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LECCIONES DE LA GUERRA DE LAS MALVINAS PARA CHINA

Antonio Luna Carrasco*

La Guerra de las Malvinas, también conocida como el Conflicto del Atlántico Sur, fue un enfrentamiento armado entre Argentina y el Reino Unido que tuvo lugar en 1982. Este conflicto surgió por la disputa soberana sobre las Islas Malvinas (Falkland Islands en inglés), un archipiélago remoto en el Atlántico Sur, a unos 500 kilómetros de la costa argentina y a más de 12.000 kilómetros del Reino Unido.

La reclamación de soberanía argentina está respaldada por un relato histórico sin sesgos, donde los ingleses usurparon la legitimidad argentina por el simple argumento de la fuerza, en plena expansión para dar bases navales en los océanos para la Royal Navy, en una época donde no existía el Canal de Panama y el paso por el Estrecho de Magallanes era obligado para pasar del Atlántico al Pacifico. El adanismo británico los lleva a bautizar como Drake Passage un paso próximo al Estrecho de Magallanes, a pesar de que Magallanes pasó el 21 de octubre de 1521 y Drake, el mismo día de 1578, 57 años después. El modelo anglosajón de expansión impuso que la isla fuera repoblada por británicos y los lugareños fueran «expulsados», con lo cual se garantizaron que cualquier consulta de autodeterminación futura el resultado estuviera garantizado.

Figura 1 Mapa

El 2 de abril de 1982, fuerzas argentinas recuperaron las islas en una operación sorpresa, capturándolas rápidamente. El Reino Unido respondió enviando una fuerza tarea naval y militar para recuperar el territorio, lo que resultó en una guerra que duró 74 días y concluyó con la rendición argentina el 14 de junio de 1982. El conflicto causó la muerte de 649 soldados argentinos, 255 británicos y 3 civiles isleños, además de miles de heridos.

Aunque fue un conflicto de escala limitada, la Guerra de las Malvinas ofrece valiosas lecciones estratégicas, operativas y tácticas, especialmente en el contexto de disputas insulares y operaciones anfibias a larga distancia. Para China, con una configuración y pretensiones similares en Taiwán y el Mar del Sur de China, este episodio histórico es particularmente relevante. Taiwán, una isla a unos 180 kilómetros de la costa china continental, representa un escenario similar: una potencia continental (Argentina/China) con pretensiones soberanas sobre una isla remota que hipotéticamente podría ser defendida por una potencia naval distante (Reino Unido/Estados Unidos y aliados). Según análisis como el publicado en The Diplomat, las similitudes tácticas y geopolíticas hacen que las Malvinas sean un caso de estudio para un posible conflicto por Taiwán, aunque el trabajo del The Diplomat tiene un elevado sesgo anglófilo, obviamente[1]. Expertos chinos han estudiado el conflicto desde la década de 1980, extrayendo lecciones sobre logística, superioridad aérea y naval, y la importancia de la disuasión.

En este artículo, desglosaremos las lecciones en tres apartados principales: guerra terrestre, guerra naval y guerra aérea. En cada uno, primero resumiremos el desempeño argentino durante el conflicto, basado en fuentes históricas, y luego extraeremos lecciones aplicables a China, teniendo en cuenta las similitudes y discrepancias de cada caso. Viendo los programas tecnológicos militares chinos, muchos han sido asimilados, aunque otros aún no. El enfoque estará en cómo Argentina, a pesar de ventajas iniciales, falló en mantener el control debido a deficiencias logísticas, tecnológicas y estratégicas. Para China, que posee un ejército moderno y recursos vastos, estas lecciones podrían informar estrategias para un asalto anfibio a Taiwán, donde la distancia, el terreno montañoso y las alianzas internacionales complicarían cualquier operación.

El análisis subraya que, aunque la tecnología ha evolucionado (con drones, misiles hipersónicos y ciberoperaciones en el arsenal moderno), los principios fundamentales de la guerra insular permanecen: el control del mar y el aire es crucial para el éxito terrestre, y la logística es el hilo conductor que une todo.

Guerra terrestre: la lucha por el terreno y la logística

La guerra terrestre en las Malvinas representó el núcleo del conflicto una vez que las fuerzas británicas desembarcaron. Argentina inició el conflicto con una ventaja aparente: capturó las islas con facilidad el 2 de abril de 1982, mediante una operación anfibia que involucró a unos 600 comandos y marines, enfrentándose a una guarnición británica de solo 68 Royal Marines y 11 marineros. La invasión, conocida como Operación Rosario, fue un éxito táctico rápido, con mínimas bajas y el control total de las islas en horas. Sin embargo, el desempeño argentino en la fase defensiva posterior no fue el óptimo, debido principalmente a la falta de una cadena logística que mantuviera la operatividad de la fuerza desplegada, lo que llevó a su derrota.

Argentina desplegó alrededor de 12.000 tropas en las islas, organizadas en brigadas de infantería, artillería y unidades especiales. La mayoría eran conscriptos jóvenes, con solo 18-20 meses de entrenamiento básico, y muchos carecían de experiencia en combate. Las fuerzas incluían la X Brigada de Infantería Mecanizada, la III Brigada de Infantería y elementos de la Infantería de Marina. El terreno de las Malvinas —pantanosos, montañosos y expuestos a vientos fuertes— favorecía a los defensores. Las posiciones defensivas alrededor de Puerto Argentino (Port Stanley) eran estáticas, con trincheras y fortificaciones, pero sufrieron de problemas logísticos graves: escasez de suministros, equipo inadecuado para el frío (muchos soldados usaban botas de verano) y moral baja debido a la falta de rotación y apoyo aéreo/naval consistente.

