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TRUMP QUIERE HACER LAS «PACES»

Roberto Mansilla Blanco*

«Trump ha llegado incluso a asegurar que no obtener ese galardón sería un insulto para EEUU».

 

La «carrera contra reloj», con tintes cada vez más obsesivos, de Donald Trump por alcanzar el Premio Nobel de la Paz tiene ahora un nuevo reto: Gaza. Tras haberlo intentado en Alaska en la cumbre con su homólogo ruso Vladimir Putin sin alcanzar cuando menos una tregua o la posibilidad de una «paz armada» en Ucrania, la impaciencia de Trump por convertirse en el «hombre de la paz» comienza a convertirse en un síntoma patológico.

Caso contrario al de Trump, a quien le sobra paciencia y cálculo estratégico es precisamente al presidente ruso, quien no aspira al Nobel de la Paz pero sí a trazar sus imperativos geopolíticos con Occidente, que no pasan precisamente por alcanzar una paz a cualquier precio en Ucrania. Putin ha entrado igualmente en una fase de escalada militar contra objetivos estratégicos en Ucrania toda vez ha estado probando vía aérea la solidez unitaria y defensiva de la OTAN a través del envío de drones y aviones de reconocimiento ingresando en los espacios aéreos de Polonia, Rumanía y países bálticos.

Poco deseoso de apoyar a la OTAN en su escalada de tensiones con Rusia, Trump ha optado en Ucrania por un giro disuasivo hacia el Kremlin: alentar al otrora despreciado presidente ucraniano Volodymir Zelenski a recuperar el territorio perdido a manos de los rusos e «incluso ir más allá», lo cual ha dejado entrever posibles apoyos a incursiones en territorio ruso.

Por otro lado, el reciente asesinato del influencer «trumpista» Charlie Kirk ha reforzado la agenda «securitista» de Trump a límites hasta ahora desconocidos en la política estadounidense. Para concentrarse en los cada vez más inquietos asuntos domésticos, Trump parece persuadido a solucionar, cuando menos temporalmente, los frentes abiertos en el exterior.

Gaza como salvavidas para Netanyahu

Atascada la situación en Ucrania, la impaciencia de Trump por ser el «hombre de la paz» ha motivado a enfocar en otro escenario: Gaza. Así, vía propuesta de paz, el mandatario estadounidense ha lanzado un súbito «salvavidas» de última hora al cada vez más contestado y aislado primer ministro israelí Benjamín Netanyahu.

Este plan «trumpista» ocurre en un contexto delicado que pone a prueba la alianza entre EEUU e Israel. La crisis humanitaria y el genocidio de Gaza iniciado por Israel con su invasión a la Franja a finales de 2023 han desacreditado no sólo al primer ministro israelí sino también a su país. Indiferente ante esta situación, en su reciente alocución en la Asamblea General de la ONU, Netanyahu dejó a las claras su verdadero objetivo: «no habrá Estado palestino», sin ofrecer ningún gesto de mea culpa por los más de 80.000 palestinos asesinados en Gaza, aunado ahora a las razzias en Cisjordania que impliquen avanzar en la colonización de esos territorios y hacer así definitivamente inviable cualquier tipo de Estado palestino.

Unos 157 de los 193 países de la ONU, entre ellos potencias como Gran Bretaña y Francia, han reconocido la legitimidad del Estado de Palestina, la mayor parte de la comunidad internacional aprovechó oportunamente la reciente cumbre de la ONU para mostrar su oprobio por lo que sucede en Gaza, responsabilizando con ello a Israel. Esto llevó al humillante desaire realizado a Netanyahu por parte de la mayoría de los representantes nacionales en la reciente Asamblea General de la ONU en Nueva York.

Si bien el plan de paz de Trump para Gaza beneficia claramente a Israel, la «huida hacia adelante» de Netanyahu comienza a resultar incómoda para un Trump que, en su ansiada pretensión por el Premio Nobel, ha llegado incluso a asegurar que no obtener ese galardón sería un «insulto para EEUU».

Al ego de Trump se le une la obstinación de un Netanyahu que comienza a sentir presión interna, incluso dentro del establishment militar, y un malestar social en vísperas del segundo aniversario de la invasión a Gaza. Hamás, si bien desarticulado en su cúpula dirigente, está lejos de ser doblegado política y militarmente. Tiene en sus manos todavía a decenas de rehenes israelíes, millares de militantes armados y muy probablemente una nueva dirigencia política.

