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NETANYAHU DESATADO EN SU «HUIDA HACIA ADELANTE»

Roberto Mansilla Blanco*

Mientras Donald Trump está atrapado en el conflicto con el gobernador de California por la aplicación de las leyes antiinmigración, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu aprovechó el contexto para torpedear cualquier posibilidad de negociación entre EEUU e Irán por el programa nuclear vía ataque militar directo, bombardeando las instalaciones militares y nucleares iraníes en Teherán, Natanz y otras ciudades. En estos ataques fue asesinado el jefe de la Guardia Revolucionaria Islámica (GRI), el general Hossein Salami, así como científicos nucleares y otros altos cargos militares.

Debe destacarse que la GRI constituye un poderoso cuerpo pretoriano compuesto de miles de combatientes así como está provisto de una especie de holding empresarial que tiene en sus manos el control del programa nuclear iraní pero también la operatividad de milicias de combate con enorme experiencia como las al Quds y la Basij. Por tanto, el GRI es un objetivo estratégico para Israel. Con ello, Netanyahu busca desarticular la cúpula militar y científica iraní que tenga capacidad de influencia sobre las negociaciones del programa nuclear.

Para Netanyahu, la escalada del conflicto en Oriente Medio le permite desviar y neutralizar momentáneamente la atención mundial sobre los crímenes contra la humanidad que está cometiendo contra la población palestina en Gaza. Pero también debe observarse con atención el plano interno ante las recientes protestas ciudadanas en Israel por el deterioro de la imagen internacional del país así como por el hecho de que Hamás, lejos de estar eliminado, aún tiene en su poder a decenas de rehenes israelíes.

A su vez Trump, en un alarde de «cortina de humo», instó a Netanyahu a no atacar Irán (lo cual revela claramente que conocía de antemano este ataque), el ataque israelí desacredita a priori la autoridad del mandatario estadounidense. Más allá de la retórica, es escasamente probable que Washington tome medidas punitivas contra Israel. Más bien, las declaraciones de Trump tras el cruce de bombardeos entre Israel e Irán parecen presagiar otras variables. Las negociaciones entre EEUU e Irán sobre el programa nuclear que se estaban llevando a cabo en Omán se encontraban levemente paralizadas, con Teherán incluso a punto de abandonar las negociaciones acusando a Washington de presuntos engaños. Por tanto, Trump podría dejar entrever que el ataque israelí supone una medida de presión contra Teherán. Trump llegó incluso a amenazar a Irán de que si no volvía a las negociaciones, la respuesta militar israelí sería devastadora.

Netanyahu sabe que Trump terminará asistiendo a Israel en caso de ataque iraní toda vez el presidente estadounidense busca momentáneamente mantener distancia sobre la escalada de conflicto en Oriente Próximo, favoreciendo así los intereses de su aliado Netanyahu y a la espera de las reacciones de actores regionales como Turquía y Arabia Saudita y de otros con influencia regional como Rusia y China.

De la misma forma que, previo al ataque israelí, Washington instó a su personal diplomático y civil a abandonar Oriente Medio, fuentes informativas señalan que EEUU mueve efectivos militares en la zona para defender a Israel ante una posible escalada de gran nivel por parte de Irán. Por otro lado, Teherán denuncia una fuga radiactiva en la central nuclear de Natanz, producto del ataque israelí.

Bajo el argumento de un ataque preventivo para garantizar su seguridad, Netanyahu busca manipular a la opinión pública con la narrativa sobre la “supervivencia israelí” y el peligro del “holocausto nuclear iraní” atacando a su principal enemigo y rival regional, Irán, e incluso instando a la población iraní a levantarse contra el régimen de los ayatolás. Esa misma narrativa de “supervivencia” y “seguridad preventiva” ya fue utilizada por Netanyahu para justificar la invasión de Gaza. Con ello, Netanyahu busca fomentar la unidad nacional israelí en un momento político donde algunos sectores de la sociedad comienzan a dudar sobre la efectividad de la guerra en Gaza.

No obstante, la realidad de Netanyahu y de sus aliados del ala dura ultranacionalista se concentran en sus ambiciones de recrear el proyecto mesiánico del “Gran Israel”, transmitiendo ese imaginario a la población israelí cada vez más encorada hacia posiciones nacionalistas extremas y de la necesidad de profundizar la institucionalización del militarismo en la vida cotidiana.

