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KISSINGER EN DAVOS: BREVE TRATADO DE SENSATEZ GEOPOLÍTICA

Alberto Hutschenreuter*

En el Foro de Economía de Davos, Suiza, Henry A. Kissinger se ha referido a una serie de cuestiones con centro en la actual situación que tiene lugar en Ucrania, país ubicado en una de las tres placas geopolíticas del globo atravesadas por rivalidades y tensiones pasibles de provocar una contienda militar mayor.

Entre otras reflexiones, el influyente pensador estratégico (que acaba de cumplir 99 años) advirtió que si continúa la confrontación, es decir, la que tiene lugar en el territorio ucraniano, pero también la que la acompaña desde el nivel estratégico, concretamente la rivalidad Occidente-Rusia, se afectará peligrosamente la estabilidad internacional.

Kissinger sostuvo también que Ucrania deberá ceder territorio y que el conflicto cambiará la geopolítica.

La intervención del experto causó impacto y, como suele suceder cada vez que aborda temas centrales del mundo, sus apreciaciones rápidamente se difundieron a escala mundial.

Pero nada nuevo hay en los razonamientos de Kissinger. Como todo estudioso que nunca se aparta de un marco teórico desde el que casi apasionadamente se plantea preguntas en términos de estados, poder, capacidades, intereses, equilibrio e intenciones, un marco de pensamiento que desde las perspectivas global-aldeanas y soñadoras resulta cada vez más vetusto, Kissinger nada más siguió el libreto conservador en materia de relaciones entre estados. El mismo que, en otro contexto, aplicó en los años setenta en relación con la Unión Soviética y China: negociar con la primera, a pesar de tratarse de un poder ideológico que no aceptaba el statu quo (como muy bien lo describe en sus «Memorias», y por lo que fue criticado por Zbigniew Brzezinski, otro coloso del pensamiento y proceder estratégico), y sumar a la segunda en términos de equilibrio de poder (el experto George Friedman ha hecho interesantes observaciones a la política de Kissinger en los setenta y a sus consideraciones en Davos: «Why I Disagree With Henry Kissinger», Geopolitical Futures, May 27, 2022).

El término equilibrio es clave en el «mundo-Kissinger». Y en esta guerra (innecesaria) que ha perturbado el orden local, regional y global ha sido, precisamente, la ausencia de equilibrio el factor que precipitó los hechos.

En alguna medida, si en el pasado la Unión Soviética era el actor ideológico que no respetaba el statu quo en las relaciones internacionales, pues su propósito era que «desapareciera el ellos y todos fuesen nosotros», tras la Guerra Fría, Occidente mantuvo un curso de seguridad de carácter revolucionario en relación con evitar toda posibilidad de que Rusia pudiera convertirse en un nuevo poder euroasiático que retara una vez más a Occidente.

Solo así se entiende que la OTAN, una organización política-militar nacida para afrontar el poder de la URSS, se ampliara sin ningún límite, al punto de pisotear el principio de seguridad indivisible, cuestión clave para comprender la crisis y confrontación actual.

En otros términos, las decisiones estratégicas y geopolíticas que Occidente tomó tras la victoria en la Guerra Fría no respetaron la experiencia y la historia, cuestiones de primer orden en las reflexiones de Kissinger, como deja demostrado de manera brillante en su obra cumbre, «La diplomacia» (la que como muy bien sostuvo una vez el especialista Jorge Castro debería haberse titulado «La política de poder»), como así también en otra obra de excelencia, «Orden mundial. Reflexiones sobre el carácter de las naciones y el curso de la historia».

Esa falta de deferencia estratégica y político territorial fue la que creó una situación que implicó, desde Rusia, diferentes políticas de reparación que incluyeron la más riesgosa, la guerra, antes en Georgia y ahora en Ucrania.

Ir más allá de lo conveniente tras una victoria puede poner en riesgo la propia victoria, es decir, provocar reacciones que alguien terminará padeciendo; en este caso, Ucrania. Por ello, Kissinger advierte que, con el fin de evitar lo que podemos denominar «divisibilidad geopolítica», este país tendrá que ceder territorio: la desmesura y la ignorancia geopolítica en las relaciones interestatales casi siempre llevan al fraccionamiento geopolítico de la parte más débil o de la que desafió el equilibrio territorial.

