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EVOLUCIÓN DE LA CUESTIÓN DE SRI LANKA

Isabel Stanganelli*

En octubre de 1996 veinticinco mujeres tamiles portando bombas para efectuar ataques suicidas circulaban por Colombo, capital de Sri Lanka. La situación de angustia que generaban era tan evidente, que hasta los occidentales percibíamos que a pesar de trece años de convivencia con el horror, la guerra civil continuaba reservando sorpresas a los sufridos habitantes de la isla. ¿Cómo llegó a esa situación un pueblo que había logrado la independencia sin un solo disparo y en una perfecta armonía comunal y religiosa?

1994 fue año de elecciones en Sri Lanka. Tanto las elecciones generales —agosto—, como las presidenciales —noviembre—, fueron dominadas por una nueva líder, Chandrika Bandaranaike Kumaratunga, del Sri Lanka Freedom Party (SLFP), que obtuvo el 62,2% de los votos, muy próximo al récord mundial de 62,5 obtenido por Nelson Mandela.

En ambas campañas el principal tópico fue la guerra civil establecida en el norte y este del país a partir de los disturbios raciales de 1983. Cuando la presidente Chandrika Bandaranaike Kumaratunga admitió que toda esa región se encontraba virtualmente bajo control de los Tigres para la Liberación de Tamil Eelam (LTTE), generó un silencio desafiante que se intensificó al manifestar que intentaría negociaciones, puesto que cada esfuerzo para encontrar una solución militar había fallado desde entonces. Las negociaciones también habían fallado. En 1987 con el primer ministro de India Rajiv Gandhi como mediador se logró el acuerdo entre su país y Sri Lanka y el envío de las IPKF o Fuerzas Indias para el Mantenimiento de la Paz.

En 1989 el presidente Premadasa inició negociaciones de paz con la LTTE y con India para que retirara sus tropas. No solamente fracasó el plan para lograr la paz, sino que en junio de 1990 —tres meses después del retiro de tropas indias— se inició la mayor escalada de la guerra civil. Entre 1990-1994 las bajas totales habrían llegado a 30.000. De ahí la intención de la presidente de Sri Lanka de retomar nuevamente las negociaciones de paz.

Los hechos

En el proceso de independencia que hasta 1948 unió al país —entonces denominado Ceylán— con Pakistán e India, Sri Lanka se destacó por haber logrado la secesión e emancipación sin un solo disparo, con solamente algún ocasional activista en prisión y en una perfecta armonía comunal y religiosa.

El censo de 1946 indicaba que la población singalesa convivía con 11% de población tamil de Sri Lanka, con 11% de tamiles indios y con otras minorías[1]. En cuanto a la composición religiosa, 64,5% de los habitantes eran singaleses-budistas ante 20% de tamiles-hindúes. Los principales grupos culturales —el budista y el hindú— tienen muy poco en común y ninguno de los dos quiere renunciar al legado histórico de sus antepasados. Algunas de las mejores representaciones pétreas de Buda en el mundo se hallan en esta isla, donde la arquitectura budista es asombrosa. La región septentrional —hindú— posee un estilo arquitectónico proveniente de India meridional, que no logró crear elementos autóctonos.

En 1948 tal vez la más hábil de las minorías era la musulmana que coexistía con comunidades tanto tamiles como singalesas y alcanzaba el 6,6% de la población total. Los cristianos eran los que se encontraban en la situación más delicada: siendo la más poderosa e influyente minoría, parecían creer que sus privilegios provenían de Dios más que de los británicos. Tanto los protestantes como los católicos poseían el monopolio de las escuelas prestigiosas, además de fácil acceso al sector influyente en el gobierno por lo que tomaban las decisiones comerciales de envergadura. El conflicto con los budistas parecía inevitable. Sin embargo la cordialidad, amistad y respeto entre ambas comunidades se ha mantenido constante: los representantes del clero budista son invitados de honor en todas las ceremonias trascendentes de las iglesias cristianas y lo mismo ocurre con el clero cristiano en las grandes festividades de la comunidad budista. Es más, durante 1994 y los seis primeros meses de 1995 los comandantes de las tres fuerzas y el Inspector General de Policía eran cristianos, 25% de los embajadores de la última década del milenio también fueron cristianos.

En contraste, los tamiles de Sri Lanka siempre tomaron posiciones complicadas. La política colonial británica había fortalecido a las minorías para neutralizar a las mayorías. Por ello en 1946 todas las oficinas e instituciones del gobierno así como las bancarias tenían más tamiles que singaleses, quienes eran discriminados aunque la Constitución de 1946 establecía la libertad de cultos.

En las primeras elecciones generales de 1947 triunfó el Partido Nacional Unido (UNP) con D.S. Senanayake, quien invitó al Congreso Tamil (TC) a integrar su gabinete aunque también fue el responsable de la ultrajante ley de ciudadanía que quitaba el derecho de voto a los tamiles indios, que habían trabajado en las plantaciones por tres generaciones.

