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HACIA EL ORDEN POST-LIBERAL

Roberto Mansilla Blanco*

Cada vez se hace más perceptible que un nuevo orden mundial está cobrando forma. No sabemos con exactitud cuál será su carácter sistémico pero muy probablemente se podrá interpretar que sus equilibrios de poder y sus conflictos condicionarán la realidad internacional a corto y mediano plazo.

Lo que sí se observa con mayor nitidez es que, sin menoscabar la incertidumbre en torno a qué nuevo sistema está alumbrando, la estructura de balanzas y equilibrios de poder vía consensos heredera del legado liberal plasmada después de 1945 está llegando a su fin.

Este sistema procreó organizaciones globales, normativas y reglas que, a pesar de las tensiones de la «guerra fría» y las incógnitas de la «posguerra fría», logró mantener un equilibrio de poderes vía consensos institucionales. Desplazada por la realpolitik y la visión personalista que imprimen los principales líderes mundiales, la naturaleza de la actual realidad del poder a menudo gira hacia la verticalidad, la deriva autoritaria, el desprecio por los consensos institucionales, su cooptación y neutralización, la noción de «libertad sin democracia» y el predominio de los intereses de elites «oligocráticas» cada vez más globalizadas.

La pretensión de la administración de Donald Trump por desmantelar el sistema económico internacional imperante desde hace ocho décadas implica repensar en qué quedó ese legado del liberalismo clásico que, compatibilizado con la socialdemocracia, ha estado vigente desde entonces. Sin ánimo de realizar analogías históricas que suelen interpretarse como recurso de atracción mediática, el momento que vive actualmente la democracia «social-liberal» es ligeramente similar al que experimentó el comunismo y buena parte de la izquierda mundial en su particular “travesía por el desierto” tras la desaparición de la URSS y del bloque socialista en Europa del Este entre 1989 y 1991.

En ese momento se exhortaba la tesis del «fin de la historia» proclamada por el politólogo estadounidense Francis Fukuyama y que exclamaba el triunfo definitivo del liberalismo sobre los totalitarismos. Hoy la realidad es, a grandes rasgos, distinta. Los liberales de hoy se ven aturdidos ante el afán proteccionista y «patriotero» de un empresario ícono del capitalismo global como Trump, quien en dos ocasiones ha logrado convertirse en presidente de EEUU, precisamente el centro de ese «imperio liberal».

El vuelco es significativo. El personalismo y la tendencia «trumpista» parece dar curso a una democracia de carácter delegativo que gana terreno por encima del sistema de reglas y de instituciones internacionales hasta ahora vigente. No es un modelo nuevo: ya lo instauró Hugo Chávez en Venezuela en 1999, aunque obviamente con otras perspectivas ideológicas muy diferentes a las que pregona Trump. No obstante, lo que estamos observando en este sistema internacional de 2025 aprecia otras expectativas: opciones de carácter más efectistas y cortoplacistas, que no requieran de las complicadas negociaciones propias del sistema de contrapesos de poder.

Esto no significa necesariamente que los liberales observen hoy una especie de «caída de Roma», el final de su predominio ideológico y de su imaginario colectivo. El fenómeno sigue encarnado (Javier Milei en Argentina) pero reconstruido en torno a una plataforma neoconservadora, reaccionaria y fuertemente nacionalista y proteccionista que gana terreno en EEUU, Europa y América Latina. Sea vía preservación de la seguridad (Nayib Bukele en El Salvador) o para contrarrestar la «agenda progresista e izquierdista», se está conformando lo que podríamos denominar mediáticamente como una «Internacional trumpiana», una plataforma que cobra cuerpo bajo un «cadáver» liberal cuyo «ethos» es invocado a conveniencia, aunque muchas veces con escasa convicción, sea para preservar una realpolitik que beneficia a unas determinadas elites.

Conviene igualmente reflexionar sobre la naturaleza de ese liberalismo que pregonan algunos de sus propulsores: ¿es realmente tan liberal un Milei que ha llegado a impulsar el gasto en seguridad del Estado, probablemente persuadido por mantener el apoyo de un estamento militar fuertemente asentado en diversos círculos de poder? Las opciones electorales derechistas de Kast y Káiser en Chile y la reciente victoria electoral de Noboa en Ecuador ¿implica catalogarlos de liberales clásicos o serán más bien la continuidad de este fenómeno trumpista?

La crisis del liberalismo en los tiempos «post-normales»

En el mundo de la prospectiva estratégica es común utilizar la teoría de los «tiempos post-normales» como mecanismo para explicar la realidad que actualmente domina la geopolítica. Acuñado por el investigador Ziauddin Sardar, director del Centro para Política Post-Normal y Estudios del Futuro, esta teoría ofrece un marco de reflexión a través de una serie de características que definen los nuevos tiempos que corren: imprevisibilidad, necesidad de entender mejor la complejidad y la teoría del caos, escenarios no lineales alejados del equilibrio, dificultad para la anticipación y prevalencia de contradicciones.

Se exponen así cuatro claves para entender en qué se basan los «tiempos post-normales»:

    1. Hechos inciertos;
    2. Valores en disputa y en crisis. Lo nuevo no acaba de surgir («ya no más»; «lo viejo se agota pero no termina de irse»; «no sabemos qué viene»; «lo nuevo no termina por venir»);
    3. Apuestas altas;
    4. Decisiones urgentes. El tiempo apremia, lo que establece un clima de presión sobre los analistas. Cambios muy rápidos y de alcance global; efectos multimodales y no lineales; réplicas simultáneas.

