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EL «CHOQUE DE LAS OLIGARQUÍAS»

Roberto Mansilla Blanco*

En un clarividente artículo sobre la guerra en Ucrania escrito en octubre de 2022, el analista Rafael Poch-de-Feliu, con anterioridad corresponsal del diario hispano La Vanguardia en Rusia y China, explicó algunas variables escasamente tratadas en los mass media pero que definen una óptica asertiva sobre lo que está sucediendo en el entorno internacional. Poch-de-Feliu identificó como una de las claves del pulso ruso-occidental lo que podríamos denominar como el «choque de las oligarquías». A escala global podríamos ampliar este enfoque al pulso de poder que se observa entre las oligarquías occidentales y orientales, incluyendo obviamente China e India.

Desde esa perspectiva podemos igualmente considerar que estamos observando el declive de la arquitectura del poder global diseñada por Occidente tras la II Guerra Mundial. Este sistema, cada vez menos efectivo, encuentra ahora fuertes competidores, en este caso dentro del espacio euroasiático. Se señalan aquí países con grandes riquezas naturales y poderío militar (Rusia); y otros con poder económico, tecnológico, demográfico y militar (China e India). Con menor incidencia, pero no menos relevancia, deben añadirse otros actores de peso, algunos de ellos condicionados por las sanciones occidentales (Irán, Corea del Norte) pero aliados del eje euroasiático sino-ruso; y otros actores emergentes (Brasil, México), a veces afiliados, otras veces contestatarios, con Occidente.

Las elites rusas y china piden paso

El audaz proceso de transformación exhibido en la Rusia post-soviética y en la China post-maoísta implicó el fortalecimiento de élites de poder con clara vocación de expansión global. Siguiendo con el enfoque del «choque de oligarquías», el mismo ofrece un mapa de cambios donde Occidente se niega a asumir su declive histórico mientras Eurasia y Oriente piden paso.

En el caso chino incluso se argumenta que el peso de los cambios históricos les favorece tras casi dos siglos de predominio (y de desprecio) por parte de un Occidente reacio a aceptar como «primus inter pares», en igualdad de condiciones, a estas oligarquías y elites de Moscú, Beijing y Nueva Delhi que poseen capacidad para ascender en los foros internacionales.

Como competidores efectivos para desafiar esa hegemonía atlantista, en Occidente, con epicentro Washington, no dudan en enfilar el «hacha de la guerra» como estrategia que le permita, cuando menos, neutralizar esta competencia in crescendo desde Oriente.

Este choque entre élites atlantistas y euroasiáticas se define igualmente a través de los imperativos geopolíticos, espacios donde entran en juego otras variables no estrictamente limitadas por la riqueza económica. Conviene por tanto no aplicar visiones reduccionistas, únicamente explicadas en criterios de poder económico o financiero, a la hora de analizar la naturaleza y dinámica de estas oligarquías. El poder del Estado, las identidades nacionales, religiosas, culturales, etc., también entran en juego y definen muchas de esas dinámicas de poder.

Los casos ruso y chino son significativos en esta dirección. La Rusia de Putin ha operado una transformación de poder en la que las otrora poderosas oligarquías post-soviéticas, ávidas de riqueza exprés en medio del saqueo de los bienes estatales (como fueron los casos de oligarcas como Boris Berezovsky y otros tantos durante la década de 1990) fueron progresivamente desplazadas del equilibrio de poder una vez Putin y sus «oligarcas» llegaron al Kremlin.

Se imponen así en Moscú nomenklaturas más vinculadas con la operatividad del Estado, con experiencia en los servicios de seguridad y de inteligencia, en las Fuerzas Armadas y en la estructura política y burocrática. En un claro cambio de imagen con respecto a los anteriores «oligarcas», las actuales élites rusas actúan en clara concordancia con los intereses nacionales. A estas nuevas élites en Moscú se les denominan los siloviki, estrechamente ligados al círculo de poder en torno al presidente Putin. Se prevé su capacidad para trazar el futuro de Rusia, cuando menos hasta mediados de este siglo XXI.

