QUE NO CUNDA EL PÁNICO, SOMOS CHINOS. LA RESPUESTA DE BEIJING A LA PANDEMIA.

Giancarlo Elia Valori*

En Europa, Estados Unidos, América del Sur, la temida segunda ola de la epidemia de Covid 19 se está extendiendo y genera no solo pánico a nivel de opinión pública e instituciones, sino que comienza a presionar los sistemas de salud y las economías que, con dificultad, comenzaban a recuperar el aliento tras el impacto de la primera ola epidémica que, entre el invierno y la primavera de este año, redujo el ritmo de producción industrial y manufacturera y las tasas de productividad en los sectores del comercio, turismo y restauración, con cifras que sugieren un futuro decididamente oscuro.

En nuestro país, ante el incremento de contagios que, sin embargo, cabe destacar, no significa un incremento en el número de pacientes. El gobierno ha decidido delegar en los gobernadores de las Regiones la activación de procedimientos de limitación de libertades individuales y colectivas en nombre de un “estado de emergencia” que se prolonga desde el pasado mes de marzo y parece destinado a acompañarnos también en los próximos meses. Por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial, un término siniestro y preocupante reapareció en los comunicados oficiales y en las noticias: “toque de queda”.

En los próximos días en Campania y Lombardía estará prohibido circular por las calles de 23.00 a 5.00 horas, mientras que las compras de alcohol y el horario de funcionamiento de los centros comerciales, bares y restaurantes serán limitados. Para completar un escenario de tonos cada vez más dramáticos, la ministra de Salud, Speranza, instó el 20 de octubre a los italianos a “quedarse en casa el mayor tiempo posible” con un cierre voluntario que parece presagiar la adopción de medidas que podrían devolvernos a la última primavera con incalculables daños sociales y económicos.

Toques de queda, encierros, cierres selectivos o generalizados son moneda corriente en estos días, incluso en Francia, Reino Unido, Irlanda y España, países que, como el nuestro, han sufrido el devastador impacto económico de la primera ola y que podrían caer de rodillas ante la nueva emergencia pandémica.

En este punto hay que plantearse una pregunta: ¿qué pasó y qué está pasando en el país donde empezó todo? ¿Cómo están las cosas en esa China que en nuestros medios, obsesivamente centrados en los problemas internos, se menciona solo de manera superficial o de pasada?

“China está cerca”, decía el título de una película de Marco Bellocchio de 1967, que evoca la expansión imparable del verbo maoísta. “China está muy lejos” debemos decir hoy, encapsulados en los estereotipos construidos por la cultura occidental, que nos impiden analizar seriamente su evolución política, económica y social y sobre todo aprender del modelo político-sanitario que ha permitido a los chinos salir con la cabeza en alto por la emergencia de Covid.

El 22 de septiembre, en un discurso frente a la Asamblea General de Naciones Unidas, el presidente Trump acusó a China de ser responsable «de esparcir esta plaga por todo el mundo» y, para enfatizar el concepto , llamó al coronavirus el «virus chino». En el mismo lugar, el presidente chino, Xi Jinping, invitó sobriamente a todos los países afectados por la epidemia a seguir el ejemplo de su país y «seguir las direcciones de la ciencia sin intentar politizar el problema».

Los números dicen que el modelo chino es importante y digno de atención. En China, donde todo comenzó en diciembre de 2019, de una población de aproximadamente mil cuatrocientos millones de habitantes, la epidemia de Covid 19 ha causado, hasta la fecha, 4.739 muertes de 90.604 enfermos. En el mismo período en los Estados Unidos, de una población que es aproximadamente una quinta parte de la de China, se registraron 7.382.194 casos de contagio, seguidos de la muerte de 209.382 personas (datos de la revista médica inglesa The Lancet, 8 de octubre de 2020).

El Reino Unido, con una población veinte veces menor que la de China, ha tenido que afrontar cinco veces más infecciones que China y registrar diez veces más muertes.

Estos son los números del pasado 20 de octubre, referidos a toda China: 19 casos de la enfermedad, todos importados del exterior. Se mantuvieron en observación 24 infecciones asintomáticas y 403 casos de hisopados positivos. Todos, excepto uno, importados del exterior (!). Números, como se puede ver, globalmente más bajos ¡aún hoy! que los registrados en una sola región italiana desde el comienzo de la emergencia.

Frente a estas cifras, parece difícil escapar a una simple y doble pregunta: ¿cómo lograron los chinos combatir y controlar la epidemia? Entonces, ¿por qué no seguimos su ejemplo basándonos en su experiencia?

China fue acusada de haber respondido tardíamente a la primera aparición del virus en diciembre de 2019 y de haber informado tardíamente a la OMS (Organización Mundial de la Salud) del inicio de una nueva epidemia. Ambas acusaciones son completamente falsas.

Tras la aparición del nuevo virus, en los últimos días de diciembre, científicos chinos aislaron e identificaron la secuencia del genoma del Covid 19 el 10 de enero de 2020 y pocos días después, tras alertar a la OMS, las autoridades dieron las contramedidas.

Los chinos estaban preparados para la emergencia: desde que en 2002 la epidemia de Sars, un virus similar al Covid 19, había provocado algo más de 700 muertos, pero daños muy graves a la economía por el bloqueo de vuelos, turismo y exportaciones, el gobierno había dado órdenes de preparar planes de contingencia precisos que se activarían con prontitud en caso de nuevas epidemias. Estos planes que no han sido preparados y guardados en un cajón, sino actualizados y probados cuidadosamente, se activaron inmediatamente después de la primera alarma.

