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EL REPARTO DE UCRANIA Y EL NUEVO «RAPTO DE EUROPA»

Roberto Mansilla Blanco*

Un sinfín de expectativas comienzan a aparecer en torno a la cumbre entre Donald Trump y Vladimir Putin a celebrarse en Alaska este 15 de agosto. Si miramos el contexto internacional, el clima no invita precisamente al optimismo. Mientras Perú y Colombia viven un conato de tensión fronteriza en torno a la soberanía sobre la isla de Santa Rosa en el Amazonas, Israel acelera los preparativos de anexión de Gaza y de expulsión de los palestinos ante el oprobio de la mayor parte de la comunidad internacional que, irónicamente, tampoco toma cartas en el asunto.

La posibilidad de que la cumbre Trump-Putin implique eventualmente un cese al fuego en Ucrania (aunque sin presencia ucraniana en este encuentro) abre el compás para una posible resolución, al menos a priori, del conflicto ruso-ucraniano iniciado en 2022 y que, con el paso del tiempo, se ha convertido prácticamente en una confrontación entre Rusia, la OTAN y la Unión Europea (UE).

Debemos recordar que es la primera vez que ocurre un encuentro entre un mandatario ruso y otro estadounidense desde 2021. Entonces la cumbre fue en Ginebra, que acogió a Putin y al antecesor de Trump, Joseph Biden.

Cuatro años después el contexto ha cambiado drásticamente. Las guerras en Ucrania y Gaza han trastocado el equilibrio de la seguridad mundial toda vez que la alianza euroasiática entre Rusia y China y el regreso de Trump han contrariado severamente la unidad «atlantista» de la OTAN como factor predominante de la hegemonía occidental. Incluso Europa se encamina a afrontar su futuro de seguridad vía rearme sin depender del paraguas militar estadounidense. Biden se ha convertido en un suspiro al lado de la estridencia del retorno de un Trump más convencido de saltar por los aires el (des) orden internacional de la «posguerra fría».

Por otro lado, debe destacarse el papel protagónico del enviado estadounidense Steve Witkoff como artífice diplomático de esta cumbre Trump-Putin. Sus constantes viajes a Moscú para tantear el escenario con el mandatario ruso han permitido avances significativos como las reuniones en Estambul entre emisarios rusos y ucranianos a la hora de negociar intercambios de prisioneros y ceses esporádicos de las hostilidades.

¿Una cumbre antecesora de otra posible guerra europea?

Previo a esta cumbre de Alaska, el pasado 8 de agosto se formalizó en Washington, en presencia de Trump, un acuerdo de paz aún preliminar entre Armenia y Azerbaiyán en el que se comprometen a renunciar a sus reivindicaciones territoriales (Nagorno Karabaj). Este conflicto caucásico implica igualmente a Rusia, expectante ante este nuevo escenario de paz entre Bakú y Ereván que, visto en perspectiva, contribuye a priori en recrear un clima de distensión previa a la cumbre de Alaska.

No obstante, este borrador de acuerdo armenio-azerí determina igualmente una vía de presencia y de influencia de Washington en el Cáucaso, el tradicional «patio trasero» ruso, en un contexto de tensiones entre EEUU e Israel con Irán en Oriente Medio; un escenario que crea obvias preocupaciones en Teherán. Este acuerdo podría fortalecer la posición regional de Azerbaiyán, incluso mirando con perspectivas geopolíticas el conflicto en Ucrania. Bakú ya anunció el envío de ayuda humanitaria a Ucrania, probablemente negociada con anterioridad con Trump.

Pero vayamos al quid de la cuestión. Independientemente de cuál sea el resultado efectivo de esta cumbre, en Alaska de alguna u otra forma se decide el futuro de Ucrania. Y se decide precisamente sin la parte ucraniana presente. Trump y Putin entienden un lenguaje claro: el del poder. Saben que tienen las claves («las cartas ganadoras», Trump dixit) para dar un vuelco a un conflicto que, pese a los avances rusos y a la derrota de facto ucraniana, determina una situación de estancamiento en el frente bélico.

La cumbre Trump-Putin no escapa del paralelismo histórico, un recurso a veces obsesivo y frecuentemente erróneo que busca explicar (y en ocasiones legitimar) un status quo determinado, así como ciertas acciones del presente que no pasarán desapercibidas en esta cumbre.

