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LA SITUACIÓN EN UCRANIA

Comandante Espuela (Revista Tiempo GNA*)

La población de 43 millones es muy desigual. El Este y el Sur del país se identifican con Rusia y hablan en ruso, mientras que en el Oeste los habitantes desean mayores lazos con la Unión Europea. Por ello en Ucrania la lealtad de sus fuerzas armadas, divididas en gran medida por la propia composición de su población. Las unidades acantonadas en las zonas de habla rusa por lo general son lideradas por soldados que no necesariamente apoyan al gobierno central de Kiev. Ello suscita dudas sobre cuáles serán sus lealtades en caso de un conflicto militar con el gigante vecino.

Ucrania, ocupa el puesto número 36 de los ejércitos más poderosos del mundo. Hoy el Presidente se estará lamentando cuando en el año 2013, Ucrania decidió eliminar el servicio militar obligatorio. Actualmente su armamento se ha quedado obsoleto por falta de fondos.

El presidente, Volodymyr Zelenskiy, ha firmado una ley para llamar a todos los reservistas al servicio militar obligatorio y ya hay 55.000 mujeres bajo bandera.

El ejército ucraniano dispone actualmente de 255.000 efectivos y 900.000 reservistas. Cuenta con unos 1.000 tanques 11.435 vehículos blindados, 550 lanzaderas de cohetes, 2.040 camiones de artillería remolcada y 40 de artillería autopropulsada.

La fuerza aérea tiene 25 son cazas de ataque, 42 aeronaves de transporte, 111 helicópteros de transporte y 34 helicópteros de ataque.

La armada ucraniana es el punto débil de sus fuerzas militares, en el mar Negro a duras penas tiene fondos para mantener sus 11 lanchas patrullas y una fragata. No cuenta con destructores ni corbetas.

Rusia

Ocupa el puesto número 2 entre los ejércitos más importantes. Su presupuesto para la defensa sería de unos 42.000 millones de dólares. En los últimos años no ha dejado de realizar maniobras militares a gran escala, todo lo contrario que Ucrania. Las fuerzas armadas rusas cuentan con un millón de soldados, dos millones de reservistas para una población total de casi 142 millones de habitantes.

El ejército suma 13.000 tanques, 27.000 vehículos blindados, 6.540 piezas de artillería autopropulsada, 4.465 de artillería remolcada y 390 lanzaderas de cohetes. Uno de los tanques más avanzados es T-14 Armata, uno de los proyectos más potentes y avanzados del que se dice que será el mejor tanque del mundo.

La fuerza aérea está formada por 742 aviones de combate, 789 aviones interceptores, bombarderos y de aparatos de entrenamiento, 1.540 helicópteros de transporte y 538 helicópteros de ataque.

Las fuerzas navales también son muy superiores. Moscú posee un portaaviones, 15 destructores, 85 corbetas, 11 fragatas, 64 submarinos, 65 patrulleras y 48 antiminas. En caso de conflicto, Rusia puede recurrir a unidades especializadas como la Séptima División de Tropas Aerotransportadas, basada en Novorosíisk, uno de los principales puertos rusos del mar Negro.

La situación actual

Rusia ha acumulado más de 100.000 soldados cerca de la frontera de Ucrania y tiene a éste país cercado en el este y en el sur, lo que indica que una invasión podría ser inminente. Ucrania ha pedido formalmente adherirse a la Alianza Atlántica, pero de momento no ha sido aceptada.

De accederse, provocaría heridas profundas y peligrosas en Rusia, donde Estados Unidos ha avanzado en la órbita de los países ex soviéticos levanta ampollas en el Kremlin.

De momento, Kiev se tiene que conformar sólo con el entrenamiento de sus tropas en ejercicios militares conjuntos con países de la OTAN.

Todo hace pensar que habría “ruidos de sables”

Las invasiones actuales y futuras siempre serán precedidas por un ataque cibernético, pues de esa forma se deja incomunicado el Estado Mayor con las tropas y sobreviene el caos, en las tropas terrestres, también en la fuerza aérea. De llegar a ocurrir en gran escala, seguramente será el indicador que está comenzando una invasión. Imágenes satelitales muestran grandes cantidades de vehículos se trasladaron a la frontera con Ucrania, incluidos unos 700 tanques, vehículos de combate de infantería y lanzadores de misiles balísticos. También se observa que existen numerosos campamentos con carpas para alojamiento de soldados.

