OCCIDENTE QUIERE UNA SEGUNDA VICTORIA ANTE RUSIA

Alberto Hutschenreuter*

Se viven horas decisivas en la placa geopolítica de Europa del este. Como consecuencia de una crisis que prácticamente ha dejado a las partes sin estrategias de salida, el mundo se encuentra ad portas de un desenlace sin analogías, pues la posibilidad de un enfrentamiento militar entre la OTAN y Rusia proyecta una gran sombra en relación con el “modo” que adoptaría el mismo. Más allá de la (cierta) teoría existente, no contamos con ningún precedente de guerras entre poderes nucleares y convencionales supremos.

Pero todavía quedan los reflejos de la diplomacia y de la vieja cultura estratégica de Estados Unidos y Rusia, aunque con los demócratas en el poder y las ensoñaciones internacionales liberales que anidan en sus círculos de poder, es difícil apostar demasiado por aquello último. En un reciente artículo publicado en la página de la influyente Foreign Policy, “Liberal Illusions Caused the Ukraine Crisis”, el especialista Stephen Walt es categórico sobre la responsabilidad de dicha corriente en la crisis actual.

No hay ninguna duda sobre el fin de la Guerra Fría. Esa pugna casi secular acabó a principios de los años noventa con el mismo desplome de una de las partes, la URSS. Si bien tampoco hay dudas sobre las causas mayormente internas de la caída, la competencia internacional jugó un papel determinante en relación con el debilitamiento geoeconómico del imperio soviético.

Aunque la presión estratégica se inició con Carter, fue Reagan el que acabó doblegando al oponente: desde el principio de su presidencia, la URSS no se extendió más por ninguna parte del mundo, al tiempo que renunció a la marca de disciplinamiento de bloque que implicó la “Doctrina Brezhnev”. Se trató, esta última, de una decisión sin retorno.

Solo para el presidente Yeltsin y su joven equipo de economistas e internacionalistas “Estados Unidos y Rusia ganaron la Guerra Fría por haber derrotado al comunismo soviético”, como sostuvo la experta Hélène Carrère d’Encausse. Para Estados Unidos la victoria sobre la URSS fue tal que en los años siguientes trabajó no sólo para afianzar su predominancia solitaria, sino que desplegó iniciativas para que Rusia no volviera a desafiarla. Los medios para ello fueron sutiles e incluso, increíblemente, contaron con la confianza de la dirigencia Rusa.

Ahora: ¿por qué se consideró que una Rusia recuperada volvería a ser un problema? Ante todo, porque históricamente Rusia ha sido un poder autocrático, nacionalista, desafiante, imperialista y expansivo. En segundo lugar, porque una Rusia en ascenso podría implicar más relaciones con Europa, particularmente con Alemania, es decir, Rusia podría “perturbar” el vínculo atlántico-occidental. El especialista Rafael Poch de Feliu no pudo ser más preciso en relación con esto último: “[…] aunque el verdadero adversario de Washington está en Asia, la gran potencia imperial americana dejaría de serlo en cuanto dejase de dominar Europa”. En tercer lugar, una Rusia recuperada podría llevarla a soldar una verdadera asociación con China.

Luego hay respuestas más centradas en cuestiones generales y en determinadas especificidades que van más allá de “Rusia como problema”. Una es la propia esencia de las relaciones internacionales: relaciones de poder e influencia antes que relaciones de derecho. Otra causa es el “peso” de la singular pugna entre ambos poderes en el siglo XX, una rivalidad equivalente a la competencia entre Esparta y Atenas (cuyo desenlace fue una guerra de 30 años en el siglo V a.C. que acabó debilitando a ambas). Otra razón es geopolítica: Estados Unidos no puede permitir el surgimiento de un poder hegemónico en Eurasia. Por otra parte, Rusia en clave de reto supone la justificación para el despliegue de una política exterior. Por último, pudo haber pasado el tiempo, la contienda bipolar, etc., pero continúa existiendo en Estados Unidos una autopercepción de “territorio del bien”. Durante un siglo, dicha percepción nacional-religiosa excepcional se mantuvo “encapsulada”, hasta que en el siglo XX “salió” al mundo para conjurar los males que lo asolaban: guerras, retos diversos, potenciales rivales… Intentó hacerlo el presidente Wilson tras La Gran Guerra, pero predominó la vieja lógica de “no contaminarse con los males que se encontraban allende el territorio sagrado”.

