ESE ESTRECHO TAN GRANDE

Roberto Mansilla Blanco*

Tras amenazar con «llevar a la edad de piedra» y «desaparecer una civilización en una noche», el estridente Donald Trump finalmente dio marcha atrás a sus amenazas aceptando un plan de paz de diez puntos ofrecido por Irán que, grosso modo, se erige como el hipotético vencedor de esta surrealista guerra de 40 días lanzada por Estados Unidos e Israel.

Entre otras, la propuesta iraní estipula reabrir por dos semanas el estrecho de Ormuz, ruta de tránsito del 20% del mercado energético mundial, a cambio de suspender durante ese tiempo los ataques. La propuesta también incluye demandas prioritarias para Teherán: levantar la totalidad de las sanciones occidentales y permitir el enriquecimiento de uranio. Washington, como su aliado israelí, insisten en que Irán no debe tener un programa nuclear. Otro foco de interés para Teherán es ampliar esta tregua hacia el Líbano, azotada por ataques israelíes.

Probablemente a instancias de Trump, Israel también aceptó el acuerdo pero dejando claro que el mismo no debe incluir al Líbano, la «nueva Gaza» que Netanyahu piensa ampliar dentro de su mesiánico y supremacista proyecto del «Gran Israel» que tanto entusiasma a Trump y su «línea dura». De hecho, y tras abrirlo brevemente una vez consumada la tregua, Irán volvió a cerrar temporalmente el estrecho de Ormuz tras los ataques israelíes contra posiciones del movimiento islamista Hizbulá, aliado iraní, al sur del Líbano.

Aceptar negociar con Irán cuando se amenazaba con su destrucción así como convencerse de que Teherán controla prácticamente la totalidad del tránsito en el estrecho de Ormuz implica para Israel y Estados Unidos una severa derrota militar y geopolítica, lo cual determina su descrédito ante el mundo. La oposición israelí interpretó esta situación como el «mayor desastre histórico», culpando a Netanyahu de no alcanzar ninguno de sus objetivos en esta guerra. Fuentes militares en Estados Unidos analizaron del mismo modo este contexto en cuanto a los planes de Trump.

Con el apoyo de Teherán, este acuerdo estuvo precedido por los incesantes esfuerzos de un actor exterior, Pakistán, que ya había presentado un borrador de negociación similar días antes de la decisión de Trump de desactivar el ultimátum contra Irán. A partir del 10 de abril, la capital pakistaní Islamabad acogerá la ronda de contactos entre Estados Unidos e Irán para avanzar en las negociaciones, un aspecto que fortalece el peso geopolítico de Pakistán.

Pero no es Pakistán el único actor detrás de este acuerdo. Turquía, Rusia y China ejercieron igualmente un factor de influencia. Moscú y Beijing votaron en el Consejo de Seguridad de la ONU contra la petición de Trump de reabrir el estrecho de Ormuz, argumentando que esa era más bien una decisión soberana de Irán. Así, el estrecho de Ormuz demostró ser un coloso geopolítico difícil de sortear, y más ahora ante la evidencia de un Irán que, resistiendo a las pretensiones imperialistas de Estados Unidos e Israel, se erige como el actor que controla el tráfico por ese estratégico espacio.

La tregua deja a Trump en un difícil contexto político, con su popularidad en caída en este 2026 electoral y una crisis dentro de su movimiento MAGA, con sectores contrarios a esta guerra. El alza desmesurada de los precios del combustible debido al cierre del estrecho de Ormuz aumentó el malestar social en Occidente contra esta guerra impopular. Por otra parte, los pretendidos planes de intervención militar directa en Irán tampoco contaron con el apoyo irrestricto por parte de los aliados regionales de Estados Unidos, en especial Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos o Catar, golpeados por las respuestas militares iraníes y persuadidos ante la posibilidad de una catástrofe global en caso de eventual invasión del país persa.

Con paciencia estratégica y una enorme capacidad de resiliencia, Irán logró asestar una victoria geopolítica contra sus principales enemigos, Estados Unidos e Israel, incluso desarticulando sus alianzas. Un ejemplo fue la posición europea, reacia a participar en este conflicto a tal punto que países como España e Italia no permitieron el uso de sus bases militares para los intereses de Trump. Aparcando su trumpismo, la primera ministra italiana Giorgia Meloni marcó distancias con Washington en cuanto al apoyo a esta guerra.

