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LA GUERRA ESTÁ INGRESANDO EN SU ZONA MÁS PERTURBADORA

Alberto Hutschenreuter*

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El avance ruso en territorio ucraniano no supone tanto la posibilidad de victoria de Rusia, sino de una sensible escalada de la guerra. Es decir, la confrontación está dejando de ser entre Ucrania y Rusia para pasar a ser entre la OTAN y Rusia, un choque que hasta hoy ha sido de modo indirecto o latente.

El reciente pedido del secretario general de la Alianza Atlántica, relativo con la necesidad de que los países aliados permitan a Kiev atacar territorio de la Federación Rusa, deja la guerra «ad portas» de lo que hasta hoy fue el nivel estratégico de la misma: Rusia-Occidente.

La guerra ruso-ucraniana ha sido la consecuencia mayor de ese nivel de conflicto superior, el que viene teniendo lugar desde mucho antes del 22 de febrero de 2022 y de los hechos que tuvieron lugar en Ucrania-Crimea en 2013/2014: es preciso remontarse hasta los años noventa, cuando tras el final de la contienda bipolar, Estados Unidos, el único ganador de dicha contienda, se propuso impedir que una Rusia eventualmente poderosa y revisionista, desafiara la supremacía de Occidente.

Ante la posibilidad cada vez mayor de que Ucrania se desmorone y Rusia obtenga ganancias geopolíticas mayores de las que logró hasta hoy, la OTAN se vería obligada a elevar el grado de violencia, pues es inadmisible una victoria o ventaja militar irreversible rusa.

Hasta hoy, Estados Unidos, el «primus inter pares» de la OTAN, se ha opuesto a suministrar a Ucrania capacidades misilísticas mayores, es decir, sistemas de largo rango (300-500 kilómetros) que permitan ataques en profundidad. Pero, a menos que Washington considere que es imperioso evitar una escalada letal, un escenario de derrota ante Rusia no podría ser aceptado por Occidente.

En breve, la guerra se encontrará en su hora más inquietante. Esperemos, aunque será difícil, que próximamente en Suiza las luces estratégicas sean más fuertes que las sombras antigeopolíticas que (desde hace mucho) predominan en el nivel superior de las relaciones interestatales.

 

* Alberto Hutschenreuter es miembro de la SAEEG. Su último libro, recientemente publicado, se titula El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre, Almaluz, CABA, 2023.

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EL MOMENTO PALESTINO

Roberto Mansilla Blanco*

Imagen: hosnysalah en Pixabay, https://pixabay.com/es/photos/palestina-gaza-banda-7360944/

El anuncio de Irlanda, Noruega y España de reconocer oficialmente al Estado de Palestina el próximo 28 de mayo, las protestas pro-palestinas en universidades estadounidenses y europeas, el prudente distanciamiento por parte de Washington hacia Israel, el repudio de la mayor parte de la opinión pública internacional ante el drama humanitario en Gaza y la decisión de la Corte Penal Internacional de dictar acto de detención contra el primer ministro Benjamín Netanyahu y otros altos cargos de su gobierno son aspectos que evidencian la dañada imagen internacional de Israel en medio de una guerra donde, con más de 35.000 palestinos muertos, comienza también a perder la batalla narrativa sobre su legitimidad.

«Un premio al terrorismo». Así calificó el pasado 22 de mayo el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu la decisión de Irlanda, Noruega y España de reconocer conjuntamente al Estado de Palestina el próximo 28 de mayo, que provocó  inmediatamente una crisis diplomática con esos países. En vísperas de unas decisivas elecciones parlamentarias europeas (9 de junio), otros países europeos podrían sumarse a ese reconocimiento oficial palestino.

Un día antes, el fiscal de la Corte Penal Internacional (CPI) Karim Khan, dictó una orden de arresto contra Netanyahu, el ministro israelí de Defensa Yoav Gallant así como también contra los líderes de Hamás por violaciones de derechos humanos con el trasfondo de la guerra de Gaza.

