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EL EQUILIBRIO MILITAR ENTRE EEUU Y VENEZUELA

Roberto Mansilla Blanco*

Las tensiones en aguas caribeñas entre EEUU y Venezuela ante la operación antinarcóticos impulsada por Washington obliga a realizar un ejercicio comparativo en cuanto al equilibrio militar. En este sentido es claramente perceptible la abrumadora disparidad, favorable a EEUU, en cuanto a la medición de fuerzas militares con Venezuela.

Desde que en 1942 abriera una delegación militar en la sede del Ministerio de Defensa de Venezuela en Fuerte Tiuna (Caracas), EEUU ha sido el principal socio militar y económico venezolano. No obstante, la llegada de Hugo Chávez al poder (1999) ha repercutido en un drástico viraje geopolítico que le ha permitido a Venezuela concretar nuevos socios militares en potencias relevantes como Rusia, China e Irán y aliados regionales como Cuba y Nicaragua.

Como consecuencia de ello, EEUU pasó de ser el principal aliado a convertirse en probablemente el más acérrimo enemigo del «chavismo». En 2000, el presidente Hugo Chávez ordenó cerrar definitivamente la anteriormente mencionada delegación militar estadounidense en Caracas. En 2005 decretó la ruptura de intercambios militares entre ambos países. El gobierno de George W. Bush (2001-2009) aplicó una legislación de embargo para la venta de armas a Venezuela, lo que acrecentó el distanciamiento definitivo entre Washington y Caracas. La Unión Europea (UE) hizo lo mismo en 2017.

La nueva doctrina militar bolivariana adoptada en 2004 contempla conceptos estratégicos como la «guerra asimétrica» y la «guerra popular contra el imperialismo» enfocada ante la previsión de tensiones geopolíticas crecientes con una potencia militar como EEUU.

La Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB)

Estructura: el presidente de la República Bolivariana de Venezuela Nicolás Maduro Moros es el Comandante en Jefe de la FANB. El ministro del Poder Popular para la Defensa es Vladimir Padrino López, en el cargo desde 2014.

De acuerdo con el portal del Ministerio del Poder Popular para la Defensa de Venezuela, el organigrama militar venezolano está dividido en:

    1. Comando Estratégico Operacional de la FANB (CEOFANB)
    2. Ejército Bolivariano
    3. Armada Bolivariana
    4. Aviación Militar Bolivariana
    5. Guardia Nacional Bolivariana (GNB)
    6. Milicia Bolivariana (MB)

El Ejército Bolivariano está constituido por 29 brigadas divididas en siete regiones: Occidental, Los Andes, Capital, Central, Oriental, Los Llanos y Guayana. Existen tres grandes comandos: Cuerpo de Ingenieros, Comando de Aviación y Comando Logístico. Dispone de un personal de 300.000 efectivos activos y otros 430.000 de reserva.

En 2021, la FANB creó las Unidades de Reacción Rápida (URRA) de infantería ligera que, bajo el mando de la CEOFANB), está basada en la doctrina del Sistema Defensivo Territorial y la fusión cívico-militar-policial articulado por las Regiones Estratégicas de Defensa Integral (REDI).

La nueva doctrina militar bolivariana le ha permitido a la FANB fortalecer una industria militar propia, destacando la fabricación del vehículo táctico Tiuna para transporte ligero estándar de tropa, contando con hasta 9 modelos, entre ellos antitanque, antiaéreo y policía militar. El Ejército venezolano también presentó el fusil de precisión «Catatumbo».

En cuanto a la Milicia Bolivariana es un cuerpo creado por ley orgánica en 2008 y elevada a rango constitucional. La MNB está conformada por dos estratos: la Reserva Nacional y la Milicia Territorial. También existen los Cuerpos Especiales de Resistencia, contingentes de trabajadores de empresas e instituciones nacionales.

Si bien no existen fuentes completamente fiables sobre su número de efectivos se estima que desde 2020 cuenta con cuatro millones de combatientes activos, siendo el componente más numeroso de la FANB y erigiéndose como una especie de «cuerpo pretoriano» en defensa de la «revolución bolivariana y socialista».

Debe destacarse que el poder militar efectivo de Venezuela se ha visto severamente afectado por las recurrentes crisis económicas que ha vivido el país en la última década (sanciones internacionales desde EEUU y embargos de armas incluidos), corrupción estructural e infraestructura deteriorada.

Presupuesto: Para 2023, el presupuesto total de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) asciende a US$ 1.929.600.000.

Por su parte, el portal Global Firepower, utilizando fuentes del Banco Mundial y del SIPRI estima que Venezuela gastó aproximadamente US$ 4.093 millones en defensa en 2023. Esta cifra supone que el gasto público en defensa en 2023 alcanzó el 0,5% del PIB, una caída de 0,15 puntos respecto a 2022, cuando el gasto fue el 0,65% del PIB. Según el Military Power Ranking 2025, Venezuela ocupa el puesto 52 a nivel mundial en cuanto a gasto militar mientras que en el ranking 2025 de Global Firepower ocupa el puesto 50.

