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ARGENTINA, TIERRA PROMETIDA. LA CIA, PALANTIR Y EL MITO DE LAS EMPRESAS DE GARAJE

Daniel Alberto Symcha*

Imgen: geralt en Pixabay.

 

Hay un hilo conductor en todas las empresas de tecnología y es el mito de sus comienzos en el garaje de una casa. Mientras Argentina todavía piensa la defensa como una línea de fortines, la comunidad de inteligencia estadounidense ha solventado a empresas que desarrollaron tecnologías aplicadas para posteriormente utilizarlas para sostener sus intereses.

 

La expresión Software en informática se refiere al conjunto de componentes intangibles que hacen posible que un sistema informático (computadora, móvil, tablet, etc.) realice tareas específicas. Es el conjunto de programas, instrucciones y reglas informáticas que permite que los componentes físicos, tangibles y materiales que conforman un sistema informático o dispositivo electrónico funcionen con objetivos específicos.

Palantir Technologies es una empresa de software y análisis de datos, creada con apoyo económico y tecnológico de In-Q-Tel, un fondo creado por la comunidad de inteligencia estadounidense para identificar tecnologías útiles, invertir en empresas emergentes con modelos de negocios innovadores en tecnología y acercar innovaciones al Estado norteamericano.

In-Q-Tel, si bien es una empresa independiente, sus contratos de trabajo son con la Agencia Central de Inteligencia (CIA), la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) y del Departamento de Defensa del gobierno de los Estados Unidos.

La empresa Palantir Technologies nació en Estados Unidos en el año 2003, contexto posterior a los atentados al World Trade Center. El objetivo del emprendimiento fue desarrollar software para analizar grandes volúmenes de información, detectar patrones a partir de ese análisis y prevenir amenazas tales como el terrorismo o el crimen organizado. Es decir, crear herramientas prospectivas para la toma de decisiones para lo cual la empresa se especializó en el análisis de datos masivos (Big data), inteligencia y seguridad, soporte a gobiernos, empresas privadas y fuerzas de seguridad, es decir brindar el proceso estratégico de recolectar, analizar y procesar información para transformarla en inteligencia accionable la permite a los tomadores de decisiones gubernamentales y a los agentes de seguridad pública anticiparse, prevenir, contener y combatir delitos complejos, amenazas a la seguridad nacional y actividades criminales.

Si bien la declaración de principios de Palantir, reflejada en el manifiesto «The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West» («La República Tecnológica: Poder duro, creencias blandas y el futuro de Occidente») firmado por su CEO Alexander Karp, hace hincapié en la defensa nacional, el rearme occidental y el uso intensivo de la inteligencia artificial militar, trabaja sobre la totalidad de la información de un objetivo.

William Lind y el manual de la guerra de cuarta generación

En Ucrania y en Israel la guerra continúa desarrollándose entre ejércitos, aunque los ataques incluyen en sus objetivos población civil, algo prohibido por el Derecho Internacional Humanitario pero que viene sucediendo en espectro de influencia de la doctrina militar estadounidense desde la guerra de Vietnam.

El Manual de la guerra de cuarta generación (4GW), escrito por William S. Lind, analista militar y politólogo, define un tipo de conflicto donde la distinción entre guerra y política, civil y combatiente, desaparece y la definición de una guerra ya no se decide en el campo de batalla, sino en la legitimidad, la percepción y la cohesión social, ganar ya no es destruir al enemigo sino desorganizar su sistema político-social.

Palantir y Colmar von der Goltz

En esta guerra, que se acerca al concepto de «La Nación en armas» del Mariscal el prusiano Colmar von der Goltz, no hay un frente de combate definido en un territorio, los actores involucrados no son solamente los Estados y sus instrumentos militares sino que la guerra se da por encima y por debajo de los umbrales de violencia cinética entendida como el uso directo de la fuerza física y letal, armas y combate para destruir objetivos militares y territorio, sino que se utiliza la cultura, la religión, los medios de comunicación, el consumo y la creación de sentido para doblegar al enemigo.

El objetivo de la guerra de cuarta generación es erosionar la autoridad del Estado, generar incertidumbre constante, generar inseguridad, romper la confianza social y hacer que el enemigo pierda control interno. El objetivo no es destruir sino desorganizar a la sociedad objetivo.

