PROTECCIONISMO Y BARRERAS COMERCIALES: UN DESAFÍO PERSISTENTE —Y CADA VEZ MÁS ESTRATÉGICO— EN LA ECONOMÍA GLOBAL

Carlos Alejandro Nahas*

Introducción

Durante gran parte de las últimas décadas, el comercio internacional estuvo dominado por una idea que parecía prácticamente incuestionable: apertura económica, globalización e integración de mercados. Desde los años noventa, numerosos países impulsaron procesos de liberalización comercial, reducción de aranceles y acuerdos multilaterales orientados a facilitar la circulación internacional de bienes, servicios e inversiones. La creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1995 simbolizó uno de los puntos más altos de ese modelo, consolidando un sistema basado en reglas comunes y mecanismos institucionales de resolución de disputas. Sin embargo, la evolución reciente de la economía mundial demuestra que el proteccionismo nunca desapareció. Simplemente mutó.

Hoy las barreras comerciales ya no se presentan únicamente bajo la forma clásica de aranceles elevados o prohibiciones explícitas. El nuevo proteccionismo opera de manera mucho más sofisticada y, en muchos casos, más difícil de cuestionar jurídicamente. Regulaciones técnicas, estándares ambientales, subsidios estatales, controles sanitarios, exigencias de trazabilidad, mecanismos administrativos y requisitos regulatorios complejos funcionan como verdaderos filtros de acceso a los mercados. En otras palabras: el comercio global sigue formalmente abierto, pero cada vez más condicionado.

Las tensiones entre Estados Unidos y China, la crisis financiera internacional de 2008, la pandemia de COVID-19 y los conflictos geopolíticos recientes terminaron de consolidar una tendencia que ya venía desarrollándose: los Estados volvieron a priorizar la seguridad económica, la protección de sectores estratégicos y la resiliencia de sus cadenas de suministro.

Pero además, comenzó a reaparecer un concepto que durante años parecía reservado exclusivamente al ámbito militar: la seguridad nacional económica.

Hoy la discusión ya no gira únicamente en torno a competitividad o eficiencia. También involucra autonomía tecnológica, control de infraestructura crítica, soberanía energética, acceso a minerales estratégicos, ciberseguridad y capacidad industrial para sostener escenarios de crisis o conflicto. La economía internacional dejó de ser solamente un espacio de intercambio comercial. Se transformó, nuevamente, en un terreno de disputa geopolítica.

En este contexto, el presente trabajo analiza las nuevas formas del proteccionismo contemporáneo, el crecimiento de las barreras no arancelarias y sus efectos sobre el comercio internacional, las empresas y las cadenas globales de valor. Asimismo, se examinan sus implicancias estratégicas desde una perspectiva que ya no puede separar economía, tecnología y defensa nacional.

El proteccionismo: una práctica tan antigua como vigente

El proteccionismo puede definirse como el conjunto de políticas mediante las cuales los Estados restringen, limitan o encarecen el ingreso de bienes y servicios extranjeros con el objetivo de proteger sectores productivos nacionales frente a la competencia internacional. Históricamente, estas medidas estuvieron asociadas principalmente a aranceles aduaneros. Las teorías clásicas del comercio internacional —particularmente las desarrolladas por Adam Smith y David Ricardo— sostuvieron que el libre comercio favorece la eficiencia económica global mediante la especialización productiva y la ventaja comparativa.

Sin embargo, la historia económica muestra algo bastante menos romántico: prácticamente todas las grandes potencias industriales recurrieron, en distintas etapas de su desarrollo, a políticas fuertemente proteccionistas.

Estados Unidos, Alemania, Japón, Corea del Sur y China protegieron sectores estratégicos durante décadas antes de consolidar posiciones dominantes en la economía global. Robert Baldwin ya advertía en los años ochenta que el denominado «nuevo proteccionismo» emergía como respuesta al desplazamiento del poder económico internacional y al ascenso de nuevas economías exportadoras[1].

Con el avance de la globalización y la reducción de aranceles promedio desde la década de 1990, muchos gobiernos comenzaron a reemplazar restricciones tradicionales por mecanismos regulatorios menos visibles, pero igualmente eficaces. El resultado es una paradoja evidente: el comercio internacional parece más libre en términos formales, pero en la práctica es cada vez más complejo, más costoso y más condicionado políticamente.