Los británicos desembarcaron en San Carlos el 21 de mayo de 1982, con la 3 Commando Brigade y la 5 Infantry Brigade, totalizando unos 5.000 hombres inicialmente. A pesar de ser superados en número (2:1 a favor de Argentina), los británicos avanzaron con tácticas de infantería ligera, ataques nocturnos y superioridad en entrenamiento. Batallas clave como Goose Green (28 de mayo), donde 450 paracaidistas británicos capturaron a 1.200 argentinos, dan una idea de la superioridad aérea con que contaban los ingleses: rendición prematura, pobre coordinación y artillería limitada por munición escasa. En Mount Longdon, Tumbledown y Wireless Ridge (11-14 de junio), las fuerzas argentinas resistieron inicialmente pero colapsaron bajo presión continua, con fricciones internas entre oficiales y tropas —incluyendo abusos reportados— que minaron la cohesión.

El general Mario Menéndez, comandante argentino que había planteado un sistema de defensas fijas, rindió las islas el 14 de junio tras la caída de las defensas periféricas. Argentina perdió 194 soldados en combates terrestres frente a 150 los ingleses, pero el verdadero fallo fue estratégico: subestimaron la capacidad británica para proyectar poder a distancia, considerar que Estados Unidos no apoyaría con medios a los ingleses y, sobre todo, no mantuvieron líneas de suministro viables. La Armada Argentina se retiró temprano, dejando a las tropas aisladas, y el apoyo aéreo fue insuficiente para contrarrestar el avance británico.

Para China, estas lecciones son críticas en un escenario hipotético de invasión a Taiwán. El Ejército Popular de Liberación (EPL) es masivo, con más de 2 millones de efectivos, pero un asalto anfibio a Taiwán requeriría transportar decenas de miles de tropas a través de 180 km de mar agitado, bajo fuego enemigo. Al igual que Argentina, China enfrentaría un defensor atrincherado en terreno montañoso, con posibles aliados (EE.UU., Japón) proporcionando apoyo. Estudios chinos, como los citados en Survival[2], enfatizan que la victoria argentina inicial en la invasión resalta la importancia de la sorpresa, pero la derrota posterior subraya la vulnerabilidad de fuerzas aisladas sin reabastecimiento.

China ha invertido en capacidades anfibias, con buques como el Type 075 LHD y brigadas marinas, pero el «tren logístico» —el flujo continuo de municiones, combustible y tropas— sería el talón de Aquiles. Las cantidades y modelos de aviones de transporte militar son insuficientes, debiendo incrementar en al menos un 100% los de hélice que tienen. El total del que disponen es: Xian Y-20 (similar al C5) cantidad 100; Ilyushin Il-76MD (similar al C17) cantidad 20; Shaanxi Y-30 (similar al A400M) cantidad 100; Shaanxi Y-9 e Y.8 (similar al C130 Hercules) cantidad 60; Xian Y-7 (similar al C295) cantidad 50; Shijiazhuang Y-5 (similar al CN235) cantidad 100. En las Malvinas, Argentina solo tenía en transporte aéreo apenas 8 C130 Hercules, lo cual fue una gran deficiencia.

Otro fallo argentino fue que no se hizo una defensa avanzada una vez se llevó a cabo la ocupación. Los argentinos, con solo dos aviones cisterna, operaban desde territorio continental, y eso otorgó la iniciativa operativa a los ingleses, dado el escasísimo tiempo de operaciones. Esto otorgó a la Royal Navy superioridad naval; en Taiwán, es improbable que si se tomara la isla y se hiciera un despliegue de defensa avanzada en la isla los norteamericanos puedan tener la iniciativa.

Los misiles antiacceso (A2/AD) chinos podrían disuadir a EE.UU., pero cualquier interrupción (por submarinos o ataques aéreos) colapsaría la operación. Las lecciones incluyen la necesidad de reservas masivas, entrenamiento en condiciones adversas y integración con ramas navales y aéreas para proteger convoyes.

Como conclusión, mantener el tren logístico es clave para el éxito en guerra terrestre insular. Esto requiere supremacía naval para el transporte y supremacía aérea para la cobertura, evitando el aislamiento que condenó a Argentina. Para China, esto implica desarrollar doctrinas dinámicas, no estáticas. No esperar a que lleguen, sino «salir a cazarlos cuando salgan». Teatro de operaciones, el mar, la mar.

Guerra naval: el control de las aguas y el rol submarino

La guerra naval en las Malvinas fue decisiva, aunque asimétrica: Argentina poseía una armada moderna pero subestimó la proyección de poder británica. El desempeño argentino comenzó con éxito en la invasión, donde la Armada Argentina (ARA) transportó tropas sin oposición significativa. Sin embargo, tras el traicionero hundimiento del crucero ARA General Belgrano el 2 de mayo de 1982 por el submarino nuclear británico HMS Conqueror, fuera de la zona de exclusión decretada, y todavía en la mesa de negociaciones, y sin previo aviso, la Armada se retiró a aguas costeras, cediendo el control marítimo.

Argentina desplegó una flota que incluía el portaaviones ARA Veinticinco de Mayo, cruceros como el Belgrano, destructores y submarinos (dos operativos: ARA San Luis y ARA Santa Fe). El Santa Fe fue dañado y capturado temprano, mientras que el San Luis intentó ataques pero falló por problemas técnicos en torpedos. La Armada Argentina evitó confrontaciones directas después del Belgrano, que resultó en 323 muertes y un golpe moral. En cambio, se enfocó en apoyo aéreo-naval, como el uso de aviones Super Étendard con misiles Exocet para hundir buques británicos (e.g., HMS Sheffield y Atlantic Conveyor).

El retiro naval dejó a las tropas terrestres vulnerables, sin refuerzos marítimos efectivos. Argentina perdió el Belgrano y otros buques menores, mientras que los británicos sufrieron daños pero mantuvieron la fuerza tarea intacta. Esto da una idea de que los miembros de la Junta Militar argentina pensaron que se aplicaría lo que se conoce como hechos consumados y no habría reacción británica con una operación militar. Algo parecido al principio que estos días vemos con la operación militar norteamericana en Venezuela, con falta de reacción internacional y mutismo de los foros de gobernanza.