Algunos han intentado «animar» el carácter histórico de esta cumbre buscando referencias en pactos como el de no agresión establecido entre Hitler y Stalin en 1939 previo a la II Guerra Mundial y en el que la Alemania nazi y la URSS se repartieron Polonia y Europa Oriental en zonas de influencia.

Obviamente, el contexto de 2025 es diametralmente opuesto al de 1939 pero la dinámica geopolítica no descansa. Algunos líderes advierten sobre una posible nueva guerra en Europa en los próximos años, con Rusia como enemigo pretendido.

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, declaró en junio que Rusia podría estar lista para atacar a la alianza en un plazo de cinco años. En mayo de 2025, el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IIES) estimó un plazo más corto: Rusia podría representar una «amenaza militar significativa para los aliados de la OTAN» para 2027. Algunos economistas calculan que una guerra entre Rusia y la OTAN podría costar a la economía mundial US$ 1,5 billones.

La realpolitik del conflicto ucraniano en 2025 obliga a observar desde una perspectiva netamente realista las posibilidades existentes en cuanto a una resolución condicionada pero muy probablemente no definitiva. Por mucho que se esfuercen la OTAN y la UE, es altamente improbable una contraofensiva militar ucraniana para recuperar los territorios conquistados por Rusia. El propio alcalde de Kiev, Vitali Klichkó (un probable pretendiente a suceder a Zelenski en la presidencia) ya advirtió en abril pasado sobre la posibilidad de ceder territorios a cambio de la paz porque la «guerra está perdida». Dejando atrás su retórica de no retroceder ante el enemigo ruso, Kiev incluso ha ofrecido una especie de cese al fuego aéreo con Rusia, evidenciando así la superioridad de la aviación rusa en sus ataques en el frente.

Previo a la cumbre con Trump, Putin no pierde el tiempo para ganar posiciones territoriales con una ofensiva a gran escala para asegurar el control de Prókovsk y asegurar así el anillo de acero y el cinturón de seguridad en torno al Donbás y el corredor que lleva a Crimea, bajo control ruso desde 2014. Con esta realidad deberá negociar en Alaska un Trump que no esconde los artilugios efectistas y mediáticos al declarar previamente que tendrá claro «si habrá acuerdo o no en los primeros cinco minutos de reunión con Putin» y que, si las cosas salen bien, irá a una segunda cumbre ya con Zelenski.

El Kremlin, como la Casa Blanca, no juega a los dados y mucho menos cuando se le presenta una oportunidad propicia para asegurar sus intereses como lo es esta cumbre con Trump. Sabe bien que las cartas de poder, esas mismas que le espetó Trump a Zelenski en febrero pasado durante la rocambolesca comparecencia en la Casa Blanca, las tiene Rusia a su favor y no negociará nada por debajo de sus intereses estratégicos, definidos en torno a la necesidad de asegurar a Ucrania como bastión de seguridad y esfera de influencia lejos del alcance de la OTAN.

Por su parte, Trump busca degradar el «dossier Ucrania» heredado de Biden intentando desligarse de la ayuda a Kiev (y, por lo tanto, de la dependencia militar europea de EEUU que permite asegurar la ayuda a Zelenski) para concentrarse en el reto estratégico que le impone China, aliado de Rusia. Trump tiene también en la mesa la crisis de Oriente Medio, toda vez que Israel pretende la anexión completa de Gaza y la expulsión de los palestinos a Sudán del Sur mientras Francia y Gran Bretaña presionan a Netanyahu con reconocer al Estado palestino en caso de no alcanzarse un alto al fuego en Gaza.

Con todo, Trump no viaja a Alaska para congraciar a Putin. Fiel a su estilo chantajista, antes de esta cumbre advirtió de «severas consecuencias» para Rusia en caso de no aceptar la paz. Como medida de presión ajustó sanciones arancelarias a India por comprar petróleo ruso. Pero Trump sabe que cualquier arreglo en Ucrania pasa por la posibilidad de negociar con Putin un reparto de esferas de influencia y una salida del poder para un Zelenski cada vez más tratado como un paria y con escaso margen de maniobra.

Tras haber asegurado en la reciente cumbre de la OTAN de La Haya el aumento del gasto militar al 5% del PIB y de prácticamente humillar a Europa posteriormente con un acuerdo comercial impositivo y edulcorado ante los efectos de la guerra arancelaria, Trump está dispuesto a asestar a la UE el golpe geopolítico definitivo negociando con Putin el futuro de Ucrania … sin Ucrania ni Europa presentes.

