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EL FANATISMO, LA MÍSTICA Y EL PATRIOTISMO

Marcos Kowalski*

Imagen de Vicki Nunn en Pixabay

Existe un trastorno del carácter, una manera de ser, ciertamente anómala por el dolor y el daño que ocasiona, que está bastante extendido. Me refiero al carácter soberbio, a la personalidad desmesuradamente egoísta y ególatra, esto es, al narcisismo.

Cuando el narcisismo de las personas o de los grupos es excesivo, entonces creen, piensan y sienten que cualquier modificación o evolución propia es peligrosa. Por consiguiente, esperan siempre que el cambio sea el ajeno, de manera que para el narcisista el que debe cambiar tiene que ser el otro en el sentido de mejorar, ser compasivo o indulgente y demás cosas favorables para él.

Al igual que en el individuo singular, también en el seno de la comunidad, si el fanatismo se extiende, se observa, entonces, un potente narcisismo del grupo influyente. No es raro, por ejemplo, que en cualquier comunidad o en los grupos institucionales convivan sectores que se tengan por escogidos y se sientan exquisitos.

El fanatismo es una actitud que podemos entender como de narcisismo social, caracterizada por una adhesión intolerante a unos ideales que pueden llevar en algunos casos a conductas destructivas. En las personas fanáticas hay una amalgama de componentes afectivos (la exaltación emocional), cognitivos (el valor absoluto de las creencias) y comportamentales (las conductas impositivas contra quienes piensan distinto).

En el caso del fanatismo violento el proceso es el siguiente: a) una creencia victimista sirve de aglutinador de un grupo; b) hay una identificación emocional de cada sujeto con la creencia y con el grupo; c) se refuerza la homogeneidad grupal mediante la creación de un enemigo exterior, que puede ser una amenaza para el grupo propio; d) ese enemigo no es de los nuestros ni siquiera es “humano” como nosotros; y e) hay que destruir al enemigo en defensa propia.

Este fanatismo como sistema de creencias genera mucho fervor, cristaliza esperanzas y funciona como una droga cultural. El fanático se obnubila con una mentalidad sectaria y entre los componentes esta la violencia que genera el fanatismo, el odio y la glorificación de dicha violencia. Un fanático simplemente es una persona irreflexiva, vulgarmente un borrego. Fanáticos hay en todos lados, en la religión, las ideologías políticas, el deporte, etc.

La promoción de ideologías individualistas y materialistas como el liberalismo y el comunismo derivan en el narcisismo de las personas o de los grupos sectarios, que cuando es excesivo, entonces creen, piensan y sienten que cualquier modificación o evolución a su pensamiento único no es posible. Es el fanatismo propio de los que creen ser dueños de la verdad absoluta y solo les hacen el juego a los inescrupulosos que los manipulan.

Las personas, presionadas por la contracultura del individualismo que impulsa el narcisismo en los hombres, son más vulnerables al fanatismo y a la violencia cuando acumulan frustraciones repetidas procedentes de percibir que la soberbia personal de su narcisismo se enfrenta a una realidad diferente que les resulta hostil; y que contradice sus sentimientos produciéndole humillación y ansias de venganza que los convierte en “resentidos” sociales, entonces se les cae la autoestima y pasan a carecer de un proyecto existencial propio y de una identidad personal.

Las características psicológicas como sugestionabilidad, hipersensibilidad emocional, con poca disposición al razonamiento e intolerancia a las críticas, autoestima baja, impulsividad les generan una dependencia emocional de otras personas a quienes confieren un liderazgo incondicional.

Las actitudes fanáticas se aplican especialmente a la política. El fanático quiere creer a toda costa algo increíble. No se somete ante lo evidente, sino a lo que escapa a la racionalidad. Por ello, hay personas inteligentes y racionales en diversas facetas de su vida, pero que, en cambio, pueden ser fanáticas en otras, como en la política, que calman sus ansiedades personales.

En tiempos electorales este fenómeno es bien común, reflejado en la preferencia de líderes políticos en tener fanáticos y no copartidarios, como el fanático “solo ve lo que quiere ver” en sus caudillos, “ve” bondades inexistentes y en medio de escándalos políticos, funcionarios destituidos y condenados por la Justicia por inmoralidad administrativa y desfalco, solo ven persecuciones de adversarios.

