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IRÁN: ¿CAMBIO DE RÉGIMEN O VIRAJE HACIA UN POPULISMO CON PRETORIANISMO MILITAR?

Roberto Mansilla Blanco*

La cuarta ola de protestas que vive Irán desde 1999, ahora propiciada por la crisis económica contextualizado con síntomas de malestar social contra el sistema político teocrático dirigido por los ayatolás desde 1979, ocurre bajo un contexto de fuertes presiones exteriores, principalmente desde Israel y EEUU y en gran medida de carácter sedicioso, aceleradas tras la operación militar estadounidense de captura contra el ex presidente venezolano Nicolás Maduro y el «golpe de timón» unilateral para reconducir a Venezuela hacia las esferas de influencia de Washington.

Las razones de malestar interno dentro de la República Islámica de Irán, un país que está observando una silenciosa transformación social en los últimos años, no son muy diferentes de lo que pueda existir en algunas sociedades occidentales. Son protestas dirigidas por clases medias y populares afectadas por la crisis económica y los cambios que se están observando en el capitalismo global, contextualizadas en el caso iraní por las sanciones exteriores, la rigidez y represión del régimen dirigido por el ayatolá Alí Jamenei, obligado ahora a enrocarse en el poder.

Con todo, la crisis actual supone igualmente un pulso geopolítico entre varios actores exteriores con la finalidad de ejercer influencia en cuanto al control de las reservas de petróleo y gas natural iraníes así como de su estratégica ubicación geográfica entre Oriente Medio, Golfo Pérsico, Asia Central, el océano Índico y el sureste asiático, relevantes por ser rutas principales del comercio mundial.

La rebelión de la «burguesía del Bazar»

Un catalizador de estas protestas lo encontramos en la capacidad de poder que tiene la coloquialmente denominada «burguesía del Bazar» en Teherán, que instó a la protesta debido a las pérdidas económicas determinadas por la devaluación de la moneda nacional, el rial.

Como indica la politóloga iraní Nazanín Armanian, «los bazaríes, élite comercial anclada en la época feudal, se despegan del régimen, reduciendo aún más su base social para convertirlo en una camarilla ―más peligrosa que nunca― de mulás y militares apocalípticos».

Obviamente, las desigualdades sociales determinan una clave importante detrás de las protestas. Aproximadamente un 80% de la población iraní colinda con el umbral de la pobreza, en total casi unos 50 millones de personas. Este diagnóstico escapa al ritmo de vida de las elites del poder teocrático así como del Cuerpo de los Guardianes de la Revolución Islámica (GRI) Este cuerpo detenta prácticamente el poder de facto dentro del régimen teocrático por sus redes militares, paramilitares, control del programa nuclear, de los mecanismos de seguridad estatales y de un conglomerado empresarial con ramificaciones exteriores más allá de Oriente Próximo, como ha venido siendo el caso de Venezuela.

La hiperinflación, calculada por algunas fuentes en un 600%, empeora el cuadro socioeconómico principalmente para los jóvenes en materia de empleo e independencia familiar. Más del 60% de los 91.500.000 de habitantes de Irán es menor de 30 años. Como era de esperarse por parte de un régimen caracterizado por su rigidez, la brutal represión que hasta los momentos se cifra en decenas de muertos y unos 2.000 detenidos, aumenta las tensiones en el país persa.

Argumentando falta de liquidez, en octubre pasado el gobierno de Masoud Pezeshkian eliminó subsidios y ayudas que beneficiaban a unas 14 millones de familias en condición vulnerable. No obstante, según reveló el Departamento del Tesoro de los EEUU con obvias y convenientes intenciones de influencia mediática, Irán ha venido transfiriendo unos US$ 1.000 millones al Hizbulá libanés que benefician al régimen en sus expectativas geopolíticas y negocios personales.

Más allá de Reza Pahleví. Protestas sin liderazgo político visible.

Sin una figura visible al frente de las protestas, más allá del incesante interés israelí y estadounidense por enfocar a Reza Pahleví (66 años), hijo del depuesto Sah de Persia, como su principal baluarte, las manifestaciones dan cuenta de una aparente espontaneidad y agilidad en su capacidad de expansión, muy similares a las que se vivieron en septiembre pasado en Nepal y que llevaron a la caída del gobierno comunista.

El malestar popular in crescendo en Teherán y las principales ciudades iraníes pone contra las cuerdas al oficialismo, palpándose en el ambiente la posibilidad de un cambio de régimen. No obstante, los ejemplos de rebeliones anteriores (1999, 2009 y 2022) indican que el régimen teocrático sigue manteniendo una considerable capacidad de maniobra para mantenerse en el poder, sea por la represión brutal o la coacción disuasiva hacia diversos sectores religiosos, económicos, militares y burocráticos.

A pesar del apoyo indisimulado de EEUU e Israel, las redes de poder internas de Pahleví son aparentemente endebles. Pahleví lleva prácticamente toda su vida en el exilio (46 años) Si bien durante las protestas se han visto banderas con la insignia del león y del sol que identifica al Irán de la dinastía Pahleví, no resulta clara la activación de una plataforma unitaria de fuerzas políticas opositoras coordinadas para derribar al régimen que tengan como líder al hijo del último Sah.

