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MÉXICO CONFIRMA EN LAS URNAS UNA NUEVA HEGEMONÍA POLÍTICA

Roberto Mansilla Blanco*

Con Sheinbaum, México entra en una nueva etapa histórica iniciada en 2000 con la derrota del PRI tras 69 años en el poder

La contundente victoria de la candidata oficialista Claudia Sheinbaum con el 59,36% de los votos en las elecciones presidenciales mexicanas celebradas este 2 de junio consolida una nueva hegemonía política en el país azteca iniciada en 2018 con la llegada al poder del actual presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y su partido Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA)

La hoy recién elegida como nueva presidenta mexicana, considerada la «delfín» de López Obrador, lideró una coalición conformada por el propio MORENA, el PT y el Partido Verde. El triunfo de Sheinbaum, una reconocida académica y hasta ahora jefa de Gobierno de Ciudad de México, es igualmente histórico: se convierte así en la primera mujer en presidir México.

Una condición, la del género, que igualmente se vislumbraba en el caso de su contrincante electoral, Xóchitl Gálvez, quien obtuvo un 27,91% de los votos. Gálvez lideró una inédita coalición que incluyó a partidos ideológcamente distintos como el Partido Revolucionario Institucional (PRI), el Partido de Acción Nacional (PAN) y el Partido Revolucionario Democrático (PRD), todos ellos dominantes en la esfera política y electoral mexicana hasta la aparición de MORENA y que, tras este resultado electoral, inician una especie de «travesía en el desierto», una crisis estructural que incluso amenaza con marginarlos del espectro político.

El sello de Sheinbaum

Tras oficializarse su triunfo, en su discurso como nueva presidenta, Sheinbaum lanzó un mensaje tan reivindicativo como revelador: «seré la primera mujer presidenta en 200 años de historia republicana de México»; «No llegué sola, llegamos todas»; y «gobernaremos en paz». Sin alejarse de los postulados ideológicos de su mentor AMLO, Sheinbaum ofrece una perspectiva propia orientada igualmente a imponer su sello en el debate político en México.

Se observan aquí con mayor nitidez algunas de las señales de identidad del gobierno de Sheinbaum: una mayor implicación ecologista, de políticas de género y de justicia social en un país de 136 millones de habitantes que si bien logró reducir la pobreza en estos años de gestión de AMLO, esta tasa aún se mantiene en el 36%. Toda vez, México tiene un alto índice de feminicidios y de violencia ciudadana lastrada por el poder de los carteles de crimen organizado: la violencia provoca anualmente unas 30.000 víctimas mortales. En los últimos meses fueron asesinados una treintena de candidatos.

Esta hegemonía de MORENA se observa igualmente a nivel regional, vital para analizar los equilibrios de la política mexicana: el partido gobierna actualmente en 21 de los 32 estados a nivel nacional. Sheinbaum obtuvo más de 35 millones de votos, cinco millones más que los alcanzados por AMLO en 2018.

Esta hegemonía tiene también repercusión en el poder legislativo ya que la coalición oficialista posee ahora una mayoría aplastante: 243 de los 365 representantes en la Cámara de Diputados. En el Senado es igualmente contundente esta mayoría de la coalición: 82 de 128 escaños. Estos resultados le permitirán a Sheinbaum y la coalición gobernante sacar adelante un ambicioso programa de reformas constitucionales denominada «La Cuarta Transformación», iniciado seis años atrás con AMLO en la presidencia.

Revitalización progresista; freno a la ultraderecha

Pero el triunfo de Sheinbaum debe igualmente medirse en clave hemisférica; aquí destacan aspectos como el género y la seguridad ciudadana, con una implicación cada vez más importante en las agendas políticas regionales.

Con Sheinbaum podemos observar también una revitalización de las izquierdas progresistas latinoamericanas tanto como su triunfo implica igualmente un ‘freno de mano’ ante el ascenso de tendencias más derechistas, ultraliberales, e incluso de ultraderecha, radicalmente opuestos a esas agendas progresistas e imbuidos en una perspectiva de «batalla cultural» contra la izquierda.

