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LA INFORMACIÓN ES TERAPÉUTICA Y LA INFODEMIA ES TÓXICA EN LA PANDEMIA

Elio Prieto*

Imagen: Shutterstock

A medida que pasan los días la situación en el AMBA tiende a estabilizarse mientras que aumentan los casos en las provincias como Jujuy, Mendoza, Rio Negro y Santa Cruz. Cierta prensa repite a diario la palabra “récord” para referirse a los muertos en 24 horas.

Sin embargo, en muchas, demasiadas ocasiones no hay un análisis que pretendan explicar lo que está ocurriendo, que ayude a entender cómo se relaciona la conducta social con los resultados en la pandemia. Hay un mecanismo disociativo que no puede explicarse por la ignorancia de la población, formamos parte de una sociedad hiper comunicada, para bien o para mal, pero en cualquier caso no debería ocurrir lo que refería Frazer en “La rama dorada”, que había pueblos que en el siglo XIX no relacionaban la cópula con la fecundación.

Ahora todos saben que no cumplir con las medidas de protección en la pandemia tiene consecuencias, pero en el lado opuesto a la fecundación.

Se sabe pero, no siempre se acepta ni se cumple con las medidas más simples de cuidado y está reiteración en el error, debe motivarnos a reflexionar acerca de cuáles son las causas de esta negativa y las consecuencias que acarrea para unos u otros.

En medio de todo esto una esperanza. Durante la mañana y la tarde del Día de la Primavera, los jóvenes que se acercaban a los boques de Palermo, usaban barbijo y mostraban un interesante apego a las medidas de protección. Aunque, en ocasiones las carcajadas hacían salir los tapabocas de sus sitios, narices afuera las más de las veces, otras las bocas y también se acercaban, hasta tocarse, se tironeaban del brazo y juntaban las cabezas porque que es casi imposible extirpar en unos meses la comunicación física de la memoria biológica de la especie.

Sin embargo, a la hora que en otros años los bosques lucían colmados, ese día aparecían semivacíos. Los jóvenes también se llamaron a buen recaudo y demostraron más conciencia que la de los que durante la última decena han abarrotado los bares bajo la protección de una palabra mucho más pronunciada que cumplida: protocolo.

Este el mes en que en España, Francia e Inglaterra se perfila lo que pudiera ser una segunda ola de contagios, pero que en cualquier caso es un pico que aparece después de las reaperturas. Tal y como dijera Naomi Klein “Cada vez que la normalidad vuelve, gana el virus”. Es una situación que aquí alerta a quienes les preocupa el sostenido aumento en el acumulado de casos y de muertos y de la que también toman nota los que pretenden con esos mismos muertos demostrar que la cuarentena fue una opción fallida. La “bala de plata” utilizada al inicio y que ahora aparentemente inútil, brilla en el barro de la calle, no es un recurso valido para tratar de frenar las muertes que, como dijo un científico muy respetado, equivalen a la caída de un avión diario.

Parece que en otros países, las balas de plata pueden seguirse utilizando por lo que vuelven a la cuarentena estricta, como en Israel o aíslan barrios como en Madrid o segmentan los aislamientos severos como en Inglaterra. En algunos de esos países los movimientos anti cuarentena amenazan las decisiones de los gobiernos con el fantasma de la desobediencia y la posibilidad de la obligación de recurrir a medidas drásticas para enfrentarla.

Ahora puede decirse que hay más de 20.000 muertos y se repite aunque en paralelo, son pocos los que discuten la sensatez de mantener abiertos los bares y parece que no es posible relacionar esto con lo otro. Bares con muertes. Distanciamiento, cuarentena. Palabras que están dejando de tener un significado y que de acuerdo a quien las pronuncia expresan cosas distintas.

Es incomprensible el tratamiento comunicacional que se da al par dialéctico: conducta social / número de contagios y muertes diarias.

Aunque la conducta, no es la única causa de contagios, es la que está a nuestro alcance como ciudadanos contribuir a modificar, ya que somos nosotros los que por razones muy diversas somos los agentes transmisores del SARS-2-CoV-2.

Este simple hecho nos impone que debamos ser conscientes de nuestra responsabilidad como potenciales propagadores de una enfermedad que puede ser mortal y de hecho lo está siendo y a corto plazo.

El ritmo de duplicación se ha incrementado, el hecho de que diariamente mueran más de 200 personas y en algunos casos se sobrepasen las 300, debe hacernos reflexionar.

