

 

* Copresidente del Consejo Asesor Honoris Causa. El Profesor Giancarlo Elia Valori es un eminente economista y empresario italiano. Posee prestigiosas distinciones académicas y órdenes nacionales. Ha dado conferencias sobre asuntos internacionales y economía en las principales universidades del mundo, como la Universidad de Pekín, la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Yeshiva de Nueva York. Actualmente preside el «International World Group», es también presidente honorario de Huawei Italia, asesor económico del gigante chino HNA Group y miembro de la Junta de Ayan-Holding. En 1992 fue nombrado Oficial de la Legión de Honor de la República Francesa, con esta motivación: “Un hombre que puede ver a través de las fronteras para entender el mundo” y en 2002 recibió el título de “Honorable” de la Academia de Ciencias del Instituto de Francia.

 

Artículo traducido al español por el Equipo de la SAEEG con expresa autorización del autor. Prohibida su reproducción. 

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EL DESORDEN INTERNACIONAL: SEIS ESCENARIOS INQUIETANTES

Alberto Hutschenreuter*

Posiblemente, el estado de desorden que existe en el mundo actual suponga uno de los desafíos más complejos al momento de pensar tendencias y desenlaces. Existen más cautelas, sí, en relación con apreciaciones que impliquen ascensos significativos en materia de cooperación internacional, particularmente entre los poderes preeminentes, como así en cuanto a “certificar” que temas como el comercio conllevan un automatismo en relación con el descenso de conflictos entre Estados.

A lo más, como concluye un interesante estudio sobre escenarios, se aprecia que podría mantenerse una convivencia relativamente pacífica entre aquellos poderes mayores que mantienen una profusa interdependencia competitiva en el segmento comercio-económico, es decir, Estados Unidos y China, pero destacando que la misma no acarrearía mejoras. Incluso aquellos expertos que reflexionan desde la esperanza que siempre supone el credo religioso, como por ejemplo el estadounidense César Vidal, se han vuelto cada vez más escépticos en relación con superar por medios políticos y económicos la crisis espiritual que sufren las sociedades.

El planteo o problema central es cómo será la trayectoria de las relaciones internacionales hasta alcanzar algún modo de configuración que implique “anclar” dichas relaciones a un patrón que aleje la discordia entre los Estados y afiance la gestión o concurrencia entre ellos. La experiencia enseña que un mundo desarreglado, es decir, no solo sin consenso entre “los que cuentan”, sino en situación de creciente desavenencia entre éstos, al punto que en algunos el estado es de “no guerra”, difícilmente pueda extenderse por demasiado tiempo. Si los propios órdenes internacionales suelen agotarse cuando se modifica el contexto o desaparecen las bases que lo gestaron y sustentaron, más precaria resultan las situaciones de desorden o desarreglo internacional.

El planteo resulta pertinente, pues, desde la situación en la que nos encontramos, dicha trayectoria difícilmente podría evitar turbulencias mayores o desenlaces altamente disruptivos entre los Estados, a menos que suceda algún acontecimiento internacional de escala, por caso, una gran conferencia o convención que suponga la antesala de acuerdos que trabajosamente, e incluso con dimisiones estratégicas, conduzcan a una configuración, aunque se trata de un acontecimiento que por ahora muy difícilmente ocurra.

Existen muchas realidades que dificultan tal rumbo favorable, algunas de las cuales la pandemia las galvanizó, por ejemplo, el nacionalismo de viejo y nuevo cuño, es decir, aquel reluctante ante el extranjero (cercano y distante), y este que se forja y vigoriza ante la inseguridad que implica lo desconocido, enfermedades contagiosas y globalismo, por citar dos muy presentes. Por otra parte, aunque se trata de una “regularidad” en las relaciones entre Estados, existe una creciente acumulación militar por parte de los países. No obstante, el hecho relativo con que en plena pandemia se haya invertido en el segmento de las armas más que en años anteriores (casi dos billones de dólares, según el informe 2021 del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo, SIPRI) es un dato inquietante.

