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LA GUERRA QUE NO SE DECLARA. CÓMO LA ESTRATEGIA DE SEGURIDAD DE ESTADOS UNIDOS REDEFINE EL HEMISFERIO Y EMPUJA A LA ARGENTINA AL BORDE DE LA SUBORDINACIÓN ESTRATÉGICA.

Gabriel Francisco Urquidi Roldán*

Mientras no hay bombas ni ultimátums, la guerra ya empezó. No con misiles, sino con documentos.

 

En noviembre de 2025, la Casa Blanca publicó la National Security Strategy (NSS) de los Estados Unidos. Presentada como un documento técnico de planificación estratégica, la NSS 2025 constituye, en términos doctrinarios, una declaración de guerra indirecta, al redefinir jerarquías, áreas de influencia y prioridades estratégicas globales[1].

Lejos de limitarse a una orientación defensiva, el documento legitima la securitización de regiones completas, economías, infraestructuras críticas y decisiones políticas de terceros Estados bajo el argumento de la «seguridad nacional estadounidense», desplazando los principios clásicos de soberanía y autodeterminación[2].

Una doctrina Monroe del siglo XXI

La NSS 2025 ubica al Hemisferio Occidental como prioridad estratégica, reeditando una versión funcional y contemporánea de la doctrina Monroe: América como espacio exclusivo de influencia estadounidense.

Bajo conceptos como regional stability, supply chain security y countering malign influence, el documento habilita:

    • presión diplomática estructural,
    • condicionamiento económico,
    • influencia doctrinaria sobre fuerzas armadas aliadas,
    • dominio informativo,
    • intervención indirecta en políticas de defensa y seguridad.

Tal como advierte Brzezinski[3], este tipo de arquitectura no busca cooperación entre iguales, sino administración geopolítica de periferias estratégicas.

Argentina: socio… o subordinado

En la planificación estratégica del Comando Sur de los Estados Unidos (SOUTHCOM), la Argentina aparece caracterizada como:

    • plataforma logística regional,
    • proveedor de recursos estratégicos (alimentos, energía, minerales críticos),
    • espacio geográfico sensible (Atlántico Sur, Antártida),
    • territorio en disputa de influencia entre Estados Unidos y China[4].

La consecuencia es clara:

Argentina no define amenazas ni prioridades; ejecuta diagnósticos ajenos.

Desde la perspectiva de la teoría realista, esto implica una pérdida de autonomía estratégica, condición central para la supervivencia estatal[5].

Alineación automática y erosión del interés nacional

La alineación casi total del gobierno argentino con la agenda estratégica estadounidense se produce sin debate parlamentario profundo ni planificación estratégica propia, debilitando el principio republicano de control civil y deliberación democrática[6].

Aceptar amenazas definidas externamente implica:

    • desnaturalizar la defensa nacional,
    • confundir seguridad interior con defensa,
    • orientar inteligencia hacia intereses exógenos,
    • subordinar la política exterior a la competencia Estados Unidos – China.

Desde una perspectiva sistémica, el Estado deja de cumplir su función estratégica básica: planificar su propia supervivencia[7].

La guerra híbrida como forma dominante

La NSS 2025 consolida el uso de guerra híbrida y multidominio, caracterizada por la combinación de medios militares, económicos, informativos, jurídicos y tecnológicos[8].

Las herramientas centrales incluyen:

    • control narrativo,
    • guerra jurídica (lawfare),
    • ciberoperaciones,
    • presión financiera,
    • formación doctrinaria de cuadros militares,
    • cooperación condicionada.

  Esto confirma que la guerra contemporánea ya no requiere ocupación militar directa, sino control funcional del Estado objetivo[9].

Subordinación estratégica y riesgo de desintegración

  El principal riesgo para la Argentina no es militar, sino estructural.

La aceptación acrítica de esta arquitectura implica:

    • cesión de control sobre infraestructura crítica,
    • pérdida de doctrina militar propia,
    • dependencia tecnológica irreversible,
    • debilitamiento del control territorial efectivo.

Tal como advierte Clausewitz, cuando el Estado pierde la capacidad de definir el propósito político de la guerra —o de la defensa—, pierde la guerra antes de combatirla[10].

Malvinas, Atlántico Sur y Antártida: la omisión estratégica

Un dato central es el silencio de la NSS 2025 respecto a los intereses argentinos en Malvinas, mientras se consolida la cooperación estratégica con el Reino Unido, potencia ocupante y miembro pleno de la OTAN[11].

Esta omisión no es neutral:

Licúa el reclamo soberano argentino y normaliza la militarización británica del Atlántico Sur.

Desde el derecho internacional, la falta de respaldo explícito debilita la posición diplomática argentina y consolida el statu quo colonial[12].

Conclusión: la guerra que no se nombra

La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos prioriza su supervivencia y su hegemonía. Eso es coherente con su lógica de poder.

Lo crítico es que la Argentina renuncie a pensar su propio interés nacional, aceptando una arquitectura estratégica que la transforma en objeto de planificación ajena.

La guerra ya comenzó.

No con bombas.

Con documentos, decretos y silencios.

Y el mayor riesgo no es perder una batalla, sino dejar de ser un Estado capaz de decidir qué, cómo y por qué defender.

