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ESE ESTRECHO TAN GRANDE

Roberto Mansilla Blanco*

Tras amenazar con «llevar a la edad de piedra» y «desaparecer una civilización en una noche», el estridente Donald Trump finalmente dio marcha atrás a sus amenazas aceptando un plan de paz de diez puntos ofrecido por Irán que, grosso modo, se erige como el hipotético vencedor de esta surrealista guerra de 40 días lanzada por Estados Unidos e Israel.

Entre otras, la propuesta iraní estipula reabrir por dos semanas el estrecho de Ormuz, ruta de tránsito del 20% del mercado energético mundial, a cambio de suspender durante ese tiempo los ataques. La propuesta también incluye demandas prioritarias para Teherán: levantar la totalidad de las sanciones occidentales y permitir el enriquecimiento de uranio. Washington, como su aliado israelí, insisten en que Irán no debe tener un programa nuclear. Otro foco de interés para Teherán es ampliar esta tregua hacia el Líbano, azotada por ataques israelíes.

Probablemente a instancias de Trump, Israel también aceptó el acuerdo pero dejando claro que el mismo no debe incluir al Líbano, la «nueva Gaza» que Netanyahu piensa ampliar dentro de su mesiánico y supremacista proyecto del «Gran Israel» que tanto entusiasma a Trump y su «línea dura». De hecho, y tras abrirlo brevemente una vez consumada la tregua, Irán volvió a cerrar temporalmente el estrecho de Ormuz tras los ataques israelíes contra posiciones del movimiento islamista Hizbulá, aliado iraní, al sur del Líbano.

Aceptar negociar con Irán cuando se amenazaba con su destrucción así como convencerse de que Teherán controla prácticamente la totalidad del tránsito en el estrecho de Ormuz implica para Israel y Estados Unidos una severa derrota militar y geopolítica, lo cual determina su descrédito ante el mundo. La oposición israelí interpretó esta situación como el «mayor desastre histórico», culpando a Netanyahu de no alcanzar ninguno de sus objetivos en esta guerra. Fuentes militares en Estados Unidos analizaron del mismo modo este contexto en cuanto a los planes de Trump.

Con el apoyo de Teherán, este acuerdo estuvo precedido por los incesantes esfuerzos de un actor exterior, Pakistán, que ya había presentado un borrador de negociación similar días antes de la decisión de Trump de desactivar el ultimátum contra Irán. A partir del 10 de abril, la capital pakistaní Islamabad acogerá la ronda de contactos entre Estados Unidos e Irán para avanzar en las negociaciones, un aspecto que fortalece el peso geopolítico de Pakistán.

Pero no es Pakistán el único actor detrás de este acuerdo. Turquía, Rusia y China ejercieron igualmente un factor de influencia. Moscú y Beijing votaron en el Consejo de Seguridad de la ONU contra la petición de Trump de reabrir el estrecho de Ormuz, argumentando que esa era más bien una decisión soberana de Irán. Así, el estrecho de Ormuz demostró ser un coloso geopolítico difícil de sortear, y más ahora ante la evidencia de un Irán que, resistiendo a las pretensiones imperialistas de Estados Unidos e Israel, se erige como el actor que controla el tráfico por ese estratégico espacio.

La tregua deja a Trump en un difícil contexto político, con su popularidad en caída en este 2026 electoral y una crisis dentro de su movimiento MAGA, con sectores contrarios a esta guerra. El alza desmesurada de los precios del combustible debido al cierre del estrecho de Ormuz aumentó el malestar social en Occidente contra esta guerra impopular. Por otra parte, los pretendidos planes de intervención militar directa en Irán tampoco contaron con el apoyo irrestricto por parte de los aliados regionales de Estados Unidos, en especial Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos o Catar, golpeados por las respuestas militares iraníes y persuadidos ante la posibilidad de una catástrofe global en caso de eventual invasión del país persa.