Viviendo una realidad que nos les pertenece, negando toda crítica a ello y sobre compensándose a sí mismos., confunden lealtad con sumisión, convicción con creencia, poder relativo con poder absoluto, tolerancia con debilidad, flexibilidad con blandura, paciencia con inoperancia y entereza e integridad con fanatismo.

A diferencia de este fanatismo tonto y vulgar está el apasionamiento por hacer las cosas bien o acercarse a la perfección como lo es el bien común, la religión, el arte o la literatura o el cultivo de las ciencias, mediante una actividad espiritual que aspira a conseguir sus objetivos por diversos medios como ascetismo, devoción, amor, contemplación, etc. Es el misticismo.

El término mística hace referencia a un adjetivo relacionado con una palabra que proviene del verbo “myein” del griego que significa encerrar. Y, más específicamente, de la palabra “mystikós” que significa misterioso o arcano. Lo místico se refiere a un estado donde el alma humana se une a lo divino en el plano terrenal. Este estado de unión es muy propio en las religiones ya sean monoteístas, politeístas y no teístas.

Cuando hablamos de una persona como alguien místico, estamos haciendo referencia a un individuo que tiene un lado espiritual muy desarrollado, quizás más que el promedio de las personas, y que manifiesta esa espiritualidad o esa conexión con lo que está en la vida o más allá de la vida terrenal a partir de sus acciones tendientes a hacer proselitismo de sus creencias, pero sin imponerlas.

Si bien el verdadero místico es aquel individuo que a partir de su fe en Dios alcanza un estado de plenitud y de paz interior, en una deformación del concepto, en un sentido coloquial se dice que alguien es místico cuando tiene afición por cuestiones espirituales de cierta profundidad, cuando es un apasionado por alguna cuestión.

Es el caso del que posee, lo que este escriba denomina, la mística patriótica. El tema del amor a la Patria se ha descuidado con exceso. De una parte, los abusos históricos, y de otra, su invocación banal, han contribuido a lograrlo. Pero ni lo que se ha llamado la Patrolatria, ni el patrioterismo, pueden ser causa bastante para distraer nuestra atención del misticismo patriótico que no es otra cosa que el amor verdadero a la Patria.

El misticismo patriótico se nos presenta inicialmente como un deber, como una obligación con que la justicia nos interpela con respecto a la Patria, porque la Patria es la depositaria del bien común. El patriotismo como lealtad exigida parece obvio, porque la Patria, como dice San Agustín, (“De libero arbitrio” (XV, 32), debe ser considerada “como una verdadera madre”. Pero el patriotismo no es sólo, una obligación, es algo más.

Y es algo más porque se enmarca, no en el orden de la justicia, sino en el “ordo amoris”; y hay que explorar a fondo esta “orden del amor”, (el amor a la Patria), el sentimiento que se explica en forma coloquial como misticismo, para encontrar el patriotismo verdadero. En el “ordo amoris” sorprendemos un brote inicial en lo telúrico, en el patriotismo que San Agustín llamó amor sensual, afectivo, de ternura por la tierra nativa.

Pero creemos que no es aquí donde está la esencia del patriotismo, y por dos razones: porque si esta inclinación natural lo fuese, los hombres, como decía también el obispo de Hipona “cederían en patriotismo a las plantas, puesto que las plantas ganan a los hombres en apego a la tierra”; y porque el patriotismo delectatio, fruición, erotismo, concupiscencia, como Fichte le calificara, es pasajero porque se adhiere a lo fugaz, y el patriotismo, si es un amor auténtico, sólo “se despierta, inflama y reposa en lo eterno”.

Superando lo telúrico y para conducirnos al final a lo teándrico, otro tipo de amor, el amor intelectual, que no desconoce ni rechaza el afectivo primario, pues nada hay en la inteligencia que no se halle previamente en los sentidos, pero lo supera, porque, como dijo San Agustín: “juzgo de necesidad que la mente sea más poderosa que el apetito»” De este amor intelectual nos hablaron Spinoza y Legaz Lacambra, al pedir que los puntales del patriotismo se claven en lo intelectual. Pero, este patriotismo intelectual no es un patriotismo matemático, como lo veía Spinoza, y no sólo porque haya una poesía de los números y de las ecuaciones, sino porque, siendo una superación, que no supresión, del patriotismo telúrico, es un punto de apoyo en su línea ascendente, es decir, en su ánimo de perfección, en definitiva en su misticismo.

En la lógica del pensamiento que estamos desarrollando el primer peldaño nos permite pasar de los sentidos a la inteligencia, el siguiente peldaño nos eleva en el “ordo amoris”, de la inteligencia a la voluntad, porque sólo se quiere y se ama en serio lo que de una u otra forma se conoce (“Nihil volitum quin praecognitum”).