Esa tendencia derechista la vemos claramente en el caso del presidente argentino Javier Milei pero también ampliada en el campo de la seguridad ciudadana con el mandatario salvadoreño Nayib Bukele. Curiosamente, previo a las elecciones mexicanas, Bukele inauguraba un nuevo período presidencial en una toma de posesión en la que fue significativa la visita de Milei, marcando una sintonía política que comienza a cosechar adeptos a nivel continental.

Con Sheinbaum se intuye también una continuidad con el legado de AMLO en lo relativo a la política exterior multilateral pero que puede observar importantes implicaciones de cara a la resolución de problemas globales, en particular el cambio climático y las actuales guerras (Ucrania, Gaza)

Siguiendo con el legado de AMLO, Sheinbaum (que no olvidemos tiene origen judío sefardita) podría mostrar una mayor predilección al reconocimiento del Estado palestino, siguiendo la tendencia que recientemente observamos en Europa con países como España, Noruega e Irlanda.

Con Sheinbaum, México entra en una nueva etapa histórica iniciada en 2000 con la derrota del PRI tras 69 años en el poder; y en 2018 con la llegada a la presidencia de un partido de izquierdas, MORENA. Trazando una nueva hegemonía de carácter progresista amparada por el apoyo popular en las urnas, Sheinbaum tendrá ahora la tarea de ampliar los esquemas de la «Cuarta Transformación» iniciada hace seis años por su mentor López Obrador, particularmente en materia de derechos políticos y sociales.

Retos y desafíos indiscutibles para uno nuevo liderazgo en un país constantemente ‘bendecido’ por los centros de poder económico y financiero como un «mercado emergente» y llamado a adquirir un protagonismo en el mundo en transformación de este siglo XXI.

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE UU y América Latina.

 

Artículo originalmente publicado en idioma gallego en Novas do Eixo Atlántico: https://www.novasdoeixoatlantico.com/mexico-confirma-unha-nova-hexemonia-politica-roberto-mansilla-blanco/

CHOQUE MULTIPOLAR, SUBVERSIÓN DEMOCRÁTICA Y DESPERTAR ESTRATÉGICO

El mundo va tomando un nuevo rumbo estratégico. China y los Estados Unidos se confrontan más abiertamente y generan una bifurcación creciente del sistema internacional, con puntos de fricción activos o en formación (Ucrania, Próximo Oriente, Mar de China, Taiwán). Desde la pandemia de COVID-19 esta rivalidad aceleró también un desacople creciente en la geoeconomía.

En paralelo, la conflictividad subyacente se ha vuelto a la vez más extendida e integrada. Desde los años 1990 las formas de guerra sistémica han crecido entre las sociedades, no solo entre enemigos declarados, sino también entre aliados, socios y competidores, en tiempo de paz como en tiempo de guerra abierta. Las fricciones se dan tanto en el exterior como en el interior de las sociedades, con batallas en el frente interno y de modo combinado entre varios espacios (militar, informacional, económico, político, normativo, etc.).

América Latina no escapa a este contexto. Su relación con las potencias occidentales le ha brindado identidad y estabilidad en el marco de la pax americana. Pero desde la mitad del siglo pasado esta relación ha dado lugar también a una dependencia creciente, manifestándose con niveles de predación, de influencia de sus élites y desorientación estratégica, resultado en parte de la influencia de sus propios aliados. Ciclos de reformismo liberal templados o inacabados han ido alternando con populismos socializantes o regímenes arbitrarios, postergando la consolidación de Estados modernos y estrategas.

A finales de los ‘90s la conquista subversiva de la arena democrática por fuerzas políticas reciclando el legado revolucionario de los ‘70s demostró el alcance del combate político-informacional y cognitivo. Cualquiera sea la naturaleza de su proyecto, lograron ocupar el andamio democrático-liberal con mayor creatividad estratégica que sus adversarios conservadores o liberales. Estos últimos han tenido muchas dificultades para evaluar a sus competidores y elaborar una respuesta a la altura de los tiempos.