La surrealista aventura militar de Trump y Netanyahu se definió en un fracaso ante un Irán que demostró su capacidad militar, política, estatal y social para resistir y asestar golpes estratégicos contra objetivos regionales de Estados Unidos e Israel así como de otros rivales como Arabia Saudí, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos. La lección fue clara: Teherán puso «patas arriba» el comercio mundial y las pretensiones hegemónicas del desacreditado eje Trump-Netanyahu. Utilizó un arma geoeconómica como el estrecho de Ormuz para obligar a sus agresores a sentarse a negociar sus propuestas.

La paranoia de Trump y Netanyahu por el cambio de régimen en Teherán se confirmó como una falacia y una ilusión poco realista tomando en cuenta que, por convicción o por coacción, la población iraní se plegó a las exigencias del régimen teocrático, hoy visiblemente en manos del pretorianismo militar del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), que semanas antes de los ataques había tenido que afrontar protestas internas.

Los errores de cálculo de Washington y Tel Aviv fueron tan notorios como la asertividad de Teherán para resistir, responder y obligar a sus enemigos a sentarse en la mesa de negociación. Pese a la cruenta represión oficial de las protestas, la respuesta de los iraníes ante la guerra de Trump y Netanyahu fue claramente ilustrativa: defender con una cadena humana sus principales activos nacionales. El costo humanitario del eslogan trumpiano de «desaparecer a una civilización» muy probablemente persuadió a Washington para aceptar esta negociación a última hora.

Con todo, esta incierta tregua abre varios interrogantes: ¿desistirán Trump y Netanyahu en su empresa de destruir Irán?; ¿o se impondrá una táctica realpolitik que obligará a un reacomodo ante un nuevo statu quo? En este paranoico mundo de Trump, nada es seguro.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

 

Este artículo fue publicado originalmente en idioma gallego en Editorial Novas do Eixo Atlántico: https://www.novasdoeixoatlantico.com/ese-estreito-tan-grande-roberto-mansilla-blanco/.

SIRIA Y EL CÁUCASO SUR COMO ALTERNATIVAS ENERGÉTICAS ANTE LA CRISIS DEL ESTRECHO DE ORMUZ

Roberto Mansilla Blanco*

Conferencia de Al Sharaa y Merz tras su reunión en Berlín (Imagen: Hans Scherhaufer/epd/IMAGO).

 

La reciente visita a Alemania del presidente sirio Ahmed al Sharaa, en la que entre otras disposiciones acordó con el canciller Friedrich Merz el retorno de refugiados sirios radicados en ese país, abrió igualmente las compuertas para un proyecto geoeconómico de mayor calado determinado por la actual guerra de EEUU e Israel contra Irán y, particularmente, ante las tensiones económicas globales por las presiones iraníes de cierre del Estrecho de Ormuz.

El interés occidental implica convertir a Siria en un «puerto seguro» así como en un posible corredor energético desde el Golfo Pérsico hasta el Mar Mediterráneo lo suficientemente fiable para Europa, tal  como lo explicó el propio al Sharaa durante su participación en el Foro Económico Siria-Alemania. Damasco espera recibir inversiones exteriores en los próximos años valoradas en US$ 59 mil millones.

Occidente y la «nueva Siria»

Tras la caída en Damasco del régimen de Bashar al Asad, aliado de Irán, Rusia y China, Occidente ha iniciado un proceso de atracción a la «nueva Siria». El nuevo presidente de facto al Sharaa, un antiguo yihadista vinculado a la red Al Qaeda, ha dado un giro copernicano a la orientación geopolítica siria. Ha sido recibido en la Casa Blanca por el presidente Donald Trump; en el Kremlin por Vladimir Putin; y ha realizado su discurso ante la Asamblea General de la ONU.

De este modo, se asumen como imperativos estratégicos para Occidente la reinserción de una Siria más proclive a sus intereses en el tablero geopolítico mundial y su reconstrucción estatal en aras de propiciar la estabilidad ante un convulso Oriente Medio, ahora erosionado por la guerra contra Irán y su capacidad para provocar distorsiones en la economía global.