Las nuevas formas del proteccionismo

Aranceles: el instrumento clásico que nunca desapareció

Aunque los aranceles promedio disminuyeron significativamente desde la creación de la OMC, continúan siendo una herramienta central en sectores considerados estratégicos.

La agroindustria, la industria automotriz, el acero, los semiconductores y determinadas tecnologías sensibles siguen altamente protegidos incluso en economías que públicamente promueven el libre comercio.

Las recientes tensiones entre Estados Unidos y China dejaron algo muy claro: el comercio internacional está atravesado por intereses geopolíticos, tecnológicos y militares mucho más profundos que la simple eficiencia económica.

La disputa por chips, inteligencia artificial, tierras raras o baterías ya no responde únicamente a cuestiones comerciales. Responde a la competencia por poder estratégico global.

Subsidios: competir contra Estados, no contra empresas

Actualmente, los subsidios estatales representan uno de los mecanismos más sofisticados de protección económica.

Mediante incentivos fiscales, financiamiento preferencial, créditos blandos o ayudas directas, numerosos gobiernos fortalecen artificialmente la competitividad de sectores considerados estratégicos. Simon Evenett sostiene que, tras la pandemia, las ayudas estatales crecieron de manera exponencial como instrumentos de política industrial y geopolítica. En términos concretos, muchas empresas ya no compiten únicamente contra otras empresas: compiten contra Estados enteros.

Y esto es particularmente visible en industrias vinculadas a:

    • energía,
    • tecnología,
    • defensa,
    • telecomunicaciones,
    • inteligencia artificial,
    • infraestructura crítica,
    • y producción militar.

La frontera entre política económica y estrategia de seguridad nacional se volvió cada vez más difusa.

Barreras técnicas y regulatorias

Las barreras técnicas se transformaron en uno de los instrumentos más relevantes del proteccionismo contemporáneo. Normas de calidad, certificaciones ambientales, requisitos sanitarios, trazabilidad, etiquetado y estándares regulatorios funcionan muchas veces como mecanismos indirectos de exclusión comercial.

Maskus y Wilson[2] destacan que estas exigencias pueden incrementar considerablemente los costos de acceso a mercados internacionales, especialmente para pequeñas empresas y países en desarrollo. El problema es que estas medidas suelen estar respaldadas por fundamentos legítimos —salud pública, seguridad alimentaria, sostenibilidad ambiental o protección del consumidor—, lo que vuelve extremadamente difícil cuestionarlas dentro del sistema multilateral.

El crecimiento de las barreras no arancelarias

Uno de los fenómenos más relevantes del comercio contemporáneo es el crecimiento sostenido de las barreras no arancelarias.

A diferencia de los aranceles tradicionales, estas restricciones son mucho más difíciles de identificar, medir y negociar.

Entre ellas se destacan:

    • normas técnicas,
    • regulaciones sanitarias y fitosanitarias,
    • procedimientos aduaneros complejos,
    • requisitos de origen,
    • estándares ambientales,
    • restricciones administrativas,
    • regulaciones laborales,
    • controles tecnológicos,
    • y mecanismos de compliance internacional.

Diversos informes del Fondo Monetario Internacional sostienen que el aumento de costos regulatorios y restricciones indirectas contribuyó significativamente a la desaceleración del comercio global durante la última década. En consecuencia, el acceso a mercados ya no depende únicamente de competitividad en precios. Depende también de capacidades regulatorias, tecnológicas, logísticas, financieras e incluso diplomáticas. 

La pandemia y el retorno explícito del proteccionismo

La pandemia de COVID-19 aceleró tendencias que ya venían desarrollándose. Numerosos gobiernos restringieron exportaciones de insumos médicos, alimentos, tecnología y bienes estratégicos para garantizar abastecimiento interno.

Simon Evenett advirtió que muchos Estados reaccionaron rápidamente mediante controles comerciales y restricciones, reforzando tendencias proteccionistas preexistentes. Pero, además, la crisis sanitaria dejó expuesta una vulnerabilidad mucho más profunda: la extrema dependencia de cadenas globales hiperfragmentadas.

La pandemia reactivó debates sobre:

    • autonomía estratégica,
    • relocalización industrial,
    • nearshoring,
    • soberanía tecnológica,
    • seguridad energética,
    • resiliencia logística,
    • y capacidad nacional de producción crítica.

