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RUSIA Y EUROPA: ¿ES TAN INEVITABLE (E INMINENTE) LA GUERRA?

Roberto Mansilla Blanco*

Una mirada a los titulares de los principales medios de comunicación, principalmente europeos, daría a entender la inevitabilidad de una guerra entre Rusia y Europa. Una escalada de tensiones que ocurre en un contexto de distanciamiento transatlántico, desgaste del conflicto ruso-ucraniano, empeoramiento de las redes de suministro y transporte por la guerra en Oriente Medio y configuración exprés de una «OTAN europea» bajo una troika liderada por Alemania, Reino Unido y Francia, que señala a Moscú como su principal amenaza.

Mientras las calles de Europa, especialmente en Francia e Italia, arden con protestas sociales sobre la vivienda, educación, alza del coste de la vida, precariedad laboral, políticas migratorias y aumento del gasto militar, el dominio de la narrativa mediática belicista predomina como instrumento clave para anunciar escenarios de «guerra híbrida» entre Rusia y Europa.

Los medios europeos suelen maximizar con un tono alarmista el discurso del presidente ruso Vladimir Putin, señalándolo como el presunto agresor de una guerra que aparentemente está en camino. A su vez, y mientras Europa aumenta la presión militar contra Rusia, los medios de ese país otorgan un perfil diferente, concentrando su interés en las declaraciones de los altos mandos de la OTAN y la UE, en la magnitud de la crisis socioeconómica europea, la aparente incapacidad de su clase política para ofrecer soluciones efectivas a las demandas sociales y la materialización de una crisis de identidad y valores civilizatorios europeos ante las políticas de regularización migratoria.

Ucrania: ¿salida a la guerra y un final anticipado para Zelensky?

El contexto actual de la guerra en Ucrania está principalmente enfocado en la posibilidad de que Putin y su homólogo estadounidense Donald Trump negocien el final del conflicto a expensas de Kiev y de sus aliados europeos.

En una entrevista, el presidente ucraniano Volodymir Zelensky aseguró que «Trump quiere que Ucrania capitule» y que estamos ante los «días más peligrosos», colocando el foco en las elecciones legislativa del mid-term en EEUU, un test político estratégico para Trump en el que se vislumbra una derrota electoral en gran medida derivada por el alza del costo de la vida ante los elevados precios del carburante.

Las palabras de Zelensky son una clara reacción ante el anuncio de Trump de alcanzar un acuerdo con Putin para liberar 300.000 toneladas de gas ruso a fin de reducir los precios ante la crisis en Oriente Medio derivada de la agresión de EEUU e Israel contra Irán así como de las sanciones europeas contra Rusia que, en octubre, alcanzaron su 22º ronda, la mayor desde el inicio de la invasión en Ucrania en 2022. El precio del crudo Brent, referencia del mercado petrolero, se cotizaba a US$ 109 a mediados de octubre.

Trump ha tenido que recurrir a Putin como «salvavidas» electoral tomando en cuenta la estrecha alianza del mandatario ruso con Teherán así como ante las dificultades en las que se encuentra Arabia Saudita, tercer principal productor petrolero a nivel mundial tras EEUU y Rusia, particularmente ante los ataques contra sus refinerías por parte de los hutíes yemenitas, aliados de Irán. En un contexto prácticamente de guerra abierta en Oriente Medio, el reciente pacto militar entre Turquía, Arabia Saudita y Pakistán se enfrenta a su primer reto con aparentes distorsiones militares operativas, escenario que no descarta la activación de canales diplomáticos de negociación con Teherán.

En los últimos días han sido prolíficas las declaraciones de Trump culpando a Zelensky de no querer la paz en Ucrania. En Kiev han regresado las protestas ante el desgaste de la población por un conflicto estéril y ante las draconianas medidas de reclutamiento militar, cada vez más impopulares. Crece la percepción mediática de que Zelensky muy probablemente tiene los días contados en el poder toda vez que Trump y Putin negocian tanto su final político como el del conflicto, a espaldas de Ucrania y de Europa.

En este esquema de negociación para el final de la guerra en Ucrania podría entrar el presidente chino Xi Jinping toda vez Trump ya ha declarado que Zelensky debería delegar en otro representante para la negociación. Un evidente mensaje de falta de confianza en el presidente ucraniano y de intenciones de buscarle un reemplazo.

