Archivo de la etiqueta: Unión Soviética

EVOLUCIÓN DEL PENSAMIENTO GEOPOLÍTICO: ALGUNOS LINEAMIENTOS A LO LARGO DE LA HISTORIA

Isabel Stanganelli*

La Geopolítica ha mutado sucesivamente sus limitaciones teórico-conceptuales de acuerdo con las etapas, medios y sociedades en que primaron sus respectivos paradigmas. En este recorrido por el que ha sido su origen y desarrollo intentaré incluir los aportes pertinentes al conocimiento y a la comprensión de los fenómenos políticos en un mundo, hoy por hoy, globalizado. Debemos adelantar que existen teorías y conceptos geopolíticos superpuestos y contradictorios en el mismo.

La palabra “Geopolitica” debió sobrevivir a una gran carga negativa desde la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, gran parte de sus contenidos fueron absorbidos por “Relaciones Internacionales”. He podido observar el fenómeno en mi calidad de Geógrafa (Geopolítica) y de Magíster en Relaciones Internacionales. Como éstas últimas estarían incluyendo a la primera, podemos recuperar a la Geopolítica sin dejarlas desprovistas de contenido.

Luego de esta observación es importante destacar el debilitamiento de los Estados —agravado por la pandemia de Covid-19— y la emergencia de elementos y actores perturbadores. El repentino desmoronamiento de la Unión Soviética y el consecuente final de la Guerra Fría implicaron cambios mundiales; no fueron los únicos cambios y ninguno de los paradigmas dominantes de las Relaciones Internacionales demostró ser capaz de predecir esos eventos y nuevas realidades, complicadas con la proliferación de conflictos étnicos, culturales, el creciente rol de las asociaciones regionales, el impacto de la globalización y la revolución de las comunicaciones.

Todo ello obligó a restituir la discusión de las rivalidades relativas al poder al seno de las ciencias geográficas. Las sociedades avanzan sobre la base de contradicciones y observamos un retorno a los nacionalismos, fundamentalismos y particularismos regionales como una reacción —entre otras— de la racionalidad y determinismos occidentales y sus contrapartidas orientales.

Para analizar la competencia por áreas de influencia es necesario identificar a los Estados de mayor magnitud estratégica mundial. Sherman Kent, establece que la magnitud estratégica de un Estado implica además de su situación geográfica y de sus vulnerabilidades, los medios con que cuenta, su voluntad y eficacia en usarlos ante una situación de gravedad —real o imaginaria—, las decisiones de sus pueblos, sus modos de resolución histórica, la característica de sus líderes, sus aliados probables, sus instrumentos no militares de política y estrategia y el potencial bélico del Estado en cuestión[1].

Por alguna razón “…algunos Estados con suficiente capacidad y voluntad nacional de ejercer poder o influencia más allá de sus fronteras, intentan alcanzar una posición de dominio regional o de importancia global”[2]. Para ello se valen de alianzas con otros Estados capaces de producir cambios ventajosos en la situación geoestratégica mundial.

Desde su introducción, el término Geopolítica ha enfrentado numerosas dificultades referidas a su definición. El “Gran Juego Geopolítico” librado entre el Reino Unido y Rusia a fines del siglo XIX nos ilustra cómo diversas teorías geopolíticas acompañaron sus respectivos tiempos históricos.

El concepto no solo resultó contaminado por su uso tendencioso por la Geopolitik alemana de la Segunda Guerra Mundial sino debido a los numerosos significados y connotaciones en su uso actual. Muchas veces es contradictorio, el concepto suele permanecer implícito y referirse a Estados, a sus relaciones y su contexto, otras veces a actores no estatales. Los medios suelen utilizar el término sin definirlo.

En cuanto a las lecturas académicas encontramos tantas definiciones que en última instancia solo reflejan un debate intelectual que no parece tener fin.

También es frecuente la aparición de términos tales como Geopolítica energética, Geopolítica del hambre, Geopolítica del agua, Geopolítica empresarial, etc. que dan testimonio de la validez y vigencia —explícita o encubierta— de la Geopolítica. También es visible a través de conceptos derivados como “aéreas de influencia”, “balance de poder”, “Estados tapón”, “intereses vitales”, “intereses estratégicos” o “near-abroad” (exterior cercano). 

En búsqueda de una definición

A los fines de adoptar una definición apropiada, es conveniente repasar las tendencias más representativas del pasado.

Como una primera aproximación, se debe destacar que los dos conceptos primarios de la Geopolítica de los siglos XIX y gran parte del XX fueron tierra y agua —o continentes y mares—, bases de la representación cualitativa del espacio mundial.

Las talasocracias implican la existencia de una metrópoli y colonias si bien las civilizaciones del mar Negro o del Mediterráneo son muy diferentes a poderes insulares como el Imperio británico y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), ejemplos de la vigencia del poder de las flotas marítimas. La expansión colonial de los Estados europeos y luego EEUU ha sido básicamente talasocrática. Su vigencia a cargo de portugueses, españoles, holandeses y finalmente británicos perduró por más de 400 años. La escuela del estadounidense Mahan refuerza esta categoría.

La evaluación de las telurocracias es más reciente: cuentan con un centro y provincias en una “tierra común”. Pueden ser civilizaciones forestales, de las estepas, de las montañas, etc. Son ejemplos pertinentes el Imperio de Genghis Kahn, el de Tamerlán, el califato árabe y hasta el Imperio incaico. Dentro de éstas se destaca la escuela geopolítica del Eurasianismo de Primakov.

 Teorías geopolíticas

Friedrich Ratzel (1844-1904)

Geógrafo y periodista alemán, escribió en 1897 su Geografía Política donde supeditaba las actividades humanas al medio físico: el rigor de los inviernos explicaría el mayor desarrollo de la Europa del Norte ante las afirmaciones acerca de la indolencia del hombre tropical comparado con el industrioso septentrional, que se han utilizado como explicación de las diferencias entre las colonias de Brasil y EEUU. Sostenía que los Estados compartían muchas de las características con los organismos vivientes e introdujo la idea de que un Estado tenía que crecer y extenderse o morir dentro de “fronteras vivientes”. Hoy condenado por su determinismo y por su doctrina tomada como base de una de las páginas más negras de la Historia del siglo XX. Pero fue fiel a las corrientes predominantes de su tiempo y no podía predecir el impacto de sus teorías, consideradas precursoras de las geopolíticas.

Rudolph Kjellen (1864-1922)

Versado en Ciencias Políticas e Historia, en 1899 escribió un artículo sobre la frontera de Suecia —su país—, denominado “La ciencia del Estado en tanto organismo geográfico que se manifiesta a través del espacio en el que fue utilizado por primera vez el término “Geopolítica”. Kjellen la definía como «la teoría del Estado como organismo geográfico o fenómeno en el espacio”. No hay indicación de que conociera la obra de Mackinder y Mahan aunque fue mencionado como asesor de la política exterior del presidente estadounidense Theodore Roosevelt. Entre su abundante producción se encuentra “El Estado como forma viviente” donde establece —bajo fuerte influencia de Ratzel— que los Estados (como organismos sujetos a la ley del crecimiento) nacen, se desarrollan y mueren. Aunque Suecia permaneció neutral, Kjellen promovía formar un frente aliado con Alemania contra Rusia y criticaba a la vieja Ciencia Política por considerar que se limitaba a observar a los Estados y sistemas judiciales e incorporó una nueva teoría con base antropogeográfica —para él, Geopolítica— en la que incluye conceptos como Estado, nación, sociedad y sistema judicial. Para Kjellen, la Historia no era un caos de eventos coincidentes sino que estaba bajo la influencia de reglas geopolíticas.

Su teoría abarcaba una verdadera Geopolítica considerada como el territorio natural, con límites, características físicas, producción y capacidad de mantenerse unificado y poderoso (a través de cultivos, comunicaciones y fortificaciones). Como Mackinder, creía que el transporte internacional terrestre se estaba desarrollando a tal velocidad que el poder marítimo quedaría en el pasado. La reedición actual de la Ruta de la Seda en Asia central incluye autopistas y ductos de exportación de hidrocarburos desde Medio Oriente hasta China, momentáneamente más segura que las rutas marítimas para los buques mercantes, superpetroleros y buques metaneros[3].

Kjellen consideraba a la Geopolítica como una amplia ciencia en el límite de la Historia, Geografía y Ciencia Política y al mismo tiempo una ciencia auxiliar de éstas, era un analista y metodólogo, un constructor de sistemas. No encontramos mapas en sus libros.

Alfred Mahan (1840-1914)

El contraalmirante, historiador, estratega y geopolítico estadounidense Alfred Mahan, postuló la importancia estratégica del dominio naval como clave para la dominación mundial. Para ello no solo contaba con el ejemplo del imperio colonial británico de ultramar sino de las experiencias navales de la propia EEUU, que a principios del siglo XIX —1803-1805— “libraba batallas contra los bereberes en el mar Mediterráneo”[4], además de las libradas para mantener la independencia contra el Reino Unido, en 1812. Mahan sostuvo en La influencia del poder naval en la Historia que “Quien domine el mar domina el comercio mundial; quien domine el comercio mundial domina el mundo”[5]. Asignaba tanta importancia al imperio colonial de ultramar como a las rutas marítimas, principalmente las comerciales. Fue un “ardiente propagandista acerca de la expansión de los EEUU hacia territorios y áreas de ultramar”[6]. Consideraba a EEUU como un Estado insular y propuso políticas como la anexión del archipiélago hawaiano, control del mar Caribe y construcción de un canal en Panamá. Roosevelt puso en marcha estas propuestas.