Tradicionalmente en Irán la oposición es heterogénea, con partidos y movimientos comunistas, centristas, regionalistas y de otras tendencias que, visto el actual panorama, no parecen ofrecer una opción unitaria que aglutine el descontento.

Por otro lado, y más allá de la consecuente desinformación desde medios occidentales, hasta el momento no se han observado fisuras significativas en el entramado de poder iraní. La represión ha sido inmediatamente activada y tanto el GRI como los organismos de seguridad parecen dejar claro quién está al frente del poder.

Los ataques contra mezquitas y la rebelión femenina en clave de quema de velos mostrando las ansias de liberación social de las ataduras teocráticas son un material atractivo para los medios occidentales a la hora de construir el relato sobre la aparición de una nueva revolución iraní.

Estas informaciones convenientemente ocultan que Irán viene transitando una revolución social silenciosa en las últimas décadas, una «modernización» en clave propia que, si bien entraña expectativas aperturistas, las mismas no necesariamente congenian con los intereses occidentales.

Egipto (2013), Siria (2024) y Venezuela (2026): ¿precedentes para Irán?

En un aparente ejercicio de realpolitik, Pahleví, muy probablemente disuadido por Washington, ha instado a la masificación de las protestas con la intención de asestar un cambio de régimen en el cual ya ha dejado entrever que el GRI continuará siendo un actor preponderante.

Visto en perspectiva con lo que ha sucedido recientemente en otras latitudes (Siria post-Asad; Venezuela post-Maduro), el interés exterior estaría dirigido a propiciar el ascenso de un actor interno en Irán que erosione y socave el régimen teocrático «desde dentro» e inicie tentativamente una transición democrática que reconduzca a Irán a las esferas de influencia estadounidense e israelí tras casi cinco décadas de régimen teocrático islamista.

Este ejercicio de poder, de consecuencias inciertas dentro de la actual crisis iraní, implicaría para Occidente e Israel fomentar una figura de peso y con notables consensos, sea por la fuerza o por la negociación, para dar curso a las expectativas de «cambio de régimen». Los ejemplos de Ahmed al Sharaa en Siria y el más reciente de Delcy Rodríguez en Venezuela podrían explicar estos intereses exteriores que ahora quieren verse reproducidos en un hipotético Irán post-ayatolás.  

La caída de Maduro, un estrecho aliado iraní, sirve a Israel como atenuante a la hora de cortar la cadena de transmisión exterior de Teherán a través de «proxy wars» vía Hizbulá en Líbano, hutíes en Yemen y milicias chiítas en Irak. Mientras arden las calles iraníes, los ataques israelíes contra objetivos de Hizbulá al sur del Líbano reflejan claramente esas expectativas toda vez aumentan las informaciones sobre la posibilidad de renovación de la confrontación armada entre Irán e Israel tras la «guerra de los doce días» de junio pasado, cuyo resultado militar verificó una paridad de fuerzas a pesar de contar Israel con el apoyo estadounidense y europeo.

Por otro lado, el inédito reconocimiento de Israel a Somalilandia, un Estado de facto hasta ahora no reconocido por ningún país, supone igualmente una cabeza de puente para Tel Aviv a la hora de monitorear a Irán desde el Cuerno de África para ejercer presión sobre el Golfo de Adén y Yemen.

Otro escenario que podría abrirse en Irán sería un eventual «golpe palaciego» similar al que realizó en 2013 el entonces general y actualmente presidente egipcio Abdelfatah al Sissi contra el gobierno islamista dirigido por Mohammed Morsi, fallecido en 2019 tras un cautiverio en prisión. Tras ganar las elecciones presidenciales en 2014, al Sissi ha gobernado por la vía autoritaria del pretorianismo militar, amparado en el poder corporativo de las Fuerzas Armadas, los organismos de seguridad y la burocracia heredada del anterior régimen de Hosni Mubarak, depuesto en 2011 por las denominadas «Primaveras árabes».

Más allá de su poder autoritario frecuentemente tildado de «faraónico», al Sissi se ha convertido en un «hombre fuerte» y de consensos con capacidad de interlocución ante actores exógenos tan disímiles y con intereses en disputa como EEUU, Rusia, China, Israel, Arabia Saudita, Turquía e incluso el propio Irán, al que al Sissi acusó en su momento de estar detrás del islamismo político egipcio monopolizado por la Hermandad Musulmana.

El ejemplo egipcio puede servir como catalizador para esos intereses occidentales en un Irán post-ayatolás domesticado y neutralizado en cuanto a su potencial militar y económico, que ya no constituya una «amenaza» para Israel vía «proxy wars» y acercándolo a las esferas de influencia de EEUU para el control de sus apetecidos recursos naturales; una réplica de lo que Washington está llevando a cabo en la Venezuela post-Maduro con Delcy Rodríguez transitoriamente al frente del poder.