Esto se logra mediante acciones coordinadas de pequeñas células autónomas pero que operan bajo conceptos similares, sin una jerarquía identificable pero con una agenda común manipulando la percepción de la población en búsqueda de un desgaste moral y generar escenarios y situaciones para lograr reacciones por parte de los Estados (represión, censura, persecuciones, debates estériles) con el de desacreditar su credibilidad y confianza pública.

El campo de batalla es la sociedad y el objetivo es la generación de caos social. El combate no se da en un frente de combate entre ejércitos sino en la mente de la población civil; los escenarios de conflicto son las familias, las ciudades, fábricas, la opinión pública, instituciones y las herramientas operativas la formación académica distorsionada, los medios de comunicación y las redes sociales. La población civil deja de ser «espectadora» de los conflictos y pasa a ser parte del terreno de guerra.

Este tipo de guerra, en tanto herramienta para alcanzar objetivos previamente determinados, posee la característica de tener un alto componente sedimentario en la psiquis humana lo que facilita futuras operaciones sobre esos campos de batalla.

Argentina y las viejas prácticas militares y de seguridad

Mientras en Estados Unidos y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte ya a partir de los años 50 del siglo XX se tomaba conciencia de la importancia de las operaciones multidimensionales sistematizadas sobre la población civil y se destinaban millones de dólares en la creación de organismos internacionales, institutos, áreas de investigación y producción, fundaciones y afianzar las industrias culturales como herramientas para garantizar una amplia cobertura a escala global. Por su parte, la República Argentina se vio sumida en un sistema de defensa y de seguridad arcaico y limitado a criterios estáticos para enfrentar escenarios de alto dinamismo.

Las acciones que llevaron al golpe cívico militar de 1976 y las consecuencias que aún hoy se enfrentan, fueron un claro ejemplo de la incapacidad de la dirigencia argentina de comprender el cambio de doctrina en lo referido al dominio de las naciones.

Con el advenimiento democrático las doctrinas tanto de defensa como de seguridad continuaron sin comprender los cambios de paradigma, escenarios, objetivos, acciones y nuevas herramientas y, más allá del control civil, se mantuvieron en esquemas propios de las guerras de primera, segunda y tercera generación. Sobre esto William Lind describe una evolución histórica: la guerra de primera generación es de carácter lineal entre ejércitos formales, la de segunda generación es una guerra de fuego y desgaste a partir de la artillería y la guerra de tercera generación es guerra de maniobra y velocidad (Blitzkrieg).

Caos social organizado

La guerra de cuarta generación a partir de una siembra sistemática de conflictos  busca generar un desorden funcional, de carácter persistente y de esa manera generar escenarios de ingobernabilidad. Hay que organizar acciones constantes, institucionalmente coordinadas y con escalamiento progresivo que produzcan una desorganización sistémica.

Las acciones trabajan profundamente y sobre todo en los ámbitos académicos y culturales en general, para la destrucción de la legitimidad cultural ya que, en este tipo de guerra contemporánea, el objetivo no es imponer un orden propio directamente o la ocupación de un territorio, sino destruir la capacidad del otro de mantener el suyo ya que el poder político no es inherente al gobernante, sino que depende de la obediencia de la sociedad a partir de su bienestar. Sin tejido social, no hay resistencia efectiva y este es uno de los pilares del pensamiento del filósofo estadounidense Gene Sharp plasmado en su libro «De la dictadura a la democracia».

Es necesaria una dimensión moral del conflicto y para operar sobre esto es sumamente necesario analizar grandes volúmenes de información, detectar patrones a partir de ese análisis y a partir de la aplicación de un planteo prospectivo brindar el proceso estratégico de recolectar, analizar y procesar información para transformarla en inteligencia accionable mediante un criterio prospectivo que permite a los tomadores de decisiones direccionar las tácticas y las operaciones sobre la opinión pública para anticiparse, prevenir, contener, direccionar y moldear conceptos que sin la injerencia tecnológica y la consecuente narcotización de la población objetivo sería absolutamente imposible. Poder duro, creencias blandas y ofertas de futuro.

Realidad ¿Real?

El caos y la incertidumbre bien coordinados pueden ser instrumentos de conflicto permanente que condicione cualquier capacidad de cohesión social y planificación institucional generando fracturas internas que desintegren la capacidad de gobernar. Es la debilitación del enemigo desde adentro de sus propias estructuras. Se busca el desgaste de sistemas institucionales complejos mediante la disrupción provocando un cambio profundo y permanente que permita el dominio de la toma de decisiones, el manejo de recursos, estructura y posición territorial estratégica.