El descrédito y la maltrecha imagen internacional de Israel también pasan factura a los «halcones» instalados en las altas esferas del poder en Tel Aviv y Jerusalén. El propio Trump ya ha advertido ante sus socios árabes que no consentirá una invasión y anexión de Cisjordania. Con ello busca ralentizar, o bien contemporizar, el objetivo supremacista del «Gran Israel» de Netanyahu y los «halcones».

En lo concerniente a los 20 puntos de la propuesta de paz, el texto abunda en aspectos más técnicos que estructurales. Trump maneja una versión maltrecha de los Acuerdos de Oslo (1994) en la que la solución de los «dos Estados» pasa a estar supeditada a una especie de transición tecnocrática y apolítica con un Hamás al que se le exige la desmilitarización, apenas exigiendo a Israel una contraprestación, lo cual mantiene el desequilibrio de fuerzas. Por otro lado, Gaza se convertirá en un carrusel de negocios dominado por los intereses conjuntos entre EEUU e Israel, aunque Trump intente llevar la iniciativa.

Esta caída en desgracia de Netanyahu ante los ojos del mundo ofreció un inusual gesto durante la cumbre en Washington con Trump: el premier israelí pidió perdón por los ataques en Qatar en las que buscó, infructuosamente, asesinar a líderes de Hamas. El contexto actual, con un atasco militar en Gaza y crisis humanitaria al que no se debe olvidar la breve confrontación directa entre Israel e Irán en julio pasado, han dejado entrever que Israel no es tan invencible militarmente y es mucho más vulnerable y dependiente de la ayuda estadounidense de lo que se creía.

Un actor clave: Arabia Saudita

A buena cuenta, Trump ha tomado cálculo de esta ecuación. Trump maneja nuevos equilibrios en Oriente Próximo que no le aten necesariamente a esa alianza estratégica con Israel. Necesita tener a su favor a Arabia Saudita y los emiratos petroleros toda vez el mundo árabe e islámico, visiblemente liderado por Arabia Saudita, ha comenzado a mover fichas contra Israel, trazando un revival de unidad incluso en el plano militar contra un enemigo común, el Estado israelí.

Un aspecto que inquieta a Trump tomando en cuenta que su aliado israelí ya ha atacado militarmente en lo que va de año no solamente a Palestina sino también al Líbano, Siria, Qatar, Irán y Yemen.

En este contexto debe interpretarse el «lavado de imagen» vía discurso en la ONU por parte del ex terrorista yihadista (Washington llegó a ofrecer una recompensa de US$ 10 millones por su captura o eliminación que ahora ha sido convenientemente retirada) ahora reconvertido en presidente interino sirio, Ahmed al Shar’a. La apertura de Trump hacia la «nueva Siria post-Asad» podría interpretarse como una condición expresada por el cada vez más poderoso príncipe saudita Mohammed Bin Salmán; una petición que Trump no ha dudado en atender.

Precisamente, Riad ha sido el principal interlocutor del mundo árabe a la hora de recibir con beneplácito la propuesta de paz de Trump para Gaza. Tradicionalmente desunidos en el plano político, la crisis de Gaza ha reactivado ciertos vínculos de unidad en el mundo árabe, muy probablemente determinados por evitar que el drama palestino active el malestar social contra el estatus quo de poder.

De este modo, sin abandonar la alianza estratégica con Israel, Trump comienza a jugar otras cartas buscando atraer a otros actores de peso como Arabia Saudita, cuyas esferas de influencia regionales incluyen ahora la Siria de al-Shar’a, visiblemente ya fuera del alcance de la histórica influencia iraní, el principal aliado del extinto régimen de los Asad. De este modo, Riad parece haber sustituido a Teherán como el principal actor de influencia en la «nueva Siria» y sus implicaciones tienen peso decisivo a la hora de negociar con Washington esferas de influencia geopolítica a nivel regional.

No debemos olvidar que en octubre ser realizarán elecciones legislativas en Siria, los primeros comicios tras la caída del régimen de Bashar al Asad en diciembre pasado. Estas elecciones son vitales para calibrar el incierto futuro sirio y cuál será su orientación geopolítica en este contexto de tensiones y conflictos permanentes in crescendo.

