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¿LA ÚLTIMA «GUERRA» DE NETANYAHU?

Roberto Mansilla Blanco*

El proyecto supremacista del «Gran Israel» impulsado por el primer ministro Benjamín Netanyahu y sus aliados gubernamentales se someterá al escrutinio de las urnas el próximo 27 de octubre, con la celebración de elecciones para renovar la Knéset, el Parlamento israelí.

Estos comicios abordan un clima político y electoral polarizado por una histórica crisis de identidad dentro del Estado de Israel, principalmente determinado por la caída internacional de su imagen y credibilidad producto de la política belicista y expansionista de Netanyahu, materializada con el genocidio en Gaza desde 2023, el incremento de la colonización de Cisjordania y una nueva invasión del sur del Líbano.

Esta caída en desgracia de la imagen internacional israelí se evidencia ante un inédito nivel de distanciamiento, al menos en apariencia, por parte de aliados irrestrictos como EEUU y Europa. En el plano interno comienza a ser frecuente un debate público sobre cuestiones clave como el sionismo, el judaísmo, la conciencia nacional y el mito perenne de la invencibilidad militar israelí.

Si bien grosso modo el establishment político israelí, aunque atomizado en diversas formaciones políticas, se aprecia aparentemente cohesionado, el proyecto supremacista de Netanyahu ha provocado una fuerte polarización dentro de la sociedad israelí, una variable para tener en cuenta con las elecciones a la vuelta de la esquina.

El «Gran Israel» se somete a las urnas

A la cita electoral se han presentado un total de 38 formaciones que competirán por los 120 escaños del Knéset. El partido derechista Likud de Netanyahu busca mantener el poder pero las expectativas electorales prevén la continuidad del proceso de atomización y la conformación de bloques parlamentarios, algo ya tradicional en la política israelí.

Para renovar el que sería su sexto mandato en tres períodos distintos desde 1996, Netanyahu seguirá dependiendo del apoyo de líderes ultraderechistas como el actual ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir (partido Otsmá Yehudit, Poder Judío) y el actual ministro de Finanzas Belazel Smotrich (Partido Sionista Religioso), ambos políticos controvertidos por sus posiciones supremacistas y racistas hacia los palestinos y otras comunidades no hebreas.

En el nuevo mapa político que se avecina en Israel destacan el avance de nuevas alianzas opositoras, básicamente enroladas en la derecha nacionalista sionista con algunas opciones centristas  encabezadas por el ex jefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot (del centrista Yashar), además del ex primer ministro y ex ministro de Defensa Naftali Bénnet (Nueva Derecha), Yair Lapid (del centrista Yesh Atid) y Avigdor Líberman, ex ministro de Relaciones Exteriores y de Defensa, líder del partido Israel Beitenu, de carácter derechista, laico y nacionalista.

Otros actores electorales son los partidos ultraortodoxos Judaísmo de la Torá (de la comunidad ashkenazi), Shas (sefarditas), nacionalistas religiosos como Amja Israel (Tu Pueblo Israel) y las formaciones árabes Raam y Liga Árabe Conjunta.

Las tendencias preelectorales muestran una marcada polarización política entre Netanyahu y Eisenkot, de acuerdo a las encuestas realizadas e mediados de septiembre por Kantar/Kan, The Jewish People Policy Institute, Canal 13 y The Times of Israel.

Con su ideología reaccionaria y supremacista, Netanyahu ha marcado el paso de varias de las crisis que ha vivido Oriente Próximo en las últimas tres décadas toda vez se acrecentaba la complejidad religiosa y étnica del Estado de Israel.

Los ataques del movimiento islamista palestino Hamás contra objetivos israelíes el 7 de octubre de 2023, que provocó más de 2.000 muertes, marcó un punto de inflexión para Netanyahu. Este suceso, el peor ataque registrado en territorio israelí, cuestionó el mito de la seguridad e inviolabilidad del país al mismo tiempo que sirvió de condicionante para abrir las compuertas del proyecto del «Gran Israel», materializado con la invasión de Gaza y actualmente del sur del Líbano, sin descartar una intervención indirecta dentro del complicado rompecabezas sirio.

Por tanto, las elecciones del 27 de octubre no decidirán únicamente el futuro de Netanyahu sino el modelo de sociedad que Israel quiere construir. Son palpables los síntomas de desgaste y malestar por las atrocidades cometidas por las IDF contra la población palestina y libanesa, al mismo tiempo que existe una profunda reacción contra el alistamiento militar obligatorio, una de las señas de identidad estatal. Estos factores pueden terminar decantando las expectativas electorales de Netanyahu, en este caso de forma desfavorable.

Un ejemplo de ello ha sido la decisión de la formación de izquierda israelí Partido de los Demócratas de solicitar a la Comisión Electoral Central la retirada del partido ultraderechista Poder Judío de Ben Gvir, alegando su racismo y el hecho de que su presencia «niega la existencia del Estado de Israel como Estado democrático».