No obstante, y en caso de así observarse, no resulta claro si la posibilidad del desalojo de la casta teocrática de los ayatolás llevará necesariamente en Irán a la constitución de un régimen pro-occidental supeditado a los intereses estadounidenses que neutralicen la capacidad iraní de desafiar a Israel y Arabia Saudita, los principales aliados de Washington en la región o, en todo caso, a una situación similar a la Siria post-Asad.

Más allá del previsible sesgo propagandístico, las informaciones oficiales de Teherán sobre detenciones de agentes del Mossad por parte de las fuerzas de seguridad iraníes evidenciarían esa intromisión israelí en la crisis del país persa.

En redes sociales son prolíficas las informaciones, la mayor parte provenientes de medios israelíes, sobre la conjunción de intereses entre Israel y las expectativas de cambios de diversos sectores dentro y fuera de Irán. No debemos olvidar que, tras Israel, Irán es el país de Oriente Medio con mayor población de origen judío, unas 10.000 personas, principalmente ubicadas en Teherán y Shiraz. Este factor ha sido constantemente «explotado» en las redes sociales como un subliminal mensaje político que cobra intensidad en este momento de protestas en Irán.

Por otro lado, la alianza iraní con Rusia y China, principalmente en materia económica y de desarrollo del programa nuclear, determina un componente de fortaleza para el actual statu quo en el poder, fuertemente solidificado por una GRI que, si la situación lo requiere, podría dar un paso al frente para eventualmente constituir un régimen de pretorianismo militar que, neutralizando el poder de la teocracia, combine nacionalismo y populismo como vectores de cohesión social y política en un hipotético Irán post-ayatolás.

En el caso de Moscú, el reciente ataque con misiles Oreshnik en el occidente de Ucrania implica un anclaje de la doctrina de seguridad rusa como medida disuasiva del Kremlin hacia Occidente tras la caída de Maduro y la posibilidad de que las protestas en Irán lleven a un cambio de régimen.

Este contexto también implica a Europa. La primera ministra italiana Giorgia Meloni rompió el consenso belicista predominante en Bruselas al instar a la posibilidad de un diálogo con Rusia. Con anterioridad, el presidente francés Emmanuel Macron adoptó una posición similar. Una Unión Europea debilitada por la unilateralidad de Trump en Ucrania, Venezuela y Groenlandia sopesa ahora posibles escenarios de distensión con Rusia, un giro copernicano a su hasta ahora irreductible apoyo a Ucrania.

Está por verse si este eventual e incierto cambio de posición europea con Rusia tiene algún tipo de implicación sobre lo que está sucediendo en Irán, especialmente ante las expectativas de crisis en el suministro petrolero desde el país persa y ante la hegemónica posición estadounidense hacia el petróleo venezolano.

Finalmente está el equilibrio del mosaico interétnico y religioso iraní, con predominante peso de la población de origen persa conviviendo con comunidades de kurdos, armenios, árabes, turcomanos, baluchíes, entre otros. No es un secreto que desde el exterior se han intentado crear situaciones de desintegración territorial dentro de Irán, con la posible creación de «bantustanes» con esferas de influencia principalmente para EEUU, Israel, Arabia Saudita y Turquía.

Especial atención cobra el caso del irredentismo kurdo y sus expectativas de creación de una entidad estatal independiente entre Turquía, Siria, Irak e Irán. Mientras las fuerzas sirias tomaron el control de la estratégica ciudad de Aleppo tras un ataque de fuerzas kurdas, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan ayudó al GRI a doblegar a irrendentistas kurdos del PJAK aparentemente apoyados por Israel y EEUU y que habrían ingresado en territorio iraní por las provincias de Ilam y Kermanshah.

La Organización de Inteligencia Nacional de Turquía (MIT por sus siglas en turco) estaba rastreando a los separatistas del PJAK en Irak y en Irán, y compartiendo información con el CGRI, lo que explicaría cómo pudieron neutralizar rápidamente a los separatistas kurdos.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

 

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IRÁN TRANSFORMA ORIENTE MEDIO

Roberto Mansilla Blanco*

En vísperas de una estratégica cumbre de la OTAN en La Haya en la que se acordó elevar hasta un 5% el gasto militar del PIB de cada país miembro, el presidente estadounidense Donald Trump esperaba alcanzar una tregua duradera entre Israel e Irán tras los inéditos ataques ordenados por Washington el pasado 21 de junio contra tres instalaciones nucleares iraníes: Fordow, Isfahan y Natanz.

El contexto de la tregua parecía propicio tras el desgaste de casi dos semanas de bombardeos en las que EEUU debió incluso intervenir. No obstante, el cruce de acusaciones entre Tel Aviv y Teherán sobre supuestas rupturas de la misma derivó en una dura advertencia de Trump hacia su principal aliado regional, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, instándole a dejar de bombardear objetivos en el país persa.

Por su parte, en Teherán las autoridades iraníes anunciaban la finalización con éxito de la denominada «Operación Promesa Verdadera 2». En Tel Aviv, coaccionado por las advertencias de Trump y la necesidad de reaccionar ante este mansaje iraní, Netanyahu se vio presionado a hacer lo mismo: asegurar que se habían alcanzado los objetivos planteados en la operación «León Naciente» iniciada con su agresión militar a Irán el pasado 13 de junio.