Como en otras latitudes, el terreno político ya es el de una confrontación sistémica en todos los terrenos de maniobra habilitados por el sistema liberal y las interdependencias. En este marco, cualquier régimen democrático endeble o poco activo es automáticamente aprovechado y sinónimo de entrega a proyectos o ideologías más combativas. La mayor presencia de China, Rusia e Irán en el continente americano da cuenta de esto y más ampliamente de un declive ideológico del campo occidental. Sin suficiente revisión y adaptación estratégica, la esfera iberoamericana se ha debilitado. Ha visto crecer su nivel de dependencia respecto de sus aliados y adversarios. Su peso geopolítico y geoeconómico en el mundo contemporáneo da otro testimonio de eso. A diferencia de otras experiencias en el este asiático, no pudo inventar un modo combativo de inserción internacional acorde al nuevo nacionalismo económico y el sistema internacional post-1991.

En tiempo de transición y de intensificación de la confrontación, es imperativo juntar esfuerzos para promover un despertar estratégico, enriquecer la interpretación del escenario actual (y pasado) y romper ciertas categorías establecidas (izquierda/derecha, aliado/adversario, política/guerra híbrida).

Este primer ciclo de webinarios del lunes 4 de diciembre (17hs GMT-3) contará con la presencia de:

  • Ernesto Araújo (Brasil, ex-ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, autor de Política externa: soberania, democracia e liberdade).
  • Nicolás Márquez (Argentina, autor de El impostor: Evo Morales, de la Pachamama al narco-Estado y La guerra civil argentina: Los ’70 que oculta la corrección política).
  • Emilio Martínez (Bolivia, autor de Los 5 mitos de octubre y Ciudadano X. La historia secreta del evismo).
  • Alejandro Peña Esclusa (Venezuela, autor de La Guerra cultural del Foro de Sao Paulo y Cómo salvar a Venezuela del castro-comunismo).
  • Moderación: François Soulard (Francia-Argentina, autor de Una nueva era de confrontación informacional en América Latina).

La actividad será libre y gratuita.

UNA GUERRA DE VEINTE AÑOS POR EL ÁMBITO SOCIAL

François Soulard*

La democracia es el único régimen que cree estar obligado por sus principios a no defenderse de sus enemigos.

Raymond Aron (Introducción a la filosofía política).

 

Un conflicto estructural no nombrado

Es difícil, por no decir imposible, entender las problemáticas profundas de Argentina sin abordar sus dinámicas conflictivas y abordarlas desde una mirada renovada. El país no enfrenta meramente el cuadro general de cualquier integrante del Sur global, teniendo que sortear las distorsiones centro-periferia como lo recordaba Raúl Prebisch, la puja de sus facciones antagonistas internas o las fragilidades heredadas de las democracias parlamentarias tal como lo describiría un observador liberal como Martin Wolf[1]. Si bien todos estos criterios pueden ser válidos, es central focalizarse sobre la conflictividad estructural, susceptible de contener conflictos derivados, pero jerarquizando a toda la sociedad con la particularidad de ser paradojalmente menos detectable desde los marcos generales de percepción y además menos regulable desde las funciones heredadas del sistema político democrático-liberal.

En definitiva, es precisamente por una falta de percepción y de determinación para enfrentar a esta conflictividad que el país transita una situación de multiplicación de conflictos latentes y ramificados, desembocando en lo que varios comentaristas suelen retratar de «decadencia», de «zona gris» o de «Estado fallido».

Una guerra social encubierta, no convencional y no armada

En efecto, la Argentina se encuentra subsumida en un estado de guerra social de larga duración, ni declarada y ni armada, pero animada de fines estratégicos y políticos como lo es cualquier guerra contemporánea. Aplicando las reflexiones polemológicas de Aron y Clausewitz, cabría entonces designar cuáles son las entidades expresando una voluntad de enfrentamiento y cuáles son los medios violentos explícitamente movilizados en el marco del conflicto. Ahí aparece un primer problema con la segunda pregunta porque si bien podemos presenciar episodios puntuales de violencia física, es evidente que no estamos ante una confrontación violenta o una guerra civil armada de alta intensidad, semejante a otras fases bélicas de la historia nacional. No se trata de una guerra convencional, sino de una guerra combinada de otro tipo, de menor intensidad, disimulada en cuanto a sus fines, ejecutada en el ámbito social y político mediante otro tipo de fisionomía y medios.