Que el mundo en el siglo XXI tenga una base más multipolar y que no haya ya condiciones para el ejercicio de la hegemonía estadounidense no implica que esa autopercepción se haya modificado.

Para buena parte de Occidente, la Rusia actual es lo que se ha destacado. Por ello, quienes reivindican la extensión de la OTAN consideran que si no hubiera sido así, hoy Rusia mantendría una firme esfera de influencia (y presencia) en las ex repúblicas soviéticas y más allá también. Consideran que Rusia habría militarizado Europa del este con complejos misilísticos orientados hacia Europa occidental con el fin de presionarla. Asimismo, estiman que el cerco evitó que Rusia no desplegara ampliamente su poder naval en el Mediterráneo y el Báltico.

Es decir, desde la visión estadounidense, no hay otra forma de tratar con Rusia que no sea a través de la vigilancia, la advertencia y la fuerza. Es el mismo enfoque y recomendación que proveyó el diplomático George Kennan al gobierno estadounidense en 1945 sobre cómo tratar con los soviéticos. Pero aquella “nueva” visión fue más allá de Kennan (y a pesar de Kennan). Es decir, había que contener a Rusia en sus mismas fronteras, quebrantando su sentido de seguridad territorial y, a la vez, estimulando en su interior las fuerzas democráticas, es decir, las que menos se opongan a los intereses de Estados Unidos en Eurasia.

Es cierto que el competidor de Estados Unidos es China. Pero con este país la situación es de conflicto e interdependencia. Rusia, en cambio, es considerado un rival conocido, con diferentes tiempos que China, al que hay que doblegar. Así se supuso desde el mismo momento que terminó la Guerra Fría. Lo que sucede en relación con Ucrania es la fase final de un propósito estratégico que descartó cualquier posibilidad de nuevos equilibrios o gestión internacional multipolar.

El momento es pertinente, pues Rusia se encuentra en una situación relativamente frágil y, hasta cierto punto, la propaganda relativa con señalarla como “un problema” ha funcionado; aunque también es cierto que los planes casi grotescos de la OTAN permitieron que Putin mostrara otra parte del rostro del conflicto y lograra para Rusia ganancias relativas de poder, particularmente en el segmento blando del mismo.

Occidente quiere lograr una segunda victoria, ahora ante la continuadora (no la sucesora) de la URSS. Sabe que ello significará aumentar la debilidad y el aislamiento de Rusia, afectar el apoyo a Putin y estimular el posicionamiento de las fuerzas pro-occidentales. Pero el precio podría ser alto y hasta quedar fuera de lo que podemos llegar a imaginar.

 

* Doctor en Relaciones Internacionales (USAL). Ha sido profesor en la UBA, en la Escuela Superior de Guerra Aérea y en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación. Su último libro, publicado por Almaluz en 2021, se titula “Ni guerra ni paz. Una ambigüedad inquietante”.

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ASPECTOS ÉTICOS RELACIONADOS CON EL CIBERESPACIO III: UTILITARISMO Y DEONTOLOGÍA (3)

Giancarlo Elia Valori*

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay 

Obviamente, la ética de la red debe ser principalmente de naturaleza conductual. Tiene la tarea de actuar como una herramienta para tomar decisiones en situaciones moralmente difíciles. Sin embargo, mientras la ética de la red sea vista solo como uno de los mecanismos de autorregulación regulatoria de Internet basado en el ethos formado espontáneamente del ciberespacio, faltará la escala crítica para evaluar este comportamiento y luego cambiarla en función de una evaluación real. Por lo tanto, la ética de la red necesita una justificación filosófica y teórica utilizando la metodología ética tradicional, que debería ayudar a evitar la subjetividad. Al mismo tiempo, los dos principios más comunes en la construcción de la argumentación ética —utilitario y deontológico— chocan con grandes dificultades, una vez aplicadas al análisis de la comunicación en Internet.

