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RUSIA Y EUROPA: ¿ES TAN INEVITABLE (E INMINENTE) LA GUERRA?

Roberto Mansilla Blanco*

Una mirada a los titulares de los principales medios de comunicación, principalmente europeos, daría a entender la inevitabilidad de una guerra entre Rusia y Europa. Una escalada de tensiones que ocurre en un contexto de distanciamiento transatlántico, desgaste del conflicto ruso-ucraniano, empeoramiento de las redes de suministro y transporte por la guerra en Oriente Medio y configuración exprés de una «OTAN europea» bajo una troika liderada por Alemania, Reino Unido y Francia, que señala a Moscú como su principal amenaza.

Mientras las calles de Europa, especialmente en Francia e Italia, arden con protestas sociales sobre la vivienda, educación, alza del coste de la vida, precariedad laboral, políticas migratorias y aumento del gasto militar, el dominio de la narrativa mediática belicista predomina como instrumento clave para anunciar escenarios de «guerra híbrida» entre Rusia y Europa.

Los medios europeos suelen maximizar con un tono alarmista el discurso del presidente ruso Vladimir Putin, señalándolo como el presunto agresor de una guerra que aparentemente está en camino. A su vez, y mientras Europa aumenta la presión militar contra Rusia, los medios de ese país otorgan un perfil diferente, concentrando su interés en las declaraciones de los altos mandos de la OTAN y la UE, en la magnitud de la crisis socioeconómica europea, la aparente incapacidad de su clase política para ofrecer soluciones efectivas a las demandas sociales y la materialización de una crisis de identidad y valores civilizatorios europeos ante las políticas de regularización migratoria.

Ucrania: ¿salida a la guerra y un final anticipado para Zelensky?

El contexto actual de la guerra en Ucrania está principalmente enfocado en la posibilidad de que Putin y su homólogo estadounidense Donald Trump negocien el final del conflicto a expensas de Kiev y de sus aliados europeos.

En una entrevista, el presidente ucraniano Volodymir Zelensky aseguró que «Trump quiere que Ucrania capitule» y que estamos ante los «días más peligrosos», colocando el foco en las elecciones legislativa del mid-term en EEUU, un test político estratégico para Trump en el que se vislumbra una derrota electoral en gran medida derivada por el alza del costo de la vida ante los elevados precios del carburante.

Las palabras de Zelensky son una clara reacción ante el anuncio de Trump de alcanzar un acuerdo con Putin para liberar 300.000 toneladas de gas ruso a fin de reducir los precios ante la crisis en Oriente Medio derivada de la agresión de EEUU e Israel contra Irán así como de las sanciones europeas contra Rusia que, en octubre, alcanzaron su 22º ronda, la mayor desde el inicio de la invasión en Ucrania en 2022. El precio del crudo Brent, referencia del mercado petrolero, se cotizaba a US$ 109 a mediados de octubre.

Trump ha tenido que recurrir a Putin como «salvavidas» electoral tomando en cuenta la estrecha alianza del mandatario ruso con Teherán así como ante las dificultades en las que se encuentra Arabia Saudita, tercer principal productor petrolero a nivel mundial tras EEUU y Rusia, particularmente ante los ataques contra sus refinerías por parte de los hutíes yemenitas, aliados de Irán. En un contexto prácticamente de guerra abierta en Oriente Medio, el reciente pacto militar entre Turquía, Arabia Saudita y Pakistán se enfrenta a su primer reto con aparentes distorsiones militares operativas, escenario que no descarta la activación de canales diplomáticos de negociación con Teherán.

En los últimos días han sido prolíficas las declaraciones de Trump culpando a Zelensky de no querer la paz en Ucrania. En Kiev han regresado las protestas ante el desgaste de la población por un conflicto estéril y ante las draconianas medidas de reclutamiento militar, cada vez más impopulares. Crece la percepción mediática de que Zelensky muy probablemente tiene los días contados en el poder toda vez que Trump y Putin negocian tanto su final político como el del conflicto, a espaldas de Ucrania y de Europa.

En este esquema de negociación para el final de la guerra en Ucrania podría entrar el presidente chino Xi Jinping toda vez Trump ya ha declarado que Zelensky debería delegar en otro representante para la negociación. Un evidente mensaje de falta de confianza en el presidente ucraniano y de intenciones de buscarle un reemplazo.