Halford Mackinder (1861-1947)

En Occidente desde fines del siglo XIX las teorías más conocidas fueron las del británico Mackinder. En su The Geographical Pivot of History —publicado en 1904 por la Royal Geographical Society— sostuvo la existencia de un bloque central, pivote o Heartland clave y que quien lo unificara y dominara, dominaría los tres continentes de la “Isla Mundial” —Europa, Asia y África—. La localización del heartland fue siempre ambigua: lo situaba en algún lugar de “Eurasia”, también ambiguamente definida, para justificar el interés en Rusia[7]. Luego de la Primera Guerra Mundial, Mackinder favoreció la creación de Estados-tapón como Polonia o Yugoslavia, para aislar a Rusia y reducir la superficie de Alemania.

The Geographical Pivot of History atrajo la atención tanto de admiradores como de detractores de Mackinder, que lo acusaron de geo-determinista e imperialista. Al respecto Milton Santos señaló que “La educación impregnada de un fuerte patriotismo demandaba de profesores de Geografía que promuevan el colonialismo. (…) Entre los geógrafos colonialistas Mackinder sería el más eficiente”[8].

En 1919 en su Democratic Ideals and Reality[9], Mackinder trasladó el Heartland a Eurasia, basándose en la menor capacidad de penetración de las potencias marítimas y en su temor de que Alemania alcanzara el corazón continental. Esta idea de existencia de una “fortaleza” asiática impenetrable sigue siendo la base de numerosos modelos y la “primera premisa del pensamiento militar occidental”[10]. Desde la desintegración de la URSS, el poderío militar actual —tierra, mar, aire y espacio exterior— parecen sostener la idea de “la fortaleza” delineada con poco rigor académico por Mackinder.

Andrei Evgenievich Snesarev (1865-1937)

Menos conocido que Mackinder, el influyente general y estratega ruso Snesarev, zarista que en 1918 se integró al Ejército Rojo en el distrito militar Turkestán. Autor del libro Afganistán, fue escrito como curso de lectura militar a la espera de órdenes de invadir India vía Afganistán en 1919. La invasión finalmente no ocurrió, pero Snesarev colaboraba con los pashtún contra el Imperio británico en Merv, actual Turkmenistán con posterioridad a la Primera Guerra Mundial. Snesarev —emulando a Mackinder— sostenía que “Quien gobierne Herat, gobernará Kabul y que quien gobierne Kabul, gobernará India”[11]. Consideraba a Afganistán como la puerta de entrada a India y como secuencia para luego arribar al océano Índico. Además afirmaba que existían dos tipos de fronteras: estatales y estratégicas, considerando en este último rango a Afganistán. Andrei Snesarev fue apresado por Stalin en 1930 —bajo cargos de traición—, ejecutado en 1937 y recientemente su figura fue rehabilitada. Considerado precursor de Zbigniew Brzezinski, Snesarev señalaba a esta región como “muy volátil (…) colocada en la periferia de grandes imperios, incluyendo los establecidos por Alejandro Magno y los mongoles”.

Karl Haushofer (1869-1946)

Hemos visto que la Geopolítica tuvo gran interés en Alemania desde principios del siglo XX —con Kjellen— y alcanzó mayor difusión cuando el general alemán Karl Haushofer (1869-1946) adaptó en su libro Der Lebensraum (El espacio vital) algunas teorías de Ratzel y las del Heartland de Mackinder para justificar pseudocientíficamente la expansión territorial alemana durante el Tercer Reich. Este uso de la Geopolítica “llevó a sacrificar la metodología científica en pro de un proyecto grandioso de un poderoso Reich alemán”[12]. Haushofer incorporó los procesos políticos a la definición de la Geopolítica: Haushofer consideraba a la Geografía Política como una parte esencial de la Geopolítica.

Curiosamente la Historia da cuenta de decisiones del régimen nazi que contradicen tanto las teorías de Ratzel como las de Haushofer: la cesión del Tirol del Sur, zona poblada por mayoría germana, a los italianos. Haushofer se suicidó en 1946.

Nicholas Spykman (1892-1943)

En su libro America’s Strategy and World Politics[13] sostuvo que Mackinder había exagerado el potencial del Heartland y que el verdadero poder radicaba en el inner crescent, al que Spykman denominaba “rimland” o perímetro de seguridad, teoría aplicada primeramente a la defensa de EEUU, funcionando como una alerta temprana ante posibles intromisiones. Este rimland al que alude Spykman debía abarcar todo el continente asiático y europeo y grandes extensiones de los mares y océanos adyacentes. Al mencionar la extensión de los Estados no se refería al poder per se de los mismos, sino a su potencial para evitar separatismos.

Desde el punto de vista de la defensa militar, para Spykman la extensión era crítica respecto de la localización de los centros vitales. Mencionaba la defensa de Rusia ante el avance napoleónico, pero podemos agregar la estrategia rusa de traslado de centros industriales al este de los Urales ante el avance de Hitler durante la II Guerra Mundial y la descentralización estratégica militar debida a la Guerra Fría, que dejó importantes instalaciones en otras repúblicas de la URSS, como Kazajstán, Tayikistán, Uzbekistán.

“Nicholas Spykman: el preludio de la contención”. Retaguardia.org. (economía, modelos emergentes), http://www.retaguardia.org/2008/09/12/nicholas-spykman-el-preludio-de-la-contencion

En la comunidad académica se suele minimizar el aporte de Spykman, reduciéndolo a un agregado —inner crescent— al heartland de Mackinder. Pero sus aportes siguen siendo válidos ante las nuevas tecnologías aplicadas a portaaviones, a su alcance ofensivo, sus sitios de emplazamiento y a la división del mundo en comandos estadounidenses.

Estudios posteriores destacan la influencia de ambos geopolitólogos —Mackinder y Spykman— en la estrategia de contención estratégica de EEUU durante la Guerra Fría. En su obra póstuma, The Geography of the Peace[14] sostenía que el control de la cuenca del océano Atlántico Norte era ideal, pero adelantaba el “inevitable crecimiento en importancia del océano Pacífico como ruta clave para el comercio internacional”[15], una de las premisas en la Estrategia de Seguridad Nacional de los EEUU desde 2013. Spykman no es simplemente el autor de la “teoría del rimland”.

Alexander de Seversky (1894-1974)

Era un noble nacido en Rusia —hoy Georgia—. En 1918 arribó a los EEUU destinado a la Embajada de Rusia. Ingresó al Departamento de Guerra estadounidense como ingeniero aeronáutico y experto en bombarderos. En 1942 comenzó a escribir el best seller Victory Through Air Power alertando a la nación sobre la necesidad de defender mejor su espacio aéreo. Afirmaba que se avecinaba una revolución y en consecuencia que EEUU necesitaba respuestas revolucionarias. Pero el gobierno no estaba preparado para comprender que estaba en desventaja respecto de otros beligerantes. Luego de la Segunda Guerra Mundial recibió la Medalla al Mérito de manos del Presidente Truman y en 1952 formó Seversky Electroatom Corporation, empresa dedicada a la protección de EEUU contra ataques nucleares y en extraer partículas radioactivas del aire.

Alexander de Seversky consideraba que, al inicio de la Guerra Fría, estaban equilibrados tanto el poder terrestre como el marítimo y que era la superioridad aérea la que podía romper los cercos establecidos por los poderes continentales y marítimos enemigos y los Estados tapón. Consideraba además la creación de una zona aérea estadounidense que se extendiera a Europa y otra soviética. Independientemente de tener un perfil bien diferente de los académicos analizados previamente en esta investigación, de Seversky logró: a) mantener la primacía de EEUU al incorporar la capacidad de ataques aéreos incorporando una nueva dimensión espacial a la Geopolítica y b) colocarse pragmáticamente en el punto de avance entre el poderío aéreo y el nuclear.

Jaume Vicens Vives (1910-1960)

Para Vicens Vives el nacimiento de la Geopolítica coincidía con la etapa de los imperialismos y reparto del mundo por las grandes potencias del momento y que el ingreso tardío de Alemania a tal reparto produjo la guerra de 1914. En su libro España, Geopolítica del Estado y del imperio define a la Geopolítica como “una interpretación del pasado histórico y del espacio geográfico que sirva para justificar el presente[16].

Al final de España se refiere a las tensiones internacionales y a las fronteras como focos de tensión. Ya vislumbraba que las fronteras rígidas del siglo XIX y principios del XX estaban siendo superadas por el vertiginoso desarrollo de los medios de comunicación. Insiste en la artificialidad de las fronteras: siempre son humanas.

Otro ámbito de su investigación son las causas que han llevado a la expansión económica y el avasallamiento político: la búsqueda de recursos minerales —incluyendo energéticos—. En su momento, mediados del siglo XX, estudiaba la situación de Katanga —República Democrática del Congo— y el uranio y los intentos de secesión de aquella región como parte de un proceso teledirigido por Occidente en una clara actitud neocolonial.

Con una actualidad sorprendente define a mediados del siglo XX la posibilidad de conflictos por el control de las zonas polares y el dominio de las rutas marítimas —incluyendo el bastión Malvinas—.