 

* Licenciado en Seguridad. Especialista en Análisis de Inteligencia y Maestrando en Inteligencia Estratégica Nacional, con experiencia en estrategia, geopolítica, tasalopolítica, producción de información, así como en Seguridad y Protección de Infraestructuras Críticas.

 

Referencias

[1] White House. (2025). National Security Strategy of the United States of America. Executive Office of the President, https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2025/12/2025-National-Security-Strategy.pdf.

[2] Buzan, B., Wæver, O., & de Wilde, J. Security: A New Framework for Analysis. Londres: Lynne Rienner Publishers, 1998.

[3] Brzezinski, Z. The Grand Chessboard: American Primacy and Its Geostrategic Imperatives. New York: Basic Books, 1997.

[4] U.S. Southern Command. (2023). Posture Statement before the United States Congress. Department of Defense, 2023, https://www.southcom.mil/Portals/7/Documents/Posture%20Statements/2023%20SOUTHCOM%20Posture%20Statement%20FINAL.pdf?ver=rxp7ePMgfX1aZVKA6dl3ww%3D%3D.

[5] Waltz, K. N. Theory of International Politics. McGraw-Hill, 1979.

[6] Guillermo O’Donnell. Contrapuntos. Ensayos escogidos sobe autoritarismo y democratización. Buenos Aires: Paidós. 1997, 360 p.

[7] Bunge, M. Epistemología: Curso de actualización. Buenos Aires: Siglo XXI Editores. 2002.

[8] Hoffman, F. G. Conflict in the 21st Century: The Rise of Hybrid Wars. Potomac. Arlington, Virginia: Institute for Policy Studies, 2007.

[9] Clausewitz, C. von. (2004). De la guerra (Obra original publicada en 1832). Editorial La Esfera de los Libros.

[10] Ídem.

[11] Dodds, K. (2018). The Falkland Islands, Antarctica and British Geopolitics in the South Atlantic. Polar Record, 54(3), 1–15.

[12] Naciones Unidas. Resolución 2065 (XX) de la Asamblea General. Cuestión de las Islas Malvinas. Nueva York, 16 de diciembre de 1965.

 

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LECCIONES DE LA GUERRA DE LAS MALVINAS PARA CHINA

Antonio Luna Carrasco*

La Guerra de las Malvinas, también conocida como el Conflicto del Atlántico Sur, fue un enfrentamiento armado entre Argentina y el Reino Unido que tuvo lugar en 1982. Este conflicto surgió por la disputa soberana sobre las Islas Malvinas (Falkland Islands en inglés), un archipiélago remoto en el Atlántico Sur, a unos 500 kilómetros de la costa argentina y a más de 12.000 kilómetros del Reino Unido.

La reclamación de soberanía argentina está respaldada por un relato histórico sin sesgos, donde los ingleses usurparon la legitimidad argentina por el simple argumento de la fuerza, en plena expansión para dar bases navales en los océanos para la Royal Navy, en una época donde no existía el Canal de Panama y el paso por el Estrecho de Magallanes era obligado para pasar del Atlántico al Pacifico. El adanismo británico los lleva a bautizar como Drake Passage un paso próximo al Estrecho de Magallanes, a pesar de que Magallanes pasó el 21 de octubre de 1521 y Drake, el mismo día de 1578, 57 años después. El modelo anglosajón de expansión impuso que la isla fuera repoblada por británicos y los lugareños fueran «expulsados», con lo cual se garantizaron que cualquier consulta de autodeterminación futura el resultado estuviera garantizado.

Figura 1 Mapa

El 2 de abril de 1982, fuerzas argentinas recuperaron las islas en una operación sorpresa, capturándolas rápidamente. El Reino Unido respondió enviando una fuerza tarea naval y militar para recuperar el territorio, lo que resultó en una guerra que duró 74 días y concluyó con la rendición argentina el 14 de junio de 1982. El conflicto causó la muerte de 649 soldados argentinos, 255 británicos y 3 civiles isleños, además de miles de heridos.

Aunque fue un conflicto de escala limitada, la Guerra de las Malvinas ofrece valiosas lecciones estratégicas, operativas y tácticas, especialmente en el contexto de disputas insulares y operaciones anfibias a larga distancia. Para China, con una configuración y pretensiones similares en Taiwán y el Mar del Sur de China, este episodio histórico es particularmente relevante. Taiwán, una isla a unos 180 kilómetros de la costa china continental, representa un escenario similar: una potencia continental (Argentina/China) con pretensiones soberanas sobre una isla remota que hipotéticamente podría ser defendida por una potencia naval distante (Reino Unido/Estados Unidos y aliados). Según análisis como el publicado en The Diplomat, las similitudes tácticas y geopolíticas hacen que las Malvinas sean un caso de estudio para un posible conflicto por Taiwán, aunque el trabajo del The Diplomat tiene un elevado sesgo anglófilo, obviamente[1]. Expertos chinos han estudiado el conflicto desde la década de 1980, extrayendo lecciones sobre logística, superioridad aérea y naval, y la importancia de la disuasión.