Si bien es cierto, Rusia saldría vencedora en una invasión, las ciudades de Ucrania son muy pobladas y el combate en localidades favorecería a los defensores. Los tanques rusos no podrían avanzar rápido entre los escombros y serían destruidos a distancias de 4000 metros, por los modernos proyectiles Javelin y NLAW.

Entre tanto Rusia tendría que primero eliminar la fuerza aérea adversaria para luego apoyar a la fuerza de invasión terrestre. No le será fácil a los rusos, si hay decisión de combatir en los ucranianos.

 

* Revista independiente para el personal de la GNA, Tiempo GNA, Nº 66, marzo de 2022.

 

FOCO EN LA SITUACIÓN RUSIA – UCRANIA

Giancarlo Elia Valori*

Imagen de Clker-Free-Vector-Images en Pixabay 

Los Estados Unidos de América y Rusia han estado recientemente en desacuerdo sobre el tema de Ucrania.

Semanas atrás, los líderes de las dos superpotencias detrás de la situación ucraniana convocaron a una reunión sobre la crisis. Aunque ambos trazaron una línea clara entre ellos durante la reunión, no hicieron ningún compromiso político, lo que demuestra que el juego de ajedrez político que rodea a Ucrania no ha hecho más que empezar.

En lo que fue visto como una conversación “franca y pragmática” por ambas partes, el presidente Putin le dejó en claro al presidente Biden que no estaba satisfecho con la implementación del Acuerdo de Minsk-2 del 11 de febrero de 2015 (que, además de establecer acuerdos de alto el fuego, también reafirmó los arreglos para la futura autonomía de los separatistas prorrusos), ya que la OTAN continúa expandiéndose hacia el este. El presidente Biden, a su vez, señaló que si Rusia se atrevía a invadir Ucrania, los Estados Unidos de América y sus aliados impondrían fuertes “sanciones económicas y otras medidas” para contraatacar, aunque no se consideraron despliegues de tropas estadounidenses en Ucrania.

Aunque ambos jugaron bien sus cartas y acordaron que continuarían negociando en el futuro, las conversaciones no calmaron la situación en la frontera ucraniana y, después de que las dos partes emitieron advertencias civiles y militares mutuas, el desarrollo futuro en la frontera ucraniana sigue siendo muy incierto.

Desde noviembre de 2020, Rusia ha tenido miles de soldados estacionados en la frontera de Ucrania. El tamaño de las fuerzas de combate desplegadas ha puesto bastante nervioso al Estado vecino.

La crisis actual en Ucrania se ha profundizado desde principios de noviembre de 2021. Rusia, sin embargo, ha negado cualquier especulación de que está a punto de invadir Ucrania, enfatizando que el despliegue de tropas en la frontera ruso-ucraniana es puramente con fines defensivos y que nadie debería señalar con el dedo tal despliegue de fuerzas en el territorio de la propia Rusia.

Es obvio que tal declaración no puede convencer a Ucrania: después de la crisis de 2014, cualquier problema en la frontera entre las dos partes atrae la atención y Ucrania todavía tiene conflictos esporádicos con separatistas pro rusos en la parte oriental del país.

En primer lugar, la razón fundamental por la que la disputa entre Estados Unidos y Rusia sobre Ucrania es difícil de resolver es que no hay una posición o espacio razonable en la arquitectura de seguridad europea liderada por Estados Unidos que coincida con la fuerza y el estatus rusos.

En los últimos treinta y dos años, los Estados Unidos de América han excluido por la fuerza cualquier propuesta razonable para establecer una seguridad amplia e inclusiva en Europa y han construido un marco de seguridad europeo posterior a la Guerra Fría que ha aplastado y expulsado a Rusia, al igual que lo hizo la OTAN cuando contuvo a la Unión Soviética en Europa entre 1949 y 1990.

Además, el deseo largamente acariciado de Rusia de integrarse en la “familia europea” e incluso en la “comunidad occidental” a través de la cooperación con los Estados Unidos de América —que, en los días del impotente Yeltsin, no lo consideraba un socio igualitario sino una semicolonia— se ha visto ensombrecido por las acciones resueltas de la OTAN, que se ha expandido hacia el este para elevar aún más su estatus como única superpotencia, al menos en Europa, tras su reciente fracaso en Afganistán.