A diferencia de otras colonias donde los movimientos nacionalistas fueron el combustible para lograr la independencia, en Sri Lanka surgieron luego de ella. En las regiones de habla singalesa el portavoz del nacionalismo no fue el UNP sino el SLFP, dirigido por S.W.R.D. Bandaranaike, que en 1951 se había separado del UNP.

Como parte de su política de descolonización, en 1953 India había establecido el hindi —hablado por el 40% de la población— como idioma oficial y otorgó 20 años para el reemplazo progresivo del inglés. Como el 75% de la población de Sri Lanka hablaba singalés, durante su campaña electoral de 1954 Bandaranaike ofreció transformarlo en idioma oficial y, para otorgarle poder político a la propuesta, sugirió 24 horas para realizar la transición. Pese a la preocupación de los partidos opositores y a la renuncia de los ministros tamiles, durante 1955 la idea fue ganando terreno y solamente el partido trotskista se opuso a esa idea tan popular como carente de principios.

En las elecciones de 1956 el ganador fue Bandaranaike y ese mismo año se firmó el “Acta del Lenguaje Oficial” que confirmó como tal al idioma singalés. Los tamiles —que utilizaban el inglés para comunicarse con los singaleses— se sintieron relegados a ciudadanos de segunda clase. El norte y el este del país tenían comunidades mayoritarias tamiles que pronto acusaron la tensión del momento. Para presionar al gobierno la comunidad tamil inició huelgas y campañas de desobediencia civil similares a las utilizadas por el Mahatma Gandhi pero no fueron eficaces en Sri Lanka.

En 1957 se firmó el Pacto Bandaranaike-Chelvanayakam que, si bien mantenía el singalés como idioma oficial, permitía que las provincias Septentrional y Oriental utilizaran el tamil como idioma de la administración. Además se daría prioridad a quienes hablaran el idioma local en la entrega de tierras para la colonización: así por ejemplo los singaleses tendrían menos oportunidades en áreas de idioma tamil y viceversa. La UNP, los elementos ultranacionalistas y monjes budistas se opusieron a este pacto.

Los colonos singaleses de Padaviya rechazaron por la fuerza a 400 familias tamiles que, beneficiadas por el pacto, se aprontaban a ocupar tierras favorecidas por un reciente plan de irrigación y en mayo de 1958 atacaron un tren con partidarios del Partido Federal (FP) de origen tamil. La venganza fue un ataque tamil a Batticaloa. Así ambos grupos se embistieron violentamente en todo el país, llevando a cabo ambas comunidades graves violaciones a los derechos humanos. La violencia fue contenida al cabo de tres días por las fuerzas armadas y la policía, que llegaron a disparar contra su propio grupo étnico para hacer cumplir la ley y restablecer el orden. Pero los tamiles ya no volvieron a sentirse seguros. Hubo fuga de cerebros tamiles que eran excelentes profesionales en diferentes disciplinas. El pacto quedó sin efecto y la administración siguiente, a cargo de Sirima Bandaranaike —esposa del anterior— se caracterizó por una aún mayor discriminación.

Las elecciones de 1964 dieron el triunfo a Dudley Senanayake, y al día siguiente se firmó el Pacto Senanayake-Chelvanayakam con contenido similar al anterior. La diferencia fue que ahora quienes se opusieron fueron los partidarios del SLFP.

En las elecciones de 1970 ganó nuevamente el SLFP y con este partido nuevamente Sirima Bandaranaike accedió al cargo de primer ministro, adoptando en esta gestión una política más favorable a las minorías, si bien siguió ignorando al FP.

El creciente nacionalismo tamil se hizo fuerte en el distrito de Jaffna y comenzó a tomar decisiones desconociendo al gobierno central en una actitud peligrosa: 25% de los tamiles de la isla vivían entre singaleses y otro 25% con éstos y musulmanes. Fuera de la provincia Septentrional su gente era minoría. Además los empresarios tamiles habían establecido sus industrias en o cerca de Colombo.

Desde la independencia, además del Acta del Lenguaje Oficial, otros dos elementos completaron el deterioro de la situación: el establecimiento de restricciones para el ingreso de estudiantes a la universidad en 1970 y en 1983 un genocidio racial que puso en peligro la seguridad física de la comunidad tamil.

Respecto a las restricciones educativas, Jaffna contenía aproximadamente la mitad de la población tamil de Sri Lanka y poseía una excelente infraestructura educativa: los padres invertían mucho en educación para sus hijos debido a que los recursos naturales de esa región eran insuficientes y contaban con la educación para proporcionarles mejores oportunidades de trabajo tanto en Sri Lanka como en el exterior. Las restricciones hicieron que se formara el Frente Joven Tamil (TYF) para luchar por sus derechos, que en 1972 se transformó en la organización terrorista Nuevos Tigres Tamiles (TNT) y en 1975 en la mencionada LTTE. El radicalismo de los jóvenes contrastó con la búsqueda de soluciones pacíficas de la generación de sus padres. Sin embargo el único éxito obtenido por la LTTE fue que se detuviera la instalación de colonos singaleses en áreas tamiles. Las cuestiones de idioma, educación y empleo quedaron sin resolver. Jaffna comenzó a pedir la secesión como único camino para salvaguardar la existencia de los tamiles y de la cultura tamil, cerrando otro infortunado capítulo en las cada vez más deterioradas relaciones entre ambos pueblos. La secesión incluiría las provincias Septentrional, Oriental y el distrito Puttalam de la provincia Noroccidental, también de habla tamil.