El conspiracionismo es un fenómeno mundial alentado por algoritmos de inteligencia artificial que acumulan adeptos que se retroalimentan con la infodemia. Es difícil razonar con ellos; porque los discursos irracionales al estar globalizados, alcanzan para algunos la condición de verdad indiscutible. La absoluta falta de asidero en evidencias científicas no es un obstáculo para que alcance la preeminencia, todo lo contrario, porque se asiste a la entronización de lo relativo. La multiplicidad de verdades inmunes a que los hechos no las respaldan, por lo que se les niega a los hechos la condición de tales.

Se hace tabla rasa del valor de la autoridad científica y se arrastra la realidad hacia el absurdo, donde nada obedece a la necesidad de verificación en la práctica y todos tienen la posibilidad de amplificar sus mensajes. Un logro enorme para la difusión pero, que en las manos equivocadas engendra monstruos: paranoia, conductas lesivas. Representa el predominio de los algoritmos de inteligencia artificial en la promoción de la desinteligencia cuando no de la estupidez. Es como si Discépolo hubiera previsto que un burro y un gran profesor tendrían acceso a las redes sociales con evidentes ventajas para el primero.

La aceptación de los datos de la burbuja informativa personal hace que sólo se mire lo que complace y si la idea es que los jóvenes al enfermarse traerán la inmunidad de rebaño, pues así es. La carga de muertes entre los susceptibles, se aparta porque no encaja en el modelo mental de esa burbuja y en último caso se toma cual si fuera un fenómeno natural, sin influencias de la conducta desaprensiva y egoísta de algunos de aquellos que tienen menos probabilidades de enfermar gravemente.

En medio de la pandemia se han agudizado los extremos y se plantea con toda claridad la urgencia de darle a la comunicación el papel terapéutico necesario para que la sociedad pueda solucionar éste y otros muchos retos en los que la conducta de millones es determinante. Sea el cambio climático con sus tormentas feroces o los fuegos sin control, sea la desertificación, la contaminación química, la pérdida de la biodiversidad en el curso de una extinción o la actual pandemia.

Es necesario mostrar mejor la realidad, el espacio real debe ocupar el centro del espacio virtual, lo que significa en este momento, conocer lo que viven pacientes y personal de salud en las UTI. Es que la prudencia aconseja y la ética impone mostrar la lucha de aquellos pocos a los que, parafraseando a Churchill, muchos debemos agradecer tanto. En tal sentido, es necesario enseñar. Es notorio que en las pocas oportunidades en que se muestran consecuencias de la enfermedad, se pasa como de soslayo, se evitan las imágenes que expliquen lo que ocurre en la realidad. La que se niega en las redes y por los que no “creen” mientras el personal de salud, está apostando todo por el prójimo.

Es por eso que hay que mejorar la información acerca de las consecuencias de esta enfermedad. Las que sufren los pacientes graves y las que desde hace meses experimenta el personal de salud, sometido a unas tensiones que no podemos imaginar. Es imprescindible generar empatía, es urgente que se vea lo que ocurre. Por cierto que respetando como un valor supremo, la autonomía, la inviolabilidad de lo privado y el decoro de los actores de este drama. La beneficencia hacia la sociedad impone evitar la despersonalización de los números. Es necesario que no nos adaptemos a las estadísticas. Detrás de cada número hay una tragedia.

Existen formas de mostrar la realidad, sin violar la intimidad, ni la dignidad de enfermos y familiares. Pero en los medios no hay suficientes imágenes y testimonios que traspasen la barrera negacionista de algunos, que son demasiados; por el contrario se puede percibir en ciertos énfasis noticiosos, un tono esperanzador y de paisaje después de la batalla, precisamente cuando los muertos son más.

Está claro que si a ese grupo que considera que “cuidarse es un derecho y no un deber” o que simplemente ya olvidó lo que pasa y tiene sus pensamientos puestos en las próximas vacaciones, no se les muestra hasta dónde pueden llegar con sus inconductas, van a seguir haciendo delivery del virus.

La vacuna, cuya gestión está siendo correcta, está lejos y relativamente mucho más con estas cifras de duplicación.

¿Qué hacer para preservar todo lo ganado durante estos meses?

Frente a los que no entienden, la respuesta no puede ser esperar a que la muerte tal y como uno de los 4 jinetes, les infunda pánico.