Resta por ver cuál será la respuesta iraní a gran escala militar que, hasta los momentos, ha llevado a cabo ataques con drones y misiles balísticos contra ciudades israelíes incluso desde portaaviones. A pesar de la pérdida geopolítica que supuso la caída del régimen sirio de Bashar al Asad en diciembre pasado, las esferas de influencia regionales de Teherán siguen siendo relevantes. Como cuna del mundo chiíta, Irán posee influencia en esas comunidades en Siria, Líbano, Irak, Bahrein, aliados como los movimientos islamistas Hizbulá y Hamás y de la comunidad hutí en Yemen, que ya ha mostrado su eficacia y capacidad de combate atacando objetivos israelíes.

Debe igualmente atenderse el papel que tendrán las grandes potencias, EEUU, China e Rusia, particularmente a la hora de fortalecer a sus aliados, incluso por la vía militar, o por el contrario de movilizar su capacidad para intentar neutralizar la posibilidad de escalada de la cada vez más guerra abierta entre Israel e Irán.

Hasta los momentos, Moscú y Beijing (aliados iraníes) han mantenido un prudente silencio. Trump se ha alineado con Netanyahu. Así como Arabia Saudita, la única reacción dura contra Netanyahu vino por parte del presidente turco Recep Tayyip Erdogan, otros de los grandes rivales geopolíticos israelíes, quien acusó a Israel de “desestabilizar Oriente Medio«. En otro ejercicio de retórica simbólica, Corea del Norte afirmó su ayuda a Irán; una cooperación que se prevé será más bien moral aunque existen conexiones tecnológicas en materia de conocimiento nuclear.

Particularmente importante será observar la reacción rusa. El Kremlin firmó con Irán en diciembre pasado un acuerdo estratégico defensivo por 20 años. Moscú instará a frenar la escalada del conflicto pero difícilmente asistirá militarmente a su aliado iraní (salvo probablemente si EEUU decide intervenir directamente a favor de Israel atacando a Irán) tomando en cuenta que Rusia está inmersa en la ofensiva sobre la estratégica ciudad ucraniana de Járkov. Debe destacarse que Teherán ha asistido a Moscú con drones en su esfuerzo bélico en Ucrania.

Toda vez la guerra entre Israel e Irán está provocando el consecuente terremoto bursátil y el aumento de los precios del petróleo, Netanyahu confirma su convicción de provocar una guerra a gran escala para reconfigurar a su favor un nuevo mapa geopolítico de Oriente Próximo, lo cual inflama aún más el delicado panorama en Asia Occidental, donde dos potencias nucleares como India y Pakistán estuvieron a punto de ir a la guerra por las reclamaciones soberanistas en Cachemira sin menoscarbar las permanentes tensiones sino-occidentales por Taiwán.

La “huida hacia adelante” de Netanyahu puede tener igualmente claves en política interna antes las presiones del “ala dura” y de los “halcones” dentro de su partido, sus aliados parlamentarios de la extrema derecha sionista y de las Fuerzas Armadas, de atacar a su principal enemigo convencidos de que la impunidad israelí, auspiciada por EEUU e incluso Europa, no tiene límites ni reparos.

Un día antes del ataque a Irán, Netanyahu superó por la mínima una moción de confianza en el Parlamento israelí que habría abocado a su disolución y a una nueva convocatoria electoral. No obstante, está por ver si el enfrentamiento con Irán le reporte a Netanyahu algún tipo de costo político a nivel interno, especialmente a la hora de medir la magnitud de la respuesta militar iraní y de que los objetivos israelíes se atasquen.

Tampoco parece probable que, a pesar de las insinuaciones de Netanyahu pidiendo a los iraníes una revolución popular contra los ayatolás, el ataque israelí implique un cambio de poder en Teherán. Por el contrario, el régimen iraní, provisto de una paciencia estratégica, hará uso de la retórica nacionalista para unificar a los iraníes ante la agresión israelí.

El conflicto abierto entre Israel e Irán entra ahora en la fase de lo imprevisible. No sabemos si estamos ante un intercambio táctico de golpes que lleve a una tácita tregua o si, por el contrario, la escalada se convierta en un conflicto bélico que romperá en pedazos la geopolítica de Oriente Próximo y del Asia Occidental. Un diagnóstico que, por lo visto, no parece preocupar a Netanyahu ni a su aliado Trump.