Las acciones en la guerra de cuarta generación son de bajo costo con un alto impacto y alta replicabilidad en red lo que implica una crisis de sentido, una desobediencia masiva, la pérdida de cohesión social, falta de capacidad de respuesta, una derrota moral, inmovilización del Estado con una consecuente pérdida de control territorial y por lo tanto un «Estado fallido» funcional. Es un ataque social, cultural, moral y sistémico coordinado.

A tal efecto las redes sociales y la religión canalizada por el desembarco de diferentes sectas en nuestro país son herramientas de alto impacto dentro de los conflictos de cuarta generación ya que erosionan la legitimidad, fragmentan a la sociedad, instalan discursos individualistas, generan un pensamiento mágico y disputan sentido y valores a partir de dicotomías simples como bien/mal, amigo/enemigo reforzando potenciales divisiones como “nosotros vs ellos” instalando narrativas de destino o misión.

Esto sucedió ya en los años 80 del siglo XX en Guatemala, Nicaragua, Hondura y el Salvador para detener el avance de los movimientos nacionalistas y de izquierda pero también en 1994 se utilizó en Ruanda derivando en un genocidio contra la población Tutsi.

Big Data, caos organizado, religión y pensamiento mágico

La guerra de cuarta generación por su característica principal que es la mente humana como campo de batalla (Escenario que el pensamiento militar español determina como sexto dominio de la guerra), necesita de información para procesar y elaborar tácticas a gran escala y con velocidad.

El actual gobierno argentino, continuando con una práctica implementada por la administración macrista, ha brindado a las empresas de análisis de datos, acceso total a la información completa de toda la población que manejaba de manera más o menos reservada el Estado nacional. Esto es un atractivo sin precedentes por lo cual hace de nuestro país un deseado objetivo.

Pero, además, Argentina, posee componentes estratégicos para la instalación y desarrollo de empresas como Palantir Technologies ya que se desreguló la compra de tierras para extranjeros, los mercados inmobiliarios están depreciados y el acceso al agua de montaña, es decir glaciares, está desregulada y sin protección. Esto, sumado a la posición estratégica de grandes sectores de la Patagonia tanto en el dominio de pasos bioceánicos como así también por encontrarse fuera del alcance de potenciales conflictos militares de gran escala, crea un escenario propicio para la instalación de las fábricas de herramientas para dominio a escala global más grandes de la historia que pueden operar más allá del reducido concepto de Estado Nación reafirmando la capacidad de influencia y dominio del conjunto de principios, normas e instituciones que intentan coordinar la acción global, es decir un sistema descentralizado donde distintos actores (Estados, organismos internacionales, empresas, ONGs, etc.) gestionan problemas comunes como el comercio, las finanzas, la salud, la seguridad, el medioambiente entre otros temas más allá de los intereses de los Estados Nación.

Es necesario que la República Argentina rápidamente retome la capacidad de controlar, regular y administrar la totalidad de su territorio frente a la concentración de acciones concretas de los intereses extranjeros en la Patagonia favorecida por una estrategia de sumisión a los intereses norteamericano anglo sionistas contrarios al interés de la Nación Argentina.

 

* Periodista. Universidad Nacional Arturo Jauretche. Maestrando en Inteligencia Estratégica Nacional, Universidad Nacional de La Plata. Investigador de la Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales (SAEEG).

©2026-saeeg®

 

ESE ESTRECHO TAN GRANDE

Roberto Mansilla Blanco*

Tras amenazar con «llevar a la edad de piedra» y «desaparecer una civilización en una noche», el estridente Donald Trump finalmente dio marcha atrás a sus amenazas aceptando un plan de paz de diez puntos ofrecido por Irán que, grosso modo, se erige como el hipotético vencedor de esta surrealista guerra de 40 días lanzada por Estados Unidos e Israel.

Entre otras, la propuesta iraní estipula reabrir por dos semanas el estrecho de Ormuz, ruta de tránsito del 20% del mercado energético mundial, a cambio de suspender durante ese tiempo los ataques. La propuesta también incluye demandas prioritarias para Teherán: levantar la totalidad de las sanciones occidentales y permitir el enriquecimiento de uranio. Washington, como su aliado israelí, insisten en que Irán no debe tener un programa nuclear. Otro foco de interés para Teherán es ampliar esta tregua hacia el Líbano, azotada por ataques israelíes.

