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LOS PROBLEMAS DEL CAMBIO CLIMÁTICO. SEGUNDA PARTE.

Giancarlo Elia Valori*

Imagen de Tumisu en Pixabay

Los problemas del cambio climático. Primera parte.

Al continuar el examen de los estudios sobre el cambio climático que está elevando la temperatura media del planeta, hay que decir que el impacto de la temperatura en la eficiencia de la producción a temperaturas ambiente demasiado bajas o demasiado altas la afecta negativamente y causa pérdidas económicas no despreciables.

El informe de China de 2020 de la prestigiosa revista “The Lancet” calculó que en 2019 los trabajadores chinos al aire libre perdieron alrededor del 0,5% de sus horas de trabajo potenciales debido a las altas temperaturas, causando una pérdida del 1% del producto interno bruto del país (US$ 126 mil millones), lo que equivale al presupuesto anual total de China para ciencia y tecnología.

Mientras tanto, los trabajadores al aire libre se ven más seriamente amenazados por las olas de calor de alta temperatura debido a la exposición prolongada a ambientes excesivamente calurosos. Cuando la temperatura alta (33°C) dura diez días, el riesgo de muerte por enfermedad cardiovascular en el grupo de trabajadores al aire libre aumenta en un 149%.

En resumen, no se pueden subestimar los efectos del cambio climático en la salud humana y en el desarrollo socioeconómico. Como resultado, el cambio climático es un desafío mundial que trasciende las fronteras nacionales y requiere urgentemente una estrecha cooperación entre todos los países. El 12 de diciembre de 2015, en la Conferencia celebrada en la capital francesa sobre el cambio climático, se aprobó el Acuerdo de París, que hace un llamamiento a la acción global contra el cambio climático.

El calor afecta no solo a la salud física, sino también a la salud mental como las emociones, etc. Patrick Baylis publicó en 2020 un artículo en el “Journal of Public Economics”, una de las principales revistas de economía, para identificar la preferencia latente de las personas por la temperatura. Utilizó las expresiones emocionales del público en la red social Twitter desde junio de 2014 hasta octubre de 2016 como fuente de información para construir datos diarios, mensuales y anuales, relacionados con los días de trabajo, las vacaciones y las tendencias horarias específicas del estado del trabajador. Detectó la respuesta emocional de las personas a la temperatura en el ambiente de trabajo. Las emociones de las personas son generalmente negativas en comparación con los grados centígrados normales (20-25°C), y el índice de estado de ánimo de las personas cae de 0.1 a 0.2 o más en los días calurosos (35-40°C).

La influencia de la temperatura también afecta al índice de sociabilidad.

Además, Baylis utilizó el impacto exógeno de los ingresos (cambios salariales trimestrales o multas por estacionamiento, exceso de velocidad, etc.) para medir económicamente esta respuesta emocional. Encontró que el valor económico de una desviación por diferencias significativas de temperatura afecta el índice de disponibilidad mutua entre las personas. Querer invertir dinero para llevar la temperatura máxima diaria de 30-35°C a 20-25°C está entre 11.94 y 4.77 dólares estadounidenses (dependiendo del salario o la cantidad de multas sufridas).

Vale la pena señalar que la acumulación de emociones negativas causará más problemas sociales, como la depresión, el suicidio, la inducción de la actividad delictiva y el agravamiento de los conflictos humanos. Marshall Burke, Felipe González, Patrick Baylis, Sam Heft-Neal, Ceren Baysan, Sanjay Basu y Solomon Hsiang publicaron un artículo en “Nature Climate Change» en 2018 que analizaba la relación entre la tasa de suicidios y las altas temperaturas, y los resultados mostraron que por cada aumento de 1°C en la temperatura media mensual, la tasa de suicidios en los condados de Estados Unidos y algunas ciudades de México aumentó en un 0.7% y 2,1%.

Solomon M. Hsiang, Marshall Burke y Edward Miguel publicaron un ensayo en “Science” en 2013 después de revisar la literatura relevante y encontraron que las condiciones climáticas extremas pueden conducir fácilmente a crímenes violentos individuales y grupales y contra la propiedad, así como a la agitación política en los países pobres y la agresión personal y la violencia.

