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«¡GAZA! … EL PUNTO DE INFLEXIÓN DE LA HUMANIDAD»

Hugo Reinaldo Abete

Foto: Palestina Hoy

Buenos Aires, 5 de agosto, † Día de la Virgen de las Nieves,

Patrona de las tropas de Montaña del Ejército Argentino, de 2025.

 

Sr. Director:

«¡Gaza!… El punto de inflexión de la humanidad»

Aunque para algunos el título del presente escrito pueda parecerle un tanto ampuloso y poco creíble, trataré de demostrar que es muy real.

Para ello voy a insistir en aquello que, a lo largo de muchos años vengo desarrollando en la mayoría de mis cartas y artículos: «estamos viviendo tiempos teológicos, tiempos de Dios, tiempos apocalípticos». Y al respecto digo que para muchos no estoy diciendo nada nuevo ya que hay pensadores y escritores que vienen sosteniendo lo mismo, aunque para otros tantos, todo lo que tenga cercanía con cuestiones apocalípticas les resulta sencillamente fantasioso y descreen totalmente de las mismas.

Sin embargo, para estos últimos incrédulos resulta ilustrativo recordarles que nunca como en los tiempos que estamos viviendo se ha hablado tanto sobre las profecías de los últimos tiempos. Nunca se han usado como en la actualidad palabras que eran desconocidas totalmente para la mayoría de la sociedad. O acaso era común escuchar que alguien pronunciara palabras tales como apostasía, masonería, apocalipsis o sionismo. Las mismas sólo estaban reservadas para un público reducido con cierta formación religiosa. La mayoría de ellas contenidas en la Biblia o en textos de carácter religioso surgidos en épocas más modernas.

Y sobre todo a partir de 1717, que nace la masonería con la Gran Logia de Londres y posteriormente el sionismo creado por Teodoro Herlz en 1897, la palabra Israel mencionada en infinidad de veces en las Sagradas Escrituras, comienza a pronunciarse con una significación distinta a la de su origen, ya que se pone especial énfasis en la victimización del pueblo judío, como respuesta a lo que ellos consideraban antisemitismo y discriminación que sufrían en Europa a fines del siglo XIX.

Y lo concreto es que esa victimización ha perdurado a través del tiempo, llegando a convertirse en una construcción ideológica basada fundamentalmente en el concepto de antisemitismo. Y fue en ese tiempo, largo por cierto, que el sionismo mundial logró posicionarse en el mundo de las finanzas y sus miembros llegar a conformar lo que hoy conocemos como «el poder del dinero» y a los dueños de esas inmensas fortunas que manejan prácticamente todas las industrias y medios de comunicación, como «los amos del mundo». Y fue gracias a como avanzaron técnicamente las comunicaciones, sobre todo con la aparición de las redes sociales, que el resto del mundo se fue enterando que ese poder del dinero, manejaba gobiernos, armaba revoluciones, golpes de Estado y dictaba las políticas que debían regir al resto del mundo. Sin embargo, nunca oficialmente se cuestionaba nada que pudiese salir del Estado de Israel, al contrario, siempre fue apoyado por las grandes potencias del mundo y por la prensa mundial. Obviamente, en el presente escrito estamos haciendo abstracción de acontecimientos históricos y religiosos que han tenido importante gravitación a lo largo de los años. A los fines perseguidos con este escrito, interesa señalar cómo el poder judeosionista mundial, ha logrado victimizarse a lo largo de los años y, a través de esa conducta, obtener la comprensión y solidaridad del resto del mundo. El éxito de semejante victimización radica en asumir permanentemente, su condición de perseguidos y víctimas, incluso cuando no existe ningún indicio de la persecución aludida.

Dicho esto, como una introducción necesaria, ahora vamos al meollo de por qué sostengo que «Gaza es el punto de inflexión de la humanidad en la era moderna». En efecto, el genocidio que Israel está cometiendo en Gaza haciendo un abuso inconmensurable de soberbia, desoyendo al resto del mundo y eliminando a un pueblo de la faz de la tierra sin que nadie pueda detenerlo, sin dudas como todo lo que tiene que ver con Israel, tiene una lectura teológica, más allá de lo político. Y la lectura teológica indica que, a partir del genocidio de Gaza, nada será igual para Israel, tanta maldad e iniquidad, marcan un antes y un después de Gaza.