Probablemente a instancias de Trump, Israel también aceptó el acuerdo pero dejando claro que el mismo no debe incluir al Líbano, la «nueva Gaza» que Netanyahu piensa ampliar dentro de su mesiánico y supremacista proyecto del «Gran Israel» que tanto entusiasma a Trump y su «línea dura». De hecho, y tras abrirlo brevemente una vez consumada la tregua, Irán volvió a cerrar temporalmente el estrecho de Ormuz tras los ataques israelíes contra posiciones del movimiento islamista Hizbulá, aliado iraní, al sur del Líbano.

Aceptar negociar con Irán cuando se amenazaba con su destrucción así como convencerse de que Teherán controla prácticamente la totalidad del tránsito en el estrecho de Ormuz implica para Israel y Estados Unidos una severa derrota militar y geopolítica, lo cual determina su descrédito ante el mundo. La oposición israelí interpretó esta situación como el «mayor desastre histórico», culpando a Netanyahu de no alcanzar ninguno de sus objetivos en esta guerra. Fuentes militares en Estados Unidos analizaron del mismo modo este contexto en cuanto a los planes de Trump.

Con el apoyo de Teherán, este acuerdo estuvo precedido por los incesantes esfuerzos de un actor exterior, Pakistán, que ya había presentado un borrador de negociación similar días antes de la decisión de Trump de desactivar el ultimátum contra Irán. A partir del 10 de abril, la capital pakistaní Islamabad acogerá la ronda de contactos entre Estados Unidos e Irán para avanzar en las negociaciones, un aspecto que fortalece el peso geopolítico de Pakistán.

Pero no es Pakistán el único actor detrás de este acuerdo. Turquía, Rusia y China ejercieron igualmente un factor de influencia. Moscú y Beijing votaron en el Consejo de Seguridad de la ONU contra la petición de Trump de reabrir el estrecho de Ormuz, argumentando que esa era más bien una decisión soberana de Irán. Así, el estrecho de Ormuz demostró ser un coloso geopolítico difícil de sortear, y más ahora ante la evidencia de un Irán que, resistiendo a las pretensiones imperialistas de Estados Unidos e Israel, se erige como el actor que controla el tráfico por ese estratégico espacio.

La tregua deja a Trump en un difícil contexto político, con su popularidad en caída en este 2026 electoral y una crisis dentro de su movimiento MAGA, con sectores contrarios a esta guerra. El alza desmesurada de los precios del combustible debido al cierre del estrecho de Ormuz aumentó el malestar social en Occidente contra esta guerra impopular. Por otra parte, los pretendidos planes de intervención militar directa en Irán tampoco contaron con el apoyo irrestricto por parte de los aliados regionales de Estados Unidos, en especial Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos o Catar, golpeados por las respuestas militares iraníes y persuadidos ante la posibilidad de una catástrofe global en caso de eventual invasión del país persa.

Con paciencia estratégica y una enorme capacidad de resiliencia, Irán logró asestar una victoria geopolítica contra sus principales enemigos, Estados Unidos e Israel, incluso desarticulando sus alianzas. Un ejemplo fue la posición europea, reacia a participar en este conflicto a tal punto que países como España e Italia no permitieron el uso de sus bases militares para los intereses de Trump. Aparcando su trumpismo, la primera ministra italiana Giorgia Meloni marcó distancias con Washington en cuanto al apoyo a esta guerra.

La surrealista aventura militar de Trump y Netanyahu se definió en un fracaso ante un Irán que demostró su capacidad militar, política, estatal y social para resistir y asestar golpes estratégicos contra objetivos regionales de Estados Unidos e Israel así como de otros rivales como Arabia Saudí, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos. La lección fue clara: Teherán puso «patas arriba» el comercio mundial y las pretensiones hegemónicas del desacreditado eje Trump-Netanyahu. Utilizó un arma geoeconómica como el estrecho de Ormuz para obligar a sus agresores a sentarse a negociar sus propuestas.