Yves Lacoste (1929-…)

Yves Lacoste, geógrafo marroquí, contribuyó al renacimiento de la Geopolítica en Francia a partir de la década de 1970, si bien su producción se inició con Los países subdesarrollados (1959) y Geografía del subdesarrollo (1965), con las que entraría en el ámbito de la geografía económica y social.

Lacoste, Ives. Geografía del subdesarrollo. Barcelona: Ariel Geografía, 5ª edición, 1984, p. 74.

Destacada figura de la geografía radical, Yves Lacoste rechazó desde una óptica marxista la geografía tradicional, que definió como una mistificadora, al servicio del sistema e incapaz de dar respuesta a los nuevos problemas del mundo contemporáneo.

Con la revista Hérodote y, más tarde, su obra La Geografía: un arma para la guerra (1976), comenzó un intento de reintroducir el estudio de la ciencia geopolítica en Francia, desembarazándola de su injusta imagen de ciencia nazi.

En su libro Geopolítica: la larga historia de la actualidad (2006) afirma que: “El término Geopolítica, que nos muestra múltiples usos, define de hecho todo lo que concierne con las rivalidades de poder o influencia sobre territorios y sus habitantes: las rivalidades entre grupos políticos de todo tipo – y no sólo entre los Estados, sino también entre los movimientos políticos o los grupos armados más o menos clandestinos – rivalidades por el control o dominación de territorios grandes o pequeños”[17].

Lacoste, Ives. Geografía del subdesarrollo. Barcelona: Ariel Geografía, 5ª edición, 1984, p. 78 y 79.

En la figura precedente los signos de interrogación designan los Estados o grupos de Estados que —según Lacoste— presentaban problemas por formar parte del conjunto geopolítico denominado Tercer Mundo. Estados de la península ibérica o de Europa oriental, aunque no eran parte del Tercer Mundo, se consideraban a menudo como “subdesarrollados”. Por el contrario, Argentina y Uruguay entraban dentro del Tercer Mundo, a la inversa de África del Sur, considerada por muchos autores como un país “desarrollado” (o semidesarrollado). Finalmente, el último interrogante es el de si los Estados socialistas forman parte de lo que se denomina Tercer Mundo.

Peter Taylor (1944-…)

Geógrafo británico, el más influyente en la renovación de la Geopolítica. Disconforme con el enfoque neopositivista imperante, reorientó la disciplina hacia el análisis del sistema mundial. Considera las dinámicas de la economía global, descartando la localización del territorio o su ambiente como factores que condicionan las políticas de los Estados —sostenida por los geógrafos clásicos—. Para Taylor se trata de centros, periferias y semiperiferias imbricadas y dinámicas de acuerdo con las variaciones de la economía capitalista. Establece tres escalas de análisis: sistema-mundo (la realidad), localidad (la experiencia) y el Estado-nación (instancia mistificadora) y establece a la primera como decisiva. Para Taylor, “esta apreciación ingenua de que el espacio es un escenario inalterable, pone de manifiesto una gran ignorancia en torno de la Geografía”[18].

Taylor declaró además que los análisis geopolíticos siempre tuvieron un sesgo nacional: “En el caso de la Geopolítica, siempre ha sido muy fácil de identificar la nacionalidad del autor a partir del contenido de sus escritos”. Taylor relaciona Geopolítica y Relaciones Internacionales: “La Geopolítica ha sido generalmente parte de la tradición realista de las Relaciones Internacionales[19].

Saúl Bernard Cohen (1925-2021)

Este geógrafo estadounidense estableció en 1990 diferentes jerarquías de los espacios mundiales. En primer lugar consideró las mayores rutas comerciales marítimas del mundo, en segundo las terrestres de Europa y en tercer lugar los países de lenguas y etnias comunes (latino, germánico, anglo-americano, chino, eslavo): los independientes (Japón, Tailandia, Indonesia, Filipinas…); los espacios de conflicto (como Medio Oriente y en América latina Colombia, Venezuela, Bolivia) así como espacios de transición (entonces Europa central). Aunque reconoce la existencia de Estados-Potencias, les asigna magnitud en base a la comparación entre sus PBI, el acceso a tecnologías innovadoras, el nivel educativo, sus reservas de energía y cantidad de profesionales. En su libro Geopolitics of the World System[20] define Geopolítica como: “… el análisis de la interacción entre escenarios geográficos y sus perspectivas con procesos políticos. (…) Ambos son dinámicos y se retroalimentan. La Geopolítica da cuenta de las consecuencias de esta interacción”. La definición se focaliza en la interacción dinámica entre poder y espacio. 

Evgeny Primakov (1929-2015)

La crisis que puso fin a la URSS se mantuvo durante la década de los “reformistas ultraliberales”, representados por Boris Yeltsin. En 1997 Evgueni Primakov, ex jefe de la KGB, asesor y luego Primer Ministro, puso en marcha la que se terminó denominando “Doctrina Primakov” donde proponía la formación de un triángulo estratégico China-India-Rusia, eurasianista. Su propuesta fue retomada como parte de la gestión de Vladimir Putin. El objetivo era lograr que Rusia fuera una superpotencia. Consideraba que Occidente intentaba marginar el papel de Rusia en el sistema e infiltrarse en su espacio tradicional de influencia. En los libros de su autoría El mundo después del 11 de septiembre y La guerra en Irak arremete contra Washington, si bien destaca que Occidente tiene otra cultura y que es posible una cooperación limitada y con ventajas mutuas. Su propuesta incluyó modificar la orientación de la política exterior rusa de Occidente a Oriente, hacia un escenario considerado el sitio natural de Rusia. Sostuvo que el alejamiento del escenario asiático en la “década atlancista”, había propiciado que otros actores se aventuraran a penetrar la región, complicando considerablemente toda su problemática.

Primakov señalaba que “Rusia no tiene alternativas, si no mantiene su influencia en Asia Central entonces otros lo harán y será siempre en detrimento de ella…”[21]. La “doctrina Primakov” rectificó la orientación geoestratégica rusa que, en 2007, inició la consolidación del curso geopolítico nacional con la “Doctrina Ivanov” y posteriormente la “Doctrina Putin”. En julio de 2006, en ocasión de la Cumbre del G8 el mensaje de Putin fue claro: “…Occidente tendrá finalmente que aceptar el hecho de que Moscú ha vuelto al escenario mundial…” y proclamó lo que Rusia consideraba como sus tres fortalezas y que serían desde entonces los pilares de su emergencia: administración firme, confianza en sí misma y renovado vigor. En 2008 anunció el estreno de su doctrina de orientación multipolar, donde exhortaba a la construcción de un orden internacional justo, equitativo y respetuoso de las diferencias, al tiempo que hacía votos por la defensa de los valores democráticos. Era también eurasianista.

Tradición geopolítica china

En China por su parte, una larga tradición de más de 700 años de pensamiento estratégico —sin mencionar a los estrategas clásicos—, encuentra en el geopolítico Wei Yuan (1794-1856) y en los trabajos que hoy despliegan varias universidades y centros de estudios superiores, reflexiones geopolíticas elaboradas desde la perspectiva de la potencia marítima y continental china en Asia y en el Pacífico que —después de la transición entre la administración de Jiang Zemin hacia la de Hu Jintao—, se encamina a devenir una potencia de alcance global en la escena geopolítica. Aunque mencionaremos a dos de sus mentores, ellos son parte de equipos que incluyen numerosos académicos de valía. Es importante a tener en cuenta que, a diferencia de Occidente, los analistas aportan sus ideas y sugerencias al gobierno, que evalúa y decide la aplicación de sus teorías. En Occidente es más usual que los especialistas publiquen sus obras sin necesariamente ser parte de las decisiones adoptadas por los gobiernos. De esta manera, los conceptos que veremos a continuación hallan su correlato en las doctrinas oficiales chinas de Seguridad Nacional, Defensa y Militar entre otras.

Jiang Ling Fei

Profesor de la Universidad de Defensa Nacional, su enfoque geopolítico coincide en gran medida con el de Yves Lacoste. Analiza la situación geopolítica a través de las actividades del terrorismo transnacional al que considera reflejo extremista de:

    • las agudas diferencias en la distribución mundial de la riqueza y
    • las diferencias culturales entre el oeste y el este.

Pang Shongying

Académico de las Universidades Qinghua y Renmin, divulga sus investigaciones en The National Interest (Washington DC) y es parte del comité editorial internacional de la revista Globalizations, publicada por Routledge (Londres). Pang considera que un aspecto del ascenso de China como poder mundial radica en el incremento de su soft power (poder suave) en cuestiones regionales y globales, derivado de su cultura, modelos de desarrollo, ideales y política exterior. Estima que existe la posibilidad de transformar el soft power en poder; el rol del desarrollo chino en ejemplo a trasladar a otros países y analiza las implicaciones del soft power chino en su cooperación y competencia con EEUU[22]. Señala que si la Unión Europea no logra detener su declinación, su influencia y posición pueden resultar severamente debilitadas, perdiendo su status de jugador clave. Sostiene que EEUU intentará por todos los medios mantener su liderazgo y hegemonía. En cuanto a China, la crisis de Occidente decidirá su rol. Pang sostiene los principios que China mantiene desde la Guerra Fría: “nunca ser el líder”, “no alineamiento” y “no interferencia”, pero considera que deberían ser más flexibles. Finalmente afirma que existe una brecha entre el mundo dominado por Occidente y el resto y que un mundo gobernado por leyes globales que incluya la participación de China ayudará a superarla. Para ello se requerirá la formación de un nuevo orden internacional.

