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¿ES HORA DE HABLAR DE LA RUSIA POST-PUTIN?

Roberto Mansilla Blanco*

Imagen de svklimkin en Pixabay

En los medios de comunicación occidentales comienza a imponerse una matriz de opinión en clave prospectiva: la de manejar escenarios para una Rusia post-Putin. Las recientes visitas a Moscú del director de la CIA, John Ratcliffe y del equipo negociador enviado por el presidente estadounidense Donald Trump con vistas a encontrar una solución al conflicto en Ucrania acrecentaron aún más estas expectativas en lo relativo a observar lo que está sucediendo en Rusia y los manejos internos de poder en el Kremlin.

Con respecto a estas visitas, si bien no se llegaron a acuerdos concretos más allá de intercambios de prisioneros y paralización momentánea de los ataques entre Moscú y Kiev, el presidente ruso Vladimir Putin declaró que el conflicto en Ucrania «está llegando a una conclusión» aunque sin especificar en qué condiciones.

Mientras aumenta la tensión con Rusia, los medios occidentales han enfocado su interés en interpretar los hipotéticos escenarios post-Putin que podría presentarse en Moscú.

En este orden destaco una entrevista realizada al oligarca ruso Andréi Melnichenko, publicada en julio pasado en el semanario británico The Economist. Bajo el sugerente titular «El Hombre que podría cambiar Rusia», el entrevistado, que anteriormente había escrito un ensayo intitulado «Por qué una Rusia debilitada es malo para el mundo», afirmaba sobre presuntas crisis internas en el Kremlin y el «desastre al que se enfrenta Rusia» al calor de la escalada de conflicto en Ucrania, las sanciones exteriores, y los temores de una guerra directa entre Rusia, la OTAN y Europa, ahora ampliadas con el despliegue de misiles en Noruega.

Otro medio, Asia Times, publicó el pasado 4 de septiembre un artículo intitulado «Es hora de comenzar a prepararse para una Rusia post-Putin», que amplió aún más el margen de especulaciones sobre lo que podría estar sucediendo en Rusia. Destacaba el análisis que «la guerra de Rusia en Ucrania va tan mal para Putin que abre la posibilidad de un cambio de régimen» apresurándose a destacar que «al menos no por ahora».

Otro análisis, esta vez en el Atlantic Council publicado el pasado 6 de agosto bajo el título «No deberíamos temerle a una Rusia post-Putin», consideraba que «la Rusia post-Putin se convertiría en impredecible pero más dispuesta a una escalada contra Occidente. No obstante, las experiencias del pasado y el contexto actual sugieren que el próximo gobernante de Rusia se vería forzado a buscar un camino menos hostil».

Estas perspectivas entran a colación en un momento de crecientes tensiones ruso-occidentales e, incluso, ante un marcado proceso de «des-occidentalización» por parte del Kremlin, fortalecido tras la reciente cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) celebrada en Bishkek (Kirguizistán) y la celebración anual del Foro Económico del Lejano Oriente en Vladivostok.

Las tensiones ruso-alemanas ocurren bajo un contexto electoral determinado por la victoria de Alternativa por Alemania (AfD) en las elecciones regionales en Sajonia-Anhalt el pasado 6 de septiembre. AfD es firme partidario de recomponer las relaciones con Moscú y es considerado probablemente como el principal aliado ruso en Europa. El anuncio del gobierno alemán del cierre de Casa Rusia de Berlín dio paso a una inmediata respuesta desde el Kremlin, con el cierre del Instituto Goethe en Moscú y del Consulado alemán San Petersburgo, previsto para el próximo 18 de septiembre.

La visita a Moscú del director de la CIA, John Ratcliffe a mediados de agosto así como posteriormente del equipo negociador enviado a la capital rusa y a Kiev por el presidente estadounidense Donald Trump para poner fin al conflicto en Ucrania, acrecentaron aún más el clima de desconfianza sobre lo que está sucediendo en Rusia y sobre la posibilidad de comenzar a planificar un escenario post-Putin.

¿«Transición sin sucesión»?

Grosso modo, a corto plazo existen escasas certezas sobre la posibilidad de plantear un escenario post-Putin en Rusia. Las elecciones parlamentarias para la Duma Estatal previstas para el próximo 20 de septiembre reforzarán los cimientos del sistema instaurado por Putin desde su llegada al poder en 2000, ahora con una guerra en Ucrania cada vez más ampliada hacia la OTAN.