En otras palabras: los Estados comprendieron que depender completamente del exterior para medicamentos, energía, alimentos, semiconductores o infraestructura tecnológica puede transformarse en un problema de seguridad nacional.

Y ese razonamiento no pertenece únicamente al plano económico. También pertenece al plano militar.

Un país sin capacidad industrial mínima, sin autonomía tecnológica y sin infraestructura estratégica protegida es un país vulnerable frente a crisis internacionales, conflictos geopolíticos o escenarios de presión externa. 

Argentina: un país vulnerable en un mundo cada vez más hostil

En el caso argentino, el problema adquiere una dimensión todavía más delicada.

Mientras el mundo discute cómo reposicionarse frente a la inteligencia artificial, la automatización, la ciberseguridad, la transición energética y la competencia tecnológica global, Argentina continúa atrapada en desequilibrios estructurales básicos que erosionan cualquier posibilidad seria de desarrollo estratégico. El país enfrenta una combinación particularmente destructiva:

    • inestabilidad macroeconómica crónica,
    • inflación persistente,
    • presión tributaria asfixiante,
    • restricciones cambiarias permanentes,
    • costos logísticos extremadamente altos,
    • inseguridad jurídica,
    • burocracia excesiva,
    • deterioro de infraestructura,
    • y una política comercial marcada por la improvisación.

Pero el problema argentino ya no es solamente económico. Es institucional, tecnológico y también estratégico. En un mundo donde las grandes potencias fortalecen industrias críticas, desarrollan capacidades duales civiles-militares y aseguran cadenas de suministro sensibles, Argentina continúa desmantelando capacidades productivas estratégicas sin una política nacional coherente de largo plazo.

La ausencia de planificación en sectores clave como:

    • industria naval,
    • energía,
    • defensa,
    • tecnología,
    • minería estratégica,
    • infraestructura logística,
    • ciberseguridad,
    • y producción industrial compleja,

no solo afecta la competitividad económica. También debilita la autonomía nacional.

Un país que depende completamente del exterior para tecnología crítica, equipamiento estratégico, energía o infraestructura digital pierde capacidad de decisión soberana. Y eso tiene implicancias directas sobre la defensa nacional.

Porque la defensa moderna ya no se limita al plano militar tradicional. Incluye:

    • control logístico,
    • seguridad energética,
    • protección de puertos,
    • resiliencia de cadenas de suministro,
    • infraestructura tecnológica,
    • satélites,
    • telecomunicaciones,
    • y soberanía digital.

Mientras otras economías fortalecen capacidades estratégicas para escenarios de crisis global, Argentina sigue respondiendo con controles transitorios, regulaciones defensivas y administración de escasez. El resultado es devastador:

    • empresas que no pueden planificar,
    • exportadores atrapados en incertidumbre permanente,
    • inversiones que se postergan,
    • industrias que pierden escala,
    • cadenas productivas fragmentadas,
    • y una creciente pérdida de relevancia internacional.

Quizás el aspecto más preocupante sea otro: Argentina parece haber normalizado la emergencia permanente. Y cuando un país normaliza la improvisación, deja de construir poder estratégico.

Conclusión

El proteccionismo no constituye una anomalía del sistema económico internacional. Es una característica persistente que adopta distintas formas según el contexto histórico, político y tecnológico.

La globalización no eliminó las barreras comerciales. Las volvió más sofisticadas.

Hoy competir internacionalmente exige mucho más que eficiencia productiva: requiere estabilidad institucional, capacidad tecnológica, resiliencia logística, inteligencia regulatoria y visión estratégica. En este nuevo escenario, economía, geopolítica y defensa nacional dejaron de ser ámbitos separados.

Las cadenas de suministro son infraestructura estratégica. La tecnología es poder político. La logística es seguridad nacional. Y la autonomía económica se transformó en un componente central de la soberanía.

Para países como Argentina, el desafío es todavía mayor.

Porque mientras el mundo redefine sus reglas de competencia global, el país continúa atrapado en desequilibrios internos que limitan severamente su capacidad de inserción internacional y debilitan progresivamente su autonomía estratégica. Y en un entorno global cada vez más competitivo, tecnológicamente exigente y geopolíticamente inestable, quedarse atrás ya no implica solamente perder mercados. Implica perder capacidad de decisión soberana.

