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Y AHORA IRÁN

Roberto Mansilla Blanco*

Los ataques conjuntos realizados este 28 de febrero entre EEUU e Israel contra objetivos militares y políticos dentro de la República Islámica de Irán tienen claramente el sello del primero ministro israelí, Benjamín Netanyahu y de su aliado estadounidense Donald Trump en la pretensión por propiciar un incierto cambio de régimen en Teherán, neutralizando así al principal rival geopolítico regional israelí pero también estadounidense.

Días antes de este ataque, Pakistán y Afganistán iniciaban una guerra en pleno corazón de Asia Central que bien puede servir de apéndice ante los constantes «cantos de sirena» bélicos que Trump lanzaba contra Teherán mientras representantes de su gobierno negociaban con sus homólogos iraníes la minimización del programa nuclear. En el caso de Pakistán, que rivaliza con la India por el control de esferas de influencia en Asia Central, Islamabad acusa a los Talibanes afganos de interferir en su territorio vía movimientos islamistas como TT-P y, con menor intensidad, el ISIS-Khorasán.

En esa coyuntura conflictiva entre Pakistán y Afganistán, el presidente indio Narendra Modi visitaba Israel, siendo recibido por todo lo alto por Netanyahu. De este modo quedaba marcada la puesta en escena de contactos entre actores previamente al ataque contra Teherán, tomando en cuenta que Irán y Pakistán forman parte del sistema de alianzas geopolíticas de China y Rusia, los dos principales rivales de EEUU. El territorio pakistaní, especialmente su puerto de Gawdar, es estratégico para el paso de los proyectos de la Ruta de la Seda impulsados por Beijing.

Resta por saber si este conflicto entre EEUU e Israel contra Irán implicará una escalada militar en la que aliados de Teherán, especialmente Rusia, finalmente entren en escena. Moscú tiene un acuerdo militar estratégico con Irán firmado en diciembre de 2024 pocos días después de la caída de Bashar al Asad en Siria. El Kremlin ha sido lo principal vector de cooperación en el programa nuclear iraní. Por otra parte, Teherán puede responder vía proxy wars que impliquen a aliados como el movimiento islamista libanés Hizbulá, los hutíes de Yemen y los chiíes de Irak.

Otro foco de atención será el papel de China. Tradicionalmente, Beijing manifiesta una posición de respeto al derecho internacional y a la soberanía nacional de los países, instando a la desescalada del conflicto. Pero tras las caídas de aliados geopolíticos como Bashar al Asad en Siria y Nicolás Maduro en Venezuela, Beijing se observa en una situación aún más apremiante se ese mismo escenario se repite en Irán, país estratégico para Beijing y muy próximo a sus fronteras. Esa misma diagnosis se observa en la posición china con el respeto a los choques militares entre Pakistán y Afganistán.

Trump anunció «operaciones militares masivas» en Irán instando incluso a la rebelión popular contra el régimen de los ayatolás. La declaración certifica la pretensión de Washington y Tel Aviv por un cambio de régimen, cuando menos incierto, en Teherán, toda vez las protestas iniciadas en diciembre pasado fueron progresivamente desarticuladas. Con todo, esta acción militar unilateral puede significar un efecto contraproducente: un mayor reforzamiento del régimen iraní, esta vez en manos de un sistema pretoriano militar.

En la Conferencia de Seguridad de Múnich celebrada a comienzos de febrero, el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio clamó por un «nuevo orden mundial» en la que Washington pretende reacomodar los equilibrios geopolíticos de manera unilateral. Un plan que comenzó negociando una pax rusa en Ucrania, fomentando un inédito protectorado de Washington en Venezuela y ahora atacando a Irán para derribar un actor con mayor capacidad de resistencia y de articulación de intereses con China y Rusia, un eje geopolítico euroasiático incómodo para EEUU, el atlantismo e Israel.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

 

Artículo originalmente publicado en idioma galego en Editorial Novas do Eixo Atlántico: https://www.novasdoeixoatlantico.com/e-agora-iran-roberto-mansilla-blanco/

ARGENTINA ANTE EL «CONSEJO DE PAZ»

Gabriel Francisco Urquidi Roldán*

¿Alineamiento estratégico o ruptura del orden jurídico internacional?