En el caso chino, esas oligarquías económicas y burocráticas se ven insertadas dentro de las estructuras de poder del Partido Comunista Chino que, bajo el modelo de «partido-Estado», articula su peculiar sistema socialista aderezado con un modelo capitalista de control estatal pero con fidelidad a los intereses nacionales. El sistema ha sido probadamente efectivo en materia de progreso socioeconómico: no olvidemos que, en los últimos 30 años, aproximadamente 800 millones de chinos salieron de la pobreza, convirtiéndose en clases medias-altas con vocación de competitividad global.

La reciente cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai en Tianjin (China) interpretó la concreción de intereses entre China, Rusia e India, tres potencias a nivel militar, tecnológico, económico y demográfico, lo cual puede igualmente traducir la concreción de intereses de esas oligarquías euroasiáticas a la hora de confeccionar un nuevo sistema económico global que atienda sus prioridades.

El pulso tecnológico juega aquí un papel estratégico. La Inteligencia Artificial china se asume como el principal competidor tecnológico para Occidente mientras los grandes poderes de los holding empresariales estadounidenses y europeos comienzan a observar que sus competidores asiáticos (principalmente chinos e indios) están posicionándose con fuerza en los mercados globales, principalmente en América Latina, África y sureste asiático, con esquemas de cooperación bilateral «ganar-ganar» sin desestimar la siempre necesaria captación de recursos. Occidente ya no es, por tanto, el paradigma del desarrollo.

También está el tema de los liderazgos políticos y su relación con la sociedad. Los líderes occidentales en EEUU y Europa se ven frecuentemente contrariados por índices de impopularidad, una opinión pública fiscalizadora de la gestión gubernamental y los siempre incómodos equilibrios institucionales. El modelo democrático occidental acomete crisis de participación y de confianza ciudadana en sus liderazgos políticos.

Una radiografía muy diferente a lo que podemos observar en los casos de Putin, el chino Xi Jinping y el indio Narendra Modi, sin que esta perspectiva signifique elogiar estos sistemas como ideales. Estos liderazgos se observan, cuando menos, incontestables a mediano plazo, con relevantes índices de popularidad, una opinión pública básicamente domesticada hacia los intereses gubernamentales y escasos resortes de fiscalización de su poder.

En este pulso de oligarquías obviamente no se desestiman los focos conflictivos (Ucrania, Gaza, Taiwán) y sus respectivas dinámicas. Aquí entran en escena imperativos geopolíticos claves, como la soberanía y las esferas de influencia. La globalización económica y cultural impulsada por Occidente e imperante desde la década de 1980 se ve claramente contrariada por el retorno de los proteccionismos y de los intereses nacionales, precisamente en ese Occidente que se observa amenazado por nuevos competidores. Visto en perspectiva el contexto actual aborda una «guerra entre capitalismos» de oligarquías en disputa, en este caso el atlantista y el euroasiático, con sus inevitables diferencias de sistemas políticos, económicos y sociales.

En esta lucha por el control del capitalismo global, las élites, independientemente de su origen geográfico, tienen los mismos intereses y las mismas aspiraciones, definidas en cuanto al control hegemónico, sea éste unilateral, multipolar o multilateral. Ahora bien: en este pulso de hegemones oligárquicos, ¿hay lugar para la rebelión popular, para la construcción «de otro mundo posible»?

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

 

Este artículo fue originalmente publicado en idioma gallego en Novas do Eixo Atlántico.

BENJAMÍN NETANYAHU, ¡EL ANTICRISTO!

Hugo Reinaldo Abete

Buenos Aires, 15 de septiembre, † Día de la Virgen de los Dolores, de 2025

 

Sr. Director:

Benjamín Netanyahu, ¡el Anticristo!

Hace poco más de un mes escribí una carta de lectores que llevaba por título «¡Gaza! el punto de inflexión de la humanidad en la era moderna». En ella intenté dejar clara mi percepción sobre que, a partir del Genocidio llevado a cabo por Israel en Palestina, nada sería igual y que mi opinión se basaba, fundamentalmente en una concepción teológica.

Ya en muchos otros escritos anteriores vengo insistiendo sobre este concepto de que estamos viviendo tiempos teológicos, tiempos de Dios, tiempos apocalípticos, y sin dudas si me arriesgo a hablar sobre el anticristo, es porque estoy confirmando otra de las características que nos hablan de los últimos tiempos.