En este artículo, desglosaremos las lecciones en tres apartados principales: guerra terrestre, guerra naval y guerra aérea. En cada uno, primero resumiremos el desempeño argentino durante el conflicto, basado en fuentes históricas, y luego extraeremos lecciones aplicables a China, teniendo en cuenta las similitudes y discrepancias de cada caso. Viendo los programas tecnológicos militares chinos, muchos han sido asimilados, aunque otros aún no. El enfoque estará en cómo Argentina, a pesar de ventajas iniciales, falló en mantener el control debido a deficiencias logísticas, tecnológicas y estratégicas. Para China, que posee un ejército moderno y recursos vastos, estas lecciones podrían informar estrategias para un asalto anfibio a Taiwán, donde la distancia, el terreno montañoso y las alianzas internacionales complicarían cualquier operación.

El análisis subraya que, aunque la tecnología ha evolucionado (con drones, misiles hipersónicos y ciberoperaciones en el arsenal moderno), los principios fundamentales de la guerra insular permanecen: el control del mar y el aire es crucial para el éxito terrestre, y la logística es el hilo conductor que une todo.

Guerra terrestre: la lucha por el terreno y la logística

La guerra terrestre en las Malvinas representó el núcleo del conflicto una vez que las fuerzas británicas desembarcaron. Argentina inició el conflicto con una ventaja aparente: capturó las islas con facilidad el 2 de abril de 1982, mediante una operación anfibia que involucró a unos 600 comandos y marines, enfrentándose a una guarnición británica de solo 68 Royal Marines y 11 marineros. La invasión, conocida como Operación Rosario, fue un éxito táctico rápido, con mínimas bajas y el control total de las islas en horas. Sin embargo, el desempeño argentino en la fase defensiva posterior no fue el óptimo, debido principalmente a la falta de una cadena logística que mantuviera la operatividad de la fuerza desplegada, lo que llevó a su derrota.

Argentina desplegó alrededor de 12.000 tropas en las islas, organizadas en brigadas de infantería, artillería y unidades especiales. La mayoría eran conscriptos jóvenes, con solo 18-20 meses de entrenamiento básico, y muchos carecían de experiencia en combate. Las fuerzas incluían la X Brigada de Infantería Mecanizada, la III Brigada de Infantería y elementos de la Infantería de Marina. El terreno de las Malvinas —pantanosos, montañosos y expuestos a vientos fuertes— favorecía a los defensores. Las posiciones defensivas alrededor de Puerto Argentino (Port Stanley) eran estáticas, con trincheras y fortificaciones, pero sufrieron de problemas logísticos graves: escasez de suministros, equipo inadecuado para el frío (muchos soldados usaban botas de verano) y moral baja debido a la falta de rotación y apoyo aéreo/naval consistente.

Los británicos desembarcaron en San Carlos el 21 de mayo de 1982, con la 3 Commando Brigade y la 5 Infantry Brigade, totalizando unos 5.000 hombres inicialmente. A pesar de ser superados en número (2:1 a favor de Argentina), los británicos avanzaron con tácticas de infantería ligera, ataques nocturnos y superioridad en entrenamiento. Batallas clave como Goose Green (28 de mayo), donde 450 paracaidistas británicos capturaron a 1.200 argentinos, dan una idea de la superioridad aérea con que contaban los ingleses: rendición prematura, pobre coordinación y artillería limitada por munición escasa. En Mount Longdon, Tumbledown y Wireless Ridge (11-14 de junio), las fuerzas argentinas resistieron inicialmente pero colapsaron bajo presión continua, con fricciones internas entre oficiales y tropas —incluyendo abusos reportados— que minaron la cohesión.

El general Mario Menéndez, comandante argentino que había planteado un sistema de defensas fijas, rindió las islas el 14 de junio tras la caída de las defensas periféricas. Argentina perdió 194 soldados en combates terrestres frente a 150 los ingleses, pero el verdadero fallo fue estratégico: subestimaron la capacidad británica para proyectar poder a distancia, considerar que Estados Unidos no apoyaría con medios a los ingleses y, sobre todo, no mantuvieron líneas de suministro viables. La Armada Argentina se retiró temprano, dejando a las tropas aisladas, y el apoyo aéreo fue insuficiente para contrarrestar el avance británico.

Para China, estas lecciones son críticas en un escenario hipotético de invasión a Taiwán. El Ejército Popular de Liberación (EPL) es masivo, con más de 2 millones de efectivos, pero un asalto anfibio a Taiwán requeriría transportar decenas de miles de tropas a través de 180 km de mar agitado, bajo fuego enemigo. Al igual que Argentina, China enfrentaría un defensor atrincherado en terreno montañoso, con posibles aliados (EE.UU., Japón) proporcionando apoyo. Estudios chinos, como los citados en Survival[2], enfatizan que la victoria argentina inicial en la invasión resalta la importancia de la sorpresa, pero la derrota posterior subraya la vulnerabilidad de fuerzas aisladas sin reabastecimiento.

