ISRAEL Y TURQUÍA: ¿LA PRÓXIMA GUERRA DE ORIENTE PRÓXIMO?

Roberto Mansilla Blanco*

Mientras Oriente Próximo se sumerge en una volátil dinámica de conflictos EEUU e Irán; Israel y Líbano), dentro del delicado escenario regional comienzan a calibrarse una crisis bilateral entre dos actores, Turquía e Israel, con fuertes repercusiones geopolíticas a tenor de la reciente escalada de acusaciones entre ambos gobiernos.

En marzo pasado, el líder opositor y ex primer ministro israelí Naftali Bennett declaró que Turquía se convertía, tras Irán, «en la mayor amenaza estratégica para Israel». Con anterioridad y en reiteradas ocasiones, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan no sólo ha condenado la masacre de civiles palestinos en Gaza a manos de las fuerzas israelíes sino que ha acusado directamente al primer ministro Benjamín Netanyahu de «genocida», «psicópata» y «colonialista», entre otros calificativos. Como respuesta, un artículo publicado por el think tank israelí Jerusalem Center for Security and Foreign Affairs no dudó en calificar a Erdogan de «presidente neo-otomano», señalando sus presuntas «ambiciones imperiales» y la amenaza que esto supondría para Israel.

Según el diario The Times of Israel, Erdogan tildó al gobierno de Netanyahu de «banda criminal sionista» toda vez que el ministro turco de Exteriores, Hakam Fidan, declaró que Israel «es un problema para la humanidad» y que Tel Aviv estaría «buscando un nuevo enemigo», en este caso con respecto a Turquía. La respuesta de su homólogo israelí Gideon Sa’ar fue igualmente categórica: «estas palabras enfermizas suponen un claro incitamiento al genocidio. Es el clásico lenguaje de los grandes persecutores de la historia».

Siguiendo con la escalada de acusaciones, Numam Kurtulmus, presidente de la Gran Asamblea Nacional, el poder legislativo turco, ha instado a la comunidad internacional a «detener la agresión israelí» como principal garantía para lograr «la paz mundial».

Este intercambio de acusaciones amenaza con provocar una nueva ruptura en las relaciones turco-israelíes. Debe recordarse que en 1949 Turquía fue el primer país musulmán en reconocer al Estado de Israel. Por otro lado, Ankara forma parte de la OTAN desde 1952, conservando una orientación geopolítica prooccidental que durante décadas le llevó a mantener fuertes lazos comerciales y militares con Israel.

Tras una breve crisis diplomática, Turquía e Israel restablecieron totalmente sus relaciones diplomáticas en agosto de 2022. Pero la invasión militar israelí a Gaza en octubre de 2023 retomó el empeoramiento de las relaciones bilaterales entre Ankara y Tel Aviv. En agosto de 2025 Turquía anunció la ruptura formal de relaciones económicas y comerciales con Israel.

La cuestión palestina se ha erigido como argumento clave y centro de gravedad de la actual confrontación turco-israelí. Pero no es el único factor de tensión.

La instrumentalización del relato histórico: del genocidio armenio a Gaza

Si bien a priori no existen factores inmediatos que puedan indicar una posible confrontación militar directa entre Turquía e Israel, comienzan a configurarse diversos movimientos en los planos geopolítico, geoeconómico e incluso militar que interpretan un contexto de escalada de tensiones y de pulsos geopolíticos por mantener esferas de influencia regional.

Entre ellas destacan el fortalecimiento de relaciones comerciales e incluso militares entre Turquía y Egipto, dos países que reconocen diplomáticamente a Israel pero que mantienen constantes tensiones con Tel Aviv. Toda vez que Israel ha respondido con un reconocimiento formal del genocidio armenio de 1915 cometido por las autoridades otomanas, como una evidente herramienta de presión contra Turquía.

Este reconocimiento israelí provocó inmediatas protestas por parte de Turquía y Azerbaiyán, históricos rivales armenios. En el caso azerí destaca igualmente que, sin reconocer oficialmente al Estado de Israel, en los últimos años Bakú ha mantenido estrechos vínculos comerciales con Tel Aviv, lo cual ha abierto una ventana de relación diplomática entre ambos países.

Este nuevo escenario de confrontación dialéctica entre Turquía e Israel se ve mediatizado por otra variable: la estrategia en clave geopolítica de «ganar la narrativa histórica», en este caso estableciendo paralelismos entre el genocidio armenio de 1915 con el de Gaza de 2025. Con ello se busca ejercer influencia en el ecosistema mediático y llevar el nivel de tensión hacia el espacio de la opinión pública.

El 28 de junio el gobierno israelí aprobó por unanimidad el proyecto presentado por el ministro de Asuntos Exteriores, Gideon Sa’ar, para el reconocimiento oficial del genocidio armenio de 1915.

Consciente de que dicho reconocimiento israelí implicaría una inmediata y airada respuesta por parte turca, el primer ministro de Armenia, Nikol Pashinyan, declaró que su país no ve la necesidad de responder al reconocimiento israelí de los sucesos de 1915 como «genocidio», evitando así la instrumentalización política de esta controversia.

Conflictos abiertos en el Oriente Medio de la «posguerra iraní»

Al margen de la instrumentalización política del relato histórico, la tensión entre Ankara y Tel Aviv augura nuevos equilibrios regionales. Este contexto revela un pulso geopolítico de poder entre ambos países dentro del nuevo escenario regional determinado por la «posguerra caliente» entre EEUU, Israel e Irán.

Con sus intermitentes roces y acercamientos diplomáticos, la relación entre Turquía e Israel, igualmente condicionada por los intereses estadounidenses, implicaba cierto nivel de equilibrio en la región, al menos en lo referente a la posibilidad de una confrontación armada a gran escala. No obstante, la llegada de Erdogan al poder en 2003 le permitió a Turquía ampliar regionalmente su perfil geopolítico, en este caso como líder islamista y socio económico y militar.

El tema palestino ha sido una constante en los niveles de confrontación política de Erdogan con Israel, consciente del efecto emotivo que genera en el mundo islámico. Pero también está la cuestión kurda, de enorme sensibilidad para Turquía. Desde la caída del régimen de Saddam Hussein en Irak en 2003, Tel Aviv ha mantenido una creciente cooperación económica y en materia de inteligencia con la Autoridad Regional del Kurdistán iraquí, cuyo grado de autonomía con respecto a Bagdad es evidente. Ankara ha protestado este acercamiento israelí hacia los kurdos iraquíes y su radio de implicación regional hacia las comunidades kurdas en Turquía, Siria e Irán.

