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LA PESCA ILEGAL EN MALVINAS Y EL PROYECTO DE LEY DE DEFENSA DE SOBERANÍA

César Augusto Lerena*

Independientemente de que no compartimos las cuestiones relativas a la seguridad interna, la propuesta del P.E.N. del 17 de septiembre de 2026 al H. del proyecto de “LEY DE DEFENSA DE LA SOBERANÍA NACIONAL” MEN-2026-275-APN-PTE que firman el Presidente, el Ministro de Relaciones Exteriores, el Ministro de Defensa, el Ministro de Economía, el Jefe de Gabinete de Ministros y raramente no suscribe la Ministra de Seguridad y que en sus fundamentos omite absolutamente la legislación argentina aplicable relativa a la pesca (Leyes 20.645; 22.584; 24.216; 24.543; 24.922; 25.263; 26.386; 27.564); es interesante evaluar algunos de sus fundamentos y el articulado aplicados a los hidrocarburos que, por analogía, podrían ser tenidos en cuenta en la explotación ilegal de los recursos pesqueros por parte de buques extranjeros en las aguas argentinas de Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur (en adelante Malvinas).

Dice el proyecto (entrecomillado) de proyecto de ley del Poder Ejecutivo Nacional: «En concreto, a través del TÍTULO I se establece un régimen sancionatorio superador al previsto por la Ley N° 26.659 y su modificatoria que permita prevenir, sancionar y desalentar aquellas actividades que impliquen un aprovechamiento de los recursos naturales sin la correspondiente habilitación de una autoridad argentina». Es exactamente lo que ocurre con las actividades ilegales pesqueras donde buques extranjeros realizan –sin habilitación de la Autoridad de Aplicación Argentina- en las aguas argentinas de Malvinas, solo como -hemos dicho- que no se menciona una sola Ley relativa a la Pesca y se refiere únicamente a la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar ratificada por la Argentina mediante Ley 24.543; lo cual resulta insuficiente, porque tratándose Malvinas de un territorio nacional corresponde la aplicación de las leyes argentinas que no se derogan, como sí ocurre con la Ley 26.659 (2011), que en los hechos se aplicó solo en dos veces: a Rockhopper Exploration se lo inhabilitó por 20 años (2013) y perfil.com

Navitas Petroleum recibió la misma inhabilitación (2022) y mediante el reciente fallo de la Jueza Federal de Río Grande la Dra. Mariel E. Borruto que resolvió una medida cautelar sobre las referidas empresas.

«…El proyecto de ley agrava las sanciones penales consagradas en la Ley N° 26.659 y su modificatoria, y prevé nuevas figuras delictivas (…) En este sentido, se establecen penas de prisión, multa e inhabilitación especial más gravosas para quienes, sin autorización de la autoridad competente, encarguen o realicen actividades de prospección o exploración de recursos no renovables en el lecho o subsuelo del mar territorial argentino o en la Plataforma Continental Argentina. Asimismo, el texto propuesto agrava las penas referidas a las actividades de prospección, explotación y extracción de hidrocarburos de yacimientos situados en dichas áreas, así como su transporte o almacenamiento. En conjunto con ello, se tipifica la conducta de quienes sean proveedores de aquellos que realicen las actividades referidas a sabiendas de esto último, supuesto que no se encuentra contemplado en la ley vigente». Al referirse a “recursos no renovables” no alcanza a la pesca que es un recurso renovable. 

«El proyecto de ley incorpora expresamente la continuidad de la responsabilidad penal y administrativa frente a procesos de transformación, fusión, escisión, cesión global de activos y pasivos, transferencia de fondo de comercio u otras formas de reorganización societaria. Esa responsabilidad subsistirá cuando, de manera encubierta o meramente aparente, continúe la actividad económica y se mantenga la identidad sustancial de los clientes, proveedores y empleados, o de la parte más relevante de ellos». En la pesca que se realiza en Malvinas el entramado societario es de tal complejidad que requiere un análisis profundo de las empresas pesqueras, los bancos que las financian; los Astilleros y Entidades de Seguros que facilitan la pesca ilegal en Malvinas.   

«A su vez, el texto incorpora la posibilidad de llevar adelante juicios en ausencia respecto de los delitos penales previstos en la iniciativa. Se procura superar una de las limitaciones que ha afectado la efectiva aplicación del régimen establecido por la Ley N° 26.659 y su modificatoria. Se dota al sistema de una herramienta procesal que permita que las conductas alcanzadas por la norma sean efectivamente investigadas, juzgadas y, en su caso, sancionadas, aun cuando el imputado no se encuentre a disposición de la justicia argentina». Este fundamento aplicaría ―sin referirse a ella sino a la petrolera― a la actividad ilegal que realizan los buques pesqueros extranjeros ―sus financistas, proveedores, etc.― en Malvinas, porque no deberíamos perder de vista que Malvinas, Georgias del Sur, Sándwich del Sur y las aguas correspondientes SON UN TERRITORIO ARGENTINO, aunque sean extranjeros los que se apropian de los recursos pesqueros en ese territorio nacional.