Por otro lado, y en un momento de ascenso político y electoral de opciones antiinmigración y de ultraderecha en Europa, las expectativas de aplicar medidas de retorno de refugiados sirios suponen una medida orientada a intentar hacer frente a un tema, el de la inmigración, que inquieta a determinados liderazgos políticos en Europa y EEUU, como son los casos del presidente estadounidenses Donald Trump, el húngaro Viktor Orbán y la italiana Giorgia Meloni, entre otros. 

Dos estrechos estratégicos: Ormuz y Bab el Mandeb

Occidente observa con obvia preocupación el tectónico golpe geoeconómico y geopolítico realizado por Irán a través de su control del estrecho de Ormuz y ante sus reiteradas amenazas de cierre. El valor estratégico de este estrecho es evidente ya que supone una ruta por la que transita aproximadamente el 20% del suministro energético mundial.

Teherán también ha colocado en el centro de atención la posibilidad de cierre de otro estrecho, el de Bab el Mandeb, muy próximo al golfo de Adén y al océano Índico. Aquí entra en juego otro escenario, el de Yemen. La guerra con Irán ha ampliado su radio de actuación hacia este país que vive un conflicto armado interno con repercusiones regionales. En Yemen, la comunidad hutí, aliada de Teherán, ha entrado en la guerra atacando objetivos israelíes y occidentales en la región y ejerciendo presión contra Occidente sobre el control del estrecho de Bab el Mandeb.

Por otro lado está Bahréin, importante productor petrolero y de gas natural y que, al igual que Yemen, podría verse arrastrado por el conflicto de Irán vía posible insurrección popular e incluso militar por parte de la mayoría chiíta, aliada iraní, contra el poder sunnita mantenido entre otros por Arabia Saudita.

Como en los casos de Arabia Saudita, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos, Irán ha atacado estratégicas estructuras energéticas en Bahréin. De este modo, buscando propiciar una eventual insurrección popular contra la monarquía, Bahrein podría convertirse en un eventual «satélite iraní vía eje chiíta», similar al ya existente en Yemen, Líbano e Irak.

La alternativa energética del Cáucaso Sur

La actual coyuntura en torno a los estrechos de Ormuz y Bab el Mandeb también apunta a otro escenario geopolítico estratégico, el Cáucaso Sur, y específicamente el mar Caspio, como ruta energética alternativa para Occidente a la hora de suplir de gas natural y petróleo a las economías europeas, sacudidas por los elevados precios del crudo.

Por su condición de territorio de tránsito de oleoductos y gasoductos desde el mar Caspio, desde hace tres décadas, coincidiendo con la disolución de la URSS, el Cáucaso Sur se ha erigido como un escenario geopolítico emergente y con cada vez mayor importancia geoeconómica. Rusia, Turquía, EEUU, Irán, Israel, la Unión Europea, Arabia Saudita, China e India, entre otros, han entrado con fuerza para colocar al Cáucaso entre sus prioridades de influencia.

En este contexto adquieren importancia estratégica el proyecto de Corredor del Gas del Sur (SGC por sus siglas en inglés), que conecta el mar Caspio con Europa transportando gas desde Azerbaiyán vía Georgia y Turquía; y el ya conocido como oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan (BTC)

El interés geoeconómico para Europa en el Cáucaso Sur está enfocado en controlar estas rutas para reducir su dependencia energética de Rusia, palpable tras la guerra de Ucrania, así como perfilar una alternativa estratégica ante las tensiones en Oriente Medio. Por otro lado se han registrado nuevos proyectos de rutas de gasoductos regionales vía Georgia y Armenia hacia Europa como es el caso del “Corredor Verde”. 

Esto ha repercutido en el ascendente peso de Azerbaiyán, productor petrolero y de gas natural y principal actor dentro del Mar Caspio, lo cual hace de este país una potencia regional. Bakú ha ampliado sus socios comerciales energéticos hacia Israel, Turquía y ahora Siria, además de manejar hábilmente sus equilibrios estratégicos en torno a Rusia, Occidente, Irán y China.