Mantener una paz duradera después de las grandes guerras (incluida la Guerra Fría) en el siglo XX se basó en tratar al lado derrotado con tolerancia e igualdad en la mesa de negociaciones. Los hechos han demostrado que esto no ha sido tenido en cuenta por la política de los Estados Unidos de América y sus aduladores occidentales. Tratar a Rusia como el perdedor en la Guerra Fría equivale a frustrarla severa y despiadadamente, privándola así de la característica constitutiva más importante del orden de seguridad europeo posterior al corto siglo.

A menos que Rusia reaccione con medios más fuertes, siempre estará en una posición de defensa y nunca de igualdad. Rusia no aceptará ninguna legitimidad por la persistencia de un orden de seguridad europeo que la priva de intereses vitales de seguridad, queriendo convertirla en una especie de protectorado rodeado de bombas nucleares de fabricación estadounidense. La prolongada crisis ucraniana es la última barrera y el eslabón más crucial en la confrontación entre Rusia, los Estados Unidos de América y Occidente. Es una advertencia para aquellos países europeos que en las últimas décadas se han visto privados de una política exterior propia, no solo de obedecer las órdenes de la Casa Blanca.

En segundo lugar, la cuestión ucraniana es un problema estructural importante que afecta a la dirección de la construcción de la seguridad europea y nadie puede permitirse perder en esta crisis.

Si bien Europa puede lograr la unidad, la integridad y la paz duradera, el desafío clave es si realmente puede incorporar a Rusia. Esto depende crucialmente de si la expansión de la OTAN hacia el este se detendrá y si Ucrania podrá resolver estos dos factores clave por sí sola y de forma permanente. La OTAN, que ha seguido expandiéndose en la historia y la realidad, es la amenaza más letal para la seguridad de Rusia. La OTAN continúa debilitando a Rusia y privándola de su condición de Estado europeo y se burla de su estatus como gran potencia. Impedir que la OTAN continúe su expansión hacia el este es probablemente el interés de seguridad más importante no solo de Rusia, sino también de los países europeos sin política exterior propia, pero con pueblos y público que ciertamente no quieren ser arrastrados a una guerra convencional en el continente, en nombre de un país que tiene un océano entre Europa y ella misma como cinturón de seguridad.

La solución factible actual para garantizar una seguridad duradera en Europa es que Ucrania no se una a la OTAN, sino que mantenga un estatus permanente de neutralidad, como Austria, Finlandia, Suecia, Suiza, etc. Este es un requisito previo para que Ucrania preserve su integridad territorial y soberanía en la mayor medida posible, y también es la única solución razonable para resolver el profundo conflicto entre Rusia y los Estados Unidos de América.

Con este fin, Rusia firmó el mencionado Acuerdo de Minsk-2 de 2015. Sin embargo, al observar la evolución de la OTAN en las últimas décadas, podemos ver que no tiene absolutamente ninguna posibilidad de cambiar una política de membresía de “puertas abiertas” bien establecida.

Los Estados Unidos de América y la OTAN no aceptarán la opción de una Ucrania neutral, y el nivel actual de toma de decisiones políticas en el país está dirigido a otros. Por estas razones, Ucrania ahora parece moralmente desmembrada, y tiene un parecido sorprendente con el Berlín dividido y las dos Alemanias anteriores a 1989. Se puede decir que la división de Ucrania es un signo de la nueva división en Europa después de la Primera Guerra Fría, y la construcción de la llamada seguridad europea —o más bien la hegemonía estadounidense— termina con la realidad de una Segunda Guerra Fría entre la OTAN y Rusia. Hay que decir que esto es una tragedia, ya que las consecuencias devastadoras de una guerra serán pagadas por los pueblos de Europa y, ciertamente, no por los de Nueva Inglaterra a California.

En tercer lugar, la naturaleza engañosa de la diplomacia estadounidense-rusa y la miopía de la UE, sin una política exterior propia con respecto a la construcción de su propia seguridad, son las principales razones de la actual falta de confianza mutua entre los Estados Unidos de América —que se basa en el servilismo de la mencionada UE— y Rusia,  aterrorizada por el cerco nuclear en sus fronteras.

Estados Unidos se aprovechó de los profundos problemas de la Unión Soviética y del celo y las políticas de Rusia por el cambio auto infligido en la década de 1990 —de hecho, un punto de inflexión— a expensas de la diplomacia de “compromiso verbal”.