Por otro lado, la preponderancia de posiciones supremacistas y revisionistas presentes en el actual gobierno de Netanyahu ha profundizado el nivel de confrontación política con Ankara. En este apartado destaca la reconfiguración de la idea del «Gran Israel» y su expansionismo regional hacia Siria, Líbano e incluso Turquía.

Ankara ha decidido mover fichas regionales para contrarrestar las posiciones israelíes. Un caso particular ha sido la eventual configuración de un eje Turquía-Egipto, el cual altera las prioridades geopolíticas israelíes y estadounidenses en Oriente Medio. En Tel Aviv interpretan que este eje turco-egipcio implicaría una especie de tenaza contra Israel en su flanco noroccidental con Gaza como epicentro, toda vez que Irán lo hace desde el flanco oriental vía proxy wars en Líbano y Yemen.

Mientras EEUU e Israel viven igualmente una coyuntura de perfil bajo en sus relaciones, explicadas por el fracaso de la intervención militar contra Irán, Turquía busca aprovechar este contexto para ganar esferas de influencia regionales.

Ankara mantiene intereses directos en Siria, Líbano, el Mediterráneo Oriental y África Occidental, un escenario donde Israel también ha comenzado a jugar sus cartas. Turquía abrió una base logística militar en Port Sudán y mantiene una estrecha cooperación económica y humanitaria en Sudán, Israel reconoció recientemente la legitimidad estatal de Somalilandia, un Estado de facto hasta ahora sin reconocimiento oficial internacional. Con este reconocimiento, Tel Aviv pretendería consolidar a Somalilandia como centro logístico y «cabeza de puente» con influencia en el Cuerno de África, el mar Rojo y el golfo de Adén, en especial a la hora de repeler los ataques que desde Yemen realizan las fuerzas hutíes, aliadas de Irán, contra objetivos israelíes.

Por otro lado, Turquía mantiene en Somalia su principal base militar en el exterior, la CAMP TurkSom, convirtiéndose al mismo tiempo en un socio comercial importante para Mogadiscio, cuyo gobierno reclama la soberanía sobre Somalilandia. Por tanto, Ankara y Mogadiscio acercan posiciones y alianzas mientras Israel busca crear nuevas esferas de influencia vía Somalilandia, orientadas igualmente a contener estos intereses turcos.

En el Mediterráneo Oriental, Israel mantiene acuerdos militares con Chipre y Grecia, enemigos históricos de Turquía. En Oriente Medio, Turquía, Pakistán y Arabia Saudita han avanzado hacia una alianza militar que muchos catalogan como un embrión de «OTAN islámica», cuya capacidad operativa parece por ahora incierta. No se debe pasar por alto el eficaz papel de la diplomacia paquistaní que, con apoyo turco, ha sido significativo para iniciar las negociaciones de intermitentes altos al fuego entre EEUU e Irán.

La disuasión nuclear también entra en escena. El ministro turco de Exteriores Hakan Fidan anunció que Ankara se reserva la opción nuclear. Con apoyo ruso, Turquía ha avanzado en la creación de la central nuclear de Akkuyu, la cual abastecerá un 10 % de la demanda energética turca. Moscú suministrará el uranio necesario para esta infraestructura que colocaría a Turquía como una nueva potencia nuclear, un escenario delicado tomando en cuenta las tensiones existentes en torno al programa nuclear iraní y el fait accompli que supone el hecho de que Israel es la principal potencia nuclear regional, aunque Tel Aviv, muy probablemente persuadido por Washington, se reserve el derecho a reconocerlo.

Las infraestructuras también entran en juego en el pulso turco-israelí. El pasado 9 de junio, Turquía y Arabia Saudita firmaron acuerdos para revivir el ferrocarril del Hejaz, una línea histórica de la era otomana que una vez conectó Estambul con Medina. El proyecto, al cual Israel ya reaccionó considerándolo como una amenaza estratégica, supone una ruta desde Bulgaria a través de Estambul, Damasco, Ammán y las ciudades saudíes, llegando finalmente a Sohar en Omán y la entrada del estrecho de Ormuz.

El ministro turco de Comercio, Omer Bolat, fue mucho más enfático al declarar que la intención del proyecto implica «la reducción de la influencia de Israel en la región» para afianzar «la prosperidad económica, paz y estabilidad a Oriente Medio». Para Turquía, el cierre del estrecho de Ormuz derivado de la guerra de EEUU e Israel contra Irán implicó la búsqueda de rutas comerciales alternativas. Por tanto, el proyecto del ferrocarril del Hejaz supone una alternativa regional ante la vulnerabilidad geoeconómica derivada de la guerra de Irán.

Israel le ha pedido al presidente estadounidense Donald Trump que bloquee este proyecto argumentando que «viola el espíritu de los Acuerdos de Abraham» de 2020 y representa un «realineamiento geopolítico hostil». Para Tel Aviv, este proyecto reduce el valor estratégico del puerto israelí de Haifa y socava el corredor económico India – Oriente Medio – Europa que posiciona a Israel como un centro de tránsito central que conecta el golfo Pérsico con Europa.

Otro escenario de conflicto es Siria. El régimen sirio del islamista Ahmed al Shar’aa, ex líder de una facción armada vinculada con Al Qaeda, es una pieza geopolítica clave para Ankara que, al mismo tiempo, se ha convertido en un rival incómodo para Israel.

De acuerdo con el medio Israel Hayom citando fuentes sirias, en Damasco existe preocupación por la intensa actividad de Turquía en este país árabe. Estas fuentes señalan al ministro turco Fidan como la «mano derecha de Erdogan en Siria», con especial comunicación directa con el presidente Ahmed al Shara’a.

Un caso concreto de la influencia turca en Siria ha sido el despliegue a comienzos de 2026 en el Aeropuerto Internacional de Damasco del sistema de seguridad HTRS-100 de fabricación turca. Si bien Ankara ha declarado el uso civil del mismo, este despliegue confirma el estrecho vínculo militar entre Turquía y Siria, motivo de preocupación para Israel en caso de eventualmente realizar ataques aéreos contra objetivos sirios.