Socios exteriores: Rusia se ha convertido en el principal proveedor de armamento para el Ejército venezolano. En 2005, Moscú abrió en Venezuela la primera fábrica de fusiles Kalashnikov en el extranjero, dotando de 100.000 fusiles AK-103 al Ejército venezolano. En 2007 Caracas compró otros de 5.000 rifles Dragunov para francotirador.

De acuerdo con el SIPRI, Venezuela es el sexto mayor comprador de armas rusas. Desde 2013, Vladimir Putin y Maduro se han reunido una decena de veces y suscrito más de 350 acuerdos. Entre 2004 y 2018 Moscú concedió US$ 34.000 millones en créditos a Caracas para que le comprara armas, entre ellas cazas Su-30Mk2 y sistemas antimisiles S-300. El fusil reglamentario de las FANB es el AK-47, que va a fabricar con licencia rusa en la ciudad de Maracay, a 100 kilómetros de la capital Caracas.

En 2011 Venezuela recibió 35 carros de combate T-72B1, 16 BMP-3, 32 BTR-80A, 24 lanzacohetes móviles BM-21 Grad, el obús autopropulsado 2S19 MSTA-S, todos ellos de fabricación rusa. Están en servicio 92 tanques T-72B1, 150 BTR-80A, 50 BM-21 Grad y más de 50 2S19 Msta-S en el Ejército.

La Fuerza Aérea venezolana cuenta también con unos 20 cazambombarderos Sujoi Su-30MK2 de origen ruso, que sustituyen a los F-16 estadounidenses. El Comando de Defensa Aeroespacial Integral cuenta con sistemas de misiles antiáereos S-300VM de largo alcance, Buk-M2E de medio alcance y S-1252M Pechora de corto alcance, todos de origen ruso.

De acuerdo con el portal OSINTdefender, utilizando fuentes del canal ruso Rybar, en el marco de la crisis actual entre EEUU y Venezuela, Rusia habría desplegado drones Shaded-131/136 de fabricación iraní para detener cualquier eventual intervención estadounidense en Venezuela.

Por su parte, China ha firmado acuerdos de cooperación militar y de defensa con Caracas, que incluyen venta de armas, entrenamiento y transferencia tecnológica.

En 2024 Irán exportó a la FANB misiles CM-90, una versión del misil anti-crucero iraní Nasir (ASM) Teherán también ha suministrado a Venezuela drones armados Mohajer-6.

Las Fuerzas Armadas de EEUU

A diferencia de la FANB, las Fuerzas Armadas de EEUU (U.S. Armed Forces) tienen ámbito de actuación internacional con más de 700 bases militares en todos los rincones del planeta y 4.800 sedes en 160 países. Esta condición convierte a EEUU en la principal potencia militar a nivel mundial, sólo rivalizada por Rusia y China, precisamente aliados militares y geopolíticos de Venezuela.

Estructura: con sede en el Pentágono (Condado de Arlington, estado de Virginia), las Fuerzas Armadas (FF.AA.) de EEUU están cohesionadas en torno al Departamento de Defensa de EEUU. El presidente Donald Trump es el Comandante en Jefe de las FF.AA. de EEUU. El actual secretario de Defensa es Pete Hegseth, en el cargo desde enero de 2025.

En cuanto a fuerzas están divididas de la siguiente forma:

    1. Ejército de los EEUU (U.S. Army). Entre sus cuerpos destaca el Cuerpo de Marines de los EEUU (U.S. Marines);
    2. Armada de los EEUU (U.S. Navy);
    3. Fuerza Aérea (U.S. Air);
    4. Fuerza Espacial (U.S. Space);
    5. Guardia Costera (U.S. Guard);

Poseen además dos componentes de reserva: la Guardia Nacional del Ejército (The Army National Guard) y la Guardia Nacional del Aire (Air National Guard).

El Departamento de Defensa cuenta con 11 Comandos Combatientes (Combatant Commands, COCOM): Africa Command; Central Command; Cyber Command; European Command; Indo-Pacific Command; Northern Command; Southern Command; Space Command; Special Operation Commands; Strategic Command; Transportation Command.

El Departamento de Defensa coordina igualmente los distintos cuerpos de inteligencia y de seguridad. Destacan aquí agencias civiles como la Agencia Central de Inteligencia (CIA), centrada en inteligencia exterior, y agencias de aplicación de la ley como la Oficina Federal de Investigación (FBI), que aborda el terrorismo y la ciberdelincuencia en el ámbito nacional. Otras entidades importantes son la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), encargada de la inteligencia electrónica y el cifrado y el Servicio Secreto de los Estados Unidos (USSS).

Presupuesto: el portal del Departamento de Defensa calcula en US$ 840 mil millones el presupuesto en defensa de EEUU.

Efectivos: el Departamento de Estado informa que las FF.AA. de EEUU cuentan con 3,4 millones de efectivos entre personal militar y civil activo.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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VENEZUELA: EL PACTO DE LAS ELITES

Roberto Mansilla Blanco*

Un año después de las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, denunciadas por la oposición venezolana y una buena parte de la comunidad internacional como fraudulentas, se abordan varias interrogantes sobre la realidad venezolana: ¿cómo y por qué se mantiene Nicolás Maduro en el poder?; ¿se ha consolidado una nueva estructura de poder en Caracas?; las recientes presiones externas, principalmente desde EEUU, ¿adquirirán la dimensión de una invasión militar similar a la ocurrida en Panamá en 1989?