Wuhan, la ciudad epicentro de los primeros contagios con sus 12 millones de habitantes, fue inmediatamente puesta en bloqueo total, mientras que en el resto del inmenso país se invitó a la población (sin toques de queda ni estados de emergencia) a seguir las medidas más elementales y efectivas. Prevención y autoprotección: distanciamiento social, uso de máscara, lavado frecuente de manos. En Occidente se ha dicho que China ha reaccionado con tanta eficacia porque está gobernada por un régimen autoritario. En realidad, Confucio es mucho más importante para los chinos que Mao. La filosofía social confuciana que ni siquiera 71 años de gobierno comunista ha logrado eclipsar, con sus bases de respeto por el orden jerárquico natural, hace de los chinos un pueblo naturalmente educado, ordenado y obediente.

Pero sigue siendo la rapidez de la respuesta de las autoridades políticas y sanitarias de Beijing la raíz del éxito innegable en la lucha, primero y luego en la contención de la epidemia.

Como se mencionó, Wuhan fue inmediatamente aislada y sometida a un bloqueo total durante 76 días, mientras que se impusieron cierres selectivos en la provincia de Hubei. En todo el país, se han establecido 14.000 puntos de control de salud en los principales centros de transporte público y dentro de las dos semanas posteriores al brote «oficial» de la pandemia solo en la ciudad de Wuhan, 9 millones de habitantes han sido sometidos a pruebas de hisopado.

Como uno de los principales productores y exportadores de material sanitario, China no se ha encontrado desprevenida en términos de suministros hospitalarios y dispositivos de protección individual: en resumen, sin crisis de máscaras.

Mientras que en Estados Unidos y Europa la gente, a pesar del encierro no parecía inclinada al uso generalizado de máscaras (el presidente Trump las usó en público recién en septiembre pasado), los chinos se adaptaron de inmediato con disciplina a las indicaciones de las autoridades. Todas las cámaras de seguridad de las ciudades han sido “reconvertidas” para controlar el uso de máscaras por parte de los ciudadanos, mientras que drones equipados con altavoces han volado por todas las zonas del inmenso país para comprobar el cumplimiento de sus habitantes con reglas. La agencia estatal Xinhua ha publicado las imágenes tomadas desde un dron en Mongolia Interior, en las que vemos a una mujer mongol estupefacta a la que se dirige el dron diciendo: “Oye, no puedes salir sin una máscara. Úsela de inmediato y cuando llegue a casa recuerde lavarse las manos”. Es un episodio de color pero ciertamente en China no hemos sido testigos del espectáculo de la Movida que los italianos hemos visto en Roma, Nápoles o Milán, espectáculo del que derivan tantos de nuestros problemas estos días.

El 5 de febrero de 2020, se inauguró el primer hospital de Fangcang en Wuhan, una estructura prefabricada dedicada al cuidado de los que no estaban gravemente enfermos, mientras que los hospitales tradicionales estaban reservados para el cuidado de personas gravemente enfermas. El uso de los hospitales de Fancang (se han construido decenas de ellos) permitió limitar la presencia en la familia de personas con síntomas leves pero aún fuentes de contagio a la hospitalización domiciliaria, lo contrario de lo que ocurre en Italia, donde se aconseja a los enfermos leves que se queden en casa y así evitar la rápida propagación del virus desde los hogares. La red de hospitales de Fancang aseguró la disponibilidad de 13.000 camas y fue desmantelada a partir del 10 de mayo de 2020 cuando finalizó la primera ola epidémica en China y no fue seguida por una segunda ola. Para evitar esta última posibilidad, las autoridades chinas han relajado los controles “internos” y han hecho muy estrictas las medidas de control para los que vienen del exterior: En un período en el que en España e Italia los controles para los viajeros entrantes son prácticamente irrisorios, en China todos aquellos que ingresan al país, por cualquier motivo, son sometidos a hisopados y sujetos a cuarentena estrictamente controlada.

En esencia, China primero contrarrestó, luego controló la propagación de la epidemia de Covid 19 con medidas drásticas pero racionales y sobre todo comprendidas y aceptadas por una población educada por Confucio para respetar las jerarquías y la disciplina. China hoy puede ser un ejemplo para el resto del mundo y está ahí para testificar que con medidas rígidas pero inteligentes, incluso las situaciones más peligrosas pueden abordarse con éxito.

Es un ejemplo que conviene estudiar y seguir sin la típica arrogancia del “hombre blanco”, teniendo también en cuenta una circunstancia nada despreciable: mientras la economía de nuestro país y sus socios europeos crece, por así decirlo, desde punto cero (si tenemos suerte), el PIB de Beijing según las últimas encuestas es un 4,9% más que el año pasado.

Hay que aprender de China tanto en términos de gestión de una emergencia sanitaria como en términos de protección del sistema económico.

 

* Copresidente del Consejo Asesor Honoris Causa. El Profesor Giancarlo Elia Valori es un eminente economista y empresario italiano. Posee prestigiosas distinciones académicas y órdenes nacionales. El Señor Valori ha dado conferencias sobre asuntos internacionales y economía en las principales universidades del mundo, como la Universidad de Pekín, la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Yeshiva de Nueva York. Actualmente preside el «International World Group», es también presidente honorario de Huawei Italia, asesor económico del gigante chino HNA Group y miembro de la Junta de Ayan-Holding. En 1992 fue nombrado Oficial de la Legión de Honor de la República Francesa, con esta motivación: “Un hombre que puede ver a través de las fronteras para entender el mundo” y en 2002 recibió el título de “Honorable” de la Academia de Ciencias del Instituto de Francia.

 

Artículo exclusivo para SAEEG. Traducido al español por el Equipo de la SAEEG con expresa autorización del autor. Prohibida su reproducción. 

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Usurpaciones, delincuencia y vendidos jueces corruptos, mudos y cobardes

Durante los años 70, la Argentina soportó una guerra revolucionaria. A esa victoria, que constituye una página gloriosa, conseguida con el dolor y el sacrificio propios de toda guerra, se la pretende menoscabar, desconocer y desvirtuar. Hasta hoy, las autoridades nacionales no han hecho un reconocimiento oficial del servicio prestado a la Nación por las Fuerzas Armadas.

