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EL OBJETIVO FINAL

F. Javier Blasco*

Todo aquel que estudia, define, trabaja o aplica cualquier tipo de estrategia, sabe que en todas ellas siempre deben aparecer, claramente marcados y definidos, una serie de objetivos, esfuerzos, el punto decisivo también conocido como el centro de gravedad porque su dominio declina la balanza a su favor, derrumba las previsiones del adversario y da pie para, desde el mismo, se puedan lanzar los esfuerzos hacia el conocido como objetivo final con el que una vez tomado, con toda probabilidad, se pueda lograr la situación final deseada; objetivo este, que sin duda alguna marca, lo que se pretende lograr. Objetivo al que generalmente se llega ocupando y asegurando otros intermedios de menor trascendencia. Es de tal importancia que, aunque para el estratega esté bien claro desde el principio, puede presentarse a los demás bajo la apariencia de ser demasiado simple o contrariamente, demasiado complejo o recóndito. Inicialmente, muchas veces, no está bien definido como parte de una estratagema o porque, dado su interés, se trata de ocultar al adversario a base de añagazas, puras mentiras o disfrazando a otros objetivos, secundarios o menos importantes, como si fueran el perseguido, y así distraer y dispersar los esfuerzos del adversario por mantener su statu quo inicial o posición de ventaja.

La experiencia nos muestra muchas veces, que los buenos y mayormente, los intrépidos estrategas, consiguen tales objetivos mediante el devaneo y el ardid, negando clara y públicamente sus verdaderas intenciones para distraer o engañar al contrario y, al mismo tiempo, calmar las tensiones internas entre los integrantes de sus propias fuerzas que ven la maniobra como muy arriesgada o inalcanzable por ser muy costosa en esfuerzos o por estar fuera de lugar o de cualquier tipo de lógica.

Si echamos la vista atrás no hace muchos años, pudimos ver a un candidato Sánchez que negaba repetidas veces que nunca pactaría con Bildu, una persona que aseguraba no poder dormir por las noches si se aliaba con el líder de Podemos para formar gobierno, que prometía traer a España a los golpistas fugados y un endurecimiento de las penas por sedición para evitar todo tipo de golpismo en España.

Dichas cosas, francamente importantes y muy trascendentales como buen cebo, eran necesarias para ocultar sus verdaderas intenciones; sabía que no se podía presentar a la reelección enarbolando otro tipo de banderas, ninguna de ellas por mucho que tratara de justificar a priori; sería su perdición porque ya la simple sospecha de ello, previamente, le costó que se le expulsara de su partido político, cuando al PSOE, aún le quedaba un mínimo de dignidad y unas pocas cabezas allí encuadradas, que pensaban solo en España.

Mientras mentía a propios y extraños, ya estaba urdiendo sus rastreros y deleznables tejemanejes con todos aquellos personajillos para, juntos en un día no muy lejano, cuando calmara a sus huestes, engañara plenamente a la oposición y sus generales de campo cayeran en su trampa, poder llevar a efecto su asalto al objetivo final, que no era otro más que lograr el tremendo debilitamiento o la propia destrucción del Estado.

Sabía y conocía de sobra la perversidad de los pensamientos, ideas e intenciones de cada uno de dichos “socios”. No albergaba ni una sola duda de lo que serían capaces y de que sus grandes exigencias se las irían presentando poco a poco, a medida que fuera necesitando sus fétidos y podridos apoyos para seguir “gobernando” un barco al que él quiere llevar a la deriva en una mar enrabietada o a encallar en un macizo de rocas del que nunca se le pueda rescatar.

Solo había que urdir la forma para poder adormecer a una sociedad, la española, cada vez más alejada de sus sentimientos, de su propia forma de ser y de entender lo que ha sido, es y debe seguir siendo España, enarbolando una democracia incipiente basada en una decente Constitución a la que hay que defender a toda costa y salvarla de todo tipo de embates adversos que pretendan debilitarla, mancillarla y llevarla a la irrelevancia de un país bananero, sin principios, con las libertades básicas recortadas y donde ni siquiera la libertad de opinión y de prensa sea reconocidas y defendidas con energía y decisión cómo valores o principios fundamentales de nuestra convivencia.