Para China, la Armada del Ejército Popular de Liberación (PLAN) es la más grande del mundo, con más de 370 buques, incluyendo 4 portaaviones como el Liaoning, Shandong, Fujian y el que hay en construcción desde hace 2 años y estará en servicio para 2029. En un conflicto por Taiwán, el control naval sería esencial para bloquear la isla y apoyar desembarcos. Las Malvinas enseñan que una armada continental puede ser neutralizada por submarinos enemigos, como hizo el Conqueror. China ha expandido su flota submarina (más de 60 unidades, incluyendo nucleares), pero enfrenta amenazas de submarinos estadounidenses (Virginia-class) y aliados. Los chinos han apostado abiertamente por el arma submarina, una de las lecciones bien traída de la guerra de las Malvinas.

En submarinos China debe ampliar la cantidad de submarinos de ataque de furtividad alta. Suponiendo que, por el estilo americano, estos desplieguen 4 o 5 NCG (Naval Carrier Group) de los 9 operativos, necesitarían para llevar a cabo tácticas avanzadas, unos 4 por cada NCG, en total 20, no los 6 planeados del Type 096, pero no deberían descartar tener reemplazos, para actuar de señuelos, y deberían por tanto tener al menos 30.

Lecciones incluyen la necesidad de guerra antisubmarina avanzada (ASW), usando destructores Type 055 y helicópteros, y el valor de portaaviones para proyección. Argentina falló al tener los submarinos fuera de servicio. Además, el uso de minas y drones submarinos podría denegar acceso a EE.UU., similar a cómo Argentina intentó (sin éxito) minar áreas.

Como conclusión, el uso del arma submarina es esencial para mantener la logística y el control de las aguas de la zona. En las Malvinas, un solo submarino británico paralizó la Armada Argentina; para China, invertir en submarinos stealth y ASW podría asegurar rutas marítimas a Taiwán, previniendo un aislamiento similar.

Guerra aérea: el dominio de los cielos y los enablers tecnológicos

La guerra aérea fue el dominio donde Argentina mostró su mejor desempeño, brillante, sobre todo si tenemos en cuenta las limitaciones de enablers como la capacidad de repostaje en vuelo y operar desde suelo continental. La Fuerza Aérea Argentina (FAA) y la Aviación Naval operaron desde bases continentales, a 700 km de las islas, lo que limitó su radio de acción. Contaban con unos 120 aviones operativos, incluyendo Mirage III, Dagger, Skyhawk y Super Étendard. El 1° de mayo de 1982 comenzaron ataques intensos contra la flota británica, usando tácticas de bajo nivel para evadir radares.

El éxito más notable fue el uso de misiles Exocet: solo cinco aire-tierra disponibles, pero hundieron el HMS Sheffield (4 de mayo) y dañaron otros. Los pilotos argentinos volaron misiones heroicas, causando 24 bajas británicas y dañando múltiples buques. Sin embargo, perdieron 75 aviones (muchos por defensas antiaéreas como Sea Dart y Rapier), debido a falta de repostaje en vuelo (solo dos KC-130 limitados) y a que las bombas lanzadas no tenían tiempo de cebarse desde el lanzamiento. Innovaciones como chaff casero (hecho con máquinas de pasta) mostraron ingenio, pero no compensaron las limitaciones.

Los británicos dominaron con Harriers desde portaaviones, principalmente por la ventaja otorgada por los norteamericanos al transferirle el nuevo misil AIM-9-L Sidewinder en las islas Ascension, durante el tránsito, lo que disparó su efectividad del 15% (el que tenían los misiles argentinos) al 85% (dado que se podían disparar desde cualquier posición) logrando superioridad aérea local. Argentina falló en 46% de misiones por cancelaciones o fallos en armas.

Para China, la Fuerza Aérea del Ejército Popular de Liberación (PLAAF) es avanzada, con J-20 stealth y misiles PL-15, que en su variante PL-15E ya demostró en manos de Paquistán en el verano de 2025 que puede batir a los Rafales con radar AESA de la India. Los misiles son el punto fuerte de China, y la lección bien aprendida de la guerra de las Malvinas, y que han puesto en práctica y son lideres absolutos.

Para contrarrestar esto, los Estados Unidos se han lanzado a la carrera por los drones, el loyal wingman como lo denominan irónicamente, que ya se ha convertido en un avión independiente sin necesidad de ir tutelados por los F35. Dados los alcances y autonomías de los aviones norteamericanos, los pilotados no llegan a superar el alcance de misiles, por eso la única vía que les queda a los estadounidenses son los drones con IA. El programa CCA (Collaborative Combat Aircraft) en la versión «no loyal wingman» sino autónomo plenamente. El factor humano aquí es un lastre operacional y, sobre todo, viendo el alcance de las armas chinas.

En Taiwán, la distancia corta favorece, pero EE.UU. podría intervenir con F-35. Las lecciones de Malvinas: armas antibuque de larga distancia (como YJ-21 hipersónico) y repostaje en vuelo (con YY-20U) son enablers clave. Argentina casi triunfó con Exocets pero erró en no tener más aviones cisterna disponibles. China parece no haber aprendido el error de Argentina en cisternas y apenas tiene 30 en operación. Muy insuficiente frente a los 600 norteamericanos. Este es un error de juicio y cálculo de los planificadores chinos.

Como conclusión, la relevancia de las armas antibuque de larga distancia y el repostaje en vuelo fueron los enablers que hicieron que los argentinos tuvieran un desempeño brillante, un casi. Para China, integrar estos en doctrinas A2/AD podría disuadir intervenciones, asegurando superioridad aérea sobre Taiwán.

Conclusión

La Guerra de las Malvinas demuestra que en disputas territoriales insulares el éxito radica en la integración efectiva interarmas y en una logística sólida. Argentina combatió con honor y, en particular, exhibió un desempeño brillante de su aviación. Para China, la aplicación de estas lecciones —como el soporte logístico terrestre respaldado por componentes navales y aéreos, el empleo de submarinos para el dominio marítimo y el uso de facilitadores (enablers) aéreos— le otorga numerosas ventajas para prevalecer en un eventual intento de recuperar Taiwán.