La entrada directa de Trump en la denominada «guerra de los doce días» entre Israel e Irán amenazaba con abrir las compuertas de una escalada bélica regional. No obstante, la unilateral e ilegal decisión de lanzar los bombardeos contra las instalaciones nucleares iraníes, el presidente estadounidense lo quiso justificar posteriormente como un efecto disuasivo hacia Teherán para retomar las negociaciones de su programa nuclear: «Es tiempo para la paz» dijo Trump poco después del ataque, más probablemente con la vista puesta en la cumbre de la OTAN donde iba a acometer otros temas álgidos: Ucrania y los compromisos militares «atlantistas».

Trump navega en las contradicciones «disuasivas»

Pero existe una evidente contradicción discursiva en un Trump que, al retornar a la Casa Blanca, prometió evitar inmiscuir a EEUU en conflictos bélicos exteriores; una crítica muy recurrente en su posición con respecto a la anterior administración de Joseph Biden, entrampado en las guerras de Ucrania y Gaza.

Si bien marca distancias en su apoyo a Ucrania, la realpolitik le ha llevado a Trump envolver a EEUU en la frenética dinámica militarista a través de su imposición del aumento del gasto militar para los miembros de la OTAN y ante la necesidad de mantener el equilibrio estratégico en Oriente Próximo acudiendo en ayuda de su aliado israelí ante la contundente respuesta iraní.

La súbita intervención militar estadounidense contra Irán, la primera que se realiza desde el triunfo de la revolución islámica en ese país en 1979, implica el auxilio de Trump a un Netanyahu arrinconado que comenzaba a observar con inquietud cómo la «Cúpula de Hierro», su joya de la corona de seguridad se mostraba incapacitada para repeler la totalidad de los misiles iraníes lanzados contra su territorio. Obsesionado con el cambio de régimen en Teherán y la neutralización de su programa nuclear, Netanyahu aseguró ir «hasta el final», incluso desautorizando los términos de la tregua de su «aliado-salvador» Trump.

No obstante, como viene siendo costumbre en la Casa Blanca desde que Trump volvió a la presidencia, los mensajes sobre las verdaderas intenciones del ataque contra Irán varían de acuerdo con el contexto. El vicepresidente estadounidense D. J. Vance descartó que Washington busque un cambio de régimen en Irán, defendiendo el argumento disuasivo de Trump de volver a la mesa de negociaciones, pero ahora condicionada por los imperativos geopolíticos estadounidenses. Un día después, vía red social Truth Social, el propio Trump pareció dar un giro de 180 grados al dejar entrever precisamente lo contrario: si es posible un cambio de poder en Teherán, pues bienvenido sea. Y si Israel puede hacer el trabajo sin nuestra ayuda, mejor.

Durante estos doce días de conflicto, esta contradicción discursiva de Trump se hizo patente al manejar diversas opciones: no inmiscuirse en el conflicto exigiendo una tregua; salir en ayuda de su aliado israelí atacando objetivos iraníes; prometer no buscar un cambio de régimen en Teherán para, posteriormente, lanzar enigmáticos mensajes en redes sociales hacia ese cometido; y finalmente reivindicar su actuación militarista como un argumento válido para «alcanzar a paz» y obligar a Irán a retomar la mesa de negociaciones sobre su programa nuclear. Tampoco existió un consenso en las altas esferas de la política estadounidense con respecto a la legitimidad y efectividad del ataque a Irán.

No se debe olvidar que existen incógnitas sobre qué fue lo que realmente sucedió en las conversaciones EEUU-Irán en Omán y por qué fueron súbitamente interrumpidas horas antes del ataque israelí contra Teherán. Como muy bien explica Rafael Poch de Feliu en un clarividente artículo, los EEUU de Trump no parecen ser un actor fiable, aspecto que reforzará aún más los objetivos iraníes por acelerar su programa nuclear como un factor de seguridad y de supervivencia.

El programa nuclear iraní como cuestión de supervivencia

Este escenario no descartaría que, incluso en medio de negociaciones con Washington y ante las manifestaciones tan contradictorias sobre los verdaderos objetivos estadounidenses y su perenne alianza con Israel, Teherán termine retirándose del Tratado de No Proliferación Nuclear (al que ingresó en 1968 en tiempos del sha de Persia) para seguir adelante con su programa nuclear (iniciado en la década de 1950), cometido en el que se presume seguirá teniendo la cooperación de sus aliados Rusia, China, Pakistán, Corea del Norte e incluso Bielorrusia.

Según informó la agencia estatal iraní IRNA News, el gobierno iraní instó al director general de la Agencia Internacional de Energía atómica (AIEA) Rafael Grossi, a «investigar la acción ilegal de EEUU contra los emplazamientos nucleares iraníes». En otro comunicado, la AIEA aseguró que Teherán le transmitió su decisión de continuar adelante con su programa nuclear. Debe recordarse que desde 2003, Irán ha permitido las inspecciones de la AIEA a sus centrales nucleares, con episodios intermitentes de tensiones y rupturas.