China ha invertido en capacidades anfibias, con buques como el Type 075 LHD y brigadas marinas, pero el «tren logístico» —el flujo continuo de municiones, combustible y tropas— sería el talón de Aquiles. Las cantidades y modelos de aviones de transporte militar son insuficientes, debiendo incrementar en al menos un 100% los de hélice que tienen. El total del que disponen es: Xian Y-20 (similar al C5) cantidad 100; Ilyushin Il-76MD (similar al C17) cantidad 20; Shaanxi Y-30 (similar al A400M) cantidad 100; Shaanxi Y-9 e Y.8 (similar al C130 Hercules) cantidad 60; Xian Y-7 (similar al C295) cantidad 50; Shijiazhuang Y-5 (similar al CN235) cantidad 100. En las Malvinas, Argentina solo tenía en transporte aéreo apenas 8 C130 Hercules, lo cual fue una gran deficiencia.

Otro fallo argentino fue que no se hizo una defensa avanzada una vez se llevó a cabo la ocupación. Los argentinos, con solo dos aviones cisterna, operaban desde territorio continental, y eso otorgó la iniciativa operativa a los ingleses, dado el escasísimo tiempo de operaciones. Esto otorgó a la Royal Navy superioridad naval; en Taiwán, es improbable que si se tomara la isla y se hiciera un despliegue de defensa avanzada en la isla los norteamericanos puedan tener la iniciativa.

Los misiles antiacceso (A2/AD) chinos podrían disuadir a EE.UU., pero cualquier interrupción (por submarinos o ataques aéreos) colapsaría la operación. Las lecciones incluyen la necesidad de reservas masivas, entrenamiento en condiciones adversas y integración con ramas navales y aéreas para proteger convoyes.

Como conclusión, mantener el tren logístico es clave para el éxito en guerra terrestre insular. Esto requiere supremacía naval para el transporte y supremacía aérea para la cobertura, evitando el aislamiento que condenó a Argentina. Para China, esto implica desarrollar doctrinas dinámicas, no estáticas. No esperar a que lleguen, sino «salir a cazarlos cuando salgan». Teatro de operaciones, el mar, la mar.

Guerra naval: el control de las aguas y el rol submarino

La guerra naval en las Malvinas fue decisiva, aunque asimétrica: Argentina poseía una armada moderna pero subestimó la proyección de poder británica. El desempeño argentino comenzó con éxito en la invasión, donde la Armada Argentina (ARA) transportó tropas sin oposición significativa. Sin embargo, tras el traicionero hundimiento del crucero ARA General Belgrano el 2 de mayo de 1982 por el submarino nuclear británico HMS Conqueror, fuera de la zona de exclusión decretada, y todavía en la mesa de negociaciones, y sin previo aviso, la Armada se retiró a aguas costeras, cediendo el control marítimo.

Argentina desplegó una flota que incluía el portaaviones ARA Veinticinco de Mayo, cruceros como el Belgrano, destructores y submarinos (dos operativos: ARA San Luis y ARA Santa Fe). El Santa Fe fue dañado y capturado temprano, mientras que el San Luis intentó ataques pero falló por problemas técnicos en torpedos. La Armada Argentina evitó confrontaciones directas después del Belgrano, que resultó en 323 muertes y un golpe moral. En cambio, se enfocó en apoyo aéreo-naval, como el uso de aviones Super Étendard con misiles Exocet para hundir buques británicos (e.g., HMS Sheffield y Atlantic Conveyor).

El retiro naval dejó a las tropas terrestres vulnerables, sin refuerzos marítimos efectivos. Argentina perdió el Belgrano y otros buques menores, mientras que los británicos sufrieron daños pero mantuvieron la fuerza tarea intacta. Esto da una idea de que los miembros de la Junta Militar argentina pensaron que se aplicaría lo que se conoce como hechos consumados y no habría reacción británica con una operación militar. Algo parecido al principio que estos días vemos con la operación militar norteamericana en Venezuela, con falta de reacción internacional y mutismo de los foros de gobernanza.

Para China, la Armada del Ejército Popular de Liberación (PLAN) es la más grande del mundo, con más de 370 buques, incluyendo 4 portaaviones como el Liaoning, Shandong, Fujian y el que hay en construcción desde hace 2 años y estará en servicio para 2029. En un conflicto por Taiwán, el control naval sería esencial para bloquear la isla y apoyar desembarcos. Las Malvinas enseñan que una armada continental puede ser neutralizada por submarinos enemigos, como hizo el Conqueror. China ha expandido su flota submarina (más de 60 unidades, incluyendo nucleares), pero enfrenta amenazas de submarinos estadounidenses (Virginia-class) y aliados. Los chinos han apostado abiertamente por el arma submarina, una de las lecciones bien traída de la guerra de las Malvinas.

En submarinos China debe ampliar la cantidad de submarinos de ataque de furtividad alta. Suponiendo que, por el estilo americano, estos desplieguen 4 o 5 NCG (Naval Carrier Group) de los 9 operativos, necesitarían para llevar a cabo tácticas avanzadas, unos 4 por cada NCG, en total 20, no los 6 planeados del Type 096, pero no deberían descartar tener reemplazos, para actuar de señuelos, y deberían por tanto tener al menos 30.

Lecciones incluyen la necesidad de guerra antisubmarina avanzada (ASW), usando destructores Type 055 y helicópteros, y el valor de portaaviones para proyección. Argentina falló al tener los submarinos fuera de servicio. Además, el uso de minas y drones submarinos podría denegar acceso a EE.UU., similar a cómo Argentina intentó (sin éxito) minar áreas.