 

* Abogado, Magíster en Relaciones Comerciales Internacionales. Posee una consultora en Estrategia y Comercio Exterior, fue Secretario General de la Comisión Nacional de Comercio Exterior del Ministerio de Economía. Es Consultor en Negocios Globales & Derechos Antidumping y Profesor Universitario en la UCA, la UTN y la Universidad SXXI. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas.

 

Referencias bibliográficas

  • Baldwin, R. The New Protectionism: A Response to Shifts in National Economic Power. National Bureau of Economic Research, 1986.
  • Baldwin, R., & Evenett, S. COVID-19 and Trade Policy: Why Turning Inward Won’t Work. CEPR Press, 2020.
  • Evenett, S. «What’s next for protectionism? Watch out for state largesse, especially export incentives». CEPR Press, 2020.
  • Evenett, S. «Sicken thy neighbour: The initial trade policy response to COVID-19». The World Economy, 2020.
  • Evenett, S. «Chinese whispers: COVID-19, global supply chains in essential goods, and public policy». Journal of International Business Policy, 2020.
  • Fisher, R., Ury, W., & Patton, B. Getting to Yes: Negotiating Agreement Without Giving In. Penguin Books, 2011.
  • Fondo Monetario Internacional. «Keeping the Wheels of Trade in Motion», 2016.
  • Lewis, L., & Monarch, R. «Causes of the Global Trade Slowdown». Federal Reserve Board, 2016.
  • Maskus, K., & Wilson, J. Quantifying the Impact of Technical Barriers to Trade. World Bank, 2001.

Citas

[1] Baldwin, R. The New Protectionism: A Response to Shifts in National Economic Power. National Bureau of Economic Research, 1986.

[2] Maskus, K., & Wilson, J. Quantifying the Impact of Technical Barriers to Trade. World Bank, 2001.

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ARGENTINA: JUECES CONFIRMAN EL PACTO DE SILENCIO SOBRE EICHMANN

Gaby Weber*

Gaby Weber con integrantes de ODIA, el Observatorio de Derecho Informática Argentina, quienes consideran el caso un precedente. Imagen: GW

 

Ahora, el tribunal de apelaciones de Buenos Aires ha ratificado el sobreseimiento de la causa penal contra el Ministerio de Relaciones Exteriores por robo de documentos. El ministro no tendrá que revelar dónde escondió sus documentos secretos y el ministerio no será registrado, como yo solicité, a pesar de que la Corte Suprema del país ha exigido la publicación de los archivos de Eichmann. Pero hoy en día, ya no se trata de ley y justicia, sino solo de poder; y nadie quiere enfrentarse a Israel ni al Mossad. El pacto de silencio se mantiene.

Durante años, he estado litigando en Argentina para que se publiquen los archivos del criminal de guerra nazi Adolf Eichmann, a quien el Mossad supuestamente secuestró en Buenos Aires en mayo de 1960, heroicamente, por supuesto. Esta historia se cuenta en los libros de historia. Según mi investigación, esta historia es completamente falsa, razón por la cual demandé al Servicio Federal de Inteligencia Alemán (BND) para que me entregara sus archivos sobre Eichmann en 2008 y recibí al menos el 80 % de ellos en ese momento.

Desde 2016, también he emprendido acciones legales en Argentina, entonces gobernada por los peronistas. Inicialmente, perdí, pero desde la aprobación de la nueva Ley de Libertad de Información N° 27.275, he estado ganando, al menos en los tribunales administrativos. Incluso la Corte Suprema dictaminó que los telegramas aún secretos del Ministerio de Relaciones Exteriores debían publicarse. El ministerio se había negado, alegando «daños irreparables». Sin embargo, tras el fallo favorable de la Corte Suprema, alegó que los documentos habían sido «robados», por lo que presenté una denuncia penal por robo.

Primero, el nuevo juez se negó a reconocerme como codemandante; apelé y gané. Luego se negó a aceptar mis solicitudes de pruebas; apelé de nuevo y gané. Entonces mi abogado, Marcos Filardi, citó a testigos muy interesantes, incluido el exdirector del archivo, quien testificó (como todos saben) que los documentos altamente clasificados no se guardan en el archivo público, sino a nivel ministerial. Pero el juez no fue más allá y rechazó nuestra solicitud de interrogar al ministro de Asuntos Exteriores o registrar el ministerio; desestimó el caso, alegando que se habían agotado todas las vías para acceder a estos documentos «perdidos». Apelé de nuevo.