Suenan «tambores de guerra» entre Bruselas y Moscú

La tensión ha vuelto a instalarse entre Washington y Kiev mientras Europa, principalmente la troika establecida vía OTAN entre Francia, Alemania y Reino Unido sigue esforzándose en mantener la necesidad de presión militar contra Putin, argumentando un hipotético ataque ruso contra países miembros de la OTAN.

Mientras Trump negocia el «pacto del diésel» con Putin, Ucrania mantiene el pulso atacando las refinerías rusas e incluso sus centros de datos de información. Zelenski también criticó la presunta «intencionalidad política» con la restricción a Ucrania de la señal satelital de Starlink, propiedad de Elon Musk y esencial para Kiev en su esfuerzo bélico contra Rusia. En este apartado las sospechas ucranianas vuelven a apuntar hacia Trump.

En Moscú, el ministro de Exteriores Serguéi Lavrov aseguró que «Alemania nos va a declarar la guerra». La declaración viene tras un ataque ruso a Kiev, muy probablemente de carácter disuasivo, mientras el canciller alemán Friedrich Merz visitaba la capital ucraniana.

Durante un Foro de Seguridad celebrado el 13 de octubre en Varsovia, el jefe supremo de la OTAN en Europa, General Alexus Grynkewich, avisó a Rusia: «Si nos atacan, lucharemos». Reino Unido lanza advertencias a sus ciudadanos para prepararse a una «crisis de enorme magnitud y sacrificios en la vida personal». El primer ministro de Polonia, Donald Tusk, advierte que la guerra ruso-ucraniana entra en «su fase más peligrosa y decisiva» en vísperas del invierno, con el foco en las consecuencias que causarán en Europa su desconexión energética de Rusia.

Grynkevich presentó en Varsovia la estrategia «Teoría de la Victoria» ante un posible conflicto con Rusia, que propone el uso de vehículos aéreos no tripulados (UAV) y sistemas de puntería con inteligencia artificial para repeler posibles ataques. La OTAN podría utilizar fuerzas de defensa terrestre y otros recursos en el marco de la Iniciativa de Disuasión del Flanco Oriental, diseñada para monitorear las amenazas en las fronteras con Rusia y Bielorrusia, utilizando drones de bajo costo y sistemas de armamento militar que operan principalmente de forma autónoma.

En el marco de la 23ª reunión anual del Club Internacional de Debate Valdai, un influyente think tank vinculado al Kremlin, y tras enviar una carta a la OTAN, Putin advirtió que defenderá el enclave de Kaliningrado con armas nucleares en caso de ataque de la OTAN: «El punto de no retorno puede llegar de forma inesperada», indicó el presidente ruso no sin antes insistir en que sus palabras no son «una intimidación» sino «una respuesta» a las declaraciones de dirigentes occidentales y la hipótesis de un posible ataque contra Kaliningrado.

Mark Rutte, secretario general de la OTAN, respondió a las palabras de Putin con alerta máxima y cautela. Tras una reunión en Lituania donde reconoció que no hay indicios claros de movilización y agresión rusa, matizó que espera más ataques híbridos por parte de Moscú para presionar a dejar de ayudar a Ucrania.

De este modo los «tambores de guerra» parecen ir afinando sus sonidos en Europa y Rusia. Durante una comparecencia ante el Parlamento alemán, el jefe de los servicios secretos alemanes Martin Jäger advirtió del riesgo de un «conflicto violento con Rusia. La confrontación a la que nos enfrentamos con Rusia ha adquirido una dimensión nueva y más peligrosa. Moscú apuesta por nuestra debilidad. Tenemos que hacerle frente». Jäger puso como ejemplo el incidente de ataque de drones suscitado en agosto pasado en Leipzig, en el que la UE acusó a Rusia de presunta autoría.

La presidenta de la Comisión Europea Úrsula von der Leyen y la comisaria de Política Exterior Kaja Kallas aceleran la retórica belicista antirrusa, acusando a Moscú de intensificar la guerra híbrida contra Europa con desinformación y ataques de drones para pulsar los sistemas de seguridad. La localidad estonia de Narva, punto caliente entre la OTAN y Rusia, ha realizado un cierre de movilidad fronteriza con Rusia. El presidente letonio Edgars Rinkevics declaró que el «apetito por el riesgo por parte de Putin está incrementándose».