El contexto venezolano parece demostrar una nueva realidad. Pese a las presiones y sanciones desde el exterior, principalmente por parte de EEUU, es perceptible que se está afianzando una nueva estructura de poder en Caracas conformada por diversas elites políticas, económicas y burocráticas obligadas a entenderse.

La nueva realidad: «despolitización» por «estabilidad»

Esta estructura de poder de naturaleza tecnócrata pero con aspiraciones oligárquicas ha demostrado igualmente su capacidad de elasticidad y resiliencia, propiciando el «pacto inter pares» entre viejas y nuevas elites que se han erigido durante más de dos décadas de «revolución bolivariana y socialista». El vocabulario popular en Venezuela identifica a estas elites como la «boliburguesía».

Entre sus objetivos parece establecerse uno especialmente estratégico: despolitizar a la sociedad venezolana con la finalidad de reducir los canales de polarización y de radicalización en aras de garantizar un clima de estabilidad que permita propiciar la recuperación económica y la normalización de la vida política que, en el fondo, se traduce en una «domesticación» de los sectores opositores más radicales.

Las elecciones ya no son un termómetro definitivo para medir la realidad política venezolana ya que, a base de coerción y sanciones contra candidaturas disidentes y negociaciones con diversos sectores políticos opositores, han pasado a ser un mero apéndice instrumentalizado para barnizar la legitimidad del régimen «madurista».

Un sector de la oposición ha entrado en el juego político y electoral de Maduro participando en estos comicios bajo la perspectiva de normalizar la situación política, muy polarizada en los últimos años ante los distintos pulsos por la legitimidad del poder, en especial durante lo que se denominó coloquialmente como el «interinato presidencial» de Juan Guaidó (2019-2022) que, a pesar de que en su momento contó con un elevado reconocimiento internacional (aproximadamente unos 60 países incluyendo la primera presidencia de Donald Trump) terminó por recrear una ficción de bicefalia de poder en su pulso contra Maduro, ocasionando una progresiva erosión e incluso deslegitimación de las estrategias políticas opositoras.

Los recientes comicios municipales del pasado 27 de julio han confirmado este diagnóstico sobre la “nueva realidad de poder” en Venezuela, con un arrase vencedor del 85% de candidaturas “maduristas” en las 335 alcaldías nacionales. La baja participación electoral (abstención del 69%) reafirma igualmente el desencanto y el desinterés ciudadano por la contienda política ante el ventajismo oficialista y la configuración de nuevas elites de poder menos proclives a la confrontación política.

De este modo, la líder opositora María Corina Machado se encuentra cada vez más aislada y con menos margen de maniobra política, al igual que el líder en el exilio y candidato opositor contra Maduro en 2024, Edmundo González Urrutia, reconocido por una veintena de países como el ganador de las elecciones presidenciales de julio de 2024.

No obstante, y a pesar de las estrategias de «normalización» y de «estabilidad», en Venezuela siguen existiendo presos políticos. De acuerdo con la ONG Foro Penal Venezolano, con cifras actualizadas este 18 de agosto de 2025, existen en este momento 815 presos políticos en el país, de los cuales 169 son militares, 98 mujeres y 4 adolescentes. Recientemente fueron liberados unos 57 presos políticos. El régimen «madurista» utiliza las medidas de excarcelación y de encarcelamiento de nuevos dirigentes políticos, estudiantiles y vecinales como una estrategia de coerción y de disuasión política con similitudes con otros regímenes como el cubano.

La elevada cifra de militares puede igualmente intuir un proceso de preventiva purga interna dentro de la FANB, cuya estructura de mando fue renovada tras los ascensos militares de julio pasado. En medio de presiones exteriores ante las acusaciones de vínculos con el narcotráfico y bandas criminales, en estos ascensos se reforzó el poder del ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, en el cargo desde 2014 siendo hasta ahora el ministro de Defensa con mayor duración en el cargo en la historia contemporánea de Venezuela, así como de altos mandos fieles al régimen.

Consciente del apoyo mayoritario de los cuadros militares dentro de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), probablemente el principal actor de poder en Caracas con un elevado nivel de capacidad coercitiva a través de los organismos de seguridad estatales (SEBIN, FAES, GNB), el «madurismo» ha apostado por la desideologización, tomando distancia del frenesí ideológico predominante durante el mandato del presidente Hugo Chávez (1999-2013)

Incluso la familia Chávez y otros líderes «chavistas» ha sido preventivamente apartados del centro de poder, desplazada por el predominio del «triunvirato» conformado por el matrimonio presidencial de Maduro y Cilia Flores (la «Primera Dama Combatiente»); los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez; y el siempre omnipotente Diosdado Cabello, un ex militar que controla grandes porciones de poder en la FANB, la burocracia del oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), las elites económicas «boliburguesas» e incluso algunos medios de comunicación, en especial el canal estatal Venezolana de Televisión (VTV), donde tiene un programa propio, «Con el Mazo Dando».

