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TRUMP Y EL «MÉTODO DELCY» PARA CUBA

Roberto Mansilla Blanco*

La activista y disidente cubana Rosa María Payá declaró que no hace falta «una Delcy Rodríguez» en Cuba para una transición. No obstante, los medios internacionales van asomando en La Habana un nombre que puede ser clave en caso de se produzca, eventualmente, esa posible transición. Es el de Óscar Pérez-Oliva Fraga, viceprimer ministro y ministro de Comercio Exterior además de sobrino-nieto de Fidel y Raúl Castro. Se habla incluso de «perestroika» a la cubana, con medidas de liberalización económica y expectativas, aún inciertas, de apertura política.

En Washington apuran las presiones contra la isla caribeña. Fiel a su retórica neo-imperial, el presidente Donald Trump ha declarado sin tapujos que «sería un gran honor tomar Cuba». La «Doctrina Donroe» con el «Corolario Trump» a la Estrategia de Seguridad de EEUU adoptada en diciembre pasado, tiene a Cuba en la mira como pieza clave para ser derribada. Como ya hiciera con la famosa «Doctrina Monroe» de 1823, Washington no quiere interferencias de potencias exteriores (China y Rusia) en un hemisferio occidental concebido como su esfera de influencia.

Como era de esperar, en La Habana la reacción de la dirigencia cubana ante las presiones de Trump fueron inmediatas aunque aderezadas con síntomas de preocupación tras lo sucedido en Caracas el pasado 3 de enero con la captura del ex presidente venezolano Nicolás Maduro. Ese día murieron en Caracas unos 32 efectivos militares cubanos que formaban parte del anillo de seguridad de Maduro. La acción de los Delta Force estadounidenses fue un mensaje claro hacia Cuba, cuyo predominio político y de inteligencia en Venezuela ha sido súbitamente sustituido por el poder estadounidense.

Toda vez que el mandatario cubano Miguel Díaz-Canel afirmaba que «toda agresión contra Cuba chocará con una resistencia inexpugnable», al mismo tiempo reconocía que su gobierno abrió canales de negociación con Washington para afrontar la crisis económica en la isla, derivada de la desconexión energética venezolana bajo presión de Trump. La estructura de poder en La Habana, cuyos bastiones son el Partido Comunista (PCC) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba (FARC), se afana en mantener la iniciativa ante una posible «perestroika» que no necesariamente debe ser tutelada por interferencias exteriores.

¿Y en Caracas? Predomina el silencio sobre lo que pasa o pueda suceder en Cuba. La presidenta encargada Delcy Rodríguez, a la que el propio Trump ha elogiado considerando que tiene «una relación muy buena», sigue avanzando en la nueva era de distensión con Washington. En esta ruta ya comienzan a caer piezas clave del poder: tras doce años en el cargo fue destituido Vladimir Padrino López como ministro de Defensa, sustituido ahora por Gustavo González López, un perfil más tecnocrático.

Ante el escenario abierto en Venezuela de «chavismo post-Maduro» tutelado por Trump, el foco de atención mediática se ha dirigido inevitablemente hacia Cuba, que parece encarnar la condición de «eterno aspirante» a ser derribado por parte de Washington.

La relación iniciada por Caracas y La Habana en el año 2000 con el Acuerdo de Asociación Estratégica se ha venido abajo súbitamente en este frenético 2026 de cambios y convulsión. La crisis energética cubana se ha profundizado con la presión de Trump sobre Delcy Rodríguez para cortar el suministro de petróleo venezolano que, durante más de dos décadas, ha beneficiado a La Habana con precios preferenciales a cambio de cooperación sanitaria, cultural y deportiva. Ante esta coyuntura sólo México y Rusia están en capacidad de asistir energéticamente a la maltrecha isla caribeña, que vuelve a presentar un clima de malestar y protestas. Una sede del Partido Comunista fue saqueada y quemada en la localidad de Morón.