Conclusiones

La concepción según la cual el poder de un Estado se encontraba estrechamente relacionado con los recursos físicos, económicos, ambientales y geográficos con los que contase, se presenta hoy urgida de revisiones: La evolución conceptual dejó de considerar al Estado como único actor, para incluir y apreciar el poder de otras entidades y actores.

Las actuales estructuras geopolíticas se encuentran cada vez más marcadas por cuatro conductores fundamentales: el “heartland”, el “reino” geoestratégicamente liderado por Rusia debido a razones históricas y geográficas. El segundo, originado por los objetivos estratégicos de EEUU y los temores nacionales a la hegemonía rusa que los conecta con el “reino” marítimo euroatlántico, liderado por EEUU. Esta oposición hace que la influencia política y el poderío militar en la gran región sean el premio geopolítico de la competencia entre Rusia y EEUU. La tercera es que para China el imperativo radica en su ancestral relación comercial y de transporte por Asia Central.

La afirmación de que el futuro de la humanidad se juega en Asia es cada vez más frecuente. También lo es que el eje geopolítico de la cubeta del Atlántico norte se está trasladando al Pacífico norte. De los resultados dependerá no solo el futuro de la Federación de Rusia, de China o EEUU sino —debido a la magnitud estratégica de los actores mencionados— el del mundo globalizado.

 

* Profesora y Doctora en Geografía (UNLP). Magíster en Relaciones Internacionales (UNLP). Secretaria Académica del CEID y de la SAEEG. Es experta en cuestiones de Geopolítica, Política Internacional y en Fuentes de energía, cambio climático y su impacto en poblaciones carenciadas.

 

Referencias

[1] Sherman Kent. Inteligencia estratégica. Buenos Aires: Pleamar, 1967, p. 59.

[2] Brzezinski, Zbigniew. El gran tablero mundial. Barcelona: Paidós, 1998, p. 49.

[3] La reciente obstrucción del canal de Suez merece ser considerada.

[4] Los piratas bereberes cobraban tributo a los buques que comerciaban a través del mar Mediterráneo. Cuando en 1803 —con Europa bajo las guerras napoleónicas— los tripolitanos tomaron el buque Filadelfia. EEUU envió su flota, bloqueó y bombardeó Trípoli mientras el Cap. William Eaton bombardeaba Derna, a 800 kms de Trípoli. Cuando en 1805 firmaron un tratado por el cual EEUU no pagaría más tributos, iniciativa que no habían tomado las potencias europeas, EEUU retiró su flota. Para más detalles sobre esta primera aventura ultramarina de EEUU puede consultarse: Asimov, Isaac. El nacimiento de los EEUU. 1763-1816. [2ª edición, tomo XII], España: Alianza, 1984, p. 218.

[5] McColl, R.W. Encyclopedia of World Geography. (Vol. 1) New York: Checkmark Books/Facts On File, 2005, p. 408.

[6] Terzago Cuadros, Jorge. Alfred Thayer Mahan (1840-1914) Contraalmirante U.S. Navy, su contribución como historiador, Estratega y Geopolítico, p. 25, Viña del Mar, Chile, 05/10/2005, Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe (CIALC), Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), http://www.cialc.unam.mx/pdf/mahan.pdf

[7] Mackinder formuló esta teoría en 1904, la revisó en 1919 y nuevamente en 1943. No fue posible encontrar en Internet un documento gráfico que diera cuenta fiel del Heartland de Mackinder 1904, cuando lo localiza entre el río Danubio y los montes Urales. En todos los casos se le adjudica un Heartland que se extiende ampliamente en la ex URSS. La persistencia de esta divulgación “popular” errónea induce a magnificar la hipótesis de Mackinder y sentar perniciosos precedentes geopolíticos.

[8] Milton Santos. Por una Geografía Nueva. Madrid: Espasa Calpe, 1990, p. 31-33.

[9] Mackinder, Halford. Democratic Ideals and Reality. Londres: Greenwood Press, 1919, p. 278.

[10] Taylor, Peter. J. Political Geography. Harlow (Essex, Inglaterra): Longman, 3ª ed., 1993, p. 48.

[11] Hauner, Metan. “What is Asia to Us?” En: Russia´s Asian Heartland Yesterday and Today. London-NY: Routledge, 2013.

[12] Pereira da Silva Gama, Carlos F. “Fontes do Pensamento Geopolítico Alemão (Geopolitik)”. Usina de Letras, 31/08/2003, http://www.usinadeletras.com.br/exibelotexto.php?cod=1554&cat=Teses_Monologos

[13] Spykman, Nicholas. America’s Strategy in World Politics: The United States and the Balance of Power. Original 1942. Transaction Publishers; Edición: New edition (15 de marzo de 2007).

[14] Helen R. (editor) Spykman, Nicholas John; Nicholl (autor). The Geography of the Peace. New York: Harcourt, Brace and Co., 1944, (Serie: Yale Institute of International Studies).

[15] Spykman, Nicholas. Geography and Foreign Policy, I. Yale University, Connecticut, 1938, p. 42.

[16] El primero de los tres grandes bloques en que está estructurado su libro se denomina justamente Geografía política, geopolítica y geohistoria.

[17] Lacoste, Yves. Géopolitique: la longue histoire d’aujourd’hui. París: Larousse, 2006.

[18] Taylor, Peter J. Political Geography and the world economy”. En: Burnett A. y Taylor, P. (eds.), Political Studies from special perspectives. Chichester: John Willey & Sons, 1981, p. 46.

[19] Ibid., p. 84.

[20] Cohen, Saul Bernard. Geopolitics of the World System, Rowman and Littlefield, Maryland, 2003.

[21] Primakov, Evgeny, “La recuperación de Rusia entra en su segunda fase”. En RIANovosti, 28/05/2007 http://www.sp.rian.ru

[22] Pang Shongying. “Global Order Poised between Promise and Chaos. The Role of China”. En Global Research, Junio 19, 2012. https://www.globalresearch.ca/global-order-poised-between-promise-and-chaos/31493

©2021-saeeg®

 

EUROPA: ENTRE UN MUNDO QUE NO ES Y EL REAPRENDIZAJE DE LA GEOPOLÍTICA

Alberto Hutschenreuter*

Imagen: telam.com.ar

Después de la Segunda Guerra Mundial, los países de Europa decidieron que para no repetir el pasado había que “sujetar” a Alemania, el “perturbador”, a un emprendimiento interestatal colectivo mayor. En otros términos, debilitar la posibilidad relativa con que Alemania dispusiera de sus recursos y emprendiera (eventualmente) un nuevo desafío geopolítico en la Europa central. De allí, la Comunidad Económica del Carbón y el Acero, el cimiento de la Comunidad Económica Europea y la Unión Europea.

El pasado no solo debía ser olvidado, sino enterrado. Y así Europa se fue convirtiendo en un territorio de complementación cada vez mayor, hasta lograr configurar lo que el británico Robert Cooper denominó el “Estado pos-moderno”, es decir, un territorio donde pervivían las patrias, pero se descentralizaban las soberanías. Efectivamente, Europa ingresó en una era pos-westfaliana que implicó un cambio de escala en su basculante y largo pasado de guerras y pactos.

Pero si bien es cierto que en 1945 la derrota militar la sufrió Alemania, la victoria de las potencias europeas (Francia y Reino Unido) fue parcial, en tanto el poder finalmente se fue de Europa hacia los grandes centros que definieron la contienda total e iniciaron un nuevo orden entre Estados. El general Charles de Gaulle fue acaso quien mejor comprendió esa nueva realidad.

Dicha combinación de victoria y derrota europea quedó evidenciada en la colosal asistencia económica de Estados Unidos al continente y en la condición de protectorado estratégico-militar en la que quedó Europa Occidental. Fue el primer secretario general de la OTAN, Lord Hastings Ismay, quien como nadie expresó con precisión la nueva ecuación en el continente: “Estados Unidos adentro, la Unión Soviética fuera y Alemania debajo” (en rigor, Europa).

Así, Europa se reconstruyó, se amplió y alcanzó un grado de integración prácticamente excepcional, si bien nunca logró que una de las partes más vitales, Reino Unido (que se sumó a la CEE en los años setenta), se comprometiera más allá de la zona de libre comercio. Y en esa condición estratégico-militar, Europa “ganó” la Guerra Fría. Pero todos sabemos quién fue el verdadero ganador. En todo caso, Europa, una vez más, se encontró “en el bando ganador”

Pero si consideramos que cuando terminó la contienda bipolar debió comenzar a pensar per sé en términos geopolíticos, y no quiso, no pudo o no supo hacerlo, acaso Europa se encontró en el lado ganador en una condición sub-estratégica. Simplemente fue partícipe de un gran hecho histórico, pero no asumió (con el tiempo) el reto que los tiempos exigían.

Dicho reto era la aplicación de una estrategia cuyo objetivo fuera lograr una “Europa arriba”, es decir, abandonar la comodidad que implicaba la aceptación de un “tutor externo” o “primus Inter pares”, y asumir el papel de un jugador estratégico. Este era el desafío para Europa por aquellos años estratégicos de 1989-1991, cuando casi vertiginosamente se abrían diferentes “imágenes” (esperanzadoras algunas) sobre el advenimiento de una nueva situación internacional. Tras décadas de poder duro o “filoso”, el surgimiento del “poder blando”, esto es, interdependencia, comercio creciente, redes tecnológicas, negocios, instituciones, etc., colocaban a Europa en valor mayor.