En perspectiva y a diferencia de comicios anteriores, el debate político y social en Israel ya no se centra exclusivamente en torno a la cuestión palestina sino en torno a la cohesión interna, el contrato social y el equilibrio entre identidad religiosa, democracia y seguridad. Más allá de la potencialidad militar y tecnológica israelí, la sociedad observa una actitud distante y crítica, rayando incluso en la falta de confianza, por parte de sus aliados occidentales. Incluso diversos sectores políticos israelíes se muestran preocupados ante la percepción de pérdida de prioridad y de exclusividad de los intereses israelíes entre sus aliados exteriores.

«Bibi, todo el mundo de odia»

Más allá de las opciones electorales y los manejos políticos internos, el principal foco de atención está en el deterioro de la imagen internacional de Israel. En julio pasado, durante la visita de Netanyahu a la Casa Blanca, el presidente estadounidense Donald Trump le espetó personalmente al primer ministro israelí una acusación inusual: «todo el mundo odia a Israel por esto».

Son prolíficas las imágenes e informaciones en las redes sociales sobre «mobbing» y acoso contra turistas israelíes, algunos de ellos identificados como miembros de las fuerzas armadas, el IDF, en diversas partes del mundo, incluso con señales expresas de prohibición para atender a estos turistas, especialmente en países asiáticos con comunidades musulmanas.

El inusual tono de Trump escenificaba este nivel de desconfianza internacional hacia Netanyahu en un momento en que Israel sigue adelante con la invasión militar directa en el Líbano y de intervención indirecta en Siria a través de aliados como las fuerzas de la comunidad drusa, acciones que han provocado irritación en la Casa Blanca en un momento delicado por el enfrentamiento militar con Irán.

Si bien no ha dejado de mostrarse como un ferviente aliado israelí, Trump y su equipo de gobierno observan con desagrado que la guerra contra Irán iniciada el pasado 27 de enero se realizó más bien para preservar los imperativos estratégicos de Israel en detrimento de los intereses geopolíticos y geoeconómicos estadounidenses. Este contexto es particularmente preocupante en la Casa Blanca a escasos dos meses de otros comicios trascendentales, las elecciones del mid-term en EEUU, donde se renovará la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Una prueba electoral que medirá los apoyos populares de Trump y del «trumpismo» de cara a las presidenciales de 2028.

Las elecciones parlamentarias israelíes anteceden al mid-term en EEUU (3 de noviembre), una variable que puede resultar condicionante para las expectativas de Trump, cuyas cotas de popularidad están en su peor momento mientras la sociedad estadounidense comienza a experimentar una ola de creciente simpatía por Palestina y de rechazo hacia Israel.

Es por ello que Trump podría estar barajando otras opciones menos condicionantes en Israel como apostar por una derrota de su aliado Netanyahu a favor de una coalición levemente más moderada que ralentice la radicalización y polarización interna en torno al proyecto supremacista del «Gran Israel».

Ante el eventual escenario de Netanyahu fuera del poder y a la espera de la tendencia política que asumiría un nuevo gobierno en Tel Aviv, está por ver cuál será la capacidad de Washington para impulsar ante la comunidad internacional una política de recuperación de la imagen de un Israel menos beligerante, con perspectivas de apertura de negociación para, al menos momentáneamente, reducir las tensiones en los conflictos abiertos  en Gaza, Irán, Líbano, Siria y Yemen ante la reciente ofensiva de las milicias hutíes, aliadas de Teherán.

Un caso particularmente significativo ha sido la revelación informativa de que Emiratos Árabes Unidos, uno de los países que reconoce oficialmente a Israel tras los Acuerdos de Abraham de 2020, advirtió a Netanyahu sobre el ataque de Hamás el 7-O.

Mientras la atención mediática y política se centra en intentar descifrar hasta qué punto Netanyahu, las IDF y la inteligencia israelí estaban al tanto de estas advertencias, Washington podría manejar otro escenario, reduciendo su apoyo a un Netanyahu cada vez más incómodo y díscolo para los intereses estadounidenses. Con ello, EEUU no despreciaría la posibilidad de un cambio de gobierno en Tel Aviv que permita “lavar la imagen” internacional de Israel, contribuyendo con ello a exculpar su responsabilidad por haber apoyado al primer ministro israelí en su política cada vez más belicista en Oriente Medio.

El desastre de la guerra contra Irán, particularmente ante el control que ejerce Teherán con el cierre del Estrecho de Ormuz, así como la ofensiva de los hutíes yemenitas contra los intereses de Arabia Saudita atacando las redes de suministro energético, ponen en entredicho los intereses conjuntos de EEUU e Israel en Oriente Medio, así como, entre otros factores, la viabilidad y solidez del reciente pacto de seguridad entre Turquía, Arabia Saudita y Pakistán.