General de División Ramón Díaz Bessone

En aquellos años de plomo, (que los actuales dirigentes quieren hacernos creer que había una juventud romántica e idealista cuyos sueños fueron truncados por una banda de enajenados), se libraba una lucha sin cuartel en las calles. Aquellos jóvenes, fogoneados por los luego millonarios empresarios “Pepe” Firmenich, “Galimba” Galimberti, el “perro” Verbitsky y varios más que, al igual que los nombrados tenían un aroma a “servicios” que ellos no quieren reconocer, como “Roby” Santucho, Gorriarán Merlo, Fernando Vaca Narvaja, entre tantos que, cuando sus compañeros morían, casualmente ellos siempre caían parados.

Montoneros, en palabras del líder libio Muammar al-Khaddafi, fue el único movimiento revolucionario del mundo que perdió todos sus hombres pero ni un solo billete.

En aquellos sombríos años, la calle era un compendio de atrocidades, los jueces enjuiciaban a los terroristas y luego el poder político los soltaba. Luego los subversivos se dedicaron a amenazar a los jueces encargados de juzgarlos, (hoy los mismos subversivos devenidos en políticos elegidos por el voto, hacen los mismos aprietes), y llegó un momento en el cual dejaron de juzgarlos, se declaraban incompetentes y los terroristas comenzaron a hacer lo que quisieron impunemente, al igual que hoy. Las leyes callaron, y se cumplió lo que con tanto tino decía el General Osiris Villegas:

“Cuando las leyes callan… Hablan las armas”.

Y las armas hablaron, y tronó el escarmiento, y se libró una guerra sin cuartel. Si leemos los pasquines propagandísticos de la época como “Evita montonera”, “El descamisado”, “Estrella Roja” y otros tantos; nos anunciaban sus “acciones de guerra”, ninguna de ellas cargadas del romanticismo de Lev Nikolayevich Tolstoy, por supuesto. No, hablamos de bombas en lugares públicos, secuestros y asesinatos. Nos contaban las bajas de sus efectivos en “combate”, y hoy todos ellos son “detenidos desaparecidos” homenajeados en la histórica ESMA.

Luego de esta aclaración introductoria entramos de lleno en nuestra realidad actual.

El Poder Judicial está devastado, viciado de todo vicio, manejado por el poder de turno. Los jueces no están del lado del pueblo, son partícipes de esta asociación ilícita que nos gobierna. Todo está de revés, los policías no pueden actuar porque los jueces son socios de los delincuentes, los violadores son apañados por sus pares (los jueces), la propiedad privada ha pasado a ser un concepto perimido.

En Tucumán el pueblo ha ajusticiado al violador y asesino de una menor de 9 años quien había sido liberado tres días antes del asesinato de la nena, tras cumplir una condena por robo. De todos modos, cuando ya todos aplican el nefasto pensamiento del depravado Zaffaroni, con decir que sin luz no hay delito de violación hubiera quedado libre.

En Entre Ríos Juan Grabois junto a un grupo de espaldas vírgenes han tomado campos productivos en un claro acto delictivo y ahora pide que la justicia tome nota por si les pasa algo; es que hay una gran cantidad de gringos del campo que quieren entrar y sacarlos a rebencazos de las tierras usurpadas.

En la Patagonia ocurre otro tanto. Los jueces no hacen nada. Los dueños de la tierra deben, mientras tanto, presentarse en el juzgado para demostrar que son los propietarios de las tierras. Todo al revés.

Indudablemente este gobierno, que demuestra día a día que ya se le agotaron las “grandes ideas” que traían para sacar el país adelante, los que pidieron que los votaran porque eran la solución a todos nuestros males; necesitan de estas apropiaciones marxistas para que el pueblo reaccione e imponer un estado de sitio ya que la situación no da para más.

Tomen en cuenta el ejemplo de Nicolae Ceaușescu, (el rey del comunismo) que, al igual que nuestro gobierno, pensaba que el pueblo (rumano) era idiota e ignorante, manso y sumiso y los condenó a la pobreza mientras él amasaba una multimillonaria fortuna… Terminó colgado junto a su esposa  un 25 de diciembre de 1989.

No olviden que el genial Lope de Vega nos dio la pauta de acción en su obra teatral Fuenteovejuna.

Y vuelvo a preguntarme y a preguntar: ¿de qué lado estarán nuestras tan vapuleadas FFAA y FFSS cuando truene el escarmiento?, ¿del lado del poder corrupto o del lado del pueblo trabajador y amante de su Patria?

Sólo les pediría que recuerden que son parte de Instituciones que nacieron con la Patria, que pelearon con honor, que acunaron prohombres. Y nobleza obliga, también advertir a los gobiernos que, en una actitud apátrida y artera han desmantelado a nuestros defensores de siempre y los han perseguido, acosado, encarcelado y vilipendiado, que no dejen de tomar en cuenta las palabras de Marcus Flavinius a su primo Tertullus:

Nos habían dicho, al abandonar la tierra madre, que partíamos para defender los derechos sagrados de tantos ciudadanos allá lejos asentados, de tantos años de presencia y de tantos beneficios aportados a pueblos que necesitan nuestra ayuda y nuestra civilización.

Hemos podido comprobar que todo era verdad, y porque lo era no vacilamos en derramar el tributo de nuestra sangre, en sacrificar nuestra juventud y nuestras esperanzas. No nos quejamos, pero, mientras aquí estamos animados por este estado de espíritu, me dicen que en Roma se suceden conjuras y maquinaciones, que florece la traición y que muchos, cansados y conturbados, prestan complacientes oídos a las más bajas tentaciones de abandono, vilipendiando así nuestra acción.

No puedo creer que todo esto sea verdad, y, sin embargo, las guerras recientes han demostrado hasta qué punto puede ser perniciosa tal situación y hasta dónde puede conducir.