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE UU y América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

 

Artículo publicado en gallego en Novas do Eixo Atlántico https://www.novasdoeixoatlantico.com/un-netanyahu-desatado-roberto-mansilla-blanco/

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SIRIA Y EL «ATLANTISMO»

Roberto Mansilla Blanco*

La caída del régimen de Bashar al Asad en Siria tras la toma de Damasco por parte de los rebeldes recuerda levemente dos precedentes con desenlaces distintos: el final del régimen libio de Muammar al Gadafi en medio de las hoy inexistentes Primaveras árabes de 2011; y el regreso al poder en Afganistán por parte de los talibanes en 2021.

Desde entonces, la Libia post-Gadafi está sumida en una caótica confrontación entre «señores de la guerra» y crisis humanitaria a las puertas de las costas mediterráneas europeas. Por su parte, Afganistán con el retorno Talibán vuelve al redil del islamismo salafista más radical pero bajo un prisma geopolítico diferente tras la retirada estadounidense y con Rusia y China como actores de mayor influencia regional y global. Ambos contextos, el libio y el afgano, pueden resultar clarividentes a la hora de intentar descifrar qué es lo que le espera a la Siria post-Asad.

No se debe pasar por alto un elemento histórico: la caída del régimen de al Asad pone punto final al predominio de los regímenes nacionalistas, socialistas y panarabistas que, bajo el influjo del nasserismo y del partido Ba’ath, ejercieron una importante repercusión política desde la década de 1950 en países como Egipto, Siria, Irak y Sudán. Visto en perspectiva histórica, lo recientemente ocurrido en Siria marca una nueva etapa.

Obviamente la actual crisis siria implica observar importantes pulsos geopolíticos que deben también analizarse bajo el prisma de las crisis libia y afgana. Más allá de las revueltas populares propiciadas por la denominada Primavera árabe, la caída de Gadafi bajo presión de la ONU y la OTAN significó una pírrica victoria para el «atlantismo» y un revés para Rusia y China, que tenían en Gadafi a un aliado regional. Un revés geopolítico mucho más significativo para Beijing, que tenía en Libia un importante entramado de inversiones petroleras y de infraestructuras.

Por otro lado, el retorno al poder de los talibanes en Afganistán supuso un duro golpe para el prestigio de EEUU y una victoria geopolítica para Rusia y China, que veían con ello alejar la presencia de Washington en sus esferas de influencia en Asia Central. Puede intuirse que, en este caso y tras la caída de Gadafi, Moscú y Beijing le devolvieron el golpe al Occidente «atlantista».

Estos sórdidos pulsos geopolíticos explicarían la crisis actual en Siria. La caída del régimen del clan al Asad (en el poder desde 1970) supone notoriamente una victoria para el primer ministro Benjamín Netanyahu y, tangencialmente, para los intereses «atlantistas» que están a la espera de reconfigurarse ante la toma de posesión presidencial de Donald Trump el próximo 20 de enero de 2025. El duro golpe asestado en Siria al denominado eje chiíta (también propagandísticamente conocido como «Eje de la Resistencia») en Oriente Próximo, manejado desde Teherán con apoyo ruso y chino, abre el compás a una súbita e inesperada recomposición de piezas y de equilibrios geopolíticos en la región.

La reciente tregua de Netanyahu con el movimiento islamista libanés Hizbulá resultó clarividente porque precedió a la espectacular ofensiva de los rebeldes sirios liderados por un hasta ahora desconocido Hayat Tahrir al Sham (HTS), un grupo islamista yihadista cuyo nombre literal es Organización para la Liberación del Levante, antiguo Frente al Nursa y con vínculos con Al Qaeda.

Con presunto apoyo turco, país miembro de la OTAN, aliado del eje sino-ruso con incómodas relaciones con el régimen de al Asad y que tiene intereses estratégicos en Siria a la hora de evitar la posibilidad de un reforzamiento en sus fronteras del irredentismo kurdo, la «nueva Siria» que auguran los rebeldes se asemeja al rompecabezas de fuerzas militares, paramilitares y políticas que han dominado en el Afganistán de los últimos treinta años y en la Libia post-Gadafi. Un delicado equilibrio que no necesariamente augura un marco de estabilidad regional.