Hay muchos que sienten temor, es una reacción frente a la amenaza. Los muertos al ser cada vez más, son con mayor frecuencia, el ejemplo de una experiencia inmediata que un grupo cada vez más nutrido, puede narrar en primera persona. La compañera de trabajo que lleva varios días en terapia. El empresario conocido, el entrenador del hijo de un amigo. Es que en la medida que se producen más contagios, los enfermos y los muertos sufren una dramática transformación de noticias en pérdidas tangibles.

Tengo conocidos y amigos que uno y otro día van a trabajar en los centros de salud donde se atienden al decir de los conspiracionistas: los enfermos de una epidemia inventada, donde se suman muertos por COVID de forma capciosa, para alimentar el miedo en medio de una conspiración mundial.

Ocurre que opuestos como en un espejo, nuestros amigos y conocidos enfermeros, médicos, personal de limpieza y de ambulancias son lesionados y muertos por la ola de casos, cuya altura depende en buena medida de la negación de los delirantes, aunque también del cansancio de los muchos que relajan su conducta, se olvidan de la susceptibilidad de los otros, al tiempo que exageran su probable inmunidad.

No cuentan con el hecho de que también van cayendo temporal o definitivamente, los trabajadores sanitarios que tendrían una vez más que entrar a la sala para asistirlos, si en razón de tanto buscar el virus negado, terminan por encontrarlo. Por eso las conductas de protección siguen siendo abandonadas en lugar de aumentar ante los reportes diarios que muestran un mayor número de contagios diarios.

Es una necesidad sanitaria exponer, narrar diríase, los efectos de esta enfermedad sobre el cuerpo. Hace falta un “ver para creer socializado” antes de que la enormidad de los números sean el principal recurso para que la sociedad comprenda que no habrá normalidad si no la logramos reconociendo que ahora no puede haberla. Que nuestra generación está atravesando un tiempo en el que todo, absolutamente todo, está patas arriba. Debemos aprender a caminar afianzando nuestros pies en el techo. Hasta que el peso de nuestra sensatez nos ayude a volver a caminar sobre el piso.

 

* El autor es médico genetista. Investigador en Genética Toxicológica y profesor universitario. 

©2020-saeeg®

 

ANALIZAR PARA DECIDIR: LA DIMENSIÓN ÉTICA

Fernando Velasco Fernández*

Imagen de John Hain en Pixabay

Es el pensador Juan Buridán el que nos plantea el problema del asno que lleva su nombre, cuando nos cuenta que “un asno que tuviese ante sí, y exactamente a la misma distancia, dos haces de heno exactamente iguales, no podría manifestar preferencia por uno más que por otro y, por lo tanto, moriría de hambre”. El asno se moriría por ser incapaz de decidir. La pregunta es: ¿y nosotros los humanos? ¿Nos cruzamos también de brazos porque no sabemos qué decidir ni qué dirección tomar en muchas situaciones de nuestra vida?

La dimensión antropológica de la toma de decisiones

Estamos en este mundo, entre otras cosas, determinados por la supervivencia. Este objetivo de sobrevivir y de adaptarnos es el que nos ha llevado a ir tomando decisiones desde las más elementales a las más complejas a través del acierto y del error. Nuestra vida se basa en tomar continua y constantemente decisiones: grandes o pequeñas, divertidas o aburridas, interesantes o rutinarias, etc. Toda nuestra vida es decisión. Desde decidir levantarnos, ir o no ir al mercado, dar un paseo o cómo educar a nuestros hijos, pasando por decisiones políticas, laborales, económicas o de seguridad. Decidir es inherente al ser humano. Decidir sobre qué decimos y qué no decimos, sobre qué hacemos y qué no hacemos… es algo consustancial a la naturaleza humana. Paradójicamente, siendo algo natural, fácil y en muchas ocasiones espontáneo, resulta extraordinariamente difícil la mayor parte de las veces. El tener que decidir, implica elegir. No podemos ir por dos caminos a la vez. De ahí que la primera decisión que debemos tomar es qué queremos decidir y a través de qué medio.

