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¿MAIDÁN EN EL CÁUCASO? TENSIONES Y EQUILIBRIOS GEOPOLÍTICOS ENTRE GEORGIA, RUSIA Y OCCIDENTE

Roberto Mansilla Blanco* (Para SAEEG)

Georgia vive momentos de aguda tensión política tras varios días de protestas ciudadanas, represión y detenciones en la capital Tbilisi contra la aprobación parlamentaria de la Ley de Transparencia sobre Injerencia Extranjera, también conocida como Ley contra Agentes Extranjeros, impulsada desde el año pasado por el primer ministro Bidzina Ivanishvili y su partido Sueño Georgiano (SG)

Dicha ley muestra similitudes con la que rige en Rusia desde 2022. Por tanto, el malestar de sectores opositores georgianos apoyados desde Occidente ha generado un prisma de opinión hacia el gobierno de Ivanishvili, al que han etiquetado como presuntamente «prorruso».

Más allá del plano interior el trasfondo de la crisis georgiana denota los pulsos geopolíticos entre Rusia y Occidente por controlar esferas de influencia en el espacio euroasiático, acelerados tras la invasión rusa de Ucrania y las actuales tensiones política y militares ruso-occidentales. Con sus matices pero no menos relevantes analogías, la crisis política que actualmente vive Georgia pareciera reproducir lo observado con la rebelión del Maidán en Kiev en el invierno de 2013-2014 y que llevó a la caída del entonces gobierno Viktor Yanúkovich, igualmente señalado de «prorruso».

El detonante: una «Ley Rusa» en una Georgia «seducida» por Occidente

El pasado 1° de mayo, el Parlamento georgiano aprobó el proyecto de la Ley de Transparencia sobre Injerencia Extranjera, anteriormente conocida como Ley contra Agentes Extranjeros, en la segunda de las tres votaciones necesarias. En marzo de 2023 dicha ley, coloquialmente calificada como «Ley Rusa», fue retirada de su aprobación parlamentaria por el primer ministro Ivanishvili tras registrarse protestas en las calles.

La ley exige que los medios de comunicación, ONGs y organizaciones sin ánimo de lucro sean registrados como «intereses de una potencia extranjera» en caso de recibir más del 20% de su financiamiento fuera del territorio georgiano. Rusia ha salido en defensa del gobierno de Ivanishvili argumentando una presunta injerencia occidental en las protestas con la intención de asestar un «intento de golpe de Estado», trazando un paralelismo con lo sucedido en Kiev con el Maidán de 2014.

De acuerdo con un informe de la Unión Europea (2021) existen en Georgia entre 1.200 y 2.300 organizaciones civiles que reciben más de un 20% del financiamiento exterior y que, visto el contenido de la ley, podrían verse afectadas. Según sus críticos, entre los que destacan además la UE, OTAN y EEUU, la Ley Rusa aleja a Georgia de la Unión Europea y la acerca a los imperativos geopolíticos del Kremlin. Tras la aprobación parlamentaria del borrador de la ley, la decisión final recae ahora en la presidenta Salomé Zurabishvili (también de SG) quien ya ha dejado asomar la posibilidad de utilizar el veto contra esa ley.

El conflicto de intereses geopolíticos entre Rusia y Occidente por la Ley Rusa se amplía al contexto político georgiano con la vista puesta en las elecciones parlamentarias previstas para octubre próximo. En juego está la hegemonía política de SG, en el poder desde 2012. En un espacio político sumamente atomizado la tensión ha desatado una confrontación permanente desde 2003 entre «prooccidentales», nacionalistas georgianos y «prorrusos».

De acuerdo con fuentes europeas, más del 80% de los georgianos manifiesta su apoyo para integrarse en la UE. Bruselas ha incentivado este camino para el país caucásico: en 1999 Georgia ingresó en el Consejo de Europa, un organismo de defensa de la democracia y los derechos humanos antecesor de la UE. En medio de la ampliación de la UE de 2004, Georgia fue incluida en la Política Europa de Vecindad (PEV); en 2014 firmó con la UE el Acuerdo de Asociación y el Acuerdo de Libre Comercio de Alcance Amplio y Profundo (ZLCAP) que le permitió a Tbilisi (al igual que a Ucrania y Moldavia) acceder al mercado único europeo en determinados sectores económicos.