«Las sanciones administrativas previstas en el presente proyecto de ley tienen por objeto sancionar el desarrollo de actividades en territorio argentino sin contar con la habilitación correspondiente de la Autoridad competente. Por su parte, las sanciones penales contempladas responden a una conducta de mayor gravedad, vinculada con el desconocimiento de los derechos soberanos que la República Argentina ejerce y reivindica sobre las Islas Malvinas, Georgias del sur y Sándwich del sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes».  Ídem anterior párrafo. Aunque aquí refiere a “derechos soberanos” que están conculcados cuando mediante licencias ilegales otorgadas por un gobierno ilegal en Malvinas a los buques extranjeros pescan nuestros recursos en Malvinas.

«La creación del presente régimen es consistente con el reclamo soberano de la República Argentina. El objetivo no es únicamente sancionar a quienes realicen actividades en territorio nacional bajo un permiso ilegítimo otorgado por un Estado extranjero, sino también desalentar dichas actividades, para proteger los recursos naturales que son, indiscutiblemente, propiedad de la República Argentina, por encontrarse en su territorio». Y, ello, es teórico, porque como hemos dicho, bastaría aplicar la Ley 26.659 y la Ley 24.922 y ss con suficiente capacidad sancionatoria y desde 1998 cuando se promulgó la citada Ley 24.922 a la fecha, solo en 2016 el Ministerio de Agroindustria aplicó la multa máxima prevista en la citada Ley a la empresa chilena Empresa de Desarrollo Pesquero de Chile S.A. (EMDEPES) por la pesca del buque Unión Sur en 2014, con permiso británico, en zona cercana a Malvinas; sirviendo de precedente, porque la empresa se allanó y pagó. Fue la primera y única vez. 

«…el TÍTULO IV del proyecto de ley prevé como infracción administrativa la realización de todo acto, actividad, decisión u operación que afecte o amenace la Seguridad Nacional, cuando provenga de un Estado extranjero u organización extranjera (el subrayado es nuestro), o sea realizado por una persona humana o jurídica que actúe en su propio beneficio o, directa o indirectamente, por cuenta, orden, bajo el control, con financiamiento o en beneficio de ellos. La infracción se configura cuando dichas conductas tengan por objeto o efecto: atentar contra la integridad territorial de la República Argentina; interferir, mediante medios clandestinos, engañosos o coercitivos, en el proceso decisorio de sus autoridades constituidas; atentar contra la integridad de las Infraestructuras Críticas declaradas de interés; o financiar, facilitar o colaborar materialmente con tales conductas, con conocimiento de su finalidad o de las circunstancias que determinan su carácter ilícito». «De esta manera, la iniciativa incorpora una herramienta de tutela institucional frente a formas contemporáneas de afectación estatal que no necesariamente se presentan como una agresión convencional, pero que pueden comprometer la soberanía, la integridad territorial…». Si bien no compartimos el alcance de la ley ya que esta refiere exclusivamente “a un Estado u Organización Extranjera”, cuando se trata de estos el Estado Argentino debería actuar para asegurar -como refiere la Disposición Transitoria Primera de la Constitución Nacional- nuestra integridad territorial y soberanía plena sobre Malvinas y los espacios marítimos correspondientes. Por cierto, cuando el gobierno, no actúa sobre la expoliación por parte de buques extranjeros de nuestros recursos pesqueros en Malvinas, admite de hecho la intervención extranjera en nuestros territorios insulares y marítimos. La Pesca en Malvinas, no es solo una cuestión económica y social es también una violación a la soberanía nacional.

«El TÍTULO IV contempla, asimismo, un régimen de medidas urgentes para los supuestos en que exista un riesgo o amenaza grave e inminente para la Seguridad Nacional y resulte necesario actuar con urgencia para evitar su producción, continuación o agravamiento». La Pesca Ilegal en Malvinas debilita la soberanía nacional y consolida la presencia británica en los territorios insulares y marítimos argentinos. De 1989 a la fecha los buques extranjeros en Malvinas han capturado ―según las estadísticas del gobierno ilegal de las islas― un promedio de 250.000 toneladas anuales de recursos pesqueros argentinos; situación que sirve además para debilitar la soberanía argentina en las islas y sus aguas correspondientes.

«El TÍTULO V introduce modificaciones a la Ley de Defensa Nacional N° 23.554 y su modificatoria, con la finalidad de adecuar su contenido a los riesgos, amenazas y desafíos que enfrenta actualmente la República Argentina. La iniciativa redefine la Defensa Nacional como la función estatal tendiente a garantizar de modo permanente la soberanía e independencia de la Nación, su integridad territorial, su capacidad de autodeterminación…». Insertar aquí la “capacidad de autodeterminación” es verdaderamente imprudente, a la luz de las posiciones enfrentadas entre la Argentina (la integridad territorial) y la británica (de autodeterminación de los pueblos).