Este amor de voluntad, este amor místico,  tiene varias manifestaciones. Cuando se refiere a Dios se llama religión, cuando se refiere a los padres, respeto y piedad filial, y cuando se refiere a la Patria, patriotismo. En los tres casos, y cada uno a su manera, suponen, como decía Santo Tomás, una especie de culto.

Entonces lo que entendemos por misticismo patriótico, por patriotismo, es una manifestación de la “pietas” como virtud; Por eso, el II Concilio Vaticano (Gaudiam et Spes, número 75) desea que se cultive con “magnanimidad y lealtad el amor a la Patria”, y León XIII, en Sapientiae Christianae, escribe que el “amor sobrenatural a la Iglesia y el que naturalmente se debe a la Patria, son dos amores que proceden del mismo eterno principio, pues que de entrambos es causa y autor el mismo Dios”.

Cuando Cristo dice que amemos como Él nos ama, quintaesencia del cristianismo, lo que nos dice es que amemos con su mismo amor. Si el Cántico de las criaturas de San Francisco de Asís demuestra cómo es posible amar con amor de caridad al hermano sol o al hermano lobo, cómo el cristiano no ha de amar a su Patria.

Lo que ocurre, y aquí se hace preciso completar el pensamiento de León XIII, es que el amor natural a la Patria que puede exigirse a todo hombre, cuando se contempla en el cristiano, por la pietas, se sobrenaturaliza, y llega a su plenitud cuando la pietas, animada y vivificada por las caritas, que es el amor de Dios con que el cristiano debe amarlo todo, nos empuja a amar a la Patria con pasión, en definitiva, con mística.

Por el Amor divino, que eso es, en suma, la caridad. A este patriotismo de la caridad alude San Agustín cuando pide que “amemos al prójimo, y más que al prójimo a los padres, y más que a los padres, a la Patria, y más que a la Patria a Dios”; y el citado gran pensador, que tanta insistencia puso en el patriotismo intelectual, acaba hablándonos del “patriotismo encendido por un amor”, de un misticismo patriótico inflamado por la caridad.

La Patria y la nacionalidad son, como la individualidad, hechos naturales y sociales, fisiológicos e históricos al mismo tiempo; ninguno de ellos es un principio. Sólo puede considerarse como un principio humano aquello que es universal y común a todos los hombres; la nacionalidad separa a los hombres y, por tanto, no es un principio. Un principio es el respeto que cada uno debe tener por los hechos naturales, reales o sociales. La nacionalidad, como la individualidad, es uno de esos hechos; y por ello debemos respetarla todos y algunos sentir la mística del patriotismo.

Una patria representa el derecho incuestionable y sagrado de cada hombre, de cada grupo humano, asociación, comuna, región y nación a vivir, sentir, pensar, desear y actuar a su propio modo; y esta manera de vivir y de sentir es siempre el resultado indiscutible de un largo desarrollo histórico.

Por tanto, nos inclinamos ante la tradición y la historia; o, más bien, las reconocemos, y no porque se nos presenten como barreras abstractas levantadas metafísica, jurídica y políticamente por intérpretes instruidos y profesores del pasado, sino sólo porque se han incorporado de hecho a la carne y a la sangre, está en nuestra esencia humana pegada a los pensamientos reales y a la voluntad de las poblaciones.

Nuestro sentido Nacional, lleva inexorablemente a algunos hombres al misticismo patriótico que se dirige al otro término subjetivo de la relación la Patria. La Patria es, de nuevo recurriendo a San Agustín, “síntesis trascendente”; en un doble sentido, a saber: trascendente a aquéllos que la integran, para desempeñar una misión en la historia profana; pero trascendente también para, en esa historia profana, realizar una tarea dentro de la Historia Universal de la Salvación.

Pero debemos estar muy atentos, para no hacer derivar el misticismo por la Patria e incurrir en los errores que convierten al patriotismo en “patrioterismo” y retrotraer nuestro amor por la patria a una especie de fanatismo narcisista como el denunciado al inicio de este artículo, no debemos caer entonces.

En asepsia. Supone una actitud indiferente ante la Patria. Podría expresarse con estos términos: “me es igual”. Ni siquiera como delectatio la Patria me interesa. Utilitarismo. Hay dos frases latinas que reflejan un estado de ánimo semejante: “ubi bene, ibi patria” y “Patria est ubicunquae est bene” (la patria esta donde estemos bien).