Hace seis semanas se celebró una audiencia pública y uno de los tres jueces de apelación (Gustavo Hornos) expresó su profundo respeto por mi búsqueda de la verdad histórica. Esto nunca me había sucedido antes; normalmente me tachan de «problemático» o algo similar. Estuvieron presentes representantes del ODIA, el Observatorio de Derecho Informático Argentina, quienes consideran el caso un precedente. «Si se salen con la suya, todos perderemos el acceso a los archivos», afirmó Sebastián Marchano, del ODIA.

Ya está disponible el veredicto escrito. De los tres jueces, dos confirmaron el sobreseimiento del caso; el juez Mariano Borinsky explicó que no se podía hacer nada más. Se rumorea que tiene estrechos vínculos con la DAIA (el brazo político de la comunidad judía, que muchos consideran el brazo del Mossad en Argentina), y en febrero pasado pronunció un discurso elogioso en el tribunal penal alabando el derecho procesal israelí. Sin embargo, en su justificación escrita, declaró que el sobreseimiento actual del proceso penal era solo «provisional» y podría reabrirse si aparecieran nuevas pruebas. Esto presumiblemente significa que si otros países rompen el pacto de silencio sobre los sucesos de mayo de 1960 (¿quizás Rusia, Francia?), entonces estos documentos podrían volver a ser solicitados al Ministerio de Relaciones Exteriores. Argentina no quiere ser la primera en pronunciarse.

El juez Hornos publicó su voto particular, calificando el sobreseimiento del caso de «prematuro» y «defectuoso». Afirmó que el ministerio demandado no había explicado por qué mis solicitudes de pruebas —a saber, interrogar al ministro y registrar la agencia— serían ineficaces; simplemente habían adoptado los motivos generales de sobreseimiento del tribunal inferior. Además, el juez Hornos sostuvo que aclarar estos hechos históricos era de interés público. Al menos… El veredicto, excepcionalmente, ha sido publicado y criticado por varios medios de comunicación.

Gaby Weber con el abogado Marcos Filardi durante la audiencia judicial. Foto: B.W.

Actualmente, en Argentina se vive una auténtica persecución contra todos los periodistas; se les prohíbe el acceso a edificios gubernamentales y son objeto de constantes insultos, incluso entre colegas de periódicos conservadores. El gobierno de Milei va de un escándalo de corrupción a otro y culpa a los medios de comunicación. La libertad de prensa e información les resulta ajena. Y mi caso fue el primero en ser presentado ante un tribunal en virtud de la nueva Ley de Libertad de Información.

Ahora apelaré la desestimación ante la Corte Suprema, porque no solo se está violando la Ley de Libertad de Información y se está mintiendo al público, sino que también se está ignorando el fallo de la Corte Suprema. Pero esto llevará mucho tiempo.

El presidente Javier Milei es un declarado partidario de Netanyahu, e Israel está decidido a mantener su campaña de desinformación sobre Eichmann; los archivos del Mossad están sellados.

El caso de Eichmann y las noticias falsas que lo rodean también será examinado en el Tribunal Administrativo Federal de Leipzig el 4 de junio de 2026. Mi demanda contra el Servicio Federal de Inteligencia (BND) se escuchará allí a partir de las 9:15 h. Se refiere a la parte aún clasificada de sus archivos sobre Eichmann. El plazo máximo de confidencialidad legalmente establecido de 60 años ya ha expirado, pero el BND se niega a renunciar a la confidencialidad. El Tribunal Administrativo Federal apoya su argumento de que la divulgación «pondría en peligro la seguridad de la República Federal». El BND ya no quiere respetar el plazo de 60 años, sino que se remite a la directiva sobre información clasificada del Ministerio Federal del Interior, es decir, un reglamento administrativo interno emitido por algunos burócratas a puerta cerrada. En mi opinión, esto es inconstitucional, porque un derecho fundamental sólo puede restringirse por ley, no por un reglamento administrativo. Pero vivimos tiempos difíciles para la prensa y la democracia, y los jueces se prestan a ello.

 

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Para transferencias bancarias, por favor, incluye mi nombre completo: Gabriele Weber, y no Gaby, ya que de lo contrario la transacción podría ser rechazada.