Como conclusión, el uso del arma submarina es esencial para mantener la logística y el control de las aguas de la zona. En las Malvinas, un solo submarino británico paralizó la Armada Argentina; para China, invertir en submarinos stealth y ASW podría asegurar rutas marítimas a Taiwán, previniendo un aislamiento similar.

Guerra aérea: el dominio de los cielos y los enablers tecnológicos

La guerra aérea fue el dominio donde Argentina mostró su mejor desempeño, brillante, sobre todo si tenemos en cuenta las limitaciones de enablers como la capacidad de repostaje en vuelo y operar desde suelo continental. La Fuerza Aérea Argentina (FAA) y la Aviación Naval operaron desde bases continentales, a 700 km de las islas, lo que limitó su radio de acción. Contaban con unos 120 aviones operativos, incluyendo Mirage III, Dagger, Skyhawk y Super Étendard. El 1° de mayo de 1982 comenzaron ataques intensos contra la flota británica, usando tácticas de bajo nivel para evadir radares.

El éxito más notable fue el uso de misiles Exocet: solo cinco aire-tierra disponibles, pero hundieron el HMS Sheffield (4 de mayo) y dañaron otros. Los pilotos argentinos volaron misiones heroicas, causando 24 bajas británicas y dañando múltiples buques. Sin embargo, perdieron 75 aviones (muchos por defensas antiaéreas como Sea Dart y Rapier), debido a falta de repostaje en vuelo (solo dos KC-130 limitados) y a que las bombas lanzadas no tenían tiempo de cebarse desde el lanzamiento. Innovaciones como chaff casero (hecho con máquinas de pasta) mostraron ingenio, pero no compensaron las limitaciones.

Los británicos dominaron con Harriers desde portaaviones, principalmente por la ventaja otorgada por los norteamericanos al transferirle el nuevo misil AIM-9-L Sidewinder en las islas Ascension, durante el tránsito, lo que disparó su efectividad del 15% (el que tenían los misiles argentinos) al 85% (dado que se podían disparar desde cualquier posición) logrando superioridad aérea local. Argentina falló en 46% de misiones por cancelaciones o fallos en armas.

Para China, la Fuerza Aérea del Ejército Popular de Liberación (PLAAF) es avanzada, con J-20 stealth y misiles PL-15, que en su variante PL-15E ya demostró en manos de Paquistán en el verano de 2025 que puede batir a los Rafales con radar AESA de la India. Los misiles son el punto fuerte de China, y la lección bien aprendida de la guerra de las Malvinas, y que han puesto en práctica y son lideres absolutos.

Para contrarrestar esto, los Estados Unidos se han lanzado a la carrera por los drones, el loyal wingman como lo denominan irónicamente, que ya se ha convertido en un avión independiente sin necesidad de ir tutelados por los F35. Dados los alcances y autonomías de los aviones norteamericanos, los pilotados no llegan a superar el alcance de misiles, por eso la única vía que les queda a los estadounidenses son los drones con IA. El programa CCA (Collaborative Combat Aircraft) en la versión «no loyal wingman» sino autónomo plenamente. El factor humano aquí es un lastre operacional y, sobre todo, viendo el alcance de las armas chinas.

En Taiwán, la distancia corta favorece, pero EE.UU. podría intervenir con F-35. Las lecciones de Malvinas: armas antibuque de larga distancia (como YJ-21 hipersónico) y repostaje en vuelo (con YY-20U) son enablers clave. Argentina casi triunfó con Exocets pero erró en no tener más aviones cisterna disponibles. China parece no haber aprendido el error de Argentina en cisternas y apenas tiene 30 en operación. Muy insuficiente frente a los 600 norteamericanos. Este es un error de juicio y cálculo de los planificadores chinos.

Como conclusión, la relevancia de las armas antibuque de larga distancia y el repostaje en vuelo fueron los enablers que hicieron que los argentinos tuvieran un desempeño brillante, un casi. Para China, integrar estos en doctrinas A2/AD podría disuadir intervenciones, asegurando superioridad aérea sobre Taiwán.

Conclusión

La Guerra de las Malvinas demuestra que en disputas territoriales insulares el éxito radica en la integración efectiva interarmas y en una logística sólida. Argentina combatió con honor y, en particular, exhibió un desempeño brillante de su aviación. Para China, la aplicación de estas lecciones —como el soporte logístico terrestre respaldado por componentes navales y aéreos, el empleo de submarinos para el dominio marítimo y el uso de facilitadores (enablers) aéreos— le otorga numerosas ventajas para prevalecer en un eventual intento de recuperar Taiwán.

No conviene olvidar que China ostenta el estatus de potencia nuclear, lo que hace improbable una intervención externa que no contemple el riesgo de una escalada atómica. Lo más plausible es que, ante la toma de las islas, no se produzca una respuesta significativa; no obstante, Pekín debería prepararse para evitar el yerro de la Junta Militar argentina y considerar lo improbable: una operación militar adversaria. En cualquier caso, inauguramos 2026 con un hecho consumado: la intervención militar estadounidense en Venezuela, avalada por la aquiescencia internacional y que reduce el derecho internacional a un mero formalismo. No resulta descabellado que China, con argumentos históricos más sólidos que los de Estados Unidos para unificar su territorio —incluida Formosa—, decida actuar, aunque, a la luz de sus sistemas de armamento, su punto óptimo se proyecta para 2027-2028. El de Estados Unidos, en cambio, se sitúa en 2030. Así, se abre una ventana de oportunidad de dos años.