En algún momento, la OTAN debió considerar los límites, aquello que el canciller Bismarck, muy estudiado por Kissinger, denominaba «diagonal» en materia de competencia interestatal. Pero nunca lo hizo, a pesar de las advertencias hechas por «los que saben», entre ellos, el mismo Kissinger, Scowcroft, Kennan (el primero en desaconsejar ampliar la Alianza), Waltz Mearsheimer, por citar algunos de los más notables. Por ello, el accionar de la OTAN fue geopolíticamente revolucionario. Y la historia no ofrece demasiados casos exitosos de cursos geopolíticos irrestrictos o que desconsideren el equilibrio geopolítico entre los poderes preeminentes.

Por último, es posible que la geopolítica cambie tras la guerra en Ucrania. Pero la geopolítica siempre cambia; lo hizo en los noventa cuando parecía que la disciplina quedó sepultada con la Guerra Fría. Entonces, adoptó otra forma, sutil, mas no cambió su fondo: la pugna por captar o controlar territorios y recursos (hay que tener presente que la nueva ola industrial requiere nuevas materias primas, por ejemplo, litio). Tal vez nunca se dio cuenta, pero Clinton, al abrir mercados por todo el mundo y derribar marcos regulatorios de los Estados a través de su política de «ampliación», fue un geopolítico de nuevo cuño, si bien Kissinger no estuvo de acuerdo con su enfoque internacional.

De eso se trató la globalización (o «geobalización»), un régimen de poder blando que predispuso a los países a «hacer entusiasmadamente» lo que los poderosos querían que ellos hicieran.

La geopolítica cambia, pero nunca se va. Más todavía, como siempre, viene hacia nosotros. Y así será mientras las cuestiones hasta hoy inalterables de la política entre estados, esto es, la ambición, el temor, los intereses, entre otras, no sean erradicadas o modificadas. Si un día ello ocurre, entonces nos encontraremos en otra dimensión de la humanidad.

Además, la geopolítica cambia, pero en un sentido de «pluralización», es decir, se suman nuevos territorios, por caso, el digital, y también adquieren nueva relevancia los «viejos territorios», por caso, el aeroespacial. Pero ello no implica que la rivalidad y el conflicto disminuyan sino, por el contrario, se vuelven más sofisticados y difusos. En su ya citada obra «Orden mundial», Kissinger se ha referido a esos «nuevos temas».

En breve, en el encuentro mundial de Davos Kissinger ha hecho advertencias y ha recordado que solamente el equilibrio puede proporcionar un orden que, a su vez, proporcione estabilidad internacional, es decir, paz. Para otras visiones y prácticas, la historia ofrece no pocos casos de frustraciones y precipicios.

 

* Doctor en Relaciones Internacionales (USAL). Ha sido profesor en la UBA, en la Escuela Superior de Guerra Aérea y en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación. Miembro e investigador de la SAEEG. Su último libro, publicado por Almaluz en 2021, se titula “Ni guerra ni paz. Una ambigüedad inquietante”.

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LA GUERRA EN UCRANIA, CONSECUENCIAS GEOESTRATÉGICAS

F. Javier Blasco*

El tiempo pasa inexorablemente sin que cambien mucho las cosas en los diversos frentes abiertos por Rusia en Ucrania, así como tampoco o muy lentamente en la arena internacional. Esto ocurre, sin tener presente que, en la guerra moderna, los prolongados periodos de pocos o nulos progresos, a pesar de la mucha actividad bélica, no son un factor que pueda ayudar a decantar el fiel de la balanza de un platillo al otro.

Los informes, opiniones y partes de guerra diarios se suceden sin parar; pero la situación en general, salvo honrosas y puntuales excepciones, parece estar estancada. Unos dicen que Putin está reorganizando sus fuerzas para dar el golpe definitivo, otros que es muy difícil llevar a cabo el obligado reemplazo de las unidades que se han agotado o desgastado mucho por los combates, que ya no sirven para continuar la lucha con plena efectividad y, aunque también, cada vez son más los que empiezan a creer en la incipiente posibilidad de que las fuerzas ucranias, con los puntuales apoyos recibidos desde el exterior, están haciendo mucho daño al ejército ruso —muy sobrevalorado dentro y fuera de casa— quien, a su vez, empieza a mostrarse incapaz de comerse a la presa aunque varíe de intensidad y escenario.