Pero hay otras semejantes o más complejas que aquellas. Consideremos básicamente seis de ellas: lo que podemos denominar “pluralismo geopolítico”; el creciente carácter intransigente de conflictos mayores; el multilateralismo descendente; la creciente configuración internacional “de facto”; la re-jerarquización internacional en contexto de la Covid 19 o de pos-primera ola; y, por último, el (posible) declive de civilizaciones.

En relación con la multiplicidad geopolítica, con ello queremos decir que a las clásicas dimensiones de la disciplina, tierra, mar, aire y espacio ulterior, se suman hoy el ciberespacio (en sus diferentes orientaciones, esto es, geopolítica de la conectividad pacífica, y geopolítica de la disrupción); los “territorios” funcionales a las denominadas “guerra híbrida” y “guerra gris”; la lógica territorial de los actores no estatales; y aquellos socio-espacios que fungen útiles para los actores no estatales, aunque también algunas veces para los mismos gobiernos.

Esta realidad es inquietante, pues la geopolítica tradicional siempre ha implicado (y no hay ninguna razón para que no continúe implicando) intereses aplicados sobre espacios geográficos con fines corrientemente asociados al incremento o a las ganancias de poder; es decir, supone conflictos. Pero los “nuevos temas” de la “geopolítica ampliada” no agregan algo diferente orientado hacia la cooperación (si bien es cierto que la conectividad pacífica supone adelantos en múltiples dimensiones), sino que, en buena medida, expanden las posibilidades de conflictos de nuevo cuño.

En efecto, la ciberguerra y los “espacios” utilizados en la guerras híbridas y grises, por caso, campañas de propaganda y utilización de recursos no militares ni cinéticos, suponen pugnas de poder o rivalidades a través de medios crecientemente sofisticados, pues el factor tecnológico-digital es clave para lograr ventajas internacionales. Pero se trata de una “nueva geopolítica” (más difusa en relación con las formas de guerras) que, a diferencia de la clásica geopolítica aplicada por los Estados en relación con la captura de territorios o proyección de intereses sobre zonas de recursos, puede ser ejercida por Estados “tercerizando” sus acciones por medio de “hackers patrióticos” y fuerzas irregulares, estrategias que implican “técnicas de poder” que “des-responsabilizan” de dichas acciones a un eventual Estado, o bien puede ser llevada a cabo por actores domésticos contra su propio Estado.

En cuanto a la lógica territorial de los actores no estatales como el terrorismo transnacional, la misma continúa siendo aquella que implicó un alcance global contra blancos situados en territorios nacionales altamente seguros, si bien actualmente dicho actor se encuentra en una etapa de (relativo) repliegue estratégico.

Finalmente, la profunda crisis socioeconómica que ha implicado la pandemia está fungiendo como “funcional” para el crimen organizado, que no solamente podría verse favorecido debido a la extenuación de capacidades de los Estados, algo que agudizaría aquello que hace décadas el estadounidense James Rosenau denominó “relocalización hacia abajo de la autoridad del Estado”, sino de lo que podemos denominar “consecuencias delictuales no deseadas de la pandemia”; un fenómeno que hace unos años lo observó muy bien la socióloga mexicana Rossana Reguillo Cruz en relación con el auge de las maras: “Cuando las instituciones se repliegan, otras ‘instituciones’ tienden a ocupar su lugar y los vínculos con el crimen organizado les han dado a estos jóvenes un lugar de pertenencia que no encuentran en la sociedad”. Es decir, la Covid 19 termina creando territorios deletéreos de inclusión social.

Pero, también, determinados gobiernos de cuño populista pueden favorecerse rentabilizando secuelas de la pandemia. Aunque resulte un fenómeno inicuo, el capital político que supone el “pobrismo funcional” representa el territorio de una geopolítica no clásica sino “evanescente” e inficionada, tanto en las ideas como en los hechos, por el fenómeno del relato. En otros términos, se trata de una “geopolítica de la decadencia”.