En efecto, por doctrina, quienes tenemos la Gracia de Dios de ser Cristianos Católicos sabemos que esos tiempos se darán cuando ya no haya Fe en esta tierra, ya que el mismo Señor se pregunta «¿Cuándo venga el Hijo del hombre, encontrará fe en la tierra?», cuando impere la confusión (género en vez de orden natural), cuando prime la apostasía, cuando Dios haya sido quitado del corazón de los hombres, es decir cuando impere el mal y la soberbia sobre el bien y la virtud… cuando todo eso suceda será el tiempo del anticristo, en el que dominará al mundo hasta que acontezca la Parusía, es decir el advenimiento glorioso de Nuestro Señor Jesucristo al fin de los tiempos.

Más de uno que lea estos párrafos y no tenga internalizado estos conceptos teológicos que estoy mencionando, se preguntará ¿si no estoy desvariando o simplemente a qué se debe que alguien que no es sacerdote o religioso nos esté llevando por este terreno? ¿Con qué autoridad? ¿Con qué conocimientos lo hace?

Y la respuesta no es tan complicada como parece, dado que, sin ser un teólogo, un sacerdote, un religioso, ni un experto en las Sagradas Escrituras, ni siquiera alguien con gran formación, soy simplemente un Cristiano Católico común y corriente, pero con inquietudes que (repitiendo algo que ya expresara en otros escritos de similar tenor), «guiado con las buenas intenciones de responder a ese mandato de Nuestro Señor que nos señala que “debemos escrutar los signos de los tiempos”, intento expresar lo que mi mente y corazón sienten respecto de lo que estamos viviendo». Y es precisamente porque estoy convencido que todos los signos que se han nombrado en los párrafos anteriores están dándose en la actualidad, es que sostengo que ya estamos en los tiempos del anticristo.

La Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana, la verdadera Iglesia, la de Nuestro Señor Jesucristo, recomienda fehacientemente la lectura del Apocalipsis, pero el modernismo del cual no ha podido escapar la Iglesia, haciendo una mala interpretación, se ha encargado de evitarla, es más, con la supuesta y errónea excusa de no «asustar» a los fieles, se ha recomendado pasar por alto estos capítulos de la Biblia que nos hablan del Apocalipsis, de las postrimerías con su batalla final entre Cristo y el «anomos» u hombre sin ley, que es el anticristo. No obstante, a lo largo de la historia, otros mucho más formados que quien esto escribe, han creído ver en signos de decadencia de su época, que los mismos eran signos de los últimos tiempos y eso no fue así. En tal sentido señalo que lo mismo podría estar ocurriéndome a mí al momento de estar escribiendo estas líneas en las cuales digo nada más y nada menos que, Benjamín Netanyahu bien podría ser el anticristo.

Y fundamento mis expresiones en un análisis de la realidad que la humanidad está viviendo y en ciertos indicios, que por información básica o simplemente sentido común, me llevan a esa conclusión. Y a ese respecto digo que, si el anticristo es una persona, la primera y excluyente conclusión que debe reunir esa persona es que sea un anticristiano, un enemigo manifiesto y declarado de Nuestro Señor Jesucristo y de los cristianos. Y en tal sentido, desde el punto de vista teológico, según varios autores, entre ellos el Padre Leonardo Castellani, esa persona debería ser de origen judío. El padre Julio Meinvielle en su magistral obra «El Judío en el Misterio de la Historia», en las páginas 45 y 46 nos señala: «La ley contenida en el Talmud, que rige al judío, le manda, en efecto, despreciar y odiar a todos los pueblos, en especial a los cristianos, y no parar hasta dominarlos y sujetarlos como a esclavos». Netanyahu es de origen judío y sionista, y adscribe a estas pautas del Talmud respecto de Nuestro Señor Jesucristo y de los cristianos.

