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La profecía de Tocqueville sobre EE.UU. y Rusia

Por Agustín Saavedra Weise (*)

Introducción

El pensador francés Alexis de Tocqueville (1805-59) no se equivocó cuando predijo que algún día Rusia y América (Estados Unidos), tendrían objetivos comunes y compartirían el mundo. Durante la Segunda Guerra Mundial fueron aliados; su objetivo común era derrotar a las potencias fascistas del Eje. A partir de mediados de 1945 la entonces poderosa Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se expandió hacia el oeste hasta límites no soñados otrora por los monarcas del Ducado de Moscowa. Estuvo muy cerca de llegar a puertos de aguas cálidas, el máximo objetivo histórico del Zar de todas las Rusias: Kievan Rus (hoy Ucrania), Rusia y Bielorrusia. En los lugares ocupados por la totalitaria URSS cayó finalmente la cortina de hierro, pronosticada por Joseph Goebbels y popularizada por Winston Churchill, personaje que se copió el término y lo divulgó urbi et orbe.

La URSS se pertrechó en sus extensas fronteras y cubrió su periferia con países satélites teóricamente independientes, pero que seguían las órdenes de Moscú al pie de la letra. Al trazarse la línea Oder-Neisse como límite de una Alemania vencida y dividida (se la despojó de Prusia oriental más todos sus extensos territorios del este), si bien las potencias occidentales aceptaron tal cosa y el inevitable posterior penoso flujo de millones de refugiados, desde ese momento —al ver la cruda realidad geopolítica— se pusieron en guardia. Aunque los acuerdos de Yalta entre los principales vencedores (Estados Unidos, Reino Unido y URSS) preveían estas acciones, una cosa fue el papel y otra lo tangible. El avance soviético hacia el oeste había llegado demasiado lejos; finalmente las potencias anglosajonas percibieron que el comunismo quería tener dimensión universal y expandirse por doquier. Allí comenzó en forma efectiva la Guerra Fría que ya se insinuaba desde principios de 1945.

La Guerra Fría

Así, pues, tras superar el objetivo común de destruir al fascismo se pasó luego a una etapa de mutuo recelo entre la URSS y EE.UU. que estuvo plagada de amenazas mutuas y con la gestación de alianzas desde ambas partes. Por el llamado “Mundo Libre” surgió la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y por parte de Moscú el Pacto de Varsovia. Se inició así el largo período de la denominada “Guerra Fría”, etapa durante la cual hubo muchas tensiones pero felizmente nunca se llegó a una confrontación nuclear, aunque se estuvo muy cerca en la crisis de los misiles con Cuba de octubre 1962. Los arsenales de EE.UU. y de la URSS siguieron creciendo y aunque se firmaron acuerdos limitativos en materia de ojivas nucleares, se vivieron años de inquietud permanente y plagados de intervenciones aisladas de las superpotencias en los marcos de sus respectivas zonas de influencia. Al colapsar la URSS en 1991 por el fracaso del largo experimento comunista, surgieron 15 naciones independientes. La más extensa y dominante de ellas —la Federación de Rusia— retomó su nombre tradicional y ocupó el sitio de la URSS en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La debacle comunista estuvo precedida de un fenómeno similar en Alemania oriental al desplomarse el muro de Berlín en octubre de 1989, prueba palpable del enorme descontento de millones de personas que se sintieron engañadas por un comunismo que les prometió mucho y cumplió poco. Se iniciaba una nueva era y se habló hasta del “fin de la historia”. En realidad, más bien se gestaba una nueva historia que recién comenzaba… Varios historiadores han marcado —desde el punto de vista socio-político— el derrumbe del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética como la conclusión efectiva del siglo XX y el inicio del siglo XXI, período que —en términos meramente numéricos— ya hace 18 años que transitamos.

Etapa confusa

Hasta aquí se habían cumplido dos de las profecías de Tocqueville: Rusia y Estados Unidos estuvieron juntos para derrotar al totalitarismo que representaba la Alemania de Hitler y luego se dividieron el mundo en la defensa por cada potencia de su ideología: el comunismo por Moscú y la democracia liberal por Washington. Pero lo más interesante fue lo que expresó el francés en 1835: «Hoy en día hay dos grandes pueblos en la tierra que, comenzando desde diferentes puntos, parecen avanzar hacia el mismo objetivo: estos son los rusos y los angloamericanos»;. Y agregó: «todos los demás pueblos parecen haber llegado casi a los límites trazados por la naturaleza, y no tienen nada más que hacer que mantenerse; pero estos dos seguirán creciendo». Por otro lado, lo manifestado en el testamento político de Adolf Hitler es también sorprendente: “Con la derrota del Reich y la espera del surgimiento de los nacionalismos asiático, africano y tal vez sudamericano, solo quedarán en el mundo dos grandes potencias capaces de enfrentarse entre sí: los Estados Unidos y la Rusia soviética. Las leyes de la historia y la geografía obligarán a estos dos poderes a una prueba de fuerza, ya sea militar o en los campos de la economía y la ideología. Estas mismas leyes hacen inevitable que ambas potencias se conviertan en enemigas de Europa. Y es igualmente cierto que estas dos potencias, tarde o temprano, encontrarán deseable buscar el apoyo de la única gran nación sobreviviente en Europa: el pueblo alemán”. No en vano hoy en día EE.UU. y Rusia coquetean con Alemania o la presionan, según propia conveniencia de cada uno…

Y finalmente llegamos al punto de los “propósitos comunes” que anunció Tocqueville. Esta etapa pareció plasmarse luego del fin de la Guerra Fría, cuando un exuberante George Busch padre afirmó que con la caída del comunismo se abrían nuevos horizontes entre Rusia y EE.UU. Poco duró el idilio. Guiados por los ventajistas líderes de Europa occidental, por liberales yanquis anti rusos y por el complejo industrial-militar (en su momento denunciado con alarma por Eisenhower en 1960) los políticos norteamericanos y los medios —en lugar de proseguir su aproximación hacia el otrora rival— los unos lo arrinconaron con el ingreso en la OTAN de todos los ex satélites soviéticos, mientras los medios por su lado arreciaban con la “rivalidad” y “hostilidad” de Rusia, creando imágenes muy negativas o alarmantes en la opinión pública. Esos grupos de presión acosaban al ex enemigo para mostrarlo como un enemigo real, algo que nunca lo fue desde 1991 hasta hoy en día. Tras unos pocos años de confusión, una vez munido de un liderazgo firme, Moscú reaccionó al sentir el peso del cerco gratuitamente erigido a su alrededor. De ahí las incursiones rusas en Ucrania y en otros lugares, siempre en procura de un espacio para que respire el oso ruso, que ha sentido nuevamente el ahogo de un ”corralito” similar al impuesto durante la Guerra Fría. Y en ese estado hemos permanecido hasta hace pocos días en la escala planetaria, con el beneplácito y la alegría de muchos hipócritas e ilusos que no se percataron del mal que estaban ocasionándose a sí mismos y al mundo con ese proceder.

Una nueva era

El encuentro en Helsinki de Donald Trump y Vladimir Putin del pasado 16 de julio —más allá de las personalidades de ambos líderes o de las críticas que se les puedan hacer por otras cuestiones— ha sido de importancia fundamental. Tiende a cambiar un absurdo estado de cosas. Como es sabido, una psicosis francamente alarmante por parte de medios y políticos norteamericanos acerca de las presuntas interferencias de Rusia en las últimas elecciones presidenciales viene siendo objeto de titulares e innumerables comentarios desde hace meses. Seamos francos: EE.UU. es una súperpotencia y una gran democracia; ese tipo de cuestiones no deberían preocuparle a su élite gobernante de la forma inusitada que ha venido sucediendo. Por otro lado, he aquí que mientras la mayoría de los políticos estadounidenses reconocidos como “liberales” y “demócratas” parlotean acerca de la paz, al mismo tiempo paradójicamente se rasgan las vestiduras ante una prueba palpable de paz entre las dos principales potencias nucleares del mundo. Y bien sabemos que la economía de Rusia es actualmente del tamaño de la de Italia o la de Texas, no hace falta que todos repitan lo mismo, pero también sabemos que con 11 husos horarios (desde Kaliningrado hasta Kamchatka) por su enorme extensión geográfica, inmensos recursos naturales y su probada capacidad de expansión socio-cultural en una vasta zona de Eurasia, Rusia no es poca cosa, es un país que obligadamente debe ser tomado en cuenta a nivel planetario. No se trata de un pez chico. El instinto de Trump no le falló.

