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LOS MALES DEL OJO EN LA POBLACIÓN DE LAS ZONAS ALTAS

Francisco Carranza Romero*

El libro “Oftalmología en la altura” (2019, Lima) llegó a mis manos autografiado gracias a la generosidad de su autor, el doctor Daniel Enrique Haro Haro. Apenas hojeando vi hermosas fotos del paisaje andino (naturaleza y personas) y los ojos enfermos. Además, los cuadros estadísticos que dan objetividad a la investigación.

En el primer párrafo de la Introducción el autor, natural de Carhuaz (provincia del Callejón de Huaylas, Áncash), declara: “[…] durante más de medio siglo dediqué mi labor a estudiar la patología ocular más frecuente de la población andina del Perú” (p. 13). Cita el principio quechua: Alli yachay, alli munay, alli ruray (Pensar bien, querer bien, hacer bien). La gente andina vive según su realidad natural y cultural: con poco oxígeno (hipoxia), clima frío, sequedad, lejos de la ciudad capital, sin la buena atención en la educación, medicina, vías de comunicación, etc. Pero el autor, por ser un andino describe con conocimiento y emoción la realidad geográfica y cultural de la región andina del Perú. Y yo, un lector sin formación en Medicina de la escuela europea, a pesar del uso frecuente de los tecnolectos médicos (la mayoría procedente de la lengua griega), he mantenido la lectura a buen ritmo porque tengo la experiencia vivencial sobre los males del ojo y su curación por ser nativo de un pueblo a 3300 msnm, y por ser hablante e investigador del quechua y de la cultura andina. Durante el proceso de la lectura he recordado también las clases de latín y griego que estudié en la secundaria.

Los lugares más específicos de la investigación son: Hospital Arzobispo Loayza, Hospital Dos de Mayo (en Lima); Morococha (4540 msnm), Cerro de Pasco y Callejón de Huaylas.

El libro está dividido en cuatro partes con los capítulos que, como los ríos andinos, continúan sin detenerse hasta llegar al capítulo XVIII que es el último. Al final de cada capítulo está la bibliografía correspondiente al tema tratado.

La primera parte. Es la ubicación del área de estudio, y tiene tres capítulos. Aquí se hace referencia al geógrafo peruano Javier Pulgar Vidal quien diferencia los pisos ecológicos en Perú de menos a más altitud con palabras quechuas castellanizadas:

  1. Chala: De 0 a 500 msnm.
  2. Yunga: De 500 a 2300 msnm.
  3. Quechua: De 2300 a 3500 msnm.
  4. Suni o jalca: De 3500 a 4000 msnm.
  5. Puna: De 4000 a 4800 msnm.
  6. Janca: Desde 4800 msnm.

El soroche o el mal de la altura es de dos tipos: Mal de Montaña agudo (MMA) o “enfermedad de Hurtado”, Mal de Montaña Crónico o “enfermedad de Monge”. Son referencias a los que estudiaron este mal (Alberto Hurtado Abadía, Carlos Monge Medrano, pioneros de los estudios de los males de la altura a más de 3000 metros).

La segunda parte. Es la más extensa, desde el Capítulo IV hasta el Capítulo XII, trata de la repercusión del medio ambiente en el ojo. “En la sierra se suma al efecto de los rayos UV, la hipoxia de la altura, la sequedad ambiental y el frío intenso en las variaciones del segmento anterior del ojo y sus anexos” (p. 53). Se refiere al oscurecimiento (melanosis), formación de placa áspera (xerosis), conjuntivitis y carnosidad (pterigión). También habla del surumpi (léxico quechua que se refiere a oftalmia de nieve), irritación de los ojos por el reflejo de los rayos solares en la capa blanca y cristalina de la nieve. A mayor altitud, más radiación ultravioleta. Por eso, los mayores, cuando se camina sobre los campos cubiertos de nieve, advierten a los menores: Surumpi tsarishunkimantaq (Cuidado que te afecte el surumpi) o la forma más escueta: Surumpitaq (Cuidado con el surumpi).