En segundo lugar, obviamente que esa persona debe ser alguien con una ambición desmedida de poder y capaz de las acciones más perversas con tal de alcanzar sus objetivos de dominación. Y tuvo que acontecer el Genocidio de Gaza que hoy toda la humanidad contempla sin poder detenerlo. No hay explicación para tanta maldad y perversidad, ninguna autoridad mundial, ninguna iglesia, ninguna organización ha logrado detener a Netanyahu en el exterminio de toda una población civil. Si al anticristo se lo conoce como «el amo del Mundo», Netanyahu ha demostrado que lo es, y a él obedece la potencia militar más importante de toda la humanidad. Él a través de todo el poder mundial sionista judeo masónico domina e impone su voluntad al resto. Y es tan, pero tan grande el pecado que está cometiendo en Gaza, que es uno de los peores y más graves insultos y desafíos que haya podido recibir Nuestro Señor Jesucristo, Rey de Reyes y Señor de la Historia. Personalmente veo a Netanyahu como un demonio hecho hombre, lo veo como el anticristo.

Todo ha sido dicho y todo ha quedado escrito. Las puertas del infierno No prevalecerán. ¡Ven Señor Jesús!

 

¡Viva Cristo Rey! ¡Viva María Reina!

¡Por Dios y por la Patria!

Hugo Reinaldo Abete

Ex Mayor E.A.

NEPAL: «REBELIÓN 2.0» EN LAS ALTURAS GEOPOLÍTICAS

Roberto Mansilla Blanco*

La inédita revuelta popular en Nepal que provocó la caída del gobierno socialista del primer ministro Khadga Prasad Oli (Partido Comunista de Nepal) advierte una situación incómoda para la vecina China, especialmente en un contexto donde Beijing viene de sacar músculo ante Occidente tras la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) celebrada en la ciudad china de Tianjin así como el desfile militar conmemorativo del 80º aniversario de la victoria en la II Guerra Mundial contra el Japón imperialista.

Las escenas de quema del Parlamento nepalés y de la Corte Suprema en la capital Katmandú así como los ataques a la sede del gobernante Partido Comunista de Nepal, contra miembros del gobierno y edificios gubernamentales llevaron a la represión las protestas, la aplicación de un toque de queda y la militarización en las calles. Los choques, producidos tras la decisión del gobierno de Prasad Oli de suspender la operatividad de las plataformas digitales y las redes sociales, han provocado decenas de muertos. Se anticipa así una situación de caos e incertidumbre sobre el futuro de Nepal.

Con 30 millones de habitantes, Nepal es un país dependiente de las remesas extranjeras de una diáspora de más de 2 millones de personas principalmente establecida en India, Malasia, Arabia Saudita, EEUU y China (Hong Kong). El Banco Mundial calcula que estas remesas alcanzan el 33% del PIB nepalí (2024) La estructural crisis económica, por tanto, también es una clave relevante a la hora de analizar la rebelión nepalí.

Difíciles equilibrios para China

El escenario se asume incierto toda vez que se abre un foco de posible inestabilidad en pleno corazón asiático, en las fronteras del Himalaya entre China e India, dos países que vienen de avanzar en cuanto a su asociación estratégica vía OCS, aspecto que ha provocado reacciones y recelos en Occidente, especialmente con respecto a las expectativas de EEUU de mantener a India dentro de su área de influencia.

Como es tradicional en su óptica diplomática, el gobierno chino ha manifestado sus expectativas sobre el restablecimiento del orden y la estabilidad en Nepal. La posición oficial de la India también se va por esa dirección. Es así palpable la comprensible cautela y prudencia diplomática ante los inciertos escenarios en Nepal por parte de Beijing y Nueva Delhi.

Por otro lado, la rebelión nepalí acontece en una coyuntura internacional con tensiones in crescendo. Destacan particularmente el ataque infructuoso de Israel en Qatar contra objetivos de Hamás (9 de septiembre) y el derribo un día después de cuatro drones rusos en el espacio aéreo polaco que provocó una reunión de emergencia en la OTAN, invocando el artículo 4 de consultas internas ante una «amenaza exterior».