Mirando con lupa estas claves, la realidad actual aborda varias interrogantes sobre la crisis del «socio-liberalismo»: ¿estamos asistiendo al final del liberalismo clásico como ideología y modelo imperante?; ¿tiene cabida la socialdemocracia?; ¿por qué avanza en el mundo este modelo populista trumpiano?; ¿tiene pretensiones sistémicas o más bien corresponde a una simple política reaccionaria ante los inevitables (e imprevisibles) cambios que la hegemonía occidental está observando ante el ascenso de competidores como China?; la democracia liberal, los contrapesos de poder, ¿están cediendo definitivamente ante una nueva ola autoritaria y «oligocrática» que busca imponer su agenda? En tiempos «post-normales», ¿estamos observando la asunción de una era «post-liberal»?

Más allá del creciente éxito de liderazgos de talante autoritario que crecen precisamente en el seno de sistemas democráticos liberales cobra especial significado el papel de la nueva «oligocracia» tecnócrata global, cuyos máximos exponentes en la actualidad son Elon Musk, Bill Gates, Jeff Bezos o Mark Zuckerberg. Todos ellos también se han visto beneficiados por la expansión del capitalismo liberal a nivel global a tal punto de conforman un oligopolio donde el conocimiento científico vía nuevas tecnologías (informática, redes sociales, Inteligencia Artificial, robótica) adquiere un valor primordial. Más allá de los cortocircuitos que puedan existir entre ellos mismos así como con la administración Trump, queda claro que su protagonismo anuncia una nueva era de poder «oligocrática» que desafía claramente los cimientos de la democracia «social-liberal».

La reveladora investigación del sociólogo Peter Phillips (2019) sobre las elites que dominan el mundo adopta un concepto clave: la «Clase Capitalista Transnacional» (CCT) que, como si se tratase de un émulo de la «clase trabajadora», actúa «con conciencia de clase» en la que están integrados «ejecutivos corporativos, burócratas, líderes políticos, profesionales y élites consumistas globalizadoras» bajo la creencia compartida de que «el crecimiento continuado a través del consumismo impulsado por los beneficios acabará solucionando por sí mismo la pobreza mundial, las desigualdades y el derrumbe medioambiental».

De acuerdo con Phillips y otros investigadores como David Rothkopff, esta CCT «representa los intereses del 1% del top de la elite más rica a nivel mundial». Sus características son igualmente notorias: «un 94% son hombres, de raza blanca, predominantemente estadounidenses y europeos» cuya capacidad de influencia les permite manejar las agendas de organismos de poder como el G7, el G20, la OTAN, la OMC, el FMI y el Club Bildenberg, entre otros.

Vista esta concentración de poder claramente occidental y «atlantista», y ante la nueva realidad de cambio de poder que se anuncia, ¿aceptarían estas elites el ascenso inevitable de nuevos ricos y hombres de poder no occidentales, principalmente asiáticos como China, India e incluso Rusia?; ¿cómo lograrán equilibrar los contrapesos de poder en este reparto geopolítico y geoeconómico cada vez más «post-liberal»?; sus ideas ¿pueden convertirse en referencias en otras latitudes? Aquí partimos de un dato a tomar en cuenta. El modelo del ministerio de la Eficiencia Gubernamental de Musk ya gana adeptos en el exterior: en Portugal, que irá próximamente a elecciones generales, este modelo es defendido por la candidatura de Chega!, tildado de ser el «VOX luso» y, por tanto, un entusiasta simpatizante de esa «internacional trumpista». 

China, la «nueva URSS» del «trumpismo»

Todas estas interrogantes abordan un debate estructural sobre el futuro de una democracia liberal aprisionada por los embates de la geopolítica y de la realpolitik. Huyendo de los simplismos y de la necesidad existente en diversos círculos de poder por aprovisionarse de un «enemigo conveniente», resulta perceptible que, para las elites occidentales que están concentrando el poder, ese papel de «enemigo conveniente» lo ocupa China.

Así, China se erige como el rival emergente que contrarresta esa hegemonía de la «oligocracia» occidental que, sin necesariamente diluirse en las expectativas de un declive histórico, sí que observa una fuerte contestación de otro polo de poder, en este caso asiático, con importantes alianzas estratégicas a nivel mundial.

La obsesión china persigue a Trump y a la elite «oligocrática». En las primarias republicanas de 2016, Trump ganó en 89 de 100 condados precisamente afectados por la competitividad económica china. Este cambio de ciclo hegemónico y de la hasta ahora supremacía tecnológica occidental se ha visto superada por la desindustrialización en EEUU y en Europa como consecuencia de la vertiginosa industrialización de China y de su capacidad competitiva en materia tecnológica y laboral.

Como indica un estudio de los economistas David Autor y Gordon Hanson, la competitividad de las exportaciones chinas fueron responsables entre 1999 y 2014 de la pérdida de 2,4 millones de puestos de trabajo industriales en EEUU. Por tanto, la actual «guerra comercial de aranceles» lanzada por Trump supone un imperativo de carácter disuasivo con la finalidad de asestar un agresivo viraje geoeconómico estratégico, aunque sus consecuencias son bastante imprevisibles y puede que terminen siendo contraproducentes para los intereses de Trump y sus elites.

En este envite, tal y como hemos visto recientemente, China ya ha dado muestras de tener capacidad suficiente de respuesta para contrarrestar los aranceles de Trump precisamente aplicando mayores medidas proteccionistas mientras avanza en negociaciones con otros actores (Europa, África, América Latina) con la finalidad de mantener la cooperación económica y la interconexión del comercio global. China esperaba crecer un 5% este 2025 pero con la guerra arancelaria de Trump, estas expectativas se reducen a un 3,5%, un índice aún óptimo pero que no esconde las dificultades que estas medidas proteccionistas desde Washington afectan no sólo a la economía china sino también a la economía global.