Había que enturbiar la mente de un pueblo ávido de “soluciones simples y limpias” para lo que nada mejor que enfurecerle con el certero y no totalmente cierto engaño de la corrupción llevada a cabo recientemente por despóticos políticos que se habían enriquecido a costa de la confianza depositada en ellos por los escaldados españoles cuando estaban hartos de ver tanta corruptela, desvaríos y desgobierno en etapas previas.

La mejor manera para ello, era presentarse como el adalid de la limpieza o la pureza política y aquel que llevará a cabo todo tipo de medidas para atacar y desterrar lo sucio para siempre. Para ello, era preciso contar con manos libres y ofrecer al mismo tiempo plenas garantías de que todo aquello negro y despreciable que ya empezaba a barruntar sobre el horizonte, era pura mentira, elucubraciones y que nunca iba a suceder.

Los pasos iniciales deberían ser cautos y casi secretos para no alertar a nadie, mientras las podridas alianzas iban avanzando a paso firme, había que enfurecer y degradar a la oposición para presentarla como el ejemplo negacionista que nunca facilitaría la labor de limpieza que necesitaba España y por lo tanto, debido a la debilidad numérica en escaños del partido del gobierno, no tenía más remedio que tomar la “obligada” senda de una especie de pactos que se iniciaron con un ignominioso abrazo y que, a estas fechas, todos sabemos hasta donde han llegado, aunque mucho me temo, que no es el final de esta triste historia, sino, que estamos en un paso intermedio, ya que pronto conoceremos que habrá más.

La sed de aberrantes peticiones rocambolescas —a modo de objetivos intermedios— por parte de los partidos claramente declarados enemigos de España, para que Sánchez se mantenga en su desprestigiada poltrona, es inagotable. Los escándalos que su concesión provocan, son rápidamente aplacados por otros escándalos más grandes si cabe. Es muy difícil mantener un guion de protesta y denuncia porque son tantos los embrollos y aparecen tan rápidamente, que ni el ciudadano ni el político que se sienta en la bancada opuesta es capaz de asimilar, estudiar y desmenuzar adecuadamente.

Es tanta la rapidez en legislar de forma exprés e “inusual en condiciones normales”, que los errores de bulto que se están ocasionando ya empiezan a ser grandes, notorios y muy difíciles o imposibles de arreglar; pero la aparente debilidad de los oponentes, la separación de ideario e intereses entre ellos y el claro afán por sobrevivir de todos a solas, sin ser catalogados cómo lacayos o mamporreros del principal partido de la oposición, hace que los esfuerzos por denunciarlos a la opinión pública sean fútiles o banales y no lleguen a todo aquel español de buena cepa a los que deberían llegar. Los españoles están confundidos y despistados, no hay otra forma de explicar la situación que vivimos.

Entre otros muchos e importantes objetivos intermedios logrados se encuentran: el dominio de los principales medios de comunicación estatales o no; el favoritismo de la prensa con dadivas o subvenciones a base de contratos propagandísticos y otro tipo de apoyos o subvenciones; provocar la división entre los partidos de la oposición; el ataque y toma de los escalones o actores principales del Poder Judicial (Fiscalía General, Abogacía del Estado, Consejo de Estado, una ya larga serie de tribunales nacionales o regionales y el ostracismo al que se tiene sometido durante años tanto al Consejo del Poder General y al propio Tribunal Constitucional); expulsar a la Guardia Civil de Navarra sin pestañear y, por último, llenar —sin escatimar en nada— al pueblo español de todo tipo de regalías de pequeña monta, que no sirven de mucho, pero que les convence y alegra cómo si fueran niños a los que se les regalan caramelos a las puertas del colegio.