Europa continuó el camino de la unidad sin reformular su condición estratégica, incluso cuando todavía se encontraban activos algunos de los hombres con memoria de guerra y, por supuesto, de rivalidad bipolar. Este dato no es menor, pues treinta años después aquella vieja ecuación estratégica y jerárquica de tres términos advertida por Lord Ismay continúa vigente, pero lo novedoso radica en que la nueva generación de líderes europeos no solo no tiene aquel registro histórico, sino que ha crecido en una Europa donde predominan las instituciones, el derecho y la cultura de paz. Sin duda que muchos de ellos han estudiado el pasado, pero consideran que, en buena medida, ese pasado ha sido superado.

Pero esas condiciones (que han reducido la anarquía entre Estados) reinan solo allí. Porque más allá de la Unión Europea el mundo continúa basándose en las situaciones habituales casi protohistóricas: anarquía, competencia, suspicacia, capacidades, tensiones, no guerra, etc. En ninguna parte se reprodujo el modelo de convivencia interestatal europeo; a lo más, los emprendimientos geoeconómicos, particularmente en América, nunca fueron más allá del área de libre comercio y el arancel externo común, y algunos de ellos han desaparecido mientras que otros se encuentran atravesados por conflictos que comprometen seriamente las posibilidades de retorno.

El hecho de renunciar a la soberanía estratégica implicó que la UE siguiera mandatos estratégicos del centro no europeo. Fue así que Europa se embarcó en aquellas decisiones relativas con la rentabilización de la victoria de Estados Unidos en la Guerra Fría, siendo la principal la ampliación de la OTAN más allá de los territorios de Europa central. Asimismo, el despliegue global de fuerzas estadounidenses para combatir al terrorismo transnacional también fue acompañado por países de la UE.

Posteriormente, tras el impasse que implicó la reacción de Rusia en Georgia, la OTAN se aproximó a la zona geopolítica roja mayor rusa, Ucrania, situación que derivó en la amputación territorial de este país clave de Europa del este. A partir de entonces, la relación entre Occidente y Rusia se fue deteriorando más, hasta que los sucesos relativos con el líder opositor Alexéi Navalny prácticamente pusieron fin a cualquier posibilidad de mejora entre las dos partes, particularmente entre la UE y Rusia.

Es decir, la UE, que hasta 2014 consideraba muy baja la posibilidad de tensiones entre Estados en el continente, acabó sumida en un conflicto interestatal nada más y nada menos que ante Rusia, la gran potencia terrestre del mundo. Entonces, se hizo cada vez más evidente (para la UE) que no bastaba con olvidar, ignorar, transformar o relativizar la geopolítica, una disciplina que a menudo allí se superpone o confunde con política exterior.

Pero la UE no solo se encontró con una situación de discordia creciente frente a Rusia, sino que se halló rodeada de hechos de cuño marcadamente geopolítico: Libia, Turquía, Bielorrusia, Moldavia, el Ártico, el Cáucaso, la iniciativa china del “cinturón”, etc. Sin duda, fue esta abrumadora situación de hechos, en los que intereses políticos se volcaban sobre territorios con fines relativos con ganancias de poder, la que hizo ver a la UE que su “concepción blanda” o “híbrida” de la geopolítica, esto es, el rechazo a toda concepción político-territorial que no se fundara en los valores de la UE, correspondía a la de “un mundo que no es”.

En otros términos, la geopolítica que la UE debía recentrar era la habitual, no la de un modelo basado en normas y valores que, exportados (según su concepción), neutralizarían la geopolítica en clave clásica, como bien han sostenido Cristian Nitoiu y Monika Sus en un trabajo de 2019 sobre el ascenso de la geopolítica en la UE.

En 2020, la presidente de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se refirió a la necesidad de establecer una “Comisión Geopolítica”, cuyo fin debía ser trabajar para reaprender la disciplina desde sus cimientos, es decir, reaprender a usar el lenguaje de los intereses y el poder, puesto que, como bien advierte Kissinger, “la geopolítica trata de los intereses de los Estados, no de las buenas intenciones de los Estados”.

Aunque muy tardíamente, se trata de un buen comienzo. Pero si ese reaprendizaje no va acompañado del abandono del “confort estratégico europeo”, difícilmente la UE pasará al mundo de la geopolítica real y vital, cuya primera exigencia es la defensa y promoción de los intereses propios. El abandono no implica ruptura; supone complementación con base en la igualdad estratégica, no complementación con base en una relación de nivel estratégico/sub-estratégico como la que existe entre Estados Unidos y Europa desde 1945.

La reciente visita a Europa del presidente estadounidense Joseph Biden ha dejado en claro que el propósito de Washington es mantener la situación. En este sentido, el retiro de la presión del gobierno demócrata a Alemania en relación con el gasoducto ruso-germano “Nord Stream 2” no ha sido un mensaje de buena voluntad a Rusia, como se dijo, sino una concesión a Alemania y a los demás actores de la UE.

Porque para Estados Unidos, un actor de dimensión geopolítica integral, Rusia y China son rivales frente a los cuales las alianzas son centrales. Y hasta ahora ha sido funcional para sus intereses que prácticamente se haya quebrado la posibilidad de que la UE y Rusia recuperaran terreno en relación con idea de comunidad ruso-europea que existió durante las dos décadas que siguieron al fin de la Guerra Fría.

El reto ahora para Estados Unidos es que la iniciativa geoeconómica y geopolítica de China no empuje a la UE (que tiene un enorme intercambio comercio-tecnológico con Pekín) a redefinir intereses, es decir, que comience a ejercer la geopolítica pensando en sí misma.

 

* Doctor en Relaciones Internacionales (USAL) y profesor en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación (ISEN) y en la Universidad Abierta Interamericana (UAI). Es autor de numerosos libros sobre geopolítica y sobre Rusia, entre los que se destacan “El roble y la estepa. Alemania y Rusia desde el siglo XIX hasta hoy”, “La gran perturbación. Política entre Estados en el siglo XXI” y “Ni guerra ni paz. Una ambigüedad inquietante”. Miembro de la SAEEG.

 

©2021-saeeg®

 

TRES SITUACIONES INTERNACIONALES. APRECIACIONES ESTRATÉGICAS

Alberto Hutschenreuter*

Imagen de PIRO4D en Pixabay

El escenario internacional se encuentra atravesado por una pluralidad de conflictos. Prácticamente no existe ninguna dimensión de la seguridad entre los Estados y, en un sentido más abarcador, a nivel internacional o mundial, que no se halle en situación crítica; incluso en la principal de ellas, la relativa con las armas de exterminio masivo, los “desajustes” producidos entre los poderes mayores (a partir del retiro de marcos de regulación cruciales) han incrementado el nivel de dudas en relación con la vigencia del propio equilibrio nuclear.

En clave esperanzadora, algunos expertos destacan que desde 1945 no ha sucedido ninguna nueva guerra generalizada, dando acaso por hecho que el mundo se ha alejado de ese fenómeno. Incluso algunos textos de escala del siglo XX, por caso, “Paz y guerra entre las naciones”, del francés Raymond Aron, por citar apenas uno de ellos, pareciera que se han vuelto perimidos frente a la emergencia de “nuevos temas”. Aunque casi no hay sitio para conjeturas confiadas, como ocurrió tras el final de la Guerra Fría cuando lo promisorio y lo habitual sobre el porvenir contaban con “perfiles” balanceados, existen “capillas” que tienden a considerar que “lo nuevo” podría implicar un horizonte que conduzca a los Estados a una era diferente, acaso alejada de las cuestiones que empujan a los actores a la rivalidad.

En esta perspectiva, el mundo cibernético, la “gestión climática” y, particularmente, la denominada inteligencia artificial (IA) serían los “aceleradores de la historia”.

Pero tal vez existe un exceso de confianza en ello.

En relación con el hecho relativo con más de siete décadas sin guerras entre poderes preeminentes, es necesario recordar que no ha sido del todo así, pues hubo choques entre actores de escala durante la denominada “paz larga”, por caso, la Unión Soviética y China, India y China, India y Pakistán, y también existieron situaciones de tensión extrema entre los dos centros geopolíticos sobre los que se apoyó el régimen interestatal post-1945. Pertinentemente, hace poco un prestigioso experto se refirió al “regreso de las tormentas”[1].

Las armas nucleares implicaron una nueva situación en el contexto estratégico-militar y en el cuadro del régimen internacional bipolar bajo todos sus estados, un tema muy bien estudiado por Morton Kaplan, otro “olvidado”. Ambos, armas letales y régimen, fueron realidades decisivas para que el mundo no marchara hacia un nuevo “estado de guerra”; dicho régimen también resultó capital para que los conflictos periféricos contaran con cierto nivel de “amortiguamiento”.

Pero el mundo continúa sin contar con una “vacuna contra la guerra”, pues las características principales de la política internacional siguen siendo las mismas de siempre: anarquía entre Estados, inseguridad, capacidades, intereses, incertidumbre ante las intenciones del otro, etc. De modo que mientras estos rasgos protohistóricos se mantengan, y no hay mayores razones como para considerar que se encuentran en retroceso, la política internacional no sufrirá cambios de escala.