Así, las teorías éticas utilitaristas, como se sabe, se centran en la viabilidad práctica del comportamiento en términos de lograr el bien social, considerando moralmente justificadas aquellas acciones que traen el mayor beneficio al mayor número de personas. A pesar de esto, como regla general, cualquier acción tiene consecuencias tanto positivas como negativas, muchas de las cuales son imposibles de predecir (y aún más de evaluar) de antemano. Es aún más difícil permanecer imparcial a la hora de determinar qué intereses deben verse comprometidos.

Y si es así, entonces la aplicación del “principio de máxima ventaja”, que forma la base del utilitarismo, esto como criterio de evaluación moral da solo resultados muy aproximados y lejos de ser confiables, lo que significa que no puede pretender ser objetivo.

En el ciberespacio, la subjetividad del enfoque utilitario es particularmente aguda. La complejidad del entorno de información en constante cambio a menudo hace que sea imposible predecir el alcance de las consecuencias inmediatas y distantes de una acción individual, y la naturaleza virtual de esta acción cambia, al menos subjetivamente, su estado moral. Esto se debe al hecho de que los individuos que interactúan en un entorno virtual tienden a percibir como potencialmente inmorales solo aquellas acciones que afectan a objetos físicos y tangibles y conducen a un resultado fácilmente observable. Sin embargo, la naturaleza inmaterial de la información crea una sensación engañosa de que todo lo que sucede en la infoesfera sucede como si fuera por “diversión”, sin ejercer ninguna influencia sobre la realidad. De esta manera, la acción en el ciberespacio se percibe subjetivamente de manera diferente a la misma acción en el mundo “real”, y por lo tanto muy a menudo una persona no es capaz de evaluar adecuadamente las consecuencias de sus acciones.

Además, muchas de las acciones llevadas a cabo en el ciberespacio, de hecho, no producen ningún efecto visible, lo que les permite permanecer no solo impunes, sino que muchas veces ni siquiera se notan, es decir, desde el punto de vista de las consecuencias parecen no existir, sino que implican el condicionamiento de millones de usuarios no preparados: desde el niño ingenuo e inocente, hasta el “grande” que tiene propósitos muy específicos. Por lo tanto, el uso de un enfoque consecuente para evaluarlos, que se centra en los resultados de un acto, y no en sus motivos, pierde su significado y, de hecho, no produce ningún efecto visible, lo que permite que los navegantes maliciosos permanezcan no solo impunes, sino que a menudo ni siquiera se recuerden desde el punto de vista de las consecuencias, como si no existieran. Por lo tanto, el uso de un enfoque consecuente para evaluarlos, que se centra en los resultados de un acto, y no en sus motivos, pierde su significado.

A diferencia de las utilitaristas, las teorías éticas deontológicas conceden particular importancia a las reglas formales universales de interacción, independientemente del resultado de su observancia en una situación particular. Estas reglas, formuladas en forma de leyes morales universales (las más conocidas de las cuales son la “regla de oro de la ética” y el “imperativo categórico”), sirven como requisito previo para el surgimiento de prescripciones específicas que subyacen a la ética normativa. El absolutismo de las exigencias morales propuesto por las teorías deontológicas que insisten en la inadmisibilidad de la desviación de los imperativos morales, a veces raya en el rigorismo y entra en conflicto con la práctica real de la interacción intersubjetiva, que por regla general, es un objetivo racional y, en Internet, tecnológico.

El enfoque deontológico, por otro lado, debe ser capaz de conferir un carácter universal y vinculante a las normas morales.

Cuatro puntos de la ética de la información se consideran los pasos deontológicos fundamentales que rigen la esfera de la comunicación virtual: a saber, el principio de privacidad, el principio de accesibilidad, el principio de inviolabilidad de la propiedad privada y el principio de exactitud de la información.