Romanticismo. Mi Patria está allí donde se habla mi lenguaje (recuérdese la frase de Unamuno) o donde se puede vivir en libertad. Universalismo, puesto de relieve en el apátrida voluntario por considerarse ciudadano del mundo, “Patria mea tutus hic mundus est” (mi patria es el mundo).

Separatismo. Que, insistiendo en el principio del provincialismo y federalismo, en cuyo nombre se hizo la unidad de la Nación en el siglo XIX, trata de romper la unidad nacional e histórica ya existente en un crimen contra el espíritu de la Patria, y por ello imperdonable, traición, postulada últimamente incluso por grupúsculos se sedicente pueblos originarios y aun gobernadores provinciales.

Escatologismo. Alegado por quienes, so pretexto de la patria celestial futura, tienen un concepto despreciativo del mundo y olvidan que aquella patria celestial, como el Reino de Cristo, aunque no sean como las patrias y los reinos de este mundo, se incoa y se construye en este mundo, y que por ello las cosas del mundo y las patrias de este mundo, no pueden abandonarse y dejarse en las manos de los enemigos.

Las desviaciones, pecados o errores del patriotismo deben ser descartados. Ni siquiera una situación de enfermedad, decadencia o envilecimiento de la Patria debe menoscabar el patriotismo. En una época, como la actual, en que la Patria sufre en su alma y en su cuerpo, los patriotas están obligados a poner en juego más que nunca un misticismo en defenderla.

Todo este misticismo, todo este patriotismo, que parece llevarnos a una galaxia irreal o lejanísima, resulta extremadamente lógico. Dice San Pablo (Rom. 5,5) que la caridad es el amor que Dios ha derramado en nosotros. Ese amor no se derrama para salpicar en el corazón y perderse en el suelo, ni para dejarlo secar a la intemperie, sino para fecundarlo y con ese corazón fecundado, que deja de ser un corazón de piedra, amar también a la Patria.

Que el patriotismo alcanza su plenitud como expresión de las caritas, de la entrega generosa del “ágape”, aparece a todas luces en aquellas lágrimas de Jesucristo ante la dureza de corazón de su pueblo (Luc. 19,41). Si el cristiano ha de hacer suyos los sentimientos del Redentor, uno de ellos es, sin duda, el patriotismo.

Ahora bien; el patriotismo, así contemplado, no sólo puede pedir el sacrificio supremo de la vida, sino el sacrificio diario del trabajo. Una Patria puede estar en peligro no sólo como consecuencia de una invasión militar, sino por obra de otro de tipo de invasiones. La ideológica, que le hace perder su identidad.

La invasión ética, que trata de corromperla, la económica, que busca someterla a dependencia colonial. Entender que sólo tratándose de la invasión militar hay que aprestarse a la lucha, es un error. Estar en vigilia tensa, a la intemperie, para que la Patria no pierda su talante especifico, ni sus cotas morales, ni su propia naturaleza, es un postulado esencial del patriotismo.

 

* Jurista USAL con especialización en derecho internacional público y derecho penal. Politólogo y asesor. Docente universitario.

Aviador, piloto de aviones y helicópteros. Estudioso de la estrategia global y conflictos.

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DAR A CADA UNO LO SUYO

Marcos Kowalski*

 

De todas las definiciones que se han dado de Justicia, quizá, la más conocida es aquella expresada en el siglo III de nuestra era por el jurista Ulpiano, quien decía que “la justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno su propio derecho”. Una máxima que también fue defendida por Santo Tomás de Aquino en la elaboración tomista a la Filosofía del Derecho, es preciso destacar ante todo el carácter estricto y explícitamente universal que adquieren los principios de justicia en su ética. Basadas en las enseñanzas de Aristóteles acerca de lo justo por naturaleza donde ya es posible encontrar las bases teóricas de un cierto universalismo de la justicia, un universalismo que no se encuentra explicitado en cuanto tal y menos desarrollado. Cosa que si realizara Santo Tomás de Aquino.

