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28 DE JULIO, INDEPENDENCIA DEL PERÚ.

Marcelo Javier de los Reyes*

Somos libres, seámoslo siempre

y antes niegue sus luces el Sol,

que faltemos al voto solemne

que la Patria al Eterno elevó.

Himno Nacional del Perú (Coro)

 

Se conmemoran hoy 199 años de la Independencia de la hermana República del Perú, la que tuvo lugar por determinados hechos fortuitos pero principalmente por la convicción de numerosos ciudadanos que, en aquellos tiempos, no se hallaban separados por fronteras sino que se que consideraban sencillamente americanos.

La guerra en el sur de América tuvo su primer escalón en el triunfo en el combate de San Lorenzo (3 de febrero de 1813), en la que el general José de San Martín derrotó a una fuerza realista que duplicaba su cantidad de hombres.

Tras las derrotas sufridas en Vilcapugio (1º de octubre de 1813) y en Ayohuma (13 de noviembre de 1813) el general Manuel Belgrano renunció a la comandancia del Ejército del Norte. San Martín asumió como jefe y reorganizó los restos de esas fuerzas pero con la certeza de que sería improbable alcanzar el éxito intentando atravesar el Alto Perú. Ante esto consideró necesario formar un ejército al pie de los Andes para marchar sobre Chile para enfrentar a los españoles del otro lado de la cordillera y desde allí dirigirse al Perú, ya que estaba convencido de que hasta que las fuerzas americanas no entraran en Lima, la guerra no se acabaría.

El 10 de enero de 1814, San Martín fue nombrado gobernador-intendente de la provincia de Cuyo, donde organizó silenciosamente el Ejército de los Andes con escasez de recursos pero con una gran labor y con la donación de las joyas de las mujeres de Mendoza.

Mientras San Martín preparaba sus tropas, en el este el escenario de la guerra se complicaba por la presión de las fuerzas españolas pero gracias a la intervención del general José Rondeau y del almirante Guillermo Brown, la ciudad y el puerto de Montevideo quedaron liberados de la dominación española. Pero Rondeau fue despojado de esa victoria por los manejos políticos del Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Gervasio de Posadas, quien nombró en reemplazo de Rondeau a su sobrino Carlos María de Alvear, cuando la suerte ya estaba echada en favor del substituido.

Los tiempos se acortaban por lo que San Martín llamó a poner fin, definitivamente, con el vínculo colonial, por lo que se dirigió a los diputados reunidos en el Congreso de Tucumán para que declararan la independencia de las Provincias, la cual se proclamó el 9 de julio de 1816.

Luego de la derrota en la batalla de Rancagua (1-2 de octubre de 1814), los líderes emancipadores, al mando de Bernardo O’Higgins, cruzaron los Andes y se establecieron en Mendoza, sumándose al Ejército de los Andes para dar comienzo a la reconquista del territorio.

Proclamada la independencia de las Provincias Unidas, San Martín se sintió en libertad de emprender el cruce de los Andes al frente de su ejército, al que se sumaron los hombres de Bernardo O’Higgins.

El Ejército de los Andes partió el 5 de enero de 1817 desde el campamento de El Plumerillo dividido en dos cuerpos, uno que atravesó los Andes a través del Paso de los Patos —formado por tres columnas al mando respectivo de Miguel Estanislao Soler (vanguardia), San Martín y O’Higgins, ambos con la reserva a una jornada de distancia— y otro a través de Uspallata —al mando de Juan Gregorio de Las Heras, seguido a dos días de distancia por Luis Beltrán con el parque y la artillería—.

Las fuerzas principales se reagruparon al otro lado de los Andes entre el 6 y el 8 de febrero. El 12 de febrero San Martín obtuvo su primer triunfo en la batalla de Chacabuco, pero la suerte no lo acompañó en Cancha Rayada (18 de marzo de 1818), hasta que la victoria en Maipú o Maipo —particularmente sangrienta—, el 5 de abril de 1818, selló la independencia de Chile, que era uno de los eslabones del Plan Continental ideado por San Martín. A esas alturas, los realistas del Perú se persuadieron de que era infructuoso seguir enviando tropas para reconquistar Chile.

Liberado Chile durante la campaña de 1817 y 1818, el objetivo era llegar a Lima.

Con la ayuda de Lord Thomas Cochrane, contratado por el gobierno de Chile la empresa podía llevarse a cabo por mar hasta Perú. Entre 1819 y 1820 incursionó por las costas del Perú y de Quito, las cuales habían sido ya exploradas por el almirante Guillermo Brown como corsario en los años 1815 y 1816.

En febrero de 1820, Cochrane tomó Valdivia, que era un puerto y fortaleza realista en el extremo sur de Chile, pero fracasó en la toma de Chiloé. No obstante, esta campaña le permitió sumar nuevas unidades capturadas al enemigo.