En 1990, en nombre de la Administración del presidente George H. W. Bush, el Secretario de Estado de los Estados Unidos Baker hizo una promesa verbal al entonces líder soviético, Mikhail Gorbachev, de que “después de la reunificación, después de que Alemania permaneciera dentro de la OTAN, la organización no se expandiría hacia el este”. La Administración del Presidente Clinton rechazó esa promesa alegando que era la decisión de su predecesor y que las promesas verbales no eran válidas, pero mientras tanto George H. W. Bush había incorporado a los Estados bálticos a la OTAN.

A mediados de la década de 1990, el Presidente Clinton indirectamente hizo un compromiso verbal con el entonces líder de Rusia, el pusilánime Yeltsin, de respetar la línea roja por la cual la OTAN no debería cruzar las fronteras orientales de los Estados bálticos. Sin embargo, como ya se ha dicho anteriormente, la Administración del presidente George H. W. Bush ya había roto esa promesa al cruzar sus fronteras occidentales. Es lógico pensar que, a los ojos de Rusia, la «diplomacia de compromiso verbal” es con razón sinónimo de fraude e hipocresía que los Estados Unidos de América están acostumbrados a implementar con Rusia. Esta es exactamente la razón por la que Rusia insiste actualmente en que Estados Unidos y la OTAN deben firmar un tratado con ella sobre la neutralidad de Ucrania y la prohibición del despliegue de armas ofensivas (es decir, nucleares) en Ucrania.

Igualmente importante es el hecho de que después de la Primera Guerra Fría, los Estados Unidos de América, con su mentalidad de apresurarse a recoger los frutos de la victoria, atrajeron a 14 países pequeños y medianos al proceso de expansión, causando crisis en las regiones periféricas de Europa y creando ingeniosamente rusofobia en los países de Europa Central, Balcánica y Oriental.

Este completo desprecio por el “concierto de las grandes potencias” —un principio de siglos de antigüedad fundamental para garantizar una seguridad duradera en Europa— y la práctica de “ser prudente y tonto” han llevado artificialmente a una prolongada confrontación entre Rusia y los países europeos, de la misma manera que entre los Estados Unidos de América y Rusia. La antigua tendencia de enfatizar la primacía global de los Estados Unidos de América mediante la creación de crisis y la invención de enemigos reafirma la trágica realidad de su propia emergencia como un peligro para la paz mundial.

Con todo, la crisis de Ucrania es un tema clave para la dirección de la seguridad europea. Estados Unidos no detendrá su expansión hacia el este. Rusia, arrinconada, no tiene otro camino que reaccionar con todas sus fuerzas. Esto anuncia la Segunda Guerra Fría en Europa, la agitación duradera y la posible partición de Ucrania serán su destino inmutable.

El peor de los escenarios será una guerra convencional en el continente entre las tropas de la OTAN y las fuerzas rusas, causando millones y millones de muertos, así como destruyendo ciudades. La guerra será convencional porque Estados Unidos nunca usaría armas nucleares, pero no por la bondad de su corazón, sino por temor a una respuesta rusa que eliminaría el territorio estadounidense del nivel de seguridad de NBC.

Hasta el punto de que echaremos de menos los buenos viejos tiempos del Covid-19.

 

* Copresidente del Consejo Asesor Honoris Causa. El Profesor Giancarlo Elia Valori es un eminente economista y empresario italiano. Posee prestigiosas distinciones académicas y órdenes nacionales. Ha dado conferencias sobre asuntos internacionales y economía en las principales universidades del mundo, como la Universidad de Pekín, la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Yeshiva de Nueva York. Actualmente preside el «International World Group», es también presidente honorario de Huawei Italia, asesor económico del gigante chino HNA Group y miembro de la Junta de Ayan-Holding. En 1992 fue nombrado Oficial de la Legión de Honor de la República Francesa, con esta motivación: “Un hombre que puede ver a través de las fronteras para entender el mundo” y en 2002 recibió el título de “Honorable” de la Academia de Ciencias del Instituto de Francia.

 

Traducido al español por el Equipo de la SAEEG con expresa autorización del autor. Prohibida su reproducción.

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EL DESENLACE DE LA PARTIDA QUE SE JUEGA EN UCRANIA DETERMINARÁ EL MUNDO EN EL QUE VIVIREMOS

Alberto Hutschenreuter*

Para el entorno de la seguridad internacional de buena parte del siglo XXI, el curso que adopte el conflicto en Ucrania será crucial. En efecto, la existencia o no de una configuración entre Estados, tan necesaria para contar con un contexto de paz o conciliación relativa, depende de la compleja partida en liza que tiene lugar Europa del este.