Sobre el tracoma ocular (infección bacteriana) dice: “En el Perú no es endémica, solamente se encuentra en algunas comunidades pequeñas de la selva alta y en algunas poblaciones de la sierra” (p. 69). El crecimiento de la pestaña dentro del ojo (triquiasis) y el doblamiento del párpado inferior hacia adentro (entropión) nos hace recordar estos problemas que hemos visto. Sobre la carnosidad en los ojos dice con conocimiento de causa: “El pterigión, afección ocular común en el Perú, tiene una connotación importante en la sierra, no por la gravedad de sus síntomas y signos, ni por las dificultades en su tratamiento quirúrgico, sino por la falta de atención primaria de salud ocular y la inequidad por parte del Estado en la atención de miles de pobladores de los andes, convirtiéndose en causa importante de ceguera” (p. 84).

Al tratar sobre el glaucoma dice que a mayor altura menos glaucoma; pero, advierte: “En el Perú, se calcula que el 20% de ciegos es por causa del glaucoma y se considera que igual porcentaje de la población… está en peligro de contraer esta terrible enfermedad. Por estas razones, el glaucoma debe ser detectado a tiempo” (p. 104). Para lo cual, el paciente del área rural debe viajar a la urbe.

Los ojos no sólo se enferman por los factores geográficos, también por los hábitos de la vida: comida, higiene, vivienda, relación con los animales domésticos y métodos curativos.

La gente de los lugares alejados de la ciudad a donde no llega el médico desarrolla sus propios tratamientos de terapia con aciertos y desaciertos. Es el caso del macerado del polvo de la semilla de chirimoya en alcohol o ron que sirve para matar los parásitos. El pediculus no sólo afecta al pubis (pediculus pubis), a la cabeza (pediculus capitis) también a la pestaña y párpado (pediculus oculi). Si, por matar este parásito, se aplica el macerado, éste puede entrar al ojo causando la quemadura corneal (queratopatía). Por esta razón se necesita orientar bien a la población sobre sus tratamientos de salud; pero, para hacer esta labor didáctica hay que usar el código común de comunicación, dar la muestra de querer servir, y evitar la actitud de un sabihondo supremacista.

La cisticercosis ocular es por el quiste que penetra al ojo por la ingesta de huevos de cisticerco (verme o gusano) en alimentos contaminados (carne de cerdo mal cocida, verdura regada con agua contaminada) y por no lavarse las manos antes de la comida.

La tercera parte. Abarca desde el Capítulo XIII hasta el Capítulo XVI. Trata sobre el color de la retina más oscura de la gente de la altura. “La mácula tiene mayor brillo en comparación con la de las personas del nivel del mar, algunos con coloración oscura que le da un aspecto singular de halo por el aumento de la vascularización perimacular” (p. 127).

La verruga o el mal de Carrión fue epidemia que afectó a centenares de trabajadores en la construcción del ferrocarril central, 1870. El médico Daniel Alcides Carrión en 1885 se inoculó la sangre de un paciente para conocer mejor el proceso del mal; y, gracias a su actitud valiente, se conoció la etiología, la fase febril y la medicina. Este mal también afecta a los ojos con granulomas que en quechua se llama tikti, que ya era muy conocido en el Perú prehispano como atestiguan las cerámicas mochicas. Y el causante es la bartonella baciliformis inoculada en el cuerpo humano por la picadura del mosquito hembra que vive en las áreas de clima cálido; por lo que, para pernoctar se debe usar repelente y evitar entrar a las casas abandonadas.

El hombre andino se jacta: “Estar en la altura, es estar cerca del cielo”; pero muy lejos de la asistencia del gobierno centralista y citadino. Y también a mayor altura, mayor retinopatía circinada (acumulación de la glucosa que es un elemento blanquecino semicircular). “El exceso de glucosa actúa sobre la pared vascular, afectando a la cédula endotelial, funcional y estructuralmente” (p. 150).

La cuarta parte. Abarca los capítulos XVI y XVIII donde el autor señala que Perú es un país pluriétnico y pluricultural, una realidad no sólo de ahora sino desde hace muchos milenios, resultado de muchas olas migratorias. Por eso, hablar de raza, es hablar de la cáscara y de la forma externa; porque la especie humana, en su estructura profunda, es la misma con las diferenciaciones por el lugar donde se vive por varias generaciones y por el modus vivendi.