El 5 de febrero se celebró un acuerdo argentino-chileno con el objetivo de llevar la liberación a Perú, en el marco de un escenario complejo en Buenos Aires. San Martín se rehusó a involucrarse en una guerra civil y continuó con sus planes.

Cochrane embarcó a las tropas en Chile y las transportó hasta la costa del Perú, lo que llevó al virrey español, José de la Serna, a abandonar Lima y encontrar refugio en las montañas.

La decisión del general San Martín de reconsiderar la ruta hacia el Perú y de optar por una expedición anfibia para darle el golpe de gracia al núcleo del poder mostró el acierto de su estrategia.

El 28 de julio de 1821, el libertador José de San Martín proclamó la Independencia del Perú, primero, ante una multitud reunida en la Plaza Mayor de Lima, luego en la plazuela de La Merced y después en la plaza Santa Ana, frente al Convento de los Descalzos. Finalmente lo hizo en la plaza de la Inquisición (hoy plaza Bolívar). Según testigos de la época, presenciaron la ceremonia más o menos 16.000 personas. El libertador con una recién creada bandera peruana en la mano, exclamó:

Desde este momento el Perú es libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende. ¡Viva la patria!, ¡Viva la libertad!, ¡Viva la independencia! 

 

Bibliografía

Beyhaut, Gustavo y Hélène. América Latina III. De la independencia a la segunda guerra mundial. Madrid: Siglo Veintiuno de España Editores, 1999.

Halperin Donghi. Tulio. De la revolución de independencia a la confederación rosista. Buenos Aires: Paidós, 1980.

Municipalidad de Miraflores, Perú, <https://www.miraflores.gob.pe/>.

Rivaneira Carlés, Raúl. Nuestros próceres I. Buenos Aires: Liding S.A., 1979.

 

* Licenciado en Historia  (UBA). Doctor en Relaciones Internacionales, (AIU, Estados Unidos). Director de la Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales (SAEEG). Autor del libro “Inteligencia y Relaciones Internacionales. Un vínculo antiguo y su revalorización actual para la toma de decisiones”, Buenos Aires, Editorial Almaluz, 2019.

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UN PASADO COMÚN ENTRE ARGENTINA Y BOLIVIA

Agustín Saavedra Weise

El pasado 9 de julio de 2020 se celebró el 204º aniversario de la independencia de las Provincias Unidas del Río de La Plata, la hermana Argentina de nuestros días. Los historiadores argentinos coinciden en que el haber repelido exitosamente las invasiones inglesas de 1806 fue un primer hito fundamental de lo que después sería la proclamación de la independencia. Del fallido asalto británico a Buenos Aires mediaron cuatro años hasta el 25 de mayo de 1810 y seis hasta el Congreso de Tucumán.

La Revolución de mayo mantuvo la ficción de reiterar lealtad a Fernando VII, rey de España erradicado del poder por Napoleón Bonaparte. El contexto independentista -tanto argentino como íberoamericano- no puede entenderse bien sin la sincronización con lo que ocurría en Europa desde la Revolución Francesa (1789) y antes con la creación de Estados Unidos (1776).

En 1816 las condiciones europeas cambiaron. Tras la derrota de Napoleón en Waterloo (1815), el viejo orden volvió y la restaurada monarquía hispana se endureció con sus colonias. Obviamente, ya no era necesaria la ficción de representar al monarca desplazado; fue así que el Congreso de Tucumán optó por la proclamación de la independencia el 9 de julio de 1816. El Alto Perú (hoy Bolivia) estuvo representado por 6 delegados.

Entre los delegados de las provincias altas a Tucumán destacó José Mariano Serrano, redactor del manifiesto de la independencia argentina. Posteriormente Serrano también estuvo presente en Charcas cuando se creó Bolivia (1825). Tuvo así el raro privilegio de participar en la declaración de dos soberanías. Del Congreso de Tucumán no participaron Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe y Banda Oriental, hoy Uruguay. Desde 1813 esas provincias estaban enfrentadas con Buenos Aires. Paraguay ya era de hecho un estado independiente y tampoco participó.

A partir del 9 de julio de 1816 se inicia el proceso de consolidación de la Nación Argentina. Otros estados se fueron independizando progresivamente y buscaron su lugar bajo el sol. Todos desecharon la monarquía y decidieron ser republicanos. Hubo guerras y enfrentamientos fratricidas, pero al final, cada país siguió su propio derrotero. En el campo rioplatense, Bolivia, Paraguay y Uruguay —territorios con derecho y legalidad para haber sido un solo país con las Provincias Unidas— optaron por la auto determinación, forjando así sus propias nacionalidades.