Garantizada la hegemonía del partido oficialista Rusia Unida, el único cambio en el equilibrio de fuerzas políticas en Moscú puede deberse al auge de fuerzas ultranacionalistas, básicamente instaladas en el ecosistema «putinista», así como la presencia de ex combatientes de la Operación Militar Especial (SVÖ por sus siglas en ruso), un nuevo actor político que coexistirá con las fuerzas del establishment.

Se especula con que Rusia estaría consolidando una especie de bipartidismo parlamentario entre Rusia Unida y el Partido Comunista de la Federación de Rusia cuyos cimientos mantendrían en pie el sistema de «democracia soberana» instaurado por Putin a partir de 2000.

No obstante, el presidente ruso, actualmente de 73 años, cuyos índices de popularidad son aún sólidos, aproximadamente en torno al 70%, podría estar adelantando un proceso de transición en las elites de poder, arrojando algunas claves de sucesión de cara a los próximos comicios presidenciales previstos para 2030, que anuncian un nuevo período de seis años en el poder.

En 2025, un artículo del politólogo Dmitri Orlov hablaba de un escenario de «transición sin sucesor» en Rusia. Entre sus principales argumentos, Orlov considera que desde 2024, el Kremlin está operando una transición ordenada bajo el férreo y «autoritario liderazgo de un Putin» que ha ido delegando funciones gubernamentales «en jóvenes oficiales próximos a su círculo de poder más cercano; una segunda generación dentro de la elite que está consolidando su poder tanto a nivel estatal como en los negocios».

Orlov indica que si «Putin tiene éxito en rejuvenecer a la elite, el sistema ganará un nuevo impulso. Caso contrario estaríamos a las puertas del colapso del régimen». En este proceso de «rejuvenecimiento de la elite», Orlov menciona el nombre de Alexei Dyumin (54 años), antiguo guardaespaldas de Putin y actualmente secretario del Consejo de Estado.

Con menos atención mediática, otro nombre que ha ocupado el centro de atención es el de Serguéi Kiriyenko (64 años), ex primer ministro y ex jefe de la estatal de energía nuclear Rosatom. Tras varios años fuera del foco, Kiriyenko volvió a la escena tras la invasión de Ucrania (2022) como responsable de la reconstrucción de «Novorrusia», la nueva frontera geopolítica de Rusia con Occidente determinada por las conquistas territoriales en el este ucraniano y su reconversión regional en la Federación rusa.

¿Un «modelo yugoslavo» de «putinismo sin Putin»?

Volviendo a los escenarios post-Putin, expertos rusos como Abbas Gallyamov han realizado un paralelismo histórico con la transición ocurrida en Yugoslavia entre 1980 y 1989 tras la muerte del Mariscal Josip Broz Tito y la instauración de una dirección colegiada, entonces dirigida por el Partido Comunista. Gallyamov, un ex colaborador de Putin, ha adoptado el término “putinismo sin Putin».

No obstante, la brutal desintegración de Yugoslavia en 1991 ha persuadido a los expertos rusos, algunos de ellos ligados al Kremlin, a estudiar fórmulas propias que eviten un hipotético destino similar. El caso yugoslavo de «dirección colegiada» derivó en la adopción de presidencias rotativas entre las diversas comunidades étnicas que conformaban la antigua Yugoslavia, aspecto que acrecentó las rivalidades que llevaron a su desintegración.

El caso ruso parece determinar una posible transición con mayor peso de los grupos de poder y su influencia en las instituciones. Las elites establecidas en torno a los servicios de seguridad (los denominados «siloviki»), las Fuerzas Armadas, los oligarcas en los altos mandos de las empresas estatales (Gazprom, Rosfneft, Rosatom) y la clase tecnócrata e incluso el Consejo de Estado aplicarían un modelo de dirección colectiva con el presidente como árbitro y coordinador.

Independientemente de la posibilidad de reemplazo político o incluso de desaparición biológica de Putin, la Rusia de hoy manejaría un escenario más asertivo de «sucesión pactada» entre las elites instaladas en el Kremlin, en la que los siloviki, el sector de poder originario de los servicios de seguridad, tendrían el peso decisivo.