En el momento presente, la histeria de medios y de políticos estadounidenses la considero verdaderamente lamentable e injustificada frente a la posibilidad concreta de una alianza ruso-americana capaz de generarnos un mundo mejor. El proceso está apenas en sus comienzos, tal vez pueda seguir adelante pese a las presiones o tal vez (ojalá no) fracase como consecuencia de esas injustas presiones e infundados temores. Pero el paso está dado y fue positivo. Aquí se anotó un poroto Donald Trump. En este campo, al menos, ha probado tener mayor visión estratégica que muchos de sus antecesores y opositores.

Conclusiones

Es común el señalar que cuando dos grandes potencias llegan a un acuerdo, casi siempre lo hacen a costillas de otro menos afortunado. Los europeos occidentales temen que sean ellos, pero esos temores carecen de fundamento. Todo lo que Putin quiere son relaciones normales con Occidente, lo cual no es mucho pedir. El candidato número uno para pagar el precio del acercamiento podría ser Palestina y tal vez Irán, de manera marginal. En la conferencia de prensa, sobre las posibles áreas de cooperación entre las dos potencias nucleares, Trump sugirió que los dos podrían acordar ayudar a Israel y Putin no se opuso a la idea. En otro tema, Trump dijo que «nuestros militares» se llevan bien con los rusos y «mejor que con nuestros políticos». La expresión esconde un golpe directo al complejo industrial-militar. Los globalistas neoliberales siguen con su
histeria anti rusa y sin medir consecuencias ni atar cabos en forma racional. El diálogo constructivo entre Estados Unidos y Rusia ofrece la oportunidad de abrir nuevos caminos hacia la paz y la estabilidad en nuestro mundo y eso es bueno. Trump declaró: «Preferiría tomar un riesgo político en pos de la paz que arriesgar la paz en pos de la política». Eso es mucho más de lo que sus enemigos políticos pueden decir, aunque ya llegó el aluvión de acosos de la prensa liberal por la “traición”, agregando una serie de falacias amplificadas que están calando hondo en la mente del ciudadano común. Pero no hay que aflojar, la paz y el futuro del mundo dependen de una durable alianza ruso-americana. Es la real realidad.

Una unión de esfuerzos y propósitos de la dupla Rusia-EE.UU aminorará las ambiciones de una China hambrienta de poder; será un contra peso geopolítico formidable frente al dragón del oriente y en la propia escala mundial. Asimismo, esa unión será exitosa en la lucha contra el terrorismo internacional. Por su lado, los europeos verán si les conviene seguir con su actitud agresiva hacia Rusia o asumir con aguda visión realista los retos del momento y permitir que Rusia mantenga su tradicional área de influencia en el espacio post soviético.

Deseo sinceramente que la aproximación entre Moscú y Washington se profundice, pero aún dudo que ella se concrete en plenitud, por lo brevemente expresado en estas líneas. Los intereses en contra son muchos, sobre todo en un país como EE.UU. donde el cabildeo de intereses sectarios, las presiones económico-financieras, la creación gratuita de escándalos, la exageración mediática (linda con la histeria) y el complejo industrial-militar, manejan en conjunto vitales hilos de poder e influencia… En fin, debemos confiar en que la predicción del genio de Tocqueville se cumplirá, para el bien de dos grandes naciones y del mundo en general.

(*) Agustín Saavedra Weise: Ex Canciller de Bolivia, economista y politólogo.

©2018-SAEEG

El separatismo en “Süd-Tirol”

Marcelo Javier de los Reyes*

Bandera de Tirol del Sur

 

La historia reciente

Escocia y Cataluña son las regiones protagonistas en los medios debido a la intención de una buena parte de su población de lograr la independencia respecto del Reino Unido y de España, respectivamente. No son las únicas y muchas se encuentran en Europa. Una de ellas es “Süd- Tirol”, “Tirol del Sur” o “Provincia Autónoma de Bolzano” o “Alto Adigio”, localizada al norte de Italia en la frontera con Austria. La mayoría de la población habla alemán, aproximadamente el 70%, un 25% italiano y una pequeña minoría el ladino, lengua del grupo de las retorromance ―rätomanisch para los lingüistas alemanes―, una diversidad de lenguas neolatinas habladas primordialmente en la región alpina central y oriental. Debido a que está localizada en los valles de los Dolomitas también es denominada ladino dolomita.

Cuando el Imperio austrohúngaro le declaró la guerra a Serbia tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando y su esposa, ocurrido el 28 de junio de 1914 a manos del joven serbio Gavrilo Princip, miembro de la asociación secreta nacionalista “Mano Negra”, Italia decidió mantenerse neutral y no honrar sus compromisos con sus socios de la Triple Alianza, pacto militar entre el Imperio Alemán, el Imperio Austro-Húngaro e Italia firmado en mayo de 1882.

Durante la Primera Guerra Mundial se llevaron a cabo negociaciones secretas entre los gobiernos del Reino Unido, Francia e Italia con la intención de que esta última ingresara al conflicto del lado de la Triple Entente para lo cual debía renunciar a su alianza con los imperios centrales. El gobierno de Roma puso condiciones, exigiendo que se le entregada el Süd-Tirol, el Trentino, Dalmacia, etc. El Reino Unido, Francia y Rusia presionaban a Italia para atraerla a su bando, mientras que el embajador del Imperio alemán en Roma, el Príncipe Bernhard von Büllow, hombre de entera confianza del Káiser Guillermo II, trataba de mantener a Italia dentro la Triple Alianza[1].

En abril de 1915 Italia, Francia, el Reino Unido y Rusia firmaron en Londres un tratado secreto por el cual le prometieron al gobierno de Roma que, a cambio de declararle la guerra a sus antiguos aliados, recibiría en compensación Tirol del Sur, la península de Istria y Dalmacia y se le reconocería su soberanía sobre las islas del Dodecaneso, ocupadas por Italia desde 1912[2]. Los miembros de la Entente también prometieron al gobierno de Italia, aunque más vagamente “una participación justa” si Turquía llegaba a dividirse y una compensación territorial en África. En función de estas promesas, Italia le declaró la guerra al Imperio austrohúngaro en mayo de 1915[3].

Las motivaciones que impulsan el separatismo son económicas, políticas, históricas y sociales. Luego de la Primera Guerra Mundial esta región que pertenecía al Imperio austrohúngaro quedó bajo la jurisdicción de Italia y la población mayoritaria, de origen austríaco, debió soportar la opresión del fascismo. En 1923 Ettore Tolomei fue elegido senador y se propuso italianizar la región, estableciendo que el italiano fuera el único idioma oficial de la región. Su propósito no hacía más que responder al concepto fascista de “nación” que tenía como objetivo excluir todo “cuerpo extraño y no atribuible a la idea de nación fuerte, homogénea, preparada para la primacía ideal e histórica de Italia sobre las otras naciones y pueblos”[4].

Tirol del Sur, Venecia Julia ―ambas regiones anexionadas tras la Primera Guerra Mundial― y el Valle de Aosta ―con población francófona― constituían una minoría lingüística que representaba el 2% de la población del país[5].

En realidad el lingüista y geógrafo Ettore Tolomei fue quien impulsó, dentro del fascismo, la concepción de italianizar las regiones en las que predominaban las minorías lingüísticas. De ese modo, fue prohibida la denominación de Sudtirolo (Tirol del Sur), siendo reemplazada por la de Alto Adige (Alto Adigio) ―cuyo gentilicio es altoatesino― y en 1926 se constituyó la provincia de Bolzano, separada de la de Trento, se procedió a expulsar a la población de origen austríaco y el italiano se instituyó como lengua oficial, se italianizó la toponimia de la región y se llegó a prohibir el uso del alemán incluso en las lápidas[6]. En este sentido, se procedió a favorecer la inmigración de los italianos a la región, pasando de un 3% de personas de lengua italiana en 1918 a un 35% en 1943[7].