Las cuestiones relativas con lo que podríamos denominar “nueva política internacional”, ciertamente permiten conjeturar en términos promisorios; pero es necesaria la cautela, pues en algunos de esos temas las necesidades de los Estados relativas con lograr ganancias de poder frente a otros, pues en la materia el poder es una realidad siempre relacional: importa en tanto se posee más que otro, podrían implicar un descenso (más) de la cooperación internacional, mientras que en otros el grado de incerteza es muy alto.

Por caso, en materia del “nuevo territorio” que supone la cibernética, un reciente estudio estima que las amenazas a la seguridad cibernética continuarán aumentando en 2021 por una razón central: un ciberataque es “una opción atractiva para los Estados porque es imposible probar las responsabilidades. Hay una guerra fría digital entre Estados Unidos, Rusia y China”[2].

Desde estos términos, si la “vieja geopolítica” implicaba siempre una cuestión de rivalidad entre los Estados por la pugna de intereses sobre territorios, la “nueva geopolítica” suma más conflicto entre Estados pues implica lo mismo que aquella, solo que en un territorio no mensurable.

En cuanto a la cuestión climática, las regulaciones impulsadas para detener el deterioro medioambiental no siempre serán neutrales, puesto que podrían encerrar lógicas relativas con la esencia de las relaciones entre los Estados: relaciones de poder antes que relaciones de derecho. Por ejemplo, tales regulaciones podrían implicar restricciones o bloqueos a países cuyas necesidades de modernización económica afectarían el medio ambiente.

Finalmente, en relación con la mentada IA, las posibilidades de que la misma produzca cambios que supongan un mejoramiento en la conducta humana son, por ahora, muy conjeturales. Más aún, en la propia comunidad científica hay sectores que consideran que nunca se llegará a un desarrollo total de la IA.

Pero más allá de las apreciaciones que puedan existir en relación con los nuevos tópicos y sus consecuencias en la política internacional, son las cuestiones habituales las que nos sumen en una situación no solo de rumbo incierto, sino riesgoso; pues a la ausencia de un régimen internacional (el último fue el de la “globalización I” en los lejanos años noventa), aquellos que deberían encontrarse pensando formas de convivencia, los poderes preeminentes, se hallan en una situación de rivalidad que, en algunos casos, como ocurre entre Occidente y Rusia, parecería haber tomado un curso prácticamente irreductible, situación que suma inquietud estratégica, pues el rasgo de conflictos irreductibles parecía ser propio de los conflictos que tienen lugar entre los poderes de Oriente Medio, por ejemplo, entre Irán e Israel, pero no entre Occidente y Rusia una vez finalizada la pugna global este-oeste.

Si bien es cierto que las rivalidades entre Rusia y Occidente, por un lado, y entre China y Occidente, por otro, son las mayores y las que más preocupan, los disensos que desde hace tiempo se registran entre “Occidente y Occidente”, es decir, entre Estados Unidos y Europa, merecen una particular atención. Claro que no se trata de una situación que no es ni de guerra ni de paz, como sucede en los otros dos contextos de rivalidad; pero en función de determinadas realidades, de la dispersión del poder, de la posible reconfiguración internacional y de las propias necesidades de Europa, es una cuestión estratégica seguir la relación, sobre todo desde el regreso de los demócratas al poder en los Estados Unidos.

Por tanto, realicemos a continuación algunas apreciaciones sobre estas tres cuestiones internacionales de escala.

Occidente-Rusia: más allá de la Guerra Fría

Habitualmente se tiende a considerar que las relaciones entre Occidente y Rusia se deterioraron a partir de la cuestión de Ucrania, cuyo desenlace implicó la amputación territorial de Crimea por parte de Rusia en 2014. Es verdad que la situación se deterioró sensiblemente desde entonces, siendo el grado de acumulación militar regional de ambos (que incluye posibles escenarios de choques o querellas militares), las sanciones, los cruces de acusaciones, etc., los principales indicadores de ello.

Pero si se pretende disponer de una apreciación más abarcadora de este conflicto central y de cuya evolución dependerá en buena medida el orden interestatal del siglo XXI, es preciso dirigirnos a los años noventa, más específicamente desde el mismo final de la contienda bipolar; pues para la “superpotencia solitaria”, como bien la denominó Samuel Huntington por entonces, era un propósito estratégico mayor evitar que, tras el derrumbe de la URSS, surgiera un nuevo poder que volviera a desafiar a Estados Unidos.

La “Rusia inicial”, la de 1992-1994, confió casi enteramente en la complementación estratégica con Occidente. Fue hacia mediados de la década cuando Moscú concluyó que la concepción estadounidense se basaba en una suerte de “Yalta de uno”: no había nada que compartir desde la victoria, y sí rentabilizar la misma a través de procedimientos que maximizaran la categórica posición estratégica occidental y debilitaran la de Rusia. De todos esos procedimientos, la ampliación de la OTAN, sobre todo la siguiente a la inclusión de Polonia, República Checa y Hungría en ella, fue el que más dañó y tensó las relaciones con Rusia, un actor de poder eminentemente terrestre, y cuya sensibilidad geopolítica protohistórica ante la aproximación de poderes mayormente marítimos significaba que la seguridad nacional se encontraba en riesgo mayor.

Si de práctica de pluralismo geopolítico se trataba, es decir, de deferencia y respeto territorial, hay que decir que ha sido la OTAN la que transgredió tal concepto, exigido hoy a Rusia en relación con sus cercanos, es decir, las ex repúblicas soviéticas, particularmente Bielorrusia y Ucrania. Georgia, en 2008, y Ucrania, en 2014, dejaron en claro esas zonas geopolíticas rojas de Rusia.

De manera que la rivalidad actual entre Occidente y Rusia ha proseguido después de la Guerra Fría; pero se trata de una nueva rivalidad o compulsa, no de una nueva Guerra Fría. El conflicto actual no implica ninguna pugna global con base en ideologías universales. Básicamente, se trata de una rivalidad de cuño geopolítico. Desde Occidente se considera que Rusia, en cualquier caso, será siempre una potencia políticamente conservadora y geopolíticamente revisionista que amenazará a Europa, particularmente a Europa central.

Por ello, cuando consideramos la actual situación de Rusia a partir de los sucesos derivados del caso o “factor Navalny”, necesariamente hay que tener presente esta perspectiva. Pues sin duda que los hechos relativos con el líder opositor implican cuestiones de orden interno, pero también fungen desde los intereses relativos con la rivalidad entre Occidente y Rusia o, más apropiadamente, desde los propósitos estratégicos de Occidente frente a Rusia.

La situación socioeconómica de Rusia es pertinente en relación con el intento de lograr ganancias de poder por parte de Occidente. En efecto, desde Occidente el discurso pro-Navalny es prácticamente granítico: se coloca al político opositor como el “bueno” y al régimen encabezado por Putin como el mal, un discurso que recuerda al presidente Reagan cuando se refirió a la URSS como el “imperio del mal”.

Más allá de las observaciones que se puedan llegar a hacer al régimen ruso, en términos de política de poder, pues de ello se tratan las relaciones entre Estados, el ascenso de Navalny u otro opositor serían funcionales para Occidente, pues se trata de políticos que si llegaran a estar al frente de Rusia podrían repetir lo que durante el primer lustro de los años noventa implicó el presidente Yeltsin para Occidente: un mandatario funcional para sus intereses.

En otros términos, un cambio de hombres al frente de Rusia podría implicar el debilitamiento del “modelo patriota”, al tiempo que se fortalecería el “modelo globalista occidental”, que no es un “modelo global-idealista”: es un modelo de poder con centro en Occidente (es decir, en Estados Unidos, pues Europa hasta hoy continúa siendo un “seguidor” de éste), una suerte de “neo-wilsonismo” activo cuyo propósito es hacer de Rusia una potencia frágil, exportadora de materias primas y con una menguada influencia en los grandes temas internacionales.

De este modo, como en los noventa, toda “gran estrategia de Rusia”, enfoque que implica centralmente mantener influencia en el cinturón de Estados que constituyen el “extranjero próximo” y tender a construir un orden internacional más multipolar, tendría un alcance más formal que real[3].

En este contexto, resulta difícil apreciar una posible salida a la situación entre Occidente y Rusia, de allí la condición geopolítica casi irreductible a la que ha llegado la misma. La llegada de Biden no es favorable a la negociación, salvo que la primacía de la política interna termine por “congelar” el conflicto con Rusia. No debemos olvidar que tres momentos estratégicos de Estados Unidos ante Rusia en los últimos 40 años ocurrieron con gobiernos demócratas: el involucramiento de la URSS en Afganistán (en 1979), la ampliación de la OTAN (fines de los noventa) y los sucesos en Ucrania (2013-2014).

Occidente-China: una nueva contienda, no una nueva “Guerra Fría”[4]

La creciente rivalidad entre Estados Unidos y China ha instalado a los dos actores preeminentes como los principales “gladiadores” (para utilizar el término de Hobbes) de las relaciones entre Estados en el siglo XXI. Ningún otro conflicto, incluso el de Estados Unidos-Rusia, que considerando las capacidades convencionales y sobre todo nucleares de ambos puede parecer central, tiene la magnitud del conflicto chino-estadounidense.

Acaso lo más extraño de esta nueva rivalidad es que, después del comercio UE-China, se trata de la mayor interdependencia del mundo: nunca en la historia de las relaciones entre Estados hubo dos países cuyas economías estuvieran tan entrelazadas; vaya como dato relativo con ello que, en 2019, el año que se deterioran más sus relaciones, el comercio bilateral alcanzó la sideral suma de 540.000 millones de dólares, aunque no se trata de una cifra simétrica, claro, pues las ventas de la potencia asiática a Estados Unidos estuvieron cerca de los 400.000 millones de dólares, desequilibrio que, en gran medida, explica la ofensiva de Washington por lograr  reparación comercial, propósito que difícilmente vaya a modificarse con el presidente Biden.