Los yachaqkuna (los que saben) y los hampikuqkuna (los que curan) hacen su labor como sus ancestros milenarios ya que el servicio médico no llega a las áreas rurales. Ellos saben sobre el “ojeo” o el “mal del ojo” y cómo curar con ritos, sobes, brebajes y amuletos como las cintas rojas y los collares y chaquiras con semillas del huayruro. “La medicina tradicional en los Andes es aceptada culturalmente por todos sus pobladores y merece el respeto de la colectividad médica” (p. 164), doctor Haro dixit.

En el Post Scriptum expresa su gratitud a las instituciones como la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y la Universidad Peruana Cayetano Heredia y a las personas que le ayudaron en su formación profesional y en la publicación del libro.

El doctor Haro es consciente de la inequidad de la atención médica en Perú, dirigido más a la urbe capital del país y un poco a las urbes capitales de los departamentos. ¿La zona rural? Sobrevive gracias a la medicina tradicional mezclada con la experiencia terapéutica con plantas, minerales, ritos y creencias.

En Corea del Sur, me consta, existen las facultades de Medicina Oriental y de Medicina Occidental donde se preparan los profesionales para cuidar la salud de la gente. Cuando un paciente no puede ser tratado en una escuela, es recomendado para tratarse en la otra escuela. Lo importante es cuidar la salud humana. La medicina de la escuela asiática recurre a la medicina herbolaria, a la acupuntura (en todo el cuerpo o sólo en la mano), piropuntura (moxa), baños y masajes antes de recurrir a las drogas.

Ojalá (voz árabe) que, superando los prejuicios metodológicos de la curación, haya un acercamiento de los peruanos dedicados al servicio médico. El objetivo es prevenir los males, aliviar los dolores y preparar al ser mortal para terminar su existencia con dignidad.

 

* Investigador del Instituto de Estudios de Asia y América, Dankook University, Corea del Sur.

 

A 20 AÑOS DEL SUICIDIO DEL DOCTOR RENÉ FAVALORO. SU CARTA.

Si se lee mi carta de renuncia a la Cleveland Clinic, está claro que mi regreso a la Argentina (después de haber alcanzado un lugar destacado en la cirugía cardiovascular) se debió a mi eterno compromiso con mi patria.

Nunca perdí mis raíces.

Volví para trabajar en docencia, investigación y asistencia médica. La primera etapa en el Sanatorio Güemes, demostró que inmediatamente organizamos la residencia en cardiología y cirugía cardiovascular, además de cursos de post grado a todos los niveles.

Le dimos importancia también a la investigación clínica en donde participaron la mayoría de los miembros de nuestro grupo. En lo asistencial exigimos de entrada un número de camas para los indigentes. Así, cientos de pacientes fueron operados sin cargo alguno. La mayoría de nuestros pacientes provenían de las obras sociales.

El sanatorio tenía contrato con las más importantes de aquel entonces.

La relación con el sanatorio fue muy clara: los honorarios, provinieran de donde provinieran, eran de nosotros; la internación, del sanatorio (sin duda la mayor tajada).

Nosotros con los honorarios pagamos las residencias y las secretarias y nuestras entradas se distribuían entre los médicos proporcionalmente.

Nunca permití que se tocara un solo peso de los que no nos correspondía.

A pesar de que los directores aseguraban que no había retornos, yo conocía que sí los había. De vez en cuando, a pedido de su director, saludaba a los sindicalistas de turno, que agradecían nuestro trabajo.

Este era nuestro único contacto.

A mediados de la década del 70, comenzamos a organizar la Fundación. Primero con la ayuda de la Sedra, creamos el departamento de investigación básica que tanta satisfacción nos ha dado y luego la construcción del Instituto de Cardiología y cirugía cardiovascular.

Cuando entró en funciones, redacté los 10 mandamientos que debían sostenerse a rajatabla, basados en el lineamiento ético que siempre me ha acompañado.