La paranoia de Trump y Netanyahu por el cambio de régimen en Teherán se confirmó como una falacia y una ilusión poco realista tomando en cuenta que, por convicción o por coacción, la población iraní se plegó a las exigencias del régimen teocrático, hoy visiblemente en manos del pretorianismo militar del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), que semanas antes de los ataques había tenido que afrontar protestas internas.

Los errores de cálculo de Washington y Tel Aviv fueron tan notorios como la asertividad de Teherán para resistir, responder y obligar a sus enemigos a sentarse en la mesa de negociación. Pese a la cruenta represión oficial de las protestas, la respuesta de los iraníes ante la guerra de Trump y Netanyahu fue claramente ilustrativa: defender con una cadena humana sus principales activos nacionales. El costo humanitario del eslogan trumpiano de «desaparecer a una civilización» muy probablemente persuadió a Washington para aceptar esta negociación a última hora.

Con todo, esta incierta tregua abre varios interrogantes: ¿desistirán Trump y Netanyahu en su empresa de destruir Irán?; ¿o se impondrá una táctica realpolitik que obligará a un reacomodo ante un nuevo statu quo? En este paranoico mundo de Trump, nada es seguro.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

 

Este artículo fue publicado originalmente en idioma gallego en Editorial Novas do Eixo Atlántico: https://www.novasdoeixoatlantico.com/ese-estreito-tan-grande-roberto-mansilla-blanco/.

LA DESMALVINIZACIÓN DE ARGENTINA

César Augusto Lerena*

Publicado en Perfil, el 31 de marzo de 2026.

 

La desmalvinización y desculturalización de la Cuestión Malvinas en la Argentina fue planificada mediante una serie de decisiones políticas, ideológicas y estratégicas que se consolidaron con Tratados, Acuerdos y Leyes, la desatención del tema y la invisibilización de parte de los organismos competentes.

Se le atribuye al politólogo y sociólogo francés Alain Rouquié, el término “desmalvinizar” en la etapa entre la dictadura militar y la transición democrática tras la Guerra de Malvinas (1982). Este término entendió como necesario separar la Causa Malvinas de la política argentina para evitar que las Fuerzas Armadas la usaran para destacar el rol de los militares en la recuperación de los archipiélagos argentinos; de modo tal, que éstas se rehabilitaran en la sociedad y les permitiera volver a tener un rol protagónico en la escena política. Un temor que estaba fundado no solo por el recientemente concluido Proceso Militar, sino por los numerosos golpes durante el siglo XX.

Supongamos por un instante, que la “desmalvinización” en ese momento hubiese tenido fundamentos políticos atendibles; sin embargo, su instalación promovida desde el gobierno, no tuvo una estrategia integral, porque invisibilizó a los 649 héroes caídos en Malvinas y despreció a quienes, habiendo combatido con valor en las islas, eran merecedores de un gran reconocimiento por parte de la sociedad argentina y, por el contrario, debieron volver al continente “con pena y sin gloria”; además de no tenerse en cuenta, que la Cuestión de Malvinas para ese entonces estaba inserta en la cultura popular. Se privilegió una hipótesis temerosa por sobre el sentimiento nacional, denigrándose para ello el rol sobresaliente -en las condiciones disponibles- de los oficiales, suboficiales y soldados que combatieron en Malvinas. 

Ahora bien, ¿cuál es el argumento para, después de esos primeros años y hasta la fecha seguir “desmalvinizando” la Argentina? Ya que no hay militares al acecho y, más bien, esta práctica se sostiene, en la vocación que han tenido y tienen algunos altos dirigentes de privilegiar la economía, subordinándonos a los intereses extranjeros, sin importándoles para nada la soberanía nacional.

Antes y después que se institucionalizara el término “desmalvinización” en la práctica ya se usaba cuando los gobiernos argentinos “cooperaron” en forma unilateral con los gobiernos ilegales isleños británicos en las islas. El caso más emblemático fue durante el gobierno del presidente de facto Alejandro Lanusse que firmó la Declaración Conjunta de 1971, a partir de la cual, se les construyó la pista de aterrizaje y proveyó de correo, teléfonos, gas, asistencia médica, etc., y de la llamada política de seducción de Carlos Menem donde se priorizó el interés de los isleños sin avanzar sobre la soberanía.