El mayo horribilis de Israel

Visto el panorama, ha sido un mes de mayo muy difícil para Netanyahu. El momento es simbólico porque el 15 de mayo conmemora un aniversario más de la creación del Estado de Israel en 1948. Pero también recuerda  la Nakba, la tragedia palestina fraguada por la expulsión de cientos de miles de refugiados lejos de su hogar histórico. Dos onomásticas diametralmente opuestas que, en el contexto de 2024, adquieren una nueva dimensión.

Hay síntomas de desesperación en Israel. El 10 de mayo, en medio de una votación en la Asamblea General de la ONU en la que 143 países aprobaron ampliar los derechos de Palestina para ser miembro pleno del organismo, el embajador israelí Gilad Erdan trituró literalmente la Carta Fundacional de la ONU.

Durante años empoderado por el tradicional veto estadounidense a cualquier resolución contraria a Israel acrecentando así su impunidad, Tel Aviv ya no esconde su desprecio por la ONU: ha cortado los fondos para la Agencia de Refugiados Palestinos (UNRWA), atacando desde sus convoyes hasta alguna de sus sedes mientras hostiga a otros cooperantes de esa Agencia por una supuesta participación en los atentados de Hamás del pasado 7 de octubre.

Tampoco se salvó Eurovisión, cuya edición celebrada el pasado 11 de mayo en Suecia (por cierto sumamente politizada, como viene siendo costumbre en este certamen en los últimos años) constituyó prácticamente un foro de críticas y desprecios por parte del público hacia la representación israelí.

Por otro lado está la opinión pública internacional. Principalmente desde Occidente, su tradicional aliado y fuente de legitimidad exterior, la imagen israelí se está viendo seriamente afectada por la guerra en Gaza iniciada por Netanyahu en octubre de 2023.

Las atrocidades de la operación militar israelí crean estupor en el exterior, con protestas cada vez mayores en campus universitarios desde EEUU hasta Europa y una orientación más propalestina en diversos sectores de la opinión pública que está paralelamente propiciando este auge en el reconocimiento oficial del Estado de Palestina. Todo ello constituye un golpe sensible para Israel, que observa cómo va perdiendo la narrativa a su favor de una legitimidad que hasta ahora se pensaba que conservaba casi intacta.

También está la tensión militar regional. Por primera vez tras el esporádico ataque iraquí a ciudades israelíes durante la guerra del Golfo de 1991, el territorio israelí recibió el 13 de abril un teatral ataque directo de parte de un enemigo regional, en este caso Irán.

Precisamente, el accidente aéreo que cobró la vida el pasado 19 de mayo del presidente iraní Ibrahim Raïsi y otros cargos de su gobierno recrea suspicacias ante lo que podría suceder en el Irán post-Raïsi así como sus repercusiones en un panorama regional cada vez más condicionado por el clima de confrontación directa entre Irán e Israel. Este contexto tendrá obvias implicaciones geopolíticas para los aliados regionales de Teherán, en particular el propio Hamás, el partido islamista libanés Hezbolláh y los rebeldes hutíes en Yemen, otra guerra silenciada que provoca riesgos geopolíticos y económicos para los intereses occidentales e israelíes.

Así mismo, Hamás ha logrado desnudar el mito y la aureola de invencibilidad militar israelí. Tras ocho meses de guerra, y si bien Israel ha logrado recuperar el control del norte de Gaza, no se aprecia una derrota militar significativa para Hamás. Más allá del drama humanitario con más de un millón de palestinos desplazados y hacinados hacia el puesto fronterizo de Rafah, en la frontera con Egipto, Hamás parece estar consolidando su posición como el único movimiento político palestino de resistencia capacitado para imponer también sus demandas políticas.

No obstante, el movimiento islamista puede igualmente observar una erosión en las simpatías que podría tener dentro de la población palestina si la tragedia humanitaria se prolonga hasta límites insoportables.