El reforzamiento del poder regional de Irán ha disuadido a Netanyahu a blandir de nuevo la amenaza del programa nuclear iraní, buscando con ello recuperar la iniciativa pero ahora en clave electoral. No obstante, Tel Aviv calcula que los recientes equilibrios y alianzas en Oriente Medio, particularmente la apuesta por mecanismos de cooperación y alianzas propias dentro del mundo árabe e islámico, marcan una dinámica divergente con los intereses israelíes, así como de un aliado estadounidense cada vez más suspicaz a la hora de atender incondicionalmente las demandas de Tel Aviv.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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ISRAEL Y TURQUÍA: ¿LA PRÓXIMA GUERRA DE ORIENTE PRÓXIMO?

Roberto Mansilla Blanco*

Mientras Oriente Próximo se sumerge en una volátil dinámica de conflictos EEUU e Irán; Israel y Líbano), dentro del delicado escenario regional comienzan a calibrarse una crisis bilateral entre dos actores, Turquía e Israel, con fuertes repercusiones geopolíticas a tenor de la reciente escalada de acusaciones entre ambos gobiernos.

En marzo pasado, el líder opositor y ex primer ministro israelí Naftali Bennett declaró que Turquía se convertía, tras Irán, «en la mayor amenaza estratégica para Israel». Con anterioridad y en reiteradas ocasiones, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan no sólo ha condenado la masacre de civiles palestinos en Gaza a manos de las fuerzas israelíes sino que ha acusado directamente al primer ministro Benjamín Netanyahu de «genocida», «psicópata» y «colonialista», entre otros calificativos. Como respuesta, un artículo publicado por el think tank israelí Jerusalem Center for Security and Foreign Affairs no dudó en calificar a Erdogan de «presidente neo-otomano», señalando sus presuntas «ambiciones imperiales» y la amenaza que esto supondría para Israel.

Según el diario The Times of Israel, Erdogan tildó al gobierno de Netanyahu de «banda criminal sionista» toda vez que el ministro turco de Exteriores, Hakam Fidan, declaró que Israel «es un problema para la humanidad» y que Tel Aviv estaría «buscando un nuevo enemigo», en este caso con respecto a Turquía. La respuesta de su homólogo israelí Gideon Sa’ar fue igualmente categórica: «estas palabras enfermizas suponen un claro incitamiento al genocidio. Es el clásico lenguaje de los grandes persecutores de la historia».

Siguiendo con la escalada de acusaciones, Numam Kurtulmus, presidente de la Gran Asamblea Nacional, el poder legislativo turco, ha instado a la comunidad internacional a «detener la agresión israelí» como principal garantía para lograr «la paz mundial».

Este intercambio de acusaciones amenaza con provocar una nueva ruptura en las relaciones turco-israelíes. Debe recordarse que en 1949 Turquía fue el primer país musulmán en reconocer al Estado de Israel. Por otro lado, Ankara forma parte de la OTAN desde 1952, conservando una orientación geopolítica prooccidental que durante décadas le llevó a mantener fuertes lazos comerciales y militares con Israel.

Tras una breve crisis diplomática, Turquía e Israel restablecieron totalmente sus relaciones diplomáticas en agosto de 2022. Pero la invasión militar israelí a Gaza en octubre de 2023 retomó el empeoramiento de las relaciones bilaterales entre Ankara y Tel Aviv. En agosto de 2025 Turquía anunció la ruptura formal de relaciones económicas y comerciales con Israel.

La cuestión palestina se ha erigido como argumento clave y centro de gravedad de la actual confrontación turco-israelí. Pero no es el único factor de tensión.

La instrumentalización del relato histórico: del genocidio armenio a Gaza

Si bien a priori no existen factores inmediatos que puedan indicar una posible confrontación militar directa entre Turquía e Israel, comienzan a configurarse diversos movimientos en los planos geopolítico, geoeconómico e incluso militar que interpretan un contexto de escalada de tensiones y de pulsos geopolíticos por mantener esferas de influencia regional.

Entre ellas destacan el fortalecimiento de relaciones comerciales e incluso militares entre Turquía y Egipto, dos países que reconocen diplomáticamente a Israel pero que mantienen constantes tensiones con Tel Aviv. Toda vez que Israel ha respondido con un reconocimiento formal del genocidio armenio de 1915 cometido por las autoridades otomanas, como una evidente herramienta de presión contra Turquía.

Este reconocimiento israelí provocó inmediatas protestas por parte de Turquía y Azerbaiyán, históricos rivales armenios. En el caso azerí destaca igualmente que, sin reconocer oficialmente al Estado de Israel, en los últimos años Bakú ha mantenido estrechos vínculos comerciales con Tel Aviv, lo cual ha abierto una ventana de relación diplomática entre ambos países.

Este nuevo escenario de confrontación dialéctica entre Turquía e Israel se ve mediatizado por otra variable: la estrategia en clave geopolítica de «ganar la narrativa histórica», en este caso estableciendo paralelismos entre el genocidio armenio de 1915 con el de Gaza de 2025. Con ello se busca ejercer influencia en el ecosistema mediático y llevar el nivel de tensión hacia el espacio de la opinión pública.