La calidad de nuestro trabajo, basado en la tecnología incorporada más la tarea de los profesionales seleccionados hizo que no nos faltara trabajo, pero debimos luchar continuamente con la corrupción imperante en la medicina (parte de la tremenda corrupción que ha contaminado a nuestro país en todos los niveles sin límites de ninguna naturaleza). Nos hemos negado sistemáticamente a quebrar los lineamientos éticos, como consecuencia, jamás dimos un solo peso de retorno. Así, obras sociales de envergadura no mandaron ni mandan sus pacientes al Instituto.

¡Lo que tendría que narrar de las innumerables entrevistas con los sindicalistas de turno!

Manga de corruptos que viven a costa de los obreros y coimean fundamentalmente con el dinero de las obras sociales que corresponde a la atención médica.

Lo mismo ocurre con el PAMI. Esto lo pueden certificar los médicos de mi país que para sobrevivir deben aceptar participar del sistema implementado a lo largo y ancho de todo el país.

Valga un solo ejemplo: el PAMI tiene una vieja deuda con nosotros (creo desde el año 94 o 95) de 1.900.000 pesos; la hubiéramos cobrado en 48 horas si hubiéramos aceptado los retornos que se nos pedían (como es lógico no a mí directamente).

Si hubiéramos aceptado las condiciones imperantes por la corrupción del sistema (que se ha ido incrementando en estos últimos años) deberíamos tener 100 camas más. No daríamos abasto para atender toda la demanda.

El que quiera negar que todo esto es cierto que acepte que rija en la Argentina, el principio fundamental de la libre elección del médico, que terminaría con los acomodados de turno.

Lo mismo ocurre con los pacientes privados (incluyendo los de la medicina prepaga) el médico que envía a estos pacientes por el famoso ana-ana, sabe, espera, recibir una jugosa participación del cirujano.

Hace muchísimos años debo escuchar aquello de que Favaloro no opera más! ¿De dónde proviene este infundio? Muy simple: el paciente es estudiado. Conclusión, su cardiólogo le dice que debe ser operado. El paciente acepta y expresa sus deseos de que yo lo opere. ‘Pero cómo, usted no sabe que Favaloro no opera hace tiempo?’. ‘Yo le voy a recomendar un cirujano de real valor, no se preocupe’.

El cirujano ‘de real valor’ además de su capacidad profesional retornará al cardiólogo mandante un 50% de los honorarios!

Varios de esos pacientes han venido a mi consulta no obstante las ‘indicaciones’ de su cardiólogo. ‘¿Doctor, usted sigue operando?’ y una vez más debo explicar que sí, que lo sigo haciendo con el mismo entusiasmo y responsabilidad de siempre.

Muchos de estos cardiólogos, son de prestigio nacional e internacional. Concurren a los Congresos del American College o de la American Heart y entonces sí, allí me brindan toda clase de felicitaciones y abrazos cada vez que debo exponer alguna ‘lecture’ de significación. Así ocurrió cuando la de Paul D. White lecture en Dallas, decenas de cardiólogos argentinos me abrazaron, algunos con lágrimas en los ojos.

Pero aquí, vuelven a insertarse en el ‘sistema’ y el dinero es lo que más les interesa.

La corrupción ha alcanzado niveles que nunca pensé presenciar. Instituciones de prestigio como el Instituto Cardiovascular Buenos Aires, con excelentes profesionales médicos, envían empleados bien entrenados que visitan a los médicos cardiólogos en sus consultorios. Allí les explican en detalles los mecanismos del retorno y los porcentajes que recibirán no solamente por la cirugía, los métodos de diagnóstico no invasivo (Holter eco, cámara y etc, etc.) los cateterismos, las angioplastias, etc. etc., están incluidos.

No es la única institución. Médicos de la Fundación me han mostrado las hojas que les dejan con todo muy bien explicado. Llegado el caso, una vez el paciente operado, el mismo personal entrenado, visitará nuevamente al cardiólogo, explicará en detalle ‘la operación económica’ y entregará el sobre correspondiente!.

La situación actual de la Fundación es desesperante, millones de pesos a cobrar de tarea realizada, incluyendo pacientes de alto riesgo que no podemos rechazar. Es fácil decir ‘no hay camas disponibles’.

Nuestro juramento médico lo impide.