Otro factor a tomar en cuenta es la consolidación de las ganancias territoriales en Ucrania, con regiones del este ya oficialmente incorporadas a la Federación rusa (Donetsk, Lugansk, Jersón, Zaporiyie) y la posibilidad de ampliación territorial vía dinámica del conflicto (Járkov; Odesa) en la que podría estar configurándose una nueva elite de poder en el Kremlin con capacidad para dirigir el futuro en la eventual Rusia post-Putin. Estas elites conectarían directamente con las perspectivas «patrióticas» que hoy imperan en Rusia.

Para el periodista ruso Maksim Trudoljubov, «la naturaleza de la coalición que llegue al poder en la Rusia post-Putin dependerá de cuán dramática y convulsa sea la transición». Investigadores independientes como Andrey Soldatov e Irina Borogan, expertos en los servicios rusos de inteligencia, advierten sobre el clima de paranoia en el Kremlin ante las actuales tensiones con Occidente y cómo esta perspectiva podría influir en una hipotética transición post-Putin.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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EL ESPÍRITU DE PERPLEJIDAD

Padre Leonardo Castellani

La Revista «Jauja» fue dirigida por el Padre Leonardo Castellani, SJ, entre los años 1967 y 1969. Reproducimos aquí un artículo de su autoría publicado en el número 18 de junio de 1968.

 

La gente quiere hablar de política. Yo quiero hablar de religión. Quizás se pueda hacer los dos en uno.

Políticamente, la Argentina anda en desintegración. Estamos poseídos, por justo castigo de Dios, del espíritu maligno de la perplejidad.

Si no lo cree, míreme en los ojos y dígame: ¿Qué es la Argentina políticamente? ¿Es monárquica, aristocrática, democrática, demagógica, dictatorial, caudillista, oligárquica, timocrática, anárquica, liberal, reaccionaria, falangista, revolucionaria, “comunitaria”, o qué? Es todo eso junto o sucesivo o dos o tres cosas a la vez. En una palabra, es “perpleja”.

Por ejemplo, desde 1853 a 1912 el país fue más o menos una oligarquía liberal, o sea, una plutocracia fraudulenta; que fue rota por un caudillismo liberal moderado, don Hipólito; osciló después con un retorno inestable, Alvear y la vuelta del “peludismo” y fue roto el 30 con un intento de “falangismo” efímero, Uriburu.

Detrás de eso pechan dos “tradiciones”, o más exactamente, la Tradición y la Revolución; y andamos a los barquinazos.

La oligarquía liberal se mantuvo casi un siglo con colonialismo larvado y apariencias de florecimiento material más fraudes electorales de todas clases; como el famoso “Acuerdo de Gobernadores” de Roca; que si se quiere no era mala idea, si no fuera monopolizado por un solo sector y a contracorriente del pueblo.

Desde el 30 acá lo que hay son vuelcos y más vuelcos con la intervención de “pronunciamientos del ejército”. En suma, un enfermo que da vueltas en la cama y tiene miedo de levantarse. Indeterminación, ausencia de estabilidad política, desaparición de la legitimidad. En buena política estamos a cero. Y nos devoran los de afuera.

Pero no puede durar. Vamos a tener que ser algo. Si no nos hacemos nosotros nos harán desde afuera. La “provisoriedad” no puede ser permanente, como su nombre lo indica.

***

¿Quiénes nos van a meter en pretina? Hace ahora justo cincuenta años acaecieron dos acontecimientos mayores, los más importantes del siglo, que crecieron hasta dominar todo el horizonte.

Son el triunfo del Comunismo y el Capitalismo (dos hermanos de madre) se puede decir; o sea, la Revolución de Octubre en Rusia, la entrada de Estados Unidos en la Gran guerra, la que quedó ganada por los “aliados” desde ese mismo hecho ipsofacto, quedó ganada por los Estados Unidos y Rusia.

El Comunismo ganó un Imperio y no ha dado un paso atrás desde entonces.

Cuando yo estudiaba en Roma me decían mis maestros los Jesuitas: “El bolchevismo no puede durar porque es antinatural”. Yo decía: “Ya ha durado 19 años”. Ahora ya son 50. Verdad es que no permaneció en un ser: se hizo en nombre de Marx, mas ya Lenín modificó la “doctrina” y Stalin no digamos nada; y los actuales sátrapas la han convertido en un simple imperialismo ateo, sustituyendo fácilmente el imperialismo pseudoreligioso de los Czares y ensanchando sus pretensiones hegemónicas y conquistadoras hasta la conquista del mundo.