El 28 de junio el gobierno israelí aprobó por unanimidad el proyecto presentado por el ministro de Asuntos Exteriores, Gideon Sa’ar, para el reconocimiento oficial del genocidio armenio de 1915.

Consciente de que dicho reconocimiento israelí implicaría una inmediata y airada respuesta por parte turca, el primer ministro de Armenia, Nikol Pashinyan, declaró que su país no ve la necesidad de responder al reconocimiento israelí de los sucesos de 1915 como «genocidio», evitando así la instrumentalización política de esta controversia.

Conflictos abiertos en el Oriente Medio de la «posguerra iraní»

Al margen de la instrumentalización política del relato histórico, la tensión entre Ankara y Tel Aviv augura nuevos equilibrios regionales. Este contexto revela un pulso geopolítico de poder entre ambos países dentro del nuevo escenario regional determinado por la «posguerra caliente» entre EEUU, Israel e Irán.

Con sus intermitentes roces y acercamientos diplomáticos, la relación entre Turquía e Israel, igualmente condicionada por los intereses estadounidenses, implicaba cierto nivel de equilibrio en la región, al menos en lo referente a la posibilidad de una confrontación armada a gran escala. No obstante, la llegada de Erdogan al poder en 2003 le permitió a Turquía ampliar regionalmente su perfil geopolítico, en este caso como líder islamista y socio económico y militar.

El tema palestino ha sido una constante en los niveles de confrontación política de Erdogan con Israel, consciente del efecto emotivo que genera en el mundo islámico. Pero también está la cuestión kurda, de enorme sensibilidad para Turquía. Desde la caída del régimen de Saddam Hussein en Irak en 2003, Tel Aviv ha mantenido una creciente cooperación económica y en materia de inteligencia con la Autoridad Regional del Kurdistán iraquí, cuyo grado de autonomía con respecto a Bagdad es evidente. Ankara ha protestado este acercamiento israelí hacia los kurdos iraquíes y su radio de implicación regional hacia las comunidades kurdas en Turquía, Siria e Irán.

Por otro lado, la preponderancia de posiciones supremacistas y revisionistas presentes en el actual gobierno de Netanyahu ha profundizado el nivel de confrontación política con Ankara. En este apartado destaca la reconfiguración de la idea del «Gran Israel» y su expansionismo regional hacia Siria, Líbano e incluso Turquía.

Ankara ha decidido mover fichas regionales para contrarrestar las posiciones israelíes. Un caso particular ha sido la eventual configuración de un eje Turquía-Egipto, el cual altera las prioridades geopolíticas israelíes y estadounidenses en Oriente Medio. En Tel Aviv interpretan que este eje turco-egipcio implicaría una especie de tenaza contra Israel en su flanco noroccidental con Gaza como epicentro, toda vez que Irán lo hace desde el flanco oriental vía proxy wars en Líbano y Yemen.

Mientras EEUU e Israel viven igualmente una coyuntura de perfil bajo en sus relaciones, explicadas por el fracaso de la intervención militar contra Irán, Turquía busca aprovechar este contexto para ganar esferas de influencia regionales.

Ankara mantiene intereses directos en Siria, Líbano, el Mediterráneo Oriental y África Occidental, un escenario donde Israel también ha comenzado a jugar sus cartas. Turquía abrió una base logística militar en Port Sudán y mantiene una estrecha cooperación económica y humanitaria en Sudán, Israel reconoció recientemente la legitimidad estatal de Somalilandia, un Estado de facto hasta ahora sin reconocimiento oficial internacional. Con este reconocimiento, Tel Aviv pretendería consolidar a Somalilandia como centro logístico y «cabeza de puente» con influencia en el Cuerno de África, el mar Rojo y el golfo de Adén, en especial a la hora de repeler los ataques que desde Yemen realizan las fuerzas hutíes, aliadas de Irán, contra objetivos israelíes.

Por otro lado, Turquía mantiene en Somalia su principal base militar en el exterior, la CAMP TurkSom, convirtiéndose al mismo tiempo en un socio comercial importante para Mogadiscio, cuyo gobierno reclama la soberanía sobre Somalilandia. Por tanto, Ankara y Mogadiscio acercan posiciones y alianzas mientras Israel busca crear nuevas esferas de influencia vía Somalilandia, orientadas igualmente a contener estos intereses turcos.

En el Mediterráneo Oriental, Israel mantiene acuerdos militares con Chipre y Grecia, enemigos históricos de Turquía. En Oriente Medio, Turquía, Pakistán y Arabia Saudita han avanzado hacia una alianza militar que muchos catalogan como un embrión de «OTAN islámica», cuya capacidad operativa parece por ahora incierta. No se debe pasar por alto el eficaz papel de la diplomacia paquistaní que, con apoyo turco, ha sido significativo para iniciar las negociaciones de intermitentes altos al fuego entre EEUU e Irán.