Afianzado en su naturaleza de economía netamente exportadora, con importantes recursos laborales, alianzas geoeconómicas (BRICS, OCS, África, América Latina, sureste asiático, Europa) y la certificación de su capacidad tecnológica para afrontar los nuevos retos (Inteligencia artificial DeepSeek), Beijing, donde no olvidemos el poder está en manos del Partido Comunista en calidad de Partido-Estado, parece apostar más por la globalización que precisamente Washington. El efecto contraproducente de las tarifas arancelarias de Trump muy probablemente acelerará la cooperación económica entre China y el sureste asiático, reforzando así las expectativas de Beijing de conservar sus esferas de influencia regionales.

El impacto tecnológico de China ya comienza a generar irritación en las elites occidentales. En las últimas semanas, las empresas chinas han lanzado más de una decena de nuevos modelos o actualizaciones de Inteligencia Artificial. Baidu presentó Ernie X1, un sistema de conversación ideado para competir con ChatGPT. Este nuevo modelo desarrolla las respuestas más personalizadas e incorpora tratamiento de imágenes, una innovación clave para incorporarla a su buscador, el más importante de China y competidor global de Google.

El gigante tecnológico Tencent también ha anunciado que está desarrollando varios modelos de Inteligencia Artificial para incorporar a diferentes negocios como videojuegos. Alibaba tiene su modelo Tongyi Qianwen, una IA generativa que también procesa imágenes o vídeos. La empresa ha incorporado este sistema para mejorar el proceso de compra en sus plataformas, ofreciendo recomendaciones personalizadas para cada usuario. Por ejemplo, el sistema permite mantener una conversación con la IA para afinar la búsqueda que permiten al comprador conocer productos nuevos. 

«Tambores de guerra» y el declive liberal

Las «expectativas de conflicto» y la recuperación de la noción del «enemigo conveniente» propia de los tiempos de la «guerra fría» contra la URSS y el bloque socialista son otros factores que anuncian el advenimiento de estos tiempos «post-liberales», donde los derechos sociales que tanto esfuerzo han costado en las últimas décadas corren un riesgo importante de verse degradados y suplantados en aras de la «seguridad nacional» o «colectiva».

Si observamos los titulares, declaraciones e imágenes diarias en diversos medios de comunicación en Europa parecieran persuadir de que es inevitable una especie de apocalipsis bélico, en este caso colocando de nuevo a Rusia como enemigo. A tal magnitud ha llegado este nivel de inquietud que Bruselas ha anunciado un «kit de supervivencia» de 72 horas que le permita a la ciudadanía sobrevivir ante un «desastre natural, una guerra nuclear o una pandemia».

En el Kremlin observan expectantes las secuelas del «terremoto» geoestratégico impulsado por Trump tanto a la hora de degradar su apoyo a Ucrania como en la guerra comercial de aranceles contra casi todo el mundo. EEUU y la UE están en el peor momento de su relación transatlántica toda vez Europa va preparando el camino para una «expectativa de guerra» contra Rusia, cuyo desenlace es tan imprevisible como las medidas (y contramedidas) que viene aplicando Trump con sus sanciones.

Mientras intenta recuperar el consenso comunitario ante la agresiva política arancelaria de Trump, la reacción europea ante este divorcio trumpiano parece más bien apostar por el rearme ante la presunta «amenaza rusa» como motor de desarrollo para el complejo militar-industrial que encarne una «nueva Unión Europea» absolutamente diferente a la instaurada a partir de 1951 con la creación de la Comunidad del Carbón y del Acero (CECA), germen institucional que ha propiciado la creación de la actual UE. En Europa ya se habla abiertamente de retomar el servicio militar obligatorio.

Observando a Rusia como su «eterno rival-enemigo conveniente», en la UE comienzan a tantear a China como un socio económico alternativo ante la guerra comercial arancelaria de Trump. Si bien este viraje europeo hacia China es igualmente impredecible, su expresión trastoca la naturaleza de la tradicional relación transatlántica con EEUU vigente desde 1941 en plena II Guerra Mundial.

Más allá de las circunstancias propiciadas por la arbitraria guerra arancelaria de Trump, Europa se ve atrapada en el pulso hegemónico de poder entre EEUU, China y Rusia, buscando recuperar margen de maniobra ante los vertiginosos cambios que se anuncian en el equilibrio geopolítico global. No obstante, acercarse a China a consecuencia de la guerra arancelaria de Trump mientras acelera el rearma contra Rusia, socio estratégico de Beijing, puede anunciar contextos aún más complejos y dilemáticos para Europa. Y aquí, el lobby “atlantista” siempre activo en la UE y la OTAN intenta cobrar protagonismo con la intención de abortar cualquier acercamiento europeo hacia un eje euroasiático sino-ruso que derrumbe los imperativos «atlantistas» vigentes desde la II Guerra Mundial.

El clima de «neo-guerra fría» entre la UE y Rusia es cada vez más latente: la vicepresidenta y Alta Representante europea para Asuntos Exteriores, la ex primera ministra estonia Kaja Kallas, advirtió a varios países de no asistir a la invitación de Putin a participar en Moscú el próximo 9 de mayo en la celebración del 80º aniversario del Día de la Victoria contra el fascismo en lo que en Rusia se conmemora como la Gran Guerra Patriótica.

