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BOMBAS ATÓMICAS EXTRAVIADAS Y NUNCA ENCONTRADAS

Comandante Espuela (Revista Tiempo GNA*)

Demasiadas flechas rotas

En la jerga militar, se llama “flecha rota”, cuando la bomba nuclear no detonó y se halla perdida. En la Guerra Fría, las reservas nucleares eran muy grandes y para evitar un ataque ruso por sorpresa, los estadounidenses permanentemente tenían bombardeos que volaban por todo el mundo, con armas termonucleares armadas activas y a veces las cosas salían mal. Las bombas pesaban más de 3 toneladas, era difícil transportarlas y durante una emergencia, para que el avión no se estrellara, los pilotos “accidentalmente” las dejaban caer. El gobierno de los Estados Unidos admitió haber perdido 11 bombas nucleares: 6 en su territorio y otras 5 en el Océano Pacífico, el Atlántico y Mediterráneo. En algunos casos, las extraviadas no contenían carga nuclear; en otros, estaban completas y listas para ser detonadas. Pero algunos expertos creen que fueron unas 50 y una cantidad similar extravió Rusia. Es decir, durante la Guerra Fría, más de 100 artefactos nucleares estarían perdidos en todo el mundo y nunca fueron recuperados. Después de más de medio siglo, el festival de bombas atómicas surcando los cielos ya ha dejado consecuencias en todo el planeta. Aún hoy, muchos detalles sobre el contenido radiactivo de esas bombas y/o sus restos siguen bajo secreto.

Se busca flecha rota

La silueta que se observa en la foto, tiene el mismo tamaño de una bomba atómica que cayó accidentalmente en un bosque de los EE.UU. Cómo aún no fue encontrada, se colocaron esos carteles para que los habitantes sepan identificarla. 

Los accidentes
  • En 1956, un bombardero B-47 cargado con dos bombas atómicas se esfumó para siempre mientras sobrevolaba el mar Mediterráneo y aún hoy se ignora qué sucedió con la tripulación y su carga mortal. En EE.UU., otras bombas atómicas se perdieron en Carolina del Norte y Georgia, así como en la costa de New Jersey y el Estado de Washington. En esas zonas existen carteles con la silueta de una bomba de con ese tamaño para que sea identificada en caso que sea descubierta.
  • El 11 de marzo de 1958, por la zona rural de Carolina del Sur (EE.UU.) volaba un B-47 a unos 4.500 m de altura, por un error se desprendió una bomba nuclear de 3 toneladas que transportaba, era una Mark 6 de 26 kilotones. El artefacto atómico cayó en la huerta de la casa de Walter Gregg y su familia. El núcleo de plutonio no explotó, pero 400 kilos de un alto explosivo, detonaron dejando un vasto cráter fangoso de 16 m de diámetro por 7 m de profundidad y destruyendo la casa. La bomba tenía puestos los seguros, por lo que no hubo radiación atómica y las únicas muertes fueron algunas gallinas. La propiedad pasó a través de varios propietarios, pero ninguno se molestó en rellenar el agujero. Siguió siendo un lugar asombroso, hasta que al 50 aniversario del accidente, se creó el único sitio accesible para turistas en los EE.UU.
  • En 1965, el portaaviones estadounidense Ticonderoga, surcaba el océano Pacífico cuando uno de sus aviones cayó al mar, con piloto y bomba atómica incluidos. Se encuentran a unos 5.000 metros de profundidad y desaparecieron para siempre. Por un tiempo, el accidente se mantuvo en secreto.
  • En 1966, un bombardero B-52 que transportaba cuatro bombas nucleares, se estrelló en Palmares, España. Tres fueron encontradas pero la restante que cayó en el mar y nunca habría sido recuperada.
  • En 1968, un bombardero norteamericano que se dirigía a la base militar Thule llevando bombas nucleares, se estrelló cerca de Groenlandia, las bombas se perdieron en el mar helado. Según documentos desclasificados obtenidos por la BBC, una de las cabezas nucleares habría atravesado el hielo y fue a parar al fondo.
  • No hace mucho la BBC publicó un artículo donde cuentan la historia de un buzo canadiense que podría haber encontrado una bomba atómica. El buzo estaba explorando el mar cerca de la costa de la Columbia Británica, cuando descubrió un objeto metálico de gran tamaño que se destacaba de entre la arena. Las autoridades intervinieron y el Departamento de Seguridad Nacional Canadiense dijo que se podría tratar de una bomba nuclear perdida en un accidente aéreo en 1950. Habían pasado 67 años, pero otros idóneos en el tema negaron esa posibilidad, pues estaba lejos de donde cayó el avión que la transportaba.
  • Dentro de las que sí se encontraron, el 23 de enero de 1961 un avión de bombardeo de la Fuerza Aérea de los EE.UU. que volaba sobre Carolina del Norte, en forma accidental se desintegró en el aire cayendo a tierra dos bombas de hidrógeno MK-39 cada una de 2 megatones, en total unos 4 millones de toneladas de TNT. Todas tenían cuatro mecanismos de seguridad destinados a evitar una detonación accidental. Se hallaron en un prado enterradas en el fango a unos 30 metros de profundidad y fueron encontradas fácilmente por el paracaídas que llevaban para un descenso controlado que estaban enredados en los árboles.