Pero lo cierto, es que nada es mentira del todo y algo hay de cierto en cada uno de los puntos expresados en el párrafo anterior.

A tenor o como consecuencia de esta guerra —errónea y malamente bautizada y peormente llevada a cabo por parte rusa— a pesar de las grandes diferencias en las capacidades iniciales en todos los campos militares y el correspondiente armamento, Rusia empieza a verse avocada a perfilarse como el gran perdedor final; si bien no y de forma definitiva en campo militar, sí en otros campos, relativamente más importantes.

Somos muchos los que defendemos que aquellos pueblos que no estudian ni analizan su historia adecuadamente, tienen grandes posibilidades de volver a caer en los mismos errores que sus ancestros. No es la primera vez que le ocurre a la URSS o a Rusia, que cuando se encuentran económicamente estancadas, como si de una guerra Santa se tratara, se lanzan a unas cada vez más costosas guerras, que terminan mal para sus intereses.

La situación actual no es muy diferente a cuando Stalin tomó la decisión de lanzarse a intervenir en la Guerra de Corea en 1950. Cosa que también le ocurrió a una URSS tambaleante en 1979, cuando erró y mucho, al invadir Afganistán. Motivo, que hace pensar en que, en adelante, Rusia deberá desconfiar mucho más de los costos y repercusiones potenciales de intervenir o forjar una agresión militar abierta, sobre todo, cuando su economía no se encuentre muy boyante, al igual que obligatoriamente, debe corregir una serie de errores o importantes deficiencias militares propias. Errores que, para poder ser corregidos, deben asumirse plenamente porque marcan el camino al fracaso de sus operaciones militares, a pesar de ser un país que posee un ingente poderío nuclear y ser el tercero del mundo, en liza con la India, que más gasta en defensa para modernizar su equipo y armamento.

Aunque ya se ha hablado y escrito mucho sobre estos, conviene repasarlos brevemente: un deficiente sistema de estudio de los factores que influyen en la decisión (principalmente en lo referente al ambiente, armamento, enemigo y el terreno); un liderazgo militar autocrático, piramidal y excesivamente rígido en el planeamiento y también en la ejecución de las operaciones; la escasa o nula voluntad de vencer de la tropa; que la mayor parte de estos sean de recluta forzosa cuando el sofisticado armamento exige un mayor grado de formación, entrenamiento o la profesionalización de la tropa; la inexistencia de un verdadero empleo intermedio (suboficiales) que entrenen y empujen a los subordinados; no estar preparados a superar las capacidades y peligros de las nuevas tecnologías y que, en general, su armamento y material de transporte es bastante obsoleto unido a que la cadena logística sigue siendo ancestral, lamentable y claramente deficiente.

Factores, que han mermado la agilidad, capacidad y la resistencia de sus militares, máxime cuando se han enfrentado a un enaltecido pueblo en armas, el ucraniano, que sabiendo y conociendo los defectos del adversario, ha venido evolucionando en sentido contrario y recibiendo adiestramiento y apoyos precisos de armamento especifico y eficiente —principalmente por parte de EEUU— durante un periodo de tiempo superior a siete años, sin que Rusia diera mucha importancia o consideración a este hecho.

Deberá analizarse y valorar realmente los efectos y consecuencias económicas, comerciales y de aislamiento internacional traducidas en ‘sanciones’ que pueden negar a Rusia tanto la exportación de sus productos como el libre acceso a multitud de elementos que integran la tecnología vital para la producción de armas modernas y otro tipo de equipamiento, incluido el de doble uso.

Situación que podría llevar a Rusia a un elevado empobrecimiento (llegará a caer hasta un 15% este año) y a un descenso en su prestigio internacional y capacidades tecnológicas; con lo que será relativamente fácil que todos sus aliados o amigos, incluida China, puedan llegar a ver a Moscú como un aliado menos capaz. Al mismo tiempo, que los vecinos que ahora le temen, empiecen a verle como un lobo, menos feroz y al que es posible, con alguna ayuda exterior, llegar a vencer. En cualquier caso, el retroceso económico ruso es altamente probable y puede llegar a ser muy sangrante o hasta definitivo.