La toma de contacto previa a la cumbre de Alaska por parte de Zelenski con Trump y posteriormente del cuestionado presidente ucraniano con los líderes europeos constituyó un «canto de cisne» de escaso eco para los oídos de Trump, consciente de la falta de realismo en cuanto a las demandas europeas de no negociar con Putin una paz en Ucrania «a cualquier precio».

Más allá de que la cumbre sea un éxito para la paz en Ucrania, un paréntesis o incluso un nuevo fracaso, la toma de contacto entre Trump y Putin augura cambios de mayor calado en la política mundial.

El tácito reparto de esferas de influencia entre EEUU y Rusia en Ucrania puede incluso alcanzar a Venezuela, donde la Casa Blanca ha vuelto a colocar precio a la cabeza del presidente Nicolás Maduro (aliado de Putin) por US$ 50 millones para su captura por delitos de narcotráfico. El Kremlin maneja con paciencia los tiempos y recursos y si bien no parece persuadido a dejar caer al aliado venezolano, la realpolitik puede finalmente dictar sentencia.

El tratado de paz armenio-azerí, un éxito para la diplomacia de Trump, también supone levemente una ventaja para Putin al asegurarse la estabilidad en el flanco sur caucásico, donde Occidente ha intentado perfilar un «nuevo Maidán» en Georgia toda vez Moscú que ha logrado fortalecer sus intereses vía gobierno prorruso en Tbilisi, paralizando las negociaciones georgianas de admisión a la UE iniciadas en diciembre de 2023.

Pero como se indicó con anterioridad, la perspectiva de una histórica paz entre Armenia y Azerbaiyán implica una especie de retorno de Washington a la hora de manejar sus intereses en el espacio contiguo ruso en el Cáucaso e incluso Asia Central, hasta ahora degradado en la atención geopolítica estadounidense. Un contexto que a mediano plazo (e incluso dependiendo de lo que se acuerde sobre Ucrania) puede significar cambios en los equilibrios de poder no necesariamente favorables para los intereses rusos.

De allí que para el Kremlin, la posibilidad de concretar con Trump en Alaska un acuerdo favorable sobre Ucrania signifique una victoria propagandística incluso dirigido hacia la propia sociedad rusa que, más allá de la retórica oficial y sus intentos por mediatizar la realidad, sufre y observa en silencio lo qué está sucediendo en el frente ucraniano.

El fin de la inocencia

Hace exactamente un año (agosto de 2024) los medios occidentales reproducían con algarabía la ofensiva militar ucraniana sobre la región rusa de Kursk. En ese momento, con una ofensiva en territorio ruso, las expectativas occidentales especulaban con que llevar la guerra de Ucrania a la propia Rusia serviría para la posible capitulación de Putin.

Un año después de esta surrealista ofensiva que significó más bien la «huida hacia adelante» de Zelenski alentado ingenuamente por la UE y la OTAN en vísperas del regreso de Trump a la Casa Blanca, el escenario es distinto. Putin y Trump negocian en Alaska el futuro de un país, Ucrania, en el que ni sus propios dirigentes ni sus aliados exteriores tienen actualmente capacidad efectiva para decidir su futuro, cada vez más laminado por los intereses geopolíticos de Rusia y de EEUU. Incluso las protestas han regresado a Kiev por parte de una población cansada de la guerra y de la corrupción rampante por parte de sus propias autoridades.

Pero esas protestas también vuelven a Tel Aviv impulsadas por sectores de la sociedad israelí descontentos con los resultados militares en Gaza y con un genocidio deliberado por parte de Netanyahu y sus aliados que ha provocado la consecuente pérdida de credibilidad y de caída de la imagen internacional de Israel. Incluso dentro del Alto Mando militar israelí comienzan a surgir grietas sobre la efectividad de la invasión total a Gaza, cuestionando incluso la draconiana narrativa oficial de Netanyahu y de la ultraderecha supremacista sobre el «legítimo derecho a la defensa» que lo mantiene en el poder pero que no tiene reparos en impulsar impunemente y en vivo y directo una limpieza étnica en Gaza.