No se debe olvidar el elemento musulmán de la provincia Oriental, que se oponía a las ideas secesionistas del Frente Unido para la Liberación Tamil (TULF) que contemplaba la posibilidad de organizar su propio partido. Un error monumental del TULF fue considerar que la comunidad musulmana se aproximaría a ellos contra los singaleses. La otra minoría, los tamiles de India, convivían con los musulmanes conservando sus valores culturales en armonía con los singaleses.

La más difícil de las comunidades era la de los tamiles de Sri Lanka y en especial la de los tamiles de Jaffna, quienes sostenían que al arribo de los británicos en 1795 e inclusive bajo gobierno holandés y portugués, Ceylán era una isla y dos naciones. Es cierto que cuando los británicos tomaron el reino de Kandy en 1815 establecieron un gobierno unificado.

[i] Se debe diferenciar a los tamiles indios de los tamiles de Sri Lanka. Los primeros fueron trabajadores introducidos en tiempos de la colonia desde India, mientras que los tamiles de Sri Lanka son los pobladores que arribaron a la isla en el 944 d.C. En el presente trabajo utilizaré el término tamiles para referirme a los tamiles de Sri Lanka y me referiré a la otra minoría como tamiles indios, frecuentemente empleados en las diferentes etapas de producción del famoso “té de Ceylán”.

En lo alto de esta inmensa roca se encuentra el castillo de Kandy. En la misma pueden apreciarse sus pinturas y sobrevive parte de la escalinata original de acceso.

Cuando los británicos se alejaron en 1948, los tamiles de Sri Lanka, 11% de la población, reclamó el 50% del gobierno, 66% de la línea de la costa y un tercio de la superficie de la isla. La idea era concentrar el poder y los valores tamiles en la península de Jaffna, de manera similar a lo logrado por la comunidad guyerat en India que culminó con la escisión del estado de Bombay y la formación del estado Maharastra. Más cercano a la cuestión tamil es el caso del antiguo estado Andra Pradesh cuya capital era Hiderabad y que se fraccionó en el estado Tamil Nadu con capital Madras. El sistema federal de gobierno de India hizo posible estas soluciones. Hablar de federalismo en Sri Lanka era considerado sinónimo de separatismo.

La situación de conflicto con centro en Jaffna pronto se deslizó de la arena política al campo de batalla. Comenzó el terrorismo en agosto de 1977 con un ataque al tren Jaffna-Colombo con 128 muertos, 98 de ellos tamiles. El gobierno envió al norte 1.500 efectivos y la guerrilla tamil, sabiéndose incapaz de resistirlos, se retiró a campos de entrenamiento en India o al Líbano. El terrorismo desapareció del norte de Sri Lanka en 1979 para reaparecer en 1981 como una sofisticada amenaza a la ley y al orden. La causa tamil ganaba notoriedad en el resto del mundo debido al accionar de estos grupos. Los incidentes más graves comenzaron en julio de 1983 interrumpiéndose el diálogo con las áreas de idioma tamil. En tanto el presidente Jayewardene intentó controlar la situación, desde India la primera ministra Indira Gandhi envió al ministro de relaciones exteriores Narashima Rao. Para ese momento 64.000 tamiles de Colombo habían sido desplazados de sus hogares y enviados a campos de refugiados.

La ONU, a través de la Comisión por los Derechos Humanos, estableció un embargo de armas. Pero más crítica era la posición de India, pues si aprobaba la secesión de Tamil Eelam podía ser utilizada como antecedente para la separación de Tamil Nadu del resto de India pero tampoco podía permanecer como espectador silencioso de los genocidios en Sri Lanka sin correr el riesgo de que se inflamaran pasiones en Tamil Nadu, con cincuenta y cinco millones de tamiles. Por ello India jugó —al menos en principio— la partida de favorecer una paz justa y perdurable entre ambas comunidades. Australia, Canadá, Nueva Zelanda, Reino Unido, EE.UU. y los países escandinavos aceptaron refugiados, que superaban los 100.000.