Suenan «tambores de guerra» entre Bruselas y Moscú

La tensión ha vuelto a instalarse entre Washington y Kiev mientras Europa, principalmente la troika establecida vía OTAN entre Francia, Alemania y Reino Unido sigue esforzándose en mantener la necesidad de presión militar contra Putin, argumentando un hipotético ataque ruso contra países miembros de la OTAN.

Mientras Trump negocia el «pacto del diésel» con Putin, Ucrania mantiene el pulso atacando las refinerías rusas e incluso sus centros de datos de información. Zelenski también criticó la presunta «intencionalidad política» con la restricción a Ucrania de la señal satelital de Starlink, propiedad de Elon Musk y esencial para Kiev en su esfuerzo bélico contra Rusia. En este apartado las sospechas ucranianas vuelven a apuntar hacia Trump.

En Moscú, el ministro de Exteriores Serguéi Lavrov aseguró que «Alemania nos va a declarar la guerra». La declaración viene tras un ataque ruso a Kiev, muy probablemente de carácter disuasivo, mientras el canciller alemán Friedrich Merz visitaba la capital ucraniana.

Durante un Foro de Seguridad celebrado el 13 de octubre en Varsovia, el jefe supremo de la OTAN en Europa, General Alexus Grynkewich, avisó a Rusia: «Si nos atacan, lucharemos». Reino Unido lanza advertencias a sus ciudadanos para prepararse a una «crisis de enorme magnitud y sacrificios en la vida personal». El primer ministro de Polonia, Donald Tusk, advierte que la guerra ruso-ucraniana entra en «su fase más peligrosa y decisiva» en vísperas del invierno, con el foco en las consecuencias que causarán en Europa su desconexión energética de Rusia.

Grynkevich presentó en Varsovia la estrategia «Teoría de la Victoria» ante un posible conflicto con Rusia, que propone el uso de vehículos aéreos no tripulados (UAV) y sistemas de puntería con inteligencia artificial para repeler posibles ataques. La OTAN podría utilizar fuerzas de defensa terrestre y otros recursos en el marco de la Iniciativa de Disuasión del Flanco Oriental, diseñada para monitorear las amenazas en las fronteras con Rusia y Bielorrusia, utilizando drones de bajo costo y sistemas de armamento militar que operan principalmente de forma autónoma.

En el marco de la 23ª reunión anual del Club Internacional de Debate Valdai, un influyente think tank vinculado al Kremlin, y tras enviar una carta a la OTAN, Putin advirtió que defenderá el enclave de Kaliningrado con armas nucleares en caso de ataque de la OTAN: «El punto de no retorno puede llegar de forma inesperada», indicó el presidente ruso no sin antes insistir en que sus palabras no son «una intimidación» sino «una respuesta» a las declaraciones de dirigentes occidentales y la hipótesis de un posible ataque contra Kaliningrado.

Mark Rutte, secretario general de la OTAN, respondió a las palabras de Putin con alerta máxima y cautela. Tras una reunión en Lituania donde reconoció que no hay indicios claros de movilización y agresión rusa, matizó que espera más ataques híbridos por parte de Moscú para presionar a dejar de ayudar a Ucrania.

De este modo los «tambores de guerra» parecen ir afinando sus sonidos en Europa y Rusia. Durante una comparecencia ante el Parlamento alemán, el jefe de los servicios secretos alemanes Martin Jäger advirtió del riesgo de un «conflicto violento con Rusia. La confrontación a la que nos enfrentamos con Rusia ha adquirido una dimensión nueva y más peligrosa. Moscú apuesta por nuestra debilidad. Tenemos que hacerle frente». Jäger puso como ejemplo el incidente de ataque de drones suscitado en agosto pasado en Leipzig, en el que la UE acusó a Rusia de presunta autoría.

La presidenta de la Comisión Europea Úrsula von der Leyen y la comisaria de Política Exterior Kaja Kallas aceleran la retórica belicista antirrusa, acusando a Moscú de intensificar la guerra híbrida contra Europa con desinformación y ataques de drones para pulsar los sistemas de seguridad. La localidad estonia de Narva, punto caliente entre la OTAN y Rusia, ha realizado un cierre de movilidad fronteriza con Rusia. El presidente letonio Edgars Rinkevics declaró que el «apetito por el riesgo por parte de Putin está incrementándose».