El 12 de marzo de 1938 Adolf Hitler procedió al Anschluss (“anexión”) de Austria al Tercer Reich y en octubre de ese año las tropas alemanas ocuparon la región de los Sudetes en Checoslovaquia, en la que residía una comunidad alemana. Con antelación a esta última ocupación, en el mes de mayo, Hitler se reunió con su aliado Benito Mussolini en Roma, tras lo cual “Il Duce”, les otorgó a los alemanes y ladinos residentes en Alto Adige la posibilidad de sumarse a la Volksgemeinschaft (Comunidad del Pueblo), lo que significaba que debían dejar Italia y trasladarse con sus bienes a alguna región que integrara el Tercer Reich.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, la región fue obteniendo, paulatinamente, una mayor autonomía, tanto política como idiomática, pues el alemán fue establecido como idioma oficial junto con el italiano y se estableció una toponimia bilingüe, aunque eso ha abierto un nuevo capítulo que divide a la población. El 5 de septiembre de 1946 el primer ministro de Italia, Alcide de Gasperi, y su par austríaco, Karl Gruber, convinieron en otorgarle la autonomía a la región, la que con el correr del tiempo se fue ampliando.

A mediados de la década de 1950 Sepp Kerschbaumer (1913-1964) y otros ocho partidarios de la secesión de Italia crearon el Befreiungsausschuss Südtirol, BAS, (Comité de Liberación del Tirol del Sur), una organización separatista que operaba en la región de Tirol del Sur y, esporádicamente, en todo el territorio de Italia —principalmente en el norte— en un principio con medios políticos y luego mediante ataques a la infraestructura y actos terroristas. El propósito del BAS era obtener la autodeterminación de la población de Tirol del Sur y se mantuvo operativo hasta 1969. Uno de sus miembros, Georg Klotz, huyó de la justicia italiana —acusado de atentar contra torres de alta tensión y comisarías de policía— y murió exiliado en la pequeña ciudad austríaca de Schönberg im Stubaital[8].

A fines de 1970 la región incrementó su autonomía y, gracias a ese acuerdo, el 90% de los impuestos que pagan los habitantes queda en Tirol del Sur. Sin embargo, ante la crisis que atraviesa Italia, el gobierno central pretende que Tirol del Sur haga un aporte mayor, lo cual entra en colisión con el acuerdo de autonomía[9].

El separatismo sobre el tapete

En la actualidad Süd-Tirol es una provincia rica dentro de un país altamente endeudado, Italia, y el resentimiento entre quienes hablan italiano y quienes hablan alemán se ha exacerbado. El tema del separatismo encuentra nuevamente adherentes y uno de los grupos que lo encabeza es el movimiento Südtiroler Schützenbund (Federación de Tiradores de Tirol del Sur). Los separatistas proponen la reunificación con Tirol del Norte, Austria[10] y que se eliminen todos los nombres italianizados impuestos por Tolomei. Desde 2007 los separatistas se agruparon en el partido Süd-Tiroler Freiheit (Libertad para Tirol del Sur) quienes aspiran a la autodeterminación y a la petición del pasaporte austríaco, según lo expresado por Eva Klotz, la fundadora del grupo e hija del fallecido Georg, miembro del BAS[11].

En la provincia pueden verse carteles con la leyenda “Tirol del Sur no es Italia”

En abril de 2016 Austria anunció que reforzaría las fronteras con Italia debido a que el cierre de las rutas de los Balcanes obliga a los migrantes a utilizar nuevas vías en Europa. Además advirtió a Italia que debe reducir el flujo de migrantes que se dirigen a la frontera ya que la península se ha convertido en el nuevo punto de entrada principal a la Unión Europea con un aumento en la llegada de refugiados[12]. Esta situación se generó a causa de un aumento de las embarcaciones con migrantes que llegan a Italia desde Libia.

Sin embargo, no sólo los separatistas están interviniendo en la cuestión de Tirol del Sur, pues el gobierno de Austria —encabezado por el canciller Sebastian Kurz del Österreichische Volkspartei, ÖVP (Partido Popular Austríaco)— anunció el 18 de diciembre de 2017, a través de Werner Neuberger —responsable para la relación con Alto Adigio/Tirol del Sur y miembro del partido de ultraderecha Freiheitliche Partei Österreichs, FPÖ, (Partido de la Libertad de Austria)— que otorgaría la ciudadanía austríaca a las personas de habla germana y ladina de esa región italiana, la cual alcanza, actualmente, al 75% de la población de esa provincia[13].

Por su parte, el gobierno italiano, liderado por Paolo Gentolini, ha considerado la medida austríaca como una provocación y le restó importancia al doble pasaporte debido a que tanto Italia como Austria son miembros de la Unión Europea. No obstante, la avanzada austríaca no se limita sólo a los pasaportes sino también a que deportistas italianos de la provincia compitan como austríacos en el futuro. Werner Neubauer expresó que los deportistas surtiroleses podrán escoger participar en selecciones austríacas y hasta “podría ser interesante para algunos emprender una carrera militar en Austria”[14]. Cabe agregar que Austria mantiene el servicio militar obligatorio, en oposición a la tendencia del resto de los países de Europa.

El presidente del Parlamento Europeo, el italiano Antonio Tajani, manifestó que “Europa tiene muchos defectos, pero ha cerrado la era de los nacionalismos”[15].

Algunas consideraciones

La decisión del gobierno de Viena de otorgar pasaportes a los ciudadanos de habla germana y ladina de Tirol del Sur se promueve en un contexto de convivencia pacífica entre dos Estados miembros de la Unión Europea, ocasionando una tensión de consideración entre ambos gobiernos y generando serias expectativas entre los miembros de esas comunidades lingüísticas. Si se observa la bandera de la provincia pueden apreciarse los colores de la bandera austríaca y el águila imperial.

Por un lado, incentiva a esas comunidades el sentimiento de separatismo y, por otro, prepararía el escenario ideal para que, en un futuro, se lleve a cabo un referéndum —siguiendo el modelo de Escocia— que aseguraría la ruptura de esa provincia con Italia y su anexión a Austria.

Por último, la afirmación del presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, acerca de que Europa “ha cerrado la era de los nacionalismos”, parecería ser más una expresión de deseos que una realidad habida cuenta que en muchos países europeos existen regiones que aspiran a su independencia.

*Licenciado en Historia, graduado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Director de la Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales (SAEEG).


Referencias

[1] Jacques De Launay. La Diplomacia Secreta Durante las dos Guerras Mundiales. Bogotá: Norma, 2009, p. 28 y ss.

[2] Bernard Wasserstein. Barbarie y civilización: una historia de la Europa de nuestro tiempo. Barcelona: Ariel, 2010, p. 81.

[3] .Ídem

[4] Patrizia Dogliani. El fascismo de los italianos. Una historia social. Valencia: Publicacions de la Universitat de València (PUV), 2017, p. 307.

[5] Ídem.

[6] Ibíd., p. 308.

[7] Ibíd., p. 309.

[8] Irene Savio. “Guerra de pasaportes: Italia y Austria, enfrentadas por la minoría del Tirol del Sur”. En: El Confidencial, 21/12/2017, <https://www.elconfidencial.com/mundo/2017-12-21/pasaportes-tirol-sur-italia-minoria-austriaca_1496162/>, [consulta: 22/12/2017].

[9] “Pueblo sin identidad: son italianos, hablan alemán y quieren ser austríacos”. En: La Nación, 11/12/2012, <https://www.lanacion.com.ar/1535729-pueblo-sin-identidad-son-italianos-hablan-aleman-y-quieren-ser-austriacos>, [consulta: 12/10/2017].

[10] Ídem.

[11] Irene Savio. Op. cit.

[12] Julian Robinson. “Now Austria will reinforce borders with Italy as the closure of the Balkan routes forces migrants to use new ways into Europe”. En: Daily Mail, 20/04/2016, <http://www.dailymail.co.uk/news/article-3550056/Now-Austria-reinforce-borders-ITALY-closure-Balkan-routes-forces-migrants-use-new-ways-Europe.html>, [consulta: 07/06/2017].

[13] Ídem.