Por tanto, se trata de una partida estratégica regional pero de alcance mundial. En alguna medida, hay en ella algo de 1914: por cuestiones relativas con un actor no central, Serbia, acabaron enfrentados entonces los actores mayores. En su gran obra “La diplomacia” Henry Kissinger fue por demás claro en cuanto a lo que sucedió aquel año estratégico, cuando sostuvo que los países preeminentes, que no tenían razones suficientes para ir a la guerra, acabaron enfrentados entre sí por defender a actores menores que sí tenían razones para enfrentarse.

Estados Unidos y Rusia no tienen cuestiones mayores como para dirimirlas en una gran prueba de fuerza. Por supuesto que existen asuntos encontrados, pero ninguno que requiera una guerra para superarlas. Como bien advierte el ex canciller ruso Igor Ivanov, “Nadie necesita una confrontación Todos perderían con una guerra. Implicaría tales costos políticos, sociales, militares y económicos para todos que se necesitarían décadas para la recuperación. Las repercusiones de una gran guerra en el centro de Europa no serían menos duraderas que las ramificaciones desencadenadas por el desastre de Chernóbil, que persisten desde hace casi cuarenta años. ¿Quién estaría dispuesto a correr ese riesgo?”.

Sin embargo, la obstinación de Ucrania en ser miembro de la OTAN los ha dejado en una peligrosa situación de carácter casi insumiso. Es cierto que el mandatario estadounidense ha dicho que el país de Europa oriental no ingresará en el corto plazo a la Alianza Atlántica, pero ¿qué implica el corto plazo, cinco meses, un año? Incluso otro plazo más extenso no eliminaría la raíz del problema, esto es, las demandas geopolíticas de Rusia, las que suponen que la OTAN ni otras alianzas político-militares se acerquen a los lindes de Rusia. En este sentido, el “cinturón de amortiguación” que significa para Rusia el territorio continuo de Belarús y Ucrania en el inmediato oeste y el de Georgia en el sur, tiene status de interés vital para Rusia, es decir, este país estaría dispuesto a ir a la guerra para impedir que se ponga en riesgo aquella condición geopolítica mayor, que no es una condición exclusivamente de Rusia, sino de todo actor preeminente. Solo que en el caso de Rusia la experiencia remota y reciente, o sea, casi permanente, la ha marcado sensiblemente.

Se ha señalado que la cuestión es geohistórica. Por su parte, la especialista Angela Stent señala que hay algo así como una “doctrina Putin” basada en la pretensión rusa de que Estados Unidos debería tratar a Rusia como si fuera la Unión Soviética. Sin duda que el pasado relativo con la génesis del cuerpo y el espíritu eslavo es importante para Moscú; asimismo, sin duda que Moscú pretende que Washington mantenga deferencia estratégica. Pero el centro de la crisis actual es geopolítica y la salida de la misma pasa por no forzar o trastocar el profundo interés político-territorial que posee Ucrania para Rusia por medio de una estrategia basada en la prevención ante lo que se considera un irremediable revisionismo geopolítico ruso.

Lamentablemente, Ucrania no puede modificar esta situación. O puede, pero a un precio muy alto para ella y para la seguridad internacional. Por ello, debe asumir que su condición de “Estado pivote”, por su ubicación, requiere de un grado de “necesaria diagonal geopolítica” que no lesionará su soberanía, pues la misma podrá ampararse por medio de robustos compromisos internacionales. Pero por ahora no se admite esta alternativa, tornándose la crisis cada vez más inflexible.

En cuanto a Occidente, considerando la relevancia geopolítica que implica Ucrania para Rusia, una política congruente por parte del oeste debería basarse en el abandono de toda estrategia sempiterna relativa con debilitar geopolíticamente a Rusia y negociar con Rusia un marco de entendimiento estratégico mayor sobre aquellas cuestiones que van a demandar respuestas en clave de firmes acuerdos en las próximas décadas, por caso, el equilibrio nuclear, es decir, el segmento relativo con la seguridad estratégica internacional en el que se habrían producido “desajustes” o “fugas” entre ambos poderes. Queda aquí solamente un tratado en pie, el START III o New START y es necesario mantenerlo, cumplirlo y, de ser posible, ampliarlo horizontal y verticalmente, más allá de las diferencias cualitativas y cuantitativas que existan con terceros nucleares como China.