La toma de decisiones es una de las obligaciones a las que está “condenado” el género humano. Si solo tuviéramos una posibilidad para elegir no tendríamos ningún problema. El conflicto surge cuando nos enfrentamos al conjunto de opciones posibles para elegir a la hora de decidir. Este es nuestro “drama”. De ahí que el ser humano se sienta más cómodo en la seguridad, en la certidumbre. El abanico de posibilidades que se nos presentan nos produce inestabilidad e incertidumbre porque conlleva riesgo de equivocación. Esto es, que la decisión tomada no sea la acertada. Nos encontramos más seguros (o con cierta seguridad) en la certidumbre. Las posibilidades que se nos abren normalmente, tanto en la vida personal como profesional, nos afectan como amenaza o como posibilidad. Toda decisión implica una elección y toda elección marca la dirección de los acontecimientos futuros con sus correspondientes consecuencias. Las decisiones que vamos tomando a lo largo de la vida modelan nuestro carácter y personalidad, como también lo modelan el hacer y la cultura de las instituciones y las organizaciones en las que trabajamos. Ante esta situación descrita el ser humano necesita valentía. La decisión necesita coraje. Se trata de la valentía interior necesaria para decidir entre varias posibilidades.

Por último, no queremos dejar de señalar que no sólo de racionalidad vive el ser humano. En la toma de decisiones que le es inherente por naturaleza no sólo cuenta como valor absoluto y único factor determinante la racionalidad. El ser humano no es algo que se pueda abstraer y aislar de la infinidad de sentimientos y de emociones que tiene. No venimos al mundo diseñados únicamente con racionalidad. A la hora de tomar decisiones no sólo cuenta el dato frío. En el análisis riguroso también influyen las pasiones, las emociones y los sentimientos. Muchas veces lo que influye en el ser humano para tomar una decisión no es prioritariamente el dato objetivo o la información rigurosa, sino los principios, los valores y sentimientos de esa persona. De ahí que siempre tengamos que tener en cuenta no sólo la cabeza sino también el corazón. Como no sólo de racionalidad vive el ser humano, necesitamos a la hora de decidir de un análisis tanto de la dimensión racional (datos, hechos, información…), como del factor emocional (valores, principios, sentimientos…). En consecuencia, optar únicamente por una de las dos partes es tomar una decisión “incompleta”. Ni el puro análisis ni las puras emociones son buenas consejeras para decidir. 

Qué implica y qué supone decidir

Como hemos venido apuntando, tomar decisiones, al ser algo consustancial a la naturaleza humana, es relativamente fácil. Tomar decisiones acertadas y éticas es lo difícil. Si nos fijamos en las decisiones que tomamos a lo largo del día de forma consciente o inconsciente, ¿cuántas decisiones son inevitables, cuántas son arbitrarias, cuántas son acertadas y que aporten valor y den sentido? ¿Con qué amplitud de miras nos va a dejar la decisión que tomamos?; ¿con qué consecuencias tanto hacia el presente como hacia el futuro?; ¿qué aporte va a realizar nuestra decisión? etc… Somos conscientes de que hay decisiones que restringen nuestras posibilidades y son tóxicas y existen otras decisiones que abren posibilidades y son liberadoras; hay decisiones que potencian la riqueza de percepción y otras que las restringen… Sólo se puede decidir si se comprende lo que significa decidir: ganar independencia, conseguir seguridad, lograr mejores certezas y siempre reducir las incertidumbres. El poder de la decisión es su capacidad de cambiar y de ser útil. Una pequeña decisión puede cambiar radicalmente el aspecto y la trayectoria de un asunto, de un problema o de una situación. Seguir una decisión solo requiere obediencia y cierta voluntad. Pero decidir es otra cosa. Es tomar posesión de algo y eso es algo más profundo. Al decidir, el objeto y el objetivo se convierten en tu responsabilidad y su futuro queda en tus manos.

De igual forma que las opiniones pueden ser honestas o hipócritas y los juicios verdaderos o falsos, las decisiones pueden también ser erróneas o acertadas. Es muy importante tomar conciencia de que el fracaso forma parte del proceso de decisión, aunque no sea lo más deseable. Como el jugador de ajedrez, las mejores decisiones son aquellas capaces de calcular muchas jugadas anticipadamente sin perder de vista la situación inmediata. Mantienen el equilibrio entre el detalle y el conjunto. Tomar decisiones, buenas decisiones es también un “arte” que no se improvisa. De ahí que las decisiones nacidas de la ignorancia o las decisiones poco maduras son siempre endebles, cuando no inútiles o perjudiciales. No hay nada peor que la consecuencia nítida de una decisión confusa.