En lo que respecta a Ucrania, probablemente no veamos en Alaska un acuerdo histórico más allá de una toma de contacto donde Moscú y Washington marcarán sus respectivas «líneas rojas», aunque ahora definidas en torno a una mayor capacidad de sintonía. Pase lo que pase, Trump y Putin habrán negociado puntos de conexión que permitirán trazar las directrices del nuevo equilibro geopolítico mundial que se está redefiniendo para las próximas décadas.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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IRÁN, ESE GRANO DONDE LA ESPALDA PIERDE SU SANTO NOMBRE

F. Javier Blasco*

La Comunidad Internacional (CI) lleva años hablando mucho y nada bien de Irán desde su nacimiento como República Islámica tras el derrocamiento del Sha de Persia, Reza Pahlevi (1979) al haberse convertido en una especie del perejil de todas las salsas por desear arrojar a los israelíes al mar, declararse enemigo de acérrimo de Arabia Saudita y aparecer en todas aquellas más conflictivas en Oriente Próximo.

Irán es una república islámica de 1.648 millones de kilómetros cuadrados ubicada en el golfo Pérsico que cuenta con lugares de interés histórico que datan del Imperio persa cuya la capital fue fundada por Darío I en el siglo VI a. C. Su censo en 2023 alcanzó la cifra de casi 91 millones de habitantes, mayoritariamente chiitas, cuyo gobierno tiene determinadas características que le otorgan un régimen especial, que se basa en la teocracia dando pie a un Estado unitario, aunque su oficialmente Parlamentarismo y Presidencialismo se sostiene bajo la vigilancia de un complejo sistema de equilibrios y contrapesos que ejercen un control múltiple y podríamos decir, donde reina una elevada desconfianza entre unos poderes y los otros.

Cuenta con un potente Ejército al estilo clásico, aunque pobremente armado y mal instruido con cierto grado de grandes deficiencias. Además, existe lo que se conoce como la Guardia Revolucionaria, que es donde descansa el verdadero poder militar, con elevado número de integrantes, de gran capacidad de proyección (los Quds) con altos niveles de instrucción y dotados de un sinfín de medios sofisticados, principalmente en aviones y grandes medios de artillería de largo alcance con un elevado e indeterminado número de misiles de todo tipo de alcance y de precisión, varios de ellos dotados de combustibles sólidos lo que les hace más fácil y acorta el tiempo para su entrada en posición lo que dificulta su posibilidad de localización antes de hacer fuego. Además de lo anterior, en dicha Guardia Revolucionaria también se integran las conocidas fuerzas para la Organización y la Movilización de los Pobres (Basich) conocidas por su crueldad a la hora de establecer el orden público cuando la población se levanta contra el régimen por cuestiones políticas o en protesta por la hambruna u otras muchas acuciantes peticiones de un pueblo bastante culto pero muy necesitado y dado a la droga en gran parte.

Las múltiples sanciones internacionales por sus incumplimientos sobre el alcance y dimensiones de su programa nuclear y otros asuntos de menor índole, los ha llevado a aumentar su instinto o desconfianza y a aprovechar las nuevas tecnologías recibidas o copiadas a determinadas fuentes externas, que se han empleado fundamente en la evolución y perfeccionamiento de sus misiles y drones (principal proveedor a Rusia de estos artefactos).

Su doctrina nacional a modo simplista, se basa en la exaltación nacional a toda costa, en la intransigencia ante el expansionismo cultural o religioso interno fuera de los cánones marcados por ellos mismos y en el esparcimiento e implantación de la religión chiita en contra de la sunita en todo el mundo, aunque no siempre sucede con esta rama ya que depende de cómo sean sus intereses en cada lugar (Líbano o Gaza), en su odio a EEUU y, fundamentalmente, tal y como se ha mencionado, en la lucha por la erradicación y desaparición de Israel de la faz de la tierra.  

El programa nuclear iraní se puso en marcha en la década de 1950 bajo los auspicios de EEUU. Actualmente, Irán es el séptimo país en producir hexafluoruro de uranio y controla todo el ciclo del combustible nuclear en varios centros de producción, tratamiento y enriquecimiento, principalmente en Isfahán, Natanz y Fordow. Cuenta con una sola central nuclear en Bushehr.  Todas ellas han sido objeto durante varios días de ataques importantes por la aviación israelí (para ablandar o anular sus defensas antiaéreas) y el pasado sábado, de madrugada, por la acción de los medios navales y aéreos norteamericanos apoyados por sus aliados en la zona y en estrecha coordinación y cooperación con los israelitas; todos ello, encuadrado en la que se conoce como «Operación Martillo de Medianoche».  