Desde 2012, los gobiernos de SG han impulsado una serie de reformas amparadas desde Bruselas, con especial atención en la Ley de Desoligarquización y medidas de transparencia y lucha contra la corrupción para intentar allanar el camino a las negociaciones de ingreso.

En marzo de 2022, poco después de la invasión rusa de Ucrania, Georgia pidió formalmente su admisión a la UE. Esta petición fue finalmente atendida el 14 de diciembre de 2023, cuando Bruselas aceptó iniciar negociaciones de ingreso con Tbilisi. Muy seguramente determinada por las tensiones ruso-occidentales, esta inmediatez europea por acelerar las negociaciones de admisión con países en la órbita de influencia rusa como Georgia, Ucrania y Moldavia contrasta claramente con el atasco y el distanciamiento mantenido desde hace décadas con otros aspirantes de mayor trayectoria para ingresar en la UE, como es el caso de Turquía.

Por otro lado, el gobierno de Ivanishvili ha debido manejar delicados equilibrios entre Rusia y Occidente. Si bien continuó el esquema prooccidental mirando a la UE, su gobierno se opuso a la aplicación de las sanciones occidentales contra Rusia tras la invasión de Ucrania. La opinión pública occidental no tardó en tildarlo de «prorruso» y a SG como un supuesto «delfín» del Kremlin adoptando un estilo autoritario y represivo.

En lo relativo a la polémica Ley Rusa, Ivanishvili y SG han contado con el estratégico apoyo de la Iglesia Ortodoxa georgiana, lo cual denota una interacción de intereses entre el poder político y las autoridades religiosas muy similar al que desde hace dos décadas mantiene Putin en Rusia. Este factor puede implicar vías de conexión entre Moscú y Tbilisi a través del poder de influencia que mantienen las respectivas Iglesias ortodoxas nacionales tanto en las sociedades rusa como georgiana. Mirando a las elecciones parlamentarias de octubre próximo, Ivanishvili estaría manejando la posibilidad de garantizar a su favor el apoyo de sectores más tradicionalistas, sean «prorrusos» e incluso nacionalistas. 

Ecos de las «revoluciones de colores»

No es la primera vez que estas protestas populares suceden en Georgia. El precedente más significativo ocurrió a partir de 2003 con las denominadas Revoluciones de Colores, movilizaciones ciudadanas contra regímenes autoritarios que contaron con apoyo occidental pero que, visto en perspectiva geopolítica, implicaron un esquema de influencia por parte de Occidente a la hora de reconfigurar a su favor los equilibrios y sistemas de alianzas en el espacio euroasiático post-soviético, alejándolos de la influencia rusa.

Paralelamente a lo que ocurrió con la «Revolución Naranja» de Ucrania en el invierno de 2003-2004, en Georgia se vivió una situación similar con la «Revolución de las Rosas», que llevó a la caída del entonces presidente Eduard Shervarnadze (ex ministro de Exteriores soviético en la era Gorbáchov) y la asunción al poder del prooccidental Mijaíl Saakashvili. Como se mencionó con anterioridad, en Ucrania el levantamiento llevó al poder a los prooccidentales Viktor Yúshenko e Iulia Timoshenko tras denunciar un fraude electoral a favor del candidato «prorruso» Viktor Yanúkovich, delfín del entonces presidente Leonid Kuchma.

En el caso georgiano, la transición en manos de Saakashvili derivó en una explosiva mezcla de populismo, autoritarismo y corrupción con una política cada vez más distante e incluso agresiva con Rusia. En agosto de 2008, mientras Moscú lograba pacificar Chechenia por la fuerza, ocurrió la breve guerra ruso-georgiana, cuando el Kremlin acudió en rescate de las repúblicas de Osetia del Sur y Abjasia (de orientación prorrusa) tras fuertes enfrentamientos militares con Tbilisi. La independencia de facto de estas repúblicas, sólo reconocidas por Rusia, Nicaragua, Nauru y Venezuela, alteró el equilibrio de poder caucásico a favor de Moscú.