Como respuesta a los ataques directos de EEUU, Teherán respondió bombardeando una base militar estadounidense en Qatar, una represalia táctica toda vez que la prudencia se tornó patente al no cerrar, al menos por ahora, el estratégico estrecho de Ormuz. Mientras Trump reprendía a Netanyahu pidiendo el final de los bombardeos, el presidente iraní Masud Pezeshkian lanzaba un mensaje de conciliación hacia EEUU para retomar las negociaciones en condiciones de paridad.

Tras el ataque estadounidense, el ministro iraní de Exteriores Abbas Araghchi viajó inmediatamente a Moscú en una acción que revela el carácter protagónico que tiene Rusia en este contexto como el principal aliado estratégico de Teherán. Si bien el presidente ruso Vladimir Putin condenó el ataque estadounidense mostrando su preocupación por la escalada del conflicto (en la que podría materializarse una intervención rusa en auxilio de su aliado iraní), el Kremlin en ningún momento se comprometió con una inmediata ayuda militar a favor de Teherán. El vicepresidente del Consejo de Seguridad y expresidente ruso Dmitri Medveded lanzó un mensaje más conciliador, que puede revelar los esfuerzos rusos de mediación, instando a Israel e Irán a abandonar sus respectivos programas nucleares.

En Moscú predomina la táctica de prudencia ante los acontecimientos que amenazan con arrastrar a Rusia hacia un nuevo frente de guerra con Ucrania aún en juego. Más allá del apoyo moral a Teherán, la prudencia del Kremlin revela claramente su percepción de que Occidente y el eje «atlantista» buscan abrir en Oriente Próximo un segundo frente que implique para Rusia desangrarse en dos conflictos paralelos, en este caso Ucrania e Irán.

Por otro lado, las autoridades rusas reconocen oficialmente que se avecina un período de recesión económica, en gran medida motivada por el inflacionario gasto hacia el sector militar-industrial para mantener el pulso con la OTAN. Además de la posibilidad de verse arrastrado a un «segundo frente», este contexto económico bien pudo influir en la prudente distancia que mantuvo Moscú a la hora de asistir militarmente a su aliado iraní, sin que ello determine un distanciamiento con el que actualmente es su principal aliado en Oriente Medio.

¿Empate técnico o victoria moral de Irán?

El resultado de la «guerra de los doce días» plantea varias interrogantes: ¿hay un ganador claro o más bien estamos ante un empate técnico?; ¿fue una medición de fuerzas militares entre Israel e Irán con sus respectivos nudos geopolíticos ante la posibilidad de una escalada mayor? Contrario a lo que pregonaban los mass media occidentales, ¿se puede percibir que Irán no está tan debilitado como parecía?

A priori, siguiendo un ejercicio de «suma cero», Netanyahu sale visiblemente derrotado. A pesar de lograr descabezar altos cargos de la cúpula militar iraní, la apuesta aventurera de Netanyahu por derribar el establishment de poder en Teherán se ha visto empañada por una respuesta militar contundente de su adversario, aspecto que cuestiona la eventual superioridad militar israelí. Por otro lado, la súbita entrada de Trump vía ataque directo supone igualmente un revés para Netanyahu, quien se veía acorralado ante la eficacia de los bombardeos iraníes, mostrando así su dependencia del aliado estadounidense.

Más allá de los lazos estratégicos entre Washington y Tel Aviv que perduran independientemente de quién esté al mando en cada país, Trump no ha ocultado su malestar por el desaire de Netanyahu al decidir ir por su cuenta en este conflicto donde ha terminado involucrando a EEUU; una apuesta de Netanyahu que si bien anhelaba no le ha salido como esperaba.

Por su parte, Irán ha demostrado una notable capacidad militar y política en el manejo de la crisis con Israel. Sus misiles, entre los que destacaron los hipersónicos (probablemente de asistencia rusa) penetraron en varias ocasiones las defensas antiaéreas israelíes. A pesar del maremágnum de desinformación existente, Teherán ha demostrado igualmente una astuta cautela para preservar su programa nuclear, disperso en decenas de instalaciones con una protección capaz de resistir en muchos casos los golpes de la aviación israelí.

La capacidad de resistencia y de ofensiva por parte de Irán sobre territorio israelí y objetivos estadounidenses implican para Trump la posibilidad de tantear otros escenarios en su relación con Netanyahu. Las declaraciones contradictorias de Trump dan a entender sus reservas sobre la capacidad israelí para derrotar a Irán, toda vez que Trump podría observar a Netanyahu como un aliado tan necesario como incómodo ante la persistencia del primer ministro israelí por derrotar a Irán a toda costa.

Tras la «guerra de doce días», Washington podría comenzar a trazar una nueva estrategia para mantener el equilibrio en Oriente Próximo. Consciente de la capacidad de resistencia y de respuesta iraní y experto conocedor del lenguaje del poder en las negociaciones y las distancias cortas, Trump buscará mantener el contacto con Teherán con la perspectiva de negociar un nuevo acuerdo nuclear atendiendo los imperativos geopolíticos estadounidenses, una posición que muy seguramente será rechazada por el gobierno iraní. Con ello Trump estaría devolviéndole un poco el desaire a un Netanyahu que, como en el caso del presidente ucraniano Volodymir Zelensky con respecto a la ayuda estadounidense, corre el riesgo de degradar su imagen y verse desplazado en el grado de prioridades de Trump.