El clima de preguerra ruso-europeo parece anticipar nuevos movimientos geopolíticos. Reino Unido ha expresado la posibilidad de regresar a la UE poniendo fin al Brexit. Mientras pulsa la aprobación del retorno del servicio militar obligatorio, Alemania anunció el envío tropas a la frontera con Lituania.

El ascenso electoral de AfD en las recientes elecciones regionales alemanas es observado como una victoria política del Kremlin con el objetivo de erosionar los apoyos militares y financieros a Ucrania dentro de la UE y la OTAN, buscando igualmente potenciar un entendimiento europeo con Moscú.

La UE y la OTAN temen una posible inherencia rusa vía desinformación y estrategias de guerra híbrida en el calendario electoral europeo en curso este 2026 y previsto para 2027 principalmente en países como España, Francia, Serbia, Bulgaria, Grecia e Italia.

A la espera de cómo avancen las conversaciones con Trump sobre Ucrania, Rusia parece manejar escenarios de intensificación de su ofensiva militar antes del invierno, con el puerto de Odesa en su punto de mira con la finalidad de establecer un control de facto del mar Negro. Ante las advertencias y presiones de la OTAN y la UE, Putin refuerza la opción militarista, fortalecida tras la victoria parlamentaria de su partido Rusia Unida en las elecciones de septiembre pasado. Son cada vez más frecuentes los rumores sobre un reclutamiento masivo de hasta 300.000 efectivos en Rusia.

En Madrid, el presidente de gobierno Pedro Sánchez acusó a Rusia de utilizar la guerra híbrida con la crisis migratoria de Ceuta y Melilla presentada en agosto pasado. Moscú ha desestimado esta presunta injerencia en Ceuta pidiendo pruebas al gobierno español. Toda vez que en el marco de la Asamblea General de la ONU en septiembre pasado, Rusia y Marruecos reforzaron su alianza estratégica, una clara señal de advertencia para Madrid.

Presionado por la crisis interna, Sánchez convocó el adelanto de elecciones generales en España para el próximo 29 de noviembre. Algunas fuentes de inteligencia en Europa y España advierten de posibles operaciones de desinformación rusa durante la campaña electoral. Reacciones políticas aparte, el clima de escalada de tensiones prebélica parece instalarse sin tapujos entre Bruselas y Moscú.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG. 

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DOS BLOQUES ANTAGÓNICOS EN RIESGO DE COLISIÓN: EL EJE EUROASIÁTICO Y LA «OTAN 3.0»

Roberto Mansilla Blanco*

En medio de los conflictos existentes en Ucrania e Irán, las tensiones ruso-europeas y el incremento de la carrera armamentística en Asia Oriental y el Indo-Pacífico comienzan a diseñarse dos bloques geopolíticos y geoeconómicos con capacidad suficiente para definir las claves hegemónicas de poder para las próximas décadas.

En este nuevo mapamundi estos bloques geopolíticos se asumen como cada vez más antagónicos: el eje euroasiático, más fortalecido tras la reciente cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) realizada en Bishkek (Kirguizistán) y el «eje atlantista 3.0» emergente tras la reciente cumbre de la OTAN en Estambul celebrada en julio pasado y que interpreta una nueva relación dentro del «atlantismo» con un EEUU más aislado y una Europa obligada a reducir su dependencia de Washington en materia de seguridad.

La OCS y una Eurasia más «geopolítica»

La cumbre de la OCS en Bishkek reafirmó una serie de alianzas y equilibrios en el espacio euroasiático con la concreción de intereses comunes entre Rusia, China, Irán, India, Turquía y Corea del Norte. Apostando por el multilateralismo como bloque «contra hegemónico» y advirtiendo sobre el declive de Occidente, la OCS se erige, al menos de momento, como un eje no militar pero con decisivo peso geoeconómico y geopolítico.

Un caso particular ha sido el apoyo de Moscú y Beijing a Teherán a la hora de contener las sanciones occidentales contra el país persa en medio de la guerra con EEUU e Israel. Este apoyo sino-ruso a Irán abre un eje específico con capacidad para ejercer presión e influencia sobre Washington, cuyo objetivo estratégico, especialmente con Trump en la presidencia, ha sido procrear una brecha de división entre Moscú y Beijing, con resultados infructuosos.