Tales comportamientos aumentarán con las altas temperaturas. Además, las precipitaciones extremas resultantes han ampliado la brecha de ingresos que afecta a la producción agrícola. Los autores discutieron los mecanismos relacionados para cambiar el estado de las cosas, incluido el cambio climático que alterará la oferta de recursos y agravará la desigualdad social y causará conflictos humanos; también reducirá la productividad socioeconómica, debilitando así la vigilancia de los organismos gubernamentales y reprimiendo el control de la intensidad de los episodios delictivos.

La migración de la población y la rápida urbanización causada por el cambio climático provocarán una competencia por recursos locales muy limitados. El cambio climático afectará los mecanismos fisiológicos de las personas, reducirá su capacidad de hacer juicios racionales que se volverán más ofensivos y conflictivas, lo que a su vez conducirá a una mayor desestabilización.

El estudio de 2015 de Matthew Ranson (2014) publicado en el “Journal of Environmental Economics and Management” también muestra que el clima de alta temperatura desencadenará más actividad criminal y se estima que entre 2010 y 2099, los costos sociales de las actividades criminales en los EE.UU. debido al cambio climático alcanzarán entre 29 y 78 mil millones de dólares.

Se convirtió en una parte históricamente importante de la historia de la humanidad como resultado de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (Río de Janeiro 1992) y el Protocolo de Kyoto de 1997. El tercer hito en la jurisprudencia internacional para hacer frente al cambio climático, la planificación de un nuevo camino para la investigación climática global.

El objetivo principal es controlar el aumento de la temperatura media mundial de este siglo dentro de los 2°C y situar el aumento de la temperatura global dentro de 1,5°C por encima del nivel del período preindustrial.

En cuanto a la República Popular China, un país en desarrollo responsable, siempre ha concedido gran importancia a la lucha contra el cambio climático. El 3 de septiembre de 2016, China se adhirió formalmente al Acuerdo de París y se convirtió en la vigésimotercera Parte Contratante en completar la ratificación. En septiembre de 2020, el presidente Xi Jinping declaró solemnemente en el debate general de la LXXV Asamblea General de las Naciones Unidas que la República Popular mejorará sus esfuerzos para contribuir a la contribución del país para colaborar en la mejora del clima, y se esforzará por reducir el pico de emisiones de dióxido de carbono para 2030 y lograr la neutralidad de carbono para 2060 (Green Development , señalado como indispensable para la construcción de una civilización ecológica, como indican los objetivos de descarbonización); así como «responder activamente al cambio climático» ya en el XIV Plan Quinquenal 2021-2025.

Según el Informe Anual de Políticas y Acciones de Cambio Climático 2019 de China, publicado por el Ministerio de Ecología y Medio Ambiente encabezado por Huang Runqiu, las emisiones de dióxido de carbono por unidad del producto interno bruto (PIB) de China disminuyeron un 4,0% en 2018, con una caída acumulada del 45,8% desde 2005, lo que equivale a una reducción de 100 millones de toneladas de dióxido de carbono; además, la energía no fósil representó el 14,3% del consumo total de energía, revirtiendo sustancialmente el rápido crecimiento de las emisiones de dióxido de carbono, e hizo una importante contribución a la respuesta al cambio climático global.

Sin embargo, para garantizar la aplicación del compromiso de 2060 y minimizar la carga sanitaria del cambio climático para la población mundial, todavía se necesitan políticas y medidas más eficaces.

* Copresidente del Consejo Asesor Honoris Causa. El Profesor Giancarlo Elia Valori es un eminente economista y empresario italiano. Posee prestigiosas distinciones académicas y órdenes nacionales. Ha dado conferencias sobre asuntos internacionales y economía en las principales universidades del mundo, como la Universidad de Pekín, la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Yeshiva de Nueva York. Actualmente preside el «International World Group», es también presidente honorario de Huawei Italia, asesor económico del gigante chino HNA Group y miembro de la Junta de Ayan-Holding. En 1992 fue nombrado Oficial de la Legión de Honor de la República Francesa, con esta motivación: “Un hombre que puede ver a través de las fronteras para entender el mundo” y en 2002 recibió el título de “Honorable” de la Academia de Ciencias del Instituto de Francia.

Traducido al español por el Equipo de la SAEEG con expresa autorización del autor. Prohibida su reproducción.