Las capacidades de expansión y despliegue de los Quds y la gran eficacia para lograr un buen adiestramiento y alimentación del combate de otros grupos terroristas como los hutíes en Yemen, las fuerzas yihadistas de Siria o en Irak, Hamás en Palestina (sunita) y Hezbolá en el Líbano (chiita) ―todos ellos para desestabilizar las zonas de despliegue y obstaculizar las acciones de EEUU o Israel, según los casos― y sus constantes referencias y desprecios a los avisos y consejos de la CI para que frenara el desarrollo y evolución de su programa nuclear, así como sus amenazas a la existencia o supervivencia de Israel, han llevado a los dos potentes aliados en la zona ―Israel y EEUU― a urdir un plan de mediano plazo que podía resumirse en un debilitamiento progresivo de los tentáculos iraníes en sus grupos terroristas amamantados por ellos hasta su casi total extinción y, una vez conseguidos tales objetivos en sus zonas de despliegue o habitual implantación, ir directamente a la madre del cordero, las defensas de las instalaciones y sus propias capacidades nucleares usando los medios precisos en cada momento mediante una serie de eficaces ataques selectivos y muy psicológicos para finalmente, dejarles con las manos vacías y sin capacidad de respuesta militar o terrorista seria en el momento de ser atacados en fuerza, y además, con el menor daño posible para la población civil iraní.    

Así, Israel ha efectuado prácticamente en soledad la totalidad de los esfuerzos para anular las grandes capacidades de la mayor parte de los grupos terroristas fuera de Irán, ha ablandado las principales defensas antiaéreas que daban cobertura a los centros de producción y enriquecimiento de su programa nuclear y, finalmente, mantenerse en apoyo de sus potentes primos que han desplegado potentes medios y armas únicas en el mundo, al parecer capaces de haber puesto en peligro y dañar totalmente o al menos dilatar bastante en el tiempo el programa nuclear iraní.

Bien es cierto que el know kow de las técnicas y procedimientos de obtención y enriquecimiento del material necesario para crear bombas nucleares sigue estando en manos y a buen recaudo de los iraníes y podrán volverlo a intentar de nuevo; pero esta vez ya no lo harán de la misma forma ni bajo los auspicios u ojos entornados del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), ahora ya se sabe a ciencia cierta que no son nada de fiar; conocen las capacidades y decisión real de la CI de impedirlo y no tras este inesperado ataque ya no despreciarán las decisiones y los planes norteamericanos e israelíes en temas que les conciernen y son graves como ir a la guerra, si fuera necesario.

No obstante, con esto no se ha acabado el conflicto e Irán puede tomar grandes y graves represalias como el ya anunciado cierre del estrecho de Ormuz por donde transita el 20% del petróleo y del gas que se producen en el mundo y que sus capacidades militares siguen casi intactas; pero dados los pocos apoyos reales que les queda en la zona e inclusive en el mundo (Putin, a pesar de comprarle masivamente drones ya tiene bastante con Ucrania y parece que Trump le está permitiendo mucho allí a cambio de su no injerencia en este otro tema y China está volcada en sus intereses vecinos) y por lo tanto, tendrá que someterse a la realidad y agachar las orejas bajo los auspicios de la ONU, dado que sus agresores se han cuidado muy mucho en decir al mundo y muchas veces, que sus ataques van exclusivamente contra su programa nuclear ilegal y, por el contrario, no pretenden derrocar o cambiar el gobierno de Irán.  

Las reacciones chinas y rusas a día de hoy son muy tibias y bastante significativas y como elementos en contra o realmente negativos podemos considerar el verdadero daño hecho en las instalaciones nucleares, ya que la radiación nuclear entorno a estas no ha variado mucho, lo cual es muy significativo y negativo y por otro lado, la enorme posibilidad de que Irán actúe contra una o varias de las bases militares a su alcance o radio de acción que albergan miles de tropas norteamericanas en su conjunto. En el lado positivo está el mensaje dado por Trump haciendo replegar hoy los bombarderos B-2 que participaron en la acción mostrando así que ya no tiene intención de volver a actuar con ellos. 