La disuasión nuclear también entra en escena. El ministro turco de Exteriores Hakan Fidan anunció que Ankara se reserva la opción nuclear. Con apoyo ruso, Turquía ha avanzado en la creación de la central nuclear de Akkuyu, la cual abastecerá un 10 % de la demanda energética turca. Moscú suministrará el uranio necesario para esta infraestructura que colocaría a Turquía como una nueva potencia nuclear, un escenario delicado tomando en cuenta las tensiones existentes en torno al programa nuclear iraní y el fait accompli que supone el hecho de que Israel es la principal potencia nuclear regional, aunque Tel Aviv, muy probablemente persuadido por Washington, se reserve el derecho a reconocerlo.

Las infraestructuras también entran en juego en el pulso turco-israelí. El pasado 9 de junio, Turquía y Arabia Saudita firmaron acuerdos para revivir el ferrocarril del Hejaz, una línea histórica de la era otomana que una vez conectó Estambul con Medina. El proyecto, al cual Israel ya reaccionó considerándolo como una amenaza estratégica, supone una ruta desde Bulgaria a través de Estambul, Damasco, Ammán y las ciudades saudíes, llegando finalmente a Sohar en Omán y la entrada del estrecho de Ormuz.

El ministro turco de Comercio, Omer Bolat, fue mucho más enfático al declarar que la intención del proyecto implica «la reducción de la influencia de Israel en la región» para afianzar «la prosperidad económica, paz y estabilidad a Oriente Medio». Para Turquía, el cierre del estrecho de Ormuz derivado de la guerra de EEUU e Israel contra Irán implicó la búsqueda de rutas comerciales alternativas. Por tanto, el proyecto del ferrocarril del Hejaz supone una alternativa regional ante la vulnerabilidad geoeconómica derivada de la guerra de Irán.

Israel le ha pedido al presidente estadounidense Donald Trump que bloquee este proyecto argumentando que «viola el espíritu de los Acuerdos de Abraham» de 2020 y representa un «realineamiento geopolítico hostil». Para Tel Aviv, este proyecto reduce el valor estratégico del puerto israelí de Haifa y socava el corredor económico India – Oriente Medio – Europa que posiciona a Israel como un centro de tránsito central que conecta el golfo Pérsico con Europa.

Otro escenario de conflicto es Siria. El régimen sirio del islamista Ahmed al Shar’aa, ex líder de una facción armada vinculada con Al Qaeda, es una pieza geopolítica clave para Ankara que, al mismo tiempo, se ha convertido en un rival incómodo para Israel.

De acuerdo con el medio Israel Hayom citando fuentes sirias, en Damasco existe preocupación por la intensa actividad de Turquía en este país árabe. Estas fuentes señalan al ministro turco Fidan como la «mano derecha de Erdogan en Siria», con especial comunicación directa con el presidente Ahmed al Shara’a.

Un caso concreto de la influencia turca en Siria ha sido el despliegue a comienzos de 2026 en el Aeropuerto Internacional de Damasco del sistema de seguridad HTRS-100 de fabricación turca. Si bien Ankara ha declarado el uso civil del mismo, este despliegue confirma el estrecho vínculo militar entre Turquía y Siria, motivo de preocupación para Israel en caso de eventualmente realizar ataques aéreos contra objetivos sirios.

No se debe pasar por alto las repercusiones que pueden tener en Siria los combates entre Israel y el movimiento islamista libanés Hizbulá, toda vez que Tel Aviv también tiene intereses dentro del complicado rompecabezas sirio, tal y como se observó en julio de 2025 con los combates entre fuerzas leales al régimen de al Shar’aa contra milicias de la comunidad drusa, tradicional aliado israelí, en la provincia de Sweida.

Otro escenario de tensión es el pulso geoeconómico, específicamente el control de las redes de corredores energéticos regionales. Israel impulsa el proyecto del Gasoducto Eastmed con el foco en el Mediterráneo Oriental, aspecto que podría colocar a Gaza como un epicentro logístico de estos intereses israelíes hacia Egipto, Chipre y Grecia

Por su parte, Turquía avanza en la construcción de un gasoducto que le conecte con Qatar, Siria, Arabia Saudita y Bulgaria, un ambicioso proyecto de US$ 15 mil millones con elevados costes de inversión en infraestructuras. Ambos proyectos, el turco e israelí, intensifican su importancia estratégica ante la crisis energética y comercial suscitada por los constantes cierres del estrecho de Ormuz bajo la confrontación militar entre EEUU e Irán.

La «OTAN 3.0» tras la cumbre de Ankara: ¿disuasión o punto de inflexión en las tensiones turco-israelíes?

La Cumbre de la OTAN realizada los días 7 y 8 de julio en Ankara, la primera que realiza la Alianza Atlántica en territorio turco, debe igualmente analizarse dentro del contexto de tensiones previas entre Turquía e Israel.

La posibilidad de una confrontación armada con Israel determina un escenario de preocupación en el establishment de poder en Ankara. La cumbre de Ankara determinó el compromiso de la Alianza Atlántica por reforzar la cláusula mutua establecida por el artículo 5 que estipula que el ataque contra un país miembro de la OTAN implica la defensa mutua a ese país por parte de todos los demás miembros del organismo. En Ankara, el objetivo de la OTAN se concentró en Rusia en un momento de escalada de ataques con drones en los territorios ruso y ucraniano y ante el aumento del gasto militar en Europa.