En definitiva, la toma de decisiones la forja la seguridad y la certeza. Y ambas se construyen desde el conocimiento, desde la experiencia y desde el análisis. Lo contrario es la decisión arrogante que surge cuando solo se escucha uno a sí mismo, lo que a la larga, solo produce aislamiento y conlleva malas decisiones. 

Inteligencia y toma de decisiones: la importancia del análisis

El ser humano es alguien que necesita entender para orientarse, que necesita analizar para comprender y así analizar para decidir. Al ser humano le agobia la decisión y esta le inquieta por las posibilidades que se le abren al tener que escoger. Para el ser humano estar en el mundo significa estar decidiendo y, por lo tanto, estar entendiendo (analizando) y comprendiendo para poder orientarse y decidir. Cuando no sucede así, el tener que decidir se convierte en desconcierto. El ser humano necesita para decidir (para decidir bien) observar y comprender la realidad. Necesita la capacidad de analizar para comparar las distintas posibilidades que tiene ante sí. Muy pocas cosas tienen una sola perspectiva, una visión unidireccional. Ante el abanico de posibilidades que se le presentan al ser humano, el análisis ayuda a decidir y a escoger en cada momento, ofreciendo una comprensión mucho mejor de la realidad y de los problemas a los que se enfrenta. El proceso analítico no está pensado para complicar la toma de decisiones sino todo lo contrario: sirve para aportar claridad y reducir incertidumbre.

Durante mucho tiempo se ha pensado que la intuición del decisor y su “olfato” eran garantía suficiente para una buena decisión. Hoy estamos muy lejos de esa actitud, ya que estamos rodeados de información y de datos y el principal objetivo del análisis es darle sentido. La información puede estar en cualquier sitio pero la inteligencia y la decisión solo están en la mente de la persona, modelada con las herramientas oportunas y plasmadas en un buen análisis.

Igual que la capacidad de decidir, la capacidad de analizar es inherente al ser humano. A lo largo de la historia las personas han inventado numerosos tipos de análisis: político, económico, social, internacional, de inteligencia, de la seguridad, etc., cada uno de los cuales ha moldeado la manera de estar y de entender el mundo, así como nuestras relaciones en él. Por tanto, analizar nuestros pensamientos, actos, sentimientos, decisiones, problemas, etc., ha sido y es algo consustancial a la naturaleza humana. Y como ya apuntamos con la capacidad de decidir, siendo algo natural, resulta extraordinariamente difícil hacerlo bien. En la sociedad actual, esta necesidad del decisor a favor de buenos análisis alcanza el nivel de necesidad. Hay que primar lo importante sobre lo urgente, poniendo el énfasis en el análisis elaborado frente a la precipitación. El decisor debe saber que una cosa es analizar y otra tener ocurrencias. Casi nadie duda de que analizar es bueno. Pero esto es solo el 50 por ciento de la verdad. La otra parte es analizar bien; es analizar en el momento oportuno, con los datos imprescindibles, con las preguntas adecuadas…

Si como hemos venido señalando nuestro mundo se caracteriza por la incertidumbre, por la imperfección, por la ingente cantidad de información, etc., en este contexto, ¿qué decisión es la deseable? ¿Qué decisión es la posible? ¿Cuáles son las dificultades? ¿Es la decisión tomada la más satisfactoria? ¿Para quién? ¿Qué consecuencias acarrea?… El análisis debería ayudar a responder a estas cuestiones y a comprender que no existe la decisión óptima. Tenemos que aprender a gestionar lo imperfecto y a decidir en este contexto. Nunca se da la certeza al cien por cien y es cierto que tener toda la información puede llevar a paralizar la decisión. Es aquí donde el análisis juega un papel clave pues es el que nos tiene que decir qué es lo que nos hace falta saber para decidir. Decidir entre varias posibilidades exige analizar; y analizar exige jerarquizar, priorizar y establecer cuál es el elemento que aglutina el máximo de mejoras para nuestro objetivo.

La mayoría de los errores que se producen en la toma de decisiones son fallos de análisis: por ver solo una parte del problema; por colocar el problema en un contexto inadecuado; por sacar unas conclusiones demasiado rápidas; por no considerar lo suficiente el factor humano (lo emocional)… De igual forma, existe el peligro que produce un análisis que paraliza, donde el analista se obsesiona tanto con analizar que nunca llega a terminar el proceso. En definitiva, el analista puede convertirse en un referente, por la reflexión y la calidad del análisis que realiza. Y desde esta actitud se gana la confianza de quienes le rodean. Sus análisis sirven para tratar de extraer certidumbre en la incertidumbre y está en su mano elegir qué tipo de análisis y herramientas utiliza para su trabajo. La forma en que analizamos marca las decisiones que tomamos.