La geopolítica es acaso el segmento que registra las mayores extensiones. Sin embargo, es importante tener presente que la disciplina no puede desnaturalizarse, es decir, hay fenómenos nuevos que implican otros territorios, pero el fin siempre nos lleva a una relación intrínseca entre intereses políticos y geografía. Hay situaciones más vitales y reales, por ejemplo, los propósitos que tienen los poderes mayores en relación con el espacio ulterior, donde las concepciones nacionales prácticamente no ocultan fines asociados a la seguridad y la militarización; y hay otras en las que dicha relación es más difusa (e incluso posiblemente hasta cuestionable desde la disciplina). Pero en todas hay una situación en la que se suceden política, intereses y territorio.

Existe otra situación relativa con lo que podemos denominar irreductibilidad de los conflictos, un estado riesgoso pues prácticamente se acotan sensiblemente las posibilidades de lograr moderación por medio de negociaciones.

La región de Oriente Medio ha sido siempre la plaza de los conflictos irreductibles, por ejemplo; sin embargo, hay otros conflictos en los que la intransigencia de las partes en liza lo están tornando irreductibles. Concretamente, la situación de tensión que existe entre Occidente y Rusia, una rivalidad que, dado el estado en el que se halla, difícilmente se logren concesiones.

Por caso, ¿es posible suponer que la OTAN se comprometa a reducir significativamente la acumulación militar y renunciar a ampliar la membresía a países del este, como por ejemplo a Ucrania? Por su parte, ¿se puede esperar que Rusia abrace el “pluralismo geopolítico” y sea impasible a lo que suceda en su “vecindad inmediata”, como, por ejemplo, en Bielorrusia?

Es casi imposible responder afirmativamente a estos interrogantes estratégicos. Pero hay que agregar que la situación en Europa del este es una de las cuestiones. Sin duda, la principal; pero existe una canasta de conflictos entre Occidente y Rusia que plantean una nueva rivalidad que dificultan sobremanera hallar salidas, situación que, a su vez, dificulta posibilidades de considerar escenarios de pactos que prefiguren un esbozo de orden internacional.

En este contexto, la Unión Europea sostiene una geopolítica extraña o “blanda” fundada en la creencia de que sus normas e instituciones pueden (y deben) ser exportadas, y así “neutralizar” la geopolítica en clave clásica (que es la que predomina en el mundo allende las fronteras de la UE).

En tercer término, el multilateralismo sufre un descenso prácticamente sin precedentes, inquietante porque el mismo se inició bastante antes de la pandemia, aunque la enfermedad sin duda la precipitó. Será complejo re-construir un multilateralismo activo, no solo por las secuelas de desconfianza derivadas de la pandemia, sino porque la denominada “política como de costumbre” en las relaciones internacionales, es decir, las cuestiones relacionadas con la seguridad, la autoayuda, las percepciones, el poder, los intereses, el nacionalismo, etc., seguirá constituyendo el fondo de tales relaciones. Es verdad que “nada será igual” cuando finalmente pase la pandemia, pero ello no implica que nos encontraremos ante temas o situaciones superadoras de lo que viene sucediendo protohistóricamente en las relaciones entre Estados.

Existen múltiples conjeturas, algunas de ellas demasiados sobrevaluadas en relación con las esperanzas centradas en un futuro con “seguridades aseguradas”, por ejemplo, en materia de inteligencia artificial (IA, un entorno pos-humano), o en cuanto a una economía digitalizada. Pero se trata de conjeturas; más todavía, se podría pensar que los resultados terminen siendo totalmente contrarios a los aguardados y, por ejemplo, los Estados, sintiéndose amenazados ante cambios que “relocalicen su autoridad en todas las direcciones”, desplieguen medidas que los vigoricen hacia dentro y hacia fuera, hecho que afectaría más todavía el devaluado multilateralismo.

Quizá resulte pertinente recordar la conjetura estrella de principios de los años noventa: un mundo centrado en el comercio profuso, los bloques geoeconómicos y los regímenes ordenadores del mismo. Treinta años después, no solo nada de ello ha ocurrido, sino que el comercio entre actores mayores, Estados Unidos y China, es una fuente de desavenencias que, de complicarse más, podría provocar trastornos económicos mayores a escala global.