Siendo Turquía miembro de la OTAN, el establishment político y militar y la opinión pública turca especulan sobre la aplicación de esta cláusula de defensa mutua en caso de un eventual ataque militar israelí, país que cuenta con convenios de cooperación con la OTAN en materia de seguridad y antiterrorismo, entre otros. Una encuesta en Turquía dictaminó que un 72% de los turcos desconfían de que la OTAN salga en su defensa en caso de ataque israelí.

Previo a la cumbre de Ankara, el secretario de Defensa estadounidense Peter Hegseth declinó reafirmar el principio de defensa colectiva de la OTAN. Estas declaraciones reforzaron la percepción en Turquía ante el contexto de tensiones entre Trump y la OTAN. En Ankara especulan que una eventual salida o disminución de compromisos por parte de EEUU con la Alianza Atlántica podría implicar un eventual apoyo a Israel en caso de guerra contra Turquía.

No obstante, la cumbre de Ankara significó un éxito rotundo para Erdogan en medio de las tensiones entre Trump y la OTAN. Turquía ha logrado reconducir su condición de socio militar fiable para Occidente, aspecto que causa preocupación en Israel.

El entendimiento entre Trump y Erdogan generó una inmediata inquietud en Tel Aviv en un momento de cierto estancamiento en las relaciones con Washington toda vez que la Casa Blanca acelera su retirada táctica dentro de la OTAN para concentrar sus prioridades en Asia-Pacífico mientras Turquía refuerza su papel geopolítico y militar para Europa y la Alianza Atlántica. Debe recordarse que, tras EEUU, Turquía es el principal ejército dentro de la OTAN en número de efectivos.

Por ello, Israel teme que Turquía gane fuerza tras esta cumbre de Ankara, reforzando así sus esferas de influencia regionales y sus presiones hacia Tel Aviv. Al mismo tiempo que Ankara aumenta sustantivamente su peso en Europa, también ha conseguido mejorar su relación con Washington.

Trump ha declarado públicamente su propósito de readmitir a Turquía al programa de aviación F-35, a pesar de las quejas de Israel. Tel Aviv reclama que Ankara es una amenaza y que debe preservarse su Ventaja Militar Cualitativa (QME) Previo a la cumbre de Ankara, Turquía criticó las palabras de Netanyahu sobre la posible adquisición de los cazas estadounidenses F-35 como «desinformación».

En Ankara, Erdogan ha sabido jugar su tradicional papel de «actor bisagra» y de interlocutor y mediador entre potencias geopolíticas en confrontación como son los casos de EEUU, China y Rusia. Los equilibrios de Ankara poseen una lógica geopolítica estratégica, tomando en cuenta su posición en el espacio euroasiático, Oriente Medio, Magreb, Sahel y Cuerno de África.

Este papel de interlocución de Turquía le ha permitido convertirse en un actor emergente con capacidad para manejar equilibrios entre actores en conflicto como Rusia y Ucrania y EEUU, Israel e Irán. Las relaciones turcas con China son igualmente fluidas toda vez que la influencia turca en Siria ha sido igualmente determinante para que Trump anunciara la revocación a la designación de ese país árabe como «Estado patrocinador del terrorismo».

Por otro lado, Europa pretende que Turquía sea un socio fiable para impulsar una reactivación más amplia de la industria de defensa del continente y aportar efectivos militares para la Alianza Atlántica. Durante la cumbre de la OTAN, Turquía firmó con Reino Unido un acuerdo de defensa y seguridad, que obliga a ambos países a apoyarse mutuamente en todas las cuestiones relacionadas con la defensa, incluida la cooperación en sus respectivas industrias, la lucha contra el terrorismo, las amenazas híbridas y la ciberseguridad.

La adquisición turca del sistema F-35 implica a otro actor, Rusia, un intermitente aliado turco que se convierte en el principal dolor de cabeza para la OTAN y la Unión Europea. Turquía adquirió en 2019 el sistema defensivo ruso S-400, provocando una enorme preocupación en el seno de la Alianza Atlántica.

En la cumbre de Ankara, la decisión de Trump de suspender las sanciones contra Turquía supuso una evidente presión hacia Erdogan para aceptar los cazas F-35 en detrimento del sistema ruso S-400. Se especula con que Turquía ha comenzado a retirar los S-400 aparentemente vendiéndolos a países como Qatar o Emiratos Árabes Unidos.

La cumbre de la OTAN de Ankara arrojó un escenario concreto: Washington maneja nuevos equilibrios que no necesariamente pasan por seguir manteniendo a Israel como su prioridad inalterable a nivel regional. Este cambio ha recolocado a Turquía como un aliado estratégico alternativo para Washington en el nuevo sistema de equilibrios y tensiones en Oriente Próximo.