Como consecuencia de la violencia étnica de 1983 la actividad terrorista que hasta julio de 1983 se encontraba confinada a la península de Jaffna se generalizó obligando al presidente Jayewardene a fortalecer a las fuerzas armadas gubernamentales y a negociar secretamente con Israel para que sus expertos antiterroristas entrenaran a las tropas de combate y los proveyeran de armas modernas. Posteriormente se supo que en cuarteles de la Research and Analysis Wing (RAW) —servicio de Inteligencia Exterior de la India— se continuaba entrenando a guerrilleros tamiles. Indira Gandhi estaba al tanto de estas ambiguas actividades. El 31 de octubre de 1984 la primera ministra india fue asesinada por un guardia sikh. Se esperaba del sucesor, Rajiv Gandhi, una actitud diferente de la de su madre. Éste logra un acuerdo firmado en la capital de Bhutan. Las demandas tamiles fueron: reconocimiento de los tamiles como una nación diferenciada, el derecho de los mismos a la autodeterminación, integridad territorial del espacio tamil, reconocimiento de los derechos de ciudadanía y otros derechos fundamentales a los tamiles que habitaran Sri Lanka. Si bien todo esto implicaba pérdida de soberanía para Sri Lanka, las negociaciones hicieron que el gobierno cediera posiciones y se iniciara un alto el fuego en junio de 1985. Las organizaciones terroristas tamiles ganaron espacio e importancia como consecuencia de su éxito y comenzaron a combatir entre sí, especialmente en Jaffna, reanudándose la guerra civil  en agosto de ese mismo año.

En 1986 Rajiv Gandhi expresó que el gobierno de la isla no podía solucionar la crisis. La LTTE, fortalecida, tenía para ese momento 35 bases de entrenamiento en Tamil Nadu que además proveían armas, municiones, explosivos, etc., que cruzaban el estrecho de Palk —de solo 35 km de ancho— empleando barcos de pescadores. El primer ministro Rajiv Gandhi propuso nuevamente interceder para resolver el problema, pero el nuevo presidente R. Premadasa solicitó en 1989 a Rajiv Gandhi el retiro de las tropas indias, luego de 32 meses de permanencia. La agresividad de las tropas indias condujo a la decisión de asesinar a Rajiv Gandhi durante su gira electoral por Tamil Nadu. El hecho fue cuidadosamente planeado por Pottu Amman, el jefe de inteligencia de la LTTE y llevado a cabo en un ataque suicida el 20 de mayo de 1991 por una mujer tamil cuyos familiares habían muerto como consecuencia del accionar de la IPKF en Sri Lanka.

Este hecho que conmovió la opinión pública mundial hizo que la LTTE fuera vista como una organización terrorista y no como guerreros por la libertad de su pueblo. Las organizaciones de derechos humanos le dieron la espalda, pero inevitablemente la provincia Septentrional había quedado bajo control de la LTTE. El presidente Premadasa aprobó en agosto de 1992 una fuerte operación que permitiría liberar la península de Jaffna, pero en noviembre del año siguiente la guerra continuaba. La conmoción en las provincias de habla singalesa fue enorme, pues debieron asumir la realidad de que la LTTE poseía un poderío formidable. La opinión pública comprendió por qué el porcentaje de desertores en las fuerzas armadas superaba el 20% y por qué los jóvenes ya no se ofrecían como voluntarios. Por una vez esa misma opinión pública solicitó una solución negociada. La moral singalesa decaía.

Las elecciones de agosto de 1994 entregaron el poder como primer ministro a la Sra. Chandrika Bandaranaike Kumaratunga. La primera ministra tenía a su favor su gran idealismo y la pertenencia a una nueva generación de líderes. Sin embargo no logró negociar con la oposición secesionista.

En abril de 1995 se consideró que la guerra Tamil Eelam III había comenzado. Los misiles de la LTTE comenzaron a abatir aeronaves civiles y en agosto corrían rumores de una invasión tamil a Colombo[2]. A rumores de pilotos kamikazes tamiles se agregaba que poseían submarinos adquiridos a Ucrania. Evidentemente la LTTE estaba pesadamente armada.

En agosto de 1995 la presidente dirigió un mensaje televisivo dirigido a todas las comunidades en el que apelaba nuevamente al diálogo. Reconocía que los tamiles tenían genuinos motivos que requerían soluciones, y proponía entonces que Sri Lanka se transformara en una Unión de Regiones similar al Reino de Bélgica, una re demarcación de la provincia Oriental que permitiera a los distritos tamiles incorporarse a la provincia Septentrional y además autonomía regional. De todos modos tal enmienda a la Constitución necesitaba la aprobación parlamentaria, es decir acuerdo con la UNP —aunque en muchas oportunidades otros presidentes ignoraron al Parlamento—.

La maniobra propuesta por la presidente podía agravar el riesgo de secesión y ya había sido rechazada por el alto clero budista. A fines de 1996 la esperanza radicaba en que Occidente declarara organización terrorista a la LTTE para impedirle colectar fondos para sus actividades además de habilitar al FBI para monitorear sus movimientos. En tanto los ataques con bombas en Colombo continuaban.