No conviene olvidar que China ostenta el estatus de potencia nuclear, lo que hace improbable una intervención externa que no contemple el riesgo de una escalada atómica. Lo más plausible es que, ante la toma de las islas, no se produzca una respuesta significativa; no obstante, Pekín debería prepararse para evitar el yerro de la Junta Militar argentina y considerar lo improbable: una operación militar adversaria. En cualquier caso, inauguramos 2026 con un hecho consumado: la intervención militar estadounidense en Venezuela, avalada por la aquiescencia internacional y que reduce el derecho internacional a un mero formalismo. No resulta descabellado que China, con argumentos históricos más sólidos que los de Estados Unidos para unificar su territorio —incluida Formosa—, decida actuar, aunque, a la luz de sus sistemas de armamento, su punto óptimo se proyecta para 2027-2028. El de Estados Unidos, en cambio, se sitúa en 2030. Así, se abre una ventana de oportunidad de dos años.

* Antonio José Luna Carrasco ha trabajado varios años en Automoción (Valeo, Grupo PSA); Aeroespacial (TAM, CESA hoy Heroux-Devtek, Airbus Military); Defensa (General Dynamics ELS SBS y Ministerio de Defensa (Isdefe)); Administración (Áreas de Industrial del Estado y Comunidad de Madrid. De Formación Ingeniero Industrial de la UAX, con tres masters (Ingeniería Automoción en INSIA; Stanford Advanced Certified Project Manager y MBA por UAX).

 

Referencias

[1] Mitchell, Martin. «The Falklands War of 1982: Lessons for a Potential 21st Century China-US Conflict Over Taiwan». The Diplomat, October 19, 2024, https://thediplomat.com/2024/10/the-falklands-war-of-1982-lessons-for-a-potential-21st-century-china-us-conflict-over-taiwan/.

[2] Goldstein, Lyle. «China’s Falklands Lessons». ResearchGate, 08/09/2008, https://www.researchgate.net/publication/249054466_China’s_Falklands_Lessons.

 

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TRUMP Y LA VERSIÓN 2025 DE LA CRISIS DE LOS MISILES

Daniel Alberto Symcha*

En toda acción militar la primera víctima es la verdad, sobre todo, cuando la misma es un entramado complejo y pone en juego la delgada línea de las Relaciones Internacionales entre potencias con capacidad nuclear.

 

A las dos de la mañana del día 3 de enero fuerzas especiales aerotransportadas de los Estados Unidos de Norteamérica con apoyo de aeronaves de guerra electrónica, realizaron una operación para secuestrar al presidente venezolano Nicolás Maduro.

La operación tuvo éxito y el mencionado presidente y su esposa fueron trasladados al buque de asalto del Grupo Anfibio de Despliegue Inmediato Iwo Jima. Posteriormente fueron trasladados a la base naval de Guantánamo y de allí a la base aérea Stewart de la Guardia Nacional, al norte de Nueva York donde posteriormente el día lunes 5 de enero compareció ante un tribunal norteamericano.

Se lo acusa de dirigir una banda de narcotraficantes denominada «Cartel de los Soles», organización criminal que actuó en los años 90 bajo la coordinación de militares de alto rango venezolanos, antes de la revolución bolivariana, durante los gobiernos de Carlos Ándres Pérez, Octavio Lepage, Ramón J. Velásquez y Rafael Caldera.

De más está decir que la acción encarada por EE.UU. no solamente viola el concepto de soberanía de los países que se sostiene en el mundo occidental a partir de la Paz de Westfalia, sino que viola absolutamente el derecho internacional en sintonía con lo sucedido en Yugoeslavia, Libia, Gaza, Siria y otros tantos escenarios donde los intereses del mundo anglo norteamericano se vieron afectados. A diferencia de acciones anteriores no se recurrió a la creación de entidades terroristas o a una coalición de países para dividir responsabilidades, sino que fue el propio gobierno norteamericano el actor único.

Como en todo conflicto armado la primera víctima es la verdad y la operación militar estadounidense tuvo una construcción de sentido inmediata desde las redes sociales a los efectos e que se grabara en el inconsciente colectivo un relato específico. Horas después del episodio la vicepresidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, asumía la conducción política del país caribeño dictando las lógicas ordenes de suspensión de garantías a los efectos de evitar el caos en las calles y recibiendo un condicional apoyo de Donald Trump, quién restó relevancia en el momento político a la figura de Corina Machado, ferviente opositora a Maduro y flamante ganadora del Premio Nóbel de la Paz y respaldó a Rodríguez como interlocutora.

Desde el mes de Julio del año 2025, Trump había comenzado una ofensiva mediática contra Nicolás Maduro acusándolo de liderar el Cartel de los Soles en el marco del crimen organizado en torno al tráfico de drogas. A modo de presión política en agosto de 2025 movilizó una nutrida flota de combate al Mar Caribe al tiempo que diversificó los ataques incluyendo a Luís Petro, presidente de Colombia y a Claudia Schenbaum, presidenta de México.

Ni las drogas ni el petróleo: Rusia, Irán y China

La abogada colombiana Carolina Restrepo Cañavera, experta en derecho internacional, capital de riesgo y estrategia, egresada de la Escuela de Negocios de la Universidad de Harvard y titular de la cátedra de Derecho Tributario en la Universidad CESA, universidad privada colombiana dedicada a la investigación en el área de la administración de empresas y negocios, realizando un análisis inteligencia de código abierto (OSINT) plantea que el motivo de la operación militar no está vinculado al narcotráfico ni el petróleo sino a la convergencia operativa potencialmente militar de los tres principales adversarios de EE.UU.: China, Irán y Rusia, en territorio venezolano.

La investigadora hizo un análisis de la información de acceso público de los principales medios de comunicación de habla inglesa y trabajó para elaborar su hipótesis sobre notas del Wall Street Journal, The Diplomat, Reuters, Financial Times, BBC, Al Jazeera y DIA Reports.

Estos medios durante el año 2025 reportaron la participación directa de China en la explotación de minerales estratégicos como el tantalio, cobalto y las denominadas tierras raras, en el Arco Minero del Orinoco al mismo tiempo que restringió las exportaciones de esos mismos minerales de origen chino a EE.UU. como represalia por la suba de aranceles. Además, los medios denunciaron la presencia de asesores militares rusos, sistemas antiaéreos y radares de guerra electrónica de origen ruso y entrenamiento en inteligencia lo que completaba un ecosistema hostil para la seguridad norteamericana.