Por otro lado, los datos económicos parecen demostrar avances en aras de propiciar la estabilización. Si bien fuentes privadas cuestionan los índices oficiales, el gobierno reportó un crecimiento del 7,1% del PIB para el primer semestre de 2025, elevando esas expectativas al 9% para final de año, gracias a la recuperación de la industria petrolera (producción de 1,1 millones de barriles diarios) y la minería. De acuerdo con datos del gobierno, Venezuela ha experimentado 17 períodos consecutivos de crecimiento económico, aparentemente dejando atrás las dificultades acaecidas durante el período 2015-2019. El turismo también ha recuperado ciertos niveles de productividad.

No obstante, la inflación se prevé que terminará en un 200% este año. Se estima igualmente que las remesas desde la diáspora disminuirán este 2025, afectando un importante flujo de divisas. Aquí juega un papel clave la recuperación económica, que ha permitido el regreso de diversos emigrantes; y las políticas antiinmigración en diversos países, especialmente EEUU.

Trump y la presunta «invasión»: ¿farol o disuasión preventiva?

Pero las presiones exteriores siguen su curso. Washington ha ofrecido una recompensa de US$ 50 millones por la cabeza de Maduro acusándolo de liderar una organización de narcotráfico, el Cartel de los Soles.

Mientras avanzaba en la cumbre en Alaska con su homólogo ruso Vladimir Putin para discutir la posibilidad de resolución del conflicto en Ucrania, el presidente estadounidense Donald Trump autorizó la realización de ejercicios navales militares en el Caribe en una operación oficialmente definida como «antiterrorista y antinarcotráfico». Trump apuntó contra cinco carteles de la droga y dos grupos criminales de carácter transnacional: la salvadoreña Mara Salvatrucha y el venezolano Tren de Aragua.

El mensaje de Trump parece imprimir un clima de presión coercitiva contra el régimen de Maduro ante las acusaciones de su participación en el tráfico de drogas hacia EEUU. El contexto es clave en un momento en que las deportaciones de inmigrantes ilegales por parte de Trump han llegado a miles de venezolanos residentes en EEUU.

Ante los ejercicios navales estadounidenses en el Caribe, Maduro ha respondido anunciando la movilización a más de cuatro millones de reservistas, lo que igualmente puede interpretarse como una estrategia de legitimación y de «unidad nacional» pero también de disuasión hacia los sectores opositores, algunos de ellos con contactos en Washington, particularmente ante cualquier tentativa sediciosa.

Estas estrategias estadounidenses de ejercicios navales en el Caribe han explotado hasta la saciedad diversas comparaciones con acciones del pasado como la invasión a Panamá de 1989 o las de Haití en 1994 y 2004. Pero la Venezuela de 2025 choca con otra realidad: una es la operatividad en el terreno, ya que Venezuela no es un istmo como el panameño ni una isla antillana como Haití sino que forma parte de la masa continental, lo cual requiere una logística mucho mayor en caso de necesidad de desembarco, más allá de posibles bombardeos quirúrgicos contra instalaciones militares venezolanas desde portaaviones y bases en el Caribe. Por otro lado, Washington necesitaría de aliados internos poderosos en Venezuela, con especial influencia dentro de la FANB, para acometer una eventual invasión que derroque a Maduro.

Otro factor tiene que ver con los apoyos externos de Maduro (Rusia, China, Irán), que tienen también sus intereses geopolíticos y geoeconómicos en Venezuela pero que, en caso de una invasión liderada por EEUU, es probable que no cuenten con la capacidad operativa para asistir a su aliado venezolano más allá de las consecuentes protestas diplomáticas ante los foros internacionales en caso de una hipotética invasión militar estadounidense.

Si bien se habla de la presencia del Grupo Wagner en Venezuela así como de presuntos milicianos del Hizbulá libanés y de la Guardia Revolucionaria Islámica iraní, su capacidad de defensa coordinada con la FANB y otros organismos como la Milicia Popular Bolivariana no parece ser tan contundente a la hora de repeler una tentativa de invasión exterior. La crisis de Oriente Medio, particularmente el enfrentamiento entre Israel e Irán, también condiciona la operatividad en Venezuela de estos grupos armados libaneses e iraníes.

Por otro lado, el presidente colombiano Gustavo Petro acordó la creación de una fuerza binacional con Venezuela condenando las presiones estadounidenses de una eventual invasión. Un enfoque similar podría adoptar otro gobierno de izquierda como el de Lula da Silva en Brasil. En el caso colombiano, convulsionado políticamente tras la muerte del político Luis Uribe Turbay, víctima de un atentado en junio pasado, los ejercicios navales estadounidenses argumentando la «lucha contra el narcotráfico y el terrorismo» también suponen un motivo de preocupación para el gobierno de Petro, aliado de Maduro.

Así mismo, Guyana, con recientes tensiones militares con Venezuela por la soberanía del territorio Esequibo, ha denunciado que la mayor parte de la droga que se consume en este país viene desde Venezuela y se traslada hacia Europa y África Occidental.