Los medios y gobiernos occidentales se mantienen expectantes ante la posibilidad de que las actuales protestas contra la Ley Rusa lleven a un eventual cambio de gobierno en Tbilisi redimensionando la orientación prooccidental de Georgia, ahora mucho más consolidada desde Bruselas tras la reciente apertura de negociaciones de admisión.

El Cáucaso y la tensión global

No se debe olvidar el peso del factor energético. Georgia depende en un 90% del suministro de petróleo y gas natural ruso toda vez el territorio es ruta de tránsito de oleoductos y gasoductos del mar Caspio hacia Rusia y Europa. Como sucediera con anterioridad en Ucrania, la baza energética es un arma geopolítica estratégica y de influencia para Moscú en el Cáucaso, particularmente en Georgia pero también en la vecina Armenia.

Es por ello que en esta ecuación geopolítica, Rusia y Occidente pujan por mantener sus respectivas esferas de influencia en Georgia y Armenia como puerta de acceso al Cáucaso, Oriente Próximo y Asia Central. En este juego geopolítico, Moscú interpreta que  Occidente intenta arrebatarle su tradicional peso preponderante en el Cáucaso Sur.

En el caso georgiano, Moscú estaría manejando algunas cartas a su favor: negocia con el gobierno de Ivanishvili un acuerdo confederal en torno a Abjasia y Osetia del Sur, muy probablemente con la intención de zanjar cualquier reclamación territorial en caso de un eventual cambio de gobierno en Tbilisi derivado de las elecciones parlamentarias. Tras la guerra de 2008, Rusia ha pasado a controlar un 20% de antiguo territorio georgiano, un contexto muy similar al que mantiene desde 2014 en Crimea y desde 2022 en el este ucraniano, principalmente en el Donbás, ahora «reintegrados» territorialmente dentro de la Federación rusa vía referéndums no reconocidos por la mayor parte de la comunidad internacional.

Aunque algunos analistas observan la posibilidad de que Moscú esté negociando con Tbilisi un nuevo estatus para Abjasia y Osetia del Sur como una especie de «moneda de cambio» a favor de aprobar la Ley Rusa, en perspectiva los objetivos del Kremlin estarían más bien enfocados en garantizar su seguridad regional creando un cordón sanitario en el Cáucaso Sur, similar al del Donbás en el este ucraniano, ante la posibilidad de un viraje prooccidental en Georgia similar al que hoy ocurre en Ucrania. Toda vez desarrolla líneas férreas para unir a Abjasia con territorio ruso, el Kremlin también permite inversiones chinas para financiar infraestructuras en la región.

Ante la posibilidad de perder influencias regionales motivado por la injerencia exterior y las tendencias prooccidentales, Rusia está recondicionado sus prioridades y alianzas en el Cáucaso. Tras las breves guerras por el enclave de Nagorno Karabaj (2020-2021 y 2023), el Kremlin ha profundizado sus lazos con una potencia energética (y cada vez más militar) como Azerbaiyán con el objetivo disuasivo de mantener el equilibrio de poder. En ese cometido, Moscú ha contado tácitamente con el apoyo de otros aliados como Turquía, Irán y China.

La victoria militar relámpago de Azerbaiyán sobre Armenia por el control de Nagorno Karabaj y el anuncio en abril pasado de la salida de los 2.000 efectivos militares rusos allí establecidos desde 2021 como fuerzas de paz reacondiciona el equilibrio militar y geopolítico regional, más favorable a la tácita confección de un eje ruso-azerí que implique asestar la disuasión estratégica ante una Armenia que, como Georgia, también ha mostrado sus expectativas de orientación prooccidental, tal y como defiende en Ereván el gobierno de Nikol Pashynian.

