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“COVID-19” Y EL FUTURO DE LA DIPLOMACIA EN LAS RELACIONES INTERNACIONALES

Salam Al Rabadi*

En primer lugar, al dar una visión general de los diferentes marcos conceptuales para la diplomacia, se debe hacer una distinción entre la diplomacia y los diplomáticos. Para poder enmarcar los problemas a nivel de las relaciones internacionales, es posible que haya diplomacia sin diplomáticos, lo que significa que los diplomáticos están ausentes de participar en la formulación de políticas y las decisiones diplomáticas y políticas, además de su exposición a la marginación al elaborar, trazar e implementar planes estratégicos. Por lo tanto, esto inevitablemente requiere una distinción entre la diplomacia como decisión estratégica y los diplomáticos como actores influyentes.

En el mismo contexto, debemos tener en cuenta la existencia de nuevos patrones complejos a nivel económico, ambiental, tecnológico y de salud, que dieron lugar a la creciente influencia de algunos nuevos actores en el ámbito mundial, por lo que el campo internacional no permaneció monopolizado sólo en las actividades del Estado. En consecuencia, dependiendo de la influencia de los nuevos actores, lo que está en juego en las relaciones internacionales se relacionó más estrechamente con las cuestiones humanitarias. En consecuencia, existen nuevos y diferentes métodos de trabajo diplomático, como la diplomacia científica, la diplomacia ambiental, la diplomacia tecnológica, la diplomacia demográfica, la diplomacia de la salud, etc.

En este marco, hay muchas pruebas que demuestran que la diplomacia tradicional de los países por sí sola ya no es capaz de definir las relaciones internacionales, ya que es posible ir a las reuniones de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y ver cuán eficaz es la diplomacia de estos nuevos actores. Además, las conferencias sobre el desarrollo sostenible en su conjunto reflejan el alcance de este impacto, así como la mayoría de los acuerdos mundiales no podrían haber existido sin esa diplomacia, como los acuerdos para reducir y cancelar las deudas de los países pobres, sin mencionar el Tratado de Prohibición de minas (Tratado de Ottawa), el Convenio sobre la Diversidad Biológica y todos los acuerdos ambientales, etcétera.

Además, si seguimos todos los acontecimientos relacionados con el papel y la eficacia de la Organización Mundial de la Salud (OMS) a nivel de la crisis pandémica “Covid-19” en el año 2020, podemos decir que reflejan en algunos aspectos la problemática del cambio en la esencia del trabajo diplomático, por no hablar de la problemática de la calidad de los diplomáticos y cómo elegirlas y que es más eficaz en la lucha contra la pandemia: ¿diplomático tecnócrata o diplomático político o diplomático técnico? En consecuencia, a la luz de la tensión de la realidad mundial como resultado de la crisis “Covid-19” y sobre la base de los complejos marcos diplomáticos que a granel vienen a expresar la dialéctica de la fuente de las estrategias políticas globales y el destino de la diplomacia tradicional, se hizo necesario que nos preguntáramos:

1-     La crisis de salud “Covid-19” ¿Refleja las fallas de las estrategias políticas o las capacidades diplomáticas?

2-     ¿Requieren las apuestas emergentes separación entre diplomacia y diplomáticos?

3-     ¿Necesita la diplomacia una nueva dirección estratégica? ¿o las estrategias deben revitalizar el papel de la diplomacia?

Lo que aumenta la gravedad y el peso de estas cuestiones es el hecho de que la gran mayoría de los conflictos políticos y armados se están produciendo actualmente dentro de los países, lo que afecta el margen de movimiento disponible para la diplomacia tradicional, ya que es natural retroceder su papel e importancia, partiendo del principio y la regla de la falta de jurisdicción. Además, el papel de la diplomacia tradicional (que ha existido desde los acontecimientos del 11 de septiembre sobre las dimensiones de seguridad) ha cambiado con las lecciones aprendidas de las contradicciones de las estrategias mundiales debido a las implicaciones de la crisis de salud resultantes del “Covid-19”.

Como esta crisis se produjo como un golpe repentino al papel de la diplomacia tradicional, como evidencia concluimos en la importancia de abrir amplias perspectivas para nuevos tipos de diplomacia.

Brevemente, en el caso de que todos estos hechos estén vinculados a demandas actuales y repetidas que piden la creación de una representación oficial de la sociedad civil mundial dentro de las organizaciones internacionales (que ya está teniendo lugar), y que puede llegar a la etapa de exigir el derecho al voto, entonces se hace lógico tomar muy en serio todas estas cuestiones relacionadas con la diplomacia y su futuro.