[14] Eusebio Val. “Italia y Austria chocan por el Tirol”. En: La Vanguardia, 19/12/2017, <http://www.lavanguardia.com/internacional/20171219/433750150966/italia-austria-tirol-pasaportes-alto-adigio.html>, [consulta: 19/12/2017].

[15] Ídem.


©2017-SAEEG

EL REINO JÁZARO. SU INFLUENCIA DENTRO Y FUERA DEL CÁUCASO

XXVI Simposio Electrónico Internacional

Cáucaso Meridional.

Un espacio dinámico, relevante en las relaciones internacionales.

Junio de 2014 

República de Georgia – República de Armenia – República de Azerbaiyán

საქართველოს რესპუბლიკა  – Հայաստանի Հանրապետություն – Azərbaycan Respublikası

Marcelo Javier de los Reyes*

El reino kázaro, jázaro, cázaro o khazaro, tuvo su origen a partir de las oleadas de pueblos asiáticos que se expandieron bien temprano a comienzos de nuestra era.

Del pueblo jázaro poco se conoce y la información que poseemos en la actualidad proviene de la historiografía árabe, judía, armenia y del arte bizantino, de antiguas leyendas de esclavos y, sobre todo, por la gran cantidad de restos arqueológicos que dejaron y que permitió la reconstrucción de su sistema socioeconómico[1].

Respecto de sus orígenes étnicos, existen numerosas teorías pero lo cierto es que se trataba de tribus turcas —que nada tienen que ver con lo que hoy conocemos como “turco”— que, al igual que todas las naciones de ese origen, se dividían socialmente entre “jázaros blancos” o ak-jázaros y jázaros “kázaros negros” o kara-jázaros, sin que el color exprese una cuestión racial. Estas tribus consideraban como “blanco” a la nobleza, a los guerreros y a la clase dirigente y como “negro” a las clases más bajas de la sociedad, es decir, a los artesanos, a los plebeyos y a los burgueses.

Étnicamente se los han vinculado a los hunos o a una mistura de hunos con otras tribus turcas, a los uigur de China, a los búlgaros, pero no se ha podido establecer con precisión su componente. Una de las tesis sobre los orígenes de este pueblo es la de Dunlop, autor del libro The History of the Jewish Khazars (1954), quien vincula a los jázaros, lingüísticamente, con la rama ugrofinesa y con el antiguo búlgaro[2].

La hipótesis más probable, sin embargo, continúa siendo la de un origen turcomano, probablemente mixto, habida cuenta que los turcomanos nunca constituyeron un grupo étnico homogéneo ya que su costumbre era incorporar cada población conquistada. Asimismo, el nombre “khazar” parece derivar de la raíz turca “* qaz”, que significa “errante”, lo que coincidiría con su origen nómada[3].

Se estima que se asentaron en la región septentrional del Cáucaso, entre los mares Negro y Caspio, hacia el siglo V. Entre los años 550 y 620 los jázaros estuvieron bajo el dominio del imperio turco de los kokturks pero luego de una serie de guerras civiles, que terminaron disolviéndolo, lograron su autonomía.

Con posterioridad instauraron el Kaganato de Jazaria[4], cuya existencia se extendió hasta el siglo XI. Los jázaros, bien pronto, comenzaron a cambiar sus hábitos nómadas por los de un pueblo sedentario, sin dejar de lado sus virtudes guerreras típicas de los países asiáticos.

Desde ese lugar llegaron a dominar la península de Crimea, la cuenca de los ríos Dniéper, el Don y el Volga. En su momento de mayor expansión llegaron a controlar una amplia región que abarcaba parte de Kazajstán, sur de Rusia, la parte oriental de Ucrania, todo el Cáucaso Septentrional y los territorios de las actuales Georgia y Azerbaiyán, en el Cáucaso Meridional. Debido al control que ejercieron sobre los mares Aral y Caspio, los árabes y persas los llamaron Bahr-ul-Khazar y Daryaye Khazar, respectivamente.

La consolidación del kaganato se produjo mientras reinaba el emperador bizantino Constante II (641-668) lo que, en un primer momento, pareció una situación amenazante para el imperio porque puso en peligro la política bizantina de estados satélites. Los búlgaros fueron desalojados, en primer lugar, de la estepa rusa meridional del Azov por los kázaros y empujados hacia el sur[5].

El kaganato kázaro estaba emplazado en un área estratégica desde el punto de vista comercial. Las rutas caravaneras cruzaban en sus alrededores por lo que supieron construir su dominio sobre el comercio y la libre circulación de mercancías —maderas, pieles, sal, esclavos, caballos, piedras preciosas, sedas, especias, etc.—, ejerciendo la protección del tránsito de las caravanas mediante el cobro de una moderada tasa del 10%. Para llevar a Europa ciertos productos, como la seda, las especias y los perfumes de la India y del Lejano Oriente, los bizantinos tenían dos puntos de contacto para el tráfico comercial con Asia: Trebisonda, puerto del mar Negro, era el centro del comercio con Persia y Bagdad; Chérson, en el sudoeste de la península de Crimea, era el punto de contacto con el kanato kázaro[6] [7].

Las rutas que atravesaban el Cáucaso en camino a Damasco o a Bagdad, así como las que franqueaban los mares Caspio y Aral hacia el Hindu Kush por Samarcanda, pasaban por la capital del kanato, Itil, ubicada junto al Volga inferior.

Los jázaros no fueron un pueblo de comerciantes sino que vivían de los impuestos que gravaban las mercancías en tránsito

Además de Itil, fundaron otras ciudades como Balanjar y Dagestán y, junto al mar Caspio, Samandara.

La conversión

Si bien era un pueblo de las estepas que practicaba una religión chamánica basada en la adoración de Tingri —el dios creador de la naturaleza—, en 740 el rey Bulán se convirtió al judaísmo y con él la dirigencia kázara y la mayor parte de la población. El filósofo y médico judío español Yehudah Ben Samuel Halevi, nacido en Navarra en 1075 y fallecido en Jerusalén en 1141, reconocido como uno de los máximos exponentes de la literatura hispanohebrea, escribió el Libro del Jazar (El Kuzarí), originalmente escrito entre 1130-1140 en árabe bajo el título de Kitab alhuyya wa-l-dalil fi nusr al-din al-dalil, en el que en cinco discursos emprende una defensa de la “religión menospreciada”. En El Kuzarí, Halevi presenta a un rey pagano —el rey de los jázaros— quien desea conocer la verdadera religión y que tras citar a filósofos aristotélicos, a cristianos y a islámicos, sólo encuentra la verdad en las fuentes bíblicas del judaísmo, de las que ya tenía conocimiento pero que sólo un sabio judío ortodoxo desvela en toda su verdad e integridad. El Kuzarí es una verdadera apología del judaísmo y de lo que Halevi llama “la verdadera revelación”. Sin embargo, es evidente que las razones que llevaron al jan Bulán a su conversión también, o más probablemente, fueron políticas y económicas pues adoptando el judaísmo no quedarían dependientes del Imperio Romano de Oriente ni del Califato de Bagdad.

Cabe destacar que pese a que sus dirigentes se convirtieron al judaísmo, en Jazaria existió una tolerancia religiosa y dentro de su territorio pudieron convivir cristianos, islámicos y paganos.

Obadia, nieto de Bulán, consolidó la nueva religión atrayendo a rabinos y construyendo numerosas sinagogas. La conversión favoreció el asentamiento en el territorio, intensificó el proceso de urbanización y fomentó la economía basada en la pesca, la ganadería y la agricultura. Del mismo modo, los kazares recibieron a numerosos emigrantes judíos perseguidos en Grecia[8].

La máxima autoridad era el jan o kagán, el rey, pero existía otra institución de gobierno, un tribunal, que contaba con dos jueces judíos, dos cristianos, dos musulmanes y un bárbaro[9].

Después de 830 el judaísmo se habría convertido en la religión del Estado pues los hallazgos arqueológicos rebelan nombres hebreos en la numismática (Zacarías, Isaac, Josef, Abdías, etc.), que serían los nombres elegidos por cada jan al momento de su coronación.