El panorama así se observa inquietante, donde un nuevo Parlamento deberá legislar un país fragmentado, con un proceso electoral que genera críticas por la exclusión de ciertas áreas y la falta de participación política plena, con partidos políticos prohibidos y desafíos a la seguridad. La eventualidad de una «balcanización» de Siria, que podría reproducir un contexto similar al observado en la vecina Líbano durante su prolongada guerra civil (1975-1990), es una posibilidad real ante el inflamado contexto regional.

Contando con un inmediato pero expectante apoyo internacional básicamente focalizado en intentar evitar que se amplíe el horror que se vive en Gaza con otra ofensiva militar israelí, es posible que la propuesta de paz de Trump tenga algún margen de efectividad, cuando menos temporal, toda vez las horripilantes imágenes que en los últimos meses se ha observado con el genocidio en Gaza, a la que la ONU oficialmente también ha catalogado de «hambruna», indicarían otros derroteros que propicien su inviabilidad.

Pero la pax de Trump navega igualmente por aguas inciertas. A falta de lo que responda Hamas, cuyo ultimátum enviado por Trump fue de tres a cuatro días, algunos movimientos políticos palestinos ya han oficializado su desacuerdo con la propuesta de Trump.

Por mucho que el propio Netanyahu lo haya propuesto meses atrás durante una de sus visitas a Washington, el primer ministro israelí sería un aval incómodo para un Trump obsesionado con el Nobel de la Paz. No obstante, incluso en la masacrada Gaza, destruida por la agresividad del Estado de Israel, cualquier paz se impone ahora como urgente.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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BENJAMÍN NETANYAHU, ¡EL ANTICRISTO!

Hugo Reinaldo Abete

Buenos Aires, 15 de septiembre, † Día de la Virgen de los Dolores, de 2025

 

Sr. Director:

Benjamín Netanyahu, ¡el Anticristo!

Hace poco más de un mes escribí una carta de lectores que llevaba por título «¡Gaza! el punto de inflexión de la humanidad en la era moderna». En ella intenté dejar clara mi percepción sobre que, a partir del Genocidio llevado a cabo por Israel en Palestina, nada sería igual y que mi opinión se basaba, fundamentalmente en una concepción teológica.

Ya en muchos otros escritos anteriores vengo insistiendo sobre este concepto de que estamos viviendo tiempos teológicos, tiempos de Dios, tiempos apocalípticos, y sin dudas si me arriesgo a hablar sobre el anticristo, es porque estoy confirmando otra de las características que nos hablan de los últimos tiempos.

En efecto, por doctrina, quienes tenemos la Gracia de Dios de ser Cristianos Católicos sabemos que esos tiempos se darán cuando ya no haya Fe en esta tierra, ya que el mismo Señor se pregunta «¿Cuándo venga el Hijo del hombre, encontrará fe en la tierra?», cuando impere la confusión (género en vez de orden natural), cuando prime la apostasía, cuando Dios haya sido quitado del corazón de los hombres, es decir cuando impere el mal y la soberbia sobre el bien y la virtud… cuando todo eso suceda será el tiempo del anticristo, en el que dominará al mundo hasta que acontezca la Parusía, es decir el advenimiento glorioso de Nuestro Señor Jesucristo al fin de los tiempos.

Más de uno que lea estos párrafos y no tenga internalizado estos conceptos teológicos que estoy mencionando, se preguntará ¿si no estoy desvariando o simplemente a qué se debe que alguien que no es sacerdote o religioso nos esté llevando por este terreno? ¿Con qué autoridad? ¿Con qué conocimientos lo hace?

Y la respuesta no es tan complicada como parece, dado que, sin ser un teólogo, un sacerdote, un religioso, ni un experto en las Sagradas Escrituras, ni siquiera alguien con gran formación, soy simplemente un Cristiano Católico común y corriente, pero con inquietudes que (repitiendo algo que ya expresara en otros escritos de similar tenor), «guiado con las buenas intenciones de responder a ese mandato de Nuestro Señor que nos señala que “debemos escrutar los signos de los tiempos”, intento expresar lo que mi mente y corazón sienten respecto de lo que estamos viviendo». Y es precisamente porque estoy convencido que todos los signos que se han nombrado en los párrafos anteriores están dándose en la actualidad, es que sostengo que ya estamos en los tiempos del anticristo.

La Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana, la verdadera Iglesia, la de Nuestro Señor Jesucristo, recomienda fehacientemente la lectura del Apocalipsis, pero el modernismo del cual no ha podido escapar la Iglesia, haciendo una mala interpretación, se ha encargado de evitarla, es más, con la supuesta y errónea excusa de no «asustar» a los fieles, se ha recomendado pasar por alto estos capítulos de la Biblia que nos hablan del Apocalipsis, de las postrimerías con su batalla final entre Cristo y el «anomos» u hombre sin ley, que es el anticristo. No obstante, a lo largo de la historia, otros mucho más formados que quien esto escribe, han creído ver en signos de decadencia de su época, que los mismos eran signos de los últimos tiempos y eso no fue así. En tal sentido señalo que lo mismo podría estar ocurriéndome a mí al momento de estar escribiendo estas líneas en las cuales digo nada más y nada menos que, Benjamín Netanyahu bien podría ser el anticristo.

Y fundamento mis expresiones en un análisis de la realidad que la humanidad está viviendo y en ciertos indicios, que por información básica o simplemente sentido común, me llevan a esa conclusión. Y a ese respecto digo que, si el anticristo es una persona, la primera y excluyente conclusión que debe reunir esa persona es que sea un anticristiano, un enemigo manifiesto y declarado de Nuestro Señor Jesucristo y de los cristianos. Y en tal sentido, desde el punto de vista teológico, según varios autores, entre ellos el Padre Leonardo Castellani, esa persona debería ser de origen judío. El padre Julio Meinvielle en su magistral obra «El Judío en el Misterio de la Historia», en las páginas 45 y 46 nos señala: «La ley contenida en el Talmud, que rige al judío, le manda, en efecto, despreciar y odiar a todos los pueblos, en especial a los cristianos, y no parar hasta dominarlos y sujetarlos como a esclavos». Netanyahu es de origen judío y sionista, y adscribe a estas pautas del Talmud respecto de Nuestro Señor Jesucristo y de los cristianos.

En segundo lugar, obviamente que esa persona debe ser alguien con una ambición desmedida de poder y capaz de las acciones más perversas con tal de alcanzar sus objetivos de dominación. Y tuvo que acontecer el Genocidio de Gaza que hoy toda la humanidad contempla sin poder detenerlo. No hay explicación para tanta maldad y perversidad, ninguna autoridad mundial, ninguna iglesia, ninguna organización ha logrado detener a Netanyahu en el exterminio de toda una población civil. Si al anticristo se lo conoce como «el amo del Mundo», Netanyahu ha demostrado que lo es, y a él obedece la potencia militar más importante de toda la humanidad. Él a través de todo el poder mundial sionista judeo masónico domina e impone su voluntad al resto. Y es tan, pero tan grande el pecado que está cometiendo en Gaza, que es uno de los peores y más graves insultos y desafíos que haya podido recibir Nuestro Señor Jesucristo, Rey de Reyes y Señor de la Historia. Personalmente veo a Netanyahu como un demonio hecho hombre, lo veo como el anticristo.

Todo ha sido dicho y todo ha quedado escrito. Las puertas del infierno No prevalecerán. ¡Ven Señor Jesús!

 

¡Viva Cristo Rey! ¡Viva María Reina!

¡Por Dios y por la Patria!

Hugo Reinaldo Abete

Ex Mayor E.A.

LA «MISIÓN» DE NETANYAHU: «ENTERRAR PALESTINA» PARA CREAR EL “ERETZ ISRAEL”

Roberto Mansilla Blanco*

La visión supremacista y genocida del gobierno de Benjamín Netanyahu, potenciada en aras de redibujar definitivamente el mapa del «Gran Israel» (Eretz Israel) con el objetivo de implosionar la geopolítica en Oriente Próximo, tiene un dossier con una clave: E1. Éste es el documento que el gobierno israelí maneja para «enterrar la idea de Palestina como Estado» a través de su fragmentación territorial en nuevos asentamientos en Cisjordania, los cuales se complementarían con la anexión total de Gaza en curso ignorando la tregua de Hamas y potenciando la expulsión definitiva de palestinos hacia Sudán del Sur, Libia o Somalilandia como posibles receptores, tal y como reflejan algunas informaciones.

Todo esto ocurre cuando la ONU acaba de catalogar la crisis de Gaza como «hambruna», la primera que se reconoce oficialmente fuera del continente africano. Pero a Netanyahu y sus cómplices ultraderechistas no parecen importarle esta resolución. Amparados por la impunidad que le permiten EEUU y Europa, entre otros, en Tel Aviv califican de «papel mojado» cualquier resolución de la ONU.

