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PROTECCIONISMO Y BARRERAS COMERCIALES: UN DESAFÍO PERSISTENTE —Y CADA VEZ MÁS ESTRATÉGICO— EN LA ECONOMÍA GLOBAL

Carlos Alejandro Nahas*

Introducción

Durante gran parte de las últimas décadas, el comercio internacional estuvo dominado por una idea que parecía prácticamente incuestionable: apertura económica, globalización e integración de mercados. Desde los años noventa, numerosos países impulsaron procesos de liberalización comercial, reducción de aranceles y acuerdos multilaterales orientados a facilitar la circulación internacional de bienes, servicios e inversiones. La creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1995 simbolizó uno de los puntos más altos de ese modelo, consolidando un sistema basado en reglas comunes y mecanismos institucionales de resolución de disputas. Sin embargo, la evolución reciente de la economía mundial demuestra que el proteccionismo nunca desapareció. Simplemente mutó.

Hoy las barreras comerciales ya no se presentan únicamente bajo la forma clásica de aranceles elevados o prohibiciones explícitas. El nuevo proteccionismo opera de manera mucho más sofisticada y, en muchos casos, más difícil de cuestionar jurídicamente. Regulaciones técnicas, estándares ambientales, subsidios estatales, controles sanitarios, exigencias de trazabilidad, mecanismos administrativos y requisitos regulatorios complejos funcionan como verdaderos filtros de acceso a los mercados. En otras palabras: el comercio global sigue formalmente abierto, pero cada vez más condicionado.

Las tensiones entre Estados Unidos y China, la crisis financiera internacional de 2008, la pandemia de COVID-19 y los conflictos geopolíticos recientes terminaron de consolidar una tendencia que ya venía desarrollándose: los Estados volvieron a priorizar la seguridad económica, la protección de sectores estratégicos y la resiliencia de sus cadenas de suministro.

Pero además, comenzó a reaparecer un concepto que durante años parecía reservado exclusivamente al ámbito militar: la seguridad nacional económica.

Hoy la discusión ya no gira únicamente en torno a competitividad o eficiencia. También involucra autonomía tecnológica, control de infraestructura crítica, soberanía energética, acceso a minerales estratégicos, ciberseguridad y capacidad industrial para sostener escenarios de crisis o conflicto. La economía internacional dejó de ser solamente un espacio de intercambio comercial. Se transformó, nuevamente, en un terreno de disputa geopolítica.

En este contexto, el presente trabajo analiza las nuevas formas del proteccionismo contemporáneo, el crecimiento de las barreras no arancelarias y sus efectos sobre el comercio internacional, las empresas y las cadenas globales de valor. Asimismo, se examinan sus implicancias estratégicas desde una perspectiva que ya no puede separar economía, tecnología y defensa nacional.

El proteccionismo: una práctica tan antigua como vigente

El proteccionismo puede definirse como el conjunto de políticas mediante las cuales los Estados restringen, limitan o encarecen el ingreso de bienes y servicios extranjeros con el objetivo de proteger sectores productivos nacionales frente a la competencia internacional. Históricamente, estas medidas estuvieron asociadas principalmente a aranceles aduaneros. Las teorías clásicas del comercio internacional —particularmente las desarrolladas por Adam Smith y David Ricardo— sostuvieron que el libre comercio favorece la eficiencia económica global mediante la especialización productiva y la ventaja comparativa.

Sin embargo, la historia económica muestra algo bastante menos romántico: prácticamente todas las grandes potencias industriales recurrieron, en distintas etapas de su desarrollo, a políticas fuertemente proteccionistas.

Estados Unidos, Alemania, Japón, Corea del Sur y China protegieron sectores estratégicos durante décadas antes de consolidar posiciones dominantes en la economía global. Robert Baldwin ya advertía en los años ochenta que el denominado «nuevo proteccionismo» emergía como respuesta al desplazamiento del poder económico internacional y al ascenso de nuevas economías exportadoras[1].

Con el avance de la globalización y la reducción de aranceles promedio desde la década de 1990, muchos gobiernos comenzaron a reemplazar restricciones tradicionales por mecanismos regulatorios menos visibles, pero igualmente eficaces. El resultado es una paradoja evidente: el comercio internacional parece más libre en términos formales, pero en la práctica es cada vez más complejo, más costoso y más condicionado políticamente.

Las nuevas formas del proteccionismo

Aranceles: el instrumento clásico que nunca desapareció

Aunque los aranceles promedio disminuyeron significativamente desde la creación de la OMC, continúan siendo una herramienta central en sectores considerados estratégicos.

La agroindustria, la industria automotriz, el acero, los semiconductores y determinadas tecnologías sensibles siguen altamente protegidos incluso en economías que públicamente promueven el libre comercio.