Con paciencia estratégica y una enorme capacidad de resiliencia, Irán logró asestar una victoria geopolítica contra sus principales enemigos, Estados Unidos e Israel, incluso desarticulando sus alianzas. Un ejemplo fue la posición europea, reacia a participar en este conflicto a tal punto que países como España e Italia no permitieron el uso de sus bases militares para los intereses de Trump. Aparcando su trumpismo, la primera ministra italiana Giorgia Meloni marcó distancias con Washington en cuanto al apoyo a esta guerra.

La surrealista aventura militar de Trump y Netanyahu se definió en un fracaso ante un Irán que demostró su capacidad militar, política, estatal y social para resistir y asestar golpes estratégicos contra objetivos regionales de Estados Unidos e Israel así como de otros rivales como Arabia Saudí, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos. La lección fue clara: Teherán puso «patas arriba» el comercio mundial y las pretensiones hegemónicas del desacreditado eje Trump-Netanyahu. Utilizó un arma geoeconómica como el estrecho de Ormuz para obligar a sus agresores a sentarse a negociar sus propuestas.

La paranoia de Trump y Netanyahu por el cambio de régimen en Teherán se confirmó como una falacia y una ilusión poco realista tomando en cuenta que, por convicción o por coacción, la población iraní se plegó a las exigencias del régimen teocrático, hoy visiblemente en manos del pretorianismo militar del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), que semanas antes de los ataques había tenido que afrontar protestas internas.

Los errores de cálculo de Washington y Tel Aviv fueron tan notorios como la asertividad de Teherán para resistir, responder y obligar a sus enemigos a sentarse en la mesa de negociación. Pese a la cruenta represión oficial de las protestas, la respuesta de los iraníes ante la guerra de Trump y Netanyahu fue claramente ilustrativa: defender con una cadena humana sus principales activos nacionales. El costo humanitario del eslogan trumpiano de «desaparecer a una civilización» muy probablemente persuadió a Washington para aceptar esta negociación a última hora.

Con todo, esta incierta tregua abre varios interrogantes: ¿desistirán Trump y Netanyahu en su empresa de destruir Irán?; ¿o se impondrá una táctica realpolitik que obligará a un reacomodo ante un nuevo statu quo? En este paranoico mundo de Trump, nada es seguro.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

 

Este artículo fue publicado originalmente en idioma gallego en Editorial Novas do Eixo Atlántico: https://www.novasdoeixoatlantico.com/ese-estreito-tan-grande-roberto-mansilla-blanco/.

SIRIA Y EL CÁUCASO SUR COMO ALTERNATIVAS ENERGÉTICAS ANTE LA CRISIS DEL ESTRECHO DE ORMUZ

Roberto Mansilla Blanco*

Conferencia de Al Sharaa y Merz tras su reunión en Berlín (Imagen: Hans Scherhaufer/epd/IMAGO).

 

La reciente visita a Alemania del presidente sirio Ahmed al Sharaa, en la que entre otras disposiciones acordó con el canciller Friedrich Merz el retorno de refugiados sirios radicados en ese país, abrió igualmente las compuertas para un proyecto geoeconómico de mayor calado determinado por la actual guerra de EEUU e Israel contra Irán y, particularmente, ante las tensiones económicas globales por las presiones iraníes de cierre del Estrecho de Ormuz.

El interés occidental implica convertir a Siria en un «puerto seguro» así como en un posible corredor energético desde el Golfo Pérsico hasta el Mar Mediterráneo lo suficientemente fiable para Europa, tal  como lo explicó el propio al Sharaa durante su participación en el Foro Económico Siria-Alemania. Damasco espera recibir inversiones exteriores en los próximos años valoradas en US$ 59 mil millones.

Occidente y la «nueva Siria»

Tras la caída en Damasco del régimen de Bashar al Asad, aliado de Irán, Rusia y China, Occidente ha iniciado un proceso de atracción a la «nueva Siria». El nuevo presidente de facto al Sharaa, un antiguo yihadista vinculado a la red Al Qaeda, ha dado un giro copernicano a la orientación geopolítica siria. Ha sido recibido en la Casa Blanca por el presidente Donald Trump; en el Kremlin por Vladimir Putin; y ha realizado su discurso ante la Asamblea General de la ONU.