El hambre es una herramienta política de Netanyahu para fortalecer su proyecto supremacista. En 2021 unos 186 países miembros de la ONU votaron a favor de reconocer la seguridad alimentaria como un derecho humano y que su negación violaría el derecho internacional. Sólo EEUU e Israel votaron en contra de esa resolución de la ONU. Washington alegó aspectos comerciales. Tel Aviv, que ya en ese momento llevaba años con el cerco humanitario a Gaza, nunca ofreció razones sobre su decisión.

Mientras, Israel sigue robando tierras y asesinando deliberadamente a palestinos (hasta el momento más de 60.000 muertos, entre ellos 20.000 niños), toda vez que incentiva la recepción de vuelos chárter con nuevos colonos judíos provenientes de EEUU y Canadá que llegan a Israel para materializar este proyecto mesiánico de limpieza étnica y expolio territorial.

El ministro de Defensa Israel Katz reconoce que el 83% de las víctimas de Gaza son civiles. Fiel a su retórica incendiaria y desafiante, Netanyahu amenazó con «abrir las puertas del infierno» con la invasión a Ciudad de Gaza mientras recibe elogios de «héroe de guerra» por parte de su aliado Donald Trump.

Por otro lado, la crisis de Gaza ya ha provocado la primera caída de un gobierno occidental: en Países Bajos, el primer ministro en funciones Dick Schoof debió asumir la dimisión de cinco ministros de su gabinete, entre ellos el de la cartera de Exteriores, opuesto a la decisión del gobierno de bloquear sanciones adicionales a Israel por la masacre de Gaza. Esta crisis ocurre a escasos dos meses de las elecciones generales en ese país europeo. 

El proyecto E1 y el «Eretz Israel»

«Enterrar la idea de un Estado palestino». Así presentó el pasado 14 de agosto el ministro de Finanzas israelí Bezalel Smotrich la decisión de validar un proyecto de construcción de más de 3.000 viviendas al este de Jerusalén, en la Cisjordania ocupada, lo que se ha clasificado como el documento E1. Sigue Smotrich con su perorata: «con el E1 por fin hacemos realidad lo que se prometió hace años. Es un momento fundacional para los asentamientos, para la seguridad y para todo el Estado de Israel». El gobierno de Netanyahu dio luz verde este 20 de agosto para iniciar la colonización acelerada de Cisjordania.

«Eretz Israel» o el «Gran Israel» es el proyecto mesiánico que pretende controlar territorios desde el Jordán hasta el Éufrates. Tanto Netanyahu como diversos altos cargos y líderes israelíes como la polémica activista de colonos Daniela Weiss han defendido la legitimidad «histórica» de esta idea supremacista.

Ahora bien surgen interrogantes: ¿supone el E1 «la Solución Final», el exterminio total de los palestinos o, en todo caso, la expulsión definitiva de sus hogares?; ¿implicará para Israel abrir los canales de una guerra a largo plazo con las próximas generaciones de palestinos expulsados de sus tierras pero lastradas de odio ante el actual genocidio de Gaza mientras el mundo mira para otro lado? Tomando en cuenta el caudal conflictivo que genera este proyecto en una región altamente inflamable, ¿significa el E1 la justificación para la expulsión de palestinos con la finalidad de perpetuar un estado permanente de conflicto con sus vecinos árabes para acentuar aún más la existencia del entramado militar-industrial israelí como «factor de supervivencia estatal» ante su fracaso diplomático para normalizar relaciones con sus vecinos árabes?

«Enterrar Palestina» y desaparecerla del mapa es el objetivo mesiánico que Netanyahu ha perseguido durante toda su carrera política desde hace más de 40 años. Es el «momento histórico» al que se refería Smotrich. En 2010 se filtró un documento geopolítico sobre el «Gran Israel» que preconizaba la «balcanización» del mapa regional en Oriente Próximo y el Norte de África como objetivo estratégico para asegurar «las fronteras históricas israelíes» y la neutralización de sus vecinos árabes en pequeñas entidades manejables.