Por ello, a menos que Occidente considere que mantiene una leve ventaja en la partida que se juega en Ucrania, es decir, está convencido de que si Rusia utiliza la fuerza las consecuencias políticas y económicas para ella serán casi catastróficas, la decisión más conveniente es alcanzar un acuerdo estratégico con Rusia más otros actores a través del cual se garantice que la OTAN no se extenderá al este.  

En el pasado, Estados Unidos y la URSS se encontraron en situaciones más riesgosas de las que salieron a través de pactos que se tributaron, por ejemplo, la crisis de los misiles de Cuba en octubre de 1962. Generalmente se tiene la perspectiva relativa con que la URSS cedió, lo cual es cierto porque retiró los misiles; pero se trató de una situación igualada, pues Washington se comprometió a no intervenir en la isla y a retirar misiles de alcance medio estacionados en Grecia y Turquía, compromiso este último que, años después, le significó serios inconvenientes para estacionar complejos en Europa ante el despliegue de los misiles soviéticos de alcance intermedio.

Este escenario, de pacto necesario en relación con el conflicto en Ucrania, podría impulsar otros acuerdos e incluso revitalizar regímenes internacionales que se volvieron casi nominales. Es decir, sin llegar a configurar un orden internacional, ambos poderes “relajarían” la tensa situación de “no guerra” que existe hoy: un marco de predisposición, ganancias relativas colectivas y expectativas favorables.

Otro contexto sería lo que el analista ruso Ivan Timofeev denomina “tensión permanente”, esto es, la situación actual se mantiene. Por supuesto que es un escenario preferible al de la guerra; pero tal escenario implicaría un deterioro más general de las relaciones internacionales, y el tiempo de duración de dicho escenario podría extenderse por años.

En este escenario sería difícil considerar ganancias para algunos. Es cierto que, si el propósito de Occidente es doblegar a una Rusia irredimible hasta volverla un actor sobrecargado de dificultades y aislado, este escenario es el “estratégicamente adecuado”. Pero tales ganancias de poder serán muy relativas, pues Rusia no es un “consumidor de seguridad” como Ucrania: se trata de un actor productor de seguridad y, si es necesario, exportador de inseguridad a través de tácticas no convencionales.

Además, los recursos de la denominada “guerra híbrida” serán utilizados por los poderes preeminentes hasta los extremos; el multilateralismo descenderá a niveles más bajos de los que se halla desde hace años; los regímenes internacionales dejarán de contar con el compromiso de los Estados en momentos que se necesita revigorizarlos, por caso, la OMS, por no recordar los relativos con armas convencionales y estratégicas; se regresará a los bloques geoestratégicos y a la política de alianzas (de hecho, algo se ha visto estos días entre China y Rusia en Pekín); desaparecerá cualquier posibilidad de “anarquía internacional administrada”; se llevarán más agresivamente adelante los procesos de acumulación militar, particularmente en sistemas antimisilísticos y armas nucleares de precisión mayor; se derrumbará la cooperación energética entre Europa y Rusia; las sanciones repercutirán más allá de Rusia; la soberanía, economía e integridad territorial de Ucrania lo convertirán en uno de los actores más frágiles  del globo; etc.

Este contexto, de no alcanzarse un acuerdo de escala entre Occidente y Rusia, es el que podría afirmarse y marcar el tiempo internacional que viviremos. Ante las dudas y confusiones, Maquiavelo siempre recurría a una pregunta orientadora: ¿es necesario? Recurramos una vez más al gran pensador florentino y preguntémonos si, considerando el deteriorado escenario internacional, ¿es necesario mantener en calidad de carácter estratégico irrevocable la decisión de que Ucrania sea parte de la OTAN?

En breve, el desenlace que tenga la crisis en Europa del este determinará, en buena medida, el mundo en el que viviremos durante los años venideros: un mundo fragmentado, es decir, un escenario inestable donde no hay ni guerra ni paz; o un mundo sin orden, pero con (al menos) mínimos de seguridad interestatal establecidos que lo alejen de la posibilidad de quedar fuera de control.

 

* Doctor en Relaciones Internacionales (USAL). Ha sido profesor en la UBA, en la Escuela Superior de Guerra Aérea y en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación. Su último libro, publicado por Almaluz en 2021, se titula “Ni guerra ni paz. Una ambigüedad inquietante”.

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