«El TÍTULO VI contiene disposiciones orientadas al fortalecimiento institucional frente a supuestos de influencia extranjera indebida. La Seguridad Nacional exige también proteger la autonomía decisoria del Estado y la libre formación de la voluntad democrática: una Nación que no custodia cómo se forman sus propias decisiones, difícilmente pueda custodiar su territorio». Aunque no coincidamos con las políticas llevadas por el gobierno respecto a Malvinas y los territorios insulares y las aguas correspondientes e, incluso, con el proyecto original de la Ley de Bases, donde se proponía una apertura total a los buques extranjeros de la Zona Económica Exclusiva Argentina.

Es imposible examinar aquí todos los artículos del proyecto de ley; pero, destaco la afirmación del Título I, Capítulo 1, artículo 1° que ratifica: «Las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes constituyen parte integrante del territorio nacional argentino. El Estado Nacional tiene como objetivo permanente e irrenunciable realizar todos los esfuerzos que estén a su alcance para lograr su recuperación y el ejercicio pleno de la soberanía».

El artículo 2° «Las actividades en las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur, en los espacios marítimos e insulares circundantes y en la Plataforma Continental Argentina sólo podrán realizarse observando las condiciones establecidas por la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, la presente ley, las demás leyes y los reglamentos vigentes». Este artículo es un verdadero genérico, porque esa Convención (CONVEMAR) no precisa los derechos argentinos sobre Malvinas y las aguas correspondientes, sino por leyes 20.645; 22.584; 24.216; 24.922; 25.263; 26.386; 27.564 que no detalla; ni la Ley 24.543 que ratifica la CONVEMAR y precisa los derechos argentinos sobre Malvinas en el artículo 2°. 

En el artículo 3° indica: «Está prohibido a toda persona humana o jurídica, nacional o extranjera, y a todo fideicomiso, patrimonio de afectación, contrato asociativo, agrupamiento, ente o contrato que, sin constituir una persona jurídica, realizar alguna de las siguientes actividades: a) desarrollar en las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur, en los espacios marítimos e insulares circundantes y en la Plataforma Continental Argentina cualquier tipo de actividad destinada al aprovechamiento de recursos naturales renovables o no renovables que no cuente con la habilitación pertinente, otorgada por la autoridad argentina competente; b) celebrar actos jurídicos, incluidas operaciones económicas, financieras, logísticas, técnicas o de consultoría, con un sujeto que viole las prohibiciones previstas en el inciso a), cuando dicho acto resulte esencial e indispensable para la viabilidad o ejecución del proyecto; c) ser socio, accionista o participante directo de un sujeto que desarrolle alguna de las actividades prohibidas en el inciso a)…» A la par de repetir los “espacios circundantes” y no “correspondientes” con indica la CN. Legisla sobre cuestiones ya previstas en el art. 27° bis de la 24.922.

En el Artículo 12° precisa: «El acto administrativo que disponga la inhabilitación fijará un período de cese ordenado, que no podrá ser inferior a treinta (30) días corridos ni superior a ciento ochenta (180) días corridos desde su notificación». Estableciendo una flexibilidad, al igual que en el Régimen de Desistimiento y Regulación previsto en el artículo 32°; a pesar de que se trata de la apropiación por parte de terceros de recursos que son argentinos y no merece dilación alguna frente a un comportamiento al menos delictual.

En el Artículo 71° indica «…Se considerará perjudicial el paso de un buque extranjero que, en el mar territorial de la República Argentina, realice alguna de las siguientes actividades: a) cualquier amenaza o uso de la fuerza contra la soberanía, la integridad territorial o la independencia política de la República Argentina, o que de cualquier otra forma viole los Principios de Derecho Internacional incorporados en la Carta de las Naciones Unidas (…) e) el embarco o desembarco de cualquier producto, moneda o persona, en contravención de las leyes y reglamentos aduaneros, fiscales, de inmigración o sanitarios; g) actividades de pesca o de investigación o levantamientos hidrográficos, sin la debida autorización…». Habilitación que ya tiene por la aplicación de la Ley 24.922 la Prefectura Naval Argentina y no ejerce.  

La parte resolutiva del proyecto de ley ratifica lo que en los fundamentos de la ley se explicita; que, no está escrito para proteger los recursos pesqueros argentinos; sino, en el mejor de los casos, profundizar en sanciones para las empresas hidrocarburíferas; que, haciendo un esfuerzo intelectual y, no teniendo en cuenta el patrón “barril de petróleo” que aplica en el régimen sancionatorio, podría por analogía aplicarse a la pesca. Aunque, un proyecto de “Seguridad Nacional” que no contempla al Ministerio de Seguridad y sí al de Defensa, es retroceder en las políticas que contaron con una mayoría abrumadora en el Congreso Nacional y, que, no tratamos, porque que escapan al límite de la pesca y la pesca ilegal en Malvinas que nos hemos impuesto desarrollar en este artículo, al evaluar el proyecto de Ley de Defensa de Soberanía del PEN.