Con todo ello en pleno vigor y efervescencia, el éxito está más que asegurado; sobre todo, si la oposición ha estado jugando como “niñatos” tanto entre ellos, como también internamente con protagonismos fuera de lugar y sin una clara línea de acción.

Estamos, como ya dije antes, ante una situación insostenible, pero el papel, la propaganda intencionada y la mentira bien explicada o justificada con argumentos falaces lo aguantan todo. Cualquier cosa se presenta como un hecho consumado y que, además, es totalmente necesario por el bien general de España, mientras la oposición va a su bola, sin entrar a matar de forma eficaz en aquellos puntos o decisiones fundamentales para la seguridad del Estado.

Dada la escasa reacción del pueblo llano y de los partidos políticos —que de verdad deben pensar en España— a tanto desmán legislativo reciente o a punto de llegar como la Ley del “Si es si”, la abolición del delito de Sedición o que la Malversación sea una cosa a la carta dependiendo de quien la ponga en práctica y todo ello con una clara razón por mantener el trasero del presidente sentado en su sillón.

Ante esta apabullante y creciente situación de desvergüenza, me arriesgo a decir que los siguientes pasos a dar serán la desaparición del delito de Rebelión y que, de una forma u otra, se suprima o modifique el contenido y aplicación del Artículo 155 de nuestra Constitución, últimos bastiones en los que todavía se basa la defensa del Estado.

Cuando esto ocurra, si es que ocurre y no lo remediamos ANTES con nuestro voto unido y potente, se habrá alcanzado el enunciado objetivo final, tan buscado por Sánchez como por todos sus secuaces, asesores y colaboradores.

 

* Coronel de Ejército de Tierra (Retirado) de España. Diplomado de Estado Mayor, con experiencia de más de 40 años en las FAS. Ha participado en Operaciones de Paz en Bosnia Herzegovina y Kosovo y en Estados Mayores de la OTAN (AFSOUTH-J9). Agregado de Defensa en la República Checa y en Eslovaquia. Piloto de helicópteros, Vuelo Instrumental y piloto de pruebas. Miembro de la SAEEG.

ESPAÑA. EL ESTADO DE LA NACIÓN.

F. Javier Blasco*

El pasado día 12, nuestro ínclito y nunca bien ponderado presidente del gobierno protagonizó un acto más en su desbocada carrera hacia el populismo, el marketing y la improductividad. Llevábamos desde 2015 sin que, por diversos motivos ajenos a su voluntad y no tanto, se produjera este tipo de debates que, además de ser más que necesarios, si se hacen como Dios manda, deben servir para que los españoles sepan de verdad cómo estamos, hacia donde vamos y que es lo que nos espera a medio y corto plazo.

Eso es lo que se suponía que debía suceder en esta ocasión; máxime tras tantos años de espera y debido a lo negro que se está poniendo el cielo por culpa de los grandes y compactos nubarrones que, a marchas forzadas, se acercan por doquier y sin posibilidad de escape de tamaña tormenta; pero a pesar de ello, una gran mayoría temíamos o intuíamos que no iba a ser así.

Sánchez, como buen y más que probado escapista, trató de eludir contarnos en qué situación nos encontramos y qué es lo que realmente nos espera, salvo unas pequeñas pinceladas, sin aclarar ni profundizar lo más mínimo, en las que nos puso negro sobre blanco -—para que en su día no se le pudiera achacar el mismo error que a su maestro Zapatero— que la situación económica ya es grave, que va a ir a peor y que por lo tanto, todos, menos casualmente el macro y súper abultado gobierno, su estructura derivada ni su máquina de propaganda, deberemos adelgazar para trata de reducir gastos y economizar esfuerzos que, para todos, menos para los políticos, son superfluos e innecesarios y por lo tanto, fácilmente, podemos pasar sin ellos.