Pero las fisuras en el seno de la UE también son notorias en este aspecto. El presidente eslovaco Robert Fico ya anunció que asistirá a esta invitación. Un candidato a la admisión en la UE como Serbia, el presidente Aleksandr Vučic, también confirmó su asistencia. Al desfile en Moscú también asistirán los mandatarios de China, Cuba, Brasil y Venezuela.

Por mucho que Trump intente alterarlos, los nudos transatlánticos son difíciles de desenredar. EEUU es un mercado clave para la UE, con una relación comercial que alcanza intercambios diarios de bienes y servicios por más de 4.200 millones de euros. Europa también se enfrenta a una situación delicada en términos políticos y estratégicos: tras romper su dependencia del gas ruso por la invasión de Ucrania, la UE depende ahora en gran medida del gas natural licuado estadounidense, lo que limita su capacidad para aplicar represalias en ese sector.

Los aranceles de Trump para Europa tienen más variables, como la posibilidad de que los mismos redirijan las exportaciones de China hacia el mercado europeo, inundándolo con productos baratos y generando nuevas presiones económicas. Esto podría obligar a Bruselas a tomar medidas proteccionistas adicionales, elevando aún más las tensiones comerciales internacionales. En perspectiva, proteccionismo sobre el libre comercio.

Como elemento irónico, las sanciones occidentales impuestas a Rusia desde 2022 con la invasión de Ucrania le permiten a Moscú, por el momento, ser uno de los pocos países inmune a la ofensiva arancelaria de Trump. Mientras la inquietud y la incertidumbre domina la relación transatlántica, el equipo negociador de EEUU y Rusia sigue reuniéndose en Arabia Saudita y Turquía con la finalidad de normalizar la relación diplomática y avanzar en la resolución ad hoc de conflictos como el de Ucrania.

Por cierto, en lo que en Moscú califican como la «nueva realidad» determinada por el regreso de Trump, poco se habla del eventual alto al fuego en Ucrania. Putin anunció que no negociará si no se toman en cuenta las demandas rusas, cuyos intereses en Ucrania permanecen intactos mientras la población asume como improbable el final del conflicto a corto plazo.

Por otro lado, desde 2023 crecen las denuncias sobre el autoritarismo del presidente ucraniano Volodymir Zelensky quien, con la excusa de la guerra, ya suspendió en mayo de 2024 las elecciones presidenciales en su país. En este contexto, poco atendido por los mass media internacionales entre los que destacan la matriz de opinión de la «oligocracia», y más allá de los compromisos militares y geopolíticos con Kiev, el irrestricto apoyo europeo y de la OTAN a Zelensky también pone en entredicho la calidad democrática de los líderes de la UE.

Pero no es sólo Ucrania, si cabe, el único centro de atención geopolítico y militar. El conflicto en Yemen llama también la atención por su ubicación geoestratégica en el Mar Rojo, lo cual confirma la deriva belicista que se está observando en Occidente. Por allí transita el 12% del comercio marítimo mundial y el 30% del petróleo crudo.

Yemen vuelve a escenificar un conflicto regional con repercusiones globales. Los hutíes, un grupo insurgente, son respaldados por Irán y luchan contra un gobierno central apoyado por Arabia Saudita. En solidaridad con los palestinos de Gaza, los hutíes han lanzado ataques de misiles contra Israel. En represalia, Trump ha prometido «exterminar a los hutíes» como un émulo de la limpieza étnica que Netanyahu, su aliado irrestricto, realiza contra los palestinos en Gaza y Cisjordania.

Así mismo, Trump ha amenazado a Irán con represalias militares si la milicia hutí Ansar Allah no deja de atacar territorio israelí y a los buques que surcan el Mar Rojo y el estrecho de Bab el Mandeb, próximo a los estratégicos Cuerno de África y el Golfo de Adén. Como respuesta inmediata, el jefe de los pasdarán, Guardia Revolucionaria Islámica de Irán, Hosein Salami, ha advertido que si EEUU se atreve a dar ese paso la respuesta será «dura, decisiva y devastadora». Si bien Washington ha asestado golpes tácticos contra Ansar Allah, ha evitado realizarlos directamente contra Irán, a pesar de la insistencia de su aliado israelí, el primer ministro Benjamin Netanyahu.

En este contexto dominado por la realpolitik, el pragmatismo táctico parece imponer también su ritmo: bajo el argumento de la amenazada del programa nuclear iraní y la tensión regional, emisarios estadounidenses e iraníes negocian directamente en Omán muy probablemente sin dejar de mirar a Yemen como un foco de convulsión geoeconómica. Los negociadores iraníes también se han dirigido a Moscú para coordinar acciones conjuntas (Rusia e Irán firmaron en diciembre pasado un acuerdo de cooperación estratégica por 20 años) antes de afrontar la nueva ronda de negociaciones con EEUU a celebrarse en Roma este 19 de abril. Dejando Oriente Medio, y para mantener en pie sus intereses en esferas de influencia como Asia Central, Rusia acelera los preparativos para reconocer la legitimidad del régimen Talibán en Afganistán.

Más allá de estas tensiones geopolíticas y el nuevo reacomodo mundial, el desprecio por la legalidad internacional incentiva la impunidad, otra variable que degrada esa herencia «social-liberal» hoy cuestionada por líderes políticos cada vez más autoritarios.