S-11 y Sri Lanka

Tener en cuenta el contexto es imprescindible. Para su misión en Afganistán, EE.UU. necesitaba contar con Pakistán, que acababa de ampliar y profundizar su puerto de aguas profundas Gwadar, operable para los submarinos chinos, con capitales justamente chinos. Obviamente ya resultaría inconveniente amarrar la flota china en un país controlado por Washington.

Con la ayuda de China y Pakistán los otrora poderosos Tigres Tamiles se rindieron incondicionalmente en 2009.

En julio 2017 el gobierno de una Sri Lanka unificada otorgó derechos absolutos por 99 años sobre el puerto Hambantota, en el sur del país a China.

Actualmente Sri Lanka es parte del “collar de perlas” chino en el océano Índico[3].

* Profesora y Doctora en Geografía (UNLP). Magíster en Relaciones Internacionales (UNLP). Secretaria Académica del CEID y de la SAEEG. Es experta en cuestiones de Geopolítica, Política Internacional y en Fuentes de energía, cambio climático y su impacto en poblaciones carenciadas.

 

Referencias

[1] Se debe diferenciar a los tamiles indios de los tamiles de Sri Lanka. Los primeros fueron trabajadores introducidos en tiempos de la colonia desde India, mientras que los tamiles de Sri Lanka son los pobladores que arribaron a la isla en el 944 d.C. En el presente trabajo utilizaré el término tamiles para referirme a los tamiles de Sri Lanka y me referiré a la otra minoría como tamiles indios, frecuentemente empleados en las diferentes etapas de producción del famoso “té de Ceylán”.

[2] Una generación antes ya los singaleses se habían enfrentado al pánico en ocasión del bombardeo japonés de 1942 a la capital.

[3] Además en este país actualmente se producen los artículos ofrecidos por “Victoria´s Secret”.

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LA CASTA Y EL FONDO

Santiago González

Negociar con un dealer es inmoral, no hacerlo es por lo menos imprudente

 

Los cambiemitas se ufanan sin el menor rubor de haber contraído una deuda astronómica con el Fondo Monetario Internacional, el préstamo más grande que ese organismo haya concedido en toda su historia, y los kirchneristas se aprestan con impostado disgusto a renegociar ese préstamo impagable. Aunque una cosa es consecuencia de la otra, las dos son igualmente inmorales, similares al tráfico con un vendedor de droga. El FMI ha sido el dealer de la Argentina desde 1976 y, como suelen hacer los dealers, amenaza con usar de la fuerza a fin de asegurarse el cobro, y no le importa si para eso es necesario matar a un jubilado, o a millones de jubilados.

No hay nada moral envuelto en el trato con el FMI porque el FMI tiene la moral de un dealer. Un prestamista profesional jamás le habría entregado 50.000 millones de dólares al gobierno de Mauricio Macri. Al dealer no le importan las cualidades de su cliente, sólo le interesa mantenerlo abastecido y con vida mientras siga consumiendo y pagando. En realidad, el FMI tiene menos moral que un dealer, porque el dealer en definitiva está haciendo un negocio para obtener una ganancia, mientras que el propósito del FMI no es cobrar intereses sino afianzar la dependencia y sumisión de sus clientes, manteniéndolos endeudados en beneficio de terceros. No fue creado para eso, pero se convirtió en eso.

A mediados de los 70, los Estados Unidos acababan de abandonar el patrón oro, y estaban en proceso de imponer el dólar como divisa mundial de atesoramiento y referencia. Mediante complejos mecanismos financieros descriptos con todo detalle en media docena de libros por el economista estadounidense Michael Hudson, lograron ordenar la economía mundial en función de sus propios intereses, convirtiendo en satélites al resto de los países desarrollados y condenando al atraso permanente a las naciones en desarrollo. El gran instrumento para la consecución de esos fines fue el endeudamiento, y sus operadores los organismos multilaterales como el FMI.

A mediados de los 70 la Argentina era el país más promisorio de América latina, con estadísticas de desarrollo humano comparables con las de las naciones avanzadas, el sistema de defensa más poderoso de Sudamérica y desarrollos propios en áreas críticas de la ciencia y la tecnología, desde la energía nuclear y la cohetería hasta la medicina y la genética. Contaba con todo lo necesario para dar el salto: energía, praderas, agua, todos los minerales imaginables y una sociedad educada y sin conflictos. Hacía gala además de una inquietante tendencia al comportamiento independiente, como lo comprobó Henry Kissinger en la famosa conferencia sobre población de 1974. En suma, la Argentina reunía todas las condiciones como para ser blanco de un ataque. Y lo fue.

El golpe militar de 1976 tuvo el propósito declarado de combatir a la guerrilla, y el objetivo oculto de acomodar la economía argentina al orden mundial gestionado desde los Estados Unidos. El asesoramiento brindado por el Comando Sur (y también por algunos ex miembros de la OAS francesa) sobre la forma de reprimir la insurgencia, las señales ambiguas de Washington respecto de Malvinas, el flujo constante y generoso de dólares en préstamo asegurado por David Rockefeller, y las políticas económicas del ministro José Martínez de Hoz se combinaron en una sinergia letal. Cuando los militares volvieron a sus cuarteles en 1983, dejaron un país sin guerrilleros pero desarticulado, indefenso, endeudado como nunca antes en su historia, y herido en su estructura productiva. Es decir, lo dejaron en manos del FMI.