Contrario a la matriz de opinión de los medios occidentales en las que se ha criticado a Rusia por supuestamente no apoyar a Irán en la guerra de 2025, en la actualidad se ha pasado a condenar a Rusia precisamente por apoyar militarmente a Irán tras la agresión de EEUU e Israel desde enero pasado.

El reciente Foro Económico del Lejano Oriente realizado en Vladivostok reafirmó igualmente la vocación geopolítica rusa de observar cada vez con mayor atención su flanco oriental asiático ante la posibilidad de una escalada de tensiones, principalmente enfocado en las aspiraciones revisionistas y de remilitarización de Japón, que encierre a Rusia en dos frentes simultáneos, toda vez el flanco occidental está concentrado en Ucrania y las tensiones con Europa y la OTAN.

Al margen de lo acordado en la cumbre de la OCS, Rusia está ensayando nuevos proyectos de infraestructuras de conexión con China, aún en fase de definición. Destaca aquí el ferrocarril Trans-Altai, una ruta alternativa a China a través de las montañas Altai, que ha sido considerado como un vector de competencia con la Ruta Internacional de Transporte Transcaspiana, que conecta China con Europa evitando Rusia, y como una forma de compensar parcialmente la inestabilidad de las rutas marítimas del sur.

En este contexto, Turquía, India e incluso Arabia Saudita (socio de diálogo de la OCS desde 2023) emergen como «actores bisagra», balanceando equilibrios muchas veces antagónicos entre Oriente y Occidente pero apostando al mismo tiempo por iniciativas de defensa propias como ha sido el reciente pacto de seguridad entre Turquía, Arabia Saudita y Pakistán, esta última una potencia nuclear, acordado en agosto pasado. Por su parte, India, importante socio energético y comercial ruso, ha pedido en Bishkek al presidente Putin la finalización de la guerra de Ucrania, tal y como explicó el primer ministro indio, Narendra Modi.

En la cumbre de la OCS, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, ha mostrado interés en unirse como «socio de diálogo» al bloque de seguridad liderado por China y Rusia en el seno de ese organismo. No se debe olvidar que Turquía es miembro estratégico de la OTAN y esta condición adquirió un plano aún mayor tras la cumbre de la Alianza Atlántica realizada en julio pasado en Estambul. Tras su regreso a Turquía, Erdogan señaló que convertirse en miembro de pleno derecho del OCS no implica un alejamiento del bloque occidental ni de sus aliados de la OTAN.

El interés de Ankara se enfoca en una estrategia global integral con principal atención en los corredores de transporte seguros ininterrumpidos y rutas comerciales alternativas ante las recientes disrupciones por conflictos en el mar Negro, el mar Rojo y el estrecho de Ormuz.

Por otro lado, ingresar en la OCS abriría a Turquía un nuevo mercado para su industria de Defensa, especialmente para los drones turcos, que llevan años integrándose en los ejércitos de países de la Alianza Atlántica, así como Ucrania, Etiopía o Azerbaiyán.

La «OTAN 3.0» y la troika Berlín-París-Londres

Si la sintonía parecía prevalecer en la cumbre de la OCS, la Alianza Atlántica ingresa en una fase de incertidumbres a pesar de su revitalización tras la reciente cumbre de la OTAN en Estambul.

Las divergencias con Trump han motivado a Alemania, Francia y Gran Bretaña a convertirse en un nuevo eje militarista en el seno de una «OTAN 3.0» de la que no escapa la Unión Europea. En medio de las inciertas negociaciones entre EEUU, Rusia y Ucrania impulsadas desde Washington, esta troika entre Berlín, París y Londres ejerce presión sobre Moscú incluso abriendo escenarios prospectivos de conflicto armado. Desde Rusia, por su parte, advierten que una respuesta contra la OTAN puede ocurrir en «cualquier momento».

La producción de drones y de artillería así como las estrategias de «guerra híbrida» entre Rusia y Europa comienzan a ser prioridades. Alemania y Reino Unido se convierten en los principales suministradores de misiles de largo alcance para Ucrania con la intención de golpear puertos, bases aéreas, almacenes y refinerías de petróleo dentro de Rusia.