Pero el punto culminante para comprender la amenaza identificada por el Pentágono, lo dio una información de la CNN donde se informaba que EE.UU. sancionaba a la Empresa Aeronáutica Nacional S.A. (EANSA), creada en 2020 por fabricar drones militares de reconocimiento, ataque y guerra electrónica de la serie Mohajer para la firma iraní Qods Aviation Industries, sancionada previamente por EE.UU. La versión Mohajer-10 tiene un alcance de 2.000 km, una autonomía de vuelo de 24 horas y una capacidad de carga de 300 kg.

La convergencia operativa de los tres principales adversarios de EE. UU. no era casual y el Pentágono la identificó como una amenaza concreta. La doctrina del Pentágono sobre amenazas integradas (Integrated Deterrence) que implica el uso de capacidades militares, económicas, diplomáticas e informativas sobre un objetivo usando todos los dominios combinados y simultáneamente, identificó como una amenaza crítica la concentración de capacidades adversarias en puntos de vulnerabilidad regional que podrían materializarse en ataques directos, se propuso el plan de acción y Donald Trump firmó la orden operativa.

Un poco de historia de las tensiones y conflictos

EE.UU. es el heredero de la tradición diplomática británica basada en el engaño, la extorsión, el secreto y la manipulación. Lo hemos evidenciado concretamente en la explosión del USS Maine del 15 de febrero de 1898 que derivó en la guerra con España donde EE.UU. se quedó con Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam; en el Incidente del Golfo de Tonkín de agosto de 1964 que derivó en el ingreso de EE.UU. a la guerra en Vietnam o las armas de destrucción masiva de Irak en 2002, entre tantos otros sucesos fraudulentos. Pero, más allá de la herencia, hubo sucesos concretos de amenazas reales.

El 22 de octubre de 1962, el presidente estadounidense John F. Kennedy informó a la población que a 90 millas de sus costas, soviéticos y cubanos estaban construyendo bases de misiles en la isla, lo que implicó un bloqueo naval estadounidense y una tensa negociación, en total hermetismo, que culminó con la retirada de los misiles soviéticos de Cuba a cambio de que EE. UU. desmantelara los misiles propios en Turquía que amenazaban a la URSS.

Vladimir Putin inició el 24 de febrero de 2022, la Operación Militar Especial sobre Ucrania argumentando la «amenaza» de la creciente influencia de la OTAN en Europa del este y las acciones militares y paramilitares contra los habitantes rusófonos en el Donbass. Es verdad, tal como en 2022 lo evidenció el semanario alemán Der Spiegel dando a conocer documentación oficial confidencial, que la OTAN en 1991 se había comprometido ante la Unión Soviética a no expandirse hacia el este pero ya disuelta la URSS y entre 1999 y 2024 diecisiete países se sumaron a la organización creando una amenaza real para la actual Rusia.

En el caso actual, la conjunción de competidores y su despliegue operativo en territorio cercano a los EE.UU. se convirtieron en una amenaza que cruzo el umbral de riesgo encendiendo las alarmas del Pentágono ya que la producción de armas ofensivas en territorio venezolano contaba con diseño iraní ya probado exitosamente en combate, minerales bajo control chino y tecnología e inteligencia rusa. El mapa de riesgos de los militares norteamericanos estaba completo, en rojo y justificaba proponer al decisor una acción determinante.

Como nos venden esta nueva vieja moto

Mientras tanto las acciones militares se dieron en un contexto de baja popularidad del presidente Trump, persecución violenta y deportación a inmigrantes, una grave epidemia de muertes por el fentanilo, el escándalo por la pedofilia en la isla de Epstein y el apoyo explícito del gobierno norteamericano al genocidio en Palestina cuyo primer ministro, Benjamín Netanyahu, viajó a EE.UU. a fines de 2025, sobrevolando espacio aéreo griego, italiano, francés, español y marroquí a pesar de que el Tribunal Penal Internacional dictó en noviembre de 2024 una orden de arresto por crímenes de guerra y contra la humanidad (Notificación Roja) por lo cual las Fuerzas Aéreas de los países mencionados deberían haber interceptado el vuelo y obligado a descender.

En este contexto el discurso del propio presidente Trump respecto de Venezuela se centró primero en que Maduro dirigía el Cartel de los Soles que contrabandeaba droga a EE.UU. y pudimos observar videos de supuestas ejecuciones sumarias contra personas y lanchas las cuales era imposible que realicen el trayecto Venezuela EE.UU.

Posteriormente la comunicación se centró en vuelos de diversión de aeronaves de la USS Navy para ver la capacidad de respuesta venezolana. Luego fuerzas especiales de asalto incautaron buques petroleros llevándolos a puertos norteamericanos e incautando el cargamento de petróleo y finalmente el presidente Trump, luego del secuestro de Maduro hizo hincapié en el tema petrolero, en la entrega por parte del nuevo gobierno venezolano de cincuenta millones de barriles de petróleo, el incremento del comercio con PDVSA y el bienestar que estas operaciones comerciales traerán a la región.

Y en Argentina mientras tanto…

El control de las operaciones petroleras en Venezuela por parte del gobierno norteamericano mediante la amenaza del uso de la fuerza y las capacidades de reserva modificaran sustancialmente el precio del petróleo y en caso de abaratarse, que es lo más probable desde el punto de vista político, haría que no tenga la misma rentabilidad las operaciones en el yacimiento de Vaca Muerta ya que el proceso de fracking es caro frente a la extracción de pozo común.

El gobierno de ocupación que dirige la República Argentina, mientras tanto en su servil alineamiento con EE.UU., se apresuró a incluir al «Cártel de los Soles» en el Registro Público de Personas y Entidades vinculadas a Actos de Terrorismo y su Financiamiento (RePET), dependiente del Ministerio de Justicia de la Nación. Exactamente al mismo tiempo el New York Times informaba que el Departamento de Justicia de EEUU modificó la acusación contra Nicolás Maduro y desestimó al «Cartel de los Soles» como estructura criminal. La imputación actual afirma que las ganancias del narcotráfico de la región «fluyen hacia funcionarios civiles, militares y de inteligencia corruptos, que operan dentro de un sistema de patronazgo dirigido por quienes están en la cima».