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EL IMPARABLE AUGE DE LO FALSIFICADO

Agustín Saavedra Weise*

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Hoy el “trucherío” está de moda y a la moda. Desde motocicletas hasta relojes, programas de computación, DVD’s, bebidas, carteras y lo que se le ocurra amigo lector, todo lo “trucho” se puede encontrar, comprar y ciertamente, fabricar.

El tema de los productos truchos no sería tan preocupante si no fuera porque muchas veces caen inocentes que pagan por algo como si fuera auténtico y terminan estafados. Asimismo, en otras ocasiones algún incauto compra elementos de alta seguridad —como, por ejemplo, repuestos muy sensibles— que por ser truchos se caen a pedazos al poco tiempo, llegando a provocar accidentes y desgracias personales.

A esta altura es casi imposible parar el “trucherío”, sobre todo porque China, el gran dragón del oriente que ahora camina erguido y cada día crece más, basa gran parte de su expansión internacional en el auge de productos falsificados.

Mientras por un lado Beijing sonríe a los inversores externos, por el otro hace la vista gorda en torno a sus masivas usinas de lo trucho, desde donde salen en serie bienes de toda naturaleza que se distribuyen “urbi et orbe”.

La Organización Mundial del Comercio (OMC) con sede en Ginebra, calcula que el comercio de bienes dudosos representa cientos de miles de millones de dólares. China lleva el primer lugar en lo de “made in truchiland”, seguida de Filipinas, Vietnam y otros países. Las ganancias son cuantiosas y la lista tiende a crecer, como también las grandes cifras del negocio.

La pelea entre lo auténtico y lo falso sigue y seguirá, pero es una pelea difícil. Hay demasiados intereses de por medio, demasiada confusión y muchos países involucrados. En todo caso, conviene tener un muy buen ojo para no caer en la trampa de lo trucho o, mejor, que un experto lo asesore cuando haga una compra importante, ya que hay algunos detalles y elementos que ni las mejores imitaciones pueden reproducir con fidelidad respecto al original.

Pero la mayoría de los consumidores cae y caerá en la trampa de lo trucho, reconociendo también que muchas veces compran lo que saben que es falso, pero es muchísimo más barato que lo original, obteniendo así algo de “glamour” con poca plata. El caso de las carteras y relojes es el más conocido en este rubro de la apariencia formal y de la apetencia por lo trucho.

Mientras así anda el mundo, nadie logra parar hasta ahora el auge de lo falsificado; parece que nadie lo hará en el futuro cercano. El proceso de “truchificación” se ha transformado —para los productores originales— en una de las pesadillas de este tercer milenio globalizado.

 

*Ex canciller, economista y politólogo. Miembro del CEID y de la SAEEG. www.agustinsaavedraweise.com 

Publicado en El Deber, Santa Cruz de la Sierra, https://eldeber.com.bo/opinion/el-imparable-auge-de-lo-falsificado_242275

¿GUERRA DE DISPAROS ENTRE ESTADOS PREEMINENTES EN EL SIGLO XXI?

Alberto Hutschenreuter*

Recientemente, el presidente estadounidense Joseph Biden sostuvo que “los ciberataques podrían conducir a una verdadera guerra de disparos”. Sin eufemismos, sea una querella acotada en violencia y geografía o una crisis mayor, se trata de una advertencia (principalmente a Rusia) que implica un paso más hacia una posible confrontación armada, en un contexto entre Estados preeminentes que (hace tiempo) no es ni de guerra ni de paz.

Por tanto, no sorprenden las palabras del mandatario estadounidense, menos todavía viniendo de un demócrata; pues cada vez que hubo un presidente de ese partido en Estados Unidos, el enfoque hacia Rusia se fundó en alguna forma de embestida a este país.

En ese sentido, se podrán decir muchas cosas del ex presidente Trump, menos que blandió espadas frente a Rusia, no así varias de las agencias de inteligencia, el complejo industrial y el Pentágono.

De acuerdo con las concepciones de seguridad estadounidense de 2017 y 2021, Rusia y China son considerados rivales por Estados Unidos; es decir, algo más que competidores. La competencia es el lugar común en las relaciones interestatales; la rivalidad en estas relaciones supone retos, intenciones desconocidas, estrategias para lograr ganancias de poder, etc.