Las recientes tensiones entre Estados Unidos y China dejaron algo muy claro: el comercio internacional está atravesado por intereses geopolíticos, tecnológicos y militares mucho más profundos que la simple eficiencia económica.

La disputa por chips, inteligencia artificial, tierras raras o baterías ya no responde únicamente a cuestiones comerciales. Responde a la competencia por poder estratégico global.

Subsidios: competir contra Estados, no contra empresas

Actualmente, los subsidios estatales representan uno de los mecanismos más sofisticados de protección económica.

Mediante incentivos fiscales, financiamiento preferencial, créditos blandos o ayudas directas, numerosos gobiernos fortalecen artificialmente la competitividad de sectores considerados estratégicos. Simon Evenett sostiene que, tras la pandemia, las ayudas estatales crecieron de manera exponencial como instrumentos de política industrial y geopolítica. En términos concretos, muchas empresas ya no compiten únicamente contra otras empresas: compiten contra Estados enteros.

Y esto es particularmente visible en industrias vinculadas a:

    • energía,
    • tecnología,
    • defensa,
    • telecomunicaciones,
    • inteligencia artificial,
    • infraestructura crítica,
    • y producción militar.

La frontera entre política económica y estrategia de seguridad nacional se volvió cada vez más difusa.

Barreras técnicas y regulatorias

Las barreras técnicas se transformaron en uno de los instrumentos más relevantes del proteccionismo contemporáneo. Normas de calidad, certificaciones ambientales, requisitos sanitarios, trazabilidad, etiquetado y estándares regulatorios funcionan muchas veces como mecanismos indirectos de exclusión comercial.

Maskus y Wilson[2] destacan que estas exigencias pueden incrementar considerablemente los costos de acceso a mercados internacionales, especialmente para pequeñas empresas y países en desarrollo. El problema es que estas medidas suelen estar respaldadas por fundamentos legítimos —salud pública, seguridad alimentaria, sostenibilidad ambiental o protección del consumidor—, lo que vuelve extremadamente difícil cuestionarlas dentro del sistema multilateral.

El crecimiento de las barreras no arancelarias

Uno de los fenómenos más relevantes del comercio contemporáneo es el crecimiento sostenido de las barreras no arancelarias.

A diferencia de los aranceles tradicionales, estas restricciones son mucho más difíciles de identificar, medir y negociar.

Entre ellas se destacan:

    • normas técnicas,
    • regulaciones sanitarias y fitosanitarias,
    • procedimientos aduaneros complejos,
    • requisitos de origen,
    • estándares ambientales,
    • restricciones administrativas,
    • regulaciones laborales,
    • controles tecnológicos,
    • y mecanismos de compliance internacional.

Diversos informes del Fondo Monetario Internacional sostienen que el aumento de costos regulatorios y restricciones indirectas contribuyó significativamente a la desaceleración del comercio global durante la última década. En consecuencia, el acceso a mercados ya no depende únicamente de competitividad en precios. Depende también de capacidades regulatorias, tecnológicas, logísticas, financieras e incluso diplomáticas. 

La pandemia y el retorno explícito del proteccionismo

La pandemia de COVID-19 aceleró tendencias que ya venían desarrollándose. Numerosos gobiernos restringieron exportaciones de insumos médicos, alimentos, tecnología y bienes estratégicos para garantizar abastecimiento interno.

Simon Evenett advirtió que muchos Estados reaccionaron rápidamente mediante controles comerciales y restricciones, reforzando tendencias proteccionistas preexistentes. Pero, además, la crisis sanitaria dejó expuesta una vulnerabilidad mucho más profunda: la extrema dependencia de cadenas globales hiperfragmentadas.

La pandemia reactivó debates sobre:

    • autonomía estratégica,
    • relocalización industrial,
    • nearshoring,
    • soberanía tecnológica,
    • seguridad energética,
    • resiliencia logística,
    • y capacidad nacional de producción crítica.

En otras palabras: los Estados comprendieron que depender completamente del exterior para medicamentos, energía, alimentos, semiconductores o infraestructura tecnológica puede transformarse en un problema de seguridad nacional.

Y ese razonamiento no pertenece únicamente al plano económico. También pertenece al plano militar.

Un país sin capacidad industrial mínima, sin autonomía tecnológica y sin infraestructura estratégica protegida es un país vulnerable frente a crisis internacionales, conflictos geopolíticos o escenarios de presión externa. 

Argentina: un país vulnerable en un mundo cada vez más hostil

En el caso argentino, el problema adquiere una dimensión todavía más delicada.

Mientras el mundo discute cómo reposicionarse frente a la inteligencia artificial, la automatización, la ciberseguridad, la transición energética y la competencia tecnológica global, Argentina continúa atrapada en desequilibrios estructurales básicos que erosionan cualquier posibilidad seria de desarrollo estratégico. El país enfrenta una combinación particularmente destructiva:

    • inestabilidad macroeconómica crónica,
    • inflación persistente,
    • presión tributaria asfixiante,
    • restricciones cambiarias permanentes,
    • costos logísticos extremadamente altos,
    • inseguridad jurídica,
    • burocracia excesiva,
    • deterioro de infraestructura,
    • y una política comercial marcada por la improvisación.