El inesperado final de la dinastía al Asad debe medirse igualmente como un notorio revés geopolítico para Rusia, Irán e incluso China, país con importantes inversiones en infraestructuras en ese país árabe. El factor geoeconómico también está presente en la caída de al Asad. Siria aspiraba ingresar en los BRICS, cuya cumbre en Kazán (Rusia) en octubre pasado impulsó toda serie de mecanismos orientados a «desdolarizar» la economía global y procrear alternativas al esquema económico occidental predominante desde el final de la II Guerra Mundial.

Moscú cuenta con una base militar en Tartus, en las costas mediterráneas sirias, una importante posición geoestratégica que obstaculiza los intereses «atlantistas» manejados desde Washington. Una Rusia absolutamente concentrada en la guerra en Ucrania y un Irán ocupado en la guerra cada vez menos híbrida y más directa con Israel son factores que igualmente pueden explicar la súbita caída del régimen sirio, en especial a la hora de tomar en cuenta la aparente incapacidad de Moscú y Teherán para asistir a su aliado y mantenerlo en el poder. Tras aterrizar en la capital rusa, el Kremlin concedió el asilo humanitario a Bashar al Assad y su familia.

Por otro lado, Teherán nutría de apoyo logístico y militar a al Asad, siendo éste su principal aliado en la región. Su caída, así como la neutralización por parte israelí del Hizbulá y del movimiento islamista palestino Hamás, deja a Irán en una difícil posición geopolítica a nivel regional, mucho más a la defensiva y sin aliados estratégicos con capacidad para asestar una respuesta asertiva.

El propio Trump arrojó más suspicacias sobre lo que sucede en Siria asegurando que la caída de al Asad se debió porque a Rusia «dejó de interesarle» el suministro de apoyo militar y político a su aliado árabe. Esta declaración, unida al asilo otorgado por Moscú a la familia al Asad, es una clave para nada descartable a la hora de confirmar que, a pesar de las confrontaciones geopolíticas, detrás del final del régimen sirio podría estar operándose un tácito quid pro quo entre Rusia y el Occidente «atlantista».

Con todo, este escenario no descarta la plasmación de pulsos geopolíticos en otras latitudes orientados a disminuir la capacidad de influencia entre uno y otro contendiente. Un caso significativo es la crisis georgiana tras las elecciones legislativas de octubre pasado.

Mientras que el gobierno del partido Sueño Georgiano ha congelado el proceso de negociación para una eventual admisión en la Unión Europea (un evidente triunfo geopolítico para Rusia), en las calles de Tbilisi, la capital georgiana, se presentaba una serie de protestas que parecían recrear un nuevo «Maidán» similar al acontecido en Kiev durante el invierno de 2013-2014 y que implicó la caída del presidente ucraniano Viktor Yanúkovich, pieza estratégica del Kremlin.

 

Desde Europa hasta Asia Oriental

El prudencial optimismo que se ha observado en Occidente tras la caída de al Asad, aparentemente sin percatarse demasiado ante el hecho de que los rebeldes sirios están dominados por un oscuro movimiento yihadista con redes de conexión con Al Qaeda y el Estado Islámico, implica observar cómo la crisis siria define un margen de actuación del «atlantismo» que viene acelerándose en las últimas semanas como política preventiva ante la asunción al poder de Trump, cuyas declaraciones definen la posibilidad de contraer los compromisos de Washington con los intereses «atlantistas».

Estos marcos de actuación se han observado en las últimas semanas desde Europa hasta Asia Oriental. Comencemos por el rocambolesco escenario electoral en Rumanía tras la primera vuelta de las elecciones presidenciales de noviembre pasado.

El 2 de diciembre la Comisión Electoral validó la victoria de Calin Georgescu, considerado un candidato prorruso. Tres días después, las autoridades electorales en Bucarest desconocieron esos resultados toda vez que en Francia se escenificaba la caída del gobierno del primer ministro Michel Barnier tras una moción de censura impulsada por la ultraderechista Marine Le Pen (conocida por sus lazos con el Kremlin) y la izquierda francesa.

La caída de Barnier muestra a una Europa que observa atónita como el histórico eje franco-alemán, que marcó los cimientos de la UE, se sume en sendas crisis políticas que afectan los intereses «atlantistas» y que cambian los delicados equilibrios de poder de Bruselas con Rusia.