Los objetivos finales indicados por Marx han fallado todos. A saber: la instauración del comunismo, la dictadura proletaria del proletariado, la liberación del hombre de todas sus “alienaciones”, la abolición final del “Estado”, la creación del hombre “omnilateral” plenamente desarrollado y completo, del hombre “humano” apropiado de la entera riqueza de la esencia humana, que resolvería el conflicto entre hombre y hombre, entre hombre y natura, entre libertad y necesidad, entre individuo y género; y ende, plenamente feliz.

En los “Manuscritos económicos filosóficos de 1844” de Carlos Marx se dice:

… el Comunismo, en cuanto efectiva supresión de la Propiedad Privada y por ende en cuanto real apropiación de la esencia humana… es, en tanto materialismo cumplido, un humanismo; y en tanto cumplido humanismo, un naturalismo. Es la vera solución del conflicto entre libertad y necesidad, entre individuo y especie. Por tanto, es el enigma de la historia RESUELTO…

Está a la vista que nada de eso aconteció y se empeoró el “enigma de la historia”: surgió un capitalismo de Estado, un duro partido único, una camarilla oligárquica de políticos y una feroz dictadura. Se parece a los enormes despotismos asiáticos de antes de Cristo, a las “fieras” del profeta Daniel.

Tampoco el capitalismo permaneció en un ser: se transformó en el “neo-capitalismo”, de que tantas loas nos llegan desde la USA, incluso una firmada por Werner Sombart. Se le agregó algunas ventajas “paternalistas” hacia los obreros, incluyendo una fingida y fútil “participación en las empresas” por medio de “acciones”; de donde resulta que los obreros que triunfan, adquieren un status materialmente aventajado en el cual empero andan insatisfechos; y los que no triunfan, se van a la peor miseria.

También ensanchó su ámbito a escala internacional, incluyendo el chantaje, y la opresión a las naciones pequeñas; hecho a base de dinero (o crédito), soborno, estafas y maniobras financieras, unidos a propaganda ideológica – religiosa. Supuesto que se trata en puridad de dos herejías.

Entre estos los monstruos apocalypticos estamos. Se intentó meter la cuña de un “Tercer mundo”; que hoy no es más que una palabra. No habrá “Tercer mundo”, a no ser quizás si Europa consiguiera conglomerarse en una nación —lo cual no se ve posible— o por lo menos no cerca.

Creemos que los Estados Unidos consisten en un pueblo espléndido gobernado por una plutocracia, es decir, por el diablo; y que no anda ahora al margen del derrumbe, como algunos profetizan; lo cual tampoco convendría al mundo. Pero sea como fuere, ahora es el asiento del CAPITALISMO LIBERAL.

Tal como vamos ahora, estamos destinados a rendir vasallaje al capitalismo.

Y al que no le guste que se vaya. ¿Adonde?

***

La Argentina no puede eludir la tenaza si no es equilibrándose políticamente; o sea haciéndose fuerte y asentada: “funcionalmente soberana”, como dice Disandro.

¿Y cómo? Yo no soy el mago de Oz y no tengo una varita mágica, ni un talego de “recetas”, como tantos de mis compatriotas reformadores de café.

Se me ponen los pelos de punta al pensar que yo tengo que brindar una solución; porque de no, todo lo dicho arriba es un mero lugar común que no sirve para nada.

Para salir de nuestro estado informe y remendado hace falta una “creación”; a no ser intervenga el único Creador que existe y ahora anda escondido en el cielo; y para mejor el teólogo inglés John Róbinson, delicias de los profesores del Seminario, ha descubierto que el cielo NO EXISTE:

Pues ese cielo azul que todos vemos

no es cielo ni es azul. Lástima grande

que no sea verdad tanta belleza.

Para mejor hay dos médicos argentinos, premio Nobel o casi, casi, que sostienen (en secreto) la raza argentina ha degenerado biológicamente. Yo he degenerado biológicamente, porque ¿qué tiene que ver mi salud actual con la salud de mi abuela Doña Magdalena Diana de Castellani, q.D.h.?

Viendo TELE o VIDEO uno se siente muy tentado de creerlo.

Si es así, no hay solución. Así como el que se vuelve babiola es manejado por otros, así un pueblo enteramente o en gran parte babiola tiene que caer en el coloniaje o ser gobernado por una tiranía. Las dos cosas comúnmente.

Hay una superstición en mi tierra (y mi finado tío Félix la tenía fieramente) que cuando vuelvan al Plata las cenizas de Don Juan Manuel de Rosas, la Argentina se arregla. Es una superstición absurda, pues poco se puede hacer con unas cenicitas.