Es precisamente ese notable vínculo el que, como bien señalan dos autores argentinos en una reciente obra, hace que cualquier gestión del mundo dependa muy fuertemente de la coevolución de las relaciones entre ambos poderes, para lo cual imperiosamente deberán salir de la “interdependencia negativa” en la que se hallan[5].

Ahora, no solo el segmento mercantil los mantiene enfrentados. El creciente poderío de Pekín y su notable expansión geopolítica, geoeconómica y geotecnológica ha inquietado a Estados Unidos, que incluso ha sido desalojado por el actor asiático en algunas de las “plazas” latinoamericanas donde tradicionalmente había mantenido ascendente comercial y coto geopolítico, por caso, Venezuela y, considerando algunas declaraciones gubernamentales, Argentina, dos de los actores con mayor viabilidad económica estratégica.

Pero es en la gran región del Mar de la China Meridional, e incluso más allá, donde la proyección de los intereses de China ha preocupado a Estados Unidos, al punto que su concepción geopolítica preferente ha mudado desde la región del Golfo Pérsico hacia la enorme masa líquida que se extiende desde el Mar de Japón hasta Australia.

Conforme el entorno estratégico selectivo se ha ido trasladando desde el núcleo occidental hacia el este del globo, y el orden internacional gestado en 1945 se encuentra en estado de fragmentación y disolución, Estados Unidos, el único país grande, rico y estratégico-militar del mundo, y este último segmento es el que aún lo desmarca de los demás, no solo velará por la defensa de sus aliados asiáticos, sino que buscará evitar que en ese escenario, atravesado por múltiples dinámicas, se erija un “hegemón”.

En buena medida, Estados Unidos retorna a uno de sus grandes geopolíticos, Alfred Thayer Mahan, quien preconizaba que el dominio de los mares, especialmente de las rutas o “carreteras” marítimas, aseguraba el control mundial. Entonces, últimas décadas del siglo XIX, Estados Unidos se encontraba recorriendo el camino que lo llevaría “desde la riqueza al poder”, y uno de sus propósitos geopolíticos fue afirmar su predominancia en la región del Mar de la China, para lo cual su victoria militar sobre España fue clave para anclar su poder en Filipinas, entonces y hoy, un área selectiva estratégica.

También en aquel momento, la potencia americana en ascenso prácticamente no tenía rival allí: China había sido derrotada por otro poder en ascenso, Japón, que se consolidaría en el norte tras su categórica victoria ante Rusia en 1905.

Pero poco más de un siglo después la situación se presenta diferente, porque China no es la China de 1895, ni la de fines de los años setenta, en el siglo XX, cuando tuvo su última guerra, con Vietnam, país que aquel había invadido en su zona fronteriza, para luego retirarse tras enfrentar una fuerte reacción vietnamita. Posteriormente, en 1988, y más recientemente en 2014, hubo otras querellas militares entre ambos por cuestiones geopolíticas en el mar, pero estuvieron lejos de la contienda de 1979.

Es decir, si el verdadero poderío de una nación se mide en función de la técnica de poder más riesgosa, la guerra, la última confrontación militar de China fue hace más de 40 años y, aunque para la opinión pública internacional fue presentada como un triunfo de China, en el terreno la realidad fue otra.

Cumpliendo con su concepción estratégica, Estados Unidos se encuentra trasladando parte de su flota a la región; no solo lo hace para “contener” los propósitos expansivos y post-patrióticos de China, es decir, proyectarse más allá de sus derechos territoriales. De alguna manera, China lo ha hecho, pues ha conformado una serie de instalaciones o “almacenes militares” a lo largo de la costa del sur asiático, que llegan incluso hasta África, continente en el que la potencia asiática se ha convertido en “el nuevo colonizador pacífico”.

Aunque la expansión china suele ser considerada en términos centralmente económicos, la misma resulta indisociable del factor militar, pues, las compañías chinas de escala, como ha sostenido recientemente un ex director de la inteligencia británica, mantienen una estrecha relación con el Ejército chino.

Sin duda, se trata de un poder ascendente, incluso más allá de su condición geopolítica clásica: el poder terrestre. En la segunda década del siglo actual, China parece decidida a sumar, a su condición de poder terrestre, el factor marítimo, Si juzgamos los esfuerzos que ha hecho hasta el momento y los proyectos navales, particularmente, nuevos submarinos, portaaviones y armas electromagnéticas en destructores, Pekín se afirma como uno de los poderes más preeminentes del mundo, es decir, aquellos con “condición geopolítica integral” (esto es, predominancia independiente en tierra, mar, aire y espacio exterior).

De acuerdo con los propósitos fijados por el mandatario chino en 2017, hay dos “años estratégicos”: 2035, cuando el Ejército se encontrará totalmente modernizado, y 2050, cuando “las Fuerzas Armadas chinas deberán constituir una de las más grandes y poderosas fuerzas mundiales, para convertir a su país en “un líder global en cuanto a fortaleza nacional e influencia internacional”, para expresarlo en las propias palabras del presidente Xi.

Sin embargo, más allá de estos hechos y proyecciones, es posible que lo que parece ser un hecho inevitable, una confrontación entre China y Estados Unidos, no suceda en los términos clásicos, y China, el más débil de los dos, opte por una estrategia predominante y generalmente exitosa entre los países de la región: la destreza por acción indirecta.

En rigor, con algunos resultados, es la estrategia que ha estado practicando desde hace años China, a través de medios propios de la confrontación asimétrica: sin hacer frente a Estados Unidos directamente, Pekín ha buscado “rebajar” la presencia o influencia norteamericana en el área del Pacífico por medios no militares, por caso, impulsando bancos regionales con monedas regionales que, en cierta forma, configuren un orden internacional regional, como supone Henry Kissinger se irá configurando el mundo, que afiance a los actores asiático-orientales, particularmente a China, y aminore la presencia estadounidense.

Pero, con el fin de evitarlo de modo directo, Pekín podría intentar algo más en su rivalidad frente a Estados Unidos: modificar el tablero, dejando a Estados Unidos prácticamente sin el argumento estratégico que lo acerque a una posible colisión con su rival en algún lugar del Mar de la China.

En este sentido, como bien sostiene Hervé Juvin, el gran proyecto OBOR (“One Belt One Road”) tendría fines políticos, es decir, el colosal diseño para atravesar geoeconómicamente Asia desde China hasta Europa, implicaría una reacción a la política exterior de Estados Unidos basada en el “pivot asiático”. Es decir, para este autor francés, OBOR se propone dividir Occidente aprovechando la falta de estrategia de éste[6].

Ahora bien, ¿supone este conflicto chino-estadounidense una “nueva Guerra Fría” como la denominan cada vez más?

No es apropiado emplear ese concepto para designar la rivalidad entre los dos poderes. Se trata de una “nueva contienda” pero no de una “nueva Guerra Fría”. La contienda entre Estados Unidos y la ex Unión Soviética fue una singularidad irrepetible; un conflicto de nuevo cuño en las relaciones entre Estados que se extendió, prácticamente, durante todo el siglo XX. Porque si bien es habitual fechar su inicio tras 1945, la rivalidad se inició el mismo año 1917, cuando los hombres que tomaron el poder en Rusia pusieron en marcha una política exterior inusual y casi desconocida que no estaba dirigida a los gobiernos de los otros Estados sino a sus clases trabajadoras, en principio a las de la Europa industrial. Por ello, muy pertinentemente, el historiador Ernst Nolte se ha referido a “la guerra civil europea 1917-1945”.

Este dato es clave en relación con la singularidad de la Guerra Fría. La misma se fundó en cosmovisiones universales diferentes, que a partir de los años estratégicos 1917-1919 la simbolizaron y aplicaron Woodrow Wilson y Vladimir Lenin. A ello habría que sumar el alcance de la ecuación estratégica-ideológica en la que se basó la rivalidad: una pugna entre “ellos y nosotros” a escala global en la que casi no hubo sitio para terceras posiciones. Las denominadas “esferas de influencia”, un concepto geopolítico aparentemente perimido, signaron la contienda.

Asimismo, del poder nuclear de ambos dependió la seguridad de la misma humanidad; por ello, la “cultura estratégica” de los dos fue determinante para corregir desequilibrios que podían haber llevado la contienda hacia una peligrosa orilla del terror.

En ese mundo, la demanda de China, en los años setenta, para ingresar al mismo fue aceptada porque resultó funcional a Estados Unidos en su rivalidad ante su igual, la URSS. Es verdad que era su igual en términos estratégicos militares, no en otros segmentos de poder, pero la Guerra Fría se trató del segmento de “la seguridad, la geopolítica y el factor estratégico militar primero”. Fue precisamente no ser una superpotencia completa la carencia que determinó su derrota y, finalmente, su desaparición.

Ese mundo desapareció hace treinta años, si bien Estados Unidos no ha dejado de considerar a Rusia un rival, como hemos visto poco antes. Pero no se trata de una continuación de la Guerra Fría. Es otra nueva rivalidad centrada más en la incongruencia geopolítica de Occidente y la dificultad que le significa no tener un enemigo, que en un eventual revisionismo geopolítico ruso.