La guerra fría duró 46 años y se podría escribir un libro del centenar de esos accidentes, donde el mundo tuvo mucha suerte. El 90% de los incidentes donde el artefacto nuclear no fue encontrado, es clasificado como secreto, por lo que algunas historias nunca se sabrán.

 

* Revista independiente para el personal de la GNA, Tiempo GNA, Nº 64, enero de 2022.

 

1991: EL ÚLTIMO AÑO ESTRATÉGICO DEL SIGLO XX

Alberto Hutschenreuter*

El 25 de diciembre de 1991, Mijaíl Gorbachov renunció como presidente de la URSS. Para entonces, el dirigente que en 1985 había sido encumbrado por el Partido-Estado para dirigir y revitalizar a la gran potencia, se encontraba políticamente débil, aislado y desamparado. Si bien durante los días previos había realizado importantes esfuerzos para evitar la disolución del país proponiendo nuevas estructuras continuadoras, por caso, una Comunidad Euroasiática de Estados Independientes, ya era muy tarde.

El proceso final del derrumbe tuvo lugar el 8 de diciembre en una localidad de Bielorrusia próxima a Brest Litovsk (la ciudad donde en marzo de 1918 los bolcheviques, para salir de la guerra, firmaron un humillante tratado ante los alemanes).

Allí, en la localidad de Belavezha, el presidente del Soviet Supremo de la República Socialista Soviética de Bielorrusia, Stanislav Shushkiévich, el presidente de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia, Boris Yeltsin, y el presidente de la República Socialista Soviética de Ucrania, Leonid Kravchuk, firmaron un tratado que contenía los siguientes términos: “Nosotros, las repúblicas de Bielorrusia, Rusia y Ucrania, en calidad de Estados fundadores de la URSS y firmantes del Tratado de Unión de 1922, en adelante designados como altas partes contratantes, constatamos que la URSS como sujeto de derecho internacional y realidad geopolítica deja de existir”. Seguidamente, las partes fundaron la Comunidad de Estados Independientes (CEI).

Considerando el propósito de la declaración, el “contrato” de Belavezha es uno de los momentos estratégicos del siglo XX, pues el mismo no solo puso fin a un Estado, sino a uno de los dos poderes mayores que desde 1945 (cuando no desde 1917) habían reducido la casi totalidad de las relaciones internacionales a su granítica razón ideológica y de poder.

En clave pertinente, allí también se manifestó lo que ha sido una “regularidad” en las relaciones entre Ucrania y Rusia: la oposición y desconfianza de la primera en relación con las ambiciones centralizadoras de la segunda (hay que recordar que, a principios de diciembre de 1991, el 90,3 por ciento de los ucranianos votó por la independencia). Como bien señala la experta Hélène Carrère d’Encausse en “Seis años que cambiaron el mundo. 1985-1991, la caída del imperio soviético”, una obra imprescindible para comprender detalladamente lo que sucedió en los años terminales de la URSS, el mandatario ucraniano se preocupó en dejar en claro que cuando se hablaba de “comunidad”, en ningún caso se trataba de una estructura de integración, sino de una fórmula de “divorcio civilizado”.

Por otro lado, había que resolver la cuestión relativa con las armas nucleares desplegadas en las repúblicas de Ucrania, Bielorrusia y Kazajistán. Para ello, un acuerdo alcanzado el 21 de diciembre entre Rusia y estas repúblicas estipuló que dicho armamento sería transferido a la RSFS de Rusia durante los meses siguientes.

Ese mismo día, otras ocho repúblicas siguieron lo que Bielorrusia, Ucrania y Rusia habían pactado en Belavezha, en tanto que los Estados Bálticos y Moldavia ya habían elegido antes la independencia (los primeros no adhirieron a la CEI).