La Argentina ya había requerido los auxilios del Fondo en 1958, 1959, 1960, 1961, 1962, 1967, 1968, 1975 y 1976 (antes del golpe): se trataba de pequeños préstamos puente destinados a salvar ocasionales desajustes financieros, tal como había sido el propósito original del FMI. A partir de 1976, cuando la Argentina comienza a endeudarse seriamente con la banca privada y a recibir inversiones extranjeras, el FMI se convirtió de hecho en garante de que los prestamistas pudieran cobrar sus créditos y las empresas retirar sus dividendos en divisas fuertes sin inconvenientes. Ése fue el propósito central en los acuerdos firmados con el Fondo en 1976, 1977, 1983, 1984, 1987, 1988, 1989, 1991, 1992, 1996, 1998, 2000, 2003 y 2018, todos los cuales incluyeron recomendaciones o exigencias de política económica.

El FMI es un dealer de dealers, proveedor pero también agente de seguridad para otros proveedores y, al estilo de Barceló y Ruggierito en la Avellaneda del siglo pasado, servicial custodio de los consumidores sociales. El economista Hudson lo describió así en una reciente entrevista: “Otra vez la Argentina está a punto de defaultear o repudiar la deuda que tiene con el Fondo Monetario Internacional, que esencialmente es un arma de la política exterior norteamericana. El FMI le presta plata a un país como la Argentina para solventar la fuga de capitales. Hace posible que las empresas norteamericanas y las familias ricas de la Argentina saquen fuera del país sus fondos en pesos, o escudos, o lo que usen allí, convertidos en dólares.” Hudson no conoce muy bien la Argentina: duda sobre la denominación de su moneda. Pero la cita como ejemplo sobre cómo funciona el FMI, cuáles son sus políticas respecto de cualquier país.

El ex presidente Macri, probablemente de manera involuntaria, le dio la razón al académico estadounidense cuando confió en un reportaje que “la plata del FMI la usamos para pagarles a los bancos comerciales que se querían ir porque tenían miedo de que volviera el kirchnerismo”. Las críticas que suscitó esa declaración le obligaron entrar en detalles que no hicieron más que ratificar su admisión inicial: “La plata de la deuda fue para pagar uno a uno los préstamos que iban venciendo, porque el que tenía ese préstamo no lo quería renovar”, dijo y añadió: “El FMI nos prestó para que podamos pagar y no entrar en default, y seguir administrando la transición política hasta el segundo mandato”.

No es un secreto que Donald Trump intervino personalmente para que el FMI aceptara conceder a la Argentina, contra la opinión de los socios europeos, un préstamo de magnitud sin precedentes. Pero, ¿con qué intenciones? ¿Arrojarle un salvavidas a un amigo o, como supone Hudson, amarrar todavía más a la Argentina con los lazos de la deuda? Macri no tiene dudas. Piensa que Trump “se portó muy bien con nosotros” y cree en las bondades del Fondo: “No están para ganar plata, sino para que a la Argentina le vaya bien. Necesitan que todos los países del mundo se fortalezcan y contribuyan a mejorar la calidad de vida de los habitantes de este planeta. El FMI pide un plan. Si hay un plan, esto se refinancia.” El FMI pidió y obtuvo un plan en cada uno de los acuerdos citados, pero a la Argentina nunca le fue bien.

Hudson describe así la naturaleza de los planes solicitados: “Y entonces el FMI deja que la moneda local colapse, de hecho insiste en que la moneda colapse. Porque dice que cuando uno no puede pagar sus deudas, la manera de hacerlo es imponer la austeridad, bajar los salarios y recortar la inversión en infraestructura, detener el gasto público. Y así, el resultado de esta política del FMI, con el Banco Mundial detrás, es reducir cada vez más la capacidad de los países para pagar sus deudas. Y así es cómo se endeudan cada vez más, y se vuelven cada vez más dependientes del crédito oficial estadounidense. Los préstamos del FMI y esencialmente la deuda se usan internacionalmente para empobrecer a otros países, tal como se está empobreciendo ahora la economía norteamericana.”

Pero se necesitan dos para bailar el tango. El FMI no tendría poder sobre la Argentina si no hubiese encontrado aquí su pareja en la casta política. La coreografía entre el dealer y el adicto es así: la casta primero endeuda al país para cubrir su propio desorden presupuestario, para proveerse de dólares baratos que se vende a sí misma y a sus amigos, y para brindar oportunidades a los expertos en triquiñuelas financieras; como no puede pagar sus vicios, algo que tanto el FMI como la casta saben de antemano, acto seguido renegocia el pago de la deuda en condiciones cada vez más lesivas para el país pero que aseguran el mantenimiento del sistema.