 

* Experto en Atlántico Sur y Pesca. Presidente del Centro de Estudios para la Pesca Latinoamericana (CESPEL). cesarlerena.com.ar

ESTADOS UNIDOS REAVIVA LA POLÍTICA DEL «GRAN GARROTE»: ATAQUES EN EL CARIBE Y LA SOMBRA DEL INTERVENCIONISMO

Gabriel Francisco Urquidi Roldán*

Especial para SAEEG, Análisis Internacional – Octubre 2025

 

En las últimas semanas, el mar Caribe ha vuelto a ser escenario de tensión geopolítica y controversia internacional. Estados Unidos ha lanzado al menos una decena de ataques militares contra embarcaciones en el Caribe y el Pacífico, bajo la justificación de operaciones antinarcóticos y en defensa de la «seguridad hemisférica». Sin embargo, los hechos recientes —que dejaron cuatro muertos en un ataque en aguas del Caribe (1) y catorce más en el Pacífico oriental (2)— reavivan una pregunta crucial: ¿está Washington actuando dentro de la legalidad internacional o estamos ante una reedición del intervencionismo imperial de la doctrina del «Gran Garrote»?

La doctrina del «Gran Garrote»: diplomacia y fuerza

A comienzos del siglo XX, el presidente Theodore Roosevelt consolidó la estrategia conocida como Big Stick Policy («política del gran garrote»), una doctrina que combinaba diplomacia con la amenaza del uso de la fuerza militar. Su principio rector, sintetizado en la frase «habla suavemente y lleva un gran garrote», justificaba la intervención estadounidense en América Latina y el Caribe para «restablecer el orden» o proteger los intereses nacionales, en especial los recursos naturales estratégicos.

Más de un siglo después, el secretario de Guerra estadounidense Pete Hegseth parece resucitar aquel principio. En una serie de declaraciones y videos oficiales publicados entre septiembre y octubre de 2025, confirmó los bombardeos contra supuestas «narcolanchas» venezolanas, amparándose en «información de inteligencia clasificada» (3). Sin embargo, los ataques ocurrieron en aguas jurisdiccionales venezolanas o internacionales, sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, y fuera de un contexto de conflicto armado declarado.

El marco jurídico internacional: límites y violaciones

La Carta de las Naciones Unidas (4) establece, en su artículo 2 inciso 4, la prohibición expresa del uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, salvo en casos de legítima defensa (artículo 51) o por mandato del Consejo de Seguridad. De igual manera, la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (5), determina que las aguas internacionales no pueden ser escenario de operaciones militares ofensivas, salvo bajo acuerdos multilaterales o con fines de seguridad colectiva.

En ninguno de los comunicados del Pentágono se ha acreditado una situación de legítima defensa o una autorización internacional que justifique las acciones. Si bien Washington argumenta que las embarcaciones estaban involucradas en narcotráfico, esta motivación no habilita legalmente el uso letal de la fuerza militar contra objetivos no beligerantes, máxime cuando los ataques dejan un saldo de más de cincuenta muertos desde 2024 (2).

De confirmarse que las lanchas atacadas pertenecían a civiles o pescadores venezolanos, o que los operativos se realizaron sin mediación judicial internacional, podrían configurarse crímenes de guerra o violaciones graves al Derecho Internacional Humanitario, tipificadas en el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional (6) y los Convenios de Ginebra (7).

Intereses estratégicos: petróleo, oro y control marítimo

El Caribe y el litoral venezolano son zonas de alto valor geoestratégico. La región concentra importantes rutas de tráfico marítimo y, bajo su plataforma continental, yacen yacimientos de petróleo y oro que han atraído históricamente la atención de potencias extranjeras.

Analistas señalan que la pérdida de hegemonía de Estados Unidos en Medio Oriente y África —tras la consolidación de alianzas energéticas entre China, Rusia e Irán— habría impulsado a Washington a reorientar su estrategia hacia América Latina, reeditando un modelo de control preventivo sobre recursos estratégicos. En este marco, Venezuela, con sus reservas petroleras y su alineación con Moscú y Pekín, se ha convertido en un punto de fricción clave.

Un nuevo escenario de militarización regional

Los ataques navales de 2025 podrían marcar un punto de inflexión en la seguridad hemisférica. América Latina, históricamente declarada «zona de paz» por la CELAC (2014), enfrenta hoy una creciente militarización marítima, donde las fronteras del narcotráfico sirven de excusa para la proyección del poder estadounidense.

La falta de pronunciamientos contundentes por parte de la ONU y de la Organización de Estados Americanos (OEA) refuerza la percepción de impunidad, mientras crece la preocupación por la posibilidad de que otras potencias extranjeras intervengan en apoyo a Caracas, profundizando la inestabilidad regional.