Tras recibir en Budapest a Netanyahu, el presidente húngaro Viktor Orbán ha anunciado el retiro de Hungría de la Corte Penal Internacional (CPI). Netanyahu tiene una orden de arresto internacional por crímenes de guerra en Gaza. La Hungría de Orbán, como otros países europeos, ha sido prolífica en denuncias de violaciones de derechos humanos contra refugiados sirios y de otros países durante la crisis migratoria de 2015.

Fuera de estas fronteras, el gobierno nacionalista hindú de Narendra Modi en India también ha iniciado políticas coactivas hacia las minorías religiosas, especialmente musulmanas, otro aspecto que socava los principios liberales de respeto a la diversidad religiosa y comunitaria.

Trump, Orbán, Xi, Netanyahu, Putin, Musk, Modi. Nombres propios que parecen anunciar la pretensión por enterrar el orden «social-liberal» que hasta ahora ha definido la realidad internacional. El mundo entra en una nueva era donde los populismos «iliberales» buscan reorganizar el mundo y los equilibrios de poder en este nuevo siglo.

Volviendo a las analogías históricas tan controvertidas, el historiador inglés Timothy Snyder comparó los tiempos actuales «con la Europa de la década de 1930», una época condicionada por la depresión económica de 1929 y el auge de los totalitarismos que presagió la II Guerra Mundial. Mucho ha cambiado el mundo desde entonces pero el orden «post-liberal» aún en ciernes anuncia una colisión y repartición de poder entre la troika de grandes potencias (EEUU, China, Rusia) y elites «oligocráticas» por mantener y ampliar sus esferas de influencia geopolíticas y geoeconómicas, donde el pulso por el control de los avances tecnológicos (IA, robótica) adquirirán un peso cada vez más preponderante incluso por encima de las tensiones políticas.

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE UU y América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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PUTIN: ¿HORA DE CANTAR VICTORIA?

Roberto Mansilla Blanco*

«La tarea es la victoria». Inusualmente vestido con atuendo militar, el presidente ruso Vladimir Putin lanzó esta proclama durante una inesperada visita a Kursk, un bastión prácticamente recuperado por las fuerzas rusas tras expulsar a las «invasoras» tropas ucranianas que tomaron esta localidad en el verano pasado, en una blitzkrieg bendecida por Occidente pero cuyas consecuencias confirmaron la incapacidad de Kiev para mantenerla en pie. Con esta declaración, Putin dejaba claro que permanecen intactos los objetivos iniciales de la denominada «Operación Militar Especial» iniciada en febrero de 2022.

La escenografía «militarista» de Putin con su alto mando en Kursk tiene obvias implicaciones en cuanto a la simbología de poder y del contexto que se está abriendo en la guerra en Ucrania. Rusia avanza en el frente desalojando a las tropas ucranianas del Donbás, con la mente puesta en ganar posiciones territoriales que le permita mantener sus cartas ganadoras en la mano ante la probabilidad de sentarse a la mesa de negociaciones, sea este un armisticio, tregua o paz directa con Ucrania. En este avance militar, el Kremlin tiene en la mira la toma de la estratégica Járkov, vital para cortar en dos la logística militar ucraniana y despejar el camino hacia Kiev.

«Una propuesta positiva». Mientras lanzaba sobre Moscú y otras localidades rusas la mayor ofensiva de drones desde el comienzo de la guerra, cortesía del recién renovado apoyo militar francés y británico, en Arabia Saudita el presidente ucraniano Volodymir Zelenski aceptaba la propuesta estadounidense de un alto al fuego con Rusia por 30 días. Es la primera concesión firme por parte de Kiev hacia Moscú desde que comenzó la guerra en 2022.

«Optimismo cauteloso». Así calificó el Kremlin esta propuesta durante la reunión en Moscú con el enviado de Trump, Steve Witkoff. En Washington, el presidente de EEUU aseguró que se abre una «gran oportunidad» para poner fin al conflicto de Ucrania.

«La pelota está ahora en el tejado ruso» comentaban los principales líderes y medios de comunicación europeos toda vez que desde el Kremlin evitaban expresamente realizar una declaración oficial y definitiva sobre esta tregua mientras aseguraba que cualquier negociación sobre Ucrania «debía decidirse en Rusia». Moscú traza así sus «líneas rojas» condicionantes para eventualmente alcanzar un acuerdo.

Este 18 de marzo, Trump y Putin volvieron a conversar directamente con la intención de sentar bases firmes de negociación en Ucrania. El Kremlin anunció haber aceptado una tregua de 30 días en cuanto a ataques en la infraestructura energética ucraniana a cambio de cesar la ayuda militar y de inteligencia occidental para Kiev. Mientras que rechazó la propuesta europea de despliegue de soldados de mantenimiento de paz en Ucrania, Moscú estudia la creación de «zonas búfer» en el noreste del país, en las fronteras de Bryansk y Belgorod, así como una «zona desmilitarizada» en las regiones ucranianas del sur, cerca de Crimea, incluyendo Odesa.

En este nuevo contexto, Putin quiere poner a prueba la unidad de la OTAN mientras Trump pulsa el clima para conocer hasta dónde es capaz de llegar el Kremlin. A diferencia de su homólogo ucraniano, el presidente ruso no parece tener urgencia en abordar una negociación sin que antes las posiciones militares rusas refuercen su superioridad en el frente.

Putin interpreta con asertividad el difícil momento por el que atraviesan las relaciones transatlánticas. La nueva realidad implica la tramitación de consensos para, cuando menos, negociar de facto un acuerdo de pacificación que le resulte beneficioso en cuanto a atender sus condiciones y demandas: evitar el ingreso de Ucrania en la OTAN, asegurar las conquistas territoriales rusas y sostener un nuevo acuerdo de seguridad con Occidente.