Jazaria y el Imperio Romano de Oriente

Prácticamente desde su fundación el kaganato kázaro fue un aliado del Imperio Romano de Oriente o Imperio Bizantino. En el siglo VII el imperio vivía una situación crítica cuando los persas sasánidas acechaban en Siria, Egipto y Asia Menor. El reino ávaro presionaba desde los Balcanes empujando a los eslavos constantemente hacia el sur y los propios ávaros llegaron hasta las murallas de Constantinopla[10]. Cuando todo parecía perdido para el imperio, en 622 el emperador Heraclio (610-640) en persona inició la contraofensiva bizantina contra los persas, respaldada por un tratado de paz con los ávaros y apoyada por un fuerte fervor religioso en Constantinopla, sólo comparado con el que se vivió en época de las Cruzadas. Heraclio emprendió una peligrosa estrategia ofensiva, estableció su base de operaciones en territorio de Armenia y del Cáucaso[11]. Desde allí se lanzó a atacar el centro del poder persa recuperando no sólo sus antiguas provincias sino también sumando nuevos territorios de Armenia[12].

Los jázaros, entre los años 622 a 628, apoyaron al emperador Heraclio en tres campañas contra los persas, un enemigo común, y tomaron Ctesifonte. Luego regresaron por Harrán, Armenia y Tiflis, llevando consigo a pobladores judíos, rabinos incluidos, quienes tenían en Harrán una comunidad numerosa, a los que establecieron en las ciudades kázaras.

Heraclio culminó su campaña en la Batalla de Nínive —ya no contaba con los kázaros, quienes se habían retirado— en la que los bizantinos vencieron al ejército persa comandado por Rhahzadh. Entonces Heraclio marchó hacia Mesopotamia y el oeste de Persia, saqueando Takht-e Soleiman y el palacio de Dastugerd, donde recibió noticias del asesinato de Cosroes II.

El tratado entre los jázaros y Heraclio, en 626, abrió las puertas a una estrecha colaboración entre las partes que se mantuvo hasta el siglo IX y en la que los jázaros apoyaron la lucha defensiva del imperio contra los árabes mediante ataques en los flancos de la región caucásica y Armenia[13].

Por razones políticas se celebraron dos matrimonios entre princesas jázaras con miembros de la casa imperial bizantina. Una fue esposa de Justiniano II (741), la otra de Constantino V (775)[14]. De esta última unión nació León (León IV), conocido como “León el Jázaro”.

La alianza con los jázaros contra el Islam le aseguró al Imperio Romano de Oriente la frontera oriental de Asia Menor.

Durante el reinado de Teófilo (829-842), a petición del jan jázaro, fueron enviados especialistas y obreros a través del mar Negro, hasta el Don, donde levantaron una fortaleza en Zarkel, la llamada fortaleza de “Los Ladrillos Blancos”, defendida por 500 soldados, que constaba de una ciudadela, cuatro torres y dos puertas además de poseer espacio para albergar caravanas y viajantes, un centro para habitantes, además de haber servido para el asentamiento humano y el desarrollo de industrias a su alrededor debido a la relativa seguridad que brindaba la fortaleza. Esta importante expedición fortaleció la colaboración militar entre jázaros y bizantinos con los árabes[15].

Esta alianza en la que los jázaros impedían el paso de los árabes a través del Cáucaso impidió su invasión a Europa Oriental. 

Las relaciones con los árabes y la desaparición del reino jázaro

Entretanto, las hostilidades con el Califato continuaron y se produjeron incursiones a uno y otro lado del Cáucaso. El príncipe Khazar Barjik, al mando de las tropas jázaras, invadió el noroeste de Irán y, en 730, derrotó a las fuerzas omeyas en Ardabil. Siete años más tarde, el príncipe murió cuando las huestes del califa ocuparon brevemente Itil, oportunidad en la que, probablemente, obligaron al jan a convertirse al Islam. La propia inestabilidad de los omeyas impidió mantener la ocupación de la capital jázara por lo que el reino recobró su autonomía. Es luego de este hecho que se adopta el judaísmo por lo que algunos historiadores consideran que la idea de tomar el judaísmo como religión de Estado significó una reafirmación de la independencia del janato.

Si bien los jázaros mantuvieron alejados de Europa del este a los árabes durante varios años, ante la fuerte presión de las tropas enemigas fueron obligados a retirarse al oeste de la región del Cáucaso, una zona limitado por el mar Caspio al este, desde las estepas al norte del Mar Negro y el Dniéper, en el oeste. En ese sitio lograron reconstruir sus fuerzas logrando que los abasíes y los omeyas decidieran poner fin a las hostilidades. En 758 el califa abasí Abduláh al-Mansur ordenó a Yazid ibn Usayd al-Sulami, el gobernador militar abasí de Armenia a desposar a una noble jázara y, de ese modo, sellar la paz. Por razones que se desconocen, probablemente en un parto, la joven princesa murió y sus asistentes retornaron a Itil con la convicción de que alguna facción del califato la había envenenado. Ante esto su padre reaccionó y el general jázaro Ras Tarkán invadió el Noroeste de Irán, saqueando la región durante varios meses. Desde entonces las relaciones entre las partes mejoraron, lo que permitió que Jazaria lograra su mayor apogeo hacia el siglo IX, convirtiendo a los eslavos orientales, magiares, pechenegos y otras tribus en sus tributarios. El país logra un desarrollo y una riqueza de consideración en el mundo de su época. Muchos artefactos jázaros fueron encontrados en todas las áreas de Medio Oriente y en muchos sitios arqueológicos de los Balcanes[16].

En el siglo X se conformó una alianza de pueblos escandinavos y eslavos —que dieron origen al pueblo ruso—, los que en 966, bajo la conducción del príncipe de Kiev Svyatoslav Igorevich, atacaron a los jázaros provocándoles su mayor derrota y la destrucción de la fortaleza de Zarkel. Dos años después cayó Itil y las fuerzas rusas lograron arrinconar a los jázaros en la península de Crimea hasta que, en 1016, una expedición combinada ruso-bizantina puso fin al reino.

A partir de ese momento los jázaros comenzaron a dispersarse por Europa (Polonia, Rusia, Ucrania, Hungría) mientras que los restos del reino desaparecieron en el siglo XIII ante el avance de Genghis Khan.

El mapa muestra la expansión de los jázaros desde el 650 hasta alcanzar su mayor apogeo

En el siglo IX, cuando los cruzados se instalaron en Jerusalén, procedieron a la expulsión de los judíos de la comunidad caraíta[17] de Jerusalén. Un número considerable de caraítas se establecieron en Jazaria cuando el rey se convirtió al judaísmo pero esa comunidad tuvo mayor presencia en Crimea, último reducto jázaro, con motivo de esa expulsión de Jerusalén.

Arthur Koestler y la decimotercera tribu

La Biblia nos dice que Isaac, hijo de Abrahán, casado con Rebeca, tuvieron dos hijos: Esaú y Jacob. Este último, astuto y cuyo nombre significa “el impostor” o “el que suplanta”, tuvo doce hijos que se convirtieron en las doce tribus de Israel. Tras su arrepentimiento y conversión Dios le cambió el nombre a Jacob por el de Israel, que significa “el que lucha con Dios” (Gn 32, 29).

El libro del Génesis relata los orígenes del pueblo de Israel. Las doce tribus descienden de los doce hijos de Jacob pero en la región del Cáucaso existió un pueblo que adoptó el judaísmo como su religión y sobre el cual escribió Arthur Koestler en su libro “La decimotercera tribu” (1976).