 

* Coronel de Ejército de Tierra (Retirado) de España. Diplomado de Estado Mayor, con experiencia de más de 40 años en las FAS. Ha participado en Operaciones de Paz en Bosnia Herzegovina y Kosovo y en Estados Mayores de la OTAN (AFSOUTH-J9). Agregado de Defensa en la República Checa y en Eslovaquia. Piloto de helicópteros, Vuelo Instrumental y piloto de pruebas. Miembro de la SAEEG. 

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LA OBSESIÓN OCCIDENTAL POR EL «CAMBIO DE RÉGIMEN» EN IRÁN

Roberto Mansilla Blanco*

En medio de la guerra directa con Irán, Israel y EEUU vienen instigando a un cambio de régimen en el país persa. En una inédita aparición el hijo del defenestrado Shah de Persia, Reza Pahlavi, transmitió un video pidiendo a los iraníes alzarse contra el régimen teocrático asegurando tener en sus manos un proyecto de transición democrática. Desde Tel Aviv, el primer ministro Benjamín Netanyahu habla abiertamente de «eliminar» al Guía Supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei. En Washington, el presidente estadounidense Donald Trump parece secundar esta pretensión israelí al instar a un cambio de régimen en el país persa.

La respuesta iraní no se hizo esperar. En Teherán, el ayatolá Jamenei rechazó categóricamente cualquier posibilidad de cambio de régimen mientras los iraníes, simpatizantes y detractores de la teocracia islamista, parecen unir fuerzas ante el enemigo agresor común, Israel y su aliado estadounidense. No obstante surgen informaciones sobre el repentino ascenso de su hijo Mojtaba Jamenei como eventual sucesor en caso de materializarse un atentado contra su progenitor.

Este excesivo foco mediático sobre las secuelas que para el gobierno iraní causan los bombardeos israelíes parecen intentar ocultar otra realidad: son aparentemente escasas las expectativas de que este conflicto termine generando un cambio de régimen en Irán, al menos si la pretensión de Israel y de EEUU es generar un levantamiento popular en medio de una agresión exterior.

Por otro lado, el permanente bombardeo iraní sobre ciudades israelíes desmonta un mito aún presente en el imaginario colectivo: el de la presunta invencibilidad israelí. Su joya defensiva, la Cúpula de Hierro, se ha visto superada ante un constante acoso diario de cientos de misiles iraníes, algunos de ellos con capacidad hipersónica, un aspecto que puede revelar la posibilidad de una cooperación militar rusa. A pesar de las dificultades generadas por los bombardeos israelíes, esta capacidad de respuesta militar iraní parece presagiar un reforzamiento del nacionalismo en el país persa.

Así mismo, la destrucción de infraestructuras militares, financieras y hasta del cuartel general del mítico Mossad en Tel Aviv parecen estar ejerciendo confusión y posible malestar entre los ciudadanos israelíes, hartos de una prolongada guerra en Gaza que aparentemente no ha terminado de fructificar en cuanto a los objetivos iniciales (eliminar a Hamas y recuperar a los rehenes) a pesar de la retórica triunfalista del gobierno de Netanyahu mientras la imagen internacional de Israel se ha visto severamente dañada y deteriorada, a diferencia del apoyo mundial hacia Palestina, cuando menos a nivel social.

La estructura de poder en Irán

La constante difusión mediática occidental de epítetos degradantes hacia la naturaleza del poder en Irán, destacando aquí el de «régimen teocrático», intenta procrear la matriz de opinión orientado a difundir la percepción de que el sistema de poder imperante en el país persa tras la revolución de 1979 carece de legitimidad y de popularidad.

La óptica sobre la realidad iraní obliga a enfocar otra mirada. La estructura del poder en Irán define un sistema básicamente rígido y jerárquico donde predomina el poder del Líder Supremo, el ayatolá Alí Jamenei. En un renglón más secundario están el presidente de la República Islámica, actualmente Masoud Pezeshkian; el Poder Judicial; el Consejo de Guardianes, un órgano asesor y electivo que controla el Parlamento; las Fuerzas Armadas, que tienen bajo su mando al Ejército, la Policía (que también controla la denominada Policía de la Moral designada para preservar en las calles los preceptos constitucionales islámicos); y la Guardia Revolucionaria Islámica, un órgano militar y empresarial que tiene bajo su control las poderosas milicias Basij y cuyo peso se acrecienta ante el hecho de  controlar el programa nuclear iraní.