* Antonio José Luna Carrasco ha trabajado varios años en Automoción (Valeo, Grupo PSA); Aeroespacial (TAM, CESA hoy Heroux-Devtek, Airbus Military); Defensa (General Dynamics ELS SBS y Ministerio de Defensa (Isdefe)); Administración (Áreas de Industrial del Estado y Comunidad de Madrid. De Formación Ingeniero Industrial de la UAX, con tres masters (Ingeniería Automoción en INSIA; Stanford Advanced Certified Project Manager y MBA por UAX).

 

Referencias

[1] Mitchell, Martin. «The Falklands War of 1982: Lessons for a Potential 21st Century China-US Conflict Over Taiwan». The Diplomat, October 19, 2024, https://thediplomat.com/2024/10/the-falklands-war-of-1982-lessons-for-a-potential-21st-century-china-us-conflict-over-taiwan/.

[2] Goldstein, Lyle. «China’s Falklands Lessons». ResearchGate, 08/09/2008, https://www.researchgate.net/publication/249054466_China’s_Falklands_Lessons.

 

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IRÁN: ¿CAMBIO DE RÉGIMEN O VIRAJE HACIA UN POPULISMO CON PRETORIANISMO MILITAR?

Roberto Mansilla Blanco*

La cuarta ola de protestas que vive Irán desde 1999, ahora propiciada por la crisis económica contextualizado con síntomas de malestar social contra el sistema político teocrático dirigido por los ayatolás desde 1979, ocurre bajo un contexto de fuertes presiones exteriores, principalmente desde Israel y EEUU y en gran medida de carácter sedicioso, aceleradas tras la operación militar estadounidense de captura contra el ex presidente venezolano Nicolás Maduro y el «golpe de timón» unilateral para reconducir a Venezuela hacia las esferas de influencia de Washington.

Las razones de malestar interno dentro de la República Islámica de Irán, un país que está observando una silenciosa transformación social en los últimos años, no son muy diferentes de lo que pueda existir en algunas sociedades occidentales. Son protestas dirigidas por clases medias y populares afectadas por la crisis económica y los cambios que se están observando en el capitalismo global, contextualizadas en el caso iraní por las sanciones exteriores, la rigidez y represión del régimen dirigido por el ayatolá Alí Jamenei, obligado ahora a enrocarse en el poder.

Con todo, la crisis actual supone igualmente un pulso geopolítico entre varios actores exteriores con la finalidad de ejercer influencia en cuanto al control de las reservas de petróleo y gas natural iraníes así como de su estratégica ubicación geográfica entre Oriente Medio, Golfo Pérsico, Asia Central, el océano Índico y el sureste asiático, relevantes por ser rutas principales del comercio mundial.

La rebelión de la «burguesía del Bazar»

Un catalizador de estas protestas lo encontramos en la capacidad de poder que tiene la coloquialmente denominada «burguesía del Bazar» en Teherán, que instó a la protesta debido a las pérdidas económicas determinadas por la devaluación de la moneda nacional, el rial.

Como indica la politóloga iraní Nazanín Armanian, «los bazaríes, élite comercial anclada en la época feudal, se despegan del régimen, reduciendo aún más su base social para convertirlo en una camarilla ―más peligrosa que nunca― de mulás y militares apocalípticos».

Obviamente, las desigualdades sociales determinan una clave importante detrás de las protestas. Aproximadamente un 80% de la población iraní colinda con el umbral de la pobreza, en total casi unos 50 millones de personas. Este diagnóstico escapa al ritmo de vida de las elites del poder teocrático así como del Cuerpo de los Guardianes de la Revolución Islámica (GRI) Este cuerpo detenta prácticamente el poder de facto dentro del régimen teocrático por sus redes militares, paramilitares, control del programa nuclear, de los mecanismos de seguridad estatales y de un conglomerado empresarial con ramificaciones exteriores más allá de Oriente Próximo, como ha venido siendo el caso de Venezuela.

La hiperinflación, calculada por algunas fuentes en un 600%, empeora el cuadro socioeconómico principalmente para los jóvenes en materia de empleo e independencia familiar. Más del 60% de los 91.500.000 de habitantes de Irán es menor de 30 años. Como era de esperarse por parte de un régimen caracterizado por su rigidez, la brutal represión que hasta los momentos se cifra en decenas de muertos y unos 2.000 detenidos, aumenta las tensiones en el país persa.

Argumentando falta de liquidez, en octubre pasado el gobierno de Masoud Pezeshkian eliminó subsidios y ayudas que beneficiaban a unas 14 millones de familias en condición vulnerable. No obstante, según reveló el Departamento del Tesoro de los EEUU con obvias y convenientes intenciones de influencia mediática, Irán ha venido transfiriendo unos US$ 1.000 millones al Hizbulá libanés que benefician al régimen en sus expectativas geopolíticas y negocios personales.