* Doctor en Filosofía en Ciencia Política y en Relaciones Internacionales. Actualmente preparando una segunda tesis doctoral: The Future of Europe and the Challenges of Demography and Migration, Universidad de Santiago de Compostela, España.

 

Artículo traducido al español por el Equipo de la SAEEG. 

©2020-saeeg®

 

“COVID 19” Y PROBLEMAS DEL CONCEPTO DE VIOLENCIA POLÍTICA

Salam Al Rabadi*

La violencia es uno de los medios utilizados en la política, independientemente de su legitimidad y su ética filosófica, y también lejos de la dialéctica de la teoría social de los contratos o de la naturaleza humana que giran en torno al instinto humano y a la lucha por la supervivencia. Sobre la base de esto, se puede decir que la lógica de la relación entre violencia y política plantea muchos problemas, ya que desde un punto de vista analítico hay una dificultad en la posibilidad de una separación precisa y clara entre la violencia y la política, y sucede debido a los antecedentes culturales e ideológicos por los que una acción o comportamiento puede ser juzgado como caído en la categoría de violencia política o viceversa. Por ejemplo, la violencia política relacionada con la resistencia a la ocupación de acuerdo con cierta cultura puede ser un acto legítimo y legal y, a cambio el mismo acto, puede ser de acuerdo con otra cultura un acto ilegal, que entra dentro de la categoría de prácticas terroristas.

Vale la pena mencionar en este contexto la dificultad de definir y enumerar cuestiones y acciones políticas, económicas, culturales e incluso legales que pueden describirse como violencia política. Por ejemplo, hasta la actualidad no existe un acuerdo mundial sobre una definición amplia y clara de la violencia política relacionada con el terrorismo, y lo mismo se aplica a la definición del delito de agresión emitido por la Asamblea General de las Naciones Unidas, que todavía lleva consigo muchas interpretaciones y diligencias.

En este contexto relacionado con el problema del concepto de violencia política, se pueden plantear muchos interrogantes, que giran en torno a:

  • ¿Cómo clasificar las sanciones económicas impuestas por algunos países o emitidas por el Consejo de Seguridad de la ONU?: ¿Son actos y medios políticos violentos e inhumanos? ¿O son una acción política soberana legítima?
  • ¿Cómo clasificar las políticas mediáticas que fomentan e incitan a la violencia?. ¿Estas políticas entran en la categoría de incitación a la violencia política y apoyo al terrorismo? ¿O estas políticas entran en la categoría de libertad de expresión?
  • ¿Qué tan difícil es clasificar la violencia política en términos de su fuente, ya sea que esté emanando de estados, individuos u organizaciones no gubernamentales, por no hablar de la dificultad de separar cada uno de ellos?
  • ¿Cómo clasificar la corrupción como una de las formas más peligrosas de violencia política basada en conceptos modernos utilizados para abordar la corrupción problemática?
  • ¿Cómo clasificar la violencia relacionada con la seguridad humana integral, como la violencia ambiental, sanitaria, tecnológica y biológica, etcétera?

Según este grupo de interrogantes, parece que es urgente aclarar la idea de que la violencia política no sólo está condicionada a la asociación con la violencia física o la violencia concreta, puede haber violencia económica y cultural más grave e influyente en todos los niveles políticos. Además, lo que complica las cosas a nivel filosófico y realista es que la mayoría de las teorías políticas que basan su análisis en la suposición de que el Estado como institución política (que posee la legitimidad de la violencia dentro y fuera de sus fronteras) es el actor principal en la escena mundial, ha sido categóricamente anulado con la creciente influencia de individuos, ONG, corporaciones transnacionales, etcétera. Además, los criterios de poder en sí han cambiado y ya no se miden sólo por el alcance de la capacidad de utilizar la violencia legítima representada por el poder político, y ya no se limitan a la forma tradicional asociada a la clásica potencia económica o el poder militar convencional.

En consecuencia, y sobre la base del desarrollo en la naturaleza de las cuestiones humanas contemporáneas, se debe trabajar para crear una nueva visión política crítica para todo lo relacionado con los criterios para entender la violencia política en todas sus formas. En este sentido, estamos obligados como resultado de los dilemas éticos asociados con muchas cuestiones (como las cuestiones del cambio climático y el medio ambiente y todo lo relacionado con la revolución biotecnológica y la manipulación de genes, así como las implicaciones de la inteligencia artificial, etc.) a reconsiderar muchos conceptos, especialmente con la presencia de nuevos términos relacionados con la violencia política contemporánea, como la violencia ambiental, violencia tecnológica, violencia biológica, sesgo algorítmico y violencia de salud, etc.