En cuarto lugar, el dinamismo económico de Estados Unidos y China se encuentra, por lejos, adelante de los demás, incluso de la UE, cuyo “desentendimiento” de la geopolítica no solo la priva de estar presente en uno de los segmentos clave de poder internacional, sino que la mantiene en un lugar de dependencia estratégica crónica.

Hay estudios que consideran que, a menos que ocurra una guerra entre estos dos poderes mayores, el mundo ingresará (“de facto”) a un modo u orden bipolar flexible, es decir, Estados Unidos y China proveerán (cada uno) los denominados bienes públicos internacionales, por caso, en materia de bancos, sin que ello suponga, como otrora, la existencia de cerradas esferas de influencia (en todo caso, dicho modelo se basará en una “geopolítica descentralizada”).

En este contexto, podría suceder que el gran emprendimiento geoconómico y geopolítico de Pekín que atraviesa el Asia central, “One Belt One Road” (“OBOR”), provoque tal concentración de participantes e interesados, entre ellos, la UE, que dicho bipolarismo experimente cada vez más crecientes rigideces, como consecuencia de la percepción estadounidense relativa con que su rival podría lograr considerables ganancias de poder.

En quinto lugar, la pandemia apresuró procesos de declinación de países e incluso grandes zonas continentales. Declinación interna e irrelevancia externa son realidades casi contundentes que echaron por tierra algunas conjeturas relativas con países o bloques en ascenso.

Para tomar un caso central, no todos, pero un importante número de países de América Latina se encuentra en un estado de declinación política, social, económica, tecnológica, etc., del que será complejo salir en el mediano plazo. De acuerdo con el Informe sobre el Panorama Social de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), el incremento de la pobreza, que fue sensible durante 2014-2019, supondrá tras la crisis de la pandemia un retroceso de más de 10 años y de dos décadas en términos de pobreza extrema. Sin duda ninguna, esta caída de indicadores, prácticamente un seísmo sin precedente, tiene un decisivo correlato en relación con la pérdida de posición de la región en el mundo.

En un trabajo publicado en “Nueva Sociedad” en febrero de 2021, Luis Schenoni y Andrés Malamud nos aportan datos clave en relación con la creciente irrelevancia de América Latina. Los autores demuestran que la región, comparada con otras regiones del globo, se halla en una trayectoria declinante desde hace décadas y que actualmente mantiene esa trayectoria: “La región perdió posiciones en todos los indicadores de relevancia disponibles, proporción de la población mundial, peso estratégico, volumen del comercio exterior, capacidad militar y proyección diplomática”.

Si a esta situación sumamos que desde antes de la pandemia se advertía desde la CEPAL que la región no podía quedar al margen de la “cuarta revolución industrial” y terminar arrastrada por el “tsunami tecnológico”, con la caída de las inversiones y la crisis económica casi integral en 2020 y en lo que va de 2021, será muy complejo incorporar la región a los procesos tecnológicos emergentes más sofisticados, la Internet de las cosas, la robótica, la inteligencia artificial, la genética, los activos satelitales, los drones, las cadenas de valor, etc., y marchar hacia una evolución social elevada, no ya como sucede en Japón, donde se considera que existe una “sociedad 5.0”, pero sí una comunidad más saneada de lastres como la corrupción, el crimen organizado y los “estilos políticos” orientados al pobrismo y la concentración de poder por el poder mismo.

Finalmente, una situación que tiende a ser eludida, postergada o ignorada. La relativa con las civilizaciones y la posible declinación de las mismas, una cuestión que pareciera de otro tiempo y hasta incluso perimida. Pero se trata de una cuestión que debe ser considerada en clave de procesos prolongados. Por ello, para autores como el sociólogo Krishan Kumar, existen indicios relativos con el regreso, como concepto y como modo de análisis, de la civilización.

Es preciso tener presente que se trata de una cuestión de orden superior a la erosión de poder de un actor o de una civilización. Se trata de pérdida de poder, sin duda, pero acompañada de la declinación de aquellos componentes o activos no necesariamente materiales que resultan clave para ser un centro de gravitación identitaria, política, económica, cultural, militar, etc., y de proyección de influencia y poder más allá de sus fronteras.