Moscú también observa con atención la necesidad de garantizar su seguridad en el Cáucaso ante la posibilidad de retorno de focos de islamismo radical, tal y como observamos en el atentado terrorista de Moscú el pasado 22 de marzo. La autoría atribuida a supuestos terroristas tayikos en ese atentado es un factor que persuade al Kremlin a intentar manejar equilibrios internos con sus poblaciones de origen musulmán, tomando en cuenta la lealtad de las autoridades y efectivos militares chechenos al esfuerzo bélico en Ucrania y la posibilidad de acentuarse recelos dentro de la sociedad rusa hacia inmigrantes caucásicos y centroasiáticos tras el atentado.

En ese sentido, y temiendo conatos de xenofobia y de detenciones arbitrarias, los gobiernos de Tayikistán y Kirguizistán han recomendado a sus ciudadanos no viajar a Rusia. El factor lingüístico también entra en juego: los gobiernos tayiko y kirguizo se resisten a adoptar las expectativas de Moscú por reforzar en esos países el uso del idioma ruso.

Moscú interpreta que Occidente busca crear una tenaza entre Ucrania y Georgia para alejar a Moscú de estas esferas de influencia. Los recientes acontecimientos dan a entender los alcances de este pulso geopolítico ruso-occidental en el espacio euroasiático. Mientras Europa busca crear un sistema defensivo alternativo a la OTAN con la vista en el «enemigo ruso», el presidente francés Emmanuel Macron anunció la posibilidad de enviar tropas francesas de la Legión Extranjera a Ucrania. La respuesta del presidente ruso Vladimir Putin ha sido aprobar maniobras nucleares cerca de la frontera con Ucrania como efecto disuasorio.

El desbloqueo en el Senado estadounidense de 61.000 millones euros de ayuda a Ucrania viene en un momento de cierta desesperación para Kiev; el gobierno de Volodymir Zelenski se muestra escaso de efectivos y armamento para contrarrestar la previsible ofensiva rusa a gran escala que, con apoyo militar de aliados como Corea del Norte, Irán y China, comienza cada vez más a asumirse como decisiva para definir el curso de la guerra. Incluso se especula con la posibilidad de abrirse una negociación que implique un eventual cese al fuego y el reconocimiento por parte de Kiev del actual statu quo.

Por tanto, para Occidente, resulta clave acelerar la ayuda militar a Ucrania toda vez que se muestra expectante ante la posibilidad de un giro político prooccidental en Georgia vía protestas e incluso Armenia. Este contexto traduciría implicar a Rusia en una especie de «guerra de dos frentes», uno claramente definido en Ucrania y otro en cámara lenta en el Cáucaso.

La expansión de las tensiones ruso-occidentales ha llegado también al Sahel africano, tal y como observamos recientemente en Níger con las escaramuzas de choque entre efectivos militares rusos y estadounidenses. Al mismo tiempo, la presencia militar, económica y cada vez más geopolítica de Rusia y China en el Sahel y los recientes golpes militares (Níger, Burkina Faso) con regímenes afectos a los intereses de Moscú y Beijing suponen un golpe estratégico para Francia y sus intereses geopolíticos en su tradicional esfera de influencia en el África francófona.

Estas tensiones ruso-occidentales tienen también incidencia en las elecciones al Parlamento europeo de junio próximo. Bruselas recela del efecto que puedan tener los canales de desinformación tanto rusos como chinos y las alianzas políticas vía partidos populistas y euroescépticos, varios de ellos de extrema derecha y algunos también señalados como «prorrusos».

Por otro lado, el presidente chino Xi Jinping inició a principios de mayo en París su primera gira europea en cinco años, que también le llevará a visitar socios económicos importantes como Serbia y Hungría, este último miembro de la UE y de la OTAN cuyo gobierno de Viktor Orbán ha manifestado sintonía con el eje sino-ruso. Beijing busca la iniciativa diplomática para crear un esquema de negociación que permita rebajar las tensiones in crescendo en Ucrania y Gaza, actualmente en vilo ante la posible ofensiva militar israelí sobre Rafah toda vez el grupo islamista palestino Hamás aceptó este 6 de mayo una tregua en los combates.