El apelativo “Argentina” tiene su origen en el Alto Perú, hoy Bolivia. Como había que llegar a Potosí, dónde estaba la plata (“Argentum” en latín), los aspirantes a nuevos ricos ingresaban por Buenos Aires y desde allí partían hacia las “tierras de argento”, hacia Potosí. El nombre se asentó en la región y de ahí derivó el gentilicio “Argentina” (tierra de la plata). Otro elemento para rescatar es el de las nacionalidades. Hoy se dice “Cornelio Saavedra era boliviano” y Serrano “fue un boliviano que redactó el Acta de independencia”. Lo mismo ocurre en otros contextos. La verdad: en esa época las mezquinas fronteras del presente no existían y tampoco había cabida para nacionalismos estrechos. El pensamiento era continental, continentales eran las presencias y las mentes de los ilustres personajes que forjaron nuestra historia común. No importaba de dónde sean ni nadie se preocupaba por su origen natal, simplemente todos eran americanos parte de las provincias unidas; el resto carecía de valor. A ese pensamiento en grande, volveremos algún día. Y mientras, no debemos olvidar los fuertes vínculos de origen que existen entre Bolivia y Argentina.

 

Nota original publicada en El Deber, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia https://eldeber.com.bo/opinion/un-pasado-comun-entre-argentina-y-bolivia_191616

ALGUNOS PRINCIPIOS ESTRATÉGICOS DEL CAPITÁN LIDDELL HART

Agustín Saavedra Weise*

Sir Basil Liddell Hart

Sir Basil Henry Liddell Hart (1895-1970) fue un destacado oficial británico que llegó al grado de capitán y luego se dedicó a escribir sobre temas militares de diversa naturaleza, los que concitaron la atención de muchos estudiosos del campo castrense como también en los ámbitos político-electorales y empresariales. Uno de los más interesantes trabajos de Liddell Hart ha sido la recopilación de sus entrevistas con los principales estrategas germanos de la Segunda Guerra Mundial en su conocido libro “El otro lado de la Colina – Los generales alemanes hablan”. Al concluir la obra, resume magistralmente su opinión sobre esos oficiales famosos, entre ellos el célebre Mariscal de Campo Erich von Manstein. He aquí lo escrito como reflexión final por el capitán Liddell Hart: “Los generales alemanes de la Segunda Guerra Mundial fueron lo mejor de lo mejor que tuvo el mundo en su profesión. Podrían haber sido aún mejores, si su visión global de los hechos hubiera sido más grande y su comprensión aún más profunda. Pero entonces se habrían transformado en filósofos, ya no hubieran sido soldados”.

Su libro, “El otro lado de la Colina – Los generales alemanes hablan”, en su versión en inglés.

Liddell Hart en otro de sus libros importantes (Estrategia) señala varias máximas que según él deben ser siempre observadas en todo contexto en el que puede haber un enfrentamiento. Algunas de ellas han sido adaptadas de las que marcó en su época el legendario pensador chino Sun Tzu. Helas aquí: 1) Ajuste su fin a sus posibilidades; la vista clara y el cálculo fresco deben prevalecer. No intente hacer más de lo que puede, mantenga un sentido claro de lo que es posible. 2) El objetivo principal debe estar siempre en su mente mientras adapta su plan a las circunstancias. Reconozca que existen alternativas, pero asegúrese de que todas tengan relación con el fin propuesto. 3) Elija la línea de menor expectativa. Intente ponerse en el lugar de su oponente y trate de imaginar qué curso de acción verá él como el menos probable. Y explote la línea de menor resistencia, siempre que pueda llevarlo hacia su objetivo final. 4) Aproveche la oportunidad, pero no cualquier oportunidad sino la óptima, la mejor posible. 5) Su línea de operaciones siempre debe ofrecer objetivos alternativos; elija un curso de acción único que podría tener varios objetivos posibles y no deje que sus acciones los revelen. Esto pondrá a su contrincante en un dilema, introduzca incertidumbre con respecto a lo que se debe proteger. 6) Asegúrese de que tanto los planes como las disposiciones sean flexibles y adaptables a las circunstancias. Incluya contingencias, tanto para el éxito como para el fracaso. 7) No arriesgue toda su fuerza en un solo golpe, máxime si el enemigo está en guardia y bien ubicado para detenerlo o evadirlo. 8) A menos que su rival sea muy inferior, no lo ataque hasta que éste haya sido desorganizado y desmoralizado; la guerra psicológica debe preceder a la guerra física. 9) No renueve un ataque en la misma línea (o en idéntica forma) después de que haya fallado una vez; esa conducta puede serle fatal. 10) Y si ha perdido y es necesario rendirse, hágalo, es mejor eso que sufrir la destrucción total.

 

*Ex canciller, economista y politólogo. Miembro del CEID y de la SAEEG. www.agustinsaavedraweise.com

 

Tomado de El Deber, Santa Cruz de la Sierra, https://eldeber.com.bo/189698_algunos-principios-estrategicos-del-capitan-liddell-hart