El adelanto de elecciones generales en Alemania para febrero de 2025 es sintomático porque podría confirmar el progresivo ascenso de la ultraderecha de Alternativa por Alemania (AfD), señalada como aliada del Kremlin. Así, desde París hasta Berlín el clásico bipartidismo entre socialdemócratas y conservadores se ve alterado ante el ascenso de opciones más populistas y críticos con el establishment europeísta que la actual presidente de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, intenta mantener en pie a toda costa con el apoyo de las fuerzas «atlantistas» vía Washington y la OTAN.

Por otro lado, el cada vez más opaco presidente ucraniano Volodymir Zelenski ha dejado entrever su presunta aceptación de una tregua con Moscú incluso aparentemente aceptando las ganancias territoriales rusas desde que comenzó el conflicto en 2022.

En medio de las tensiones entre Moscú y la OTAN, las expectativas de Zelenski evidenciarían la incapacidad ucraniana y «atlantista» para mantener el esfuerzo militar contra una Rusia demasiado concentrada en varios frentes dentro de sus esferas de influencia geopolítica en su espacio contiguo euroasiático. En caso de eventualmente darse esta tregua ruso-ucraniana anunciada por Zelenski, la OTAN estaría persuadida a observar con atención en qué medida sus intereses en Ucrania no se verán afectados manteniendo firme su apoyo militar a Kiev.

Pero dejemos Europa y concentremos la atención en Asia Oriental. El 3 de diciembre se observó una surrealista escenificación de un intento de golpe de Estado en Corea del Sur, cuando el presidente Yoon Suk-yeol intentó impulsar la Ley Marcial para, horas después, postergarla por el rechazo parlamentario. Esto dio paso a inesperadas protestas en la capital, Seúl, la destitución del ministro de Defensa y la salvación in extremis del propio presidente surcoreano de ser objeto de una moción de censura similar a la de Barnier en París.

El mandatario surcoreano atribuyó su fracasada decisión de imponer la Ley Marcial a una presunta interferencia de Corea del Norte vía parlamentarios opositores. Unos días antes, el ministro de Defensa ruso, Andrei Belousov, estuvo en Pyongyang para reforzar la alianza estratégica militar entre Rusia y Corea del Norte.

En medio de estos acontecimientos, la UE y MERCOSUR rescataban un histórico acuerdo de libre comercio congelado durante 25 años con la intención de eventualmente construir la mayor área de integración a nivel global. A falta de ser ratificado y con no menos críticas sobre su operatividad, el objetivo en Bruselas con este acuerdo buscaría atar compromisos geoestratégicos ante el regreso de un Trump que ya ejerce de presidente anunciando fuertes aranceles proteccionistas, y al mismo tiempo neutralizar el peso geoeconómico y geopolítico de China en América Latina.

Vistos todos estos pulsos geopolíticos, la caída del régimen de Bashar al Asad en Siria no deja de explicar cómo los grandes actores de la política internacional intentan recomponer piezas a su favor ante las incertidumbres que se ciernen con Trump en la Casa Blanca.

Mientras ese Occidente «atlantista» clama por una transición pacífica en Siria surgen ahora tres interrogantes de calado geopolítico. La primera, ¿cuáles serán a partir de ahora las expectativas e intenciones de unos rebeldes sirios dominados por un desconocido grupo yihadista con conexiones exteriores que deberán ahora presumiblemente asumir un nuevo gobierno en un Oriente Próximo cada vez más convulsionado? En segundo lugar, la Siria post-al Asad, ¿se convertirá en la «nueva Libia» o en el «nuevo Afganistán» de Oriente Próximo?

Y finalmente, una tercera interrogante: en este pulso geopolítico entre las grandes potencias, tras la caída de al Asad, ¿se puede especular con una situación similar en la Venezuela de Nicolás Maduro, aliado precisamente de Rusia, China, Irán, Hizbulá y el hoy derribado régimen de Bashar al Asad y que parece estar en la diana de Trump, a tenor de las declaraciones realizadas por el próximo Secretario de Estado, el cubano-estadounidense Marco Rubio? Como en el caso de al Asad en Siria, ¿se verán obligados Moscú y Teherán a eventualmente dejar caer a un aliado como Maduro?