Pero la CEI (de la que finalmente no formaron parte Ucrania y Georgia) no fue la sucesora de la URSS. El “Estado-continuador” fue la Federación Rusa, es decir, la nueva entidad estatal mantuvo su condición “V3” en la ONU (voz, voto y veto) y la relación o la membresía con otras instituciones; finalmente, Rusia retuvo las armas estratégicas y tácticas.

El experto Leon Aron definió de un modo preciso a la Federación Rusa tras el final de la URSS: una superpotencia nuclear, una superpotencia regional y un gran poder mundial. Claramente, el notable descenso interno y externo de Rusia en los años noventa la alejó de cualquier status de superpotencia.

Durante su primera década de vida, Rusia transitó dos situaciones: la primera, durante 1992-1994, fue una Rusia extraña, desconocida. Los funcionarios y asesores del presidente Yeltsin, sobre todo, su ministro de Exteriores, su primer ministro y el propio mandatario, consideraron que había que transformar a Rusia en un país moderno y, para ello, no había que repetir ninguna nueva transformación extraña (recordando lo que consideraban el horror bolchevique). Y para ello era necesario tener las mejores relaciones con Occidente, al punto de “seguir a Occidente”. La segunda situación fue cuando Moscú cayó en la cuenta de que su política exterior romántica no implicaba ninguna reciprocidad de la otra parte. Pero su condición general era muy comprometida; por tanto, su reacción no fue más allá de la retórica.

Pero Occidente, que había ganado la Guerra Fría, no estaba interesado en ningún tipo de cogestión internacional rusa-occidental. Por ello: ¿implicó el final de la Guerra Fría que Occidente dejara de considerar a Rusia como un eventual nuevo desafío? A juzgar por lo que ha sucedido desde el mismo final de la contienda, la respuesta es no.

Por tanto, lo que tenemos desde entonces hasta la crítica situación actual es una nueva rivalidad. En gran medida, el desenlace del estado actual de “ni guerra ni paz” entre ambos actores determinará el curso internacional en los próximos lustros.

En cuanto al porvenir de Rusia, el mismo está muy asociado a las medidas que finalmente se adopten en relación con la reestructuración de la economía rusa. En buena medida, hay paralelos con el tiempo de Gorbachov, pues la suerte de Rusia (y de Putin) depende de ese cambio (como pasó cuando Gorbachov fue encumbrado al poder soviético). Si finalmente hay un “Putin III”, su desafío será trascender al “Putin I”, el que logró ordenar Rusia hacia dentro y ser respetada desde fuera. El “Putin II” es el líder post-Crimea, el que está dispuesto a defender los intereses vitales rusos hasta las últimas consecuencias. Pero el contexto socioeconómico actual de Rusia es menos fuerte que hace una década. Por tanto, ¿podrá Rusia afrontar una nueva era de competencia militar sin que se resienta más su economía?

Breves sobre el curso de la URSS en el siglo XX

1991 fue el último año estratégico del siglo XX y tuvo, una vez más, a la URSS como protagonista. Hasta entonces, había cuatro eventos o acontecimientos de escala que permitían explicar el siglo: la Gran Guerra, la Revolución Rusa, la Segunda Guerra Mundial y el proceso de descolonización en Asia y África. En 1991 se sumó la ruptura de la Unión Soviética. Allí se acabó la centuria, la que se había iniciado con la guerra ruso-japonesa en 1904, la primera catástrofe de Rusia en el siglo XX, si dejamos de lado la tremenda hambruna que experimentó el país en la región del Volga en la última década del siglo XIX junto con epidemias de cólera y tifus. Para el historiador Orlando Figes, estos acontecimientos marcaron el comienzo de la descomposición de la autoridad del zarismo en Rusia.

A partir de la derrota frente a Japón y hasta la muerte de Stalin en 1953, Rusia transitó casi continuamente eventos disruptivos de violencia variable que hicieron del país euroasiático una desgraciada excepción en el mundo. Sólo consideremos los siguientes “impactos”.

1905-1907: disturbios internos.

2011: asesinato del primer ministro reformador Piotr Stolypin

1914: Primera Guerra Mundial, derrota ante las fuerzas alemanas.

1917: dimisión del zar, revolución, gobierno dual y toma del poder por los bolcheviques.

1918: Tratado de Brest Litovsk, capitulación y cesión de importantes territorios a Alemania.

1918-1921: guerra civil, comunismo de guerra y hambruna.

1919: exclusión de la Conferencia de Versalles y de la Liga de las Naciones.

1920: guerra con Polonia, pérdidas territoriales.

1923-1924: pugnas por el poder.

1927: comunismo de guerra II, socialismo en un solo país, colectivización forzosa de los campesinos.

Década de 1930: hambruna en Ucrania, industrialización forzosa, terror y persecución implacable a opositores y sospechosos.