En este sentido, Erdogan ha ganado un pulso geopolítico a un Netanyahu que se somete a elecciones generales el próximo 27 de octubre con un contexto de guerras abiertas con Irán y Líbano, degradación de interés por parte de su principal aliado estadounidense y conflictos en marcha con Turquía y Siria.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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ASIA CENTRAL: INTEGRACIÓN AUTÓCTONA EN MEDIO DE TURBULENCIAS GLOBALES

Roberto Mansilla Blanco*

Imagen: Servicio de Prensa del Presidente de Uzbekistán

Los países de Asia Central estudian nuevas estrategias de integración regional para fortalecer intereses comunes ante los cambios en el sistema internacional. Así lo explicó el presidente uzbeco Shavkat Mirziyoyev durante una cumbre regional celebrada en Tashkent (Uzbekistán) en noviembre de 2025, en la que instó a la creación de una nueva Comunidad de Estados de Asia Central conformada por Kazajistán, Kirguizistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán.

La «autonomía estratégica» centroasiática

Tras la disolución de la URSS en 1991, Asia Central cobró interés para las principales potencias globales debido a sus recursos energéticos y rutas económicas. Este interés de actores exógenos condicionó la orientación geopolítica y estrategias de integración de los países centroasiáticos.

La cumbre de Tashkent pretendió abrir la ruta hacia la «autonomía estratégica» a través de un mayor control conjunto de las reservas de petróleo y gas natural (Uzbekistán, Turkmenistán y Kazajstán) y recursos hídricos (Kirguizistán y Tayikistán) así como atender asuntos comunes como el cambio climático, la seguridad alimentaria y las rutas comerciales. Esta integración autóctona persigue así reducir el peso geopolítico determinado por actores como Rusia, China, EEUU, Europa, India, Turquía, Irán y Arabia Saudita.

Para este fin los países centroasiáticos han impulsado iniciativas conjuntas como el Plan de Acción para el Desarrollo de la Cooperación Industrial 2025-2027, el Diálogo de Mujeres Líderes de Asia Central, la Plataforma Regional de la Juventud y especialmente los formatos de cooperación «Asia Central Plus» que conectan a estos países con la Unión Europea, China, Rusia y EEUU, entre otros, a través de diversos esquemas bilaterales.

Es importante destacar que el islam y una herencia histórica determinada por la expansión imperial (principalmente rusa) han cohesionado una especie de identidad común en el Asia Central post-soviética, completado con un proceso de «reinvención» histórica y recuperación de sus respectivas identidades nacional, cultural y lingüística.

Asia Central afronta igualmente retos de desarrollo como la demografía, con una de las tasas de densidad de población más bajas del planeta: 18,55 habitantes por km2, escasa cultura democrática ante la persistencia del nepotismo y el autoritarismo, desigualdades socioeconómicas y deficiencias de servicios públicos e infraestructuras; y conflictos interétnicos y religiosos (islamismo radical)

Es relevante considerar que la cumbre de Tashkent implicó dos hechos clave para la integración regional centroasiática: el primero fue la incorporación formal de Azerbaiyán, un país caucásico rico en petróleo y gas natural, como miembro de pleno derecho; y el segundo factor la anteriormente mencionada propuesta de creación de la Comunidad de Asia Central.

¿El nuevo «Gran Juego» del siglo XXI?

Como un émulo del histórico «Gran Juego» que libraron los imperios ruso y británico en Asia Central en la segunda mitad del siglo XIX, las expectativas de integración centroasiáticas deben abordar diversos equilibrios determinados por los intereses de potencias globales (Rusia, China, EEUU y Europa) y de otros actores emergentes (Turquía, Irán, India, Arabia Saudita).

  • Rusia

Rusia ha considerado a Asia Central como su «esfera de influencia», no exenta de tensiones ante su imagen histórica de poder dominante. Tanto el imperio zarista como la URSS definieron en gran medida el devenir de los países centroasiáticos a tal punto que el idioma ruso se ha convertido prácticamente en una «lingua franca» regional.

En la etapa postsoviética, Moscú creó diversos organismos como la Comunidad de Estados Independientes (CEI), que actualmente incluye a Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán; la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, OTSC (integra a Kazajstán, Kirguistán y Tayikistán); y la Unión Económica Eurasiática (con Kazajstán y Kirguistán)

Moscú observa igualmente con atención el tema de la seguridad en sus esferas de influencia, en especial ante la expansión de los intereses occidentales tal y como se vio recientemente en las elecciones parlamentarias armenias. Con apoyo ruso, Uzbekistán se convertirá en el primer país de Asia Central en construir una central nuclear, un hecho significativo que le permitirá a Moscú acceder a nuevos escenarios dentro del mercado centroasiático.

Rusia también acoge en su territorio una numerosa inmigración de Asia Central, especialmente kirguizos y tayikos. Algunos de ellos han participado en el conflicto ucraniano enrolados en las fuerzas armadas rusas bajo promesas de regularización y legalización.