Pero el problema argentino ya no es solamente económico. Es institucional, tecnológico y también estratégico. En un mundo donde las grandes potencias fortalecen industrias críticas, desarrollan capacidades duales civiles-militares y aseguran cadenas de suministro sensibles, Argentina continúa desmantelando capacidades productivas estratégicas sin una política nacional coherente de largo plazo.

La ausencia de planificación en sectores clave como:

    • industria naval,
    • energía,
    • defensa,
    • tecnología,
    • minería estratégica,
    • infraestructura logística,
    • ciberseguridad,
    • y producción industrial compleja,

no solo afecta la competitividad económica. También debilita la autonomía nacional.

Un país que depende completamente del exterior para tecnología crítica, equipamiento estratégico, energía o infraestructura digital pierde capacidad de decisión soberana. Y eso tiene implicancias directas sobre la defensa nacional.

Porque la defensa moderna ya no se limita al plano militar tradicional. Incluye:

    • control logístico,
    • seguridad energética,
    • protección de puertos,
    • resiliencia de cadenas de suministro,
    • infraestructura tecnológica,
    • satélites,
    • telecomunicaciones,
    • y soberanía digital.

Mientras otras economías fortalecen capacidades estratégicas para escenarios de crisis global, Argentina sigue respondiendo con controles transitorios, regulaciones defensivas y administración de escasez. El resultado es devastador:

    • empresas que no pueden planificar,
    • exportadores atrapados en incertidumbre permanente,
    • inversiones que se postergan,
    • industrias que pierden escala,
    • cadenas productivas fragmentadas,
    • y una creciente pérdida de relevancia internacional.

Quizás el aspecto más preocupante sea otro: Argentina parece haber normalizado la emergencia permanente. Y cuando un país normaliza la improvisación, deja de construir poder estratégico.

Conclusión

El proteccionismo no constituye una anomalía del sistema económico internacional. Es una característica persistente que adopta distintas formas según el contexto histórico, político y tecnológico.

La globalización no eliminó las barreras comerciales. Las volvió más sofisticadas.

Hoy competir internacionalmente exige mucho más que eficiencia productiva: requiere estabilidad institucional, capacidad tecnológica, resiliencia logística, inteligencia regulatoria y visión estratégica. En este nuevo escenario, economía, geopolítica y defensa nacional dejaron de ser ámbitos separados.

Las cadenas de suministro son infraestructura estratégica. La tecnología es poder político. La logística es seguridad nacional. Y la autonomía económica se transformó en un componente central de la soberanía.

Para países como Argentina, el desafío es todavía mayor.

Porque mientras el mundo redefine sus reglas de competencia global, el país continúa atrapado en desequilibrios internos que limitan severamente su capacidad de inserción internacional y debilitan progresivamente su autonomía estratégica. Y en un entorno global cada vez más competitivo, tecnológicamente exigente y geopolíticamente inestable, quedarse atrás ya no implica solamente perder mercados. Implica perder capacidad de decisión soberana.

 

* Abogado, Magíster en Relaciones Comerciales Internacionales. Posee una consultora en Estrategia y Comercio Exterior, fue Secretario General de la Comisión Nacional de Comercio Exterior del Ministerio de Economía. Es Consultor en Negocios Globales & Derechos Antidumping y Profesor Universitario en la UCA, la UTN y la Universidad SXXI. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas.

 

Referencias bibliográficas

  • Baldwin, R. The New Protectionism: A Response to Shifts in National Economic Power. National Bureau of Economic Research, 1986.
  • Baldwin, R., & Evenett, S. COVID-19 and Trade Policy: Why Turning Inward Won’t Work. CEPR Press, 2020.
  • Evenett, S. «What’s next for protectionism? Watch out for state largesse, especially export incentives». CEPR Press, 2020.
  • Evenett, S. «Sicken thy neighbour: The initial trade policy response to COVID-19». The World Economy, 2020.
  • Evenett, S. «Chinese whispers: COVID-19, global supply chains in essential goods, and public policy». Journal of International Business Policy, 2020.
  • Fisher, R., Ury, W., & Patton, B. Getting to Yes: Negotiating Agreement Without Giving In. Penguin Books, 2011.
  • Fondo Monetario Internacional. «Keeping the Wheels of Trade in Motion», 2016.
  • Lewis, L., & Monarch, R. «Causes of the Global Trade Slowdown». Federal Reserve Board, 2016.
  • Maskus, K., & Wilson, J. Quantifying the Impact of Technical Barriers to Trade. World Bank, 2001.