No nos referimos aquí a declinación desde una perspectiva de confrontaciones entre civilizaciones, conflictos que tienen lugar en las denominadas “líneas de fallas” intercivizacionales, una conjetura interesante y atractiva para el debate; sino a una situación más compleja y de extensión como es el ocaso de una determinada civilización, una regularidad en la historia, de modo que ello no implica ninguna novedad.

Habitualmente se hace referencia a la civilización occidental como la que se encuentra en un ciclo de declinación; sin embargo, es preciso distinguir la civilización occidental estadounidense y la civilización occidental europea; y es esta última la que podría encontrarse en tal ciclo. De hecho, desde 1945 (o quizá desde 1918) el poder dejó de habitar en Europa, desplazándose desde entonces hacia otros continentes. Nadie comprendió mejor dicha situación que el general Charles de Gaulle cuando en 1945 advirtió que en Europa hubo dos países que perdieron la guerra, mientras que los demás fueron derrotados.

Más de 75 años después, el poder no solamente permanece fuera de Europa, sino que la UE se empeña en desplegar una geopolítica (o más apropiadamente “anti-geopolítica”) de cuño híbrido centrada en intentar proyectar un modelo jurídico-institucional, ambición que ya ha demostrado sus (peligrosos) límites en relación con lo que sucede en la “placa geopolítica” de Europa del este. Pero a esta carencia geopolítica se suman los riesgos que supone el posible declive de su propia civilización, posibilidad por demás inquietante, pues ello podría a su vez implicar el declive y hasta desaparición de la mayor construcción de complementación e integración entre naciones.

Por tanto, si existe un sitio donde está regresando el tema relativo con la civilización, ese sitio es Europa. Si bien las fuerzas que levantan las banderas que vituperan aquello que es “políticamente incorrecto”, desde algunos segmentos políticos la cuestión es advertida, incluso desde lugares como la literatura. Por ello, de la misma manera que tímidamente se han comenzado a abordar cuestiones de geopolítica real y no tanto de “geopolítica blanda”, los europeos no harían mal en volver a tomar los “perimidos” textos de Spengler, Braudel, Toynbee…

En breve, presentamos aquí algunas situaciones que tienen lugar en el confuso mundo del siglo XXI. Las mismas discurren en un contexto de pandemia, pero preceden a la enfermedad; y, en algunos casos, se produjeron aceleraciones a partir de la misma. Además, tienen lugar en un cuadro de ausencia de configuración internacional, de creciente rivalidad entre Estados preeminentes, sin suficientes liderazgos y elites y con el retorno de temas que parecían anclados en el pasado. Un mundo cada vez más complejo para el gran reto que significa pensar tendencias y desenlaces.

 

* Doctor en Relaciones Internacionales (USAL) y profesor en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación (ISEN) y en la Universidad Abierta Interamericana (UAI). Es autor de numerosos libros sobre geopolítica y sobre Rusia, entre los que se destacan “El roble y la estepa. Alemania y Rusia desde el siglo XIX hasta hoy”, “La gran perturbación. Política entre Estados en el siglo XXI” y “Ni guerra ni paz. Una ambigüedad inquietante”. Miembro de la SAEEG.

 

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EL LEGADO DE 2020 Y 2021 EN LAS PERSPECTIVAS DE ESTADOS UNIDOS Y CHINA

Giancarlo Elia Valori*

2020 fue un año crucial debido al Covid-19 que interrumpió la evolución del orden mundial en la dirección de la diferenciación y la transformación. Esta es la crisis más grave a la que se ha enfrentado la humanidad desde la Segunda Guerra Mundial.

Al 10 de mayo de 2021, según el Informe Global de Estadísticas Epidémicas de la Nueva Corona de la Universidad Hopkins, había 158.993.826 casos confirmados en todo el mundo y 3.305.018 muertes.

La pandemia es como un experimento social global muy importante. Sobre la base de un orden mundial que ya ha entrado en crisis, no sólo ha provocado una pausa y, por lo tanto, la desaceleración del desarrollo económico, sino que también ha presionado la aceleración de la división social y la transferencia de poder de político a técnico.