¿Quién dijo que todo está perdido?

«Todo pasa» tenía grabado en su anillo don Julio Grondona y más allá de la actual situación política, la sumisión a EE.UU. e Israel, el servilismo a Gran Bretaña y la guerra cognitiva y de sentido que buscará en breve sembrar en el país, por ejemplo, discordias religiosas para sostener un modelo individualista y predestinatario, la realidad social llevará a un cambio de rumbo y en ese momento será necesario comprender, desarrollar y operativizar una doctrina nacional que contemple la cultura, la diplomacia y las fuerzas armadas como un núcleo convergente de Defensa Nacional que debe instalarse en la sociedad desde la más temprana edad lo cual es el actual objetivo de la ofensiva de la industria cultural enemiga.

 

* Periodista. Universidad Nacional Arturo Jauretche. Maestrando en Inteligencia Estratégica Nacional, Universidad Nacional de La Plata. Investigador de la Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales (SAEEG).

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EL ORDEN INTERNACIONAL DE AYER, LA DISRUPCIÓN DE HOY Y LOS HÁBITOS DE SIEMPRE

Alberto Hutschenreuter*

Imagen de Vicki Hamilton (flutie8211) en Pixabay

 

El final de un año siempre resulta pertinente para realizar un balance o «verificación» estratégica internacional y mundial que nos sea de utilidad para contar con un estado de situación a partir del cual se puedan considerar escenarios.

Hace tiempo que los hechos internacionales implican un verdadero reto para los analistas y tomadores de decisiones, y ello, en buena medida, se debe a la inexistencia de una configuración u orden internacional.

Un orden internacional supone un acuerdo mayor establecido y respetado por los actores «que cuentan», el que, además, debe fundarse (sobre todo hoy) en el reconocimiento de los enfoques sobre orden internacional de los diferentes actores. Esto último implica una «novedad», pues hasta el presente los órdenes internacionales conocidos han sido creados o surgidos en Occidente (de allí que el «modelo Westfalia» resulte insuficiente o limitado como pauta para pensar un orden internacional).

Los últimos tres órdenes internacionales no siguieron tanto aquella definición, pues la configuración bipolar predominante entre 1945 y principios de los años noventa se basó en el resultado de la Segunda Guerra Mundial, cuando el poder se fue de Europa para concentrarse en los polos estadounidense y soviético.

El segundo orden, el de la globalización, entre principios de los noventa, surgió como consecuencia de la predominancia del modelo económico neoamericano, que fue el que determinó el espíritu, contenido y ejercicio de la globalización.

El régimen de aquella globalización supuso no sólo una forma suave de ejercicio de poder, sino un cambio en el uso de sus instrumentos, los que se basaron en propuestas y activos geoeconómicos más que geopolíticos (de hecho, en el actor que impulsó la globalización, Estados Unidos, el nervio más importante del gobierno se ubicó en la Secretaría de Comercio).  

El tercer orden o régimen internacional tampoco se basó en pacto alguno, pues fue resultado del ataque perpetrado por el terrorismo transnacional a los Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001. A partir de entonces, la hegemonía militar norteamericana prácticamente identificó el sistema internacional con la seguridad y los intereses de la potencia.

En 2008 arrasó la crisis financiera, considerándose los esfuerzos para salir de ella como la última vez que hubo una genuina cooperación internacional. Desde entonces, no sólo no hubo orden internacional, sino que se afianzó un desorden internacional confrontativo o disruptivo, pues los actores con capacidades para configurar un orden fueron rivalizando cada vez más, como China y Estados Unidos, e incluso a partir de la denominada «Operación Militar Especial» rusa en Ucrania en febrero de 2022, Rusia y Occidente se encontraron en una situación de tensión creciente o de «no guerra» que persiste hasta hoy.

Antes de la Segunda Guerra Mundial también hubo órdenes internacionales: mientras la pactada configuración interestatal posnapoleónica se propuso evitar el surgimiento de un nuevo desafío al sistema de monarquías europeas y fue exitoso hasta la segunda mitad de siglo, el orden de Versalles u «orden de los vencedores», tras la Primera Guerra Mundial, se consagró con el fin de conseguir la paz por medio de una organización internacional basada en el mecanismo de seguridad colectiva, obteniéndose resultados favorables hasta casi fines de los años veinte, para volverse cada vez más irrelevante en la década siguiente.

Por tanto, un orden no asegura la concordia ni la paz (un concepto abstracto) entre los Estados, sin duda, pero hasta hoy se ha revelado como el único modo que permite sofrenar las consecuencias de la situación de anarquía que existe entre los Estados, la gran «tragedia de los grandes poderes políticos», según el experto estadounidense John Mearsheimer.

Si es posible hallar alguna definición que sintetice el estado actual del mundo, no estaríamos muy equivocados en sostener lo siguiente: el poder, la geopolítica y el interés nacional arriba, el comercio en el centro y el multilateralismo abajo.

En tiempos de orden, no cambiaría mucho esa ecuación, pero la existencia de un pacto «honroso» entre los poderes mayores proporcionaría previsibilidad (por caso, en materia de armas de exterminio masivo), se amortiguarían los conflictos entre poderes intermedios, el comercio fluiría acusando menos el impacto de los riesgos geopolíticos y el multilateralismo o sistema de instituciones internacionales contaría con mayor margen para realizar misiones habituales y fortalecerse, es decir, ser más proactivo, frente a «nuevos retos» como los brotes epidémicos.

Esto último es muy importante, pues las enfermedades infecciosas no son algo nuevo; pero la globalización, la conectividad y el «achicamiento» del mundo las han convertido en un fenómeno nuevo en relación con el alcance de sus secuelas multidimensionales.