Como se puede ver, estos son los principios preferidos del liberalismo (al menos los tres primeros), y son bastante consistentes con el espíritu de la ideología de la red. Además, en la ética de la red se ha extendido un enfoque que considera el respeto a los derechos humanos como el principal principio deontológico de la comunicación virtual. Estos derechos morales inalienables se basan en nuestra condición de seres inteligentes, dignos de respeto, que representan un valor intrínseco, y derivan de la segunda formulación del imperativo categórico, que enfatiza que los seres humanos son una meta en sí mismos. Los derechos humanos registran los patrones de comportamiento más significativos que deben aplicarse en relación con los seres humanos. Los derechos morales fundamentales relacionados con la esfera de la información incluyen el derecho a recibir información, el derecho a expresar la propia opinión y el derecho a la privacidad.

Al mismo tiempo, en el proceso de comunicación virtual, las situaciones en las que diferentes derechos y obligaciones morales entran en conflicto no son infrecuentes. Baste mencionar la contradicción entre la libertad de expresión y el deseo de proteger la moral de los menores, entre la inviolabilidad de la vida privada y el derecho de la sociedad a la seguridad, entre el derecho a la propiedad privada y el principio de accesibilidad, información, etc.

Aquí es donde surgen los dilemas morales más delicados, que indican que la ética de la red no puede reducirse a un conjunto de algunas normas universales aplicables a cualquier situación. Más bien, estas son normas contradictorias que deben reconciliarse y equilibrarse. Esto socava la viabilidad de un enfoque estrictamente deontológico que no comunica nada sobre el conflicto de las obligaciones morales.

El concepto de “ética del habla”, de la escuela alemana, está llamado a superar las deficiencias de los dos enfoques anteriores. La ética del habla, por un lado, establece reglas formalmente universales, gracias a las cuales es posible fundamentar las normas morales. Esto prescribe tener en cuenta las posibles consecuencias de la introducción de tales normas, de modo que le permita cerrar la brecha entre la ética deontológica y la ética consecuente, combinando el principio del deber con el principio de responsabilidad. Al mismo tiempo, el principio cardinal de la ética discursiva —el consentimiento racional— presupone implícitamente que cualquiera que entre en comunicación para lograr el entendimiento mutuo, no puede dejar de otorgar a otros comunicadores los mismos derechos que él mismo reclama, reconociendo así a todas las personas como socios iguales; y gracias a esto los desacuerdos deben ser superados exclusivamente de manera argumentativa. En este sentido, la ética del discurso permite no sólo describir el procedimiento para llegar a un acuerdo sobre cuestiones morales, sino también derivar metanormes universales de justicia e igualdad, y no como meras reglas empíricas de comportamiento.

La naturaleza fundamentalmente dialógica de la ética del habla la hace más adecuada para el análisis moral y filosófico de los procesos de comunicación modernos (incluidos los mediados por una computadora), ya que su principio fundamental puede, por un lado, utilizarse para describir la “situación ideal de la comunicación”, estableciendo así un punto de referencia moral al que todo discurso práctico debe tender. Por otro lado, sirve como criterio para la evaluación moral de este discurso. Gracias a esto, la ética discursiva puede considerarse como una herramienta universal de comunicación, que puede (y debe) adherirse a todas las personas que interactúan en una situación de conflicto de intereses, independientemente del entorno en el que tenga lugar su interacción. Por lo tanto, la ética del discurso sirve no solo como una herramienta para aclarar y corroborar las normas morales, sino también como una herramienta para su legitimidad en la sociedad de la información, pero también como una herramienta para su justificación en la sociedad de la información. (3. continua)

 

* Copresidente del Consejo Asesor Honoris Causa. El Profesor Giancarlo Elia Valori es un eminente economista y empresario italiano. Posee prestigiosas distinciones académicas y órdenes nacionales. Ha dado conferencias sobre asuntos internacionales y economía en las principales universidades del mundo, como la Universidad de Pekín, la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Yeshiva de Nueva York. Actualmente preside el «International World Group», es también presidente honorario de Huawei Italia, asesor económico del gigante chino HNA Group y miembro de la Junta de Ayan-Holding. En 1992 fue nombrado Oficial de la Legión de Honor de la República Francesa, con esta motivación: “Un hombre que puede ver a través de las fronteras para entender el mundo” y en 2002 recibió el título de “Honorable” de la Academia de Ciencias del Instituto de Francia.

 

Traducido al español por el Equipo de la SAEEG con expresa autorización del autor. Prohibida su reproducción. 