Por el momento, aunque analistas más experimentados e instituciones de investigación líderes han publicado varios informes de investigación, ninguno de ellos puede predecir con precisión y detalle el enorme impacto de la pandemia en la historia del siglo XXI.

Sin embargo, la pandemia traerá consigo cambios importantes en cuatro áreas.

En primer lugar, acelerará la tendencia general de la recesión y la diferenciación económica mundial. Esto se debe a las políticas de sobre-transmisión de divisas adoptadas por varios países y a la intensificación de la polarización social interna. La crisis económica y financiera mundial aún no se ha resuelto desde 2008. Por el contrario, la crisis sólo se ha visto ocultada por la respuesta a corto plazo de la política monetaria.

En segundo lugar, la pandemia acelera los cambios internos y la reorganización del orden político y económico internacional, precisamente la diferencia social interna. Debido a la turbulenta influencia de la política interna e internacional, los riesgos políticos y económicos en las regiones frágiles del mundo se intensificarán o tendrán un efecto en cadena.

En tercer lugar, la pandemia promoverá el fortalecimiento de la sociedad digital y la competencia entre los países en la construcción de nuevas tecnologías se hará más intensa. El impacto más significativo de la sociedad digital es la llegada silenciosa de una sociedad transparente que existe pero no tiene contacto humano.

En cuarto lugar, la pandemia fomenta el auge del nacionalismo de las vacunas y acelera el resurgimiento del valor de la comunidad de Asia Oriental, que tiene un significado especial desde el punto de vista de la historia de la civilización mundial.

En cuanto al año pasado, el evento político y económico más influyente en 2020 fueron las elecciones estadounidenses y el cambio de administración relacionado. Las elecciones estadounidenses fueron las más agudas, pero también las más frustrantes en la historia de los Estados Unidos. Aunque Trump perdió las elecciones, 74.216.154 ciudadanos votaron por el presidente saliente.

Para los Estados Unidos, el cambio de dirección no puede ser visto como el advenimiento de una política determinada en una dirección, ya que la realidad básica de la sociedad estadounidense altamente dividida no ha cambiado, sino que se ha fortalecido debido a las elecciones generales. El enorme impacto ha promovido la propagación de la violencia política y las protestas en los Estados Unidos.

Fuente: El Monitor de Crisis de los Estados Unidos, Bridging Divides Initiative, Princeton School of Public and International Affairs’, Instituto Liechtenstein de Autodeterminación.

En primer lugar, Trump perdió, pero el espectro del trumpismo ha permanecido en Estados Unidos e incluso en el continente europeo, lo que generalmente no ayuda a progresar en la estrategia de desarrollar relaciones con China.

En segundo lugar, el “antagonismo” de la estrategia estadounidense hacia China no ha cambiado radicalmente. Trump ha abierto una disputa político-económica con Pekín. Es particularmente notable que la generación más joven de liderazgo republicano se está volviendo gradualmente hostil y negativa hacia China, y ejerce una gran influencia en el Congreso, y esto no promueve la paz mundial.

En tercer lugar, si esta actitud no está contenida, conducirá a impactos negativos a largo plazo: entre el desacoplamiento de alta tecnología y la competencia ideológica. Por último, la política de China hacia Estados Unidos se ha perfeccionado: aunque el gobierno sigue esperando y observando, la voz de la búsqueda de cooperación y de ser racional y pragmático sigue siendo la principal corriente en Pekín.

Además de la cuestión de que China reducirá su dependencia del mundo y aumentará su dependencia de la propia China. Al mismo tiempo, China reducirá su dependencia de los patrones de crecimiento tradicionales y aumentará la atención a la sostenibilidad social, verde y ambiental.

2021 está demostrando que el núcleo del análisis de tendencias políticas y económicas mundiales seguirá siendo la competencia entre China y los Estados Unidos. La administración Biden todavía ve a China como su principal competidor estratégico, pero los métodos para abordar el tema son muy diferentes de los de la administración Trump. La principal diferencia es que Biden se centra en resolver problemas internos y no descarta los problemas más importantes con China.