El clima de preguerra ruso-europeo parece anticipar nuevos movimientos geopolíticos. Reino Unido ha expresado la posibilidad de regresar a la UE poniendo fin al Brexit. Mientras pulsa la aprobación del retorno del servicio militar obligatorio, Alemania anunció el envío tropas a la frontera con Lituania.

El ascenso electoral de AfD en las recientes elecciones regionales alemanas es observado como una victoria política del Kremlin con el objetivo de erosionar los apoyos militares y financieros a Ucrania dentro de la UE y la OTAN, buscando igualmente potenciar un entendimiento europeo con Moscú.

La UE y la OTAN temen una posible inherencia rusa vía desinformación y estrategias de guerra híbrida en el calendario electoral europeo en curso este 2026 y previsto para 2027 principalmente en países como España, Francia, Serbia, Bulgaria, Grecia e Italia.

A la espera de cómo avancen las conversaciones con Trump sobre Ucrania, Rusia parece manejar escenarios de intensificación de su ofensiva militar antes del invierno, con el puerto de Odesa en su punto de mira con la finalidad de establecer un control de facto del mar Negro. Ante las advertencias y presiones de la OTAN y la UE, Putin refuerza la opción militarista, fortalecida tras la victoria parlamentaria de su partido Rusia Unida en las elecciones de septiembre pasado. Son cada vez más frecuentes los rumores sobre un reclutamiento masivo de hasta 300.000 efectivos en Rusia.

En Madrid, el presidente de gobierno Pedro Sánchez acusó a Rusia de utilizar la guerra híbrida con la crisis migratoria de Ceuta y Melilla presentada en agosto pasado. Moscú ha desestimado esta presunta injerencia en Ceuta pidiendo pruebas al gobierno español. Toda vez que en el marco de la Asamblea General de la ONU en septiembre pasado, Rusia y Marruecos reforzaron su alianza estratégica, una clara señal de advertencia para Madrid.

Presionado por la crisis interna, Sánchez convocó el adelanto de elecciones generales en España para el próximo 29 de noviembre. Algunas fuentes de inteligencia en Europa y España advierten de posibles operaciones de desinformación rusa durante la campaña electoral. Reacciones políticas aparte, el clima de escalada de tensiones prebélica parece instalarse sin tapujos entre Bruselas y Moscú.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG. 

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¿ES HORA DE HABLAR DE LA RUSIA POST-PUTIN?

Roberto Mansilla Blanco*

Imagen de svklimkin en Pixabay

En los medios de comunicación occidentales comienza a imponerse una matriz de opinión en clave prospectiva: la de manejar escenarios para una Rusia post-Putin. Las recientes visitas a Moscú del director de la CIA, John Ratcliffe y del equipo negociador enviado por el presidente estadounidense Donald Trump con vistas a encontrar una solución al conflicto en Ucrania acrecentaron aún más estas expectativas en lo relativo a observar lo que está sucediendo en Rusia y los manejos internos de poder en el Kremlin.

Con respecto a estas visitas, si bien no se llegaron a acuerdos concretos más allá de intercambios de prisioneros y paralización momentánea de los ataques entre Moscú y Kiev, el presidente ruso Vladimir Putin declaró que el conflicto en Ucrania «está llegando a una conclusión» aunque sin especificar en qué condiciones.

Mientras aumenta la tensión con Rusia, los medios occidentales han enfocado su interés en interpretar los hipotéticos escenarios post-Putin que podría presentarse en Moscú.

En este orden destaco una entrevista realizada al oligarca ruso Andréi Melnichenko, publicada en julio pasado en el semanario británico The Economist. Bajo el sugerente titular «El Hombre que podría cambiar Rusia», el entrevistado, que anteriormente había escrito un ensayo intitulado «Por qué una Rusia debilitada es malo para el mundo», afirmaba sobre presuntas crisis internas en el Kremlin y el «desastre al que se enfrenta Rusia» al calor de la escalada de conflicto en Ucrania, las sanciones exteriores, y los temores de una guerra directa entre Rusia, la OTAN y Europa, ahora ampliadas con el despliegue de misiles en Noruega.