Por otro lado, el fracaso de la vocación aventurera de Netanyahu podría persuadir a Trump a trazar un nuevo equilibrio regional vía Arabia Saudita, alterando parcialmente los denominados «Acuerdos de Abraham» de 2020 que implicaban un reconocimiento diplomático entre sauditas e israelíes y que ahora pueden verse desplazados de prioridad ante el estupor a nivel mundial por las masacres en Gaza.

Mientras observa con atención la reorientación geopolítica del nuevo gobierno sirio (a quien Trump llegó a instar a que reconociera la legitimidad del Estado de Israel durante su reciente gira regional), Washington podría ahora reorientar sus prioridades regionales hacia Arabia Saudita, restándole peso prioritario a Israel sin que ello signifique marcar distancias con Tel Aviv. Está por verse igualmente si Trump y Netanyahu mantendrán intactas sus expectativas de generar un cambio de poder en Teherán, un escenario que hoy parece mucho menos probable tomando en cuenta que la «guerra de los doce días» parece haber legitimado aún más al establishment de poder iraní.

Trump rompe la baraja en Irán ante un Netanyahu que muestra su dependencia de la ayuda militar, diplomática y de inteligencia estadounidense toda vez que lanza un ultimátum al sistema de leyes y normas internacionales, incapaces de detener la posibilidad de esa escalada conflictiva en Oriente Medio. Trump sólo cree en la unilateralidad de sus decisiones, desconfiando incluso de aliados estrechos como Netanyahu.

Como ha sucedido con la guerra de Ucrania, Europa vuelve a ser un convidado de piedra, incapaz de articular una política decisiva más allá de ciertas negociaciones en Ginebra con diplomáticos iraníes. Alemania, Francia y el Reino Unido se alinearon directamente a favor de Israel enviando asistencia militar.

Por otro lado, la mayor parte de los países árabes no han condenado el ataque de Trump, lo cual evidencia sus intenciones prioritarias de observar si el enfrentamiento con Israel termine debilitando a un rival regional como Irán. Otro actor como Turquía, cuya política es cada vez más desafiante y crítica con Israel manteniendo relaciones intermitentes con Irán, ha demostrado igualmente su capacidad de mediador.

Israel: dilemas existenciales

Durante décadas Occidente presentó a Israel de manera propagandística como la «única democracia en Oriente Medio». No obstante, la política y sociedad israelíes han derivado en los últimos tiempos en un Estado étnica y religiosamente intransigente, precisamente coincidiendo con las diversas etapas de Netanyahu en el poder (cinco mandatos entre 1996, 2009 y desde 2021)

Las guerras de Gaza e Irán podrían tramitar dilemas e inesperados conflictos políticos y sociales internos. Ante la masacre de palestinos en Gaza, la sociedad israelí apenas ha mostrado alguna manifestación de condescendencia, solidaridad y mea culpa. La intransigencia oficialista afecta igualmente la condición de los árabes dentro del Estado de Israel, tratados como ciudadanos de segunda clase. Salvo en los casos de Egipto, Jordania, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, al fracaso histórico y diplomático de Israel por alcanzar la legitimidad y la paz con sus vecinos árabes como mecanismo de seguridad se le une ahora la sensación de vulnerabilidad ante la respuesta militar iraní.

Israel es también dependiente de la ayuda exterior vía lobbies como la influyente American Israel Public Affairs Committee (AIPAC) en EEUU. No obstante, el carácter laico estatal, las fuerzas religiosas ultraortodoxas y ultranacionalistas pujan por dominar el debate público, a menudo al lado de fuerzas sionistas nacionalistas. Algunos apoyan el carácter mesiánico del «Gran Israel», objetivo clave para Netanyahu y sus aliados políticos. Otros grupos religiosos desprecian el carácter laico del sionismo fundador del Estado de Israel. Incluso algunos de esos grupos muy minoritarios, dentro y fuera de Israel, han manifestado su solidaridad con Palestina.

La naturaleza política del Estado de Israel observa un tipo de régimen parlamentario pero fuertemente determinado por la existencia de lobbies, principalmente vinculados al poderoso complejo militar-industrial; la influencia de los colonos en los territorios ocupados (Gaza, Cisjordania, Altos del Golán y sur del Líbano), cuyos movimientos políticos son básicamente ultraderechistas y nacionalistas; y la diáspora judía, principalmente la existente en Europa, EEUU y Magreb.

Así, el carácter laico del Estado es cada vez más erosionado por el aumento de fuerzas ultrarreligiosas mesiánicas. El sionismo se está transformando de un movimiento laico y comunitario de tintes socialistas a una plataforma dominada por sectores ultranacionalistas y religiosos mesiánicos en la que Netanyahu se ha convertido en su principal aglutinador a través de la idea del «Gran Israel».