La eventual incorporación de la Argentina al denominado «Consejo de Paz»[1], una iniciativa intergubernamental impulsada desde la Casa Blanca por Donald Trump como alternativa funcional a las Naciones Unidas, plantea implicancias geopolíticas, jurídicas y soberanas de enorme gravedad. No se trata de un foro técnico ni de un mecanismo complementario al sistema multilateral existente, sino de una estructura paralela de poder, diseñada explícitamente para desplazar los equilibrios establecidos desde 1945 por la Carta de San Francisco.

Un orden internacional basado en reglas… y su sustitución

El sistema internacional contemporáneo se estructura, al menos formalmente, sobre los principios consagrados en la Carta de las Naciones Unidas: igualdad soberana de los Estados, solución pacífica de controversias, prohibición del uso de la fuerza y respeto al derecho internacional humanitario[2].

La Asamblea General, el Consejo de Seguridad y la Corte Penal Internacional constituyen —con todas sus limitaciones— mecanismos de control, legitimación y responsabilidad internacional.

El «Consejo de Paz»[3] propuesto por Trump rompe de manera explícita con ese paradigma. Su Carta fundacional concentra el poder decisorio, ejecutivo, financiero y jurisdiccional en la figura del presidente estadounidense, quien no solo preside la organización, sino que:

    • decide quién ingresa y quién es expulsado,
    • controla los fondos,
    • designa sucesores,
    • arbitra disputas internas,
    • y puede vetar cualquier decisión colectiva.

Este diseño se aparta radicalmente del multilateralismo clásico y se aproxima más a un modelo de gobernanza privada de alcance global, con rasgos propios de una junta corporativa antes que de una organización internacional.

Argentina: del multilateralismo histórico al alineamiento personalista

La política exterior argentina, desde 1945, se ha sustentado —al menos discursivamente— en el respeto al derecho internacional, el multilateralismo y la solución pacífica de controversias. La adhesión a un organismo como el «Consejo de Paz» implicaría una ruptura doctrinaria profunda, ya que supondría reconocer como legítimo un espacio que:

    • no se rige por la igualdad soberana,
    • no reconoce contrapesos institucionales,
    • y subordina la legalidad internacional a la voluntad de un jefe de Estado extranjero.

Este giro se vuelve aún más problemático si se considera que el propio impulsor del Consejo ha manifestado su intención de que el organismo intervenga en conflictos que él declare «resueltos», desplazando a la ONU y a sus agencias especializadas.

El caso Gaza y la deslegitimación del derecho penal internacional

La contradicción alcanza su punto más crítico al analizar la relación entre el «Consejo de Paz» y la Corte Penal Internacional (CPI). En noviembre de 2024, la Sala de Cuestiones Preliminares de la CPI emitió órdenes de arresto contra el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, su exministro de Defensa Yoav Gallant y el comandante de Hamas Mohammed Deif, por presuntos crímenes de guerra y de lesa humanidad cometidos en el conflicto iniciado el 7 de octubre de 2023[4].

La CPI actúa en virtud del Estatuto de Roma, tratado internacional del cual la Argentina es Estado Parte. Por lo tanto, el país tiene obligaciones jurídicas concretas en materia de cooperación judicial internacional.

Integrar un organismo promovido por un liderazgo político que:

    • desconoce la jurisdicción de la CPI,
    • respalda de manera incondicional a uno de los imputados,
    • y pretende «gestionar la paz» por fuera de los mecanismos judiciales internacionales,

coloca a la Argentina en una posición de tensión directa con sus compromisos internacionales y con el principio de lucha contra la impunidad por crímenes atroces.

Consejo de Seguridad vs. Consejo de Paz: poder sin responsabilidad

A diferencia del Consejo de Seguridad de la ONU —cuyas decisiones, aun criticables, están sujetas a la Carta de San Francisco y al derecho internacional—, el «Consejo de Paz» carece de:

    • un sistema de responsabilidad internacional,
    • control judicial externo,
    • límites temporales reales al poder de su presidente.

Incluso los conflictos internos del organismo serían resueltos por Donald Trump como «autoridad definitiva», lo que equivale a una privatización del arbitraje internacional.

Una arquitectura para la depredación económica

El requisito de aportar 1.000 millones de dólares en efectivo para extender la membresía más allá de tres años revela el verdadero núcleo del proyecto: una arquitectura de extracción de recursos bajo cobertura institucional.

Este mecanismo no tiene precedentes en el derecho internacional público y se asemeja más a un esquema de inversión forzada que a una contribución multilateral voluntaria. Para un país como la Argentina, atravesado por crisis económicas recurrentes y restricciones fiscales severas, esta exigencia resulta no solo inviable, sino políticamente lesiva para el interés nacional.