1939: guerra con Japón. Segunda Guerra Mundial.

1941: invasión de Alemania y guerra de exterminio.

1945: victoria de la URSS (24 millones de muertos). Inicio de la Guerra Fría.

1945-1953: tercer ciclo de comunismo de guerra.

1953: muerte de Stalin.

Hay que señalar que la toma del poder por parte de los bolcheviques implicó un seísmo integral en Rusia, sobre todo porque la sociedad pasó a vivir bajo un régimen de violencia sin precedente (eso fue el comunismo de guerra). Se trató de un fenómeno político, social ideológico y económico nuevo, un experimento desde una alternativa cuyos resultados se desconocían (el economista John K. Galbraith decía que a principios del siglo XX las alternativas al capitalismo eran muchas y gozaban de respaldo). Asimismo, también fue novedosa la política exterior del nuevo régimen, pues la misma implicó una ruptura con la diplomacia clásica, la que suponía relaciones “de Estado a Estado”. Ahora, la relación era de Estado a clase trabajadora de Estados capitalistas, es decir, suponía una “diplomacia de subversión”, pues trabajaba para que dichas clases se levantaran contra el orden reinante, como había ocurrido en Rusia.

Sin duda alguna, la guerra con Alemania entre 1941 y 1945 fue el reto mayor que afrontó el país. Si la URSS finalmente no hubiera prevalecido, Alemania habría conseguido «colonizar» el país, es decir, hacerse con sus recursos vitales y esclavizar a su población. Esto fue lo que estuvo en juego en la URSS durante aquellos años de “guerra de exterminio”, como bien la definió Laurence Rees.

La URSS comenzó a convertirse en superpotencia a partir de la Operación Ofensiva Bagration, en 1944, el equivalente soviético al desembarco en Normandía en el oeste. A pesar de la victoria en la Gran Guerra Patria, en 1945 la URSS se encontraba debilitada tras el tremendo esfuerzo de guerra. Pero, como sostiene Adam Ulam, Stalin no sólo hizo creer a Occidente que la URSS se mantenía fuerte, sino que incluso estaba dispuesta a enfrentarlo militarmente. Pero sabemos que entonces y hasta 1949, cuando la URSS tuvo su artefacto nuclear, Estados Unidos poseyó un poder incontestable.

En los años cincuenta, la URSS comenzó a “saltar” la barrera de contención que le impuso Occidente. Lo hizo a través de tres instrumentos: el aeroespacial, pues desde el momento que la URSS colocó el Sputnik en el espacio, quedó claro que la potencia preeminente poseía capacidad misilística intercontinental, una capacidad estratégica que preocupó sobremanera a Estados Unidos (ello explica el aumento notable del gasto militar en tiempos de Kennedy); el apoyo a los movimientos de liberación nacional; y, por último, estableciendo sistemas de cooperación con países que no coincidían ideológicamente con Moscú, pero se oponían a la influencia de los poderes coloniales, por caso, Egipto, Ghana, Indonesia, etc.

El otro dato en los años cincuenta fue que, con la desaparición de Stalin, desapareció el totalitarismo en la URSS. Como sostiene el francés Alain Besançon, a partir de 1953 ya no hubo en la URSS «comunismo de guerra». El régimen mantuvo el patrón autocrático, pero ya no hubo olas de violencia sobre la sociedad. Ello explica la publicación de obras literarias como las de Pasternak y, sobre todo, Solzhenitsyn.

Esto fue posible porque Krushev intentó cierta modernización de la URSS. Es cierto que algunos del “equipo de Stalin”, para usar palabras de Sheila Fitzpatrick, ya no estaban; pero la estructura del Partido, particularmente en relación con el segmento de jefes regionales, resistió la modernización. Ello y la crisis de los misiles definió la suerte de Krushev en 1964.

Siguiendo la estrategia del almirante Serguéi Gorshkov, en los años cincuenta la URSS comenzó a construir un poder naval de alcance oceánico (hasta entonces dicho alcance era costero), transformación que llevó a que el poder naval soviético se desplegara globalmente en los años setenta. En buena medida, Gorshkov sumó la condición geopolítica marítima a la predominante geopolítica terrestre rusa.

Esta última década fue estratégica para la URSS. Aunque el comunismo estaba lejos de ser alcanzado y en su lugar existía lo que Ulam denominó “comunismo de vitrina” (Brezhnev consideraba que había un “socialismo maduro”), la URSS fue reconocida por Estados Unidos como par estratégico y la incorporó al diseño interestatal de Kissinger, basado en el equilibrio de poder entre ambos poderes y China.