El ataque israelí en suelo qatarí provocó una enérgica reacción por parte de China, que advirtió sobre la escalada de desestabilización en Oriente Próximo ante la acción «intimidatoria israelí». Mientras se evalúan las opciones detrás de lo que pudo suceder con el derribo de drones en Polonia, tomando en cuenta las acusaciones desde Bruselas y Varsovia de presunta implicación rusa toda vez Rusia y Bielorrusia desestimaron esa opción, la OTAN también analiza los escenarios de conflicto que podrían presentarse contra Moscú, especialmente ante la reciente puesta en escena en Beijing de un eje militar entre China, Rusia y Corea del Norte.

El pasado 1º de agosto, China y Nepal celebraron 70 años de una relación bilateral que hoy alcanza el grado de asociación estratégica. Así mismo, Nepal es un paso importante para las infraestructuras existentes dentro del proyecto de desarrollo impulsado por China sobre la Iniciativa de la Franja y la Ruta, a la que Nepal se unió en 2017. No obstante, los avances de estas infraestructuras en territorio nepalí han sido lentos.

¿Un OTPOR en el Himalaya?

En la vanguardia de la rebelión ciudadana en Nepal está la juventud, descontenta con las medidas de suspensión de plataformas digitales por parte del gobierno de Sharma Oli así como por los elevados niveles de desempleo y el autoritarismo político.

Según datos del Banco Mundial, la tasa de desempleo en 2024 para los jóvenes entre 15 e 24 años fue del 20,8% de la población económicamente activa.

La rebelión actual interpreta así las expectativas de ascenso de una nueva generación de líderes políticos, aún en ciernes. Los medios identifican a estos jóvenes como pertenecientes a la denominada «Generación Z» y los «Nepo Kids», los nacidos en la década de 1990 con amplia formación y capacitación digital.

No obstante, el modus operandi de esta rebelión recuerda las acciones llevadas a cabo con anterioridad por el movimiento político juvenil serbio OTPOR (en alfabeto cirílico «¡Resistencia!») que en 2000 provocó la caída del régimen de Slobodan Milosevic en Belgrado.

En su momento, la OTPOR recibió fondos de organismos estadounidenses como el Fondo Nacional para la Democracia (NED), el Instituto Nacional Democrático (vinculado al Partido Demócrata), el Instituto Republicano (del Partido Republicano), la Open Society (vinculado al magnate George Soros) y la ONG Freedom House, entre otros.

En marzo de 2024, la Agencia de EEUU para el Desarrollo USAID (cerrada por la administración Trump en julio pasado) informó sobre la puesta en marcha en Nepal de un programa educativo valorado en US$ 85 millones. Si bien oficialmente este programa no parece tener implicación política alguna, visto en la perspectiva dentro de la actual rebelión nepalí, esta ayuda retrotrae paralelismos de antaño con acciones llevadas a cabo por OTPOR con filiales de movimientos juveniles en Georgia, Ucrania, Bielorrusia, Rusia, Bolivia, Venezuela, Kirguizistán (que llevaron al derrocamiento en 2005 del entonces presidente Askar Akáyev), Líbano y Uzbekistán, entre otros. Con todo, la actividad de OTPOR en los últimos años destaca por el silencio y la opacidad, sin apenas actividad mediática, lo que provoca especulaciones sobre su posible desaparición.

Volviendo al caso nepalí, debe tomarse en cuenta que hasta el momento ninguna organización política en Nepal ha reivindicado su protagonismo como líder de la rebelión, cuyo carácter espontáneo acarrea igualmente ciertos riesgos de caos y disolución para el país.

Toda vez Nepal se desliza hacia una incierta crisis política está por ver si la rebelión juvenil que actualmente se está llevando a cabo en Katmandú tendrá capacidad suficiente para influir en movimientos políticos regionales, buscando así redimensionar el mapa geopolítico con especial atención hacia sus vecinos China, India, Bangladesh y Bután.

Más allá del contexto geopolítico que siempre subyace en estas crisis, este contexto aborda algunas interrogantes: la crisis nepalí, ¿supone una rebelión 2.0 definida por el descontento ciudadano ante la censura y los intentos por controlar la información en esta era digital? Así mismo, ¿estamos asistiendo a un revival de las rebeliones tipo OTPOR, ahora bajo otros contextos sociales y políticos derivados precisamente de esta rebelión 2.0?

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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