Nunca como a partir de ese hecho, el sionismo por su soberbia puso al descubierto su esencia perversa de dominación y el resto del mundo pudo conocerla y rechazarla. Gaza, a juicio de quien esto escribe, será la tumba del sionismo.

Israel perdió su histórica condición de víctima para transformarse en un Estado despiadadamente genocida. Y por si faltara algo que decir a nivel político, habría que señalar la lectura surgida a partir del hecho de que Israel, de la mano del genocida Netanyahu, con pedido de captura internacional, en pleno exterminio de la población de Gaza, decidió bombardear a Irán, en otra muestra más de autoerigirse como el «amo del mundo» y actuar en consecuencia. Semejante acto de soberbia fue apoyado inmediatamente por EEUU que, a riesgo de desatar una nueva guerra mundial, presionado y dirigido por Israel, que maneja la política norteamericana, no dudó en atacar también a Irán. Semejantes hechos, antes inimaginables, hoy nos aclaran cómo realmente funciona el mundo… y si EEUU cumple obedientemente las políticas de Israel, ¿cuál es entonces, la primera potencia mundial?

Señalamos al principio que estamos viviendo tiempos teológicos. Lo acontecido en Gaza con Israel, bien podría estar indicándonos que vamos en camino hacia aquello que nos ha sido profetizado…

¡Viva Cristo Rey! ¡Viva María Reina!

¡Por Dios y por la Patria!

Hugo Reinaldo Abete

Ex Mayor E.A.

¿ES POSIBLE ENCONTRAR EL EQUILIBRIO EN UN MUNDO NO POLAR?

Salam Al Rabadi*

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Consideramos que las guerras arancelarias y de materiales raros entre China y Estados Unidos, la guerra israelí-estadounidense contra Irán, la guerra entre India y Pakistán, o las guerras en Ucrania, Gaza, Líbano, Yemen y Siria, han podido plantear serios interrogantes sobre el equilibrio de poder global.  Pero aquí debemos tener presente, contrariamente a lo que suele ocurrir entre muchas élites académicas, que los cambios en el equilibrio de poder en las relaciones internacionales ya no están sujetos en gran medida a un «juego de suma cero»; por el contrario, se han convertido en un «juego de suma no cero».

Esto significa que el aumento de la influencia, autoridad y poder de un país no significa necesariamente que otros países perderán completamente su influencia, autoridad y poder. Además, el hecho de que un país sea el más poderoso ya no significa en absoluto que sea el único país que posee o monopoliza el poder y la influencia.

Por lo tanto, todas las proposiciones que indican y predicen el declive o el ascenso de las potencias globales siguen sujetas a debate e incertidumbre, pues no existe ningún método científico que permita hacer predicciones precisas sobre el futuro del sistema global.

En este contexto, podemos abordar la problemática de intentar comparar el creciente poder de China y la posición decreciente de Estados Unidos. Aquí debemos llamar la atención sobre el hecho de que este declive se debe más al cambio en la naturaleza del sistema global que a la debilidad militar o política de Estados Unidos, o a ambas. Esto es resultado de la inevitabilidad de los profundos cambios y transformaciones que ha experimentado la estructura de la sociedad global.

Está claro que las relaciones internacionales contemporáneas se basan ahora en un sistema con poder distribuido más que concentrado en una dirección, ya que existen intersecciones y entrelazamientos de intereses e influencias. Pero a pesar de todos estos hechos, no podemos ignorar la dialéctica básica:

¿Cómo es posible que la influencia real del poder estadounidense no durara más de 25 años?

Además, basándose en conclusiones extrapoladas relacionadas con la caída de los imperios o la realidad actual de la política mundial, está claro que el declive relativo del poder estadounidense continuará independientemente de los intentos de corregirlo. En consecuencia, las preguntas más lógicas pueden centrarse no en si China se convertirá en la primera superpotencia del mundo, sino:

    • ¿Cuándo sucederá eso? Y ¿China realmente quiere o piensa asumir la responsabilidad del liderazgo mundial?
    • Y si China tiene ese deseo, ¿está dispuesta a hacerlo? ¿Esto sirve a sus intereses estratégicos en el momento actual?