Desmalvinizar es contribuir al desaliento de los argentinos que han puesto en ese objetivo de liberación irredento la esperanza de un país unido y feliz. Se trata, como la pérdida del “unicornio azul” (1982) de Silvio Rodríguez, ya que las islas son nuestras y las queremos. Sin embargo, importantes dirigentes, carentes de todo fundamento político, histórico, económico y jurídico, contribuyen a fortalecer la “desmalvinización” y hemos debido escuchar en abierta violación a lo prescripto en la Disposición Transitoria Primera de la Constitución Nacional (1994) que: “las Malvinas son inglesas y no son ni serán argentinas” (Diputada Sabrina Ajmechet); “habría que cambiarlas con vacunas del COVID” (Senadora Patricia Bullrich); reconociendo “la soberanía británica de facto y el derecho de autodeterminación de los isleños británicos” (Ex diputado y actual Embajador en la Unión Europea y Bélgica Fernando Iglesias); además de quien fue el responsable principal del Pacto Foradori-Duncan como Presidente de la nación (Mauricio Macri) que manifestó: “Nunca entendí los temas de soberanía en un país tan grande como Argentina” y “recuperar Malvinas sería un gasto” o, por último, las expresiones vertidas en el aniversario de la gesta de Malvinas de que “Tendría en cuenta la “decisión de los isleños” a sabiendas que no son parte según la ONU (Presidente Javier Milei y ex Canciller Diana Mondino), etc.  

Los gobiernos han puesto por delante del proceder heroico y patriótico de quienes combatieron en Malvinas, la calificación de aventura belicista, dejando de lado el reclamo histórico de soberanía y presentando a los combatientes como víctimas y no como héroes nacionales que pelearon para expulsar al invasor británico del territorio argentino de Malvinas.

Todo ello, también estuvo influido por el lamentable objetivo de debilitar el reclamo, con tal de lograr la reinserción de Argentina en los mercados de la Unión Europea y Estados Unidos. Política que centralmente estuvo dirigida por los Cancilleres Dante Caputo y su apoyo a la “fórmula inglesa del Paraguas”; Domingo Felipe Cavallo y su rol protagónico en los Acuerdos de Madrid y otros y, Guido Di Tella, con su célebre frase de “relaciones carnales” con Washington en los años 90; aunque esta última quedó minimizada con la relación más profunda e incondicional aún que lleva este gobierno presidido por Javier Milei con el Presidente Donald Trump de Estados Unidos y el Primer Ministro de Israel Benjamín Netanyahu.   

Por cierto, en materia de invisibilizar la Cuestión Malvinas los Acuerdos de Madrid (1989-90) son centrales, ya que congelaron la soberanía de Malvinas mediante la fórmula del Paraguas y, es obvio, que ésta fue el eje central de la política de desmalvinización; porque lleva técnicamente a cero -en las condiciones y estrategias utilizadas- la posibilidad de discutir sobre la soberanía plena de Malvinas. Ello se profundizó con el Pacto de “Foradori-Duncan” (2016) donde se acordó “eliminar todos los obstáculos (léase entre otros la Disposición Transitoria Primera de la CN) para desarrollar Malvinas”, como si los archipiélagos ya estuviesen siendo administrados por la Argentina.

Dentro de los pocos actos de “malvinización” se encuentran las leyes de educación y capacitación de funcionarios (Ley 27.671); pero, no ha habido vocación del gobierno que la sancionó ni los siguientes de capacitar y, distintas organizaciones y Universidades han tenido que hacer un gran esfuerzo para aplicar la ley.

El poder político y los medios en general trataron a la guerra como un hecho lamentable -argumento inglés que deja de lado sus invasiones previas del territorio- y, perdieron de vista que, por fuera de la confrontación militar y la pérdida de combatientes nacionales, la Argentina, que hasta 1982, tenía invadidos unos 20.000 Km2 de su territorio, con posterioridad a la guerra, el Reino Unido amplió su invasión a 1.639.900 Km2 de territorios marítimos y, extrae anualmente 250.000 toneladas de recursos pesqueros valuados en unos mil millones de dólares FOB, a la par de iniciar las exploraciones petroleras a través de la empresa israelí Navitas-Petroleum.

La auto limitación de utilizar los medios diplomáticos en la negociación junto a “la fórmula del Paraguas” que congela la soberanía, es de por sí una estrategia que restringe y debilita las acciones que deberían llevarse adelante para desalentar al Reino Unido a mantener la invasión y, constituye un desmalvinización.