¿Qué me importa a mí si dentro de poco me voy a juntar con mi abuela? Pero me dan lástima mis sobrinos nietos.

Lo más sencillo para mí sería renunciar al patriotismo, como Epicteto, sin decir nada. Pero un amigo me hace notar que, si el patriotismo fuese una ideología, se podría renunciar cuando el país real no coincidiese con ella, como hicieron Echeverría y Lavalle. Pero el patriotismo no es una ideología, es más animal que eso.

La Patria no se elige ni abandona

Y como a madre todo se perdona.

Diré con una hipócrita sordina

La Patria es impecable y diamantina.

El Niño Dios le escrituró un establo

Y los veneros de petróleo el diablo.

Patria, tu profanado territorio

Espera tu Hernandarias ilusorio

Y entretanto te extingues y aburbujas

Meada por los perros y las brujas.

Y según mi amigo, el “nacionalismo” de los nacionalistas argentinos es simplemente patriotismo y por tanto esa palabra “nacionalismo” es indeseable y peligrosa; siendo así que el nacionalismo argentino es “el imperativo imprescindible de la cepa hispánica”. Creo tiene razón, aunque no entiendo muy bien eso de la “cepa”, que debe ser cosa animal o vegetal.

Verdad es que los filósofos europeos como Spengler y Seifert cuando usan “nacionalismo” entienden el nacionalismo chauvinista o individualista que ellos conocen; y aquí ni reina ni rige.

Sobre esa cepa hispánica, no olvidando las cepas de Mendoza y San Juan, habrá que fundar nuestra “instauración” o “restauración” o reforma política.

Hay que “rehacerse nación”, fundarse de nuevo. No es soplar y hacer-botellas. Es la misión que Dios da a los patriotas de hoy.

La Patria no se elige ni se abandona; porque Dios, por un lado, me ha hecho nacer sin consultarme en este lugar y no en otro peor; y, por otro lado, me ordena amar al prójimo. La única escapatoria, cuando uno muy mal se viere, sería hacerse hermitaño urbano con h o sin h, retirándose de la política y de los negocios, y encerrándose en un 5° piso con un montón de libros, una radio y un teléfono que no funciona.

Ya habrán notado todos que estamos haciendo los 8 ó 20 compases de bochinche que hacen al fin de las sinfonías los músicos ilustres.

Con el fin de esquivar el dar la solución hasta el número próximo y después seguir postergándola de uno en otro hasta llegar al 24, en que muere la revista y quizás también nosotros.

Tengo miedo caiga en ridículo la Constitución nacionalista y patriótica que hemos hecho con Octavio Maestu, Jaime María Mahieu, Bruno Jacovella y los dos españoles (ausentes) José María Arrese y Eduardo Adsuarda. A Mambrúa lo echamos porque quería poner como epígrafe (que se iba a volver epitafio): “Soñar no cuesta plata”.

También nos contaron que había dicho aludiendo a nosotros: “Cuanto más inteligentes unas gentes, más sonsos son sus sueños”.

Como ese tan pituco entretenimiento de hacer constituciones es tan resobado que, desde Platón acá hasta Marx, pasando por Rousseau, ha dado innumerables engendros, tememos nos tomen para el titeo.

Lo conducente sería escribir un enorme libro como “Las Instituciones Cristianas” de Calvino, “El Contrato Social” de Rousseau y “El Capital” de Marx, que según dicen produjeron sendas Revoluciones Nacionales; cosa que yo dificulto, pues esas tres revoluciones fueron precedidas por varias herejías oscuras, que los llamados reformadores plagiaron asquerosamente; y así, todo lo de Lutero y Calvino está punto por punto en Wicleff y Jan Huss; toda la Revolución Francesa está en los “Iluminados” y la religión de la Libertad y la Democracia de los francomasones; y Carlos Marx transcribió a la letra el proyecto de Graco Babeuf (1762- 1796), en su parte de acción, que la parte de teoría no la ha leído nadie hasta ahora (excepto Hilaire Belloc y Lenín) y está también plagiada casi toda de los economistas ingleses.

Así que dejamos para mejor ocasión el esquema constitucional de la Argentina futura (cuando retornen los huesos de Rosas y quede desmentido José Mármol) la cual será Monárquica Democrática y a la vez no lo será, si ustedes me entienden.