Según las repercusiones de las recientes guerras, conflictos y crisis a todos los niveles (político, económico y cultural), es posible abordar las problemáticas de clasificación del sistema global que están vinculados a los términos unipolaridad o bipolaridad, que han perdido su significado. Parece difícil ver un sistema global controlado por uno o incluso dos polos. Esto se debe a muchos factores cualitativos, ya sean militares, económicos, políticos, culturales, ambientales, tecnológicos, etc., que se han convertido entre los determinantes más importantes de las relaciones internacionales, a saber, entre otros:

    • No existe un solo país que goce de superioridad en todos los elementos del poder.
    • La era del conocimiento que traspasa fronteras políticas, culturales y de seguridad.
    • Fenómeno del terrorismo en todas sus manifestaciones.
    • La cuestión ambiental y el cambio climático en todos sus aspectos.
    • Las problemáticas demografía y migración.
    • Dilemas de la inteligencia artificial y el progreso científico y tecnológico en todos los niveles.
    • La interconexión y multiplicidad de influencia de muchas fuerzas dentro de la economía global.
    • Cambios radicales en los estándares para medir las capacidades militares y de seguridad.

Por lo tanto, se puede decir que el mundo de las relaciones internacionales hoy está sujeto a un sistema apolar. Como resultado del patrón inevitable de cambios que han aumentado el alcance de las complejidades asociadas con las cuestiones del terrorismo, el medio ambiente, la tecnología, los medios de comunicación, los materiales raros, virus reales y electrónicos, etc. Este patrón sustenta el sistema no polar según varias tendencias o caminos, que incluyen:

    • Muchos flujos se producen fuera del control de los estados y, por tanto, limitan la influencia de las grandes potencias.
    • Algunos desarrollos sirven a los países regionales y aumentan su margen de efectividad e independencia.
    • La existencia de enormes riquezas e influencias sujetas al control de nuevas fuerzas activas, como organizaciones no gubernamentales, corporaciones transnacionales, movimientos políticos, individuos, etc.

A la luz de lo anterior, actualmente nos encontramos en una era muy alejada de las clasificaciones clásicas asociadas al término polaridad, sin mencionar la dificultad de comprender plenamente las enormes transformaciones en la estructura de la economía global y la realidad de la política internacional.

Por tanto, hay que tener en cuenta que, aunque el sistema apolar es inevitable, requiere precaución, ya que puede generar más aleatoriedad e inestabilidad. Donde lógicamente, la problemática ahora reside en cómo encontrar el tipo de equilibrios y entendimientos asociados con la configuración del mundo no polar.

En el contexto de hablar de equilibrios, debemos recordar el hecho de que el sistema de regularidad no surgirá por sí solo ni de forma automática. Incluso si se deja que el sistema apolar funcione según su aleatoriedad o espontaneidad, esto lo hará más complejo y peligroso y, por lo tanto, avanzará hacia más caos y absurdo. En consecuencia, la atención debe dirigirse a los riesgos potenciales, donde un orden mundial apolar complicará la diplomacia política y las alianzas perderán gran parte de su importancia, porque requieren una visión estratégica para enfrentar amenazas y compromisos predecibles.

Pero, lamentablemente, no se espera que todos estos estándares estén disponibles en un mundo no polar. Sobre esta base, resulta extremadamente difícil predecir escenarios políticos futuros, lo que parece una tarea científica de enormes proporciones que nos obliga a adoptar y plantear una serie de preguntas sobre la naturaleza de las potencias capaces (en concreto, China) de tomar la iniciativa y asumir la responsabilidad del liderazgo global a la luz de un sistema no polar.

 

* Doctor en Filosofía en Ciencia Política y en Relaciones Internacionales. Actualmente preparando una segunda tesis doctoral: The Future of Europe and the Challenges of Demography and Migration, Universidad de Santiago de Compostela, España. 

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IRÁN TRANSFORMA ORIENTE MEDIO

Roberto Mansilla Blanco*

En vísperas de una estratégica cumbre de la OTAN en La Haya en la que se acordó elevar hasta un 5% el gasto militar del PIB de cada país miembro, el presidente estadounidense Donald Trump esperaba alcanzar una tregua duradera entre Israel e Irán tras los inéditos ataques ordenados por Washington el pasado 21 de junio contra tres instalaciones nucleares iraníes: Fordow, Isfahan y Natanz.

El contexto de la tregua parecía propicio tras el desgaste de casi dos semanas de bombardeos en las que EEUU debió incluso intervenir. No obstante, el cruce de acusaciones entre Tel Aviv y Teherán sobre supuestas rupturas de la misma derivó en una dura advertencia de Trump hacia su principal aliado regional, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, instándole a dejar de bombardear objetivos en el país persa.