¿Paz sin justicia, orden sin derecho?

Aceptar integrar el «Consejo de Paz»[5] implicaría asumir una lógica peligrosa: que la paz puede construirse sin justicia, sin legalidad internacional y sin control democrático.

La historia demuestra que los órdenes internacionales basados en liderazgos personalistas y en la subordinación de la ley a la voluntad del más fuerte no producen estabilidad, sino conflictos prolongados y dependencia estructural.

Conclusión: una decisión que redefine el lugar de la Argentina en el mundo

La pregunta no es solo si el «Consejo de Paz» es eficaz o no. La pregunta central es qué tipo de orden internacional legitima la Argentina al integrarlo.

Entre la Carta de San Francisco y la Carta del «Consejo de Paz»[6], no hay compatibilidad: son proyectos antagónicos.

Optar por uno implica renunciar al otro.

 

* Licenciado en Seguridad. Especialista en Análisis de Inteligencia y Maestrando en Inteligencia Estratégica Nacional, con experiencia en estrategia, geopolítica, tasalopolítica, producción de información, así como en Seguridad y Protección de Infraestructuras Críticas.

 

Referencias

[1] Singh, K. «Leaders receive US invite for ‘Board of Peace’ to go beyond Gaza conflict». Reuters, 17/01/2026, https://www.reuters.com/world/middle-east/us-names-rubio-blair-kushner-gaza-board-under-trumps-plan-2026-01-17/.

[2] Naciones Unidas. (1945). Carta de las Naciones Unidas (Carta de San Francisco).

[3] Irish, J., & Rinke, A. «World leaders show caution on Trump’s broader ‘Board of Peace’ amid fears for UN». Reuters, 19/01/2026, https://www.reuters.com/world/europe/world-leaders-show-caution-trumps-broader-board-peace-amid-fears-un-2026-01-18/.

[4] Naciones Unidas. (2024). «La Corte Penal Internacional ordena el arresto de Benjamín Netanyahu por crímenes de guerra y de lesa humanidad». https://news.un.org/es/story/2024/11/1534501

[5] The Grand Continent. (2026). Carta del «Consejo de Paz».

[6] Ídem.

 

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VENEZUELA: «LA PAZ POR LA FUERZA»

Roberto Mansilla Blanco*

El secretario de Defensa de EEUU, Peter Hegseth, declaró que la operación militar que detuvo al ya ex presidente venezolano Nicolás Maduro este 3 de enero fue una demostración de cómo alcanzar «la paz por la fuerza».

Minutos antes, el presidente Donald Trump justificó la operación de captura contra Maduro y su esposa Cilia Flores, acusados de narcotráfico, exclamando que «EEUU gobernará Venezuela hacia una transición justa y adecuada». Reiteró también el interés en el petróleo (Venezuela tiene las mayores reservas de hidrocarburos a escala mundial) toda vez que lanzaba una enigmática declaración considerando a la líder opositora y actual Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, como «una dama formidable pero que no tiene apoyo ni respeto en Venezuela».

Horas antes, mediante comunicado, Machado aseguró que tanto ella como el «presidente legítimo» Edmundo González Urrutia estaban «preparados para liderar la transición». La posterior declaración de Trump evidencia que Washington está manejando otros escenarios para la transición en Venezuela en las que, aparentemente, Machado no tiene el principal rol protagónico.

Visto el modus operandi y la puesta en escena de la «operación militar especial» en Venezuela contra Maduro queda claro que el contexto da a entender un pacto previo entre diversos actores, internos y externos, en la que la caída de la pieza clave, Maduro, era ya imprescindible. A diferencia de otros contextos de caídas de regímenes autoritarios, en las calles de Caracas y de varias ciudades venezolanas no se apreciaron protestas masivas. La tensa y expectante calma predominaba en el escenario toda vez el «post-madurismo» se esforzaba por mantener las riendas del poder.

Con la seriedad y no menos nervios propios de la situación, el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, apareció como el primero alto cargo en «dar la cara» en este momento de crisis, lo cual revela donde están los factores de poder en Caracas. La vicepresidenta Delcy Rodríguez fue también muy prolífica en redes sociales: tras demandar una «fe de vida» de Maduro reiterando que él es el «presidente legítimo» de Venezuela, el propio Trump aseguró en su intervención que el secretario de Estado, Marco Rubio, ya había hablado con ella. Trump también informó que Rubio será la figura clave en la tutela de Washington en este nuevo escenario venezolano.