La deuda, el abultado déficit, el paro real no camuflado, el IPC y la consiguiente inflación han llegado a cotas de vértigo a pesar de estar en pleno verano y sin pandemia «oficialmente» y para no salirse del guion, últimamente se nos venía anunciando que Sánchez, el salvador de las situaciones de crisis, a modo de justificación a su «magnífico doctorado en economía», en estas fechas iba a mostrarnos su fórmula magistral con la que salvar a España de todos su males y volver a la normalidad económica y social.

Mientras tanto, y por no seguir sus mismos pasos, el resto de países de nuestro entorno y allende los mares, continuarán sumiéndose en las lagunas turbias y profundas de la desesperación económica y la improductividad. Situación falaz e inventada que, para darle mayor verosimilitud, ya se encargaría de sacar en los momentos oportunos, unos gráficos que apoyaran su teoría, aunque estos se basaran en datos falsos y no citara su autoría, fecha y grado de fiabilidad.

Comenzó llorando a su modo habitual, mostrando la soledad y la incomprensión que le rodea en sus tareas de gobierno, la encarnizada lucha interna en el seno del mismo y las recetas de «brujo» que le llueven desde la bancada contraria, que, según su opinión, solo sirven para confundir y marear al público; mientras él y solo él, se erigía en el «buen doctor» que sabe y conoce bien su trabajo y que siempre aplica una adecuada, efectiva y mesurada forma de actuar.

Tras sus habituales fuegos de artificio, tratando de ofuscar al personal y poner como malos y perversos a la oposición que no le quiere ayudar ni obedecer o seguir a pies juntillas sus propuestas por arcaicas, improductivas y hasta inanes o nefastas para atajar tanto y abultado mal, llegó al momento del «más difícil todavía». Precedido por redobles de tambor y esperando ser objeto de una gran sorpresa que, inicialmente, impidiera evaluar la enjundia, realidad y el calado de sus propuestas, nos lanzó todo el fuego de su artillería.

Una artillería que, tras estudiarla someramente, resultó ser una traca de barrio humilde valenciano en épocas de penurias y recortes presupuestarios, disimulada con algún mediano petardo, intercalado en la tira, para que nos sonara a nuevo, enérgico y original.

Todos esperábamos y sabíamos a ciencia cierta que sus iniciativas no iban a ser sufragadas por un adelgazamiento de su macro aparato gubernativo, estructural y publicitario que alberga a centenares de personajes inútiles, ineptos y paniaguados, aunque eso sí, más que bien pagados, escondidos en ministerios, asesorías y organismos oficiales, mientras España se desangra por sus cuatro costados y que cuando llegue el otoño veremos que sucede con aquellos esos parados reales, aunque denominados ‘fijos discontinuos’ y los cientos o miles de empresas que no puedan afrontar los pagos de sus créditos ICO; aquellos, que con tanta alegría, desenfado y cierta imprudencia se prestaron durante la pandemia y que ahora sus plazos de pago empiezan a vencer irremisiblemente y sin posibilidad de un nuevo aplazamiento que les alivie del mal trago y les permita recuperarse en algo, si es que lo pueden hacer de verdad.

No, sus iniciativas, como era de esperar, esta vez deberían agradar a sus socios de coalición para mantenerlos unidos a su vera para el resto de legislatura y, por ello, venían de la mano de tres parámetros fundamentales: nuevos impuestazos indiscriminados y sin datos reales para evaluar y sangrar los desconocidos beneficios de las empresas energéticas y de los bancos (sorpresa o novedad esta última que a estos les costo más de 6.000 millones de euros en el mismo momento de su anuncio); impuestos, que podemos asegurar que finalmente seremos los españoles de a pie los que, cómo siempre, tendremos que sufragar, de forma más o menos solapada, disfrazados de subidas en las gestiones y en nuevas comisiones que mañana mismo comenzarán a funcionar y que para siempre se quedarán. Por otro lado, volcar dichas ganancias en dadivas o bagatelas que, por su naturaleza y alcance, no favorecen al conjunto de la sociedad y, por último, en desempolvar viejos, costosos y casi irrealizables planes urbanísticos (de la época de Gallardón —el del PP— en la alcaldía de Madrid), en los que, a principios de los noventa, yo mismo jugué un papel de cierta importancia ya que -siendo un joven comandante de Estado Mayor- se me encargó la supresión o el traslado y acomodo a otros acuartelamientos de la mayoría de las unidades ubicadas allí durante muchos años.