Por su parte, en Teherán las autoridades iraníes anunciaban la finalización con éxito de la denominada «Operación Promesa Verdadera 2». En Tel Aviv, coaccionado por las advertencias de Trump y la necesidad de reaccionar ante este mansaje iraní, Netanyahu se vio presionado a hacer lo mismo: asegurar que se habían alcanzado los objetivos planteados en la operación «León Naciente» iniciada con su agresión militar a Irán el pasado 13 de junio.

La entrada directa de Trump en la denominada «guerra de los doce días» entre Israel e Irán amenazaba con abrir las compuertas de una escalada bélica regional. No obstante, la unilateral e ilegal decisión de lanzar los bombardeos contra las instalaciones nucleares iraníes, el presidente estadounidense lo quiso justificar posteriormente como un efecto disuasivo hacia Teherán para retomar las negociaciones de su programa nuclear: «Es tiempo para la paz» dijo Trump poco después del ataque, más probablemente con la vista puesta en la cumbre de la OTAN donde iba a acometer otros temas álgidos: Ucrania y los compromisos militares «atlantistas».

Trump navega en las contradicciones «disuasivas»

Pero existe una evidente contradicción discursiva en un Trump que, al retornar a la Casa Blanca, prometió evitar inmiscuir a EEUU en conflictos bélicos exteriores; una crítica muy recurrente en su posición con respecto a la anterior administración de Joseph Biden, entrampado en las guerras de Ucrania y Gaza.

Si bien marca distancias en su apoyo a Ucrania, la realpolitik le ha llevado a Trump envolver a EEUU en la frenética dinámica militarista a través de su imposición del aumento del gasto militar para los miembros de la OTAN y ante la necesidad de mantener el equilibrio estratégico en Oriente Próximo acudiendo en ayuda de su aliado israelí ante la contundente respuesta iraní.

La súbita intervención militar estadounidense contra Irán, la primera que se realiza desde el triunfo de la revolución islámica en ese país en 1979, implica el auxilio de Trump a un Netanyahu arrinconado que comenzaba a observar con inquietud cómo la «Cúpula de Hierro», su joya de la corona de seguridad se mostraba incapacitada para repeler la totalidad de los misiles iraníes lanzados contra su territorio. Obsesionado con el cambio de régimen en Teherán y la neutralización de su programa nuclear, Netanyahu aseguró ir «hasta el final», incluso desautorizando los términos de la tregua de su «aliado-salvador» Trump.

No obstante, como viene siendo costumbre en la Casa Blanca desde que Trump volvió a la presidencia, los mensajes sobre las verdaderas intenciones del ataque contra Irán varían de acuerdo con el contexto. El vicepresidente estadounidense D. J. Vance descartó que Washington busque un cambio de régimen en Irán, defendiendo el argumento disuasivo de Trump de volver a la mesa de negociaciones, pero ahora condicionada por los imperativos geopolíticos estadounidenses. Un día después, vía red social Truth Social, el propio Trump pareció dar un giro de 180 grados al dejar entrever precisamente lo contrario: si es posible un cambio de poder en Teherán, pues bienvenido sea. Y si Israel puede hacer el trabajo sin nuestra ayuda, mejor.

Durante estos doce días de conflicto, esta contradicción discursiva de Trump se hizo patente al manejar diversas opciones: no inmiscuirse en el conflicto exigiendo una tregua; salir en ayuda de su aliado israelí atacando objetivos iraníes; prometer no buscar un cambio de régimen en Teherán para, posteriormente, lanzar enigmáticos mensajes en redes sociales hacia ese cometido; y finalmente reivindicar su actuación militarista como un argumento válido para «alcanzar a paz» y obligar a Irán a retomar la mesa de negociaciones sobre su programa nuclear. Tampoco existió un consenso en las altas esferas de la política estadounidense con respecto a la legitimidad y efectividad del ataque a Irán.

No se debe olvidar que existen incógnitas sobre qué fue lo que realmente sucedió en las conversaciones EEUU-Irán en Omán y por qué fueron súbitamente interrumpidas horas antes del ataque israelí contra Teherán. Como muy bien explica Rafael Poch de Feliu en un clarividente artículo, los EEUU de Trump no parecen ser un actor fiable, aspecto que reforzará aún más los objetivos iraníes por acelerar su programa nuclear como un factor de seguridad y de supervivencia.