A través de un comunicado publicado en abril pasado, el Ministerio de Defensa ruso sostuvo que la decisión europea de aumentar la producción y el suministro de drones y misiles de largo alcance para atacar territorio ruso constituía un «paso deliberado hacia una escalada drástica en todo el continente» y describía el proceso como la transformación de esos países en la retaguardia estratégica de Ucrania. Este comunicado también publicó una lista de empresas y proveedores de componentes militares a Ucrania existentes en el Reino Unido, Alemania, Dinamarca, Letonia, Lituania, Polonia, República Checa, Países Bajos, Italia, España, Israel y Turquía.

El presidente ucraniano Volodymir Zelensky, que ha observado en las últimas semanas importantes dimisiones de alto nivel y protestas en las calles por el desgaste del conflicto armado, firmó acuerdos de producción conjunta de drones con Alemania y Noruega. Así mismo, en una cumbre realizada a finales de agosto en París, la Coalición de Voluntarios para Ucrania informó que 35 países acordaron desplegar una fuerza multinacional de disuasión de varios miles de efectivos liderada por Francia y el Reino Unido, así como reforzar la defensa aérea ucraniana, con tecnología británica vía misiles Storm Shadow.

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte reconoció síntomas de debilidad operativa al declarar que Rusia produce en tres meses más munición que toda la OTAN en un año, entre dos y cuatro millones de proyectiles anuales así como entre ochocientos y un millar de misiles balísticos rusos por año, según estimaciones de agencias de inteligencia occidentales. La capacidad europea estimada se cifra entre doscientos treinta y cinco y doscientos noventa y nueve.

Las advertencias de Rutte pueden, al mismo tiempo, interpretarse como una herramienta de disuasión para sostener el compromiso «atlantista» de elevar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB para 2035, principalmente por parte de los socios europeos de la OTAN.

Los frentes se abren de Ucrania a las islas Kuriles

Si bien Ucrania parece tener cubierta su retaguardia estratégica vía apoyo europeo y de la OTAN, Rusia la amplía su capacidad en su retaguardia oriental vía China e incluso Corea del Norte, importante suministrador de artillería y efectivos para el frente ucraniano.

En mayo, China aumentó sus ventas a Rusia de nitrocelulosa, materia prima importante para la artillería, a través del grupo estatal Norinco, cubriendo el hueco que dejó Turquía tras las sanciones. A consecuencia, la Unión Europea incluyó a 28 entidades radicadas en China y Hong Kong, Turquía, Emiratos y Tailandia en su nuevo paquete de sanciones acusándolas de sostener el complejo militar industrial ruso. Las represalias chinas no tardaron en aplicarse. Beijing respondió prohibiendo la exportación de bienes de doble uso a 14 empresas europeas, entre ellas Rheinmetall, el mayor fabricante de armamento de Alemania, y la polaca Vigo Photonics.

La escalada de tensiones ruso-europeas parece advertir sobre escenarios prospectivos de casus belli que podrían activar un conflicto directo entre Rusia, Europa y la OTAN, ampliando ese frente occidental.

Los tres escenarios de riesgo más mencionados son el enclave ruso de Kaliningrado, los países bálticos y Finlandia, todos ellos miembros de la OTAN, al que habría que incluir ahora a Noruega, socio pero no miembro de la Alianza Atlántica, y Moldavia con una posible «proxy war» a través del territorio prorruso de Transnistria, muy importante principalmente ante la posibilidad de que el puerto ucraniano de Odesa termine en manos rusas, cerrando por completo el acceso a un mar Negro que se convertiría prácticamente en una especie de Mare Nostrum ruso.

En cuanto al cada vez más nítido frente oriental, la visita de Putin a las islas Kuriles en agosto pasado supuso una advertencia a Japón y EEUU ante las tensiones provocadas por una escalada militar en el Lejano Oriente y la posibilidad de concreción de una incipiente «OTAN asiática» que busque rodear al eje China-Rusia-Corea del Norte.