Las tensiones ruso-occidentales, principalmente desde el comienzo de la guerra en Ucrania, han propiciado pulsos geopolíticos por el control de esferas de influencia determinados por los intereses energéticos. Rusia ha logrado neutralizar la implicación occidental en Georgia toda vez el giro prooccidental armenio anuncia nuevos equilibrios. Moscú ha iniciado una etapa de distensión con Azerbaiyán ante los contactos de Bakú con EEUU, palpables tras la materialización del acuerdo de paz en Nagorno Karabaj (2024)

Aquí cobra especial atención el corredor de Zangezur (Armenia) y el impacto estratégico de esta región clave en las rutas energéticas, comerciales y de seguridad euroasiáticas. El histórico acuerdo de 2024 para Nagorno Karabaj propiciado por Trump ha revitalizado la importancia geoeconómica de este corredor transcaucásico. Para todos estos actores involucrados, la guerra de Irán ha revitalizado esta importancia geopolítica y geoeconómica del Cáucaso Sur.

Arabia Saudita y Turquía mueven fichas

Volviendo al caso sirio, Arabia Saudita está emergiendo como un actor fundamental en la reconfiguración de la infraestructura energética y económica de ese país, con especial incidencia en la reconstrucción del sector eléctrico.

Para Riad, que también ha propiciado el proceso de reinserción internacional de Siria vía «lavado de imagen» del liderazgo de al Sharaa, el objetivo es asegurar la vía Siria la estabilidad necesaria para la creación de corredores económicos hacia Europa y Oriente Próximo. El reino saudita ha comenzado a invertir más de US$2.000 millones en Siria, buscando fortalecer su influencia en ese país al mismo tiempo que propicia la conexión energética desde el golfo Pérsico con Europa. Este proceso redefine el mapa de poder energético regional a través de nuevas rutas menos dependientes del control de rivales como Irán vía estrecho de Ormuz.

Por otro lado es igualmente perceptible el peso de Turquía en la Siria de al Sharaa, escenario que complica los intereses sauditas toda vez la posición de Ankara ampara nuevos equilibrios geopolíticos regionales con respecto a Israel, Irán y EEUU. En este sentido, Turquía también juega sus cartas geoeconómicas y geopolíticas. Ankara ha avanzado negociaciones con Egipto para propiciar nuevas rutas logísticas vía Canal de Suez, menos dependientes de los imperativos occidentales e israelíes. 

Irán: el CGRI configura un régimen pretoriano nacionalista

Mientras China, Turquía, Egipto y Pakistán ensayan iniciativas de paz para finalizar la guerra con Irán, Washington ha venido manteniendo la presión militar sobre Teherán, incluso vía despliegue de efectivos, atizando las expectativas de una eventual invasión terrestre del país persa.

No obstante, Washington comienza a asumir los costos de una guerra estéril para sus objetivos, especialmente en un 2026 electoral con los comicios legislativos de noviembre y ante la impopularidad de este conflicto y las recientes protestas sociales en EEUU. Esto ha provocado que Trump comience a decantarse por la posibilidad de una negociación directa con Irán que ponga fin al conflicto.

Este escenario perjudica las pretensiones israelíes de influir en la administración Trump para un cambio de régimen en Irán, aspecto que podría implicar un posible enfriamiento en las relaciones entre Washington y Tel Aviv. Toda vez, que Trump vuelve a invocar su pretensión de degradar los compromisos con Europa vía OTAN, profundizando cada vez más sus posiciones unilaterales y aislacionistas.

Por otro lado, el creciente poder del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) en el manejo de la guerra determina la posibilidad, cada vez más asertiva, de que Irán se deslice hacia un régimen de pretorianismo militar donde el nacionalismo persa y el chiísmo converjan en una nueva estructura de poder, desplazando del centro de gravedad a la teocracia y a los ayatolás hacia posiciones meramente simbólicas.

El creciente poder del CGRI durante esta guerra no sólo transformará el mapa político iraní y regional sino que implicará una mayor radicalización de las posiciones de Teherán con respecto a Occidente, Israel y Arabia Saudita, sus principales rivales geopolíticos regionales.