Te lo ruego, tranquilízame lo más rápidamente posible y dime que nuestros conciudadanos nos comprenden, nos sostienen y nos protegen como nosotros protegemos la grandeza del Imperio.

Si ha de ser de otro modo, si tenemos que dejar vanamente nuestros huesos calcinados por las sendas del desierto, entonces, ¡cuidado con la ira de las Legiones!

MARCUS FLAVINIUS
Centurión de la 2* Cohorte de la Legión Augusta, a su primo Tertullus, de Roma.

¡Basta de esta asociación ilícita entre jueces, delincuentes y gobernantes!

¡Basta de proteger y subsidiar a los que nada hacen y todo quieren!

¡Por una Argentina para los argentinos de bien!

DyPoM

Por Der Landsmann para Saeeg


Notas:

  • Ramón Díaz Bessone – Testimonio de una década
  • Jean Larteguy – Los Centuriones

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SÍNTESIS HISTÓRICA DEL PENSAMIENTO FILOSOFICO. SEGUNDA PARTE.

Marcos Kowalski*

En la primera parte de esta síntesis hemos escrito sobre el pensamiento de los grandes filósofos de la antigüedad desde la invención de la escritura por los sumerios y su concepción poética de la vida, pasando por los griegos, fundamentalmente Platón y Aristóteles, para hacer una breve descripción de la Patrística con San Agustín, hasta llegar al legado que nos deja el siempre vigente, Santo Tomas de Aquino.

Hoy trataremos de recorrer un camino en Europa, que comienza en una época de gran ebullición del pensamiento humano, como consecuencia de convulsiones sociales y enfrentamientos bélicos de diversa magnitud, aparecen pensadores que, en su intento de propiciar una conciliación entre los hombres, terminan por oponerse al orden establecido, comenzando por el religioso que ven representados por los dignatarios de la Iglesia de Roma.

Estos pensadores, que propiciaron la reforma religiosa apartándose de los cánones tradicionales católicos, intentaron reinterpretar al ser humano y la vinculación del hombre con Dios, fueron en su mayoría denominados Humanistas. Sus intenciones fueron, sin embargo, captadas por los diferentes intereses de turno, logrando fundar iglesias separadas, pero impulsando guerras religiosas que sangraron a Europa durante mucho tiempo.

Cuando se quiere propiciar la paz, a veces se logra lo contrario, la guerra. Comenzaremos esta segunda parte por un humanista, teólogo y filósofo de origen holandés que sin saberlo inspiró a Martín Lutero, específicamente con la traducción del Nuevo Testamento. Se trata de Erasmo de Róterdam (1466- 1536). Uno de los reformistas del cristianismo.

En el campo eclesiástico formulo una modificación a la forma en que era visto el aprendizaje sobre Dios. Para Erasmo no era algo exclusivo de la iglesia o los centros educativos, sino que todos los seres humanos debían tenerlo como un hábito, en virtud de que la sabiduría y el amor de Dios era la mejor guía para la vida.

Erasmo estaba convencido de que el verdadero cambio no estaba en lo físico, sino en la transformación y evolución del alma. Además, estaba decidido a instaurar una religión que no tuviera ningún tipo de credo ni reglas, sino que les permitiera a sus simpatizantes formarse como verdaderos cristianos.

En el año 1500, el teólogo inició la escritura de sus famosos Adagios. Esta serie de frases cargadas de conocimientos y experiencias constaban de unos 800 aforismos de las culturas de Roma y Grecia. Hizo de esto una pasión, hasta el punto de alcanzar los 3400 aforismos veintiún años después.

En su estadía en Londres entre los años 1499 y 1500 es donde consolidó sus pensamientos humanistas, tras una conversación que sostuvo con el decano de la catedral de San Pablo, y humanista inglés John Colet, sobre la lectura que debía dársele a la Biblia, que termina influenciando su decisión de reformular la iglesia.

Erasmo de Róterdam vivió una vida llena de conocimientos, estudios y luchas. En 1509 alcanzó su máxima productividad con “Elogio a la Locura”[1], donde expresó su sentir hacia las injusticias de ciertos estratos sociales. Aun cuando Erasmo defendía el estudio de la Biblia como una guía para la vida, se oponía a Martín Lutero en cuanto a los principios de la gracia, la que determina que es Dios quien les da la salvación a los humanos.

También en su estadía en Londres, Erasmo, conoce y al parecer frecuenta a Tomás Moro (1478, 1535) que fue un jurista inglés, humanista y estadista. Su amistad con Erasmo de Rotterdam fue crucial para el desarrollo de sus estudios literarios, en particular el resurgimiento del griego y sobre las posibilidades sociales de la educación. Moro explora las teorías sobre la guerra, los desacuerdos políticos, las disputas sociales y la distribución de la riqueza.

Para imaginar la vida cotidiana de ciudadanos que se liberan del miedo, la violencia y el sufrimiento, propone que el hombre debería dedicarse más tiempo al cultivo de la mente, ya que considera que en este espacio puede encontrarse la felicidad. Este requisito puede cumplirse con un extraordinario reparto del trabajo en el que todos los ciudadanos trabajen sólo durante seis horas al día; solo para satisfacer sus necesidades, dejándole un mayor margen de ocio para las actividades intelectuales[2].

Un pensamiento alejado de Moro lo plantea Hobbes. El concepto de hombre que plantea Thomas Hobbes (1588-1679) se basa principalmente en la idea de que el hombre es solo cuerpo, es únicamente materia y esta materia está sujeta a cierta dinámica, movimientos que son generados siempre por pasiones, emociones, deseos, etc. Para Hobbes la motivación primera de los hombres es el satisfacer sus propios deseos o impulsos, buscando siempre conservar su vitalidad a través de la relación entre atracción y repulsión.