Más allá de Reza Pahleví. Protestas sin liderazgo político visible.

Sin una figura visible al frente de las protestas, más allá del incesante interés israelí y estadounidense por enfocar a Reza Pahleví (66 años), hijo del depuesto Sah de Persia, como su principal baluarte, las manifestaciones dan cuenta de una aparente espontaneidad y agilidad en su capacidad de expansión, muy similares a las que se vivieron en septiembre pasado en Nepal y que llevaron a la caída del gobierno comunista.

El malestar popular in crescendo en Teherán y las principales ciudades iraníes pone contra las cuerdas al oficialismo, palpándose en el ambiente la posibilidad de un cambio de régimen. No obstante, los ejemplos de rebeliones anteriores (1999, 2009 y 2022) indican que el régimen teocrático sigue manteniendo una considerable capacidad de maniobra para mantenerse en el poder, sea por la represión brutal o la coacción disuasiva hacia diversos sectores religiosos, económicos, militares y burocráticos.

A pesar del apoyo indisimulado de EEUU e Israel, las redes de poder internas de Pahleví son aparentemente endebles. Pahleví lleva prácticamente toda su vida en el exilio (46 años) Si bien durante las protestas se han visto banderas con la insignia del león y del sol que identifica al Irán de la dinastía Pahleví, no resulta clara la activación de una plataforma unitaria de fuerzas políticas opositoras coordinadas para derribar al régimen que tengan como líder al hijo del último Sah.

Tradicionalmente en Irán la oposición es heterogénea, con partidos y movimientos comunistas, centristas, regionalistas y de otras tendencias que, visto el actual panorama, no parecen ofrecer una opción unitaria que aglutine el descontento.

Por otro lado, y más allá de la consecuente desinformación desde medios occidentales, hasta el momento no se han observado fisuras significativas en el entramado de poder iraní. La represión ha sido inmediatamente activada y tanto el GRI como los organismos de seguridad parecen dejar claro quién está al frente del poder.

Los ataques contra mezquitas y la rebelión femenina en clave de quema de velos mostrando las ansias de liberación social de las ataduras teocráticas son un material atractivo para los medios occidentales a la hora de construir el relato sobre la aparición de una nueva revolución iraní.

Estas informaciones convenientemente ocultan que Irán viene transitando una revolución social silenciosa en las últimas décadas, una «modernización» en clave propia que, si bien entraña expectativas aperturistas, las mismas no necesariamente congenian con los intereses occidentales.

Egipto (2013), Siria (2024) y Venezuela (2026): ¿precedentes para Irán?

En un aparente ejercicio de realpolitik, Pahleví, muy probablemente disuadido por Washington, ha instado a la masificación de las protestas con la intención de asestar un cambio de régimen en el cual ya ha dejado entrever que el GRI continuará siendo un actor preponderante.

Visto en perspectiva con lo que ha sucedido recientemente en otras latitudes (Siria post-Asad; Venezuela post-Maduro), el interés exterior estaría dirigido a propiciar el ascenso de un actor interno en Irán que erosione y socave el régimen teocrático «desde dentro» e inicie tentativamente una transición democrática que reconduzca a Irán a las esferas de influencia estadounidense e israelí tras casi cinco décadas de régimen teocrático islamista.

Este ejercicio de poder, de consecuencias inciertas dentro de la actual crisis iraní, implicaría para Occidente e Israel fomentar una figura de peso y con notables consensos, sea por la fuerza o por la negociación, para dar curso a las expectativas de «cambio de régimen». Los ejemplos de Ahmed al Sharaa en Siria y el más reciente de Delcy Rodríguez en Venezuela podrían explicar estos intereses exteriores que ahora quieren verse reproducidos en un hipotético Irán post-ayatolás.  

La caída de Maduro, un estrecho aliado iraní, sirve a Israel como atenuante a la hora de cortar la cadena de transmisión exterior de Teherán a través de «proxy wars» vía Hizbulá en Líbano, hutíes en Yemen y milicias chiítas en Irak. Mientras arden las calles iraníes, los ataques israelíes contra objetivos de Hizbulá al sur del Líbano reflejan claramente esas expectativas toda vez aumentan las informaciones sobre la posibilidad de renovación de la confrontación armada entre Irán e Israel tras la «guerra de los doce días» de junio pasado, cuyo resultado militar verificó una paridad de fuerzas a pesar de contar Israel con el apoyo estadounidense y europeo.

Por otro lado, el inédito reconocimiento de Israel a Somalilandia, un Estado de facto hasta ahora no reconocido por ningún país, supone igualmente una cabeza de puente para Tel Aviv a la hora de monitorear a Irán desde el Cuerno de África para ejercer presión sobre el Golfo de Adén y Yemen.

Otro escenario que podría abrirse en Irán sería un eventual «golpe palaciego» similar al que realizó en 2013 el entonces general y actualmente presidente egipcio Abdelfatah al Sissi contra el gobierno islamista dirigido por Mohammed Morsi, fallecido en 2019 tras un cautiverio en prisión. Tras ganar las elecciones presidenciales en 2014, al Sissi ha gobernado por la vía autoritaria del pretorianismo militar, amparado en el poder corporativo de las Fuerzas Armadas, los organismos de seguridad y la burocracia heredada del anterior régimen de Hosni Mubarak, depuesto en 2011 por las denominadas «Primaveras árabes».