Como un émulo de su guerra arancelaria contra diversos países, la apuesta de Trump parece más bien orientada al carácter disuasivo y preventivo contra Maduro. Una operación militar en Venezuela requiere del apoyo del Senado y del Congreso, donde Trump cuenta con mayoría. Por otro lado, las crisis de Ucrania y Oriente Medio (Gaza e Irán) ocupan mayor atención en Washington aunque las mismas están indirectamente ligadas al caso venezolano, tomando en cuenta las alianzas exteriores de Maduro.

En el caso venezolano, Trump parece más bien interesado en asegurar con Maduro canales de negociación para la expatriación de venezolanos en situación irregular en EEUU así como concesiones para el retorno de operaciones a Venezuela de multinacionales como Chevron y posicionarse con fuerza en el apetecido mercado energético venezolano, donde aliados de Maduro como Rusia, China, Irán, Turquía e India, entre otros, cuentan con mayores ventajas. Por otra parte, Maduro ansía alcanzar algún nivel de reconocimiento por parte de Washington, factor que puede propiciar algunos canales de entendimiento con Trump a pesar de las coercitivas presiones exteriores.

En cuanto al contexto hemisférico, la Venezuela de Maduro ha perdido peso protagónico geopolítico incluso fragmentando sus apoyos en el espacio de las izquierdas. El avance de la derecha a nivel continental en Ecuador, Bolivia, EEUU y Argentina, a la espera de las elecciones presidenciales chilenas, condiciona esos apoyos exteriores para un Maduro que, no obstante, aún cuenta con el respaldo de aliados fieles como Cuba y Nicaragua y el tácito apoyo por parte de gobiernos de izquierdas en países con peso político como México, Brasil y Colombia.

En términos migratorios y de extensión de redes delictivas venezolanas hacia otros países (principalmente el ya mencionado Tren de Aragua), la crisis venezolana se ha convertido en motivo de preocupación para la seguridad hemisférica, un factor que muy probablemente se acentuará si detrás de la reciente presencia naval estadounidense en el Caribe se esconde algún tipo de iniciativa de intervención militar y política directa en los asuntos venezolanos.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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IRÁN TRANSFORMA ORIENTE MEDIO

Roberto Mansilla Blanco*

En vísperas de una estratégica cumbre de la OTAN en La Haya en la que se acordó elevar hasta un 5% el gasto militar del PIB de cada país miembro, el presidente estadounidense Donald Trump esperaba alcanzar una tregua duradera entre Israel e Irán tras los inéditos ataques ordenados por Washington el pasado 21 de junio contra tres instalaciones nucleares iraníes: Fordow, Isfahan y Natanz.

El contexto de la tregua parecía propicio tras el desgaste de casi dos semanas de bombardeos en las que EEUU debió incluso intervenir. No obstante, el cruce de acusaciones entre Tel Aviv y Teherán sobre supuestas rupturas de la misma derivó en una dura advertencia de Trump hacia su principal aliado regional, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, instándole a dejar de bombardear objetivos en el país persa.

Por su parte, en Teherán las autoridades iraníes anunciaban la finalización con éxito de la denominada «Operación Promesa Verdadera 2». En Tel Aviv, coaccionado por las advertencias de Trump y la necesidad de reaccionar ante este mansaje iraní, Netanyahu se vio presionado a hacer lo mismo: asegurar que se habían alcanzado los objetivos planteados en la operación «León Naciente» iniciada con su agresión militar a Irán el pasado 13 de junio.

La entrada directa de Trump en la denominada «guerra de los doce días» entre Israel e Irán amenazaba con abrir las compuertas de una escalada bélica regional. No obstante, la unilateral e ilegal decisión de lanzar los bombardeos contra las instalaciones nucleares iraníes, el presidente estadounidense lo quiso justificar posteriormente como un efecto disuasivo hacia Teherán para retomar las negociaciones de su programa nuclear: «Es tiempo para la paz» dijo Trump poco después del ataque, más probablemente con la vista puesta en la cumbre de la OTAN donde iba a acometer otros temas álgidos: Ucrania y los compromisos militares «atlantistas».

Trump navega en las contradicciones «disuasivas»

Pero existe una evidente contradicción discursiva en un Trump que, al retornar a la Casa Blanca, prometió evitar inmiscuir a EEUU en conflictos bélicos exteriores; una crítica muy recurrente en su posición con respecto a la anterior administración de Joseph Biden, entrampado en las guerras de Ucrania y Gaza.

Si bien marca distancias en su apoyo a Ucrania, la realpolitik le ha llevado a Trump envolver a EEUU en la frenética dinámica militarista a través de su imposición del aumento del gasto militar para los miembros de la OTAN y ante la necesidad de mantener el equilibrio estratégico en Oriente Próximo acudiendo en ayuda de su aliado israelí ante la contundente respuesta iraní.