Comprobar la eficacia de todas y cada una de las mencionadas sanciones para reducir las capacidades de un peligroso vecino muy molesto, en el futuro llevará a la Comunidad Internacional (CI) a perfeccionar el sistema de imposición de estas, así como a una mayor rapidez y menor vacilación en su aplicación.

En este caso concreto, aunque también extrapolable a otros muchos escenarios, en el aspecto económico y de la necesidad para la subsistencia ha aparecido una nueva arma muy potente y eficaz; me refiero al ‘control del suministro de los productos necesarios’ para obtener energía, minerales precisos y otro tipo de productos que afectan a la subsistencia. Arma de doble filo, que puede ser empleada en ambos sentidos y cuyo control y aprovechamiento puede poner en peligro la actuación de otros factores y actores.

El conflicto en sí mismo, las sanciones impuestas a Rusia y las consiguientes amenazas de Putin sobre los diversos países europeos han dejado bien claro que la enorme y casi absoluta dependencia de Occidente con Rusia en carburantes, derivados del petróleo, gas, minerales de todo tipo y las importaciones de grano, deben llegar a casi desaparecer en un breve periodo de tiempo y, otras fuentes como EEUU se beneficien en detrimento de Rusia, lo que sin duda, afectará duramente a su economía a corto y medio plazo.

Rusia ha conseguido unos efectos contrarios a los pretendidos por Putin en lo referente a sembrar la discordia y las divisiones en el seno de la OTAN y la UE. Aunque si ha logrado imponer ‘el valor de la disuasión nuclear’ para que los países aliados o integrantes no intervengan individual o colectivamente en la guerra, aunque también y sin pretenderlo, por determinado contagio o celos políticos, se ha incrementado el convencimiento de la mayoría de los anteriores para limar sus intereses personales en apoyo a la causa y/o de invertir más en defensa.

Con respecto al valor y efecto de la disuasión por poseer el arma nuclear, se corre el peligro que, en un futuro próximo, países como Corea del Norte, Irán y alguno otro más, caigan en la tentación de mejorar sus capacidades nucleares para asegurarse no ser atacados.

Por otro lado, dado que los planes de invertir en defensa no son de aplicación instantánea, sino plurianuales y algunos como España lo han matizado a muy largo plazo, se corre el riesgo de que si Rusia finalmente acaba con el rabo entre las piernas, puede que muchos se olviden de sus buenos propósitos al respecto.

Un hecho claramente patente es que la UE tiene una enorme falta de capacidades de influir política y militarmente en la resolución de conflictos, incluso, si estos se producen en sus propias fronteras. Hecho que puede le sirva de acicate para tratar de corregir tales deficiencias que la subyugan a casi una irrelevancia en el ámbito de la seguridad.

Por su parte la OTAN, en su próxima cumbre de Madrid, que en principio iba a ser una reunión tranquila para pasar un buen tiempo aprovechando la bonanza climática de la época y el propicio ambiente sin grandes temas que tratar, posiblemente derive en una de las cumbres más importantes de su historia por la necesidad de una redefinición de su Concepto Estratégico, de las condiciones y límites a las posibles ampliaciones y hasta si se mantiene o no la actual política de empleo del arma nuclear (conocida como ‘postura de doble clave’, que basa su empleo solo como disuasión o en caso de defensa) así como, en incrementar o no las propias capacidades nucleares de la Alianza. No siendo precisamente la composición del gobierno de España y de sus apoyos, en gran parte pro rusos o simpatizantes de Putin, el mejor escenario donde poner sobre la mesa estos asuntos con las debidas garantías.

Otra de las consecuencias geoestratégicas en el punto de las mencionadas alianzas es el de la ampliación selectiva de ambas organizaciones con el ingreso o adhesión de países del entorno a Rusia, tema que se da por hecho y con cierto carácter de urgencia.

‘China’ tiene muchos más intereses con el resto del mundo que con Rusia; desde que esta se anexionó la península de Crimea en 2014 se ha venido salvando por su oscurantismo y aparente neutralidad; pero todo apunta a que, en breve, deberán decantarse por uno u otro bando y los chinos son eminentemente comerciales, por lo que el aislamiento ruso puede aumentar exponencialmente.