Todo ello sin perder de vista que, lejos del aislamiento motivado por las sanciones occidentales, Moscú ha logrado ampliar sus alianzas estratégicas con actores emergentes como India. En el contexto ucraniano, Bielorrusia se erige prácticamente como un actor estratégico prioritario para Moscú, incluso como peón nuclear ruso.

Pero no es sólo el área euroasiática: Rusia busca atar sus esferas de influencia en el hemisferio occidental. Putin vía telemática confirmó su apoyo a Nicolás Maduro renovando la alianza estratégica ruso-venezolana. En un momento en que aumentan las expectativas de posible intervención militar directa estadounidense en el Canal de Panamá, el Kremlin quiere tener «atada y bien atada» su capacidad de influencia precisamente en el área de influencia estadounidense, América Latina, vía Venezuela, Cuba y Nicaragua.

Una paz incierta sobre un nuevo «Telón de Acero»

No dejemos pasar por alto algunos aspectos colaterales que pueden arrojar claves sobre porqué el contexto actual del conflicto ucraniano y las relaciones ruso-occidentales están adquiriendo una dinámica determinada por la posibilidad de poner fin a un conflicto militarmente estéril y estancado. No obstante aumentan las expectativas de que esta «nueva realidad» implique la tramitación de un nuevo «Telón de Acero» entre Occidente y Rusia, desde Finlandia y el Ártico hasta el Mediterráneo.

Mientras el mundo esperaba con cierta ansiedad la respuesta rusa a la tregua acordada por Kiev, Armenia y Azerbaiyán ponían fin a 30 años de guerra a través de un acuerdo de pacificación que estabiliza el flanco sur ruso, el Cáucaso, apetecido por Occidente para intentar atraerla y alejarla de la esfera de influencia rusa. El acuerdo implica la retirada de las fuerzas de paz de la UE en Nagorno Karabaj.

Para Moscú resulta esencial no sólo garantizar esa estabilidad sino alejar a Occidente de sus esferas de influencia euroasiáticas. No olvidemos que Georgia y Armenia han tanteado unirse a la UE y la OTAN. En el caso georgiano esta posibilidad está momentáneamente suspendida y congelada, tal y como se vio con las recientes elecciones legislativas de octubre pasado y la neutralización de las protestas pro-occidentales en Tbilisi.

Otro aspecto a tener en cuenta es el peso que Arabia Saudita está teniendo en esta controversia geopolítica entre EEUU, Rusia y Europa en torno a la guerra ucraniana. La «petromonarquía» ya acogió la primera reunión entre emisarios de Washington y Moscú para tratar una negociación en Ucrania (la segunda fue en Estambul) Recibiendo a Zelenski en la primera reunión con representantes estadounidenses tras el escándalo de la bronca con Trump en el Despacho Oval, Washington busca erigir a Arabia Saudí como un interlocutor clave mirando también el panorama en Oriente Medio.

Pero Rusia también tiene aquí sus intereses. Riad puede ser igualmente un actor decisivo en la negociación a tres bandas entre EEUU y Rusia con Irán a causa de su programa nuclear así como en la estabilidad siria, que este mes de marzo volvió a observar el retorno del conflicto con los choques entre fuerzas oficialistas y la minoría alauita y milicias del extinto régimen de Bashar al Asad que dejaron un millar de muertos. Mientras se negocia por Ucrania, Siria vuelve a sumergirse en la violencia sectaria y política con estos enfrentamientos en las provincias de Latakia y Tartús, donde Rusia tiene una base militar. Miles de cristianos y alauitas se han refugiado en estas bases militares rusas.

Mientras Trump y Putin mantenían línea directa, Israel rompió el alto al fuego en Gaza este 18 de marzo, con ataques contra posiciones de Hamás provocando más de 400 muertos. Visto en perspectiva y ante la posibilidad de observar una resolución unilateral del conflicto ucraniano, Benjamín Netanyahu muy probablemente utiliza esta ruptura como instrumento disuasivo para retrotraer la atención hacia las prioridades geopolíticas israelíes, contando con el aval de Trump.

Toda vez que Francia y Gran Bretaña intentan mantener en pie el esfuerzo bélico en Ucrania con su pretensión de ser actores relevantes en la negociación del conflicto, Trump y Putin parecen calcular estratégicamente desde la distancia una especie de reparto de Ucrania en esferas de influencia muy similar a los históricamente famosos repartos de Polonia acaecidos por las potencias europeas entre 1772 y 1939.

China, el convidado de piedra en esta ecuación del nuevo equilibrio de poder global, mira con atención desde la distancia apostando, como siempre ha venido sosteniendo desde el inicio de la guerra, por la negociación e intentando mantener a una Europa políticamente dividida como un actor relevante en este proceso de diálogo y de consensos entre diversos actores implicados, a pesar del desprecio de Trump y Putin por esta fórmula.

En Beijing calculan con atención si este «reseteo» en las relaciones ruso-occidentales, tendientes a un clima de mayor sintonía, implique una bisagra por parte de Trump con la intención de desgajar la alianza estratégica sino-rusa.

Con o sin paz en Ucrania este nuevo «Telón de Acero» fortalece la imparable carrera armamentística a nivel mundial y el nuevo reparto de mercados que esperan pactar las grandes potencias. Un reciente informe del Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI), publicado el pasado 10 de marzo, explica que la transferencia de material de defensa en el periodo 2020-2024 se mantiene en un nivel similar al que ya se registraba hace una década, aunque apunta hacia un crecimiento sostenido. EEUU, Francia y Rusia lideran este ránking de exportadores de armas seguidos de India, China y Kazajistán. En 2024, Ucrania se convirtió en el mayor importador de armas con EEUU, Alemania y Polonia como principales socios.