Pero la URSS continuaba siendo lo que había advertido tiempo atrás George Kennan: un actor igual a los demás, pero a la vez diferente a los demás. Por tanto, negociar con ella era prácticamente inútil, pues se trataba de una potencia ideológica que no aceptaba el statu quo. Se comprometió a respetarlo en Europa tras la Conferencia de Helsinki de 1975, pero no en el resto del mundo. Precisamente, en esta cuestión se fundó Brzezinski en sus memorias, “Power and Principle”, para objetar la política de equilibrio de poder pretendidas por las administraciones de Nixon y Ford.

Sin embargo, la notable extensión geopolítica de la URSS no estaba respetando la situación económica interna, situación que se volvió más preocupante cuando la superpotencia intervino en Afganistán, escenario que, como bien se dijo, acabó convirtiéndose en el “Vietnam soviético”, y cuando Estados Unidos brindó su asistencia a los movimientos que luchaban contra los gobiernos pro-soviéticos en todos los rincones del mundo.

Aunque el mundo ingresó a fines de los setenta en una era de nueva tensión bipolar, la URSS ya acusaba serias dificultades económicas, producto, en gran medida, de problemas relativos con la productividad económica, los que se iniciaron, como bien sostiene el economista Vladimir Kontorovich, en los años cincuenta.

El experto Severyn Bialer definió muy bien la crisis de la URSS en los ochenta: en su libro “The Soviet Paradox”, Bialer fundamenta los términos de esta ecuación que la URSS nunca pudo resolver. Lo paradójico fue que el hombre elegido para hacerlo, Mijail Gorbachov, el “séptimo secretario”, acabó siendo, como muy bien sostuvo un analista francés, el hombre responsable del fin de la URSS.

Pero a pesar de las dificultades, nadie podía imaginar que la URSS desaparecería. Hubo algunos pocos que se acercaron bastante con sus análisis, por ejemplo, el francés Emmanuel Todd y el economista austriaco Frederick Hayek, mas no tanto los sovietólogos, tal vez con la excepción de Carrère d’Encausse y Brzezinski, quienes se refirieron a los problemas que implicaban para el régimen político del Partido-Estado los nacionalismos en las repúblicas y los retos tecnológicos.

 

Pero la ruptura del país no parecía un escenario próximo. Cuesta creer que haya sucedido. Pero ocurrió, y por la dimensión del hecho y por lo que había sido la URSS, una de las dos potencias de escala sobre las que se fundó no solo el régimen internacional por casi medio siglo, sino la misma posibilidad de supervivencia de la humanidad, sin duda alguna 1991 fue un año estratégico, el último del siglo XX.

 

Referencias

Adam Ulam, La Unión Soviética en la política mundial 1970-1982, GEL, Buenos Aires, 1985.

Alain Besançon, Breve tratado de sovietología, Buenos Aires, 1977.

Alberto Hutschenreuter, Carlos Fernández Pardo, El roble y la estepa. Alemania y Rusia desde el siglo XIX hasta hoy, Editorial Almaluz, Buenos Aires, 2017.

Emmanuel Todd, La caída final. Ensayo sobre la descomposición de la esfera soviética, Emecé Editores, Buenos Aires, 1978 (la obra original en francés fue publicada en 1976).

Frederick Hayek, La fatal arrogancia. Los errores del socialismo, Unión Editorial, Madrid, 2011.

Hélène Carrère d’Encausse, Seis años que cambiaron el mundo.1985-1991, la caída del imperio soviético, Ariel, Barcelona, 2016.

Laurence Rees, Una guerra de exterminio. Hitler contra Stalin, Crítica, Barcelona, 2006.

Leon Aron, The Foreign Policy Doctrine of Postcommunist Russia and Its Domestic Context, en Michael Mandelbaum, The New Russian Foreign Policy, A Council On Foreign Relations Book, USA, 1988.

Orlando Figes, La Revolución Rusa (1891-1924). La tragedia de un pueblo, Edhasa,

Barcelona, 2000.

Orlando Figes, Revolutionary Russia, 1891-1991, Penguin Books, London, 2014.

Severyn Bialer, The Soviet Paradox. External expansion, internal decline, Alfred Knopf, New York, 1987.

Sheila Fitzpatrick, El equipo de Stalin. Los años más peligrosos de la Rusia soviética, de Lenin a Jrushchov, Crítica, Barcelona, 2016.

Vladimir Kontorovich, “The Economic Fallacy”, National Interest, Number 31, Spring 1993.

Zbigniew Brzezinski, Power and Principle. Memoirs of the National Security Adviser, 1977-1981, Farrar Straus & Giroux, 1983.