  • China

La presencia de China en Asia Central ha sido más reciente, principalmente bajo esquemas de cooperación cultural, educativa, lingüística y económica. Destacan así la Iniciativa de la Franja y la Ruta, la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) e incluso los BRICS, entidad en la que Kazajstán y Uzbekistán poseen el estatus de socios.

La OCS supone un instrumento estratégico para Beijing ya que incluye a Rusia, Kazajstán, Kirguistán, Uzbekistán, Tayikistán, Pakistán e India. Así mismo, Beijing ha fomentado iniciativas multilaterales propias como el Mecanismo China-Asia Central.

  • EEUU y la Unión Europea

A menudo de manera conjunta, sus prioridades se establecen en torno al fomento de la democracia, los derechos humanos, las rutas energéticas y la seguridad, destacando la Asociación para la Paz de la OTAN como iniciativa de modernización de las Fuerzas Armadas centroasiáticas.

No obstante, los intereses geopolíticos y geoeconómicos de EEUU y la UE han chocado constantemente con los de Rusia y China. La retirada militar estadounidense y de la OTAN de Afganistán (2021) confirmó el aparente declive de la presencia occidental. El actual conflicto entre EEUU e Irán han reorientado un papel más activo de Washington en Asia Central.

  • Turquía

El Asia Central postsoviético abrió una ventana geopolítica de soft power para Turquía a través del mundo «túrquico» en países como Kirguizistán, Kazajstán, Uzbekistán y Turkmenistán. Un ejemplo es la Organización de Estados Túrquicos (OET), creada en 2009 y conformada, además de Turquía, por Azerbaiyán, Kazajstán, Uzbekistán y Kirguizistán. Desde 2025, el Ministerio de Educación turco utiliza el término «Turquestán» en sus planes de estudio para referirse a la región.

No obstante las rivalidades históricas con una Rusia que alberga poblaciones de origen turco (tártaros, chuvasios, bashkires, yakutos, karacháis y tuvinianos), Turquía y Asia Central han avanzado en acuerdos de cooperación en educación, construcción de infraestructuras y en el ámbito energético a través del Corredor de Zangezur.

  • Irán

Ante las sanciones de Occidente, Irán observa en Asia Central un escenario alternativo de cooperación. Teherán ha impulsado una estrategia concreta, «Mirar hacia el Este», priorizando la cooperación económica, energética y de transporte así como la conectividad y el comercio.

Tayikistán se ha convertido en el eje de influencia iraní en la región por sus vínculos históricos, lingüísticos y culturales con Teherán. A pesar de sus permanentes tensiones, Afganistán, donde conviven minorías étnicas y lingüísticas persas, entra igualmente dentro de estas prioridades geopolíticas iraníes.

Vía Pakistán, Teherán está igualmente impulsando nuevas rutas logísticas y comerciales en Asia Central, un hecho que puede resultar significativo ante las negociaciones entre EEUU e Irán para finalizar el conflicto iniciado en febrero pasado. Islamabad ha sido un aliado clave de Teherán en lo relativo a las negociaciones diplomáticas con EEUU, toda vez que la concreción de intereses entre Pakistán e Irán puede anunciar un nuevo eje geopolítico regional.

  • Arabia Saudita

Tras su ingreso en la OCS en 2023 como «socio de diálogo», Arabia Saudita impulsa la iniciativa Visión 2030 con el objetivo de diversificar inversiones y asegurar socios energéticos en la región.

Riad ha sido prolífico en la expansión regional de su ideología oficial rigorista, el wahabismo, que ha encontrado eco en Asia Central vía cofradías y escuelas religiosas. Pero también existen tensiones derivadas de la presunta conexión saudita con grupos «yihadistas salafistas» como el partido panislámico Hizb-ut-Tahrir (Partido de la Liberación) y el Movimiento Islámico de Uzbekistán (MIU), este último vinculado a la red al-Qaeda.

  • India

El Diálogo India-Asia Central marca la pauta de relación multilateral con el factor energético y la cooperación antiterrorista como principales prioridades. Un factor importante de conectividad comercial lo constituye el puerto iraní de Chabahar, que le permite a Nueva Delhi mantener una ruta de transporte regional.

India coopera con Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán en el combate al terrorismo, el extremismo y el narcotráfico, temas especialmente sensibles para Nueva Delhi por su proximidad geográfica con Pakistán, potencia nuclear e histórico rival geopolítico indio, y el régimen de los Talibanes en Afganistán.

Es igualmente notoria la presencia de redes yihadistas transnacionales (Hizb-ut-Tahrir) en regiones como Jammu y Cachemira. Con más de 200 millones de musulmanes en su territorio, India afronta tensiones sectarias y separatistas ante el auge del nacionalismo indio. Por otro lado, India, cortejada por otros actores con intereses específicos como EEUU, China, Rusia e Israel, observa con atención la concreción de intereses entre Pakistán e Irán y cómo este escenario podría implicar un nuevo equilibrio de fuerzas regional.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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