Aquí nos encontramos con solo una de las razones que llevan a lo que el especialista Fareed Zakaria denomina un «trilema» internacional y mundial: el mundo actual es abierto, rápido pero inestable. Es decir, en casi todos los segmentos muy difícilmente se pueden lograr simultáneamente las tres cualidades: apertura, velocidad y seguridad.

Ello no deja de ser una preocupante curiosidad estratégica en el desorden internacional disruptivo de hoy, pues podemos acaso llegar a comprender que las armas nucleares impliquen un riesgo mayor porque hay rivalidad o competencia interestatal en liza, «políticas como de costumbre» diría Stanley Hoffmann. Pero en el caso de las enfermedades virales, descartando el hecho relativo con una diseminación deliberada de virus, se trata de un reto que no llega a ser suficiente para impulsar un nuevo sistema de valores asociados con la cooperación internacional.

En el mundo actual, el poder, la geopolítica y la primacía de los intereses nacionales son tan categóricos que (en no pocos casos) relativizan el principio de la incertidumbre en las relaciones internacionales, por ejemplo, cuando el mandatario estadounidense se refiere, aduciendo cuestiones de seguridad, a la necesidad de que Groenlandia y el Canal de Panamá pasen a ser parte de la soberanía estadounidense. Tampoco se preocupa en ocultar sus propósitos geopolíticos Rusia cuando advierte que «Ucrania no existe». Asimismo, China en relación con Taiwán. Israel sobre los territorios palestinos. Cuestiones en África… En fin, casos que van más allá de la misma soberanía poswestfaliana a la que se refirió Stephen Krasner.

Aquí resultan pertinentes algunos enfoques sobre temas internacionales que, como la guerra y la geopolítica, entre otros, se consideraban perimidos en el mundo conectado, pospatriótico y tecnopolar del siglo XXI: las esferas de influencia y las conquistas territoriales, conceptos de profunda naturaleza geopolítica.

En efecto (y aunque pueda parecer repetitivo), cuando el presidente Trump advierte sobre la necesidad de que aquellos territorios sean parte de la soberanía estadounidense, o cuando moviliza capacidades navales y de inteligencia en el Caribe para presionar al régimen de Venezuela, lo hace porque no tiene la menor duda sobre la soberanía limitada que tienen los actores ubicados en zonas geopolíticas selectivas, es decir, plazas del mundo en las que los actores situados allí son independientes mientras sostengan una diplomacia de deferencia frente al actor mayor regional o continental. (Es oportuno aclarar que la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, de diciembre de 2025, señala a América Latina como «área de prioridad estratégica», al tiempo que remarca la necesidad de fortalecer la hegemonía estadounidense y contrarrestar la influencia de actores extra-hemisféricos).

En cuanto a las conquistas territoriales, siendo las políticas de primacía del interés nacional y el declive de la norma internacional fuertes características del estado actual de disrupción internacional, no resulta extraño que hayan surgido debates relativos con el «regreso de la conquista territorial». Más allá del caso de Ucrania, que fue lo más rústico, aunque no es el único en relación con capturas territoriales por parte de los Estados, la especialista Tanisha Fazal lo plantea de esta manera: «Si la conquista territorial vuelve a ser un tema de debate, será menos probable que los Estados respeten otros elementos de la soberanía, como los derechos marítimos. Cuando los pequeños Estados insulares reclaman derechos de pesca y minería en zonas económicas exclusivas, otros países de la región podrían simplemente ignorar sus reclamaciones. El poder ignorará el derecho».

Por su parte, por demás interesante resulta la reflexión del experto Paul Poast cuando sostiene que «Los humanos vivimos en un planeta finito en tierra y espacio, e históricamente el medio más eficaz para controlar ese espacio o expulsar a otros de él es la amenaza y, de ser necesario, el uso de la violencia. Esto no significa que todas las guerras se deban a la necesidad de mantener y controlar territorio. Pero centrarse en la competencia por el territorio puede explicar en gran medida la persistencia de la guerra».

La relación entre intereses políticos y territorios con fines asociados al incremento de poder resultan categóricos cuando observamos que en las guerras y tensiones que tienen lugar hoy en las grandes placas geopolíticas del mundo, esto es, Europa del este, Oriente Medio, Asia del sur y el arco que se extiende desde este último sitio  hasta el norte de Asia-Pacífico, el tema territorial es, en buena medida, determinante. Incluso la tensión entre China y Estados Unidos está atravesada por esa variable, pues, más allá de las expansiones de Pekín hacia dentro del continente (a través de la Iniciativa de la Ruta y la Franja) y hacia el mar y zonas costeras en el Índico y África, la contención estadounidense sobre China abarca múltiples dimensiones, desde la estratégica-militar hasta la económica, pasando por la tecnológica o war-chip.

En este contexto, el comercio internacional no deja de ser un dato esperanzador, pues en tiempos de ausencia de orden internacional y declive del derecho internacional, el comercio mismo funge como un «orden internacional sustituto». Y lo es aún bajo el impacto del arancelismo o guerra comercial, más otros impactos o riesgos sobre este «bien público internacional».

En suma, no sucede que están de regreso el poder, la guerra, la geopolítica el ascenso de nuevos poderes, entre los principales «hábitos» o «conocidos de siempre» en la política internacional. Siempre han estado allí. Sucede, para decirlo de nuevo, que su preponderancia y riesgo se multiplican al no existir una configuración internacional.

Aunque algunos de esos componentes o regularidades de la política pueden modificar su naturaleza, siempre permanecen. Considerando la cantidad de cuestiones que tienen lugar en la política internacional, hay quienes advierten que la próxima década del cuarenta podría ser una década estratégica de hostilidad mayor, pues para entonces la mayoría de esas cuestiones, por caso, crisis climáticas, tensiones interestatales mayores, entre otras, alcanzarían sus puntos de saturación. En otros términos, un desenlace trágico de la situación de disrupción actual.

Pero más allá de ello, hay que decir que los hábitos o regularidades de siempre en la política internacional y mundial son acompañadas por sucesos que no tienen precedentes, y que implican un posible punto de inflexión o de escala en la historia de la humanidad.