Otro medio, Asia Times, publicó el pasado 4 de septiembre un artículo intitulado «Es hora de comenzar a prepararse para una Rusia post-Putin», que amplió aún más el margen de especulaciones sobre lo que podría estar sucediendo en Rusia. Destacaba el análisis que «la guerra de Rusia en Ucrania va tan mal para Putin que abre la posibilidad de un cambio de régimen» apresurándose a destacar que «al menos no por ahora».

Otro análisis, esta vez en el Atlantic Council publicado el pasado 6 de agosto bajo el título «No deberíamos temerle a una Rusia post-Putin», consideraba que «la Rusia post-Putin se convertiría en impredecible pero más dispuesta a una escalada contra Occidente. No obstante, las experiencias del pasado y el contexto actual sugieren que el próximo gobernante de Rusia se vería forzado a buscar un camino menos hostil».

Estas perspectivas entran a colación en un momento de crecientes tensiones ruso-occidentales e, incluso, ante un marcado proceso de «des-occidentalización» por parte del Kremlin, fortalecido tras la reciente cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) celebrada en Bishkek (Kirguizistán) y la celebración anual del Foro Económico del Lejano Oriente en Vladivostok.

Las tensiones ruso-alemanas ocurren bajo un contexto electoral determinado por la victoria de Alternativa por Alemania (AfD) en las elecciones regionales en Sajonia-Anhalt el pasado 6 de septiembre. AfD es firme partidario de recomponer las relaciones con Moscú y es considerado probablemente como el principal aliado ruso en Europa. El anuncio del gobierno alemán del cierre de Casa Rusia de Berlín dio paso a una inmediata respuesta desde el Kremlin, con el cierre del Instituto Goethe en Moscú y del Consulado alemán San Petersburgo, previsto para el próximo 18 de septiembre.

La visita a Moscú del director de la CIA, John Ratcliffe a mediados de agosto así como posteriormente del equipo negociador enviado a la capital rusa y a Kiev por el presidente estadounidense Donald Trump para poner fin al conflicto en Ucrania, acrecentaron aún más el clima de desconfianza sobre lo que está sucediendo en Rusia y sobre la posibilidad de comenzar a planificar un escenario post-Putin.

¿«Transición sin sucesión»?

Grosso modo, a corto plazo existen escasas certezas sobre la posibilidad de plantear un escenario post-Putin en Rusia. Las elecciones parlamentarias para la Duma Estatal previstas para el próximo 20 de septiembre reforzarán los cimientos del sistema instaurado por Putin desde su llegada al poder en 2000, ahora con una guerra en Ucrania cada vez más ampliada hacia la OTAN.

Garantizada la hegemonía del partido oficialista Rusia Unida, el único cambio en el equilibrio de fuerzas políticas en Moscú puede deberse al auge de fuerzas ultranacionalistas, básicamente instaladas en el ecosistema «putinista», así como la presencia de ex combatientes de la Operación Militar Especial (SVÖ por sus siglas en ruso), un nuevo actor político que coexistirá con las fuerzas del establishment.

Se especula con que Rusia estaría consolidando una especie de bipartidismo parlamentario entre Rusia Unida y el Partido Comunista de la Federación de Rusia cuyos cimientos mantendrían en pie el sistema de «democracia soberana» instaurado por Putin a partir de 2000.

No obstante, el presidente ruso, actualmente de 73 años, cuyos índices de popularidad son aún sólidos, aproximadamente en torno al 70%, podría estar adelantando un proceso de transición en las elites de poder, arrojando algunas claves de sucesión de cara a los próximos comicios presidenciales previstos para 2030, que anuncian un nuevo período de seis años en el poder.

En 2025, un artículo del politólogo Dmitri Orlov hablaba de un escenario de «transición sin sucesor» en Rusia. Entre sus principales argumentos, Orlov considera que desde 2024, el Kremlin está operando una transición ordenada bajo el férreo y «autoritario liderazgo de un Putin» que ha ido delegando funciones gubernamentales «en jóvenes oficiales próximos a su círculo de poder más cercano; una segunda generación dentro de la elite que está consolidando su poder tanto a nivel estatal como en los negocios».

Orlov indica que si «Putin tiene éxito en rejuvenecer a la elite, el sistema ganará un nuevo impulso. Caso contrario estaríamos a las puertas del colapso del régimen». En este proceso de «rejuvenecimiento de la elite», Orlov menciona el nombre de Alexei Dyumin (54 años), antiguo guardaespaldas de Putin y actualmente secretario del Consejo de Estado.