El programa nuclear iraní como cuestión de supervivencia

Este escenario no descartaría que, incluso en medio de negociaciones con Washington y ante las manifestaciones tan contradictorias sobre los verdaderos objetivos estadounidenses y su perenne alianza con Israel, Teherán termine retirándose del Tratado de No Proliferación Nuclear (al que ingresó en 1968 en tiempos del sha de Persia) para seguir adelante con su programa nuclear (iniciado en la década de 1950), cometido en el que se presume seguirá teniendo la cooperación de sus aliados Rusia, China, Pakistán, Corea del Norte e incluso Bielorrusia.

Según informó la agencia estatal iraní IRNA News, el gobierno iraní instó al director general de la Agencia Internacional de Energía atómica (AIEA) Rafael Grossi, a «investigar la acción ilegal de EEUU contra los emplazamientos nucleares iraníes». En otro comunicado, la AIEA aseguró que Teherán le transmitió su decisión de continuar adelante con su programa nuclear. Debe recordarse que desde 2003, Irán ha permitido las inspecciones de la AIEA a sus centrales nucleares, con episodios intermitentes de tensiones y rupturas.

Como respuesta a los ataques directos de EEUU, Teherán respondió bombardeando una base militar estadounidense en Qatar, una represalia táctica toda vez que la prudencia se tornó patente al no cerrar, al menos por ahora, el estratégico estrecho de Ormuz. Mientras Trump reprendía a Netanyahu pidiendo el final de los bombardeos, el presidente iraní Masud Pezeshkian lanzaba un mensaje de conciliación hacia EEUU para retomar las negociaciones en condiciones de paridad.

Tras el ataque estadounidense, el ministro iraní de Exteriores Abbas Araghchi viajó inmediatamente a Moscú en una acción que revela el carácter protagónico que tiene Rusia en este contexto como el principal aliado estratégico de Teherán. Si bien el presidente ruso Vladimir Putin condenó el ataque estadounidense mostrando su preocupación por la escalada del conflicto (en la que podría materializarse una intervención rusa en auxilio de su aliado iraní), el Kremlin en ningún momento se comprometió con una inmediata ayuda militar a favor de Teherán. El vicepresidente del Consejo de Seguridad y expresidente ruso Dmitri Medveded lanzó un mensaje más conciliador, que puede revelar los esfuerzos rusos de mediación, instando a Israel e Irán a abandonar sus respectivos programas nucleares.

En Moscú predomina la táctica de prudencia ante los acontecimientos que amenazan con arrastrar a Rusia hacia un nuevo frente de guerra con Ucrania aún en juego. Más allá del apoyo moral a Teherán, la prudencia del Kremlin revela claramente su percepción de que Occidente y el eje «atlantista» buscan abrir en Oriente Próximo un segundo frente que implique para Rusia desangrarse en dos conflictos paralelos, en este caso Ucrania e Irán.

Por otro lado, las autoridades rusas reconocen oficialmente que se avecina un período de recesión económica, en gran medida motivada por el inflacionario gasto hacia el sector militar-industrial para mantener el pulso con la OTAN. Además de la posibilidad de verse arrastrado a un «segundo frente», este contexto económico bien pudo influir en la prudente distancia que mantuvo Moscú a la hora de asistir militarmente a su aliado iraní, sin que ello determine un distanciamiento con el que actualmente es su principal aliado en Oriente Medio.

¿Empate técnico o victoria moral de Irán?

El resultado de la «guerra de los doce días» plantea varias interrogantes: ¿hay un ganador claro o más bien estamos ante un empate técnico?; ¿fue una medición de fuerzas militares entre Israel e Irán con sus respectivos nudos geopolíticos ante la posibilidad de una escalada mayor? Contrario a lo que pregonaban los mass media occidentales, ¿se puede percibir que Irán no está tan debilitado como parecía?

A priori, siguiendo un ejercicio de «suma cero», Netanyahu sale visiblemente derrotado. A pesar de lograr descabezar altos cargos de la cúpula militar iraní, la apuesta aventurera de Netanyahu por derribar el establishment de poder en Teherán se ha visto empañada por una respuesta militar contundente de su adversario, aspecto que cuestiona la eventual superioridad militar israelí. Por otro lado, la súbita entrada de Trump vía ataque directo supone igualmente un revés para Netanyahu, quien se veía acorralado ante la eficacia de los bombardeos iraníes, mostrando así su dependencia del aliado estadounidense.