Cuando Tomas, al comentar el passus aristotélico en el que se hace referencia a lo justo natural, desarrolla la doctrina de los principios prácticos en materia de justicia, escribe que Aristóteles “muestra lo justo natural según su causa cuando dice que dicho justo natural no consiste en lo que a uno le parece o no le parece; es decir, no se origina a partir de alguna opinión humana sino de la naturaleza. Pues, en lo operativo hay ciertos principios naturalmente conocidos, a modo de principios cuasi indemostrables y lo que está próximo a ellos, tales, como hay que evitar el mal; que nadie debe ser dañado injustamente y otros similares” pero, ¿es posible evitar el mal? ¿es posible entender el problema del mal y el dolor desde la sola razón fuera de la teología? Cornelio Fabro, quien ha sido y sigue siendo una de las voces más ilustres del pensamiento tomista, trata el misterio del mal en la vida de los hombres y, entre otras cosas, dice: “Respecto a lo que el hombre espera de la vida, la existencia le ofrece balance negativo, o se sufre por los propios males o se sufre por los problemas de los otros o se sufre doblemente, por los unos y por los otros. Se trata de males de todo género y a todo nivel de la existencia: males que afectan a los pequeños y a los jóvenes, a los adultos y a los ancianos, a los inteligentes o a los vivos, a los obtusos y a los simples, a los santos y a los malvados… La avalancha de males no conoce barreras ni distinciones, aun cuando afecte de diverso modo a unos y otros”.

Cornelio Fabro, desde Kierkegaard, encuentra en sus textos un sentido de abandono a la suerte como la forma más alta en que el hombre puede relacionarse con Dios. Admite con insistencia que la filosofía no resuelve, no puede resolver, el problema del mal, peor aún, la filosofía, ha hecho de todo para oscurecerlo confiándolo al no ser.

Pero en lo que a justicia se refiere, el ser dispone de su libre albedrio, aun afectado como dice Fabro por el mal, la búsqueda del bien en el reparto de potencia e impotencias para dar a cada uno lo suyo se manifiesta en la libertad.

La libertad revela así al ser humano como trascendente, coincide con la personalidad y por consiguiente con la esencia misma del hombre. La libertad no es algo que se posea, una simple “propiedad” de la naturaleza humana, ni tampoco un principio al cual se llegue o reconozca por deducción. La libertad es aquel inicio absoluto y radical del cual emergen y convergen —como su primer núcleo y su fondo último— todas las actividades humanas. Sin la libertad los actos del hombre carecerían de figura, fisonomía, significado y valor.

Y es a partir de esa libertad, ejercida mediante el libre albedrio que la humanidad construye la justicia, a partir de lo justo por naturaleza, que es de donde surge la moral del hombre. Kierkegaard comprende que la justicia busca afianzar lo “suyo” en cuanto “suyo”, asumido bajo la forma de una exigencia. La justicia sirve para reclamar y defender lo “propio”. En la justicia hay algo de “egoísmo”, pero como se asienta en lo debido, en lo justo por naturaleza, lo “propio” resulta legítimo.

Pero ¿cómo se construye en la sociedad moderna la Justicia? Se buscan diseñar instituciones que puedan hacer realidad la emancipación del género humano que, según Fichte, es un imperativo para todo ser racional. La propuesta de Fichte es novedosa para su época porque fundamenta una concepción de la justicia en el sentido que adquirirá esta palabra en el siglo XIX. Es decir que Fichte entiende que el Estado debe redistribuir los bienes según el criterio de las necesidades vitales, pero teniendo en mente el derecho inalienable de los ciudadanos a llevar su vida privada según la concepción de la buena vida que quieran sostener en cada caso.

Como diría Jorge Biturro, el hombre busca llevar su cuerpo por un lugar seguro, con sus cosas y en miras a desarrollarse, a dimensionarse en una sociedad justa, busca diseñar instituciones que puedan hacer realidad la emancipación del género humano que, según Fichte, es un imperativo para todo ser racional y que sucede con el agotamiento de las energías utópicas y la eventual aparición de un contexto mucho más conservador en el plano político.

Estas instituciones, se reúnen en el Estado que es la forma de administrar las sociedades humanas, que organizadas, constituyen “el pueblo”. Conforme a esto se define al pueblo como un ente cuyo modo de ser es el Estado, entendiendo así que el pueblo también existe entre la retención del pasado y la expectación del futuro. La presencia del pueblo ha de concebirse como existiendo siempre desde el pasado hacia el futuro. La manera mediante la cual el pueblo retiene el pasado y espera el futuro es el Estado, que tiene, el deber de dar lugar a la tradición.