Atascado en la guerra de Irán, Trump busca evitar en Cuba un «nuevo Haití» que implique una incómoda crisis migratoria en el Caribe mientras rompe el cordón umbilical energético y político entre Caracas y La Habana. Trump se la juega este 2026 electoral en EEUU, con comicios mid-term en noviembre para renovar la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Las encuestas no le favorecen toda vez que Trump observa una crisis interna en su movimiento MAGA, profundizada ahora por la guerra de Irán, el irrestricto apoyo a Israel y el alza de los precios del petróleo derivada de esta guerra con escaso apoyo popular. A esto debe sumarse que las medidas anti-inmigración de Trump y la arbitraria actuación de las fuerzas del ICE han polarizado el debate político estadounidense.

Ante este contexto, Trump necesita en Cuba una repetición del éxito alcanzado en Venezuela, un golpe de timón que mantenga intacto el apoyo electoral y político del influyente lobby cubano en EEUU, que tiene en el secretario de Estado Marco Rubio a su principal baluarte. Trump espera ver en Cuba una reproducción de la tutela que ejerce sobre Delcy Rodríguez en Caracas. Conoce que la situación puede ser propicia ante el evidente debilitamiento estratégico cubano determinado por la desconexión petrolera venezolana así como por la sustitución de su influencia política y de inteligencia en Venezuela, en este caso a favor de EEUU. El restablecimiento de la embajada estadounidense en Caracas y las visitas de altos cargos de seguridad estadounidenses a Venezuela son síntomas que dan a entender este «cambio de era» en Caracas.

Con todo, ¿es posible reproducir en La Habana una situación similar a la de Delcy Rodríguez en Venezuela?; ¿Seguirá Cuba el camino de Venezuela tras la caída de Maduro?; ¿Tienen Trump y Marco Rubio un plan específico para Cuba?; ¿O será el propio sistema cubano el que abra el compás de una «perestroika» con la vista puesta en una transición pactada bajo la coercitiva presión de Washington? Interrogantes que cobran fuerza en este frenético e incierto 2026.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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LA DOCTRINA MONROE ENTRE ESTADOS UNIDOS Y ASIA

Giancarlo Elia Valori*

Las recientes discusiones sobre la Doctrina Monroe en los círculos académicos europeos y estadounidenses y en los medios de comunicación se han centrado principalmente en las administraciones de George W. Bush y Trump.

Aunque ambas administraciones fueron gobernadas por el Partido Republicano, la política exterior a menudo entraba en conflicto. En el mundo de habla inglesa la mayoría de las discusiones sobre la Doctrina Monroe durante la era de estos dos presidentes están relacionadas con América Latina. Los conceptos de política exterior de los ex presidentes Bush y Trump eran muy diferentes: el primero se caracterizaba por el “globalismo” y quería exportar el sistema político y la ideología de los Estados Unidos a todas partes por cualquier medio. En sus políticas hacia América Latina, sin embargo, ambos la consideraron como su esfera exclusiva de influencia: la Administración Bush apoyó a la oposición venezolana para lanzar un golpe de Estado para derrocar al presidente Chávez y librar la guerra contra el terrorismo en América Latina contra los países que se oponían a la hegemonía estadounidense. La Administración Trump lo hizo aún más al hacer alarde de la Doctrina Monroe; alentar a la oposición en Venezuela y Bolivia; presionando por un cambio de régimen en Cuba; restringiendo el derecho de México al libre comercio, etc. Lo mismo ocurre para la actual administración del Partido Democrático.

Retrocedamos en el tiempo: en 1933, ante el creciente sentimiento antiestadounidense en América Latina, el presidente Franklin Delano Roosevelt anunció una “buena política de vecindad” para contrarrestar la influencia de Alemania e Italia. Sin embargo, esto no significó renunciar a la intervención en América Latina, sino restringirla a métodos no militares y atraer a más aliados regionales en la acción de infiltración pacífica.