Arthur Koestler nació en 1905 en Budapest, Hungría, en el seno de una familia de clase media. Hacia la década de 1930 se incorporó al Partido Comunista y en 1932 viajó a Rusia donde escribió Of White Nights and Red Days, libro de propaganda financiado por la Internacional Comunista[18]. Luego del triunfo de Adolf Hitler en Alemania, Koestler se sumó al grupo de alemanes exiliados en París, donde trabajó con Willi Münzenberg (Erfurt, Alemania, 1889, – Saint-Marcellin, Isère, Francia, 1940), activista político comunista, quien fue el primer presidente de la Internacional Comunista de la Juventud en 1919-1920 y luego de ser un destacado propagandista del Partido Comunista Alemán (KPD) durante la República de Weimar, se desencantó de su ideología tras la gran purga de Stalin, llevada a cabo en la década de 1930. En 1936, Koestler viajó a España, probablemente como espía de Munzenberg, donde fue arrestado por sus actividades políticas y liberado luego de la intervención del gobierno británico en ese sentido[19]. En 1938 renunció al Partido Comunista por los mismos motivos que Willi Münzenberg, aunque siguió creyendo en la utopía bolchevique hasta que la bandera nazi fue izada en el aeropuerto de Moscú y la banda del Ejército Rojo ejecutó Horst Wessel Lied en honor del ministro de Asuntos Exteriores de Hitler, Joachim von Ribbentrop, quien llegaba a la Unión Soviética para firmar el pacto germano-soviético[20]. Durante la guerra fue confinado en Francia, donde escribió su libro El cero y el infinito, en el que denunció los abusos realizados en nombre de la ideología. Liberado de su confinamiento se trasladó al Reino Unido, alistándose en el Pionner Corps. Luego pasó a desempeñarse en el Ministerio de Información para realizar la propaganda antinazi, lo que le permitió obtener la ciudadanía británica[21].

Arthur Koestler

Hacia 1948 dictó varias conferencias en los Estados Unidos, en las que criticaba la política de Stalin y exhortaba a los jóvenes a abandonar su radicalismo de izquierda a la vez que reclamaba un mayor compromiso de los intelectuales progresistas en los destinos de la nación y les solicitaba “que ayudasen a la elite del poder en su misión de gobernar”[22]. En esa oportunidad mantuvo contactos con William Donovan, quien fue el responsable de la Office of Strategies Services (OSS) durante la Segunda Guerra Mundial y de la creación de la CIA. La inteligencia estadounidense mostró su interés por Koestler, al igual que por numerosos intelectuales de izquierda desencantados del comunismo, y lo incorporó a su “campaña cultural”, el “Congreso por la Libertad Cultural”, una tapadera de la CIA destinada a difundir la libertad de expresión como la posesión más preciada de la democracia liberal. Koestler participó de ese espacio junto a otros célebres intelectuales y militantes anticomunistas como Franz Borkenau, Melvin Laski o Arthur Schlesinger[23].

En lo que se refiere al tema de este texto es relevante destacar otra etapa de su apasionante vida. Luego de la caída de la “Comuna húngara”, del derrocamiento del gobierno comunista de Béla Kun, asumió el gobierno el almirante Miklós Horthy, quien desempeñó el cargo de Regente de Hungría desde marzo de 1920 hasta octubre de 1944. Durante esos años encabezó un régimen calificado como “sistema autocrático conservador” con algunos “elementos esenciales del fascismo”. Koestler escapó de Hungría con su madre y se instaló en Viena y entre 1922 y 1929 se integró al sionismo como seguidor de Zeev Jabotinsky. Partió hacia Palestina donde vivió y trabajó en un kibutz. A su regreso a Berlín, ingresó clandestinamente en el Partido Comunista en 1931.

Un biógrafo de Koestler, David Cesarani, lo definió como una “mente sin hogar” que, antes de afiliarse al Partido Comunista, asumió la causa sionista del revisionista Zeev Jabotinsky y trabajó en Palestina, hasta que se desencantó de los pasos que daba la dirigencia israelí[24]

Para cerrar el capítulo de su vida, cabe mencionar que en marzo de 1983 Koestler, a los setenta y siete años, se suicidó en su casa de Londres luego de ingerir una dosis mortal de barbitúricos junto a Cynthia Jefferies, su tercera mujer. Sufría la enfermedad de Parkinson pero una leucemia linfática crónica en fase terminal agravó su cuadro. Durante los últimos años de su vida había defendido la eutanasia a través de la organización Exit, que patrocinaba el derecho a la muerte voluntaria[25].

Koestler, en su obra La decimotercera tribu de Israel, dice que en la misma época en que Carlomagno se hacía coronar emperador de Occidente, “el extremo oriental europeo que va desde el Cáucaso al Volga, se hallaba dominado por un Estado judío, conocido por el nombre de imperio jázaro”[26]. El país de los jázaros que tuvo su período de apogeo entre los siglos VII y X, dice Koestler, era un “pueblo étnicamente turco” que “ocupaba una estratégica posición entre el Caspio y el mar Negro, sobre los extensos caminos de paso en que confluían las potencias orientales de la época”.

Arthur Koestler y su tercera esposa, Cynthia, pocos meses antes de su suicidio. (British Library Board Random House)

Koestler confirma lo que dice la historia acerca de que el reino jázaro servía como un “Estado-tapón” que protegía a Bizancio de las invasiones de las tribus bárbaras septentrionales (búlgaros, magiares, etc.), luego de los vikingos y rusos, así como también de los ataques de los árabes cuando se lanzaron a llevar el Islam a otras tierras luego de la muerte del profeta Muhammad, en 632. Los ejércitos jázaros frenaron el paso de los árabes hacia Europa del este en el Cáucaso del mismo modo que Carlos Martel los detuvo en la batalla de Poitiers en 732.

Koetsler se vale de historiadores como D. M. Dunlop, quien afirma que las guerras entre árabes y jázaros duraron más de cien años. Del mismo modo cita al historiador marxista Antal Bartha, autor del libro A IX-X Szàzadi Magyar Tàrsadalom (1968), quien narra en un párrafo la conversión de los jázaros y agrega que “indudablemente, la aceptación del judaísmo como religión de Estado de un pueblo étnicamente no judío podría ser objeto de interesantes especulaciones”.

Koestler luego dice:

En cambio, lo que sí puede discutirse es la suerte de los kázaros judíos tras la destrucción de su reino, hacia los siglos XII o XIII. En este punto las fuentes muestran una gran debilidad. No obstante, se mencionan distintos establecimientos kázaros, a fines de la Edad Media, en Crimea, Ucrania, Hungría, Polonia y Lituania. De las diferentes referencias fragmentarias podemos obtener una visión de conjunto: la de una migración de tribus y grupos kázaros hacia las regiones de la Europa oriental —principalmente Rusia y Polonia—, exactamente donde habrían de encontrarse, al alba de los tiempos modernos, las mayores concentraciones de judíos. De ahí la hipótesis formulada por varios historiadores, según la cual buena parte, si no la mayoría, de los judíos de Europa oriental —y, en consecuencia, de los judíos del mundo entero— serían de origen kázaro y no semita.

El mismo Koestler se refiere a las “consecuencias de semejante hipótesis” y las “precauciones” de los historiadores respecto a este tema, “cuando no lo evitan deliberadamente”. A esos efectos menciona que en la edición de la Encyclopaedia Judaïca correspondiente al año 1973, el artículo “Kázaros” estaba firmado por Dunlop mientras que el que se refiere a “los judíos kázaros tras la caída del reino” estaba firmado por los editores. En esa sección se afirma que “los karaítas (secta tradicionalista judía), de lengua turca de Crimea, Polonia y otros lugares, han afirmado que estaban emparentados con los kázaros, lo que posiblemente confirmen los testimonios extraídos del folklore y de la antropología, como también de la lengua”.

A través de sus investigaciones y de reiteradas citas de autores que lo precedieron en este estudio, Koestler intenta demostrar que los judíos de los grandes centros de Europa, de Estados Unidos e incluso de Israel descienden de los jázaros. Koestler afirma que “genéticamente estarían más emparentados con los hunos, los magiares, que con la simiente de Abraham, de Isaac, de Jacob”. A continuación asevera que “si esto fuera así, la palabra ‘antisemitismo’ carecería de sentido: únicamente testimoniaría un malentendido compartido a partes iguales por víctimas y verdugos”.

Michael Scammell, autor de una biografía de Koestler, Koestler: The literary and political odyssey of a twentieth-century skeptic, dice que él sufrió mucho a causa del antisemitismo en su juventud y que a pesar de su desencanto en Palestina, la cuestión del Holocausto fue “lo que restauró el interés y la compasión de Koestler por los judíos de Palestina; fue un defensor firme e influyente de un Israel independiente”. Afirma que “nunca fue acrítico en su apoyo a Israel, e irritó a gran cantidad de judíos dentro y fuera de Israel con su teoría de que los judíos de la diáspora debían trasladarse a Israel (cumpliendo la promesa de estar ‘el año que viene en Jerusalén’) o asimilarse, diciendo que era la única forma de acabar con el antisemitismo”[27].