Tal vez una de las pruebas más brillantes de la importancia de encontrar una nueva visión crítica del concepto de violencia política son los acontecimientos acelerados a nivel de la seguridad sanitaria mundial, resultantes de las repercusiones de la propagación de la pandemia de Covid-19, que fueron acompañados por muchas manifestaciones violentas e inusuales en la política global que están relacionadas con cuestiones de salud, como el intercambio de acusaciones sobre las causas de la pandemia o las guerras de máscaras, … etc., que confirman el alcance de los nuevos cambios en el concepto y las normas de violencia política.

A la luz de lo anterior, podemos decir que, a pesar de la existencia de muchas iniciativas que tratan de desarrollar una visión crítica lógica sobre cómo abordar el concepto de violencia política, lamentablemente continúa siendo el tradicional, y se caracteriza por su incapacidad para crear un nuevo marco intelectual capaz de entender los fenómenos y prácticas emergentes, que están relacionados con la filosofía de la violencia política. Además ignora la mayor parte de la problemática y dialéctica antes mencionadas, ya que parece estar todavía centrada en una visión clásica de la era de la modernidad, que ya ha sido superada. Actualmente estamos en la era del Posmodernismo, la Postverdad y el Posthumanismo que ha dejado caer todos los axiomas y postulados, la era de la metodología del escepticismo y la atomización de lo que necesitamos, a pesar de todas las problemáticas controvertidas en esa metodología.



* Doctor en Filosofía en Ciencia Política y en Relaciones Internacionales. Actualmente preparando una segunda tesis doctoral: The Future of Europe and the Challenges of Demography and Migration, Universidad de Santiago de Compostela, España. 

Artículo traducido al español por el Equipo de la SAEEG. 

©2020-saeeg®

 

 

QUE NO CUNDA EL PÁNICO, SOMOS CHINOS. LA RESPUESTA DE BEIJING A LA PANDEMIA.

Giancarlo Elia Valori*

En Europa, Estados Unidos, América del Sur, la temida segunda ola de la epidemia de Covid 19 se está extendiendo y genera no solo pánico a nivel de opinión pública e instituciones, sino que comienza a presionar los sistemas de salud y las economías que, con dificultad, comenzaban a recuperar el aliento tras el impacto de la primera ola epidémica que, entre el invierno y la primavera de este año, redujo el ritmo de producción industrial y manufacturera y las tasas de productividad en los sectores del comercio, turismo y restauración, con cifras que sugieren un futuro decididamente oscuro.

En nuestro país, ante el incremento de contagios que, sin embargo, cabe destacar, no significa un incremento en el número de pacientes. El gobierno ha decidido delegar en los gobernadores de las Regiones la activación de procedimientos de limitación de libertades individuales y colectivas en nombre de un “estado de emergencia” que se prolonga desde el pasado mes de marzo y parece destinado a acompañarnos también en los próximos meses. Por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial, un término siniestro y preocupante reapareció en los comunicados oficiales y en las noticias: “toque de queda”.

En los próximos días en Campania y Lombardía estará prohibido circular por las calles de 23.00 a 5.00 horas, mientras que las compras de alcohol y el horario de funcionamiento de los centros comerciales, bares y restaurantes serán limitados. Para completar un escenario de tonos cada vez más dramáticos, la ministra de Salud, Speranza, instó el 20 de octubre a los italianos a “quedarse en casa el mayor tiempo posible” con un cierre voluntario que parece presagiar la adopción de medidas que podrían devolvernos a la última primavera con incalculables daños sociales y económicos.

Toques de queda, encierros, cierres selectivos o generalizados son moneda corriente en estos días, incluso en Francia, Reino Unido, Irlanda y España, países que, como el nuestro, han sufrido el devastador impacto económico de la primera ola y que podrían caer de rodillas ante la nueva emergencia pandémica.

En este punto hay que plantearse una pregunta: ¿qué pasó y qué está pasando en el país donde empezó todo? ¿Cómo están las cosas en esa China que en nuestros medios, obsesivamente centrados en los problemas internos, se menciona solo de manera superficial o de pasada?