Un plan, que todos los presidentes de la democracia, menos Rajoy, han esgrimido profusamente como una suculenta caña de azúcar y que nunca, ni en épocas de bonanza económica, dado sus grandes costos e inversiones, han llegado a convertirse en nada real o formal.

En resumen y por no cansar, ha vuelto a vendernos una mercancía averiada, no basada en cálculos reales y a un plazo superior a dos años, con la que pretende sacar una cantidad suficiente para dar gratis (durante tres meses) los billetes en cercanías y trenes regionales en medios del Estado y aumentar en cien pavos la cuantía de las becas de los jóvenes, que ya disponen de ellas, pero que con la subida del coste de la vida no les llega ni para comer dignamente todos los días.

Está más que claro su guiño hacia Madrid para intentar poder recuperar un espacio perdido; pero aún con todo, no es más que un intento falaz, porque volver a poner hoy sobre la mesa el empolvado y lleno de telarañas Plan Campamento es mucho más inviable por estar embebidos en momentos de crisis que animan a los grandes encarecimientos de la mano de obra y de los materiales de construcción y a que, hoy en día, se enfrenta a una iniciativa similar, y de mayor envergadura, en la parte norte (Chamartín) en la misma ciudad.

Y yo me pregunto si realmente Sánchez cree que, con estas escasas medidas, selectivas, incompletas y muy localizadas, que dejan a más del ochenta por ciento de la población nacional al margen de recibir un céntimo siquiera, se van a solventar los problemas enunciados y los aún peores temas y problemas profundos y reales a los que todos nos vamos a enfrentar.

Desde luego que no; porque si él está convencido de lo contrario, sería para quitarle su título de doctor en economía -que jamás debió ostentar- y para mandarle a galeras por muchos años por prevaricador, abusos de poder y engaños reiterados a un pueblo que lo está pasando muy mal.

Pero si vergonzosa fue, es y será su actitud de autocomplacencia, aún es mucho más reprochable la de sus conmilitones en el parlamento que le aplaudieron hasta con las orejas, mientras y tras anunciaba y desgranaba unas infumables e irrelevantes medidas, que dejan fuera a una inmensa mayoría de los españoles; qué no sirven de nada efectivo ante la gravedad de la situación que afrontamos; que obvian enfrentare cara cara a los problemas reales; que son pasajeras e inútiles por improductivas y que, sin ningún lugar a dudas, aumentarán los costos de la energía y los gastos bancarios a todos los españoles, sin misericordia ni piedad. Mientras, que por otro lado, no se obtendrá nada a cambio ni se reducirá parte o toda aquella grasa y despilfarro, que tras tantos años de brindar con cava a diario y mirar para otro lado, nos sobra y nos lastra de verdad.

* Coronel de Ejército de Tierra (Retirado) de España. Diplomado de Estado Mayor, con experiencia de más de 40 años en las FAS. Ha participado en Operaciones de Paz en Bosnia Herzegovina y Kosovo y en Estados Mayores de la OTAN (AFSOUTH-J9). Agregado de Defensa en la República Checa y en Eslovaquia. Piloto de helicópteros, Vuelo Instrumental y piloto de pruebas. Miembro de la SAEEG.