Al igual que Rusia, China interpreta que EEUU busca quebrantar la solidez del eje euroasiático sino-ruso, desafiante para la hegemonía «atlantista». Occidente presiona cada vez más a Beijing por su apoyo a Rusia en la guerra de Ucrania toda vez Washington sigue buscando vías indirectas y alternativas con la finalidad, hasta ahora infructuosa, de alejar a Moscú de su alianza con Bejing.

Como Putin en el espacio euroasiático, Xi debe igualmente manejar delicados equilibrios en sus esferas de influencia en Asia Oriental. Japón, Corea del Sur y Nueva Zelanda acaban de anunciar su integración al pacto AUKUS en materia de asistencia tecnológica militar para desarrollar conjuntamente misiles hipersónicos, drones submarinos y cibertecnología.

El pacto AUKUS, impulsado en 2021 por EEUU, Gran Bretaña y Australia, recrea una especie de «mini-OTAN» que implica una mayor injerencia occidental en Asia Oriental y el sureste asiático contra los intereses geopolíticos chinos. Por muy lejano y aparentemente desconectado que parezca, lo que se juega en Georgia y el Cáucaso tiene vertientes clave del gran pulso geopolítico a nivel global entre Rusia, Occidente y China.

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE UU y América Latina. 

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¿JUEGO DE SUMA CERO O ESCALADA DEL CONFLICTO?

F. Javier Blasco

En los conceptos de la teoría de los juegos de amplia aplicación o espectro se denominan juegos de suma cero a aquellos en los que las ganancias de un jugador se equilibran con las pérdidas de otro u otros. En otras palabras, son aquellos juegos en los que la diferencia entre las ganancias de los participantes y las pérdidas resultantes, el resultado siempre va a ser cero.

Es un concepto estudiado por la microeconomía, que tiene su aplicación en los juegos de azar, las loterías, las estrategias comerciales como la bolsa y también, cada vez más extendido, en las relaciones comerciales de todo tipo y en las de política internacional, en las que no se busca la destrucción total del adversario más allá del punto o línea roja que cada uno marca como punto final o de inflexión o porque no se pretende sobrepasar de ningún modo para evitar una represalia igual en el caso de que las cosas le salgan mal.

Concepto este, que parece ser el empleado por Irán cada vez que, incluso contra su voluntad, se ve envuelto en cualquier conflicto internacional que implica una respuesta política y militar por su parte. Respuesta que responde a disminuir los efectos de su orgullo nacional, a una forma de calmar las tensiones internas y también para dejar bien claro que cualquier acción o incursión militar sobre su territorio o personas de elevado prestigio o interés nacional, siempre tendrá una respuesta adecuada, equilibrada y, por el momento, con todas las garantías posibles de seguridad dado que avisa con tiempo y casi marca en las redes sus respuestas militares para evitar las bajas masivas en el bando contrario aunque las pregone, la escalada desproporcionada del conflicto o la destrucción total de ambos.

La madrugada pasada, el mundo entero ―tras unos días de máxima expectación y no menos especulación― ha sido testigo de la muchas veces anunciada reacción iraní contra el territorio israelí como consecuencia del ataque perpetrado el pasado día 1° de abril por Israel a una sede iraní junto a su Embajada en Bagdad (Siria) en el que ocasionó trece bajas, murió uno de los principales generales de la Guardia Revolucionaria Iraní, Mohamed Reza Zahed, considerado actualmente como el alto comandante de la Fuerza Quds en Siria y el Líbano, fuerza que constituye el brazo de operaciones en el exterior de la mencionada Guardia Revolucionaria.

Ataque aquel, llevado a cabo porque según las declaraciones de la inteligencia israelí, el edificio bombardeado no es un consulado ni una embajada, sino un edificio anexo, de carácter militar, de las fuerzas Quds disfrazado de edificio civil en Damasco, donde se estaban planeando importantes operaciones contra Israel llevadas a cabo por fuerzas afines y terroristas en ambos países.

Pues bien, tal y como ha resultado ser, a pesar de ser una respuesta masiva iraní, gracias a los constantes avisos suyos y a los apoyos norteamericanos y británicos, principalmente, los efectos logrados sobre el territorio y la población israelí son prácticamente nulos o de muy escasa entidad.