Más allá de los lazos estratégicos entre Washington y Tel Aviv que perduran independientemente de quién esté al mando en cada país, Trump no ha ocultado su malestar por el desaire de Netanyahu al decidir ir por su cuenta en este conflicto donde ha terminado involucrando a EEUU; una apuesta de Netanyahu que si bien anhelaba no le ha salido como esperaba.

Por su parte, Irán ha demostrado una notable capacidad militar y política en el manejo de la crisis con Israel. Sus misiles, entre los que destacaron los hipersónicos (probablemente de asistencia rusa) penetraron en varias ocasiones las defensas antiaéreas israelíes. A pesar del maremágnum de desinformación existente, Teherán ha demostrado igualmente una astuta cautela para preservar su programa nuclear, disperso en decenas de instalaciones con una protección capaz de resistir en muchos casos los golpes de la aviación israelí.

La capacidad de resistencia y de ofensiva por parte de Irán sobre territorio israelí y objetivos estadounidenses implican para Trump la posibilidad de tantear otros escenarios en su relación con Netanyahu. Las declaraciones contradictorias de Trump dan a entender sus reservas sobre la capacidad israelí para derrotar a Irán, toda vez que Trump podría observar a Netanyahu como un aliado tan necesario como incómodo ante la persistencia del primer ministro israelí por derrotar a Irán a toda costa.

Tras la «guerra de doce días», Washington podría comenzar a trazar una nueva estrategia para mantener el equilibrio en Oriente Próximo. Consciente de la capacidad de resistencia y de respuesta iraní y experto conocedor del lenguaje del poder en las negociaciones y las distancias cortas, Trump buscará mantener el contacto con Teherán con la perspectiva de negociar un nuevo acuerdo nuclear atendiendo los imperativos geopolíticos estadounidenses, una posición que muy seguramente será rechazada por el gobierno iraní. Con ello Trump estaría devolviéndole un poco el desaire a un Netanyahu que, como en el caso del presidente ucraniano Volodymir Zelensky con respecto a la ayuda estadounidense, corre el riesgo de degradar su imagen y verse desplazado en el grado de prioridades de Trump.

Por otro lado, el fracaso de la vocación aventurera de Netanyahu podría persuadir a Trump a trazar un nuevo equilibrio regional vía Arabia Saudita, alterando parcialmente los denominados «Acuerdos de Abraham» de 2020 que implicaban un reconocimiento diplomático entre sauditas e israelíes y que ahora pueden verse desplazados de prioridad ante el estupor a nivel mundial por las masacres en Gaza.

Mientras observa con atención la reorientación geopolítica del nuevo gobierno sirio (a quien Trump llegó a instar a que reconociera la legitimidad del Estado de Israel durante su reciente gira regional), Washington podría ahora reorientar sus prioridades regionales hacia Arabia Saudita, restándole peso prioritario a Israel sin que ello signifique marcar distancias con Tel Aviv. Está por verse igualmente si Trump y Netanyahu mantendrán intactas sus expectativas de generar un cambio de poder en Teherán, un escenario que hoy parece mucho menos probable tomando en cuenta que la «guerra de los doce días» parece haber legitimado aún más al establishment de poder iraní.

Trump rompe la baraja en Irán ante un Netanyahu que muestra su dependencia de la ayuda militar, diplomática y de inteligencia estadounidense toda vez que lanza un ultimátum al sistema de leyes y normas internacionales, incapaces de detener la posibilidad de esa escalada conflictiva en Oriente Medio. Trump sólo cree en la unilateralidad de sus decisiones, desconfiando incluso de aliados estrechos como Netanyahu.

Como ha sucedido con la guerra de Ucrania, Europa vuelve a ser un convidado de piedra, incapaz de articular una política decisiva más allá de ciertas negociaciones en Ginebra con diplomáticos iraníes. Alemania, Francia y el Reino Unido se alinearon directamente a favor de Israel enviando asistencia militar.

Por otro lado, la mayor parte de los países árabes no han condenado el ataque de Trump, lo cual evidencia sus intenciones prioritarias de observar si el enfrentamiento con Israel termine debilitando a un rival regional como Irán. Otro actor como Turquía, cuya política es cada vez más desafiante y crítica con Israel manteniendo relaciones intermitentes con Irán, ha demostrado igualmente su capacidad de mediador.