El país persa realiza frecuentes elecciones presidenciales y parlamentarias. No obstante, el Consejo de Guardianes tiene la potestad de depurar las respectivas candidaturas aduciendo su compatibilidad con los preceptos estatales, un factor que obviamente limita la libertad y transparencia de nominación de ciertas candidaturas. De acuerdo con el investigador Luciano Zaccara, experto en asuntos iraníes, «Irán no es un Estado gobernado por un partido único, por una cúpula militar o por una dinastía, sino que está controlado por una élite político-clerical con diversos individuos y grupos que se disputan el control político del sistema y cuyas alianzas internas son flexibles en función de los intereses de cada grupo. El juego político es muy intenso aunque las reglas establecidas por la élite sean muy restrictivas para aquellos grupos o personajes periféricos a la misma».

Si bien diferente al sistema multipartidista occidental, en Irán coexisten partidos y movimientos políticos que básicamente se definen en torno a dos grupos principales: los conservadores defensores del status quo; y los reformistas que buscan ampliar las libertades civiles y políticas mediante cambios graduales.

Esta división genérica no oculta la existencia de formaciones como el Movimiento de Liberación de Irán; el Frente Nacional: de carácter nacionalista; el Partido Tudeh, que es el Partido Comunista de Irán; el Partido Democrático del Kurdistán de Irán, defensor de los derechos de la minoría kurda y la autonomía regional; el Partido de la República Islámica; el Movimiento Reformista Iraní; los Muyahidines del Pueblo (MEK) y los Fedayines del Pueblo, éstas últimas organizaciones armadas opuestas al gobierno iraní.

No obstante, cabe destacar que, si bien Irán ha observado diversas manifestaciones populares, como las acaecidas en 1999, 2009 y 2022 (esta última tras la muerte de la activista Masha Amini) que han llevado a una fuerte represión por parte de las autoridades, resulta escasamente perceptible que el contexto actual pueda generar una nueva explosión de descontento social, especialmente tomando en cuenta que el país está siendo agredido por sus dos principales enemigos, Israel y EEUU.

Desde hace varios años y especialmente tras la caída del régimen de Saddam Hussein en Irak (2003), EEUU e Israel han intentado por diversos medios acosar a la República Islámica de Irán con la finalidad de propiciar un quiebre de poder en Teherán. La invasión a Irak de 2003 ha sido un ejemplo clave que, infructuosamente para los intereses occidentales e israelíes, más bien lo que ha propiciado una mayor influencia iraní en la política iraquí vía la mayoritaria comunidad chiita en ese país, calculada en un 60% de la población iraquí.

Por otro lado, Washington y Tel Aviv han avivado organizaciones opositoras como el Consejo Nacional de Resistencia de Irán (pro-monárquico aunque también acusado de ser una tapadera del anteriormente mencionado MEK y de otros grupos integristas) así como inéditos grupos armados de carácter secesionista aparentemente afiliados al Ejército de Liberación de Baluchistán, que opera entre Pakistán, Irán y Afganistán.

El contexto regional: ¿puede contar Irán con sus aliados?

Debe igualmente acotarse que el actual enfrentamiento con Irán es el primero que Israel realiza militarmente contra un país de la región desde la guerra de Yom Kippur de 1973. Ya no son Egipto, Siria, Líbano o Jordania; ahora es Irán, un rival de mayor peso militar, geográfico, demográfico (82 millones de habitantes), con importantes recursos naturales (petróleo y gas natural) e industriales y con esferas de influencia regionales (Hizbulá, hutíes del Yemen, el propio Hamás, chiítas de Irak) y otros aliados con capacidad nuclear (Pakistán), sin menoscabar potencias globales (Rusia y China) que han mostrado su solidaridad con Teherán en caso de intervención directa de Israel y EEUU.

Con intermitentes momentos de alianza y rivalidad con Teherán, Turquía también se ha erigido como un actor importante a la hora de condenar la agresión israelí contra Irán, lo cual implica un importante giro geopolítico tomando en cuenta que Turquía es un país miembro de la OTAN.

No obstante, está por ver si movimientos como Hizbulá y Hamás, diezmadas sus cúpulas dirigentes a través de asesinatos selectivos por parte de Israel, tendrán capacidad efectiva para asistir a su aliado iraní a través de ataques directos contra Israel, tal y como han demostrado en anteriores ocasiones. El jefe de Hizbulá, Naim Qassem, anunció este 20 de junio su «apoyo total» a Irán pero resulta una incógnita si el movimiento islamista realizará ataques directos contra Israel desde sus bases en el sur del Líbano.