Reflexión final: del Caribe al tablero global

Lo que comenzó con la narrativa de una «guerra contra el narcotráfico» podría derivar en una crisis de legitimidad internacional para Estados Unidos. En nombre de la seguridad y la lucha contra el crimen, Washington parece haber reactivado una vieja lógica de dominación: la del garrote que habla más fuerte que la diplomacia.

El mar Caribe, antaño testigo de invasiones y bloqueos, vuelve a ser hoy un espejo de las tensiones globales, donde el poder, la soberanía y los recursos naturales se disputan a golpe de misil.

 

* Licenciado en Seguridad. Especialista en Análisis de Inteligencia y Maestrando en Inteligencia Estratégica Nacional, con experiencia en estrategia, geopolítica, tasalopolítica, producción de información, así como en Seguridad y Protección de Infraestructuras Críticas.

 

Referencias

(1)- DW. (2025, 3 de octubre). Cuatro muertos en nuevo ataque de EE.UU. contra lancha. Deutsche Welle. https://www.dw.com/es/cuatro-muertos-en-nuevo-ataque-de-eeuu-contra-lancha/a-74232728

(2)- RTVE. (2025, 28 de octubre). Estados Unidos mata a 14 supuestos narcotraficantes en ataques contra tres narcolanchas en el Pacífico Oriental. RTVE Noticias. https://www.rtve.es/noticias/20251028/estados-unidos-mata-14-narcotraficantes-ataque-narcolanchas-pacifico-oriental/16790353.shtml

(3)- Ventas, L. (2025, 17 de septiembre). ¿Son legales los ataques de EE.UU. contra embarcaciones procedentes de Venezuela en aguas internacionales? BBC News Mundo. https://www.bbc.com/mundo/articles/c147k3d80pno

(4)- Carta de las Naciones Unidas. (1945). Carta de las Naciones Unidas. Naciones Unidas. https://www.un.org/es/about-us/un-charter

(5)- Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR). (1982). Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Naciones Unidas. https://www.un.org/depts/los/convention_agreements/texts/unclos/convemar_es.pdf

(6)- Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional. (1998). Estatuto de Roma. Naciones Unidas. https://www.un.org/spanish/law/icc/statute/spanish/rome_statute(s).pdf

(7)- Convenios de Ginebra. (1949). Convenios de Ginebra y sus protocolos adicionales. Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). https://www.icrc.org/es/derecho-y-politicas/los-convenios-de-ginebra-y-sus-comentarios

 

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¿MAIDÁN EN EL CÁUCASO? TENSIONES Y EQUILIBRIOS GEOPOLÍTICOS ENTRE GEORGIA, RUSIA Y OCCIDENTE

Roberto Mansilla Blanco* (Para SAEEG)

Georgia vive momentos de aguda tensión política tras varios días de protestas ciudadanas, represión y detenciones en la capital Tbilisi contra la aprobación parlamentaria de la Ley de Transparencia sobre Injerencia Extranjera, también conocida como Ley contra Agentes Extranjeros, impulsada desde el año pasado por el primer ministro Bidzina Ivanishvili y su partido Sueño Georgiano (SG)

Dicha ley muestra similitudes con la que rige en Rusia desde 2022. Por tanto, el malestar de sectores opositores georgianos apoyados desde Occidente ha generado un prisma de opinión hacia el gobierno de Ivanishvili, al que han etiquetado como presuntamente «prorruso».

Más allá del plano interior el trasfondo de la crisis georgiana denota los pulsos geopolíticos entre Rusia y Occidente por controlar esferas de influencia en el espacio euroasiático, acelerados tras la invasión rusa de Ucrania y las actuales tensiones política y militares ruso-occidentales. Con sus matices pero no menos relevantes analogías, la crisis política que actualmente vive Georgia pareciera reproducir lo observado con la rebelión del Maidán en Kiev en el invierno de 2013-2014 y que llevó a la caída del entonces gobierno Viktor Yanúkovich, igualmente señalado de «prorruso».

El detonante: una «Ley Rusa» en una Georgia «seducida» por Occidente

El pasado 1° de mayo, el Parlamento georgiano aprobó el proyecto de la Ley de Transparencia sobre Injerencia Extranjera, anteriormente conocida como Ley contra Agentes Extranjeros, en la segunda de las tres votaciones necesarias. En marzo de 2023 dicha ley, coloquialmente calificada como «Ley Rusa», fue retirada de su aprobación parlamentaria por el primer ministro Ivanishvili tras registrarse protestas en las calles.

La ley exige que los medios de comunicación, ONGs y organizaciones sin ánimo de lucro sean registrados como «intereses de una potencia extranjera» en caso de recibir más del 20% de su financiamiento fuera del territorio georgiano. Rusia ha salido en defensa del gobierno de Ivanishvili argumentando una presunta injerencia occidental en las protestas con la intención de asestar un «intento de golpe de Estado», trazando un paralelismo con lo sucedido en Kiev con el Maidán de 2014.