No obstante aquel enfoque por parte de Washington, Rusia implica una rivalidad más peligrosa que China. Aunque este último poder amenaza la primacía estadounidense en varios segmentos de dominio, no tanto en el estratégico-militar, y cada vez más proyecta poder en el mundo, existe una profusa relación comercial entre ambos poderes (favorable a Pekín), y si bien China impulsa un colosal corredor geoeconómico que atravesará Asia central, su orientación geopolítica continúa siendo el Asia-Pacífico.

Este último dato es importante. No solo porque Estados Unidos es una potencia marítima que está por encima del poder naval chino, sino porque China no es un actor que ponga mayormente en riesgo la relación atlanto-occidental. Es verdad que ocurren situaciones en el segmento cibernético y también que la ruta asiática podría exigir en el futuro más definiciones a Europa. Pero aquí es Rusia el reto mayor, el actor que más daño podría ocasionar.

Rusia no es percibida por Estados Unidos como un poder con el que habría que compartir una “nueva bipolaridad” internacional. Con China sí existe esa perspectiva, pues la construcción de poder por parte del país asiático ha sido y es, a menos que suceda un gran “cisne negro” en el país, indetenible. De hecho, los escenarios estratégicos globales que se plantean en Occidente de aquí al 2030 no consideran mejoras mayores con China, pero prácticamente ninguno aprecia que Estados Unidos liderará solitariamente el mundo.

Si bien en Estados Unidos existen posiciones relativas con debilitar la relación entre Rusia y China, para lo cual, como recomienda Charles Kupchan, es necesario mejorar las relaciones con Rusia (como ocurrió en los años setenta, cuando se trabajó la relación con Pekín para debilitar el vínculo chino-soviético), los enfoques predominantes apuntan a incrementar la presión a Moscú con el fin de debilitarla y disuadirla de intentar dividir a Occidente a través de sus medios propios de guerra híbrida.

En este sentido, el especialista Michael McFaul advierte que Rusia no se encuentra fuerte, pero tampoco es la Rusia de los noventa; por tanto, gradualmente se deben profundizar sanciones en varias direcciones hasta neutralizar sus operaciones en el extranjero. Pero otros van más allá de una “contención reforzada” y, como propone Condace Rondeaux, plantean presiones que incluyan la denominada “opción nuclear”, esto es, fuertes sanciones que prohíban a las instituciones financieras occidentales comerciar bonos del gobierno ruso denominados en rublos. En esta línea, otra opción (“bastante nuclear” y que recientemente se dejó de lado) era convencer a Alemania para que abandonara el “Nord Stream 2”. No obstante, las medidas relativas con golpear en el principal activo de Rusia, la energía, se mantienen abiertas.

Se trata de escenarios de riesgo mayor. Occidente, es decir, Estados Unidos, se muestra dispuesto a proseguir rentabilizando su victoria en la guerra fría, y para ello es preciso negar toda posibilidad geopolítica, geoeconómica y geoenergética a Rusia. Como se pretendía en los noventa: que Rusia sea un actor débil y un mero aportante de materias primas. En otros términos, si hay finalmente un orden internacional en el mundo siglo XXI, Rusia será un actor en dicho orden, no un actor estratégico en el mismo.

Pero difícilmente Rusia, una superpotencia (y “Estado-continente”) en varios segmentos de poder, no solo en el estratégico-militar-nuclear, lo acepte. Por ello, la advertencia de Biden relativa con que los ciberataques podrían conducir a “una verdadera guerra de disparos” hay que tomarla muy en serio. No solo porque lo piense y diga un demócrata en un contexto que no es ni de guerra ni de paz, sino porque no existen razones categóricas para aseverar que porque no han ocurrido confrontaciones militares de escala en los últimos 70 años (algo que no es del todo cierto) las mismas ya no ocurrirán.

 

* Doctor en Relaciones Internacionales (USAL) y profesor en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación (ISEN) y en la Universidad Abierta Interamericana (UAI). Es autor de numerosos libros sobre geopolítica y sobre Rusia, entre los que se destacan “El roble y la estepa. Alemania y Rusia desde el siglo XIX hasta hoy”, “La gran perturbación. Política entre Estados en el siglo XXI” y “Ni guerra ni paz. Una ambigüedad inquietante”. Miembro de la SAEEG. 

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