Nos referimos a todo lo que viene ocurriendo en materia tecnológica, particularmente en el segmento de la inteligencia artificial. En otros momentos de adelantos tecnológicos, como los que sucedieron en la segunda mitad del siglo XVIII o hacia fines del siglo XIX, los mismos eran acompañados o estaban fundados a partir de marcos filosóficos (la Ilustración, el empirismo, el utilitarismo, el positivismo) que terminaban por fortalecer un clima esperanzador en buena parte de la humanidad. Sin embargo, a pesar de lo extraordinario de los adelantos tecnológicos que vienen teniendo lugar desde los años noventa, hoy no nos encontramos ante un clima resplandeciente ni ha surgido ningún sistema de ideas o filosofía que promueva optimismo frente al porvenir.

Sin duda que la disrupción internacional y mundial extensa lo impiden, pero también es cierto que los rápidos adelantos tecnológicos no llegan a generar confianza. Por un lado, el modelo actual de poder predominante implica que los polos mayores concentran y concentrarán activos tecnológicos mucho más de lo dedicado a la cooperación internacional, como de hecho podemos apreciar en la rivalidad entre Estados Unidos y China. Pero, por otro lado, la aproximación hacia una estación «poshumana» tiende a ser percibida más como admonición que como un alivio o recurso favorable mayor para el hombre.

Las crecientes advertencias que vienen haciendo autorizados expertos sobre las consecuencias deletéreas en materia de IA no se refieren mayormente al segmento estratégico-militar, que es donde se tiende a pensarlas y donde existen realidades y proyecciones o escenarios notables, sino a campos como el de la salud, del aprendizaje, entre otros.

Por caso, Daron Acemoglu, último premio Nobel de economía, advirtió a principios de 2025 que «Debido a su profundo potencial, la IA también representa una de las amenazas más graves que la humanidad ha enfrentado jamás. El riesgo no es solo (ni siquiera principalmente) que máquinas superinteligentes algún día nos dominen: es que la IA socavará nuestra capacidad de aprender, experimentar, compartir conocimientos y extraer significado de nuestras actividades. La IA nos debilitará enormemente si elimina constantemente tareas y trabajos, centraliza excesivamente la información y desalienta la investigación humana y el aprendizaje experiencial, empodera a unas pocas empresas para que controlen nuestras vidas y crea una sociedad de dos niveles con enormes desigualdades y diferencias de estatus. Incluso podría destruir la democracia y la civilización humana tal como la conocemos. Temo que ésta sea la dirección en la que nos dirigimos».

La propia IA considera que «[…] nos enfrentamos al reto de escoger entre un futuro de posibilidades sin parangón o uno de peligros inimaginables. El destino de la humanidad pende de un hilo y las decisiones que tomemos en los próximos años y décadas determinarán si estamos a la altura de estas tecnologías o si, en cambio, somos víctimas de sus peligros».

En conclusión, no hay orden en las relaciones internacionales del siglo XXI. Los últimos órdenes tuvieron lugar hace tiempo y no fueron resultado de pactos. Esto nos lleva a preguntarnos si es posible que pueda configurarse el mundo en los próximos tiempos. No solo hacen falta liderazgos de escala para ello, sino disposición para reconocer concepciones diferentes de orden internacional.

La situación de disrupción actual no solo se debe a que el lugar de un orden internacional ha sido ocupado por políticas basadas en el poder e interés nacional ante todo, sino a que los poderes mayores se hallan enfrentados entre sí, incluso en estado de «no guerra» entre algunos de ellos, OTAN-Rusia, concretamente.

Este contexto difumina la posibilidad de existencia de una «cultura estratégica» entre «los que cuentan», un activo o «bien estratégico mundial» que reduce el margen de incertidumbre de intenciones entre aquellos y torna menos inseguros segmentos como el las armas nucleares, pues garantiza lo que se conoce (irónicamente) como MAD (la «Mutua Destrucción Asegurada»).

En este desorden o estado de disrupción, los hábitos protohistóricos de las relaciones internacionales prueban prácticamente a diario su fuerte condición de «regularidades», al tiempo que se extienden a las nuevas temáticas que sin duda dominarán el siglo: las tecnologías mayores, segmento que hasta el momento no encuentra la necesaria contención internacional que relativamente limite su utilización en clave de poder y predominancia.

 

* Miembro de la SAEEG. Su último libro, recientemente publicado, se titula La Geopolítica nunca se fue, Editorial Almaluz, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2025.

 

Bibliografía

Bruno Tertrais. La guerra de los mundos. El retorno de la geopolítica y el choque de los imperios. Madrid: Oberon, 2024.

Alberto Hutschenreuter. La geopolítica nunca se fue. Los grandes acontecimientos mundiales en clave política, territorial y de poder. Buenos Aires: Almaluz, 2025.

Alberto Hutschenreuter. «Geopolítica y posgeopolítica en el mundo del siglo XXI». Global Overview Magazine, diciembre de 2025, https://www.globaloverviewmagazine.com/2025/12/geopolitica-y-posgeopolitica-en-el.html

Yan Xuetong, Fang Yuanyuang. The Essence of Interstate Leadership. Bristol University Press, 2024.

Tanisha M. Fazal. «Conquest is Back», Foreign Affairs, March 21, 2025.

Paul Poast. «As Long as there is Territory to Fight Over, War will be with As». World Politics Review, December 20, 2024, https://www.worldpoliticsreview.com/war-conflict-territory/

Federico Tobar. «En medicina, el futuro llegó como vos no lo esperabas»,  https://www.linkedin.com/pulse/en-medicina-el-futuro-lleg%C3%B3-como-vos-lo-esperabas-federico-tobar-2n2he/

Daron Acemoglu. «Will We Squander the AI Opportunity?» Proyect Syndicate, Feb 19, 2025, https://www.project-syndicate.org/commentary/ai-on-a-socially-harmful-path-by-daron-acemoglu-2025-02

Mustafa Suleyma., La ola que viene. Tecnología, poder y el gran dilema del siglo XXI. Buenos Aires: Debate, 2025.

 

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