Semanas atrás, cuando se filtraron las informaciones sobre la conversación telefónica entre Trump y Maduro, éste ofreció su renuncia a favor de Delcy Rodríguez. Si bien los medios estadounidenses, citando fuentes de la Casa Blanca, aseguraron que Trump no aceptó esta fórmula, la “clave Delcy” deja entrever que la Casa Blanca ya la había manejado con anterioridad como la figura transitoria más visible en esta etapa post-Maduro y que existía una línea de comunicación directa con ella. Tampoco hay que olvidar el peso del ministro de Interior y segundo vicepresidente Diosdado Cabello, con fuerte poder en los estamentos militar, burocrático y empresarial del «chavismo».

Más allá de las incógnitas, que son muchas, y de las inevitables incertidumbres ante un cambio político, Venezuela ingresa en una nueva etapa de equilibrios de poder pero también ante un escenario desconocido. Si bien durante su discurso Trump dejó entrever que «no hacen falta nuevas operaciones militares en Venezuela», la presión de Washington será cada más política en este contexto «post-Maduro» en Venezuela, en clave de tutela exterior y amparada por su intimidante presencia militar en el Caribe. Este escenario arroja un contexto inédito: Washington pretende con ello tutelar la soberanía de Venezuela bajo una transición dirigida por elementos tecnócratas como Delcy Rodríguez con la intención de neutralizar el poder militar y paramilitar vía colectivos y Milicia Popular en manos de Padrino y Diosdado.

Resta por medir como repercutirá la caída de Maduro en el contexto geopolítico global. Las constantes referencias de Trump y de Hegseth durante sus discursos sobre el poderío militar de un EEUU que «está de regreso» van claramente dirigidos a tres actores exteriores con presencia en Venezuela: Rusia, China e Irán, vistos en perspectiva como los verdaderos perdedores con la caída de Maduro, tal y como lo fueron en diciembre de 2024 con la de Bashar al Asad en Siria.

No obstante, no es descartable que la caída de Maduro fuera previamente «pactada» por Washington con Moscú y Beijing. Más allá de las consecuentes protestas por la agresión a su aliado, Rusia y China mantienen un bajo perfil, tal y como lo tuvieron con la caída de al Asad en Siria. Horas antes de su caída, Maduro recibió a una delegación china en el Palacio de Miraflores. No obstante, está por verse si Moscú y Beijing elevarán el «caso Venezuela» ante el Consejo de Seguridad de la ONU argumentando la violación del derecho internacional vía intervención militar socavando la soberanía venezolana.

Por su parte, Irán vive actualmente protestas en las calles mediatizadas por una presión constante por parte de EEUU e Israel que, incluso, advierten de la posibilidad de una confrontación armada con la pretensión de propiciar un cambio de régimen en Teherán. Vuelve a aparecer en escena la figura de Reza Pahleví, el exiliado hijo del último Shah de Persia. Diversas fuentes aseguran que Rusia viene asistiendo militarmente a su aliado iraní ante cualquier expectativa de confrontación armada contra Israel y EEUU. Concentrada en su crisis interna, Teherán tenía poco margen de maniobra para asistir a su aliado Maduro.

Por otra parte, la operación contra Maduro es una advertencia de Washington hacia países díscolos para sus intereses como Cuba, Nicaragua, Colombia e incluso Brasil, tradicionales aliados de Maduro, aspecto que puede servir de precedente para intervenciones similares.

Este revival del intervencionismo estadounidense en la región, que en el caso venezolano sería la primera intervención militar directa en un país de América del Sur, revela que Trump quiere volver a dominar lo que coloquialmente se ha denominado como su «patio trasero» pero que en los últimos años observó la presencia de competidores y rivales cómo China, Rusia, Irán, India y Turquía, entre otros.

El análisis de lo sucedido en Caracas implica diagnosticar que Venezuela ingresa en un terreno hasta ahora desconocido. Pero la realpolitik puede ser más asertiva y dictaminar que los pactos, directos e indirectos, fueron probablemente más decisivos en la caída de Maduro. Estos pactos, con sus inciertos escenarios, condicionarán esta etapa «post-Maduro» en la que la «operación militar especial» de Trump pretende reorientar radicalmente a Venezuela hacia la esfera de influencia de Washington.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

 

Este artículo fue originalmente publicado en idioma gallego en Editorial Novas do Eixo Atlántico: https://www.novasdoeixoatlantico.com/venezuela-a-paz-pola-forza-roberto-mansilla-blanco/