Roberto Mansilla Blanco*

Conferencia de Al Sharaa y Merz tras su reunión en Berlín (Imagen: Hans Scherhaufer/epd/IMAGO).
La reciente visita a Alemania del presidente sirio Ahmed al Sharaa, en la que entre otras disposiciones acordó con el canciller Friedrich Merz el retorno de refugiados sirios radicados en ese país, abrió igualmente las compuertas para un proyecto geoeconómico de mayor calado determinado por la actual guerra de EEUU e Israel contra Irán y, particularmente, ante las tensiones económicas globales por las presiones iraníes de cierre del Estrecho de Ormuz.
El interés occidental implica convertir a Siria en un «puerto seguro» así como en un posible corredor energético desde el Golfo Pérsico hasta el Mar Mediterráneo lo suficientemente fiable para Europa, tal como lo explicó el propio al Sharaa durante su participación en el Foro Económico Siria-Alemania. Damasco espera recibir inversiones exteriores en los próximos años valoradas en US$ 59 mil millones.
Occidente y la «nueva Siria»
Tras la caída en Damasco del régimen de Bashar al Asad, aliado de Irán, Rusia y China, Occidente ha iniciado un proceso de atracción a la «nueva Siria». El nuevo presidente de facto al Sharaa, un antiguo yihadista vinculado a la red Al Qaeda, ha dado un giro copernicano a la orientación geopolítica siria. Ha sido recibido en la Casa Blanca por el presidente Donald Trump; en el Kremlin por Vladimir Putin; y ha realizado su discurso ante la Asamblea General de la ONU.
De este modo, se asumen como imperativos estratégicos para Occidente la reinserción de una Siria más proclive a sus intereses en el tablero geopolítico mundial y su reconstrucción estatal en aras de propiciar la estabilidad ante un convulso Oriente Medio, ahora erosionado por la guerra contra Irán y su capacidad para provocar distorsiones en la economía global.
Por otro lado, y en un momento de ascenso político y electoral de opciones antiinmigración y de ultraderecha en Europa, las expectativas de aplicar medidas de retorno de refugiados sirios suponen una medida orientada a intentar hacer frente a un tema, el de la inmigración, que inquieta a determinados liderazgos políticos en Europa y EEUU, como son los casos del presidente estadounidenses Donald Trump, el húngaro Viktor Orbán y la italiana Giorgia Meloni, entre otros.
Dos estrechos estratégicos: Ormuz y Bab el Mandeb
Occidente observa con obvia preocupación el tectónico golpe geoeconómico y geopolítico realizado por Irán a través de su control del estrecho de Ormuz y ante sus reiteradas amenazas de cierre. El valor estratégico de este estrecho es evidente ya que supone una ruta por la que transita aproximadamente el 20% del suministro energético mundial.
Teherán también ha colocado en el centro de atención la posibilidad de cierre de otro estrecho, el de Bab el Mandeb, muy próximo al golfo de Adén y al océano Índico. Aquí entra en juego otro escenario, el de Yemen. La guerra con Irán ha ampliado su radio de actuación hacia este país que vive un conflicto armado interno con repercusiones regionales. En Yemen, la comunidad hutí, aliada de Teherán, ha entrado en la guerra atacando objetivos israelíes y occidentales en la región y ejerciendo presión contra Occidente sobre el control del estrecho de Bab el Mandeb.
Por otro lado está Bahréin, importante productor petrolero y de gas natural y que, al igual que Yemen, podría verse arrastrado por el conflicto de Irán vía posible insurrección popular e incluso militar por parte de la mayoría chiíta, aliada iraní, contra el poder sunnita mantenido entre otros por Arabia Saudita.
Como en los casos de Arabia Saudita, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos, Irán ha atacado estratégicas estructuras energéticas en Bahréin. De este modo, buscando propiciar una eventual insurrección popular contra la monarquía, Bahrein podría convertirse en un eventual «satélite iraní vía eje chiíta», similar al ya existente en Yemen, Líbano e Irak.
La alternativa energética del Cáucaso Sur
La actual coyuntura en torno a los estrechos de Ormuz y Bab el Mandeb también apunta a otro escenario geopolítico estratégico, el Cáucaso Sur, y específicamente el mar Caspio, como ruta energética alternativa para Occidente a la hora de suplir de gas natural y petróleo a las economías europeas, sacudidas por los elevados precios del crudo.
Por su condición de territorio de tránsito de oleoductos y gasoductos desde el mar Caspio, desde hace tres décadas, coincidiendo con la disolución de la URSS, el Cáucaso Sur se ha erigido como un escenario geopolítico emergente y con cada vez mayor importancia geoeconómica. Rusia, Turquía, EEUU, Irán, Israel, la Unión Europea, Arabia Saudita, China e India, entre otros, han entrado con fuerza para colocar al Cáucaso entre sus prioridades de influencia.
En este contexto adquieren importancia estratégica el proyecto de Corredor del Gas del Sur (SGC por sus siglas en inglés), que conecta el mar Caspio con Europa transportando gas desde Azerbaiyán vía Georgia y Turquía; y el ya conocido como oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan (BTC)
El interés geoeconómico para Europa en el Cáucaso Sur está enfocado en controlar estas rutas para reducir su dependencia energética de Rusia, palpable tras la guerra de Ucrania, así como perfilar una alternativa estratégica ante las tensiones en Oriente Medio. Por otro lado se han registrado nuevos proyectos de rutas de gasoductos regionales vía Georgia y Armenia hacia Europa como es el caso del “Corredor Verde”.