La súbita intervención militar estadounidense contra Irán, la primera que se realiza desde el triunfo de la revolución islámica en ese país en 1979, implica el auxilio de Trump a un Netanyahu arrinconado que comenzaba a observar con inquietud cómo la «Cúpula de Hierro», su joya de la corona de seguridad se mostraba incapacitada para repeler la totalidad de los misiles iraníes lanzados contra su territorio. Obsesionado con el cambio de régimen en Teherán y la neutralización de su programa nuclear, Netanyahu aseguró ir «hasta el final», incluso desautorizando los términos de la tregua de su «aliado-salvador» Trump.

No obstante, como viene siendo costumbre en la Casa Blanca desde que Trump volvió a la presidencia, los mensajes sobre las verdaderas intenciones del ataque contra Irán varían de acuerdo con el contexto. El vicepresidente estadounidense D. J. Vance descartó que Washington busque un cambio de régimen en Irán, defendiendo el argumento disuasivo de Trump de volver a la mesa de negociaciones, pero ahora condicionada por los imperativos geopolíticos estadounidenses. Un día después, vía red social Truth Social, el propio Trump pareció dar un giro de 180 grados al dejar entrever precisamente lo contrario: si es posible un cambio de poder en Teherán, pues bienvenido sea. Y si Israel puede hacer el trabajo sin nuestra ayuda, mejor.

Durante estos doce días de conflicto, esta contradicción discursiva de Trump se hizo patente al manejar diversas opciones: no inmiscuirse en el conflicto exigiendo una tregua; salir en ayuda de su aliado israelí atacando objetivos iraníes; prometer no buscar un cambio de régimen en Teherán para, posteriormente, lanzar enigmáticos mensajes en redes sociales hacia ese cometido; y finalmente reivindicar su actuación militarista como un argumento válido para «alcanzar a paz» y obligar a Irán a retomar la mesa de negociaciones sobre su programa nuclear. Tampoco existió un consenso en las altas esferas de la política estadounidense con respecto a la legitimidad y efectividad del ataque a Irán.

No se debe olvidar que existen incógnitas sobre qué fue lo que realmente sucedió en las conversaciones EEUU-Irán en Omán y por qué fueron súbitamente interrumpidas horas antes del ataque israelí contra Teherán. Como muy bien explica Rafael Poch de Feliu en un clarividente artículo, los EEUU de Trump no parecen ser un actor fiable, aspecto que reforzará aún más los objetivos iraníes por acelerar su programa nuclear como un factor de seguridad y de supervivencia.

El programa nuclear iraní como cuestión de supervivencia

Este escenario no descartaría que, incluso en medio de negociaciones con Washington y ante las manifestaciones tan contradictorias sobre los verdaderos objetivos estadounidenses y su perenne alianza con Israel, Teherán termine retirándose del Tratado de No Proliferación Nuclear (al que ingresó en 1968 en tiempos del sha de Persia) para seguir adelante con su programa nuclear (iniciado en la década de 1950), cometido en el que se presume seguirá teniendo la cooperación de sus aliados Rusia, China, Pakistán, Corea del Norte e incluso Bielorrusia.

Según informó la agencia estatal iraní IRNA News, el gobierno iraní instó al director general de la Agencia Internacional de Energía atómica (AIEA) Rafael Grossi, a «investigar la acción ilegal de EEUU contra los emplazamientos nucleares iraníes». En otro comunicado, la AIEA aseguró que Teherán le transmitió su decisión de continuar adelante con su programa nuclear. Debe recordarse que desde 2003, Irán ha permitido las inspecciones de la AIEA a sus centrales nucleares, con episodios intermitentes de tensiones y rupturas.

Como respuesta a los ataques directos de EEUU, Teherán respondió bombardeando una base militar estadounidense en Qatar, una represalia táctica toda vez que la prudencia se tornó patente al no cerrar, al menos por ahora, el estratégico estrecho de Ormuz. Mientras Trump reprendía a Netanyahu pidiendo el final de los bombardeos, el presidente iraní Masud Pezeshkian lanzaba un mensaje de conciliación hacia EEUU para retomar las negociaciones en condiciones de paridad.

Tras el ataque estadounidense, el ministro iraní de Exteriores Abbas Araghchi viajó inmediatamente a Moscú en una acción que revela el carácter protagónico que tiene Rusia en este contexto como el principal aliado estratégico de Teherán. Si bien el presidente ruso Vladimir Putin condenó el ataque estadounidense mostrando su preocupación por la escalada del conflicto (en la que podría materializarse una intervención rusa en auxilio de su aliado iraní), el Kremlin en ningún momento se comprometió con una inmediata ayuda militar a favor de Teherán. El vicepresidente del Consejo de Seguridad y expresidente ruso Dmitri Medveded lanzó un mensaje más conciliador, que puede revelar los esfuerzos rusos de mediación, instando a Israel e Irán a abandonar sus respectivos programas nucleares.

En Moscú predomina la táctica de prudencia ante los acontecimientos que amenazan con arrastrar a Rusia hacia un nuevo frente de guerra con Ucrania aún en juego. Más allá del apoyo moral a Teherán, la prudencia del Kremlin revela claramente su percepción de que Occidente y el eje «atlantista» buscan abrir en Oriente Próximo un segundo frente que implique para Rusia desangrarse en dos conflictos paralelos, en este caso Ucrania e Irán.