No se debe pasar por alto las repercusiones que pueden tener en Siria los combates entre Israel y el movimiento islamista libanés Hizbulá, toda vez que Tel Aviv también tiene intereses dentro del complicado rompecabezas sirio, tal y como se observó en julio de 2025 con los combates entre fuerzas leales al régimen de al Shar’aa contra milicias de la comunidad drusa, tradicional aliado israelí, en la provincia de Sweida.

Otro escenario de tensión es el pulso geoeconómico, específicamente el control de las redes de corredores energéticos regionales. Israel impulsa el proyecto del Gasoducto Eastmed con el foco en el Mediterráneo Oriental, aspecto que podría colocar a Gaza como un epicentro logístico de estos intereses israelíes hacia Egipto, Chipre y Grecia

Por su parte, Turquía avanza en la construcción de un gasoducto que le conecte con Qatar, Siria, Arabia Saudita y Bulgaria, un ambicioso proyecto de US$ 15 mil millones con elevados costes de inversión en infraestructuras. Ambos proyectos, el turco e israelí, intensifican su importancia estratégica ante la crisis energética y comercial suscitada por los constantes cierres del estrecho de Ormuz bajo la confrontación militar entre EEUU e Irán.

La «OTAN 3.0» tras la cumbre de Ankara: ¿disuasión o punto de inflexión en las tensiones turco-israelíes?

La Cumbre de la OTAN realizada los días 7 y 8 de julio en Ankara, la primera que realiza la Alianza Atlántica en territorio turco, debe igualmente analizarse dentro del contexto de tensiones previas entre Turquía e Israel.

La posibilidad de una confrontación armada con Israel determina un escenario de preocupación en el establishment de poder en Ankara. La cumbre de Ankara determinó el compromiso de la Alianza Atlántica por reforzar la cláusula mutua establecida por el artículo 5 que estipula que el ataque contra un país miembro de la OTAN implica la defensa mutua a ese país por parte de todos los demás miembros del organismo. En Ankara, el objetivo de la OTAN se concentró en Rusia en un momento de escalada de ataques con drones en los territorios ruso y ucraniano y ante el aumento del gasto militar en Europa.

Siendo Turquía miembro de la OTAN, el establishment político y militar y la opinión pública turca especulan sobre la aplicación de esta cláusula de defensa mutua en caso de un eventual ataque militar israelí, país que cuenta con convenios de cooperación con la OTAN en materia de seguridad y antiterrorismo, entre otros. Una encuesta en Turquía dictaminó que un 72% de los turcos desconfían de que la OTAN salga en su defensa en caso de ataque israelí.

Previo a la cumbre de Ankara, el secretario de Defensa estadounidense Peter Hegseth declinó reafirmar el principio de defensa colectiva de la OTAN. Estas declaraciones reforzaron la percepción en Turquía ante el contexto de tensiones entre Trump y la OTAN. En Ankara especulan que una eventual salida o disminución de compromisos por parte de EEUU con la Alianza Atlántica podría implicar un eventual apoyo a Israel en caso de guerra contra Turquía.

No obstante, la cumbre de Ankara significó un éxito rotundo para Erdogan en medio de las tensiones entre Trump y la OTAN. Turquía ha logrado reconducir su condición de socio militar fiable para Occidente, aspecto que causa preocupación en Israel.

El entendimiento entre Trump y Erdogan generó una inmediata inquietud en Tel Aviv en un momento de cierto estancamiento en las relaciones con Washington toda vez que la Casa Blanca acelera su retirada táctica dentro de la OTAN para concentrar sus prioridades en Asia-Pacífico mientras Turquía refuerza su papel geopolítico y militar para Europa y la Alianza Atlántica. Debe recordarse que, tras EEUU, Turquía es el principal ejército dentro de la OTAN en número de efectivos.

Por ello, Israel teme que Turquía gane fuerza tras esta cumbre de Ankara, reforzando así sus esferas de influencia regionales y sus presiones hacia Tel Aviv. Al mismo tiempo que Ankara aumenta sustantivamente su peso en Europa, también ha conseguido mejorar su relación con Washington.

Trump ha declarado públicamente su propósito de readmitir a Turquía al programa de aviación F-35, a pesar de las quejas de Israel. Tel Aviv reclama que Ankara es una amenaza y que debe preservarse su Ventaja Militar Cualitativa (QME) Previo a la cumbre de Ankara, Turquía criticó las palabras de Netanyahu sobre la posible adquisición de los cazas estadounidenses F-35 como «desinformación».

En Ankara, Erdogan ha sabido jugar su tradicional papel de «actor bisagra» y de interlocutor y mediador entre potencias geopolíticas en confrontación como son los casos de EEUU, China y Rusia. Los equilibrios de Ankara poseen una lógica geopolítica estratégica, tomando en cuenta su posición en el espacio euroasiático, Oriente Medio, Magreb, Sahel y Cuerno de África.

Este papel de interlocución de Turquía le ha permitido convertirse en un actor emergente con capacidad para manejar equilibrios entre actores en conflicto como Rusia y Ucrania y EEUU, Israel e Irán. Las relaciones turcas con China son igualmente fluidas toda vez que la influencia turca en Siria ha sido igualmente determinante para que Trump anunciara la revocación a la designación de ese país árabe como «Estado patrocinador del terrorismo».

Por otro lado, Europa pretende que Turquía sea un socio fiable para impulsar una reactivación más amplia de la industria de defensa del continente y aportar efectivos militares para la Alianza Atlántica. Durante la cumbre de la OTAN, Turquía firmó con Reino Unido un acuerdo de defensa y seguridad, que obliga a ambos países a apoyarse mutuamente en todas las cuestiones relacionadas con la defensa, incluida la cooperación en sus respectivas industrias, la lucha contra el terrorismo, las amenazas híbridas y la ciberseguridad.

La adquisición turca del sistema F-35 implica a otro actor, Rusia, un intermitente aliado turco que se convierte en el principal dolor de cabeza para la OTAN y la Unión Europea. Turquía adquirió en 2019 el sistema defensivo ruso S-400, provocando una enorme preocupación en el seno de la Alianza Atlántica.

En la cumbre de Ankara, la decisión de Trump de suspender las sanciones contra Turquía supuso una evidente presión hacia Erdogan para aceptar los cazas F-35 en detrimento del sistema ruso S-400. Se especula con que Turquía ha comenzado a retirar los S-400 aparentemente vendiéndolos a países como Qatar o Emiratos Árabes Unidos.