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INDIA, CHINA Y EL OCÉANO

Marcos Kowalski*

La India está reforzando su presencia militar en el océano Índico, las bases aéreas e instalaciones navales se están ampliando en los archipiélagos de las islas de Andamán y Nicobar. Estas islas, son la pieza clave de la jugada geopolítica marítima india para controlar la entrada al estrecho de Malaca.

El plan consiste en ocuparlas con bases para aviones, buques de guerra, diferentes misiles, drones y soldados. Todo este movimiento es observado con cierta preocupación por China debido a que la India, por su población —unos 1.300 millones de personas— y su comercio es considerada la quinta economía más grande del mundo y por su ubicación es un importantísimo competidor de China.

Por otro lado, los montes Himalaya protegen la frontera norte de India de posibles incursiones chinas, mientras que el desierto de Thar o gran desierto indio los separa de Pakistán, país con el que los indios mantienen un histórico conflicto. El gobierno indio tiene como prioridad el poderío terrestre y mantiene la presencia militar en todas sus fronteras.

La frontera que envuelve a la India en el este, oeste y sur, se encuentra rodeada de océanos y es por ello que Nueva Delhi ha decidido desarrollar y modernizar sus fuerzas navales y otorgarles capacidad de proyección marítima; recordemos que el transporte comercial marítimo internacional y sobre todo las exportaciones, tanto de India como de China, se desarrollan a través del mar, que siempre prevalece sobre el transporte terrestre.

Los dos Estados compitieron y compiten en su influencia comercial sobre el Sudeste Asiático, pero en las últimas décadas China obtuvo derechos de amarre y se estableció con puertos y bases sobre el Índico, que van desde la isla de Sri Lanka a Djibouti en el Cuerno de África. India, por su lado, ha organizado una amplia estrategia naval desde el mar Arábigo, para contener a la Armada paquistaní, hasta el océano Índico para contrarrestar las incursiones chinas.

Como la forma más frecuente de uso de la fuerza en los conflictos modernos se caracteriza por un amplio uso de los medios y procedimientos donde las fuerzas militares tienen el significado de ser un elemento disuasorio, la India viene desarrollando con éxito una tríada nuclear donde su Armada cumple un rol primordial con sus submarinos nucleares clase Arihant. Son submarinos militares de combate con capacidad de lanzamiento de hasta 12 misiles de corto alcance equipados con ojivas nucleares de 500 kilogramos de peso. Esto coloca a India entre los cinco países con este tipo de capacidades.

El comercio, la seguridad y la competencia por el poder en el océano entre estas dos poderosas naciones ha revitalizado una carrera armamentista en ese espacio del mundo, objetivo que requiere muchos recursos para proteger sus respectivas flotas mercantes, asegurar la libre navegación y denegar el acceso a fuerzas hostiles.

En este aspecto es la India la que aparece con aparente desventaja; el área de operaciones oceánica que pretende cubrir es muy amplia y necesita de unos 200 buques de superficie, incluido un portaaviones, contando actualmente con unos 140 buques de guerra operativos.

La compleja situación económica, donde el enfrentamiento con Pakistán, las insurgencias en algunas partes dentro de su territorio y el empuje de China en La Línea de Control Real en el Himalaya, le exige al ministerio de Defensa indio destinar muchos de sus recursos a elementos terrestres y de la Fuerza Aérea, haciendo que se releguen varios proyectos de la Armada India, retardando el plan de modernización de 15 años que se había programado.

Por ejemplo, la marina india en 2017 solo recibió 3.000 millones de dólares de los 8.500 prometidos, destinando gran parte de los fondos a pagos de contratos anteriores y no se realizaron nuevas adquisiciones. Esta situación pone en riesgo de fracasar la política prevista para llevar a 200 buques de guerra en 2027/2030.

Aun cuando la Armada India ha alcanzado una importante evolución en cuanto a modernas capacidades de su armamento, tanto en barcos de superficie como submarinos, no tiene una capacidad de superioridad con China y al paso que van ambos en sus desarrollos no se puede prever que lograra esa capacidad en los próximos años. Sin embargo, para suplir esa carencia, India está recurriendo a otro enfoque estratégico, trabajando con socios internacionales para forjar una coalición anti-China, buscando construir su influencia en el céano Indico y expandirse al mar de China Meridional. Pero fundamentalmente ocupar, en el Índico la cadena de islas Andamán y Nicobar.