Estos pacientes demandan un alto costo raramente reconocido por las obras sociales. A ello se agregan deudas por todos lados, las que corresponden a la construcción y equipamiento del ICYCC, los proveedores, la DGI, los bancos, los médicos con atrasos de varios meses..Todos nuestros proyectos tambalean y cada vez más todo se complica.

En Estados Unidos, las grandes instituciones médicas, pueden realizar su tarea asistencial, la docencia y la investigación por las donaciones que reciben.

Las cinco facultades médicas más trascendentes reciben más de 100 millones de dólares cada una! Aquí, ni soñando.

Realicé gestiones en el BID que nos ayudó en la etapa inicial y luego publicitó en varias de sus publicaciones a nuestro instituto como uno de sus logros!. Envié cuatro cartas a Enrique Iglesias, solicitando ayuda (¡tiran tanto dinero por la borda en esta Latinoamérica!) todavía estoy esperando alguna respuesta. Maneja miles de millones de dólares, pero para una institución que ha entrenado centenares de médicos desparramados por nuestro país y toda Latinoamérica, no hay respuesta.

¿Cómo se mide el valor social de nuestra tarea docente?

Es indudable que ser honesto, en esta sociedad corrupta tiene su precio. A la corta o a la larga te lo hacen pagar.

La mayoría del tiempo me siento solo. En aquella carta de renuncia a la C. Clinic, le decía al Dr. Effen que sabía de antemano que iba a tener que luchar y le recordaba que Don Quijote era español!

Sin duda la lucha ha sido muy desigual.

El proyecto de la Fundación tambalea y empieza a resquebrajarse.

Hemos tenido varias reuniones, mis colaboradores más cercanos, algunos de ellos compañeros de lucha desde nuestro recordado Colegio Nacional de La Plata, me aconsejan que para salvar a la Fundación debemos incorporarnos al  ́sistema’. Sí al retorno, sí al ana-ana.

‘Pondremos gente a organizar todo’. Hay ‘especialistas’ que saben cómo hacerlo. ‘Debes dar un paso al costado.

Aclararemos que vos no sabes nada, que no estás enterado’. ‘Debes comprenderlo si querés salvar a la Fundación’

¡Quién va a creer que yo no estoy enterado!

En este momento y a esta edad terminar con los principios éticos que recibí de mis padres, mis maestros y profesores me resulta extremadamente difícil. No puedo cambiar, prefiero desaparecer.

Joaquín V. González, escribió la lección de optimismo que se nos entregaba al recibirnos: ‘a mí no me ha derrotado nadie’.

Yo no puedo decir lo mismo. A mí me ha derrotado esta sociedad corrupta que todo lo controla. Estoy cansado de recibir homenajes y elogios al nivel internacional. Hace pocos días fui incluido en el grupo selecto de las leyendas del milenio en cirugía cardiovascular.

El año pasado debí participar en varios países desde Suecia a la India escuchando siempre lo mismo.

‘¡La leyenda, la leyenda!’

Quizá el pecado capital que he cometido, aquí en mi país, fue expresar siempre en voz alta mis sentimientos, mis críticas, insisto, en esta sociedad del privilegio, donde unos pocos gozan hasta el hartazgo, mientras la mayoría vive en la miseria y la desesperación. Todo esto no se perdona, por el contrario se castiga.

Me consuela el haber atendido a mis pacientes sin distinción de ninguna naturaleza. Mis colaboradores saben de mi inclinación por los pobres, que viene de mis lejanos años en Jacinto Arauz.

Estoy cansado de luchar y luchar, galopando contra el viento como decía Don Ata.

No puedo cambiar.

No ha sido una decisión fácil pero sí meditada.

No se hable de debilidad o valentía.

El cirujano vive con la muerte, es su compañera inseparable, hable de debilidad o valentía.

El cirujano vive con la muerte, es su compañera inseparable, con ella me voy de la mano.

Sólo espero no se haga de este acto una comedia. Al periodismo le pido que tenga un poco de piedad.

Estoy tranquilo. Alguna vez en un acto académico en USA se me presentó como a un hombre bueno que sigue siendo un médico rural. Perdónenme, pero creo, es cierto. Espero que me recuerden así.