¿Ganó Rusia esta guerra?

Mirando en perspectiva los acontecimientos actuales entra en colación una interrogante inevitable: ¿ganó Rusia esta guerra? Las principales variables conducen a intuir afirmativamente, incluso si las negociaciones llegaran a estancarse y el conflicto en Ucrania vuelve a la escena, aunque ahora con una prioridad más degradada y menos prioritaria para las grandes potencias. Tendríamos, por tanto, una especie de reproducción de un «modelo coreano» de congelamiento permanente del conflicto con la posibilidad de no alcanzarse un acuerdo de paz.

En los mass media comienza a aflorar un sentimiento de resignación ante lo que se prevé como una victoria geopolítica de Moscú, más visible en este caso que en el plano militar. Ucrania será repartida entre Trump y Putin con un acuerdo de seguridad que implicará a toda Europa. Más allá de los intereses en las «tierras raras», el futuro de Ucrania se sumerge en la indiferencia. Independientemente de cuáles serán las condiciones para el alto al fuego y la negociación, las consecuencias sociales de esta guerra se perciben igualmente dramáticas, como por lo general sucede en cualquier escenario postconflicto.

Esta perspectiva de posible degradación en la atención del conflicto ucraniano ha motivado al inesperado proceso de «Rearm Europe» con expectativas claramente definidas en la reproducción de un clima de «guerra fría» con Rusia. Como ensayo al nuevo gobierno tripartito que está por constituirse en Berlín entre los conservadores del CDU del presumible nuevo canciller Friedrich Merz, los socialistas del SPD y Los Verdes, el Bundestag, Parlamento alemán, aprobó una reforma constitucional que ampara el rearme impulsado desde la UE y la adopción de una estrategia de economía de guerra.

El plan de rearme europeo no sólo responde a la guerra en Ucrania, sino también a la reconfiguración del orden internacional, en especial ante el vertiginoso vuelco geopolítico global impulsado por la administración Trump. Toda vez sus capacidades reales disuasorias contra Rusia son notoriamente limitadas, Europa necesita blandir la «amenaza rusa» como atenuante para impulsar una agenda de seguridad propia, menos dependiente de Washington.

Las sinergias de Trump con Putin, sus ataques a la OTAN y su antagonismo con Kiev, agudizado en las últimas semanas, han llevado a la UE a tomar por fin en serio su propia seguridad. El plan busca fortalecer áreas clave como la defensa aérea y antimisiles, la producción de municiones y la movilidad militar dentro del territorio europeo. Además, se pretende fomentar el desarrollo de una base industrial de defensa propia, reduciendo la dependencia de proveedores externos, especialmente de EEUU.

El próximo 9 de mayo se conmemora el 80º aniversario del que en Rusia se denomina la Gran Guerra Patriótica contra el fascismo con un fastuoso desfile militar para reverdecer las glorias históricas rusas. Este 2025 Putin celebrará en la Plaza Roja una nueva victoria, si cabe geopolítica, diplomática, militar, moral y psicológica.

Consciente de su superioridad en recursos y sostenido por una calculada paciencia estratégica para sortear los momentos más difíciles, Rusia se esfuerza en regresar en condición de actor de poder dentro del nuevo escenario internacional fortaleciendo su imagen ante una narrativa “patriótica” que le legitima ante su sociedad expresando una victoria de facto contra la OTAN en Ucrania y con un EEUU, antaño el principal defensor de Zelenski, aceptando las condiciones rusas. El Kremlin muy hábilmente sacará provecho de este contexto divulgando su triunfo con efectos propagandísticos toda vez adecúa su economía y a la sociedad hacia una militarización y la necesidad de securitización derivada de las presiones desde Occidente.

Por su parte, Ucrania, destruida a la espera de la jugosa reconstrucción mientras observa casi inerte cómo EEUU y Rusia esperan repartirse esferas de influencia, sin menoscabar los intereses geopolíticos de Polonia y los países bálticos, será solo un cementerio de rencores e interrogantes sobre para que sirvió esta guerra. En el fondo, Kiev se muestra contrariada y traicionada por un Occidente tan dividido como de candidez indolente.

El ex presidente Biden pedía luchar «hasta el último ucraniano». El «temido» Trump razona con otras variables: es mejor parar esta sangría inexplicable «para que no mueran más personas». Y un hábil y paciente Putin se erige ahora ya no sólo como el «señor de la guerra» sino también con expectativas de ser el «líder de la paz».

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE UU y América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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EL «REARME» (O NUEVO RAPTO) DE EUROPA

Roberto Mansilla Blanco*

La presidente de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, viene de anunciar un plan de «rearme de Europa» con un fondo previsto de hasta 800.000 millones de euros para los próximos años. Prevé igualmente un aumento hasta el 1,5% del PIB global europeo para gastos militares en aras de alcanzar la autonomía estratégica en materia defensiva.

Esta parece ser la reacción europea al impasse en la Casa Blanca entre Donald Trump y Volodímir Zelenski la semana pasada, complementados con el posterior anuncio de Trump de suspender la ayuda militar a Ucrania mientras impulsa las negociaciones con Vladimir Putin para eventualmente finalizar la guerra. Este seísmo geopolítico también está afectando a Kiev: por primera vez Zelenski propuso a Putin una tregua para detener los ataques aéreos y marítimos, propuesta que evidencia la debilidad militar ucraniana y la orfandad en la que se somete con la desconexión de la ayuda militar y de inteligencia desde Washington.