La cumbre de la OTAN de Ankara arrojó un escenario concreto: Washington maneja nuevos equilibrios que no necesariamente pasan por seguir manteniendo a Israel como su prioridad inalterable a nivel regional. Este cambio ha recolocado a Turquía como un aliado estratégico alternativo para Washington en el nuevo sistema de equilibrios y tensiones en Oriente Próximo.

En este sentido, Erdogan ha ganado un pulso geopolítico a un Netanyahu que se somete a elecciones generales el próximo 27 de octubre con un contexto de guerras abiertas con Irán y Líbano, degradación de interés por parte de su principal aliado estadounidense y conflictos en marcha con Turquía y Siria.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

©2026-saeeg®

ASIA CENTRAL: INTEGRACIÓN AUTÓCTONA EN MEDIO DE TURBULENCIAS GLOBALES

Roberto Mansilla Blanco*

Imagen: Servicio de Prensa del Presidente de Uzbekistán

Los países de Asia Central estudian nuevas estrategias de integración regional para fortalecer intereses comunes ante los cambios en el sistema internacional. Así lo explicó el presidente uzbeco Shavkat Mirziyoyev durante una cumbre regional celebrada en Tashkent (Uzbekistán) en noviembre de 2025, en la que instó a la creación de una nueva Comunidad de Estados de Asia Central conformada por Kazajistán, Kirguizistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán.

La «autonomía estratégica» centroasiática

Tras la disolución de la URSS en 1991, Asia Central cobró interés para las principales potencias globales debido a sus recursos energéticos y rutas económicas. Este interés de actores exógenos condicionó la orientación geopolítica y estrategias de integración de los países centroasiáticos.

La cumbre de Tashkent pretendió abrir la ruta hacia la «autonomía estratégica» a través de un mayor control conjunto de las reservas de petróleo y gas natural (Uzbekistán, Turkmenistán y Kazajstán) y recursos hídricos (Kirguizistán y Tayikistán) así como atender asuntos comunes como el cambio climático, la seguridad alimentaria y las rutas comerciales. Esta integración autóctona persigue así reducir el peso geopolítico determinado por actores como Rusia, China, EEUU, Europa, India, Turquía, Irán y Arabia Saudita.

Para este fin los países centroasiáticos han impulsado iniciativas conjuntas como el Plan de Acción para el Desarrollo de la Cooperación Industrial 2025-2027, el Diálogo de Mujeres Líderes de Asia Central, la Plataforma Regional de la Juventud y especialmente los formatos de cooperación «Asia Central Plus» que conectan a estos países con la Unión Europea, China, Rusia y EEUU, entre otros, a través de diversos esquemas bilaterales.

Es importante destacar que el islam y una herencia histórica determinada por la expansión imperial (principalmente rusa) han cohesionado una especie de identidad común en el Asia Central post-soviética, completado con un proceso de «reinvención» histórica y recuperación de sus respectivas identidades nacional, cultural y lingüística.

Asia Central afronta igualmente retos de desarrollo como la demografía, con una de las tasas de densidad de población más bajas del planeta: 18,55 habitantes por km2, escasa cultura democrática ante la persistencia del nepotismo y el autoritarismo, desigualdades socioeconómicas y deficiencias de servicios públicos e infraestructuras; y conflictos interétnicos y religiosos (islamismo radical)

Es relevante considerar que la cumbre de Tashkent implicó dos hechos clave para la integración regional centroasiática: el primero fue la incorporación formal de Azerbaiyán, un país caucásico rico en petróleo y gas natural, como miembro de pleno derecho; y el segundo factor la anteriormente mencionada propuesta de creación de la Comunidad de Asia Central.

¿El nuevo «Gran Juego» del siglo XXI?

Como un émulo del histórico «Gran Juego» que libraron los imperios ruso y británico en Asia Central en la segunda mitad del siglo XIX, las expectativas de integración centroasiáticas deben abordar diversos equilibrios determinados por los intereses de potencias globales (Rusia, China, EEUU y Europa) y de otros actores emergentes (Turquía, Irán, India, Arabia Saudita).

  • Rusia

Rusia ha considerado a Asia Central como su «esfera de influencia», no exenta de tensiones ante su imagen histórica de poder dominante. Tanto el imperio zarista como la URSS definieron en gran medida el devenir de los países centroasiáticos a tal punto que el idioma ruso se ha convertido prácticamente en una «lingua franca» regional.

En la etapa postsoviética, Moscú creó diversos organismos como la Comunidad de Estados Independientes (CEI), que actualmente incluye a Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán; la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, OTSC (integra a Kazajstán, Kirguistán y Tayikistán); y la Unión Económica Eurasiática (con Kazajstán y Kirguistán)

Moscú observa igualmente con atención el tema de la seguridad en sus esferas de influencia, en especial ante la expansión de los intereses occidentales tal y como se vio recientemente en las elecciones parlamentarias armenias. Con apoyo ruso, Uzbekistán se convertirá en el primer país de Asia Central en construir una central nuclear, un hecho significativo que le permitirá a Moscú acceder a nuevos escenarios dentro del mercado centroasiático.

Rusia también acoge en su territorio una numerosa inmigración de Asia Central, especialmente kirguizos y tayikos. Algunos de ellos han participado en el conflicto ucraniano enrolados en las fuerzas armadas rusas bajo promesas de regularización y legalización.

  • China

La presencia de China en Asia Central ha sido más reciente, principalmente bajo esquemas de cooperación cultural, educativa, lingüística y económica. Destacan así la Iniciativa de la Franja y la Ruta, la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) e incluso los BRICS, entidad en la que Kazajstán y Uzbekistán poseen el estatus de socios.

La OCS supone un instrumento estratégico para Beijing ya que incluye a Rusia, Kazajstán, Kirguistán, Uzbekistán, Tayikistán, Pakistán e India. Así mismo, Beijing ha fomentado iniciativas multilaterales propias como el Mecanismo China-Asia Central.

  • EEUU y la Unión Europea

A menudo de manera conjunta, sus prioridades se establecen en torno al fomento de la democracia, los derechos humanos, las rutas energéticas y la seguridad, destacando la Asociación para la Paz de la OTAN como iniciativa de modernización de las Fuerzas Armadas centroasiáticas.

No obstante, los intereses geopolíticos y geoeconómicos de EEUU y la UE han chocado constantemente con los de Rusia y China. La retirada militar estadounidense y de la OTAN de Afganistán (2021) confirmó el aparente declive de la presencia occidental. El actual conflicto entre EEUU e Irán han reorientado un papel más activo de Washington en Asia Central.