 

* Weber estudió lenguas romances y periodismo en la Universidad Libre de Berlín y se doctoró en el Instituto Latinoamericano en 1982. Cofundadora del periódico Taz, trabaja como periodista desde 1978 y como corresponsal independiente desde 1986, inicialmente desde Montevideo y desde 2002 desde Buenos Aires. También ha publicado varios informes e investigaciones exhaustivas sobre la historia de las actividades de inteligencia. Su libro «Eichmann Was Still Needed» se publicó en 2012.

 

Artículo traducido del alemán por el equipo de la SAEEG. Originalmente publicado el 05/05/2026 bajo el título «Argentinien: Richter bestätigen den Schweigepakt über Eichmann», en Overton Magazin, https://overton-magazin.de/hintergrund/politik/argentinien-richter-bestaetigen-den-schweigepakt-ueber-eichmann/

 

ARMENIA: ¿UNA «NUEVA GEORGIA» PARA RUSIA Y OCCIDENTE?

Roberto Mansilla Blanco*

El pulso entre Rusia y Occidente por el control de las esferas de influencia en el Cáucaso vuelve a escena. Tanto Moscú como Europa preparan sus cartas con el foco en las elecciones parlamentarias de Armenia a celebrarse el próximo 7 de junio, donde se renovarán 101 escaños para el periodo 2026-2031.

Estos comicios suponen un test decisivo para medir la gestión del primer ministro Nikol Pashinián, cuya orientación prooccidental manifiesta un distanciamiento histórico con Rusia, el tradicional aliado armenio en el Cáucaso. Por otro lado, Pashinián deberá medir en las urnas el sentir popular ante la pérdida del enclave armenio de Nagorno Karabaj a manos de su rival histórico, Azerbaiyán, en la breve guerra acaecida entre ambos países a finales de 2023. Desde entonces unos 100.000 armenios huyeron del Karabaj para refugiarse en Armenia.

Macron cantando «La bohème» de Charles Aznavour acompañado a la batería por el primer ministro de Armenia Nikol Pashinyan. Imagen: Agnès Vahramian.

Por otro lado, este 4 de mayo dio inicio en Ereván, la capital armenia, la Cumbre de la Comunidad Política Europea (CPE), donde los principales líderes europeos, visiblemente liderados por el presidente francés Emmanuel Macron (impulsor de esta iniciativa en 2022) además de la presencia de Canadá, país con una importante diáspora armenia, han dado su visto bueno al europeísmo y atlantismo de Pashinián, manifestado en las intenciones armenias de ingresar en la UE y la OTAN. La inclusión de Canadá en este esquema no es casual: supone un toque de atención de Bruselas hacia Washington ante la necesidad de resetear la relación transatlántica o bien apostar por otros socios.

Rusia ya había advertido a Armenia de las consecuencias que supone este giro prooccidental. Moscú indicó la «incompatibilidad» a la que podría someterse Armenia que, como miembro de la Unión Económica Euroasiática (UEE), aspira a ingresar en la UE. Pero la desconexión rusa de Pashinián sigue adelante. En agosto pasado, Armenia anunció su intención de retirarse de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), coloquialmente calificada como la «OTAN rusa». En marzo de 2025, el Parlamento armenio aprobó abrumadoramente iniciar el proceso de adhesión a la UE.

El factor energético entra en el juego electoral

Así, Armenia se ha convertido en la nueva «frontera» geopolítica entre Rusia y Occidente. En este complejo juego de intereses el presidente ruso Vladimir Putin ya ha movido fichas. La derrota militar armenia frente a Azerbaiyán implicó para el Kremlin alienarse a favor de Azerbaiyán como disuasión contra los intereses prooccidentales de Pashinián. Con Nagorno Karabaj en proceso de reinsertarse dentro del territorio de Azerbaiyán, ambos países firmaron la paz en Washington en agosto de 2025, bajo la iniciativa del presidente Donald Trump.

Desde el punto de vista energético, Armenia es casi absolutamente dependiente de Rusia a través de la filial de la multinacional rusa Gazprom toda vez que la infraestructura gasífera armenia está prácticamente integrada a la rusa. Al mismo tiempo, Rusia es el principal socio comercial armenio y principal surtidor de energía. Según la Agencia Internacional de Energía (AIE), las importaciones armenias de gas y petróleo representan aproximadamente el 77% del suministro energético total. Moscú también posee una base militar en la localidad armenia de Gyumri, otro elemento disuasivo para sus intereses geopolíticos por el control del Cáucaso Sur.