Citas

[1] Baldwin, R. The New Protectionism: A Response to Shifts in National Economic Power. National Bureau of Economic Research, 1986.

[2] Maskus, K., & Wilson, J. Quantifying the Impact of Technical Barriers to Trade. World Bank, 2001.

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EL ORDEN INTERNACIONAL DE AYER, LA DISRUPCIÓN DE HOY Y LOS HÁBITOS DE SIEMPRE

Alberto Hutschenreuter*

Imagen de Vicki Hamilton (flutie8211) en Pixabay

 

El final de un año siempre resulta pertinente para realizar un balance o «verificación» estratégica internacional y mundial que nos sea de utilidad para contar con un estado de situación a partir del cual se puedan considerar escenarios.

Hace tiempo que los hechos internacionales implican un verdadero reto para los analistas y tomadores de decisiones, y ello, en buena medida, se debe a la inexistencia de una configuración u orden internacional.

Un orden internacional supone un acuerdo mayor establecido y respetado por los actores «que cuentan», el que, además, debe fundarse (sobre todo hoy) en el reconocimiento de los enfoques sobre orden internacional de los diferentes actores. Esto último implica una «novedad», pues hasta el presente los órdenes internacionales conocidos han sido creados o surgidos en Occidente (de allí que el «modelo Westfalia» resulte insuficiente o limitado como pauta para pensar un orden internacional).

Los últimos tres órdenes internacionales no siguieron tanto aquella definición, pues la configuración bipolar predominante entre 1945 y principios de los años noventa se basó en el resultado de la Segunda Guerra Mundial, cuando el poder se fue de Europa para concentrarse en los polos estadounidense y soviético.

El segundo orden, el de la globalización, entre principios de los noventa, surgió como consecuencia de la predominancia del modelo económico neoamericano, que fue el que determinó el espíritu, contenido y ejercicio de la globalización.

El régimen de aquella globalización supuso no sólo una forma suave de ejercicio de poder, sino un cambio en el uso de sus instrumentos, los que se basaron en propuestas y activos geoeconómicos más que geopolíticos (de hecho, en el actor que impulsó la globalización, Estados Unidos, el nervio más importante del gobierno se ubicó en la Secretaría de Comercio).  

El tercer orden o régimen internacional tampoco se basó en pacto alguno, pues fue resultado del ataque perpetrado por el terrorismo transnacional a los Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001. A partir de entonces, la hegemonía militar norteamericana prácticamente identificó el sistema internacional con la seguridad y los intereses de la potencia.

En 2008 arrasó la crisis financiera, considerándose los esfuerzos para salir de ella como la última vez que hubo una genuina cooperación internacional. Desde entonces, no sólo no hubo orden internacional, sino que se afianzó un desorden internacional confrontativo o disruptivo, pues los actores con capacidades para configurar un orden fueron rivalizando cada vez más, como China y Estados Unidos, e incluso a partir de la denominada «Operación Militar Especial» rusa en Ucrania en febrero de 2022, Rusia y Occidente se encontraron en una situación de tensión creciente o de «no guerra» que persiste hasta hoy.

Antes de la Segunda Guerra Mundial también hubo órdenes internacionales: mientras la pactada configuración interestatal posnapoleónica se propuso evitar el surgimiento de un nuevo desafío al sistema de monarquías europeas y fue exitoso hasta la segunda mitad de siglo, el orden de Versalles u «orden de los vencedores», tras la Primera Guerra Mundial, se consagró con el fin de conseguir la paz por medio de una organización internacional basada en el mecanismo de seguridad colectiva, obteniéndose resultados favorables hasta casi fines de los años veinte, para volverse cada vez más irrelevante en la década siguiente.

Por tanto, un orden no asegura la concordia ni la paz (un concepto abstracto) entre los Estados, sin duda, pero hasta hoy se ha revelado como el único modo que permite sofrenar las consecuencias de la situación de anarquía que existe entre los Estados, la gran «tragedia de los grandes poderes políticos», según el experto estadounidense John Mearsheimer.

Si es posible hallar alguna definición que sintetice el estado actual del mundo, no estaríamos muy equivocados en sostener lo siguiente: el poder, la geopolítica y el interés nacional arriba, el comercio en el centro y el multilateralismo abajo.

En tiempos de orden, no cambiaría mucho esa ecuación, pero la existencia de un pacto «honroso» entre los poderes mayores proporcionaría previsibilidad (por caso, en materia de armas de exterminio masivo), se amortiguarían los conflictos entre poderes intermedios, el comercio fluiría acusando menos el impacto de los riesgos geopolíticos y el multilateralismo o sistema de instituciones internacionales contaría con mayor margen para realizar misiones habituales y fortalecerse, es decir, ser más proactivo, frente a «nuevos retos» como los brotes epidémicos.