Todas estas cuestiones, acompañadas de una falta de difusión popular y formación en todos establecimientos educacionales y, la capacitación de los funcionarios públicos respecto a los derechos nacionales sobre los archipiélagos, las aguas correspondientes y la Antártida, han desculturalizado a los argentinos en estas cuestiones relativas al ejercicio pleno de la soberanía de Malvinas; que entonces, eran parte de acervo cultural de los argentinos.

En el otro extremo, a pesar de la Disposición Transitoria Primera de la Constitución Nacional se admite la designación de funcionarios y la aprobación de los pliegos de legisladores que sostienen que las Malvinas son inglesas o las han perdido después de la guerra desconociendo al mismo tiempo la Res. 37/9 de la Asamblea General de las Naciones Unidas del 4 de diciembre de 1982 que indica todo lo contrario.

Se desmalviniza cuando en el cumpleaños (14/11/1948) del Rey Carlos III, “por la Gracia de Dios, del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y de sus otros Reinos y Territorios, Rey, Jefe de la Mancomunidad y, Defensor de la Fe” (título que incluye a Malvinas) los funcionarios argentinos concurren al “besamanos” de la embajada del Reino Unido en Buenos Aires a saludar al monarca y celebrar los 200 años de relaciones diplomáticas (2025), en una muestra de sumisión total a un país invasor; a pesar, del Acta definitiva de la Declaración de nuestra Independencia que reza “libres de toda dominación extranjera” y, de las posteriores invasiones inglesas de 1806, 1807, 1833 y 1982 y, la ocupación nuestros espacios y explotación de nuestros recursos.

Igualmente, se desmalviniza, cuando se dicta la Ley 24.184 de protección y promoción de la inversión inglesa y se le da privilegios por sobre todos los países y, que encontrándose vencidos los plazos de la ley, no se la deroga.  

De la misma manera, se desmalviniza, cuando se crea un Consejo Nacional de Malvinas (Ley 27.558/20) y no se le otorga facultades para elaborar una estrategia destinada a ejecutar la Política de Estado definida en la Constitución Nacional y, cuando no se provee a las Fuerzas Armadas y de Seguridad de un presupuesto acorde a la necesidad de disuadir la ocupación y explotación del mar y los archipiélagos argentinos.          

También, se desmalviniza, cuando el gobierno no tiene políticas de integración con Chile, Uruguay, Brasil, Paraguay y los Estados de África occidental, ni se llevan adelante políticas nacionales marítimas, mercantes, portuarias, pesqueras, de explotación offshore de hidrocarburos y relativas a la Antártida destinadas a aislar al Reino Unido en el Atlántico Suroccidental. Mientras ello ocurre, la embajada británica en la Argentina, grotescamente, promueve la relación con nuestros países vecinos e invita a estudiantes argentinos y de éstos a “conocer a sus vecinos” los isleños británicos, ocupantes ilegales de nuestro territorio insular y marítimo.

Además, se desmalviniza, al generar agobio nacional e internacional, cuando por toda política en más de 60 años, la Cancillería Argentina no ha hecho otra cosa que reclamar infructuosamente al Reino Unido que se disponga a negociar con la Argentina, mientras en paralelo, el gobierno se alinea con los países de la OTAN que en general no han apoyado a la Argentina en esta materia; a punto tal, que en su oportunidad admitieron al momento de aprobarse en 1907/9 el Tratado de Lisboa donde la Unión Europea reconoce los auto-llamados territorios británicos de ultramar, donde se incluían a las Malvinas, la Antártida, etc.

En la práctica, la malvinización ha sido mantenida y promovida centralmente por aquellos intervinientes en la Guerra de Malvinas que lograron superar esa dolorosa gesta y, se asumen no solo como Veteranos de la Guerra, sino como combatientes activos de la Causa Malvinas, entendiendo que la rotura de la integridad territorial nacional por parte del Reino Unido es una afrenta a la dignidad de todos los argentinos; un desprecio a todos los patriotas que dieron su vida -en especial los que cayeron defendiendo la nación en Malvinas- y una humillación inadmisible a la Patria.

 

* Experto en Atlántico Sur y Pesca. Ex secretario de Estado. Presidente del Centro de Estudios para la Pesca Latinoamericana (CESPEL). cesarlerena.com.ar