Con todo ello sobre la mesa, y exigiendo buenos análisis, tenemos por delante el reto de superar la disyuntiva entre ser un decisor cínico o ser un decisor ingenuo; ser un decisor que da libertad y crea oportunidades, o ser el que las hace imposibles. 

Ética y decisiones: por qué debería importar a la inteligencia

Se suele decir que la política es la política, o la economía es la economía, o la seguridad nacional es la seguridad nacional, o los servicios de inteligencia son los servicios de inteligencia, como queriendo dar a entender que el aspecto ético no es ni debe ser en estos ámbitos el más relevante. Cuando uno pregunta por la ética, por ejemplo, en inteligencia, el resultado suele ser una sonrisa burlona como queriendo decir: decídanse por una cosa o por la otra. Sin embargo, si nos fijamos, existe el hecho innegable de que toda decisión en los ámbitos indicados trata de disfrazarse siempre de ética.

Como hemos venido apuntando, al ser humano a lo largo de su vida se le abren muchas posibilidades respecto a qué decidir y qué hacer. Y como tiene muchas posibilidades tiene que analizar para decidir; y decidir para elegir, pero para ello necesita dotarse de criterio. Tenemos que elegir con algún criterio. No podemos dejarlo todo a la suerte o al azar. Es aquí donde entra la ética como la encargada de los criterios de valoración y de elección. La ética analiza los criterios sobre los cuales valoramos y justificamos las decisiones que tomamos. La ética es el proceso racional que nos ayuda a tratar de descubrir qué es lo que se debe decidir y qué es lo que se debe hacer. La pregunta es: ¿qué quiero yo realmente decidir? No se trata solo de saber lo que está bien, se trata de elegirlo y ponerlo en práctica, sabiendo que las decisiones pueden ser acertadas o erróneas y las acciones buenas o malas. Lo cual implica que las cosas siempre pueden ser distintas de como son.

La ética representa lo que siempre está en nuestras manos y nadie puede sustituir. Nadie puede decidir por nosotros a no ser que renunciemos a nuestra dignidad. Toda decisión ética es siempre una decisión en relación con las consecuencias y con el otro. Desde estos planteamientos, nos preguntamos: ¿por qué debería importar la ética a la inteligencia? ¿Y a la toma de decisiones? ¿Se pueden tomar decisiones éticas? ¿No resulta inverosímil, incluso hipócrita, plantear estas cuestiones? ¿Cualquier decisión que se tome en nombre de “nuestro interés” o el “interés público” se vuelve aceptable por el mero hecho de considerarse necesaria? ¿Por qué no voy a decidir aunque no sea lo “correcto” si resulta ventajoso para mis intereses? Para contextualizar estas y otras posibles cuestiones, consideramos que podemos hacerlo a través, entre otros, de los siguientes “modelos”.

  • Las decisiones desde la ética del éxito: considera buena toda decisión que santifica los medios en función de los fines y sacraliza unos fines que justifican los medios. La máxima sería “gato blanco, gato negro, lo importante es que cace ratones”.
  • Las decisiones desde la ética de la mera intención: se interesan por una motivación puramente interna de la decisión eliminando cualquier preocupación por las consecuencias. Lo que realmente cuenta son las intenciones.
  • Las decisiones desde la ética de la responsabilidad: se pregunta de forma realista por las consecuencias de las decisiones que toma y asume su propia responsabilidad. No es solo desde dónde decides sino adónde nos lleva lo que se decide. La cuestión no es tanto si una decisión es buena, sino más bien, si sus consecuencias son buenas para el momento que le toca vivir.
  • Las decisiones desde la ética de la convicción: son aquellas que se mueven solo por principios con independencia de los resultados derivados de su actuación. La autenticidad y la verdad están por encima de consideraciones de cualquier tipo.