Esto último es muy importante, pues las enfermedades infecciosas no son algo nuevo; pero la globalización, la conectividad y el «achicamiento» del mundo las han convertido en un fenómeno nuevo en relación con el alcance de sus secuelas multidimensionales.

Aquí nos encontramos con solo una de las razones que llevan a lo que el especialista Fareed Zakaria denomina un «trilema» internacional y mundial: el mundo actual es abierto, rápido pero inestable. Es decir, en casi todos los segmentos muy difícilmente se pueden lograr simultáneamente las tres cualidades: apertura, velocidad y seguridad.

Ello no deja de ser una preocupante curiosidad estratégica en el desorden internacional disruptivo de hoy, pues podemos acaso llegar a comprender que las armas nucleares impliquen un riesgo mayor porque hay rivalidad o competencia interestatal en liza, «políticas como de costumbre» diría Stanley Hoffmann. Pero en el caso de las enfermedades virales, descartando el hecho relativo con una diseminación deliberada de virus, se trata de un reto que no llega a ser suficiente para impulsar un nuevo sistema de valores asociados con la cooperación internacional.

En el mundo actual, el poder, la geopolítica y la primacía de los intereses nacionales son tan categóricos que (en no pocos casos) relativizan el principio de la incertidumbre en las relaciones internacionales, por ejemplo, cuando el mandatario estadounidense se refiere, aduciendo cuestiones de seguridad, a la necesidad de que Groenlandia y el Canal de Panamá pasen a ser parte de la soberanía estadounidense. Tampoco se preocupa en ocultar sus propósitos geopolíticos Rusia cuando advierte que «Ucrania no existe». Asimismo, China en relación con Taiwán. Israel sobre los territorios palestinos. Cuestiones en África… En fin, casos que van más allá de la misma soberanía poswestfaliana a la que se refirió Stephen Krasner.

Aquí resultan pertinentes algunos enfoques sobre temas internacionales que, como la guerra y la geopolítica, entre otros, se consideraban perimidos en el mundo conectado, pospatriótico y tecnopolar del siglo XXI: las esferas de influencia y las conquistas territoriales, conceptos de profunda naturaleza geopolítica.

En efecto (y aunque pueda parecer repetitivo), cuando el presidente Trump advierte sobre la necesidad de que aquellos territorios sean parte de la soberanía estadounidense, o cuando moviliza capacidades navales y de inteligencia en el Caribe para presionar al régimen de Venezuela, lo hace porque no tiene la menor duda sobre la soberanía limitada que tienen los actores ubicados en zonas geopolíticas selectivas, es decir, plazas del mundo en las que los actores situados allí son independientes mientras sostengan una diplomacia de deferencia frente al actor mayor regional o continental. (Es oportuno aclarar que la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, de diciembre de 2025, señala a América Latina como «área de prioridad estratégica», al tiempo que remarca la necesidad de fortalecer la hegemonía estadounidense y contrarrestar la influencia de actores extra-hemisféricos).

En cuanto a las conquistas territoriales, siendo las políticas de primacía del interés nacional y el declive de la norma internacional fuertes características del estado actual de disrupción internacional, no resulta extraño que hayan surgido debates relativos con el «regreso de la conquista territorial». Más allá del caso de Ucrania, que fue lo más rústico, aunque no es el único en relación con capturas territoriales por parte de los Estados, la especialista Tanisha Fazal lo plantea de esta manera: «Si la conquista territorial vuelve a ser un tema de debate, será menos probable que los Estados respeten otros elementos de la soberanía, como los derechos marítimos. Cuando los pequeños Estados insulares reclaman derechos de pesca y minería en zonas económicas exclusivas, otros países de la región podrían simplemente ignorar sus reclamaciones. El poder ignorará el derecho».

Por su parte, por demás interesante resulta la reflexión del experto Paul Poast cuando sostiene que «Los humanos vivimos en un planeta finito en tierra y espacio, e históricamente el medio más eficaz para controlar ese espacio o expulsar a otros de él es la amenaza y, de ser necesario, el uso de la violencia. Esto no significa que todas las guerras se deban a la necesidad de mantener y controlar territorio. Pero centrarse en la competencia por el territorio puede explicar en gran medida la persistencia de la guerra».

La relación entre intereses políticos y territorios con fines asociados al incremento de poder resultan categóricos cuando observamos que en las guerras y tensiones que tienen lugar hoy en las grandes placas geopolíticas del mundo, esto es, Europa del este, Oriente Medio, Asia del sur y el arco que se extiende desde este último sitio  hasta el norte de Asia-Pacífico, el tema territorial es, en buena medida, determinante. Incluso la tensión entre China y Estados Unidos está atravesada por esa variable, pues, más allá de las expansiones de Pekín hacia dentro del continente (a través de la Iniciativa de la Ruta y la Franja) y hacia el mar y zonas costeras en el Índico y África, la contención estadounidense sobre China abarca múltiples dimensiones, desde la estratégica-militar hasta la económica, pasando por la tecnológica o war-chip.