Del mismo modo, el ascenso de la Administración Obama al poder en 2009 buscó socavar el “unilateralismo” de Bush. En 2013, el secretario de Estado del presidente Obama, John Kerry, declaró que la era de la Doctrina Monroe había terminado pero, frente a una serie de regímenes de izquierda en América Latina, Estados Unidos simplemente reemplazó los medios subversivos obvios por otros más sutiles: financiar ONG; comprar a la oposición y manipular las redes sociales, todo esto para librar una guerra de información, contratar mercenarios y llevar a cabo eliminaciones específicas a través de la acción “anticorrupción” manipulada por la oposición antes mencionada, etc. E incluso continuar con las sanciones económicas contra Cuba.

Durante la campaña electoral, incluso la actual Administración Biden dijo que quería seguir el camino del “unilateralismo” del presidente saliente, pero las restricciones políticas internas han limitado los raros movimientos políticos que realmente intentaron hacerlo al menos con un ejercicio cosmético. Estados Unidos sigue imponiendo sanciones a Cuba y aún apoya a la oposición venezolana y restringe los derechos de libre comercio en México.

La mencionada dualidad de la Doctrina Monroe en los Estados Unidos puede vincularse a la crítica de Carl Schmitt sobre el doble estándar seguido por los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. Con este fin, los Estados Unidos reclutaron a los nuevos cómplices de la Guerra Fría, es decir, los antiguos enemigos, Alemania y Japón, para construir el Siglo Americano en una función antisoviética. Y los antiguos enemigos funcionaron bien.

La nueva doctrina para tratar con los antiguos enemigos no era más que una transposición de la Doctrina Monroe ampliada y giraba en torno al “derecho” de apropiación de las materias primas del mundo, particularmente la energía, a través de guerras convencionales de agresión, apoyadas por el público estadounidense que tradicionalmente era reacio a intervenir en las guerras por supuestos derechos humanos disfrazando un deseo de hegemonía.

No es por nada que algunos estudiosos afirman que en la Guerra Fría Alemania y Japón pueden clasificarse como la nueva Doctrina Monroe del universalismo estadounidense, es decir, un cambio hacia el oeste de la OTAN, hasta las fronteras del Pacto de Varsovia y hacia el este, siendo así una muralla anti-sino-soviética en el Lejano Oriente. De ahí la relación entre el desarrollo capitalista y la expansión de la Doctrina Monroe en el intervencionismo global.

En Der Begriff des Politischen (El concepto de lo político, 1932) Schmitt señaló que la “política” no está relacionada con los campos de la sociedad, la economía y la cultura. Es un “yo” paralelo que, alcanzando un cierto grado de intensidad, determina la distinción entre amigos y enemigos, independientemente de la similitud de los valores éticos, religiosos o económicos. Schmitt no busca reflexionar fundamentalmente sobre la lógica del capitalismo en sí, sino que critica su manifestación política que se desarrolló hasta la etapa del imperialismo independientemente del contexto cultural en el que nació.

Al analizar la política asiática de la Doctrina Monroe de Japón antes de la Segunda Guerra Mundial, podemos inferir el proceso que cambia las percepciones japonesas de la Doctrina Monroe entre las diversas élites políticas y culturales en China. Al comienzo de la historia contemporánea, generalmente establecida a partir de 1900, el imperio chino se convirtió en una semicolonia dominada por Japón y las potencias occidentales. Desde finales de la dinastía Qing hasta la República de China, desde el almirante Li Hongzhang, desde el ministro de Relaciones Exteriores y primer ministro in pectore, Wu Tingfang, y desde el general Jiang Jieshi [Chiang Kai-shek] en adelante, la conciencia básica de muchas élites políticas era que la integridad territorial de China dependía del equilibrio de poder