En estos días he mandado cartas desesperadas a entidades nacionales, provinciales, empresarios, sin recibir respuesta.

En la Fundación ha comenzado a actuar un comité de crisis con asesoramiento externo. Ayer empezaron a producirse las primeras cesantías. Algunos, pocos, han sido colaboradores fieles y dedicados. El lunes no podría dar la cara.

A mi familia en particular a mis queridos sobrinos, a mis colaboradores, a mis amigos, recuerden que llegué a los 77 años. No aflojen, tienen la obligación de seguir luchando por lo menos hasta alcanzar la misma edad, que no es poco.

Una vez más reitero la obligación de cremarme inmediatamente sin perder tiempo y tirar mis cenizas en los montes cercanos a Jacinto Arauz, allá en La Pampa.

Queda terminantemente prohibido realizar ceremonias religiosas o civiles.

Un abrazo a todos

René Favaloro

 

PANDEMIA: CUARENTENA O ECONOMÍA. AISLARSE O NO AISLARSE. ESE ES EL DILEMA.

Elio Prieto González*

 Imagen de Engin Akyurt en Pixabay

La pantalla del televisor es desde hace años una parte importante de la extensión del mundo que habitamos. Otras pantallas, como la del celular o la PC, se han convertido en el espacio donde momentáneamente vivimos. Hay canales de televisión que ofrecen 30 segundos de calma en los que se ven los paisajes del mundo de ayer. Al inicio de una sesión o al comenzar el día de clases, encuentro faros en total soledad, prístinas cascadas, bosque de bambúes cubiertos de un rocío que parece mojar mis dedos.

En la televisión la gente se arremolina en corrientes intensas, que demuestran que el hombre es un animal tozudo, que no se detiene ante un virus, aunque este sea mortífero y en este momento de la historia reciente la gente vuelve por sus fueros a desafiar la muerte y a morir y a matar. La pantalla devuelve una imagen irreal, superpuesta sobre ciudades vacías, multitudes movidas por un reclamo, grupos que revindican su derecho a morir si así lo desean, mientras otros que reivindican el derecho de todos a vivir.

Al cambiar de canal los gases lacrimógenos mutan en indóciles economistas que exponen los signos de un apocalipsis, mientras médicos, virólogos, y epidemiólogos (palabra casi desconocida hace tres meses) explican curvas modélicas que muy poco se entienden. Expresan los hechos en números, las muertes y el sufrimiento en tendencias, las acciones en más o menos bolsas para cadáveres. Se debaten las medidas que deberían adoptar los que toman decisiones. Se dice que la muerte puede ser menos letal que la pérdida de la producción y se amenaza con el hambre, la inflación, la desesperación, lo que cual hace resonar en la memoria, las imágenes de una catástrofe viral, serializada.

Los zombis están muertos y sedientos de sangre, no conocen ni tienen un alma tras los ojos, han sido víctimas del virus. Los hambrientos no conocen, están casi muertos, pueden o no haber sido víctimas del virus, pero sí serían las víctimas de la parálisis de todo un país. Economistas que entienden de curvas, deciden obviar las de los epidemiólogos, y la realidad se divide en dos: vida o economía. Los argumentos y los gritos de los que salen a la calle a vociferar conspiraciones resurgen como una pesadilla que se abre paso durante el sueño, cuando se baja la guardia y el miedo y la incertidumbre se hacen con la realidad.

En su autismo profesional hay economistas que no ignoran que cada dato positivo, real, cada número, significa una persona diagnosticada, un contagio, una vida, una muerte. Los epidemiólogos, los virólogos, los que desarrollan esta o aquella droga o utilizan alguna otra en uso, para ver si de una vez se logra que las personas, los morituri, “los que van a morir” no mueran. Todo, frente a las limitaciones de una ciencia que desde la última epidemia multiplicó por miles su conocimiento, para revelarse impotente en este primer tramo del enfrentamiento a la quimera, un virus que, pudiera decirse, tiene maldad. Sin embargo, sabemos que los virus, no pueden tenerla, porque para ello es necesario pensar y los virus no piensan.