Principales actores estratégicos

La primera pregunta enunciada en el párrafo anterior es más solventable. La dialéctica de voluntades ofensivas que estructura a Argentina pone en presencia a tres actores principales: las formaciones neomarxistas, con niveles de coordinación a nivel regional, procedentes de la tradición castro-revolucionaria y reconfiguradas después de cuatro fases previas de evolución como lo recalca Pablo Anzaldi[2]; el nacionalismo estadounidense, con su imperium continental (doctrina Monroe) y global, expresado en dos vertientes (capitalismo globalista pos-crecimiento y nacional-capitalismo liberal conservador); el nacionalismo inglés, aliado al anterior y fuente del conflicto militar en la Guerra del Atlántico Sur y de la disputa de las islas Malvinas.

Otros actores, como Venezuela, Israel, Irán o China, completan este panorama. Del mismo modo, convendría mencionar a otros actores locales, como por ejemplo las familias partidarias tradicionales de Argentina (justicialismo, republicanismo liberal, socialismo, etc.) o los sectores productivos estructurados. Sin dejar de tenerlos en cuenta, los consideraremos en este análisis en un plano más segundario.

Etapa previa: lucha armada, guerra del Atlántico Sur y political warfare posterior

La lucha armada, iniciada a partir del año 1959 con el respaldo del bloque soviético, abrió el camino para la represión militar en toda la región, avalada por Washington. En 1983, agotada la violencia tanto en los grupos civiles armados como en el régimen militar, el gobierno de Ricardo Alfonsín sentó las bases de una dependencia judicial y cognitiva decisiva para trasladar el conflicto anterior a otro escenario. Asumió la propuesta, diseñada desde la inteligencia británica y traída localmente por el jurista argentino Carlos Nino, de judicializar, en el marco del derecho civil, la pacificación posterior al enfrentamiento armado. Este proceso creó un frente de disputa interna y dio viabilidad a una ofensiva judicial y cognitiva apuntando el debilitamiento de dos núcleos del Estado nacional: la justicia y las fuerzas armadas.

Londres y Washington, doble artífices de una guerra insidiosa

Londres fue el primer artífice de esta modalidad de guerra (conceptualizada en 1948 por el norteamericano George Kennan), pero cuyos fundamentos están presentes en varias culturas estratégicas. Supo entender que la fase posterior a la victoria militar en el Atlántico Sur trasladaba nuevos antagonismos al tablero sociopolítico, con el riesgo potencial de que se reconstruya un nacionalismo argentino. Incentivó el prototipo de una guerra por el ámbito social (political warfare en inglés), basada en un conjunto de acciones combinadas e implementadas esta vez en tiempo de paz: difusión de conocimiento en universidades, presencia en los medios de comunicación, «entrismo cultural», activismo judicial, sostén de formaciones políticas colusivas (campo marxista-leninista), apoyos financieros a organizaciones locales (el Centro de Estudios Legales y Sociales en particular). Sus metas fueron debilitar la unidad estratégica del Estado nacional y modelar el entorno cultural y perceptivo de la sociedad, siempre de manera furtiva a fin de no despertar respuestas defensivas.

En paralelo, otro modelaje ofensivo se fue reforzando desde los Estados Unidos en los años 1990, a través de la generación de dependencia económica y de la jerarquización del conocimiento en materia de economía, ciencias de gestión, geopolítica y polemología. En 1993 el secretario de Estado Christopher Warren sellaba una política de seguridad económica elevada como prioridad de política exterior que Carla Hills, delegada al comercio (me parece mejor “representante comercial”) de 1989 a 1993, resumía con la siguiente fórmula: «abriremos los mercados extranjeros con una barra de acero cuando sea necesario, pero con un apretón de manos siempre cuando sea posible». El alcance de este modelaje, aplicado al interior de la OTAN y en otras latitudes, es de no divulgar las herramientas conceptuales para librar estas modalidades furtivas de guerra y de focalizar la atención en otras.