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REFLEXIONES SOBRE RUSIA Y LOS BALCANES ESLAVOS

Giancarlo Elia Valori*

Los Balcanes, que se encuentran en la encrucijada de carreteras y civilizaciones, se han establecido a lo largo de la historia como el “polvorín de Europa”. Las contradicciones religiosas y étnicas, una posición geográfica favorable, así como el deseo de los países más fuertes de reducir la región por sí mismos y muchos otros factores, han convertido repetidamente a los Balcanes en un campo de feroces batallas.

Después de haber destruido Yugoslavia en la década de 1990 en el contexto del colapso del socialismo real de Europa, Occidente ha comenzado a imponer intensamente el llamado motor europeo y vector de desarrollo en los países balcánicos. Recientemente también ha intensificado significativamente sus acciones en esta dirección. A principios de febrero de 2018, la Comisión Europea esbozó una nueva estrategia para la aparente inclusión acelerada de seis países balcánicos en la UE: Albania, Bosnia y Herzegovina, Macedonia, Serbia, Montenegro y también el parcialmente reconocido Kosovo.

¿Cómo podemos explicar el deseo de la UE de incorporar rápidamente a los países balcánicos a sus filas? Varios factores juegan un papel en este sentido. En primer lugar, la voluntad de los líderes de la UE de mostrar al mundo que el Brexit no ha socavado las posiciones de unificación y que la UE no solo vive, sino que también se expande. Teniendo en cuenta que el movimiento hacia el este está restringido y limitado por Rusia, el vector para la ampliación de la UE se ha dirigido al sudeste.

El factor del fantasma ruso —comunista o no— ha funcionado bien también en este caso: la UE no quiere permitir la preservación y aún más el fortalecimiento de las posiciones de Rusia en los Balcanes.

Otro factor determinante es la estrecha integración entre la UE y la OTAN. De acuerdo con el esquema ya establecido, primero los nuevos miembros son admitidos en la Alianza del Atlántico Norte y luego, una vez que han pasado por una serie de procedimientos e implementado importantes reformas de política interna, que en realidad privan a los Estados de su soberanía nacional, se les invita a unirse a la UE, aunque en Hungría y Polonia (antiguas democracias populares como algunos países balcánicos) el crisol de presiones de homologación al estilo estadounidense encuentra fuertes obstáculos.

El factor económico se está alimentando aún más en los Balcanes. Después de todo, este es un mercado adicional de 20 millones de personas. La península balcánica es rica en carbón negro y lignito. Los campos petroleros y los depósitos de gas natural son raros, pero a menudo se encuentran depósitos de mineral metálico no ferroso. También hay que recordar que las rutas energéticas más importantes pasan por los Balcanes.

Finalmente, después de haber admitido a los países balcánicos en sus filas, a la Unión Europea le gustaría mucho asignarles el papel de “zona de estacionamiento para migrantes”, es decir, reducir el flujo hacia el centro del continente europeo —los países ricos— procurando descargar la carga “europea” políticamente correcta sobre los hombros de los Balcanes y los antiguos países socialistas.

Los Estados Unidos de América bombardearon la República Federativa de Yugoslavia en 1999 y luego fueron reembolsados —después de haber presentado el proyecto de ley a la temible UE— rogando a los europeos la posible oportunidad de restaurar lo que había sido destruido.

Desde 1999 la Casa Blanca ha asegurado firmemente no solo el derecho de líder y árbitro, sino también el papel de actor principal en la región. Son los políticos estadounidenses, los militares y las multinacionales quienes tocan el primer violín en la orquesta, además de ser el director.

La Unión Europea está ocupada con ejercicios de decoración y cosméticos (en primer lugar, la retórica de los derechos humanos, así como varias mojigaterías hipócritas) y todo esto es de interés para los Estados Unidos. No es una coincidencia que las dos bases militares más grandes del sudeste de Europa se hayan construido en Kosovo, a saber, Camp Bondsteel y Camp Film City.

Otro resultado del bombardeo, aplazado con respecto a 1999, fue la secesión de Montenegro de Serbia. En junio de 2017, ese país con una población menor (622.373 habitantes) e importancia estratégica con desembarcos en el mar Adriático, gracias a los esfuerzos de políticos precarios y, sobre todo, del ex líder comunista Milo Đukanović, se convirtió en el miembro número 29 de la OTAN. Vale la pena mencionar que Montenegro, ni siquiera miembro de la UE, apoyó las sanciones contra su hermana eslava Rusia.

Cabe señalar que el bombardeo y la ocupación real de los países balcánicos por parte de las tropas estadounidenses y de la OTAN permitieron a sus defensores enriquecerse considerablemente.