Este ataque y sus prolegómenos en avisos y amenazas desmedidas recuerda mucho en el fondo y la forma al sufrido sobre dos bases norteamericanas en territorio iraquí en 2020 en los que 17 misiles golpearon la base área de Ain Al Asad (aunque dos cayeron sin explotar) y otros 5 lo hicieron en el cuartel general de la coalición internacional en Erbil (uno de ellos ha acabado en Bardarash, a 50 kilómetros) en represalia del el ataque con un dron estadounidense que días antes segó la vida del general iraní Qasem Soleimani, también de la Guardia Revolucionaria.

En definitiva y a menos de que los contrincantes sean muy importantes y tengan armamento nuclear de importancia, todo apunta a que Irán no se atreverá ni a un ataque masivo y prolongado por su cuenta, ni siquiera a la toma de represalias continuadas y sin previo aviso, aunque su país o miembros relevantes de sus fuerzas armadas sufran atentados e incluso, pierdan la vida.

Siempre buscará la forma para tratar de lavar su prestigio tanto nacional como internacionalmente y de contentar a su población con amenazas o salidas de orbita de máxima entidad, elevará el tono de las mismas, dificultará las relaciones internaciones y la cooperación con aquellos que le interese en cada momento y medirá sus reacciones para que acabe en un juego de resultado cero.

En Irán, sus dirigentes y la cúpula militar, son conscientes de sus limitaciones derivadas del aislamiento internacional en el que viven actualmente, lo que provocaría una reacción desmedida y también de las consecuencias para una muy frágil economía que depende de las exportaciones en un país en el que su juventud está muy lejos de la formación de altura, metida mayoritariamente en la droga y acostumbrada a la subvención para sobrevivir malamente.

Israel, que esta tarde reúne a los máximos responsables de su seguridad, también debe tener muy presente, por sí mismo, o a través del sabio consejo de sus primos y valedores (EEUU y el Reino Unido), que una escalada en su respuesta a esta tibia reacción iraní, traería grandes y graves consecuencias por la directa y desproporcionada subida de los precios del petróleo como reacción al conflicto acarreado; del incalculable aumento de la inestabilidad en la economía y en las relaciones comerciales de todo tipo en el mundo entero y, en especial, en su entorno cercano; que de tener que dedicarse a una guerra con mayúsculas contra Irán, supondría que ninguno de sus dos principales objetivos perseguidos con ahínco desde enero, la destrucción o derrota total de Hamás y la recuperación de todos los rehenes en manos de aquellos, deberían ser aparcados a otro momento más propicio con las consecuencias políticas que esto supone para el ya bastante maltrecho Netanyahu; que los citados primos y valedores no están en disposición favorable para crear y participar en un conflicto de mucha gravedad e intensidad; que Putin, el perejil de todas las salsas contemporáneas, está ya relamiéndose los labios porque él está desplegado en la zona (principalmente en Siria) y cualquier conflicto de calado le daría pie a intervenir con todas sus consecuencias aunque no se lo pida nadie, y que la situación política y económica de Israel por sí misma, no atraviesa momentos de mayor brillantez y tranquilidad, que digamos.

Tal y como vengo anunciando en muchos de mis últimos trabajos, el mundo está huérfano de próceres con peso específico y capacidad suficiente para marcar y mantener el rumbo necesario; la ONU es inexistente y totalmente ineficaz en manos del CSNU que, como siempre, pero ahora con mayor profusión, usa dicho jardín como una parcela donde jugar a la comba con los vecinos (seleccionados) y para reírse del mundo entero; que EEUU está en proceso electoral entre dos longevos, caducos y nada ortodoxos personajes que son poco o nada fiables, ya que han demostrado ser capaces de decir y predicar una cosa y la contraria en el mismo día; que Europa ha perdido el norte desde que el Reino Unido jugó al juego de perder su silla, Francia se dedica al aborto y a vender su armamento, Alemania e Italia a salvar algún mueble de sus maltrechas economías y España a vender crecepelos, palabras bonitas o recetas caducas, con un presidente que solo y exclusivamente busca la permanencia en el «poder» al precio que sea, mientras todos estamos a punto de cambiar muchas sillas tras las inminentes elecciones europeas, donde se mantiene y defiende una política exterior y defensa en manos de un señor que, por su edad y razonamientos, debería estar hace años llevando a sus nietos al colegio o de viaje familiar en un crucero.