Conquista del poder e ingeniería social dual

En Argentina, el año 2003 marca el punto de retorno y llegada al poder de las formaciones afiliadas a la base neomarxista latinoamericana. Los coletazos político-económicos de fines de los años 1990 fueron aprovechados para facilitar su ascensión, de modo democrático o pseudo-arbitrario. Luiz Lula da Silva y Hugo Chávez llegan por las urnas en Brasil (2002) y Venezuela (1998), el segundo habiendo ensayado un golpe de Estado (1992). Evo Morales en Bolivia y Eduardo Duhalde en Argentina llegan luego de procesos de enfrentamiento territorial que terminan desbordando a los gobiernos establecidos (renuncia de Fernando De la Rúa en Argentina, renuncia de Carlos Sánchez de Lozada y Carlos Mesa en Bolivia como consecuencia de la Guerra del gas).

De entrada, el gobierno de Néstor Kirchner pone en marcha una ingeniería social dual (negativa y positiva), apuntando a conquistar la confianza de una parte de la sociedad a costa de la activación de conflictos triangulados y la designación de enemigos internos. Los movimientos sociales, los sectores sindicales, los partidos de izquierda y de centro-izquierda, junto con las masas informales son aliados y se ven movilizados en un proceso de rearticulación transversal. Una vez estabilizado, el poder ejecutivo anula rápidamente la Ley de obediencia debida y reabre el juicio a las cúpulas militares en continuidad con la etapa previa mencionada. Los derechos humanos son elevados al rango de secretaria de Estado y sirven de escudo informacional para atacar a poderes constituidos (medios de comunicación, justicia, fuerzas armadas, inteligencia, empresariado industrial). En el plano económico, la demanda global en commodities abrió un ciclo de prosperidad fiscal hasta el año 2010.

En el campo psicosocial, cada línea de tensión o cada adversario designado viene acoplado con un grado de desautorización que apunta a instalar un margen de rechazo en la sociedad («los militares son genocidas», «Clarín miente», «la derecha es reaccionaria»). Los medios de comunicación opositores o el campo liberal-republicano abonan a la misma lógica inversa, activando así una suerte de triángulo de Karpman (círculo vicioso de persecución, victimización, salvación), participando de una mayor polarización e histerización de la sociedad. En 2008 la Resolución 125, que cuestiona a la renta agraria, constituye uno de los conflictos más agudos obligando al sector agroindustrial a definir su límite mediante un conjunto de medidas de fuerza.

Subversión y guerra informacional

En el telón de fondo, el cuestionamiento epocal de la visión positiva del desarrollo heredada de las revoluciones industriales y de la falsa pacificación asociada a la globalización, abona al diseño de una política de relativismo y de revisionismo. Bajo el paraguas del progresismo, varios puntos débiles del liberalismo son atacados (desigualdades, crecimiento por derrame, concentración de riqueza, etc.) para legitimar un «Estado presente» a la par de los derechos sociales. En la realidad profunda, este manejo de las percepciones no impide la práctica de un capitalismo tradicional y su subversión con el propósito de captar poder y recursos. Es un hecho que la mayoría de las experiencias progresistas a nivel regional demuestran un nivel inusual de predación de recursos y de maniobras concentradoras de poder.

Los derechos humanos, al igual que el indigenismo o el ecologismo, están instrumentalizados como un factor cultural e identitario de segmentación y de complejización de la sociedad, coincidiendo ahí con la vertiente globalista del nacionalismo norteamericano. Ya practicadas en otros contextos (África del Sur, Europa del Este, Medio Oriente), estas estrategias buscan cultivar un mayor grado de entropía social favorable a la desarticulación del tejido nacional. En este punto precisamente se cristaliza una colusión de objetivos entre los sistemas de influencia anglosajona y el proyecto neomarxista latinoamericano.