En las pantallas los médicos explican, los economistas y algunos políticos explican. La realidad explica, es elocuente, porque se manifiesta en la cifra de muertes y en la velocidad con que los sistemas se saturan. El número de camas en terapia intensiva es un denominador que atemoriza como la hoja de una guillotina. Si son menos son más los morituri. Hay historias que se refieren a un hospital de campaña o a una emergencia con victimas múltiples. Se habla de elegir a quién tratar de salvar de acuerdo con las probabilidades y estas deben ser explicadas también. Los médicos han sido conducidos, como ocurre en las guerras, a la categoría de una deidad menor, que decide quien muere, es lo inevitable y quien vive,  que a veces muere por igual, sin remedio

Entonces en medio de las discusiones, se abre paso una intuición emocional teñida de ideas, de un conjunto de certezas previas, de una visión del mundo. Las ideas de algunos economistas coinciden con las de ciertos epidemiólogos que opinan que es mejor que mueran los más débiles, para poder retornar cuanto antes a un mundo en el que la cantidad de inmunizados impida el progreso de la enfermedad. Llegar a este punto significaría un 60% o más de contagios, en un tiempo que sería menor, si se permite que la población transmita el virus libremente. No importa que aún no sepamos si la inmunidad será duradera o temporal, como la de la gripe pero es evidente que sin tratamiento efectivo para la afección o sus complicaciones el número de muertes debe ser muy grande. Esa parte de la narración se transmuta en la referencia a una catástrofe natural. Porque se aduce que las muertes son inevitables, porque detener la economía es inevitable. La primera y la segunda inevitabilidad son el resultado de decisiones y las decisiones pueden ser fruto de los grupos de presión. En la vida virtual de las pantallas y en la calle.

Las opciones llevan casi al mismo resultado, sólo cambia algo que para los economicistas es un muss es sein, (debe ser, en el sentido de un destino) que es la cifra de muertos. Es falso, porque los epidemiólogos y economistas que han visto los resultados parciales de la opción económica, han concluido que si las muertes se disparan por encima de ciertos valores, que yo desconozco y asumo que alguien está trabajando en definir el umbral de inhibición económica por mortalidad. Si se sobrepasa este valor, la economía se hunde, el desempleo se dispara, el PBI se contrae, las compañías quiebran, se agotan por falta de personas, puesto que el efecto combinado de las muertes, los despidos y el temor a salir a la calle, la derrumban. Sea cual sea la opción debe caer. Trampa 22 que le dicen a esa situación sin salida.

En medio de esto, es necesario distinguir entre los que plantean un debate falso y los que optan por no oponer la economía y la vida, que intentan mitigar los contagios mediante el aislamiento y al mismo tiempo limitar los efectos económicos que han sido multiplicados por las inequidades previas a la pandemia, mediante el nada sencillo e inusual expediente de aplicar el conocimiento científico a las decisiones políticas. La opción de aplicar el conocimiento para limitar la propagación y las muertes incluye el freno a los despidos y el otorgamiento de subsidios y prestamos, la ayuda alimentaria. Medidas que son insuficientes según los críticos, pero reales y sostenidas. Incluyen también la flexibilización de las cuarentenas, en función de los comportamientos locales de la pandemia, lo que pretende disminuir en lo posible el colapso económico.

La interacción entre científicos y decisores políticos a nivel nacional, provincial y local es la base de la generación de medidas en la epidemia que no siendo infalibles han mostrado en las cifras resultados beneficiosos. Los guarismos no traducen el sufrimiento, pero pueden ser también sentidos además de interpretados y están mostrando mejores resultados, en comparación con países donde se han priorizado algunos protagonistas de la economía y se ha propiciado la muerte preferencial de los más débiles biológica y socialmente. Las cifras de muertos en las comunidades de menos ingresos, son elocuentes.

Es bueno recordar que en las condiciones europeas, las cifras de contagios y de muertos no fueron impulsadas por las villas o barrios que sí están presentes en América Latina. Las villas pueden tener sobre la pandemia el mismo efecto acelerador de las aguas cálidas sobre la fuerza de los huracanes. No es una especulación, es un hecho.

La necesidad de mantener la cuarentena apunta a la preservación del entramado social básico, esto supone al sostenimiento de los servicios, la producción de energía y alimentos, la educación virtual.