Con su intención de desmantelar el concepto de antisemitismo a partir del origen jázaro, Koestler fastidió a los judíos de la diáspora y su teoría fue utilizada por los líderes árabes y por quienes se oponen a la existencia del Estado de Israel ya que si los actuales judíos no son herederos de los hebreos bíblicos no tienen derecho a ocupar esa tierra.

Como dice Scammell, esa no era lo que pretendía Koestler pero a pesar de haber reafirmado su apoyo a Israel, “reforzó la idea de que el propio Koestler era un antisemita: una ironía amarga”[28].

Nuevas investigaciones

La difusión del libro de Koestler abrió una seria controversia debido a que los judíos askenazi son los descendientes de los jázaros y conforman una considerable mayoría de la actual población judía.

Claramente los sefaradíes son los descendientes de los judíos que llegaron a la península ibérica y al Norte de África a través de siglos de migraciones pero las dudas se ciernen sobre los askenazi.

Max Bery pone en duda la conversión masiva de los jázaros al judaísmo y dice:

La teoría de la conversión en masa quedó vigente hasta los años 90. En 1993, en una de las primeras utilizaciones del marcador del cromosomo – Y -, unos científicos italianos compararon el ADN de Ashkenazim y Sefaradim con no-judíos viviendo en Checoslovaquia, supuestamente representando los posibles descendientes de gentiles de la Europa del Este. Si los judíos eran conversos eslavos las mutaciones tendrían que ser similares. La repuesta fue sorprendente por otros motivos. Por la primera vez había una evidencia poderosa de que los judíos alrededor del mundo compartían un linaje común, procediendo del Medio y Cercano Oriente, prácticamente libre de conversiones. El linaje masculino de los judíos tenía más en común con él de los libaneses que con él de los checos no judíos. Los genetistas estimaron que la contribución de no-judíos masculinos a los genes ashkenazim es muy baja, menos del 1% por generación. Esto fue la primera evidencia genética de que los judíos ashkenazim de hoy día no descienden mayoritariamente de conversos.[29]

Bery no brinda ninguna referencia acerca de esa investigación científica. Sin embargo, nuevas investigaciones abonan la teoría de Koestler.

El historiador israelí Shlomo Sand, profesor de Historia de Europa en la Universidad de Tel Aviv y autor del libro Cuándo y cómo se inventó el pueblo judío, cuestiona algunos principios de la historia sionista oficial. En una entrevista publicada en Publico.es el profesor Sand dice que la Biblia “no es un libro histórico, es un libro de teología” y que “fueron los protestantes, y luego los judíos, los que convirtieron la Biblia en un libro de historia” por lo que, según él, el pueblo judío es una invención cristiana. Dice que el exilio del pueblo judío tras la destrucción del Templo por los romanos, en el año 70 d.C. no existió ya que “los romanos nunca exiliaron a pueblos, algo que sí hicieron los asirios y los babilonios con algunas elites”[30]. Lo que los romanos no permitieron a los judíos es que vivieran en Jerusalén. A su juicio

la historia sionista tomó un mito cristiano del mártir Justino, que fue el primero que dijo, en el siglo III, que Dios había castigado a los judíos con el exilio porque no aceptaron a Jesús. Esa es la primera vez que afirma que los judíos fueron deportados.[31]

Estas afirmaciones no invalidan que los judíos hayan emigrado por el Mediterráneo pero ponen en duda la hipótesis de la “tribu perdida” que bien podría justificar la genética semítica de los jázaros.

Sand habla de un drástico decrecimiento de la población judía desde la época de Adriano, en el siglo II, porque muchos se convirtieron al cristianismo. Sin embargo, a pesar de negar la deportación de los judíos durante el período romano y su emigración masiva, aporta un hecho relevante al afirmar que “es el judaísmo, y no los judíos, el que se expande”. Es decir que alude a una época en que el judaísmo buscaba expandirse, era proselitista. Esta es la razón por la que los jázaros se convierten al judaísmo. En este sentido, Sand agrega que “es curioso que el sionismo reconoce la importancia de los jázaros hasta 1967, y después deja de ser una tesis legítima”[32]. Añade que los judíos de Polonia y de otros países de Europa oriental “sólo pueden venir de los jázaros”. Esto invalida la teoría de que los judíos de esa parte de Europa provinieran de Alemania porque —afirma— en los siglos XII y XIII apenas había sólo unos cientos de judíos en Alemania.

Aunque reconoce que expresar esto hoy es un escándalo, el profesor Sand menciona que en 1918 Yitzhak ben Zvi —quien fue el segundo presidente de Israel— y David Ben Gurion escribieron juntos un libro en el que afirmaban que los palestinos son los auténticos descendientes de los judíos.

Otra investigación corresponde al genetista molecular e investigador postdoctoral del Departamento de Salud Mental de la Universidad de Johns Hopkins, de origen judío, Eran Elhaik, quien llevó a cabo una investigación que sugiere que no hubo una emigración seminal a Alemania o, al menos, el factor alemán no explicaría el origen de la mayoría de los judíos europeos. Eran Elhaik sostiene que procederían del Cáucaso, más precisamente del imperio jázaro[33].

Su estudio, recientemente publicado en internet por la revista online Genome Biology and Evolution de Oxford, titulado “The missing link of Jewish European Ancestry” (“El eslabón perdido de la ascendencia judía europea”), en el que concluye que el genoma de los judíos europeos es una combinación de poblaciones antiguas que incluyen jázaros judaizados, grecorromanos y judíos de la Mesopotamia y su estructura de población se formó en el Cáucaso y en las orillas del Volga, con raíces que llegan a Canaán y a las orillas del Jordán.

Eran Elhaik basó su conclusión en lo que describe como la “hipótesis de khazar” —la que propuso Koestler— que él acepta como una hipótesis razonable que debe ser comprobada. Para su estudio analizó los datos de 1.287 individuos no relacionados “de 8 poblaciones judías y 74 poblaciones no judías”.

Con esos datos genéticos, Elhaik realizó cinco diferentes análisis y todos le llevaron al origen judeo-jázaro de la mayor parte de los alrededor de 13 millones de judíos del mundo. Utilizó la frecuencia de alelos —alternativas de un mismo gen— diferentes entre distintos grupos poblacionales y, tomando a judíos palestinos y caucásicos (armenios, georgianos o azeríes) actuales como base para establecer el linaje, comprobó que el 70% de los judíos originarios de Europa central y occidental y todos los orientales compartían más con los segundos que con los primeros. Sorprendentemente un 15% de los judíos de Europa central son similares a los drusos y a los chipriotas[34].

Su investigación lleva al doctor Elhaik a señalar que existe una fuerte evidencia que los judíos europeos y las poblaciones de Cáucaso tienen un origen común. Considera que “la conversión religiosa de los jázaros abarcó a todos los ciudadanos del Imperio y a las tribus subordinadas y se prolongó durante los siguientes 400 años … los judeo-jázaros huyeron a Europa del este y más tarde emigraron a Europa Central y se mezclaron con las poblaciones vecinas”[35].