En el terreno del conocimiento, la veintena de universidades creadas en el conurbano bonaerense (por citar un ejemplo) extienden la búsqueda de acomodar una matriz de conocimiento compatible con la cosmovisión de estos proyectos. Es acompañado por un entrismo en las estructuras académicas existentes. A partir de 2009 se buscó desconcentrar a los grandes medios de comunicación (Ley de servicios de comunicación audiovisual) encarnados por el grupo Clarín. Fue resistida en la justicia por medidas cautelares (demandadas por el mismo grupo Clarín) y finalmente modificada en 2016 por el gobierno de Mauricio Macri.

De forma general, la arquitectura de guerra informacional desplegada abona a mantener un cerco cognitivo en la sociedad y al interior de los grupos sociopolíticos afines. Es necesario limitar los elementos de unidad nacional o distanciarse del mito liberal fundacional frustrado de haber sido una «gran nación argentina». La realidad es sistemáticamente abordada con percepciones alteradas o desviadas y, según los casos, envueltos en ofensivas informacionales de fuerte intensidad (expropiación de REPSOL-YPF, caso Alberto Nisman, causa Correo, endeudamiento con el FMI, Santiago Maldonado, ARA San Juan). El triple registro de la victimización, combinado con el de coaccionar y de rescate (formalizado por Stephen Karpman), han potenciado los alcances de la ingeniería social.

Escasez de voluntad y de ideología

Frente a esta iniciativa de demolición endógena de la sociedad argentina, ha sido notable la escasez de ideologías, de voluntad y de métodos de parte de sus contrincantes. No es propio a Argentina, sino a cualquier régimen político dejando de ser inquieto y atento a descifrar la gramática ofensiva del siglo XXI. En este sentido, el campo neomarxista ha tenido un mayor espesor estratégico en el campo subversivo e informacional. No es una casualidad que la acción judicial sobre los hechos de corrupción haya constituido el movimiento más contraofensivo para frenar estos proyectos. En Brasil, la mega-investigación judicial Lava Jato logró rebatir varias cartas políticas con el apoyo remoto del ala del nacionalismo estadounidense quien, de paso, no dudó en hacerse de las grietas vacantes para posicionar sus peones en la economía brasileña.

Hoy, una multitud de países incentivan este tipo de guerra subterránea en el tejido interno de sus adversarios, entre ellos los Estados Unidos, Reino Unido, Irán, Israel, Rusia, Alemania y China. Si el año 2023 aparece como un año de despertar en Argentina, esta matriz conflictiva seguirá su curso. Es imperativo radiografiarla con mayor precisión, armarse mentalmente y dotar la democracia de nuevas herramientas compatibles con su vocación liberal y abierta.

* Nacido en Francia, es ensayista y coordinador de la plataforma internacional de comunicación Dunia. Titular de una maestría en Ciencias de la Tierra en Francia. Se dedicó a la planificación territorial en el norte de Francia hasta el año 2003, para luego ser observador-partícipe de las dinámicas sociopolíticas en varios continentes. En 2012 fundó la plataforma Dunia en pos de brindar servicios de comunicación digital e investigar el rol estratégico de la información. Ha sido partícipe de distintos movimientos sociales en la región, en Argentina, Bolivia, Chile y Perú. Es autor de «Una nueva era de guerra informacional en América Latina»; coautor del «Diccionario del poder mundial» (2015) y «Democracia digital» (2020). Tradujo al español y al inglés algunas obras del geoestratega Gérard Chaliand («Por qué Occidente pierde la guerra, Terrorismo y política, Atlas estratégico»). Desde 2020 colabora con la Escuela de Guerra Económica en Francia.

Miembro de la Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales, SAEEG.

 

Referencias

[1] The Crisis of Democratic Capitalism (2023). Penguin Random House.

[2] Diez tesis sobre el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Disponible en ieeba.org.

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