El éxito logrado en este conflicto con la ayuda norteamericana en material, inteligencia y adiestramiento más o menos encubierta a Ucrania, puede servir de acicate y ejemplo para la resistencia de otros países amenazados por Rusia, China o Corea del Norte y que de una forma u otra, estén bajo el paraguas norteamericano; al mismo tiempo que el —a todas luces— inesperado posible éxito de David contra Goliat, pueda suponer una llamada de aviso para los que amenazan o ambicionan expandirse confiando en la diferencia de capacidades a su favor.

En lo referente a formas y modos de ejercer y practicar el liderazgo por parte de los dirigentes políticos modernos, se aprecia un cierto regreso al pasado. El liderazgo visible e inspirador de confianza del presidente ucraniano Zelenski —quien parece haberse convertido en Winston Churchill en tiempos de la II guerra mundial— así como sus nítidos mensajes a los ucranios y a todo parlamento que le ha querido oír, han generado confianza entre aquellos y muchos más apoyos externos. Por el contrario, el estilo solitario y falaz de Putin y sus interminables mentiras y acciones cruentas, socavan su credibilidad y la de toda Rusia.

En conclusión, con independencia del resultado y momento final de esta guerra, se puede afirmar que los organismos de la CI por separado deberán darle una vuelta a su composición, organización, cometidos y misiones, sobre todo para la ONU y la UE, quienes se han mostrado de muy poca o nula utilidad y que Rusia, en el plano internacional y económico saldrá perdiendo y mucho si se llevan a efecto todas las sanciones y restricciones previstas y en el tintero. Situación está que podría ser causa y motivo de problemas internos de cierta o mucha relevancia hasta para el mismo Putin, lo que su potencial caída, acarrearía una nueva crisis de importante trascendencia mundial.

Por su parte Ucrania y los ucranios, que son los que se están llevando la peor parte, incluso muchas veces en solitario, se encuentran con que actualmente la mayoría de sus importantes ciudades están muy dañadas o totalmente arrasadas, su economía, las capacidades industriales, agrícolas, mineras y de transporte en franco desastre o destruidas; por lo que el país precisará de un gran, urgente y potente plan de recuperación, si no se quiere que acabe como Siria.

Igualmente, se precisarán planes para el regreso de la mayor parte de los casi cinco millones de refugiados y desplazados internos. Costosos y complicados temas de los que, de momento, nadie habla claramente y deberían ser parte ya de los todavía desconocidos planes internacionales de ayuda.

Por último, da la sensación de que al focalizar tanto la atención internacional en este conflicto y su resolución, ha llevado a la CI al abandono del interés y preocupación por la actividad, desarrollo y expansión del Estado Islámico tanto en Oriente Medio como en el continente africano; a lo que hay que unir, la coincidente y forzada finalización, en algunos casos, de la mayor parte de las misiones de paz o de instrucción y adiestramiento a fuerzas aborígenes en el Sahel y alrededores para luchar contra este grupo terrorista, a pesar de los muchos mensajes que la comunidad yihadista sigue mandando con sus ojos y pensamiento puestos en Europa.  

 

* Coronel de Ejército de Tierra (Retirado) de España. Diplomado de Estado Mayor, con experiencia de más de 40 años en las FAS. Ha participado en Operaciones de Paz en Bosnia Herzegovina y Kosovo y en Estados Mayores de la OTAN (AFSOUTH-J9). Agregado de Defensa en la República Checa y en Eslovaquia. Piloto de helicópteros, Vuelo Instrumental y piloto de pruebas. Miembro de la SAEEG.

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LA «DOCTRINA ZELENSKI»: UN RETO QUE COMPROMETE A UCRANIA Y A LA SEGURIDAD INTERNACIONAL

Alberto Hutschenreuter*

Cuando en 2019, Volodímir Zelenski, un licenciado en derecho y ex actor y director de cine y televisión, alcanzó la presidencia de Ucrania tras una breve campaña, su principal enfoque en materia de política externa y de defensa fue colocar la proa del país en dirección de las estructuras políticas-económicas y de seguridad de Occidente, esto es, la Unión Europea y la OTAN.

Es verdad que antes otros ya lo habían hecho, pero la diferencia fue que Zelenski lo hizo en términos de vía única, es decir, descartó de plano cualquier otra alternativa, entre ellas, una eventual neutralidad del país este-europeo. Para el nuevo mandatario, era imperioso tomar de una vez y para siempre esta decisión: Ucrania era un país independiente, su lugar era Europa y era aquí donde debía anclar su porvenir.