  • Turquía

El Asia Central postsoviético abrió una ventana geopolítica de soft power para Turquía a través del mundo «túrquico» en países como Kirguizistán, Kazajstán, Uzbekistán y Turkmenistán. Un ejemplo es la Organización de Estados Túrquicos (OET), creada en 2009 y conformada, además de Turquía, por Azerbaiyán, Kazajstán, Uzbekistán y Kirguizistán. Desde 2025, el Ministerio de Educación turco utiliza el término «Turquestán» en sus planes de estudio para referirse a la región.

No obstante las rivalidades históricas con una Rusia que alberga poblaciones de origen turco (tártaros, chuvasios, bashkires, yakutos, karacháis y tuvinianos), Turquía y Asia Central han avanzado en acuerdos de cooperación en educación, construcción de infraestructuras y en el ámbito energético a través del Corredor de Zangezur.

  • Irán

Ante las sanciones de Occidente, Irán observa en Asia Central un escenario alternativo de cooperación. Teherán ha impulsado una estrategia concreta, «Mirar hacia el Este», priorizando la cooperación económica, energética y de transporte así como la conectividad y el comercio.

Tayikistán se ha convertido en el eje de influencia iraní en la región por sus vínculos históricos, lingüísticos y culturales con Teherán. A pesar de sus permanentes tensiones, Afganistán, donde conviven minorías étnicas y lingüísticas persas, entra igualmente dentro de estas prioridades geopolíticas iraníes.

Vía Pakistán, Teherán está igualmente impulsando nuevas rutas logísticas y comerciales en Asia Central, un hecho que puede resultar significativo ante las negociaciones entre EEUU e Irán para finalizar el conflicto iniciado en febrero pasado. Islamabad ha sido un aliado clave de Teherán en lo relativo a las negociaciones diplomáticas con EEUU, toda vez que la concreción de intereses entre Pakistán e Irán puede anunciar un nuevo eje geopolítico regional.

  • Arabia Saudita

Tras su ingreso en la OCS en 2023 como «socio de diálogo», Arabia Saudita impulsa la iniciativa Visión 2030 con el objetivo de diversificar inversiones y asegurar socios energéticos en la región.

Riad ha sido prolífico en la expansión regional de su ideología oficial rigorista, el wahabismo, que ha encontrado eco en Asia Central vía cofradías y escuelas religiosas. Pero también existen tensiones derivadas de la presunta conexión saudita con grupos «yihadistas salafistas» como el partido panislámico Hizb-ut-Tahrir (Partido de la Liberación) y el Movimiento Islámico de Uzbekistán (MIU), este último vinculado a la red al-Qaeda.

  • India

El Diálogo India-Asia Central marca la pauta de relación multilateral con el factor energético y la cooperación antiterrorista como principales prioridades. Un factor importante de conectividad comercial lo constituye el puerto iraní de Chabahar, que le permite a Nueva Delhi mantener una ruta de transporte regional.

India coopera con Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán en el combate al terrorismo, el extremismo y el narcotráfico, temas especialmente sensibles para Nueva Delhi por su proximidad geográfica con Pakistán, potencia nuclear e histórico rival geopolítico indio, y el régimen de los Talibanes en Afganistán.

Es igualmente notoria la presencia de redes yihadistas transnacionales (Hizb-ut-Tahrir) en regiones como Jammu y Cachemira. Con más de 200 millones de musulmanes en su territorio, India afronta tensiones sectarias y separatistas ante el auge del nacionalismo indio. Por otro lado, India, cortejada por otros actores con intereses específicos como EEUU, China, Rusia e Israel, observa con atención la concreción de intereses entre Pakistán e Irán y cómo este escenario podría implicar un nuevo equilibrio de fuerzas regional.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

©2026-saeeg®

 

PUTIN Y LA MULTIPOLARIDAD: «ASIANIZACIÓN» Y «SUR GLOBAL» COMO EJES GEOPOLÍTICOS CONTRA EL «OCCIDENTE COLECTIVO»

Roberto Mansilla Blanco*

«Rusia está sola frente al Occidente Colectivo». Con estas palabras pronunciadas el pasado 12 de junio, el presidente ruso Vladimir Putin definió el estado de las relaciones ruso-occidentales al mismo tiempo que profundizaba en un nuevo concepto, el del «Occidente Colectivo».

El término «Occidente Colectivo» ha generado cierto interés mediático precisamente en Occidente por las reiteradas ocasiones en las que ha sido utilizado por el presidente ruso. En realidad, su autoría se le atribuye a Ilya S. Fabrichnikov, profesor del Instituto Estatal de Relaciones Internacionales de Moscú (MGIMO) y miembro del Consejo de Política Exterior y de Defensa, un influyente grupo de expertos a cuyas reuniones asiste regularmente el propio Putin.

No obstante, y más allá del «Occidente Colectivo», Fabrichnikov más bien se refirió a la «Europa Colectiva» en un artículo escrito para la revista Russia in Global Affairs en febrero de 2025 intitulado «El Saqueo de Europa». Su tesis se basaba en el fracaso de las elites europeas en la guerra de Ucrania, subordinadas a los imperativos geopolíticos de EEUU, toda vez estimaba que Rusia debía redefinir el equilibrio de fuerzas en Europa.

Las ideas de Fabrichnikov y su aparente influencia en Putin en cuanto al imaginario del «Occidente Colectivo» como principal rival para Rusia aparecen en un contexto determinado por la proliferación, principalmente en Europa, de informaciones sobre supuestas luchas intestinas en el Kremlin y del aparente aumento del malestar social ante el estancamiento de la guerra en Ucrania y su elevado costo socioeconómico para la sociedad rusa.

Este 2026, Rusia se prepara para elecciones, en este caso elecciones parlamentarias para la Duma Estatal que Putin anunció se realizarán el próximo 20 de septiembre. Con ello, el presidente ruso afirma su pretensión de mantener la iniciativa política y convertirse en una especie de moderador del clima político, buscando con ello equilibrar los intereses de las diversas elites rusas ante cualquier síntoma de descontento social, blandiendo la idea de los intereses nacionales para profundizar la cohesión social y la necesidad de contrarrestar la presión desde Occidente. El Kremlin calcula que la actual coyuntura se prevé conflictiva con Europa y la OTAN, cuyas actuaciones cobran cada vez mayor intensidad militar operativa dentro del territorio ruso, utilizando a Ucrania como teatro de operaciones.