El endeudamiento es una estafa a la Nación, siempre lo ha sido. Desde el último cuarto del siglo pasado, la Argentina se ha endeudado de manera multimillonaria (y también ha pagado deuda de manera multimillonaria), pero el crédito no se advierte en inversiones ni en infraestructura ni en desarrollo. El único efecto palpable del endeudamiento ha sido el de paralizar el desarrollo argentino, abaratar el trabajo argentino y rebajar el precio de los activos argentinos. Y aumentar los impuestos.

En 1975, la deuda externa argentina sumaba 7.947 millones de dólares y representaba un 35% del PBI. Al término del primer semestre de este 2021, la deuda alcanzó los 257.643 millones de dólares y representó un 70% del PBI. Entre una fecha y otra se suscribieron 17 acuerdos con el FMI, cada uno acompañado de sus pertinentes recetas sanadoras. O el médico no acierta con el diagnóstico, o el adicto no tiene cura, y le están robando la plata con tratamientos inútiles mientras lo mantienen convenientemente abastecido. El fallecido diputado Mario Cafiero dejó documentado ese robo en dos trabajos cuya consulta es aleccionadora. El primero figura como anexo del llamado “informe Carrió” sobre lavado de dinero, emitido en 2001 por una comisión investigadora especial de la Cámara de Diputados. El segundo se titula “El FMI y la debacle argentina (1976-2003)”, y también se lo encuentra en los archivos de la cámara.

La economía argentina no recuperó la salud con las recetas del Fondo, dice Cafiero en el segundo informe citado. Pero, en cambio, “el FMI logró en Argentina un resultado concreto; obtuvo una profunda transnacionalización de su economía, en beneficio directo, casualmente, de las empresas e intereses del grupo de países del G7, que controlan el FMI”. Y agrega: “los resultados de estas políticas, que se miden en dramáticos costos sociales, económicos y humanos, han recaído y siguen recayendo sobre las espaldas del pueblo argentino, en especial de los más desprotegidos y pobres”. En el anexo al “informe Carrió”, Cafiero muestra cómo el pago de los intereses de la deuda representaba en 2001 el 20% del déficit fiscal; ahora la proporción se redujo a casi el 16% pero sólo porque el gobierno incrementó el déficit en todos los demás rubros.

La renegociación del crédito exorbitante que el FMI concedió al gobierno de Macri no es un simple trámite financiero como el ex presidente sugiere con desconcertante puerilidad. Sus condiciones pueden afectar seriamente la capacidad de decisión de cualquier gobierno respecto del manejo de su economía. Hay que reconocer que la vicepresidente tuvo una mirada más cautelosa sobre el asunto: “Nuestro país tiene el peso inédito de una deuda también inédita con el FMI. Es un momento histórico de extrema gravedad, y la definición que se adopte y se apruebe puede llegar a constituir el más auténtico y verdadero cepo de que se tenga memoria”, escribió Cristina Fernández hace algunos días. Y descargó la responsabilidad, correctamente, en el Congreso nacional.

No se trató, sin embargo de un republicanismo tardío de la líder kirchnerista, sino de una olímpica lavada de manos: “No es Cristina”, dijo hablando de sí misma en tercera persona. “Es el titular del Poder Ejecutivo quien lleva adelante las negociaciones, en ejercicio de su responsabilidad constitucional en esta materia” y “son los 257 diputados y los 72 senadores quienes tienen la responsabilidad legal, política e histórica de aprobar o no cómo se va a pagar y bajo qué condiciones la deuda más grande con el FMI de todo el mundo y de toda la historia”. Si después vienen los reproches, nunca está de más preparar de antemano el “yo no fui” y el “yo avisé”. Resguardos que toma cualquier político avisado.

Alberto Fernández, por su lado, pretendió hacerse el duro: “Antes de cerrar un nuevo acuerdo”, intimó a Kristalina Georgieva, “haga su evaluación de lo que fue el fallido programa por el que se desembolsaron 44.000 millones de dólares que se mal utilizaron en pagar deuda insostenible y en financiar salida de capitales”. Fernández le alcanzó su propia evaluación, pero no era necesario. Antes de que el presidente argentino lanzara su desafiante exigencia, el Fondo ya tenía preparado el balance sobre la utilización del préstamo que ahora debe renegociar, algo rutinario en estos casos. “Hemos trabajado hasta ahora de manera constructiva, pero aún queda mucho por hacer”, lo sofrenó Georgieva, instándolo a “trabajar por un programa que mejore significativamente los fundamentos macroeconómicos de la Argentina y la coloque en una senda sólida para recuperarse de esta crisis”.

Mauricio, Alberto, Cristina y Kristalina pueden estar tranquilos: la casta política va a aprobar la renegociación, como lo ha hecho desde 1983, con algún tira y afloja irrelevante sobre sus términos y condiciones como para salvar la cara y entretener a la tribuna.