El pensamiento moral de Hobbes es difícil de separar de su política. En su opinión, lo que debemos hacer depende en gran medida de la situación en la que nos encontramos. Donde falta la autoridad política (como en su famosa condición natural de la humanidad), nuestro derecho fundamental parece ser salvar nuestras vidas, por cualquier medio que creamos oportuno. Donde existe la autoridad política, nuestro deber parece ser bastante sencillo: obedecer a los que están en el poder[3].

Podemos decir que como síntesis de estos pensadores surge el “Pienso, luego existo”. Esa es la única certeza que parecía tener el francés René Descartes (1596-1650), quien usó la duda como arma de destrucción masiva de las certezas sobre las que descansaba el conocimiento en su época. Es tenido por el “padre” del racionalismo. Descartes había dedicado sus mayores esfuerzos a encontrar el mejor método para pensar.

Sin embargo, el que llegaría a ser considerado padre del racionalismo decidió dedicarse a buscar la verdad después de un episodio muy poco racional, según el mismo relata, “los trascendentes sueños” del 10 de noviembre de 1619. Esa noche mágica, en una caldeada habitación de Baviera, tras una serie de sueños y visiones que interpretó como una señal divina.

Descartes piensa que el conocimiento de la realidad puede construirse extrayendo consecuencias, es decir deduciendo, de ciertas ideas y principios evidentes que no dependan de la experiencia, ya que ésta, sólo proporciona conocimientos inciertos y dudosos. Para conseguir su propósito, emplea el método matemático en la reflexión filosófica.

Quiso probar verdades filosóficas del mismo modo que se prueba un teorema matemático. Emplear la misma herramienta que empleamos cuando trabajamos con números, es decir la razón. Los sentidos, aunque sean otra herramienta de estudio, no proporcionan conocimientos seguros.

Recordemos el Mito de la Caverna de Platón. Descartes retoma esa idea y piensa que los sentidos no nos dan un conocimiento fiable sino parecido a las sombras de la cueva; sin embargo, la razón si nos da ese conocimiento verdadero, es decir, aquellas ideas que nos decía Platón. Descartes decidió empezar desconfiando de la autoridad de cualquier filósofo anterior, prefirió confiar más en su razón y rompió intencionalmente con el pasado.

Descartes, de lo único que está seguro es de ser un sujeto pensante, un ser reflexivo. También está seguro de que los animales no lo son. Entonces si él es un ser pensante, es por alguna cualidad que no tienen los animales. Así separa el alma y la materia. El animal tiene materia, pero no tiene alma; luego, para él, necesariamente, el alma es lo que hace que el sujeto piense.

A la materia la denomina extensión, ocupa lugar en el espacio, es siempre divisible, de cualquier cosa siempre podemos obtener otra más pequeña y es inconsciente. Aunque no niega una relación entre alma y materia, considera que el alma es superior e independiente de la materia. Esta teoría de separar alma y cuerpo, pensamiento y materia, se llama dualismo.

El método del conocimiento de Descartes distingue dos modos de conocimiento que aportan certeza: Intuición, especie de luz o instinto natural por el que captamos sin posibilidad de error y de forma inmediata los conceptos simples que surgen de la razón misma. Por ejemplo, “pienso y luego existo”.

Deducción es una intuición sucesiva que capta las relaciones entre los conceptos simples y se ejerce de dos modos: Análisis, hasta descomponer el objeto en sus elementos más simples. Síntesis reconstruyendo lo complejo a partir de lo simple. Es decir que los dos modos de conocimiento para el son: “por intuición” o “por deducción”[4].

La corriente racionalista que surge en Europa en el siglo XVII, tiene como fuente indudable en algunas de sus ideas y postulados a los pensadores griegos, sobre todo Platón. Es necesario aclarar, además, que, pese a su nombre, no es la “razón” un atributo exclusivo del racionalismo.

También el empirismo, teoría “opuesta” al racionalismo, haría uso de la razón y, como el racionalismo, tuvo ya en Grecia filósofos que defendían sus ideas. Lo que motiva el término de racionalismo es el modo en que los filósofos de esta corriente ven y aplican la razón a toda la realidad del mundo.

En este sentido, Baruch Spinoza (1632-1677) es un racionalista radical, absoluto, pues parte de la idea de que, mediante la razón, el ser humano es capaz de comprender la estructura racional del mundo que le rodea. Los racionalistas, en su búsqueda de un conocimiento puro y exacto, se fijaron en las matemáticas y la lógica, de ahí que no sea extraño que en la obra de Spinoza se expliquen sus ideas como teoremas mediante definiciones y axiomas[5].

En los trabajos de Spinoza encontramos también conceptos de la escolástica (ockamismo y escotismo), de la tradición hebrea (la Biblia, el Talmud, la Cábala o las obras de Maimónides) y de Grecia (principalmente estoicismo). A todo ello hay que sumar ideas de la ciencia natural contemporánea, como las de Giordano Bruno, y la teoría política de Thomas Hobbes.

Spinoza dice: “Por sustancia entiendo aquello que es en sí y se concibe por sí. Esto es, aquello cuyo concepto no necesita del concepto de otra cosa por la que deba formarse”; entiende por sustancia sólo una cosa, DIOS, por ser aquello que no necesita de nada para existir. Todas las demás cosas son NO sustancias, las denomina atributos. Los atributos son lo que el entendimiento percibe de la sustancia como constituyente de su esencia.

Esto no es más que la res cogitans y res extensa de Descartes, pero en este caso rebajadas ambas de categoría: Descartes las llama “sustancias”, mientras que Spinoza prefiere pensar que son atributos de la única sustancia que existe: DIOS.

Dios es definido por el filósofo holandés como el ente absolutamente infinito. La sustancia que consta de infinitos atributos. Este Dios del que habla Spinoza él lo identifica con la naturaleza. Todo lo que hay, todo lo que existe. La realidad suprema es sólo una afección de Dios. Es por esto que decimos que Spinoza es un panteísta: quienes defienden que el universo, la naturaleza y la deidad (Dios) son la misma cosa.