Esta presión occidental contra Rusia vía sanciones y medidas de aislamiento se evidenciaron en la reciente cumbre del G-7 realizada en Evián (Francia), que reforzó el apoyo militar a Ucrania. La presidente de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, instó a acelerar la admisión en la Unión Europea de Ucrania indicando que «la marea está cambiando» en la guerra ruso-ucraniana, con especial referencia al ataque con drones realizado el pasado 18 de junio contra una refinería en Moscú.

Tres días antes, Bruselas había aprobado el inicio formal de negociaciones de admisión a la Unión Europea para Ucrania y Moldavia. Paralelamente se mantienen ciertos canales de negociación entre la UE y Rusia, así confirmados por fuentes del Consejo Europeo.

Dos escenarios clave: el «Davos ruso» y el Foro Rusia- ASEAN

Bajo este clima de tensiones ruso-occidentales, Putin definió sus prioridades geopolíticas en dos escenarios estratégicos: el Foro Económico de San Petersburgo celebrado entre el 3 y el 6 de junio, coloquialmente denominado como «el Davos ruso»; y el primer Foro Rusia-ASEAN en Kazán el 17 de junio. La Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, ASEAN, está conformada por Filipinas, Singapur, Camboya, Malasia, Vietnam, Indonesia, Tailandia, Brunéi, Laos, Birmania y Timor Oriental.

En el Foro de San Petersburgo, en el que participaron representaciones de 130 países destacando la presencia de delegaciones africanas, del espacio euroasiático y de América Latina, Putin enfatizó en la soberanía nacional, la autonomía estratégica en materia económica y tecnológica y en «la transición gradual de un modelo jerárquico vertical a un modelo más complejo, distribuido y multipolar».

El leitmotiv de las nuevas prioridades geopolíticas y geoeconómicas para Putin se concentra en reducir la dependencia económica y tecnológica con Occidente y acelerar la conexión de Rusia hacia un mundo multipolar, con Asia y el denominado «Sur Global» como ejes vertebradores. Como herramientas clave anunció la intención de aumentar la capacidad de los puertos marítimos rusos, lo que se podría interpretar como la intención por aumentar el control del mar Negro y el impulso al corredor de transporte transártico, al que Putin espera convertir en una «una verdadera arteria mundial».

En San Petersburgo, Putin anunció el «deterioro acelerado de la posición de Europa en la economía mundial» y cómo «el sistema comercial mundial deja de estar centrado en Occidente». Informó sobre la Estrategia Nacional para el Desarrollo de la Inteligencia Artificial y el Foro de Tecnologías del Futuro, argumentando que suponen las herramientas que Rusia impulsa para garantizar la autonomía estratégica en materia tecnológica.

Finalmente, explicó el modelo de «plataformización» del ecosistema digital con el que Rusia se relaciona con sus socios económicos vía plataformas como Yandex, Ozon, VKontakte, Wildberries o los sistemas de pago de Sberbank. Una realidad no menos contradictoria tomando en cuenta las cada vez mayores restricciones al uso de Internet dentro de Rusia, oficialmente bajo el argumento de la seguridad nacional, así como la dependencia tecnológica de China.

La declaración final del primer Foro Rusia-ASEAN subrayó la necesidad de fortalecer la cooperación en energía, transporte y logística, seguridad alimentaria, agricultura, digitalización, ciencia y tecnología, inteligencia artificial, turismo y producción innovadora. 

Las tensiones geopolíticas y geoeconómicas derivadas de las guerras de Ucrania e Irán, en este último caso particularmente por el cierre del estrecho de Ormuz, colocaron al factor energético como un tema clave en este Foro, aspecto que el anfitrión Putin logró manejar a su favor. Rusia ve a los países asiáticos, en especial China e India, como la alternativa a una Europa que suspendió las importaciones energéticas rusas casi en su totalidad tras la guerra en Ucrania.

El secretario general de la ASEAN, Kao Kim Hourn, informó sobre el interés del organismo por incrementar las importaciones de hidrocarburos de Rusia, pese a las nuevas amenazas de sanciones contra el petróleo y el gas rusos por parte del G7. «Las necesidades energéticas de la ASEAN siguen aumentando. Rusia dispone de una gran experiencia en la producción de energía eléctrica y el suministro de recursos energéticos», indicó Kim durante la apertura del foro.

En este sentido, y mientras EEUU e Irán negocian la apertura del estrecho de Ormuz y el fin de las hostilidades, Filipinas compró 2,4 millones de barriles de crudo ruso para ampliar sus reservas, tras declarar el estado de emergencia energética en el archipiélago. Asimismo, Vietnam y Laos firmaron acuerdos con Moscú para construir centrales nucleares.  

En clave geopolítica, la puesta en escena por parte de Putin de los Foros de San Petersburgo y de la ASEAN pueden levemente interpretarse como un émulo de su famoso discurso contra la unilateralidad hegemónica occidental realizado durante la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2007.

El Kremlin observa la multipolaridad como una herramienta estratégica para fortalecer el poder de Rusia en el mundo tomando en cuenta que, a diferencia de lo que constituyó la URSS, Moscú actualmente no tiene la misma capacidad para ocupar ese lugar como poder global.

Por tanto, el «nuevo orden multipolar» de Putin parece implicar dos estrategias:

    1. La «des-occidentalización» geopolítica rusa para contrarrestar y reducir la presión del «Occidente Colectivo»;
    2. La «asianización». El viraje asiático de las relaciones exteriores rusas y la apuesta por el «Sur Global», con el foco en fortalecer y profundizar la asociación estratégica con China, su principal socio.

África y América Latina entran también en esta ecuación de ampliación de esferas de influencia por parte de Moscú. En el caso africano predominan la cooperación económica en materia energética y de alimentos así como la geopolítica «anti-occidental» (Malí, Burkina Faso), retrotrayendo la estrategia soviética de captación de alianzas en el denominado Tercer Mundo tras la descolonización posterior a la II Guerra Mundial.

Menos incidencia tiene el espacio latinoamericano, donde Moscú ha visto retroceder su presencia particularmente tras la captura del expresidente venezolano Nicolás Maduro en enero pasado y las actuales presiones de Washington por un cambio de régimen en Cuba. Sólo Nicaragua se mantiene como aliado firme para Rusia mientras otras potencias emergentes (México y Brasil) apuestan igualmente por esa visión multipolar. Por otro lado, los recientes cambios de gobierno hacia la derecha en Argentina, Bolivia, Ecuador, Chile y Panamá, a la espera de lo que pueda suceder en Colombia este 21 de junio, han condicionado la capacidad de influencia de Moscú.