Tras su regreso del rifirrafe de Washington, Zelenski recibió el apoyo unánime de la UE en una cumbre en Londres donde el anfitrión, el primer ministro Keir Starmer, busca también reposicionar cierto nivel de poderío militar británico, principalmente dentro de la OTAN, en apoyo a Ucrania. Pero la realpolitik siempre marca su sello. En Londres, Starmer y el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, persuadieron a Zelenski de «recomponer la relación con Trump», lo que equivale a decir que se someta a sus imperativos porque «no tiene las cartas a su favor». El mismo día que Washington suspendía la ayuda militar a Ucrania, Zelenski anunciaba el reseteo de la relación con Trump, superando la bochornosa humillación recibida en la Casa Blanca.

Precisamente, y durante su visita a Washington, Starmer también recibió su «recado» por parte de un irónico Trump: «sin nuestra ayuda, ¿podrían enfrentarse en solitario contra Rusia?». Risas nerviosas de Starmer para deleite de las redes sociales.

Francia también pisa el acelerador en materia de rearme. Hace un año, el presidente Emmanuel Macron abordó la posibilidad de enviar unidades de combate para ayudar a las tropas ucranianas contra el invasor ruso toda vez tanto Macron como von der Leyen lanzaban en ese momento a Estrategia Industrial de Defensa de Europa. Esta semana, Macron confirmó ese compromiso de ayuda militar a Ucrania incluso enviando efectivos de sus fuerzas armadas, lo que provocó una inmediata respuesta desde Moscú en boca de su ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, quien consideró que si Francia envía tropas a Ucrania «estaría ingresando directamente en la guerra contra Rusia».

En el momento más difícil para las relaciones transatlánticas en las que Washington sopesa distanciarse de la OTAN y que Europa pague sus costos de defensa , Úrsula von der Leyen da un paso adelante, si bien decidido pero no menos imprevisible tomando en cuenta las capacidades reales de defensa europea, muy dependientes de la OTAN y, por lo tanto, de EEUU.

Con todo hay cierta preocupación en Bruselas sobre el excesivo poder que está teniendo von der Leyen dentro de la UE. Sabe muy bien que una atribulada y fragmentada UE precisa de un «liderazgo fuerte». La reciente victoria de su partido CDU en las elecciones generales alemanas refuerza igualmente este poder de von der Leyen en Bruselas, aunque la ultraderecha de AfD puede sacar provecho del peor momento de Zelenski (y el mejor de Putin) para afianzar sus expectativas de reconducir las relaciones ruso-europeas (sin olvidar a China)

No obstante la autonomía estratégica en defensa aborda serios retos para una Europa con crecimiento económico bajo (sobre el 1%) que ameritará reconducir fondos para garantizar el gasto militar. Aquí se especula con reducciones de los fondos de cohesión de la UE. Toda vez, la UE sabe muy bien que es un enano político y militar a nivel global, si lo comparamos con EEUU, China y Rusia. El desprecio de la administración Trump a la reciente visita a Washington de la comisaria de Política Exterior y de Seguridad, la estonia Kaja Kallas, quien no fue recibida por su contraparte, el secretario de Estado Marco Rojizo, revela esa intranscendencia europea, así percibida desde Washington y Moscú.

Con todo, el tradicional pragmatismo chino, curtido en siglos de realpolitik en Asia y Europa, entró en escena: Beijing apoya la presencia europea en las negociaciones Trump-Putin sobre Ucrania. Por otra parte, Rusia, el previsible contrincante para esta Europa que busca rearmarse, mantiene un nivel económico sólido pese a las sanciones europeas mientras reconduce un modelo económico plenamente militarista. El Kremlin prevé incrementar un 13,2% su gasto militar afirmando que tiene capacidad para resistir en esta carrera armamentista. Lanza así un aviso para von der Leyen: Europa puede «rearmarse» pero Rusia está de sobra preparada para este eventual envite.

Ante la indiferencia de Washington y el pulso de Moscú, la UE busca alternativas con otros socios como China y la India, este último recientemente visitado por von der Leyen. Esto implica una estrategia híbrida de pragmatismo geopolítico que, si bien puede ser asertiva, también determina retos. India y China son socios de Rusia (BRICS; alianzas estratégicas bilaterales) toda vez que EEUU busca crear brechas en ese eje euroasiático sino-ruso que amenaza claramente sus imperativos geopolíticos, por muy aislacionistas y unilaterales que se observan en este retorno de Trump.

Con el anuncio de «rearme» por parte de Úrsula von der Leyen, Europa entra en otra etapa, más incierta aún, tomando en cuenta el declive en las relaciones transatlánticas y el potencial del eje sino-ruso.

Escasamente experimentadas en combate, más acostumbradas a ser fuerzas de pacificación para la resolución de conflictos previamente «solucionados» por las grandes potencias, las fuerzas armadas europeas buscarán también actualizarse en un marco de reconversión industrial y tecnológico (IA; robótica) ante los retos que anuncia esta era de «remilitarización» desde Washington hasta Tokio.

En el fondo, dentro del «rearme» anunciado por von der Leyen hay una clave estratégica: las élites militaristas y los «halcones» de la industria militar-industrial europea también quieren participar en ese reparto del apetecible pastel de fondos e inversiones que se abre ahora con esta militarización a ultranza a nivel global.

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE UU y América Latina. Analista Senior de la SAEEG.