Y provisoriamente damos el esquema de “La Nación” diario en su editorial del lunes 22-IV-68, que reza en su conclusión final:

    • “Es un error olvidar que el auspicioso futuro con que soñamos no es premisa previa sino la insobornable consecuencia del logro de aquellos objetivos, que cuando se encaran con la necesaria solvencia de ejecución infaliblemente habrán de satisfacer toda aspiración de porvenir. Y es lo cierto que éste no se levanta sobre lucubraciones sobrehumanas, sino merced al tesón de normales inteligencias capaces de eficientes realizaciones en todos los órdenes de la función pública”.
    • “Tales los sencillos caminos que llevan a un país a las metas de grandeza que aspiran lógicamente todos sus hijos sin excepción”. (Párrafo final copiado a la letra).

El autor de este párrafo debe de haber sido paciente de los dos médicos de marras…

GEOPOLÍTICA, GEOCULTURA Y LA ARGENTINA BICONTINENTAL

Marcelo Javier de los Reyes*

Al momento de hablar de geocultura nos lleva, quizás de manera automática a pensar en geopolítica, término que durante décadas fue evitado debido a que se lo asociaba con el nazismo y su concepción del Lebensraum, vocablo alemán que significa «espacio vital», el cual implica la expansión territorial o el área de influencia de un Estado que se considera imprescindiblemente para su existencia. De esta manera, siempre hablando en el marco del pensamiento denominado «occidental», lo que era una disciplina científica nacida cuando despuntaba el siglo XX pasó a tener una connotación negativa y su empleo evitado. No obstante, la geopolítica nunca desapareció o, como lo expresa el doctor Alberto Huschenreuter, «la geopolítica nunca se fue, ni siquiera cuando terminó la Guerra Fría ni cuando predominó el régimen de globalización»[1]. Que no se la mencionara no significa que no se recurriera a ella.

El geógrafo, politólogo y político sueco Rudolf Kjellen (1864 – 1822) fue quien acuño el término Geopolitik, la definió como «la ciencia que concibe al Estado como un organismo geográfico o como un fenómeno en el espacio». En la concepción de Kjellen, el Estado es considerado como organismo viviente que se manifiesta en cinco aspectos:

    • el territorio,
    • el pueblo,
    • la economía,
    • la sociedad y
    • el gobierno[2].

El sociólogo y científico social estadounidense Immanuel Wallerstein (1930 – 2019), quien es considerado como el principal teórico del análisis de «sistema-mundo», en su libro Geopolítica y geocultura hace un repaso de los principales hitos del final del siglo XX ―derrumbe del Muro de Berlín, implosión de la Unión soviética, declive de la hegemonía de Estados Unidos y la reconfiguración del mundo― tras lo cual argumenta que desde 1968 se asiste a un rechazo a las doctrinas provenientes del liberalismo basadas específicamente en la economía y la política para poner el acento ―desde un enfoque intelectual― en la «cultura», develando una novedosa relación entre las ciencias y las humanidades. En función de ello, al momento de referirse a la geocultura se centra en las identidades nacionales, en la tensión manifiesta entre lo local y lo universal, entre el nacionalismo y el internacionalismo el sentido de civilización, el papel de las ideologías y el sistema mundial[3]. Es así que considera la geocultura como otra cara de la geopolítica.

En la Argentina la cuestión de la geocultura fue abordada por el filósofo y antropólogo Rodolfo Kusch (1922 – 1979) en su libro Geocultura del hombre americano publicado en 1976. Dice Kusch:

Es curioso que el mar no haya constituido un problema para la cultura argentina. Las menciones que se hacen del mar durante la colonia son en general de un tipo centralizante. Se trata de defender la colonia de invasiones y entonces había que tomar las medidas del caso. De ahí los viajes de Biedma y del piloto Villarino. Pocas veces se hacen concesiones para la explotación del mar propiamente dicho, o para ejercer sobre él un dominio. Esto hace pensar que hay dos formas de referirse al mar, una se refiere a su condición de simple lugar de fácil acceso, y la otra es tomarlo en sí mismo como un ente explotable o de instrumento de soberanía.