Desde el oeste se habían emitido señales que parecían asegurar ese propósito. En relación con el eventual ingreso a la Unión Europea, si bien hacia el final de la década de los noventa se consideró la cuestión, fue en 2008 cuando se anunció que Ucrania firmaría un Acuerdo de Asociación con la UE. Pero desde Bruselas se comunicó que tal acuerdo solo sería posible si Kiev llevada adelante determinadas reformas que afirmaran el estado de derecho, particularmente en su segmento judicial. Unos años después, en 2013, una misión del Parlamento europeo sostuvo que había oportunidad para un tratado de asociación. Finalmente, los acontecimientos durante el invierno de 2014 impulsaron la firma de un acuerdo, aunque quedó pendiente la ratificación (es necesario recordar que la adopción de adhesión a la UE requiere el voto unánime de sus 27 miembros).

En relación con las “señales” de la OTAN, existía, desde los años noventa, cierto umbral puesto que Ucrania pertenecía (desde entonces) al Consejo de Cooperación del Atlántico Norte y al Programa de Asociación para la Paz. Pero no fue hasta bien entrada la primera década del siglo XXI cuando surgió la posibilidad de que Ucrania fuera parte de la Alianza: en la reunión de la OTAN en Bucarest en 2008, se emitió una declaración que parecía habilitar en el futuro el ingreso de Georgia y Ucrania. En la cumbre de la OTAN celebrada Varsovia en 2016, se estableció un paquete de asistencia integral para Ucrania. Asimismo, la Rada (Parlamento ucraniano) aprobó una legislación que reafirmaba como objetivo de la política exterior y de seguridad la pertenencia a la Alianza Atlántica. Finalmente, en septiembre de 2020, el mandatario aprobó la nueva Estrategia de Seguridad Nacional que preveía un curso de asociación distintiva con la OTAN con el propósito de ingresar a ella.

El dato más reciente en relación con las señales sucedió el 10 de noviembre de 2021, cuando el secretario de Estado norteamericano, Antony Blynken, y el ministro de Defensa ucraniano, Dmytro Kuleba, firmaron una “Carta de Asociación Estratégica”: según la misma, Ucrania “está comprometida con las profundas y ampliar reformas necesarias para su plena integración en las instituciones europeas y euroatlánticas”.

Este evidente respaldo sin duda no solo afirmó la concepción de la política exterior y de seguridad de Ucrania en relación con la orientación política, económica y estratégica-militar, sino que pareció que Occidente garantizaba dicho rumbo. Esto último tal vez hizo creer a Kiev que no estaría sola ante la reacción rusa si decidía marchar al extremo, es decir, hacia las estructuras de Occidente, pero también si se proponía recuperar el control territorial en el este y, algo más temerario, recuperar Crimea.

Fue acaso ese convencimiento y entusiasmo el que, en la Conferencia sobre Seguridad de Múnich de febrero de 2022, un foro donde se puede medir la “temperatura estratégica” de las partes, impulsó a Zelenski a decir que su país podría reconsiderar la renuncia a la posesión de armas nucleares (a las que renunció —o las retornó a Rusia en los años noventa— a cambio de seguridad y reconocimiento como país independiente). En perspectiva, fue acaso más un recurso de presión del presidente a Occidente que no calibró la desaprobación con desprecio que causaría en Rusia.

Sabemos qué sucedió a partir del 24 de febrero: Ucrania sufrió una invasión desde varios frentes. Desde entonces, y a un precio devastador para la seguridad humanitaria y material como así para la seguridad regional y global, ambos libran una guerra en la que los márgenes de salida se van haciendo cada vez más estrechos.

La invasión u “operación militar especial” de Rusia fue el resultado del fracaso de la diplomacia, pero también fue el riesgo que corría Ucrania al someter a prueba una política exterior y de seguridad descartando cualquier otra alternativa que no fuera la incorporación integral de Ucrania a Occidente. Para decirlo más claramente: lo que podemos denominar “doctrina Zelenski” implicaba no solamente remarcar diferencias geohistóricas, sino, y fundamentalmente, desafiar la geografía y la geopolítica.