«Des-occidentalización» para contrarrestar al «Occidente Colectivo»

Los primeros indicios de «des-occidentalización» geopolítica por parte de Putin se dieron en la ya anteriormente mencionada  participación en la Conferencia de Seguridad de Múnich en 2007, donde arremetió contra la «unilateral hegemonía occidental», particularmente en el caso de EEUU y el expansionismo de la OTAN hacia las fronteras rusas.

Posteriormente, la breve guerra ruso-georgiana de agosto de 2008, que permitió la independencia de facto de las repúblicas de Abjasia y Osetia del Sur, y la reintegración de Crimea a la Federación rusa (marzo de 2014), no reconocida por Occidente, marcó el punto de inflexión en esa orientación «des-occidentalizadora» de la política exterior rusa. La invasión rusa de Ucrania (febrero de 2022) completó este proceso que actualmente entra en la fase de mayor tensión en las relaciones ruso-occidentales.

La popularización dentro de la opinión pública rusa del término «Occidente Colectivo» para referirse principalmente a EEUU, Europa y la OTAN, presentándolos como un bloque hegemónico hostil, supone otra variable de legitimación que complementa el proceso «des-occidentalizador» de Putin.

El Kremlin acusa a este bloque de presuntamente intentar frenar el desarrollo de Rusia como potencia global, aplicando al mismo tiempo una inherencia mayor en sus esferas de influencia euroasiáticas, desde Ucrania hasta Asia Central, bajo la perspectiva de acosar e incluso propiciar tensiones separatistas internas para eventualmente desintegrar al Estado ruso, buscando con ello neutralizarla hacia una situación de cierto vasallaje similar a lo acontecido en los primeros años de la Rusia post-soviética.

A finales de mayo, Moscú organizó el Foro Internacional de Seguridad, que fue interpretado en Occidente como un “desafío directo”. Ante el aislamiento exterior a Rusia por parte de las principales conferencias occidentales, el Kremlin anunció que este Foro se convertiría en la alternativa rusa a la Conferencia de Seguridad de Múnich.

El foro reunió a 4.500 invitados de 120 países, entre ellos jefes de agencias de inteligencia y fuerzas de seguridad, procedentes en su mayoría de África, América Latina, Asia y Oriente Medio. A ojos occidentales, la magnitud internacional de esta convocatoria determinaría la capacidad de los servicios de inteligencia rusos para influir en sus operaciones de influencia en el extranjero.

Moscú decidió emular en este Foro la experiencia del Consejo de Seguridad ruso, bajo cuyos auspicios se han celebrado durante quince años reuniones de jefes de inteligencia de países afines al Kremlin. Además del Consejo de Seguridad, el Servicio de Inteligencia Exterior (SVR) también participó activamente en la organización del Foro.

El secretario del Consejo de Seguridad, el ex ministro de Defensa Serguéi Shoigú, aseguró durante la apertura del foro que «la estructura unipolar se desmorona ante nuestros ojos». Así mismo, Serguéi Naryshkin, jefe del SVR, lanzó directamente sus críticas hacia el Reino Unido incluso advirtiendo a Francia y Alemania, el histórico eje geopolítico dentro de la Unión Europea, que se «alejaran de Londres». El Kremlin interpreta que Reino Unido mantiene una activa participación vía OTAN en la guerra de Ucrania.

Posteriormente, el Foro Económico de San Petersburgo permitió ampliar la perspectiva multipolar y «des-occidentalizadora» de Putin afirmando valores como la soberanía estratégica para reducir la dependencia tecnológica y económica occidentales. Las críticas occidentales hacia el sistema político ruso, especialmente en materia de calidad democrática y defensa de los derechos humanos, es otro factor de irritación para el Kremlin. Un tratamiento visiblemente distinto del que recibe de sus socios asiáticos, africanos e incluso latinoamericanos.

Rusia aprovechó igualmente la dimensión del Foro de San Petersburgo para jugar sus cartas políticas dentro de Europa. La presencia de una importante delegación del partido Alternativa por Alemania (AfD) suscitó polémica en Occidente. Estuvieron presentes el vicepresidente de AfD en el Parlamento alemán y portavoz de Asuntos Exteriores, Markus Frohnmaier, quien aparentemente mostró en San Petersburgo su sintonía con las élites rusas y los círculos económicos, especialmente en el caso de Kirill Dmtriev, director del Fondo Ruso de Inversión Directa, así como altos cargos de la multinacional energética Gazprom. También fue notoria la presencia de una representación estadounidense en el Foro.

Con la incertidumbre sobre la posibilidad de negociaciones en Ucrania y la intensidad de los recientes ataques contra instalaciones energéticas rusas, Putin busca igualmente aprovechar la crisis transatlántica entre EEUU y la Unión Europea así como el evidente fracaso político y militar del presidente estadounidense Donald Trump en Irán para avanzar en sus imperativos estratégicos.

Mientras se celebraba la cumbre del G-7 en Evián y el Foro Rusia-ASEAN en Kazán, los ministros de Defensa de la OTAN se reunían en Bruselas para abordar el nuevo reparto de capacidades militares y el fortalecimiento de la industria militar europea ante los nuevos desafíos trazados por los intereses de Washington.

Peter Hegseth, secretario de Guerra de EEUU, anunció en Bruselas la pretensión estadounidense de que la OTAN vuelva a ser «una alianza militar de línea dura», anunciando que EEUU gastará 1,5 billones de dólares en Defensa en 2027 con la intención de «construir el arsenal de la libertad». Durante el último semestre de 2026, Washington realizará una revisión profunda de sus efectivos y bases militares en territorio europeo.

Rusia como «potencia asiática»; China como aliado estratégico y el viraje geopolítico hacia el «Sur Global»

 Tal y como afirmó el historiador ruso Sergey Medveded, tras la invasión de Ucrania, «Rusia comenzó a convertirse en una potencia asiática» iniciando «un rumbo decisivo hacia la des-europeización en la economía, la ciencia y la educación» rompiendo «todos los vínculos institucionales y culturales con Europa».