Igualmente, la creciente OTAN, actualmente y tras mucho ruido y pocas nueces, solo es superior en número de aliados de poca o nula entidad militar y en el número de kilómetros de frontera común con Rusia. Sus capacidades reales son las mismas (seguimos pregonando y pidiendo a casi todos desde 2014, unos gastos de defensa del 2 por ciento del PIB) y ahora empezamos a dudar sobre la conveniencia de restablecer de nuevo el servicio militar obligatorio, pero las responsabilidades y obligaciones aumentan al ser mayor el número de aliados que la forman, son muy débiles militarmente y más susceptibles de ser atacados.

A todo esto, y no menos importante, hay que añadir que Putin, ese por el que nadie daba un duro estas navidades y le consideraban amortizado, en breve ha demostrado no ser verdad tal afirmación y ha conseguido eternizarse en su mandato, mejorar su capacidad militar y recuperar parte del territorio perdido al testar y aumentar la potencia de su armamento empleado en Ucrania o donde fuera menester, mientras que las reservas europeas y norteamericanas que venían alimentado la batalla en el bando contrario, empiezan a resistirse a ser entregadas tan alegremente gratis total, o se están acabando de verdad y no hay ya de donde sacar más.

En definitiva, no está el horno para bollos, no se puede esperar nada de nadie, salvo buenos consejos y creo que sería más que conveniente que se den ambos países por pagados, sus ciudadanos contentos y rezar todo juntos a la «Virgencita» para que nos quedemos dónde y cómo estamos, porque sería fatal una escalada de un conflicto de consecuencias nefastas incalculables y en el que totalmente doy por seguro, que habría más de un perdedor.

 

* Coronel de Ejército de Tierra (Retirado) de España. Diplomado de Estado Mayor, con experiencia de más de 40 años en las FAS. Ha participado en Operaciones de Paz en Bosnia Herzegovina y Kosovo y en Estados Mayores de la OTAN (AFSOUTH-J9). Agregado de Defensa en la República Checa y en Eslovaquia. Piloto de helicópteros, Vuelo Instrumental y piloto de pruebas. Miembro de la SAEEG.

 

EUROPA DEL ESTE VUELVE A SER UNA REGIÓN DE DISRUPCIÓN MAYOR

Alberto Hutschenreuter*

La zona que se extiende desde Finlandia hasta el mar Negro se está convirtiendo en la región más militarizada y tensa del mundo. En Ucrania la guerra ha ingresado en su tercer año, mientras que la confrontación latente entre Occidente y Rusia se desarrolla desde hace bastante más tiempo, aunque el deterioro sensible de este choque entre poderes mayores se produjo a partir de la invasión rusa a Ucrania en febrero de 2022.

Dada la posición de las partes militarmente enfrentadas, los escenarios consideran que la guerra se prolongará, a menos que una de ellas colapse como consecuencia del esfuerzo bélico. Por ello, no es del todo adecuado decir que existe un «punto muerto», pues una de las partes, Rusia, presenta un frente interno menos frágil que la otra, si bien es cierto que a la hora de evaluar ganancias en el terreno prácticamente ninguna logra avances significativos. En parte, esa impotencia explica los ataques fuera de la zona central de choque.

En efecto, si consideramos la situación política, social, económica y militar de Rusia y Ucrania, las ventajas las tiene la primera, pues la guerra fungió funcional para que el régimen fuera más rápido para concentrar su poder y lograr un compromiso nacional. Asimismo, las trece rondas de sanciones no quebraron a Rusia; por último, aunque podría traer problemas a la economía en el mediano plazo, la industria militar rusa está alcanzando un grado de producción (de proyectiles, drones, entre otros) que le permite sostener el frente y «mover» la economía.