Por ejemplo, el general Wesley Clarke, quien comandó las fuerzas de la OTAN en Kosovo, ahora es dueño de una compañía energética canadiense que depende en gran medida del carbón y de los productos de combustible sintético de Kosovo. La lista continúa. El hecho principal es que a las multinacionales estadounidenses se les dio un sólido premio mayor en los Balcanes, al que nunca renunciarían.

Serbia tiene el potencial para el desarrollo alternativo. Al mismo tiempo, está bajo el estricto control de los Estados Unidos y de la OTAN, y la presión más intensa se está ejerciendo sobre ella.

La posición de los dirigentes serbios puede describirse como un acto de equilibrio político. Hasta ahora ha dado sus frutos, pero esta situación no puede durar para siempre. Además, no Rusia, sino Occidente está pidiendo insistentemente a Serbia que decida con quién se encuentra. En la víspera de la visita de Sergei Lavrov a Serbia (febrero de 2018), y coincidiendo con el aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas mutuas, hubo una larga conversación entre el presidente Aleksandar Vučić y el jefe de inteligencia británico del MI-6. Se desconoce el contenido de la conversación, pero el hecho de que se haya celebrado una reunión de este tipo habla por sí sola.

Tras la salida del ministro Lavrov, se llevaron a cabo conversaciones entre el presidente Vučić y la canciller Merkel, cuya esencia —aparte de frases fijas— no se hizo pública. Más tarde se produjo la visita de Wes Mitchell, asistente del Secretario de Estado de los Estados Unidos (2017-2019), quien vino a Belgrado con el nuevo plan de los Estados Unidos para Kosovo. Cabe destacar que Mitchell visitó Pristina por primera vez, donde declaró claramente que las fuerzas de seguridad kosovares se convertirían en un “ejército de la República de Kosovo” y que nadie tenía derecho de veto sobre esa cuestión. Esta fue una fase fundamentalmente nueva en la política de los Estados Unidos, porque de antemano la diplomacia de los Estados Unidos insistió en que solo de acuerdo con la Constitución todas las minorías nacionales tendrían que dar luz verde para la creación del Ejército de la República de Kosovo.

Volviendo a la cuestión de la pertenencia a la UE en términos socioeconómicos, la situación en todos los países balcánicos es muy difícil: alto desempleo, falta de perspectivas sociales, pobreza, degradación general de las infraestructuras y de todas las esferas de la vida. Según el Banco Mundial, en los últimos años la tasa oficial de desempleo en la región ha sido 2-3 veces superior a la media de la UE.

Todo esto se ve agravado por una pérdida real de soberanía. Los Balcanes se han convertido en una periferia mundial, y algunos expertos afirman que hay muchos conflictos grandes y pequeños latentes o incluso persistentes allí, cada uno de los cuales podría hacer estallar la región.

Por razones históricas, culturales, religiosas, políticas, socioeconómicas y geopolíticas, los Balcanes han sido y siguen siendo una zona particularmente vulnerable de la política mundial. Se está desarrollando un proceso severo en el marco del extremismo islamista (principalmente el movimiento wahabí originario de Arabia Saudí), cuyos defensores están trabajando proactivamente para crear el llamado Califato de los Balcanes. El logro de este objetivo requiere una estrecha interacción de sus patrocinadores y organizadores con las estructuras de la delincuencia organizada transnacional y el terrorismo internacional.

Como resultado, los brotes en la región representan una amenaza para la seguridad y la integridad territorial de los países balcánicos y del resto del mundo.

En la región se están realizando esfuerzos para concentrar el flujo de todos los migrantes procedentes de África, el Afganistán y el Cercano Oriente y el Oriente Medio. Por un lado, la migración es algo ordinario para los Balcanes. A lo largo de la historia, los flujos humanos han cruzado y aún cruzan los Balcanes. Por otro lado, desde 2015 el fenómeno ha adquirido una gran escala y ha ido acompañado de reacciones tan negativas que los países balcánicos no son capaces de hacerle frente ni siquiera con fondos de la UE. El hecho es que este flujo migratorio puede cambiar radicalmente la situación etno-religiosa y política en la región.

La gran mayoría de los migrantes a los Balcanes son personas de entre 27 y 30 años, que practican el Islam. Por lo general, no están limitados por el dinero, sino por motivos religiosos. La ruta de la gran mayoría de los refugiados pasa por Turquía, desde donde llegan a Grecia por mar. Luego cruzan la frontera macedonia y pasan a la frontera serbia. Algunos de los refugiados permanecen en Macedonia, mientras que otros, después de cruzar la frontera, se establecen en el sur de Serbia en áreas con mayoría musulmana. Algunos penetran en las regiones profundas de Serbia, mientras que la mayor parte se traslada a los países de la UE.