De este modo, se asumen como imperativos estratégicos para Occidente la reinserción de una Siria más proclive a sus intereses en el tablero geopolítico mundial y su reconstrucción estatal en aras de propiciar la estabilidad ante un convulso Oriente Medio, ahora erosionado por la guerra contra Irán y su capacidad para provocar distorsiones en la economía global.

Por otro lado, y en un momento de ascenso político y electoral de opciones antiinmigración y de ultraderecha en Europa, las expectativas de aplicar medidas de retorno de refugiados sirios suponen una medida orientada a intentar hacer frente a un tema, el de la inmigración, que inquieta a determinados liderazgos políticos en Europa y EEUU, como son los casos del presidente estadounidenses Donald Trump, el húngaro Viktor Orbán y la italiana Giorgia Meloni, entre otros. 

Dos estrechos estratégicos: Ormuz y Bab el Mandeb

Occidente observa con obvia preocupación el tectónico golpe geoeconómico y geopolítico realizado por Irán a través de su control del estrecho de Ormuz y ante sus reiteradas amenazas de cierre. El valor estratégico de este estrecho es evidente ya que supone una ruta por la que transita aproximadamente el 20% del suministro energético mundial.

Teherán también ha colocado en el centro de atención la posibilidad de cierre de otro estrecho, el de Bab el Mandeb, muy próximo al golfo de Adén y al océano Índico. Aquí entra en juego otro escenario, el de Yemen. La guerra con Irán ha ampliado su radio de actuación hacia este país que vive un conflicto armado interno con repercusiones regionales. En Yemen, la comunidad hutí, aliada de Teherán, ha entrado en la guerra atacando objetivos israelíes y occidentales en la región y ejerciendo presión contra Occidente sobre el control del estrecho de Bab el Mandeb.

Por otro lado está Bahréin, importante productor petrolero y de gas natural y que, al igual que Yemen, podría verse arrastrado por el conflicto de Irán vía posible insurrección popular e incluso militar por parte de la mayoría chiíta, aliada iraní, contra el poder sunnita mantenido entre otros por Arabia Saudita.

Como en los casos de Arabia Saudita, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos, Irán ha atacado estratégicas estructuras energéticas en Bahréin. De este modo, buscando propiciar una eventual insurrección popular contra la monarquía, Bahrein podría convertirse en un eventual «satélite iraní vía eje chiíta», similar al ya existente en Yemen, Líbano e Irak.

La alternativa energética del Cáucaso Sur

La actual coyuntura en torno a los estrechos de Ormuz y Bab el Mandeb también apunta a otro escenario geopolítico estratégico, el Cáucaso Sur, y específicamente el mar Caspio, como ruta energética alternativa para Occidente a la hora de suplir de gas natural y petróleo a las economías europeas, sacudidas por los elevados precios del crudo.

Por su condición de territorio de tránsito de oleoductos y gasoductos desde el mar Caspio, desde hace tres décadas, coincidiendo con la disolución de la URSS, el Cáucaso Sur se ha erigido como un escenario geopolítico emergente y con cada vez mayor importancia geoeconómica. Rusia, Turquía, EEUU, Irán, Israel, la Unión Europea, Arabia Saudita, China e India, entre otros, han entrado con fuerza para colocar al Cáucaso entre sus prioridades de influencia.

En este contexto adquieren importancia estratégica el proyecto de Corredor del Gas del Sur (SGC por sus siglas en inglés), que conecta el mar Caspio con Europa transportando gas desde Azerbaiyán vía Georgia y Turquía; y el ya conocido como oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan (BTC)

El interés geoeconómico para Europa en el Cáucaso Sur está enfocado en controlar estas rutas para reducir su dependencia energética de Rusia, palpable tras la guerra de Ucrania, así como perfilar una alternativa estratégica ante las tensiones en Oriente Medio. Por otro lado se han registrado nuevos proyectos de rutas de gasoductos regionales vía Georgia y Armenia hacia Europa como es el caso del “Corredor Verde”. 