De todos modos, la guerra se ha vuelto casi irreductible, no sólo por las posiciones de ambas partes, sino porque, aunque se llegara al mejor de los escenarios, un cese e inicio de negociaciones, ello difícilmente implicará estabilidad, pues podría suceder que Moscú reinicie su plan basado en la no existencia del Estado de Ucrania. Y esta situación podría conducir a un portal hacia lo desconocido.

Más allá de estas consideraciones, por debilidad o por fortaleza la placa geopolítica de Europa del este siempre parece llamada a provocar situaciones de inestabilidad mayor.

Hace poco más de cien años, el final de la Gran Guerra y la desaparición de cuatro imperios (alemán, austro-húngaro-, turco y ruso) llevaron a una configuración geopolítica débil en esa enorme región, un «cinturón de fragmentación» según el término de geopolítico estadounidense Saul Bernard Cohen.

El presidente estadounidense Woodrow Wilson sostuvo firmemente el principio de autodeterminación de los pueblos, lo cual fue sin duda justo para ese mosaico de nacionalidades pos-imperiales, aunque acabaría siendo geopolíticamente no funcional para la estabilidad continental.

En 1925 la diplomacia suave llevada adelante por ese gran estadista que fue Gustavo Stresemann, canciller y ministro de Asuntos Exteriores de Alemania, forjó la primera situación que posteriormente sería aprovechada por la geopolítica revolucionaria de Hitler en el centro y este de Europa. Aquel año se firmaron en Suiza los Tratados de Locarno por los que Francia y Alemania renunciaron a cambiar por la violencia sus fronteras. Sabiamente, Stresemann logró que se evitara tocar la cuestión de las fronteras en el este, donde Alemania había quedado fragmentada por el Tratado de Versalles.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Europa quedó dividida. Fue el tiempo de las graníticas esferas de influencia (con la Alemania dividida como epicentro de la rivalidad bipolar), las que se extendieron hasta que a la Unión Soviética se le hizo imposible mantener el «corsé» ideológico-militar en el denominado «imperio soviético» de Europa.

Pero a partir del final de la división, ningún sistema basado en el equilibrio geopolítico se estableció en Europa central y del este. En lugar de un orden continental en el que la seguridad de unos no se fuera construyera en detrimento de la inseguridad de otros, la extensión illimitata de la OTAN produjo lo contrario: un desequilibrio geopolítico en detrimento del actor geográficamente más grande, pero territorialmente más inseguro de Europa, Rusia.

Por tanto, si hace un siglo Europa del centro-este fue un problema por su debilidad, hoy lo es por su fortaleza. Si en el mejor de los casos se llega a un acuerdo entre Rusia y Ucrania, la región quedará dividida por una rígida cortina militar, es decir, sin ninguna buffer zone. En caso de continuar la contienda logrando Rusia cada vez más ganancias territoriales, es difícil considerar qué podría suceder en la región, aunque sin duda no habrá descenso alguno de la acumulación y tensión militar. Más todavía, no habría que descartar una situación de «reajustes» geopolíticos considerando los «durmientes territoriales» que existen allí, por caso, los situados en Ucrania y Moldavia reclamados por las fuerzas políticas de derecha en Rumanía

Desde el fin de la Primera Guerra Mundial hasta hoy, tres configuraciones geopolíticas marcaron el destino de Europa del este: la fragilidad interestatal, los bloques geoestratégicos y, hasta ahora, la guerra y la fuerte armamentización OTAN-Rusia que, más que una configuración, es una situación de confrontación latente mayor.

A esta situación se llegó por no haberse respetado la geopolítica, es decir, en lugar de crearse un espacio basado en la seguridad indivisible altamente garantizado por los poderes preeminentes, los pactos y las organizaciones intergubernamentales, se llevó la victoria en la Guerra Fría más allá de lo conveniente, es decir, no solo comenzó a degradarse la victoria a medida que la OTAN marchaba rumbo al este, sino que se alimentó una crisis y una guerra cuyo desenlace podría implicar un nuevo (y en parte desconocido) descenso de la seguridad internacional.

 

* Alberto Hutschenreuter es miembro de la SAEEG. Su último libro, recientemente publicado, se titula El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre, Almaluz, CABA, 2023.

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