Para este pensador sólo Dios es realmente libre. Spinoza es un determinista. El hombre no es libre. Todo lo que le ocurre es necesario y está escrito de antemano. Todo lo que acontece en su vida, especialmente lo relacionado con sus pasiones, sigue el curso de la naturaleza.

Cuando el hombre comprende que no es libre y acepta su esencia, es cuando puede realmente acercarse a la libertad. La razón es, por tanto, la herramienta que nos permite conseguirlo, que lo hace posible. Es mediante la razón que podemos alcanzar el conocimiento, y con él la libertad.

Sólo la obediencia a Dios nos hace libres. El ser del hombre es saber que no es libre y que tiene que vivir de acuerdo con su naturaleza. La naturaleza de Dios que es la que nos libera. Si buscábamos la influencia estoica en Spinoza, aquí la encontramos, en la forma de su principal dogma, “Solo Dios nos hace libres”

Podemos concluir de todo esto que la filosofía para él no es otra cosa que un saber divino. Es el modo supremo del conocimiento. Y en ella, además, es donde residen tanto la libertad como la felicidad que tanto perseguimos en la vida. La ética spinoziana culmina, como hemos visto, en el amor intelectual a Dios.

En la visión opuesta a lo que afirmaba la corriente racionalista tenemos pensadores como John Locke (1632-1704) que es una de las principales figuras del empirismo, movimiento filosófico que defiende que el conocimiento humano parte de la experiencia. El empirismo sería el germen de la revolución científica. “Ningún conocimiento humano puede ir más allá de su experiencia”.

Mientras que los racionalistas establecen un modelo de conocimiento deductivo, que va de lo general a lo particular, Locke y los empiristas apuestan por un modelo inductivo: sólo a través de la experimentación de casos particulares podemos extraer una enseñanza general.

La mente del hombre está vacía, es una pizarra en blanco a la que todo conocimiento le llega por los sentidos y la experiencia. La existencia del ser humano no está determinada y no podemos saberlo todo, pues no tenemos esa capacidad. Cree en Dios, pero solo como quien ha sentado las bases de la existencia y no se inmiscuye en los asuntos humanos. Puesto que la nada no puede crear el ser, algo debe existir al comienzo de todo. A ese “algo” es a lo que Locke denomina Dios.

Locke es considerado uno de los padres del liberalismo político, que establece que la soberanía no está en manos del rey, sino de la sociedad. Defiende la separación del poder legislativo y ejecutivo (monarca y parlamento), así como la libertad religiosa y la primacía de los derechos del individuo sobre los del colectivo[6].

Para seguir en nuestra cronología de pensadores, nos referiremos a Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) nacido en Ginebra, Suiza y falleció en Ermenonville, Francia. Fue escritor, filósofo, botánico, naturalista y músico de la ilustración.

Pensaba que el hombre es bueno por naturaleza, pero que actúa mal forzado por la sociedad que le corrompe. Produjo uno de los trabajos más importantes de la época de la Ilustración[7]; hizo surgir una nueva política. Da primacía al sentimiento natural, no a la razón ilustrada, y ese será el germen del Romanticismo.

Su idea de la política está basada en la voluntad general y en el pueblo como soberano. La única forma de gobierno legal será aquella de un Estado republicano, donde todo el pueblo legisle, independientemente de la forma de gobierno, ya sea una monarquía o una aristocracia.

El poder que rige a la sociedad es la voluntad general que mira por el bien común de todos los ciudadanos, que se concreta a través de una especia de “contrato social”, ideas que fueron las utilizadas por los doctrinarios de la Revolución francesa

En fin, Rousseau plantea que la asociación asumida por los ciudadanos debe ser “capaz de defender y proteger, con toda la fuerza común, la persona y los bienes de cada uno de los asociados, pero de modo tal que cada uno de éstos, en unión con todos, “sólo obedezca a sí mismo, y quede tan libre como antes”.

En la filosofía anterior a Immanuel Kant (1724-1804) se aceptaba la realidad de un sujeto que conoce y de otra, ajena a él, que es conocida. Bien. Esto puede ser válido en todo caso para un conocimiento empírico. Pero Kant coloca al ser humano en el centro del tablero y dice que ese sujeto que conoce lo hace de una manera activa y que, de alguna manera, filtra, se imbrica y hasta modifica la realidad que está conociendo.

En su forma de ver, aquello que es objeto de conocimiento racional puro, en oposición al fenómeno, objeto del conocimiento sensible, etiqueto el conjunto de su producción filosófica como “idealismo transcendental”. Defiende que la (mi) experiencia de conocer el objeto influye sobre ese objeto. El yo define el NO yo.

El objeto nunca se percibe, por decirlo de alguna manera, sin filtro porque el filtro es la mente que lo percibe. Por ello a menudo se ha visto en el idealismo trascendental una forma de relativismo o subjetivismo. Ambas ideas tuvieron una repercusión decisiva en el desarrollo de la filosofía posterior. La razón pura es la razón no mezclada con elementos empíricos. Kant intenta establecer los límites del ejercicio de la razón que no toma su apoyo de la experiencia, sino que se desenvuelve a partir de sí misma[8].

Un filósofo del idealismo alemán, el último de la llamada modernidad y uno de los más importantes de su época fue Friedrich Hegel (1770-1831). La tesis de partida de la filosofía hegeliana es la identidad del ser y el pensamiento, la comprensión del mundo real como manifestación de la idea.

Creó lo que denomino dialéctica, que consiste en establecer una “tesis”’, su contrario, una “antítesis”’ y su resolución en una “’síntesis”’. A cada afirmación de algo le corresponde su respectiva negación y al choque entre ambos, una solución o conclusión que posteriormente se conviene en otra tesis, y así sucesivamente.

Se puede decir que en Hegel no hay, en sentido estricto, un método de investigación de la estructura del Ser y la Realidad. Lo que hay en Hegel es una descripción positiva de lo Real. Una descripción empírica que, a diferencia de la ciencia o técnica que sólo busca conocer y transformar la naturaleza y la sociedad en función de los intereses del hombre.