 

Publicado 2l 13/07/2022 en https://sites.google.com/site/articulosfjavierblasco/el-estado-de-la-naci%C3%B3n

LA DECADENCIA

F. Javier Blasco*

Palabra que se define como la pérdida progresiva de la fuerza, intensidad, importancia o perfección de una cosa o una persona y también como el período histórico o de tiempo en el que un movimiento artístico o cultural, un estado, un estadista, una sociedad, etc., va perdiendo la fuerza o los valores que lo constituyeron y lanzaron como tal y durante el cual, paulatinamente, se debilita hasta desintegrarse.

Sabemos que, desde siempre, todo en esta vida nace, crece, se desarrolla, implanta y expande y tras un periodo más o menos prolongado de esplendor, entra en el llamado y definido periodo de decadencia que le lleva a su descomposición, degradación, hastío y desaparición de la vida pública y el pensamiento de las personas, la política y los usos y costumbres de la sociedad donde se desarrolló.

Lo que nos lleva a pensar que en esta vida y en nuestro pensamiento nada ni nadie, salvo Dios, son y permanecen en pie hasta la perpetuidad. En el plano político y en el de la gobernanza de los pueblos, muchos de sus actores han caído frecuentemente en la tentación y la vanagloria de pretender ser queridos y venerados eternamente; que su mundo y el de su entorno no cambiara nunca y que, aunque hicieran lo que hicieran, nadie osara a desbancarlos de su pedestal, sillón o trono; porque su poder y capacidad de gobernar a sus congéneres eran tales, que nadie les pondría en cuestión o dudaría de su capacidad. Situación, que para poder darse, debe cumplir con uno o varios de los siguientes requisitos: ha ocurrido en lugares o países en los que el atraso social y cultural es o ha sido total o excesivo comparado con su entorno; los ínclitos eran unos vulgares dictadores; han mantenido su poder y popularidad a base de dadivas o mamandurrias a los que le rendían obsesa pleitesía, mientras ejercían la persecución directa o indirecta contra todo aquel o aquello que se oponía a su idea, mandato o forma de gobernar o, simplemente, son personas, que por el abuso de poder que viene ejerciendo, se creen por encima del bien y el mal, de la ley y hasta son capaces de irla cambiando y adaptando a sus necesidades y exigencias.

Ejemplos hay muchos y enumerarlos llenaríamos muchas páginas, cosa que no pretendo con este breve relato de reflexión, con el que tan solo quisiera desenmascarar a una persona y a sus conmilitones que, desde sus primeros pasos —por cierto, y significativamente, muy chulescos y desenfadados— en la vida social y política ha venido dando señales de que era un claro aspirante a ser uno de los más grandes vendedores de humo de la historia reciente, pretérita y posiblemente hasta de la futura.

Me refiero claro está, a Pedro Sánchez Castejón, la persona que inmerecidamente y aupada por una frase —incrustada sin motivo ni razón en una sentencia que no venía al caso— de un juez más que polémico y muy de su cuerda, supo llevar a la práctica una moción de censura basada en la mentira y el engaño y se aupó a la presidencia del gobierno de España con añagazas, palabrerías y todo tipo de promesas incumplidas en base a alianzas perversas, podridas y muy dañinas para el bien y nombre de España, los españoles y su propia dignidad; cosas todas ellas que le importan un rábano, porque su sed de poder se apoya principalmente en la falta de principios sanos y  la amoralidad.

Un presidente que se maneja a golpe de decretazos, de muy dudosa o hasta probada ilegalidad, sin que le afecte lo más mínimo; que no duda en el apagón informático, político y social, en aliarse con tiros y troyanos al mismo tiempo con tal de mantener su poltrona, su falso prestigio y poder pavonearse por diferentes foros como si fuera uno de los hombres más importantes y decisivos del mundo, cuando en realidad, si algo le caracteriza, es su poca vergüenza a la hora de pedir ayuda económica, política y hasta moral cuando él realmente carece de la más mínima credibilidad.