En este sentido, Israel se enfrenta a un rival de entidad como Irán, capacitado para aguantar el equilibrio militar, y no contra grupos armados y poblaciones civiles como han sido los casos de palestinos, libaneses y sirios. El eje regional iraní, si bien aparentemente distante ante el contexto actual del conflicto, se erige como el único capacitado para contrarrestar ese mito perenne y mediático de la invencibilidad militar israelí.

Independientemente de las razones que le han llevado a atacar Irán, Netanyahu puede volver a enfrentarse al malestar interno vía protestas sociales toda vez los partidos de extrema derecha sionista y la línea dura presentes en el establishment político y militar que apoyan su gobierno podrían recrear fisuras en la coalición gubernamental ante la escasa materialización de los objetivos trazados, en este caso el eventual colapso del régimen iraní

El contexto internacional también se observa fragmentado. La UE, atrapada en la discusión sobre 5% de gasto militar del PIB que exige Washington a cada país miembro de la OTAN, ha mostrado de momento una leve condescendencia a favor de la legítima defensa israelí, en gran medida mediatizada por los acuerdos comerciales y los negocios en la venta de armas.

Otros países árabes como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Siria y Bahréin mantienen distancia ante un conflicto donde pretenden ganar peso geopolítico ante el posible debilitamiento de su rival iraní.

Mediación en medio de misiles

Por otro lado, Trump ha pasado de lanzar amenazas directas de derrocar a Jamenei como medida de presión sobre el programa nuclear iraní (no queda claro quién se levantó primero de la mesa en las conversaciones que se llevaban a cabo en Omán antes del ataque israelí pero diversas fuentes acusan a Washington de torpedear la posibilidad de un acuerdo) a anunciar, tras abandonar súbitamente la Cumbre del G7, un espacio de meditación de dos semanas sobre si decide intervenir militarmente en el conflicto probablemente con la intención de ganar tiempo para su aliado israelí y ver si tiene éxito algún tipo de mediación que implique una tregua.

El ministro iraní de Exteriores, Abbas Araghchi, declaró que Teherán evalúa las opciones diplomáticas una vez Israel suspenda sus ataques. Con ello, la diplomacia iraní intenta arrojar la pelota en el tejado de un Netanyahu más próximo a prolongar la escalada del conflicto, a la espera de la respuesta definitiva de Trump.

En este apartado de la mediación destaca la posición del presidente ruso Vladimir Putin, quien ya ha declarado su intención de ser el artífice de esta posible negociación tras hablar precisamente con Trump y el presidente chino Xi Jinping. Francia, Gran Bretaña y Alemania también manejan escenarios de negociación con Irán tras encuentros informales en Ginebra.

Viendo el contexto sólo Putin y Xi se anuncian como los únicos líderes capacitados para acabar con este enfrentamiento anunciándose como interlocutores para negociar con Irán e Israel una tregua, la misma que podría darse en Ucrania pero ahora bajo las condiciones de Putin. Por otro lado, confiando en su capacidad de mediación ante la posibilidad de observar un desgaste en el conflicto entre Tel Aviv y Teherán, el presidente ruso toma distancia en cuanto a la posibilidad de asistir militarmente a su aliado iraní toda vez observa que la confrontación con Israel podría limitar el suministro iraní de drones Shahed para las tropas rusas en Ucrania.

La promesa de meditación de Trump revela otro factor que confirma el cambio geopolítico que estamos viviendo: EEUU ya no se observa como el único interlocutor capacitado para solucionar conflictos, salvo que esa «solución» se materialice mediante amenazas de intervención militar directa. Incapaz de articular una solución diplomática que hoy sí pueden hacer Rusia y China, EEUU corre el riesgo de convertirse más en el problema que en la solución.

En este escenario, un Netanyahu contrariado por los efectos de su huida hacia adelante contra Irán puede verse igualmente atrapado en un laberinto sin salida, sólo determinado por una fuerza militar que hoy ha encontrado en Irán a un rival de peso. Obsesionado por la caída de Jamenei y del régimen teocrático que a priori se observa sumamente difícil, Netanyahu también corre el riesgo de ver erosionado su poder, propiciando un escenario que anuncie su eventual eclipse y caída política.

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE UU y América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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