Esto ha repercutido en el ascendente peso de Azerbaiyán, productor petrolero y de gas natural y principal actor dentro del Mar Caspio, lo cual hace de este país una potencia regional. Bakú ha ampliado sus socios comerciales energéticos hacia Israel, Turquía y ahora Siria, además de manejar hábilmente sus equilibrios estratégicos en torno a Rusia, Occidente, Irán y China.

Las tensiones ruso-occidentales, principalmente desde el comienzo de la guerra en Ucrania, han propiciado pulsos geopolíticos por el control de esferas de influencia determinados por los intereses energéticos. Rusia ha logrado neutralizar la implicación occidental en Georgia toda vez el giro prooccidental armenio anuncia nuevos equilibrios. Moscú ha iniciado una etapa de distensión con Azerbaiyán ante los contactos de Bakú con EEUU, palpables tras la materialización del acuerdo de paz en Nagorno Karabaj (2024)

Aquí cobra especial atención el corredor de Zangezur (Armenia) y el impacto estratégico de esta región clave en las rutas energéticas, comerciales y de seguridad euroasiáticas. El histórico acuerdo de 2024 para Nagorno Karabaj propiciado por Trump ha revitalizado la importancia geoeconómica de este corredor transcaucásico. Para todos estos actores involucrados, la guerra de Irán ha revitalizado esta importancia geopolítica y geoeconómica del Cáucaso Sur.

Arabia Saudita y Turquía mueven fichas

Volviendo al caso sirio, Arabia Saudita está emergiendo como un actor fundamental en la reconfiguración de la infraestructura energética y económica de ese país, con especial incidencia en la reconstrucción del sector eléctrico.

Para Riad, que también ha propiciado el proceso de reinserción internacional de Siria vía «lavado de imagen» del liderazgo de al Sharaa, el objetivo es asegurar la vía Siria la estabilidad necesaria para la creación de corredores económicos hacia Europa y Oriente Próximo. El reino saudita ha comenzado a invertir más de US$2.000 millones en Siria, buscando fortalecer su influencia en ese país al mismo tiempo que propicia la conexión energética desde el golfo Pérsico con Europa. Este proceso redefine el mapa de poder energético regional a través de nuevas rutas menos dependientes del control de rivales como Irán vía estrecho de Ormuz.

Por otro lado es igualmente perceptible el peso de Turquía en la Siria de al Sharaa, escenario que complica los intereses sauditas toda vez la posición de Ankara ampara nuevos equilibrios geopolíticos regionales con respecto a Israel, Irán y EEUU. En este sentido, Turquía también juega sus cartas geoeconómicas y geopolíticas. Ankara ha avanzado negociaciones con Egipto para propiciar nuevas rutas logísticas vía Canal de Suez, menos dependientes de los imperativos occidentales e israelíes. 

Irán: el CGRI configura un régimen pretoriano nacionalista

Mientras China, Turquía, Egipto y Pakistán ensayan iniciativas de paz para finalizar la guerra con Irán, Washington ha venido manteniendo la presión militar sobre Teherán, incluso vía despliegue de efectivos, atizando las expectativas de una eventual invasión terrestre del país persa.

No obstante, Washington comienza a asumir los costos de una guerra estéril para sus objetivos, especialmente en un 2026 electoral con los comicios legislativos de noviembre y ante la impopularidad de este conflicto y las recientes protestas sociales en EEUU. Esto ha provocado que Trump comience a decantarse por la posibilidad de una negociación directa con Irán que ponga fin al conflicto.

Este escenario perjudica las pretensiones israelíes de influir en la administración Trump para un cambio de régimen en Irán, aspecto que podría implicar un posible enfriamiento en las relaciones entre Washington y Tel Aviv. Toda vez, que Trump vuelve a invocar su pretensión de degradar los compromisos con Europa vía OTAN, profundizando cada vez más sus posiciones unilaterales y aislacionistas.