Con la llegada de Putin al poder en 2000, Moscú ha utilizado, con notable asertividad, el factor energético como herramienta geopolítica de influencia en el espacio euroasiático. Esta política no ha estado exenta de tensiones como ha sido el caso de las denominadas «revoluciones de colores» en Ucrania y Georgia (2003), influyendo en diversas dimensiones el pulso ruso-occidental por el control de las rutas energéticas desde el mar Caspio.

Esta dinámica no pierde vigencia este 2026. El gobierno armenio anunció recientemente la posibilidad de retirarse de la OTSC y la UEE ante el alza del precio del gas ruso provocado por la crisis bélica entre EEUU e Irán. De cara a las elecciones parlamentarias armenias, y ante el giro prooccidental de Pashinián, el tema de la dependencia energética de Rusia muy probablemente se afianzará como un debate electoral en Armenia, con capacidad para influir en los apoyos políticos y electorales.

En esta perspectiva, el Kremlin muy probablemente agitará a su favor a sus aliados prorrusos en el país caucásico, desde sectores empresariales hasta la propia Iglesia Ortodoxa armenia. En los últimos meses se han observado tensiones entre el gobierno de Pashinián y la Iglesia Apostólica Armenia, liderada por Karekin II. Desde Rusia, la diáspora armenia ha reaccionado a favor de la Iglesia armenia, contando con el beneplácito del gobierno ruso, incluso a través de manifestaciones en Moscú, San Petersburgo, Krasnodar y Sochi, entre otras ciudades con numerosa presencia de la diáspora armenia.

Para el Kremlin, que mantiene una relación muy estrecha y políticamente estratégica con el patriarcado de la Iglesia Ortodoxa rusa, la instrumentalización de la polémica de Pashinián con la Iglesia armenia se erige como un argumento de peso para incitar a la diáspora armenia en Rusia a defender los «valores nacionales tradicionales» de Armenia y el reconocimiento de la «paternal tutela» de Moscú sobre Ereván.

En un país, Armenia, donde el peso político del lobby de su diáspora es relevante, este factor puede ejercer una influencia determinante en los comicios parlamentarios, en este caso hacia opciones tendientes a «suavizar» las relaciones con Rusia y condicionar la opción «prooccidental» del gobierno de Pashininán.

Las elecciones armenias y el precedente georgiano

Las elecciones parlamentarias armenias de junio próximo poseen un símil con las ocurridas en octubre pasado en la vecina Georgia, cuyo gobierno de Salomé Zhurabishvilli también manifestó un giro prooccidental y se jugaba estas cartas en unas elecciones parlamentarias.

A pesar de varios días de protestas en la capital Tbilisi contra lo que se catalogó como «interferencia rusa» en las elecciones parlamentarias, la opción vencedora fue la del partido Sueño Georgiano, el mismo al que pertenece Zhurabishvilli, pero ahora bajo el liderazgo de Míjeil Kavelashvili más proclive a reorientar sus prioridades geopolíticas hacia Moscú.

Kavelashvili, un ex futbolista de elite que abandonó Sueño Georgiano para fundar el Partido Popular, fue posteriormente elegido en votación indirecta como el nuevo presidente georgiano. Desde entonces, Tbilisi ha iniciado un proceso de distanciamiento con Europa, congelando las negociaciones de admisión iniciadas en 2023. De este modo, el Kremlin aseguró sus intereses en mantener a Georgia dentro de sus esferas de influencia y, al menos momentáneamente, fuera del alcance occidental.

Moscú aspira reproducir ese mismo prisma en las elecciones parlamentarias armenias. El partido de Pashinián, Contrato Civil, tiene como principal contrincante electoral a Samvel Karapetyan, un empresario líder del partido Armenia Fuerte, considerado afecto al Kremlin. Karapetyan se encuentra actualmente encarcelado por intento de sedición contra Pashinián y por presuntos vínculos de corrupción y mercenarios paramilitares.

Putin ha solicitado la participación de Karapetyan en las elecciones, pero la legislación armenia prohíbe la concurrencia electoral de personas con doble nacionalidad considerando que cuenta con pasaporte armenio y ruso.

El cordón sanitario de Putin

En Armenia, Putin espera lograr un triunfo geopolítico similar al acontecido en abril pasado en las elecciones parlamentarias en Bulgaria, que le dieron la victoria al prorruso ex presidente Rumen Radev. Toda vez que la reciente caída del gobierno conservador y europeísta de Illie Bolojan en Rumanía tras una moción de censura puede igualmente ser interpretado como una ganancia indirecta para Moscú.