Más allá de su poder autoritario frecuentemente tildado de «faraónico», al Sissi se ha convertido en un «hombre fuerte» y de consensos con capacidad de interlocución ante actores exógenos tan disímiles y con intereses en disputa como EEUU, Rusia, China, Israel, Arabia Saudita, Turquía e incluso el propio Irán, al que al Sissi acusó en su momento de estar detrás del islamismo político egipcio monopolizado por la Hermandad Musulmana.

El ejemplo egipcio puede servir como catalizador para esos intereses occidentales en un Irán post-ayatolás domesticado y neutralizado en cuanto a su potencial militar y económico, que ya no constituya una «amenaza» para Israel vía «proxy wars» y acercándolo a las esferas de influencia de EEUU para el control de sus apetecidos recursos naturales; una réplica de lo que Washington está llevando a cabo en la Venezuela post-Maduro con Delcy Rodríguez transitoriamente al frente del poder.

No obstante, y en caso de así observarse, no resulta claro si la posibilidad del desalojo de la casta teocrática de los ayatolás llevará necesariamente en Irán a la constitución de un régimen pro-occidental supeditado a los intereses estadounidenses que neutralicen la capacidad iraní de desafiar a Israel y Arabia Saudita, los principales aliados de Washington en la región o, en todo caso, a una situación similar a la Siria post-Asad.

Más allá del previsible sesgo propagandístico, las informaciones oficiales de Teherán sobre detenciones de agentes del Mossad por parte de las fuerzas de seguridad iraníes evidenciarían esa intromisión israelí en la crisis del país persa.

En redes sociales son prolíficas las informaciones, la mayor parte provenientes de medios israelíes, sobre la conjunción de intereses entre Israel y las expectativas de cambios de diversos sectores dentro y fuera de Irán. No debemos olvidar que, tras Israel, Irán es el país de Oriente Medio con mayor población de origen judío, unas 10.000 personas, principalmente ubicadas en Teherán y Shiraz. Este factor ha sido constantemente «explotado» en las redes sociales como un subliminal mensaje político que cobra intensidad en este momento de protestas en Irán.

Por otro lado, la alianza iraní con Rusia y China, principalmente en materia económica y de desarrollo del programa nuclear, determina un componente de fortaleza para el actual statu quo en el poder, fuertemente solidificado por una GRI que, si la situación lo requiere, podría dar un paso al frente para eventualmente constituir un régimen de pretorianismo militar que, neutralizando el poder de la teocracia, combine nacionalismo y populismo como vectores de cohesión social y política en un hipotético Irán post-ayatolás.

En el caso de Moscú, el reciente ataque con misiles Oreshnik en el occidente de Ucrania implica un anclaje de la doctrina de seguridad rusa como medida disuasiva del Kremlin hacia Occidente tras la caída de Maduro y la posibilidad de que las protestas en Irán lleven a un cambio de régimen.

Este contexto también implica a Europa. La primera ministra italiana Giorgia Meloni rompió el consenso belicista predominante en Bruselas al instar a la posibilidad de un diálogo con Rusia. Con anterioridad, el presidente francés Emmanuel Macron adoptó una posición similar. Una Unión Europea debilitada por la unilateralidad de Trump en Ucrania, Venezuela y Groenlandia sopesa ahora posibles escenarios de distensión con Rusia, un giro copernicano a su hasta ahora irreductible apoyo a Ucrania.

Está por verse si este eventual e incierto cambio de posición europea con Rusia tiene algún tipo de implicación sobre lo que está sucediendo en Irán, especialmente ante las expectativas de crisis en el suministro petrolero desde el país persa y ante la hegemónica posición estadounidense hacia el petróleo venezolano.

Finalmente está el equilibrio del mosaico interétnico y religioso iraní, con predominante peso de la población de origen persa conviviendo con comunidades de kurdos, armenios, árabes, turcomanos, baluchíes, entre otros. No es un secreto que desde el exterior se han intentado crear situaciones de desintegración territorial dentro de Irán, con la posible creación de «bantustanes» con esferas de influencia principalmente para EEUU, Israel, Arabia Saudita y Turquía.

Especial atención cobra el caso del irredentismo kurdo y sus expectativas de creación de una entidad estatal independiente entre Turquía, Siria, Irak e Irán. Mientras las fuerzas sirias tomaron el control de la estratégica ciudad de Aleppo tras un ataque de fuerzas kurdas, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan ayudó al GRI a doblegar a irrendentistas kurdos del PJAK aparentemente apoyados por Israel y EEUU y que habrían ingresado en territorio iraní por las provincias de Ilam y Kermanshah.

La Organización de Inteligencia Nacional de Turquía (MIT por sus siglas en turco) estaba rastreando a los separatistas del PJAK en Irak y en Irán, y compartiendo información con el CGRI, lo que explicaría cómo pudieron neutralizar rápidamente a los separatistas kurdos.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

 

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