Por otro lado, el creciente poder del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) en el manejo de la guerra determina la posibilidad, cada vez más asertiva, de que Irán se deslice hacia un régimen de pretorianismo militar donde el nacionalismo persa y el chiísmo converjan en una nueva estructura de poder, desplazando del centro de gravedad a la teocracia y a los ayatolás hacia posiciones meramente simbólicas.

El creciente poder del CGRI durante esta guerra no sólo transformará el mapa político iraní y regional sino que implicará una mayor radicalización de las posiciones de Teherán con respecto a Occidente, Israel y Arabia Saudita, sus principales rivales geopolíticos regionales.

EEUU y Europa comienzan a interpretar este escenario como una especie de fait accompli que eventualmente implique adoptar posiciones de realpolitik con Teherán, toda vez que sus expectativas de cambio de régimen prooccidental y adopción de un «modelo sirio» en el país persa comienzan a desvanecerse.

Un Irán cada vez más nacionalista bajo el CGRI ejercerá su presión y su poder de control sobre rutas comerciales estratégicas como los anteriormente mencionados estrechos de Ormuz y Bab el Mandeb, perjudicando los intereses geoeconómicos occidentales a favor de países aliados de Teherán como China y sus conexiones geopolíticas. Por ello, Occidente acelera sus intereses geoeconómicos en rutas alternativas como los corredores sirio y del Cáucaso Sur para reducir esta dependencia comercial y energética de las rutas por estos estrechos.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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PUTIN ENTRA EN ESCENA EN IRÁN

Roberto Mansilla Blanco*

Imagen generada con IA.

 

Durante días observamos en los medios de comunicación en Europa una idea preconcebida sobre la supuesta «traición» de Rusia a Irán en el cometido de asistir militarmente al país persa ante la agresión militar lanzada por EEUU e Israel el pasado 28 de febrero. El objetivo de esta estrategia mediática resultaba evidente: crear una matriz de opinión sobre la supuesta debilidad rusa y su aparente incapacidad para reaccionar ante la ofensiva contra su aliado iraní.

Pero el contexto del conflicto ha cambiado drásticamente tras casi dos semanas de ataques militares directos. Teherán no sólo ha resistido sino que ha demostrado tener una eficiente capacidad militar de respuesta atacando objetivos militares israelíes y estadounidenses en la región e incluso fuera de las fronteras de Oriente Próximo, en este caso el espacio mediterráneo de la OTAN.

Por otro lado, la crisis iraní ha generado inevitables consecuencias para el mercado energético y económico global, ya anteriormente afectados por la agresiva política arancelaria de la administración de Donald Trump, con especial incidencia hacia Europa y China. Mientras la guerra se extiende por Oriente Próximo, los precios del petróleo oscilaron entre US$ 120 y 90 el barril. Irán ha activado un arma geopolítica de enorme alcance: la posibilidad del cierre del Estrecho de Ormuz, vital para el transporte comercial y energético a nivel mundial. Un factor que evidencia la capacidad de Teherán para generar efectos globales ante esta agresión militar exterior.

El poder in crescendo de la CGRI

Desde el punto de vista geopolítico, la ofensiva de EEUU e Israel contra Irán observa sus contrariedades en cuanto a la pretensión de ambos gobiernos por derrumbar al régimen en Teherán. Washington y Tel Aviv han experimentado en el terreno no sólo la capacidad de respuesta de Teherán sino el reforzamiento de poder del que podríamos considerar como su principal rival: el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI).

Condicionados por la capacidad de respuesta militar iraní toda vez que el factor tiempo ya comienza a jugar en su contra, EEUU e Israel han desempolvado planes de invasión militar, en este caso indirecta, dentro del territorio de la República Islámica de Irán. En este apartado se determinó la posibilidad de agitar el irredentismo kurdo contra Teherán como una especie de «quinta columna».