Después de la Primera Guerra Sino-Japonesa (1894-1895), muchos chinos esperaban, o más bien se engañaron a sí mismos, que Japón desempeñaría el papel de contener a las potencias europeas. Por el contrario, especialmente a partir de 1897, la agresión de las potencias europeas en el este de Asia se intensificó repentinamente. Rusia ocupó Lushunkuo [Port Arthur, 1898; a Japón de 1904 a 1945]; Alemania Qingdao [Tsingtao, 1914], el Reino Unido Weihaiwei [1898-1930] y Estados Unidos ya había ampliado su Doctrina Monroe creando la Guerra Hispano-Americana desde cero (1898) y ocupando Filipinas como ventana a China.

De 1904 a 1905, la guerra ruso-japonesa se libró en suelo chino y un gran número de las élites intelectuales de China se regocijaron por la victoria japonesa. Fue en esa situación internacional que la vulgata del “asianismo” de Japón —“Asia para los asiáticos”, haciéndose eco de la Doctrina Monroe— proporcionó una aparente identidad colectiva temporal entre los dos gigantes asiáticos.

Esa situación cambió ya que la razón principal fue el desequilibrio gradual en el equilibrio de poder de China. Especialmente durante la Primera Guerra Mundial, las potencias europeas, distraídas por los acontecimientos que se desarrollaban, redujeron su inversión de recursos y, por lo tanto, de intereses vitales, en China. Como resultado, la influencia de Japón aumentó repentinamente y en enero de 1915 Japón impuso las conocidas Veintiuna Demandas a China. Fueron un conjunto de reclamos hechos por el gobierno japonés a privilegios especiales durante la Primera Guerra Mundial y expandirían en gran medida el control japonés de China. Japón conservaría las antiguas áreas que Alemania había conquistado al comienzo de la guerra en 1914. Se fortalecería en Manchuria y Mongolia meridional y desempeñaría un papel más importante en los ferrocarriles.

Las demandas más extremas darían a Japón una voz decisiva en los asuntos financieros, policiales y gubernamentales. La última parte de ellos convertiría a China en un protectorado del Sol Naciente, reduciendo así la influencia occidental. Gran Bretaña y Japón habían tenido una alianza militar desde 1902 y en 1914 el primero pidió a Japón que entrara en la guerra. China publicó las demandas secretas y apeló a Estados Unidos y Gran Bretaña. En el acuerdo final de 1916, Japón renunció a su solicitud de un protectorado, pero la situación china seguía siendo muy grave.

El “Movimiento del Cuatro de Mayo” de 1919 fue, hasta cierto punto, un esfuerzo antiimperialista conjunto realizado por varias facciones en China. Surgió de las protestas estudiantiles en Beijing ese día. Los estudiantes se reunieron en la Plaza de Tiananmen para protestar contra la débil respuesta del gobierno chino a la decisión del Tratado de Versalles de permitir que Japón retuviera territorios en Shandong que habían sido entregados a Alemania después del asedio de Qingdao en 1914. Las manifestaciones provocaron protestas en todo el país y estimularon un aumento en el nacionalismo chino, un cambio hacia la movilización política lejos de las élites intelectuales y políticas tradicionales.

Por lo tanto, el cambio en la actitud de las élites chinas está relacionado principalmente con el crecimiento del poder japonés en China. Japón era anteriormente débil; hablaba de una identidad “asiática” y se oponía a la partición de China por las potencias europeas. Pero más tarde se fortaleció y su comportamiento dejó claro que no era fundamentalmente diferente de las potencias europeas. Era la esencia de la “Doctrina Monroe asiática” de Japón.

Fue el escritor, periodista y filósofo Liang Qichao (1873-1929) quien dio a conocer la Doctrina Monroe a los chinos, además de la visibilidad de la narración traída por la propaganda estadounidense en el público chino durante la Primera Guerra Mundial. Después del lanzamiento de la cooperación CPC-Guomindang, la Doctrina Monroe se convirtió, en la mayoría de los casos, en un término con una connotación negativa, lo que significaba participar en un círculo cerrado y no centrarse en la situación general. En el PCCh, la Doctrina Monroe fue más bien estudiada y discutida para ilustrar los asuntos internacionales, y no fue tratada dentro del PCCh.