Jamás se siente culpable de nada, ante el menor problema siempre mira a su alrededor para sacrificar cualquier ficha que sea necesaria o no, para salvaguardar su trasero y resistir en el asidero del poder cuando el agua le llega al cuello y ya no es una vez no dos que lo hace, sino muchas más por lo que hasta los más cafeteros a su vera empiezan a dudar y piensan, a la vista de lo visto y de la larga lista de cadáveres políticos a sus espaldas, que el próximo en descabezar por el déspota, hasta puedo ser yo.

No le importa en meterse en todos los charcos habidos, previstos o no. De forma irresponsable e irreflexiva crea sus propias situaciones de tensión dentro y fuera de casa y, como todos los de su especie, posiblemente dominados por el diablo, los remordimientos y la mala fe interna, empieza a ver fantasmas y contubernios cercanos a él para hacerle caer, mientras cada vez más se refugia en su única y absoluta verdad; en que todos deben estar a su disposición, que la propia oposición solo está en la política  para seguirle a pies juntillas, aprobarle con su votos cualquier iniciativa aunque sea descabellada o no y que aquel que se resista a hacerlo, es un enemigo de la patria, cuando en realidad tal y como parece, es él, el mayor felón.

Como buen o cuasi persona falsa y perfecto narcisista, es un gran amante de sí mismo, de su imagen, figura y pensamiento; tanto que no duda en hacer que le escriban un libro que refleje ‘su forma’ de pensar al que pomposamente tituló ‘Manual de Resistencia’, que le hagan uno varios books (álbum de fotografías que reflejan la trayectoria profesional de un artista, modelo, etc.) y hasta una serie de películas que resalte su ‘mucha e importante’ actividad.

No pierde ocasión alguna para aparecer en cualquier foro, foto o para auto darse una gran importancia, aunque no la merezca. Sin embargo, a la hora de convertirse en pedigüeño o para dar explicaciones, pocas porque no suele darlas, manda a sus acólitos para que sean ellos los que se abrasen ante los demás.

Como es lógico y normal y haciendo caso al rico refranero, no se pude engañar a todos durante todo o mucho tiempo, por lo que su figura, pensamiento e ideología han entrado en declive; afuera le evitan o le ponen en el córner de la foto, en España ya no puede aparecer en ningún foro callejero sin ser abucheado por la población; sus socios de coalición o los partidos que soportan su gobierno, a pesar de estar ahítos de tanto sacarle prebendas y concesiones, ya declinan apoyar sus iniciativas y el año y medio que falta para las nuevas elecciones, se va a hacer muy largo tanto a él, como más de la mitad de los sufridos y no comprados o engañados españoles que le tenemos que soportar.

Siguiendo el manual y la definición de decadencia, Sánchez empieza a ser un lastre en cualquier foro; su presencia en actos electorales ya es valorada con mucha precaución hasta por aquellos que han sido elegidos por su dedo divino. Externamente, en la OTAN nadie le tiene en cuenta salvo en la próxima Cumbre de la Alianza porque será patrocinada y pagada por España y los españoles y en la UE se ha convertido en una de las mayores moscas borriqueras, dado que en dicho foro, hace tiempo que no aparece presentando soluciones a problemas que nos competen; sino pidiendo que hay de lo mío y exigiendo que sean ellos, los que ‘urgentemente’ arreglen los creados por él; de forma personal, siguiendo una cabezonería, su obstinado y poco fundamentado instinto o sus más que probables espurias y ciertamente ocultas agendas o intereses.

 

* Coronel de Ejército de Tierra (Retirado) de España. Diplomado de Estado Mayor, con experiencia de más de 40 años en las FAS. Ha participado en Operaciones de Paz en Bosnia Herzegovina y Kosovo y en Estados Mayores de la OTAN (AFSOUTH-J9). Agregado de Defensa en la República Checa y en Eslovaquia. Piloto de helicópteros, Vuelo Instrumental y piloto de pruebas. Miembro de la SAEEG.

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