En este contexto, el comercio internacional no deja de ser un dato esperanzador, pues en tiempos de ausencia de orden internacional y declive del derecho internacional, el comercio mismo funge como un «orden internacional sustituto». Y lo es aún bajo el impacto del arancelismo o guerra comercial, más otros impactos o riesgos sobre este «bien público internacional».

En suma, no sucede que están de regreso el poder, la guerra, la geopolítica el ascenso de nuevos poderes, entre los principales «hábitos» o «conocidos de siempre» en la política internacional. Siempre han estado allí. Sucede, para decirlo de nuevo, que su preponderancia y riesgo se multiplican al no existir una configuración internacional.

Aunque algunos de esos componentes o regularidades de la política pueden modificar su naturaleza, siempre permanecen. Considerando la cantidad de cuestiones que tienen lugar en la política internacional, hay quienes advierten que la próxima década del cuarenta podría ser una década estratégica de hostilidad mayor, pues para entonces la mayoría de esas cuestiones, por caso, crisis climáticas, tensiones interestatales mayores, entre otras, alcanzarían sus puntos de saturación. En otros términos, un desenlace trágico de la situación de disrupción actual.

Pero más allá de ello, hay que decir que los hábitos o regularidades de siempre en la política internacional y mundial son acompañadas por sucesos que no tienen precedentes, y que implican un posible punto de inflexión o de escala en la historia de la humanidad.

Nos referimos a todo lo que viene ocurriendo en materia tecnológica, particularmente en el segmento de la inteligencia artificial. En otros momentos de adelantos tecnológicos, como los que sucedieron en la segunda mitad del siglo XVIII o hacia fines del siglo XIX, los mismos eran acompañados o estaban fundados a partir de marcos filosóficos (la Ilustración, el empirismo, el utilitarismo, el positivismo) que terminaban por fortalecer un clima esperanzador en buena parte de la humanidad. Sin embargo, a pesar de lo extraordinario de los adelantos tecnológicos que vienen teniendo lugar desde los años noventa, hoy no nos encontramos ante un clima resplandeciente ni ha surgido ningún sistema de ideas o filosofía que promueva optimismo frente al porvenir.

Sin duda que la disrupción internacional y mundial extensa lo impiden, pero también es cierto que los rápidos adelantos tecnológicos no llegan a generar confianza. Por un lado, el modelo actual de poder predominante implica que los polos mayores concentran y concentrarán activos tecnológicos mucho más de lo dedicado a la cooperación internacional, como de hecho podemos apreciar en la rivalidad entre Estados Unidos y China. Pero, por otro lado, la aproximación hacia una estación «poshumana» tiende a ser percibida más como admonición que como un alivio o recurso favorable mayor para el hombre.

Las crecientes advertencias que vienen haciendo autorizados expertos sobre las consecuencias deletéreas en materia de IA no se refieren mayormente al segmento estratégico-militar, que es donde se tiende a pensarlas y donde existen realidades y proyecciones o escenarios notables, sino a campos como el de la salud, del aprendizaje, entre otros.

Por caso, Daron Acemoglu, último premio Nobel de economía, advirtió a principios de 2025 que «Debido a su profundo potencial, la IA también representa una de las amenazas más graves que la humanidad ha enfrentado jamás. El riesgo no es solo (ni siquiera principalmente) que máquinas superinteligentes algún día nos dominen: es que la IA socavará nuestra capacidad de aprender, experimentar, compartir conocimientos y extraer significado de nuestras actividades. La IA nos debilitará enormemente si elimina constantemente tareas y trabajos, centraliza excesivamente la información y desalienta la investigación humana y el aprendizaje experiencial, empodera a unas pocas empresas para que controlen nuestras vidas y crea una sociedad de dos niveles con enormes desigualdades y diferencias de estatus. Incluso podría destruir la democracia y la civilización humana tal como la conocemos. Temo que ésta sea la dirección en la que nos dirigimos».

La propia IA considera que «[…] nos enfrentamos al reto de escoger entre un futuro de posibilidades sin parangón o uno de peligros inimaginables. El destino de la humanidad pende de un hilo y las decisiones que tomemos en los próximos años y décadas determinarán si estamos a la altura de estas tecnologías o si, en cambio, somos víctimas de sus peligros».

En conclusión, no hay orden en las relaciones internacionales del siglo XXI. Los últimos órdenes tuvieron lugar hace tiempo y no fueron resultado de pactos. Esto nos lleva a preguntarnos si es posible que pueda configurarse el mundo en los próximos tiempos. No solo hacen falta liderazgos de escala para ello, sino disposición para reconocer concepciones diferentes de orden internacional.