Se trata de una cadena de más de 570 islas que se encuentran junto a la Bahía de Bengala y al mar de Andamán y constituyen un punto llave para el tráfico marítimo cercano, con una orientación norte sur que convierte a estas islas en excelentes bases para la proyección de fuerzas.

El extremo más septentrional de las islas se encuentra a solo 300 kilómetros de Birmania, mientras que las islas Nicobar a unos 200 kilómetros de Indonesia, de un extremo a otro las islas se extienden por unos 800 kilómetros, proporcionando el control de alrededor de un tercio de la zona económica exclusiva de India.

Todo buque, de cualquier bandera, que pase por el estrecho de Malaca debe pasar necesariamente por los canales ubicados a ambos lados del archipiélago Andamán y Nicobar, pudiendo la India, si logra establecer una estructura militar en ese archipiélago, bloquear el punto de entrada occidental del estrecho de Malaca.

Recordemos que ese estrecho es una de las rutas marítimas más transitadas del mundo y el punto de navegación más importante del océano Índico, de 120.000 buques comerciales que navegan el Índico cada año unos 70.000 pasan por el estrecho de Malaca.

En el caso de China, pasa por dicho estrecho el 80% de sus importaciones de hidrocarburos, por lo tanto una presencia militar india en las islas fortalecería el poder de India en la región y complicaría el de China; capitalizar el valor estratégico de Andamán y Nicobar son uno de los actuales objetivos de Nueva Delhi.

Actualmente las Fuerzas Armadas de la India operan algunas bases aéreas y navales en dicho archipiélago además de unos 24 puertos civiles, pero se está estudiando expandir las operaciones militares con nuevas bases y puertos en el enorme espacio que ofrecen las 572 islas.

Ya se encargó al respecto un plan de desarrollo de infraestructura para construir nuevas instalaciones como así también para ampliar las existentes para que tengan capacidad de alojar buques de guerra, misiles, aviones militares como caza-bombarderos y de transporte, submarinos y contingentes de tropas. En un plan que pretende completarse dentro de los próximos diez años.

Además, los políticos indios están aprobando la construcción de una red de sensores de vigilancia que deberá extenderse en el lecho marino desde el extremo norte del archipiélago hacia el sur con el objetivo de proteger, mediante esta especie de muro marino, el océano, monitoreando y evitando que los submarinos chinos ingresen a la zona económica exclusiva de India.

Recordemos que China tiene unos 70 submarinos operativos y los mismos vienen teniendo una presencia preponderante tanto en el mar de China como en el océano Indico, Al establecer la red de vigilancia en el lecho marino, India pretende privar a China de navegar libremente con ellos en sus mares.

La India operara estos nuevos instrumentos militares bajo un único mando conjunto, operando todos los elementos del Ejército, la Marina, la Fuerza Aérea y la Guardia Costera. Éste será el primer comando conjunto que operara en ese país, que además pretende aportar presencia militar con el Dialogo de Seguridad Cuadrilateral y el AUKUS en el afán de constituir una OTAN asiática.

Japón, Australia y Estados Unidos han mostrado un gran interés en colaborar con India en militarizar las islas Andamán y Nicobar pudiendo constituirse el archipiélago indio en bases para la reparación, mantenimiento y apoyo logístico para los buques de estas naciones. Todo esto es muy preocupante para China.

Visto desde las perspectivas del gran país asiático que India militarice el archipiélago es una provocación que debe evitarse, pues entraría dentro del equivalente a las líneas rojas de Rusia en el caso Ucrania y esa es una de las razones por las que Beijing en respuesta está intensificando las tensiones en el Himalaya a la vez que aumente su asistencia militar a Pakistán.

 

* Jurista USAL con especialización en derecho internacional público y derecho penal. Politólogo y asesor. Docente universitario. Aviador, piloto de aviones y helicópteros. Estudioso de la estrategia global y conflictos. 

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Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales

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