Nada de esto hay en la contienda chino-estadounidense. China nunca ha abandonado su idea de Imperio del Centro, pero ello no supone una ideología universal. No hay una ruptura de la diplomacia, como supuso la emergencia de la “nueva Rusia” en 1917[7].

Asimismo, si hay que definir el modelo chino en el siglo XXI, se trata de un autoritarismo de mercado que se ha beneficiado, en gran medida, de los bienes públicos internacionales que Estados Unidos proporcionó al mundo pos-1945 y que hoy se están agotando.

En el mundo de hoy, China despliega “poder agregado”, algo que no sucedió con la URSS en el mundo de la Guerra Fría, es decir, China se despliega en casi todos los segmentos de poder internacional, algo que también implica una vulnerabilidad, particularmente en el circuito comercio-económico, hecho que explica los cambios que se propone Pekín.

Pero la pugna autoritarismo-democracia entre China y Estados Unidos no representa un combate ideológico de alcance universal. Ello no supone una vía de la política exterior china tendiente a modificar regímenes políticos por todo el mundo. La expansión comercial no implica necesariamente alternativa ideológica.

Finalmente, incluso en el segmento estratégico-militar, es muy cuestionable que exista paridad entre los dos actores. La propia inteligencia china considera que el país se encuentra por detrás de los Estados Unidos. Con la URSS esta situación solamente se dio entre 1945 y 1949, cuando Estados Unidos dispuso de la supremacía por ser único actor con el arma nuclear.

En breve, no hay una “nueva Guerra Fría; existe una “nueva contienda” en el mundo y ella parece destinada a quedarse en el tiempo, e incluso hasta de la misma se podría llegar configurar un nuevo orden entre Estados, aunque no podemos saber a partir de qué tipo de desenlace podría llegar a gestarse el mismo.

Occidente-Occidente: el precio de la subordinación de Europa

No vamos a extendernos demasiado en esta situación internacional, pues la relación Estados Unidos-Europa no implica un caso de conflicto a un nivel de “ni guerra ni paz” como en los casos anteriores. Ambos mantienen una alianza estratégica y la llegada de Biden podría significar restablecer firmemente el vínculo atlántico que Trump ha llegado a erosionar, aunque no quebrar.

Sin embargo, acaso con Trump se ha ido una oportunidad para que la Unión Europea comenzara a salir de su zona de confort estratégico, es decir, la condición anti-geopolítica que supone que el “primus inter pares” de la seguridad atlántico-occidental sea Estados Unidos, quedando Europa relegada a un papel de subordinación y dependencia que no siempre resulta favorable para sus intereses.

En este sentido, así como en 1945 Truman ha sido el “facilitador socioeconómico” de una Europa enteramente derrotada (por los que perdieron militarmente la guerra y por los que “ganaron, pero perdieron” en función de que el poder se concentró en actores no europeos), Trump, al defender ante todo el “interés nacional primero”, ha sido, sin proponérselo, el “facilitador geopolítico” para esta Europa del siglo XXI que parece convencida de que es posible construir un mundo con base (únicamente) en patrones jurídicos-institucionales, lo cual es, de acuerdo con la experiencia, una anomalía internacional.

Ha sido precisamente esa visión la que llevó en su momento a Europa a pensar y documentar que las posibilidades de tensiones entre Estados en el continente prácticamente eran imposibles. Pero los sucesos que tuvieron lugar en Europa Oriental, que culminaron con la anexión o reincorporación del territorio de Crimea a Rusia, fueron categóricos en relación con esa prematura visión europea.

A partir de entonces, la UE se encuentra en conflicto con Rusia, situación que ha empeorado desde el envenenamiento que sufrió Alekséi Navalny en Rusia en agosto de 2020. Dicho acontecimiento impulsó no solo nuevas sanciones, sino una postura más firme por parte de la UE ante Moscú, particularmente desde la cancillería alemana.

Ahora bien, en función de los intereses propiamente europeos, ¿es congruente que la UE sostenga (por no decir siga) el enfoque estadounidense en relación con Rusia?

Sin duda que los hechos son importantes como para que Europa adopte posiciones, pero en alguna medida las mismas terminan por afectar los intereses geoeconómicos de Europa; por caso, Alemania, el país motor de la UE, mantenía con Rusia un intercambio comercial superior a los 100.000 millones de dólares antes que se produjera la amputación de Crimea. Desde entonces, la relación cayó a 60.000 millones de dólares, quedando afectados sectores como el de los automotores alemanes. Otros países de la UE, por ejemplo, Italia, también han visto afectado el vínculo comercial con Rusia.

Actualmente, el sector relativo con el suministro de energía (la UE recibe de Rusia más del 40% de sus requerimientos energéticos) atraviesa una situación crítica, pues las sanciones de Occidente han comenzado a extenderse a compañías de dicho sector. De nuevo, Alemania podría encontrase en una encrucijada geo-energética si finalmente avanzan las sanciones. Hay que recordar que el gas ruso llega a Alemania “de territorio a territorio”, evitando el paso por terceros que eventualmente podrían provocar inconvenientes en tal suministro.

Aquí es necesario regresar al propósito estratégico de Occidente, es decir, de Estados Unidos, en relación con debilitar a Rusia. Si finalmente se logra reducir significativamente el suministro de energía rusa a Europa, convirtiéndose Estados Unidos en uno de los nuevos suministradores, ello afectaría significativamente la economía (que desde hace tiempo se encuentra en problemas) de Rusia, país que se vería privado de ingresos no solamente críticos para buena parte de su economía, sino para las necesarias modernizaciones que necesita el país: tanto en el sector de energía como en la configuración de una nueva economía que le permita a Rusia desempeñar un papel más cabal en el escenario internacional. ¿Es de interés europeo que suceda esta situación?

Finalmente, si la situación de “no guerra” que existe hoy entre la OTAN y Rusia se dirigiera hacia un horizonte de tensiones mayores acompañadas de querellas militares, ¿se arriesgará la UE a una confrontación directa con Rusia?

El punto central es que la UE está participando de una situación geopolítica; y en la geopolítica los valores institucionales y jurídicos, los principales activos de la UE, pueden volverse relevantes y hasta adversos frente a los intereses de actores que nunca mezclan valores con intereses políticos aplicados sobre territorios, particularmente, Rusia, una potencia terrestre y de geopolítica real y vital.

Por tanto, la UE difícilmente será una potencia cabal en el siglo XXI si solamente basa su poder en la seducción que puedan ejercer sus instituciones y sus normas. Aunque le resulte refractaria, deberá incorporar, tanto en las ideas como en los hechos, la geopolítica. Porque fuera de la UE, el mundo continúa siendo el de siempre: “hobbesiano”, salpicado por ciertos “órdenes gestionados”.

Reflexiones finales

Nunca las relaciones internacionales se encontraron frente a tantas temáticas. Lo viejo y lo nuevo se cruzan alimentando diferentes conjeturas, aunque cada vez resulta más difícil contar con conjeturas auspiciosas sobre el rumbo del mundo.

Más allá del protagonismo de actores y cuestiones no estatales, en las principales placas geopolíticas del mundo los protagonistas son Estados. En este breve escrito intentamos describir tres situaciones relativas con Estados. Hay otras, claro, pero en las abordadas, particularmente en las que involucran a Estados Unidos, Rusia y China, se encuentran en liza y enfrentados intereses de actores mayores. Actores sobre los que recae la responsabilidad mayor de pensar una configuración internacional pactada y respetada que aleje a las relaciones internacionales de situaciones conocidas, incluso también de aquellas que ni siquiera podemos llegar hoy a imaginar.

 

* Alberto Hutschenreuter es Doctor en Relaciones Internacionales (USAL) y profesor en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación y en la Universidad Abierta Interamericana. Es autor de numerosos libros sobre geopolítica y sobre Rusia.

 

Referencias

[1] Christopher Layne. “Coming Storms. The Return of Great-Power War”, Foreign Affairs, November/December 2020, <https://www.foreignaffairs.com/articles/united-states/2020-10-13/coming-storms>.

[2] “The Top Geopolitical Risks of 2021”. Luminae Group, January 12, 2021, <https://www.luminaegroup.com/top-geopolitical-risks-2021>.

[3] Sobre la denominada gran estrategia rusa, ver: Francisco Javier Ayuela Azcárate, “Apuntes sobre la gran estrategia de la Federación Rusa”. Global Strategy, 13/01/2021.

[4] Adaptación del desarrollo que aparece en el libro de Alberto Hutschenreuter, Ni guerra ni paz. Una ambigüedad inquietante. Buenos Aires: Editorial Almaluz, 2021, p. 153.

[5] Esteban Actis, Nicolás Creus. La disputa por el poder global. China contra Estados Unidos en la crisis de la pandemia. Buenos Aires: Capital Intelectual,, 2020, p. 276-278.

[6] Hervé Juvín. “The New Silk Road and the Return of Geopolitics”. American Affairs, Spring 2019, p. 76-88.

[7] Carlos Fernández Pardo, Alberto Hutschenreuter, Versalles, 1919. Esperanza y frustración, Buenos Aires: Editorial Almaluz 2019, p. 66.

 

Artículo publicado en el Anuario del CEID 2020, el cual puede ser descargado gratuitamente desde la página https://saeeg.org/wp-content/uploads/2021/05/ceid_anuario_2020.pdf

©2021-saeeg®