Para ello ha tenido que eliminar adversarios regionales, desde el Irak de Saddam Hussein (2003) hasta la Libia de Gadafi (2011) y el régimen de al Asad en Siria (2024), observando cómo el nuevo gobierno sirio de Ahmed al-Sha’ara (proveniente de movimientos integristas vinculados al Estado Islámico y Al Qaeda) mantiene su neutralidad en el conflicto de Gaza e incluso ha sido persuadido por Trump a reconocer y normalizar sus relaciones con el Estado de Israel, tal y como se constató en Riad con la reunión entre al-Sha’ara y Trump (la primera que se realiza entre presidentes de Siria y EEUU) durante la reciente gira del mandatario estadounidense por Oriente Medio realizada en mayo pasado.

Sigue en pie Irán, objetivo estratégico pendiente para Israel y EEUU en el cual las dos escaramuzas de guerra directa entre 2024 y 2025 han demostrado que Israel no está tan preparado como se esperaba para destruir a su principal enemigo regional ni tampoco a sus proxys regionales, en especial los rebeldes hutíes de Yemen, el palestino Hamás y el libanés Hizbulá, por mucho que las fuerzas israelíes hayan logrado descabezar a sus respectivas cúpulas dirigentes.

La capacidad efectiva de ataque de los misiles iraníes impactó en territorio israelí causando fuertes destrozos, cuestionando severamente el mito de la invencibilidad israelí y demostrando que su dependencia de EEUU en materia de seguridad es mucho mayor de lo que se pensaba. Por otro lado no hubo colapso de régimen en Teherán como esperaban en Tel Aviv y Washington aunque las expectativas anuncian que la República Islámica de Irán progresivamente se transfigurará en un régimen de carácter pretoriano militarista fuertemente nacionalista donde la teocracia islamista tendrá un papel cada vez más testimonial y protocolario.

¿Hasta dónde llegará Netanyahu?

Más allá de su irracional huida hacia adelante que le llevó en junio pasado a atacar Irán, Netanyahu enfrenta ahora el malestar interno vía protestas sociales toda vez que los partidos de extrema derecha sionista y la línea dura presente en el establishment político y militar podrían recrear fisuras en su gobierno ante la escasa materialización de los objetivos trazados.

Por otro lado, y si bien la invasión de Gaza está ordenada, el Alto Mando ha advertido de las dificultades logísticas para controlar una franja de menos de 400km2 y millón y medio de personas hacinadas en una crisis humanitaria sin fin. El estamento militar ha debido llamar a 160.000 reservistas para iniciar la invasión lo cual revela la magnitud de una invasión que genera ciertas divisiones internas.

Mientras la imagen internacional e incluso la legitimidad de Israel se desploman, Gran Bretaña y Francia (dos entusiastas aliados israelíes a través de poderosos lobbies internos) advierten con romper la baraja histórica reconociendo al Estado de Palestina en la próxima Asamblea General de la ONU en septiembre.

Sólo apoyado por EEUU y la complicidad europea, Israel se somete a un aislamiento internacional sin precedentes en sus más de siete décadas de existencia. No obstante, su poder de influencia persuasiva parece seguir intacta: la reciente crisis diplomática con Australia por las críticas del gobierno de Canberra por la hambruna en Gaza y su decisión de reconocer al Estado palestino llevó a una inmediata reacción por parte del gobierno australiano de acusar a Irán de estar detrás de unos ataques contra intereses israelíes en el país. Unas 300.000 personas manifestaron en Australia contra la guerra en Gaza. La decisión de Canberra de reconocer a Palestina como Estado sigue la dinámica ya anteriormente establecida por Francia, Gran Bretaña y Canadá, aspecto que crea una división interna entre las fuerzas «atlantistas» y EEUU, aliado irrestricto israelí.

Si bien Netanyahu se complació por la expulsión del embajador iraní en Canberra y el cierre de la embajada australiana en Teherán mientras fuentes del gobierno del primer ministro Anthony Albanese negaban que detrás de esta acción estuviera la necesidad de apaciguar a Tel Aviv, el leitmotiv de los acontecimientos intuye que Australia, actor clave para EEUU vía pacto AUKUS, fue presionada para actuar a favor de los intereses israelíes.

Netanyahu y sus acólitos saben que el momento es propicio para materializar su proyecto mesiánico, con un aliado como Trump en la Casa Blanca que blanqueará sus crímenes y reforzará su impunidad toda vez que el mundo pendiente de la posibilidad de una pax rusica en Ucrania.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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