De acuerdo con un informe de la Unión Europea (2021) existen en Georgia entre 1.200 y 2.300 organizaciones civiles que reciben más de un 20% del financiamiento exterior y que, visto el contenido de la ley, podrían verse afectadas. Según sus críticos, entre los que destacan además la UE, OTAN y EEUU, la Ley Rusa aleja a Georgia de la Unión Europea y la acerca a los imperativos geopolíticos del Kremlin. Tras la aprobación parlamentaria del borrador de la ley, la decisión final recae ahora en la presidenta Salomé Zurabishvili (también de SG) quien ya ha dejado asomar la posibilidad de utilizar el veto contra esa ley.

El conflicto de intereses geopolíticos entre Rusia y Occidente por la Ley Rusa se amplía al contexto político georgiano con la vista puesta en las elecciones parlamentarias previstas para octubre próximo. En juego está la hegemonía política de SG, en el poder desde 2012. En un espacio político sumamente atomizado la tensión ha desatado una confrontación permanente desde 2003 entre «prooccidentales», nacionalistas georgianos y «prorrusos».

De acuerdo con fuentes europeas, más del 80% de los georgianos manifiesta su apoyo para integrarse en la UE. Bruselas ha incentivado este camino para el país caucásico: en 1999 Georgia ingresó en el Consejo de Europa, un organismo de defensa de la democracia y los derechos humanos antecesor de la UE. En medio de la ampliación de la UE de 2004, Georgia fue incluida en la Política Europa de Vecindad (PEV); en 2014 firmó con la UE el Acuerdo de Asociación y el Acuerdo de Libre Comercio de Alcance Amplio y Profundo (ZLCAP) que le permitió a Tbilisi (al igual que a Ucrania y Moldavia) acceder al mercado único europeo en determinados sectores económicos.

Desde 2012, los gobiernos de SG han impulsado una serie de reformas amparadas desde Bruselas, con especial atención en la Ley de Desoligarquización y medidas de transparencia y lucha contra la corrupción para intentar allanar el camino a las negociaciones de ingreso.

En marzo de 2022, poco después de la invasión rusa de Ucrania, Georgia pidió formalmente su admisión a la UE. Esta petición fue finalmente atendida el 14 de diciembre de 2023, cuando Bruselas aceptó iniciar negociaciones de ingreso con Tbilisi. Muy seguramente determinada por las tensiones ruso-occidentales, esta inmediatez europea por acelerar las negociaciones de admisión con países en la órbita de influencia rusa como Georgia, Ucrania y Moldavia contrasta claramente con el atasco y el distanciamiento mantenido desde hace décadas con otros aspirantes de mayor trayectoria para ingresar en la UE, como es el caso de Turquía.

Por otro lado, el gobierno de Ivanishvili ha debido manejar delicados equilibrios entre Rusia y Occidente. Si bien continuó el esquema prooccidental mirando a la UE, su gobierno se opuso a la aplicación de las sanciones occidentales contra Rusia tras la invasión de Ucrania. La opinión pública occidental no tardó en tildarlo de «prorruso» y a SG como un supuesto «delfín» del Kremlin adoptando un estilo autoritario y represivo.

En lo relativo a la polémica Ley Rusa, Ivanishvili y SG han contado con el estratégico apoyo de la Iglesia Ortodoxa georgiana, lo cual denota una interacción de intereses entre el poder político y las autoridades religiosas muy similar al que desde hace dos décadas mantiene Putin en Rusia. Este factor puede implicar vías de conexión entre Moscú y Tbilisi a través del poder de influencia que mantienen las respectivas Iglesias ortodoxas nacionales tanto en las sociedades rusa como georgiana. Mirando a las elecciones parlamentarias de octubre próximo, Ivanishvili estaría manejando la posibilidad de garantizar a su favor el apoyo de sectores más tradicionalistas, sean «prorrusos» e incluso nacionalistas. 

Ecos de las «revoluciones de colores»

No es la primera vez que estas protestas populares suceden en Georgia. El precedente más significativo ocurrió a partir de 2003 con las denominadas Revoluciones de Colores, movilizaciones ciudadanas contra regímenes autoritarios que contaron con apoyo occidental pero que, visto en perspectiva geopolítica, implicaron un esquema de influencia por parte de Occidente a la hora de reconfigurar a su favor los equilibrios y sistemas de alianzas en el espacio euroasiático post-soviético, alejándolos de la influencia rusa.

Paralelamente a lo que ocurrió con la «Revolución Naranja» de Ucrania en el invierno de 2003-2004, en Georgia se vivió una situación similar con la «Revolución de las Rosas», que llevó a la caída del entonces presidente Eduard Shervarnadze (ex ministro de Exteriores soviético en la era Gorbáchov) y la asunción al poder del prooccidental Mijaíl Saakashvili. Como se mencionó con anterioridad, en Ucrania el levantamiento llevó al poder a los prooccidentales Viktor Yúshenko e Iulia Timoshenko tras denunciar un fraude electoral a favor del candidato «prorruso» Viktor Yanúkovich, delfín del entonces presidente Leonid Kuchma.