Israel: dilemas existenciales

Durante décadas Occidente presentó a Israel de manera propagandística como la «única democracia en Oriente Medio». No obstante, la política y sociedad israelíes han derivado en los últimos tiempos en un Estado étnica y religiosamente intransigente, precisamente coincidiendo con las diversas etapas de Netanyahu en el poder (cinco mandatos entre 1996, 2009 y desde 2021)

Las guerras de Gaza e Irán podrían tramitar dilemas e inesperados conflictos políticos y sociales internos. Ante la masacre de palestinos en Gaza, la sociedad israelí apenas ha mostrado alguna manifestación de condescendencia, solidaridad y mea culpa. La intransigencia oficialista afecta igualmente la condición de los árabes dentro del Estado de Israel, tratados como ciudadanos de segunda clase. Salvo en los casos de Egipto, Jordania, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, al fracaso histórico y diplomático de Israel por alcanzar la legitimidad y la paz con sus vecinos árabes como mecanismo de seguridad se le une ahora la sensación de vulnerabilidad ante la respuesta militar iraní.

Israel es también dependiente de la ayuda exterior vía lobbies como la influyente American Israel Public Affairs Committee (AIPAC) en EEUU. No obstante, el carácter laico estatal, las fuerzas religiosas ultraortodoxas y ultranacionalistas pujan por dominar el debate público, a menudo al lado de fuerzas sionistas nacionalistas. Algunos apoyan el carácter mesiánico del «Gran Israel», objetivo clave para Netanyahu y sus aliados políticos. Otros grupos religiosos desprecian el carácter laico del sionismo fundador del Estado de Israel. Incluso algunos de esos grupos muy minoritarios, dentro y fuera de Israel, han manifestado su solidaridad con Palestina.

La naturaleza política del Estado de Israel observa un tipo de régimen parlamentario pero fuertemente determinado por la existencia de lobbies, principalmente vinculados al poderoso complejo militar-industrial; la influencia de los colonos en los territorios ocupados (Gaza, Cisjordania, Altos del Golán y sur del Líbano), cuyos movimientos políticos son básicamente ultraderechistas y nacionalistas; y la diáspora judía, principalmente la existente en Europa, EEUU y Magreb.

Así, el carácter laico del Estado es cada vez más erosionado por el aumento de fuerzas ultrarreligiosas mesiánicas. El sionismo se está transformando de un movimiento laico y comunitario de tintes socialistas a una plataforma dominada por sectores ultranacionalistas y religiosos mesiánicos en la que Netanyahu se ha convertido en su principal aglutinador a través de la idea del «Gran Israel».

La complejidad del mosaico étnico israelí, en la que conviven judíos, árabes, palestinos, cristianos armenios, arameos, drusos y otras minorías étnicas y religiosas, ha dado paso igualmente a una especie de «racismo institucionalizado» no sólo hacia los no judíos sino también hacia miembros de esta comunidad provenientes de países árabes y africanos, especialmente Sudán, Somalia y Etiopía. En los debates parlamentarios en la Knesset se han observado situaciones rayanas en el autoritarismo más rancio y el desprecio por el disenso, con diputados israelíes y árabe-israelíes expulsados del hemiciclo por criticar la guerra en Gaza y el trato hacia los palestinos.

Dentro de esta deriva ultranacionalista y religiosa que se acopla al carácter militarista del Estado israelí (el servicio militar es obligatorio mientras existe un ejército de reservistas igualmente influyente en la política), los ataques iraníes han provocado que miles de israelíes huyan del país, incluso con pretensiones de no regresar a un «nuevo Israel» del cual ellos mismos aseguran ya no reconocen. Así, el miedo social podría derivar en otro dilema existencial que ponga en duda la pretendida fortaleza de los cimientos del Estado israelí.

Diversas voces vienen igualmente denunciando que esta deriva autoritaria e intransigente podría estar instrumentalizando una especie de «teocracia sionista», un émulo no muy diferente por cierto de la naturaleza del régimen político que permanece en el poder en Teherán desde 1979. Así, y a pesar de las pretensiones de Netanyahu y Trump por derribarlo, el giro político que está tomando Israel pareciera levemente asimilarse al de su eterno enemigo iraní.

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE UU y América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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