La situación de disrupción actual no solo se debe a que el lugar de un orden internacional ha sido ocupado por políticas basadas en el poder e interés nacional ante todo, sino a que los poderes mayores se hallan enfrentados entre sí, incluso en estado de «no guerra» entre algunos de ellos, OTAN-Rusia, concretamente.

Este contexto difumina la posibilidad de existencia de una «cultura estratégica» entre «los que cuentan», un activo o «bien estratégico mundial» que reduce el margen de incertidumbre de intenciones entre aquellos y torna menos inseguros segmentos como el las armas nucleares, pues garantiza lo que se conoce (irónicamente) como MAD (la «Mutua Destrucción Asegurada»).

En este desorden o estado de disrupción, los hábitos protohistóricos de las relaciones internacionales prueban prácticamente a diario su fuerte condición de «regularidades», al tiempo que se extienden a las nuevas temáticas que sin duda dominarán el siglo: las tecnologías mayores, segmento que hasta el momento no encuentra la necesaria contención internacional que relativamente limite su utilización en clave de poder y predominancia.

 

* Miembro de la SAEEG. Su último libro, recientemente publicado, se titula La Geopolítica nunca se fue, Editorial Almaluz, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2025.

 

Bibliografía

Bruno Tertrais. La guerra de los mundos. El retorno de la geopolítica y el choque de los imperios. Madrid: Oberon, 2024.

Alberto Hutschenreuter. La geopolítica nunca se fue. Los grandes acontecimientos mundiales en clave política, territorial y de poder. Buenos Aires: Almaluz, 2025.

Alberto Hutschenreuter. «Geopolítica y posgeopolítica en el mundo del siglo XXI». Global Overview Magazine, diciembre de 2025, https://www.globaloverviewmagazine.com/2025/12/geopolitica-y-posgeopolitica-en-el.html

Yan Xuetong, Fang Yuanyuang. The Essence of Interstate Leadership. Bristol University Press, 2024.

Tanisha M. Fazal. «Conquest is Back», Foreign Affairs, March 21, 2025.

Paul Poast. «As Long as there is Territory to Fight Over, War will be with As». World Politics Review, December 20, 2024, https://www.worldpoliticsreview.com/war-conflict-territory/

Federico Tobar. «En medicina, el futuro llegó como vos no lo esperabas»,  https://www.linkedin.com/pulse/en-medicina-el-futuro-lleg%C3%B3-como-vos-lo-esperabas-federico-tobar-2n2he/

Daron Acemoglu. «Will We Squander the AI Opportunity?» Proyect Syndicate, Feb 19, 2025, https://www.project-syndicate.org/commentary/ai-on-a-socially-harmful-path-by-daron-acemoglu-2025-02

Mustafa Suleyma., La ola que viene. Tecnología, poder y el gran dilema del siglo XXI. Buenos Aires: Debate, 2025.

 

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LA CONECTIVIDAD Y SU IMPLICANCIA ESTRATÉGICA PARA ARGENTINA EN LA «CONECTOGRAFÍA» MUNDIAL

Martín Rafael López*

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Desde las postrimerías del siglo XX se ha intentado identificar y comprender el impacto del exponencial desarrollo tecnológico y sus consecuencias para la sociedad a nivel local-global.

Tan es así que ya desde aquel entonces el prestigioso sociólogo alemán Ulrich Beck se preguntaba qué era realmente la globalización y/o el globalismo. La primera dificultad con la que se encontró el autor fue desentrañar la polivalencia y ambigüedad de estos términos y de sus múltiples dimensiones de análisis para su comprensión.

Los detractores al entendimiento de la emergencia de un mundo globalizado como un «nuevo fenómeno» plantearon que desde ya hacía mucho tiempo era posible aseverar la existencia de un mundo interconectado: con una sociedad abierta al mismo y en donde ninguna entidad política o grupo podía vivir al margen de los demás.

Sin embargo, presuponer esta postura de «sociedad mundial» como una «pluralidad homogénea» no tiene en cuenta la autopercepción disímil que puede poseer cada sociedad acerca de su propia identidad previa a ser inmiscuida en el entramado de la totalidad de relaciones sociales, económicas, políticas y/oi culturales que se pueden producir a nivel global.

Para una primera aproximación al concepto, Beck sugería que la globalización puede ser entendida como aquellos procesos a través de los cuales los Estados se entremezclan e imbrican mediante actores transnacionales y sus respectivas probabilidades de poder, orientaciones, identidades y entramados varios.

Empero, la globalización no es lo mismo que la conectividad. De hecho, resulta dable aclarar que la globalización es sólo el volumen de uso de la conectividad, la cual es entendida como la creciente capacidad de interacción a través de las redes de transporte, energía y comunicaciones.