En el caso georgiano, la transición en manos de Saakashvili derivó en una explosiva mezcla de populismo, autoritarismo y corrupción con una política cada vez más distante e incluso agresiva con Rusia. En agosto de 2008, mientras Moscú lograba pacificar Chechenia por la fuerza, ocurrió la breve guerra ruso-georgiana, cuando el Kremlin acudió en rescate de las repúblicas de Osetia del Sur y Abjasia (de orientación prorrusa) tras fuertes enfrentamientos militares con Tbilisi. La independencia de facto de estas repúblicas, sólo reconocidas por Rusia, Nicaragua, Nauru y Venezuela, alteró el equilibrio de poder caucásico a favor de Moscú.

Los medios y gobiernos occidentales se mantienen expectantes ante la posibilidad de que las actuales protestas contra la Ley Rusa lleven a un eventual cambio de gobierno en Tbilisi redimensionando la orientación prooccidental de Georgia, ahora mucho más consolidada desde Bruselas tras la reciente apertura de negociaciones de admisión.

El Cáucaso y la tensión global

No se debe olvidar el peso del factor energético. Georgia depende en un 90% del suministro de petróleo y gas natural ruso toda vez el territorio es ruta de tránsito de oleoductos y gasoductos del mar Caspio hacia Rusia y Europa. Como sucediera con anterioridad en Ucrania, la baza energética es un arma geopolítica estratégica y de influencia para Moscú en el Cáucaso, particularmente en Georgia pero también en la vecina Armenia.

Es por ello que en esta ecuación geopolítica, Rusia y Occidente pujan por mantener sus respectivas esferas de influencia en Georgia y Armenia como puerta de acceso al Cáucaso, Oriente Próximo y Asia Central. En este juego geopolítico, Moscú interpreta que  Occidente intenta arrebatarle su tradicional peso preponderante en el Cáucaso Sur.

En el caso georgiano, Moscú estaría manejando algunas cartas a su favor: negocia con el gobierno de Ivanishvili un acuerdo confederal en torno a Abjasia y Osetia del Sur, muy probablemente con la intención de zanjar cualquier reclamación territorial en caso de un eventual cambio de gobierno en Tbilisi derivado de las elecciones parlamentarias. Tras la guerra de 2008, Rusia ha pasado a controlar un 20% de antiguo territorio georgiano, un contexto muy similar al que mantiene desde 2014 en Crimea y desde 2022 en el este ucraniano, principalmente en el Donbás, ahora «reintegrados» territorialmente dentro de la Federación rusa vía referéndums no reconocidos por la mayor parte de la comunidad internacional.

Aunque algunos analistas observan la posibilidad de que Moscú esté negociando con Tbilisi un nuevo estatus para Abjasia y Osetia del Sur como una especie de «moneda de cambio» a favor de aprobar la Ley Rusa, en perspectiva los objetivos del Kremlin estarían más bien enfocados en garantizar su seguridad regional creando un cordón sanitario en el Cáucaso Sur, similar al del Donbás en el este ucraniano, ante la posibilidad de un viraje prooccidental en Georgia similar al que hoy ocurre en Ucrania. Toda vez desarrolla líneas férreas para unir a Abjasia con territorio ruso, el Kremlin también permite inversiones chinas para financiar infraestructuras en la región.

Ante la posibilidad de perder influencias regionales motivado por la injerencia exterior y las tendencias prooccidentales, Rusia está recondicionado sus prioridades y alianzas en el Cáucaso. Tras las breves guerras por el enclave de Nagorno Karabaj (2020-2021 y 2023), el Kremlin ha profundizado sus lazos con una potencia energética (y cada vez más militar) como Azerbaiyán con el objetivo disuasivo de mantener el equilibrio de poder. En ese cometido, Moscú ha contado tácitamente con el apoyo de otros aliados como Turquía, Irán y China.

La victoria militar relámpago de Azerbaiyán sobre Armenia por el control de Nagorno Karabaj y el anuncio en abril pasado de la salida de los 2.000 efectivos militares rusos allí establecidos desde 2021 como fuerzas de paz reacondiciona el equilibrio militar y geopolítico regional, más favorable a la tácita confección de un eje ruso-azerí que implique asestar la disuasión estratégica ante una Armenia que, como Georgia, también ha mostrado sus expectativas de orientación prooccidental, tal y como defiende en Ereván el gobierno de Nikol Pashynian.

Moscú también observa con atención la necesidad de garantizar su seguridad en el Cáucaso ante la posibilidad de retorno de focos de islamismo radical, tal y como observamos en el atentado terrorista de Moscú el pasado 22 de marzo. La autoría atribuida a supuestos terroristas tayikos en ese atentado es un factor que persuade al Kremlin a intentar manejar equilibrios internos con sus poblaciones de origen musulmán, tomando en cuenta la lealtad de las autoridades y efectivos militares chechenos al esfuerzo bélico en Ucrania y la posibilidad de acentuarse recelos dentro de la sociedad rusa hacia inmigrantes caucásicos y centroasiáticos tras el atentado.