No tiene mayor finalidad que revelar la realidad sin modificarla o perturbarla, es decir, revelarla con absoluta fidelidad. Por eso cuando describe verbalmente esa experiencia, representa una Verdad en el sentido estricto del término. Y por ello no tiene un método específico que le sea propio en tanto que experiencia, pensamiento o descripción verbal, y que no sea al mismo tiempo una estructura ‘objetiva’ de la misma Realidad concreta que revela describiéndola.

Resumamos la idea de la dialéctica que maneja Hegel. Para este autor, la estructura de la realidad histórica, su estructura intrínseca, es dialéctica en virtud de la praxis humana. Así, hablar de una dialéctica de la naturaleza se vuelve problemático. Para comprender lo anterior, remitámonos a un texto de Hegel sobre el tema: “la naturaleza es como ella es; y sus cambios son, por el contrario, solamente repeticiones, su movimiento solamente un curso circular. Inmediatamente su acción (la del espíritu) es conocerla” conocerla en su tecnicidad y circularidad repetitivas.

Lo contrario sucede en la Historia, con el espíritu, como diría Hegel, en donde la negatividad y la innovación son lo más esencial. La dialéctica es, para él, algo que compete propiamente al trabajo humano y, en consecuencia, a la historia y la sociedad. Más aún, es algo que compete a la totalidad de la realidad, natural e histórica, solo por haber devenido en humanidad.

Lo valioso de la filosofía idealista hegeliana es el método dialéctico que la compenetra: la afirmación de que la idea se desarrolla sobre la base de contradicciones dialécticas; que en el desarrollo se origina la transición de los cambios cuantitativos a los cualitativos; que la verdad es concreta; que el proceso del desarrollo de la sociedad humana, se realiza con sujeción a leyes, y no por la fuerza del arbitrio “de las personalidades”[9]. Sin embargo, la dialéctica hegeliana no está separada de su sistema idealista, sino estrechamente ligado a él. De ahí que en la filosofía hegeliana surge una profunda contradicción entre el método y el sistema, que la desgarra. El método dialéctico afirma que el proceso de desarrollo del conocimiento es infinito; en cambio, el sistema idealista lleva a Hegel a declarar su filosofía como el fin de todo desarrollo y como la verdad final, acabada de una vez para siempre.

De gran importancia en la historia del pensamiento occidental. Como continuador de la filosofía crítica de Kant y precursor tanto de Schelling como de la filosofía del espíritu de Hegel, Johann Gottlieb Fichte (1762-1814) encausa el intento de superar las paradojas de la epistemología kantiana a partir de la vertiente moral del sujeto, difuminando las fronteras entre razón teórica y práctica.

Fichte rechazó la doctrina kantiana de la “cosa en sí” y trataba de deducir de un solo principio idealista subjetivo toda la diversidad de formas del conocimiento. Este principio consiste en que el filósofo establece un sujeto absoluto, dotándolo de una enérgica actividad infinita y considerándolo creador del mundo. El método de Fichte, en el que se desarrollan ciertos rasgos de la dialéctica idealista, se llama “antitético”, ya que la antítesis propiamente no se deduce de la tesis.

Sostenía que el órgano del conocimiento racional es la contemplación directa de la verdad por la razón. La principal para Fichte era la doctrina del idealismo subjetivo, pero en su filosofía se advierte la tendencia hacia el idealismo objetivo, que se acentuó en los últimos años de su vida. En ética, el problema central para Fichte es la cuestión de la libertad.

Lo mismo que Spinoza, Fichte no considera la libertad como un acto inmotivado, sino como la acción basada en el conocimiento de la necesidad. Pero, a diferencia de aquel filósofo, Fichte no pone el grado de libertad accesible a los hombres en dependencia de la sabiduría individual, sino de la época histórica en que vive el individuo.

Por ultimo mencionaremos que en su propuesta política, Fichte traza un proyecto de organización de la sociedad alemana en forma de “Estado comerciante cerrado”. Expresando las particularidades del desarrollo de Alemania, dicho proyecto está marcado por varios rasgos reaccionarios, comprendido el de la excepcionalidad, propio del nacionalismo alemán.

Un filósofo alemán de los más importantes del siglo XX fue Martin Heidegger (1889-1976). Su trabajo influyó sobre todo en la Fenomenología y en la filosofía europea contemporánea, ha tenido igualmente influencia más allá de esta, en campos como la arquitectura la crítica literaria, la Teología.

La filosofía heideggeriana se centra fundamentalmente en el estudio de la existencia humana y en la historia del ser. La expresión más representativa de su filosofía, se encuentra en la inconclusa obra Ser y Tiempo donde el erudito profundiza de una forma insondable en la existencia. Esta magistral obra expone una intrincada teoría que posteriormente influyó al movimiento existencialista.

El postulado de Ser y Tiempo se basa en el entendimiento heideggeriano que expone al hombre, concebido como humano, materia o cuerpo físico, como un ente abierto al ser, y afirma que sólo a él se aviene su propio ser. Heidegger sostiene que el humano mantiene una rotunda relación de co-pertenencia con su ser.

A la vez que coexiste en el estado de “ser ahí”, “ser en el mundo” o “estar en el mundo”, lo cual consiste en desenvolverse en conexión y equilibrio con el entorno en un nivel etéreo y sublime, guiado por los preceptos naturales que se desencadenan a partir de los conceptos de “cuidado” y “cura”.

En términos fenomenológicos, el hombre oscila entre la dicotomía de propiedad e impropiedad, ya que en algún momento se enlaza con su ser y en otro momento se adhiere a la apropiación y dominación tanto de lo vivo como de lo no vivo. Invita a no elevar demasiado la importancia de la racionalidad, ya que esta situación puede conducir al humano a un modus vivendiracionalista, calculador, mecanizado, alienado y por ende, deshumanizado.