La flexibilización en los términos de la cuarentena, responde al hecho de que al haber menos muertes, las tensiones por salir y por la vuelta a la normalidad afloran al disminuir la percepción del riesgo. Es un efecto contradictorio, atendible en la medida en que se considera por los expertos que los riesgos de aumento del número de contagios, son aceptables. No obstante, sus resultados están caracterizados por probabilidades y es por eso que puede haber marchas y contramarchas.

Los que abogan por mantener el aislamiento lo hacen en la confianza de que es imprescindible ganar tiempo, mientras se logra un tratamiento que disminuya la mortalidad o una vacuna que frene los contagios. Esto expresa la esperanza que puede encontrarse una forma de inactivar al virus, en alguna de las etapas de la infección o moderar la inflamación que destruye los pulmones y trabajar para conocer en detalle la razón de las diferencias de severidad y mortalidad en función de la edad y muchas otras cosas que aún no se saben.

El tiempo es necesario para encontrar la cura o la vacuna, para habitualizar los hábitos, para que las personas comprendan e incorporen a su estructura moral que pueden ser los benefactores de quienes los rodean o sus matadores. La enfermedad puede dejar de ser lo que es. Pero, el tiempo es necesario.

La moral es la herramienta que pueden usar las sociedades para ayudar en esta búsqueda de tiempo. Aunque sepamos que no todos adoptan conductas nacidas en lo ético y que se sostienen en el conocimiento. Lo íntegro es usar un barbijo además de lavarse las manos, porque se concluyó que era lo mejor para frenar una propagación que ocurre principalmente por micro gotas que saltan de nuestras bocas mientras respiramos o hablamos y entonces utilizarlos se convirtió en un hecho esencialmente moral. Es necesario un nuevo código de conducta, basado en la información que nos permita actuar para hacer el bien y allí es donde además de las ideologías en pugna, se expresa con toda la fuerza la solidaridad dentro de la especie y también, por contraste, la capacidad nociva de las informaciones falsas, la letalidad de las acciones que desarman la única protección indudable, dejar al virus a una distancia en que no puede encontrar células para internalizar su ARN y convertir a una persona en un arma cargada.

Informaciones y acciones falsas, deliberadas, originadas en el desconocimiento. Los virus son una realidad de difícil comprensión. Informarse bien o desinformarse bien, desnuda la falta de compasión por los otros o simplemente las malas intenciones. En la pandemia la ignorancia es también el mal.

La necesidad de una nueva forma de actuar en sociedad, la importancia de explicar la realidad compleja y aceptar que la ciencia no es una conspiración, no serán satisfechas fácilmente. La realidad no admite interpretaciones caprichosas, que cuando se apartan de la evidencia científica, se paga en vidas, no es un momento para creer o no creer. No hay opciones. Días y semanas, quizás meses después, los efectos pueden aparecer como resultantes gravísimos de aquellos errores a primera vista imperceptibles en la respuesta frente al virus. Que no es más que una molécula, envuelta en otras y que lo único que hace es entrar a una célula, multiplicarse y destruirla y en el proceso matar a muchos. Es un mecanismo preciso y letal.

El camino hacia la salida está en actuar conforme a las propuestas de los que tienen la autoridad científica para contribuir a la protección de todos. Es la beneficencia informada. Es el imperativo de saber para hacer el bien. Es la moral frente a la infección la que nos debe proteger, pues es la guía para buscar el mayor bien para el mayor número de personas. Un imperativo que nos impide desechar a seres humanos por pobres, viejos o enfermos.

Luego, la especie prevalecerá, pero a diferencia de épocas anteriores con menos pérdidas. Este resultado es biológicamente factible, pero sólo si son socialmente aceptadas y sostenidas las conductas de protección; esas que surgen no de las necesidades impuestas artificialmente, sino de la condición necesaria para que pueda considerase cualquier otra. Sobrevivir. Uno a uno.

* El autor es médico genetista. Investigador en Genética Toxicológica y profesor universitario. Centro de Altos Estudios en Ciencias Humanas y de la Salud (CAECIHS). Universidad Abierta Interamericana.

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