En ese sentido, y temiendo conatos de xenofobia y de detenciones arbitrarias, los gobiernos de Tayikistán y Kirguizistán han recomendado a sus ciudadanos no viajar a Rusia. El factor lingüístico también entra en juego: los gobiernos tayiko y kirguizo se resisten a adoptar las expectativas de Moscú por reforzar en esos países el uso del idioma ruso.

Moscú interpreta que Occidente busca crear una tenaza entre Ucrania y Georgia para alejar a Moscú de estas esferas de influencia. Los recientes acontecimientos dan a entender los alcances de este pulso geopolítico ruso-occidental en el espacio euroasiático. Mientras Europa busca crear un sistema defensivo alternativo a la OTAN con la vista en el «enemigo ruso», el presidente francés Emmanuel Macron anunció la posibilidad de enviar tropas francesas de la Legión Extranjera a Ucrania. La respuesta del presidente ruso Vladimir Putin ha sido aprobar maniobras nucleares cerca de la frontera con Ucrania como efecto disuasorio.

El desbloqueo en el Senado estadounidense de 61.000 millones euros de ayuda a Ucrania viene en un momento de cierta desesperación para Kiev; el gobierno de Volodymir Zelenski se muestra escaso de efectivos y armamento para contrarrestar la previsible ofensiva rusa a gran escala que, con apoyo militar de aliados como Corea del Norte, Irán y China, comienza cada vez más a asumirse como decisiva para definir el curso de la guerra. Incluso se especula con la posibilidad de abrirse una negociación que implique un eventual cese al fuego y el reconocimiento por parte de Kiev del actual statu quo.

Por tanto, para Occidente, resulta clave acelerar la ayuda militar a Ucrania toda vez que se muestra expectante ante la posibilidad de un giro político prooccidental en Georgia vía protestas e incluso Armenia. Este contexto traduciría implicar a Rusia en una especie de «guerra de dos frentes», uno claramente definido en Ucrania y otro en cámara lenta en el Cáucaso.

La expansión de las tensiones ruso-occidentales ha llegado también al Sahel africano, tal y como observamos recientemente en Níger con las escaramuzas de choque entre efectivos militares rusos y estadounidenses. Al mismo tiempo, la presencia militar, económica y cada vez más geopolítica de Rusia y China en el Sahel y los recientes golpes militares (Níger, Burkina Faso) con regímenes afectos a los intereses de Moscú y Beijing suponen un golpe estratégico para Francia y sus intereses geopolíticos en su tradicional esfera de influencia en el África francófona.

Estas tensiones ruso-occidentales tienen también incidencia en las elecciones al Parlamento europeo de junio próximo. Bruselas recela del efecto que puedan tener los canales de desinformación tanto rusos como chinos y las alianzas políticas vía partidos populistas y euroescépticos, varios de ellos de extrema derecha y algunos también señalados como «prorrusos».

Por otro lado, el presidente chino Xi Jinping inició a principios de mayo en París su primera gira europea en cinco años, que también le llevará a visitar socios económicos importantes como Serbia y Hungría, este último miembro de la UE y de la OTAN cuyo gobierno de Viktor Orbán ha manifestado sintonía con el eje sino-ruso. Beijing busca la iniciativa diplomática para crear un esquema de negociación que permita rebajar las tensiones in crescendo en Ucrania y Gaza, actualmente en vilo ante la posible ofensiva militar israelí sobre Rafah toda vez el grupo islamista palestino Hamás aceptó este 6 de mayo una tregua en los combates.

Al igual que Rusia, China interpreta que EEUU busca quebrantar la solidez del eje euroasiático sino-ruso, desafiante para la hegemonía «atlantista». Occidente presiona cada vez más a Beijing por su apoyo a Rusia en la guerra de Ucrania toda vez Washington sigue buscando vías indirectas y alternativas con la finalidad, hasta ahora infructuosa, de alejar a Moscú de su alianza con Bejing.

Como Putin en el espacio euroasiático, Xi debe igualmente manejar delicados equilibrios en sus esferas de influencia en Asia Oriental. Japón, Corea del Sur y Nueva Zelanda acaban de anunciar su integración al pacto AUKUS en materia de asistencia tecnológica militar para desarrollar conjuntamente misiles hipersónicos, drones submarinos y cibertecnología.

El pacto AUKUS, impulsado en 2021 por EEUU, Gran Bretaña y Australia, recrea una especie de «mini-OTAN» que implica una mayor injerencia occidental en Asia Oriental y el sureste asiático contra los intereses geopolíticos chinos. Por muy lejano y aparentemente desconectado que parezca, lo que se juega en Georgia y el Cáucaso tiene vertientes clave del gran pulso geopolítico a nivel global entre Rusia, Occidente y China.

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE UU y América Latina. 

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