EEUU y Europa comienzan a interpretar este escenario como una especie de fait accompli que eventualmente implique adoptar posiciones de realpolitik con Teherán, toda vez que sus expectativas de cambio de régimen prooccidental y adopción de un «modelo sirio» en el país persa comienzan a desvanecerse.

Un Irán cada vez más nacionalista bajo el CGRI ejercerá su presión y su poder de control sobre rutas comerciales estratégicas como los anteriormente mencionados estrechos de Ormuz y Bab el Mandeb, perjudicando los intereses geoeconómicos occidentales a favor de países aliados de Teherán como China y sus conexiones geopolíticas. Por ello, Occidente acelera sus intereses geoeconómicos en rutas alternativas como los corredores sirio y del Cáucaso Sur para reducir esta dependencia comercial y energética de las rutas por estos estrechos.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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LA DESMALVINIZACIÓN DE ARGENTINA

César Augusto Lerena*

Publicado en Perfil, el 31 de marzo de 2026.

 

La desmalvinización y desculturalización de la Cuestión Malvinas en la Argentina fue planificada mediante una serie de decisiones políticas, ideológicas y estratégicas que se consolidaron con Tratados, Acuerdos y Leyes, la desatención del tema y la invisibilización de parte de los organismos competentes.

Se le atribuye al politólogo y sociólogo francés Alain Rouquié, el término “desmalvinizar” en la etapa entre la dictadura militar y la transición democrática tras la Guerra de Malvinas (1982). Este término entendió como necesario separar la Causa Malvinas de la política argentina para evitar que las Fuerzas Armadas la usaran para destacar el rol de los militares en la recuperación de los archipiélagos argentinos; de modo tal, que éstas se rehabilitaran en la sociedad y les permitiera volver a tener un rol protagónico en la escena política. Un temor que estaba fundado no solo por el recientemente concluido Proceso Militar, sino por los numerosos golpes durante el siglo XX.

Supongamos por un instante, que la “desmalvinización” en ese momento hubiese tenido fundamentos políticos atendibles; sin embargo, su instalación promovida desde el gobierno, no tuvo una estrategia integral, porque invisibilizó a los 649 héroes caídos en Malvinas y despreció a quienes, habiendo combatido con valor en las islas, eran merecedores de un gran reconocimiento por parte de la sociedad argentina y, por el contrario, debieron volver al continente “con pena y sin gloria”; además de no tenerse en cuenta, que la Cuestión de Malvinas para ese entonces estaba inserta en la cultura popular. Se privilegió una hipótesis temerosa por sobre el sentimiento nacional, denigrándose para ello el rol sobresaliente -en las condiciones disponibles- de los oficiales, suboficiales y soldados que combatieron en Malvinas. 

Ahora bien, ¿cuál es el argumento para, después de esos primeros años y hasta la fecha seguir “desmalvinizando” la Argentina? Ya que no hay militares al acecho y, más bien, esta práctica se sostiene, en la vocación que han tenido y tienen algunos altos dirigentes de privilegiar la economía, subordinándonos a los intereses extranjeros, sin importándoles para nada la soberanía nacional.

Antes y después que se institucionalizara el término “desmalvinización” en la práctica ya se usaba cuando los gobiernos argentinos “cooperaron” en forma unilateral con los gobiernos ilegales isleños británicos en las islas. El caso más emblemático fue durante el gobierno del presidente de facto Alejandro Lanusse que firmó la Declaración Conjunta de 1971, a partir de la cual, se les construyó la pista de aterrizaje y proveyó de correo, teléfonos, gas, asistencia médica, etc., y de la llamada política de seducción de Carlos Menem donde se priorizó el interés de los isleños sin avanzar sobre la soberanía.