Esta visita de Putin ocurrió días después de que Japón publicara su libro blanco de defensa de 2026, el primero en la historia de posguerra japonesa en identificar explícitamente a China y Rusia como amenazas de seguridad graves y apostar por una cooperación de defensa ampliada con EEUU. De Ucrania a Asia Oriental, el nuevo mapamundi delimita los intereses de estos bloques geopolíticos.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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ARMENIA: ¿UNA «NUEVA GEORGIA» PARA RUSIA Y OCCIDENTE?

Roberto Mansilla Blanco*

El pulso entre Rusia y Occidente por el control de las esferas de influencia en el Cáucaso vuelve a escena. Tanto Moscú como Europa preparan sus cartas con el foco en las elecciones parlamentarias de Armenia a celebrarse el próximo 7 de junio, donde se renovarán 101 escaños para el periodo 2026-2031.

Estos comicios suponen un test decisivo para medir la gestión del primer ministro Nikol Pashinián, cuya orientación prooccidental manifiesta un distanciamiento histórico con Rusia, el tradicional aliado armenio en el Cáucaso. Por otro lado, Pashinián deberá medir en las urnas el sentir popular ante la pérdida del enclave armenio de Nagorno Karabaj a manos de su rival histórico, Azerbaiyán, en la breve guerra acaecida entre ambos países a finales de 2023. Desde entonces unos 100.000 armenios huyeron del Karabaj para refugiarse en Armenia.

Macron cantando «La bohème» de Charles Aznavour acompañado a la batería por el primer ministro de Armenia Nikol Pashinyan. Imagen: Agnès Vahramian.

Por otro lado, este 4 de mayo dio inicio en Ereván, la capital armenia, la Cumbre de la Comunidad Política Europea (CPE), donde los principales líderes europeos, visiblemente liderados por el presidente francés Emmanuel Macron (impulsor de esta iniciativa en 2022) además de la presencia de Canadá, país con una importante diáspora armenia, han dado su visto bueno al europeísmo y atlantismo de Pashinián, manifestado en las intenciones armenias de ingresar en la UE y la OTAN. La inclusión de Canadá en este esquema no es casual: supone un toque de atención de Bruselas hacia Washington ante la necesidad de resetear la relación transatlántica o bien apostar por otros socios.

Rusia ya había advertido a Armenia de las consecuencias que supone este giro prooccidental. Moscú indicó la «incompatibilidad» a la que podría someterse Armenia que, como miembro de la Unión Económica Euroasiática (UEE), aspira a ingresar en la UE. Pero la desconexión rusa de Pashinián sigue adelante. En agosto pasado, Armenia anunció su intención de retirarse de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), coloquialmente calificada como la «OTAN rusa». En marzo de 2025, el Parlamento armenio aprobó abrumadoramente iniciar el proceso de adhesión a la UE.

El factor energético entra en el juego electoral

Así, Armenia se ha convertido en la nueva «frontera» geopolítica entre Rusia y Occidente. En este complejo juego de intereses el presidente ruso Vladimir Putin ya ha movido fichas. La derrota militar armenia frente a Azerbaiyán implicó para el Kremlin alienarse a favor de Azerbaiyán como disuasión contra los intereses prooccidentales de Pashinián. Con Nagorno Karabaj en proceso de reinsertarse dentro del territorio de Azerbaiyán, ambos países firmaron la paz en Washington en agosto de 2025, bajo la iniciativa del presidente Donald Trump.

Desde el punto de vista energético, Armenia es casi absolutamente dependiente de Rusia a través de la filial de la multinacional rusa Gazprom toda vez que la infraestructura gasífera armenia está prácticamente integrada a la rusa. Al mismo tiempo, Rusia es el principal socio comercial armenio y principal surtidor de energía. Según la Agencia Internacional de Energía (AIE), las importaciones armenias de gas y petróleo representan aproximadamente el 77% del suministro energético total. Moscú también posee una base militar en la localidad armenia de Gyumri, otro elemento disuasivo para sus intereses geopolíticos por el control del Cáucaso Sur.

Con la llegada de Putin al poder en 2000, Moscú ha utilizado, con notable asertividad, el factor energético como herramienta geopolítica de influencia en el espacio euroasiático. Esta política no ha estado exenta de tensiones como ha sido el caso de las denominadas «revoluciones de colores» en Ucrania y Georgia (2003), influyendo en diversas dimensiones el pulso ruso-occidental por el control de las rutas energéticas desde el mar Caspio.