Biden toma distancia; Netanyahu se «atrinchera»

Toda vez es apreciable el distanciamiento de la Administración Biden con respecto a Netanyahu. La reciente aprobación de la ayuda financiera y militar estadounidense a Israel ha colocado en el centro de atención una unidad militar, en este caso la Netzah Yehuda, literalmente en idioma hebreo «Judea por Siempre», acusada de cometer atrocidades y violaciones de derechos humanos en Cisjordania y ahora con su participación en Gaza desde enero pasado.

De acuerdo con la ONG israelí  Yesh Din, esta unidad militar tiene «la tasa de condenas más alta de cualquier unidad del Ejército israelí por delitos contra palestinos desde 2010». Washington está debatiendo la posibilidad de sancionar a esta unidad militar para dejarla por fuera del paquete de ayuda.

Este contexto ha provocado una especie de «atrincheramiento» para los miembros del gobierno de Netanyahu, cada vez más dependiente de los «halcones» militaristas y los sectores de ultraderecha y ultrarreligiosos. Incluso han buscado «lavar la imagen» de Netzah Yehuda: el ministro de Defensa Gallant y el líder opositor Benny Gantz mostraron su sintonía con el primer ministro israelí, muy probablemente preocupados porque estas eventuales sanciones terminen dañando la imagen de un pilar básico de legitimidad del Estado de Israel como son sus fuerzas armadas y el complejo militar industrial en un contexto de seguridad nacional tan delicado como el actual.

También están las protestas en Israel, que no implican en absoluto algún tipo de solidaridad hacia el drama palestino. Desde 2023, Israel vive permanentes episodios de protestas internas toda vez la sociedad israelí está observando cómo la guerra en Gaza está afectando seriamente su imagen internacional. La huida hacia adelante de Netanyahu y su gobierno están polarizando cada vez más a una sociedad israelí que incluso comienzan a observar cómo cercenan sus derechos de libertad de expresión ante el estado de excepcionalidad trazado por la guerra en Gaza. Con síntomas de hartazgo, la sociedad israelí comienza a cuestionar los fundamentos y la eficacia de la operación en Gaza. Sabe que el costo a pagar está siendo elevado, especialmente en cuanto a su imagen internacional.

Netanyahu ha aplicado en Gaza una estrategia de «tierra arrasada» con tintes de genocidio que difícilmente podrá borrar ante el mundo. A pesar del desequilibrio militar a su favor, no se perciben avances significativos en ese terreno que permitan inferir una derrota estratégica para Hamás.

Por otro lado, la táctica israelí de intentar sepultar militarmente a Hamás para fortalecer políticamente a la anquilosada elite del poder dentro de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) con un octagenario presidente Mahmud Abbas sin prácticamente margen de maniobra, tampoco está dando sus frutos. La división política sigue siendo latente en una ANP atomizada, toda vez que la eficaz resistencia de Hamás parece convertirle, al menos moralmente, en el interlocutor más capacitado para defender las demandas palestinas.

Esta condición de movimiento de resistencia le permite a Hamás despojarse, al menos  ante la sociedad palestina, de cualquier proyecto de tipo ideológico definido por su naturaleza islamista. En el actual contexto de guerra de resistencia ante la agresión israelí, esta variable islamista poco o nada tiene que ofrecer.

El aumento del reconocimiento internacional al Estado de Palestina se prevé como un efecto más simbólico que real, una reivindicación histórica en medio de otra Nakba en Gaza. Pero la obstinación de Netanyahu por llevar la guerra hasta sus últimas consecuencias puede también tener dos objetivos geopolíticos estratégicos: uno, condicionar de facto por la vía de la ocupación militar cualquier tipo de viabilidad y demanda en cuanto a las presiones internacionales por resucitar el fracasado esquema de «dos Estados» israelí y palestino, tomando en cuenta la actual coyuntura de aumento de apoyos internacionales para el reconocimientos de Palestina.