Por lo tanto, en la teoría fichteana el Estado debe garantizar que los ciudadanos no lleguen a padecer una situación tal de pobreza que los lleve a depender del arbitrio de los demás, para poder sobrevivir. De este modo, Fichte argumenta que quienes estén en una situación de vulnerabilidad estarán a merced de las interferencias arbitrarias de los demás. Fichte intenta también reducir la posibilidad de que algunos ciudadanos acumulen tal cantidad de poder o de riqueza que los habilite para reducir la libertad de los demás, estableciendo relaciones de dominación.

El ser humano como dice en su famosa encíclica Libertas el Papa León XIII, donde definía a la libertad del hombre como ese “don excelente de la Naturaleza, propio y exclusivo de los seres racionales que confiere al hombre la dignidad de estar en manos de su albedrío y de ser dueño de sus acciones”. Esto es lo principal de la libertad, el ser dueño de sus actos, cosa que sucede sólo con el hombre y no con el resto de los animales.

Es también solo el hombre el que se organiza socialmente con instituciones que regulan la interacción de esa libertad constituyendo los Estados, organizándose en Pueblos, superando el amontonamiento de las manadas o masas desorganizadas, estos Pueblos con sus Estados constituyen las Naciones, que aseguran que el pueblo comparta su historia, costumbres y tradiciones, en definitiva, que reciba “lo suyo” que no es otra cosa que la nacionalidad.

Hemos dicho en montones de oportunidades que el hombre tiene un sentido de trascendencia que, como dice Luigi Giussani, constituye su sentido religioso, pero también influenciado por su tierra, su territorio, por el amor al suelo del rincón geográfico en el que habita un sentido patriótico, un sentido Nacional, un sentido de pertenencia a la Patria.

Pero ¿qué es la Patria? El mismo León XIII, en la Encíclica Sapientiae Christianae, luego de afirmar que “el patriotismo pertenece a los deberes del orden natural”, enfatizaba que: “…la ley natural nos impone la obligación de amar especialmente y defender el país en que hemos nacido y en que hemos sido criados, hasta el punto de que todo buen ciudadano debe estar dispuesto a arrostrar incluso la misma muerte por su patria […]. Hemos de amar a la patria que nos ha dado la vida temporal”.

Este común denominador esencial de la Patria, está dado, pues, por una objetividad natural y por una objetividad ética, es decir, por el orden natural y la moral. Y ambas objetividades adquieren en el cristianismo la plenitud de su significado. Y lo adquieren hasta tal punto que el Papa San Pío X pudo decir que “si el catolicismo fuera enemigo de la Patria, no sería una religión divina”.

En su último discurso público antes de ser asesinado Jordán Bruno Genta decía: “cuál es la Nación que yo quiero. Es una Nación como aquella que ya existió”. Y la nación que ya existió, la que existe y la que existirá es la Patria, para los argentinos, negada por nosotros mismos, a veces rechazada por creer que es responsable del mal reparto de potencias e impotencias que realizan los gobernantes de turno, porque pensamos que no recibimos en nuestra Nación lo “nuestro” la sentimos, nos duele y hasta la rechazamos.

Hoy debemos reconquistar nuestra Patria, debemos volver a sentirnos reflejados en sus símbolos, debemos volver a enarbolar con orgullo la bandera argentina y debemos hacer primar la Justicia que proporciona la Libertad del Pueblo.

En efecto, la Nación como unidad social depende de un sinfín de factores algunos materiales como la geografía, la economía; otros formales como la religión, un ideal histórico común, y la lengua, que nos une a todos, la convivencia reclama una ligazón colectiva y ésta es fruto de una emoción común bajo el influjo de un ideal. La adhesión a una particular visión del mundo es el elemento espiritual que hace posible la fusión social o unión de los ánimos, Nos hace posible constituirnos en Nación y consolidarnos con nuestros ascendientes y descendientes, con nuestra Historia y con nuestro devenir en una Patria de argentinos.

Como decía Lucio Anneo Séneca,

Todo lo que por ley universal se debe sufrir, se ha de recibir con gallardía del ánimo; pues al asentarnos en esta milicia, fue para sufrir todo lo mortal, sin que nos turbe aquello que el evitarlo no pende de nuestra voluntad. En reino nacimos, y el obedecer a Dios es libertad.

Ese es el sentimiento que debe primar en todo patriota al propender una Patria justa, donde cada uno reciba lo suyo.

 

* Jurista USAL con especialización en derecho internacional público y derecho penal. Politólogo y asesor. Docente universitario.

Aviador, piloto de aviones y helicópteros. Estudioso de la estrategia global y conflictos. 

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