Esta dinámica no pierde vigencia este 2026. El gobierno armenio anunció recientemente la posibilidad de retirarse de la OTSC y la UEE ante el alza del precio del gas ruso provocado por la crisis bélica entre EEUU e Irán. De cara a las elecciones parlamentarias armenias, y ante el giro prooccidental de Pashinián, el tema de la dependencia energética de Rusia muy probablemente se afianzará como un debate electoral en Armenia, con capacidad para influir en los apoyos políticos y electorales.

En esta perspectiva, el Kremlin muy probablemente agitará a su favor a sus aliados prorrusos en el país caucásico, desde sectores empresariales hasta la propia Iglesia Ortodoxa armenia. En los últimos meses se han observado tensiones entre el gobierno de Pashinián y la Iglesia Apostólica Armenia, liderada por Karekin II. Desde Rusia, la diáspora armenia ha reaccionado a favor de la Iglesia armenia, contando con el beneplácito del gobierno ruso, incluso a través de manifestaciones en Moscú, San Petersburgo, Krasnodar y Sochi, entre otras ciudades con numerosa presencia de la diáspora armenia.

Para el Kremlin, que mantiene una relación muy estrecha y políticamente estratégica con el patriarcado de la Iglesia Ortodoxa rusa, la instrumentalización de la polémica de Pashinián con la Iglesia armenia se erige como un argumento de peso para incitar a la diáspora armenia en Rusia a defender los «valores nacionales tradicionales» de Armenia y el reconocimiento de la «paternal tutela» de Moscú sobre Ereván.

En un país, Armenia, donde el peso político del lobby de su diáspora es relevante, este factor puede ejercer una influencia determinante en los comicios parlamentarios, en este caso hacia opciones tendientes a «suavizar» las relaciones con Rusia y condicionar la opción «prooccidental» del gobierno de Pashininán.

Las elecciones armenias y el precedente georgiano

Las elecciones parlamentarias armenias de junio próximo poseen un símil con las ocurridas en octubre pasado en la vecina Georgia, cuyo gobierno de Salomé Zhurabishvilli también manifestó un giro prooccidental y se jugaba estas cartas en unas elecciones parlamentarias.

A pesar de varios días de protestas en la capital Tbilisi contra lo que se catalogó como «interferencia rusa» en las elecciones parlamentarias, la opción vencedora fue la del partido Sueño Georgiano, el mismo al que pertenece Zhurabishvilli, pero ahora bajo el liderazgo de Míjeil Kavelashvili más proclive a reorientar sus prioridades geopolíticas hacia Moscú.

Kavelashvili, un ex futbolista de elite que abandonó Sueño Georgiano para fundar el Partido Popular, fue posteriormente elegido en votación indirecta como el nuevo presidente georgiano. Desde entonces, Tbilisi ha iniciado un proceso de distanciamiento con Europa, congelando las negociaciones de admisión iniciadas en 2023. De este modo, el Kremlin aseguró sus intereses en mantener a Georgia dentro de sus esferas de influencia y, al menos momentáneamente, fuera del alcance occidental.

Moscú aspira reproducir ese mismo prisma en las elecciones parlamentarias armenias. El partido de Pashinián, Contrato Civil, tiene como principal contrincante electoral a Samvel Karapetyan, un empresario líder del partido Armenia Fuerte, considerado afecto al Kremlin. Karapetyan se encuentra actualmente encarcelado por intento de sedición contra Pashinián y por presuntos vínculos de corrupción y mercenarios paramilitares.

Putin ha solicitado la participación de Karapetyan en las elecciones, pero la legislación armenia prohíbe la concurrencia electoral de personas con doble nacionalidad considerando que cuenta con pasaporte armenio y ruso.

El cordón sanitario de Putin

En Armenia, Putin espera lograr un triunfo geopolítico similar al acontecido en abril pasado en las elecciones parlamentarias en Bulgaria, que le dieron la victoria al prorruso ex presidente Rumen Radev. Toda vez que la reciente caída del gobierno conservador y europeísta de Illie Bolojan en Rumanía tras una moción de censura puede igualmente ser interpretado como una ganancia indirecta para Moscú.