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE UU y América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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SIRIA, RETORNO AL INFIERNO

Roberto Mansilla Blanco*

La súbita reaparición del conflicto sirio dentro de la atención mediática permite descifrar toda serie de «nudos gordianos» que confeccionan el siempre inestable rompecabezas de Oriente Próximo. Conviene no olvidar este escenario, la guerra siria, en medio de la reciente tregua entre Israel y Hizbulá toda vez que la guerra ruso-ucraniana entra en terreno desconocido, sumida en la amenaza de escalada bélica (tensión nuclear incluida) mezclada con una incierta posibilidad de negociación de alto al fuego.

Los combates en Idlib y la penetración en Alepo, la segunda ciudad siria en importancia tras la capital Damasco, por parte de milicias yihadistas salafistas en manos de un poco conocido grupo denominado Hayat Tahrir al Sham (HTS), literalmente Organización para la Liberación del Levante (anteriormente Frente al Nursa, una suerte de nuevo Estado Islámico-ISIS) parece resultar oportuno para diversos actores, especialmente Israel, EEUU e incluso Turquía. La penetración y aparente control de Alepo por el HTS se logró igualmente con el apoyo de milicias armadas apoyadas desde Turquía. Es la mayor ofensiva militar que se registra en la guerra siria desde 2020.

Ahora bien, ¿por qué reaparece ahora el conflicto sirio? Este avispero conflictivo permanente les viene bien a estos actores anteriormente señalados, especialmente Israel, con habilidad suficiente para penetrar en los terrenos más oscuros de las guerras, secretas o no, que pululan por Oriente Próximo.

La aparición de grupos islamistas radicales siempre es un actor conveniente para los intereses israelíes, sea como enemigo oportuno o como socio indirecto. Para Tel Aviv resulta vital neutralizar el cordón umbilical que Teherán ha diseñado en su contra, vía régimen sirio de Bashar al Asad y el propio Hizbulá sin descartar otros actores (Hamás). No es por tanto casualidad que, tras alcanzar la tregua con Hizbulá, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu advirtiera casi de inmediato al presidente sirio Bashar al Asad de «jugar con fuego» por su apoyo logístico a militar a la milicia islamista libanesa.

Momentáneamente neutralizado el Hizbulá con la tregua de sesenta días, tiempo de espera para la llegada de Trump a la Casa Blanca, Israel mueve indirectamente sus piezas en Siria. La súbita ofensiva del HTS en Alepo revela a las claras que Tel Aviv se está preparando para cualquier eventualidad de una guerra a gran escala en Oriente Próximo, siempre con la mente fija en Irán. Con esto, contando con una indirecta «ayuda» turca (a pesar de las tensiones diplomáticas por la masacre de Gaza), Israel y EEUU buscan una mayor presión geopolítica hacia Rusia e Irán, aliados e implicados directamente en las guerras de Ucrania y Siria.

Observando de cerca el apoyo del presidente Joe Biden a Ucrania con los misiles ATACMS para atacar en territorio ruso, Netanyahu aplica una doble estrategia de tregua con Hizbulá y advertencias contra al Asad en un momento en que la guerra siria vuelve al primer plano con la finalidad de comprometer a la próxima administración Trump. Por cierto, aparecen informaciones de una presunta conexión entre Ucrania y el HTS (que, como Turquía, aparentemente provee de drones a Kiev) para atacar objetivos militares rusos en Siria, tomando en cuenta el apoyo de Moscú al régimen de al Asad, consolidada con la histórica presencia militar rusa (base mediterránea de Tartus) en territorio sirio y la intervención del Kremlin en ese país a partir de 2015.

La «balcanización» de Oriente Próximo y la conformación de entidades «bantustanes» es un histórico proyecto geopolítico de las fuerzas supremacistas y derechistas que hoy gobiernan en Tel Aviv en su intención de recrear la idea del «Gran Israel». Este permanente estado de conflicto con sus vecinos, que legitima el fortalecimiento del estamento militar y de los aparatos de inteligencia como señal de identidad y de vitalidad del Estado de Israel, implica la necesidad de fortalecer su superioridad y capacidad de respuesta militar, amparado de antemano por sus apoyos occidentales, especialmente de EEUU. Netanyahu apuesta fuerte con sus cartas sabiendo que, con Trump en la Casa Blanca, tiene un póquer ganador en su mano.

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE UU y América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

 

Artículo originalmente publicado en idioma gallego en Novas do Eixo Atlántico.