Por otro lado, las autoridades rusas reconocen oficialmente que se avecina un período de recesión económica, en gran medida motivada por el inflacionario gasto hacia el sector militar-industrial para mantener el pulso con la OTAN. Además de la posibilidad de verse arrastrado a un «segundo frente», este contexto económico bien pudo influir en la prudente distancia que mantuvo Moscú a la hora de asistir militarmente a su aliado iraní, sin que ello determine un distanciamiento con el que actualmente es su principal aliado en Oriente Medio.

¿Empate técnico o victoria moral de Irán?

El resultado de la «guerra de los doce días» plantea varias interrogantes: ¿hay un ganador claro o más bien estamos ante un empate técnico?; ¿fue una medición de fuerzas militares entre Israel e Irán con sus respectivos nudos geopolíticos ante la posibilidad de una escalada mayor? Contrario a lo que pregonaban los mass media occidentales, ¿se puede percibir que Irán no está tan debilitado como parecía?

A priori, siguiendo un ejercicio de «suma cero», Netanyahu sale visiblemente derrotado. A pesar de lograr descabezar altos cargos de la cúpula militar iraní, la apuesta aventurera de Netanyahu por derribar el establishment de poder en Teherán se ha visto empañada por una respuesta militar contundente de su adversario, aspecto que cuestiona la eventual superioridad militar israelí. Por otro lado, la súbita entrada de Trump vía ataque directo supone igualmente un revés para Netanyahu, quien se veía acorralado ante la eficacia de los bombardeos iraníes, mostrando así su dependencia del aliado estadounidense.

Más allá de los lazos estratégicos entre Washington y Tel Aviv que perduran independientemente de quién esté al mando en cada país, Trump no ha ocultado su malestar por el desaire de Netanyahu al decidir ir por su cuenta en este conflicto donde ha terminado involucrando a EEUU; una apuesta de Netanyahu que si bien anhelaba no le ha salido como esperaba.

Por su parte, Irán ha demostrado una notable capacidad militar y política en el manejo de la crisis con Israel. Sus misiles, entre los que destacaron los hipersónicos (probablemente de asistencia rusa) penetraron en varias ocasiones las defensas antiaéreas israelíes. A pesar del maremágnum de desinformación existente, Teherán ha demostrado igualmente una astuta cautela para preservar su programa nuclear, disperso en decenas de instalaciones con una protección capaz de resistir en muchos casos los golpes de la aviación israelí.

La capacidad de resistencia y de ofensiva por parte de Irán sobre territorio israelí y objetivos estadounidenses implican para Trump la posibilidad de tantear otros escenarios en su relación con Netanyahu. Las declaraciones contradictorias de Trump dan a entender sus reservas sobre la capacidad israelí para derrotar a Irán, toda vez que Trump podría observar a Netanyahu como un aliado tan necesario como incómodo ante la persistencia del primer ministro israelí por derrotar a Irán a toda costa.

Tras la «guerra de doce días», Washington podría comenzar a trazar una nueva estrategia para mantener el equilibrio en Oriente Próximo. Consciente de la capacidad de resistencia y de respuesta iraní y experto conocedor del lenguaje del poder en las negociaciones y las distancias cortas, Trump buscará mantener el contacto con Teherán con la perspectiva de negociar un nuevo acuerdo nuclear atendiendo los imperativos geopolíticos estadounidenses, una posición que muy seguramente será rechazada por el gobierno iraní. Con ello Trump estaría devolviéndole un poco el desaire a un Netanyahu que, como en el caso del presidente ucraniano Volodymir Zelensky con respecto a la ayuda estadounidense, corre el riesgo de degradar su imagen y verse desplazado en el grado de prioridades de Trump.

Por otro lado, el fracaso de la vocación aventurera de Netanyahu podría persuadir a Trump a trazar un nuevo equilibrio regional vía Arabia Saudita, alterando parcialmente los denominados «Acuerdos de Abraham» de 2020 que implicaban un reconocimiento diplomático entre sauditas e israelíes y que ahora pueden verse desplazados de prioridad ante el estupor a nivel mundial por las masacres en Gaza.

Mientras observa con atención la reorientación geopolítica del nuevo gobierno sirio (a quien Trump llegó a instar a que reconociera la legitimidad del Estado de Israel durante su reciente gira regional), Washington podría ahora reorientar sus prioridades regionales hacia Arabia Saudita, restándole peso prioritario a Israel sin que ello signifique marcar distancias con Tel Aviv. Está por verse igualmente si Trump y Netanyahu mantendrán intactas sus expectativas de generar un cambio de poder en Teherán, un escenario que hoy parece mucho menos probable tomando en cuenta que la «guerra de los doce días» parece haber legitimado aún más al establishment de poder iraní.

Trump rompe la baraja en Irán ante un Netanyahu que muestra su dependencia de la ayuda militar, diplomática y de inteligencia estadounidense toda vez que lanza un ultimátum al sistema de leyes y normas internacionales, incapaces de detener la posibilidad de esa escalada conflictiva en Oriente Medio. Trump sólo cree en la unilateralidad de sus decisiones, desconfiando incluso de aliados estrechos como Netanyahu.