La racionalidad es primordial para que la vida tenga un sentido cabal, no obstante, llevar la racionalidad al límite conlleva a una existencia artificial, alejada del ser, difusa y perdida, carente de dinamismo, esclava de la ciencia y de la técnica.

José Ortega y Gasset (1883-1955) fue un filósofo y ensayista español, exponente principal de la teoría del perspectivismo y de la razón vital e histórica, situado en el movimiento del novecentismo. Su corriente filosófica se encuentra en el vitalismo. Esta corriente se caracteriza por considerar la vida como centro de cualquier investigación filosófica. Su pensamiento empieza siendo objetivista y termina con el raciovitalismo, pasando por el perspectivismo

Los puntos de partida de las especulaciones filosóficas de Ortega se expresan en su obra Meditaciones sobre el Quijote, es el conocido “yo soy yo y mis circunstancias”. Se alude así a la realización personal en el seno de la circunstancia, la cual encarna la vida humana frente a una razón que se quiere omnipotente.

Dicho punto de partida puede calificarse como perspectivismo, pues la circunstancia depende de la perspectiva en la cual dicho yo se inserta, de manera a evitar el provisionalísimo de un yo ensimismado. Se trata de un yo reflexivo y abierto situado en un conjunto de relaciones vitales que lo configuran.

Ortega se distancia del yo puro propio al cartesianismo y a la fenomenología, que ha conducido al impasse de la filosofía occidental. En El tema de nuestro tiempo, se plantea la salida del callejón del cogito ergo sum de Descartes, en donde un conocimiento claro y distinto de lo real se produce por la interpretación de un todo.

Uno de los elementos principales de la razón vital para Ortega es su historicidad, su carácter histórico. El ser humano, no posee una naturaleza que lo determina, sino que dicha función de determinación es el papel que ejerce la historia. Pero la historicidad posee unos límites definidos por la propia historia.

La historicidad no admite un a priori desde el cual pueda ser observada, un principio inmanente que la determine. Con ello Ortega se distancia de las visiones decimonónicas que miran la historia como tendiendo hacia un fin determinado, dotada de un sentido teleológico.

El raciovitalistmo orteguiano viene así a ser completado por un racio-historicismo, donde su teoría de las generaciones juega un papel determinante. Una generación comparte una coetanidad, donde a pesar de las divergencias posibles puede siempre entreverse cierto aire de familia. De la constelación de ideas que integra un período histórico, surgiría una forma de vida en vigor propia a un periodo histórico.

Hasta este punto, en esta segunda parte, hemos hecho un camino sintético por el pensamiento humano, aquí nos referimos al de los pensadores más destacados de Europa desde el siglo XV hasta algunos del siglo XX. No hemos volcado conceptos calificativos ni opiniones propias a las distintas formas de filosofar que hemos referido.

Nos hemos limitado a resumir las propuestas de cada filósofo. En la conciencia que cada lector podrá sacar sus conclusiones y apreciaciones según sus inclinaciones religiosas o ideológicas. Estamos dejando para otra oportunidad referirnos a los pensadores hispanoamericanos y argentinos, que de Dios permitirlo realizaremos pronto.

 

* Jurista USAL con especialización en derecho internacional público y derecho penal. Politólogo y asesor. Docente universitario.

Aviador, piloto de aviones y helicópteros. Estudioso de la estrategia global y conflictos.

 

Referencias

[1] En la obra Elogio a la Locura de Erasmo de Róterdam: La locura (entendida como estulticia o tontería) hace un elogio de la ceguera y la demencia y en los que se realiza un examen satírico de las supersticiones y de las prácticas piadosas y corruptas de la Iglesia Católica, así como de la locura de los pedantes (entre los que se incluye el propio Erasmo).

[2] En su libro más famoso, Utopía, Tomás Moro se imagina una nación insular perfecta donde todos viven en paz y armonía, y donde los hombres y las mujeres están perfectamente educados. Utopía es un nombre griego cuya acuñación proviene de Moro, de ou-topos (“no lugar”). En definitiva, es un juego de palabras de eu-topos (“buen lugar”), el cual introduce en un poema prefacio. Esta visión de un mundo ideal es también una sátira mordaz de la Europa del siglo XVI, libro el cual ha sido enormemente influyente desde su publicación, dando forma incluso a la ficción utópica en los tiempos actuales.

[3] El libro más conocido del inglés Thomas Hobbes, es Leviatán, o La materia, forma y poder de un estado eclesiástico y civil “comúnmente llamado ‘Leviatán’, escrito en forma de relato, donde formula su famoso enunciado “el hombre es el lobo del hombre”.

[4] En su obra Discurso del Método Descartes dice: “Pero enseguida advertí que, mientras de este modo quería pensar que todo era falso, era necesario que yo, quien lo pensaba, fuese algo. Y notando que esta verdad: yo pienso, por lo tanto, soy, era tan firme y cierta, que no podían quebrantarla ni las más extravagantes suposiciones de los escépticos, juzgué que podía admitirla, sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que estaba buscando ‘pienso, luego existo’ (cogito ergo sum)”.

[5] El título de su obra lo dice todo: Ética demostrada según el orden geométrico.

[6] La obra fundamental de John Locke es Compendio del Ensayo sobre el entendimiento humano.

[7] Jean-Jacques Rousseau: Las obras suyas que más influyeron en su época fueron Julia, o la Nueva Eloísa (1761) y Emilio, o De la educación (1762), ya que transformaron las ideas sobre la familia. Otras obras muy importantes son El contrato social y el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres.

[8] La más importante obra kantiana se llama Crítica de la Razón Pura.

[9] Junto a la Fenomenología del espíritu se consideran las obras más importantes de Hegel la Ciencia de la lógica la Enciclopedia de las ciencias filosóficas, (con varias reediciones posteriores) y la Filosofía del derecho.

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