Las tensiones con Occidente y el proceso de «des-occidentalización» acercan a Rusia hacia su principal aliado estratégico, China, en una especie de «asianización exprés» de la geopolítica rusa, alterando con ello sus históricos equilibrios con Occidente.

Rusia y China comparten más de 4.000 kilómetros de frontera terrestre, una de las más extensas del mundo. Tras breves confrontaciones por su delimitación, con la desintegración de la URSS se firmaron nuevos tratados legitimando el trazado actual de la frontera. Este reconocimiento de fronteras entre Moscú y Beijing es un factor determinante en la evolución de sus relaciones bilaterales y en el alcance de la alianza estratégica ya que, al menos a priori, evitaría cualquier controversia en cuanto a reclamaciones y disputas territoriales.

En el Foro de San Petersburgo, Putin señaló a China como «nuestro socio estratégico», elogiando la capacidad china de ostentar «el récord de patentes en el ámbito de la inteligencia artificial, un campo en el que la propia Rusia tiene perspectivas muy alentadoras». Esta declaración de intenciones acerca las prioridades rusas de aliarse con la potencia tecnológica china, capacitada para desafiar la hegemonía estadounidense en ese ámbito. India fue otro objeto de elogios por parte de Putin al considerarla como «uno de los principales actores de la industria informática, con una cuota considerable del mercado mundial de software».

El comercio bilateral entre China y Rusia mantiene su nivel de consistencia, aunque también se observan disparidades. Para octubre de 2025, China exportó US$8,51MM e importó US$11MM desde Rusia, resultando un balance comercial negativo para Beijing de $2,49MM.

Si bien esta relación muestra aspectos estratégicos para ambos países, es igualmente notoria la asimetría: China es dependiente de materias primas como el petróleo y gas natural ruso, cuyos precios son más baratos ante la pérdida de mercados por las sanciones occidentales. Toda vez que Rusia depende de la tecnología, las inversiones y el esquema financiero chino que precisamente le ha resultado vital para sortear esas sanciones occidentales.

La sintonía sino-rusa tiene igualmente una implicación euroasiática. Bajo la denominada «Perspectiva hacia Oriente» impulsada por el influyente think tank Club Valdai, Rusia también juega sus cartas con determinación en Eurasia, consciente de que esta región se encamina a concentrar la atención geopolítica del siglo XXI.

En este apartado también entran en juego lo que el Kremlin denomina como la «diplomacia tecnológica», una estrategia que le permite tener influencia cultural en el espacio euroasiático, así como otras herramientas de soft power tomando en cuenta que el ruso ha sido una especie de «lingua franca» en este espacio euroasiático post-soviético.

Un caso específico es Uzbekistán. En el Foro de San Petersburgo, Putin elogió el «papel esencial» de ese país «como enlace entre Rusia, Asia Central y Meridional, China y Medio Oriente». Las relaciones ruso-uzbecas abordan igualmente otro apartado: el de la seguridad, específicamente en el caso nuclear.

Durante una reciente visita a Tashkent, la capital uzbeca, Putin y su homólogo Shavkat Mirziyoyev anunciaron que, con apoyo ruso, Uzbekistán creará la primera central nuclear en Asia Central. Esta declaración no sólo retrotrae la importancia de la industria nuclear ante las actuales tensiones globales sino que implicaría para Moscú asegurar su primacía militar y de seguridad en sus esferas de influencia para evitar la interferencia occidental. Mientras EEUU e Israel iniciaban la guerra contra Irán a finales de febrero, el presidente estadounidense visitaba Uzbekistán. Por otro lado, las recientes elecciones parlamentarias en Armenia verificaron el giro prooccidental de Ereván, histórico aliado ruso.

Este súbito viraje geopolítico asiático ha evitado el aislamiento y la condición de paria internacional de una Rusia hoy fortalecida por un papel cada vez más activo en el «Sur Global». 

Moscú lo ejerce vía BRICS, jugando sus intereses en Oriente Próximo (Palestina, Irán, Siria, mar Rojo), con acuerdos comerciales y militares con países asiáticos (principalmente China y Corea del Norte) pero también a través de una nueva relación con África en materia geoeconómica.

Así mismo, la «asianización» rusa puede intuir una estrategia geoeconómica orientada a buscar socios que le permita reducir cierta dependencia económica y tecnológica de Occidente. Esta iniciativa permite anclar esas alianzas hacia potencias económicas (China, India) que definirán la nueva fisonomía del poder global en este siglo, todo ello sin olvidar tampoco la sintonía con potencias energéticas (Arabia Saudí, Qatar, Emiratos Árabes Unidos) y otras con capacidad militar (Turquía, Irán, Corea del Norte) que le permitan a Putin mantener a flote la estrategia de «economía de guerra» en Ucrania y, preventivamente, disponer de aliados clave ante cualquier escalada de confrontación con Occidente. 

En este «Sur Global», África también ocupa un lugar estratégico para la multipolaridad rusa. La presencia en el Foro de San Petersburgo de la presidente de Tanzania fue elogiada por Putin, quien aseguró que este país «desempeña un papel clave en África Oriental». 

 En África, Moscú acelera su presencia económica, geopolítica y militar en la región del Sahel, especialmente en Malí, Burkina Faso y Níger. También fortalece vínculos con Egipto, Libia, Guinea Ecuatorial y Sudán. Este contexto representa una especie de «retorno» de Moscú al continente africano. Se trata de un espacio geopolítico e ideológico estratégico en tiempos de la URSS, que hoy recupera importancia con la crisis ruso-occidental por Ucrania.

El nivel de relación se ha fortalecido con la creación del Foro de Asociación Rusia-África, que celebró su segunda conferencia los días 19 y 20 de diciembre en Egipto. Este foro resaltó igualmente el compromiso adoptado entre la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO) y Rusia para fortalecer la cooperación en materia política, electoral y de lucha contra el terrorismo.

Las sanciones occidentales contra Rusia iniciadas en 2014 han fortalecido el nivel de relación de Moscú con sus socios africanos. En este sentido, Rusia observa con atención el apoyo de África, particularmente por sus 54 votos en la Asamblea General de la ONU, que le han permitido legitimar sus intereses tras la invasión militar a Ucrania. El desarrollo de vínculos políticos, económicos y militares con África le permite a Rusia alcanzar mercados alternativos vitales para amortiguar las sanciones occidentales.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG. 

©2026-saeeg®

 

Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales

This site is protected by wp-copyrightpro.com