Rumanía, miembro de la UE y la OTAN, lidera una posición favorable a la ayuda militar y financiera a Ucrania así como una tendencia antirrusa que puede revertirse en caso de nuevas elecciones. El Kremlin tiene intereses muy concretos en propiciar cambios de gobierno igualmente en la vecina Moldavia, país candidato a la adhesión a la UE con un gobierno europeísta y con el conflicto de Transnistria como un posible efecto expansivo del existente en Ucrania.

Con ello, Rusia intenta asegurar un «cordón sanitario» prorruso y «anti-UE y OTAN» desde el mar Caspio hasta el mar Negro, propiciando así un corredor estratégico para sus intereses y concretando una especie de Mare Nostrum ruso precisamente en el mar Negro, con la base naval de Sebastopol en Crimea como motor militar y ante las expectativas de controlar el puerto de Odesa, bajo soberanía ucraniana. En este esquema se incluye igualmente el acercamiento ruso al nuevo gobierno sirio como principal proveedor de petróleo. A pesar de las reticencias occidentales, Moscú y Damasco inician una relación más estrecha en la que Rusia preserva sus intereses en el país árabe, donde tiene dos bases militares y un acceso importante a aguas mediterráneas.

Este contexto motiva a Europa a apresurarse a mover fichas en Armenia. La cumbre en Ereván de la Comunidad Política Europea ha atendido las prioridades armenias en cuanto a la supresión de los visados para los armenios que visitan la UE con el fin de facilitar los intercambios tanto turísticos como comerciales. La cuestión es fundamental para el gobierno armenio dado que los europeos no precisan de visado para visitar Armenia.

Por otro lado está EEUU. La pax de Trump en Nagorno Karabaj se interpreta como la intención de Washington por retornar con fuerza al siempre inestable tablero geopolítico caucásico y jugar con fuerza sus cartas para atraer esferas de influencia con la intención de reducir la capacidad operativa de sus rivales ruso y chino.

Como lo viene siendo para Rusia después de la breve guerra en Nagorno Karabajo, el actor clave para EEUU es Azerbaiyán. En medio de la ofensiva estadounidense e israelí contra Irán, el vicepresidente D.J. Vance estuvo de visita en Bakú, un gesto simbólico que refuerza el papel de Azerbaiyán como actor de equilibrio en el Cáucaso. Para Bakú resulta esencial este peso geopolítico que le confiere ganancias en sus relaciones con Rusia, EEUU, Turquía e incluso Irán y China.

El fortalecimiento de Azerbaiyán es observado con recelo por su histórico rival, Armenia, razón por la que Pashinián ha acelerado los contactos con Europa para asegurar aliados que le permitan equilibrar el nuevo juego de poder en el Cáucaso al tiempo que le garantice los apoyos exteriores para una victoria en los comicios parlamentarios.

Y Europa, consciente de que no puede quedar atrás ante los nuevos equilibrios de poder global, busca en Armenia revitalizar su posición sin condicionantes desde Washington. Mientras Trump, fiel a su estilo manipulador, anuncia la retirada de 5.000 efectivos militares estadounidenses de Alemania profundizando la crisis interna en la OTAN mientras advierte de que va a reforzar la seguridad del transporte de mercancías en el estrecho de Ormuz, la UE busca en Armenia el «camino de Damasco» que le devuelva a la relevancia incluso recreando una nueva relación transatlántica vía Canadá ante la intransigencia de Trump. Pretensión tan legítima como ambiciosa pero sumamente compleja en este nuevo sistema de poder mundial donde un «neo-imperialismo» 2.0 comienza a cobrar forma.

Pero volviendo a la siempre turbulenta e imprevisible dinámica caucásica: ¿se convertirá Armenia en el nuevo peón occidental para reducir la influencia regional rusa?; por el contrario, ¿Moscú finalmente logrará reproducir una especie de «plan Georgia» que le permita recuperar su peso geopolítico en el Cáucaso? Con una Europa que busca su reivindicación (y reinvención) ante la crisis transatlántica y las amenazas de desconexión de Trump con la OTAN, ¿se advierte como inevitable un conflicto militar directo entre Europa y Rusia en un contexto que anuncia un nuevo tipo de guerra, menos convencional y más digital vía drones, IA y misiles hipersónicos?

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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