Rumanía, miembro de la UE y la OTAN, lidera una posición favorable a la ayuda militar y financiera a Ucrania así como una tendencia antirrusa que puede revertirse en caso de nuevas elecciones. El Kremlin tiene intereses muy concretos en propiciar cambios de gobierno igualmente en la vecina Moldavia, país candidato a la adhesión a la UE con un gobierno europeísta y con el conflicto de Transnistria como un posible efecto expansivo del existente en Ucrania.

Con ello, Rusia intenta asegurar un «cordón sanitario» prorruso y «anti-UE y OTAN» desde el mar Caspio hasta el mar Negro, propiciando así un corredor estratégico para sus intereses y concretando una especie de Mare Nostrum ruso precisamente en el mar Negro, con la base naval de Sebastopol en Crimea como motor militar y ante las expectativas de controlar el puerto de Odesa, bajo soberanía ucraniana. En este esquema se incluye igualmente el acercamiento ruso al nuevo gobierno sirio como principal proveedor de petróleo. A pesar de las reticencias occidentales, Moscú y Damasco inician una relación más estrecha en la que Rusia preserva sus intereses en el país árabe, donde tiene dos bases militares y un acceso importante a aguas mediterráneas.

Este contexto motiva a Europa a apresurarse a mover fichas en Armenia. La cumbre en Ereván de la Comunidad Política Europea ha atendido las prioridades armenias en cuanto a la supresión de los visados para los armenios que visitan la UE con el fin de facilitar los intercambios tanto turísticos como comerciales. La cuestión es fundamental para el gobierno armenio dado que los europeos no precisan de visado para visitar Armenia.

Por otro lado está EEUU. La pax de Trump en Nagorno Karabaj se interpreta como la intención de Washington por retornar con fuerza al siempre inestable tablero geopolítico caucásico y jugar con fuerza sus cartas para atraer esferas de influencia con la intención de reducir la capacidad operativa de sus rivales ruso y chino.

Como lo viene siendo para Rusia después de la breve guerra en Nagorno Karabajo, el actor clave para EEUU es Azerbaiyán. En medio de la ofensiva estadounidense e israelí contra Irán, el vicepresidente D.J. Vance estuvo de visita en Bakú, un gesto simbólico que refuerza el papel de Azerbaiyán como actor de equilibrio en el Cáucaso. Para Bakú resulta esencial este peso geopolítico que le confiere ganancias en sus relaciones con Rusia, EEUU, Turquía e incluso Irán y China.

El fortalecimiento de Azerbaiyán es observado con recelo por su histórico rival, Armenia, razón por la que Pashinián ha acelerado los contactos con Europa para asegurar aliados que le permitan equilibrar el nuevo juego de poder en el Cáucaso al tiempo que le garantice los apoyos exteriores para una victoria en los comicios parlamentarios.

Y Europa, consciente de que no puede quedar atrás ante los nuevos equilibrios de poder global, busca en Armenia revitalizar su posición sin condicionantes desde Washington. Mientras Trump, fiel a su estilo manipulador, anuncia la retirada de 5.000 efectivos militares estadounidenses de Alemania profundizando la crisis interna en la OTAN mientras advierte de que va a reforzar la seguridad del transporte de mercancías en el estrecho de Ormuz, la UE busca en Armenia el «camino de Damasco» que le devuelva a la relevancia incluso recreando una nueva relación transatlántica vía Canadá ante la intransigencia de Trump. Pretensión tan legítima como ambiciosa pero sumamente compleja en este nuevo sistema de poder mundial donde un «neo-imperialismo» 2.0 comienza a cobrar forma.

Pero volviendo a la siempre turbulenta e imprevisible dinámica caucásica: ¿se convertirá Armenia en el nuevo peón occidental para reducir la influencia regional rusa?; por el contrario, ¿Moscú finalmente logrará reproducir una especie de «plan Georgia» que le permita recuperar su peso geopolítico en el Cáucaso? Con una Europa que busca su reivindicación (y reinvención) ante la crisis transatlántica y las amenazas de desconexión de Trump con la OTAN, ¿se advierte como inevitable un conflicto militar directo entre Europa y Rusia en un contexto que anuncia un nuevo tipo de guerra, menos convencional y más digital vía drones, IA y misiles hipersónicos?

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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