Impulsar la conectividad es imprescindible para mejorar la vinculación de las sociedades e impactar positivamente en sus estructuras productivas, logrando así promocionar las nuevas relaciones de producción propias de la denominada economía del conocimiento.

Dicho esto, resulta irrefutable que la conectividad es una necesidad fundamental de la era actual. El auge de las redes de comunicación, la big data, la infotecnología, la inteligencia artificial, el 5G y las criptomonedas son sólo algunos ejemplos de otros tantos servicios y productos logrados a partir de la planificación de políticas públicas que incentivaron la promoción de la investigación y el desarrollo de infraestructura crítica para la innovación.

Este contexto propició escalonadamente el origen del ciberespacio y delimitó una «nueva frontera digital» que, dado su carácter transnacional y no territorial, desafía la soberanía de los Estados y se convierte en un nuevo teatro de operaciones para la concreción y el resguardo del interés nacional.

Estas características, rasgos y tendencias que continúan moldeando el escenario internacional conllevaron a que también las tensiones y conflictos (que otrora se desarrollaban casi exclusivamente en el plano político-militar) se produzcan en nuevas dimensiones de carácter económico-tecnológico y en donde reviste de total importancia la «geoconectividad». Sin ir más lejos, el escalonamiento de las tensiones en torno al enfrentamiento tecnológico-comercial entre Estados Unidos y la República Popular China fue -y es- un ejemplo de ello.

El caso argentino en la «conectografía» mundial

El reconocido analista internacional de origen indio,  Parag Khanna, va más allá de los planteos preliminares y plantea la existencia de un nuevo orden mundial de «conexión». El mismo está signado por la emergencia y rápida expansión de redes que posibilitan la transferencia eficaz y eficiente no sólo de bienes y capital, sino también de conocimientos y tecnología.

Esta extensa conectividad geográfica global o «conectografía planetaria» se plantea como otra forma de estudiar y debatir la geografía, en función de dimensiones estratégicas como la construcción y el resguardo de infraestructura crítica o de cadenas de valor agregado de interés en términos geopolíticos y geoeconómicos.

Reflexionando en tal sentido, los incipientes debates académicos plantean que uno de los desafíos mundiales al desarrollo de la conectividad es la disputa contemporánea por la implementación de la red de cables submarinos.

Estos cables, que suman un total de 530 alrededor del mundo, son la base de la red global de telecomunicaciones que posibilitan el uso de Internet. Más allá del imaginario vulgar por el cual vinculamos la conectividad a una necesidad exclusivamente espacial y vinculada al uso de satélites, solo el 1% de la transferencia de datos a nivel mundial se transmiten por esta vía, mientras que el restante 99% viaja por redes de cables submarinos tendidos en los lechos marinos a escala global.

Mapa de cables submarinos, TeleGeography, https://www.submarinecablemap.com/

Frente a este panorama, la dotación de fibra óptica es un objetivo que reviste de importancia geoestratégica y que todo Estado debe contemplar y valorar como un activo crítico y vital.

En el caso de Argentina, «Firmina» es el nombre del último cable submarino que comenzó su funcionamiento a principios de este año e ingresó al país a través de una estación de amarre localizada en el balneario de la ciudad de Las Toninas, perteneciente al Partido de la Costa de la Provincia de Buenos Aires.

Su instalación estuvo a cargo de las empresas Google y Telxius y requirió el tendido de alrededor de 13.500 km de cable desde Myrtle Beach (playa ubicada en Carolina del Sur, en la costa este de Estados Unidos) hasta el balneario bonaerense.

Este nuevo tendido fue realizado con el objetivo de mejorar el funcionamiento y la prestación del servicio que brinda «Tannat», otro cable puesto en funciones en el año 2020 y gestionado por la misma empresa estadounidense en conjunto a Alcatel.

Empero, también se encuentran tendidos otros cables como el «Malbec», «SAM-1», «Atlantis II» o el «Unisur» operados por otras firmas joint venture o conglomerados creados para tal fin.

Exceptuando las especificaciones de seguridad técnicas y operativas del servicio, es interesante al menos advertir que el requerimiento logístico necesario para su funcionamiento involucra la garantía de seguridad del tendido físico de estos cables en el balneario argentino.

En un contexto de mayor vulnerabilidad a ataques cibernéticos o por medio del empleo de vehículos no tripulados (sin posibilidad de ser identificados), el empleo de los medios adecuados y pertinentes para el resguardo de la transferencia y el almacenamiento de la información se traduce como un imperativo estratégico crucial para nuestro Estado nacional.

 

* Licenciado en Ciencia Política y Relaciones Internacionales (UCALP). Profesor de Relaciones Internacionales (UCALP). Diplomado en Estudios Estratégicos Chinos (UNDEF). Miembro investigador del Centro de Estudios Chinos (IRI – UNLP). Coordinador del Área Estudios Internacionales (IAPE – UCALP).

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