Con menos atención mediática, otro nombre que ha ocupado el centro de atención es el de Serguéi Kiriyenko (64 años), ex primer ministro y ex jefe de la estatal de energía nuclear Rosatom. Tras varios años fuera del foco, Kiriyenko volvió a la escena tras la invasión de Ucrania (2022) como responsable de la reconstrucción de «Novorrusia», la nueva frontera geopolítica de Rusia con Occidente determinada por las conquistas territoriales en el este ucraniano y su reconversión regional en la Federación rusa.

¿Un «modelo yugoslavo» de «putinismo sin Putin»?

Volviendo a los escenarios post-Putin, expertos rusos como Abbas Gallyamov han realizado un paralelismo histórico con la transición ocurrida en Yugoslavia entre 1980 y 1989 tras la muerte del Mariscal Josip Broz Tito y la instauración de una dirección colegiada, entonces dirigida por el Partido Comunista. Gallyamov, un ex colaborador de Putin, ha adoptado el término “putinismo sin Putin».

No obstante, la brutal desintegración de Yugoslavia en 1991 ha persuadido a los expertos rusos, algunos de ellos ligados al Kremlin, a estudiar fórmulas propias que eviten un hipotético destino similar. El caso yugoslavo de «dirección colegiada» derivó en la adopción de presidencias rotativas entre las diversas comunidades étnicas que conformaban la antigua Yugoslavia, aspecto que acrecentó las rivalidades que llevaron a su desintegración.

El caso ruso parece determinar una posible transición con mayor peso de los grupos de poder y su influencia en las instituciones. Las elites establecidas en torno a los servicios de seguridad (los denominados «siloviki»), las Fuerzas Armadas, los oligarcas en los altos mandos de las empresas estatales (Gazprom, Rosfneft, Rosatom) y la clase tecnócrata e incluso el Consejo de Estado aplicarían un modelo de dirección colectiva con el presidente como árbitro y coordinador.

Independientemente de la posibilidad de reemplazo político o incluso de desaparición biológica de Putin, la Rusia de hoy manejaría un escenario más asertivo de «sucesión pactada» entre las elites instaladas en el Kremlin, en la que los siloviki, el sector de poder originario de los servicios de seguridad, tendrían el peso decisivo.

Otro factor a tomar en cuenta es la consolidación de las ganancias territoriales en Ucrania, con regiones del este ya oficialmente incorporadas a la Federación rusa (Donetsk, Lugansk, Jersón, Zaporiyie) y la posibilidad de ampliación territorial vía dinámica del conflicto (Járkov; Odesa) en la que podría estar configurándose una nueva elite de poder en el Kremlin con capacidad para dirigir el futuro en la eventual Rusia post-Putin. Estas elites conectarían directamente con las perspectivas «patrióticas» que hoy imperan en Rusia.

Para el periodista ruso Maksim Trudoljubov, «la naturaleza de la coalición que llegue al poder en la Rusia post-Putin dependerá de cuán dramática y convulsa sea la transición». Investigadores independientes como Andrey Soldatov e Irina Borogan, expertos en los servicios rusos de inteligencia, advierten sobre el clima de paranoia en el Kremlin ante las actuales tensiones con Occidente y cómo esta perspectiva podría influir en una hipotética transición post-Putin.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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SALIR DE LA GUERRA EN EUROPA DEL ESTE: EL PLAN DE PAZ Y LAS DECISIONES QUE NUNCA DEBIERON HABERSE ADOPTADO

Alberto Hutschenreuter*

En sus puntos esenciales, el plan de paz de 28 puntos que intenta detener la guerra ruso-ucraniana no ofrece demasiadas sorpresas. Su principal impulsor, el presidente Trump, antes de convertirse en mandatario ya se refirió al esfuerzo que tendría que hacer Ucrania para salir de la confrontación. Más todavía, tras su asunción, en enero pasado, advirtió que Kiev podría sufrir mayores pérdidas territoriales de no aceptar la situación en el terreno.

Lo relativamente novedoso es que hoy Ucrania afronta múltiples debilidades en relación con un año atrás o menos. Consideremos las principales.