Desmalvinizar es contribuir al desaliento de los argentinos que han puesto en ese objetivo de liberación irredento la esperanza de un país unido y feliz. Se trata, como la pérdida del “unicornio azul” (1982) de Silvio Rodríguez, ya que las islas son nuestras y las queremos. Sin embargo, importantes dirigentes, carentes de todo fundamento político, histórico, económico y jurídico, contribuyen a fortalecer la “desmalvinización” y hemos debido escuchar en abierta violación a lo prescripto en la Disposición Transitoria Primera de la Constitución Nacional (1994) que: “las Malvinas son inglesas y no son ni serán argentinas” (Diputada Sabrina Ajmechet); “habría que cambiarlas con vacunas del COVID” (Senadora Patricia Bullrich); reconociendo “la soberanía británica de facto y el derecho de autodeterminación de los isleños británicos” (Ex diputado y actual Embajador en la Unión Europea y Bélgica Fernando Iglesias); además de quien fue el responsable principal del Pacto Foradori-Duncan como Presidente de la nación (Mauricio Macri) que manifestó: “Nunca entendí los temas de soberanía en un país tan grande como Argentina” y “recuperar Malvinas sería un gasto” o, por último, las expresiones vertidas en el aniversario de la gesta de Malvinas de que “Tendría en cuenta la “decisión de los isleños” a sabiendas que no son parte según la ONU (Presidente Javier Milei y ex Canciller Diana Mondino), etc.  

Los gobiernos han puesto por delante del proceder heroico y patriótico de quienes combatieron en Malvinas, la calificación de aventura belicista, dejando de lado el reclamo histórico de soberanía y presentando a los combatientes como víctimas y no como héroes nacionales que pelearon para expulsar al invasor británico del territorio argentino de Malvinas.

Todo ello, también estuvo influido por el lamentable objetivo de debilitar el reclamo, con tal de lograr la reinserción de Argentina en los mercados de la Unión Europea y Estados Unidos. Política que centralmente estuvo dirigida por los Cancilleres Dante Caputo y su apoyo a la “fórmula inglesa del Paraguas”; Domingo Felipe Cavallo y su rol protagónico en los Acuerdos de Madrid y otros y, Guido Di Tella, con su célebre frase de “relaciones carnales” con Washington en los años 90; aunque esta última quedó minimizada con la relación más profunda e incondicional aún que lleva este gobierno presidido por Javier Milei con el Presidente Donald Trump de Estados Unidos y el Primer Ministro de Israel Benjamín Netanyahu.   

Por cierto, en materia de invisibilizar la Cuestión Malvinas los Acuerdos de Madrid (1989-90) son centrales, ya que congelaron la soberanía de Malvinas mediante la fórmula del Paraguas y, es obvio, que ésta fue el eje central de la política de desmalvinización; porque lleva técnicamente a cero -en las condiciones y estrategias utilizadas- la posibilidad de discutir sobre la soberanía plena de Malvinas. Ello se profundizó con el Pacto de “Foradori-Duncan” (2016) donde se acordó “eliminar todos los obstáculos (léase entre otros la Disposición Transitoria Primera de la CN) para desarrollar Malvinas”, como si los archipiélagos ya estuviesen siendo administrados por la Argentina.

Dentro de los pocos actos de “malvinización” se encuentran las leyes de educación y capacitación de funcionarios (Ley 27.671); pero, no ha habido vocación del gobierno que la sancionó ni los siguientes de capacitar y, distintas organizaciones y Universidades han tenido que hacer un gran esfuerzo para aplicar la ley.

El poder político y los medios en general trataron a la guerra como un hecho lamentable -argumento inglés que deja de lado sus invasiones previas del territorio- y, perdieron de vista que, por fuera de la confrontación militar y la pérdida de combatientes nacionales, la Argentina, que hasta 1982, tenía invadidos unos 20.000 Km2 de su territorio, con posterioridad a la guerra, el Reino Unido amplió su invasión a 1.639.900 Km2 de territorios marítimos y, extrae anualmente 250.000 toneladas de recursos pesqueros valuados en unos mil millones de dólares FOB, a la par de iniciar las exploraciones petroleras a través de la empresa israelí Navitas-Petroleum.

La auto limitación de utilizar los medios diplomáticos en la negociación junto a “la fórmula del Paraguas” que congela la soberanía, es de por sí una estrategia que restringe y debilita las acciones que deberían llevarse adelante para desalentar al Reino Unido a mantener la invasión y, constituye un desmalvinización.