El gobierno de Biden ha ajustado su estrategia para China, ya que la influencia de los principales grupos de interés como las finanzas estadounidenses y la industria militar en la política es constante en comparación con la administración anterior, pero el factor chino en la cadena de interés global sigue siendo mayor. De hecho, las voces de los dos partidos en el Congreso estadounidense también están en aumento pidiendo que se frene el ascenso de China.

En resumen, en términos de la dirección de la política china, se espera que la administración Biden se oponga a una guerra comercial porque daña los intereses fundamentales de la comunidad empresarial estadounidense. Sin embargo, es probable que haya problemas para Taiwán, Xianggang (Hong Kong), Xinjiang Weiwu’er (Uyghur), mar de China Meridional, Xizang (Tíbet) y otros problemas.

Se espera que la posibilidad de una nueva negociación comercial entre China y los Estados Unidos aumente significativamente en el futuro y se reforme la estrategia estadounidense de competencia constructiva.

Independientemente de los cambios en las relaciones sino-estadounidenses, China ciertamente promoverá una mayor cooperación bilateral y multilateral en materia de inversiones, buscando nuevos modelos de desarrollo y sombreando nuevos modelos de cooperación.

Las áreas clave que actualmente son las más importantes y dignas de atención son, en primer lugar, la adhesión de China a la Asociación Económica Global Regional (RCEP) y busca celebrar el Acuerdo Integral y Progresivo para la Asociación Transpacífica (CPTPP), que muestra que la alta dirección de China ha decidido continuar su estrategia de reforma de la promoción interna y la promoción externa.

El RCEP es un acuerdo de libre comercio en la región de Asia y el Pacífico entre los diez estados de la Asociación de Naciones del Asia Sudoriental (Brunei, Camboya, Filipinas, Indonesia, Laos, Malasia, Myanmar, Singapur, Tailandia y Vietnam) y cinco de sus socios de libre comercio: Australia, China, Representante de Corea (Sur), Japón y Nueva Zelanda. Estos Estados miembros representan aproximadamente el 30 % de la población mundial y el PIB, lo que lo convierte en el mayor bloque comercial del mundo.

El CPTPP, por otro lado, es un proyecto de tratado de inversión regulatoria y regional en el que participaron doce países de la zona del Pacífico y Asia hasta 2014: Australia, Brunei, Canadá, Chile, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur, Estados Unidos y Vietnam.

Entre RCEP y CPTPP, en realidad no sólo existe la interconexión de la cadena industrial y la similitud, así como más razones de unidad que diferencias, sino también la influencia de los factores estratégicos de las grandes potencias.

La principal diferencia entre ambos es que el CPTPP tiene mayores requisitos de calidad económica, mientras que el RECP es más inclusivo. En segundo lugar, es probable que se firme el acuerdo comercial y de inversión entre China y la UE, que tiene evidentes intereses a corto plazo para Europa e intereses estratégicos a largo plazo para China. Sin embargo, China aún no ha adoptar una postura cautelosa hacia la política europea y sus sistemas jurídicos de doble rasero. En tercer lugar, China y Rusia al mismo tiempo fortalecen la cooperación estratégica mundial y habrá nuevas oportunidades para su cooperación en los sectores energético y militar.

 

* Copresidente del Consejo Asesor Honoris Causa. El Profesor Giancarlo Elia Valori es un eminente economista y empresario italiano. Posee prestigiosas distinciones académicas y órdenes nacionales. Ha dado conferencias sobre asuntos internacionales y economía en las principales universidades del mundo, como la Universidad de Pekín, la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Yeshiva de Nueva York. Actualmente preside el «International World Group», es también presidente honorario de Huawei Italia, asesor económico del gigante chino HNA Group y miembro de la Junta de Ayan-Holding. En 1992 fue nombrado Oficial de la Legión de Honor de la República Francesa, con esta motivación: “Un hombre que puede ver a través de las fronteras para entender el mundo” y en 2002 recibió el título de “Honorable” de la Academia de Ciencias del Instituto de Francia.

 

Artículo traducido al español por el Equipo de la SAEEG con expresa autorización del autor. Prohibida su reproducción.

 

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