Después de todo, la guerra de guerrillas y móviles a través de las fronteras llevada a cabo por el PCCh y el Ejército de Liberación Nacional fue en sí misma una forma de superar la Doctrina Monroe, que era típica de los señores de la guerra en sus propios territorios y áreas de influencia.

El 6 de octubre de 1958, el presidente Mao redactó la Carta a los compatriotas taiwaneses (entonces firmada por el Ministro de Defensa, Peng Dehuai), atacando la presencia militar estadounidense en el Pacífico Occidental [desde la perspectiva geográfica de China, es decir, el océano Pacífico que enfrenta la República Popular China]:

“¿Por qué un país del Pacífico Oriental llegó al Pacífico Occidental? El Pacífico Occidental es el Pacífico Occidental de los pueblos del Pacífico Occidental, al igual que el Pacífico Oriental es el Pacífico Oriental de los pueblos del Pacífico Oriental; esto es solo sentido común, y los Estados Unidos deberían entenderlo. No hay guerra entre la República Popular China y los Estados Unidos; por lo que no existe el llamado alto el fuego. Hablar de un alto el fuego donde no hay fuego, ¿no es una simple tontería?”

En la declaración se hacía hincapié únicamente en la autonomía regional de la República Popular China en el Pacífico occidental y se indicaba que los Estados Unidos no debían interferir en los asuntos de ese mar. Sin embargo, no declaró que la República Popular China desempeñara, o debería desempeñar, un papel importante en ese mar en todo momento.

Después de todo, ya en la primera cooperación entre el PCCh y el Guomindang, el Presidente Mao sólo utilizó el término Doctrina Monroe a nivel “supranacional”.

En 1940, en su informe The Current Situation and Party Policy, comentó: “Estados Unidos es la Doctrina Monroe más el cosmopolitismo: ‘Lo mío es mío, lo tuyo es mío’. Estados Unidos no está dispuesto a renunciar a sus intereses en el Atlántico y el Pacífico”.

Dado que Estados Unidos estaba demasiado fuera de la no intervención, era fácil ofender a otras potencias. Por lo tanto, en ese momento, la República Popular de China podía aprovechar las contradicciones entre los países imperialistas y la Teoría de los Tres Mundos se estaba preparando para viajar en esa dirección, es decir, como el último y máximo oponente de la Doctrina Monroe.

Hoy los contrastes entre la República Popular China y los Estados Unidos en esas aguas no son nada nuevo, sino que deben interpretarse en la historia como choques de visiones geopolíticas opuestas, donde la primera apela al derecho internacional, mientras que la segunda intenta derribarla después de la caída del katechon paulino, es decir, la Unión Soviética.

 

* Copresidente del Consejo Asesor Honoris Causa. El Profesor Giancarlo Elia Valori es un eminente economista y empresario italiano. Posee prestigiosas distinciones académicas y órdenes nacionales. Ha dado conferencias sobre asuntos internacionales y economía en las principales universidades del mundo, como la Universidad de Pekín, la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Yeshiva de Nueva York. Actualmente preside el «International World Group», es también presidente honorario de Huawei Italia, asesor económico del gigante chino HNA Group y miembro de la Junta de Ayan-Holding. En 1992 fue nombrado Oficial de la Legión de Honor de la República Francesa, con esta motivación: “Un hombre que puede ver a través de las fronteras para entender el mundo” y en 2002 recibió el título de “Honorable” de la Academia de Ciencias del Instituto de Francia.

 

Traducido al español por el Equipo de la SAEEG con expresa autorización del autor. Prohibida su reproducción. 

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