Todas estas cuestiones, acompañadas de una falta de difusión popular y formación en todos establecimientos educacionales y, la capacitación de los funcionarios públicos respecto a los derechos nacionales sobre los archipiélagos, las aguas correspondientes y la Antártida, han desculturalizado a los argentinos en estas cuestiones relativas al ejercicio pleno de la soberanía de Malvinas; que entonces, eran parte de acervo cultural de los argentinos.

En el otro extremo, a pesar de la Disposición Transitoria Primera de la Constitución Nacional se admite la designación de funcionarios y la aprobación de los pliegos de legisladores que sostienen que las Malvinas son inglesas o las han perdido después de la guerra desconociendo al mismo tiempo la Res. 37/9 de la Asamblea General de las Naciones Unidas del 4 de diciembre de 1982 que indica todo lo contrario.

Se desmalviniza cuando en el cumpleaños (14/11/1948) del Rey Carlos III, “por la Gracia de Dios, del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y de sus otros Reinos y Territorios, Rey, Jefe de la Mancomunidad y, Defensor de la Fe” (título que incluye a Malvinas) los funcionarios argentinos concurren al “besamanos” de la embajada del Reino Unido en Buenos Aires a saludar al monarca y celebrar los 200 años de relaciones diplomáticas (2025), en una muestra de sumisión total a un país invasor; a pesar, del Acta definitiva de la Declaración de nuestra Independencia que reza “libres de toda dominación extranjera” y, de las posteriores invasiones inglesas de 1806, 1807, 1833 y 1982 y, la ocupación nuestros espacios y explotación de nuestros recursos.

Igualmente, se desmalviniza, cuando se dicta la Ley 24.184 de protección y promoción de la inversión inglesa y se le da privilegios por sobre todos los países y, que encontrándose vencidos los plazos de la ley, no se la deroga.  

De la misma manera, se desmalviniza, cuando se crea un Consejo Nacional de Malvinas (Ley 27.558/20) y no se le otorga facultades para elaborar una estrategia destinada a ejecutar la Política de Estado definida en la Constitución Nacional y, cuando no se provee a las Fuerzas Armadas y de Seguridad de un presupuesto acorde a la necesidad de disuadir la ocupación y explotación del mar y los archipiélagos argentinos.          

También, se desmalviniza, cuando el gobierno no tiene políticas de integración con Chile, Uruguay, Brasil, Paraguay y los Estados de África occidental, ni se llevan adelante políticas nacionales marítimas, mercantes, portuarias, pesqueras, de explotación offshore de hidrocarburos y relativas a la Antártida destinadas a aislar al Reino Unido en el Atlántico Suroccidental. Mientras ello ocurre, la embajada británica en la Argentina, grotescamente, promueve la relación con nuestros países vecinos e invita a estudiantes argentinos y de éstos a “conocer a sus vecinos” los isleños británicos, ocupantes ilegales de nuestro territorio insular y marítimo.

Además, se desmalviniza, al generar agobio nacional e internacional, cuando por toda política en más de 60 años, la Cancillería Argentina no ha hecho otra cosa que reclamar infructuosamente al Reino Unido que se disponga a negociar con la Argentina, mientras en paralelo, el gobierno se alinea con los países de la OTAN que en general no han apoyado a la Argentina en esta materia; a punto tal, que en su oportunidad admitieron al momento de aprobarse en 1907/9 el Tratado de Lisboa donde la Unión Europea reconoce los auto-llamados territorios británicos de ultramar, donde se incluían a las Malvinas, la Antártida, etc.

En la práctica, la malvinización ha sido mantenida y promovida centralmente por aquellos intervinientes en la Guerra de Malvinas que lograron superar esa dolorosa gesta y, se asumen no solo como Veteranos de la Guerra, sino como combatientes activos de la Causa Malvinas, entendiendo que la rotura de la integridad territorial nacional por parte del Reino Unido es una afrenta a la dignidad de todos los argentinos; un desprecio a todos los patriotas que dieron su vida -en especial los que cayeron defendiendo la nación en Malvinas- y una humillación inadmisible a la Patria.

 

* Experto en Atlántico Sur y Pesca. Ex secretario de Estado. Presidente del Centro de Estudios para la Pesca Latinoamericana (CESPEL). cesarlerena.com.ar

Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales

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