No obstante, la cuestión kurda con la posibilidad de instaurar una especie de entidad paraestatal genera sensibilidades geopolíticas en Oriente Próximo, especialmente para Turquía, país con la mayor cantidad de población de origen kurdo estimada entre 12 y 30 millones de personas, aproximadamente un 15% de su población. Para Turquía, un miembro de la OTAN que mantiene equilibrios geopolíticos con respecto al eje euroasiático conformado por China, Rusia e Irán, la cuestión kurda supone una prioridad para su seguridad nacional. Por tanto, resulta probable que la negativa de Ankara a respaldar la carta del irredentismo kurdo en Irán impulsada por Washington y Tel Aviv derivó en su aparente desarticulación, al menos por el momento.

Por otro lado, en Teherán se están reconstituyendo las estructuras de poder. Diversas fuentes aseguran que la elección de Mojtaba Jameneí como sucesor de su padre Alí Jamenei como el principal ayatolá del Consejo de Guardianes de la Revolución Islámica contó con el aval CGRI, cuyo peso político aumenta gradualmente dentro de la estructura de poder en Teherán.

En medio de la coyuntura bélica con EEUU e Israel, Irán muy probablemente se encamina hacia un pretorianismo militar en manos del CGRI, condicionando así la capacidad de maniobra de la estructura teocrática de los ayatolás, cada vez más enfocado hacia una simbólica tutela. En actitud desafiante y como una evidente respuesta a los planes de Trump y su aliado israelí Benjamín Netanyahu de concentrar el poder de decisión sobre la evolución del conflicto con Irán, la CGRI aseguró que será el actor «que determinará el final de la guerra». Con ello ha querido demostrar que esta guerra se decide en Teherán y no en Washington y Tel Aviv.

Tras diez días de conflicto abierto entre Irán, EEUU e Israel, Trump ha comprendido la complejidad de un problema geopolítico cuyo nivel más elevado significa invadir Irán, un país de elevado nivel de riesgo para la logística militar de invasión exterior tomando en cuenta sus más de 90 millones de habitantes, recursos militares y un territorio principalmente montañoso, que complica la operatividad militar.  Por otro lado, las distorsiones en el mercado energético en un año electoral en EEUU han profundizado este dilema para Trump. La opinión pública estadounidense no avala esta guerra contra Irán, lo cual supone un nuevo golpe para el poder de decisión del lobby israelí sobre la política y la seguridad de EEUU. 

La «paciencia estratégica» del Kremlin

En esta coyuntura, el presidente ruso Vladimir Putin entró en escena este 9 de marzo a través de una conversación telefónica con Trump, en la que ofreció una propuesta de «desescalada del conflicto» para poner fin a la guerra en Irán.

Ese mismo día, Putin expresó su «apoyo inquebrantable» a la elección de Mojtaba Jameneí como nuevo ayatolá en sustitución de su padre Alí Jameneí, cuya muerte fue tachada por el Kremlin de «asesinato cínico». La declaración oficial del Kremlin no pudo ser más directa ante el cruce de informaciones existentes en torno a la guerra en Irán y la respuesta rusa: «Rusia ha sido y seguirá siendo un socio fiable de la República Islámica».

Esta fue la primera conversación directa entre Putin y Trump en lo que va de 2026. De acuerdo con fuentes del Kremlin, la conversación fue «franca y constructiva». Tras esta conversación con Putin, Trump reaccionó afirmando que el conflicto contra Irán está «casi terminado» aunque «aún no hemos ganado lo suficiente». Una declaración que contrasta con la inicial retórica triunfalista de Washington que, vistos los acontecimientos, no corresponde exactamente con la realidad.

De este modo, la súbita aparición en escena de Putin en medio de la guerra abierta entre Irán, EEUU e Israel confirma la estrategia de «paciencia estratégica» aplicada por el Kremlin para asegurar sus intereses geopolíticos en espacios contiguos a sus esferas de influencia y ante la volátil y cada vez más conflictiva situación a nivel internacional. Al mismo tiempo, el Kremlin ha salido al paso de las constantes informaciones sobre su supuesta debilidad geopolítica y su aparente indolencia ante la agresión exterior contra su aliado iraní.