Es importante citar en este debate la explicación que el periodista, historiador y genealogista Narciso Binayán Carmona (1928-2008) —quien se desempeñó por muchos años en el diario La Nación de Buenos Aires— brinda acerca del origen étnico de los armenios:

Por tipo racial, en cambio, son esencialmente caucásicos. Los aportes de otras naciones son varios, pero numéricamente débiles: persas desde el este, georgianos por el norte y muchos otros grupos pequeños del mismo núcleo caucásico. El gran mundo de los semitas casi no participa en esta discreta mezcla salvo en el suroeste de la Armenia histórica y ello a través de los asirios. Es típico de la extrema originalidad armenia que esta pequeña nación asiria, hoy prácticamente reducida a tema de historia antigua, sea la única de origen semita con participación numéricamente significativa en el reducido grupo de pueblos vecinos que dieron parte de su sangre al pueblo armenio. Por el contrario, los árabes o los judíos, naciones semitas mucho más importantes y mucho más grandes, prácticamente no aparecen en la mezcla armenia y tampoco tienen ni tuvieron allí presencia numérica de algún monto. Los judíos que había los llevó a Persia el emperador Shapur en 368. A la vez, aquellos armenios con mezcla semita se encontraban sobre sobre todo en las provincias de Mush y de Bitlis, de las que casi no quedaron sobrevivientes en 1915.[36]

De este modo, al determinar quiénes son los armenios, Narciso Binayán Carmona deja en claro que en Armenia, como prácticamente en todo el Cáucaso, la existencia de miembros de comunidades semitas es bastante escasa. Menciona como un caso excepcional a los asirios y dice que se trata de un “tema de historia antigua” porque además de que esa comunidad —que profesa el cristianismo— se fue reduciendo a lo largo de historia, un considerable número de sus miembros perdió la vida junto con los armenios en ocasión del genocidio llevado a cabo por los turcos, que comenzó a fines del siglo XIX y que se agudizó con la llegada de los Jóvenes Turcos al poder, en 1908, tras derrocar al sultán Abdul Hamid II (1842-1918). Entre 1915 y 1924 se produjo la mayor matanza de armenios, en la que también murieron miembros de esa comunidad asiria. Los Jóvenes Turcos fueron liderados por quien se convirtió en presidente de la Turquía moderna, Mustafa Kemal Atatürk, el “padre de los turcos”, quien al igual que varios de esos jóvenes había sido un converso pues pertenecía a la secta secreta dönmeh, sefaradíes conversos al Islam seguidores del profeta Sabbatai Zevi. Pero esta es otra historia y forma parte de otra discusión.

A modo de conclusión

Los jázaros, cuya historia es poco conocida, tuvieron una gran importancia en la región del Cáucaso al punto que controlaron la Ruta de la Seda y, como pudo apreciarse, su territorio constituyó una zona estratégica por las numerosas rutas caravaneras que lo cruzaban.

Como todo pueblo proveniente de las estepas asiáticas estaba inspirado por un espíritu guerrero que quedó demostrado en su enfrentamiento con el imperio persa y contra los árabes que procuraban cruzar a través del Cáucaso.

Ciertamente, de no ser por el reino jázaro la historia de Europa hubiese sido otra y el Imperio Romano de Oriente hubiese sucumbido algunos siglos antes.

La singularidad de los jázaros fue su conversión al judaísmo, lo que pone en evidencia la actitud proselitista de los judíos de esa época, más aún cuando su número se reducía a causa de la expansión del cristianismo y, a partir del siglo VII, del Islam.

Es probable que por esta razón los judíos jázaros se dispersaran por el resto de Europa llevando no sólo su creencia sino también su cultura, pero perdiéndose en medio de las demás pueblos del continente.

Arthur Koestler, a pesar de las críticas que recibió, sacó a la luz un pueblo que sólo se encontraba en las profundas investigaciones llevadas a cabo por un reducido número de académicos y científicos. Su intención de argumentar contra el antisemitismo puso sobre el tapete un tema que parecería ser que debía mantenerse oculto. Sacarlo a la luz significaba desarmar los argumentos de la dirigencia sionista, la cual es la heredera del pueblo jázaro. Es por esto que puede afirmarse que durante la existencia del reino jázaro su poder y su influencia se proyectaron sobre el Cáucaso y fuera de la región pero, ya desaparecido, siguió perviviendo en las comunidades que se fueron consolidando en Europa oriental y central durante siglos. En la actualidad sobrevive en la dirigencia israelí que aspira a conquistar el Gran Israel —Eretz Yisrael Hashlemah—, el territorio que se describe en el pacto de Dios con Abrahán en el libro del Génesis 15,18:21, el que se extiende desde el Nilo al Éufrates. Sin embargo, la sombra del Israel actual se proyecta también sobre el Cáucaso, como un intento de influir en lo que fuera el reino jázaro.

Para finalizar, desde un punto de vista religioso, puede considerarse que, a partir de lo expresado por los estudios que precedieron al libro de Koestler y por los que se han llevado más recientemente —en este caso coincidiendo con lo expresado por el profesor Shlomo Sand—, los judíos actuales constituyen una comunidad espiritual, cultural y política —en el caso de Israel— en la que no existe un fenotipo reconocible.

 

* Licenciado en Historia (Universidad de Buenos Aires). Postgrado en Política Exterior Argentina (Universidad del Salvador). Profesor de la Maestría en Inteligencia Estratégica Nacional de la Universidad Nacional de La Plata. Presidente del Centro de Estudios Internacionales para el Desarrollo (CEID).

 

Referencia

[1] Lawrence M.F. Sudbury. “Khazari. Il popolo dimenticato che difese l’europa”. En: Instoria (Rivista online di storia & informazione), N. 7, julio de 2008 (XXXVIII), <http://www.instoria.it/home/khazari.htm>, [consulta: 20/05/2014].

[2] Ídem.

[3] Ídem.

[4] También se utilizan los términos kanato y janato.

[5] Franz Georg Maier. Las transformaciones del mundo mediterráneo. Siglos III-VIII. Madrid: Siglo XXI, p. 302.

[6] Franz Georg Maier. Bizancio. México: Siglo XXI Editores, p. 107.

[7] Jan Dhondt. La alta edad media. Madrid: Siglo XXI, 1978, p. 124.

[8] Ricardo de la Cierva. El tercer Templo: qué es el sionismo en la historia de Israel. Barcelona: Planeta, 1992, p. 77-78.

[9] Idem.

[10] Franz Georg Maier. Bizancio. México: Siglo XXI Editores, p. 70.

[11] Ídem.

[12] Ídem.

[13] Franz Georg Maier. Las transformaciones del mundo mediterráneo. Siglos III-VIII. Madrid: Siglo XXI, p. 303.

[14] Ídem.

[15] Franz Georg Maier. Bizancio. México: Siglo XXI Editores, p. 121.

[16] Lawrence M.F. Sudbury. Op. cit.

[17] Comunidad antitalmúdica. Sus seguidores reconocen la Tanaj como única máxima autoridad, en oposición a los seguidores de la tradición.

[18] Francés Stonor Saunders. La CIA y la guerra fría cultural. Madrid: Debate, 2001, p. 94.

[19] Ibíd., p. 95.

[20] Ídem.

[21] Ídem.

[22] Ibíd., p. 96.

[23] Sobre este tema ver el mencionado libro de Frances Stonor Saunders.

[24] David Cesarani. The Homeless Mind. Estados Unidos: Heinemann, 1998, 496 p.

[25] Joseba Louzao. “Arthur Koestler: la biografía atípica del siglo XX”. En: Fronterad Revista Digital (12/05/2011), <http://www.fronterad.com/?q=arthur-koestler-biografia-atipica-siglo-xx>, [consulta: 27/05/2014].

[26] Arthur Koestler. La decimotercera tribu de Israel. Santa Fe: Garetto Editor, 2007, 250 p.

[27] Daniel Gascón. “Michael Scammell: Koestler, intelectual en movimiento”. En: Letras libres, noviembre 2011, <http://www.letraslibres.com/revista/entrevista/michael-scammell>, [consulta: 20/05/2014].

[28] Ídem.

[29] Max Bery. “Los Ashkenazim, ¿Conversos o hijos de Abraham?” En: Organización Sionista Argentina Filial Córdoba, 22/05/2012, <http://soysionista.blogspot.com.ar/2012/05/los-ashkenazim-conversos-o-hijos-de.html>, [consulta: 10/05/2014].

[30] “El pueblo judío es una invención”. En: Publico.es, <http://www.publico.es/internacional/121692/el-pueblo-judio-es-una-invencion>, [consulta: 12/05/2014].

[31] Ídem.

[32] Ídem.

[33] Seth J. Frantzman. “Terra Incognita: The return of the Khazar myth”. En: “The Jerusalem Post”, 01/02/2013, <http://www.jpost.com/Opinion/Columnists/Terra-Incognita-The-return-of-the-Khazar-myth>, [consulta: 13/04/2014].

[34] Ídem.

[35] Ídem.

[36] Narciso Binayán Carmona. Entre el pasado y el futuro: los armenios en la Argentina. Buenos Aires, 1996, p. 30.

 

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