En relación con el pasado, dicha doctrina reafirmaba la separación de las culturas de ucranianos y rusos tras la emergencia de principados (en el siglo X) y el final del predominio mongol (siglo XIV); es decir, Ucrania y Rusia eran países culturalmente diferentes, no un mismo país separado por las potencias occidentales como sostenía el presidente Putin, quien pocos días antes de la invasión llegó a negar la existencia de Ucrania.

Por tanto, Kiev podía narrar su historia prescindiendo de Rusia; pero para Moscú ello implicaría un problema existencial. En gran medida, sucedía lo que ha dicho la especialista Hélène Carrère d’Encausse cuando se desplomó la Unión Soviética. “Entonces, cuando el 1 de enero de 1992 los ciudadanos de Rusia descubrieron su país tal como salía de los acuerdos de Belavezha (qué declaraban oficialmente la disolución de la URSS), pudieron interrogarse con toda razón: ¿qué país era ese tan diferente de aquel que había forjado la larga historia, del cual habían aprendido etapas y lugares? Kiev, la cuna de todo, ya no estaba en Rusia, ni las costas del Báltico, ni las del Mar Negro. Pedro el Grande y la gran Catalina, ¿no habían existido tampoco, igual que Oleg en el pasado ruso? Comprender la Rusia de 1992 imponía a los rusos el olvido del pasado y la contemplación del porvenir”.

Pero, además de narrar la historia en clave solamente ucraniana, la “doctrina Zelenski” implicaba romper con la condición geográfica y geopolítica, es decir, desafiar la condición relativa con la ubicación del país y con el carácter de “pivote geopolítico” que le imponía la misma, esto es, la de ser un país independiente pero prudente en relación con su política externa y de seguridad en razón de los intereses y amparos de seguridad del vecino preeminente, como ha sido Finlandia (con más de 1.300 kilómetros de frontera con Rusia) por décadas sin que ello menoscabara su condición de país soberano e independiente.

Se ha dicho que, si Ucrania llegara a pertenecer a las estructuras de Occidente, Rusia perdería su condición de potencia euroasiática y solo le quedaría la asiática. Ello puede ser cierto, pero lo verdaderamente importante es que una eventual pertenencia de Ucrania en esos marcos occidentales implicaría un impacto de escala en la necesaria indivisibilidad que debe observar la seguridad en esa placa geopolítica del globo que es Europa del Este (o, para decirlo más apropiadamente, el inmediato oeste de Rusia).

Una situación de “seguridad divisible” implicaría que una de las partes, Occidente y la OTAN, lograría ampliar y afirmar su seguridad en detrimento de otra parte, Rusia. Es decir, se romperían las reservas estratégicas y geopolíticas que contribuyen a la estabilidad interestatal regional, continental e incluso global.

Por ello, las responsabilidades de la guerra que tiene lugar hoy recaen principalmente sobre Rusia, sin duda, porque ha violentado el principio de integridad territorial; pero también comprometen a Ucrania por sostener una política externa y de seguridad reduccionista, a los países de la UE por permanecer en su área de confort estratégico y no sostener una geopolítica propia que la comprometiera más en los sucesos del Donbass a partir de 2014 y, asimismo, no ilusionara a Ucrania con la membresía en la OTAN; y a Estados Unidos por no respetar la experiencia ni los códigos estratégicos y geopolíticos.

En breve, con el reto que supone romper con la deferencia a Rusia e intentar estrecharse a Occidente, el presidente de Ucrania se ha alineado con la regularidad histórica de Ucrania en relación con enfrentar a Rusia. Su nombre seguramente se sumará a la lista en la que figuran Taras Shevshenko, Symon Petlyura y Stepan Bandera. Pero las consecuencias de su decisión podrían tener un muy alto precio: para el país, desde una nueva mutilación hasta la misma desaparición, y para el mundo, una etapa de alta desconfianza, militarización, baja cooperación, esferas de influencia y primacía de los intereses nacionales.

 

* Doctor en Relaciones Internacionales (USAL). Ha sido profesor en la UBA, en la Escuela Superior de Guerra Aérea y en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación. Miembro e investigador de la SAEEG. Su último libro, publicado por Almaluz en 2021, se titula “Ni guerra ni paz. Una ambigüedad inquietante”.

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