En el frente militar, las fuerzas ucranianas no han podido detener el avance de los soldados rusos. Si bien ese impulso ha sido lento y con un costo humano muy alto, a la ventaja que supone para este país la capacidad de reclutamiento (que hoy podría estar disminuyendo), hay que agregar la consolidación de la adaptación de Rusia a la guerra, la producción de la industria militar y el incremento de los ataques con drones, la nueva modalidad de la guerra que, como sostiene George Friedman, está dejando atrás su modo de confrontación militar basado en el concepto de masa, es decir, gran número de tanques, tropas, entre otras capacidades.

Con la pronta llegada del frío y las lluvias, todas las dificultades que afronta Ucrania en el terreno se multiplicarán, particularmente las relacionadas con la logística, pues el avance ruso tras la captura de la ciudad de Pokrovsk, un importante centro logístico en la zona oriental del Donetsk, podría crear bolsones (la especialidad rusa en batallas) en los que queden más expuestos o directamente atrapados los soldados y equipos ucranianos. En tanto, en la región nororiental, los rusos continúan avanzando hacia las ciudades de Kupiansk y Lyman, las que durante 2022 Ucrania recuperó de Rusia.

En el frente interno de Ucrania, los problemas humanitarios y socioeconómicos se profundizaron como consecuencia del esfuerzo bélico. Los millones de ucranianos que descendieron a la pobreza superan a los millones que abandonaron el país desde 2022. Según datos de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) de febrero de 2025, casi 13 millones de personas necesitan asistencia humanitaria urgente en Ucrania, hay más de 3,6 millones de personas desplazadas dentro de Ucrania y cerca de 7 millones de ucranianos refugiados y solicitantes de asilo en diferentes partes del mundo.

En el nivel gubernamental, las repetidas situaciones de corrupción han llevado a que en el país exista casi un «estado de corrupción» más que «casos de corrupción». Basta considerar que por la corrupción han tenido que marcharse los ministros de Energía, Justicia y Defensa.

Como bien considera el británico Ian Proud, ex Consejero Económico de la Embajada británica en Moscú, con las elecciones en pausa, en Ucrania existen menos controles y contrapesos constitucionales sobre el poder de los oligarcas que antes de la guerra. Por ello, hay quienes sostienen que poner término a la guerra y cortar el flujo de dinero facilitaría a los próximos dirigentes reorientarse hacia la adhesión a la Unión Europea.

En relación con ello, y específicamente a raíz del escándalo que se produjo como consecuencia de la malversación de fondos y sobornos en la compañía estatal de energía nuclear, no fue casual que el canciller alemán se refiriera recientemente a la creciente preocupación europea sobre la corrupción.

A estas situaciones comprometedoras para Ucrania, hay que considerar también que la concepción estratégica estadounidense en tiempos de Trump guarda propósitos relativos con el «reparto de cargas» entre los socios estratégicos occidentales, es decir, que los europeos asuman sus responsabilidades financieras en materia de defensa y en materia de conflictos intra-continentales; y con la «resignificación de zonas estratégicas» por parte de Washington, es decir, la prioridad de Estados Unidos no se encuentra tanto en la placa geopolítica del este de Europa, salvo en temas geoeconómicos que se extienden al Asia central, sino en las placas de Oriente Medio-área del golfo Pérsico y la del Pacífico-Índico, donde residen cuestiones relativas con negocios, mercados, tecnología, alianzas, neo-contención múltiple a China, entre otras.

El plan de paz sin duda es controvertible, pues se acerca demasiado a un estatuto de capitulación militar y geopolítica que prácticamente deja a Ucrania sin margen de acción.

En un reciente artículo, el especialista estadounidense Thomas Friedman considera el plan como una traición flagrante a los aliados y a los valores de Occidente. Advierte que si finalmente el plan es impuesto a Ucrania, sus impulsores vivirán en la infamia como sucedió con Neville Chamberlain, el primer ministro británico que defendió una política de apaciguamiento, cuyo objetivo era evitar la guerra con la Alemania nazi. Para ello, en la Conferencia de Múnich de 1938, junto con otros dirigentes europeos, se entregó a Hitler una parte del territorio de Checoslovaquia.