Esto ha repercutido en el ascendente peso de Azerbaiyán, productor petrolero y de gas natural y principal actor dentro del Mar Caspio, lo cual hace de este país una potencia regional. Bakú ha ampliado sus socios comerciales energéticos hacia Israel, Turquía y ahora Siria, además de manejar hábilmente sus equilibrios estratégicos en torno a Rusia, Occidente, Irán y China.
Las tensiones ruso-occidentales, principalmente desde el comienzo de la guerra en Ucrania, han propiciado pulsos geopolíticos por el control de esferas de influencia determinados por los intereses energéticos. Rusia ha logrado neutralizar la implicación occidental en Georgia toda vez el giro prooccidental armenio anuncia nuevos equilibrios. Moscú ha iniciado una etapa de distensión con Azerbaiyán ante los contactos de Bakú con EEUU, palpables tras la materialización del acuerdo de paz en Nagorno Karabaj (2024)
Aquí cobra especial atención el corredor de Zangezur (Armenia) y el impacto estratégico de esta región clave en las rutas energéticas, comerciales y de seguridad euroasiáticas. El histórico acuerdo de 2024 para Nagorno Karabaj propiciado por Trump ha revitalizado la importancia geoeconómica de este corredor transcaucásico. Para todos estos actores involucrados, la guerra de Irán ha revitalizado esta importancia geopolítica y geoeconómica del Cáucaso Sur.

Arabia Saudita y Turquía mueven fichas
Volviendo al caso sirio, Arabia Saudita está emergiendo como un actor fundamental en la reconfiguración de la infraestructura energética y económica de ese país, con especial incidencia en la reconstrucción del sector eléctrico.
Para Riad, que también ha propiciado el proceso de reinserción internacional de Siria vía «lavado de imagen» del liderazgo de al Sharaa, el objetivo es asegurar la vía Siria la estabilidad necesaria para la creación de corredores económicos hacia Europa y Oriente Próximo. El reino saudita ha comenzado a invertir más de US$2.000 millones en Siria, buscando fortalecer su influencia en ese país al mismo tiempo que propicia la conexión energética desde el golfo Pérsico con Europa. Este proceso redefine el mapa de poder energético regional a través de nuevas rutas menos dependientes del control de rivales como Irán vía estrecho de Ormuz.
Por otro lado es igualmente perceptible el peso de Turquía en la Siria de al Sharaa, escenario que complica los intereses sauditas toda vez la posición de Ankara ampara nuevos equilibrios geopolíticos regionales con respecto a Israel, Irán y EEUU. En este sentido, Turquía también juega sus cartas geoeconómicas y geopolíticas. Ankara ha avanzado negociaciones con Egipto para propiciar nuevas rutas logísticas vía Canal de Suez, menos dependientes de los imperativos occidentales e israelíes.
Irán: el CGRI configura un régimen pretoriano nacionalista
Mientras China, Turquía, Egipto y Pakistán ensayan iniciativas de paz para finalizar la guerra con Irán, Washington ha venido manteniendo la presión militar sobre Teherán, incluso vía despliegue de efectivos, atizando las expectativas de una eventual invasión terrestre del país persa.
No obstante, Washington comienza a asumir los costos de una guerra estéril para sus objetivos, especialmente en un 2026 electoral con los comicios legislativos de noviembre y ante la impopularidad de este conflicto y las recientes protestas sociales en EEUU. Esto ha provocado que Trump comience a decantarse por la posibilidad de una negociación directa con Irán que ponga fin al conflicto.
Este escenario perjudica las pretensiones israelíes de influir en la administración Trump para un cambio de régimen en Irán, aspecto que podría implicar un posible enfriamiento en las relaciones entre Washington y Tel Aviv. Toda vez, que Trump vuelve a invocar su pretensión de degradar los compromisos con Europa vía OTAN, profundizando cada vez más sus posiciones unilaterales y aislacionistas.
Por otro lado, el creciente poder del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) en el manejo de la guerra determina la posibilidad, cada vez más asertiva, de que Irán se deslice hacia un régimen de pretorianismo militar donde el nacionalismo persa y el chiísmo converjan en una nueva estructura de poder, desplazando del centro de gravedad a la teocracia y a los ayatolás hacia posiciones meramente simbólicas.
El creciente poder del CGRI durante esta guerra no sólo transformará el mapa político iraní y regional sino que implicará una mayor radicalización de las posiciones de Teherán con respecto a Occidente, Israel y Arabia Saudita, sus principales rivales geopolíticos regionales.
EEUU y Europa comienzan a interpretar este escenario como una especie de fait accompli que eventualmente implique adoptar posiciones de realpolitik con Teherán, toda vez que sus expectativas de cambio de régimen prooccidental y adopción de un «modelo sirio» en el país persa comienzan a desvanecerse.
Un Irán cada vez más nacionalista bajo el CGRI ejercerá su presión y su poder de control sobre rutas comerciales estratégicas como los anteriormente mencionados estrechos de Ormuz y Bab el Mandeb, perjudicando los intereses geoeconómicos occidentales a favor de países aliados de Teherán como China y sus conexiones geopolíticas. Por ello, Occidente acelera sus intereses geoeconómicos en rutas alternativas como los corredores sirio y del Cáucaso Sur para reducir esta dependencia comercial y energética de las rutas por estos estrechos.
* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.
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