En general ha predominado siempre el primer criterio. ¿Por qué? Seguramente por la formación de la cultura popular en Argentina.[4]

Luego agrega:

La Argentina tiene sus raíces culturales en su mediterraneidad, mal que nos pese a nosotros los porteños. Al principio fue el eje del litoral que termina por encontrar su sede en Asunción. En segundo término el que se aglutina en torno a los valles calchaquíes, y, finalmente, el que penetra por Chile y se ubica en Cuyo y que tiene serias injerencias en los anteriores. Los tres ejes condicionan la geocultura argentina, especialmente la popular, y repercuten en todo sentido a través de toda la historia argentina.[5]

Quizás esa «mediterraneidad» sea la que limita nuestra proyección marítima y antártica y la que nos impide asumir que la Argentina es un país continente, el octavo a escala mundial en extensión territorial y con un enorme espacio marítimo en el Atlántico Sur.

La introducción del mapa bicontinental publicado por el Instituto Geográfico Militar en 1954 se enmarca en un período en el que en la Argentina había una conciencia nacional y estudiosos de la geopolítica argentina que tenían una profunda consideración por la vasta geografía, la importancia del Atlántico Sur y la búsqueda de proyección regional, con un marcado acento en la defensa de nuestra soberanía, fundamentalmente sobre los archipiélagos del Atlántico Sur (islas Malvinas, islas San Pedro e islas Esquivel) y la Antártida.

Lamentablemente, los estudios geopolíticos en Argentina, que tuvieron un gran desarrollo hasta las décadas de 1960 y 1970, languidecieron rápidamente sin que se encuentren en la actualidad teóricos de la talla del almirante Segundo Storni, de los generales Juan Domingo Perón, Juan Enrique Guglialmelli, del coronel Jorge E. Atencio, Andrés Alfonso Bravo, editor y director de la revista Geopolítica. Desgraciadamente tampoco contamos hoy con cuadros que expresen un pensamiento estratégico equiparable al que desarrollaron los generales Enrique Mosconi, Manuel Savio o el vicealmirante Carlos Castro Madero.

La nueva cartografía producida por el Instituto Geográfico Nacional (IGN), en particular el Mapa Bicontinental de la República Argentina y el Planisferio de Proyección Aitoff en sus orientaciones Norte a Sur y Sur a Norte, así como la sanción de la Ley 26.651 que establece el mapa bicontinental de la República Argentina en todos los niveles y modalidades del sistema educativo como así también en su exhibición pública en todos los organismos nacionales y provinciales, son pasos relevantes en la toma de conciencia de las dimensiones de nuestro país pero no son suficientes.

La Argentina precisa urgentemente que aparezcan geopolíticos de fuste, una nueva dirigencia política con capacidad para conducir un «país continente» y que tenga en claro los Intereses Nacionales, así como la reconstrucción de nuestras Fuerzas Armadas a los efectos de garantizar la Soberanía Nacional.

 

* Licenciado en Historia (UBA). Doctor en Relaciones Internacionales (AIU, Estados Unidos). Director ejecutivo de la Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales (SAEEG). Profesor de Inteligencia de la Maestría en Inteligencia Estratégica Nacional de la Universidad Nacional de La Plata.

Autor del libro «Inteligencia y Relaciones Internacionales. Un vínculo antiguo y su revalorización actual para la toma de decisiones», Buenos Aires: Editorial Almaluz, 1ª edición 2019, 2da edición 2024.

Investigador Senior del IGADI, Instituto Galego de Análise e Documentación Internacional, Pontevedra, España.

 

Bibliografía 

Atencio, Jorge E. ¿Qué es la geopolítica? Buenos Aires: Pleamar, 1979, 384 p.

Hutschenreuter, Alberto. La geopolítica nunca se fue. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Almaluz, 2025, 290 p.

Kusch, Rodolfo. Geopolítica del hombre americano. Buenos Aires: Fernando García Cambeiro, 1976, 158 p.

Wallerstein, Immanuel. Geopolítica y geocultura. Ensayos sobre el moderno sistema mundial. Barcelona: Kairós, 2007, 336 p.

 

Referencias

[1] Hutschenreuter, Alberto. La geopolítica nunca se fue. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Almaluz, 2025, 290 p.

[2] Atencio, Jorge E. ¿Qué es la geopolítica? Buenos Aires: Pleamar, 1979, p. 22-24.

[3] Wallerstein, Immanuel. Geopolítica y geocultura. Ensayos sobre el moderno sistema mundial. Barcelona: Kairós, 2007, 336 p.

[4] Kusch, Rodolfo. Geopolítica del hombre americano. Buenos Aires: Fernando García Cambeiro, 1976, p. 61.

[5] Ídem.

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