Sabemos cómo siguió la historia. Friedman tiene razón, claro. Lo que no dice es que desde que Hitler llegó al poder en 1933, Alemania fungió como un dique de contención para Francia y Reino Unido, los garantes de la seguridad europea, ante el verdadero peligro para Europa: el comunismo soviético. Cabe preguntarse entonces, ¿valores o intereses? Por demás pertinente resulta aquí la lectura de la obra del historiador británico Ian Kershaw, «Un amigo de Hitler. Inglaterra y Alemania antes de la Segunda Guerra Mundial».

Los 28 puntos del plan de paz son, en gran medida, la respuesta a una decisión que nunca debió haber sido tomada: la de Ucrania cuando, apenas llegado al poder, el presidente Volodímir Zelenski desplegó una política exterior y de defensa que no admitía otras alternativas, esto es, convertir a Ucrania, a todo o nada, en un miembro de la OTAN.

Por supuesto que no se trató de una decisión que nació en el gobierno ucraniano. Se trataba de una política que venía desde hacía mucho tiempo atrás, en gran medida impulsada por las administraciones estadounidenses demócratas, para quienes Rusia nunca dejaría de ser un país geopolíticamente revisionista: del mismo modo que la URSS había sido un actor revolucionario que nunca detendría su lucha a nivel global, el «Estado continuador», Rusia, tarde o temprano volvería a plantear desafíos a Occidente. Porque para aquella fuerza política estadounidense y sectores de lo que en Rusia denominan la «Europa Popper» (en oposición a la «Europa Spengler»), Rusia desconoce la idea y práctica del «pluralismo geopolítico».

Por tanto, e independientemente de quién se encontrara en el poder, contenerla (o neocontenerla) en sus propios lindes era la manera de neutralizar a Rusia. En varias oportunidades la Alianza Atlántica se refirió a la inclusión de Ucrania en su seno. En 2008, uno de los años estratégicos en lo que llevamos del siglo, en la cumbre de la OTAN en Rumania se aprobó una declaración sobre la futura ampliación de la OTAN a Ucrania y Georgia.

Pronto vinieron los hechos que derivaron en la anexión o reincorporación de Crimea a Rusia (otro momento estratégico), y a partir de entonces comenzó otra de las causas profundas de la guerra en Ucrania: los enfrentamientos, tras el fracaso de los acuerdos de Minsk, en el este de Ucrania. Esta guerra sigilosa (en territorio europeo) fue casi determinante para que Moscú, cuando finalmente sus demandas relativas con alguna garantía de no ampliación de la Alianza y con la restitución de derechos a la población filo-rusa de Ucrania no fueron respondidas, decidiera poner en marcha lo que denominó «Operación Militar Especial».

Hasta ese momento, la «potencia institucional europea» tuvo la posibilidad de disuadir y persuadir a Ucrania de «bajar» su política de marcha inalterable hacia la OTAN. Pero no solo no lo hizo, sino que ni siquiera propuso algún modelo basado en un congelamiento o moratoria. Mucho menos lo hizo el gobierno demócrata en Estados Unidos (el actor primus inter pares en la OTAN), que en noviembre de 2021 continuó hablando en la misma Kiev sobre la futura ampliación de la OTAN a Ucrania. En este sentido, es muy atendible lo que ha dicho estos días el presidente Trump: «la guerra nunca habría ocurrido si él hubiese estado en la Casa Blanca en 2021».

En suma, la guerra tiene una génesis de cuño geopolítico y su salida necesariamente será en clave geopolítica. Por supuesto que aquí quedan relegados el multilateralismo y los grandes principios del derecho internacional. Pero, en rigor, fueron quedando al margen cuando su lugar fue ocupado por las silenciosos códigos e intereses de una geopolítica occidental que terminó por difuminar la necesaria seguridad indivisible en ese «cinturón de fragmentación» que es Europa del este. Ninguno de los estadistas y especialistas estadounidenses estuvo de acuerdo con la ampliación de la OTAN, desde el propio George Kennan hasta Henry Kissinger, pasando por Brent Scowcroft, Kenneth Waltz, John Mearsheimer, entre otros.

Según la experiencia internacional y la geografía a la que se pertenece, la geopolítica enseña que el mejor modo de ejercer la soberanía es no ponerla a prueba, a menos que el actor dispuesto a hacerlo cuente con la seguridad de que logrará vencer al que dejó más que en claro las consecuencias de ello.

 

* Miembro de la SAEEG. Su último libro, recientemente publicado, se titula La Geopolítica nunca se fue, Editorial Almaluz, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2025.

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