Las reacciones a la conversación entre Putin y Trump fueron particularmente decisivas para Europa, preocupada ante su ostracismo en la coyuntura de cambios en el sistema internacional y ante la desconfianza y frecuente irritación en las relaciones ruso-europeas.

Durante una reunión en Bruselas ante embajadores de la Unión Europea, el presidente del Consejo Europeo, António Costa, declaró que « para financiar su guerra contra Ucrania al tiempo que los precios en energía suben, se beneficia del desvío de las capacidades militares que en otro momento habrían sido enviadas para ayudar a Ucrania (misiles Patriot) y se beneficia de la atención reducida sobre el frente ucraniano al tiempo que es desplazado por el conflicto en Oriente Próximo».

Por su parte, la presidente de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, dio un giro copernicano sobe lo que constituye la esencia europeísta al considerar que «Europa no puede confiar en el sistema basado en reglas como la única forma de defender sus intereses. Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que se ha ido y no volverá».

En este «nuevo orden mundial», la captura por parte de Washington del ex presidente Nicolás Maduro en Venezuela a comienzos de enero y ahora la guerra contra Irán han convencido al Kremlin de la necesidad estratégica que supone fortalecer la disuasión militar, principalmente con respecto a Occidente, en un momento de volatilidad y desconfianza mutua.

El asesor ruso de Política Exterior Yuri Ushakov señaló que, en el actual contexto internacional de volatilidad e incertidumbre, con conflictos abiertos en distintos puntos del planeta, el poder nuclear supone «la mayor garantía de soberanía nacional», una percepción que ha aumentado su peso en Moscú tras el regreso de Trump a la Casa Blanca.

El Kremlin toma nota de los recientes acontecimientos escenificados en países aliados donde EEUU ha reforzado sus intereses vía cambio de regímenes o afianzamiento de esferas de influencia. Comenzó en 2011 con la caída y posterior asesinato del líder libio Muammar al Gadafi al calor de las denominadas Primaveras árabes. No obstante, Moscú ha mantenido una importante presencia geopolítica en la Libia post-Gadafi. La marea de cambios continuó en 2024 con la caída de Bashar al Asad en Siria, país donde Rusia tiene dos importantes bases militares; y en 2026 con la de Maduro en Venezuela.

Las presiones de Washington para un cambio de régimen en Cuba y la guerra contra Irán, todos ellos países que han concretado alianzas estratégicas con Rusia, dejaban en entredicho la capacidad de respuesta de Rusia a la hora de auxiliar a sus aliados. El caso iraní ha sido notorio tomando en cuenta el apoyo de Teherán al esfuerzo bélico ruso en Ucrania.

Así, la puesta en escena vía telefónica de Putin con Trump en plena efervescencia de la guerra contra Irán evidencia la capacidad del Kremlin para responder con asertividad dentro de sus esferas de influencia. Destacan aquí el espacio euroasiático vía Irán, muy próximo a las zonas contiguas de prioridad geopolítica rusa como son el Cáucaso y Asia Central, donde EEUU está intentando retomar sus posiciones vía nuevas alianzas (Armenia, Azerbaiyán, Kazajstán) con la finalidad de menoscabar los intereses del eje China-Rusia toda vez Moscú refuerza posiciones clave (Georgia).

A esto deben sumarse los intereses de Putin por afianzar vía Trump una pax rusa en Ucrania así como su perspectiva de no quedar fuera de contexto ante el «Consejo de Paz» impulsado por Trump como incipiente e incierto mecanismo de influencia de Washington para desarticular ese «viejo orden mundial» que Úrsula von der Leyen ya da por finalizado. En esta nueva era, Rusia mide su posición a la hora de mantener inalterables sus intereses geopolíticos en medio de arriesgados equilibrios entre Occidente y Oriente.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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