“China está cerca”, decía el título de una película de Marco Bellocchio de 1967, que evoca la expansión imparable del verbo maoísta. “China está muy lejos” debemos decir hoy, encapsulados en los estereotipos construidos por la cultura occidental, que nos impiden analizar seriamente su evolución política, económica y social y sobre todo aprender del modelo político-sanitario que ha permitido a los chinos salir con la cabeza en alto por la emergencia de Covid.

El 22 de septiembre, en un discurso frente a la Asamblea General de Naciones Unidas, el presidente Trump acusó a China de ser responsable «de esparcir esta plaga por todo el mundo» y, para enfatizar el concepto , llamó al coronavirus el «virus chino». En el mismo lugar, el presidente chino, Xi Jinping, invitó sobriamente a todos los países afectados por la epidemia a seguir el ejemplo de su país y «seguir las direcciones de la ciencia sin intentar politizar el problema».

Los números dicen que el modelo chino es importante y digno de atención. En China, donde todo comenzó en diciembre de 2019, de una población de aproximadamente mil cuatrocientos millones de habitantes, la epidemia de Covid 19 ha causado, hasta la fecha, 4.739 muertes de 90.604 enfermos. En el mismo período en los Estados Unidos, de una población que es aproximadamente una quinta parte de la de China, se registraron 7.382.194 casos de contagio, seguidos de la muerte de 209.382 personas (datos de la revista médica inglesa The Lancet, 8 de octubre de 2020).

El Reino Unido, con una población veinte veces menor que la de China, ha tenido que afrontar cinco veces más infecciones que China y registrar diez veces más muertes.

Estos son los números del pasado 20 de octubre, referidos a toda China: 19 casos de la enfermedad, todos importados del exterior. Se mantuvieron en observación 24 infecciones asintomáticas y 403 casos de hisopados positivos. Todos, excepto uno, importados del exterior (!). Números, como se puede ver, globalmente más bajos ¡aún hoy! que los registrados en una sola región italiana desde el comienzo de la emergencia.

Frente a estas cifras, parece difícil escapar a una simple y doble pregunta: ¿cómo lograron los chinos combatir y controlar la epidemia? Entonces, ¿por qué no seguimos su ejemplo basándonos en su experiencia?

China fue acusada de haber respondido tardíamente a la primera aparición del virus en diciembre de 2019 y de haber informado tardíamente a la OMS (Organización Mundial de la Salud) del inicio de una nueva epidemia. Ambas acusaciones son completamente falsas.

Tras la aparición del nuevo virus, en los últimos días de diciembre, científicos chinos aislaron e identificaron la secuencia del genoma del Covid 19 el 10 de enero de 2020 y pocos días después, tras alertar a la OMS, las autoridades dieron las contramedidas.

Los chinos estaban preparados para la emergencia: desde que en 2002 la epidemia de Sars, un virus similar al Covid 19, había provocado algo más de 700 muertos, pero daños muy graves a la economía por el bloqueo de vuelos, turismo y exportaciones, el gobierno había dado órdenes de preparar planes de contingencia precisos que se activarían con prontitud en caso de nuevas epidemias. Estos planes que no han sido preparados y guardados en un cajón, sino actualizados y probados cuidadosamente, se activaron inmediatamente después de la primera alarma.

Wuhan, la ciudad epicentro de los primeros contagios con sus 12 millones de habitantes, fue inmediatamente puesta en bloqueo total, mientras que en el resto del inmenso país se invitó a la población (sin toques de queda ni estados de emergencia) a seguir las medidas más elementales y efectivas. Prevención y autoprotección: distanciamiento social, uso de máscara, lavado frecuente de manos. En Occidente se ha dicho que China ha reaccionado con tanta eficacia porque está gobernada por un régimen autoritario. En realidad, Confucio es mucho más importante para los chinos que Mao. La filosofía social confuciana que ni siquiera 71 años de gobierno comunista ha logrado eclipsar, con sus bases de respeto por el orden jerárquico natural, hace de los chinos un pueblo naturalmente educado, ordenado y obediente.

Pero sigue siendo la rapidez de la respuesta de las autoridades políticas y sanitarias de Beijing la raíz del éxito innegable en la lucha, primero y luego en la contención de la epidemia.

Como se mencionó, Wuhan fue inmediatamente aislada y sometida a un bloqueo total durante 76 días, mientras que se impusieron cierres selectivos en la provincia de Hubei. En todo el país, se han establecido 14.000 puntos de control de salud en los principales centros de transporte público y dentro de las dos semanas posteriores al brote «oficial» de la pandemia solo en la ciudad de Wuhan, 9 millones de habitantes han sido sometidos a pruebas de hisopado.