Todo este panorama nos lleva a tener que decir que la verdadera ética de la decisión nos lleva y nos obliga a tener en cuenta por igual tanto los resultados y las consecuencias (las decisiones desde la ética de la responsabilidad) como las intenciones que las motivan y los principios que las respaldan (las decisiones desde la ética de la convicción). Una verdadera ética de la decisión quiere que nuestras decisiones respondan no sólo de nuestros valores y de nuestros principios, sino también de las consecuencias de nuestras decisiones. Cuando se toman decisiones basadas únicamente en el puro pragmatismo, los principios y los valores (ética) tienden a contarse entre las primeras bajas. De igual forma, es cierto que decisiones con las mejores intenciones del mundo y los principios y las virtudes más puras, cuando se dan junto con la ingenuidad o desde la irresponsabilidad, pueden producir los peores efectos.

Conclusiones

  • Hay dos clases de decisores: los que deciden teniendo en cuenta las consecuencias globales; y los que deciden a favor de sí mismos.
  • Están los decisores convencidos de que buscar la mejor decisión siempre es junto con otros; y los que están convencidos de que ya la tienen.
  • La ignorancia y la falta de análisis en el decisor genera desconfianza, y por lo general suele acarrear burocracia.
  • Es una irresponsabilidad tomar decisiones sin ser consciente de las razones y los motivos que nos han llevado a ello. Es un error tratar de justificar a posteriori una decisión adoptada.
  • Las decisiones deben ajustarse a los análisis en lugar de obligar a los análisis a decir y justificar lo que el decisor quiere que diga. En este punto es muy ilustrativo analizar los relatos y justificaciones que los decisores adoptan de las decisiones que toman.
  • Toda decisión restringida estrictamente a lo pragmático es estrictamente incompleta.
  • Es un error que los decisores busquen pruebas para confirmar lo que ya piensan, más que información que les aporte una visión más consciente de la realidad y con ello, una mejor decisión.
  • La responsabilidad del decisor implica que se deja claro, por un lado, sobre qué quiere decidir y por otro, sobre qué se necesita decidir. Aunque esto último no sea lo que más le apetezca, es clave para marcar los objetivos de la inteligencia.
  • El decisor tiene la responsabilidad de explicar el proceso de toma de decisiones y el papel que juega en ese proceso la Inteligencia. La cuestión clave en este punto, es si se utiliza y se tiene en cuenta la Inteligencia o sólo es tenida en consideración cuando confirma nuestras decisiones previas o avala nuestros intereses.
  • El decisor no sólo tiene que tener la Inteligencia que necesita, también debe utilizarla. Tan irresponsable es utilizarla mal como no utilizarla. De igual forma es responsabilidad del decisor pedirle a la Inteligencia lo que ésta debe darle y no pedirle cosas que aunque pudiera hacer, no son de su competencia.
  • Es determinante tener claro que entiende el decisor por un error de decisión: ¿qué no se cumplen sus intereses? O ¿qué se produzcan consecuencias no deseadas para las personas y sus derechos, los intereses nacionales, internacionales, etc.? Debe y puede haber equilibrio entre ambas posturas, pero si no es así, ¿cuál prima?
  • Es importante saber si una vez tomada la decisión, el decisor tiene en cuenta sus consecuencias únicamente a corto plazo o se tiene también una visión estratégica a más largo plazo, aunque el ya no sea entonces el decisor.
  • El decisor debe responder de las decisiones que le competen. En un mundo como el actual, tan tecnológico y conectado, el decisor debe ser consciente de que las responsabilidades tienden a diluirse. Así, la responsabilidad de las consecuencias de lo decidido no las tiene la “máquina”, el “sistema”, la “coyuntura”, los “otros”, la “seguridad”, etc.
  • Un decisor con conciencia de Estado necesita Inteligencia estratégica. Debe ir más allá de la petición constante e “histérica” de la información puntual. Esa Inteligencia estratégica va más allá del periodo de tiempo que ocupa el decisor concreto. Se justifican muchas decisiones o se legitiman desde un cortoplacismo exasperante. La obsesión por el resultado inmediato nos impide hacer Inteligencia estratégica.
  • Es obligación y responsabilidad del decisor la retroalimentación. En Inteligencia, la información y el análisis no debe “morir” con la entrega. El decisor debe dar su valoración, debe orientar y dirigir.
  • En la toma de decisiones existe un factor que resulta determinante: el tiempo. Existe la necesidad imperiosa de decidir en tiempo.

* Licenciado en Filosofía y Ciencias Morales. Doctor en Filosofía. Director de la Cátedra de Servicios de Inteligencia y Sistemas Democráticos de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Profesor titular de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Editor de “International Journal of Intelligence, Security and Public Affairs”.

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