Como ha sucedido con la guerra de Ucrania, Europa vuelve a ser un convidado de piedra, incapaz de articular una política decisiva más allá de ciertas negociaciones en Ginebra con diplomáticos iraníes. Alemania, Francia y el Reino Unido se alinearon directamente a favor de Israel enviando asistencia militar.

Por otro lado, la mayor parte de los países árabes no han condenado el ataque de Trump, lo cual evidencia sus intenciones prioritarias de observar si el enfrentamiento con Israel termine debilitando a un rival regional como Irán. Otro actor como Turquía, cuya política es cada vez más desafiante y crítica con Israel manteniendo relaciones intermitentes con Irán, ha demostrado igualmente su capacidad de mediador.

Israel: dilemas existenciales

Durante décadas Occidente presentó a Israel de manera propagandística como la «única democracia en Oriente Medio». No obstante, la política y sociedad israelíes han derivado en los últimos tiempos en un Estado étnica y religiosamente intransigente, precisamente coincidiendo con las diversas etapas de Netanyahu en el poder (cinco mandatos entre 1996, 2009 y desde 2021)

Las guerras de Gaza e Irán podrían tramitar dilemas e inesperados conflictos políticos y sociales internos. Ante la masacre de palestinos en Gaza, la sociedad israelí apenas ha mostrado alguna manifestación de condescendencia, solidaridad y mea culpa. La intransigencia oficialista afecta igualmente la condición de los árabes dentro del Estado de Israel, tratados como ciudadanos de segunda clase. Salvo en los casos de Egipto, Jordania, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, al fracaso histórico y diplomático de Israel por alcanzar la legitimidad y la paz con sus vecinos árabes como mecanismo de seguridad se le une ahora la sensación de vulnerabilidad ante la respuesta militar iraní.

Israel es también dependiente de la ayuda exterior vía lobbies como la influyente American Israel Public Affairs Committee (AIPAC) en EEUU. No obstante, el carácter laico estatal, las fuerzas religiosas ultraortodoxas y ultranacionalistas pujan por dominar el debate público, a menudo al lado de fuerzas sionistas nacionalistas. Algunos apoyan el carácter mesiánico del «Gran Israel», objetivo clave para Netanyahu y sus aliados políticos. Otros grupos religiosos desprecian el carácter laico del sionismo fundador del Estado de Israel. Incluso algunos de esos grupos muy minoritarios, dentro y fuera de Israel, han manifestado su solidaridad con Palestina.

La naturaleza política del Estado de Israel observa un tipo de régimen parlamentario pero fuertemente determinado por la existencia de lobbies, principalmente vinculados al poderoso complejo militar-industrial; la influencia de los colonos en los territorios ocupados (Gaza, Cisjordania, Altos del Golán y sur del Líbano), cuyos movimientos políticos son básicamente ultraderechistas y nacionalistas; y la diáspora judía, principalmente la existente en Europa, EEUU y Magreb.

Así, el carácter laico del Estado es cada vez más erosionado por el aumento de fuerzas ultrarreligiosas mesiánicas. El sionismo se está transformando de un movimiento laico y comunitario de tintes socialistas a una plataforma dominada por sectores ultranacionalistas y religiosos mesiánicos en la que Netanyahu se ha convertido en su principal aglutinador a través de la idea del «Gran Israel».

La complejidad del mosaico étnico israelí, en la que conviven judíos, árabes, palestinos, cristianos armenios, arameos, drusos y otras minorías étnicas y religiosas, ha dado paso igualmente a una especie de «racismo institucionalizado» no sólo hacia los no judíos sino también hacia miembros de esta comunidad provenientes de países árabes y africanos, especialmente Sudán, Somalia y Etiopía. En los debates parlamentarios en la Knesset se han observado situaciones rayanas en el autoritarismo más rancio y el desprecio por el disenso, con diputados israelíes y árabe-israelíes expulsados del hemiciclo por criticar la guerra en Gaza y el trato hacia los palestinos.

Dentro de esta deriva ultranacionalista y religiosa que se acopla al carácter militarista del Estado israelí (el servicio militar es obligatorio mientras existe un ejército de reservistas igualmente influyente en la política), los ataques iraníes han provocado que miles de israelíes huyan del país, incluso con pretensiones de no regresar a un «nuevo Israel» del cual ellos mismos aseguran ya no reconocen. Así, el miedo social podría derivar en otro dilema existencial que ponga en duda la pretendida fortaleza de los cimientos del Estado israelí.

Diversas voces vienen igualmente denunciando que esta deriva autoritaria e intransigente podría estar instrumentalizando una especie de «teocracia sionista», un émulo no muy diferente por cierto de la naturaleza del régimen político que permanece en el poder en Teherán desde 1979. Así, y a pesar de las pretensiones de Netanyahu y Trump por derribarlo, el giro político que está tomando Israel pareciera levemente asimilarse al de su eterno enemigo iraní.

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE UU y América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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