El segundo objetivo para Netanyahu es ganar tiempo esperando una posible victoria de su aliado Donald Trump en las elecciones presidenciales de noviembre próximo. De este modo, alargar la guerra hasta observar el eventual regreso de Trump a la Casa Blanca en 2025 supondrá para Netanyahu una victoria política estratégica que, al menos a priori, logre amortiguar el aislamiento y el repudio internacional.

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE UU y América Latina.

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LOS ESCENARIOS ROJOS DE LA GUERRA EN UCRANIA

Alberto Hutschenreuter*

General Valerii Zaluzhnyi, destituido como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de Ucrania y designado embajador ante el Reino Unido. Foto: president.gov.ua

 

La guerra en Ucrania ha pasado los 800 días y nadie puede saber cuál será el desenlace. Prácticamente no se considera que Ucrania pueda expulsar a Rusia de su territorio y así lograr la victoria de todos los tiempos. Sí son numerosos los enfoques relativos con prontas ofensivas rusas para «recuperar» y ganar territorios ucranianos, es decir, «nuevas Avdiivkas» (en referencia a la ciudad clave tomada por Rusia en febrero pasado).

Considerando capacidades de guerra y estado de los frentes internos, Rusia corre con ventajas, aunque le cuesta bastante transformarlas en golpes contundentes y decisivos para romper la voluntad de las fuerzas de Ucrania. Consideremos, por caso, que la edad promedio del soldado ucraniano en la línea de frente es de aproximadamente 40 años mientras que la del soldado ruso es menor de 30. Precisamente, esta asimetría fue la gran preocupación del general Valerii Zaluzhny, hasta que fue destituido como comandante de las fuerzas ucranianas en febrero pasado: el prestigioso militar, hoy embajador en Reino Unido, sabía que si no se sumaban prontamente 500.000 hombres más al frente, Rusia pasaba a tener la ventaja.

En este contexto, Richard Barrons, ex jefe del Comando de las Fuerzas Armadas del Reino Unido, advirtió que Ucrania podría enfrentar una derrota ante Rusia en 2024. La razón, sostiene, es «porque Ucrania puede llegar a sentir que no puede ganar. Y cuando llegue a ese punto, ¿por qué la gente va a querer continuar luchando y muriendo, solo para defender lo indefendible?»

Por su parte, Ben Barry, analista de temas militares de Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IIEE), estima que Rusia puede mantener su campaña por un tiempo. Ha repuesto capacidades humanas y materiales y su gasto de defensa llega casi al 8 por ciento del PBI (110.000 millones de dólares, el tercero en el mundo después de Estados Unidos, 905.000 millones, y China, 220.000 millones). Sin embargo, el experto considera que Ucrania podría lograr una ventaja asimétrica a través de la tecnología avanzada de Occidente.

Entonces, es cierto que nadie considera que Ucrania pueda expulsar a Rusia de su territorio, pero tampoco se considera que Ucrania pueda perder la guerra. Porque una derrota de Ucrania implicaría la derrota de Occidente, es decir, la victoria de Rusia mucho más allá de Ucrania. Un impacto estratégico en la línea de los grandes acontecimientos internacionales: la primera catástrofe militar de la OTAN y de Occidente.

Por tanto, se trata de uno de los escenarios rojos en esta guerra. Ello explica la ayuda millonaria de Occidente, particularmente de Estados Unidos, a Ucrania. Un escenario que no puede ocurrir.

El otro escenario rojo es que Rusia se vea en aprietos ante súbitos reveses en el frente. Aquí reaparece el fantasma que ya ha sobrevolado sobre la niebla de esta guerra innecesaria y fratricida: el posible uso del arma nuclear táctica por parte de Moscú si se encontraran en riesgo sus fuerzas convencionales, según los términos de la propia doctrina nuclear de Rusia.

En breve, dos situaciones altamente preocupantes para la (in)seguridad internacional. Sin duda, las más inquietantes desde la crisis de los misiles entre Estados Unidos y la Unión Soviética en octubre de 1962.

 

* Alberto Hutschenreuter es miembro de la SAEEG. Su último libro, recientemente publicado, se titula El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre, Almaluz, CABA, 2023.

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