También hay un problema relacionado con la migración, a saber, el tráfico de drogas. Actualmente, los Balcanes no son sólo una “ventana a Europa” para los terroristas de la droga, sino que son cinco puertas abiertas de par en par por razones geográficas naturales: Albania-Macedonia-Kosovo-Bosnia Central-UE; 2. Turquía-Bulgaria-Macedonia-Serbia meridional-Bosnia; 3. Cruce fronterizo Dubrovnik-Debeli Breg; 4. Rijeka, sólo si se encuentra en Croacia y Eslovenia; 5. Balcanes del Norte-República Checa-Países escandinavos.

Con referencia específica a Bulgaria en términos políticos y socioeconómicos, la situación no es mejor que en la zona post-yugoslava. Bulgaria está siguiendo una línea política acordada con los Estados Unidos y la UE, y principalmente con la Casa Blanca.

En las últimas décadas la política exterior de Bulgaria ha estado dirigida a separar a Bulgaria de Rusia. Al mismo tiempo, los políticos búlgaros no son tan agresivos en su retórica y acciones como los polacos o los bálticos, sino que persiguen una línea de ruptura muy consistente. Es significativo que incluso al evaluar la liberación de Bulgaria por parte de Rusia durante la guerra contra los turcos en 1877-1878, el gobierno de Bulgaria está involucrado en una sustitución de conceptos.

Nadie minimiza la hazaña significativa de los soldados y oficiales, independientemente de su nacionalidad, pero liberaron Bulgaria bajo banderas rusas después de 480 años de dominación turca. Esto significa que, en las condiciones modernas, centrarse en enumerar a los pueblos que lucharon, y no en el papel de Rusia, es un acto político que encaja en la línea de política general de “empujar” a Rusia fuera de la región.

Al mismo tiempo, aunque no es rusófilo, el actual presidente búlgaro, Rumen Radev, aboga por el pragmatismo en la política mundial y ha declarado públicamente en repetidas ocasiones la necesidad de romper el estancamiento en las relaciones búlgaro-rusas.

El Presidente, sin embargo, es una figura representativa. Bulgaria es una República Parlamentaria en la que el Primer Ministro desempeña el papel principal. Bojko Borisov actúa al estilo Merkel: no hace declaraciones duras, sino que opera de acuerdo con el patrón estadounidense. Hay tres posiciones estadounidenses en Bulgaria (las bases aéreas de Bezmer y Graf-Ignatievo, así como el campo de entrenamiento de Novo-Selo) y esto determina la política exterior de Bulgaria.

Finalmente, cuanta menos atención presta Rusia a los Balcanes, más se alejan de Rusia. La colaboración, como la no cooperación, da frutos maduros o podridos. En la historia de los Balcanes, Rusia nunca ha traído la confrontación a la región, sino que siempre ha tratado de eliminarla. Cuando Grecia iba a volver a entrar en la zona de influencia occidental de acuerdo con el esquema de Yalta, Stalin no se opuso, y los comunistas griegos fueron abandonados a su suerte en 1949 y en gran parte huyeron a Albania. En 1948, cuando la Yugoslavia de Tito prefirió el paraguas estadounidense, fueron los Estados Unidos los que interfirieron en la esfera de las democracias populares. Después del colapso del Muro, el “paraíso en la tierra” de Tito de los sumideros (el llamado foibe) ya no tenía ninguna razón de existir y fue utilizado como un accesorio para que la Casa Blanca interviniera militarmente en la región después de 51 años de titoísmo heterodirigido por la CIA.

 

* Copresidente del Consejo Asesor Honoris Causa. El Profesor Giancarlo Elia Valori es un eminente economista y empresario italiano. Posee prestigiosas distinciones académicas y órdenes nacionales. Ha dado conferencias sobre asuntos internacionales y economía en las principales universidades del mundo, como la Universidad de Pekín, la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Yeshiva de Nueva York. Actualmente preside el «International World Group», es también presidente honorario de Huawei Italia, asesor económico del gigante chino HNA Group y miembro de la Junta de Ayan-Holding. En 1992 fue nombrado Oficial de la Legión de Honor de la República Francesa, con esta motivación: “Un hombre que puede ver a través de las fronteras para entender el mundo” y en 2002 recibió el título de “Honorable” de la Academia de Ciencias del Instituto de Francia.

 

Traducido al español por el Equipo de la SAEEG con expresa autorización del autor. Prohibida su reproducción. 

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