“Como siempre ocurrió en la historia argentina, y ahora no será excepción —escribió el consultor Marcelo Posada—, el acuerdo con el FMI es a favor de la perduración del endeudamiento de mediano plazo, a favor de que la casta siga su juego y, por consiguiente, a favor de prolongar la agonía de la sociedad. Cada intervención del FMI ‘a favor del país’, como la de 2018, es en contra de la sociedad, y ésta será lo mismo. Los parches de estos ‘acuerdos’ sólo sirven para impedir cualquier reforma estructural del Estado. Y no sólo cualquier reforma: también inciden para asegurar el mantenimiento de la presión impositiva. Al buscar mantener elevados los ingresos públicos (para destinarlos al pago de la deuda), el FMI se opone a la reducción de impuestos”.

5Negociar con el Fondo es inmoral, no hacerlo es por lo menos imprudente: lo sabe cualquiera acostumbrado a tratar con dealers. O abonado a Netflix. La casta parasitaria entiende muy bien el mensaje mafioso contenido en las cifras del “riesgo país”, la amenaza que agitan cada noche los noticieros televisivos.

 

Artículo originalmente publicado el 10/12/2021 por Restaurar.org, http://restaurarg.blogspot.com/2021/12/la-casta-y-el-fondo.html

Tomado a su vez de https://gauchomalo.com.ar/la-casta-y-el-fondo/

CUMPLE UN AÑO LA COTIZACIÓN DEL AGUA EN WALL STREET

Agustín Saavedra Weise*

Imagen de rony michaud en Pixabay 

Un año atrás —desde diciembre de 2020— el agua (H2O) comenzó a ser cotizada en el mercado de futuros de materias primas de Nueva York; ya no se la trata como recurso natural sino como mercancía. Mucho ha tenido que ver con esto la aguda escasez de agua que arrastra el estado más importante de EEUU. Si se midiera como unidad política independiente California sería la quinta potencia mundial, superando a Francia. Su gran economía y la escasez intrínseca del líquido elemento obligaron a que los californianos regulen el agua bajo dominio estatal.

El hecho de que el líquido elemento sea tratado como mercancía y no como materia prima ha provocado asombro general, pero también trajo consigo un principio de racionalidad en su control; se trata de un bien básico para el comercio, la agricultura, vida cotidiana e industrias en general. El agua es multiuso en todo ámbito, es esencial para la marcha normal de un país y hasta para asegurar la sobrevivencia y bienestar de su población.

El “Water Index” rastrea el precio del agua y está basado en los precios de las cinco principales cuencas fluviales de California, aunque en el cercano futuro tal vez podría ser utilizado como referente en la comunidad internacional.

Hace varios años que se viene hablando del agua, pero siempre hablando y actuando poco. Por ejemplo, la Argentina es un país absolutamente independiente en materia de agua, no solamente por la Cuenca del Plata y los lagos sino también por poseer parte del acuífero Guaraní, el reservorio subterráneo de agua más grande del mundo. Empero, he aquí que el 25 % de la población en la provincia de Buenos Aires carece de acceso a múltiples servicios hídricos.

En su momento comenté en otra nota el caso de Manaos, capital del estado de Amazonas en Brasil, país número uno mundial en materia de oferta de aguas. Manaos está ubicada sobre las costas del río más caudaloso del mundo, el Amazonas justamente. Pese a tanta abundancia hídrica, la ciudad tiene serios problemas de abastecimiento.

En muchos casos latinoamericanos y africanos, los problemas sociales del agua son derivados de pésimas administraciones estatales. En otros casos, sí son problemas estructurales de escasez, como es el caso comentado de California, y algunos otros en la inmensa región euroasiática. En Bolivia también tenemos inconvenientes con el aprovisionamiento de agua para consumo humano, fines sociales e industria y ello, casi siempre como resultado de malas administraciones y falta de previsión.

El hecho de que al presente el agua sea considerada como un derecho humano por las Naciones Unidas mientras en simultáneo tiene efectos comerciales y especulativos mediante su cotización bursátil, es de interés general; nos muestra con respecto al segundo elemento natural más importante (el primero es el aire) que el mundo está comenzando a tomarse seriamente las cosas.

Es probable que después de un año de experimentar, el mercado de valores de Wall Street se amplíe e incluya cotizaciones hídricas en los mercados internacionales; eso no se puede descartar ni anticipar, pero que debemos cuidar el agua sí lo sabemos muy bien y debemos hacerlo. He aquí uno de los dilemas del siglo XXI: cómo aprovechar y racionalizar —sin desperdicio y con capacidad de reciclaje— el uso de un producto natural precioso para la humanidad.

 

* Ex canciller, economista y politólogo. Miembro del CEID y de la SAEEG. www.agustinsaavedraweise.com

Nota original publicada en El Deber, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, https://eldeber.com.bo/opinion/cumple-un-ano-la-cotizacion-del-agua-en-wall-street_258466