La complejidad del mosaico étnico israelí, en la que conviven judíos, árabes, palestinos, cristianos armenios, arameos, drusos y otras minorías étnicas y religiosas, ha dado paso igualmente a una especie de «racismo institucionalizado» no sólo hacia los no judíos sino también hacia miembros de esta comunidad provenientes de países árabes y africanos, especialmente Sudán, Somalia y Etiopía. En los debates parlamentarios en la Knesset se han observado situaciones rayanas en el autoritarismo más rancio y el desprecio por el disenso, con diputados israelíes y árabe-israelíes expulsados del hemiciclo por criticar la guerra en Gaza y el trato hacia los palestinos.

Dentro de esta deriva ultranacionalista y religiosa que se acopla al carácter militarista del Estado israelí (el servicio militar es obligatorio mientras existe un ejército de reservistas igualmente influyente en la política), los ataques iraníes han provocado que miles de israelíes huyan del país, incluso con pretensiones de no regresar a un «nuevo Israel» del cual ellos mismos aseguran ya no reconocen. Así, el miedo social podría derivar en otro dilema existencial que ponga en duda la pretendida fortaleza de los cimientos del Estado israelí.

Diversas voces vienen igualmente denunciando que esta deriva autoritaria e intransigente podría estar instrumentalizando una especie de «teocracia sionista», un émulo no muy diferente por cierto de la naturaleza del régimen político que permanece en el poder en Teherán desde 1979. Así, y a pesar de las pretensiones de Netanyahu y Trump por derribarlo, el giro político que está tomando Israel pareciera levemente asimilarse al de su eterno enemigo iraní.

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE UU y América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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IRÁN, ESE GRANO DONDE LA ESPALDA PIERDE SU SANTO NOMBRE

F. Javier Blasco*

La Comunidad Internacional (CI) lleva años hablando mucho y nada bien de Irán desde su nacimiento como República Islámica tras el derrocamiento del Sha de Persia, Reza Pahlevi (1979) al haberse convertido en una especie del perejil de todas las salsas por desear arrojar a los israelíes al mar, declararse enemigo de acérrimo de Arabia Saudita y aparecer en todas aquellas más conflictivas en Oriente Próximo.

Irán es una república islámica de 1.648 millones de kilómetros cuadrados ubicada en el golfo Pérsico que cuenta con lugares de interés histórico que datan del Imperio persa cuya la capital fue fundada por Darío I en el siglo VI a. C. Su censo en 2023 alcanzó la cifra de casi 91 millones de habitantes, mayoritariamente chiitas, cuyo gobierno tiene determinadas características que le otorgan un régimen especial, que se basa en la teocracia dando pie a un Estado unitario, aunque su oficialmente Parlamentarismo y Presidencialismo se sostiene bajo la vigilancia de un complejo sistema de equilibrios y contrapesos que ejercen un control múltiple y podríamos decir, donde reina una elevada desconfianza entre unos poderes y los otros.

Cuenta con un potente Ejército al estilo clásico, aunque pobremente armado y mal instruido con cierto grado de grandes deficiencias. Además, existe lo que se conoce como la Guardia Revolucionaria, que es donde descansa el verdadero poder militar, con elevado número de integrantes, de gran capacidad de proyección (los Quds) con altos niveles de instrucción y dotados de un sinfín de medios sofisticados, principalmente en aviones y grandes medios de artillería de largo alcance con un elevado e indeterminado número de misiles de todo tipo de alcance y de precisión, varios de ellos dotados de combustibles sólidos lo que les hace más fácil y acorta el tiempo para su entrada en posición lo que dificulta su posibilidad de localización antes de hacer fuego. Además de lo anterior, en dicha Guardia Revolucionaria también se integran las conocidas fuerzas para la Organización y la Movilización de los Pobres (Basich) conocidas por su crueldad a la hora de establecer el orden público cuando la población se levanta contra el régimen por cuestiones políticas o en protesta por la hambruna u otras muchas acuciantes peticiones de un pueblo bastante culto pero muy necesitado y dado a la droga en gran parte.

Las múltiples sanciones internacionales por sus incumplimientos sobre el alcance y dimensiones de su programa nuclear y otros asuntos de menor índole, los ha llevado a aumentar su instinto o desconfianza y a aprovechar las nuevas tecnologías recibidas o copiadas a determinadas fuentes externas, que se han empleado fundamente en la evolución y perfeccionamiento de sus misiles y drones (principal proveedor a Rusia de estos artefactos).

Su doctrina nacional a modo simplista, se basa en la exaltación nacional a toda costa, en la intransigencia ante el expansionismo cultural o religioso interno fuera de los cánones marcados por ellos mismos y en el esparcimiento e implantación de la religión chiita en contra de la sunita en todo el mundo, aunque no siempre sucede con esta rama ya que depende de cómo sean sus intereses en cada lugar (Líbano o Gaza), en su odio a EEUU y, fundamentalmente, tal y como se ha mencionado, en la lucha por la erradicación y desaparición de Israel de la faz de la tierra.  