Como uno de los principales productores y exportadores de material sanitario, China no se ha encontrado desprevenida en términos de suministros hospitalarios y dispositivos de protección individual: en resumen, sin crisis de máscaras.

Mientras que en Estados Unidos y Europa la gente, a pesar del encierro no parecía inclinada al uso generalizado de máscaras (el presidente Trump las usó en público recién en septiembre pasado), los chinos se adaptaron de inmediato con disciplina a las indicaciones de las autoridades. Todas las cámaras de seguridad de las ciudades han sido “reconvertidas” para controlar el uso de máscaras por parte de los ciudadanos, mientras que drones equipados con altavoces han volado por todas las zonas del inmenso país para comprobar el cumplimiento de sus habitantes con reglas. La agencia estatal Xinhua ha publicado las imágenes tomadas desde un dron en Mongolia Interior, en las que vemos a una mujer mongol estupefacta a la que se dirige el dron diciendo: “Oye, no puedes salir sin una máscara. Úsela de inmediato y cuando llegue a casa recuerde lavarse las manos”. Es un episodio de color pero ciertamente en China no hemos sido testigos del espectáculo de la Movida que los italianos hemos visto en Roma, Nápoles o Milán, espectáculo del que derivan tantos de nuestros problemas estos días.

El 5 de febrero de 2020, se inauguró el primer hospital de Fangcang en Wuhan, una estructura prefabricada dedicada al cuidado de los que no estaban gravemente enfermos, mientras que los hospitales tradicionales estaban reservados para el cuidado de personas gravemente enfermas. El uso de los hospitales de Fancang (se han construido decenas de ellos) permitió limitar la presencia en la familia de personas con síntomas leves pero aún fuentes de contagio a la hospitalización domiciliaria, lo contrario de lo que ocurre en Italia, donde se aconseja a los enfermos leves que se queden en casa y así evitar la rápida propagación del virus desde los hogares. La red de hospitales de Fancang aseguró la disponibilidad de 13.000 camas y fue desmantelada a partir del 10 de mayo de 2020 cuando finalizó la primera ola epidémica en China y no fue seguida por una segunda ola. Para evitar esta última posibilidad, las autoridades chinas han relajado los controles “internos” y han hecho muy estrictas las medidas de control para los que vienen del exterior: En un período en el que en España e Italia los controles para los viajeros entrantes son prácticamente irrisorios, en China todos aquellos que ingresan al país, por cualquier motivo, son sometidos a hisopados y sujetos a cuarentena estrictamente controlada.

En esencia, China primero contrarrestó, luego controló la propagación de la epidemia de Covid 19 con medidas drásticas pero racionales y sobre todo comprendidas y aceptadas por una población educada por Confucio para respetar las jerarquías y la disciplina. China hoy puede ser un ejemplo para el resto del mundo y está ahí para testificar que con medidas rígidas pero inteligentes, incluso las situaciones más peligrosas pueden abordarse con éxito.

Es un ejemplo que conviene estudiar y seguir sin la típica arrogancia del “hombre blanco”, teniendo también en cuenta una circunstancia nada despreciable: mientras la economía de nuestro país y sus socios europeos crece, por así decirlo, desde punto cero (si tenemos suerte), el PIB de Beijing según las últimas encuestas es un 4,9% más que el año pasado.

Hay que aprender de China tanto en términos de gestión de una emergencia sanitaria como en términos de protección del sistema económico.

 

* Copresidente del Consejo Asesor Honoris Causa. El Profesor Giancarlo Elia Valori es un eminente economista y empresario italiano. Posee prestigiosas distinciones académicas y órdenes nacionales. El Señor Valori ha dado conferencias sobre asuntos internacionales y economía en las principales universidades del mundo, como la Universidad de Pekín, la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Yeshiva de Nueva York. Actualmente preside el «International World Group», es también presidente honorario de Huawei Italia, asesor económico del gigante chino HNA Group y miembro de la Junta de Ayan-Holding. En 1992 fue nombrado Oficial de la Legión de Honor de la República Francesa, con esta motivación: “Un hombre que puede ver a través de las fronteras para entender el mundo” y en 2002 recibió el título de “Honorable” de la Academia de Ciencias del Instituto de Francia.

 

Artículo exclusivo para SAEEG. Traducido al español por el Equipo de la SAEEG con expresa autorización del autor. Prohibida su reproducción. 

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