El programa nuclear iraní se puso en marcha en la década de 1950 bajo los auspicios de EEUU. Actualmente, Irán es el séptimo país en producir hexafluoruro de uranio y controla todo el ciclo del combustible nuclear en varios centros de producción, tratamiento y enriquecimiento, principalmente en Isfahán, Natanz y Fordow. Cuenta con una sola central nuclear en Bushehr.  Todas ellas han sido objeto durante varios días de ataques importantes por la aviación israelí (para ablandar o anular sus defensas antiaéreas) y el pasado sábado, de madrugada, por la acción de los medios navales y aéreos norteamericanos apoyados por sus aliados en la zona y en estrecha coordinación y cooperación con los israelitas; todos ello, encuadrado en la que se conoce como «Operación Martillo de Medianoche».  

Las capacidades de expansión y despliegue de los Quds y la gran eficacia para lograr un buen adiestramiento y alimentación del combate de otros grupos terroristas como los hutíes en Yemen, las fuerzas yihadistas de Siria o en Irak, Hamás en Palestina (sunita) y Hezbolá en el Líbano (chiita) ―todos ellos para desestabilizar las zonas de despliegue y obstaculizar las acciones de EEUU o Israel, según los casos― y sus constantes referencias y desprecios a los avisos y consejos de la CI para que frenara el desarrollo y evolución de su programa nuclear, así como sus amenazas a la existencia o supervivencia de Israel, han llevado a los dos potentes aliados en la zona ―Israel y EEUU― a urdir un plan de mediano plazo que podía resumirse en un debilitamiento progresivo de los tentáculos iraníes en sus grupos terroristas amamantados por ellos hasta su casi total extinción y, una vez conseguidos tales objetivos en sus zonas de despliegue o habitual implantación, ir directamente a la madre del cordero, las defensas de las instalaciones y sus propias capacidades nucleares usando los medios precisos en cada momento mediante una serie de eficaces ataques selectivos y muy psicológicos para finalmente, dejarles con las manos vacías y sin capacidad de respuesta militar o terrorista seria en el momento de ser atacados en fuerza, y además, con el menor daño posible para la población civil iraní.    

Así, Israel ha efectuado prácticamente en soledad la totalidad de los esfuerzos para anular las grandes capacidades de la mayor parte de los grupos terroristas fuera de Irán, ha ablandado las principales defensas antiaéreas que daban cobertura a los centros de producción y enriquecimiento de su programa nuclear y, finalmente, mantenerse en apoyo de sus potentes primos que han desplegado potentes medios y armas únicas en el mundo, al parecer capaces de haber puesto en peligro y dañar totalmente o al menos dilatar bastante en el tiempo el programa nuclear iraní.

Bien es cierto que el know kow de las técnicas y procedimientos de obtención y enriquecimiento del material necesario para crear bombas nucleares sigue estando en manos y a buen recaudo de los iraníes y podrán volverlo a intentar de nuevo; pero esta vez ya no lo harán de la misma forma ni bajo los auspicios u ojos entornados del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), ahora ya se sabe a ciencia cierta que no son nada de fiar; conocen las capacidades y decisión real de la CI de impedirlo y no tras este inesperado ataque ya no despreciarán las decisiones y los planes norteamericanos e israelíes en temas que les conciernen y son graves como ir a la guerra, si fuera necesario.

No obstante, con esto no se ha acabado el conflicto e Irán puede tomar grandes y graves represalias como el ya anunciado cierre del estrecho de Ormuz por donde transita el 20% del petróleo y del gas que se producen en el mundo y que sus capacidades militares siguen casi intactas; pero dados los pocos apoyos reales que les queda en la zona e inclusive en el mundo (Putin, a pesar de comprarle masivamente drones ya tiene bastante con Ucrania y parece que Trump le está permitiendo mucho allí a cambio de su no injerencia en este otro tema y China está volcada en sus intereses vecinos) y por lo tanto, tendrá que someterse a la realidad y agachar las orejas bajo los auspicios de la ONU, dado que sus agresores se han cuidado muy mucho en decir al mundo y muchas veces, que sus ataques van exclusivamente contra su programa nuclear ilegal y, por el contrario, no pretenden derrocar o cambiar el gobierno de Irán.  

Las reacciones chinas y rusas a día de hoy son muy tibias y bastante significativas y como elementos en contra o realmente negativos podemos considerar el verdadero daño hecho en las instalaciones nucleares, ya que la radiación nuclear entorno a estas no ha variado mucho, lo cual es muy significativo y negativo y por otro lado, la enorme posibilidad de que Irán actúe contra una o varias de las bases militares a su alcance o radio de acción que albergan miles de tropas norteamericanas en su conjunto. En el lado positivo está el mensaje dado por Trump haciendo replegar hoy los bombarderos B-2 que participaron en la acción mostrando así que ya no tiene intención de volver a actuar con ellos. 

 

* Coronel de Ejército de Tierra (Retirado) de España. Diplomado de Estado Mayor, con experiencia de más de 40 años en las FAS. Ha participado en Operaciones de Paz en Bosnia Herzegovina y Kosovo y en Estados Mayores de la OTAN (AFSOUTH-J9). Agregado de Defensa en la República Checa y en Eslovaquia. Piloto de helicópteros, Vuelo Instrumental y piloto de pruebas. Miembro de la SAEEG. 

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